San Carlos Borromeo, patrono de seminaristas

San Carlos Borromeo fue una de las personas más importantes de la Reforma Católica, también conocida como Contrarreforma, en el siglo XVI. Un hombre que nació en la opulencia de la nobleza y eligió el servicio y la austeridad.

Su vida muestra como un sacerdote, armado con una fe y una voluntad de hierro, puede ayudar a transformar la Iglesia. Se le recuerda como un pastor modelo por su amor por la formación de seminaristas y catequistas.

La familia Borromeo

Carlos Borromeo nació el 2 de octubre de 1538 en el castillo de Arona, en el Lago Maggiore (Italia). Su familia, los Borromeo, era una de las más antiguas e influyentes de la nobleza lombarda. Su padre fue el conde Gilberto II Borromeo y su madre Margarita de Medici.

Este parentesco materno marcaría su destino de forma decisiva. Su tío materno, Giovanni Angelo Medici, se convertiría en el papa Pío IV. Desde joven, Carlos mostró una piedad notable y una inclinación seria hacia el estudio, a pesar de sufrir una ligera dificultad en el habla.

A los doce años, su familia ya le había destinado a la carrera eclesiástica, recibiendo la tonsura y el título de abad comendatario. Estudió Derecho Canónico y Civil en la Universidad de Pavía.

Un cardenal laico con 22 años

La vida de san Carlos Borromeo cambió en 1559. Tras la muerte del papa Paulo IV, su tío materno fue elegido Papa, tomando el nombre de Pío IV. Casi de inmediato, el nuevo Papa llamó a su sobrino a Roma.

En 1560, con solo 22 años y sin haber sido ordenado sacerdote todavía, Carlos fue nombrado cardenal diácono. Resulta básico entender que, en esa época, el cardenalato era a menudo un cargo político y administrativo. Pío IV también lo nombró secretario de estado de la Santa Sede.

Se convirtió, de facto, en el hombre más poderoso de Roma después del Papa. Administraba los asuntos de los Estados Pontificios, gestionaba la diplomacia vaticana y supervisaba innumerables proyectos. Vivía como un príncipe renacentista, rodeado de lujos, aunque personalmente mantenía su piedad.

San Carlos Borromeo de Orazio Borgianni
San Carlos Borromeo de Orazio Borgianni.

La conversión y su llamada al sacerdocio

La vida de san Carlos Borromeo en Roma, aunque eficaz administrativamente, era mundana. Sin embargo, un evento trágico sacudió su conciencia: la muerte repentina de su hermano mayor, Federico, en 1562.

Esta pérdida le hizo reflexionar profundamente sobre la vanidad de la vida terrenal y la urgencia de la salvación eterna. Federico era el heredero de la familia, y su muerte ponía sobre Carlos la presión de dejar la vida eclesiástica para asegurar la descendencia.

Carlos rechazó esta idea. Experimentó una profunda conversión espiritual. Decidió que no sería más un administrador laico con título de cardenal, sino un verdadero hombre de Dios. En 1563, buscó la ordenación y fue consagrado sacerdote, y poco después, obispo. Su vida cambió radicalmente: adoptó un estilo de vida de extrema austeridad, de ayuno y de oración.

El motor del Concilio de Trento

La gran obra del pontificado de Pío IV fue la reanudación y conclusión del concilio de Trento (1545-1563), que había estado bloqueado durante años. San Carlos Borromeo, desde su puesto en la Secretaría de Estado, fue el motor diplomático y organizativo que llevó el concilio a buen puerto en su fase final.

Fue él quien gestionó las tensas negociaciones entre las potencias europeas (España y Francia), los legados papales y los obispos. Su tenacidad fue clave para que el concilio definiera la doctrina católica frente a la reforma protestante y, crucialmente, estableciera los decretos para la reforma interna de la Iglesia.

Terminado el concilio, san Carlos Borromeo no descansó. Se dedicó en cuerpo y alma a implementar sus decretos. Presidió la comisión que redactó el Catecismo Romano (o Catecismo de Trento), una herramienta fundamental para instruir a los fieles y unificar la enseñanza.

El triunfal ingreso de san Carlos Borromeo en Milán de Filippo Abbiati, Catedral de Milán.

San Carlos Borromeo: arzobispo residente de Milán

Mientras estaba en Roma, san Carlos Borromeo había sido nombrado arzobispo de Milán en 1560. Sin embargo, como era costumbre en la época, gobernaba su diócesis "en ausencia" a través de vicarios. Era un "pastor sin rebaño".

El propio concilio de Trento que él ayudó a concluir prohibía esta práctica y exigía que los obispos residieran en sus diócesis. Fiel a sus principios, Carlos rogó a su tío, el Papa, que le permitiera dejar la gloria de Roma para ir a la difícil Milán.

En 1565, Pío IV accedió. La entrada de san Carlos Borromeo en Milán marcó el inicio de una nueva era. Por primera vez en casi 80 años, Milán tenía un arzobispo residente.

El desafío de Milán: una diócesis en ruinas

La archidiócesis de Milán que encontró Carlos Borromeo era un reflejo de los males de la Iglesia pre-tridentina. Era una de las diócesis más grandes y ricas de Europa, pero espiritualmente estaba en la anarquía.

El clero estaba profundamente relajado y mal formado. Muchos sacerdotes no guardaban el celibato, vivían lujosamente o simplemente eran ignorantes de la doctrina básica. La ignorancia religiosa del pueblo era vasta. Los monasterios, tanto masculinos como femeninos, habían perdido su disciplina y se habían convertido en centros de vida social.

La reforma implacable de san Carlos Borromeo

San Carlos Borromeo aplicó los decretos de Trento con una energía sobrehumana. Su método era claro: visitar, regular, formar y dar ejemplo.

Comenzó por reformar su propia casa arzobispal. Vendió los muebles lujosos, redujo drásticamente su servidumbre y adoptó un régimen de vida casi monástico. Su ejemplo como sacerdote austero era su primera herramienta de reforma.

