La Cuaresma y el perdón de Dios

La Cuaresma es el tiempo litúrgico en el que la Iglesia invita a los cristianos a detenerse, mirar su vida ante Dios y volver a Él con un corazón renovado. Durante cuarenta días se nos propone un camino de conversión marcado por la oración, la penitencia y la caridad. No se trata solo de un cambio exterior, sino de una llamada profunda a reconocer nuestra fragilidad y abrirnos nuevamente a la misericordia de Dios.

«Te compadeces de todos, Señor, y no odias nada de lo que has hecho; cierras los ojos a los pecados de los hombres para que se arrepientan y los perdonas, porque Tú eres nuestro Dios y Señor» (Miércoles de Ceniza, antífona de entrada).

En ese día, durante la celebración de la Santa Misa, o en una ceremonia aparte, los fieles que lo deseen, se acercan al altar para que el sacerdote les imponga la ceniza, a la vez que dice: «Acordaos de que sois polvo, y en polvo os convertiréis»; o, «Convertíos y creed el Evangelio».

Estas dos frases no tienen un sentido contradictorio. Se complementan, y si sabemos unirlas, nos dan el sentido profundo de lo que la Iglesia quiere que vivamos en este tiempo litúrgico: una nueva Conversión en nuestro vivir cristiano.

¿Con qué disposición hemos de comenzar a vivir estos días? Josemaría Escrivá, en Es Cristo que pasa, n. 57, nos recuerda: «hemos entrado en el tiempo de Cuaresma: tiempo de penitencia, de purificación, de conversión. No es tarea fácil. El cristianismo no es camino cómodo: no basta estar en la Iglesia y dejar que pasen los años. En la vida nuestra, en la vida de los cristianos, la conversión primera –ese momento único, que cada uno recuerda, en el que se advierte claramente todo lo que el Señor nos pide– es importante; pero más importantes aún, y más difíciles, son las sucesivas conversiones.

Y para facilitar la labor de la gracia divina con estas conversiones sucesivas, hace falta mantener el alma joven, invocar al Señor, saber oír, haber descubierto lo que va mal, pedir perdón» (...).

¿Cuál es la mejor manera de comenzar la Cuaresma?

Renovamos la fe, la esperanza, la caridad. Esta es la fuente del espíritu de penitencia, del deseo de purificación. La Cuaresma no es sólo una ocasión para intensificar nuestras prácticas externas de mortificación: si pensásemos que es sólo eso, se nos escaparía su hondo sentido en la vida cristiana, porque esos actos externos son –repito– fruto de la fe, de la esperanza y del amor.

Para que vivamos esa buena disposición de convertirnos, necesitamos preparar nuestro espíritu para escuchar con atención, y llevar después a la práctica, las luces que el Señor quiere darnos en estos días de Cuaresma. Esa disposición la podemos resumir en tres palabras: perdonar y pedir perdón.

Cuaresma perdón, tiempo para rezar a Dios

Al bendecir la ceniza el sacerdote puede decir esta oración «Oh Dios, que no quieres la muerte del pecador, sino su arrepentimiento, escucha con bondad nuestras súplicas y dígnate bendecir esta ceniza que vamos a imponer sobre nuestra cabeza; y porque sabemos que somos polvo y al polvo hemos de volver, concédenos, por medio de las prácticas cuaresmales, el perdón de los pecados, así podremos alcanzar, a imagen de tu Hijo resucitado, la vida nueva de tu Reino».

Todo comienza por pedir al Señor, humildemente, perdón por nuestros pecados, por nuestras faltas de amor a Él y de amor al prójimo. «Si al llevar tu ofrenda al altar recuerdas que tu hermano tiene algo contra ti, deja allí tu ofrenda delante del altar; vete primero a reconciliarte con tu hermano, y vuelve después para presentar tu ofrenda» (Mt. 5, 23-24)

Esa petición de perdón, y pensar en la alegría de Cristo al perdonarnos nuestros pecados, moverá nuestra alma a perdonar de todo corazón las ofensas, las injusticias, los malos tratos, las injurias, los abandonos, que hayamos podido recibir, y a no permitir que ni la menor semilla de odio, de rencor, de venganza, anide en nuestro corazón.

Perdonar como nos perdona Cristo. Así tendremos la humildad de espíritu tan necesaria para vivir nuestra vida en unión con Cristo, y siguiendo sus pasos, que nos lo ha señalado con estas palabras: «Aprended de Mí que soy manso y humilde de corazón». Y pidiendo perdón al Señor en el sacramento de la Reconciliación, la Confesión, como León XIV se lo ha recordado a los sacerdotes de Madrid:

«Por eso, queridos hijos, celebrad los sacramentos con dignidad y fe, siendo conscientes de que lo que en ellos se produce es la verdadera fuerza que edifica la Iglesia y que son el fin último al que se ordena todo nuestro ministerio. Pero no olvidéis que vosotros no sois la fuente, sino el cauce, y que también necesitáis beber de esa agua. Por eso, no dejéis de confesaros, de volver siempre a la misericordia que anunciáis».

Mensajes de Cuaresma

En muchos mensajes de Cuaresma, los Papas nos recuerdan las tres obras clásicas recomendadas por santos y doctores espirituales para vivir bien la Cuaresma: «oración, ayuno, limosna».

«La Cuaresma es un tiempo propicio para intensificar la vida del espíritu a través de los medios santos que la Iglesia nos ofrece: el ayuno, la oración y la limosna. En la base de todo está la Palabra de Dios, que en este tiempo nos invita a escuchar y a meditar con mayor frecuencia». (Francisco, Mensaje de Cuaresma, 2017).

Perdonando y pidiendo perdón, nuestra oración llegará al cielo; nuestro ayuno nos llevará a no buscarnos a nosotros mismo en nuestras acciones, y a querer dar gloria a Dios en todo lo que realizamos; y nuestra limosna, será acompañar a los necesitados, animar a los pecadores para que se arrepientan.

Nuestra oración es una honda manifestación de Fe que brota desde el fondo de nuestra alma. Fe que nos lleva a tener una confianza plena en Cristo, a unirnos con Él en su Vida, a conocerle mejor, y así, tendremos la alegría de calmar su sed. Y abre nuestro corazón para que amemos al Señor con todas nuestras fuerzas, y con lo mejor de nosotros mismos.

Nuestro ayuno nos lleva a desprendernos de nosotros mismos, a buscar solamente la gloria de Dios en todas nuestras acciones, a no pensar siempre en nosotros mismos y no a darnos vueltas con preocupaciones o recuerdos inútiles. Ayunar de nosotros y de nuestros intereses, elevará nuestro corazón, nuestra alma para tener hambre de amar a Cristo, de vivir con Él, y alimentarnos de verdad de su Palabra, y decirle con san Pedro: «Tú tienes palabras de vida eterna» (Jn. 6, 68). Y nosotros renovaremos nuestra Esperanza en el Señor, que nos abre el horizonte de la Vida Eterna.

En su Mensaje de Cuaresma, León XIV nos sugiere vivir una abstinencia que puede hacernos un gran bien a nuestro espíritu:

«Por eso, me gustaría invitarles a una forma de abstinencia muy concreta y a menudo poco apreciada, es decir, la de abstenerse de utilizar palabras que afectan y lastiman a nuestro prójimo. Empecemos a desarmar el lenguaje, renunciando a las palabras hirientes, al juicio inmediato, a hablar mal de quienes están ausentes y no pueden defenderse, a las calumnias.

Esforcémonos, en cambio, por aprender a medir las palabras y a cultivar la amabilidad: en la familia, entre amigos, en el lugar de trabajo, en las redes sociales, en los debates políticos, en los medios de comunicación y en las comunidades cristianas. Entonces, muchas palabras de odio darán paso a palabras de esperanza y paz».  

