Vocación de Angola: del campo al seminario

Gonçalves es un joven de Angola que descubrió su vocación desde muy pequeño, a los ocho años. «Mi corazón ardía y soñaba con ser catequista», recuerda con emoción. Hoy, junto a un compañero, es una de las primeras vocaciones de seminaristas angoleños que estudian en el seminario internacional Bidasoa, en Pamplona.

Angola es un país rico en recursos naturales como los diamantes y el petróleo. Sin embargo, sigue enfrentando grandes desafíos. La falta de sentido de pertenencia entre sus ciudadanos y la escasa responsabilidad de algunos gobernantes hacia el bien común contribuyen a que persista la pobreza.

Al servicio de su país

Gonçalves es plenamente consciente de los desafíos que enfrenta su país. Aunque su vocación sacerdotal se centra en la evangelización y en la administración de los sacramentos, sabe que, a través de su ministerio, podrá contribuir al bienestar de muchos de sus compatriotas.

«A pesar de la pobreza, la escasez de escuelas, la falta de infraestructuras viales y las deficiencias en el sistema de salud, quien visite mi país descubrirá, ante todo, la alegría de su gente. La hospitalidad, la humildad, el deseo de aprender y la unidad entre diversas culturas son signos vivos del espíritu angoleño y caminos privilegiados para la evangelización.

También destacaría la profunda fe del pueblo y su liturgia vibrante, que permite un encuentro auténtico con lo divino, sin olvidar los encantos de nuestra naturaleza y la riqueza de nuestra gastronomía», afirma con entusiasmo este joven.

La primera vocación de Angola en Bidasoa

Pertenece a la diócesis de Lwena-Moxico, la más extensa de Angola, con una superficie de 223.000 km². Junto con un compañero, es el primer angoleño que estudia en el seminario internacional Bidasoa. Este año comenzará su tercer curso de Teología. «Siempre he definido mi vocación como una verdadera Providencia divina» y mi obispo Dom Martín Lasarte fue quien quiso que viniese a España a formarme.

Gonçalves puede formarse en Bidasoa gracias al apoyo de la Fundación CARF, que cubre los costes de su formación sacerdotal. Este compromiso con la formación es uno de los pilares fundamentales de la Fundación: ayudar a las vocaciones de países con menos recursos, para que ninguna se pierda por falta de medios económicos.

Un ambiente familiar lleno de valores

«Vengo de una familia humilde y campesina, compuesta por ocho miembros: cuatro hombres y cuatro mujeres. Soy el séptimo hijo y el único que aún está estudiando, ya que mis hermanos y hermanas ya han formado sus propias familias. Mis padres, aunque ya mayores, aún viven. Toda mi familia es cristiana, pero solo mi madre, un hermano y tres hermanas son católicos; los demás pertenecen a otras denominaciones cristianas. A pesar de las limitaciones económicas, crecimos en un ambiente lleno de valores humanos y religiosos que han marcado profundamente nuestra vida», relata Gonçalves.

Su vocación al sacerdocio nació cuando tenía ocho años. «Solía ir todos los domingos a la iglesia con mi madre, y me fascinaba ver al catequista explicar las lecturas. Sentía un ardor en el corazón y soñaba con ser catequista algún día».

Ese deseo se fortaleció en 2012, cuando llegaron a su municipio los sacerdotes religiosos de la Congregación de los Sacramentinos de Nuestra Señora, procedentes de Brasil. Fundaron la parroquia de san Antonio de Lisboa y, con su testimonio de vida, su dedicación a la Palabra de Dios, su servicio en los pueblos más alejados y su atención a los ancianos y a los niños de la calle, transformaron por completo su visión: «De querer ser catequista, pasé a sentir una llamada al sacerdocio».

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Las dificultades económicas y las tribulaciones

Pero su vocación no ha estado exenta de dificultades y tribulaciones que marcaron profundamente su camino, al punto de estar a punto de naufragar.

En 2014 se trasladó a otro municipio para continuar sus estudios y, durante ese tiempo, se alejó de la Iglesia. En 2016 finalizó el segundo ciclo, regresó a su pueblo y no pudo seguir estudiando por falta de recursos económicos.

«Durante ese año, tenía otros planes: formar una familia y buscar trabajo. Sin embargo, el Señor tenía otros caminos para mí. Los sacerdotes hablaron conmigo y con mis padres, y me invitaron a participar en la formación vocacional con vistas a ingresar en el seminario. Así, en 2018 ingresé en el seminario propedéutico san Juan María Vianney».

Tres años después, en 2020, los sacerdotes que financiaban sus estudios regresaron a su país, y ante la imposibilidad de continuar por falta de medios, decidió abandonar el seminario. Sin embargo, gracias a la intervención de su rector y a una señora generosa que se ofreció a costear su formación, pudo ingresar en el seminario mayor de Filosofía san José, donde estudió durante tres años.

Seminario internacional Bidasoa

Una gran oportunidad para madurar en su vocación 

Actualmente, Gonçalves se encuentra en el seminario internacional Bidasoa, en Pamplona. «Para mí fue una verdadera sorpresa, y también para mi familia. Es una oportunidad para crecer en mi vocación, en mi misión y madurar más en mi formación», afirma con gratitud.

Consciente de la necesidad pastoral en su país, añade: «En mi diócesis, aunque hay bastantes católicos, hay pocos sacerdotes y pocas parroquias. Por eso agradezco profundamente a todos los benefactores de la Fundación CARF la oportunidad que me brindan. Para mí, estar en Bidasoa supone una gran riqueza, porque me permite descubrir la grandeza de la Iglesia universal».

Finaliza su testimonio con un sincero agradecimiento a la Fundación CARF, cuya ayuda ha sido clave para que su vocación siga adelante.


Marta Santín, periodista especializada en religión.

¿Cómo vivir la Semana Santa?

Una vez finalizada la Cuaresma, en la Semana Santa conmemoramos la crucifixión, muerte y resurrección del Señor. Toda la historia de la salvación gira en torno a estos días santos. Son días para acompañar a Jesús con oración y penitencia. Todo encaminado a la Pascua donde Cristo con su resurrección nos confirma que ha vencido a la muerte y que su corazón anhela gozar del hombre por toda la eternidad. Repasamos en este artículo cómo vivir la Semana Santa.

Para vivir bien la Semana Santa tenemos que poner a Dios en en el centro de nuestra vida, acompañándole en cada una de las celebraciones propias de este tiempo litúrgico que comienza con el Domingo de Ramos y termina con el Domingo de Pascua.

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Domingo de Ramos

“Este umbral de la Semana Santa, tan próximo ya el momento en el que se consumó sobre el Calvario la Redención de la humanidad entera, me parece un tiempo particularmente apropiado para que tú y yo consideremos por qué caminos nos ha salvado Jesús Señor Nuestro; para que contemplemos ese amor suyo –verdaderamente inefable– a unas pobres criaturas, formadas con barro de la tierra”. Cómo vivir la Semana Santa, san Josemaría, Amigos de Dios, n. 110.

El Domingo de Ramos recordamos la entrada triunfal de Jesús a Jerusalén en la que todo el pueblo lo alaba como rey con cantos y palmas. Los ramos nos hacen recordar la alianza entre Dios y su pueblo, confirmada en Cristo.

En la liturgia de este día leemos estas palabras de profunda alegría: "los hijos de los hebreos, llevando ramos de olivo salieron al encuentro del Señor, clamando y diciendo: Gloria en las alturas".

«Comienza la Semana Santa y recordamos la entrada triunfal de Cristo en Jerusalén. Escribe San Lucas: «Al acercarse a Betfagé y a Betania, junto al monte llamado de los Olivos, envió a dos de sus discípulos diciéndoles: “Vayan al caserío que está frente a ustedes. Al entrar, encontrarán atado un burrito que nadie ha montado todavía. Desátenlo y tráiganlo aquí. Si alguien les pregunta por qué lo desatan, díganle: el Señor lo necesita”. Fueron y encontraron todo como el Señor les había dicho».

¡Qué pobre cabalgadura elige Nuestro Señor! Quizá nosotros, engreídos, habríamos escogido un brioso corcel. Pero Jesús no se guía por razones meramente humanas, sino por criterios divinos. «Esto sucedió -anota San Mateo- para que se cumplieran las palabras del profeta: “Díganle a la hija de Sión: he aquí que tu rey viene a ti, apacible y montado en un burro, en un burrito, hijo de animal de yugo”».

Jesucristo, que es Dios, se contenta con un borriquito por trono. Nosotros, que no somos nada, nos mostramos a menudo vanidosos y soberbios: buscamos sobresalir, llamar la atención; tratamos de que los demás nos admiren y alaben. San Josemaría Escrivá, canonizado por Juan Pablo II hace dos años, se prendó de esta escena del Evangelio.

Aseguraba de sí mismo que era un burrito sarnoso, que no valía nada; pero como la humildad es la verdad, reconocía también que era depositario de muchos dones de Dios; especialmente, del encargo de abrir caminos divinos en la tierra, mostrando a millones de hombres y mujeres que pueden ser santos en el cumplimiento del trabajo profesional y de los deberes ordinarios.