Inició las visitas pastorales, recorriendo incansablemente cada una de las más de 800 parroquias de su diócesis, muchas en zonas montañosas de difícil acceso en los Alpes. Inspeccionaba las iglesias, examinaba al clero y predicaba al pueblo.

Para aplicar la reforma, convocó numerosos sínodos diocesanos y concilios provinciales, donde promulgó leyes estrictas para corregir los abusos del clero y de los laicos. No temió enfrentarse a los nobles ni a los gobernadores españoles, que veían su autoridad como una intromisión.

La creación del seminario

San Carlos Borromeo entendió perfectamente que la reforma de la Iglesia era imposible sin un clero bien formado. El concilio de Trento había ordenado la creación de seminarios para este fin, pero la idea se encontraba en un plano muy teórico.

Carlos fue el pionero absoluto en su implementación práctica. Fundó el seminario mayor de Milán en 1564, convirtiéndolo en el modelo para toda la Iglesia católica. Luego estableció seminarios menores y colegios (como el helvético, para formar clero contra el calvinismo).

Estableció reglas estrictas para la vida espiritual, académica y disciplinaria de cada seminarista. Quería que el futuro sacerdote fuera un hombre de oración profunda, docto en Teología y moralmente intachable. La figura del seminarista moderno, dedicado exclusivamente a su formación para el ministerio, es una herencia directa de la visión de san Carlos Borromeo. Por ello, es considerado el patrono de todo seminarista.

San Carlos Borromeo dando la comunión a las víctimas de la peste, por Tanzio da Varallo, hacia 1616 (Domodossola, Italia).

Un sacerdote para su pueblo

El momento que definió el heroísmo de san Carlos Borromeo fue la terrible plaga que asoló Milán entre 1576 y 1577, conocida como la peste de san Carlos.

Cuando la epidemia estalló, las autoridades civiles y la mayoría de los nobles huyeron de la ciudad para salvarse. San Carlos Borromeo se quedó. Se convirtió en el líder moral, espiritual y, en muchos aspectos, civil de la ciudad asediada por la enfermedad.

Organizó hospitales de campaña (lazaretos), reunió a su clero fiel y les instó a atender a los moribundos. Él mismo iba por las calles más infectadas, dando la Comunión y la Extremaunción a los apestados, sin temor al contagio.

Vendió los bienes que le quedaban, incluso los tapices de su palacio, para comprar comida y medicinas para los pobres. Para que los enfermos que no podían salir de sus casas pudieran asistir a Misa, ordenó celebrar la Eucaristía en las plazas públicas. Su figura, liderando procesiones penitenciales descalzo por la ciudad, se convirtió en un símbolo de esperanza.

Oposición y atentado

La reforma de san Carlos Borromeo no fue fácil ni popular. Su rigor le ganó poderosos enemigos. Se enfrentó constantemente a los gobernadores españoles de Milán, que intentaron limitar su jurisdicción.

Pero la oposición más violenta vino desde dentro de la Iglesia. Los Humiliati, una orden religiosa que se había relajado moralmente y poseía grandes riquezas, se negaron a aceptar su reforma. En 1569, un miembro de esta orden, el fraile Girolamo Donato Farina, intentó asesinarlo.

Mientras san Carlos Borromeo rezaba de rodillas en su capilla, el fraile le disparó por la espalda con un arcabuz a quemarropa. Milagrosamente, la bala solo rasgó sus vestiduras y le causó una leve contusión. El pueblo vio esto como una señal divina, y el papa Pío V suprimió la orden de los Humiliati poco después.

Legado, muerte y canonización

El esfuerzo constante, las penitencias extremas y el trabajo incansable agotaron la salud de san Carlos Borromeo. En 1584, mientras realizaba un retiro espiritual en el Monte Varallo, contrajo unas fiebres.

Regresó a Milán gravemente enfermo y murió en la noche del 3 de noviembre de 1584, a los 46 años. Sus últimas palabras fueron Ecce venio (Aquí vengo).

Su fama de santidad fue inmediata. El pueblo de Milán lo veneraba como el sacerdote mártir de la caridad y la reforma. El proceso de canonización fue extraordinariamente rápido para la época. Fue beatificado en 1602 y canonizado por el papa Paulo V en 1610.

San Carlos Borromeo es universalmente reconocido como patrono de los obispos, de los catequistas y, de manera muy especial, de todo seminarista y director espiritual. Su influencia en la definición del sacerdote post-tridentino –formado, piadoso y dedicado a su pueblo– es incalculable.

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Oración, Misa y misión cristiana

Se ha fijado especialmente en la oración de Jesús el día de su bautismo en el río Jordán. Allí quiso ir él, que no tenía pecado alguno que lavarse, en obediencia a la voluntad del Padre. Y no se quedó al otro lado del río en la orilla, como diciendo: yo soy el santo, y vosotros sois los pecadores. Se puso a la cabeza de los penitentes, “en un acto de solidaridad con nuestra condición humana”.

Esto es siempre así, constata el Papa: “Nunca rezamos solos, siempre rezamos con Jesús”. Un tema desarrollado y profundizado antes por el Papa emérito Benedicto. También para comprender a Cristo.

La oración del Hijo de Dios

Así lo dice el Catecismo de la Iglesia Católica y lo recoge Francisco: «La oración filial, que el Padre esperaba de sus hijos va a ser vivida por fin por el propio Hijo único en su Humanidad, con los hombres y en favor de ellos» (n. 2599).

