De Uganda a Pamplona como seminarista: una historia de superación

Timothy Katende, seminarista ugandés de 28 años, estudia quinto curso del bachillerato en Teología en las Facultades Eclesiásticas de la Universidad de Navarra. Se quedó huérfano de madre y padre siendo niño y fue educado por sus tíos: «la familia extensa es vital en mi país». Él es el primer miembro de su diócesis Kiyinda-Mityana, que viene a España a formarse en Teología.

Al desgranar su presente y futuro, Timothy visualiza el camino que ha recorrido. Apenas al mes de nacer, perdió a su madre y con siete años a su padre, lo que hizo que tuviese que separarse de su hermano para ser criado por unos parientes en Maddu, aldea perteneciente a la diócesis de Kiyinda-Mityana.

Timothy, el seminarista huérfano creció con sus primos

«Crecer con mis tíos y mis cuatro primos que eran más o menos de mi misma edad, me ayudó mucho. Además, en el pueblo había un buen ambiente familiar y tenía muchos amigos con los que jugaba al fútbol e iba a la escuela Primaria. Mis tíos me han apoyado mucho con lo poco que tenían, me han dado mucho cariño y sacrificio. Nunca perdí el contacto con mi hermano», relata.

Para Timothy, el papel de la familia es muy importante porque allí es donde se enseñan los valores morales y sociales: el respeto a los demás, la responsabilidad y cuidado de las prácticas culturales y religiosas. «La familia es donde uno debe sentirse más amado, respetado y apoyado. En las familias, se enseñan y se aprenden las responsabilidades y las obligaciones de cada uno», explica.

seminarista uganda familia timothy

Ingresó en el seminario menor con trece años

Desde pequeño colaboraba en la parroquia como monaguillo, organizando el coro y trasladando los avisos del sacerdote a la comunidad.

«Después del examen nacional para terminar Primaria, con 13 años, el párroco me habló del seminario menor que buscaba chicos jóvenes y me preguntó si me gustaría ir: ¡estaba contentísimo!», afirma.

Superar el acceso era un paso, pero costear los estudios y el material, otro más difícil si cabe. El párroco expuso la situación en la celebración dominical y los vecinos se volcaron para ayudarle. Fue el comienzo de una andadura que prosiguió tras superar seis cursos y acceder al seminario mayor (Alokolum Major Seminary), en Gulu.

«La familia es donde uno debe sentirse más amado, respetado y apoyado. En las familias, se enseñan y se aprenden las responsabilidades».

Al desgranar su presente y su futuro, Timothy, visualiza el camino que ha recorrido. Apenas al mes de nacer, perdió a su madre y con siete años a su padre, lo que hizo que tuviese que separarse de su hermano para ser criado por unos parientes en Maddu, aldea perteneciente a la diócesis de Kiyinda-Mityana (Uganda).

«Crecer con mis tíos y mis cuatro primos que eran más o menos de mi misma edad, me ayudó mucho. Además, en el pueblo había un buen ambiente familiar y tenía muchos amigos con los que jugaba al fútbol e iba a la escuela primaria. Mis tíos me han apoyado mucho con lo poco que tenían, me han dado mucho cariño y sacrificio. Nunca perdí el contacto con mi hermano», relata.

Libertad y obediencia para estudiar

«Al terminar me ofrecieron una beca para estudiar Filología Francesa: me gustaba el Derecho y los idiomas…, pero yo ya tenía claro que quería ser sacerdote, quería seguir el camino que Dios había elegido para mí». Y así fue como continuó su formación con tres años de Filosofía, otro de pastoral en una parroquia y otro más de Teología en el seminario Kinyamasika. Allí se encontraba cuando le llamaron para venir a Pamplona.

«Cuando me dijeron que mi obispo, monseñor Joseph Antony Zziwa de la diócesis de Kiyinda-Mityana quería hablar conmigo, tuve un poco de preocupación. Pero luego los miedos se disiparon.  Me preguntó si quería ir a Pamplona a estudiar. Le dije que si había la oportunidad, estaba dispuesto. Lo hice con toda libertad y con obediencia».

Primer miembro de su diócesis en venir a España

Así es como Timothy Katende comenzó su aventura española convirtiéndose en el primer miembro de su diócesis que venía a España para formarse en Teología, ya que lo habitual es que viajen a Italia o a Estados Unidos.

Los miedos iniciales por adentrarse en una cultura desconocida y un idioma extraño, además de «la preocupación por la confianza del obispo y la responsabilidad de hacerlo bien», fueron superados por la ilusión.

Contar mi historia

«Nos encontramos muchos en la misma situación y así aprendemos y nos ayudamos los unos a los otros. Esta situación me ha hecho madurar», explica Timothy, quien espera valerse de su experiencia en el futuro.

Desde que llegó en julio de 2017 para aprender español, vive en el seminario internacional Bidasoa y este año estudia el 5º curso y finaliza el Ciclo I con el Grado de Teología en las Facultades Eclesiásticas de la Universidad de Navarra gracias a los benefactores y amigos de la Fundación CARF.

