Aram Pano, sacerdote de Irak: una vocación de la guerra

Gerardo Ferrara, responsable de alumnado en la PUSC, entrevistó a Aram Pano, sacerdote de Irak, que participó en un encuentro de Fundación CARF. En su intervención abordó la situación social, cultural y religiosa de Irak, así como el impacto que tuvo para el país la visita del Santo Padre.

Aram Pano, AP. —«La visita del Santo Padre supuso un gran desafío para quienes quieren destruir el país y mostró los verdaderos valores del cristianismo en una nación donde los cristianos son rechazados; todo ello, a la luz de la encíclica Fratelli tutti. Irak necesita la fraternidad. Por eso el viaje cambió algo: socialmente y a nivel del pueblo sí habrá cambios; a nivel político, en cambio, no creo que vaya a cambiar mucho».

Arameo, la lengua de Jesús

«¡Gracias por invitarme a hablar con nuestros amigos de habla hispana! ¡Shlama o shina o taibotha dmaria saria ild kol!, que en arameo quiere decir “la paz, la tranquilidad y la gracia de Dios esté con todos ustedes», saluda Aram.

Gerardo Ferrara, GF.¡Increíble! Es estremecedor escuchar el arameo, la lengua de Jesús… Y sobre todo saber que es el idioma común de mucha gente, después de dos mil años.

AP. —Sí, de hecho el arameo, en el dialecto siriaco de Oriente, es mi idioma maternal y la lengua de todos los habitantes de la zona donde yo nací, en el norte de Iraq, que se llama Tel Skuf, que quiere decir Colina del obispo. Está ubicada a unos 30 km de Mosul, la antigua ciudad de Nínive, en el corazón cristiano del país.

GF. —Así que toda el aldea donde creciste es cristiana.

AP. —Pues sí, cristiana católica de rito Caldeo. La vida allí era muy sencilla: casi todos los habitantes son campesinos y viven cultivando sus campos y cuidando de su ganado. La gente se intercambiaba los productos de la tierra y cada uno tenía lo necesario para vivir. Además, está presente la costumbre de ofrecer las primicias de la cosecha, cada año, a la Iglesia, para sustentar a los sacerdotes y para que ellos también puedan cuidar de los más necesitados.

Me acuerdo que las casas eran lo bastante grandes para que una familia pudiera vivir en ellas… Y para nosotros, la familia es algo bastante extenso: niños, padres, madres, abuelos… Todos viven juntos en estos hogares orientales típicas, blancas y cuadradas, con un patio en el centro, como un jardín, y las habitaciones alrededor.

GF. —Pero esta paz idílica tan solo duró unos pocos años…

AP. —Bueno, de hecho, nunca existió, ya que cuando nací nos encontrábamos en el último año de la guerra entre Irán e Iraq, una guerra que duró ocho años y provocó más de un millón y medio de muertos. Mi padre y tres de mis tíos lucharon en el conflicto y fueron tiempos muy difíciles para mi abuela y mi madre. Ellas esperaban y rezaban para que sus seres queridos volvieran a casa. Y así fue, gracias a Dios, mi padre y sus hermanos volvieron.

GF. —Y en 1991 estalló otra guerra…

AP. —Nos quedamos en nuestra aldea solamente hasta 1992, cuando terminó la primera Guerra del Golfo, entre Iraq en un lado y Kuwait y la coalición internacional en el otro. Nos mudamos a una gran ciudad en el sur de Iraq, Basora, la tercera ciudad del país después de la capital Bagdad y de Mosul. La mayoría de sus habitantes son musulmanes chiíes y no hay muchos cristianos allí. Aún me acuerdo del agua que tenía sabor a sal, el calor, las palmeras… Un paisaje muy distinto al que estaba acostumbrado. Además, la cantidad de pozos y refinerías de petróleo en todas partes… Pero la gente era y sigue siendo muy generosa y acogedora.

Aram Pano, sacerdote irak
Aram, en el patio de la Iglesia del Sagrado Corazón de Jesús en Tel Kaif, una ciudad cristiana cerca de Mosul, al norte de Irak.

En 2004, dos religiosas colaboraban con el ejército estadounidense en Basora. Un día, cuando regresaron a su casa, un grupo islámico radical mató a las hermanas frente a su casa. Este hecho se difundió por todo Irak y mi país se convirtió en el epicentro del terrorismo.  En 2014 llegó el ISIS y destruyó muchas de nuestras iglesias y de nuestros hogares. Hay un plan para destruir la historia de los cristianos en mi país, como lo hicieron en 1948 con los judíos.

La llamada a Servir al Señor

La ciudad de Basora tiene dos parroquias que forman parte de la archieparquía de Basora y del Sur, con 800 fieles. En 1995 recibió la Primera Comunión y fue entonces que sintió por primera vez la llamada a servir al Señor.

GF. —¿Y cómo fue?

AP.La parroquia era como mi casa. Me encantaba acudir con el grupo de niños para jugar con ellos pero también para la catequesis. Pero la idea de entrar al seminario se me hizo más clara cuando estaba en Secundaria.

GF. —En la tercera guerra de tu vida tenias dieciséis años. ¿Cuáles son tus recuerdos de este segundo conflicto del Golfo?

AP. —Era 2003, una guerra de invasión y ocupación de Irak liderada por Estados Unidos. Duró casi cuatro meses y la última ciudad que cayó fue justamente Basora, donde yo vivía. Recuerdo que veíamos aviones estadounidenses que llegaban y bombardeaban, y teníamos miedo, porque muchos de los edificios estatales estaban cerca de nuestra casa. Recuerdo una noche que estaba durmiendo y me desperté por el fragor de un misil que había dado en un edificio que se encontraba a unos 500 metros de nosotros. Salimos a la calle, la gente corría y los estadounidenses tiraban sus bombas de sonido para sembrar el terror en nosotros. Fue entonces cuando distinguí con más claridad la llamada del Señor.

GF. —Es conmovedor pensar que, aunque la voz del Señor no está en el ruido de los misiles ni de las bombas de sonido, sí se hace escuchar, con toda su dulzura, en medio de este horror.

AP. —Efectivamente. Y, además, si no hubiésemos sufrido ese terror de los bombardeos, mi padre no le hubiera pedido al obispo refugio: la iglesia estaba muy cerca de donde vivíamos, pero allí, en la casa del Señor, nos sentíamos más seguros. Así, mi padre empezó a servir en la cocina para corresponder un poco a la generosidad con la que se nos acogió. Yo, mientras, aprendí a servir en el altar con el sacerdote. Al terminar la guerra, nuestro obispo me eligió para ir con él a un pueblo llamado Misan, a unos 170 km al noreste de Basora, y lo que experimenté allí me animó a tomar mi decisión.

GF. —¿Quieres contarnos lo que te pasó?

AP. —Cuando el obispo me pidió que le acompañara a Misa en su misión pastoral, mi familia primero le dijo que no, que no querían. Pero yo me sentía muy determinado en ir y lo logré. Cuando llegamos, me sorprendió ver a los fieles entrar a la iglesia de rodillas y sin zapatos. Se arrodillaban ante el altar, delante del icono de la Virgen María, llorando, orando, suplicando.