Nuestra limosna nos llevará a ser generosos en servir a los demás y seguir así los pasos de Cristo que nos ha dicho «El Hijo del hombre no ha venido a ser servido sino a servir; y a dar su vida en redención de muchos» (Mt. 20, 28). Tenemos muchas personas a nuestro alrededor que además de necesitar en algunos casos una ayuda material, necesitan nuestro afecto, nuestra comprensión, nuestra compañía. Y nuestra Caridad purificará nuestro espíritu, adorando a Jesús en el Santísimo Sacramento del Altar: la más honda limosna de amor que ofrecemos a Dios. 

Viviendo la oración, el ayuno y la limosna, estamos acompañando a Cristo en las tentaciones en el desierto, con nuestra Fe, con nuestra Esperanza y con nuestra Caridad.

Con nuestra Fe uniéndonos a su respuesta al diablo en la primera tentación: «No sólo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que procede de la boca de Dios» (Mt. 4, 4). Fe que nos ayuda a descubrir su corazón amoroso en todas las dificultades –en todas las piedras que podamos encontrar en nuestro camino– y llevar con Él, nuestra cruz de cada día. Él es, será siempre nuestro Pan.

Con el ayuno de nosotros mismos, y alimentándonos de su Pan, reviviremos nuestra Esperanza en la Encarnación de Nuestro Señor Jesucristo, y no tentaremos a Dios pidiéndole que haga cosas extraordinarias para deslumbrarnos, y forzarnos, de alguna manera, a seguirle, como pretendió el diablo en la segunda tentación. Uniremos nuestras penas, sacrificios y sufrimientos en la vida y en el trabajo cotidiano, a los que Él vive en su afán de redimirnos del pecado.

Y lo haremos sin llamar la atención, en el silencio de nuestra alma, en el secreto de nuestro corazón, como Él nos lo recordó: «Cuando ayudéis no os finjáis tristes como los hipócritas, que desfiguran su rostro para que los hombres noten que ayunan» (Mt 6, 16).

Con la limosna de amor, la Caridad, le daremos a Él todo nuestro corazón, a Él solo adoraremos, a Él solo serviremos, cuando salgamos al encuentro de las necesidades materiales y espirituales de las personas con las que convivimos, de las personas de nuestras familias, de nuestros amigos, y de los que el Señor quiera que nos encontremos en nuestra caminar. ¡Son tantos los que nos esperan al borde del camino de nuestra vida, como aquel hombre maltratado por los bandidos esperó el paso del buen samaritano!

Cuaresma: el pecado y el perdón de Dios

En acompañar a Cristo en estos días de Cuaresma, estamos viviendo con Él su triunfo sobre las tres concupiscencias que nos van a tentar hasta que terminemos nuestro caminar en la tierra: el demonio, el mundo y la carne, y nos preparamos para gozar con Él el triunfo de su Resurrección, en la que, además de esas tres tentaciones, quedan vencidas la muerte y el pecado. La luz de la Resurrección de Cristo deja ciego al diablo en nuestra alma. Abrimos los ojos del cuerpo y del espíritu al horizonte de la Vida Eterna.

En el Evangelio de cuarto domingo de Cuaresma se narra el encuentro del Señor con un hombre ciego de nacimiento. Jesucristo hace el milagro de devolverle la vista, y nos recuerda que Él es la luz del mundo: «Mientras estoy en el mundo, soy la luz del mundo».

Llenos de la luz del Señor, de sus enseñanzas, de sus mandamientos, no nos dejaremos engañar de esas palabras del diablo en la tercera tentación: «te daré todo el mundo, todo lo que estás viendo, si me adoras». No venderemos nuestra alma al diablo, y no caeremos tampoco en la seducción de las perspectivas puramente materiales y de triunfo propio que nos puede ofrecer este mundo, y que anhelan llenar nuestro orgullo y nuestra soberbia: nuestra carne, nuestro egoísmo.

Adoraremos solo al Señor

¿Cómo podemos vencer esas tentaciones, seguir los mandamientos y vivir con Cristo, que purifica nuestro corazón, y hacer así de nuestra vida, una verdadera vida “escondida con Cristo en Dios”? El salmo 94, 8, nos lo indica: «No endurezcáis vuestro corazón; escuchad la voz del Señor».

El Señor nos habla con su vida, y con sus palabras recogidas en los Evangelios, y nos muestra también el camino para que podamos vivir escondidos con Él en Dios –«Yo soy el Camino, la Verdad, la Vida»–: instituye la Eucaristía, y nos invita a alimentarnos con su Cuerpo y su Sangre.

Al recibir con fe y amor a Cristo en la Eucaristía, y viviendo con Él la Santa Misa, nuestra vida de Fe, de Esperanza y de Caridad, se asienta hondamente en nuestra alma. ¿Cómo y por qué? Porque hacemos un acto de Fe en la divinidad y humanidad de Cristo; en sus palabras, en su Resurrección y en la Vida Eterna. Cristo celebra la Misa, a Cristo comemos, y Él es la Vida Eterna.

Al recibirle, después de ofrecer con Él, y movidos por el Espíritu Santo, su vida a Dios Padre, vivimos la Esperanza del Cielo: “Quien come mi Carne y bebe mi Sangre, tiene vida eterna”; La Iglesia nos recuerda que la Eucaristía es “prenda de vida eterna”.

Y viviendo con Cristo aprendemos a amar a nuestros hermanos, a todos los hombres, como Él los ama. El poder vivir la Misa “con Cristo, en Cristo y por Cristo” es ya un adelanto de vivir del Amor que Dios nos tiene; y recibir a Cristo entregado a nosotros en la Eucaristía, es recibir en nuestro cuerpo y en nuestra alma, el Amor más grande que Cristo nos ofrece en la tierra: la donación total de todo su Ser, para nuestra salvación.

Siguiendo este caminar, y renovando nuestra Fe, nuestra Esperanza, y nuestra Caridad, al contemplar la Pasión y Muerte de Cristo, que vivimos el Viernes Santo, y en los misterios dolorosos del Santo Rosario, viviremos también en el Espíritu Santo y con la Santísima Virgen, el gozo de la Resurrección.



Ernesto Juliá, (ernesto.julia@gmail.com) | Publicado anteriormente en Religión Confidencial.


Preguntas frecuentes

– ¿Cuál es el significado de la Cuaresma?

La Cuaresma son 40 días antes de la Pascua, un tiempo especial para prepararnos para la fiesta más importante del cristianismo: la Resurrección de Jesús. Este periodo de reflexión y cambio empezó a ser reconocido por la Iglesia desde el siglo IV, como un momento para renovarnos, practicar la penitencia y acercarnos más a Dios.<br><br>En el Catecismo de la Iglesia Católica (540) se nos dice que "la Iglesia se une todos los años, durante los cuarenta días de la Gran Cuaresma, al Misterio de Jesús en el desierto". Así como Jesús pasó 40 días en el desierto para prepararse para su misión, nosotros usamos estos días para purificar nuestro corazón, reforzar nuestra vida cristiana y vivir con una actitud penitencial. Es un tiempo para volver a lo esencial, reflexionar sobre nuestra vida y fortalecer nuestra relación con Dios.

– ¿Por qué celebra la Iglesia la Cuaresma?

La Iglesia nos invita a vivir la Cuaresma como un tiempo de retiro espiritual, un espacio para hacer una pausa y reflexionar. Es un momento para fortalecer nuestra relación con Dios a través de la oración y la meditación, pero también para hacer un esfuerzo personal, como una especie de "desintoxicación espiritual", en la que dejamos de lado lo que nos aleja de Él.

Este esfuerzo de mortificación (como el ayuno o la limosna) es algo que cada uno decide de acuerdo a lo que puede dar, pero siempre con generosidad. La Cuaresma no es solo un sacrificio, sino una oportunidad para crecer y prepararnos para la gran fiesta de la Pascua: la Resurrección de Jesús. Es el momento para una conversión profunda, para renovar nuestro corazón y estar más preparados para vivir el Domingo de la Resurrección con alegría y paz.

