Pentecostés: el Espíritu Santo acompaña, orienta y anima

«1Al cumplirse el día de Pentecostés, estaban todos juntos en el mismo lugar. 2De repente, se produjo desde el cielo un estruendo, como de viento que soplaba fuertemente, y llenó toda la casa donde se encontraban sentados. 3Vieron aparecer unas lenguas, como llamaradas, que se dividían, posándose encima de cada uno de ellos. 4Se llenaron todos de Espíritu Santo y empezaron a hablar en otras lenguas, según el Espíritu les concedía manifestarse» (Hch 2, 1-4).

Pentecostés o Shavuot

Pentecostés era para los judíos una de las tres grandes fiestas. Al principio agradecimiento por la recolección cereal (primicias), pero a eso se unió la fiesta por la donación de la Torah, el “manual de instrucciones” del mundo y del hombre, que otorgaba la sabiduría a Israel. Era la fiesta de la Alianza de vivir siempre conforme a la voluntad de Dios manifestada en su Ley.

Las imágenes que utiliza san Lucas para indicar la irrupción del Espíritu Santo –el viento y el fuego– aluden al Sinaí, donde Dios se había revelado al pueblo de Israel y le había concedido su alianza (cf. Ex 19, 3 ss). La fiesta del Sinaí, que Israel celebraba cincuenta días después de la Pascua, era la fiesta del Pacto. Al hablar de lenguas de fuego (cf. Hch 2, 3), san Lucas quiere presentar el Cenáculo como un nuevo Sinaí, como la fiesta de la Alianza que Dios hace con su Iglesia, a la que nunca abandonará: eso es la Pentecostés.

El Santo Padre pide a todos los pastores y fieles de la Iglesia católica, a unirse, este Pentecostés,  en oración junto con los Ordinarios Católicos de Tierra Santa, para invocar al Espíritu Santo, para que israelíes y palestinos puedan encontrar el camino del diálogo y del perdón. 

Shavuot es la fiesta judía en la que se conmemora la entrega de los Diez Mandamientos de la Ley de Dios a Moisés en el monte Sinaí, tras la huida del pueblo de Israel de Egipto. Por eso tiene lugar siete semanas después de la Pascua, que es la fiesta más importante para los judíos, pues celebra la liberación del pueblo judío de la esclavitud del Faraón. En hebreo “Shavuot” quiere decir “semanas” y también significa juramento: la alianza que Dios hizo con su pueblo por medio de la Ley.  

El día de Pentecostés

Con la fuerza del Espíritu Santo se hacen entender por todos, sea cual sea su origen y mentalidad: Habitaban en Jerusalén judíos, hombres piadosos venidos de todas las naciones que hay bajo el cielo. Al producirse aquel ruido se reunió la multitud y quedó perpleja, porque cada uno les oía hablar en su propia lengua.

Estaban asombrados y se admiraban diciendo: «¿Es que no son galileos todos éstos que están hablando?  ¿Cómo es, pues, que nosotros les oímos cada uno en nuestra propia lengua materna? Partos, medos, elamitas, habitantes de Mesopotamia, de Judea y Capadocia, del Ponto y Asia, de Frigia y Panfilia, de Egipto y la parte de Libia próxima a Cirene, forasteros romanos, así como judíos y prosélitos, cretenses y árabes, les oímos hablar en nuestras propias lenguas las grandezas de Dios» (Hch 2,5-11).

Pentecostés fiesta del Espíritu Santo

La acción del Espíritu Santo en Pentecostés

Lo que sucede ese día, con la acción del Espíritu Santo, es la antítesis de lo que había contado la Biblia en los orígenes de la humanidad: Por aquel entonces toda la tierra hablaba una sola lengua y con las mismas palabras. Al desplazarse desde oriente encontraron una vega en el país de Sinar y se establecieron allí.

Entonces se dijeron unos a otros: «¡Vamos a fabricar ladrillos y a cocerlos al fuego! De esta forma, los ladrillos les servían de piedras y el asfalto de argamasa. Luego dijeron: ¡Vamos a edificarnos una ciudad y una torre cuya cúspide llegue al cielo! Así nos haremos famosos, para no dispersarnos por toda la faz de la tierra. Bajó el Señor a ver la ciudad y la torre que los hijos de los hombres estaban edificando; y dijo el Señor: Forman un solo pueblo, con una misma lengua para todos, y esto es sólo el comienzo de su obra; ahora no les será imposible nada de lo que intenten hacer.

¡Bajemos y confundamos ahí mismo su lengua, para que ya no se entiendan unos a otros! De esta manera, desde allí el Señor los dispersó por toda la faz de la tierra, y dejaron de construir la ciudad. Por eso se la denominó Babel, porque allí el Señor confundió la lengua de toda la tierra, y desde allí el Señor los dispersó por toda la faz de la tierra» (Gn 11,1-9).

El Papa Francisco recordaba en la celebración de Pentecostés de 2021 en Roma que el Espíritu Santo consuela «especialmente en los momentos difíciles como el que estamos atravesando», y de un modo muy personal pues «solo quien nos hace sentir amados tal y como somos da paz al corazón». De hecho, «es la ternura misma de Dios, que no nos deja solos; porque estar con quien está solo es ya consolar».

Pentecostés: comunicación activa

Cuando los hombres del relato bíblico comenzaron a trabajar como si Dios no existiera, fueron comprobando que ellos mismos se deshumanizaron, porque habían perdido un elemento fundamental de las personas humanas, que es la capacidad de ponerse de acuerdo, de entenderse y de actuar juntos. Este texto contiene una verdad perenne. En una sociedad tan tecnificada, y con tantos medios de comunicación y de información, como la contemporánea, cada vez hablamos menos y nos entendemos menos, se pierde la capacidad real de comunicarse en un diálogo abierto y sincero. Necesitamos de algo que nos ayude a recuperar esa capacidad de apertura a los demás.

La acción del Espíritu Santo

Lo que el orgullo humano rompió, lo recompone la acción del Espíritu Santo. También hoy, la docilidad al Espíritu Santo es lo que nos proporciona esa ayuda que necesitamos para construir un mundo más humano, en el que nadie se sienta sólo, privado de la atención y el afecto de los demás. Jesús lo prometió a los apóstoles y a cada uno de nosotros: yo rogaré al Padre y os dará otro Paráclito para que esté con vosotros siempre (Jn 14,16). Utiliza una palabra griega para-kletós que significa «el que habla al lado»: es el amigo que nos acompaña, nos anima y nos orienta en el camino. 

Ahora que estamos hablando con Dios en este rato de oración nos preguntamos en su presencia: ¿me empeño en construir mi vida profesional y familiar, mis relaciones de amistad, la sociedad en la que vivo, como un mundo levantado con mi esfuerzo sin que Dios me importe? O ¿quiero escuchar y ser dócil a la voz amorosa del Espíritu Santo, ese compañero inseparable que Jesús ha puesto a mi lado para que me guíe y me anime?

Podemos invocar al Espíritu Santo con una antigua y hermosa oración de la Iglesia: Ven Espíritu Santo, llena los corazones de tus fieles, y enciende en ellos el fuego de tu Amor. Y le pedimos a la Santísima Virgen, Esposa de Dios Espíritu Santo, que, como ella, le dejemos hacer cosas grandes en nuestra alma, para que sepamos amar a Dios y a los demás, y construir con su ayuda un mundo mejor.



Don Francisco Varo Pineda
Director de Investigación de la Universidad de Navarra.
Profesor de Sagrada Escritura en la Facultad de Teología.

VIGILIA DE PENTECOSTÉS CON MOVIMIENTOS, ASOCIACIONES Y NUEVAS COMUNIDADES

HOMILÍA DEL SANTO PADRE LEÓN XIV, Plaza de San Pedro, sábado, 7 de junio de 2025.

Queridas hermanas y hermanos:

El Espíritu creador, que hemos invocado con el canto —Veni creator Spiritus—, es el Espíritu que descendió sobre Jesús, el protagonista silencioso de su misión: «El Espíritu del Señor está sobre mí» (Lc 4,18). Pidiéndole que visite nuestras mentes, multiplique los lenguajes, encienda los sentidos, infunda el amor, reconforte los cuerpos y done la paz, nos hemos abierto a acoger el Reino de Dios. Es esta la conversión según el Evangelio: encaminarnos hacia el Reino que ya está cerca.

En Jesús vemos y de Jesús escuchamos que todo se transforma, porque Dios reina, porque Dios está cerca. En esta vigilia de Pentecostés nos encontramos íntimamente vinculados por la proximidad de Dios, por su Espíritu que une nuestras historias a la de Jesús. Estamos involucrados en las cosas nuevas que Dios hace, para que su voluntad de vida se cumpla y prevalezca sobre la voluntad de muerte.

Llevar la Buena Noticia

«Me ha consagrado por la unción. Él me envió a llevar la Buena Noticia a los pobres, a anunciar la liberación a los cautivos y la vista a los ciegos, a dar la libertad a los oprimidos y proclamar un año de gracia del Señor» (Lc 4,18-19).

Percibimos aquí el perfume del crisma con el que fue marcada nuestra frente. El Bautismo y la Confirmación, queridos hermanos y hermanas, nos han unido a la misión transformadora de Jesús, al Reino de Dios. Como el amor nos hace familiar el olor de una persona querida, así reconocemos esta noche los unos en los otros el perfume de Cristo. Es un misterio que sorprende y nos hace pensar.

