1 de mayo, san José Obrero. ¿Quién fue el padre de Jesús?

San José tiene varias fiestas en nuestro calendario. En mayo, el primer día del mes, celebramos san José Obrero, patrón de los trabajadores. Él fue quien mantuvo y cuidó con sus capacidades de carpintero a Jesús y a María. En su fiesta del 19 de marzo, el papa León XIV nos invitó a fijarnos de forma especial en la figura de san José. Para eso, ha señalado cuáles son las dos virtudes únicas que definen al padre de Jesús: «José nos muestra que la presencia y la custodia son dimensiones inseparables» y «en él reconocemos que acoger, además de presencia, es también custodiar. Custodiar significa estar al lado del otro con atención, respetar sus elecciones y cuidar de él».

«Quiere mucho a san José, quiérele con toda tu alma, porque es la persona que, con Jesús, más ha amado a Santa María y el que más ha tratado a Dios: el que más le ha amado, después de nuestra Madre. Se merece tu cariño, y te conviene tratarle, porque es Maestro de vida interior, y puede mucho ante el Señor y ante la Madre de Dios», Forja, 554.

Biografía de san José el obrero de Nazaret

Tanto san Mateo como san Lucas nos hablan de san José como de un varón que descendía de una estirpe ilustre: la de David y Salomón, reyes de Israel. Los detalles de esta ascendencia son históricamente algo confusos: no sabemos cuál de las dos genealogías, que traen los evangelistas, corresponde a María y cuál a san José, que era su padre según la ley judía. No sabemos si su ciudad natal fue Belén, a donde se dirigió a empadronarse, o Nazaret, donde vivía y trabajaba.

Sabemos, en cambio, que no era una persona rica: era un trabajador, como millones de otros hombres en todo el mundo; ejercía el oficio fatigoso y humilde que Dios había escogido para sí, al tomar nuestra carne y al querer vivir treinta años como uno más entre nosotros.

La Sagrada Escritura dice que José era artesano. Varios Padres añaden que fue carpintero. San Justino, hablando de la vida de trabajo de Jesús, afirma que hacía arados y yugos (S. Justino, Dialogus cum Tryphone, 88, 2, 8 (PG 6, 687).); quizá, basándose en esas palabras, San Isidoro de Sevilla concluye que José era herrero. En todo caso, un obrero que trabajaba en servicio de sus conciudadanos, que tenía una habilidad manual, fruto de años de esfuerzo y de sudor.

De las narraciones evangélicas se desprende la gran personalidad humana de José: en ningún momento se nos aparece como un hombre apocado o asustado ante la vida; al contrario, sabe enfrentarse con los problemas, salir adelante en las situaciones difíciles, asumir con responsabilidad e iniciativa las tareas que se le encomiendan.

Siete domingos de san José

Quién fue san José Obrero en la Iglesia Católica

La Iglesia entera reconoce en san José a su protector y patrono. A lo largo de los siglos se ha hablado de él, subrayando diversos aspectos de su vida, continuamente fiel a la misión que Dios le había confiado.

En palabras de san Josemaría, san José es realmente Padre y Señor, que protege y acompaña en su camino terreno a quienes le veneran, como protegió y acompañó a Jesús mientras crecía y se hacía hombre. Tratándole se descubre que el Santo Patriarca es, además, Maestro de vida interior: porque nos enseña a conocer a Jesús, a convivir con El, a sabernos parte de la familia de Dios. Este Santo nos da esas lecciones siendo, como fue, un hombre corriente, un padre de familia, un trabajador que se ganaba la vida con el esfuerzo de sus manos.

Las virtudes de José de Nazaret

¿Quién es san José obrero? Era un artesano de Galilea, un hombre como tantos otros. En su día solo había paternidad y trabajo, todos los días, siempre con el mismo esfuerzo. Y, al acabar la jornada, una casa pobre y pequeña, para reponer las fuerzas y recomenzar.

Pero el nombre de José significa, en hebreo, Dios añadirá. Dios añade, a la vida santa de los que cumplen su voluntad, dimensiones insospechadas: lo importante, lo que da su valor a todo, lo divino.  Dios, a la vida humilde y santa de José, añadió la vida de la Virgen María y la de Jesús, Señor Nuestro.

Vivir de la fe, estas palabras se ven realizadas con creces en san José. Su cumplimiento de la voluntad de Dios es espontáneo y profundo.

Porque la historia del Santo Patriarca fue una vida sencilla, pero no una vida fácil. Después de momentos angustiosos, sabe que el Hijo de María ha sido concebido por obra del Espíritu Santo. Y ese Niño, Hijo de Dios, descendiente de David según la carne, nace en una cueva. Ángeles celebran su nacimiento y personalidades de tierras lejanas vienen a adorarle, pero el Rey de Judea desea su muerte y se hace necesario huir. El hijo de Dios es, en la apariencia, un niño indefenso, que vivirá en Egipto.

En su Evangelio, San Mateo pone constantemente de relieve la fidelidad de José, que cumple los mandatos de Dios sin vacilaciones, aunque a veces el sentido de esos mandatos le pudiera parecer oscuro o se le ocultara su conexión con el resto de los planes divinos.

Fe y esperanza

En muchas ocasiones los Padres de la Iglesia hacen resaltar esta firmeza de la fe de san José. La fe de José no vacila, su obediencia es siempre estricta y rápida.

Para comprender mejor esta lección que nos da aquí el Santo Patriarca, es bueno que consideremos que su fe es activa. Porque la fe cristiana es lo más opuesto al conformismo, o a la falta de actividad y de energía interiores.

En las diversas circunstancias de su vida, el Patriarca no renuncia a pensar, ni hace dejación de su responsabilidad. Al contrario: coloca al servicio de la fe toda su experiencia humana.

Fe, amor, esperanza: estos son los ejes de la vida del Santo y los de toda vida cristiana. La entrega de José de Nazaret aparece tejida de ese entrecruzarse de amor fiel, de fe amorosa, de esperanza confiada.

Eso nos enseña la vida de san José: sencilla, normal y ordinaria, hecha de años de trabajo siempre igual, de días humanamente monótonos, que se suceden los unos a los otros.

Siete domingos de san José

San José el padre de Jesús

«Tratad a José y encontraréis a Jesús», san  Josemaría Escriva de Balaguer.

 A través del ángel, Dios mismo le confía a José cuáles son sus planes y cómo cuenta con él para llevarlos adelante. José está llamado a ser padre de Jesús; esa va a ser su vocación, su misión.

José ha sido, en lo humano, maestro de Jesús; le ha tratado diariamente, con cariño delicado, y ha cuidado de El con abnegación alegre.

Con san José, aprendemos lo que es ser de Dios y estar plenamente entre los hombres, santificando el mundo. Tratad a José y encontraréis a Jesús. Tratad a José y encontraréis a María, que llenó siempre de paz el amable taller de Nazaret.

José de Nazaret cuidó del Hijo de Dios y, en cuanto a hombre, le introdujo en la esperanza del pueblo de Israel. Y eso mismo hace con nosotros: con su poderosa intercesión nos lleva hacia Jesús. San Josemaría, cuya devoción a san José fue creciendo a lo largo de su vida, decía que Él es realmente Padre y Señor, que protege y acompaña en su camino terreno a quienes le veneran, como protegió y acompañó a Jesús mientras crecía y se hacía hombre.

Dios exige continuamente más, y sus caminos no son nuestros humanos caminos. San José, como ningún hombre antes o después de él, ha aprendido de Jesús a estar atento para reconocer las maravillas de Dios, a tener el alma y el corazón abiertos.

La fiesta de san José

El 19 de marzo la Iglesia celebra la fiesta del Santo Patriarca, patrono de la Iglesia y de la Obra, fecha en la que en el Opus Dei renovamos el compromiso de amor que nos une al Señor. Pero en todo el mundo también celebramos el 1 de mayo la festividad de san José Obrero, patrono de todos los trabajadores.

La fiesta de san José pone ante nuestra mirada la belleza de una vida fiel. José se fiaba de Dios: por eso pudo ser su hombre de confianza en la tierra para cuidar de María y de Jesús, y es desde el cielo un padre bueno que cuida de la fidelidad cristiana.

Los siete domingos de san José

Son una costumbre de la Iglesia para preparar la fiesta del 19 de marzo. Dedicando al Santo Patriarca los siete domingos anteriores a esa fiesta en recuerdo de los principales gozos y dolores de su vida.

La meditación de los Dolores y gozos de san José ayuda a conocer mejor al santo Patriarca y a recordar que también él afrontó alegrías y dificultades.

Fue el Papa Gregorio XVI quien fomentó la devoción de los siete domingos de san José, concediéndole muchas indulgencias; pero S.S. Pío IX les dio actualidad perenne con su deseo de que se acudiera al santo, para aliviar la entonces aflictiva situación de la Iglesia universal.

