Del genocidio a la esperanza: un sacerdote en Ruanda

Pasteur Uwubashye es sacerdote de la diócesis de Nyundo, en Ruanda. Su vocación está al servicio de la reconciliación y de la formación de otros sacerdotes. Nació en Kigeyo, en el distrito de Rutsiro, al oeste del país, y actualmente se encuentra en Roma, donde cursa el primer año de la Licenciatura en Filosofía en la Universidad Pontificia de la Santa Cruz, gracias a una ayuda de la Fundación CARF.

La historia de Pasteur comienza con una infancia marcada por la orfandad y por la figura decisiva de su abuelo, catequista durante décadas, que le enseñó a rezar en familia y a amar la Eucaristía. Es también la historia de una diócesis profundamente marcada por el genocidio de 1994, en el que fueron asesinados treinta sacerdotes y quedó gravemente herida la comunidad católica.

Pasteur tiene un objetivo claro: ayudar al pueblo ruandés a redescubrir el valor de cada persona humana, después de una violencia que negó ese valor de forma radical. Por eso insiste en que la formación que recibe no es solo para él, sino para los jóvenes con los que ha trabajado, para los sacerdotes de su diócesis y para un país que todavía busca la reconciliación y la paz.

«Mi nombre es Pasteur Uwubashye y soy sacerdote de la diócesis de Nyundo, en Ruanda. Nací el 4 de marzo de 1988 en el sector de Kigeyo, distrito de Rutsiro, en la provincia occidental.

Mis padres, Gérard Musugusugu y Pascasie Nabonibo, fallecieron cuando yo era todavía un niño».

Comunidad parroquial de la diócesis de Nyundo, en Ruanda, reunida tras una celebración junto a su sacerdote.
Fieles de una parroquia en Nyundo, Ruanda, junto a su sacerdote después de una celebración.

Un abuelo catequista que le enseñó a rezar

«Desde entonces fui criado por mi abuelo paterno, Gérard Mvunabandi, catequista durante cuarenta y cinco años en mi parroquia natal de Biruyi. Él marcó profundamente mi vida cristiana. A él le debo mi fe.

Desde muy pequeño me enseñó a rezar. Cada mañana y cada tarde rezábamos juntos en familia, y cada miembro tenía un día asignado para dirigir la oración. Así aprendí las oraciones de la mañana y de la noche, el Rosario, y también a ayudar a otros a rezar.

Mi abuelo me inculcó el amor por la Santa Misa. Sentía un gran respeto y afecto por los sacerdotes, que lo visitaban con frecuencia. Ese trato cercano despertó en mí un amor profundo por la Iglesia y el deseo de ser sacerdote. El día de mi ordenación fue una gran alegría para él. Falleció en marzo de 2023, a los 93 años».

Quince años de formación: en busca de su vocación de sacerdote

Tras cursar la Primaria y la Secundaria en el seminario menor san Pío X de Nyundo, Pasteur realizó los estudios eclesiásticos superiores y fue ordenado sacerdote el 13 de julio de 2019 por el obispo Anaclet Mwumvaneza, en su parroquia natal de Biruyi.

Fue destinado a la parroquia de Nyange como ecónomo parroquial, coordinador pastoral de niños y director del coro. En 2021 fue nombrado capellán diocesano para la pastoral juvenil de la zona de Kibuye, misión que desempeñó durante seis años.

«Doy gracias a Dios por los frutos de este ministerio, especialmente por el crecimiento del número de coros y por la implicación de niños y jóvenes en la vida de la Iglesia», explica. La diócesis de Nyundo se divide en dos zonas: Gisenyi, con una mayoría católica, y Kibuye, donde conviven distintas confesiones religiosas.

En esta última, Pasteur y otros sacerdotes trabajaron para acercarse a los jóvenes, reunirlos, ayudarles a amar la Iglesia, animarlos a rezar, a participar en actividades sanas y a apoyarse mutuamente en la fe.

Durante la pandemia de Covid, muchos jóvenes prestaron ayuda a los más vulnerables cuando el hambre amenazaba a numerosas familias. Esta solidaridad dejó una huella profunda en la comunidad y llevó a varios jóvenes de otras denominaciones a acercarse a la Iglesia católica.

El genocidio de 1994 y la elección de los estudios

Ruanda sigue marcada por las divisiones étnicas entre hutus y tutsis, que desembocaron en el genocidio de 1994 contra los tutsis. Este acontecimiento continúa influyendo en la vida social y espiritual del país.

Por esta razón, Pasteur eligió estudiar ética y antropología: «el pueblo ruandés sigue necesitando redescubrir el valor de la persona humana y el sentido de su existencia».

En su diócesis, Nyundo, el genocidio tuvo un impacto especialmente grave: además de miles de fieles asesinados, murieron unos treinta sacerdotes. La reconstrucción fue lenta y difícil.

Gracias al esfuerzo del obispo de entonces, se restauraron iglesias y presbiterios y se impulsaron las vocaciones. Hoy la diócesis cuenta con unos 120 sacerdotes al servicio de 30 parroquias.

Estudiantes y religiosas en un centro educativo católico de la diócesis de Nyundo, en Ruanda, junto a sacerdotes.
Alumnos, religiosas y sacerdotes en un centro educativo, donde la formación humana y cristiana es parte esencial de la misión pastoral.