En Pentecostés María, los Apóstoles, las discípulas y los discípulos que con ellos fueron colmados con un Espíritu de unidad, que radicaba para siempre sus diversidades en el único Señor Jesucristo. No muchas misiones, sino una única misión.

No introvertidos y belicosos, sino extrovertidos y luminosos. Esta Plaza de San Pedro, que es como un abrazo abierto y acogedor, expresa magníficamente la comunión de la Iglesia, experimentada por cada uno de ustedes en las distintas experiencias asociativas y comunitarias, muchas de las cuales representan frutos del Concilio Vaticano II.

La tarde de mi elección, mirando con conmoción al pueblo de Dios aquí reunido, recordé la palabra “sinodalidad”, que expresa felizmente el modo en el cual el Espíritu modela la Iglesia. En esta palabra resuena el syn —que quiere decir con— que constituye el secreto de la vida de Dios. Dios no es soledad. Dios es “con” en sí mismo —Padre, Hijo y Espíritu Santo— y es Dios con nosotros. Al mismo tiempo, sinodalidad nos recuerda el camino —odós— porque donde está el Espíritu hay movimiento, hay camino. Somos un pueblo en camino.

Año de gracias del Señor

Esta conciencia no nos aleja, sino que nos sumerge en la humanidad, como levadura en la masa, que la fermenta toda. El año de gracia del Señor, del que es expresión el Jubileo, tiene en sí este fermento. En un mundo quebrantado y sin paz el Espíritu Santo nos educa a caminar juntos. La tierra descasará, la justicia se afirmará, los pobres se alegrarán y la paz volverá si dejamos de movernos como predadores y comenzamos a hacerlo como peregrinos. Ya no cada uno por su cuenta, sino armonizando nuestros pasos con los pasos de los demás. No consumiendo el mundo con voracidad, sino cultivándolo y custodiándolo, como nos enseña la Encíclica Laudato si’.

Queridos hermanos y hermanas, Dios ha creado el mundo para que nosotros estuviésemos juntos. “Sinodalidad” es el nombre eclesial de esta conciencia. Es el camino que pide a cada uno reconocer la propia deuda y el propio tesoro, sintiéndose parte de una totalidad, fuera de la cual todo se marchita, incluso el más original de los carismas. Miren: toda la creación existe sólo en la modalidad del existir juntos, a veces peligroso, pero aun así juntos siempre (cf. Carta enc., Laudato si’ 16; 117).

La fraternidad y participación

Y esto que nosotros llamamos “historia” toma forma sólo en la modalidad de reunirse, de una convivencia, frecuentemente en medio de disensos, pero aun así una convivencia. Lo contrario es mortal y desgraciadamente está ante nuestros ojos cada día. Que sus agregaciones y comunidades sean entonces lugares donde se practique la fraternidad y la participación, no sólo en cuanto lugares de encuentro, sino en cuanto lugares de espiritualidad.

El Espíritu de Jesús cambia al mundo, porque cambia los corazones. Inspira, en efecto, esa dimensión contemplativa de la vida que aleja la autoafirmación, la murmuración, el espíritu de controversia, el dominio de las conciencias y de los recursos. El Señor es el Espíritu y donde está el Espíritu del Señor hay libertad (cf. 2 Co 3,17). La auténtica espiritualidad nos compromete, por tanto, al desarrollo humano integral, actualizando entre nosotros la palabra de Jesús. Donde esto sucede hay alegría. Alegría y esperanza.

La evangelización, obra del Dios

La evangelización, queridos hermanos y hermanas, no es una conquista humana del mundo, sino la infinita gracia que se difunde a través de vidas transformadas por el Reino de Dios. Es el camino de las bienaventuranzas, un itinerario que recorremos juntos, en continua tensión entre el “ya” y el “todavía no”, hambrientos y sedientos de justicia, pobres de espíritu, misericordiosos, mansos, puros de corazón, que trabajan por la paz. Para seguir a Jesús en este camino que Él ha elegido no sirven poderosos protectores, compromisos mundanos o estrategias emocionales.

La evangelización es obra de Dios y, si a veces pasa a través de nuestras personas, es por los vínculos que hace posible. Estén por tanto profundamente ligados a cada una de las Iglesias particulares y a las comunidades parroquiales donde alimentan y gastan sus carismas. Cerca de sus obispos y en sinergia con todos los otros miembros del Cuerpo de Cristo actuaremos, entonces, en armoniosa sintonía. Los desafíos que la humanidad enfrenta serán menos espantosos, el futuro será menos oscuro, el discernimiento menos difícil, si juntos obedeciéramos al Espíritu.

Que María, Reina de los Apóstoles y Madre de la Iglesia, interceda por nosotros.


La alegría de ser sacerdote

Hernando José Bello Rodríguez ha tenido en la Virgen María y en san Juan Pablo II dos grandes protectores y guías en su vida y en su vocación para ser sacerdote, lo que le ha dejado una gran impronta. Tras varios acontecimientos que marcarían su vida, este joven sacerdote nacido en 1993 sirve ahora como párroco de san Francisco de Asís, en la ciudad de Cartagena de Indias (Colombia), a la vez que ejerce como delegado de Pastoral Vocacional de su diócesis.

En una entrevista con la Fundación CARF, el padre Hernando José cuenta que se crio en una familia católica con una fe muy arraigada, «sobre todo mi madre que me inculcó desde que era pequeño los fundamentos de la fe y de la moral cristiana». Pero fue a los 16 años recién cumplidos cuando un libro cambiaría su vida para siempre. Era una obra larga, de unas 1.300 páginas y que, a priori, nunca hubiera sido del interés de un adolescente. Pero Dios tenía preparado algo grande para este joven colombiano.

«Cuando estaba en el penúltimo año de colegio (lo que en España correspondería a primero de Bachillerato) descubrí mi vocación sacerdotal con ocasión de la lectura de una biografía de san Juan Pablo II (Testigo de Esperanza, de George Weigel). Ese libro me hizo descubrir una llamita en mi alma, que luego se avivó gracias a un momento de oración en el oratorio de mi colegio. Frente al Sagrario, sentí el impulso de entregar mi vida al Señor en el sacerdocio. Al principio dije que sí con temor; luego los miedos y dudas se fueron disipando, gracias a la oración, a la formación y al buen acompañamiento espiritual».

Hernando José incide en que esta llama se avivó y no se prendió, porque según nos cuenta, «esa llamita ya estaba encendida en mí desde mi concepción: le debo mi vocación sacerdotal a la Virgen María. Gracias a Ella vine al mundo. Mi madre no podía tener hijos, y junto con mi padre, oró a la Virgen, en su advocación de Medjugorje, para poder tenerlos. Y llegué yo; nací justo comenzando el mes de María: el 1 de mayo». De ahí que tanto la Virgen como san Juan Pablo II hayan sido tan importantes en su vida.

hernando josé bello rodríguez alegría de ser sacerdote Colombia

La experiencia de formarse en Pamplona

En este proceso de discernimiento tuvo mucho que ver su director espiritual, que le recomendó que sería bueno que estudiase alguna carrera civil antes de decidir si entraba en el seminario o no. Le habló de la Universidad de Navarra, en España, y tras valorarlo con sus padres, viajó a Pamplona a estudiar Filosofía y Periodismo. Asegura que estas dos carreras le ayudaron fuertemente a poner los pies en la tierra, a la vez que fortalecieron la llamada de Dios, lo que acabó siendo para él un tiempo de preparación previo al seminario.

Dios quiso que aun siendo seminarista de la archidiócesis de Cartagena de Indias volviera de nuevo a Pamplona a formarse para ser sacerdote, época que recuerda como una auténtica maravilla.

«Para mi formación sacerdotal, residí tanto en el Colegio Mayor Albaizar como en el seminario internacional Bidasoa. En ambos lugares, viví rodeado de personas con un gran Amor por Jesucristo; esto, sin duda, me ayudó muchísimo», asegura.  

Lo mismo le ocurrió con los estudios que cursó en España. Confiesa haber sido muy feliz de haber podido estudiar en la Facultad de Teología de la Universidad de Navarra por «su fidelidad a la Tradición y al Magisterio, además de por su visión amplia de la realidad, sin estrechez de miras», lo que –agrega– «me hace sentir seguro y orgulloso de la formación que recibí. Tengo una deuda inmensa con cada uno de mis profesores».

Aprender qué es ser sacerdote

De este modo, Hernando José Bello señala que su ministerio sacerdotal y su labor pastoral están realmente marcadas por su formación en Navarra. «Lo que podría llamar ‘el ambiente formativo’ caló en mí y lo llevo conmigo, pues mi modo de ver y vivir la fe, la espiritualidad y el ministerio sacerdotal se lo debo a mi estancia en Pamplona», añade.

Destaca especialmente un aspecto muy concreto que se llevó de Navarra: la lección de lo que debería ser un sacerdote. Para él, debe ser «un hombre de Dios, un hombre de fe y para la Eucaristía, un hombre para atender espiritualmente a los fieles». En definitiva, esta etapa le ayudó «a tener clara la identidad del sacerdote y sus prioridades». 

Echando la vista atrás afirma que ha visto cumplido en su vida la bella cita de Benedicto XVI: «Dios no quita nada, y lo da todo». «Me sorprende cómo Dios me ha dado más de lo que yo en su momento tuve miedo de perder al pensar en la vocación sacerdotal. Sin duda, es verdadera la promesa del Señor: Él da el ciento por uno ya en esta vida y luego la eterna. ¡Es una gran responsabilidad la que tiene el sacerdote en sus manos», sentencia.