El evangelio de san Lucas relata que, cuando Jesús se estaba bautizando, puesto en oración, se abrió como una brecha en el cielo y se oyó la voz del Padre: “Tú eres mi Hijo; yo hoy te he engendrado” (lc 3, 22). Y observa el Papa que esta sencilla frase encierra un inmenso tesoro, porque nos hace intuir algo del misterio de Jesús y de su corazón siempre dirigido al Padre:

«En el torbellino de la vida y el mundo que llegará a condenarlo, incluso en las experiencias más duras y tristes que tendrá que soportar, incluso cuando experimenta que no tiene dónde recostar la cabeza (cfr. Mt 8, 20), también cuando el odio y la persecución se desatan a su alrededor, Jesús no se queda nunca sin el refugio de un hogar: habita eternamente en el Padre».

Añade Francisco que esa oración personal de Jesús “en Pentecostés se convertirá por gracia en la oración de todos los bautizados en Cristo”. Y por eso nos aconseja que si alguna vez nos sentimos incapaces de rezar, indignos de que Dios nos escuche, debemos pedirle a Jesús que rece por nosotros, que vuelva a enseñar sus llagas a Dios Padre, en nombre nuestro.

Si tenemos esa confianza, nos asegura el Papa, de alguna manera escucharemos dirigidas a nosotros, esas palabras: «Tú eres el amado de Dios, tú eres hijo, tú eres la alegría del Padre de los cielos».

En definitiva, «Jesús nos ha regalado su propia oración, que es su diálogo de amor con el Padre. Nos lo dio como una semilla de la Trinidad, que quiere echar raíces en nuestro corazón. ¡Acojámoslo! Acojamos este don, el don de la oración. Siempre con Él. Y no nos equivocaremos».

Hasta aquí las palabras de Francisco en su catequesis del miércoles. A partir de aquí podemos profundizar sobre cómo se relaciona nuestra oración con la del Señor, y cómo eso se relaciona con la misa, que siempre tiene algo de “fiesta”. Y cómo finalmente, eso nos lleva a participar de la misión de la Iglesia. Vayamos por pasos, de la mano del teólogo Joseph Ratzinger.

Joseph Alois Ratzinger, voda de oración.

«Dirijamos nuestro agradecimiento sobre todo a Dios en el cual vivimos, nos movemos y existimos». Benedicto XVI

Nuestra oración de hijos en el Hijo

El contenido de la oración de Jesús –­oración de alabanza y de acción de gracias, de petición y reparación– se despliega desde la íntima conciencia de su filiación divina y su misión redentora.

Por eso Ratzinger observaba –en la perspectiva del punto del Catecismo citado por Francisco– que el contenido de la oración de Jesús se concentra en la palabra Abba, palabra con la que los niños hebreos llamaban a sus padres (equivalente a nuestro “papá”). Se trata de la seña de identidad más clara de Jesús en el Nuevo Testamento, así como de la expresión sintética más clara de toda su esencia. En el fondo esa palabra expresa el asentimiento esencial a su ser Hijo. Por eso el Padrenuestro es una extensión del Abba trasladada al nosotros de sus fieles (cf. La fiesta de la fe, Bilbao 1999, pp. 34-35).

Así es. La oración cristiana, nuestra oración, tiene como fundamento vivo y centro propio la oración de Jesús. En ella se enraíza, de ella vive y la prolonga sin superarla, puesto que la oración de Jesús, que es nuestra “cabeza”, precede a la nuestra, la sostiene y le otorga la eficacia de Su misma oración.  Es la nuestra una oración de hijos "en el Hijo". Nuestra oración, como la de Jesús y en unión con la suya, es siempre una oración a la vez personal y solidaria.

Esto es posible por la acción del Espíritu Santo, que nos une a todos en el Señor, en su cuerpo (místico) que es la Iglesia: "En la comunión en el Espíritu Santo la oración cristiana es oración en la Iglesia". "En la oración, el Espíritu Santo nos une a la Persona del Hijo Unico, en su humanidad glorificada. Por medio de ella y en ella, nuestra oración filial comulga en la Iglesia con la Madre de Jesús (cf Hch 1, 14)" (Catecismo de la Iglesia Católica, nn. 2672 y 2673).

En la misa Dios se hace presente

Pues bien, continúa Ratzinger, desde la unión con la oración de Jesús, –es decir, desde la conciencia de nuestra participación en la filiación divina en comunidad con Cristo–,la misa prolonga esa oración de Jesús en la vida cotidiana. Y entonces -afirma- el mundo se puede convertir en fiesta.

¿Qué es una fiesta? 

Una fiesta, dirá años después Benedicto XVI, es “un acontecimiento en el que todos están, por así decirlo, fuera de sí mismos, más allá de sí mismos, y así consigo mismos y con los demás” (Discurso a la curia romana, 22-XII-2008).

Pero –nos podríamos preguntar ahora nosotros– qué sentido tendría convertir el mundo en una “fiesta” en circunstancias como las actuales, en medio de una pandemia, de una complicada crisis económica, de injusticias y violencias, incluso en nombre de Dios, que dejan por todas partes rastros de dolor y de muerte?

Más preguntas: ¿Qué queremos significar los cristianos cuando decimos que “celebramos” la misa? ¿Y por qué la misa tiene que ver con una fiesta? Y encontramos esta respuesta: no, ciertamente, en un sentido superficial de la palabra fiesta, que suele asociarse al bullicio y a la diversión, un tanto inconscientes, de quien se distancia de los problemas; sino por un motivo bien diverso: porque en la misa, escribe Ratzinger, nos situamos en torno a Dios, que se hace presente en medio de nosotros.

Eso nos da una alegría serena, compatible con el claroscuro de la fe, con el dolor e incluso con la muerte, porque sabemos que tampoco la muerte tiene la última palabra. Esa última palabra solo es el amor, que no muere nunca.