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Jesús entra en Jerusalén sobre un borrico. Hemos de sacar consecuencias de esta escena. Cada cristiano puede y debe convertirse en trono de Cristo. Y aquí vienen como anillo al dedo unas palabras de San Josemaría. «Si la condición para que Jesús reinase en mi alma, en tu alma, fuese contar previamente en nosotros con un lugar perfecto, tendríamos razón para desesperarnos. Sin embargo, añade, Jesús se contenta con un pobre animal, por trono (...).

Hay cientos de animales más hermosos, más hábiles y más crueles. Pero Cristo se fijó en él, para presentarse como rey ante el pueblo que lo aclamaba. Porque Jesús no sabe qué hacer con la astucia calculadora, con la crueldad de corazones fríos, con la hermosura vistosa pero hueca. Nuestro Señor estima la alegría de un corazón mozo, el paso sencillo, la voz sin falsete, los ojos limpios, el oído atento a su palabra de cariño. Así reina en el alma».

¡Dejémosle tomar posesión de nuestros pensamientos, palabras y acciones!

¡Desechemos sobre todo el amor propio, que es el mayor obstáculo al reinado de Cristo! Seamos humildes, sin apropiarnos méritos que no son nuestros. ¿Imaginan ustedes lo ridículo que habría resultado el borrico, si se hubiera apropiado de los vítores y aplausos que las gentes dirigían al Maestro?

Comentando esta escena evangélica, Juan Pablo II recuerda que Jesús no entendió su existencia terrena como búsqueda del poder, como afán de éxito y de hacer carrera, o como voluntad de dominio sobre los demás. Al contrario, renunció a los privilegios de su igualdad con Dios, asumió la condición de siervo, haciéndose semejante a los hombres, y obedeció al proyecto del Padre hasta la muerte en la Cruz (Homilía, 8-IV-2001).

El entusiasmo de las gentes no suele ser duradero. Pocos días después, los que le habían acogido con vivas pedirán a gritos su muerte. Y nosotros, ¿nos dejaremos llevar por un entusiasmo pasajero? Si en estos días notamos el aleteo divino de la gracia de Dios, que pasa cerca, démosle cabida en nuestras almas. Extendamos en el suelo, más que palmas o ramos de olivo, nuestros corazones. Seamos humildes. Seamos mortificados. Seamos comprensivos con los demás. Éste es el homenaje que Jesús espera de nosotros.

La Semana Santa nos ofrece la ocasión de revivir los momentos fundamentales de nuestra Redención. Pero no olvidemos que -como escribe san Josemaría-, «para acompañar a Cristo en su gloria, al final de la Semana Santa, es necesario que penetremos antes en su holocausto, y que nos sintamos una sola cosa con Él, muerto sobre el Calvario».

Para eso, nada mejor que caminar de la mano de María. Que Ella nos obtenga la gracia de que estos días dejen una huella profunda en nuestras almas. Que sean, para cada una y cada uno, ocasión de profundizar en el Amor de Dios, para poder así mostrarlo a los demás» (Comentarios del Prelado del Opus Dei emitidos por la cadena EWTN).

Lunes santo

Ayer recordamos el ingreso triunfal de Cristo en Jerusalén. La muchedumbre de los discípulos y otras personas le aclamaron como Mesías y Rey de Israel. Al final de la jornada, cansado, volvió a Betania, aldea situada muy cerca de la capital, donde solía alojarse en sus visitas a Jerusalén.

Allí, una familia amiga siempre tenía dispuesto un sitio para Él y los suyos. Lázaro, a quien Jesús resucitó de entre los muertos, es el cabeza de familia; con él viven Marta y María, hermanas suyas, que esperan llenas de ilusión la llegada del Maestro, contentas de poder ofrecerle sus servicios.

En los últimos días de su vida en la tierra, Jesús pasa largas horas en Jerusalén, dedicado a una predicación intensísima. Por la noche, recupera las fuerzas en casa de sus amigos. Y en Betania tiene lugar un episodio que recoge el Evangelio de la Misa de hoy.

Seis días antes de la Pascua -relata San Juan-, fue Jesús a Betania. Allí le ofrecieron una cena; Marta servía y Lázaro era uno de los que estaban con Él a la mesa. María tomó entonces una libra de perfume de nardo auténtico, muy costoso, ungió a Jesús los pies con él y se los enjugó con su cabellera, y la casa se llenó de la fragancia del perfume.

Inmediatamente salta a la vista la generosidad de esta mujer. Desea manifestar su agradecimiento al Maestro, por haber devuelto la vida a su hermano y por tantos otros bienes recibidos, y no repara en gastos. Judas, presente en la cena, calcula exactamente el precio del perfume.

Pero, en vez de alabar la delicadeza de María, se abandona a la murmuración: ¿por qué no se ha vendido este perfume por trescientos denarios para dárselos a los pobres? En realidad, como hace notar San Juan, no le importaban los pobres; le interesaba manejar el dinero de la bolsa y hurtar su contenido.

«La valoración de Jesús es muy diversa», escribe Juan Pablo II. «Sin quitar nada al deber de la caridad hacia los necesitados, a los que se han de dedicar siempre los discípulos -“pobres tendrán siempre con ustedes”-, Él se fija en el acontecimiento de su muerte y sepultura, y aprecia la unción que se le hace como anticipación del honor que su cuerpo merece también después de la muerte, por estar indisolublemente unido al misterio de su persona» (Ecclesia de Eucharistia, 47).

Para ser verdadera virtud, la caridad ha de estar ordenada. Y el primer lugar lo ocupa Dios: amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón y con toda tu alma y con toda tu mente. Éste es el mayor y el primer mandamiento. El segundo es como éste: amarás a tu prójimo como a ti mismo.

De estos dos mandamientos dependen toda la Ley y los Profetas. Por eso, se equivocan los que -con la excusa de aliviar las necesidades materiales de los hombres- se desentienden de las necesidades de la Iglesia y de los ministros sagrados. Escribe san Josemaría Escrivá:

«Aquella mujer que en casa de Simón el leproso, en Betania, unge con rico perfume la cabeza del Maestro, nos recuerda el deber de ser espléndidos en el culto de Dios.

-Todo el lujo, la majestad y la belleza me parecen poco. -Y contra los que atacan la riqueza de vasos sagrados, ornamentos y retablos, se oye la alabanza de Jesús: “opus enim bonum operata est in me” -una buena obra ha hecho conmigo».

¡Cuántas personas se comportan como Judas! Ven el bien que hacen otros, pero no quieren reconocerlo: se empeñan en descubrir intenciones torcidas, tienden a criticar, a murmurar, a hacer juicios temerarios. Reducen la caridad a lo puramente material -dar unas monedas al necesitado, quizá para tranquilizar su conciencia- y olvidan que -como escribe también San Josemaría Escrivá- «la caridad cristiana no se limita a socorrer al necesitado de bienes económicos; se dirige, antes que nada, a respetar y comprender a cada individuo en cuanto tal, en su intrínseca dignidad de hombre y de hijo del Creador».

La Virgen María se entregó completamente al Señor y estuvo siempre pendiente de los hombres. Hoy le pedimos que interceda por nosotros, para que, en nuestras vidas, el amor a Dios y el amor al prójimo se unan en una sola cosa, como las dos caras de una misma moneda.

Martes Santo

El Evangelio de la Misa termina con el anuncio de que los Apóstoles dejarían solo a Cristo durante la Pasión. A Simón Pedro que, lleno de presunción, afirmaba: yo daré mi vida por ti, el Señor respondió: ¿conque tú darás mi vida por mí? Yo te aseguro que no cantará el gallo, antes de que me hayas negado tres veces. A los pocos días se cumplió la predicción.

Sin embargo, pocas horas antes, el Maestro les había dado una lección clara, como preparándoles para los momentos de oscuridad que se avecinaban. Ocurrió el día siguiente a la entrada triunfal en Jerusalén. Jesús y los Apóstoles habían salido muy temprano de Betania y, con la prisa, quizá no tomaron ni un refrigerio. El caso es que, como relata San Marcos, el Señor sintió hambre.

Y viendo de lejos una higuera que tenía hojas, se acercó por si encontraba algo en ella; pero cuando llegó no encontró nada más que hojas, porque no era tiempo de higos. Y la increpó: “¡que nunca jamás coma nadie fruto de ti!”. Sus discípulos lo estaban escuchando.

Al atardecer regresaron a la aldea. Debía de ser una hora avanzada y no repararon en la higuera maldecida. Pero al día siguiente, martes, al volver de nuevo a Jerusalén, todos contemplaron aquel árbol, antes frondoso, que mostraba las ramas desnudas y secas. Pedro se lo hizo notar a Jesús: Maestro, mira, la higuera que maldijiste se ha secado.

Jesús les contestó: “Tengan fe en Dios. En verdad les digo que cualquiera que diga a este monte: arráncate y échate al mar, sin dudar en su corazón, sino creyendo que se hará lo que dice, le será concedido”. Durante su vida pública, para realizar milagros, Jesús pedía una sola cosa: fe. A dos ciegos que le suplicaban la curación, les había preguntado: ¿creéis que puedo hacer eso? -Sí, Señor, le respondieron. Entonces les tocó los ojos diciendo: que se haga en vosotros conforme a vuestra fe. Y se les abrieron los ojos. Y cuentan los Evangelios que, en muchos lugares, apenas realizó prodigios, porque a las gentes les faltaba fe.