Por último, tiene un agradecimiento especial para los socios, benefactores y amigos de la Fundación CARF que han colaborado en el plan de Dios para que él pueda ser sacerdote: «Dios les pague, gracias por su gran generosidad. Cuenten con mis oraciones».

La alegría de ser sacerdote, Hernando José Bello, Colombia.

Que es un sacerdote

El papa Benedicto XVI, en la audiencia del 24 de junio de 2009, año sacerdotal, manifestaba: «Alter Christus, el sacerdote está profundamente unido al Verbo del Padre, que al encarnarse tomó la forma de siervo, se convirtió en siervo (cf. Flp 2, 5-11). El sacerdote es siervo de Cristo, en el sentido de que su existencia, configurada ontológicamente con Cristo, asume un carácter esencialmente relacional: está al servicio de los hombres en Cristo, por Cristo y con Cristo.

Precisamente porque pertenece a Cristo, el sacerdote está radicalmente al servicio de los hombres: es ministro de su salvación, de su felicidad, de su auténtica liberación, madurando, en esta aceptación progresiva de la voluntad de Cristo, en la oración, en el "estar unido de corazón" a él. Por tanto, esta es la condición imprescindible de todo anuncio, que conlleva la participación en el ofrecimiento sacramental de la Eucaristía y la obediencia dócil a la Iglesia».

¿Qué y quién es?

Cuando un sacerdote se forma y recibe el Sacramento del Orden, queda preparado para prestar su cuerpo y su espíritu, o sea todo su ser, al Señor, sirviéndose de él, «se pide al sacerdote que aprenda a no estorbar la presencia de Cristo en él, especialmente en aquellos momentos en los que realiza el Sacrificio del Cuerpo y de la Sangre y cuando, en nombre de Dios, en la Confesión sacramental auricular y secreta, perdona los pecados.

La administración de estos dos Sacramentos es tan capital en la misión del sacerdote, que todo lo demás debe girar alrededor. Otras tareas sacerdotales -la predicación y la instrucción en la fe- carecerían de base, si no estuvieran dirigidas a enseñar a tratar a Cristo, a encontrarse con El en el tribunal amoroso de la Penitencia y en la renovación incruenta del Sacrificio del Calvario, en la Santa Misa» (San Josemaría, Sacerdote para la Eternidad, 43).

Misión de un sacerdote

«El Espíritu del Señor sobre mí» (Lc 4, 18). El Espíritu Santo recibido en el sacramento del Orden es fuente de santidad y llamada a la santificación, no sólo porque configura al sacerdote con Cristo, Cabeza y Pastor de la Iglesia, y le confía la misión profética, sacerdotal y real para que la lleve a cabo personificando a Cristo, sino también porque anima y vivifica su existencia de cada día, enriqueciéndola con dones y exigencias, con virtudes y fuerzas, que se compendian en la caridad pastoral.

Esta caridad es síntesis unificante de los valores y de las virtudes evangélicas y, a la vez, fuerza que sostiene su desarrollo hasta la perfección cristiana» (San Juan Pablo II, exhortación Pastores Dabo Vobis, 25 de marzo 1992).

La razón de la dignidad de los sacerdotes no es personal, sino eclesial. La dignidad del misterio que realizan, cada vez que convierten el pan y vino en el Cuerpo y Sangre de nuestro Señor, es la razón de fe que da sentido a todo el cristianismo.

En estos sacerdotes, admiramos las virtudes propias de cualquier cristiano y de cualquier hombre bueno: la comprensión, la justicia, la vida de trabajo (labor sacerdotal en este caso), la caridad, la educación, la delicadeza en el trato...

Y los fieles cristianos deseamos que destaque claramente el carácter sacerdotal: que rece; que administre los Sacramentos; que esté dispuesto a acoger a todos, sean del tipo que sean; que ponga amor y devoción en la celebración de la Santa Misa; que se siente en el confesionario, que consuele a los enfermos y a los afligidos; que tengan el don de consejo y la caridad con los necesitados; que imparta catequesis; que predique la Palabra de Dios y no otro tipo de ciencia humana que, aunque conociese perfectamente, no sería la ciencia que salva y lleva a la vida eterna.

«Los presbíteros deben cuidar diligentemente el valor de la formación intelectual en la educación y en la actividad pastoral, dado que, para la salvación de los hermanos y hermanas, deben buscar un conocimiento más profundo de los misterios divinos», san Juan Pablo II.



Los cristianos en el encuentro de la fe con las culturas

¿Qué tiene que ver el mensaje del Evangelio con las culturas? ¿Qué luz nos ofrece sobre esto la vida de Cristo? ¿Qué criterios se deducen de ello para la misión de la Iglesia y el apostolado de los cristianos?

Nos situamos en medio de un profundo y vertiginoso cambio cultural, acompañado de un gran desarrollo tecnológico, y de no menores conflictos por motivaciones políticas, económicas e ideológicas. Esto nos interpela como cristianos, llamados a participar en la configuración del mundo, a la vez que anunciamos el mensaje del Evangelio como semilla de luz y de vida definitiva.

En este contexto, nos detenemos en un importante mensaje de León XIV sobre el acontecimiento de Guadalupe (en 2031 celebraremos los 500 años), así como en las enseñanzas del Papa durante algunas visitas pastorales a parroquias romanas. 

Cristianos, Evangelio y las culturas

León XIV califica el acontecimiento guadalupano como “signo de perfecta inculturación” del Evangelio (cfr. Mensaje a un congreso sobre el acontecimiento guadalupano, 5-II-2026). Y se detiene a explicar en qué consiste esta inculturación.

Se trata del modo como ha sucedido la historia de la salvación, a través de las culturas, tal como se recoge en las Sagradas Escrituras, comenzando por el Antiguo Testamento: la Alianza con el pueblo elegido. Poco a poco, Dios se fue manifestando mientras acompañaba las vicisitudes del Pueblo de Israel. Luego, «Dios se reveló plenamente en Jesucristo, en quien no sólo comunica un mensaje, sino que se comunica Él mismo». Y, por eso, enseña san Juan de la Cruz que después de Cristo no queda otra palabra por esperar, no hay nada más que decir, pues todo ha sido dicho en Él (cfr. Subida al Monte Carmelo, II, 22, 3-5).

Está claro que evangelizar, como expresa el mismo término, es llevar la “buena noticia” (Evangelio) de la salvación por Jesús. Ahora bien, el anuncio del mensaje evangélico acontece siempre dentro de una historia y de una experiencia concreta. Esto comenzó con Jesús de Nazaret, en el que el Hijo de Dios asumió nuestra carne (hablamos de su Encarnación): asumió nuestra condición humana con todo lo que comporta, también a través de una cultura concreta.

Lo mismo debe seguir haciendo la evangelización: «se sigue entonces que no puede ignorarse la realidad cultural de quienes reciben el anuncio y se comprende que la inculturación no es una concesión secundaria ni una mera estrategia pastoral, sino una exigencia intrínseca de la misión de la Iglesia». Si bien es cierto que el Evangelio no se identifica con ninguna cultura particular, es capaz de impregnarlas (iluminarlas y purificarlas) con la verdad y la vida que proceden de Dios.

«Inculturar el Evangelio –explica León XIV– es, desde esta convicción, seguir el mismo camino que Dios ha recorrido: entrar con respeto y amor en la historia concreta de los pueblos para que Cristo pueda ser verdaderamente conocido, amado y acogido desde dentro de su propia vivencia humana y cultural». Y observa: «esto implica asumir las lenguas, los símbolos, las formas de pensar, de sentir y de expresarse de cada pueblo, no sólo como vehículos externos del anuncio, sino como lugares reales en los que la gracia desea habitar y actuar».

Dicho esto, añade lo que “no es” la inculturación: no es una «sacralización de las culturas ni su adopción como marco interpretativo decisivo del mensaje evangélico»; ni una «acomodación relativista o una adaptación superficial del mensaje cristiano». No se trata, pues de «legitimar todo lo culturalmente dado o justificar prácticas, visiones del mundo o estructuras que contradicen el Evangelio y la dignidad de la persona». Eso equivaldría a «desconocer que toda cultura –como toda realidad humana– debe ser iluminada y transformada por la gracia que brota del misterio pascual de Cristo».

Por tanto y en síntesis condensada: «la inculturación es, más bien, un proceso exigente y purificador, mediante el cual el Evangelio, permaneciendo íntegro en su verdad, reconoce, discierne y asume las semina Verbi presentes en las culturas, y al mismo tiempo purifica y eleva sus valores auténticos, liberándolos de aquello que los oscurece o los desfigura. Estas semillas del Verbo, como huellas de la acción previa del Espíritu, encuentran en Jesucristo su criterio de autenticidad y su plenitud».

Guadalupe, lección de pedagogía divina

En esta perspectiva, señala el Papa: «Santa María de Guadalupe es una lección de la pedagogía divina sobre la inculturación de la verdad salvífica». No canoniza una cultura, pero tampoco la ignora, sino que la asume, purifica y transfigura convirtiéndola en “lugar” de encuentro con Cristo.

«La ‘Morenita’ manifiesta el modo de Dios para acercarse a su pueblo; respetuoso en su punto de partida, inteligible en su lenguaje y firme y delicado en su conducción hacia el encuentro con la Verdad plena, con el Fruto bendito de su vientre».