Así explicaba el Papa Benedicto, en este largo párrafo que merece ser transcrito, lo que acontece en la liturgia cristiana:

«Él [Dios) está presente. Él entra en medio de nosotros. Se ha rasgado el cielo y esto hace luminosa la tierra. Esto es lo que hace alegre y abierta la vida, y une a unos y otros en una alegría que no se puede comparar con el éxtasis de un festival rock. Friedrich Nietzsche dijo en cierta ocasión: ‘El arte no consiste en organizar una fiesta, sino en encontrar personas capaces de alegrarse en ella’. Según la Escritura, la alegría es fruto del Espíritu Santo (cf. Ga 5, 22) (…) La alegría es parte integrante de la fiesta. La fiesta se puede organizar; la alegría no. Sólo se puede ofrecer como don; (…) El Espíritu Santo nos da la alegría. Y él es la alegría. La alegría es el don en el que se resumen todos los demás dones. Es la manifestación de la felicidad, de estar en armonía consigo mismo, lo cual sólo puede derivar de estar en armonía con Dios y con su creación. La alegría, por su propia naturaleza, debe irradiarse, debe comunicarse. El espíritu misionero de la Iglesia no es más que el impulso de comunicar la alegría que nos ha sido dada». (Discurso a la curia romana, 22-XII-2008)

La Misa, acontecimiento central de la vida cristiana

Respecto a la Eucaristía, cabe recordar que ya la comida pascual judía tenía un fuerte carácter a la vez familiar, sagrado y festivo. En ella se combinaban dos importantes aspectos. Un aspecto de sacrificio. pues se comía del cordero ofrecido a Dios e inmolado sobre el altar. Y un aspecto de comunión, comunión con Dios y con los otros, manifestada en el compartir y beber el pan y el vino, después de bendecidos, como signo de alegría y de paz, de acción de gracias y renovación de la Alianza (cf. La fiesta de la fe, pp. 72-74).

La misa asume lo esencial de todo ello y lo supera como “actualización” sacramental (es decir, por medio de signos que manifiestan una acción divina real, en la que colaboramos) de la muerte y resurrección del Señor para nuestra salvación.

En ella pedimos por todos, los vivos y sanos y los enfermos, también por los difuntos. Y ofrecemos nuestros trabajos, penas y alegrías por el bien de todos.

Nuestra fe nos asegura que Dios gobierna la historia y estamos en sus manos, sin que nos ahorre el esfuerzo por mejorarlo, por encontrar la solución a los problemas y a las enfermedades, por hacer un mundo mejor. Y así la misa es la expresión central del sentido cristiano de la vida.

Nuestra fe nos da también un sentido a la muerte como un paso definitivo a la vida eterna con Dios y los santos. Lloramos, como es natural, a los que perdemos de vista en la tierra. Pero no los lloramos desesperadamente, como si esa pérdida fuera irreparable o definitiva, porque sabemos que no lo es. Tenemos fe en que, si han sido fieles, están mejor que nosotros. Y esperamos un día reunirnos con ellos para celebrar, ya sin límites, nuestro encuentro.

Desde la oración y la Misa, a la misión

Retomemos la línea de Ratzinger. Rezar ­es un acto de afirmación del ser, en unión con el “Sí” de Cristo a la propia existencia, a la del mundo, a la nuestra. Un acto que nos capacita y nos purifica, para participar en la misión de Cristo.

En esa identificación con el Señor –con su ser y su misión– que es la oración, el cristiano encuentra su identidad, insertada en su ser Iglesia, familia de Dios. Y, para ilustrar esta realidad profunda de la oración, señala Ratzinger:

«Partiendo de esta idea, la teología de la Edad Media estableció como objetivo de la oración, y de la conmoción del ser que en ella se produce, que el hombre se transformara en ‘anima ecclesiastica’, en encarnación personal de la Iglesia. Es identidad y purificación al mismo tiempo, dar y recibir en lo más profundo de la Iglesia. En ese movimiento se hace nuestro el idioma de la madre, aprendemos a hablar en él y por él, de manera que sus palabras van volviéndose nuestras palabras: la entrega de la palabra de ese milenario diálogo de amor con aquél que quería volverse una sola carne con aquélla, se convierte en el don del habla, por el cual me entrego verdaderamente a mí mismo y justamente así soy devuelto por Dios a todos los otros, entregado y libre» (Ibid., 38-39).

Por eso, concluye Ratzinger, si nos preguntamos cómo aprendemos a rezar, deberíamos responder: aprendemos a rezar rezando “con” otros y con la madre.

Así es siempre, en efecto, y podemos ir concluyendo por nuestra parte. La oración del cristiano, una oración siempre unida a la Cristo (aunque no nos demos cuenta de ello) es una oración en el "cuerpo" de la Iglesia, aunque uno esté físicamente solo y rece individualmente. Su oración es siempre eclesial, si bien en ocasiones esto se manifiesta y lleva a cabo de modo público, oficial e incluso solemne.

La oración cristiana, siempre personal, tiene formas diversas: desde la participación también externa en la oración de la Iglesia durante la celebración de los sacramentos (sobre todo de la Misa), hasta la oración litúrgica de las horas. Y, de modo más básico y asequible a todos, la oración “privada” del cristiano –mental o vocal–, ante un sagrario, ante un crucifijo o sencillamente desgranada en medio de las actividades ordinarias, en la calle o en el autobús, en el trabajo o en la vida familiar, social y cultural.

También la piedad popular de las procesiones y peregrinaciones puede y debe ser camino y expresión de oración.

Por medio de la oración se llega a la contemplación y a la alabanza de Dios y de su obrar, que deseamos permanezca con nosotros, de modo que el nuestro sea fructuoso.

Para que la eucaristía se haga vida de nuestra vida se necesita la oración.

La oración –que tiene siempre un componente de adoración– precede, acompaña y sigue a la misa. La oración cristiana es signo e instrumento de cómo la misa se “introduce” en la vida y convierte la vida en una celebración, en una fiesta. 

Desde ahí podemos comprender, finalmente, cómo nuestra oración, siempre unida a la de Cristo, es, no solamente una oración “en” la Iglesia, sino que además nos prepara y fortalece para participar en la misión de la Iglesia.