– ¿Cuándo empieza y cuándo termina el tiempo de Cuaresma?

La Cuaresma empieza el Miércoles de Ceniza y termina justo antes de la Misa de Jueves Santo, la Misa de la Cena del Señor. Es un tiempo para prepararnos, de manera más intensa, para vivir la Pascua.

– ¿Cuál es el sentido de practicar el ayuno y la abstinencia?

El ayuno y la abstinencia son formas que nos propone la Iglesia para crecer en el espíritu de penitencia. Pero, más allá de los actos externos, lo importante es la conversión interior. No se trata solo de lo que hacemos por fuera, sino de cambiar nuestra actitud y acercarnos más a Dios con el corazón. Si no hay un cambio interior, el ayuno pierde su sentido.<br><br>Además del ayuno de la comida, el ayuno se puede vivir de forma más amplia. A veces, ayunar significa dejar de lado cosas buenas, como redes sociales, series, música o incluso algunas comodidades, como sacrificio para centrarnos más en Dios.

Pero el ayuno también implica luchar contra aquellos hábitos o actitudes que nos alejan de Él. Puede ser un "ayuno" del mal humor, de mirarnos demasiado en el espejo, o de las prisas al rezar. Se trata de hacer esfuerzos conscientes por mejorar en los aspectos de nuestra vida que no nos ayudan a acercarnos a Dios.

¿Cuáles son las partes clave de un testamento solidario?

Cuando pensamos en redactar un testamento, lo primero que viene a la mente suele ser la familia, los bienes, la seguridad de dejar todo en orden. Pero un testamento solidario es mucho más que un documento legal: es también una oportunidad de dejar huella más allá de nuestra vida, de dar continuidad a nuestros valores y de sembrar futuro.

En la Fundación CARF creemos que el testamento solidario es un puente entre la vida que hemos vivido y el impacto que queremos dejar. Cada persona que incluye un legado a la Fundación CARF en su testamento contribuye a algo trascendental: la formación integral de seminaristas y sacerdotes diocesanos de todo el mundo que mañana dirigirán parroquias, celebrarán la Eucaristía y llevarán esperanza a quienes más lo necesitan.

Ahora bien, para tomar esta decisión con serenidad es fundamental entender cómo funciona un testamento en España y cuáles son las partes que lo componen. Conocer bien estas figuras jurídicas te permitirá elegir la mejor fórmula para tus seres queridos y, si lo deseas, para apoyar también una causa que trascienda en el tiempo como la de la Fundación CARF.

Figuras clave a la hora de hacer un testamento solidario

Testador: quien da forma a su legado

El testador es la persona que otorga el testamento, es decir, quien manifiesta su voluntad sobre cómo deben repartirse sus bienes, derechos y obligaciones después de su fallecimiento. Según el Código Civil español (arts. 662 y ss.), sólo puede otorgar testamento quien tenga plena capacidad jurídica y actúe con libertad.

La ley protege siempre a los herederos forzosos mediante la llamada legítima, pero deja un tercio de libre disposición que el testador puede destinar a quien desee, incluidas instituciones con fines trascendentes y solidarios como la Fundación CARF. Es en este espacio donde cobra pleno sentido un testamento o el legado solidario.

Alumnos UNAV formulario de contacto de la Fundación CARF
Un grupo de seminaristas de Bidasoa en la Universidad de Navarra.

Heredero universal: quien ocupa tu lugar jurídico

El heredero universal es la persona –o institución– que recibe la totalidad de tu herencia, con sus bienes, derechos y también obligaciones. La ley española lo define como aquel que sucede “a título universal” (arts. 657 y 661 del Código Civil). Esto significa que el heredero pasa a ocupar, jurídicamente, tu lugar: recibe tu patrimonio, pero también responde de las posibles deudas que existan.

Un heredero puede ser único o compartirse entre varios (coherederos). Si no especificas nada, tus herederos forzosos (descendientes, ascendientes o cónyuges, según los casos) heredarán por ley. Pero si decides dejar constancia de tu voluntad, puedes otorgar un testamento abierto ante notario y establecer quién ocupará ese lugar central.

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Coherederos: cuando compartes la herencia

Si deseas repartir tu herencia entre varias personas o instituciones, entonces hablamos de coherederos. Cada uno de ellos recibe una parte del conjunto de bienes, en la proporción que hayas decidido. Todos comparten tanto los derechos como las obligaciones derivadas de la herencia, y será necesaria una partición para adjudicar los bienes de forma concreta.

Aquí cobra importancia la figura del contador-partidor, que puede ser designado en el testamento para evitar conflictos y agilizar el reparto. De esta manera, aunque haya varios coherederos con distintos intereses, un profesional o persona de confianza podrá ordenar la división de manera equitativa y conforme a tu voluntad.

Legatarios: un bien concreto para una persona concreta

La figura del legatario es distinta de la del heredero. Mientras que el heredero recibe todo el patrimonio (o una parte proporcional de él), el legatario recibe un bien concreto, un derecho específico o una cantidad de dinero determinada. La ley lo define como quien sucede “a título particular” (art. 881 del Código Civil).

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Una característica fundamental es que el legatario no responde de las deudas de la herencia; recibe únicamente lo que le ha sido dejado. Eso sí, necesita que el heredero o el albacea le entreguen el bien legado, salvo que el testador haya previsto lo contrario. 

Esta figura resulta especialmente interesante cuando quieres apoyar una causa solidaria sin afectar al resto del patrimonio familiar. Es, de hecho, la vía más habitual para incluir a la Fundación CARF en un testamento.

Albacea y contador-partidor: quienes velan por tu voluntad

El testamento permite también nombrar a personas de confianza que se aseguren de que tus disposiciones se cumplan. El albacea es la persona encargada de ejecutar tu voluntad, ya sea de forma general o para aspectos concretos (arts. 892–911 del Código Civil). Puedes nombrar a uno o varios, y establecer el tiempo durante el cual ejercerán su cargo.

Por su parte, el contador-partidor se ocupa de repartir la herencia entre los herederos y legatarios conforme a lo que hayas dispuesto. Su papel es clave cuando existen varios coherederos y diferentes bienes a dividir. Incluso, si no lo has nombrado, la ley permite que un notario o un letrado de la Administración de Justicia designe un contador-partidor dativo para evitar bloqueos (art. 1057 del Código Civil).

Gracias a estas figuras, tu testamento no solo expresa tu voluntad, sino que también garantiza que se ejecute con eficacia, evitando discusiones y asegurando la paz familiar.

Seminaristas atienden en clase de Teología en las Facultades Eclesiásticas de la Universidad de Navarra
Seminaristas atienden en clase de Teología en las Facultades Eclesiásticas de la Universidad de Navarra.

El valor de un legado solidario

Más allá de las figuras jurídicas, lo esencial de un testamento es que refleja quién eres y qué huella quieres dejar cuando ya no estés. Al incluir a la Fundación CARF como legataria, transformas un acto jurídico en un acto permanente y trascendente de compromiso, de fe y de esperanza en el futuro de la Iglesia de todo el planeta.

Cómo se concreta tu legado en la Fundación CARF

La totalidad de tu legado se destinará íntegramente a la formación integral de seminaristas y sacerdotes diocesanos, y de religiosos y religiosas, de todo el mundo para que cuando regresen a sus países sigan formando a otros y haciendo mucho bien en sus diócesis.

Al ser la Fundación CARF una fundación sin ánimo de lucro, los legados están exentos del Impuesto de Sucesiones y Donaciones. Esto significa que cada euro, inmueble u objeto donado se convierte en ayudas al estudio, manutención, formación integral y sostenimiento de vocaciones que acompañarán a millones de personas.