Falta de formadores y necesidad de apoyo

Sin embargo, tras el genocidio muchos sacerdotes fueron destinados de forma prioritaria a parroquias necesitadas, lo que limitó la posibilidad de enviar a algunos a realizar estudios superiores. Esto redujo el número de formadores disponibles en los seminarios mayores y en otros servicios diocesanos que requieren preparación académica.

Actualmente, la diócesis cuenta con un número muy reducido de formadores estables. Por eso, existe un programa de formación continua para sacerdotes, destinado a compartir los conocimientos adquiridos por quienes han podido estudiar fuera.

El obispo sigue apostando por la formación sacerdotal, pero los recursos son limitados. En este contexto, el apoyo de instituciones como la Fundación CARF resulta fundamental.

Estudiar en Roma para servir mejor

Desde el 10 de septiembre de 2025, Pasteur se encuentra en Italia, en la Universidad Pontificia de la Santa Cruz. Vive esta etapa como una oportunidad que beneficiará no solo a él, sino a su diócesis y a su país.

Agradece a su obispo la confianza, a la universidad la acogida y a la Fundación CARF la ayuda recibida, un apoyo muy valioso para una diócesis que todavía arrastra las consecuencias del genocidio y necesita sacerdotes bien formados para servir mejor a su pueblo.


Gerardo Ferrara, licenciado en Historia y en Ciencias Políticas, especializado en Oriente Medio.
Responsable de alumnado Universidad de la Santa Cruz de Roma.



Solemnidad de Santa María, Madre de Dios

El 1 de enero, la Iglesia católica celebra la Solemnidad de Santa María, Madre de Dios. No es un cierre piadoso del tiempo de Navidad ni un añadido devocional al calendario litúrgico. Es una afirmación doctrinal de primer orden: en María se juega la verdad de quién es Jesucristo. Para un católico del año 2026, esta fiesta sigue siendo una referencia decisiva para comprender la fe, la dignidad de la persona y el sentido cristiano del tiempo.

El origen de la solemnidad de Santa María

La celebración de María como Madre de Dios hunde sus raíces en los primeros siglos del cristianismo. No nace de una devoción popular desbordada, sino de una controversia teológica central: quién es realmente Jesús de Nazaret. En el siglo V, la discusión en torno a Nestorio –que rechazaba llamar a María Theotokos (Madre de Dios) y prefería el título Christotokos (Madre de Cristo)– obligó a la Iglesia a precisar su fe.

El Concilio de Éfeso (431) declaró que María es verdaderamente Madre de Dios porque el Hijo que nace de ella es una sola Persona, divina, que asume plenamente la naturaleza humana. No se trata de decir que María preceda a Dios o sea origen de la divinidad, sino de afirmar que el sujeto del nacimiento es Dios hecho hombre. Separar la maternidad de María de la divinidad de Cristo implica fragmentar el misterio de la Encarnación.

Desde entonces, la maternidad divina se convirtió en una piedra angular de la fe cristiana. La liturgia romana fijó esta celebración el 1 de enero, ocho días después de la Navidad, siguiendo la antigua tradición bíblica de la octava, para subrayar que el Niño nacido en Belén es el mismo Señor confesado por la Iglesia.

El significado teológico: María garantiza la verdad de la Encarnación

Celebrar a María como Madre de Dios es, ante todo, una confesión cristológica. La Iglesia no centra la mirada en María para aislarla, sino para proteger el núcleo de la fe: Jesucristo es verdadero Dios y verdadero hombre. María no es un añadido, sino el lugar concreto donde Dios entra en la historia.

La maternidad de María implica que Dios ha asumido una genealogía, un cuerpo, un tiempo. No se encarna de forma simbólica ni aparente. En ella, Dios acepta depender, crecer, ser cuidado. Por eso, esta solemnidad tiene consecuencias profundas para la antropología cristiana: la carne, la historia y la maternidad no son realidades secundarias, sino espacios donde Dios actúa.

Desde esta perspectiva, María no es una figura idealizada o distante. Es una mujer real, situada en un contexto histórico concreto, que responde libremente a la iniciativa de Dios. Su fe no elimina la oscuridad ni la incertidumbre, pero las atraviesa. El Evangelio del día la presenta “guardando todas estas cosas y meditándolas en su corazón”: una fe pensada, no ingenua; silenciosa, pero firme.

Una fiesta para iniciar el año: tiempo de paz cristiana

Que esta solemnidad se celebre el primer día del año no es casual. La Iglesia propone comenzar el tiempo civil desde una clave teológica: el tiempo tiene sentido porque Dios ha entrado en él. Para el católico de 2026, inmerso en una cultura acelerada, fragmentada y marcada por la incertidumbre, esta afirmación resulta especialmente actual.

Además, desde 1968, el 1 de enero está vinculado a la Jornada Mundial de la Paz. No como un eslogan, sino como una consecuencia lógica: si Dios ha asumido la condición humana, toda vida humana tiene una dignidad inviolable. María, como Madre de Dios, se convierte también en referencia para una visión cristiana de la paz, entendida no solo como ausencia de guerra, sino como orden justo, reconciliación y cuidado del más vulnerable.