También nosotros hemos de interrogarnos: ¿cómo es nuestra fe? ¿Confiamos plenamente en la palabra de Dios? ¿Pedimos en la oración lo que necesitamos, seguros de obtenerlo si es para nuestro bien? ¿Insistimos en las súplicas lo que sea preciso, sin descorazonarnos? San Josemaría Escrivá comentaba esta escena del Evangelio. «Jesús -escribe- se acerca a la higuera: se acerca a ti y se acerca a mí. Jesús, con hambre y sed de almas. Desde la Cruz ha clamado: sitio! (Jn 19, 28), tengo sed. Sed de nosotros, de nuestro amor, de nuestras almas y de todas las almas que debemos llevar hasta Él, por el camino de la Cruz, que es el camino de la inmortalidad y de la gloria del Cielo».

Se llegó a la higuera, no hallando sino solamente hojas (Mt 21, 19). Es lamentable esto. ¿Ocurre así en nuestra vida? ¿Ocurre que tristemente falta fe, vibración de humildad, que no aparecen sacrificios ni obras? Los discípulos se maravillaron ante el milagro, pero de nada les sirvió: pocos días después negarían a su Maestro. Y es que la fe debe informar la vida entera.

«Jesucristo pone esta condición», prosigue San Josemaría: «que vivamos de la fe, porque después seremos capaces de remover los montes. Y hay tantas cosas que remover... en el mundo y, primero, en nuestro corazón. ¡Tantos obstáculos a la gracia! Fe, pues; fe con obras, fe con sacrificio, fe con humildad».

María, con su fe, ha hecho posible la obra de la Redención. Juan Pablo II afirma que en el centro de este misterio, en lo más vivo de este asombro de la fe, se halla María, Madre soberana del Redentor (Redemptoris Mater, 51). Ella acompaña constantemente a todos los hombres por los senderos que conducen a la vida eterna.

La Iglesia, escribe el Papa, contempla a María profundamente arraigada en la historia de la humanidad, en la eterna vocación del hombre según el designio providencial que Dios ha predispuesto eternamente para él; la ve maternalmente presente y partícipe en los múltiples y complejos problemas que acompañan hoy la vida de los individuos, de las familias y de las naciones; la ve socorriendo al pueblo cristiano en la lucha incesante entre el bien y el mal, para que “no caiga” o, si cae, “se levante” (Redemptoris Mater, 52). María, Madre nuestra: alcánzanos con tu intercesión poderosa una fe sincera, una esperanza segura, un amor encendido.

Miércoles Santo

El Miércoles Santo recordamos la triste historia de uno que fue Apóstol de Cristo: Judas. Así lo cuenta San Mateo en su evangelio: Uno de los Doce, llamado Judas Iscariote, fue a ver a los sumos sacerdotes y les dijo: “¿Cuánto me dan si les entrego a Jesús?”. Ellos quedaron en darle treinta monedas de plata. Y desde ese momento, andaba buscando una oportunidad para entregárselo. ¿Por qué recuerda la Iglesia este acontecimiento? Para que nos hagamos cargo de que todos podemos comportarnos como Judas.

Para que pidamos al Señor que, de nuestra parte, no haya traiciones, ni alejamientos, ni abandonos. No solamente por las consecuencias negativas que esto podría traer a nuestras vidas personales, que ya sería mucho; sino porque podríamos arrastrar a otros, que necesitan la ayuda de nuestro buen ejemplo, de nuestro aliento, de nuestra amistad.

En algunos lugares de América, las imágenes de Cristo crucificado muestran una llaga profunda en la mejilla izquierda del Señor. Y cuentan que esa llaga representa el beso de Judas. ¡Tan grande es el dolor que nuestros pecados causan a Jesús! Digámosle que deseamos serle fieles: que no queremos venderle -como Judas- por treinta monedas, por una pequeñez, que eso son todos los pecados: la soberbia, la envidia, la impureza, el odio, el resentimiento...

Cuando una tentación amenace arrojarnos por el suelo, pensemos que no vale la pena cambiar la felicidad de los hijos de Dios, que eso somos, por un placer que se acaba enseguida y deja el regusto amargo de la derrota y de la infidelidad. Hemos de sentir el peso de la Iglesia y de toda la humanidad.

¿No es estupendo saber que cualquiera de nosotros puede tener influencia en el mundo entero? En el lugar donde estamos, realizando bien nuestro trabajo, cuidando de la familia, sirviendo a los amigos, podemos ayudar a la felicidad de tantas gentes. Como escribe San Josemaría Escrivá, con el cumplimiento de nuestros deberes cristianos, hemos de ser como la piedra caída en el lago. -Produce, con tu ejemplo y con tu palabra un primer círculo... y éste, otro... y otro, y otro... Hasta llegar a los sitios más remotos.

Vamos a pedir al Señor que no le traicionemos más; que sepamos rechazar, con su gracia, las tentaciones que el demonio nos presenta, engañándonos. Hemos de decir que no, decididamente, a todo lo que nos aparte de Dios. Así no se repetirá en nuestra vida la desgraciada historia de Judas. Y si nos sentimos débiles, ¡corramos al Santo Sacramento de la Penitencia! Allí nos espera el Señor, como el padre de la parábola del hijo pródigo, para darnos un abrazo y ofrecernos su amistad. Continuamente sale a nuestro encuentro, aunque hayamos caído bajo, muy bajo. ¡Siempre es tiempo de volver a Dios!

No reaccionemos con desánimo, ni con pesimismo. No pensemos: ¿qué voy a hacer yo, si soy un cúmulo de miserias? ¡Más grande es la misericordia de Dios! ¿Qué voy a hacer yo, si caigo una vez y otra por mi debilidad? ¡Mayor es el poder de Dios, para levantarnos de nuestras caídas! Grandes fueron los pecados de Judas y de Pedro. Los dos traicionaron al Maestro: uno entregándole en manos de los perseguidores, otro renegando de Él por tres veces.

Y, sin embargo, ¡qué distinta reacción tuvo cada uno! Para los dos guardaba el Señor torrentes de misericordia. Pedro se arrepintió, lloró su pecado, pidió perdón, y fue confirmado por Cristo en la fe y en el amor; con el tiempo, llegaría a dar su vida por Nuestro Señor. Judas, en cambio, no confió en la misericordia de Cristo. Hasta el último momento tuvo abiertas las puertas del perdón de Dios, pero no quiso entrar por ellas mediante la penitencia.

En su primera encíclica, Juan Pablo II habla del derecho de Cristo a encontrarse con cada uno de nosotros en aquel momento-clave de la vida del alma, que es el momento de la conversión y del perdón (Redemptor hominis, 20). ¡No privemos a Jesús de ese derecho! ¡No quitemos a Dios Padre la alegría de darnos el abrazo de bienvenida!

¡No contristemos al Espíritu Santo, que desea devolver a las almas la vida sobrenatural! Pidamos a Santa María, Esperanza de los cristianos, que no permita que nos desanimemos ante nuestras equivocaciones y pecados, quizá repetidos. Que nos alcance de su Hijo la gracia de la conversión, el deseo eficaz de acudir -humildes y contritos- a la Confesión, sacramento de la misericordia divina, comenzando y recomenzando siempre que sea preciso.

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Jueves Santo

“Nuestro Señor Jesucristo, como si aún no fueran suficientes todas las otras pruebas de su misericordia, instituye la Eucaristía para que podamos tenerle siempre cerca y –en lo que nos es posible entender– porque, movido por su amor, quien no necesita nada, no quiere prescindir de nosotros. La Trinidad se ha enamorado del hombre.” Cómo vivir la Semana Santa, san Josemaría, Es Cristo que pasa, n. 84.

El Triduo Pascual comienza con la Santa Misa de la Cena del Señor. El hilo conductor de toda la celebración es el Misterio pascual de Cristo. La cena en la que Jesús, antes de entregarse a la muerte, confió a la Iglesia el testamento de su amor e instituyó la Eucaristía y el sacerdocio.  Al terminar, Jesús se fue a orar al Huerto de los Olivos donde después fue prendido. Por la mañana, los obispos se reúnen con los sacerdotes de sus diócesis y bendicen los santos óleos. El lavatorio de los pies tiene lugar durante la Misa de Cena del Señor.

La liturgia del Jueves Santo es riquísima de contenido. Es el día grande de la institución de la Sagrada Eucaristía, don del Cielo para los hombres; el día de la institución del sacerdocio, nuevo regalo divino que asegura la presencia real y actual del Sacrificio del Calvario en todos los tiempos y lugares, haciendo posible que nos apropiemos de sus frutos. Se acercaba el momento en el que Jesús iba a ofrecer su vida por los hombres. Tan grande era su amor, que en su Sabiduría infinita encontró el modo de irse y de quedarse, al mismo tiempo.

San Josemaría Escrivá, al considerar el comportamiento de los que se ven obligados a dejar su familia y su casa, para ganar el sustento en otra parte, comenta que el amor del hombre recurre a un símbolo: los que se despiden se cambian un recuerdo, quizá una fotografía... Jesucristo, perfecto Dios y perfecto Hombre, no deja un símbolo, sino la realidad: se queda Él mismo. Irá al Padre, pero permanecerá con los hombres. Bajo las especies del pan y del vino está Él, realmente presente: con su Cuerpo, su Sangre, su Alma y su Divinidad.