Tu generosidad se traduce en parroquias más vivas, mayor riqueza formativa de cada fiel, en unos sacramentos que se puedan administrar allí donde más se necesitan, y en unas comunidades que encuentran en los sacerdotes la presencia viva de Cristo.

Es, en definitiva, una forma de que tu vida siga dando fruto cuando ya no estés, de convertir tu generosidad en un legado solidario que refuerce el futuro de la Iglesia.



La basílica de san Pedro cumple 400 años

Situada en el corazón de la Ciudad del Vaticano, y construida por Bramante, Miguel Ángel y Bernini, la basílica de san Pedro es el centro de la cristiandad y una de las obras cumbre del Renacimiento. La Santa Sede ha presentado recientemente varios actos para conmemorar el 400 aniversario de su dedicación.

La basílica de san Pedro es una obra de arte y de fe de la que nadie duda. Su construcción, que abarcó más de un siglo (1506-1626), representa la transición y culminación de los estilos Renacentista y Barroco.

En 1626 se consagraba oficialmente la gran basílica levantada sobre la tumba del apóstol Pedro. Cuatro siglos después, en 2026, la basílica de san Pedro celebra su 400 cumpleaños como uno de los edificios más influyentes de la historia de la arquitectura occidental.

De Bramante a Bernini: legado de la arquitectura moderna

La actual basílica sustituyó a la antigua iglesia constantiniana del siglo IV. El proyecto arrancó oficialmente en 1506 por iniciativa del papa Julio II, que encargó el diseño a Donato Bramante.

A lo largo de más de un siglo de obras, el edificio pasó por las manos de arquitectos decisivos: Miguel Ángel, que redefinió la cúpula y dio al conjunto su monumentalidad definitiva; Carlo Maderno, responsable de la fachada actual y de la ampliación longitudinal que convirtió el templo en una cruz latina; y Gian Lorenzo Bernini, autor del imponente baldaquino de bronce bajo la cúpula y del diseño de la plaza elíptica que abraza a los peregrinos.

Una historia que se puede recorrer online

La consagración tuvo lugar el 18 de noviembre de 1626. Desde entonces, San Pedro ha sido escenario de coronaciones papales, grandes celebraciones públicas, funerales históricos y momentos clave de la historia contemporánea.

En este aniversario, redescubre la historia de San Pedro a través de recursos digitales ya disponibles:

Un museo vivo: de arte, espacio y experiencias

La basílica es un compendio de arte europeo entre los siglos XVI y XVII. La cúpula de Miguel Ángel –de 136 metros de altura– se convirtió en modelo para incontables iglesias posteriores. El baldaquino de Bernini introdujo un lenguaje barroco que dialoga con la escala colosal del edificio. Las capillas laterales albergan esculturas, mosaicos y monumentos funerarios que recorren cinco siglos de historia.

Dibujo realizado por H. W. Brewer en 1891 del estado de la basílica entre 1483-1506.

Con motivo del aniversario, el programa presentado en febrero de 2026 incluye una exposición dedicada a las fases de diseño y construcción del templo, desde los primeros bocetos de Bramante hasta su culminación en el siglo XVII. El objetivo es mostrar el proceso creativo detrás de una obra que, más que un edificio, fue un experimento arquitectónico continuo durante más de cien años.

Además, el 20 de febrero se incorporó un nuevo Vía Crucis del artista suizo Manuel Dürr, integrando creación contemporánea en un espacio histórico, algo que ha sucedido periódicamente a lo largo de los siglos.

Qué es el proyecto Más allá de lo visible

La basílica recibió más de 30 millones de peregrinos en 2025, una cifra récord debida al Jubileo de la Esperanza. El aniversario ha sido la ocasión para reforzar la gestión de flujos mediante un sistema de reservas integrado en la web oficial.

Asimismo, una aplicación móvil ofrecerá traducción simultánea de liturgias, cantos y lecturas en 60 idiomas, facilitando una experiencia más inmersiva y ordenada. También se abrirán nuevas áreas del complejo, como las cúpulas gregoriana y clementina, y la terraza que recorre los tres ábsides.

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Uno de los proyectos más llamativos del 400 aniversario es Más allá de lo visible, una maqueta digital integral del complejo monumental. Se trata de un proyecto tecnológico y de conservación impulsado por la Fabbrica di San Pietro y ENI, en colaboración con Microsoft.

Durante 18 meses de trabajo y más de 4.500 horas de levantamiento de datos, se han escaneado digitalmente los 80.000 metros cuadrados de la basílica.

400 años después

Pocas construcciones pueden afirmar que han modelado durante cuatro siglos la identidad visual de una ciudad y, al mismo tiempo, la historia del arte occidental. La basílica de san Pedro no es únicamente el centro simbólico del Vaticano; es una síntesis de fe, arquitectura, escultura, ingeniería y urbanismo.

San Pedro cumple 400 años no como reliquia, sino como edificio vivo: un espacio donde historia, arte y tecnología continúan dialogando bajo la misma cúpula que Miguel Ángel imaginó hace más de cinco siglos.

Qué es la Cátedra de san Pedro

Cada 22 de febrero, la Iglesia católica celebra la festividad de la Cátedra de san Pedro, una ocasión especial que resalta el papel del Papa como sucesor de san Pedro y su misión de guiar a los fieles en la fe y en la unidad como predica León XIV desde el inicio de su pontificado.

Este día que nos interpela a mirar con más amor al Papa que ejerce su humilde liderazgo en tiempos que algunos califican de difíciles; nos impulsa a caminar fortes in fide.

La celebración de la Cátedra de san Pedro se convierte cada año en una oportunidad para unirnos en oración y fortalecer nuestra fe. La Cátedra simboliza la enseñanza y la guía que el Papa ofrece a la Iglesia y a todos los fieles.

La Cathedra Sancti Petri Apostoli está considerada por la tradición como la silla episcopal de san Pedro. Se trata de un antiguo trono de madera -símbolo del primado y del magisterio del Papa- adornado con placas de marfil en las que están representados los trabajos de Hércules, y con frisos, también de marfil, de la época carolingia (s. IX).

Para dignificarla más aún, el arquitecto Gian Lorenzo Bernini realizó un grandioso monumento de bronce dorado que fue terminado en 1666, tras diez años de trabajos difíciles y costosos, sobre todo por lo que se refiere a la fusión de las estatuas y de los elementos de bronce, que alcanzan las 74 toneladas de peso. Sobre el trono que contiene la reliquia, dos ángeles sostienen las insignias papales: las llaves y la tiara. El conjunto alcanza una altura de 14,74 metros.

Dónde está la tumba de san Pedro

La tumba original del apóstol San Pedro se encuentra exactamente debajo del altar mayor de la Basílica de san Pedro. No se puede contemplar a simple vista, sino que se sitúa en un nivel subterráneo profundo, que se puede visitar de forma muy restringida, conocido como la Necrópolis Vaticana, y que está por debajo del nivel de las grutas vaticanas (el lugar donde están enterrados la mayoría de los papas).

Bajo el altar mayor actual, los arqueólogos, durante los años 60 del siglo pasado, encontraron un pequeño edículo (santuario) que data del siglo II y que fue construido frente a un muro pintado de rojo. En él había un grafiti en griego antiguo que decía Petros eni (Pedro está aquí).

En un nicho secreto, dentro de ese muro rojo, se encontraron huesos pertenecientes a un hombre robusto de unos 60 a 70 años. Los huesos tenían mucha tierra pegada y se encontraban envueltos en una tela púrpura bordada con hilos de oro (lo que supone una muestra de gran respeto). Tras años de estudios forenses, en 1968, el papa san Pablo VI anunció oficialmente que esos restos se podían considerar de modo convincente como los auténticos del apóstol san Pedro.