Después, cuando empezó la Misa, oficiada por el obispo según nuestro rito caldeo, me di cuenta de que los fieles no sabían ni las oraciones ni cuándo sentarse o ponerse de pie. Esto me impresionó mucho y pensé que eran como ovejas sin pastor. Y en seguida miré al obispo que era mayor y por mi cabeza se pasó la idea de quién podría sustituirle y ayudar a tantas familias.

GF. —Es impresionante palpar cómo se conmueve Jesús frente a la multitud que están como ovejas sin pastor. 

AP. —¡Precisamente! Así que, con este pensamiento, continué mis estudios en la escuela del Instituto Vocacional y, en 2005, ingresé en el seminario en Bagdad, la capital de Irak. Allí estudié Filosofía y Teología durante seis años y me gradué en junio de 2011, y el 9 de septiembre de 2011 fui ordenado sacerdote.

«En Irak hay un plan para destruir la historia de los cristianos en nuestro país».

Después de casi 10 años de sacerdote, Aram Pano, enviado por su obispo, estudió en Roma Comunicación Institucional en la Universidad Pontificia de la Santa Cruz.

«El mundo necesita a cada uno de nosotros para contribuir a la evangelización. Y especialmente en esta época, para anunciar el Evangelio, es preciso conocer la cultura digital y de la comunicación. Tengo una gran esperanza por el futuro: todos juntos podemos trabajar para difundir nuestra fe a través de todos los canales posibles, pero preservando nuestra identidad y nuestra originalidad», afirma.

Una persecución tras otra

GF. —Aram recuerda a los cristianos de Occidente que no se olviden de sus hermanos que sufren persecución en países como el suyo, Irak, donde ha vivido un conflicto tras otro. Después de la última guerra, la vida social en Irak ha cambiado mucho...

AP. —Ha habido una mercantilización del hombre. En la tierra donde ha nacido la civilización, donde el hombre ha construido las primeras ciudades, donde ha nacido el primer código legal en la historia, todo parece haber acabado en destrucción: el más fuerte mata al más débil, la corrupción se cierne sobre la sociedad y los cristianos llevan 1.400 años sufriendo la persecución.

Antes de 2003, los cristianos éramos 1,5 millones y hoy somos 250.000. La persecución no es solamente algo que tiene que ver con la supervivencia física: se extiende al nivel social y político, a las oportunidades laborales e incluso al derecho a la educación.

La visita del papa Francisco

GF. —¿Cuáles son los problemas de Irak hoy y qué significó la visita del Papa?

AP. —La falta de honestidad y de voluntad para reconstruir el país significa que los musulmanes se han separado, el gobierno piensa más en ser leal con los países vecinos que en el bienestar de sus ciudadanos…  Y todo esto ante los ojos de Estados Unidos. No hay un problema sino muchos problemas complicados.

Creo que la política, el servicio al ciudadano, ya no existe, porque está en las manos de otros de fuera de Irak. Sin embargo, el fruto de la obra de Dios no está en nuestro alcance y rezamos para que a través de este viaje se anuncien la paz, el amor de Cristo y la unidad para un pueblo que ya no puede más.

GF.Un pueblo, además, donde el cristianismo ha dejado profundas raíces, sobre todo la Iglesia Caldea.

AP. —¡Por supuesto! De hecho, el cristianismo llegó a Irak con los apóstoles santo Tomás y Bartolomé y con sus discípulos Tadeo (Addai), de Edesa, y Mari en el siglo II. Ellos fundaron la primera Iglesia en Mesopotamia y, gracias a su obra misionera, llegaron hasta India y China. Nuestra liturgia proviene de la más antigua anáfora eucarística cristiana, conocida como Anáfora de Addai y Mari. La Iglesia en aquel entonces estaba dentro del imperio persa, con su propia liturgia oriental, su propia arquitectura y una forma de rezar muy parecida a la liturgia judía.

La teología de nuestra Iglesia oriental es espiritual y simbólica. Hay muchos padres y mártires muy importantes, como, por ejemplo, Mar (san) Efrén, Mar Narsei, Mar Teodoro, Mar Abrahim de Kashkar, Mar Elías al-Hiri, etc.

GF. —La Iglesia católica caldea, que está en comunión con Roma, nació como resultado de un cisma dentro de la Iglesia de Babilonia, por una rivalidad entre patriarcas, en particular, porque una corriente deseaba unirse con Roma.

AP. —Nuestra tradición, sin embargo, es típicamente oriental y con profundas raíces en el país, donde se encuentran en todas partes, rastros de la milenaria presencia cristiana, con santuarios, monasterios, iglesias y tradiciones muy antiguas.

Mi estancia en Roma me permitió trabajar en preservar esta identidad y esta historia tan rica y larga, también utilizando las herramientas y los medios que la modernidad nos permite tener hoy en día.

La Facultad de Comunicación de la Santa Cruz

Esta entrevista se realizó con otros reportajes en la Facultad de Comunicación de la Universidad de la Santa Cruz.

Aram Pano durante su etapa de formación en Roma.

A lo largo de todos estos años ha pasado por la Facultad cientos de estudiantes de todo el mundo, distintos idiomas, identidades, historias, problemas…

Es una Facultad, la de Comunicación, donde se aprende que en esta Babel que es nuestro mundo, las barreras y los muros pueden ser derrocados, como nos dice el papa Francisco, y se puede de verdad ser todos hermanos.

En esta tarea, la Fundación CARF –Centro Académico Romano Fundación–, se ha comprometido de forma muy importante, otorgando ayudas al estudio y manutención de estudiantes –seminaristas y sacerdotes diocesanos, laicos, y religiosos y religiosas– de todos los continentes, sin distinción, y permitiéndoles utilizar todas las herramientas más modernas a través de la financiación de las actividades teóricas y prácticas que se desarrollan en la Universidad Pontificia de la Santa Cruz, para que luego puedan regresar a sus países y planten allí las semillas formativas que han recibido en Roma, fomentando el crecimiento de frutos de paz, de formación de alto nivel, de unidad y de capacidad de entenderse mejor, no solamente entre cristianos, sino con gente de toda religión e identidad.


Gerardo Ferrara
Licenciado en Historia y en Ciencias Políticas, especializado en Oriente Medio.
Responsable del alumnado Universidad Pontificia de la Santa Cruz de Roma.


Sacerdote de Haití: «antiguamente, en algunas comunidades pasaban meses sin la Eucaristía»

Los católicos en Haití han vivido a menudo una situación que sorprende en otros lugares del mundo: son comunidades de fieles que pasaron meses sin poder celebrar y vivir la Eucaristía. Hugues Paul, de la diócesis de Jacmel, conoce esta realidad desde su infancia. Sin embargo, hoy en Haití hay tantos sacerdotes que pueden ir a otros países en misión.

Esa experiencia fue decisiva en su vida. «En estas comunidades eclesiales, a veces podía pasar casi un año sin la celebración de la Santa Misa», explica.

Fue precisamente esa carencia la que despertó en él la vocación. Creció en una pequeña comunidad que en Haití se conoce como capilla, una iglesia dependiente de una parroquia donde, ante la falta de sacerdotes, los fieles mantenían viva la fe con celebraciones de la Palabra dirigidas por laicos.