¿Cómo corresponderemos a ese amor inmenso? Asistiendo con fe y devoción a la Santa Misa, memorial vivo y actual del Sacrificio del Calvario. Preparándonos muy bien para comulgar, con el alma bien limpia. Visitando con frecuencia a Jesús oculto en el Sagrario. En la primera lectura de la Misa, se nos recuerda lo que Dios estableció en el Viejo Testamento, para que el pueblo israelita no olvidara los beneficios recibidos.

Desciende a muchos detalles: desde cómo debía ser el cordero pascual, hasta los pormenores que habían de cuidar para recordar el tránsito del Señor. Si eso se prescribía para conmemorar unos hechos, que eran sólo una imagen de la liberación del pecado obrada por Jesucristo, ¡cómo deberíamos comportarnos ahora, cuando verdaderamente hemos sido rescatados de la esclavitud del pecado y hechos hijos de Dios! Ésta es la razón de que la Iglesia nos inculque un gran esmero en todo lo que se refiere a la Eucaristía.

¿Asistimos al Santo Sacrificio todos los domingos y fiestas de guardar, sabiendo que estamos participando en una acción divina? San Juan relata que Jesús lavó los pies a los discípulos, antes de la Última Cena. Hay que estar limpios, en el alma y en el cuerpo, para acercarse a recibirle con dignidad. Para eso nos ha dejado el sacramento de la Penitencia. Conmemoramos también la institución del sacerdocio.

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Es un buen momento para rezar por el Papa, por los Obispos, por los sacerdotes, y para rogar que haya muchas vocaciones en el mundo entero. Lo pediremos mejor en la medida en que tengamos más trato con ese Jesús nuestro, que ha instituido la Eucaristía y el Sacerdocio. Vamos a decir, con total sinceridad, lo que repetía San Josemaría Escrivá: Señor, pon en mi corazón el amor con que quieres que te ame.

En la escena de hoy no aparece físicamente la Virgen María, aunque se hallaba en Jerusalén en aquellos días: la encontraremos mañana al pie de la Cruz. Pero ya hoy, con su presencia discreta y silenciosa, acompaña muy de cerca a su Hijo, en profunda unión de oración, de sacrificio y de entrega.

Juan Pablo II señala que, después de la Ascensión del Señor al Cielo, participaría asiduamente en las celebraciones eucarísticas de los primeros cristianos. Y añade el Papa: “aquel cuerpo entregado como sacrificio y presente en los signos sacramentales, ¡era el mismo cuerpo concebido en su seno! Recibir la Eucaristía debía significar, para María, como si acogiera de nuevo en su seno el corazón que había latido al unísono con el suyo” (Ecclesia de Eucharistia, 56).

También ahora la Virgen María acompaña a Cristo en todos los sagrarios de la tierra. Le pedimos que nos enseñe a ser almas de Eucaristía, hombres y mujeres de fe segura y de piedad recia, que se esfuerzan por no dejar solo a Jesús. Que sepamos adorarle, pedirle perdón, agradecer sus beneficios, hacerle compañía.

Viernes Santo

“Al admirar y al amar de veras la Humanidad Santísima de Jesús, descubriremos una a una sus llagas (...). Necesitaremos meternos dentro de cada una de aquellas santísimas heridas: para purificarnos, para gozarnos con esa sangre redentora, para fortalecernos. Acudiremos como las palomas que, al decir de la Escritura, se cobijan en los agujeros de las rocas a la hora de la tempestad. Nos ocultamos en ese refugio, para hallar la intimidad de Cristo.” Cómo vivir la Semana Santa, san Josemaría, Amigos de Dios, n. 302.

El Viernes Santo llegamos al momento culminante del Amor, un Amor que quiere abrazar a todos, sin excluir a nadie, con una entrega absoluta. Ese día acompañamos a Cristo recordando la Pasión: desde la agonía de Jesús en el Huerto de los Olivos hasta la flagelación, la coronación de espinas y la muerte en la Cruz. Lo conmemoramos con un Vía Crucis solemne y con la ceremonia de la Adoración de la Cruz. La liturgia nos enseña cómo vivir la Semana Santa el Viernes Santo.

Comienza con la postración de los sacerdotes, en lugar del acostumbrado beso inicial. Es un gesto de especial veneración al altar, que se halla desnudo, exento de todo, evocando al Crucificado en la hora de la Pasión. Rompe el silencio una tierna oración en la que el sacerdote apela a la misericordia de Dios: “Reminiscere miserationum tuarum, Domine”, y pide al Padre la protección eterna que el Hijo nos ha ganado con su sangre.

Hoy queremos acompañar a Cristo en la Cruz. Recuerdo unas palabras de San Josemaría Escrivá, en un Viernes Santo. Nos invitaba a revivir personalmente las horas de la Pasión: desde la agonía de Jesús en el Huerto de los Olivos hasta la flagelación, la coronación de espinas y la muerte en la Cruz. Decía: Ligada la omnipotencia de Dios por mano de hombre llevan a mi Jesús de un lado para otro, entre los insultos y los empujones de la plebe.

Cada uno de nosotros ha de verse en medio de aquella muchedumbre, porque han sido nuestros pecados la causa del inmenso dolor que se abate sobre el alma y el cuerpo del Señor. Sí: cada uno lleva a Cristo, convertido en objeto de burla, de una parte a otra. Somos nosotros los que, con nuestros pecados, reclamamos a voz en grito su muerte. Y Él, perfecto Dios y perfecto Hombre, deja hacer.

Lo había predicho el profeta Isaías: maltratado, no abrió su boca; como cordero llevado al matadero, como oveja muda ante los trasquiladores. Es justo que sintamos la responsabilidad de nuestros pecados. Es lógico que estemos muy agradecidos a Jesús. Es natural que busquemos la reparación, porque a nuestras manifestaciones de desamor, Él responde siempre con un amor total. En este tiempo de Semana Santa, vemos al Señor como más cercano, más semejante a sus hermanos los hombres...

Meditemos unas palabras de Juan Pablo II: “Quien cree en Jesús lleva la Cruz en triunfo, como prueba indudable de que Dios es amor... Pero la fe en Cristo jamás se da por descontada. El misterio pascual, que revivimos durante los días de la Semana Santa, es siempre actual” (Homilía, 24-III-2002). Pidamos a Jesús, en esta Semana Santa, que se despierte en nuestra alma la conciencia de ser hombres y mujeres verdaderamente cristianos, porque vivamos cara a Dios y, con Dios, cara a todas las personas.

No dejemos que el Señor lleve a solas la Cruz. Acojamos con alegría los pequeños sacrificios diarios. Aprovechemos la capacidad de amar, que Dios nos ha concedido, para concretar propósitos, pero sin quedarnos en un mero sentimentalismo. Digamos sinceramente: ¡Señor, ya no más!, ¡ya no más! Pidamos con fe que nosotros y todas las personas de la tierra descubramos la necesidad de tener odio al pecado mortal y de aborrecer el pecado venial deliberado, que tantos sufrimientos han causado a nuestro Dios.

¡Qué grande es la potencia de la Cruz! Cuando Cristo es objeto de irrisión y de burla para todo el mundo; cuando está en el Madero sin desear arrancarse de esos clavos; cuando nadie daría ni un centavo por su vida, el buen ladrón -uno como nosotros- descubre el amor de Cristo agonizante, y pide perdón. Hoy estarás conmigo en el Paraíso.

¡Qué fuerza tiene el sufrimiento, cuando se acepta junto a Nuestro Señor! Es capaz de sacar -de las situaciones más dolorosas- momentos de gloria y de vida. Ese hombre que se dirige a Cristo agonizante, encuentra la remisión de sus pecados, la felicidad para siempre. Nosotros hemos de hacer lo mismo. Si perdemos el miedo a la Cruz, si nos unimos a Cristo en la Cruz, recibiremos su gracia, su fuerza, su eficacia.

Y nos llenaremos de paz. Al pie de la Cruz descubrimos a María, Virgen fiel. Pidámosle, en este Viernes Santo, que nos preste su amor y su fortaleza, para que también nosotros sepamos acompañar a Jesús. Nos dirigimos a Ella con unas palabras de San Josemaría Escrivá, que han ayudado a millones de personas. Di: Madre mía -tuya, porque eres suyo por muchos títulos-, que tu amor me ate a la Cruz de tu Hijo: que no me falte la Fe, ni la valentía, ni la audacia, para cumplir la voluntad de nuestro Jesús.

Sábado Santo

“Se ha cumplido la obra de nuestra Redención. Ya somos hijos de Dios, porque Jesús ha muerto por nosotros y su muerte nos ha rescatado". Cómo vivir la Semana Santa, san Josemaría, Via Crucis, XIV estación.

¿Cómo vivir la Semana Santa el Sábado Santo? Es un día de silencio en la Iglesia: Cristo yace en el sepulcro y la Iglesia medita, admirada, lo que ha hecho por nosotros el Señor. Sin embargo, no es una jornada triste. El Señor ha vencido al demonio y al pecado, y dentro de pocas horas vencerá también a la muerte con su gloriosa Resurrección.