El acceso a los Scavi Vatican está muy restringido (solo se permite el acceso de unos 250 visitantes al día) para proteger el microclima y condiciones de las ruinas. Para reservar la visita debe solicitarse con meses de antelación enviando un formulario o correo electrónico al Ufficio Scavi (Oficina de Excavaciones de la Fábrica de San Pedro).

Como detalles más operativos, el recorrido dura aproximadamente unos 90 minutos. Se trata de un espacio cerrado, algo caluroso y húmedo no apto para personas con claustrofobia. Tampoco se permite la entrada a menores de 15 años ni hacer fotografías.

Las grutas vaticanas

Justo bajo el suelo de la actual basílica de san Pedro, se encuentran las grutas vaticanas. Para orientarse, físicamente, ocupan un nivel intermedio entre la actual catedral y las viejas ruinas de la necrópolis.

A modo de resumen, el suelo de las grutas vaticanas es el suelo original de la basílica que el emperador Constantino mandó construir en el siglo IV.

La extensa cripta de las grutas vaticanas sirve como cementerio papal. Allí se encuentran las tumbas y las capillas de más de 90 papas (incluyendo al beato Juan Pablo I, Pío XII, san Pablo VI, entre otros), así como de algunos reyes, reinas y nobles que destacaron por su apoyo a la Iglesia Católica (como la reina Cristina de Suecia). La tumba de san Juan Pablo II estuvo inicialmente allí hasta que fue trasladada tras ser beatificado para facilitar a los files su visita y oraciones. En la actualidad se encuentra a la izquierda de La Piedad de Miguel Ángel.



La paz desarmante y la fidelidad

Entre las enseñanzas del papa León XIV de las últimas semanas, en la estela del Jubileo de la Esperanza, nos centramos en su Mensaje para la 59ª Jornada Mundial de la paz, que marca el comienzo del año 2026, y su carta apostólica “Una fidelidad que genera futuro”, con motivo del 60º aniversario de los decretos conciliares Optatam totius Presbyterorum ordinis.

La revolución de una paz desarmante

El mensaje de León XIV para la Jornada mundial de la paz (1-I-2026) se titula: «La paz esté con todos ustedes: hacia una paz ‘desarmada y desarmante’». Se trata de un eco, directo y ampliado, de las primeras palabras que pronunció al salir al balcón de la basílica de san Pedro en el Vaticano (8-V-2025).

La paz que trae Cristo resucitado –observa en la introducción– no es un mero deseo, sino que «realiza un cambio definitivo en quien la recibe y, de ese modo, en toda la realidad» (cf. Ef 2, 14). La misión cristiana, que comporta la paz con su aspecto luminoso respecto a las tinieblas y oscuridades de los conflictos, sigue adelante. Con el anuncio de los sucesores de los apóstoles y el impulso de tantos discípulos de Cristo, es “la más silenciosa revolución”.

La paz que trae Cristo resucitado –observa en la introducción– no es un mero deseo, sino que «realiza un cambio definitivo en quien la recibe y, de ese modo, en toda la realidad» (cfr. Ef 2, 14). La misión cristiana, que comporta la paz con su aspecto luminoso respecto a las tinieblas y oscuridades de los conflictos, sigue adelante. Con el anuncio de los sucesores de los apóstoles y el impulso de tantos discípulos de Cristo, es «la más silenciosa revolución».

paz desarmante papa león XIV  fidelidad

Cristo trae “una paz desarmada” porque, frente a los conflictos y a la violencia, Él trae un camino distinto. “Envaina tu espada”, le dice a Pedro (Jn 18, 11; cfr. Mt 26, 52). 

«La paz de Jesús resucitado es desarmada –afirma el Papa–, porque desarmada fue su lucha, dentro de circunstancias históricas, políticas y sociales precisas. Los cristianos, juntos, deben hacerse proféticamente testigos de esta novedad, recordando las tragedias de las que tantas veces se han hecho cómplices». 

Una “lucha” desarmada

Jesús propone, en cambio, el camino –el protocolo, lo llamaba el papa Francisco– de la misericordia (cfr. Mt 25, 31-46). 

Paradójicamente, hoy, «en la relación entre ciudadanos y gobernantes se llega a considerar una culpa el hecho de que no se nos prepare lo suficiente para la guerra, para reaccionar a los ataques, para responder a las agresiones». 

Pero esto es como la punta del iceberg de un problema más profundo y extendido a nivel mundial: la extendida lógica justificativa del miedo y del dominio. «En efecto, la fuerza disuasiva del poder y, en particular, de la disuasión nuclear, encarnan la irracionalidad de una relación entre pueblos basada no en el derecho, la justicia y la confianza, sino en el miedo y en el dominio de la fuerza». 

Que la ética prevalezca sobre los intereses económicos

No se trata, dice León XIV, de negar los peligros que se ciernen sobre nosotros a causa del dominio de otros. Se trata, primero, del coste del rearme, con los intereses económicos y financieros que comporta. Y, en segundo lugar, y más al fondo, de un gran problema cultural que afecta a las políticas educativas. Se deja así de lado el camino de la escucha, del encuentro y del diálogo, como aconsejó el Concilio Vaticano II (cfr. Gaudium et spes, 80).

De ahí que se vuelva necesario, de un lado, «denunciar las enormes concentraciones de intereses económicos y financieros privados que van empujando a los estados en esta dirección». Y, al mismo tiempo, fomentar «el despertar de las conciencias y del pensamiento crítico» (cfr. Fratelli tutti, 4).  

El Papa pide que unamos esfuerzos «para contribuir recíprocamente a una paz desarmante, una paz que nace de la apertura y de la humildad evangélica». Y todo ello, atención, no solo como respuesta ética, sino también con atención a la fe cristiana, que promueve la unidad. 

Promover la confianza recíproca

De entrada, en la perspectiva cristiana la bondad es desarmante. Quizás por eso Dios se hizo niño. Dios quiso asumir nuestra fragilidad; mientras que nosotros, como señalaba el Papa Francisco, «tendemos con frecuencia a negar los límites y a evadir a las personas frágiles y heridas, que tienen el poder de cuestionar la dirección que hemos tomado, como individuos y como comunidad» (Francisco, Carta al director del “Corriere della Sera”, 14-III-2025). 

En su carta magna del pensamiento cristiano sobre la paz (la encíclica Pacem in terris, de 1963), san Juan XXIII introdujo la propuesta de un «desarme integral», sobre la base de «una renovación del corazón y de la inteligencia». Para ello, confirma ahora León XIV, la lógica del miedo y de la guerra debe sustituirse por la confianza recíproca entre los pueblos y naciones; sin ceder a la tendencia a «transformar incluso los pensamientos y las palabras en armas». 

Las religiones, plantea el papa León XIV, deben ayudar a dar este paso y no al contrario: sustituir la fe por el combate político hasta –denuncia de modo clarividente– «bendecir el nacionalismo y justificar religiosamente la violencia y la lucha armada».

Por eso, y se dirige ante todo a los creyentes, propone: «junto con la acción, es cada vez más necesario cultivar la oración, la espiritualidad, el diálogo ecuménico e interreligioso como vías de paz y lenguajes del encuentro entre tradiciones y culturas»

Y esto tiene una traducción educativa: que cada comunidad cristiana se convierta en una casa de paz y una escuela de la paz, «donde aprendamos a desactivar la hostilidad mediante el diálogo, donde se practique la justicia y se preserve el perdón; hoy más que nunca, en efecto, es necesario mostrar que la paz no es una utopía, mediante una creatividad pastoral atenta y generativa».

Claramente, añade el sucesor de Pedro, esto corresponde de modo especial a los políticos: «Es el camino desarmante de la diplomacia, de la mediación, del derecho internacional, tristemente desmentido por las cada vez más frecuentes violaciones de acuerdos alcanzados con gran esfuerzo, en un contexto que requeriría no la deslegitimación, sino más bien el reforzamiento de las instituciones supranacionales».