Dios le llamó para ayudar como sacerdote en su viña

«Normalmente hay un agente pastoral, a quien llamamos director de la capilla, encargado de presidir celebraciones de la Palabra en ausencia de los sacerdotes». En medio de esa realidad don Hugues Paul sintió la llamada de Dios: «Fue en este contexto donde sentí la llamada de Dios a echar una mano en su viña, para ayudar a su pueblo a encontrarlo y a vivir la fe de una manera más profunda donde la Eucaristía fuese el centro».

Hugues Paul fue ordenado sacerdote el 26 de junio de 2021 y ahora tiene 39 años. Procede de una familia numerosa con dos hermanos y cinco hermanas, y agradece que sus padres sigan vivos.

En su hogar recibió una sólida educación católica, aunque su formación académica se desarrolló en centros cristianos de otras confesiones: estudió la Primaria en una escuela protestante y la Secundaria en un centro de la Iglesia episcopal de la comunión anglicana.

Su adolescencia estuvo marcada por una participación intensa en la vida de la Iglesia local. «Viví una adolescencia muy alegre y activa, participando en grupos y en el coro de la capilla, hasta que finalmente ingresé en el seminario».

Aquella comunidad sencilla, donde la fe se sostenía con pocos recursos, pero con gran convicción, fue el lugar donde maduró su vocación sacerdotal.

Hugues Paul, sacerdote al servicio de los católicos en Haití.

Preocupados por la isla

Hoy continúa su formación sacerdotal en España. Llegó el 30 de junio de 2024 gracias al apoyo de la Fundación CARF y de otras instituciones, y actualmente está terminando una licenciatura en Teología Bíblica, ya en su fase final, en las Facultades Eclesiásticas de la Universidad de Navarra, en Pamplona.

Desde la distancia observa con preocupación la situación de su país. Haití atraviesa una crisis profunda marcada por la violencia y la inseguridad. «La vida se ha vuelto muy difícil, sobre todo a causa de la inseguridad que afecta a casi todo el territorio, especialmente a la capital», explica.

Sin embargo, incluso en medio de ese contexto, la fe sigue siendo una fuerza viva. «A pesar de ello, el pueblo sigue creyendo: muchas personas asumen riesgos para encontrar un lugar donde vivir su fe y participar en las celebraciones».

Las consecuencias del gran terremoto

La diócesis de Jacmel, situada en el sureste del país, vive una situación relativamente más estable que otras regiones, pero las consecuencias del gran terremoto de 2010 siguen siendo visibles. «Seguimos esperando la finalización de los trabajos de reconstrucción de la catedral y de muchas parroquias destruidas».

La falta de recursos y ayudas suficientes ha retrasado durante años esas obras que para muchas comunidades son esenciales.

Los católicos en Haití, más del 60 % de la población

Los católicos en Haití representan entre el 60 y el 66 % de la población. En la diócesis de Jacmel hay unos 80 sacerdotes para 36 parroquias, y en todo el país –sumando las diez diócesis y los religiosos– se calcula que hay entre 800 y 900 sacerdotes. La Iglesia universal ha sido un apoyo fundamental en estos años difíciles. «Hemos recibido un gran apoyo de la Iglesia universal, especialmente a través de Ayuda a la Iglesia Necesitada».

España: la belleza de las iglesias y su secularización

Su experiencia en España también le ha hecho reflexionar sobre las diferencias entre ambas realidades eclesiales. Lo que más le ha impresionado positivamente es «la belleza de las iglesias». Sin embargo, le preocupa ver templos con pocos jóvenes. «Me llama la atención que la Iglesia parezca estar formada principalmente por personas mayores, con muy poca presencia de jóvenes y niños en las celebraciones».

Hugues Paul, junto a un grupo de sacerdotes en Bidasoa.

A su juicio, la sociedad española vive un proceso profundo de secularización. Aun así, cree que también existen oportunidades para revitalizar la vida de la Iglesia. En particular, piensa que los católicos españoles podrían inspirarse en la manera en que se vive la liturgia en Haití. «Los católicos españoles podrían aprender de los católicos haitianos el entusiasmo por las celebraciones cantadas, que ayudan a hacerlas más vivas y participativas».

Cercano y coherente con la fe

Mirando al futuro, Hugues Paul tiene claro qué tipo de sacerdotes necesita la Iglesia en el siglo XXI: «ser cercano, empático y coherente con su fe; buen comunicador, abierto al diálogo, sensible a los problemas sociales, con una vida espiritual sólida y capaz de acompañar sin juzgar».

Esa misma actitud considera imprescindible para acercarse a quienes hoy viven lejos de la fe. «Para evangelizar a los jóvenes y a quienes están alejados de Dios, considero fundamental escucharlos con respeto, dar testimonio con la propia vida, utilizar un lenguaje actual y los medios digitales; crear espacios de acogida y mostrar que la fe responde a las preguntas reales del mundo de hoy».

La historia de Hugues Paul recuerda una realidad que a menudo pasa desapercibida: en muchas partes del mundo los cristianos pasan muchos meses sin Eucaristía y esperan la llegada de un sacerdote para poder celebrar la Santa Misa.

Precisamente de esa espera, nacen también nuevas vocaciones dispuestas a servir. Todos los socios, amigos y benefactores de la Fundación CARF se encargan de rezar por ellas, de promover su buen nombre en todo el mundo y de encontrar recursos económicos para que puedan recibir una formación integral en Roma y en Pamplona con es el caso de de Hugues Paul.


Marta Santín, periodista especializada en religión.


«Los cristianos de Pakistán tenemos la esperanza de un futuro mejor»

Abid Saleem es un sacerdote de la congregación Oblatos Misioneros de María Inmaculada que estudia en la Universidad Pontificia de la Santa Cruz en Roma. Los cristianos de Pakistán en muchos momentos discriminados y perseguidos tienen la esperanza “de un futuro mejor” relata en su testimonio.

Una familia católica de once hermanos

«Soy Abid Saleem, hijo de Saleem Masih y Mukhtaran Bibi. Nací en Toba Tek Singh, Pakistán, el 26 de junio de 1979, en una familia católica de once hermanos (ocho varones y tres mujeres). Soy el más pequeño de todos. Mis padres están ya en la vida celestial (que sus almas descansen en paz)».

Cuando reflexiona sobre su vocación, recuerda todos los eventos que le ayudaron a discernir sobre ella. «En primer lugar, siento que era un deseo desde mi niñez. Iba muy a menudo a la Iglesia y solía ser monaguillo. En la escuela, cada vez que me preguntaban qué me gustaría ser, mi respuesta era una sola: ser sacerdote».

Una vez terminada la educación obligatoria, en 1996 pensaba en matricularse en la universidad. Era el mes de julio. Entonces, pasó algo que marcó su vida: «Me encontré con un novicio Oblato de María Inmaculada que compartió conmigo y me explicó el carisma de su congregación».

Cuando iba a matricularse en la Universidad realizó un retiro vocacional con los Oblatos Misioneros de María Inmaculada.

Un retiro para descubrir mi vocación

Se iba a organizar un programa vocacional que duraba tres días y Abid Saleem, sin pensarlo dos veces, le dije que sí, quería participar. «Junto a mí, otros cuatro asistieron al retiro. Todos disfrutamos del programa y nos encantó la espiritualidad oblata, así como su modo “para evangelizar a los pobres”».