En un contexto global marcado por conflictos armados, tensiones culturales y crisis de sentido, esta solemnidad recuerda que la paz no se construye únicamente con estructuras, sino con una mirada correcta sobre el ser humano. La maternidad de María afirma que nadie es descartable y que la historia no está cerrada al sentido.

María, Madre de Dios y madre de los cristianos hoy

Para el creyente contemporáneo, la Solemnidad de Santa María, Madre de Dios no es una celebración arqueológica. Interpela directamente a la vida cristiana. María aparece como modelo de fe adulta, capaz de integrar razón, libertad y obediencia. Su maternidad no es pasiva: implica responsabilidad, riesgo y perseverancia.

San Josemaría Escrivá insistía en que acudir a María no es una evasión sentimental, sino una escuela de vida cristiana concreta. En ella se aprende a acoger la voluntad de Dios en lo ordinario, a vivir la fe sin estridencias y a sostener la esperanza cuando no todo se comprende.

En este punto, el trabajo de instituciones como la Fundación CARF adquiere una especial relevancia. Formar sacerdotes y seminaristas para una Iglesia fiel a la verdad de la Encarnación implica transmitir una teología sólida, enraizada en la tradición y capaz de dialogar con el mundo actual. La maternidad divina de María no es un tema marginal, sino una clave para una formación integral: doctrinal, espiritual y pastoral.

Un comienzo que orienta todo el año

La Solemnidad de Santa María, Madre de Dios sitúa al cristiano, al inicio del año, ante una verdad decisiva: Dios no es una idea ni una fuerza abstracta, sino alguien que ha querido tener madre. Desde ahí se ordena todo lo demás: la fe, la moral, la vida social y la esperanza.

Celebrarla en 2026 significa reafirmar que la fe cristiana sigue teniendo algo concreto que decir sobre la realidad, el tiempo y la persona. María no eclipsa a Cristo; lo muestra en su verdad más radical. Y por eso, comenzar el año bajo su advocación no es un gesto piadoso más, sino una toma de posición: confiar en que la historia, incluso con sus sombras, sigue abierta a Dios.


26 de diciembre, san Esteban: el primer mártir

Cada 26 de diciembre, la Iglesia celebra la festividad de san Esteban, recordando al primer rtir cristiano. Su historia, aunque breve, es un testimonio impresionante de fe, valentía y amor al Evangelio. ¿Conoces su origen y cómo llegó a convertirse en uno de los modelos de santidad más emblemáticos de la Iglesia?

¿Quién fue san Esteban?

San Esteban fue uno de los siete primeros diáconos elegidos por los apóstoles para ayudar en el servicio a la comunidad cristiana en Jerusalén. Su misión principal era atender las necesidades de las viudas y los más pobres, asegurándose de que nadie quedara desamparado.

El libro de los Hechos de los Apóstoles nos cuenta que Esteban era un hombre lleno de fe y del Espíritu Santo (Hch. 6, 5). También era conocido por su sabiduría y por los signos y milagros que realizaba entre el pueblo, lo que atrajo tanto admiradores como detractores.

San Esteban, primer mártir de la cristiandad
San Esteban aparece representado como diácono, con la dalmática, la palma del martirio y las piedras que evocan su lapidación. La obra subraya su serenidad y entrega al Evangelio.

El martirio de san Esteban

La predicación de Esteban causó controversia entre algunos líderes religiosos de su tiempo. Fue acusado falsamente de blasfemia contra Moisés y contra Dios, y llevado ante el Sanedrín, el consejo supremo de los judíos.

Durante su defensa, pronunció un discurso poderoso y valiente en el que repasó la historia de Israel y denunció la resistencia del pueblo a aceptar la voluntad de Dios. Este discurso enfureció a sus acusadores, quienes lo llevaron fuera de la ciudad y lo apedrearon hasta la muerte.

Mientras se convertía en el primer mártir, Esteban, lleno del Espíritu Santo, exclamó: «Señor Jesús, recibe mi espíritu» y, con un corazón lleno de perdón, dijo: «Señor, no les tomes en cuenta este pecado» (Hch. 7, 59-60). Su muerte es un reflejo del amor y la misericordia de Cristo en la cruz.

«Esteban, lleno de gracia y poder, hacía grandes prodigios y señales entre el pueblo» (Hch 6,8). El número de los que creían en la doctrina de Jesucristo era cada vez mayor. Sin embargo, muchos –ya sea porque no conocían a Cristo o porque le conocían mal– no consideraron a Jesús como el salvador.

«Se pusieron a discutir con Esteban; pero no lograban hacer frente a la sabiduría y al espíritu con que hablaba. Entonces indujeron a unos que asegurasen: “Le hemos oído proferir palabras blasfemas contra Moisés y contra Dios”» (Hch 6,9-11).

San Esteban fue el primer mártir del cristianismo. Murió lleno del Espíritu Santo, rezando por los que le apedreaban. «Ayer, Cristo fue envuelto en pañales por nosotros; hoy, cubre Él a Esteban con vestidura de inmortalidad. Ayer, la estrechez de un pesebre sostuvo a Cristo niño; hoy, la inmensidad del cielo ha recibido a Esteban triunfante. El Señor descendió para elevar a muchos; se humilló nuestro Rey, para exaltar a sus soldados».