Desarmar el corazón, la mente y la vida

En continuidad con sus predecesores, León XIV denuncia el afán de dominar y de avanzar sin límites, a base de sembrar la desesperanza y suscitar la desconfianza, incluso disfrazada detrás de la defensa de algunos valores.

«A esta estrategia –propone como fruto del Jubileo de la Esperanza– hay que oponer el desarrollo de sociedades civiles conscientes, de formas de asociacionismo responsable, de experiencias de participación no violenta, de prácticas de justicia reparadora a pequeña y gran escala». Todo ello, basado tanto en razones antropológicas como teológicas, en el horizonte de la fraternidad humana (cfr. León XIII, Rerum novarum, 35).

Esto, concluye el Papa, requiere, ante todo para los creyentes, «redescubrirse peregrinos y comenzar en sí mismos ese desarme del corazón, de la mente y de la vida al que Dios no tardará en responder –con el don de la paz– cumpliendo sus promesas» (cfr. Is 2, 4-5). 

Fidelidad sacerdotal fecunda

La carta apostólica Una fidelidad que genera futuro, firmada por León XIV el 8 de diciembre de 2025, fue publicada a finales de diciembre.

El título contiene ya la propuesta dirigida a los sacerdotes y especificada al comienzo: «Perseverar en la misión apostólica nos ofrece la posibilidad de interrogarnos sobre el futuro del ministerio y de ayudar a otros a percibir la alegría de la vocación presbiteral» (n. 1). La “fidelidad fecunda” es un don que se entiende y se recibe en el marco de la Iglesia y su misión. Al mismo tiempo, el ministerio sacerdotal tiene un papel importante en la anhelada renovación de la Iglesia (cfr. Optatam totius, Proemio). 

De ahí la invitación de León XIV a releer los decretos conciliares Optatam totius y Presbyterorum ordinis, donde se deseaba reafirmar la identidad sacerdotal y, a la vez, abrir el ministerio a nuevas perspectivas de profundización doctrinal. Una relectura que debe ser iluminada por el hecho de que, tras el Concilio, «la Iglesia ha sido conducida por el Espíritu Santo a desarrollar la doctrina del Concilio sobre su naturaleza comunional según la forma sinodal y misionera» (n. 4). 

Mantener vivo el don de Dios y cuidar la fraternidad

Ante fenómenos dolorosos, como los abusos o los abandonos del ministerio por parte de algunos sacerdotes, el Papa subraya la necesidad de una respuesta generosa al don recibido (cfr. 2 Tm 1, 6). La base debe ser el “seguimiento de Cristo, con el apoyo de la formación integral y continua. En esta formación destaca, desde la etapa del seminario, el aspecto “afectivo”(aprender a amar como Jesús), la madurez humana y la solidez espiritual.

«Comunión, sinodalidad y misión no pueden realizarse, en efecto, si en el corazón de los sacerdotes la tentación de la autorreferencialidad no cede el paso a la lógica de la escucha y del servicio» (n. 13). Así serán eficaces en su “servicio” a Dios y al pueblo encomendado.

Dentro de la fraternidad fundamental que surge en los cristianos a raíz del Bautismo, hay en los sacerdotes, por el sacramento del orden, un vínculo fraternal particular, que es don y tarea. Así lo expresa el Concilio: «Cada uno está unido con los demás miembros de este presbiterio por vínculos especiales de caridad apostólica, de ministerio y de fraternidad» (Presbyterorum ordinis 8). 

Dice el Papa que esto significa, en primer lugar, por parte de cada uno, «superar la tentación del individualismo» (n. 15) y una llamada a la fraternidad, cuyas raíces están en la unidad en torno al obispo. Institucionalmente hay que promover la equiparación económica, la previsión para la enfermedad y la vejez, el cuidado recíproco, y también «formas posibles de vida en común», que favorezcan el cultivo de la vida espiritual e intelectual, evitando los posibles peligros de la soledad (cfr. Presbyterorum ordinis 8). 

Sacerdocio y sinodalidad para la misión

Anima a los sacerdotes a participar en los procesos sinodales en marcha, remitiendo al Documento final del sínodo sobre la sinodalidad: «parece fundamental que, en todas las Iglesias particulares, se emprendan iniciativas adecuadas para que los presbíteros puedan familiarizarse con las directrices de este Documento y experimentar la fecundidad de un estilo sinodal de Iglesia» (n. 21 de la carta).

En cuanto a los sacerdotes, esto debe manifestarse en su espíritu de servicio y cercanía, acogida y escucha. Han de rechazar un liderazgo exclusivo, escogiendo en cambio el camino de la colegialidad y de la cooperación con los demás ministros ordenados y todo el Pueblo de Dios. Es necesario –señala– evitar la identificación entre la potestad sacramental y el poder, lo que llevaría a poner al sacerdote por encima de los demás (cfr. Evangelii gaudium, 104). 

Por lo que respecta a la misión: “La identidad de los presbíteros se constituye en torno a su ‘ser para’ y es inseparable de su misión” (n. 23 de la carta). 

El Papa pone en guardia a los sacerdotes frente a dos tentaciones: el activismo (dar prioridad a lo que se hace sobre lo que se es) y el quietismo (vinculado a la pereza y al derrotismo). Señala la caridad pastoral como principio unificador de la vida sacerdotal (cfr. Pastores dabo vobis, 23). Así «cada sacerdote puede encontrar el equilibrio en la vida cotidiana y saber discernir lo que es beneficioso y lo que es proprium del ministerio, según las indicaciones de la Iglesia» (n. 24). 

También de este modo podrá encontrar la armonía entre contemplación y acción, y la sabiduría de desaparecer cuando y como convenga, en medio de una cultura que exalta la exposición mediática. Podrá promover la unidad con Dios y la fraternidad y el compromiso de las personas en el servicio de las actividades culturales, sociales y políticas, tal como propone el Documento final del sínodo (cfr. nn. 20, 50, 59 y 117).

Con referencia al futuro y ante la escasez de las vocaciones, León XIV propone la oración y la revisión de la praxis pastoral, de modo que se renueven tanto el cuidado de las vocaciones existentes como la llamada en los contextos juvenil y familiar.


Don Ramiro Pellitero Iglesias, profesor de Teología pastoral en la Facultad de Teología de la Universidad de Navarra.

Publicado en Iglesia y nueva evangelización y en Omnes.


León XIV a la asamblea presbiteral: «Dios es testigo de vuestra entrega silenciosa»

Queridos hijos:

Me alegra poder dirigiros esta carta con ocasión de vuestra asamblea presbiteral y hacerlo desde un sincero deseo de fraternidad y unidad. Agradezco a vuestro arzobispo y, de corazón, a cada uno de vosotros la disponibilidad para reuniros como presbiterio, no sólo para tratar asuntos comunes, sino para sosteneros mutuamente en la misión que compartís.

Asamblea presbiteral, una reflexión serena y honesta

Valoro el compromiso con el que vivís y ejercitáis vuestro sacerdocio en parroquias, servicios y realidades muy diversas; sé que muchas veces este ministerio se desarrolla en medio del cansancio, de situaciones complejas y de una entrega silenciosa de la que sólo Dios es testigo. Precisamente por eso deseo que estas palabras os alcancen como un gesto de cercanía y de aliento, y que este encuentro favorezca un clima de escucha sincera, de comunión verdadera y de apertura confiada a la acción del Espíritu Santo, que no deja de obrar en vuestra vida y en vuestra misión.

El tiempo que vive la Iglesia nos invita a detenernos juntos en una reflexión serena y honesta. No tanto para quedarnos en diagnósticos inmediatos o en la gestión de urgencias, sino para aprender a leer con hondura el momento que nos toca vivir, reconociendo, a la luz de la fe, los desafíos y también las posibilidades que el Señor abre ante nosotros. En este camino se vuelve cada vez más necesario educar la mirada y ejercitarnos en el discernimiento, de modo que podamos percibir con mayor claridad lo que Dios ya está obrando, muchas veces de forma silenciosa y discreta, en medio de nosotros y de nuestras comunidades.