Después del programa, regresaron a casa y, transcurridos unos días, cuatro de ellos recibieron una carta de invitación para incorporarse al seminario. Abid Saleem y un amigo ingresaron, pero tras un año de discernimiento su amigo descubrió que no era su vocación y se retiró, mientras que Abid continuó su formación, que fue para él una etapa muy enriquecedora, con numerosas experiencias significativas.

Estación de misión de los Oblatos

Durante el primer año de formación en el seminario, entre algunas actividades que realizaron, una fue especialmente interesante. «Fuimos a Derekabad, una estación de misión de los Oblatos. Es una zona desértica donde los Oblatos han construido una hermosa gruta allí. El trabajo de estos hermanos en la gruta fue inspirador para mí».

Otro hecho que le conmovió fue participar en una ordenación sacerdotal de un hermano de la congregación, la primera ordenación a la que asistía. Esta celebración realmente fortaleció también su vocación.

A partir de 1998, pudo empezar a estudiar la carrera de Filosofía y luego le enviaron a Sri Lanka para su prenoviciado y noviciado, otra hermosa experiencia de internacionalidad.

Hizo sus primeros votos en 2003. Después de regresar a Pakistán, completó sus estudios teológicos en el Instituto Católico Nacional de Teología. Hizo sus votos perpetuos el 22 de agosto de 2008 y fue ordenado diácono al día siguiente.

Y por fin, el 17 de febrero de 2009, fue ordenado sacerdote en la Catedral del Sagrado Corazón, Lahore. «Mi período de formación fue excelente. Doy gracias al Señor por todos esos formadores y maestros que me formaron para ser el verdadero siervo de Dios».

Labor pastoral y servicio en la diócesis tras su ordenación

Tras su ordenación, su obispo le envío a trabajar a distintas parroquias primero como asistente y luego como párroco. Ha trabajado con jóvenes y muchos otros grupos. También, ha colaborado en la Comisión Catequética de su diócesis. Comenzó la oficina de la comisión catequética en el Vicariato de Quetta.

Otra de las labores que desempeñó fue administrar una pequeña tienda de artículos religiosos en la misma oficina. Por otra parte, organizó muchos programas para los profesores de religión y para la gente y trabajó como liturgista en el Vicariato. Ha sido el maestro de ceremonias en la liturgia de muchas ordenaciones sacerdotales, diaconatos y candidaturas.

En 2016, pasó su B.A. (Bachelor of Arts) en la Universidad de Punjab, Lahore. También trabajó como rector del Juniorado Oblato durante los últimos tres años. «Esta fue otra experiencia enriquecedora, aunque difícil, pero hice todo lo posible para acompañar a los estudiantes en su viaje espiritual para discernir sobre su vocación».

«En nuestro país hay mucho que trabajar, ya que el rebaño de Dios sigue creciendo, pero hay pocos obreros para cuidar de él».

Cristianos de Pakistan

El nombre oficial de nuestra congregación es Oblatos Misioneros de María Inmaculada y su lema es “Evangelizar a los pobres”. Fue fundada por San Eugenio de Mazenod en 1816 y aprobada el 17 de febrero de 1826 por el papa León XII.

El fundador de la misión OMI en Pakistán es un sacerdote alemán, el reverendo padre Lucian Smith, que era entonces el Provincial de la provincia de Colombo, Sri Lanka. Fue él quien envió a tres oblatos a Pakistán en 1971. Había muchos misioneros oblatos de todo el mundo, pero básicamente de Sri Lanka.

Los cristianos de Pakistán frente a una mayoría musulmana

Pakistán es el noveno país más grande de Asia. Comparte la frontera con el Mar Arábigo, China, Afganistán, Irán e India. Mohammad Ali Jinnah es el fundador de Pakistán que obtuvo su independencia el 14 de agosto de 1947.

El país cubre un área total de 881,913 km cuadrados y se divide en cuatro provincias, es decir Punjab, Sindh, Baluchistán y Khyber Pakhtunkhwa. El idioma nacional del país es el urdu, y el inglés es el idioma oficial. Pakistán tiene una población de aproximadamente 211.819.886 ciudadanos. 

Los musulmanes son mayoría con el 95 % de la población. Pero los cristianos son una de las minorías religiosas más grandes en Pakistán con el 2 % de la población, aproximadamente la mitad son católicos y la mitad protestantes.

Unas condiciones muy pobres

El cristianismo tiene una larga historia en el sur de Asia, aunque muchos de los cristianos de Pakistán son descendientes de hindúes de baja casta que se convirtieron bajo el dominio colonial británico, para escapar de la discriminación de casta.

Los cristianos en Pakistán son, en su mayoría, muy pobres, trabajando en trabajos serviles como limpiadores, trabajadores y cosechadores. A pesar de ello, han hecho contribuciones significativas al desarrollo del sector social del país, sobre todo en la construcción de instituciones educativas, hospitales y centros de salud en todo Pakistán.

Sin embargo, al igual que otras minorías religiosas, los cristianos se han enfrentado discriminación y persecución a lo largo de la historia, por ejemplo, en la nacionalización de las propiedades e instituciones cristianas. Hoy en día, siguen sufriendo violencia selectiva y otros abusos, incluido el acaparamiento de tierras en las zonas rurales, los secuestros y la conversión forzada, y el vandalismo de hogares e iglesias.

«A pesar de todo esto, los cristianos de Pakistán tenemos la esperanza de un futuro mejor», confía Abid Saleem. Oramos para que el Dios Todopoderoso traiga paz y armonía a este país y para que las personas puedan disfrutar de la plenitud de la vida».

«Los cristianos en Pakistán, hoy en día, siguen sufriendo violencia selectiva y otros abusos».

Oblatos en Pakistán

Trabajaron en parroquias y se distinguieron por constituir las Comunidades Cristianas Básicas. Más tarde, también pensaron en comenzar el programa de formación. Ahora tenemos tres casas de formación principales: juniorado, filosofado y escolástico.

Trabajamos sobre todo en ocho parroquias pobres de cinco diócesis. Cristo nos invita a seguirlo y a compartir su misión a través de la palabra y el trabajo. Nuestro mayor objetivo es la educación en las escuelas, con los jóvenes, y especialmente llegar a las personas que están lejos de Dios.

Formarse en Roma para trabajar como misionero

Ahora su superior le envía a Roma para realizar más estudios en Liturgia. «Mi objetivo futuro es trabajar como misionero».

Por esa gran oportunidad que es formarse en la Universidad Pontificia de la Santa Cruz, para luego volver a su país y compartir todo el bien que ha recibido, no puede más que dar las gracias a los benefactores del la Fundación CARF: «Que Dios les bendiga por todo lo que hacen por la Iglesia Universal, pero también para nosotros, los pequeños, que somos semillas en la mano del Señor, en países donde el solo hecho de decirse cristiano puede causar la muerte».


Gerardo Ferrara, Licenciado en Historia y en Ciencias Políticas, especializado en Oriente Medio.
Responsable del alumnado de la Universidad Pontificia de la Santa Cruz de Roma.