Vivir la alegría del Evangelio

También nosotros hemos recibido la apasionante misión de difundir el anuncio de Jesucristo con nuestras palabras y sobre todo con nuestra vida, mostrando la alegría del evangelio. Quizá san Pablo, presente en aquel suceso, quedaría removido por el testimonio de Esteban y, una vez ya cristiano, tomaría de allí fuerza para su propia misión.

«El bien siempre tiende a comunicarse. Toda experiencia auténtica de verdad y de belleza busca por sí misma su expansión, y cualquier persona que viva una profunda liberación adquiere mayor sensibilidad ante las necesidades de los demás (…). Recobremos y acrecentemos el fervor, la dulce y confortadora alegría de evangelizar, incluso cuando hay que sembrar entre lágrimas. Y ojalá el mundo actual –que busca a veces con angustia, a veces con esperanza– pueda así recibir la Buena Nueva, no a través de evangelizadores tristes y desalentados, impacientes o ansiosos, sino a través (...) de quienes han recibido, ante todo en sí mismos, la alegría de Cristo» (exhortación apostólica Evangelii Gaudium del Papa Francisco, 2013).

¿Qué aprender de san Esteban?

San Esteban nos enseña la importancia de defender nuestra fe con valentía y humildad, pero también con amor y perdón hacia quienes nos persiguen. Su ejemplo nos invita a confiar plenamente en Dios, incluso en los momentos más difíciles.

También nos recuerda el valor del servicio. Como diácono, dedicó su vida a ayudar a los más necesitados, viviendo el mandamiento del amor al prójimo de manera concreta.

El patrono de los diáconos

San Esteban es considerado el patrono de los diáconos y de aquellos que sufren persecución por su fe. Su testimonio ha inspirado a generaciones de cristianos a lo largo de la historia.

En la liturgia, su festividad del 26 de diciembre, nos invita a reflexionar sobre el significado del martirio como una entrega total a Cristo.

En un mundo que muchas veces rechaza los valores del Evangelio, san Esteban nos anima a vivir nuestra fe con autenticidad y valentía.

San Esteban, primer mártir de la cristiandad
Martirio de san Esteban, Juan de Juanes en el Museo de El Prado.

Una reflexión

El testimonio del primer mártir, san Esteban, sigue siendo relevante en nuestros días. ¿Cómo podemos ser testigos de Cristo en nuestra vida cotidiana? Tal vez no enfrentemos persecuciones físicas, pero podemos encontrar desafíos al tratar de vivir con coherencia nuestra fe en un mundo que muchas veces se muestra indiferente o crítico.

El evangelio de su fiesta refleja la fidelidad del primer discípulo de Jesús que dio testimonio de él ante los hombres. Fidelidad significa semejanza, identificación con el Maestro. Igual que Jesús, Esteban predicaba a sus hermanos de raza, lleno de la sabiduría del Espíritu Santo, y hacía grandes prodigios en favor de su pueblo; como Jesús, fue llevado fuera de la ciudad y allí fue lapidado, mientras él perdonaba a sus verdugos y entregaba su espíritu al Señor (cf. Hechos de los Apóstoles, 6,8-10; 7,54-60).

Preocuparse por el ambiente

Pero podemos reclamar a Jesús: ¿cómo no preocuparnos cuando se siente la amenaza de un ambiente hostil al Evangelio? ¿Cómo desatender la tentación del miedo o del respeto humano, para evitar tener que resistir?

Más aún, cuando esa hostilidad surge en el propio ambiente familiar, algo que ya vaticinó el profeta: “Porque el hijo ultraja al padre, la hija se alza contra su madre, la nuera, contra su suegra: los enemigos del hombre son los de su propia casa” (Miqueas, 7,6). Es cierto que Jesús no nos da una técnica para salir ilesos ante la persecución. Nos da mucho más: la asistencia del Espíritu Santo para hablar y perseverar en el bien, dando así un fiel testimonio del amor de Dios por toda la humanidad, también por los perseguidores.

En este primer día de la Octava de Navidad sigue habiendo espacio para la alegría, puesto que lo que más queremos, lo que más nos hace felices no es nuestra propia seguridad, sino la salvación para todos.

San Esteban nos invita a recordar que la fuerza para vivir y defender nuestra fe proviene del Espíritu Santo. ¡Confiemos en Él y sigamos su ejemplo de amor, perdón y servicio!

En la Fundación CARF, rezamos por los cristianos perseguidos en todo el mundo y trabajamos para formar seminaristas y sacerdotes diocesanos líderes que, como san Esteban, lleven el mensaje de Cristo con valentía. ¡Unámonos en oración por ellos!



28 diciembre, fiesta de la Sagrada Familia, cuna de amor

A la familia se la define como una escuela del amor. Este año, que Navidad no cae en domingo, celebramos el último domingo del año la fiesta y no el viernes anterior.

«El Redentor del mundo eligió a la familia como lugar para su nacimiento y crecimiento, santificando así esta institución fundamental de toda sociedad». Papa san Juan Pablo II, mensaje del Ángelus, 30 de diciembre de 2001.

Las enseñanzas

La familia es una comunión íntima de vida y amor, fundada en el matrimonio entre un hombre y una mujer, abierto al don de la vida humana, y al amor para siempre. Esta fiesta señala a la Sagrada Familia de Nazaret como el verdadero modelo de vida. Todas las familias del mundo, deben siempre acudir al amparo y protección de la Sagrada Familia, para así aprender a vivir el amor y el sacrificio.