La vida cristiana, convertida en “vida de oración” y trasformada por la misa, se traduce en servicio a las necesidades materiales y espirituales de los demás. Y mientras vivimos y crecemos como hijos de Dios en la Iglesia, participamos en su edificación y en su misión, gracias a la oración y a la eucaristía. Nada de esto son simples teorías o imaginaciones como quizás podrían pensar algunos, sino realidades hechas posibles por la acción del Espíritu Santo.

Lo dice el Catecismo de la Iglesia Católica: el Espíritu Santo "prepara la Iglesia para el encuentro con su Señor, recuerda y manifiesta a Cristo a la fe de la asamblea; hace presente y actualiza el misterio de Cristo por su poder transformador; finalmente, el Espíritu de comunión une la Iglesia a la vida y a la misión de Cristo".

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Autor: Don Ramiro Pellitero Iglesias, profesor de Teología pastoral en la Facultad de Teología de la Universidad de Navarra.

Artículo publicado en: Iglesia y nueva evangelización.


Un canto a María

Una pequeña imagen de la Virgen de Fátima cubría apenas un pequeño lugar a la izquierda del altar en la plaza de San Pedro el sábado, 11 de octubre. en un claro canto de amor a María.

María, quizá desde la cúpula de la basílica de san Pedro, contemplaba toda la plaza, y llenaba el corazón de todos los que se habían congregado para acompañar a León XIV en su petición a la Madre de Dios por la paz del mundo.

Todos junto a María

«Nos hemos reunido en oración, esta noche, junto a María la Madre de Jesús, como solía hacerlo la primera iglesia de Jerusalén (Hch. 1, 14). Todos unidos, perseverantes y con un mismo sentir. No nos cansamos de interceder por la paz, don de Dios que debe convertirse en nuestra conquista y nuestro compromiso», manifestó el papa León XIV.

El silencio llenaba toda la plaza; el silencio y el orden en los pasos de la ceremonia. Era la celebración del Jubileo de la Espiritualidad Mariana, que el Papa ha querido celebrar abierto a todo el mundo, espiritual y geográficamente.

Una oración universal

Medios de comunicación de todo tipo hicieron posible que la Iglesia extendida en el mundo, aquella tarde fuera “un corazón y un alma”, con el Obispo de Roma, y abriera el corazón de todos los creyentes a esa unidad de Fe, de Esperanza, de Caridad, por la que el Papa ha rezado, y nos ha recordado rezar, desde el primer día de su pontificado.

canto a maría virgen de fátima roma papa león

«Contemplemos a la Madre de Jesús y al pequeño grupo de mujeres valientes al pie de la Cruz, para aprender también nosotros a permanecer, como ellas, junto a las cruces infinitas del mundo, donde Cristo sigue crucificado en sus hermanos, para llevarles consuelo, corazón y ayuda», reflexionaba el Santo Padre.

¿Había bajado el Cielo a la plaza de San Pedro?

Los coros acertaron muy bien con la música elegida para un acontecimiento semejante, y lo mismo diría de los textos del Concilio Vaticano II leídos antes del rezo de cada misterio.

León XIV, arrodillado ante María

Y no digamos del ejemplo de fe y de piedad que dio todo el pueblo que llenaba con su devoción la plaza. ¿Estaba cada mujer, cada hombre, acompañados de sus Ángeles Custodios? Sus respuestas en italiano a las palabras de los Padrenuestros, Avemaría y Gloria, dichas en inglés, italiano, español, francés y portugués, manifestaban un recogimiento de espíritu y una piedad que abrían el alma a un diálogo constante con la Trinidad Beatísima, Padre, Hijo y Espíritu Santo.

León XIV permaneció arrodillado ante la imagen de la Virgen durante todo el tiempo que duró el rezo entonado de la Letanía mariana. Hizo suyas las palabras que pronunció en la meditación previa a la Exposición del Santísimo:

«Nuestra mirada como creyentes busca en la Virgen María la guía de nuestra peregrinación en la esperanza, contemplando sus “virtudes humanas y evangélicas, cuya imitación constituye la más auténtica devoción mariana» (Lumen Gentium, 65, 67).

El Papa leyó de pie toda la meditación, y lo hizo con mucha serenidad y con mucha paz. Quería, sin duda, que los corazones de todos los que le escuchaban en rincones de Roma, de Italia, de Europa, de Asia, de África, de América y de Oceanía, se abrieran a la devoción a la Virgen María, e hicieran suyas las palabras del “testamento” que María nos dejó a todos los seres humanos:

«Nuestra esperanza se ilumina con la luz suave y perseverante de las palabras de María que nos refiere el Evangelio. Y, de entre todas ellas, son valiosas las últimas pronunciadas en las Bodas de Caná, cuando, señalando a Jesús, dice a los sirvientes: “Haced lo que Él os diga” (Jn 2, 5).

Después no hablará más. Por tanto, estas palabras, que resultan casi un testamento, deben ser muy queridas por los hijos, como todo testamento de una madre” (...) “Haced lo que Él os diga”: todo el Evangelio, la palabra exigente, la caricia consoladora, el reproche y el abrazo. Lo que entiendes y también lo que no entiendes. María nos exhorta a ser como los profetas: a no dejar caer en el vacío ni una sola de sus palabras».

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Sembradores de paz

Y termina su meditación recordándonos que el Señor cuenta con cada uno de nosotros para sembrar la paz en el mundo:

«Ánimo, adelante. Ustedes que construyen las condiciones para un futuro de paz, en la justicia y el perdón; sean mansos y decididos, no se desanimen. La paz es un camino y Dios camina con vosotros.

El Señor crea y difunde la paz a través de sus amigos pacificados en el corazón, que a su vez se convierten en pacificadores, instrumentos de su paz».