«Poner lo aprendido al servicio de mi diócesis es una forma de agradecer, tanto a los formadores que he tenido como a los benefactores que me permitieron formarme en Uganda inicialmente, como ahora en Pamplona. Les estoy muy agradecido a todos los que me apoyan en este camino».

Su diócesis, Kiyinda-Mityana se ubica en la región central de Uganda, en la provincia eclesiástica de Kampala. «Se trata de una diócesis rural. Muchos niños no tienen la oportunidad de ir a la escuela y a veces los que consiguen terminar la escuela Primaria no llegan lejos en sus estudios por problemas económicos», comenta.

Por eso tiene claro que cuando regrese quiere buscar «vocaciones contando mi testimonio y explicando que la responsabilidad tiene que ser de toda la parroquia: hay muchas familias dispuestas a ayudar a otros y la Iglesia necesita vocaciones».

Timothy explica que a la mayoría de las escuelas les faltan recursos necesarios, por ejemplo, acceso al agua, sillas o pizarras en las aulas, electricidad, etc. Incluso hay algunas escuelas sin techo.

En su diócesis, el 40 % de la población es católica, aunque la mayoría es cristiana protestante. Pero es mayoritariamente cristiana. Sin embargo, el islam va creciendo cada vez más: «ahora la población de los musulmanes va creciendo cada vez más».

La incertidumbre actual rodea también a su futura ordenación, pero Timothy sabe qué le gustaría hacer cuando finalice sus estudios: «Mi ilusión es volver a una parroquia en mi país y, aparte de las labores propias del sacerdote, me gustaría apoyar mucho las vocaciones. Más viendo mi caso, que he podido estudiar por los benefactores y he visto a muchos que no han podido seguir por falta de recursos».


Marta Santín, periodista especializada en religión.


Del genocidio a la esperanza: un sacerdote en Ruanda

Pasteur Uwubashye es sacerdote de la diócesis de Nyundo, en Ruanda. Su vocación está al servicio de la reconciliación y de la formación de otros sacerdotes. Nació en Kigeyo, en el distrito de Rutsiro, al oeste del país, y actualmente se encuentra en Roma, donde cursa el primer año de la Licenciatura en Filosofía en la Universidad Pontificia de la Santa Cruz, gracias a una ayuda de la Fundación CARF.

La historia de Pasteur comienza con una infancia marcada por la orfandad y por la figura decisiva de su abuelo, catequista durante décadas, que le enseñó a rezar en familia y a amar la Eucaristía. Es también la historia de una diócesis profundamente marcada por el genocidio de 1994, en el que fueron asesinados treinta sacerdotes y quedó gravemente herida la comunidad católica.

Pasteur tiene un objetivo claro: ayudar al pueblo ruandés a redescubrir el valor de cada persona humana, después de una violencia que negó ese valor de forma radical. Por eso insiste en que la formación que recibe no es solo para él, sino para los jóvenes con los que ha trabajado, para los sacerdotes de su diócesis y para un país que todavía busca la reconciliación y la paz.

«Mi nombre es Pasteur Uwubashye y soy sacerdote de la diócesis de Nyundo, en Ruanda. Nací el 4 de marzo de 1988 en el sector de Kigeyo, distrito de Rutsiro, en la provincia occidental.

Mis padres, Gérard Musugusugu y Pascasie Nabonibo, fallecieron cuando yo era todavía un niño».

Comunidad parroquial de la diócesis de Nyundo, en Ruanda, reunida tras una celebración junto a su sacerdote.
Fieles de una parroquia en Nyundo, Ruanda, junto a su sacerdote después de una celebración.

Un abuelo catequista que le enseñó a rezar

«Desde entonces fui criado por mi abuelo paterno, Gérard Mvunabandi, catequista durante cuarenta y cinco años en mi parroquia natal de Biruyi. Él marcó profundamente mi vida cristiana. A él le debo mi fe.

Desde muy pequeño me enseñó a rezar. Cada mañana y cada tarde rezábamos juntos en familia, y cada miembro tenía un día asignado para dirigir la oración. Así aprendí las oraciones de la mañana y de la noche, el Rosario, y también a ayudar a otros a rezar.

Mi abuelo me inculcó el amor por la Santa Misa. Sentía un gran respeto y afecto por los sacerdotes, que lo visitaban con frecuencia. Ese trato cercano despertó en mí un amor profundo por la Iglesia y el deseo de ser sacerdote. El día de mi ordenación fue una gran alegría para él. Falleció en marzo de 2023, a los 93 años».

Quince años de formación: en busca de su vocación de sacerdote

Tras cursar la Primaria y la Secundaria en el seminario menor san Pío X de Nyundo, Pasteur realizó los estudios eclesiásticos superiores y fue ordenado sacerdote el 13 de julio de 2019 por el obispo Anaclet Mwumvaneza, en su parroquia natal de Biruyi.

Fue destinado a la parroquia de Nyange como ecónomo parroquial, coordinador pastoral de niños y director del coro. En 2021 fue nombrado capellán diocesano para la pastoral juvenil de la zona de Kibuye, misión que desempeñó durante seis años.