A la familia se la define como escuela del amor e Iglesia doméstica. La familia es el lugar providencial donde somos formados como humanos y como cristianos. Nuestra familia es donde crecemos en sabiduría, en edad y en gracia delante de Dios y de los hombres.

Debe ser sitio de diálogo entre Dios y el hombre, abierta a la Palabra y a la escucha. Secundada por la oración en familia que une con fuerza. San Juan Pablo II recomendaba mucho el rezo del Santo Rosario dentro de las familias, y tenía muy presente aquella frase que dice: «la familia que reza unida, permanece unida».

Es por todo esto que la Fiesta de la Sagrada Familia nos invita a acoger, vivir y proclamar la verdad y la belleza de la familia, según el plan de Dios.

Una familia en Torreciudad rezando como la Sagrada Familia nos enseñó, unidos.
Una familia en Torreciudad dando gracias a la Virgen.

Fuente de vocaciones sacerdotales

La identidad de Cristo y de su misión han cobrado forma en la historia y en el mundo en el seno de la Sagrada Familia. Podemos decir que éste es el modelo dentro del cual acontece, en la inmensa mayoría de los casos, la llamada del Señor a los hijos de familias cristianas a su consagración y a la vocación al sacerdocio. Por eso el papel de las familias cristianas es fundamental en el surgir de las vocaciones.

Tanto el sacerdocio como la vida consagrada son dones gratuitos del Señor y resulta indiscutible que la gran mayoría de las vocaciones surgen en el seno de las familias que creen y practican, de ambientes en los que se viven los valores de la Sagrada Familia de Nazaret.

Para descubrir esa vocación, es crucial el papel de los padres en la formación de los hijos. Ninguna institución puede suplir su labor en la educación «especialmente en lo que se refiere a la formación de la conciencia. Cualquier intromisión en este ámbito sagrado debe ser denunciada porque vulnera el derecho que tienen los padres de trasmitir a sus hijos una educación conforme a sus valores y creencias» (Conferencia Episcopal Española 2022).

Cuna de la vocación al amor

En la Familiaris consortio, el papa san Juan Pablo II enseñó que «el matrimonio cristiano y la familia cristiana edifican la Iglesia: porque en la familia cristiana la persona humana no sólo es llevada al ser e introducida progresivamente por medio de la educación en la comunidad humana, sino por medio del renacimiento del bautismo y la educación en la fe en que el niño también se introduce en la familia de Dios, que es la Iglesia».

El hogar que vive siguiendo el ejemplo de la Sagrada Familia es escuela de oración. En ella se aprende desde niños a colocar a Dios espontáneamente en el primer lugar reconociéndolo y dialogando con Él en toda circunstancia. También una escuela de fe vivida, donde no se aprende de forma teórica, sino que se plasma en las obras cotidianas. Asimismo es escuela de difusión misionera como promotoras activas de las vocaciones consagradas.

Vivir el evangelio no es fácil hoy en día, más aún en estos tiempos. Sin embargo, en el Evangelio encontramos el camino para vivir una vida santa en el ámbito personal y familiar, un camino ciertamente exigente pero fascinante. Camino, que podemos recorrer siguiendo el ejemplo Jesús de Nazaret y gracias a su intercesión.

En todo hogar hay momentos felices y tristes, pacíficos y difíciles. Vivir el evangelio no nos exime de experimentar dificultades y tensiones, de encontrar momentos de feliz fortaleza y momentos de triste fragilidad. Debemos comprender que es el Espíritu Santo quien guía hoy a todo ser humano. Pero hay que escuchar al Espíritu que habla en nosotros; hace falta una mirada de fe para captar la realidad más allá de las apariencias.

Monseñor Javier Echevarría en el santuario de Torreciudad aludió al hecho de que es el hogar familiar «donde se forjan las diversas vocaciones en la Iglesia», y expresó el deseo de que ellas sean «verdaderamente cristianas, que consideren una gran bendición divina la llamada de algunos de sus hijos al sacerdocio».

Discernimiento de la vocación en el hogar cristiano

El papa Francisco nos ofrece en la exhortación apostólica Christus vivit, diez pautas para reflexionar sobre la fiesta, la educación en el hogar y el facilitar a los hijos el proceso de discernimiento de la vocación.

Forjar en la Caridad


Bibliografía:

- Sínodo de los Obispos, 2001.
- Conferencia Episcopal Española 2022.
- Audiencia del Papa Francisco, 2019.
- Exhortación Apostólica Postsinodal Christus Vivit, Papa Francisco, 2019.


«Es nuestra responsabilidad con la Iglesia universal»: benefactores de la Fundación CARF

Margarita, Manuel, Alex, David y Luis son algunos benefactores de la Fundación CARF que colaboran en la campaña Que ninguna vocación se pierda.  Nos cuentan por qué colaboran con la Iglesia universal en la formación integral, académica y espiritual de seminaristas y sacerdotes diocesanos. 

Responsabilidad con la Iglesia universal

Margarita y Manuel: «Conocimos el CARF por Alejandro Cantero, antiguo presidente de la Fundación CARF que falleció hace unos años). Hablaba con verdadero entusiasmo de esta bonita labor y de la que fuimos testigos en el primer viaje a Roma, en un encuentro internacional, cuando visitamos la Universidad Pontificia de la Santa Cruz y el seminario Internacional Sedes Sapientiae.