Un día, alguien preguntó a san Josemaría cómo acercarse más a Jesús: «Piensa en aquel hombre maravilloso, escogido por Dios para hacerle de padre en la tierra; piensa en sus dolores y en sus gozos. ¿Haces los siete domingos? Si no, te aconsejo que los hagas».

«¡Qué grandeza adquiere la figura silenciosa y oculta de san José –decía san Juan XXIII– por el espíritu con que cumplió la misión que le fue confiada por Dios. Pues la verdadera dignidad del hombre no se mide por el oropel de los resultados llamativos, sino por las disposiciones interiores de orden y de buena voluntad».

Curiosidades de san José Obrero

Devoción del papa León XIV

«José deja atrás sus seguridades humanas y se abandona por completo a Dios, navegando “mar adentro” hacia un futuro confiado plenamente a la Providencia. San Agustín describe así su consentimiento: "«"A la piedad y caridad de José le nació de la Virgen María un hijo, Hijo a la vez de Dios" (Sermón 51, 30)».

Devoción del papa Francisco

«Yo quisiera también decirles una cosa muy personal. Yo quiero mucho a san José. Porque es un hombre fuerte y de silencio. Y tengo en mi escritorio una imagen de san José durmiendo. Y durmiendo cuida a la Iglesia. Sí, puede hacerlo. Nosotros no. Y cuando tengo un problema, una dificultad, yo escribo un papelito y lo pongo debajo de la figura del santo para que lo sueñe. Esto significa para que rece por ese problema».

Devoción de san Josemaría

San José es patrono de esta familia que es la Obra. En los primeros años, san Josemaría acudió especialmente a él para poder hacer presente a Jesús Sacramentado en el primer centro del Opus Dei. Por su intercesión, en marzo de 1935 fue posible tener al Señor reservado en el oratorio de la Academia-Residencia DYA, de la calle Ferraz, en Madrid.

Desde entonces, el fundador de la Obra quiso que la llave de los sagrarios de los centros del Opus Dei tuviera una pequeña medalla de san José con la inscripción Ite ad Ioseph; el motivo es recordar que, de modo similar a como el José del Antiguo Testamento lo hace con su pueblo, el santo patriarca nos había facilitado el alimento más preciado: la Eucaristía.

San José Obrero, el santo del silencio, el protector

No conocemos palabras expresadas por él, tan solo conocemos sus obras, sus actos de fe, amor y de protección. Él protegió a la Inmaculada Madre de Dios y fue el padre de Jesús en la tierra. Sin embargo, no hay ninguna cita de él en los Evangelios. Más bien, fue un silencioso y humilde servidor de Dios que desempeñó su rol cabalmente. Trabajando duro para mantener a la Sagrada Familia.

Uno de los primeros títulos que utilizaron para honrarlo fue Nutritor Domini, el que alimenta al Señor; se remonta al menos al siglo IX.

Celebraciones en su honor

La solemnidad de san José es el 19 de marzo y la fiesta de san José obrero (Día Internacional del trabajo) es el 1 de mayo. También está incluido en la Fiesta de la Sagrada Familia (30 de diciembre) y sin duda forma parte de la historia de la Navidad.

San José tiene múltiples patronazgos

Es el patrón de la Iglesia Universal, la buena muerte, las familias, los padres, las mujeres embarazadas, viajeros, inmigrantes, artesanos, ingenieros y de los trabajadores. Es también el patrón de las Américas, Canadá, China, Croacia, México, Corea, Austria, Bélgica, Perú, Filipinas y Vietnam.

Pidamos a san José obrero que nos siga ayudando a acercarnos a Jesús Sacramentado, que es el alimento del que se nutre la Iglesia. Así lo hizo junto a María, en Nazaret, y así lo hará también con ella en nuestros hogares.



Domingo de Ramos: significado bíblico e historia

Comienza con el Domingo de Ramos la Semana Santa y recordamos la entrada triunfal de Cristo en Jerusalén. Escribe San Lucas: «Al acercarse a Betfagé y a Betania, junto al monte llamado de los Olivos, envió a dos de sus discípulos diciéndoles: "Vayan al caserío que está frente a ustedes. Al entrar, encontrarán atado un burrito que nadie ha montado todavía. Desátenlo y tráiganlo aquí. Si alguien les pregunta por qué lo desatan, díganle: el Señor lo necesita". Fueron y encontraron todo como el Señor les había dicho».

¿Qué celebramos el Domingo de Ramos?

El Domingo de Ramos es el último domingo antes del Triduo Pascual. También recibe el nombre de Domingo de Pasión que marca el inicio de las celebraciones de la Semana Santa.

Esta es una fiesta cristiana de paz. Los ramos, con su antiguo simbolismo, nos hacen recordar ahora, la alianza entre Dios y su pueblo. Confirmada y establecida en Cristo, porque Él es nuestra paz.

En la liturgia de nuestra Santa Iglesia Católica, leemos en el día de hoy estas palabras de profunda alegría: los hijos de los hebreos, llevando ramos de olivo salieron al encuentro del Señor, clamando y diciendo: Gloria en las alturas.

Mientras Jesús pasaba, cuenta San Lucas, las gentes tendían sus vestidos por el camino. Y estando ya cercano a la bajada del Monte de los Olivos, los discípulos en gran número, transportados de gozo, comenzaron a alabar a Dios en alta voz por todos los prodigios que habían visto: bendito sea el Rey que viene en nombre del Señor, paz en el cielo y gloria en las alturas.

«Con obras de servicio, podemos preparar al Señor un triunfo mayor que el de su entrada en Jerusalén», san Josemaría Escrivá.

Semana Santa: origen del Domingo de Ramos

En este día, los cristianos conmemoramos la entrada de Cristo en Jerusalén para consumar su Misterio Pascual. Por eso se leen desde hace mucho tiempo dos evangelios en la Santa Misa de este día.

Como lo explicaba el papa Francisco: «esta celebración tiene como un doble sabor, dulce y amargo, es alegre y dolorosa, porque en ella celebramos la entrada del Señor en Jerusalén, aclamado por sus discípulos como rey, al mismo tiempo que se proclama solemnemente el relato del evangelio sobre su pasión. Por eso nuestro corazón siente ese doloroso contraste y experimenta en cierta medida lo que Jesús sintió en su corazón en ese día, el día en que se regocijó con sus amigos y lloró sobre Jerusalén».

Es en el Domingo de Ramos, cuando Nuestro Señor comienza la semana decisiva para nuestra salvación, san Josemaría nos recomienda que «dejémonos de consideraciones superficiales, vayamos a lo central, a lo que verdaderamente es importante. Mirad: lo que hemos de pretender es ir al cielo. Si no, nada vale la pena. Para ir al cielo, es indispensable la fidelidad a la doctrina de Cristo. Para ser fiel, es indispensable porfiar con constancia en nuestra contienda contra los obstáculos que se oponen a nuestra eterna felicidad...».

Las hojas de palma, escribe san Agustín, son símbolo de homenaje, porque significan victoria. El Señor estaba a punto de vencer, muriendo en la Cruz. Iba a triunfar, en el signo de la Cruz, sobre el Diablo, príncipe de la muerte.

«Él viene a salvarnos; y nosotros estamos llamados a elegir su camino: el camino del servicio, de la donación, del olvido de uno mismo. Podemos encaminarnos por este camino deteniéndonos durante estos días a mirar el Crucifijo, es la “cátedra de Dios”»Papa Francisco.

Procesiones de Semana Santa

Significado del Domingo de Ramos

Mons. Javier Echevarría, nos hace ver el significado cristiano de esta fiesta: «nosotros, que no somos nada, nos mostramos a menudo vanidosos y soberbios: buscamos sobresalir, llamar la atención; tratamos de que los demás nos admiren y alaben.  El entusiasmo de las gentes no suele ser duradero. Pocos días después, los que le habían acogido con vivas pedirán a gritos su muerte. Y nosotros ¿nos dejaremos llevar por un entusiasmo pasajero? 

Si en estos días notamos el aleteo divino de la gracia de Dios, que pasa cerca, démosle cabida en nuestras almas. Extendamos en el suelo, más que palmas o ramos de olivo, nuestros corazones. Seamos humildes, mortificados y comprensivos con los demás. Éste es el homenaje que Jesús espera de nosotros». 

«Así como entonces el Señor entró en la Ciudad Santa a lomos del asno, dice Benedicto XVI, así también la Iglesia lo veía llegar siempre nuevamente bajo la humilde apariencia del pan y el vino».

La escena de Semana Santa del Domingo de Ramos se repite en cierto modo en nuestra propia vida. Jesús se acerca a la ciudad de nuestra alma a lomos de lo ordinario: en la sobriedad de los sacramentos; o en las suaves insinuaciones, como las que san Josemaría señalaba en su homilía sobre esta fiesta: «vive con puntualidad el cumplimiento del deber; sonríe a quien lo necesite, aunque tú tengas el alma dolorida; dedica, sin regateo, el tiempo necesario a la oración; acude en ayuda de quien te busca; practica la justicia, ampliándola con la gracia de la caridad».