Esta lectura del presente no puede prescindir del marco cultural y social en el que hoy se vive y se expresa la fe. En muchos ambientes constatamos procesos avanzados de secularización, una creciente polarización en el discurso público y la tendencia a reducir la complejidad de la persona humana, interpretándola desde ideologías o categorías parciales e insuficientes. En este marco, la fe corre el riesgo de ser instrumentalizada, banalizada o relegada al ámbito de lo irrelevante, mientras se afianzan formas de convivencia que prescinden de toda referencia trascendente.

Los jóvenes se abren a una nueva inquietud

A ello se suma un cambio cultural profundo que no puede ignorarse: la progresiva desaparición de referencias comunes. Durante mucho tiempo, la semilla cristiana encontró una tierra en buena medida preparada, porque el lenguaje moral, las grandes preguntas sobre el sentido de la vida y ciertas nociones fundamentales eran, al menos en parte, compartidos.

asamblea presbiteral sacerdote iglesia madrid

Hoy ese sustrato común se ha debilitado notablemente. Muchos de los presupuestos conceptuales que durante siglos facilitaron la transmisión del mensaje cristiano han dejado de ser evidentes y, en no pocos casos, incluso comprensibles. El Evangelio no se encuentra sólo con la indiferencia, sino con un horizonte cultural distinto, en el que las palabras ya no significan lo mismo y donde el primer anuncio no puede darse por supuesto.

Sin embargo, esta descripción no agota lo que realmente está sucediendo. Estoy convencido –y sé que muchos de vosotros lo percibís en el ejercicio cotidiano de vuestro ministerio– de que en el corazón de no pocas personas, especialmente de los jóvenes, se abre hoy una inquietud nueva. La absolutización del bienestar no ha traído la felicidad esperada; una libertad desvinculada de la verdad no ha generado la plenitud prometida; y el progreso material, por sí solo, no ha logrado colmar el deseo profundo del corazón humano.

Los sacerdotes que necesita Madrid y la Iglesia entera

En efecto, las propuestas dominantes, junto con determinadas lecturas hermenéuticas y filosóficas con las que se ha querido interpretar el destino del hombre, lejos de ofrecer una respuesta suficiente, han dejado con frecuencia una mayor sensación de hartazgo y vacío. Precisamente por ello, constatamos que muchas personas comienzan a abrirse a una búsqueda más honesta y auténtica, una búsqueda que, acompañada con paciencia y respeto, las está conduciendo de nuevo al encuentro con Cristo.

Esto nos recuerda que para el sacerdote no es momento de repliegue ni de resignación, sino de presencia fiel y de disponibilidad generosa. Todo ello nace del reconocimiento de que la iniciativa es siempre del Señor, que ya está obrando y nos precede con su gracia.

Se va perfilando así qué tipo de sacerdotes necesita Madrid –y la Iglesia entera– en este tiempo. Ciertamente no hombres definidos por la multiplicación de tareas o por la presión de los resultados, sino varones configurados con Cristo, capaces de sostener su ministerio desde una relación viva con Él, nutrida por la Eucaristía y expresada en una caridad pastoral marcada por el don sincero de sí.

No se trata de inventar modelos nuevos ni de redefinir la identidad que hemos recibido, sino de volver a proponer, con renovada intensidad, el sacerdocio en su núcleo más auténtico –ser alter Christus–, dejando que sea Él quien configure nuestra vida, unifique nuestro corazón y dé forma a un ministerio vivido desde la intimidad con Dios, la entrega fiel a la Iglesia y el servicio concreto a las personas que nos han sido confiadas.

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León XIV y la fraternidad sacerdotal

Queridos hijos, permitidme que hoy os hable del sacerdocio sirviéndome de una imagen que conocéis bien: vuestra catedral. No para describir un edificio, sino para aprender de él. Porque las catedrales –como cualquier lugar sagrado– existen, como el sacerdocio, para conducir al encuentro con Dios y la reconciliación con nuestros hermanos, y sus elementos encierran una lección para nuestra vida y ministerio.

Cómo debe ser la figura del sacerdote

Al contemplar su fachada aprendemos ya algo esencial. Es lo primero que se ve, y, sin embargo, no lo dice todo: indica, sugiere, invita. Así también el sacerdote no vive para exhibirse, pero tampoco para esconderse. Su vida está llamada a ser visible, coherente y reconocible, aun cuando no siempre sea comprendida. La fachada no existe para sí misma: conduce al interior. Del mismo modo, el sacerdote no es nunca fin en sí mismo. Toda su vida está llamada a remitir a Dios y a acompañar el paso hacia el Misterio, sin usurpar su lugar.

Estando en el mundo pero sin ser del mundo

Al llegar al umbral comprendemos que no conviene que todo entre en el interior, pues es espacio sagrado. El umbral marca un paso, una separación necesaria. Antes de entrar, algo queda fuera. También el sacerdocio se vive así: estando en el mundo, pero sin ser del mundo (cf. Jn 17,14). En este cruce se sitúan el celibato, la pobreza y la obediencia; no como negación de la vida, sino como la forma concreta que permite al sacerdote pertenecer enteramente a Dios sin dejar de caminar entre los hombres.

Un hogar común

La catedral es también un hogar común, donde todos tienen lugar. Así está llamada a ser la Iglesia, especialmente para con sus sacerdotes: una casa que acoge, que protege y que no abandona. Y así ha de vivirse la fraternidad presbiteral; como la experiencia concreta de saberse en casa, responsables unos de otros, atentos a la vida del hermano y dispuestos a sostenernos mutuamente. Hijos míos, nadie debería sentirse expuesto o solo en el ejercicio del ministerio: ¡resistid juntos al individualismo que empobrece el corazón y debilita la misión!

La Iglesia, roca firme

Al recorrer el templo, advertimos que todo descansa sobre las columnas que sostienen el conjunto. La Iglesia ha visto en ellas la imagen de los Apóstoles (cf. Ef 2,20). Tampoco la vida sacerdotal se sostiene por sí misma, sino en el testimonio apostólico recibido y transmitido en la Tradición viva de la Iglesia, y custodiado por el Magisterio (cf. 1 Co 11,2; 2 Tm 1,13-14). Cuando el sacerdote permanece anclado en este fundamento, evita edificar sobre la arena de interpretaciones parciales o acentos circunstanciales, y se apoya en la roca firme que lo precede y lo supera (cf. Mt 7,24-27).

Antes de llegar al presbiterio, la catedral nos muestra lugares discretos pero fundamentales: en la pila bautismal nace el Pueblo de Dios; en el confesionario es continuamente regenerado. En los sacramentos, la gracia se revela como la fuerza más real y eficaz del ministerio sacerdotal.

Por eso, queridos hijos, celebrad los sacramentos con dignidad y fe, siendo conscientes de que lo que en ellos se produce es la verdadera fuerza que edifica la Iglesia y que son el fin último al que se ordena todo nuestro ministerio. Pero no olvidéis que vosotros no sois la fuente, sino el cauce, y que también necesitáis beber de esa agua. Por eso, no dejéis de confesaros, de volver siempre a la misericordia que anunciáis.

Distintos carismas, mismo centro

Junto al espacio central se abren capillas diversas. Cada una tiene su historia, su advocación. A pesar de ser distintas en arte y composición, todas comparten una misma orientación; ninguna está girada hacia sí misma, ninguna rompe la armonía del conjunto. Así sucede también en la Iglesia con los distintos carismas y espiritualidades mediante los cuales el Señor enriquece y sostiene vuestra vocación. Cada uno recibe una forma particular de expresar la fe y de nutrir la interioridad, pero todos permanecen orientados hacia el mismo centro.