En este viaje pudimos darnos cuenta del verdadero sentido de universalidad de la Iglesia, por medio de los sacerdotes y seminaristas que conocimos, jóvenes de razas y culturas diferentes pero con el mismo entusiasmo, con un mismo deseo, formarse como sacerdotes para después volver a sus países de origen, donde ejercer su labor sacerdotal, entre sus gentes y como formadores de los seminarios».

«Comprobamos el ambiente de alegría y servicio que se respiraba en el seminario, no sólo entre los jóvenes sino con sus formadores, dedicados a cuidar de su formación y de su vida de piedad.

Podéis imaginaros que sus historias eran de lo más diversas, como lo era su llamada a la vocación, pero comprendimos enseguida que teníamos una responsabilidad con la Iglesia. Tantas veces nos habíamos lamentado por la falta de vocaciones y se las pedíamos a Dios y ahora comprobábamos que Dios si llama a jóvenes, en todo el mundo, pero necesitan formarse y formarse bien, y ahí teníamos una responsabilidad todos nosotros, que ninguno se pierda por falta de medios.

Conocer a estos jóvenes, donde estudian, como viven y su sentido de responsabilidad aprovechando intensamente estos años de formación, y viviendo agradecidos por ello, nos reafirmó en el deseo de poner nuestro granito de arena. 

Podemos deciros que colaborando con la Fundación CARF, lo estamos haciendo de manera directa con la Iglesia de todo el mundo, los sacerdotes son pilares fundamentales, son quienes nos administran los sacramentos y, por eso, allí donde un sacerdote desarrolla su labor, llega la Iglesia».

La importancia trascendental de los sacerdotes

 Por su parte, Luis, comenta: «Conocí la Fundación CARF por medio de la revista de la Fundación que me llegó a mí domicilio. Me impulsó a ayudar económicamente la Fundación, la  importancia trascendental que tienen los sacerdotes dentro y fuera de la Iglesia.

Dentro, para la administración de los sacramentos y para la predicación de los evangelios (ambos decisivos para la santificación de todos sus miembros). Y fuera para la propagación de la palabra del Señor (tanto de palabra como con el ejemplo). Cuanto más santos y mejor preparados, más eficaz será su labor para con todos.

Animaría a las personas a que invirtieran en la formación de los sacerdotes por lo anterior expuesto y la escasez de medios económicos, que desgraciadamente tiene la Iglesia y especialmente en estos momentos"».

«Colaborando con CARF,  ayudamos de manera directa con la Iglesia de todo el mundo. Los sacerdotes son pilares fundamentales»

'Los sacerdotes son la plantilla de Dios'

Alex es un benefactor de la Fundación CARF que ha colaborado, entre otros, en la formación del seminarista Jacobo Lama de República Dominicana, que estudia en la Universidad Pontificia de la Santa Cruz en Roma y acaba de terminar sus estudios.

Alex se dedica a la formación de personas en la búsqueda de empleo, una meta que también ha trasladado a su labor:  «Los sacerdotes y seminaristas van a trabajar para Dios, van a ser la 'plantilla de Dios'. Por eso, sin recursos económicos para su formación, sería muy difícil que desempeñaran este trabajo en plenitud», afirma.

«Cuando fui a Roma pude hacerme una idea de la trascendencia de la labor que realiza la Fundación CARF y de la calidad humana de los seminaristas que allí se forman. Seminaristas diocesanos, que provienen de los países más diversos y que luego retornarán a sus respectivas diócesis para multiplicar la formación que han recibido.

Diócesis que no tienen los recursos económicos necesarios, pero en cambio son una maravillosa cantera de vocaciones, una 'materia prima' que es un don de la Iglesia y que debemos cuidar a toda costa. He ido ya cinco veces (la fundación me ha concedido la medalla que otorgan tras cinco encuentros internacionales) y cada vez regreso más admirado y animado a seguir arrimando el hombro después de asomarme por esta ventana desde donde se ve la universalidad de la Iglesia».

«Poner los recursos humanos al servicio de Dios»

«Me dedico a ayudar a las personas a encontrar trabajo y por lo tanto el tema empleo motiva mi día a día. Mi colaboración con la Fundación CARF no es ajena a esto, ya que no puedo dejar de ver a todos estos seminaristas como la plantilla de Dios, los que van a estar en nómina a jornada completa, con un sueldo poco atractivo pero que cotizan por la máxima pensión, sin duda. Un empleo con alegría garantizada, para ellos y para nosotros. Y en los sitios más diversos, lejanos e inimaginables.

Los empresarios debemos mirar, entre otras cosas, el retorno sobre cualquier inversión que hacemos (ROI) y la inversión en la formación de los seminaristas (que es desgravable) es probablemente el mejor negocio que se puede hacer ya que se obtiene el ciento por uno. En estos tiempos hemos oído hablar de los trabajos esenciales. El ser sacerdote, el ejercer de sacerdote, es un trabajo imprescindible como pocos que no admite teletrabajo.