El papa Francisco señalaba que nada pudo detener el entusiasmo por la entrada de Jesús; que nada nos impida encontrar en él la fuente de nuestra alegría, de la alegría auténtica, que permanece y da paz; porque sólo Jesús nos salva de los lazos del pecado, de la muerte, del miedo y de la tristeza.

El Domingo de Ramos en la Biblia

La liturgia del Domingo de Ramos pone en boca de los cristianos este cántico: levantad, puertas, vuestros dinteles; levantaos, puertas antiguas, para que entre el Rey de la gloria.

Primer Evangelio del Domingo de Ramos (Lucas 19,28-40)

Dicho esto, caminaba delante de ellos subiendo a Jerusalén. Y cuando se acercó a Betfagé y Betania, junto al monte llamado de los Olivos, envió a dos discípulos, diciendo:

—Id a la aldea que está enfrente; al entrar en ella encontraréis un borrico atado, en el que todavía no ha montado nadie; desatadlo y traedlo. Y si alguien os pregunta por qué lo desatáis, le responderéis esto: «Porque el Señor lo necesita».

Los enviados fueron y lo encontraron tal como les había dicho. Al desatar el borrico sus amos les dijeron:
—¿Por qué desatáis el borrico?

—Porque el Señor lo necesita —contestaron ellos.

Se lo llevaron a Jesús. Y echando sus mantos sobre el borrico hicieron montar a Jesús. Según él avanzaba extendían sus mantos por el camino. Al acercarse, ya en la bajada del monte de los Olivos, toda la multitud de los discípulos, llena de alegría, comenzó a alabar a Dios en alta voz por todos los prodigios que habían visto, diciendo:

¡Bendito el Rey que viene en nombre del Señor!
¡Paz en el cielo y gloria en las alturas!

Algunos fariseos de entre la multitud le dijeron: —Maestro, reprende a tus discípulos.

Él les respondió: —Os digo que si éstos callan gritarán las piedras.

Evangelio del Domingo de Ramos  (Marcos 11, 1-10)

Al acercarse a Jerusalén, a Betfagé y Betania, junto al Monte de los Olivos, envió a dos de sus discípulos y les dijo:

—Id a la aldea que tenéis enfrente y nada más entrar en ella encontraréis un borrico atado, en el que todavía no ha montado nadie; desatadlo y traedlo. Y si alguien os dice: «¿Por qué hacéis eso?», respondedle: «El Señor lo necesita y enseguida lo devolverá aquí».

Se marcharon y encontraron un borrico atado junto a una puerta, fuera, en un cruce de caminos, y lo desataron. Algunos de los que estaban allí les decían:

—¿Qué hacéis desatando el borrico?

Ellos les respondieron como Jesús les había dicho, y se lo permitieron. Entonces llevaron el borrico a Jesús, echaron encima sus mantos, y se montó sobre él. Muchos extendieron sus mantos en el camino, otros el ramaje que cortaban de los campos. Los que iban delante y los que seguían detrás gritaban:

—¡Hosanna! ¡Bendito el que viene en nombre del Señor! ¡Bendito el Reino que viene, el de nuestro padre David! ¡Hosanna en las alturas!

Y entró en Jerusalén en el Templo; y después de observar todo atentamente, como ya era hora tardía, salió para Betania con los doce.

«Hay cientos de animales más hermosos, más hábiles y más crueles. Pero Cristo se fijó en él borrico para presentarse como rey ante el pueblo que lo aclamaba. Porque Jesús no sabe qué hacer con la astucia calculadora, con la crueldad de corazones fríos, con la hermosura vistosa pero hueca. Nuestro Señor estima la alegría de un corazón mozo, el paso sencillo, la voz sin falsete, los ojos limpios, el oído atento a su palabra de cariño. Así reina en el alma», san Josemaría Escrivá.

domingo de ramos semana santa

Cuándo surgen las procesiones de Semana Santa del Domingo de Ramos

La tradición de celebrar el Domingo de Ramos tiene cientos de años. Durante siglos, la bendición del olivos ha sido parte de esta fiesta, al igual que las procesiones, La Santa Misa y el relato durante la misma de la Pasión de Cristo. Hoy se celebran en muchos países.

Los fieles que participan en la procesión de Jerusalén, que data del siglo IV, también llevan en las manos ramos de palma, olivos u otros árboles, y entonan los cantos del Domingo de Ramos. Los sacerdotes llevan ramos y van delante guiando a los fieles.

En España, una alegre procesión de Domingo de Ramos conmemora la entrada de Jesús a Jerusalén. Reunidos se canta hosanna y se agita las palmas como un gesto de alabanza y bienvenida.

Las ramas de olivo son un recordatorio de que la Cuaresma es un tiempo de esperanza y renovación de la fe en Dios. Se les atribuye ser un símbolo de la vida y resurrección de Jesucristo. Asimismo, recuerdan también la fe de la Iglesia en Cristo y su proclamación como Rey del Cielo y de la Tierra.

Al final la peregrinación, es costumbre colocar las palmas, ya bendecidas, junto a las cruces que hay en nuestro hogar como recuerdo de la victoria pascual de Jesús.

Estos mismos olivos se prepararán para el siguiente Miércoles de Ceniza.  Ya que para esta importante ceremonia se queman los restos de las palmas bendecidas el Domingo de Ramos del año anterior. Estas se rocían con agua bendita y luego son aromatizadas con incienso.

Cantos para Domingo de Ramos

Breve lista de los cantos recomendados para la celebración del Domingo de Ramos:


Bibliografía:
Papa Francisco, Homilía, Domingo de Ramos 2017
Benedicto XVI, Jesús de Nazaret.
San Josemaría, Es Cristo que pasa.
San Josemaría, Forja.


Preguntas y respuestas

– ¿Qué significa el día Domingo de Ramos?

El Domingo de Ramos es una de las celebraciones más importantes del cristianismo, ya que marca el inicio de la Semana Santa. Representa el fin de la Cuaresma y el comienzo de la conmemoración de la pasión, muerte y resurrección de Jesús.

– ¿Qué simboliza el ramo del Domingo de Ramos?

Conmemora la entrada triunfal de Jesucristo en Jerusalén. Se celebra una semana antes de su Resurrección gloriosa triunfando sobre la muerte y el pecado. Jesús entró en Jerusalén montado en un asno, y la gente que había ido para las celebraciones de la Pascual judía depositaban en el suelo sus mantos y pequeñas ramas de árboles, a la vez entonaban parte del Salmo 118: «Bendito el que viene en nombre del Señor».

La Cuaresma y el perdón de Dios

La Cuaresma es el tiempo litúrgico en el que la Iglesia invita a los cristianos a detenerse, mirar su vida ante Dios y volver a Él con un corazón renovado. Durante cuarenta días se nos propone un camino de conversión marcado por la oración, la penitencia y la caridad. No se trata solo de un cambio exterior, sino de una llamada profunda a reconocer nuestra fragilidad y abrirnos nuevamente a la misericordia de Dios.

«Te compadeces de todos, Señor, y no odias nada de lo que has hecho; cierras los ojos a los pecados de los hombres para que se arrepientan y los perdonas, porque Tú eres nuestro Dios y Señor» (Miércoles de Ceniza, antífona de entrada).

En ese día, durante la celebración de la Santa Misa, o en una ceremonia aparte, los fieles que lo deseen, se acercan al altar para que el sacerdote les imponga la ceniza, a la vez que dice: «Acordaos de que sois polvo, y en polvo os convertiréis»; o, «Convertíos y creed el Evangelio».

Estas dos frases no tienen un sentido contradictorio. Se complementan, y si sabemos unirlas, nos dan el sentido profundo de lo que la Iglesia quiere que vivamos en este tiempo litúrgico: una nueva Conversión en nuestro vivir cristiano.

¿Con qué disposición hemos de comenzar a vivir estos días? Josemaría Escrivá, en Es Cristo que pasa, n. 57, nos recuerda: «hemos entrado en el tiempo de Cuaresma: tiempo de penitencia, de purificación, de conversión. No es tarea fácil. El cristianismo no es camino cómodo: no basta estar en la Iglesia y dejar que pasen los años. En la vida nuestra, en la vida de los cristianos, la conversión primera –ese momento único, que cada uno recuerda, en el que se advierte claramente todo lo que el Señor nos pide– es importante; pero más importantes aún, y más difíciles, son las sucesivas conversiones.

Y para facilitar la labor de la gracia divina con estas conversiones sucesivas, hace falta mantener el alma joven, invocar al Señor, saber oír, haber descubierto lo que va mal, pedir perdón» (...).

¿Cuál es la mejor manera de comenzar la Cuaresma?