“Dentro de un poco ya no me veréis, y dentro de otro poco me volveréis a ver” Jn 16, 16. Así decía el Señor a los Apóstoles en la víspera de su Pasión. Este día, el amor no duda, como María, guarda silencio y espera. El amor espera confiado en la palabra del Señor hasta que Cristo resucite resplandeciente el día de Pascua. Hoy es un día de silencio en la Iglesia: Cristo yace en el sepulcro y la Iglesia medita, admirada, lo que ha hecho por nosotros este Señor nuestro.

Guarda silencio para aprender del Maestro, al contemplar su cuerpo destrozado. Cada uno de nosotros puede y debe unirse al silencio de la Iglesia. Y al considerar que somos responsables de esa muerte, nos esforzaremos para que guarden silencio nuestras pasiones, nuestras rebeldías, todo lo que nos aparte de Dios. Pero sin estar meramente pasivos: es una gracia que Dios nos concede cuando se la pedimos delante del Cuerpo muerto de su Hijo, cuando nos empeñamos por quitar de nuestra vida todo lo que nos aleje de Él.

El Sábado Santo no es una jornada triste. El Señor ha vencido al demonio y al pecado, y dentro de pocas horas vencerá también a la muerte con su gloriosa Resurrección. Nos ha reconciliado con el Padre celestial: ¡ya somos hijos de Dios! Es necesario que hagamos propósitos de agradecimiento, que tengamos la seguridad de que superaremos todos los obstáculos, sean del tipo que sean, si nos mantenemos bien unidos a Jesús por la oración y los sacramentos. El mundo tiene hambre de Dios, aunque muchas veces no lo sabe.

La gente está deseando que se le hable de esta realidad gozosa -el encuentro con el Señor-, y para eso estamos los cristianos. Tengamos la valentía de aquellos dos hombres -Nicodemo y José de Arimatea-, que durante la vida de Jesucristo mostraban respetos humanos, pero que en el momento definitivo se atreven a pedir a Pilatos el cuerpo muerto de Jesús, para darle sepultura. O la de aquellas mujeres santas que, cuando Cristo es ya un cadáver, compran aromas y acuden a embalsamarle, sin tener miedo de los soldados que custodian el sepulcro.

A la hora de la desbandada general, cuando todo el mundo se ha sentido con derecho a insultar, reírse y mofarse de Jesús, ellos van a decir: dadnos ese Cuerpo, que nos pertenece. ¡Con qué cuidado lo bajarían de la Cruz e irían mirando sus Llagas! Pidamos perdón y digamos, con palabras de san Josemaría Escrivá: yo subiré con ellos al pie de la Cruz, me apretaré al Cuerpo frío, cadáver de Cristo, con el fuego de mi amor..., lo desclavaré con mis desagravios y mortificaciones..., lo envolveré con el lienzo nuevo de mi vida limpia, y lo enterraré en mi pecho de roca viva, de donde nadie me lo podrá arrancar, ¡y ahí, Señor, descansad!

Se comprende que pusiesen el cuerpo muerto del Hijo en brazos de la Madre, antes de darle sepultura. María era la única criatura capaz de decirle que entiende perfectamente su Amor por los hombres, pues no ha sido Ella causa de esos dolores. La Virgen Purísima habla por nosotros; pero habla para hacernos reaccionar, para que experimentemos su dolor, hecho una sola cosa con el dolor de Cristo.

Saquemos propósitos de conversión y de apostolado, de identificarnos más con Cristo, de estar totalmente pendientes de las almas. Pidamos al Señor que nos transmita la eficacia salvadora de su Pasión y de su Muerte. Consideremos el panorama que se nos presenta por delante. La gente que nos rodea, espera que los cristianos les descubramos las maravillas del encuentro con Dios.

Es necesario que esta Semana Santa -y luego todos los días- sea para nosotros un salto de calidad, un decirle al Señor que se meta totalmente en nuestras vidas. Es preciso comunicar a muchas personas la Vida nueva que Jesucristo nos ha conseguido con la Redención.

Acudamos a Santa María: Virgen de la Soledad, Madre de Dios y Madre nuestra, ayúdanos a comprender -como escribe San Josemaría- que es preciso hacer vida nuestra la vida y la muerte de Cristo. Morir por la mortificación y la penitencia, para que Cristo viva en nosotros por el Amor. Y seguir entonces los pasos de Cristo, con afán de corredimir a todas las almas. Dar la vida por los demás. Sólo así se vive la vida de Jesucristo y nos hacemos una sola cosa con Él.

Vigilia Pascual

La celebración de la Vigilia Pascual en la noche del Sábado Santo es la más importante de todas las celebraciones de la Semana Santa, porque conmemora la Resurrección de Jesucristo. El paso de las tinieblas a la luz se expresa con diferentes elementos: el fuego, el cirio, el agua, el incienso, la música y las campanas. La luz del cirio es signo de Cristo, luz del mundo, que irradia y lo inunda todo. El fuego es el Espíritu Santo, encendido por Cristo en los corazones de los fieles.

El agua significa el paso hacia la vida nueva en Cristo, fuente de vida. El aleluya pascual es el himno de la peregrinación hacia la Jerusalén del cielo. El pan y del vino de la Eucaristía son prenda del banquete celestial. Mientras participamos en la Vigilia pascual reconocemos que el tiempo es un tiempo nuevo, abierto al hoy definitivo de Cristo glorioso. Este es el día nuevo que ha inaugurado el Señor, el día “que no conoce ocaso” (Misal Romano, Vigilia Pascual, Pregón Pascual).

Domingo de Resurrección

“El tiempo pascual es tiempo de alegría, de una alegría que no se limita a esa época del año litúrgico, sino que se asienta en todo momento en el corazón del cristiano. Porque Cristo vive: Cristo no es una figura que pasó, que existió en un tiempo y que se fue, dejándonos un recuerdo y un ejemplo maravillosos”. Cómo vivir la Semana Santa, san Josemaría, Homilía Cristo presente en los cristianos.

Este es el día más importante y más alegre para los católicos, Jesús ha vencido a la muerte y nos ha dado la Vida. Cristo nos da la oportunidad de salvarnos, de entrar al Cielo y vivir en compañía de Dios. La Pascua es el paso de la muerte a la vida. El Domingo de Resurrección marca el final del Triduo Pascual y de la Semana Santa e inaugura el periodo litúrgico de 50 días llamado Tiempo de Pascua, que finaliza con el Domingo de Pentecostés.

Transcurrido el sábado, María Magdalena, María la madre de Santiago, y Salomé, compraron perfumes para ir a embalsamar a Jesús. Muy de madrugada, el primer día de la semana, a la salida del sol, se dirigieron al sepulcro. Así comienza San Marcos la narración de lo sucedido aquella madrugada de hace dos mil años, en la primera Pascua cristiana. Jesús había sido sepultado.

A los ojos de los hombres, su vida y su mensaje habían concluido con el más profundo de los fracasos. Sus discípulos, confusos y atemorizados, se habían dispersado. Las mismas mujeres que acuden para realizar un gesto piadoso, se preguntan unas a otras: ¿quién nos quitará la piedra de la entrada del sepulcro?  “Sin embargo, hace notar San Josemaría Escrivá, siguen adelante... Tú y yo, ¿cómo andamos de vacilaciones? ¿Tenemos esta decisión santa, o hemos de confesar que sentimos vergüenza al contemplar la decisión, la intrepidez, la audacia de estas mujeres?”.

Cumplir la Voluntad de Dios, ser fieles a la ley de Cristo, vivir coherentemente nuestra fe, puede parecer a veces muy difícil. Se presentan obstáculos que parecen insuperables. Sin embargo, no es así. Dios vence siempre. La epopeya de Jesús de Nazaret no termina con su muerte ignominiosa en la Cruz. La última palabra es la de la Resurrección gloriosa. Y los cristianos, en el Bautismo, hemos muerto y resucitado con Cristo: muertos al pecado y vivos para Dios.

«¡Oh Cristo -decimos con el Santo Padre Juan Pablo II-, cómo no darte las gracias por el don inefable que nos regalas esta noche! El misterio de tu Muerte y de tu Resurrección se infunde en el agua bautismal que acoge al hombre viejo y carnal, y lo hace puro con la misma juventud divina» (Homilía, 15-IV-2001).

Hoy la Iglesia, llena de alegría, exclama: éste es el día que ha hecho el Señor: ¡gocémonos y alegrémonos en él!  Grito de júbilo que se prolongará durante cincuenta días, a lo largo del tiempo pascual, como un eco de las palabras de San Pablo: puesto que ustedes han resucitado con Cristo, busquen los bienes de arriba, donde está Cristo sentado a la derecha de Dios. Pongan todo el corazón en los bienes del cielo, no en los de la tierra; porque han muerto y su vida está escondida con Cristo en Dios.

Es lógico pensar -y así lo considera la Tradición de la Iglesia- que Jesucristo, una vez resucitado, se apareció en primer lugar a su Santísima Madre. El hecho de que no aparezca en los relatos evangélicos, con las otras mujeres, es -como señala Juan Pablo II- un indicio de que Nuestra Señora ya se había encontrado con Jesús. «Esta deducción quedaría confirmada también -añade el Papa- por el dato de que las primeras testigos de la resurrección, por voluntad de Jesús, fueron las mujeres, las cuales permanecieron fieles al pie la Cruz y, por tanto, más firmes en la fe» (Audiencia, 21-V-1997).