«Doy gracias a Dios por los frutos de este ministerio, especialmente por el crecimiento del número de coros y por la implicación de niños y jóvenes en la vida de la Iglesia», explica. La diócesis de Nyundo se divide en dos zonas: Gisenyi, con una mayoría católica, y Kibuye, donde conviven distintas confesiones religiosas.

En esta última, Pasteur y otros sacerdotes trabajaron para acercarse a los jóvenes, reunirlos, ayudarles a amar la Iglesia, animarlos a rezar, a participar en actividades sanas y a apoyarse mutuamente en la fe.

Durante la pandemia de Covid, muchos jóvenes prestaron ayuda a los más vulnerables cuando el hambre amenazaba a numerosas familias. Esta solidaridad dejó una huella profunda en la comunidad y llevó a varios jóvenes de otras denominaciones a acercarse a la Iglesia católica.

El genocidio de 1994 y la elección de los estudios

Ruanda sigue marcada por las divisiones étnicas entre hutus y tutsis, que desembocaron en el genocidio de 1994 contra los tutsis. Este acontecimiento continúa influyendo en la vida social y espiritual del país.

Por esta razón, Pasteur eligió estudiar ética y antropología: «el pueblo ruandés sigue necesitando redescubrir el valor de la persona humana y el sentido de su existencia».

En su diócesis, Nyundo, el genocidio tuvo un impacto especialmente grave: además de miles de fieles asesinados, murieron unos treinta sacerdotes. La reconstrucción fue lenta y difícil.

Gracias al esfuerzo del obispo de entonces, se restauraron iglesias y presbiterios y se impulsaron las vocaciones. Hoy la diócesis cuenta con unos 120 sacerdotes al servicio de 30 parroquias.

Estudiantes y religiosas en un centro educativo católico de la diócesis de Nyundo, en Ruanda, junto a sacerdotes.
Alumnos, religiosas y sacerdotes en un centro educativo, donde la formación humana y cristiana es parte esencial de la misión pastoral.

Falta de formadores y necesidad de apoyo

Sin embargo, tras el genocidio muchos sacerdotes fueron destinados de forma prioritaria a parroquias necesitadas, lo que limitó la posibilidad de enviar a algunos a realizar estudios superiores. Esto redujo el número de formadores disponibles en los seminarios mayores y en otros servicios diocesanos que requieren preparación académica.

Actualmente, la diócesis cuenta con un número muy reducido de formadores estables. Por eso, existe un programa de formación continua para sacerdotes, destinado a compartir los conocimientos adquiridos por quienes han podido estudiar fuera.

El obispo sigue apostando por la formación sacerdotal, pero los recursos son limitados. En este contexto, el apoyo de instituciones como la Fundación CARF resulta fundamental.

Estudiar en Roma para servir mejor

Desde el 10 de septiembre de 2025, Pasteur se encuentra en Italia, en la Universidad Pontificia de la Santa Cruz. Vive esta etapa como una oportunidad que beneficiará no solo a él, sino a su diócesis y a su país.

Agradece a su obispo la confianza, a la universidad la acogida y a la Fundación CARF la ayuda recibida, un apoyo muy valioso para una diócesis que todavía arrastra las consecuencias del genocidio y necesita sacerdotes bien formados para servir mejor a su pueblo.


Gerardo Ferrara, licenciado en Historia y en Ciencias Políticas, especializado en Oriente Medio.
Responsable de alumnado Universidad de la Santa Cruz de Roma.


«Con Dios en el centro de mi vida, no perdía nada; ¡lo ganaba todo!»

Todos los sacerdotes de esta comunidad reciben el apoyo de la Fundación CARF para su formación en la Universidad Pontificia de la Santa Cruz. Esta formación está orientada al servicio a Dios y a la Iglesia. Fabio, en particular, está inscrito en el primer año del Bachillerato de Teología, después de haber completado los dos años del bienio filosófico.

Su historia comienza en un barrio de la periferia de Roma, en la parroquia san Raffaele. Fue allí donde recibió la formación para los sacramentos de la iniciación cristiana posteriores al Bautismo (Confesión, Comunión y Confirmación), y donde conoció a los Hijos de la Cruz, que prestaban servicio en la parroquia.

La amistad y el descubrimiento de una fe viva en la parroquia

Durante esos años participó en muchas iniciativas para jóvenes, formando parte también del grupo de adolescentes después de la Confirmación. Recuerda con alegría el servicio como animador en el centro de verano y las experiencias de comunión fraterna en los campamentos, tanto de verano como de invierno.

«Sinceramente, experimentaba un tipo de amistad gratuita que, comparándola con el mundo del fútbol –que practicaba desde niño–, no tenía comparación. Aunque aún no me daba cuenta del todo, el Señor ya me estaba llamando a involucrarme cada vez más con los sacerdotes y los amigos de la parroquia».

El alejamiento de Dios, la ilusión de las falsas amistades y el vacío

«Con el inicio de la escuela Secundaria decidí alejarme, deseoso de probar todas las experiencias que el mundo ofrecía, influenciado por el ambiente conflictivo del barrio y por una elección equivocada de estudios».