«Sacerdote para servir y vivir siempre para la Iglesia»

El sacerdote Tadeo Ssemanda es de Uganda, pero parte de su corazón ya es español. Habla castellano de manera perfecta y las costumbres que ha aprendido en sus años en España han marcado tanto su vida como su ministerio sacerdotal.

Este joven sacerdote de la diócesis de Kasana-Luweero no tuvo una vida sencilla. Sus padres fallecieron cuando apenas tenía dos años, pero fue la entrega de su tía, que lo recibió en su casa, lo que le haría conocer profundamente a Dios, hasta el punto de decidir entregar su vida completamente a Él.

«He visto claramente que la oración de mi tía me ha ayudado a ser sacerdote. Ella ha ofrecido todos los días, y todavía hoy lo hace, el Rosario por mí. Y gracias a su apoyo y oración he crecido mucho en la fe y puedo ser sacerdote», explica Tadeo a la Fundación CARF. De hecho, nos cuenta cómo desde muy pequeño le ayudó cuando quería ser monaguillo y le llevaba a las siete de la mañana todos los días a Misa para que él pudiese acolitar. Esa semilla que fue sembrada ha brotado hasta germinar en una vocación muy fructífera.

Cómo Dios le fue preparando

Este proceso no fue fácil. Además del sufrimiento generado por la ausencia de sus padres había que añadir la precariedad económica de su familia y el esfuerzo que su tía hizo para que él pudiera responder a esta llamada.

«He visto la mano de Dios en mi vida, he visto la forma en que me ha ido guiando, haciéndome saltar barreras muy complicadas y tantos sufrimientos. En definitiva, he percibido cómo Dios me preparaba para que yo pudiera ser sacerdote», agrega.

Tras unos primeros años en el seminario en Uganda, Tadeo fue enviado por su obispo a estudiar a Pamplona, a la Universidad de Navarra y a formarse en el seminario internacional Bidasoa, donde vivió una experiencia que cambiaría su vida, pues ha estado en dos etapas en Navarra, primero como seminarista y luego como sacerdote.

De este modo, señala que en Pamplona se vive “un ambiente distinto” a cualquier seminario en el mundo debido a la universalidad que se respira allí. «Fue una experiencia rica porque convivía con gente de todos los continentes y ves cómo es la gente y cómo vive su fe, y esto supuso para mí un gran aprendizaje», aclara.

Tadeo, sacerdote de Uganda en su graduación en la Universidad de Navarra, Pamplona.
Tadeo junto a dos compañeros el día de su graduación.

Sacerdote de Uganda formado en Pamplona

De estos años ha extraído importantes lecciones para su vida, algunas ahora fundamentales y sobre las que se sustenta su labor sacerdotal. Tadeo asegura que lo primero fue ver el verdadero rostro de la Iglesia, donde “todos somos uno”, percibir una comunión, tanto con los sacerdotes como con el obispo, porque “«en Pamplona aprendí a ser obediente al obispo y a escucharle».

Otra enseñanza de Pamplona fue aprender a vivir en un “ambiente sereno y amable”, algo que asegura que se llevó a Uganda y que le ha ayudado más tarde en su convivencia con otros sacerdotes y en las comunidades donde ha servido.

Por otro lado, Tadeo destaca el valor fundamental de la oración. «En Pamplona –añade– me enseñaron a valorar la vida de oración, el tener tiempo para Dios. Y eso me ha ayudado mucho a vivir sabiendo que tiene que haber tiempo para todo, pero, sobre todo, para Dios».

Pero todavía extrajo más lecciones de su paso por las Facultades Eclesiásticas de la Universidad de Navarra. Tadeo habla de la que quizá más le ayuda. «Siempre nos enseñaron a estar para servir, servir a la Iglesia, servir a las personas para quienes estamos y vivir siempre para la Iglesia», confiesa.

Muchas han sido las pruebas en las que ha tenido que mostrar este servicio. Recuerda que tras su vuelta a Uganda ya como sacerdote no tenía ni los medios ni las facilidades que existían en España. Sin dinero y sin coche durante más de un año, pero teniendo que atender comunidades y pueblos muy dispersos, esta experiencia de ponerse al servicio con alegría la tuvo siempre muy presente. «Para mí llegar a Uganda y no tener nada, pero estar contento haciendo la voluntad de Dios, me llenó muchísimo», afirma.

No distraerse de la misión

Ahora está de nuevo en España, concretamente en Valencia, terminando una tesis doctoral en Teología Dogmática, pero también aquí esta vivencia le sigue ayudando. Es capellán de un hospital y en muchas ocasiones recibe llamadas de madrugada para asistir espiritualmente a algún enfermo o moribundo. Cuando la tentación de la queja aparece, Tadeo se acuerda de aquella frase, “estamos para servir”, y entonces acude presto para dar consuelo al que lo necesita.

Preguntado por los numerosos peligros para el sacerdote de hoy, Tadeo Ssemanda tiene claro que lo más importante es «estar muy enganchado al Señor y recogido en Él, porque son muchas las cosas que nos distraen y nos pueden hacer olvidar que somos sacerdotes. Es más fácil perder el rumbo hoy que antes».

«Uno puede ser sacerdote y vivir como si ejerciera un trabajo, como si fuera un maestro o un conductor de autobús. Pero nuestra labor tiene que ser de servicio, de entrega y de dar la vida y amor».

Frente a estos peligros anima a caminar cogido de la mano del Señor y de la Virgen María.

Para concluir, el padre Tadeo Ssemanda recuerda con especial cariño a los benefactores de la Fundación CARF, pues pudo recibir primero una ayuda como seminarista y después otra ya como sacerdote para obtener la licenciatura en Teología.

«Aunque salí de ahí hace muchos años, rezo mucho por ellos. Quiero animarles a que sigan haciendo este servicio de apoyar a los seminaristas y sacerdotes que se forman, porque así pueden participan de alguna manera en la labor de un "profeta". Nuestro Señor decía que cuando se ayuda al profeta a cumplir su misión, ese también recibe las bendiciones del profeta. Pienso que ayudando así recibirán de las gracias que esto conlleva», sentencia.

Documental Testigos

La Fundación CARF trabaja para facilitar la formación integral de seminaristas y sacerdotes diocesanos, con el objetivo claro de que regresen a sus diócesis de origen y pongan al servicio de sus comunidades lo recibido durante sus años de estudio.

La ayuda que presta la Fundación no es un fin en sí mismo. Está orientada a fortalecer la preparación intelectual, teológica, espiritual y humana de quienes han sido llamados al sacerdocio, para que puedan ejercer su ministerio con solidez, responsabilidad y sentido de servicio.

Cada seminarista y sacerdote apoyado asume el compromiso de volver a su Iglesia local. Allí, en su propia diócesis, devuelven en forma de dedicación humana, pastoral, acompañamiento y formación lo que han recibido gracias a la generosidad de los benefactores.

La Fundación CARF trabaja, por tanto, con una visión de largo plazo: formar hoy para servir mañana en cada diócesis del mundo.


