
A los 28 años, cuando muchos jóvenes sueñan con consolidar una carrera profesional, ganar estabilidad económica o ascender en su trabajo, Santiago Valderrama Henao tomó una decisión radical: dejar atrás una prometedora trayectoria como abogado para responder a una llamada que llevaba años resonando silenciosamente en su interior, ser sacerdote.
Santiago pertenece a la Diócesis de El Espinal, en Colombia, y reside en el seminario internacional Bidasoa, en Pamplona, donde cursa su primer año de formación sacerdotal y de estudios de Filosofía en las Facultades Eclesiásticas de la Universidad de Navarra.
Su historia no nace de una crisis personal, ni de un fracaso profesional, ni de una decepción con el mundo. Todo lo contrario. «Yo estaba plenamente a gusto con mi carrera, con el ejercicio profesional y con la vida que tenía», afirma. Y precisamente por eso su testimonio adquiere una fuerza especial: porque muestra que la vocación sacerdotal no es una huida, sino una respuesta libre a una invitación de Dios.
Todo es nuevo para él
Cuando su obispo –antiguo alumno de Bidasoa– le planteó la posibilidad de viajar a Pamplona para formarse, Santiago sintió una profunda alegría. «Me ilusionó mucho poder formarme en un lugar con un plan estructurado, con un ambiente de intenso estudio, y de vida espiritual sólida, que ayuda tanto a la vocación sacerdotal, y sobre todo a crecer en santidad».
Todo es nuevo para él. Primer año en Bidasoa. Primer año de seminario. Primer año de Filosofía. Pero también el inicio de una vida completamente distinta.
Un camino brillante como abogado
Antes de llegar a Pamplona, Santiago había construido un camino brillante en el ámbito jurídico. En 2020 se graduó en Derecho y posteriormente cursó dos mínor académicos, uno en Derecho Financiero y otro en Derecho Empresarial. Durante casi cinco años trabajó primero en un banco y después en un despacho de abogados.
Sin embargo, bajo esa vida aparentemente resuelta seguía latiendo una inquietud mucho más profunda. «Desde muy pequeño percibí en mi interior una inquietud particular por la vocación sacerdotal», recuerda.
Durante los años universitarios y los primeros años de ejercicio profesional aquella llamada se volvió más difusa, eclipsada quizá por el ritmo de la vida cotidiana, las metas profesionales y los proyectos personales. Pero Dios seguía esperando.
El momento decisivo llegó en 2023, durante el Camino de Santiago. Mientras meditaba sobre la vida del apóstol, una pregunta atravesó su corazón con fuerza: «Si él entregó toda su vida por Dios, ¿qué estoy haciendo yo?».
Aquella pregunta no desapareció. Después, estando en Sevilla, vivió una experiencia interior que marcaría definitivamente su vida. «Percibí que Dios me invitaba a dar el paso y, de alguna manera, sentí que Él, respetando plenamente mi libertad, me hacía comprender que el momento era ese».

Una vida profesional que entrega a Dios
Entonces decidió acercarse a la Iglesia para comenzar un discernimiento serio. Y encontró algo que interpreta hoy como providencial: una acogida que confirmó lo que llevaba tiempo percibiendo en su interior.
Lejos de renegar de su pasado, Santiago mira con gratitud los años de ejercicio profesional. «La vida profesional, que hoy entrego a Dios con gratitud, me enseñó muchísimo. Me ayudó a estructurar una forma de pensamiento, un lenguaje y una manera concreta de relacionarme con las personas y con la realidad».
Su historia rompe también otro tópico: el de que la vocación sacerdotal surge necesariamente en contextos de ruptura o sufrimiento. Él insiste en que no abandonó la abogacía por frustración. «Simplemente fue una invitación de Dios que decidí aceptar»
Proviene de un hogar católico y la raíz de esa llamada está profundamente unida a su familia, donde la fe siempre tuvo un lugar importante. Sus padres, Luis Gabriel y Luz Amparo, junto a sus abuelos, le transmitieron una educación cristiana sólida. Tiene dos hermanas mayores y una sobrina, y reconoce que en su familia aprendió «el valor del esfuerzo, del trabajo bien hecho, y de la rectitud de intención».
Entre todos sus recuerdos infantiles hay uno que nunca olvidó. «Una vez, siendo muy pequeño, mi abuela Georgina me pidió que recitara el Padrenuestro. Yo empecé con seguridad, pero llegó un momento en que no pude continuar porque no lo recordaba bien. Sentí muchísima vergüenza y también una gran tristeza».
Con los años comprendió que aquella escena aparentemente sencilla dejó una huella profunda en su alma. «Entendí, incluso siendo niño, que la fe no podía reducirse a algo superficial, sino que debía arraigarse verdaderamente en el corazón». Hoy esa convicción sostiene toda su vocación.