Nunca tuvo problemas académicos, pero se encontró en una escuela lejos de casa, sin conocer a nadie. Vivió aquellos años desorientado, con pobres resultados académicos y un comportamiento irrespetuoso propio de los chicos de la "periferia", excluyendo totalmente a Dios de su vida.

Fabio se daba cuenta de lo difícil que era encontrar verdaderos amigos, verdaderos compañeros de vida. «Me daba cuenta, sin embargo, de que las amistades profundas que creía tener eran en realidad relaciones de conveniencia, de usar y tirar, y poco a poco me di cuenta de que estaba solo y sin dirección. Incluso el fútbol, que me daba tantas satisfacciones y gratificaciones, al final me dejaba vacío».

Un encuentro providencial que me devolvió a la parroquia y a la verdadera amistad

El punto de inflexión llegó cuando, al final del segundo año de Secundaria, se encontró con uno de los sacerdotes de su parroquia en un autobús. De una manera muy sencilla le invitó al centro de verano del oratorio, y aceptó como una manera de escapar del aburrimiento.

Aquel centro de verano le marcó profundamente: comprendió que las amistades verdaderas que buscaba y no encontraba en el mundo estaban allí, en el oratorio. Desde esa experiencia se acercó inmediatamente a la parroquia y a todo lo que ofrecía.

«Me di cuenta de que la razón de esas amistades tan profundas no era la afinidad o la simpatía, sino que todos éramos educados para poner a Dios en el centro, transformando, guiados por los sacerdotes, nuestra amistad en una verdadera Comunión. Aprendí que, poniendo a Dios en el centro de mi vida, no perdía nada; al contrario, ¡lo ganaba todo! Experimenté la alegría y la verdad del Evangelio».

Los seminaristas: una alegría que despertó las preguntas vocacionales

En ese tiempo conoció también a los seminaristas de la comunidad, la Casa de María, que ayudaban en el centro de verano. Su testimonio de vida y su amistad fraterna, incluso con quienes veían por primera vez, como él, le marcó profundamente. Empezó a preguntarse sobre ellos, sobre su alegría y felicidad. Algo en Fabio se movía, pero aún no entendía claramente qué quería el Señor de él. Simplemente seguía y esperaba algún signo.

Sacerdotes al servicio de Dios y la Iglesia.

Medjugorje: de la duda y el escepticismo a una fe renovada y viva

Otro momento decisivo fue su peregrinación a Medjugorje con el grupo de jóvenes de la parroquia. Antes de ir, tenía muchas dudas, incluso sobre la acción del Espíritu Santo en ese lugar; se puede decir que era bastante escéptico. Recuerda que, durante el viaje, tuvieron un momento de oración y pidió expresamente a la Virgen que le quitara las muchas dudas que tenía y le ayudara a responder a las preguntas que le inquietaban, especialmente sobre su vocación.

«Al llegar, el primer día, en la introducción al lugar, escuchamos por primera vez una invitación a considerar seriamente qué quería el Señor de nuestra vida. Fue un primer impacto para mí».

Consagrar la propia vida a María: confiar en una Madre viva y presente

Podría contarnos muchos episodios de aquel peregrinaje, pero lo que más le marcó fue una fe renovada que la Virgen le regaló, especialmente rezando en el monte de las apariciones. Fue allí donde experimentó el amor materno de María como persona viva, y decidió poner su vida en sus manos.

«Después de esta experiencia, pedí poder acercarme seriamente al grupo de consagrados a la Inmaculada de nuestra comunidad, iniciando un camino de preparación con otros jóvenes, que culminó con mi consagración y la entrada al grupo de oración el 11 de agosto de 2023».

El día en que Dios habló: la llamada clara al sacerdocio durante la adoración

Mientras tanto, había iniciado la universidad, estudiando ingeniería civil. Aunque no había descartado la posibilidad del sacerdocio, no la había tomado seriamente en cuenta. Había en él una resistencia, un temor. Hasta que un día todo cambió. Era sábado, 22 de octubre de 2022, fiesta de san Juan Pablo II. Venía de un verano de dudas, sintiendo que había algo grande en juego, pero sin el coraje de preguntarle al Señor.

«Ese día, durante la adoración eucarística, sentí claramente la llamada al sacerdocio. Lo primero que hice fue llamar a don Stefano, el sacerdote que había sido clave en mi regreso a la parroquia. Le conté todo, que quería responder a esta llamada y convertirme también en un Hijo de la Cruz, como los sacerdotes de mi parroquia».

Un camino de formación, gratitud y descubrimiento en la Universidad de la Santa Cruz

Desde ese octubre de 2022 comenzó el camino de formación sacerdotal, que continúa aún hoy, e incluye los estudios en la Universidad Pontificia de la Santa Cruz. «Estoy profundamente agradecido, no solo por los estudios, sino por las personas excepcionales que he conocido: profesores, estudiantes, personal administrativo y tantos otros. Nunca había experimentado una comunión tan profunda entre los estudiantes y la universidad como en la Santa Cruz».