Una vocación sacerdotal de Perú: servir a Dios en las alturas

En el contexto de un Perú rural, una vocación sacerdotal adquiere matices propios. Grandes distancias, escasez de recursos y una fuerte identidad cultural de los pueblos andinos que hacen que el ministerio del sacerdote deba vivirse desde la incomodidad y sin esquemas urbanos. En este ámbito, el presbítero es una presencia esperada y necesaria, muchas veces, la única referencia estable de la Iglesia en territorios extensos y difíciles de recorrer.

En este marco, la vocación se entiende como una llamada personal y como una respuesta a una necesidad concreta del pueblo. Ser sacerdote en los Andes implica aceptar una vida marcada por el desplazamiento constante, el contacto directo con la pobreza y una relación muy cercana con los fieles, que conocen a su pastor por su palabra, por su disponibilidad y por su cercanía cotidiana.

El testimonio del padre Christiam se inserta precisamente en esta realidad. Su historia personal vive unida al territorio al que ha sido enviado y a las comunidades a las que sirve, donde la fe se vive con profundidad y sencillez, incluso en medio de grandes carencias.

Una vocación sacerdotal que nace de la Palabra

El padre Christiam Anthony Burgos Effio nació en Lima el 26 de agosto de 1992 y pertenece a la Diócesis de Sicuani, en la región andina del sur del país. Es el mayor de cuatro hermanos y creció en una familia cristiana donde la fe se vivía con naturalidad.

La fe familiar se expresó en prácticas religiosas y también como una forma concreta de entender la vida, el sacrificio y el servicio. En ese ambiente, la figura del sacerdote era respetada y valorada como alguien cercano al pueblo, lo que ayudó a que la vocación pudiera germinar sin rechazo inicial, aunque con muchas preguntas.

Durante los años de discernimiento, el padre Christiam aprendió a escuchar con paciencia lo que Dios le pedía, sin precipitar decisiones. La vocación fue madurando en el silencio, en la oración y en el contacto con la realidad concreta de la Iglesia local, hasta convertirse en una opción firme.

Este proceso gradual fue clave para afrontar más adelante las renuncias propias del camino sacerdotal y para asumir la formación como un tiempo necesario de preparación interior y pastoral.

Su llamada a la vocación sacerdotal llegó a los 16 años, durante una Eucaristía en la que se proclamó el Evangelio de san Mateo: «ustedes son la sal de la tierra (…) y la luz del mundo» (Mt 5, 13-16). Aquella Palabra no fue un impacto momentáneo, sino el inicio de una inquietud constante que lo llevó a plantearse seriamente el sacerdocio como camino de vida.

«Creo verdaderamente, que el Señor se valió de su palabra para poner en mí, la inquietud de la vocación, el deseo de poder servirle plenamente a través de su pueblo, en el ministerio sacerdotal».

El acompañamiento mariano: una presencia constante

Desde la infancia, la fe aprendida en casa y la devoción mariana –especialmente el rezo del Santo Rosario– acompañaron su proceso. Con el paso del tiempo, comprendió que Dios había ido preparando su vocación de forma silenciosa y paciente.

Conoce la vocación sacerdotal en Perú del padre Christiam Anthony Burgos Effio

Entrar en el seminario: una elección que exige renunciar

La formación sacerdotal no solo supuso adquirir conocimientos teológicos y humanos, sino aprender a vivir en comunidad, a obedecer y a servir sin protagonismo. Estos años fueron decisivos para configurar un estilo de sacerdocio sencillo y cercano, especialmente adecuado para la realidad andina.

En un contexto donde muchas comunidades apenas ven al sacerdote unas pocas veces al año, la preparación interior cobra una importancia especial. La fortaleza espiritual, la constancia y la capacidad de adaptarse a situaciones difíciles se convierten en herramientas imprescindibles para el ministerio.

Esta etapa formativa permitió al padre Christiam asumir con realismo la misión que le esperaba, sin idealizarla, pero también sin miedo.

La decisión de entrar en el seminario llegó cuando ya había iniciado los estudios universitarios y tenía proyectos personales definidos. Apostar por el sacerdocio supuso dejar atrás planes legítimos y asumir la incertidumbre de un camino exigente.

La prueba más difícil fue la familiar. Para sus padres, la decisión significó inicialmente una sensación de perder a un hijo. Ese dolor se transformó con los años en un proceso de fe compartida, vivido en paralelo a la formación sacerdotal de Christiam. Hoy, esa renuncia inicial es motivo de gratitud y de alegría profunda.

El tiempo de seminario fue clave para madurar humana y espiritualmente, y para purificar la vocación hasta convertirla en una respuesta libre y consciente a la llamada de Dios.

Padre Christiam Burgos con monaguillos en una parroquia de los Andes del Perú.
El padre Christiam Anthony Burgos Effio junto a los monaguillos de su parroquia.

Ordenación y envío: vocación puesta a prueba en los Andes

La ordenación sacerdotal, celebrada en las vísperas del Buen Pastor, marcó el inicio de una entrega definitiva. Desde ese momento, el ministerio del padre Christiam quedó ligado a una realidad pastoral extrema.

Su diócesis abarca más de 16.700 km² y cuenta con un número muy limitado de sacerdotes para atender decenas de parroquias separadas por grandes distancias. En este contexto, el sacerdote acompaña espiritualmente y muchas veces debe asumir tareas educativas y sociales.

Comunidades aisladas y una fe que sostiene

Además de la sede parroquial, el padre Christiam atiende trece comunidades rurales. Algunas, como Paropata y Tucsa, se encuentran a casi 4.900 metros sobre el nivel del mar y solo son accesibles a pie o a caballo o mula. Son pueblos con graves carencias materiales y sanitarias, pero con una fe viva que se expresa en costumbres profundamente arraigadas.

En estas comunidades, evangelizar significa también compartir el trabajo del campo, escuchar, enseñar y sostener la esperanza. Allí, el sacerdote descubre que, mientras evangeliza, también es evangelizado por la fe sencilla del pueblo.

Don Christiam Anthony acompaña a una comunidad en una celebración de fe en las alturas del Perú.

Actualmente, el padre Christiam cursa estudios de Derecho Canónico en la Universidad Pontificia de la Santa Cruz, en Roma, gracias a una ayuda de los socios, benefactores y amigos de la Fundación CARF. Vive esta etapa no como un mérito personal, sino como una oportunidad para formarse mejor y servir con mayor entrega a la Iglesia de Perú cuando regrese.

Su vocación sacerdotal sigue teniendo un horizonte claro: regresar a los Andes y continuar cuidando del pueblo que Dios le ha confiado.


Gerardo Ferrara, licenciado en Historia y en Ciencias Políticas, especializado en Oriente Medio.
Responsable de alumnado Universidad de la Santa Cruz de Roma.


Nirmala: mujer, cristiana, religiosa, comunicadora de la India

El próximo 26 de febrero se cumplirán los 25 años de la Facultad de Comunicación Social e Institucional, fundada en 1996 dentro de la Universidad Pontificia de la Santa Cruz.

Esta Facultad tiene como objetivo transmitir la fe de la Iglesia en cada siglo con los instrumentos a disposición y también formar a profesionales capaces de operar en el campo de la comunicación en instituciones eclesiales, a través de un programa muy sólido y diversificado, que se basa en el estudio teórico y práctico.