Lo sucedido en el Tepeyac, asegura el papa León XIV, no es una teoría ni una táctica; sino que «se presenta como un criterio permanente para el discernimiento de la misión evangelizadora de la Iglesia, llamada a anunciar al Verdadero Dios por quien se vive sin imponerlo, pero también sin diluir la radical novedad de su presencia salvadora».

Pasando a la situación actual, observa el Papa que hoy la transmisión de la fe ya no puede darse por supuesta. Vivimos en sociedades plurales con visiones del hombre y de la vida que tienden a prescindir de Dios. En este contexto, es necesaria «una inculturación capaz de dialogar con estas realidades culturales y antropológicas complejas, sin asumirlas acríticamente, de modo que suscite una fe adulta y madura, sostenida en contextos exigentes y a menudo adverso».

Esto implica que no cabe transmitir la fe «como una repetición fragmentaria de contenidos ni como una preparación meramente funcional para los sacramentos, sino como un verdadero camino de discipulado»; de modo que «la relación viva con Cristo forme creyentes capaces de discernir, de dar razón de su esperanza y de vivir el Evangelio con libertad y coherencia».

Concluye el papa León XIV replanteando la prioridad de la catequesis para todas las edades y en todos los lugares: «la catequesis se vuelve una prioridad irrenunciable para todos los pastores (cfr. CELAM, Documento de Aparecida, 295-300)». La catequesis –insiste– «está llamada a ocupar un lugar central en la acción de la Iglesia, a acompañar de forma continua y profunda el proceso de maduración que conduce a una fe realmente comprendida, asumida y vivida de manera personal y consciente, incluso cuando ello suponga ir a contracorriente de los discursos culturales dominantes».

La mirada de la fe

Este modo de enfocar la fe lo vive León XIV en su propio ministerio, como se comprueba en sus visitas pastorales durante las pasadas semanas. El domingo segundo de Cuaresma se presentó en la parroquia de la Ascensión de Nuestro Señor Jesucristo, en el Quarticciolo (Roma). En su homilía (1-III-2026) mostró la fuerza de la fe a partir del viaje de Abraham (cfr. Génesis 12, 1-4) y la escena de la transfiguración de Jesús (cfr. Mt 17, 1-9). 

De Abraham aprendemos la confianza en la Palabra de Dios que lo llama y le pide a veces dejarlo todo. También nosotros «dejaremos de temer perder algo, porque sentiremos que crecemos en una riqueza que nadie puede robarnos». También los apóstoles se resistían a subir con Jesús a Jerusalén, sobre todo porque Él les había anunciado que allí padecería y moriría, aunque también resucitaría. Pero tenían miedo e incluso Pedro intentaba disuadirlo. Pero Jesús les animó permitiéndoles contemplar su Transfiguración, que disipó las tinieblas interiores de sus corazones. «Pedro se convierte en el portavoz de nuestro viejo mundo y de su desesperada necesidad de detener las cosas, de controlarlas».

En medio de las vicisitudes de la vida cotidiana con sus dificultades, oscuridades y desánimos –se dirige el Papa a los fieles de la parroquia–, también nosotros contamos con «la pedagogía de la mirada de fe, que lo transforma todo en esperanza, difundiendo la pasión, el compartir y la creatividad como remedio para las numerosas heridas de este barrio». 

Sed de agua viva

El domingo siguiente, el Papa visitó la parroquia romana de Santa María de la Presentación. En su homilía (cfr. 8-III-2026) contempló el pasaje evangélico del encuentro de Jesús con la mujer samaritana (cfr. Jn 4, 1-42), en cuanto que nos ayuda a mejorar nuestras relaciones con Dios. 

También nosotros tenemos “sed de vida y de amor”. En el fondo, deseo de Dios. «Lo buscamos como al agua, incluso sin darnos cuenta, cada vez que nos preguntamos por el sentido de los acontecimientos, cada vez que sentimos cuánto echamos de menos el bien que deseamos para nosotros y para quienes nos rodean». 

bautismo

En este contexto encontramos a Jesús, como la samaritana. «Él quiere regalarle esa agua nueva, viva, capaz de saciar toda sed y calmar toda inquietud, porque esta agua brota del corazón de Dios, plenitud inagotable de toda esperanza». Y le promete un don de Dios que la convertirá, a ella misma, en fuente de agua que salta hasta la vida eterna. De hecho, aquella mujer acepta lo que Jesús le ofrece y se convierte en misionera. 

Los cristianos hemos de continuar con la propuesta de Jesús: una vida justa verdadera y plena, partiendo de la Eucaristía. Hemos de ser «signo de una Iglesia que –como una madre– cuida de los propios hijos, sin condenarles, al contrario acogiéndolos, escuchándolos y sosteniéndolos ante el peligro». Terminaba el papa León XIV animando a los presentes: «¡Id adelante con fe!».

El rostro de Dios

Una semana más tarde, el sucesor de Pedro visitó la parroquia del Sagrado Corazón en Ponte Mammolo, donde celebró el domingo Laetare (15-III-2026). En el marco actual de conflictos violentos, el mensaje del Papa fue nítido: «Más allá de cualquier abismo en el que el ser humano pueda caer a causa de sus pecados, Cristo viene a traer una claridad más fuerte, capaz de liberarlo de la ceguera del mal, para que comience una vida nueva».

El encuentro de Jesús con el ciego de nacimiento (cfr. 9, 1-41) dio pie al Papa para plantear cómo nosotros también hemos de recuperar la vista. Esto «ignifica ante todo superar los prejuicios de quienes, ante un hombre que sufre, sólo ven a un marginado que despreciar o a un problema que evitar, encerrándose en la torre blindada de un individualismo egoísta». 

La actitud de Jesús es bien distinta: «Mira al ciego con amor, no como a un ser inferior o una presencia molesta, sino como a una persona querida y necesitada de ayuda. Así, su encuentro se convierte en una ocasión para que en todos se manifieste la obra de Dios». En el milagro, Jesús se revela con su poder divino y el ciego, al recuperar la vista, se convierte en testigo de la luz. 

Por contraste, está la ceguera de los que se resisten a aceptar el milagro. Y más al fondo, a reconocer a Jesús como el Hijo de Dios, salvador del mundo. Rechazan ver el rostro de Dios que se muestra ante ellos, aferrándose a «la seguridad estéril que les ofrece la observancia legalista de una norma forma. Quizá, a veces –observa el Papa–, también nosotros podamos ser ciegos en este sentido, cuando no nos damos cuenta de los otros y de sus problemas».

Concluyó León XIV con una referencia a san Agustín. Al predicar a los cristianos de su tiempo, se pregunta cómo es el rostro de Dios, para decirles que ellos, que son la Iglesia, son el rostro de Dios si viven la caridad: «¿Qué rostro tiene el amor? ¿Qué forma, qué estatura, qué pies, qué manos? […] Tiene pies, que conducen a la Iglesia; tiene manos, que dan a los pobres; tiene ojos, con los cuales se reconoce al que está necesitado» (Comentario a la Primera Carta de Juan, 7, 10).


Mensaje íntegro del Santo Padre León XIV a los participantes en el Congreso Teológico Pastoral sobre el acontecimiento guadalupano, 24.02.2026

Queridos hermanos y hermanas:

Los saludo cordialmente y agradezco su trabajo de reflexión en torno al signo de perfecta inculturación que, en Santa María de Guadalupe, el Señor quiso regalar a su pueblo. Al reflexionar sobre la inculturación del Evangelio, conviene reconocer el modo mediante el cual Dios mismo se ha manifestado y nos ha ofrecido la salvación.

Él ha querido revelarse no como un ente abstracto ni como una verdad impuesta desde fuera, sino entrando progresivamente en la historia y dialogando con la libertad del hombre. «Después de haber hablado antiguamente a nuestros padres por medio de los Profetas, en muchas ocasiones y de diversas maneras» (Hb 1,1), Dios se reveló plenamente en Jesucristo, en quien no sólo comunica un mensaje, sino que se comunica Él mismo; por eso, como enseña san Juan de la Cruz, después de Cristo no queda otra palabra por esperar, no hay nada más que decir, pues todo ha sido dicho en Él (cf. Subida al Monte Carmelo, II, 22, 3-5).

Evangelizar consiste, ante todo, en hacer presente y accesible a Jesucristo. Toda acción de la Iglesia debe buscar introducir al ser humano en una relación viva con Él, que ilumina la existencia, interpela la libertad y abre a un camino de conversión, disponiendo a acoger el don de la fe como respuesta al Amor que da sentido y sostiene la vida en todas sus dimensiones.

Sin embargo, el anuncio de la Buena Nueva acontece siempre dentro de una experiencia concreta. Tener eso en cuenta es reconocer e imitar la lógica del misterio de la Encarnación, por el cual Cristo «se hizo carne y habitó entre nosotros» (Jn 1,14), asumiendo nuestra condición humana, con todo lo que ella comporta en su configuración temporal.

Se sigue entonces que no puede ignorarse la realidad cultural de quienes reciben el anuncio y se comprende que la inculturación no es una concesión secundaria ni una mera estrategia pastoral, sino una exigencia intrínseca de la misión de la Iglesia. Como señaló san Pablo VI, el Evangelio —y, por consiguiente, la evangelización— no se identifica con ninguna cultura en particular, pero es capaz de impregnarlas a todas sin someterse a ninguna (Exhort. ap. Evangelii nuntiandi, 20).