Renovamos la fe, la esperanza, la caridad. Esta es la fuente del espíritu de penitencia, del deseo de purificación. La Cuaresma no es sólo una ocasión para intensificar nuestras prácticas externas de mortificación: si pensásemos que es sólo eso, se nos escaparía su hondo sentido en la vida cristiana, porque esos actos externos son –repito– fruto de la fe, de la esperanza y del amor.

Para que vivamos esa buena disposición de convertirnos, necesitamos preparar nuestro espíritu para escuchar con atención, y llevar después a la práctica, las luces que el Señor quiere darnos en estos días de Cuaresma. Esa disposición la podemos resumir en tres palabras: perdonar y pedir perdón.

Cuaresma perdón, tiempo para rezar a Dios

Al bendecir la ceniza el sacerdote puede decir esta oración «Oh Dios, que no quieres la muerte del pecador, sino su arrepentimiento, escucha con bondad nuestras súplicas y dígnate bendecir esta ceniza que vamos a imponer sobre nuestra cabeza; y porque sabemos que somos polvo y al polvo hemos de volver, concédenos, por medio de las prácticas cuaresmales, el perdón de los pecados, así podremos alcanzar, a imagen de tu Hijo resucitado, la vida nueva de tu Reino».

Todo comienza por pedir al Señor, humildemente, perdón por nuestros pecados, por nuestras faltas de amor a Él y de amor al prójimo. «Si al llevar tu ofrenda al altar recuerdas que tu hermano tiene algo contra ti, deja allí tu ofrenda delante del altar; vete primero a reconciliarte con tu hermano, y vuelve después para presentar tu ofrenda» (Mt. 5, 23-24)

Esa petición de perdón, y pensar en la alegría de Cristo al perdonarnos nuestros pecados, moverá nuestra alma a perdonar de todo corazón las ofensas, las injusticias, los malos tratos, las injurias, los abandonos, que hayamos podido recibir, y a no permitir que ni la menor semilla de odio, de rencor, de venganza, anide en nuestro corazón.

Perdonar como nos perdona Cristo. Así tendremos la humildad de espíritu tan necesaria para vivir nuestra vida en unión con Cristo, y siguiendo sus pasos, que nos lo ha señalado con estas palabras: «Aprended de Mí que soy manso y humilde de corazón». Y pidiendo perdón al Señor en el sacramento de la Reconciliación, la Confesión, como León XIV se lo ha recordado a los sacerdotes de Madrid:

«Por eso, queridos hijos, celebrad los sacramentos con dignidad y fe, siendo conscientes de que lo que en ellos se produce es la verdadera fuerza que edifica la Iglesia y que son el fin último al que se ordena todo nuestro ministerio. Pero no olvidéis que vosotros no sois la fuente, sino el cauce, y que también necesitáis beber de esa agua. Por eso, no dejéis de confesaros, de volver siempre a la misericordia que anunciáis».

Mensajes de Cuaresma

En muchos mensajes de Cuaresma, los Papas nos recuerdan las tres obras clásicas recomendadas por santos y doctores espirituales para vivir bien la Cuaresma: «oración, ayuno, limosna».

«La Cuaresma es un tiempo propicio para intensificar la vida del espíritu a través de los medios santos que la Iglesia nos ofrece: el ayuno, la oración y la limosna. En la base de todo está la Palabra de Dios, que en este tiempo nos invita a escuchar y a meditar con mayor frecuencia». (Francisco, Mensaje de Cuaresma, 2017).

Perdonando y pidiendo perdón, nuestra oración llegará al cielo; nuestro ayuno nos llevará a no buscarnos a nosotros mismo en nuestras acciones, y a querer dar gloria a Dios en todo lo que realizamos; y nuestra limosna, será acompañar a los necesitados, animar a los pecadores para que se arrepientan.

Nuestra oración es una honda manifestación de Fe que brota desde el fondo de nuestra alma. Fe que nos lleva a tener una confianza plena en Cristo, a unirnos con Él en su Vida, a conocerle mejor, y así, tendremos la alegría de calmar su sed. Y abre nuestro corazón para que amemos al Señor con todas nuestras fuerzas, y con lo mejor de nosotros mismos.

Nuestro ayuno nos lleva a desprendernos de nosotros mismos, a buscar solamente la gloria de Dios en todas nuestras acciones, a no pensar siempre en nosotros mismos y no a darnos vueltas con preocupaciones o recuerdos inútiles. Ayunar de nosotros y de nuestros intereses, elevará nuestro corazón, nuestra alma para tener hambre de amar a Cristo, de vivir con Él, y alimentarnos de verdad de su Palabra, y decirle con san Pedro: «Tú tienes palabras de vida eterna» (Jn. 6, 68). Y nosotros renovaremos nuestra Esperanza en el Señor, que nos abre el horizonte de la Vida Eterna.

En su Mensaje de Cuaresma, León XIV nos sugiere vivir una abstinencia que puede hacernos un gran bien a nuestro espíritu:

«Por eso, me gustaría invitarles a una forma de abstinencia muy concreta y a menudo poco apreciada, es decir, la de abstenerse de utilizar palabras que afectan y lastiman a nuestro prójimo. Empecemos a desarmar el lenguaje, renunciando a las palabras hirientes, al juicio inmediato, a hablar mal de quienes están ausentes y no pueden defenderse, a las calumnias.

Esforcémonos, en cambio, por aprender a medir las palabras y a cultivar la amabilidad: en la familia, entre amigos, en el lugar de trabajo, en las redes sociales, en los debates políticos, en los medios de comunicación y en las comunidades cristianas. Entonces, muchas palabras de odio darán paso a palabras de esperanza y paz».  

Nuestra limosna nos llevará a ser generosos en servir a los demás y seguir así los pasos de Cristo que nos ha dicho «El Hijo del hombre no ha venido a ser servido sino a servir; y a dar su vida en redención de muchos» (Mt. 20, 28). Tenemos muchas personas a nuestro alrededor que además de necesitar en algunos casos una ayuda material, necesitan nuestro afecto, nuestra comprensión, nuestra compañía. Y nuestra Caridad purificará nuestro espíritu, adorando a Jesús en el Santísimo Sacramento del Altar: la más honda limosna de amor que ofrecemos a Dios. 

Viviendo la oración, el ayuno y la limosna, estamos acompañando a Cristo en las tentaciones en el desierto, con nuestra Fe, con nuestra Esperanza y con nuestra Caridad.

Con nuestra Fe uniéndonos a su respuesta al diablo en la primera tentación: «No sólo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que procede de la boca de Dios» (Mt. 4, 4). Fe que nos ayuda a descubrir su corazón amoroso en todas las dificultades –en todas las piedras que podamos encontrar en nuestro camino– y llevar con Él, nuestra cruz de cada día. Él es, será siempre nuestro Pan.

Con el ayuno de nosotros mismos, y alimentándonos de su Pan, reviviremos nuestra Esperanza en la Encarnación de Nuestro Señor Jesucristo, y no tentaremos a Dios pidiéndole que haga cosas extraordinarias para deslumbrarnos, y forzarnos, de alguna manera, a seguirle, como pretendió el diablo en la segunda tentación. Uniremos nuestras penas, sacrificios y sufrimientos en la vida y en el trabajo cotidiano, a los que Él vive en su afán de redimirnos del pecado.

Y lo haremos sin llamar la atención, en el silencio de nuestra alma, en el secreto de nuestro corazón, como Él nos lo recordó: «Cuando ayudéis no os finjáis tristes como los hipócritas, que desfiguran su rostro para que los hombres noten que ayunan» (Mt 6, 16).

Con la limosna de amor, la Caridad, le daremos a Él todo nuestro corazón, a Él solo adoraremos, a Él solo serviremos, cuando salgamos al encuentro de las necesidades materiales y espirituales de las personas con las que convivimos, de las personas de nuestras familias, de nuestros amigos, y de los que el Señor quiera que nos encontremos en nuestra caminar. ¡Son tantos los que nos esperan al borde del camino de nuestra vida, como aquel hombre maltratado por los bandidos esperó el paso del buen samaritano!

Cuaresma: el pecado y el perdón de Dios

En acompañar a Cristo en estos días de Cuaresma, estamos viviendo con Él su triunfo sobre las tres concupiscencias que nos van a tentar hasta que terminemos nuestro caminar en la tierra: el demonio, el mundo y la carne, y nos preparamos para gozar con Él el triunfo de su Resurrección, en la que, además de esas tres tentaciones, quedan vencidas la muerte y el pecado. La luz de la Resurrección de Cristo deja ciego al diablo en nuestra alma. Abrimos los ojos del cuerpo y del espíritu al horizonte de la Vida Eterna.

En el Evangelio de cuarto domingo de Cuaresma se narra el encuentro del Señor con un hombre ciego de nacimiento. Jesucristo hace el milagro de devolverle la vista, y nos recuerda que Él es la luz del mundo: «Mientras estoy en el mundo, soy la luz del mundo».