Tenemos un gran déficit de sacerdotes y probablemente sea el puesto más difícil de cubrir ya que no va de tener una buena nota de corte para apuntarse a una universidad o formarse online. Va de vocación y de llamada de Dios. Por eso, cuando aparece una vocación, y más aún si carece de medios económicos, debemos arrimar el hombro para cuidarla, formarla muy bien y lograr que salga adelante.  

Nos quejamos de que hacen falta sacerdotes pero en la Fundación CARF tenemos todos los que queramos, de todos los países. Ellos tienen la vocación. Nosotros los medios. Sería imperdonable que se perdieran vocaciones por falta de recursos económicos».

«El mundo necesita sacerdotes. Lo imperdonable sería que se perdieran vocaciones por falta de recursos económicos»

Iglesia universal benefactores fundación CARF

David anima a colaborar con la Fundación CARF por el bien de la Iglesia universal. «Los sacerdotes son importantísimos para mantener la cultura cristiana, las tradiciones y la fe; además de contribuir a la gran labor social que hace la Iglesia y los sacerdotes en muchos países subdesarrollados», señala.

Dar tiempo y dinero 

David: «Conocí la existencia de la Fundación CARF gracias a Alejandro Cantero, quien por aquel entonces, año 2005, ejercía el cargo de presidente en dicha Fundación. Él, con su paciencia y como si tuviera todo el tiempo para mí, me fue explicando desde sus orígenes, la trayectoria y los fines que se perseguían.

Dentro de los fines propios de la Fundación CARF, están la formación integral de sacerdotes y seminaristas diocesanos de todo el mundo, especialmente de los países mas necesitados. En primer lugar se atienden y se dan ayudas de estudio a los seminaristas que postulan y envían los Obispos de los cinco continentes. 

Otros fines propios a los que dedica su actividad de la Fundación CARF  es la promoción y mantenimiento de los centros e instituciones donde viven o se imparte la formación de los sacerdotes y seminaristas: las Facultades Eclesiásticas de la Universidad de Navarra y la Universidad Pontificia de la Santa Cruz. 

Después de la extensa y completa presentación que me hizo Alejandro me propuso colaborar como vocal miembro del Patronato que gobierna la Fundación CARF; y a pesar de la gran responsabilidad que para mi suponía, decidí aceptar el cargo. Sabía por las explicaciones anteriores que la Fundación es una entidad sin ánimo de lucro y asumí desde el principio que eso me iba a costar tiempo y dinero; pero la motivación para aceptar el cargo fue la observación de la necesidad de defender mis tradiciones, mis creencias y mi cultura, dada mi condición de católico y mi Fe».

Cambiar el mundo 

«Pensé: desde esta Fundación se puede cambiar el mundo, ¡y de qué manera! Posteriormente, trabajando en la Fundación CARF comprobé en mi persona, como se cumplían dos características infundidas por el Bautismo, que son: el alma sacerdotal y el apostolado. Alma sacerdotal, para tomar conciencia de ayudar a tu Iglesia, que sea Santa, Romana y Universal.

Apostolado, según el mandato evangélico: "Id al mundo mundo entero y proclamad el evangelio". Y quien mejor que los curas para predicar el Evangelio. Entonces a mí sólo me quedaba ayudar y contribuir con mis medios y según mis posibilidades a esa labor prioritaria de la Iglesia donde tocas su corazón, su médula espinal. Como dice la Teología Católica, la Iglesia necesita de la Eucaristía y la Eucaristía de los sacerdotes.

Esa decisión firme de dedicar un tiempo y trabajo a colaborar, compartiéndolo con un trabajo profesional exigente y con los deberes de una familia numerosa de seis hijos en mi caso, es algo que me ha hecho mucho bien y que me gustaría compartirlo con todas aquellas personas que quisieran ayudarnos como colaboradores o benefactores, trabajando en algo tan fascinante y por lo que Dios nos premiará abundantemente.

Unos podrán dedicar mucho tiempo, otros menos, pero lo importante es llevar este mensaje en el corazón y aprovechar las ocasiones que se presenten para informar y entusiasmar a los demás con el objetivo y el trabajo que hacemos.

Se me viene a la cabeza una anécdota que me contaron de una Cofradía en Andalucía, que sacó en procesión una imagen y para sufragar los gastos, pusieron debajo un botijo con una cartulina que decía: con estos donativos cubrimos los gastos anuales. La forma de colaborar es la siguiente: El que tiene mucho, con mucho. El que tiene menos, con menos. Y el que no tiene nada, con nada.

Pero todos pueden rezar y ayudar con la difusión, añado yo.

En Fundación CARF aunque no tengas nada, no importa, porque todos podemos rezar y pedir a Dios por la Iglesia y porque nos envíe muchos y santos sacerdotes. Así cambiaría el mundo, extendiendo el catolicismo, hablando de la Verdad en mayúsculas, con libertad y sin imposiciones.

El bien que se hace a la Iglesia universal 

Animaría a muchas personas a colaborar con la Fundación CARF por el bien que hacen a la Iglesia Universal y también así mismos. Y resulta importantísimo para mantener la cultura cristiana, las tradiciones y la fe; además de contribuir a la gran labor social que hace la Iglesia y los sacerdotes en muchos países subdesarrollados».


Sergio Rojas, sacerdote: una vocación de Venezuela nacida lejos de Dios

Sergio Rojas no creció en una familia practicante ni soñó con una vocación de sacerdote. Apenas conocía a Dios y su vida no giraba en torno a la fe. Sin embargo, este sacerdote de Venezuela descubrió que la llamada de Dios puede irrumpir incluso cuando uno no la está buscando.