Sólo María había conservado plenamente la fe, durante las horas amargas de la Pasión; por eso resulta natural que el Señor se apareciera a Ella en primer lugar. Hemos de permanecer siempre junto a la Virgen, pero más aún en el tiempo de Pascua, y aprender de Ella. ¡Con qué ansias había esperado la Resurrección! Sabía que Jesús había venido a salvar al mundo y que, por tanto, debía padecer y morir; pero también conocía que no podía quedar sujeto a la muerte, porque Él es la Vida.

Una buena forma de vivir la Pascua consiste en esforzarnos por hacer partícipes de la vida de Cristo a los demás, cumpliendo con primor el mandamiento nuevo de la caridad, que el Señor nos dio la víspera de su Pasión: en esto conocerán todos que sois mis discípulos, si os tenéis amor unos a otros. Cristo resucitado nos lo repite ahora a cada uno. Nos dice: ámense de verdad unos a otros, esfuércense todos los días por servir a los demás, estén pendientes de los detalles más pequeños, para hacer la vida agradable a los que conviven con ustedes.

Pero volvamos al encuentro de Jesús con su Santísima Madre. ¡Qué contenta estaría la Virgen, al contemplar aquella Humanidad Santísima -carne de su carne y vida de su vida- plenamente glorificada! Pidámosle que nos enseñe a sacrificarnos por los demás sin hacerlo notar, sin esperar siquiera que nos den las gracias: que tengamos hambre de pasar inadvertidos, para así poseer la vida de Dios y comunicarla a otros.

Hoy le dirigimos el Regina Caeli, saludo propio del tiempo pascual. Alégrate, Reina del cielo, aleluya. / Porque el que mereciste llevar en tu seno, aleluya. / Ha resucitado según predijo, aleluya. / Ruega a Dios por nosotros, aleluya. / Gózate y alégrate, Virgen María, aleluya. / Porque el Señor ha resucitado verdaderamente, aleluya. ¿Cómo vivir la Semana Santa? Pidamos a Dios que esta semana que está a punto de comenzar nos llene de esperanzas renovadas y fe inquebrantable.

Que nos transforme en mensajeros de Dios para proclamar un año más que Cristo, el Divino Redentor, se entrega por su pueblo en una cruz por amor.

La vocación de John Paul: «Aspiro a ser sacerdote»

Al llegar a Roma el 26 de julio de 2022, era seminarista de la archidiócesis de Onitsha. Sin embargo, con la creación de la diócesis de Aguleri, por el Papa Francisco el 12 de febrero de 2023, pasó a ser seminarista de esta nueva diócesis, encontrándose en Roma. Está cursando el tercer año de Teología en la Universidad Pontificia de la Santa Cruz y vive en el colegio eclesiástico internacional Sedes Sapientiae en Roma.

Historia de la vocación de John Paul

Una vocación nacida en el seno de una familia católica de Nigeria, donde desde niño fue guiado en la fe. La vocación de John está profundamente ligada a la de su familia. Nació en el seno de una familia católica devota: su padre es el difunto Sr. Godwin Chinedu Oraefo y su madre la Sra. Clementina Chinyere Oraefo, ambos con una gran devoción a la Virgen María. Tiene dos hermanos: una hermana mayor, Chinelo, y un hermano menor, Onyeka.

John Paul se abraza con su madre.

«De pequeños, mis padres se aseguraron de que participáramos en la Block Rosary Crusade (Cruzada del Rosario en Bloques), un movimiento para niños inspirado en los tres pastorcitos de Fátima. A los 3 años, asistí por primera vez a estos encuentros en los que rezábamos el Santo Rosario cada noche. También nos inscribieron en la Legión de María, lo que fortaleció nuestra relación con Dios».

«Además, tras la Misa dominical, como familia íbamos a recibir la bendición del sacerdote antes de regresar a casa. Creo que esta práctica encendió en mí el deseo de ser sacerdote y bendecir a las personas. Sentí la llamada al sacerdocio a los 6 años y, aunque parecía extraño para mi edad, mis padres me apoyaron, confiando en la voluntad de Dios».

El seminario menor

Mientras sus compañeros soñaban con ser médicos, abogados o ingenieros, John Paul aspiraba al sacerdocio. Al finalizar la escuela Primaria, sus padres solicitaron su ingreso en el seminario menor All Hallows Seminary de Onitsha, perteneciente a su archidiócesis en ese momento.

«Hice los exámenes de ingreso, fui entrevistado y finalmente admitido. El nuevo curso en el seminario menor comenzó el 13 de septiembre de 2008. Mi entusiasmo era grande, pero no fui plenamente consciente de lo que implicaba: dejar mi hogar y mi familia, levantarme a las 5 de la mañana, asistir puntualmente a la oración y la Misa, estudiar con intensidad y desarrollar nuevas habilidades. Al principio fue difícil, pero, con el tiempo, me adapté gracias a la ayuda de mis formadores y maestros».

Se graduó en 2014 y fue enviado a un año de trabajo pastoral en la Escuela Secundaria St. Joseph, Awkaetiti. Luego, en 2015-2016, sirvió en la Parroquia St. Joseph, Awada. Durante este tiempo, el 31 de mayo de 2016, en la fiesta de la Visitación de la Virgen María, su padre falleció, lo que marcó un momento difícil en su camino.

De África a Roma

Ese mismo año, junto con algunos compañeros, fue enviado al Seminario St. Pius X, Akwukwu, para un año de formación espiritual. En 2017, comenzó los estudios filosóficos en el seminario mayor Bigard Memorial, Enugu, donde estudió durante cuatro años. Luego, realizó un año de trabajo pastoral en el seminario menor All Hallows Seminary, Onitsha, donde recibió la formación primaria.

«Fue durante este tiempo cuando mi obispo en aquel momento, Mons. Valerian Okeke, me habló sobre la posibilidad de estudiar Teología en Roma. Gracias a su apoyo, llegué a esta ciudad para continuar mi formación. Estoy profundamente agradecido por esta oportunidad», sentencia JohnPaul.

Johnpaul Oraefo vocación sacerdote carf

El desafío de trabajar en una diócesis recién creada

Estudiar en Roma, centro del cristianismo, es una experiencia providencial. Se percibe constantemente la riqueza de nuestra herencia cristiana, la universalidad de la Iglesia bajo la guía del Papa y el testimonio de los santos que dieron su vida por el Evangelio.

Además, JohnPaul deja claro: «la creación de la diócesis de Aguleri también es providencial. Nos ayuda a fortalecer la fe de los católicos, a evangelizar a quienes aún no han abrazado el Evangelio y a acompañar a los jóvenes que, debido a la influencia cultural y el secularismo, están perdiendo su fe».

«Nuestro obispo, Mons. Denis Isizoh, está muy comprometido con estos desafíos, por lo que mis compañeros y yo tomamos muy en serio nuestra formación en el seminario para responder a esta misión».

Gracias a los benefactores de la Fundación CARF

John Paul da gracias a Dios por haberle guiado hasta aquí. «Agradezco a mi familia, a mis obispos, formadores, maestros y benefactores que han acompañado mi camino vocacional en el sacerdocio. También agradezco a la Fundación CARF por su apoyo en la formación de sacerdotes en todo el mundo».

Y reza por los miembros de la Fundación CARF para que su trabajo siga dando frutos y que, al colaborar con Dios en la santificación del mundo, Él los bendiga y los llene de su gracia.


Gerardo Ferrara, Licenciado en Historia y en Ciencias Políticas, especializado en Oriente Medio. Responsable de alumnado de la Universidad de la Santa Cruz de Roma.

«Sentí a Dios como una llama que ardía en mi corazón»

Jonathas Camargo (1998) sintió la llamada de Dios durante la pandemia de la Covid-19, aunque no siempre fue así. Una de las cosas que le frenaban a dar ese paso era su miedo de abrirse a un verdadero encuentro con el Señor. Ahora, Jonathas se encuentra en Pamplona formándose para ser sacerdote. Procede de la diócesis de Leopoldina, Brasil.

Introducción a la fe y su 'miedo' a Dios

Jonathas llegó a Pamplona en 2023, donde estudia Teología en las Facultades Eclesiásticas de la Universidad de Navarra. Desde muy joven, participó en las catequesis en su parroquia de origen.

Dios siempre ha estado presente en la familia de Jonathas. Desde pequeño, su madre le llevaba a él y a sus tres hermanas a la parroquia para participar en las catequesis de formación. Pero en la adolescencia, etapa de rebeldía y crisis, se alejó un poco de la fe, porque lo único que hacía era asistir a Misa nada más que por el precepto. «No dejar la Misa dominical, aunque sea solo por cumplir la norma eclesiástica aunque uno no tenga ninguna gana, confiere un valor infinito que siempre lo premia Dios». 

A esta desgana se unía una tentación: «que siempre me detenía a comprometerme más con Dios; era mi miedo de abrirme a un verdadero encuentro con el Señor», confiesa.

Sin embargo, el sacramento de la Confirmación fue vital para comprometerse más con la Iglesia. Recibir este sacramento es una Gracia de Dios, un sacramento que como su nombre indica, ayuda a un cristiano a comprometerse a ser testigo de Jesucristo: el bautizado se fortalece con el don del Espíritu Santo, se logra un arraigo más profundo a la filiación divina y se une más íntimamente con la Iglesia.