Llenos de la luz del Señor, de sus enseñanzas, de sus mandamientos, no nos dejaremos engañar de esas palabras del diablo en la tercera tentación: «te daré todo el mundo, todo lo que estás viendo, si me adoras». No venderemos nuestra alma al diablo, y no caeremos tampoco en la seducción de las perspectivas puramente materiales y de triunfo propio que nos puede ofrecer este mundo, y que anhelan llenar nuestro orgullo y nuestra soberbia: nuestra carne, nuestro egoísmo.

Adoraremos solo al Señor

¿Cómo podemos vencer esas tentaciones, seguir los mandamientos y vivir con Cristo, que purifica nuestro corazón, y hacer así de nuestra vida, una verdadera vida “escondida con Cristo en Dios”? El salmo 94, 8, nos lo indica: «No endurezcáis vuestro corazón; escuchad la voz del Señor».

El Señor nos habla con su vida, y con sus palabras recogidas en los Evangelios, y nos muestra también el camino para que podamos vivir escondidos con Él en Dios –«Yo soy el Camino, la Verdad, la Vida»–: instituye la Eucaristía, y nos invita a alimentarnos con su Cuerpo y su Sangre.

Al recibir con fe y amor a Cristo en la Eucaristía, y viviendo con Él la Santa Misa, nuestra vida de Fe, de Esperanza y de Caridad, se asienta hondamente en nuestra alma. ¿Cómo y por qué? Porque hacemos un acto de Fe en la divinidad y humanidad de Cristo; en sus palabras, en su Resurrección y en la Vida Eterna. Cristo celebra la Misa, a Cristo comemos, y Él es la Vida Eterna.

Al recibirle, después de ofrecer con Él, y movidos por el Espíritu Santo, su vida a Dios Padre, vivimos la Esperanza del Cielo: “Quien come mi Carne y bebe mi Sangre, tiene vida eterna”; La Iglesia nos recuerda que la Eucaristía es “prenda de vida eterna”.

Y viviendo con Cristo aprendemos a amar a nuestros hermanos, a todos los hombres, como Él los ama. El poder vivir la Misa “con Cristo, en Cristo y por Cristo” es ya un adelanto de vivir del Amor que Dios nos tiene; y recibir a Cristo entregado a nosotros en la Eucaristía, es recibir en nuestro cuerpo y en nuestra alma, el Amor más grande que Cristo nos ofrece en la tierra: la donación total de todo su Ser, para nuestra salvación.

Siguiendo este caminar, y renovando nuestra Fe, nuestra Esperanza, y nuestra Caridad, al contemplar la Pasión y Muerte de Cristo, que vivimos el Viernes Santo, y en los misterios dolorosos del Santo Rosario, viviremos también en el Espíritu Santo y con la Santísima Virgen, el gozo de la Resurrección.



Ernesto Juliá, (ernesto.julia@gmail.com) | Publicado anteriormente en Religión Confidencial.


Preguntas frecuentes

– ¿Cuál es el significado de la Cuaresma?

La Cuaresma son 40 días antes de la Pascua, un tiempo especial para prepararnos para la fiesta más importante del cristianismo: la Resurrección de Jesús. Este periodo de reflexión y cambio empezó a ser reconocido por la Iglesia desde el siglo IV, como un momento para renovarnos, practicar la penitencia y acercarnos más a Dios.<br><br>En el Catecismo de la Iglesia Católica (540) se nos dice que "la Iglesia se une todos los años, durante los cuarenta días de la Gran Cuaresma, al Misterio de Jesús en el desierto". Así como Jesús pasó 40 días en el desierto para prepararse para su misión, nosotros usamos estos días para purificar nuestro corazón, reforzar nuestra vida cristiana y vivir con una actitud penitencial. Es un tiempo para volver a lo esencial, reflexionar sobre nuestra vida y fortalecer nuestra relación con Dios.

– ¿Por qué celebra la Iglesia la Cuaresma?

La Iglesia nos invita a vivir la Cuaresma como un tiempo de retiro espiritual, un espacio para hacer una pausa y reflexionar. Es un momento para fortalecer nuestra relación con Dios a través de la oración y la meditación, pero también para hacer un esfuerzo personal, como una especie de "desintoxicación espiritual", en la que dejamos de lado lo que nos aleja de Él.

Este esfuerzo de mortificación (como el ayuno o la limosna) es algo que cada uno decide de acuerdo a lo que puede dar, pero siempre con generosidad. La Cuaresma no es solo un sacrificio, sino una oportunidad para crecer y prepararnos para la gran fiesta de la Pascua: la Resurrección de Jesús. Es el momento para una conversión profunda, para renovar nuestro corazón y estar más preparados para vivir el Domingo de la Resurrección con alegría y paz.

– ¿Cuándo empieza y cuándo termina el tiempo de Cuaresma?

La Cuaresma empieza el Miércoles de Ceniza y termina justo antes de la Misa de Jueves Santo, la Misa de la Cena del Señor. Es un tiempo para prepararnos, de manera más intensa, para vivir la Pascua.

– ¿Cuál es el sentido de practicar el ayuno y la abstinencia?

El ayuno y la abstinencia son formas que nos propone la Iglesia para crecer en el espíritu de penitencia. Pero, más allá de los actos externos, lo importante es la conversión interior. No se trata solo de lo que hacemos por fuera, sino de cambiar nuestra actitud y acercarnos más a Dios con el corazón. Si no hay un cambio interior, el ayuno pierde su sentido.<br><br>Además del ayuno de la comida, el ayuno se puede vivir de forma más amplia. A veces, ayunar significa dejar de lado cosas buenas, como redes sociales, series, música o incluso algunas comodidades, como sacrificio para centrarnos más en Dios.

Pero el ayuno también implica luchar contra aquellos hábitos o actitudes que nos alejan de Él. Puede ser un "ayuno" del mal humor, de mirarnos demasiado en el espejo, o de las prisas al rezar. Se trata de hacer esfuerzos conscientes por mejorar en los aspectos de nuestra vida que no nos ayudan a acercarnos a Dios.

La paz desarmante y la fidelidad

Entre las enseñanzas del papa León XIV de las últimas semanas, en la estela del Jubileo de la Esperanza, nos centramos en su Mensaje para la 59ª Jornada Mundial de la paz, que marca el comienzo del año 2026, y su carta apostólica “Una fidelidad que genera futuro”, con motivo del 60º aniversario de los decretos conciliares Optatam totius Presbyterorum ordinis.

La revolución de una paz desarmante

El mensaje de León XIV para la Jornada mundial de la paz (1-I-2026) se titula: «La paz esté con todos ustedes: hacia una paz ‘desarmada y desarmante’». Se trata de un eco, directo y ampliado, de las primeras palabras que pronunció al salir al balcón de la basílica de san Pedro en el Vaticano (8-V-2025).

La paz que trae Cristo resucitado –observa en la introducción– no es un mero deseo, sino que «realiza un cambio definitivo en quien la recibe y, de ese modo, en toda la realidad» (cf. Ef 2, 14). La misión cristiana, que comporta la paz con su aspecto luminoso respecto a las tinieblas y oscuridades de los conflictos, sigue adelante. Con el anuncio de los sucesores de los apóstoles y el impulso de tantos discípulos de Cristo, es “la más silenciosa revolución”.

La paz que trae Cristo resucitado –observa en la introducción– no es un mero deseo, sino que «realiza un cambio definitivo en quien la recibe y, de ese modo, en toda la realidad» (cfr. Ef 2, 14). La misión cristiana, que comporta la paz con su aspecto luminoso respecto a las tinieblas y oscuridades de los conflictos, sigue adelante. Con el anuncio de los sucesores de los apóstoles y el impulso de tantos discípulos de Cristo, es «la más silenciosa revolución».

paz desarmante papa león XIV  fidelidad

Cristo trae “una paz desarmada” porque, frente a los conflictos y a la violencia, Él trae un camino distinto. “Envaina tu espada”, le dice a Pedro (Jn 18, 11; cfr. Mt 26, 52). 

«La paz de Jesús resucitado es desarmada –afirma el Papa–, porque desarmada fue su lucha, dentro de circunstancias históricas, políticas y sociales precisas. Los cristianos, juntos, deben hacerse proféticamente testigos de esta novedad, recordando las tragedias de las que tantas veces se han hecho cómplices». 

Una “lucha” desarmada

Jesús propone, en cambio, el camino –el protocolo, lo llamaba el papa Francisco– de la misericordia (cfr. Mt 25, 31-46). 

Paradójicamente, hoy, «en la relación entre ciudadanos y gobernantes se llega a considerar una culpa el hecho de que no se nos prepare lo suficiente para la guerra, para reaccionar a los ataques, para responder a las agresiones». 