Termina el acto con la adoración al Santísimo Sacramento. Acto central de la piedad cristiana. Y allí estuvo María enseñándonos a acoger a su Hijo en la donación plena de todo el Amor que le ha traído a la tierra: la Eucaristía. Y es Ella, María, quien prepara nuestra alma, nuestro cuerpo a recibir al Señor, como Ella lo recibió:

«Ruega con nosotros, Mujer fiel, sagrario seno del Verbo. Santa María, madre de los vivos, mujer fuerte, dolorosa, fiel, Virgen esposa junto a la Cruz, donde se consuma el amor y brota la vida, sé tú guía de nuestro compromiso de servicio. (...) Virgen de la paz, puerta de la esperanza segura, ¡acoge la oración de tus hijos!».


Ernesto Juliáernesto.julia@gmail.com

Publicado originalmente en Religión Confidencial.


«Volveremos de peregrinación a Roma con amigos, porque transforma el corazón»

Este año, la peregrinación a Roma con benefactores y amigos tenía un motivo muy especial: participar en el Jubileo de la Esperanza, y también conocer, por fin en persona, al papa León XIV: una ocasión única para renovar la fe y fortalecer los lazos de amistad y espirituales que unen a toda la familia de la Fundación CARF.

Durante esos días, los peregrinos descubrieron lugares llenos de historia, rezar en los escenarios más emblemáticos del cristianismo y dejarse inspirar por la belleza de Roma, corazón de la Iglesia.

Los peregrinos de la Fundación CARF, tras la Misa en la capilla del Santísimo de san Pedro.

Peregrinación a Roma con la Fundación CARF

Uno de los momentos más conmovedores fue la Santa Misa en una capilla del Santísimo de la basílica de San Pedro, seguida de la audiencia general con el papa León XIV en la plaza de San Pedro. En su mensaje, el Santo Padre recordó: «Cristo resucitado es un puerto seguro en nuestro camino».

Luis Alberto Rosales, director de la Fundación CARF, entregó al papa León XIV un libro con la memoria anual 2024.

Al concluir la audiencia, Luis Alberto Rosales, director general de la Fundación CARF, saludó personalmente al papa León XIV y le entregó un libro sobre la labor de la Fundación, un gesto simbólico que refleja el compromiso con la Iglesia universal y con las vocaciones de seminaristas y sacerdotes diocesanos y de religiosos y religiosas.

Visita a Villa Tevere y a la PUSC

Encuentro con el prelado del Opus Dei, don Fernando Ocáriz, en Villa Tevere.

Otro momento de especial significado fue la visita a Villa Tevere, donde los peregrinos participaron en una tertulia con el prelado del Opus Dei, mons. Fernando Ocáriz. Su cercanía, sencillez y sentido del humor crearon un ambiente de alegría y de familia.

Asimismo, los peregrinos fueron recibidos en la Universidad Pontificia de la Santa Cruz por su rector, don Fernando Puig, quien les dio la bienvenida y compartió la importancia de la misión académica al servicio de la Iglesia. Además pronunció una conferencia sobre el Gobierno de la Iglesia hoy.

Entre los asistentes, Almudena Camps y Miguel Postigo participaban por primera vez en esta peregrinación. «Es precioso poder estar en el Vaticano cerca del Papa. Ayuda a rezar mucho más por él y por la Iglesia; sientes el consuelo de su presencia», manifiestan.

Encuentro con los seminaristas y formadores del colegio eclesiástico internacional Sedes Sapientiae.

Sobre la tertulia con el prelado, destacan que «fue una alegría poder estar con él; su sencillez, su mensaje claro y asequible, su sentido del humor y cercanía… Vale mucho la pena esa mañana en Villa Tevere: Misa, visita y tertulia».

Jornada de convivencia en el Sedes Sapientiae

Uno de los momentos más entrañables fue el encuentro con los seminaristas, que Almudena y Miguel calificaron como «el momento más sublime de todo el viaje».

«Conocer a los seminaristas, con sus historias y su sonrisa, es algo único. La comida estilo bufet nos permitió saludar a muchos de ellos, y la Misa, con su coro y homilía, fue memorable».

Ambos coinciden en que ha sido un viaje transformador, en el que se respira alegría, fe y amistad: «Volveremos con más amigos, porque transforma el corazón. En resumen: un diez».

roma peregrinación fundación CARF 2025
Un momento de la proyección del vídeo Testigos en la Universidad Pontificia de la Santa Cruz.

Marta Santín, periodista especializada en religión.


Don Fernando, ¡feliz cumpleaños!

Mons. Fernando Ocáriz nació en París, el 27 de octubre de 1944, hijo de una familia española exiliada en Francia por la Guerra Civil (1936-1939). Es el más joven de ocho hermanos. Con motivo de su cumpleaños hacemos un breve repaso de su vida.

Es licenciado en Ciencias Físicas por la Universidad de Barcelona (1966) y en Teología por la Pontificia Universidad Lateranense (1969). Obtuvo el doctorado en Teología, en 1971, en la Universidad de Navarra. Ese mismo año fue ordenado sacerdote. En sus primeros años como presbítero se dedicó especialmente a la pastoral juvenil y universitaria.

Consultor en diversos dicasterios

Es consultor del Dicasterio para la Doctrina de la Fe desde 1986 (cuando era Congregación para la Doctrina de la Fe) y del Dicasterio para la Evangelización desde 2022 (anteriormente, desde 2011, del Pontificio Consejo para la Promoción de la Nueva Evangelización). Entre 2003 y 2017 fue consultor de la entonces Congregación para el Clero.

En 1989 ingresó en la Pontificia Academia Teológica. En la década de los ochenta, fue uno de los profesores que iniciaron la Universidad Pontificia de la Santa Cruz (Roma), donde fue profesor ordinario (ahora emérito) de Teología Fundamental.

fernando ocáriz gran canciller prelado

Algunas de sus publicaciones son: The mystery of Jesus Christ: a Christology and Soteriology textbook; Hijos de Dios en Cristo. Introducción a una teología de la participación sobrenatural. Otros volúmenes tratan temas de índole teológica y filosófica como Amar con obras: a Dios y a los hombresNaturaleza, gracia y gloria, con prefacio del cardenal Ratzinger.