Coronación al Sagrado Corazón de Jesús, una misión que le acercó a Dios

Con esta determinación, Jonathas comenzó a participar en otras celebraciones de su parroquia, como las coronaciones al Sagrado Corazón de Jesús.

«Además, mi compromiso al servicio de la Iglesia fue mayor cuando ayudé a formar y coordinar un grupo de jóvenes, también en mi parroquia. Esta misión me acercó mucho a Dios», expresa.

Este joven seminarista brasileño recuerda que estar cerca de los jóvenes significa ante todo escucharlos para poder acompañarlos en su camino de fe y de amor verdadero al Señor.

Así, su unión con Dios fue creciendo, fruto de su voluntad, de las buenas personas que tenía a su alrededor como el párroco, y de su propia libertad.

La llamada de Dios a su vocación

Jonathas cuenta el momento que sintió en su corazón una presencia impactante con el Señor: «En 2016, a los dieciocho años, fui invitado a ser ministro extraordinario de la Sagrada Comunión, y con este servicio al Señor sentí en mi corazón el deber de vivir mi fe de manera más responsable».

Más adelante, con la llegada de la pandemia, llegó el punto de inflexión para Jonathas: «Estaba estudiando una carrera en otra ciudad cuando empezó la pandemia y con ella, todas las restricciones que nos impusieron.

Por eso, volví a mi ciudad natal y me dediqué a ayudar a mi párroco en todo lo necesario para que los fieles pudieran seguir las celebraciones a través de Internet. Siendo testigo de todas las dificultades a las que nos enfrentábamos, y pudiendo sentir el deseo y la expresión de fe de la gente, sentí la llamada de Dios como una llama que ardía en mi corazón mientras participaba de una adoración eucarística».

Después de esta maravillosa experiencia, en 2021 comenzó su proceso de discernimiento vocacional, y en 2022 ingresó en el seminario preparatorio de su diócesis. En julio de 2023 su obispo le envió a estudiar a la Universidad de Navarra, como relata la web de su diócesis: aterrizó en Bidasoa acompañado por el rector del seminario Nuestra Señora de aparecida de Leopoldina, el padre Alessandro Alves Tavares.

Jonathas Camargo en Bidasoa.

Su formación en España

Su experiencia en el seminario internacional Bidasoa le está descubriendo la gran belleza de la Iglesia universal: «Mi estancia en Bidasoa está siendo de gran provecho para mi vocación. Aquí he podido crecer aún más en mi vida de oración y además en la vida académica. La vida compartida con sacerdotes y seminaristas de los sitios más lejanos del mundo me enseña que la Iglesia es universal y que el Señor puede llegar a todos los corazones, y para eso, quiere que estemos preparados para evangelizar a todas las naciones».

Cuando termine sus estudios de Teología en la Universidad de Navarra, regresará a su diócesis donde será ordenado sacerdote. Jonathas es consciente que todas las ciudades y países tienen sus peculiaridades y dificultades en la evangelización, pero sin oración poco se podrá conseguir.

Hay que seguir rezando por las vocaciones

«Creo que, en mi diócesis, así como en toda la Iglesia, es necesario que sigamos rezando para que surjan muchas y santas vocaciones para la mies del Señor», afirma Jonathas.

Un pensamiento muy acorde con la iniciativa que propone la Iglesia para el 19 de marzo, el Día del Seminario. Y es que, lo primero que pide la Iglesia es rezar por las vocaciones. Después, y en la medida que se pueda, ayudar económicamente a sostener las vocaciones.

Dona ahora para formar seminaristas diocesanos de todas partes del mundo.

Su futuro lo deja en manos de Dios, pero le pide continuar con esas ganas de servir a la Iglesia donde sea necesario y «llevar la verdad del Evangelio a todos los rincones, y jamás olvidarse de ser fiel a lo que nos pide el Señor por medio de nuestro obispo».


Marta Santín, periodista especializada en religión.

«España debe conservar la fe que una vez nos transmitió»

Al John Madrilejos Clet, de 23 años, es un seminarista filipino que reside en Pamplona, en el seminario internacional Bidasoa. Se encuentra en España estudiando tercero de Teología en las Facultades Eclesiásticas de la Universidad de Navarra porque su diócesis le ha mandado a formarse a nuestro país.

Historia y origen de la vocación de este seminarista filipino

Pertenece a la diócesis de Legazpi, Filipinas, y cuenta cómo se encendió la llama de la vocación en su interior: «De pequeño, mi abuela me llevaba siempre a la Iglesia, ella es una mujer muy religiosa y me enseñó lo que es la Iglesia. Me llamó mucho la atención el hombre que ‘vestía con colores diferentes en Misa. Luego, con 10 años, me hice monaguillo. Fue cuando aprendí un poco más la misión de este hombre que vestía con casulla de colores y que era el sacerdote».

Después, su madre le llevó al colegio del seminario menor de su ciudad para estudiar la Primaria. A Mª Teresa, profesora y enfermera en la Universidad de Bicol (Campus de Tabaco), le pareció una buena escuela y, además, estaba cerca del hospital donde trabaja. En el seminario san Gregorio Magno continuó sus estudios hasta el Bachillerato.

Una vocación apoyada en familia a pesar de la distancia

El padre de Al John, Alex Madrilejos, es un trabajador filipino en el extranjero. Su hermano estudia Ingeniería Informática en la Universidad de Bicol (Campus de Polangui, en Filipinas). Y su hermana está terminando el Bachillerato en la Universidad de Santo Tomas (Legazpi) y quiere ser médico. A pesar la distancia, el seminarista siente el apoyo a su vocación de toda su familia.

Con todo esto, Al John sabía que su padre tenía alternativas para su futuro profesional si finalmente su vocación se consolidaba. «Al finalizar el Bachillerato, me di un tiempo para pensar si iba a proseguir con el camino del sacerdocio y entrar en el seminario mayor, ya como seminarista.

Mi padre me preguntaba si quería continuar, porque tenía un plan diferente para mí. Tras meses de oración, decidí continuar en el seminario mayor Mater Salutis. Mi padre no dudó en apoyar mi decisión», expresa Al John, el mayor de tres hermanos.

Así, después de cursar los cuatro años de Filosofía en el seminario mayor Mater Salutis de su diócesis, sus formadores le propusieron proseguir su formación en España.

Confiar en Dios

«Tengo que reconocer que tuve muchas dudas porque el nivel de la Universidad de Navarra es alto, pero también he experimentado que nada es imposible para Dios», afirma.

De su estancia en los seminarios de su diócesis, guarda gratos recuerdos: muchos amigos y grandes aprendizajes, no sólo en lo académico, sino también el descubrimiento de algunos talentos personales y aficiones como la música y los deportes. «Y lo más importante: el amor profundo y la relación con Jesús, algo que también estoy aprendiendo en el seminario internacional Bidasoa».

Similitudes entre España y Filipinas

En España está feliz. Para él, existen similitudes en cuanto a las creencias de nuestro país y Filipinas desde que fueron colonizados. «Quiero centrarme más en las prácticas religiosas que tiene España desde el punto de vista de un filipino. La liturgia es muy bonita, porque aquí en España están presentes cosas que no usamos en Filipinas, como la dalmática de un diácono y el paraguas procesional que se usa al exponer el Sacramento», explica Al John.

Le llama la atención las iglesias españolas, que rezuman un ambiente propicio y tranquilo para rezar y asistir a Misa. «Sin embargo, me entristece un poco cuando veo que los templos en los que he estado, sobre todo en Madrid y Barcelona, están medio vacíos, no acude mucha gente. Y yo me pregunto: ¿es el resultado de la secularización o una falta de fe de esta generación?», confiesa este joven seminarista.

Al John y su amor a la Virgen María

Al John reza y espera que los católicos españoles tengan una relación más profunda con la Virgen María, recobren sus raíces marianas, porque su fe se ha empapado de la espiritualidad mariana, y ha experimentado que la relación con el Señor pasa a través de María.

«Como parte de un pueblo amante de María, esta veneración y relación con nuestra Madre nos ayuda a los filipinos a seguir viviendo nuestra fe bajo el cuidado maternal de la Virgen María. Es una gran ayuda para las vocaciones y, sobre todo, para las vocaciones españolas. España debe continuar y conservar la fe que una vez nos fue transmitida a nosotros los filipinos».

Más del 92 % de habitantes de su diócesis son católicos, pero hay poca vocación

Esa espiritualidad mariana es la que desea que arraigue con más profundidad en su diócesis, Legazpi. Situada en la Región V, Bicol, está dirigida por el obispo Joel Z. Baylon y cuenta con 117 sacerdotes diocesanos y 42 religiosos. Pastorea a 1.390.349 católicos de un total de 1.487.322 habitantes, lo que supone un 93 % de católicos.

La diócesis de Legazpi se enfrenta a varios retos, entre ellos la implementación de programas pastorales. Al John explica esos desafíos: «La Asamblea Pastoral Diocesana (APD) en curso, refleja los esfuerzos para alinearse con la visión de nuestro obispo para la iglesia local. También deben implantarse algunas reformas del Concilio Vaticano II que siguen sin llevarse a cabo. Otro reto importante es la proporción de sacerdotes por fiel (1 sacerdote por cada 9.000 personas), que limita la atención pastoral y dificulta llegar con eficacia a todos los feligreses».