Pero esto es como la punta del iceberg de un problema más profundo y extendido a nivel mundial: la extendida lógica justificativa del miedo y del dominio. «En efecto, la fuerza disuasiva del poder y, en particular, de la disuasión nuclear, encarnan la irracionalidad de una relación entre pueblos basada no en el derecho, la justicia y la confianza, sino en el miedo y en el dominio de la fuerza». 

Que la ética prevalezca sobre los intereses económicos

No se trata, dice León XIV, de negar los peligros que se ciernen sobre nosotros a causa del dominio de otros. Se trata, primero, del coste del rearme, con los intereses económicos y financieros que comporta. Y, en segundo lugar, y más al fondo, de un gran problema cultural que afecta a las políticas educativas. Se deja así de lado el camino de la escucha, del encuentro y del diálogo, como aconsejó el Concilio Vaticano II (cfr. Gaudium et spes, 80).

De ahí que se vuelva necesario, de un lado, «denunciar las enormes concentraciones de intereses económicos y financieros privados que van empujando a los estados en esta dirección». Y, al mismo tiempo, fomentar «el despertar de las conciencias y del pensamiento crítico» (cfr. Fratelli tutti, 4).  

El Papa pide que unamos esfuerzos «para contribuir recíprocamente a una paz desarmante, una paz que nace de la apertura y de la humildad evangélica». Y todo ello, atención, no solo como respuesta ética, sino también con atención a la fe cristiana, que promueve la unidad. 

Promover la confianza recíproca

De entrada, en la perspectiva cristiana la bondad es desarmante. Quizás por eso Dios se hizo niño. Dios quiso asumir nuestra fragilidad; mientras que nosotros, como señalaba el Papa Francisco, «tendemos con frecuencia a negar los límites y a evadir a las personas frágiles y heridas, que tienen el poder de cuestionar la dirección que hemos tomado, como individuos y como comunidad» (Francisco, Carta al director del “Corriere della Sera”, 14-III-2025). 

En su carta magna del pensamiento cristiano sobre la paz (la encíclica Pacem in terris, de 1963), san Juan XXIII introdujo la propuesta de un «desarme integral», sobre la base de «una renovación del corazón y de la inteligencia». Para ello, confirma ahora León XIV, la lógica del miedo y de la guerra debe sustituirse por la confianza recíproca entre los pueblos y naciones; sin ceder a la tendencia a «transformar incluso los pensamientos y las palabras en armas». 

Las religiones, plantea el papa León XIV, deben ayudar a dar este paso y no al contrario: sustituir la fe por el combate político hasta –denuncia de modo clarividente– «bendecir el nacionalismo y justificar religiosamente la violencia y la lucha armada».

Por eso, y se dirige ante todo a los creyentes, propone: «junto con la acción, es cada vez más necesario cultivar la oración, la espiritualidad, el diálogo ecuménico e interreligioso como vías de paz y lenguajes del encuentro entre tradiciones y culturas»

Y esto tiene una traducción educativa: que cada comunidad cristiana se convierta en una casa de paz y una escuela de la paz, «donde aprendamos a desactivar la hostilidad mediante el diálogo, donde se practique la justicia y se preserve el perdón; hoy más que nunca, en efecto, es necesario mostrar que la paz no es una utopía, mediante una creatividad pastoral atenta y generativa».

Claramente, añade el sucesor de Pedro, esto corresponde de modo especial a los políticos: «Es el camino desarmante de la diplomacia, de la mediación, del derecho internacional, tristemente desmentido por las cada vez más frecuentes violaciones de acuerdos alcanzados con gran esfuerzo, en un contexto que requeriría no la deslegitimación, sino más bien el reforzamiento de las instituciones supranacionales».

Desarmar el corazón, la mente y la vida

En continuidad con sus predecesores, León XIV denuncia el afán de dominar y de avanzar sin límites, a base de sembrar la desesperanza y suscitar la desconfianza, incluso disfrazada detrás de la defensa de algunos valores.

«A esta estrategia –propone como fruto del Jubileo de la Esperanza– hay que oponer el desarrollo de sociedades civiles conscientes, de formas de asociacionismo responsable, de experiencias de participación no violenta, de prácticas de justicia reparadora a pequeña y gran escala». Todo ello, basado tanto en razones antropológicas como teológicas, en el horizonte de la fraternidad humana (cfr. León XIII, Rerum novarum, 35).

Esto, concluye el Papa, requiere, ante todo para los creyentes, «redescubrirse peregrinos y comenzar en sí mismos ese desarme del corazón, de la mente y de la vida al que Dios no tardará en responder –con el don de la paz– cumpliendo sus promesas» (cfr. Is 2, 4-5). 

Fidelidad sacerdotal fecunda

La carta apostólica Una fidelidad que genera futuro, firmada por León XIV el 8 de diciembre de 2025, fue publicada a finales de diciembre.

El título contiene ya la propuesta dirigida a los sacerdotes y especificada al comienzo: «Perseverar en la misión apostólica nos ofrece la posibilidad de interrogarnos sobre el futuro del ministerio y de ayudar a otros a percibir la alegría de la vocación presbiteral» (n. 1). La “fidelidad fecunda” es un don que se entiende y se recibe en el marco de la Iglesia y su misión. Al mismo tiempo, el ministerio sacerdotal tiene un papel importante en la anhelada renovación de la Iglesia (cfr. Optatam totius, Proemio). 

De ahí la invitación de León XIV a releer los decretos conciliares Optatam totius y Presbyterorum ordinis, donde se deseaba reafirmar la identidad sacerdotal y, a la vez, abrir el ministerio a nuevas perspectivas de profundización doctrinal. Una relectura que debe ser iluminada por el hecho de que, tras el Concilio, «la Iglesia ha sido conducida por el Espíritu Santo a desarrollar la doctrina del Concilio sobre su naturaleza comunional según la forma sinodal y misionera» (n. 4). 

Mantener vivo el don de Dios y cuidar la fraternidad

Ante fenómenos dolorosos, como los abusos o los abandonos del ministerio por parte de algunos sacerdotes, el Papa subraya la necesidad de una respuesta generosa al don recibido (cfr. 2 Tm 1, 6). La base debe ser el “seguimiento de Cristo, con el apoyo de la formación integral y continua. En esta formación destaca, desde la etapa del seminario, el aspecto “afectivo”(aprender a amar como Jesús), la madurez humana y la solidez espiritual.

«Comunión, sinodalidad y misión no pueden realizarse, en efecto, si en el corazón de los sacerdotes la tentación de la autorreferencialidad no cede el paso a la lógica de la escucha y del servicio» (n. 13). Así serán eficaces en su “servicio” a Dios y al pueblo encomendado.

Dentro de la fraternidad fundamental que surge en los cristianos a raíz del Bautismo, hay en los sacerdotes, por el sacramento del orden, un vínculo fraternal particular, que es don y tarea. Así lo expresa el Concilio: «Cada uno está unido con los demás miembros de este presbiterio por vínculos especiales de caridad apostólica, de ministerio y de fraternidad» (Presbyterorum ordinis 8). 

Dice el Papa que esto significa, en primer lugar, por parte de cada uno, «superar la tentación del individualismo» (n. 15) y una llamada a la fraternidad, cuyas raíces están en la unidad en torno al obispo. Institucionalmente hay que promover la equiparación económica, la previsión para la enfermedad y la vejez, el cuidado recíproco, y también «formas posibles de vida en común», que favorezcan el cultivo de la vida espiritual e intelectual, evitando los posibles peligros de la soledad (cfr. Presbyterorum ordinis 8). 

Sacerdocio y sinodalidad para la misión

Anima a los sacerdotes a participar en los procesos sinodales en marcha, remitiendo al Documento final del sínodo sobre la sinodalidad: «parece fundamental que, en todas las Iglesias particulares, se emprendan iniciativas adecuadas para que los presbíteros puedan familiarizarse con las directrices de este Documento y experimentar la fecundidad de un estilo sinodal de Iglesia» (n. 21 de la carta).

En cuanto a los sacerdotes, esto debe manifestarse en su espíritu de servicio y cercanía, acogida y escucha. Han de rechazar un liderazgo exclusivo, escogiendo en cambio el camino de la colegialidad y de la cooperación con los demás ministros ordenados y todo el Pueblo de Dios. Es necesario –señala– evitar la identificación entre la potestad sacramental y el poder, lo que llevaría a poner al sacerdote por encima de los demás (cfr. Evangelii gaudium, 104). 

Por lo que respecta a la misión: “La identidad de los presbíteros se constituye en torno a su ‘ser para’ y es inseparable de su misión” (n. 23 de la carta). 

El Papa pone en guardia a los sacerdotes frente a dos tentaciones: el activismo (dar prioridad a lo que se hace sobre lo que se es) y el quietismo (vinculado a la pereza y al derrotismo). Señala la caridad pastoral como principio unificador de la vida sacerdotal (cfr. Pastores dabo vobis, 23). Así «cada sacerdote puede encontrar el equilibrio en la vida cotidiana y saber discernir lo que es beneficioso y lo que es proprium del ministerio, según las indicaciones de la Iglesia» (n. 24). 