Dar gracias por los testigos que Dios ha puesto en mi camino

«Quiere concluir dando gracias al Señor por los muchos testigos que ha puesto en su vida: su familia, que nunca se opuso a su decisión de entrar en el seminario; los Hijos de la Cruz, que han sido para él un verdadero ejemplo de sacerdocio, consagración y amor a la Virgen; y los hermanos con quienes comparte este camino formativo, que fueron un ejemplo cuando era adolescente y lo siguen siendo hoy. «Realmente, con ellos y en ellos, descubro la acción y el amor del Señor».

Para tarminar, quiere dar un especial agradecimiento a los donantes de la Fundación CARF, gracias a los cuales este camino formativo es posible. «Espero poder devolver tanta generosidad con mi vida, mi oración y mi servicio a la Iglesia».


Gerardo Ferrara. Licenciado en Historia y en Ciencias Políticas, especializado en Oriente Medio.
Responsable de alumnado Universidad de la Santa Cruz de Roma.


Arthur Cesar: «sentí una paz que confirmaba que era Dios quien me llamaba»

Arthur, seminarista de 25 años de Brasil, vive una intensa experiencia de formación integral en su camino al sacerdocio. Gracias a la ayuda de los benefactores y amigos de la Fundación CARF, está cursando su tercer año del Bachillerato en Teología de la Universidad de Navarra, como parte esencial de su formación sacerdotal. Además, lleva año y medio viviendo en el seminario internacional Bidasoa. Su historia vocacional comenzó en la parroquia de su infancia y maduró hasta convertirse en una entrega total al sacerdocio.

Una vida marcada por la fe y el servicio desde niño

Creció en un hogar profundamente católico: sus padres y su abuela estaban implicados en la vida parroquial y fueron ellos quienes, con paciencia, le animaron a dar los primeros pasos en la Iglesia. Aunque al principio le costaba ir a celebraciones y actividades, la convivencia familiar le fue formando en la fe.

La música se convirtió en su primer puente con la comunidad. A los diez años empezó a aprender a tocar la guitarra y, entre los 12 y los 19, formó parte del coro parroquial. Aquella afición le ayudó a servir a la Iglesia: los fines de semana estudiaba y colaboraba en la parroquia, como la mayoría de los jóvenes de su entorno.

La influencia familiar

Arthur recuerda con emoción a su hermana menor, y da gracias por su fe. Ver cómo ella sirve a los demás con alegría, y siente también llamada, le llena de gratitud y esperanza.

La llamada al sacerdocio: dos momentos que lo cambiaron todo

Son dos los acontecimientos que, según cuenta, marcaron profundamente su vocación sacerdotal. El primero fue su Confirmación, a los 17 años. Aquel sacramento transformó su interior: comprendió por primera vez lo que significa pertenecer a Cristo y sintió la necesidad de anunciar la alegría de la fe. Con algunos amigos creó un grupo juvenil y se pusieron al servicio del párroco.

El segundo momento fue un retiro juvenil en junio de 2018. Entró convencido de que su futuro sería una carrera civil y una familia, pero el domingo salió decidido a ingresar en el seminario: «una experiencia interior profunda, un encuentro real en el que Dios habla al corazón y una paz inconfundible que me confirmaba que era Él quien llama».

Tras seis meses de acompañamiento parroquial y un año en el grupo vocacional de su archidiócesis, fue invitado a ingresar en el seminario São José en febrero de 2020. Desde entonces ha ido revisando su vida: más sacramentos (Confesión frecuente y Misa diaria), dirección espiritual y una entrega continuada a la formación de sacerdotes.

La experiencia del retiro

Describe el retiro como el punto de inflexión: no fue una intuición pasajera, sino una certeza apacible que le llamó a una entrega ministerial completa.

Evangelizar en contextos diversos: de Río a España

La archidiócesis de São Sebastião de Rio de Janeiro es inmensa y diversa: unos 4.700 km², más de 750 sacerdotes y cerca de 298 parroquias. Evangelizar allí implica a los que trabajan a enfrentarse a realidades muy distintas –desde zonas rurales hasta favelas o barrios acomodados– y a un desafío: buena parte de la población no es católica practicante.

Arthur destaca la labor del cardenal Orani João como promotor de unidad y de iniciativas que acercan la Iglesia a profesionales y educadores. Aun así, el secularismo afecta especialmente a los jóvenes: «el testimonio de tantos católicos comprometidos es como una farola que, poco a poco, alumbra más las calles de nuestra ciudad».

Rformación sacerdotal seminarista sacerdote Arthur brasil
Arthur Cesar, seminarista de la Archidiócesis de São Sebastião de Rio de Janeiro.

Para él, la evangelización en contextos secularizados pasa primero por el testimonio de vida: «Más que palabras, la vida transformada por Cristo convence. El mundo no necesita versiones diluidas de la Iglesia; necesita autenticidad: doctrina sólida, moral clara, culto digno y un lenguaje que entienda toda la gente».

El sacerdote de hoy

En su opinión, el sacerdote del siglo XXI debe perseverar en una vida recta y virtuosa. «El pueblo no busca organizadores de eventos, sino cercanía, sacramentos y formación. La primera llamada del sacerdote es a la santidad; ser un ejemplo y compañero en la búsqueda de Cristo», afirma.