La influencia de la devociones populares en Filipinas

Otro de los retos, como en muchos lugares, es hacer frente al secularismo que también causa estragos en Filipinas. «Lo positivo de mi país es que el catolicismo tiene un fuerte impacto a través de las devociones populares y las procesiones, que están profundamente arraigadas en la cultura local. Es una pena, por otra parte, que muchos fieles solo acudan a Misa en Navidad y Semana Santa, descuidando los domingos», se lamenta.

Pero Al John tiene muchas ganas e ilusión para enfrentarse a una sociedad secularizada, dependiente de las tecnologías, donde se busca menos la verdad.

«Cada vez más personas se sienten atraídas por la realidad virtual y la pantalla que tienen delante. Sin embargo, esto también puede ser una ventaja. El fácil acceso a los medios de comunicación puede ser una plataforma eficaz para la evangelización. ¿Y cómo vamos a hacerlo? Debemos convertirnos en testimonio del amor de Dios», se expresa este joven seminarista.

El ejemplo de los primeros cristianos

Para esta gran labor, toma como referencia a los primeros cristianos y a los apóstoles, que ya en el siglo I se convirtieron en un testimonio vivo de Cristo ante la gente, no sólo con palabras, sino también a través de sus esfuerzos y de sus acciones para difundir la buena nueva.

Para Al John, al igual que entonces, la gente descubre a Cristo con lo que ve y oye. «Por lo tanto, a través de estas plataformas, nos convertimos en apóstoles modernos al evangelizar la realidad virtual mostrando el amor de Dios para llegar a la gente y a sus corazones. Es un gran reto, pero con la Gracia de Dios creo que es posible».

Para llevar a cabo su vocación y esta gran labor de evangelización, se está preparando para el sacerdocio. Para él, lo primero que debe irradiar es un corazón de pastor. «Un corazón de pastor es a la vez un corazón guía y un corazón ejemplar. Un sacerdote con corazón de pastor es un guía para su pueblo, a través de los sacramentos, ayudándoles a acercarse aún más al verdadero y buen pastor: Jesús», expresa. Al John considera que un sacerdote debe prestar un servicio humilde en todos los ámbitos de la vida.

«Su servicio debe ser para todos, y que la presencia de Cristo se haga presente en él a través de su humildad y de los gestos sencillos. Jesús toca a la persona como signo de gran cuidado y amor. Como dice el Papa Francisco en su carta Dilexit Nos "es esencial darse cuenta de que nuestra relación con la persona de Jesucristo es de amistad y adoración, atraídos por el amor representado bajo la imagen de su corazón"».

Agradecido a la Fundación CARF

Como todos los seminarias de Bidasoa, Al John está muy agradecido a los benefactores por la ayuda financiera que hace posible sus estudios y formación en España. «Gracias por todas las ayudas que nos dan, todos ustedes nos brindan la oportunidad de formarnos en lugares increíbles como es la Universidad de Navarra. Rezo por sus intenciones».


Marta Santín, periodista especializada en información religiosa.

La mochila de vasos sagrados para celebrar la Misa en zonas rurales

La Fundación CARF proporciona mochilas de vasos sagrados a seminaristas que se van a ordenar sacerdotes como fue el caso de Hanzell Renato, permitiéndoles celebrar la Eucaristía en zonas rurales de países sin recursos.

Hanzell, ordenado sacerdote en septiembre de 2021 y nombrado párroco del Sagrado Corazón de Jesús en Boaco Viejo, expresa su gratitud por este apoyo. Destaca que, gracias a la mochila, ha podido celebrar con dignidad la Misa; visitar enfermos e impartir el sacramento de la Unción y bendecir hogares en áreas rurales. Este recurso es esencial para sacerdotes que sirven en regiones con recursos limitados, facilitando la administración de los sacramentos y fortaleciendo la fe en comunidades aisladas.

«Agradezco al patronato de Acción Social de la Fundación CARF su cercanía y apoyo, tanto espiritual como material. Les comparto que la mochila de vasos sagrados que me regalaron, obsequiada el 28 de mayo 2021, me ha sido de gran ayuda en la misión que ahora tengo».

Hanzell Renato estudió Teología en las Facultades Eclesiásticas de la Universidad de Navarra y durante su estancia en España, residió en el seminario internacional Bidasoa.

Gracias al estuche de vasos sagrados proporcionado por la Fundación CARF, sacerdotes como Hanzell Renato Hernández pueden celebrar la Eucaristía en comunidades rurales de Nicaragua, acercando los sacramentos a quienes más lo necesitan.

Impacto de la mochila de vasos sagrados en la labor pastoral

La mochila es un recurso imprescindible para los sacerdotes que trabajan en regiones aisladas y sin recursos. Contiene los elementos necesarios para celebrar la Eucaristía, como el cáliz, la patena y otros accesorios litúrgicos.

Esto permite a los sacerdotes celebrar la Santa Misa con dignidad aunque haya unas condiciones adversas, llevando la presencia de Cristo a lugares donde las comunidades no tienen acceso a una iglesia.

«En una ocasión, me encontré con una comunidad de fieles que llevaba meses sin participar en la Eucaristía, un dolor por no tener la Misa. Gracias a la mochila, pude ofrecerles la Eucaristía y sentir la alegría de acercarles a Dios», añade Hanzell.

Testimonios de sacerdotes beneficiados

El testimonio de don Hanzell refleja la misión de muchos sacerdotes en zonas rurales de América Latina, quienes enfrentan desafíos como la falta de infraestructuras, largas distancias y escasos recursos materiales. Con el apoyo de la Fundación CARF, estas dificultades se transforman en oportunidades para fortalecer la fe de sus comunidades de fieles muchas veces en áreas rurales de difícil acceso.

Hanzell montando a caballo por comunidades rurales
Hanzell montando a caballo por comunidades rurales.

Una carta de Pedro Antonio

Pedro Antonio, es otro sacerdote de una diócesis centroamericana y exalumno del semanario internacional Bidasoa. Nos escribe en agradecimiento por el obsequio de la mochila de vasos sagrados que recibió de manos de las voluntarias del Patronato de Acción Social de la Fundación CARF.

«Soy Pedro Antonio , sacerdote de Centroamérica y exalumno del seminario internacional Bidasoa. Antes que nada, quiero agradecer a Dios por la oportunidad de haber estudiado en la Universidad de Navarra, sobre todo de permitirme formar mi corazón sacerdotal en Bidasoa. 

La verdad es que sin la ayuda de los formadores y de tantas personas buenas de la Fundación CARF, sería imposible llevar a cabo esta gran labor. Hace un año recibí de obsequio, una mochila de vasos sagrados con lo necesario para celebrar la Santa Eucaristía. El día 12 de junio de 2021, fui ordenado sacerdote y había llegado el momento de usarlo. Después de mi ordenación quedé como colaborador en el santuario de Nuestra Señora de Candelaria, mi parroquia de origen», escribe Pedro.

mochila vasos sagrados

La historia de Jesús, de Venezuela

Jesús Meleán es un sacerdote de la diócesis de Cabimas, en Venezuela. Estudió Teología en las Facultades Eclesiásticas de la Universidad de Navarra y fue residente en el seminario Bidasoa. Antes de regresar a su país, recibió la mochila de vasos sagrados de manos de las voluntarias del Patronato de Acción Social

«Este fin de semana pude celebrar la Misa con un grupo de jóvenes que tengo la oportunidad de acompañar en su vida espiritual. La mochila de vasos sagrados ha sido un obsequio que valoro mucho porque me está siendo muy útil para este tipo de celebraciones.

Tengo una vez al mes Misa en distintas comunidades y este regalo me ayuda a celebrar dignamente la Eucaristía en todos los sitios.

Agradecido siempre con la Fundación CARF por este regalo... podría decir que es un regalo que nos sirve para regalar (llevar) a Cristo a otros».

Donaciones que transforman vidas

La Fundación CARF se dedica a proporcionar formación académica, humana y espiritual a seminaristas, sacerdotes diocesanos y religiosos y religiosas de países de todo el mundo, principalmente de los que tienen escasos recursos.

Las donaciones y oraciones de los benefactores permiten que estos sacerdotes puedan llevar a cabo su misión pastoral con dignidad y eficacia. La Fundación CARF apoya la promoción de proyectos de infraestructura, formación y sostenimiento de parroquias en zonas vulnerables.

«Cada aporte que recibimos de los benefactores tiene un impacto directo en la vida de miles de personas. No solo ayudan a los sacerdotes diocesanos, sino a toda la comunidad que ellos sirven», señala un portavoz de la Fundación CARF.

Cómo puedes ayudar

Si quieres formar parte de esta misión, puedes realizar una donación aquí en nuestra página web. Cada contribución, por pequeña que sea, ayuda a llevar los sacramentos a quienes más lo necesitan, fortaleciendo la fe y la esperanza de todos. Con el apoyo de los benefactores y voluntarios, la Fundación CARF continúa transformando vidas y asegurando que el mensaje de Cristo llegue a todos los rincones del mundo.