En 2013 se publicó un libro entrevista de Rafael Serrano bajo el título Sobre Dios, la Iglesia y el mundo. Entre sus obras hay dos estudios de filosofía: El marxismo: teoría y práctica de una revolución; Voltaire: Tratado sobre la tolerancia. Además, es coautor de numerosas monografías, y autor de numerosos artículos teológicos y filosóficos.

Gran Canciller de la PUSC y la UNAV

El Prelado es también, por su cargo, Gran Canciller de la Universidad de Navarra y de la Universidad Pontificia de la Santa Cruz. Es el cuarto, después de san Josemaría (hasta 1975) –fundador y primer Gran Canciller de la Universidad–, el beato Álvaro del Portillo (1975-1994) y Javier Echevarría (1994-2016).

Monseñor Fernando Ocáriz ha dedicado a la teología muchos años de estudio y de trabajo. Hasta el punto de que esa actividad ha marcado su modo de ser. Es amigo de la razón, de la lógica y los argumentos, de la claridad. Ha publicado libros y artículos sobre Dios, la Iglesia y el mundo, con esa amplitud de miras que proporciona la mirada teológica.

Muestra un espíritu abierto en los debates: le he oído decir, por ejemplo, que «las herejías son soluciones equivocadas a problemas reales», animando así a aceptar la existencia de los problemas, a comprender a quien los detecta y a buscar soluciones alternativas aceptables.

Además de teólogo, es un universitario. Profesor desde muy joven, quienes han asistido a sus clases afirman que suele lograr lo más difícil: hacer comprensible lo complejo. Sabe explicar y sabe escuchar. Tiene la paciencia del buen profesor, que todos los años debe empezar de cero con alumnos que llegan con pocos conocimientos y muchas preguntas.

Desde la atalaya romana

Gran parte del trabajo teológico de Fernando Ocáriz se ha desarrollado en el ámbito de la Congregación para la Doctrina de la Fe, de la que es consultor desde 1986. Durante veinte años trabajó cerca del entonces cardenal Ratzinger, prefecto de aquella Congregación, en temas de dogmática, cristología y eclesiología. Un trabajo que requiere ciencia y también prudencia. Y, como suele suceder a los que trabajan en el Vaticano, la labor de consultor aporta un hondo sentido eclesial. Roma es una atalaya desde la que se conoce a la Iglesia en extensión y en profundidad. Uno de los documentos que presentó en el Vaticano fue precisamente el que está dedicado a la Iglesia como comunión, en 1992.

Además de ser profesor de universidad y consultor del Vaticano, Fernando Ocáriz ha trabajado en la sede central del Opus Dei, siempre en el ámbito de la teología, la formación y la catequesis. Primero con san Josemaría, después con Álvaro del Portillo y finalmente con Javier Echevarría. De este último fue el colaborador más cercano durante veintidós años. En ese sentido se puede afirmar que conoce bien la realidad del Opus Dei del último medio siglo.

Su firma personal

Además de estos datos de su perfil, ¿cómo es Fernando Ocáriz? De carácter sereno y trato fácil, amable y sonriente, no es amigo de la palabrería. De él se puede aprender algo del arte de la escritura. Suele decir que para mejorar un texto casi siempre lo mejor es acortarlo, podar las palabras sobrantes, repetidas, imprecisas. Algo parecido ha escrito el literato italiano Leonardo Sciascia.

No es de extrañar saber que la Congregación contó con su ayuda para la publicación del Compendio del Catecismo, de la Iglesia Católica, excelente síntesis de un texto mucho más largo. Lo que se escribe en este artículo, él lo habría dicho más brevemente.

A sus años sigue practicando deporte, sobre todo, el tenis. Mantiene las cualidades del deportista: no importa el esfuerzo, nobleza obliga, no vale rendirse. También los teólogos pueden tener espíritu deportivo. Desde la Universidad de Navarra le hemos transmitido nuestros deseos de apoyarle en lo que esté en nuestra mano. Al final, casi todo en esta vida es labor de equipo.


Juan Manuel Mora García de Lomas, consultor y profesor de la PUSC. Publicado en Nuestro Tiempo.


El diezmo: ¿qué es y cuál es su significado?

El diezmo tenía como finalidad la recaudación de fondos para el mantenimiento material de la Iglesia y de los más necesitados, hoy en día el Papa Francisco nos dice “El enemigo de la generosidad es el consumismo”.

Cada cristiano puede contribuir económicamente “lo que ha decidido en su corazón y no de mala gana ni a la fuerza, porque Dios ama al que da con alegría”. 2 Corintios 9:7

Qué es el diezmo

La palabra diezmo procede del latin decimus y está vinculado a un décimo, la décima parte de algo. El concepto se utilizaba para nombrar al derecho del 10 % que se debía pagar a un rey, a un gobernante o a un líder. Quienes debían realizar el pago entregaban la décima parte de sus ganancias o ingresos al acreedor. Era una práctica común de la antigüedad tanto entre los babilonios, persas, griegos y romanos y entre los hebreos.

El significado de diezmo en la Biblia, es la décima parte de todos los frutos adquiridos, que se debe entregar a Dios como reconocimiento de su dominio supremo. Cf. Levítico 27,30-33. El diezmo se le ofrece a Dios, pero se transfiere a sus ministros. Cf. Num 28,21.

El diezmo y ofrenda, debe hoy entenderse, según el espíritu cristiano de una entrega de corazón por amor para ayudar a la Iglesia y a los más desfavorecidos en sus necesidades.

“La generosidad de las pequeñas cosas ensancha el corazón, cuidado al consumismo”. En su homilía en la Misa matutina en la casa santa Marta, el día 26 noviembre 2018, el papa Francisco exhortó a preguntarnos cómo podemos ser más generosos con los pobres, el diezmo actual esta en "las pequeñas cosas". Y advirtió que el enemigo de la generosidad es el consumismo, gastando más de lo que necesitamos.