Estudiantes de comunicación social

Los estudiantes de Comunicación Social e Institucional, además, de hecho, se focalizan mucho sobre el entorno cultural en el que la Iglesia propone su mensaje, en un espíritu de diálogo permanente con las mujeres y los hombres de cada siglo.

Para ello, es necesario que conozcan muy bien, por un lado los contenidos de la fe y la identidad de la Iglesia como institución, a través de asignaturas de carácter teológico, filosófico y canónico, y por el otro la aplicación concreta de las teorías, prácticas y técnicas de comunicación institucional a la identidad particular de la Iglesia Católica, incluso mediante laboratorios avanzados en los diferentes medios de comunicación (radio, televisión, prensa y medios basados en las nuevas tecnologías).

25 aniversario

La Facultad de Comunicación Social e Institucional, gracias a sus características únicas en el ámbito de las universidades pontificias, ha formado, en 25 años, ya a decenas de profesionales de la comunicación, que hoy en día dan su aporte en distintos sectores eclesiales y no eclesiales, gracias sobre todo a la ayuda de muchos benefactores, en particular de la Fundación CARF – Centro Académico Romano Fundación.

CARF que no solamente otorga ayudas al estudio a jóvenes de todo el mundo para que se formen en la Pontificia Universidad de la Santa Cruz, sino que ofrece su soporte financiero para ayudar a la universidad a realizar sus actividades académicas ordinarias previstas (los cursos habituales), a sustentar a todo el personal de profesores y funcionarios, a financiar actividades extraordinarias (como congresos, publicaciones y otras actividades de los profesores) y a subvencionar las herramientas y tecnologías necesarias (laboratorios, aulas, instrumentos para la didáctica, etc.).

Conocer la realidad de la Facultad de Comunicación Social 

Empezamos un viaje para conocer mejor la realidad de esta Facultad y su misión en el mundo gracias a las historias de sus estudiantes, antiguos alumnos y profesores. 

Hermana Nirmala Santhiyagu, de India

Hoy nos encontramos con la hermana Nirmala Santhiyagu, de India, de la Congregación de las Misioneras de San Pedro Claver. Nirmala tiene 35 años y estudia en la Universidad Pontificia de la Santa Cruz gracias a una ayuda de la Fundación CARF, que también ayuda a otra estudiante de su misma congregación.

«¡Hola a todos! Es un placer para mi, siendo estudiante en el primer año de la Licenciatura en Comunicación, poder acercarme a este mundo a través de una entrevista para que se nos conozca mejor a mi y a toda mi familia académica, como la llamo, de la Facultad. Pues esto es muy importante, ser familia aquí también: es algo que valoro mucho, ya que nací y crecí en una familia católica muy unida, en Tamil Nadu, India, junto con mis padres y mis tres hermanos».

Transmitir formación en un entorno difícil

G: Es un placer para mi y para nuestros lectores también. Además, es muy interesante, el hecho de que usted, que procede de India, en cuanto mujer, cristiana y religiosa estudie en Roma para luego compartir su formación con un entorno no siempre fácil, y en un país sobre el cual las crónicas nos ofrecen muy a menudo historias dramáticas de violencia sobre la mujer.

N: «Sí, de hecho mi congregación me pidió que estudiara Comunicación Social e Institucional para poder colaborar más eficazmente con su equipo de comunicación, trabajando en la diócesis de Indore, India. Es una época muy difícil en todo el mundo, debido también a la emergencia del COVID, pero creo que este tipo de estudios es interesante y al mismo tiempo desafiante, sobre todo por un país como India, por lo mismo que usted comentaba».

G: Me imagino que nacer y crecer como cristiana en un país donde los cristianos son una pequeña minoría no debe haber sido muy fácil.

N: Pues, de hecho cuando yo era pequeña aún no era difícil como hoy. Ante todo, tuve la suerte de tener unos padres muy amorosos que se preocuparon de que nosotros los niños creciéramos en la fe cristiana siguiendo sus valores morales. Los miembros de mi familia jugaron un papel vital en la formación de mi fe: siempre me animaron a participar en las clases de catecismo dominical y en todas las actividades que se llevaban a cabo para la formación de la fe y de la moral en nuestra parroquia.

Además, estudié en una escuela católica dirigida por monjas y allí tenía más posibilidades de valorar mis valores cristianos, es decir compartir lo que uno tiene, perdonar al prójimo y sobre todo la igualdad: o sea que todos somos hijos de Dios y no importa la casta o el credo. Por esto digo que tuve suerte, pues sé que no todos los niños, y sobre todo niñas, tienen esta posibilidad de crecer como yo crecí.

«Estudié en una escuela católica dirigida por monjas donde aprendí que todos somos hijos de Dios y no importa la casta o el credo».

Hermana Nirmala, religiosa de la India

Las actividades misioneras de las Hermanas de San Pedro Claver en países de misión como India y Vietnam cooperan con las actividades pastorales diocesanas en la formación cristiana, que sea espiritual y moral, de niños y jóvenes, en el empoderamiento de las mujeres, en la educación de los niños pobres y sobre todo para despertar la conciencia misionera entre los fieles.

G: ¿Y desde pequeña tuvo usted la posibilidad de encontrarse con gente de distintas religiones?

N: Sí, a medida que crecía, ya fuera en la escuela o en el entorno familiar, pude cruzar mi camino con personas de otras religiones, como hindúes y musulmanes, y allí aprendí a conocer los contenidos de sus creencias, llegando a apreciar y atesorar aún más mi fe cristiana. Solamente en el cristianismo, pues, encontré a un Dios que te permite ser tú mismo, con todas tus debilidades y habilidades, y siempre fue emocionante para mí saber que tengo a un Dios que nos ama, nos perdona y desea que sus hijos seamos felices aquí en la tierra, para luego estar con él para siempre en el cielo.

G: Pues, debe ser muy enriquecedor para un niño crecer en un ambiente tan abierto…

N: Bueno, debo admitir que los niños de hoy en la mayor parte de la India no gozan de la libertad religiosa que teníamos en nuestros días de infancia, hay cambios enormes en los últimos días debido a las influencias políticas del nacionalismo hindú, que no dejan de afectar a otros grupos étnicos o religiosos.

Pero me acuerdo que, en los días de mi infancia, la coexistencia de diferentes religiones era muy pacífica y edificante: estudiar y jugar juntos, independientemente de la casta o religión; el respeto que teníamos por las creencias de los demás, etc. Incluso hoy, aprecio las maravillosas experiencias que tuve en mis días escolares.

G: ¿Fue en la escuela que sintió la llamada a ser religiosa?

N: Bueno, no solo allí... De hecho fui muy inspirada por las actividades de las monjas en mi parroquia, así como por mi hermana de sangre que era monja ella también. Así que yo también quería ser misionera. Con la ayuda de mi párroco, me uní a la Congregación de las Hermanas Misioneras de San Pedro Claver donde estoy ahora. En 2007 hice mi primera profesión religiosa. Con el pasar de los años, redescubrí y confirmé mi vocación de ser el testimonio del amor de Dios y en 2014 dije mi “sí” a la llamada del Señor para siempre.

G: ¿Y eso como se relaciona con la comunicación?