Inculturar el Evangelio es, desde esta convicción, seguir el mismo camino que Dios ha recorrido: entrar con respeto y amor en la historia concreta de los pueblos para que Cristo pueda ser verdaderamente conocido, amado y acogido desde dentro de su propia vivencia humana y cultural. Esto implica asumir las lenguas, los símbolos, las formas de pensar, de sentir y de expresarse de cada pueblo, no sólo como vehículos externos del anuncio, sino como lugares reales en los que la gracia desea habitar y actuar.

Con todo, es necesario aclarar que la inculturación no equivale a una sacralización de las culturas ni a su adopción como marco interpretativo decisivo del mensaje evangélico, ni puede reducirse a una acomodación relativista o a una adaptación superficial del mensaje cristiano, pues ninguna cultura, por valiosa que sea, puede identificarse sin más con la Revelación ni convertirse en criterio último de la fe.

Legitimar todo lo culturalmente dado o justificar prácticas, visiones del mundo o estructuras que contradicen el Evangelio y la dignidad de la persona sería desconocer que toda cultura —como toda realidad humana— debe ser iluminada y transformada por la gracia que brota del misterio pascual de Cristo.

La inculturación es, más bien, un proceso exigente y purificador, mediante el cual el Evangelio, permaneciendo íntegro en su verdad, reconoce, discierne y asume las semina Verbi presentes en las culturas, y al mismo tiempo purifica y eleva sus valores auténticos, liberándolos de aquello que los oscurece o los desfigura. Estas semillas del Verbo, como huellas de la acción previa del Espíritu, encuentran en Jesucristo su criterio de autenticidad y su plenitud.

Desde esta perspectiva, Santa María de Guadalupe es una lección de la pedagogía divina sobre la inculturación de la verdad salvífica. En ella no se canoniza una cultura ni se absolutizan sus categorías, pero tampoco se las ignora o se las desprecia: son asumidas, purificadas y transfiguradas para convertirse en un lugar de encuentro con Cristo. La Morenita manifiesta el modo de Dios para acercarse a su pueblo; respetuoso en su punto de partida, inteligible en su lenguaje y firme y delicado en su conducción hacia el encuentro con la Verdad plena, con el Fruto bendito de su vientre. 

En la tilma, entre rosas pintadas, la Buena Noticia entra en el mundo simbólico de un pueblo y hace visible su cercanía, ofreciendo su novedad sin violencia ni coacción. Así, lo sucedido en el Tepeyac no se presenta como una teoría ni como una táctica, sino como un criterio permanente para el discernimiento de la misión evangelizadora de la Iglesia, llamada a anunciar al Verdadero Dios por quien se vive sin imponerlo, pero también sin diluir la radical novedad de su presencia salvadora.

Hoy, en muchas regiones del continente americano y del mundo, la transmisión de la fe ya no puede darse por supuesta, particularmente en los grandes centros urbanos y en sociedades plurales, marcadas por visiones del hombre y de la vida que tienden a relegar a Dios al ámbito de lo privado o a prescindir de Él. En este contexto, fortalecer los procesos pastorales exige una inculturación capaz de dialogar con estas realidades culturales y antropológicas complejas, sin asumirlas acríticamente, de modo que suscite una fe adulta y madura, sostenida en contextos exigentes y a menudo adversos.

Esto implica concebir la transmisión de la fe no como una repetición fragmentaria de contenidos ni como una preparación meramente funcional para los sacramentos, sino como un verdadero camino de discipulado, en el que la relación viva con Cristo forme creyentes capaces de discernir, de dar razón de su esperanza y de vivir el Evangelio con libertad y coherencia.

Por ello, la catequesis se vuelve una prioridad irrenunciable para todos los pastores (cf. CELAM, Documento de Aparecida, 295-300). Está llamada a ocupar un lugar central en la acción de la Iglesia, a acompañar de forma continua y profunda el proceso de maduración que conduce a una fe realmente comprendida, asumida y vivida de manera personal y consciente, incluso cuando ello suponga ir a contracorriente de los discursos culturales dominantes.

En este Congreso, ustedes han querido redescubrir y comprender cómo difundir adecuadamente el contenido teológico del acontecimiento guadalupano y, por ende, del Evangelio mismo. Que el ejemplo y la intercesión de tantos santos evangelizadores y pastores que se enfrentaron a ese mismo desafío en su tiempo —Toribio de Mogrovejo, Junípero Serra, Sebastián de Aparicio, Mamá Antula, José de Anchieta, Juan de Palafox, Pedro de San José de Betancur, Roque González, Mariana de Jesús, Francisco Solano, entre tantos otros— les concedan luz y fortaleza para proseguir el anuncio hoy. Y que Santa María de Guadalupe, Estrella de la Nueva Evangelización, acompañe e inspire cada iniciativa rumbo a los 500 años de su aparición. De corazón les imparto la Bendición.

Vaticano, 5 de febrero de 2026. Memoria de san Felipe de Jesús, protomártir mexicano.


Don Ramiro Pellitero Iglesias, profesor de Teología pastoral en la Facultad de Teología de la Universidad de Navarra.

Publicado en Iglesia y nueva evangelización.



La Ascensión del Señor: el triunfo de Cristo

La Ascensión del Señor es más que una despedida despedida; supone el coronamiento de la Pascua y el inicio de la misión de la Iglesia. Al cumplirse cuarenta días desde su Resurrección, Jesús asciende a los cielos para sentarse a la derecha del Padre, recordando que nuestro destino final no es esta tierra, sino la eternidad y el gozo del cielo junto a la Trinidad.

¿Qué celebramos en la fiesta de la Ascensión al cielo?

La solemnidad de la Ascensión del Señor conmemora la entrada de la humanidad de Jesucristo en la gloria de Dios. Como bien se explica el catecismo en el punto 665: «La ascensión de Jesucristo marca la entrada definitiva de la humanidad de Jesús en el dominio celeste de Dios de donde ha de volver (cf. Hch 1, 11), aunque mientras tanto lo esconde a los ojos de los hombres (cf. Col 3, 3)». Este misterio constituye el segundo momento de la glorificación del Hijo, que comenzó con la Resurrección.

El significado del sí al cielo

Cristo no deja el mundo para desentenderse de nosotros. Al subir al cielo con su cuerpo glorioso, lleva consigo nuestra propia naturaleza. Como mencionaba san Josemaría en una de sus homilías: «l Señor nos responde subiendo a los cielos. También como los Apóstoles, permanecemos entre admirados y tristes al ver que nos deja.

No es fácil, en realidad, acostumbrarse a la ausencia física de Jesús. Me conmueve recordar que, en un alarde de amor, se ha ido y se ha quedado; se ha ido al Cielo y se nos entrega como alimento en la Hostia Santa. Echamos de menos, sin embargo, su palabra humana, su forma de actuar, de mirar, de sonreír, de hacer el bien. Querríamos volver a mirarle de cerca, cuando se sienta al lado del pozo cansado por el duro camino, cuando llora por Lázaro, cuando ora largamente, cuando se compadece de la muchedumbre.

Siempre me ha parecido lógico y me ha llenado de alegría que la Santísima Humanidad de Jesucristo suba a la gloria del Padre, pero pienso también que esta tristeza, peculiar del día de la Ascensión, es una muestra del amor que sentimos por Jesús, Señor Nuestro. Él, siendo perfecto Dios, se hizo hombre, perfecto hombre, carne de nuestra carne y sangre de nuestra sangre. Y se separa de nosotros, para ir al Cielo. ¿Cómo no echarlo en falta?». Jesús es la garantía de que donde Él está, nosotros también estaremos.

La promesa del Espíritu Santo

Antes de partir, Jesús deja una misión clara a sus discípulos: «Id por todo el mundo y predicad el Evangelio». Pero no los deja solos. La Ascensión del Señor al cielo es el preludio necesario para Pentecostés. Cristo asciende para que el Paráclito pueda venir y habitar en el corazón de los fieles, permitiendo que la Iglesia sea, desde entonces, su cuerpo místico en la tierra.

Puntos fuertes y claves espirituales de la Ascensión

Para comprender la magnitud de la marcha al cielo, debemos analizar tres pilares que destacan en esta festividad:

  1. La exaltación de Cristo: Jesús es reconocido como Rey del Universo. Al sentarse a la derecha del Padre, se manifiesta su poder sobre la historia y el tiempo.
  2. Nuestra ciudadanía en el cielo: san Pablo nos recuerda que nuestra verdadera patria está en los cielos. La Ascensión actúa como una brújula que reorienta nuestras metas diarias hacia lo eterno.
  3. La presencia invisible de Dios: Jesús deja de estar presente de forma física y limitada para estar presente a través de la Eucaristía y la acción de sus ministros.

Los socios, benefactores y amigos de la Fundación CARF, saben que, para que esta presencia de Cristo llegue a todos los rincones, resulta vital la formación sólida e integral de sacerdotes que luchen por ser santos. Un sacerdote bien formado es el nexo que une a Cristo con los fieles en las parroquias de todo el mundo.

¿Cuándo se celebra la Ascensión del Señor?

Siguiendo el relato del libro de los Hechos de los Apóstoles (1, 3-12), la Ascensión ocurre 40 días después del Domingo de Resurrección. Tradicionalmente, esta fecha cae en jueves. Sin embargo, en la gran mayoría de las diócesis para facilitar la participación de los fieles, la celebración litúrgica se traslada al domingo siguiente (el VII Domingo de Pascua).

Este tiempo de espera entre la Ascensión y Pentecostés es vivido por la Iglesia como una oración intensa, pidiendo los dones del Espíritu Santo. La tradición del Decenario al Espíritu Santo comienza diez días antes (15 de mayo) y finalizará el domingo 24 con la celebración de Pentecostés.