Cómo aparece reflejado el diezmo en la Biblia

El Antiguo Testamento habla de la disposición del corazón para entregar el diezmo, según la frase “cada uno ofrende a como dispuso en su corazón, no dando con tristeza sino con alegría”. El significado del diezmo en la biblia aparece por primera vez cuando Abram, lo entrega al sacerdote Melquisedec en una muestra de gratitud (Génesis 14:18-20; hebreos 7:4). Con el tiempo, se instruyó para todos los sacerdotes levitas e incluso se estableció como obligación o ley.

Luego, Jacob da el diezmo de todas sus posesiones al Señor. "Y esta piedra que he puesto por señal, será casa de Dios; y de todo lo que me dieres, el diezmo apartaré para ti." (Génesis 28:22)

Posteriormente la Biblia explica como cada año, los israelitas apartaban la décima parte de lo que producían sus tierras (Levítico 27:30). Si decidían pagar con dinero, entonces tenían que añadirle el 20 % de su valor (Levítico 27:31). También tenían que dar “las décimas partes del ganado vacuno y del rebaño” (Levítico 27:32).

Para calcular el diezmo de su ganado, los israelitas escogían cada décimo animal que saliera de su corral. La Ley decía que no podían examinar si ese animal era bueno o malo, ni cambiarlo por otro. Además, no podían pagar ese diezmo con dinero (Levítico 27:32, 33).

Pero el segundo diezmo, el que se usaba para las fiestas anuales, ese sí se podía pagar con dinero. Esto era muy práctico para los israelitas que venían de lejos para asistir a las fiestas (Deuteronomio 14:25, 26). Las familias israelitas usaban estas ofrendas en sus fiestas especiales. Y había años específicos en que esas ofrendas se usaban para ayudar a la gente muy pobre. (Deuteronomio 14:28, 29; 26:12.)

Pagar el diezmo era una obligación moral, la ley mosaica no establecía ningún castigo a quien no cumpliese. Los israelitas tenían que declarar ante Dios que habían cumplido y entonces pedirle que los bendijera por haberlo hecho (Deuteronomio 26:12-15).

Grupo de personas en un entorno antiguo, similar a un mercado o templo, entregando ofrendas de frutas y monedas a un hombre que las recibe. La escena evoca la práctica del diezmo en tiempos bíblicos.
En el mercado de la antigua Judea, la gente se acercaba para entregar sus diezmos.

El diezmo en la Biblia: el Nuevo Testamento

En los días de Jesús, todavía se pagaba el diezmo. Pero, cuando él murió en la cruz, esto dejó de ser un requisito. Jesús, no lo rechaza, pero enseña una referencia nueva: Dar ya no el 10 % sino darse del todo por amor, sin contar el costo. Por ello, condenó a los líderes religiosos porque eran muy estrictos a la hora de cobrar el diezmo y al mismo tiempo, descuidaban “los asuntos más importantes de la Ley: la justicia, la misericordia y la fidelidad” (Mateo 23:23).

La muerte de Jesús anuló la Ley mosaica, incluido “el mandato de cobrarle el diezmo al pueblo” (Hebreos 7:5, 18; Efesios 2:13-15; Colosenses 2:13, 14). En ninguna de las cuatro veces que el diezmo aparece en el Nuevo Testamento se nos enseña a guiarnos por esa medida. Ya no se limita a la ley del 10 % sino que nos refiere al ejemplo de Jesucristo que se dio sin reservas. Jesús vive una entrega radical y nos enseña que debemos hacer lo mismo. Por ello nos trasmitió el concepto y la importancia de las Obras de misericordia: espirituales y corporales.

El Corazón de Jesús es el modelo de entrega total. Se entregó hasta la muerte en el Calvario. Jesús nos da Su gracia para saber dar y darnos como Él se dio. Todo le pertenece a Dios y somos administradores de nuestros recursos según el Espíritu Santo que ilumina nuestra conciencia. San Pablo enseña y vive la misma entrega, “Pues conocéis la generosidad de nuestro Señor Jesucristo, el cual, siendo rico, por vosotros se hizo pobre a fin de que os enriquecierais con su pobreza.” (II Corintios 8,9)

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El Papa Francisco da una catequesis sobre el jubileo, el diezmo y la condena de la usura. En la audiencia general del Miércoles de Ceniza del año 2016.

Importancia que tiene en la financiación de la Iglesia en España

El Catecismo de la Iglesia Católica solo menciona el diezmo una vez, es en referencia a la responsabilidad del cristiano hacia los pobres, fundamentada ya en el Antiguo Testamento. El quinto mandamiento, “ayudar a la Iglesia en sus necesidades”, enuncia que los fieles están obligados de ayudar, cada uno según su posibilidad, a las necesidades materiales de la Iglesia (cf CIC can. 222).

Existe mucha confusión entre la población sobre las fuentes de financiación de la Iglesia Católica en España. La Iglesia Católica recibe del Estado español, el 0,7 % de los impuestos de aquellos que marcan libremente la casilla correspondiente en la declaración del IRPF. Es así desde que en diciembre de 2006 se firmó la modificación en el sistema de asignación tributaria. Y se puede considerar una forma de aportar un diezmo u ofrenda a la Iglesia hoy en día.

Además de la aportación del Estado vía IRPF, la Iglesia se sostiene con la aportación y ofrendas de sus fieles a través de otras vías:

Marcar la casilla de la Iglesia en la declaración de la renta no supone coste alguno para el ciudadano. No le devolverán menos ni pagará más. Pero sí constituye una gran ayuda para miles de personas que lo necesitan. Un pequeño gesto para una gran obra. En las Jornadas de Reflexión de la Fundación CARF que organizamos con diferentes colaboradores vía online, Silvia Meseguer explicó la financiación de la religión en España.


Bibliografía:

Catecismo de la Iglesia Católica
infocatolica.com
Opusdei.org