Formándose en España, Arthur ha observado una devoción popular admirable en España. Por ejemplo, en los pasos de Semana Santa, aunque a veces vaciada de raíz espiritual: «me impresiona su belleza, pero es doloroso cuando la participación se queda en lo cultural y no sigue con la asistencia a la Misa del Domingo de Pascua».

Procedente de una archidiócesis viva y compleja, Arthur mira con esperanza la misión de la Iglesia: pide sacerdotes perseverantes y santos, dispuestos a entregar la vida para acercar cada corazón a Cristo. Su testimonio –apoyado por la formación en la Universidad de Navarra y por la ayuda de la Fundación CARF– es un ejemplo de fidelidad y servicio.


Marta Santín, periodista especializada en religión.


La vocación sacerdotal de Juan Sebastián

Juan Sebastián Miranda (1997) es un seminarista argentino de la diócesis de San Roque. Explica con emoción que su vocación es un «regalo inmerecido», una historia que Dios escribió a través de personas sencillas que, sin saberlo, le fueron guiando hacia Él.

Estudia el tercer año del Bachillerato en Teología en las Facultades Eclesiásticas de la Universidad de Navarra y es su segundo año residiendo en el seminario internacional Bidasoa, donde continúa con este camino que el Señor le ha trazado.

La vocación del hermano mayor

Juan es el mayor de seis hermanos. Sabe lo que es compartir y ceder. Creció en una familia católica, aunque durante muchos años no fueron practicantes.

«De un tiempo a esta parte, por pura gracia de Dios, he visto cómo mi familia ha comenzado a asistir nuevamente a la Misa dominical», expresa con ilusión.

Juan estaba estudiando la carrera de Educación Física. «Entre el ritmo frenético de la carrera también sentía la inquietud por la llamada al sacerdocio».

Juan Sebastián (a la derecha de la imagen), en una parroquia de San Roque.

Este seminarista recuerda el momento concreto que marcó un antes y un después en su vocación. «Era el último día de la novena a la Inmaculada Concepción, patrona de mi parroquia. Durante esos días, un predicador nos ofrecía una breve reflexión antes de la Santa Misa, y nos pedía llevar la Biblia.

Aquella tarde llegué desanimado, sin ninguna gana, y solo fui porque era animador del grupo de jóvenes. Me senté en el último banco, apartado, con la Biblia a un lado, escuchando de fondo la predicación sin prestarle demasiada atención», nos cuenta.

De pronto una voz interior le decía: “Abre Lc. 5,10”. Juan la ignoró pero volvió a repetirse: “Abre Lc. 5,10”. Otra vez la dejó pasar. A la tercera vez que escuchó esa voz que le insistía, no pudo dejar de abrir el Nuevo Testamento y leer el pasaje.

Lucas 5,10 es un versículo bíblico donde Jesús se dirige a Simón Pedro después de una pesca milagrosa y le dice: «No temas; desde ahora serás pescador de hombres». 

Juan Sebastián relata que en ese tiempo vivía con dudas sobre si el Señor le llamaba para ser sacerdote. Pero ese día, con esas palabras, todo se aclaró. Ese versículo lo iluminó todo. Sintió que Dios le confirmaba lo que quería de él. «Desde entonces, mi vida ha sido un intento, imperfecto, pero sincero, de responder a esa llamada y cumplir Su voluntad».

Juan Sebastian en el camino de su vocación como sacerdote

Ser el sacerdote que el mundo espera

En este camino hacia el sacerdocio tiene muy claro lo que el mundo actual necesita, y son presbíteros que se identifiquen profundamente con Cristo.

«La oración y la intimidad con Dios no pueden ser descuidadas. Solo un corazón enraizado en esa relación puede responder a las necesidades de la sociedad y guiarla por el camino de la esperanza», subraya Juan Sebastián.

Y así, este seminarista sigue caminando, con sus límites (como todos), pero con la certeza de que Dios está escribiendo su historia. «Cada día le pido que me ayude a ser fiel, para que en mi debilidad se manifieste su fuerza», añade.

Los desafíos de su diócesis en San Roque

Juan se está formando en España para regresar de nuevo a su diócesis en San Roque, una circunscripción muy extensa: cuenta con 24 parroquias, cada una con amplias zonas rurales y numerosas comunidades.

«Mi parroquia atiende a unos 25.000 habitantes, más diez comunidades rurales, y solo tiene un sacerdote». En total, la diócesis supera los 500.000 fieles, atendidos solo por 41 sacerdotes entre diocesanos, misioneros y religiosos.

Por esta razón, la formación del sacerdote es esencial, sobre todo para hacer frente además a otro desafío que está calando en su región: el crecimiento del protestantismo.

«Uno de nuestros grandes retos es llegar a lugares donde no pueden celebrar la Santa Misa diaria por la escasez de sacerdotes. Además, también es muy importante acompañar a los jóvenes que, en una sociedad marcada por el individualismo, buscan llenar su vacío existencial con las redes sociales y la necesidad constante de ser vistos, sin encontrar un sentido profundo a la vida», expresa con preocupación.