Su mirada sobre Colombia está llena de realismo, pero también de esperanza. Habla con cariño de su diócesis de El Espinal, situada en el departamento del Tolima, una Iglesia muy cercana a la realidad de la gente y marcada por enormes desafíos pastorales.
Describe una diócesis extensa, con altos niveles de pobreza y dificultades de comunicación debido al estado de las vías de acceso. Allí la secularización no se manifiesta tanto como indiferencia religiosa, sino como una compleja pluralidad espiritual.
«Hay una presencia significativa de comunidades evangélicas que desarrollan una intensa labor pastoral», explica. Pero también fenómenos más informales, grupos sin suficiente estructura eclesial e incluso prácticas relacionadas con el esoterismo o la santería.
A ello se suman los problemas estructurales de Colombia: violencia en algunas regiones, normalización de dinámicas de ilegalidad y una creciente tensión política. Santiago percibe que el país atraviesa un periodo de menor estabilidad institucional y de falta de claridad estratégica en la gestión pública, algo que afecta directamente a la vida cotidiana de la población.
«Todo ello repercute en la convivencia social, en la esperanza de la gente y en la posibilidad de construir una sociedad más estable».
En medio de ese contexto, la Iglesia católica desempeña un papel esencial. «Acompaña a las personas en su vida espiritual, sostiene la vida sacramental y también está presente en múltiples ámbitos de ayuda al público».
En muchos lugares sigue siendo una institución profundamente respetada por su cercanía en momentos difíciles y por su capacidad de actuar con moderación y criterio durante las crisis sociales y los momentos donde en otros entornos del país se pierde la paz y la calma.
Pero hay una realidad que preocupa especialmente a Santiago: la carencia de sacerdotes. «El número de sacerdotes no es suficiente para atender adecuadamente todas las necesidades pastorales». En su diócesis existe un importante desequilibrio entre el número de parroquias y el número de presbíteros disponibles.
Otro punto de futura tensión es la edad media del clero que se acerca a los sesenta años, y el número de seminaristas no alcanza todavía para garantizar el relevo generacional.
Sin embargo, lejos de comentarlo con visión de derrotismo, habla con una serenidad, una paz y una fe que invita a rezar por las vocaciones sacerdotales de Colombia y de todo el mundo. «La vocación es un don de Dios y la Iglesia no se sostiene por criterios estadísticos».
El gran reto pastoral de El Espinal es inmenso: atender una diócesis de cerca de 14.000 kilómetros cuadrados y casi un millón de habitantes, con numerosas zonas rurales todas ellas muy dispersas. Todos los sacerdotes buscan fortalecer la formación cristiana y acompañar especialmente a los jóvenes y a las vocaciones.
Precisamente los jóvenes ocupan una parte central de su reflexión. Santiago Valderrama Henao reconoce que las iglesias evangélicas y protestantes han crecido muchísimo en los últimos años en Colombia, incluso en lugares tradicionalmente católicos donde hoy ya son minoría. Considera que parte de esa expansión se explica por la falta de formación de muchos fieles y por la dificultad de la Iglesia para llegar a todos los territorios.
Anunciar el Evangelio con cercanía
Pero evita cualquier tono agresivo o de confrontación. Al contrario, insiste en que la respuesta debe ser la cercanía y el anuncio auténtico del Evangelio. «La Iglesia renueva su misión apostólica anunciando el Evangelio con cercanía. Siguiendo el ejemplo del Señor con la samaritana: conociendo a la persona, comprendiéndola y acompañándola».
También lamenta que en algunos grupos religiosos las personas puedan experimentar rechazo o maltrato cuando abandonan esas comunidades. «Son situaciones que, sobra decirlo, no corresponden a la lógica cristiana del amor y la caridad».
Para él, la evangelización no puede basarse únicamente en discursos o estrategias. Debe nacer del testimonio y del encuentro personal con Cristo. «Es el testimonio de cercanía y la propuesta positiva de la fe lo que permite que madure la verdad del Evangelio en el corazón de cada persona».
Y añade una reflexión profundamente espiritual evocando a san Agustín y su encuentro con san Ambrosio: «No se trata tanto de una conquista realizada únicamente por iniciativa propia, sino del mismo Cristo que sale al encuentro de la persona».

Desde su llegada para estudiar en España, Santiago también ha observado con atención el fenómeno de la secularización en la vieja Europa.
Le impresiona especialmente «la baja presencia de niños y jóvenes en las iglesias», así como la diferencia de participación entre hombres y mujeres en la vida eclesial, siendo más estas últimas.
Sin embargo, también destaca el papel fundamental que desempeñan muchos inmigrantes latinoamericanos en las parroquias españolas. «En muchos casos sostienen de manera visible la vida de las comunidades parroquiales».
Y, pese a todo, no cae en el pesimismo. Al contrario. Durante experiencias como las Javieradas, el Jubileo del Año de la Misericordia o la vida universitaria y eclesial en Navarra, ha descubierto «una Iglesia alegre, comprometida y sincera».
Santidad, la clave del sacerdote del siglo XXI
Cuando habla del sacerdote del siglo XXI, su respuesta es clara y contundente. No habla primero de habilidades sociales, de gestión o de tecnología: habla de santidad. «Un sacerdote del siglo XXI, al igual que del siglo V, o del siglo XII, o del siglo XXV, debe ser, ante todo, un hombre enfocado en su santidad. Es decir, en ser un hombre profundamente amigo de Dios».
Quizá ahí esté el corazón de toda su historia. La de un joven abogado colombiano que podría haber seguido una vida cómoda y exitosa, pero que un día se dejó interpelar por una pregunta sencilla y radical: «¿Qué estoy haciendo yo?». Y que decidió responder entregándolo todo a Dios.
Marta Santín, periodista especializada en religión.
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