Su historia es la de una vocación sacerdotal inesperada, forjada en el encuentro personal con Cristo y sostenida, años después, por la ayuda concreta de los benefactores y amigos de la Fundación CARF.

Una vocación sacerdotal que no empezó en casa

La historia vocacional del sacerdote Sergio Rojas no comienza en una parroquia ni en una familia especialmente religiosa. Al contrario. Aunque su familia se consideraba católica, la fe no formaba parte real de su vida cotidiana.

«Siempre he considerado mi vocación como algo muy particular», explica. Y lo dice con conocimiento de causa: durante años, Dios fue prácticamente un desconocido para él.

El punto de inflexión llegó gracias a la madre de su mejor amigo. Fue ella quien le habló de Dios por primera vez de manera cercana y concreta, y quien le introdujo en una comunidad del Camino Neocatecumenal. Allí comenzó un itinerario de fe que, sin que él lo supiera todavía, estaba sembrando las raíces de su vocación sacerdotal.

Cuando Dios irrumpe sin pedir permiso

Sergio llevaba apenas tres años caminando en la fe cuando ocurrió algo que no esperaba. Durante unos encuentros nacionales del Camino, en el momento en que se pidieron vocaciones, sintió una inquietud interior difícil de explicar.

«Fue como una llama que se encendió con fuerza», recuerda. Pero junto a esa llamada apareció el miedo. No se sentía preparado. Le parecía demasiado pronto. Demasiado serio.

La pregunta volvió a surgir tiempo después, de forma aún más directa. Una religiosa misionera mexicana, tras conocerle, le lanzó una frase que no pudo sacarse de la cabeza: «¿Y tú, cuándo vas a entrar al seminario?».

A partir de ahí, la idea ya no le dejó en paz. Hasta que un día, delante del Santísimo, decidió dejar de resistirse: «Le hice un reto a Dios. Le dije: “Si Tú quieres, yo quiero”».

Ese gesto sencillo marcó el inicio definitivo de su camino al sacerdocio.

De Venezuela a Pamplona: formarse para servir mejor

Ya en el seminario, su obispo tomó una decisión que cambiaría su vida: enviarlo a Pamplona (España) para completar su formación en el seminario internacional Bidasoa.

Para este sacerdote venezolano, el paso por España no fue solo una etapa académica. Fue una experiencia profundamente humana y espiritual.

«En Bidasoa me sentí en casa, a pesar de estar tan lejos de mi país», confiesa. Allí descubrió algo esencial: «que la Iglesia no es una idea abstracta, sino una familia universal. Personas de culturas, idiomas y realidades muy distintas, unidas por una misma fe».

Esa experiencia le ayudó a comprender mejor el mundo al que un día sería enviado como pastor.

Mucho más que estudios: aprender a ser sacerdote

Si algo se llevó Sergio de su estancia en Pamplona no fue un título, sino una forma de vivir el sacerdocio.

«Me formé para dar todo mi ser en la pastoral», explica. Aprendió a conocer la Iglesia desde dentro, a comprender las distintas realidades humanas con las que se encontraría y a dar testimonio de Jesucristo en medio de ellas.

Sergio Rojas sacerdote Venezuela vocación
El padre Sergio Rojas, sacerdote de la diócesis de Margarita, acompañado de jóvenes de parroquia.

Entre los aspectos que más marcaron su formación destacan la dirección espiritual constante, la Confesión frecuente y el trato personal con Jesús en la Eucaristía.

Pero hubo un testimonio que dejó una huella especial en su vida sacerdotal: el del sacerdote Juan Antonio Gil Tamayo, formador suyo, que vivió su enfermedad con una fe serena y luminosa.

«Nos mostró que la fortaleza espiritual permite mirar más allá del sufrimiento y descubrir la voluntad de Dios incluso en la cruz», recuerda.

El sacerdote hoy: servir y no aislarse

El padre Sergio Rojas no idealiza el sacerdocio. Es muy consciente de los retos actuales y de las dificultades que atraviesa la Iglesia.

Para él, la clave es clara: oración, entrega y humildad. El sacerdote –afirma– está llamado a servir, no a buscar comodidad ni reconocimiento.

También insiste en la importancia de no vivir aislado. «El sacerdote tiene que estar con la gente, conocer su realidad, compartir sus alegrías y sufrimientos». Pero todo eso solo tiene sentido si nace de un encuentro vivo con Jesucristo. «Sin oración, el sacerdocio pierde su esencia», asegura este sacerdote venezolano.

Gratitud a la Fundación CARF: una ayuda que hace posible la vocación

Al mirar atrás, Sergio Rojas no tiene dudas: sin la ayuda de los benefactores y amigos de la Fundación CARF, su historia habría sido muy distinta.

«Sin ustedes no habría podido viajar, estudiar ni formarme en Pamplona», afirma con gratitud. No es una frase de compromiso, sino una realidad concreta: su vocación sacerdotal también pasó por la generosidad de personas que apostaron por su formación.

Por eso, asegura, siempre habrá una oración agradecida por quienes hacen posible que otros seminaristas y sacerdotes puedan prepararse para servir mejor a la Iglesia.