De la contemplación a la acción

Podría ser común pensar que los discípulos se quedaron mirando al cielo con nostalgia y bloqueados sin saber qué hacer. El relato evangélico es claro: dos ángeles se presentan para decirles: «Cuando miraban fijos al cielo, mientras él se iba marchando, se les presentaron dos hombres vestidos de blanco, que les dijeron: "Galileos, ¿qué hacéis ahí plantados mirando al cielo? El mismo Jesús que ha sido tomado de entre vosotros y llevado al cielo, volverá como lo habéis visto marcharse al cielo". Entonces se volvieron a Jerusalén, desde el monte que llaman de los Olivos, que dista de Jerusalén lo que se permite caminar en sábado».

Unos versículos más adelante, encontramos la reacción de Pedro y los demás apóstoles. «Uno de aquellos días, Pedro se puso en pie en medio de los hermanos (había reunidas unas ciento veinte personas) y dijo: Hermanos, tenía que cumplirse lo que el Espíritu Santo, por boca de David, había predicho, en la Escritura». Como se lee, se lanza a la evangelización.

Por ello, la Ascensión podría ser considerada como el pistoletazo de salida para la misión universal. La Iglesia se lanza desde ese instante a transmitir a todo el mundo la buena nueva. En la actualidad, esta misión continúa a través de la labor de decenas de miles de seminaristas y sacerdotes, y religiosos y religiosas, sin olvidar a todos los laicos, que, apoyados por instituciones como la Fundación CARF, dedican su vida a llevar el amor de Cristo y la gracia del Espíritu Santo a las periferias geográficas y existenciales.

La alegría del regreso

San Lucas relata en los Hechos que los discípulos, tras ver a Jesús ascender, volvieron a Jerusalén con gran alegría. ¿Cómo es posible estar alegres ante una despedida semejante? La respuesta reside en la fe. Sabían que Cristo no los abandonaba, sino que inauguraba una nueva forma de cercanía. Desde el cielo, Él intercede por nosotros como nuestro Sumo y Eterno Sacerdote.

El cristiano ante este misterio del cielo

Según san Josemaría: «la fiesta de la Ascensión del Señor nos sugiere también otra realidad; el Cristo que nos anima a esta tarea en el mundo, nos espera en el Cielo. En otras palabras: la vida en la tierra, que amamos, no es lo definitivo; pues no tenemos aquí ciudad permanente, sino que andamos en busca de la futura (Heb XIII, 14) ciudad inmutable». (Es Cristo que pasa, 126).

Y la Ascensión del Señor podría ser considerada una fiesta de esperanza sacerdotal. Cristo asciende para interceder por nosotros. Y los sacerdotes actúan en la tierra in persona Christi. En la Fundación CARF tenemos la convicción de que ayudar a un seminarista o a un sacerdote diocesano o religioso a formarse en Roma o Pamplona es perpetuar la presencia de Jesús, perfecto Dios y perfecto hombre.

A través de nuestras redes sociales (@fundacioncarf), compartimos testimonios de jóvenes que han visto esa llamada para ir por todo el mundo a predicar el Evangelio. Y para ello se esfuerzan en prepararse humana, intelectual y espiritualmente para ser los pies y las manos de Cristo en la tierra. Una formación teológica de calidad es esencial para que el mensaje de la Ascensión sea transmitido con fidelidad y ardor. Los contenidos y artículos que se publican y promueven en medios como Omnes ayudan a laicos y consagrados a mejorar su formación.

¿Por qué es importante tu colaboración?

Cada vez que una persona colabora con la Fundación CARF, está participando de forma metafórica y real en el mandato de la Ascensión.

«Les dijo: No os toca a vosotros conocer los tiempos o momentos que el Padre ha establecido con su propia autoridad; en cambio, recibiréis la fuerza del Espíritu Santo que va a venir sobre vosotros y seréis mis testigos en Jerusalén, en toda Judea y Samaría y hasta el confín de la tierra. Dicho esto, a la vista de ellos, fue elevado al cielo, hasta que una nube se lo quitó de la vista».

No todos podemos ir a misiones lejanas, pero sí podemos asegurar que quienes vano viven allí estén preparados. La formación de un sacerdote es una inversión para la salvación de muchas almas tanto de personas creyentes como no practicantes.

La Ascensión de Cristo ha abierto el camino del cielo. Nuestra tarea ahora es recorrerlo con alegría, santificando el trabajo diario y las relaciones humanas, sabiendo que cada pequeño acto de amor nos acerca más a esa gloria que Jesús ya posee.

¿Estamos mirando demasiado al suelo, preocupados solo por lo inmediato, o levantamos la vista con esperanza hacia el cielo? La Ascensión nos invita a ello.

En esta fiesta de la Ascensión, te invitamos a ser parte de la misión evangelizadora de la Iglesia. Tu donación desgravable a la Fundación CARF permite que sacerdotes de todo el mundo reciban la educación necesaria para servir mejor a su hermanos.



Desde Guinea Ecuatorial: «Id a las ovejas descarriadas»

D. José Luis Mangué Mbá es un sacerdote de la diócesis de Bata (en Guinea Ecuatorial). Durante su estancia en Madrid, visitó la sede de la Fundación CARF, donde recibió una donación de objetos litúrgicos para su parroquia de Nuestra Señora del Carmen, en Bata. Aprovechamos la ocasión para conocer la realidad pastoral que vive.

La parroquia de Nuestra Señora del Carmen se encuentra en la localidad de Bome, en la periferia de la ciudad de Bata. Atiende, además, a otras cinco comunidades, cada una con su propia capilla: Nuestra Señora de Lourdes, san Miguel Arcángel, san Ambrosio y Santiago Apóstol.

La Iglesia en Guinea Ecuatorial

La labor pastoral está a cargo de dos sacerdotes: el padre don Jacinto Edú y el propio padre don José Luis Mangué.

Bome es una comunidad heterogénea: conviven los autóctonos ndowe, inmigrantes fang, extranjeros de otros países africanos, así como población china y libanesa. Además, es una zona de segunda residencia, con afluencia de personas que viven en la capital durante los fines de semana.

Desde el punto de vista religioso, se trata de una comunidad fría y amenazada por la presencia de sectas. «Son las ovejas descarriadas de Israel a las que hemos de conducir a la grey del Señor», explica el sacerdote.

Con 30 años de sacerdocio, don José Luis llegó hace años a esta parroquia tras haber desempeñado diversos servicios en su diócesis: párroco de la catedral y de san Francisco Javier, delegado diocesano de Juventud, profesor del seminario mayor y vicario del clero.

«El deseo del obispo es consolidar la presencia de la Iglesia, fortalecer la fe del pueblo y abrirla a experiencias de comunidades con mayor recorrido», señala.

Guinea Ecuatorial, sacerdote Iglesia católica José Luis Mangé

La labor de José Luis en Guinea Ecuatorial

Actualmente, han comenzado a reorganizar la catequesis en todos los niveles. Uno de los principales retos es la formación de laicos y la catequesis de adultos.

La parroquia presenta importantes carencias materiales. No dispone de sacristía ni de espacios adecuados para reuniones, catequesis, ensayos de canto o celebraciones. El templo tampoco está suficientemente equipado: faltan una pila bautismal, vasos sagrados y otros elementos litúrgicos.

En este contexto, la donación de unos benefactores cobra especial relevancia. «Significa mucho para nosotros esta donación de ornamentos que hemos recibido de la Fundación CARF», afirma. Gracias a ella, podrán dignificar el culto y mejorar la atención pastoral.

Además, destaca otras ayudas recibidas, como un Vía Crucis costeado por las Carmelitas Descalzas de Boadilla del Monte y un sagrario donado el año anterior por la comunidad de San Lorenzo de El Escorial.

«En nombre de mi comunidad y en el mío propio, os doy infinitas gracias. Que el Señor nos mantenga unidos en su servicio y bendiga las obras de nuestras manos».

La misión de la Fundación CARF

La Fundación CARF trabaja para apoyar a la Iglesia en todo el mundo mediante la formación integral de seminaristas y sacerdotes diocesanos, religiosos y religiosas. Su labor se centra en proporcionar los medios necesarios para que puedan recibir una sólida preparación teológica, humana y espiritual, especialmente en centros como la Universidad Pontificia de la Santa Cruz o las Facultades Eclesiásticas de la Universidad de Navarra.

Además de la formación académica, la Fundación CARF impulsa ayudas materiales destinadas a diócesis con menos recursos, como la donación de ornamentos y objetos litúrgicos. Estas iniciativas permiten mejorar las condiciones en las que se celebra el culto y facilitan la labor pastoral en comunidades con grandes dificultades.

Gracias a la colaboración de benefactores, esta labor tiene un impacto directo en parroquias de todo el mundo, como la de Bome, en Guinea Ecuatorial, donde el apoyo recibido contribuye a fortalecer la vida cristiana y la atención a los fieles.

Datos de la Fundación CARF

En 2025, la Fundación CARF apoyó a 1.960 seminaristas y sacerdotes diocesanos procedentes de 85 países, que reflejan el carácter universal de la Iglesia.

Descarga la memoria anual de la Fundación CARF del ejercicio 2025.

La labor de la Fundación se sostiene gracias a una amplia base social de aproximadamente 5.200 donantes, lo que garantiza su independencia y continuidad.