N: ¡Todo está relacionado con la comunicación, especialmente hoy en día! Y el carisma de las Hermanas de San Pedro Claver es la animación misionera, entendida como la información y formación del pueblo de Dios sobre las misiones. Se realiza despertando en todos la cooperación en la misión, para proporcionar a los misioneros los medios espirituales y materiales necesarios para la evangelización de los pueblos.

G: ¡Qué bien! Todo el pueblo, toda la comunidad involucrada en la misión!

N: ¡Pues, sí! Las actividades misioneras de las Hermanas de San Pedro Claver en países de misión como India y Vietnam cooperan con las actividades pastorales diocesanas en la formación cristiana, que sea espiritual y moral, de niños y jóvenes, en el empoderamiento de las mujeres, en la educación de los niños pobres y sobre todo para despertar la conciencia misionera entre los fieles. Y hay que decir que, en las actividades de empoderamiento de la mujer y educación de niños pobres, estamos en contacto constante con personas de otras religiones.

G: Un reto muy importante, si consideramos que los cristianos de India son una minoría…

N: Sí, de hecho el porcentaje de cristianos en India es solo del 2.5%, pero su presencia es increíblemente significativa para la sociedad india. ¡Basta recordar a Santa Teresa de Calcuta! La contribución del cristianismo es muy remarcable, sobre todo en tema de reforma de tradiciones destructivas, modernización del sistema democrático, educación social y acceso a los medios de comunicación, atención médica, cambio social e impacto entre las tribus y los dalits (los sin casta), empoderamiento de las mujeres.

G: Los pobres, más pobre y los ricon, más ricos. Una misión que lo involucra todo...

N: Así es… En mi opinión, la misión que espera a cada cristiano en este siglo XXI en la India no es solamente compartir la alegría del evangelio, sino también promover los valores del evangelio, para brindar igualdad de derechos a todos los ciudadanos. Aunque la tecnología ha mejorado la calidad de vida y el trabajo, el proceso de modernización tiene sus efectos sociales, morales y religiosos negativos.

A medida que las personas migran de áreas rurales a áreas metropolitanas e industrializadas, la mayoría de las personas, con un bajo nivel profesional y educativo, terminan siendo explotadas, marginadas, víctimas de injusticia y en la pobreza extrema, provocando la desintegración de los lazos familiares. En este círculo vicioso, los pobres se vuelven más pobres y los ricos más ricos.

«La misión de cada cristiano en este siglo XXI en la India es promover los valores del Evangelio»

Nirmala, religiosa de la India

La hermana Nirmala cuenta que el porcentaje de cristianos en India es solo del 2.5%, pero su presencia es increíblemente significativa para la sociedad india. "¡Basta recordar a Santa Teresa de Calcuta!", afirma.  La contribución del cristianismo es muy remarcable, sobre todo en tema de reforma de tradiciones destructivas, modernización del sistema democrático, educación social y acceso a los medios de comunicación.

G: Sin mencionar los contrastes entre los distintos componentes religiosos…

N: Nos enfrentamos con una tendencia fundamentalista creciente, que mira la modernidad como el proceso responsable del declive de los valores, reivindica el retorno a los valores tradicionales y los redefine en una ideología que supuestamente reemplaza a la modernidad y excluye la diversidad.

La situación actual exige más que nunca el diálogo interreligioso. Porque los desarrollos en el mundo moderno han planteado un desafío no solo a las instituciones sociales y políticas de la India, sino también a las creencias e ideas éticas y religiosas. Existe una necesidad urgente de una conciencia general de paridad, que debe fomentarse entre todos.

G: ¿Y cuál es la situación de la mujer en su país?

N: India siempre ha sido un país patriarcal, donde tradicionalmente se ha impedido que las mujeres se emanciparan desde la antigüedad. De hecho, la inferioridad de la mujer estaba codificada por el Código Manu: durante la infancia era propiedad del padre, en la adolescencia del marido y, en caso de fallecimiento del marido, propiedad del pariente varón más cercano. Este antiguo modelo es particularmente importante porque subyace a las opresiones antiguas y nuevas. De hecho, aunque la condición de la mujer ha mejorado con el advenimiento de la modernidad, la tradición aún está profundamente arraigada en todo el país.

Por supuesto, la India fue el primer gran país del mundo en tener una mujer como jefa de gobierno (Indira Gandhi); y sí, en las ciudades hay muchas mujeres educadas y emancipadas, y muchos matrimonios modernos en los que los dos cónyuges tienen los mismos derechos. Sin embargo, estos son episodios marginales.

G: Existe también el drama de la alta mortalidad de las niñas…

N: Claro. India es uno de los pocos países donde los hombres superan en número a las mujeres, y eso en parte es debido a la mayor tasa de mortalidad de las niñas, a las cuales se les presta menor atención. A las viudas se les permite volver a casarse, pero si lo hacen, se les desaprueba y se les marginaliza, por lo que en su mayoría viven en la pobreza. Los matrimonios infantiles han disminuido, pero aún existen, especialmente en las zonas rurales. Además, hay que considerar un aspecto dramático de la condición femenina que tiene que ver con la dote.

Hoy en día, pues, existe una verdadera “bolsa de valores” de esposos potenciales: cuanto más alto es su estatus social, mayor es la dote requerida. A menudo, después de que el matrimonio ya ha tenido lugar, la familia del novio pide más objetos o más dinero, y si la familia de la novia no puede dar más, a la novia se le quema viva, simulando un accidente doméstico.

Desde hace algún tiempo, muchas mujeres se han organizado en grupos y comités, y es de esperar que algún día estas tragedias lleguen a su fin, pero las mujeres indias todavía tenemos un largo camino por recorrer para lograr la igualdad de derechos.

G: Un camino que pasa por la formación y la comunicación…

N: ¡Por supuesto! La razón de todos estos problemas es el analfabetismo, la falta de formación, de acceso a los medios y a la instrucción. Los misioneros cristianos han trabajado durante siglos para educar a los pobres y valorizar a los marginados. La Iglesia católica siempre ha invertido en la educación en la India y todavía hoy tenemos las mejores escuelas. Claro, hay mucho por hacer pero no vamos a dejar de trabajar en este sentido.

Agradecimientos a los benefactores 

Y es muy bueno que nuestros lectores y benefactores europeos y occidentales se hagan más conscientes de que están contribuyendo, ayudándole a usted a formarse, a mejorar la condición del pueblo entero de India, no solamente de los cristianos, a través de la obra de la Iglesia.

Claro, y por esto estamos muy agradecidos, yo y los estudiantes de la Facultad de Comunicación de la Pontificia Universidad de la Santa Cruz, así como los antiguos alumnos y los profesores… Todos somos Iglesia, y estoy muy segura de que la formación académica que nos ha sido posible gracias a la aportación de nuestros benefactores nos ayudará a vivir nuestra vida religiosa siendo auténticos testigos del Evangelio y buenos profesionales, dando muchos frutos para su Reino. La generosidad siempre permanece en forma de regalo, la formación que recibimos debido a la generosidad de tanta gente nos equipará a su vez para ser generosos con los demás.


Gerardo Ferrara, Licenciado en Historia y en Ciencias Políticas, especializado en Oriente Medio.
Responsable del alumnado Universidad Pontificia de la Santa Cruz de Roma.