También de este modo podrá encontrar la armonía entre contemplación y acción, y la sabiduría de desaparecer cuando y como convenga, en medio de una cultura que exalta la exposición mediática. Podrá promover la unidad con Dios y la fraternidad y el compromiso de las personas en el servicio de las actividades culturales, sociales y políticas, tal como propone el Documento final del sínodo (cfr. nn. 20, 50, 59 y 117).

Con referencia al futuro y ante la escasez de las vocaciones, León XIV propone la oración y la revisión de la praxis pastoral, de modo que se renueven tanto el cuidado de las vocaciones existentes como la llamada en los contextos juvenil y familiar.


Don Ramiro Pellitero Iglesias, profesor de Teología pastoral en la Facultad de Teología de la Universidad de Navarra.

Publicado en Iglesia y nueva evangelización y en Omnes.


Cuaresma 2026: significado, definición y oraciones

«La Iglesia se une todos los años, durante los cuarenta días de la Gran Cuaresma, al Misterio de Jesús en el desierto» Catecismo de la Iglesia Católica, 540.

¿Qué es la Cuaresma?

El significado de Cuaresma viene del latín quadragesimaperíodo litúrgico de cuarenta días reservado a la preparación de la Pascua de Resurrección. Cuarenta días en alusión a los 40 años que pasó el pueblo de Israel en el desierto con Moisés y los 40 días que pasó Jesús en el desierto antes de iniciar su vida pública.

Este es un tiempo de preparación y de conversión para participar en el momento culminante de nuestra liturgia, junto a toda la Iglesia Católica.

En el Catecismo, la Iglesia propone seguir el ejemplo de Cristo en su retiro al desierto, como preparación de las solemnidades pascuales. Es un tiempo particularmente apropiado para los ejercicios espirituales, las liturgias penitenciales, las peregrinaciones como signo de penitencia, las privaciones voluntarias como el ayuno y la limosna, y la comunicación cristiana de bienes por medio de obras caritativas y misioneras.

Este esfuerzo de conversión es el movimiento del corazón contrito, atraído y movido por la gracia a responder al amor misericordioso de Dios que nos ha amado primero.

«No podemos considerar esta Cuaresma como una época más, repetición cíclica del tiempo litúrgico. Este momento es único; es una ayuda divina que hay que acoger. Jesús pasa a nuestro lado y espera de nosotros –hoy, ahora– una gran mudanza». Es Cristo que pasa, 59, san Josemaría.

¿Cuándo empieza la Cuaresma?

La imposición de la ceniza en la frente de los fieles, el Miércoles de Ceniza, es el inicio de este camino. Constituye una invitación a la conversión y a la penitencia.  Es una invitación a recorrer el tiempo de Cuaresma como una inmersión más consciente y más intensa en el misterio pascual de Jesús, en su muerte y resurrección, mediante la participación en la Eucaristía y en la vida de caridad.

El tiempo de Cuaresma termina el Jueves Santo, antes de la Misa in coena Domini (la cena del Señor) con la que comienza el Triduo Pascual, Viernes Santo y Sábado de Gloria.

Durante estos días miramos nuestro interior y asimilamos el misterio del Señor siendo tentado en el desierto por Satanás y su subida a Jerusalén para su Pasión, Muerte, Resurrección y Ascensión a los cielos.

Recordamos que hemos de convertirnos y creer en el Evangelio y que somos polvo, hombres pecadores, criaturas y no Dios.

«¿Qué mejor manera de comenzar la Cuaresma? Renovamos la fe, la esperanza, la caridad. Esta es la fuente del espíritu de penitencia, del deseo de purificación. La Cuaresma no es sólo una ocasión para intensificar nuestras prácticas externas de mortificación: si pensásemos que es sólo eso, se nos escaparía su hondo sentido en la vida cristiana, porque esos actos externos son –repito fruto de la fe, de la esperanza y del amor». Es Cristo que pasa, 57, san Josemaría.

cuaresma miercoles de ceniza iglesia semana santa

¿Cómo vivir la Cuaresma?

La Cuaresma puede vivirse a través del sacramento de la Confesión, la oración y las actitudes positivas.

Los católicos nos preparamos para los eventos claves de la Semana Santa a través de los pilares de la oración, el ayuno y la limosna. Estos, nos guían en la reflexión diaria sobre nuestra propia vida mientras nos esforzamos por profundizar nuestra relación con Dios y con el prójimo, sin importar en qué parte del mundo viva el prójimo. La Cuaresma es un tiempo de crecimiento personal y espiritual, un tiempo para mirar hacia afuera y hacia adentro. Son jornadas de misericordia.

El arrepentimiento y la Confesión

Como tiempo de penitencia, la Cuaresma es un buen momento para confesarse. No es obligatorio, ni hay ningún mandato de la Iglesia que obligue a ello pero encaja muy bien con las palabras del Evangelio que repite el sacerdote el día Miércoles de Ceniza.

«Recuerda que polvo eres y en polvo te convertirás». «Conviértete y cree en el Evangelio». En estas palabras santas hay un elemento común: la conversión. Y ésta es solo posible con el arrepentimiento y el cambio de vida. Por ello, la confesión en la Cuaresma es una manera práctica de pedir perdón a Dios por nuestros pecados y recomenzar. El modo ideal de comenzar este ejercicio de introspección, es por medio de un examen de conciencia.

La Penitencia

La penitencia, traducción latina de la palabra griega "metanoia" que en la Biblia significa la conversión del pecador. Designa todo un conjunto de actos interiores y exteriores dirigidos a la reparación del pecado cometido, y el estado de cosas que resulta de ello para el pecador. Literalmente cambio de vida, se dice del acto del pecador que vuelve a Dios después de haber estado alejado de Él, o del incrédulo que alcanza la fe.

La Conversión

Convertirse es reconciliarse con Dios, apartarse del mal, para establecer la amistad con el Creador. Una vez en gracia, después de la confesión y lo que ello implica, hemos de proponernos cambiar desde dentro todo aquello que no agrada a Dios.

Para concretar el deseo de conversión, se puede hacer obras de conversión, como son, por ejemplo: Acudir a los sacramentos; superar las divisiones, perdonar y crecer en espíritu fraterno; practicando las Obras de Misericordia.

El ayuno y la abstinencia

La Iglesia invita a sus fieles a cumplir el precepto del ayuno y la abstinencia de carne, compendio del Catecismo, 432.

El ayuno consiste en hacer una sola comida al día, aunque se puede comer algo menos de lo acostumbrado por la mañana y la noche. Salvo caso de enfermedad. Invita a vivir el ayuno, a todos los mayores de edad, hasta que tengan cumplido cincuenta y nueve años. Tanto el Miércoles de Ceniza como el Viernes Santo.

Se llama abstinencia a privarse de comer carne, los viernes de Cuaresma.  La abstinencia puede comenzar a partir de los catorce años.

Debe cuidarse el no vivir el ayuno o la abstinencia como unos mínimos, sino como una manera concreta con la que nuestra Santa Madre Iglesia nos ayuda a crecer en el verdadero espíritu de penitencia y alegría.

Mensaje del Santo Padre para la Cuaresma

El papa Francisco proponía, que «en este tiempo de conversión renovemos nuestra fe, saciemos nuestra sed con el “agua viva” de la esperanza y recibamos con el corazón abierto el amor de Dios que nos convierte en hermanos y hermanas en Cristo» (Roma, San Juan de Letrán, 11 de noviembre de 2020, memoria de san Martín de Tours).

En este camino de preparación para la noche de Pascua, en la que, recordaba Francisco, renovaremos las promesas de nuestro Bautismo, “para renacer como hombres y mujeres nuevos”:

  1. Fe nos llama a acoger la Verdad y a ser testigos, ante Dios y ante nuestros hermanos y hermanas.
  2. Esperanza como “agua viva” que nos permite continuar nuestro camino
  3. Caridad, vivida tras las huellas de Cristo, mostrando atención y compasión por cada persona, es la expresión más alta de nuestra fe y nuestra esperanza.

El Papa también hacía hincapié en las grandes dificultades que atravesamos como humanidad, especialmente en este tiempo de pandemia, «en el que todo parece frágil e incierto” y donde “hablar de esperanza podría parecer una provocación». Pero ¿Dónde encontrar esa esperanza? Precisamente «en el recogimiento y el silencio de la oración».

Oraciones para la Cuaresma

La oración con el corazón abierto es la mejor preparación para la Pascua. Podemos leer el reflexionar sobre el Evangelio, podemos hacer oración realizando el Via Crucis. Podemos recurrir al Catecismo de la Iglesia Católica y seguir las celebraciones litúrgicas con el Misal Romano. Lo importante es que nos encontremos con el amor incondicional que es Cristo.