Durante este ejercicio, se obtuvieron 10,47 millones de euros, de los cuales más de 6,32 millones se destinaron directamente a ayudas, principalmente para la formación. Al fondo de dotación (endowment) este pasado ejercicio se pudieron destinar 2,61 millones de euros.

Precisamente el fondo aportó en ayudas al estudio la cantidad 622.846 euros, sin perder valor, ya que la Fundación CARF está comprometida con los principios de inversión socialmente responsable y las prácticas de buen gobierno. El fondo de dotación tiene por objeto apoyar de manera constante y perpetua la formación integral de seminaristas, sacerdotes y religiosos, más allá de los ciclos negativos de la economía. Para ello, se destinan determinados donativos a inversiones en inmuebles, acciones, bonos y otros, procurando mantener el poder del capital inicial.

El impacto es global: desde la constitución de la Fundación CARF, los beneficiarios proceden de 130 países, y cada año miles de diócesis y órdenes religiosas solicitan apoyo para la formación de sus futuros presbíteros.

Además de la formación integral académica, humana y espiritual, la Fundación impulsa ayudas materiales en zonas con escasos recursos, facilitando el sostenimiento del culto y la atención pastoral en comunidades como la de Bome, en Guinea Ecuatorial.



Los testigos de Cristo en la tierra

Beato Álvaro del Portillo: un hombre fiel a la Iglesia

La historia del siglo XX no podría entenderse plenamente sin figuras que, desde la discreción y la eficacia, transformaron instituciones y mentalidades. Álvaro del Portillo (1914-1994) es una de ellas. Doctor Ingeniero de Caminos, Canales y Puertos, Doctor en Filosofía y Letras (sección Historia), y Doctor en Derecho Canónico, su vida fue un puente entre el rigor de la técnica y la profundidad humilde de la fe. Este entrada del blog recorre algunos elementos destacados y esenciales de su trayectoria, marcada por una lealtad inquebrantable a la Iglesia, a san Josemaría, al Opus Dei y una capacidad de trabajo prodigiosa: el siervo bueno y fiel.

Álvaro, el ingeniero que miraba al cielo

Nació en Madrid el 11 de marzo de 1914 en una familia de profundas raíces cristianas. Álvaro destacó desde joven por su inteligencia brillante y una serenidad natural. Su formación inicial como Ingeniero de Caminos, Canales y Puertos marcó su estructura mental: lógica, ordenada y orientada a la resolución de problemas complejos.

Esa mentalidad técnica sería, años más tarde, fundamental para su labor en la Iglesia. Quienes convivieron con él en su juventud destacaban su capacidad de sacrificio. Durante la Guerra Civil Española, su fe fue puesta a prueba en situaciones de extrema precariedad, forjando un carácter templado en la adversidad y una paz que, según muchos testimonios, contagiaba a quienes le rodeaban.

Encuentro con san Josemaría: la fidelidad y la solidez de una roca

En 1935, el beato Álvaro del Portillo conoció a san Josemaría Escrivá. Ese encuentro transformó su vida. Se convirtió en el apoyo más sólido del fundador del Opus Dei, una relación inseparable que duraría casi cuarenta años.

En la biografía Misión cumplida, de Hugo de Azevedo, se detalla cómo Álvaro se convirtió en la roca (saxum) en la que san Josemaría se apoyaba. Su papel no fue meramente el de un secretario, sino el de un confidente, confesor, y colaborador necesario para la expansión de un mensaje revolucionario en su época: la llamada universal a la santidad en medio del mundo mediante la santificación del trabajo profesional.

Algunos puntos clave de la vida del beato Álvaro del Portillo

Un papel decisivo en el Concilio Vaticano II

Quizás uno de los hitos menos conocidos por el gran público, pero más valorados por los historiadores eclesiásticos, es la contribución del beato Álvaro del Portillo al Concilio Vaticano II (1962-1965).

Su labor en Roma fue ingente. Fue secretario de la Comisión que redactó el decreto Presbyterorum Ordinis, pero su influencia se extendió a otros documentos vitales. Su capacidad de mediación y su profundo conocimiento jurídico fueron clave para articular el papel de los laicos en la Iglesia. No buscaba el protagonismo, su estilo era el de la eficacia silenciosa en los pasillos y las comisiones del Vaticano II, donde se ganó el respeto de cardenales y teólogos de todas las sensibilidades de la Iglesia.

Álvaro del Portillo junto a san Josemaría
San Josemaría junto al beato Álvaro del Portillo.

Responsabilidades de Álvaro del Portillo en el Concilio Vaticano II y posteriores

Durante el pontificado de Pío XII colaboró en varios dicasterios pontificios y fue nombrado Consultor de la Sagrada Congregación de Religiosos (1954-66). San Juan XXIII le nombró consultor de la Sagrada Congregación del Concilio (1959-1966), y calificador (1960) y juez (1964) de la Suprema Congregación del Santo Oficio. En las etapas previas del Concilio Vaticano II fue presidente de la Comisión Antepreparatoria para el Laicado y formó parte también de otras comisiones preparatorias. Fue más tarde designado entre los primeros cien peritos del Concilio.

En los años de desarrollo del Concilio Vaticano II (1962-65), fue secretario de la Comisión sobre la Disciplina del Clero y del Pueblo Cristiano y Consultor de otras Comisiones Conciliares: la de Obispos, la de Religiosos, la de la Doctrina de la Fe, etc. En 1963 fue nombrado, también por Juan XXIII, consultor de la Comisión Pontificia para la Revisión del Código de Derecho Canónico.

Posteriormente, san Pablo VI le nombró consultor de la Comisión Postconciliar sobre los Obispos y el Régimen de las Diócesis (1966), de la Sagrada Congregación para la Doctrina de la Fe (1966-1983) y de la Sagrada Congregación para el Clero (1966).

San Juan Pablo II le nombró consultor de la Sagrada Congregación para las Causas de los Santos (1982) y del Pontificio Consejo para las Comunicaciones Sociales (1984) y miembro de la secretaría del Sínodo de los Obispos (1983). También, desde 1982, fue miembro ad honorem de la Pontificia Academia Teológica Romana. Participó, por expreso deseo del papa Juan Pablo II, en las Asambleas Generales Ordinarias del Sínodo de Obispos sobre la vocación y la misión de los laicos en la Iglesia y en el mundo (1987) y sobre la formación de los sacerdotes en la situación actual (1990).

El sucesor y la continuidad fiel y creativa

A la muerte de san Josemaría en 1975, Álvaro del Portillo fue elegido por unanimidad para sucederle. Se enfrentó al reto más difícil para cualquier persona que debe liderar: suceder a una figura carismática de talla mundial y que ya se la reconocía en círculos privados como santa.

Su gestión se caracterizó por lo que hoy se podría denominar "continuidad fiel y creativa". No se limitó a repetir el pasado, sino que consolidó la estructura jurídica del Opus Dei como Prelatura Personal en 1982, un hito histórico que dio encaje definitivo a la institución dentro del Derecho Canónico. Durante su mandato, la labor apostólica se extendió a veinte nuevos países, demostrando una visión global y una capacidad de ejecución extraordinaria.

Foto tomada en Austria en el lago Wolfgangsee (cerca de Salzburgo), en mayo de 1955. San Josemaría visitó varios lugares marianos y ciudades de Austria y Alemania acompañado de Álvaro del Portillo.

Un hombre de paz y alegría: rasgos de su personalidad

El libro Recuerdo de Álvaro del Portillo, de Salvador Bernal, recoge cientos de testimonios que coinciden en un rasgo distintivo: su paz. En un mundo convulso, él emanaba una tranquilidad que no era fruto de la ausencia de problemas, sino de una profunda vida interior y alegría.

Los últimos años y el viaje a Tierra Santa

El final de su vida fue un resumen de su existencia. En marzo de 1994, realizó una peregrinación a Tierra Santa. Quienes le acompañaron recuerdan su profunda emoción al rezar en los lugares santos.

Regresó a Roma el 22 de marzo y, pocas horas después, ya en la madrugada del día 23, falleció tras un ataque al corazón. Tan solo unas horas antes, había celebrado su última Santa Misa en la iglesia del Cenáculo en Jerusalén. Fue una despedida simbólica: el ingeniero que había construido puentes espirituales en todo el mundo, terminaba su viaje en la cuna de su fe.

El 27 de septiembre de 2014, la beatificación de don Álvaro en Madrid fue un evento multitudinario que confirmó lo que muchos ya sabían: su vida había resultado una "misión cumplida". Y repasamos la homilía que pronunció ese día el cardenal Angelo Amato.

"1. «Pastor según el corazón de Cristo, celoso ministro de la Iglesia» [1]. Este es el retrato que el Papa Francisco ofrece del beato Álvaro del Portillo, pastor bueno, que, como Jesús, conoce y ama a sus ovejas, conduce al redil las que se han perdido, venda las heridas de las enfermas y ofrece la vida por ellas [2].

El nuevo beato fue llamado desde joven a seguir a Cristo, para ser después un diligente ministro de la Iglesia y proclamar en todo el mundo la gloriosa riqueza de su misterio salvífico: «nosotros anunciamos a ese Cristo; amonestamos a todos, enseñamos a todos, con todos los recursos de la sabiduría, para presentarlos a todos perfectos en Cristo.