Juan Sebastián posa junto a algunos amigos después de celebrar la Santa Misa.

Evangelizar en una sociedad secularizada

Para Juan Sebastián, el individualismo imperante en la sociedad es un problema que necesita un cambio de paradigma. Y en este cambio es vital que el cristiano demuestre al mundo que no está llamado a vivir aislado, sino a salir al encuentro del otro.

«En una sociedad que se aleja de Dios y acomoda la verdad a su conveniencia –a veces por ignorancia–, el testimonio cercano y comunitario es más necesario que nunca», expresa.

En estos años de estancia en España, le ha llamado la atención que, por lo general, la gente es bastante religiosa, especialmente las personas mayores. Ha observado ese aprecio por las tradiciones, como las procesiones de Semana Santa.

seminario internacional bidasoa formación sacerdotes

La familia de Bidasoa

Juan se encuentra en Bidasoa, un seminario internacional situado en Pamplona. «Es un lugar donde se reúne una familia mundial, donde uno va conociendo otros hermanos que comparte la misma fe, la misma locura de querer servir al Señor desde la llamada al sacerdocio».

«Creo que sería hermoso que esa misma pasión por la Semana Santa se viviera también en la Eucaristía, en la Confesión y en los sacramentos. En mi país no tenemos esa misma expresión cultural, así que para mí ha sido algo nuevo y enriquecedor», concluye Juan Sebastián, con la esperanza de volver a Argentina con fuerza y entusiasmo.


Marta Santín, periodista especializada en religión.


Preguntas y respuestas sobre sacerdotes

¿Cuáles son las cuatro vocaciones de la Iglesia católica?

La vocación es única de todos a la santidad. Sin embargo, se distinguen:

Matrimonio: vocación sagrada en la que un hombre y una mujer se comprometen a vivir juntos en un vínculo indisoluble, abierto a la vida y a la educación de los hijos, buscando su santificación mutua y la de su familia.

Sacerdocio: llamada a hombres para servir a la Iglesia como ministros ordenados (obispos, presbíteros y diáconos). Los sacerdotes se dedican a la proclamación del Evangelio, la administración de los sacramentos y la pastoral de la comunidad.

Vida consagrada: una llamada a hombres y mujeres a consagrar su vida a Dios a través de los votos de pobreza, castidad y obediencia, viviendo en comunidad. Esto incluye a monjas, monjes, frailes, hermanos y hermanas de diversas órdenes y congregaciones religiosas.

Vida célibe: La vocación de las personas que, sin unirse a una orden religiosa o casarse, se dedican a servir a Dios y a la Iglesia a través de su trabajo profesional, su servicio a los demás y su vida de oración, buscando la santidad en su estado de vida particular.

¿Cuál es la vocación de un sacerdote?

Según una catequesis del papa Francisco «el sacramento del Orden comprende tres grados: el episcopado, el presbiterado y el diaconado.

El que recibe este sacramento ejerce la misión confiada por Jesús a sus Apóstoles y prolonga en el tiempo su presencia y su acción como único y verdadero Maestro y Pastor. ¿Qué significa esto concretamente en las vidas de aquellos que son ordenados? Quienes son ordenados son puestos a la cabeza de la comunidad como servidores, como lo hizo y lo enseñó Jesús.

El sacramento les ayuda también a amar apasionadamente a la Iglesia, dedicando todo su ser y su amor a la comunidad, que no han de considerarla de su propiedad, sino del Señor.

Por último, han de procurar reavivar el don recibido en el sacramento, concedido por la Oración y la imposición de manos. Cuando no se alimenta el ministerio ordenado con la oración, la escucha de la Palabra, la celebración cotidiana de la Eucaristía y la recepción frecuente del sacramento de la Penitencia se termina perdiendo el sentido auténtico del propio servicio y la alegría que deriva de una profunda comunión con el Señor».

¿Cuántos años tiene que estudiar un seminarista para ser sacerdote?

El tiempo de formación de un seminarista para convertirse en sacerdote es un proceso largo y riguroso que, en general, dura entre 6 y 8 años, dependiendo del seminario y de la diócesis. Este período no solo se centra en el estudio académico, sino en una formación integral que abarca varias dimensiones: humana, espiritual, intelectual y pastoral.

¿Qué cualidades debe tener un sacerdote?

Lo mejor es que responda un sacerdote recién ordenado: «Pienso que lo mejor es que el sacerdote sea una persona normal. Me refiero al carácter y a la mentalidad. Además, la misión que tenemos nos pide ser personas con mirada sobrenatural, con una fuerte vida de relación con Dios. Y a la vez, muy humanas, cercanas, para relacionarse con todo tipo de personas que tienen necesidad de en un contacto más intenso con Dios. Me gustaría ser un sacerdote piadoso, alegre, optimista, generoso, disponible para todas las personas y todas las necesidades. Me parece que son aspectos que la gente valora especialmente del Papa Francisco».

Elías, una vocación de sacerdote para Tanzania

Elías Emmanuel Mniko tiene 22 años y una mirada que transmite paz y convicción. Nació en la región de Mwanza, al norte de Tanzania, a orillas del lago Victoria. Creció en un hogar lleno de armonía y fe, donde su padre Emmanuel y su madre Miluga educaron con amor a sus cuatro hijos.