Miremos el centro de todo, hijos míos: aquí se revela qué da sentido a lo que hacéis cada día y de dónde brota vuestro ministerio. En el altar, por vuestras manos, se actualiza el sacrificio de Cristo en la más alta acción confiada a manos humanas; en el sagrario, permanece Aquel que habéis ofrecido, confiado de nuevo a vuestro cuidado. Sed adoradores, hombres de profunda oración y enseñad a vuestro pueblo a hacer lo mismo.

Sed todo suyo

Al término de este recorrido, para ser los sacerdotes que la Iglesia necesita hoy, os dejo el mismo consejo de vuestro santo compatriota, san Juan de Ávila: «Sed vosotros todo suyo» (Sermón 57). ¡Sed santos! Os encomiendo a Santa María de la Almudena y, con el corazón lleno de gratitud, os imparto la Bendición Apostólica, que extiendo a cuantos están confiados a vuestro cuidado pastoral.

Vaticano, 28 de enero de 2026. Memoria de santo Tomás de Aquino, presbítero y doctor de la Iglesia.

LEÓN PP. XIV



Impresiones de anochecer: silencio interior y encuentro con Dios

En nuestro caminar, llegamos al anochecer, a la noche. Desde pequeño me he sentido empujado –alentado, quizá sería mejor– a pasear con el día ya anochecido; y andar, solitario y en silencio, en medio de la oscuridad no interrumpida por el alumbrado urbano. Impregnado en la noche, se vive de otro modo el latir de la tierra, el fulgor de las estrellas, el aroma de toda la creación.

Anochecer, silencio y contemplación poética

¡Y que gozo, abandonarnos a la noche sin nostalgia, adentrarnos en ella, casi de puntillas, y solicitarle que nos haga partícipes de su misterio! Gozo que quizá un día vislumbró Rainer Maria Rilke al escribir estos versos en sus Poemas a la noche:

«Y de pronto comprendí que andas conmigo y juegas, / oh tú, crecida noche, y te miré asombrado... / ...tú, elevada noche, / no tuviste vergüenza de conocerme. Tu aliento / pasaba sobre mí. Tu dilatada seriedad, compartida / con sonrisa, penetró en mí».

Silencio interior y actitud ante la noche

Unos reciben la noche como amiga, otros la rehúyen, como un enemigo con el que no se consigue nunca hacer las paces.

Quienes la acogen amistosamente disponen su espíritu para escudriñar el amor virgen escondido en la oscuridad y en el silencio. Quizá con un cierto temblor, como Rilke:

«Si sintieras, oh noche, como yo te contemplo, como mi ser retrocede al impulso/ de querer arrojarse confiado en tus brazos. / ¿Puedo asirlo de modo que mi ceja, al arquearse de nuevo/ salve tan vasto caudal de mirada?».

Sé que no encontraré palabras para cantar la belleza de la noche –aunque pida ayuda a los poetas–; quizá porque las palabras agotan su servicio en el esfuerzo de tratar de entender­nos entre nosotros; y la noche es tierra cuajada para el escondido dialogar humano del alma con el espíritu, que se abre y prepara para la inefable comunicación –y no solo diálogo– entre el hombre y Dios, su creador.

La noche es criatura de Dios, y, como todas las criatu­ras, un regalo de Dios al hombre. Sin su tiniebla, ni siquiera el sol reluciría. Sin el descanso que nos ofrece, nuestro caminar en la tierra quedaría reducido a una simple locura; toda nuestra persona perdería el rumbo, la orientación, y no sólo el sistema nervioso. El silencio y la oscuridad de la noche abren al hombre horizontes ilimitados, más lejanos e impenetrables que los escondidos en la mar brava, y que apenas afloran al filo de las crestas de las olas de la mar océana.

La noche guarda el silencio

Y la noche guarda un silencio y una oscuridad para la juventud; una oscuridad en el silencio para la madurez; un silencio en radiante oscuridad para la plenitud del vivir. La noche enriquece nuestro escudriñar; nos invita a penetrar rincones no explorados, y los ojos, incapaces de aguantar la mirada al sol, se abren caminos mirando las estrellas, y llegan a desentrañar el misterio que esconde la noche: el misterio de no tener el hombre otro horizonte que la Vida Eterna, el Cielo.

Para quienes la esperan como enemiga, el alma de la noche se agota en la tiniebla y en el vacío; y su imagen parece un adelanto de la nada.

Silencio y oscuridad, hermanados

La noche figura entonces, y se presenta, hermanada con el silencio y la oscuridad. Trágica­mente hermanada. Como si la oscuridad no fuese otra cosa que tiniebla, y el silencio escondiese la asechanza del vacío y del agobio. Juan Ramón Jiménez escribió: "Se va la noche, negro toro/ -plena carne de luto, de espanto y de misterio-, / que ha bramado terrible, inmensamente, / al temor sudoroso de todos los caídos".

Ante semejante enemigo, no queda otro recurso que el intentar aniquilarlo, o huir de él. Se aniquila la noche llenándola artificialmente de ruido y de falsa luz, en espera del alba. El candoroso silencio musitado se convierte en griterío ansioso, disfrazado de sonrisas más o menos de máscara. Y la oscuridad radiante del universo a cielo raso, se trasforma en tiniebla de túnel que excluye las estrellas de nuestra mirada.

El misterio de la enfermedad

La noche adquiere un matiz distinto cuando aúna su misterio al de la enfermedad. Algunos enfermos aguardan su llegada con ansiedad, temerosos con un doble pavor: de que el sueño no llegue, y la angustia pueda convertir las horas hasta el amanecer en la figura de la muerte, de la propia muerte; o de que, si al final el sueño les vence, pueda convertir­se en el último dormir terreno.

En la noche el hombre es consciente, sin rubor ni vergüen­zas, de su penuria, de su indigencia y hasta de su miseria. Ya ha descubierto, sin maravillarse, que todo santo tiene algo –o mucho– de miserable; y que cualquier miserable está en condicio­nes de tener algo –o mucho– de santo. Ha saboreado confirmar lo que ya en cierto modo preveía: que el hombre no se jubila: quien se queda en tierra, a la hora de hacerse las barcas a la mar, prepara las redes y los aparejos para la faena de mañana. La mejor pesca siempre es en la noche.

La noche será luz

Quizá se siente más indefenso ante tantos miedos que le asaltan en los momentos menos oportunos. Quizá. Y, sin embargo, vale la pena afrontar el riesgo para que al fin llegue la noche a ser luz, como de alguna manera profética anuncia el Salmista: «y la noche será mi luz en mis delicias /porque la noche, como el día, será ilumina­da»; y añadió san Juan de la Cruz: «¡Oh noche que guiaste, / oh noche amable más que la alborada; / oh noche que juntaste/ Amado con amada, /amada en el Amado transformada».

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De alguna manera lo vislumbró también Gibran, que en El Profeta, dejó escrito:

«Yo no puedo enseñaros como rezan los mares, los montes, las forestas. / Vosotros podéis descubrir su orar en el fondo de vuestro corazón, / Tended el oído en las noches pacífi­cas, y oiréis murmurar, / Dios nuestro, alas de nosotros mismos, queremos con tu Voluntad. (...) / No podemos pedirte nada; Tu conoces nuestra indigencia antes de que nazca; / Nuestra necesidad eres Tu; al darnos más de Ti mismo, nos das todo».   

Dios se nos ha dado a Sí mismo en el Niño Jesús que hemos cantado con nuestros labios, adorado con nuestra inteligencia, recibido en nuestro corazón, con los pastores, con los magos, con María y con José. ¿Ha iluminado su Luz, la oscuridad de nuestra noche?       


Ernesto Juliá, (ernesto.julia@gmail.com) | Publicado anteriormente en Religión Confidencial.