Por este motivo lucho denodadamente con su fuerza, que actúa poderosamente en mí» [3]. Y este anuncio de Cristo Salvador lo realizó con absoluta fidelidad a la cruz y, al mismo tiempo, con una ejemplar alegría evangélica en las dificultades. Por eso, la Liturgia le aplica hoy las palabras del Apóstol: «ahora me alegro de mis sufrimientos por vosotros: así completo en mi carne lo que falta a los padecimientos de Cristo, en favor de su cuerpo que es la Iglesia» [4].

La serena felicidad ante el dolor y el sufrimiento, es una característica de los Santos. Por lo demás, las bienaventuranzas –también aquellas más arduas como las persecuciones– no son sino un himno a la alegría.

2. Son muchas las virtudes –como la fe, la esperanza y la caridad– que el beato Álvaro vivió de modo heroico. Practicó estos hábitos virtuosos a la luz de las bienaventuranzas de la mansedumbre, de la misericordia, de la pureza de corazón. Los testimonios son unánimes. Además de destacar por la total sintonía espiritual y apostólica con el santo Fundador, se distinguió también como una figura de gran humanidad.

Los testigos afirman que, desde niño, Álvaro era un «un chico de carácter muy alegre y muy estudioso, que nunca dio problemas»; «era cariñoso, sencillo, alegre, responsable, bueno...» [5].

Heredó de su madre, doña Clementina, una serenidad proverbial, la delicadeza, la sonrisa, la comprensión, el hablar bien de los demás y la ponderación al juzgar. Era un auténtico caballero. No era locuaz. Su formación como ingeniero le confirió rigor mental, concisión y precisión para ir en seguida al núcleo de los problemas y resolverlos. Inspiraba respeto y admiración.

3. Su delicadeza en el trato iba unida a una riqueza espiritual excepcional, en la que destacaba la gracia de la unidad entre vida interior y afán apostólico infatigable. El escritor Salvador Bernal afirma que transformó en poesía la prosa humilde del trabajo diario.

Era un ejemplo vivo de fidelidad al Evangelio, a la Iglesia, al Magisterio del Papa. Siempre que acudía a la basílica de san Pedro en Roma, solía recitar el Credo ante la tumba del Apóstol y una Salve ante la imagen de Santa María, Mater Ecclesiae.

Huía de todo personalismo, porque transmitía la verdad del Evangelio y la integridad de la tradición, no sus propias opiniones. La piedad eucarística, la devoción mariana y la veneración por los Santos nutrían su vida espiritual.

Mantenía viva la presencia de Dios con frecuentes jaculatorias y oraciones vocales. Entre las más habituales estaban: Cor Iesu Sacratissimum et Misericors, dona nobis pacem!, y Cor Mariae Dulcissimum, iter para tutum; así como la invocación mariana: Santa María, Esperanza nuestra, Esclava del Señor, Asiento de la Sabiduría.

4. Un momento decisivo de su vida fue la llamada al Opus Dei. A los 21 años, en 1935, después de encontrar a san Josemaría Escrivá de Balaguer –que entonces era un joven sacerdote de 33 años–, respondió generosamente a la llamada del Señor a la santidad y al apostolado.

Tenía un profundo sentido de comunión filial, afectiva y efectiva con el Santo Padre. Acogía su magisterio con gratitud y lo daba a conocer a todos los fieles del Opus Dei. En los últimos años de su vida, besaba a menudo el anillo de Prelado que le había regalado el Papa para reafirmarse en su plena adhesión a los deseos del Romano Pontífice. En particular, secundaba sus peticiones de oración y ayuno por la paz, por la unidad de los cristianos, por la evangelización de Europa.

Destacaba por la prudencia y rectitud al valorar los sucesos y las personas; la justicia para respetar el honor y la libertad de los demás; la fortaleza para resistir las contrariedades físicas o morales; la templanza, vivida como sobriedad, mortificación interior y exterior. El beato Álvaro transmitía el buen olor de Cristo –bonus odor Christi[6], que es el aroma de la auténtica santidad.

5. Sin embargo, hay una virtud que monseñor Álvaro del Portillo vivió de modo especialmente extraordinario, considerándola un instrumento indispensable para la santidad y el apostolado: la virtud de la humildad, que es imitación e identificación con Cristo, manso y humilde de corazón [7]. Amaba la vida oculta de Jesús y no despreciaba los gestos sencillos de devoción popular, como, por ejemplo, subir de rodillas la Scala Santa en Roma.

Álvaro del Portillo en la Santa Misa de acción de gracias celebrada un día después de la beatificación de Josemaría Escrivá, el 12 de mayo de 1992.

A un fiel de la Prelatura, que había visitado ese mismo lugar pero que había subido a pie la Scala Santa, porque –así se lo comentó– se consideraba un cristiano maduro y bien formado, el beato Álvaro le respondió con una sonrisa, y añadió que él la había subido de rodillas, a pesar de que el ambiente estaba algo cargado por la multitud de personas y la escasa ventilación [8]. Fue una gran lección de sencillez y de piedad.

Monseñor del Portillo estaba, de hecho, beneficiosamente “contagiado” por el comportamiento de Nuestro Señor Jesucristo, que no vino a ser servido, sino a servir [9]. Por eso, rezaba y meditaba con frecuencia el himno eucarístico Adoro Te devote, latens deitas. Del mismo modo, consideraba la vida de María, la humilde esclava del Señor.

A veces recordaba una frase de Cervantes, de las Novelas Ejemplares: «sin humildad, no hay virtud que lo sea» [10]. Y a menudo recitaba una jaculatoria frecuente entre los fieles de la Obra: «Cor contritum et humiliatum, Deus, non despicies» [11]; no despreciarás, oh Dios, un corazón contrito y humillado.

Para él, como para san Agustín, la humildad era el hogar de la caridad [12]. Repetía un consejo que solía dar el Fundador del Opus Dei, citando unas palabras de san José de Calasanz: «Si quieres ser santo, sé humilde; si quieres ser más santo, sé más humilde; si quieres ser muy santo, sé muy humilde» [13].

Tampoco olvidaba que un burro fue el trono de Jesús en la entrada a Jerusalén. Incluso sus compañeros de estudios, además de destacar su extraordinaria inteligencia, subrayan su sencillez, la inocencia serena de quien no se considera mejor que los demás. Pensaba que su peor enemigo era la soberbia. Un testigo asegura que era “la humildad en persona” [14].

Su humildad no era áspera, llamativa, exasperada; sino cariñosa, alegre. Su alegría derivaba de la convicción de su escasa valía personal. A principios de 1994, el último año de su vida en la tierra, en una reunión con sus hijas, dijo: «os lo digo a vosotras, y me lo digo a mí mismo. Tenemos que luchar toda la vida para llegar a ser humildes.

Tenemos la escuela maravillosa de humildad del Señor, de la Santísima Virgen y de San José. Vamos a aprender. Vamos a luchar contra el propio yo que está constantemente alzándose como una víbora, para morder. Pero estamos seguros si estamos cerca de Jesús, que es del linaje de María, y es el que aplastará la cabeza de la serpiente» [15].

Para don Álvaro, la humildad era «la llave que abre la puerta para entrar en la casa de la santidad», mientras que la soberbia constituía el mayor obstáculo para ver y amar a Dios. Decía: «la humildad nos arranca la careta de cartón, ridícula, que llevan las personas presuntuosas, pagadas de sí mismas»[16].

La humildad es el reconocimiento de nuestras limitaciones, pero también de nuestra dignidad de hijos de Dios. El mejor elogio de su humildad lo expresó una mujer del Opus Dei, después del fallecimiento del Fundador: «el que ha muerto ha sido don Álvaro, porque nuestro Padre sigue vivo en su sucesor» [17].

Un cardenal atestigua que cuando leyó sobre la humildad en la Regla de san Benito o en los Ejercicios Espirituales de san Ignacio de Loyola, le parecía contemplar un ideal altísimo, pero inalcanzable para el ser humano. Pero cuando conoció y trató al beato Álvaro entendió que era posible vivir la humildad de modo total.

6. Se pueden aplicar al beato las palabras que el cardenal Ratzinger pronunció en 2002, con ocasión de la canonización del fundador del Opus Dei. Hablando de la virtud heroica, el entonces Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe dijo: «Virtud heroica no significa exactamente que uno ha llevado a cabo grandes cosas por sí mismo, sino que en su vida aparecen realidades que no ha hecho él, porque él se ha mostrado transparente y disponible para que Dios actuara [...]. Esto es la santidad» [18].

Este es el mensaje que nos entrega hoy el beato Álvaro del Portillo, «pastor según el corazón de Jesús, celoso ministro de la Iglesia» [19]. Nos invita a ser santos como él, viviendo una santidad amable, misericordiosa, afable, mansa y humilde.

La Iglesia y el mundo necesitan del gran espectáculo de la santidad, para purificar, con su aroma agradable, los miasmas de los muchos vicios alardeados con arrogante insistencia.

Ahora más que nunca necesitamos una ecología de la santidad, para contrarrestar la contaminación de la inmoralidad y de la corrupción. Los santos nos invitan a introducir en el seno de la Iglesia y de la sociedad el aire puro de la gracia de Dios, que renueva la faz de la tierra.

Que María Auxiliadora de los Cristianos y Madre de los Santos, nos ayude y nos proteja.

Beato Álvaro del Portillo, ruega por nosotros. Amén".

El beato Álvaro del Portillo deja el legado de un hombre que supo combinar la excelencia profesional con una profunda humildad personal. Su vida demuestra que es posible estar en el centro de los grandes acontecimientos históricos manteniendo siempre el corazón en lo esencial: el servicio a los demás y la fidelidad a los propios principios.