Una vocación que el Señor puso en su corazón

Desde la Secundaria, comenzó a sentir un deseo profundo: ser sacerdote. No sabía explicarlo del todo, pero algo en su interior se encendía cada vez que veía a los curas del colegio: entregados, serenos y cercanos. Le fascinaban los seminaristas con sus sotanas blancas, elegantes y discretas. «Era un deseo que el Señor puso en mi corazón», dice ahora con sencillez.

Aunque no ingresó en el seminario menor, Elías no se desanimó. Pasó un año de formación en la casa vocacional san Juan Pablo II, en su diócesis natal. Allí, en el silencio de la oración y en la alegría del servicio, fue madurando su vocación. Comprendió que, en Tanzania, ser sacerdote no es solo una opción de vida: es una necesidad urgente.

La comunidad crece y hay pocos presbíteros

La diócesis de Mwanza, a la que pertenece Elías, se enfrenta a grandes desafíos. Aunque los católicos representan cerca del 30 % de la población –unos 1,2 millones de personas–, los sacerdotes son escasos y las comunidades crecen rápidamente. En muchas aldeas, la Misa se celebra solo una vez al mes, y hay fieles que caminan más de 10 kilómetros para poder asistir. Las vocaciones sacerdotales son una bendición deseada con esperanza y fe por todo el pueblo.

A pesar de todo, la Iglesia en Mwanza está viva. Los fieles son entusiastas, los jóvenes se sienten orgullosos de su fe, y la diócesis impulsa, con gran esfuerzo, proyectos educativos y sanitarios. Muchas escuelas y hospitales son gestionados por la Iglesia. Allí, en medio de la sencillez y, a veces, de la precariedad, se siembra esperanza cada día.

«Estoy viviendo una experiencia maravillosa»

Actualmente, Elías reside en el seminario internacional Bidasoa, en Pamplona. Ha terminado su primer año de Filosofía y su rostro refleja asombro y gratitud. «Estoy viviendo una experiencia maravillosa y fraterna», comenta. Le emociona compartir la vida diaria con seminaristas de todos los continentes, aprender de los formadores y conocer otras culturas.

Elías Mniko vestido con sotana de sacertoda en un pueblo de Tanzania durante su formación

«Europa me está enseñando muchas cosas –dice–. Los europeos son muy cariñosos. Pero también creo que vosotros, los europeos, podéis aprender de nosotros, los africanos, la importancia de la vida familiar».

La vida del sacerdote exige sacrificios

Elías habla con calma, pero cada palabra suya está cargada de fuego interior. Sabe que la vida sacerdotal exige sacrificios. Sabe que, cuando regrese a Tanzania, le esperará una misión exigente: cuidar de muchas almas, acompañar comunidades dispersas, consolar a los que sufren y ser la presencia viva de Cristo en medio de su pueblo.

A veces piensa en su familia, en su tierra, en los cantos alegres de la Misa y en el maíz molido que acompaña casi todas las comidas. También rememora a sus amigos, a los catequistas de su parroquia y al obispo que lo animó a no tener miedo de decir sí a Dios.

La vida en el seminario internacional Bidasoa le parece un regalo. Tiene momentos de oración, estudio, deporte, servicio y también de fiesta. «Aquí aprendemos a ser hermanos», explica. Aunque al principio le costó adaptarse –el frío de Navarra, el idioma, la comida–, hoy se siente en casa. Su español mejora día a día y, cuando sonríe, lo hace con esa calidez propia de África.

«Los jóvenes de Tanzania tienen mucha esperanza»

Elías no es ingenuo. Conoce los problemas de la Iglesia, tanto en Europa como en África. En su país, además de la escasez de sacerdotes, existen desafíos sociales: la pobreza, la falta de acceso a la educación en zonas rurales y el riesgo de sincretismos religiosos. Pero también sabe que hay un fuego que no se apaga. «Los jóvenes en Tanzania tienen mucha esperanza. Saben que son el futuro de la Iglesia. Por eso quieren formarse bien, servir con alegría y dar la vida si es necesario».

Mwanza, su diócesis, ha visto nacer vocaciones como la suya. El seminario mayor local no da abasto para formar a todos los candidatos, por lo que la diócesis envía a algunos, como Elías, a centros de formación fuera del país. Es una inversión valiente, con la esperanza de que estos jóvenes vuelvan a dar fruto.

Volver a su país para servir

Elías mira al futuro sin miedo. «Quiero volver a mi país y servir a mi gente. Quiero ser un pastor bueno, como Jesús. Y, si puedo, ayudar también a que otros jóvenes escuchen la voz de Dios». Lo dice con una paz que conmueve, porque no hay nada más fuerte que un corazón entregado.

Su historia, como la de muchos seminaristas africanos, es un canto de esperanza para toda la Iglesia. En un mundo donde a veces parece que la fe se apaga, voces como la suya nos recuerdan que el Evangelio sigue vivo, sembrando en tierras fértiles como Tanzania.


Marta Santín, periodista especializada en información religiosa.