«Señor Jesús, con tu Cruz y Resurrección nos has hecho libres. Durante esta Cuaresma,
dirígenos por tu Espíritu Santo a vivir más fielmente en la libertad cristiana. Mediante la oración,
aumento en caridad y las disciplinas de este Tiempo sagrado, acércanos más a Ti.
Purifica las intenciones de mi corazón para que todas mis prácticas cuaresmales sean para
tu alabanza y gloria. Concede que por nuestras palabras y acciones,
podamos ser mensajeros fieles del mensaje del Evangelio a un mundo necesitado de la
esperanza de tu misericordia. Amén».



El obispo Erik Varden presenta 'Heridas que sanan' en el Foro Omnes

Heridas que sanan: la fragilidad de la vida nos golpea de múltiples maneras, con pérdidas, incertidumbres, heridas visibles e invisibles. Y ante esa angustia personal, las palabras de Erik Varden, obispo de Trondheim (Noruega) y monje cisterciense, emergen como viento de esperanza. Su mensaje, profundamente católico y a la vez contemporáneo, le ha convertido en una de las voces más lúcidas y escuchadas del catolicismo del siglo XXI.

El sufrimiento no es un enemigo, sino un misterio

Por eso, su presencia siempre causa expectación y emoción, porque su discurso impacta en cada persona que ha sentido alguna vez el peso del dolor, la pérdida o la incertidumbre.

En Madrid, más de 250 personas abarrotaron el Aula Magna de la Universidad CEU San Pablo para asistir al Foro Omnes y escucharle. El obispo de Trondheim y escritor reflexionó sobre su último libro Heridas que sanan, que toca el sufrimiento humano y su sentido cristiano. El Foro, organizado por Omnes Magazine junto a Ediciones Encuentro y a la Fundación Cultural Ángel Herrera Oria, contó además con el patrocinio de la Fundación CARF.

Erik Varden (Sarpsborg, Noruega, 1974) es un monje accesible, un religioso que da la vuelta al sentido del sufrimiento: «no es un enemigo, sino un misterio que exige ser visto, acogido y transformado desde el corazón», señaló.

Desde su mirada cristiana, el sufrimiento no puede ser simplemente explicado o eliminado. El cristianismo no ofrece teorías que anulen el dolor, sino una presencia capaz de asumirlo y redimirlo. Y esa presencia es Cristo encarnado. Por eso, este monje nacido en una familia no practicante y de tradición luterana explicó que el núcleo del misterio cristiano está en la Encarnación: Dios, siendo absoluta trascendencia, entra en la condición humana para sanarla desde dentro. «La Encarnación tiene lugar en vistas a la Redención», aseveró, insistiendo en que el sufrimiento no es el final de la historia.

Una belleza que sana

Con voz pausada pero firme, Varden nos recuerda que el sufrimiento no es un accidente cósmico ni una falla del universo, sino un misterio profundo que, si se contempla con fe, revela una belleza que sana.

En su conferencia, evocó un pasaje de Crimen y castigo donde un hombre, ante el dolor injusto, grita de ira: «no puede haber una respuesta para esto».  Ante ese grito, su hermano no intenta corregirlo ni explicarlo; simplemente permanece en silencio y mira la cruz. Esa es, dijo, la respuesta cristiana: «no una explicación que anule el dolor, sino una presencia silenciosa ante el sufrimiento».

Entre la negación y la victimización: dos trampas contemporáneas

Varden señaló dos respuestas típicas de nuestra época ante el sufrimiento. Por un lado, la cultura de la superficie y la apariencia, lo que él llamó la “tendencia de Instagram” que nos empuja a proyectar vidas perfectas e invulnerables, escondiendo cualquier herida. Por otro, la creciente inclinación a la victimización puede hacer que las heridas se conviertan en identidades cerradas y absolutas.

El peligro, explicó, es quedar atrapados entre estas dos dinámicas: negar el dolor o atraparlo como una identidad estática. Y ambas distorsionan la perspectiva cristiana. 

heridas-que-sanan-erik-vardem-foro-omnes

Vivir en carne propia el dolor

Erik Varden es un hombre que ha vivido en carne propia la búsqueda de sentido ante el dolor. Nacido en una familia luterana no practicante, su vida tomó un rumbo radical cuando, en su adolescencia, experimentó un despertar espiritual que lo condujo a profundizar en la fe cristiana y, con el tiempo, a ingresar en la vida monástica.

Con estudios en la Universidad de Cambridge y el Pontificio Instituto Oriental en Roma, ingresó en 2002 en el monasterio cisterciense de Mount St. Bernard en Inglaterra, donde fue ordenado sacerdote y más tarde elegido abad.

Sus obras que incluyen títulos como Castidad, Sobre la conversión cristiana y Heridas que sanan, combinan una profunda espiritualidad con una mirada sensible sobre la condición humana.

Heridas que sanan: contemplar el misterio de la cruz

Su último libro, Heridas que sanan se alza como una meditación profunda sobre esa misma experiencia. Al partir de un antiguo poema cisterciense, Varden invita a contemplar las heridas de Cristo no como un símbolo triste o derrotado, sino como la fuente viva desde la que se puede encontrar sanación.

«Todos cargamos cicatrices –algunas visibles, otras escondidas en lo más profundo del alma–, y buscamos respuestas en terapias, filosofías o consejos espirituales que a menudo se quedan cortos ante la pregunta que más nos desgarra: ¿por qué duele la vida?», lanzó como si fuese un misil ante el silencio del Aula Magna del CEU.

Pero este monje contemporáneo sabe dar una respuesta que consuela: «en el camino de la vida, el sufrimiento no se elimina, sino que se transforma al unirse al sufrimiento redentor de Cristo, convirtiéndose no solo en consuelo sino en fuente de vida y de Gracia».

La cruz: símbolo de libertad y comunión

El obispo noruego también reflexionó sobre la cruz como un símbolo que rompe con nuestra lógica de autosuficiencia. Observó que contemplar la cruz –donde los clavos atraviesan la carne y la movilidad está anulada– parece representar la negación absoluta de la libertad. Pero, dijo, leída desde la fe, revela una libertad extrema: «si es posible, que pase de mí este cáliz, pero que se haga tu voluntad».

Incluso cuando la libertad física está restringida, sigue siendo posible una respuesta interior íntegramente libre. La cruz muestra que no somos meros espectadores del sufrimiento, sino que podemos responder con libertad en medio de él.

Cubierta del libro Heridas que sanan, de Erik Varden (Ediciones Encuentro).

Sanar no es olvidar es transformar en amor

El obispo insistió en que la sanación no es instantánea ni elimina automáticamente el dolor. Algunas fracturas físicas o emocionales pueden permanecer, pero eso no las excluye de la acción sanadora de la gracia. «La fe cristiana proclama no solo un Dios capaz de eliminar el sufrimiento, sino un Dios que lo carga con nosotros y lo transforma en fuente de sanación y de vida».

Y aquí citó las palabras de Isaías que él mismo puso como epígrafe en su libro: “Por sus heridas hemos sido curados”, para agregar que aprender a decir “Señor, esto es tuyo”, ante lo que duele puede convertir incluso las heridas en puentes de sanación para uno mismo y para los demás.

Un valle iluminado por la esperanza

Al concluir su intervención en el Foro, Varden afirmó con serenidad y profundidad: «vivimos en este mundo como en un valle de lágrimas, pero es un valle iluminado por la luz de Cristo».

No es una frase vacía de consuelo, sino una afirmación que reconoce la realidad del dolor humano y la esperanza cristiana de que no estamos solos en nuestras heridas. Cada experiencia dolorosa, cuando se acoge y se interpreta desde la fe, puede transformarse en un camino de comunión con Dios y con los demás.

heridas-que-sanan-erik-vardem-foro-omnes

El giro católico y el sufrimiento como horizonte de vida

En una entrevista concedida a María José Atienza, directora de Omnes Magazine, poco después del Foro, Varden habló de lo que él llama un giro católico real en nuestro tiempo. Para él, la fe cristiana «no consiste simplemente en añadir una capa de consuelo a una vida ya “perfecta” o “autosuficiente”, sino en aceptar que lo más profundo de la existencia humana gira en torno a nuestras heridas, a las que normalmente preferimos ocultar o negar».

Varden explicó que bajo el prisma de la fe el sufrimiento adquiere una dimensión totalmente diferente: «empezamos a tener la posibilidad de ver nuestras propias heridas como algo que potencialmente da vida y la mejora».

Este giro católico, según él, no es sentimental ni superficial, sino un retorno profundo a la tradición cristiana que reconoce –no evita– las heridas humanas y las coloca ante el misterio de Cristo. Se trata de una llamada a no perderse ni en la negación del dolor, ni en una victimización permanente, sino a situar el sufrimiento dentro de una historia más grande que lleva hacia la vida.


Marta Santín, periodista especializada en religión.