Domingo 31 de mayo, solemnidad de la Santísima Trinidad

La verdad revelada de la Santísima Trinidad ha estado desde los orígenes en la raíz de la fe viva de la Iglesia, principalmente en el acto del Bautismo. Encuentra su expresión en la regla de la fe bautismal, formulada en la predicación, la catequesis y la oración de la Iglesia. Estas formulaciones se encuentran ya en los escritos apostólicos, como este saludo recogido en la liturgia eucarística: "La gracia del Señor Jesucristo, el amor de Dios y la comunión del Espíritu Santo sean con todos vosotros" (2 Co 13,13; cf. 1 Co 12,4-6; Ef 4,4-6). Esta referencia procede literalmente del punto 249 del Catecismo de la Iglesia católica.

La celebración litúrgica de la solemnidad de la Santísima Trinidad nos invita a sumergirnos en el corazón mismo de nuestra fe. Este día, la Iglesia nos llama a contemplar el Amor infinito que une al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo.

¿Qué celebramos en la solemnidad de la Santísima Trinidad?

La Iglesia dedica el domingo siguiente a Pentecostés a honrar a Dios en su unidad y trinidad. No celebramos un concepto abstracto, sino un misterio de comunión. Según el Catecismo de la Iglesia Católica, la Trinidad es el misterio central de la fe y de la vida cristiana. Es la fuente de todos los demás misterios de la fe.

Textos para profundizar en la Santísima Trinidad

  1. Resúmenes de fe cristianaTema 5. La Santísima Trinidad
  2. Esa corriente trinitaria de Amor (editorial de la serie La luz de la fe): El Misterio de la Trinidad cambia en profundidad nuestra mirada sobre el mundo, porque revela cómo el Amor es el tejido mismo de la realidad.
  3. Cinco preguntas sobre la Santísima Trinidad: ¿Creo en Dios, Uno y Trino? La Santísima Trinidad es el misterio de Dios en sí mismo, el misterio central de la fe y de la vida cristiana. ¿Qué significa en la práctica decir “Creo en Dios Uno y Trino”? ¿Cómo distinguir y tratar a cada una de las Tres Personas divinas?
  4. 'Creo, creemos', libro electrónico de Mons. Javier Echevarría: El Credo constituye el hilo conductor de “Creo, creemos", libro compuesto por fragmentos de las Cartas Pastorales que Mons. Javier Echevarría escribió durante el Año de la fe.
  5. Textos del Catecismo sobre la Santísima Trinidad.
Ilustración religiosa de la Santísima Trinidad con Dios Padre y Jesucristo entronizados entre nubes y ángeles, iluminados por la paloma del Espíritu Santo.
Representación clásica de la Santísima Trinidad: el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo rodeados de gloria celestial.

4 enseñanzas de la Iglesia católica sobre la Santísima Trinidad

1. ¿Cuál es el misterio central de la fe y de la vida cristiana?

El misterio central de la fe y de la vida cristiana es el misterio de la Santísima Trinidad. Los cristianos son bautizados en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo.

2. ¿Puede la razón humana conocer, por sí sola, el misterio de la Santísima Trinidad?

Dios ha dejado huellas de su ser trinitario en la creación y en el Antiguo Testamento, pero la intimidad de su ser como Trinidad Santa constituye un misterio inaccesible a la sola razón humana e incluso a la fe de Israel, antes de la Encarnación del Hijo de Dios y del envío del Espíritu Santo. Este misterio ha sido revelado por Jesucristo, y es la fuente de todos los demás misterios.

3. ¿Cómo expresa la Iglesia su fe trinitaria?

La Iglesia expresa su fe trinitaria confesando un solo Dios en tres Personas: Padre, Hijo y Espíritu Santo. Las tres divinas Personas son un solo Dios porque cada una de ellas es idéntica a la plenitud de la única e indivisible naturaleza divina. Las tres son realmente distintas entre sí, por sus relaciones recíprocas: el Padre engendra al Hijo, el Hijo es engendrado por el Padre, el Espíritu Santo procede del Padre y del Hijo.

4. ¿Cómo obran las tres divinas Personas?

Inseparables en su única sustancia, las divinas Personas son también inseparables en su obrar: la Trinidad tiene una sola y misma operación. Pero en el único obrar divino, cada Persona se hace presente según el modo que le es propio en la Trinidad. «Dios mío, Trinidad a quien adoro... pacifica mi alma. Haz de ella tu cielo, tu morada amada y el lugar de tu reposo. Que yo no te deje jamás solo en ella, sino que yo esté allí enteramente, totalmente despierta en mi fe, en adoración, entregada sin reservas a tu acción creadora» (Beata Isabel de la Trinidad)

Textos del libro electrónico gratuito: el Compendio del Catecismo de la Iglesia Católica.

vasos sagrados objetos litúrgicos de los sacerdotes para la Misa San Josemaría Escrivá

Voz Trinidad Santísima del Diccionario de san Josemaría

1. Importancia de la Trinidad en la vida y en la predicación de san Josemaría. 2. La homilía Hacia la santidad. 3. Unidad y Trinidad. 4. La “trinidad de la tierra” y la Trinidad del cielo. 5. Las devociones trinitarias.

En su predicación san Josemaría fue siempre a lo esencial, a los misterios centrales de nuestra fe y, como consecuencia, sus consideraciones, de un modo u otro, siempre tienen como horizonte el misterio de la Trinidad: el amor de Dios Padre que entrega a su Hijo, el amor del Hijo que le lleva a ofrecer su vida en sacrificio, y la acción santificadora del Espíritu. Toda su doctrina espiritual fue hondamente trinitaria y cristológica.

1. Importancia de la Trinidad en la vida y en la predicación de san Josemaría

Como lo atestiguan sus escritos espirituales, san Josemaría tuvo desde muy pronto un cálido trato con cada una de las tres divinas Personas, subrayando la distinción existente entre ellas según las características que manifiestan en la historia de la salvación: el Padre es la fuente y origen de todo; el Hijo, la Palabra del Padre que se hace hombre para que los hombres se conviertan en hijos de Dios, y el Espíritu Santo es el Santificador, el que une a los hombres con Dios haciéndolos uno con Cristo.

Uno de los rasgos que san Josemaría recalcaba en su itinerario espiritual, con gran conmoción interior, es la filiación divina y, en consecuencia, la paternidad de Dios. En una homilía datada en abril de 1964, hacía la siguiente confidencia: “la vida mía me ha conducido a saberme especialmente hijo de Dios, y he saboreado la alegría de meterme en el corazón de mi Padre” (AD, 143).

Se estaba refiriendo a la intuición sobrenatural con que percibió la gozosa realidad de la filiación divina y, en consecuencia, de la paternidad de Dios. Esta paternidad aparece ya en sus Apuntes íntimos, en Santo Rosario y en Camino, como la verdad que sirve de fundamento a su vida espiritual. 

El Verbo está presente en san Josemaría, sobre todo, en cuanto Verbo encarnado, con un nombre entrañablemente humano: Jesús. Él es la Sabiduría y la Palabra del Padre, una Palabra llena de amor, pues es “la Palabra de la que procede el amor” (ECP, 162). Con su “Corazón de carne, con un Corazón como el nuestro, que es prueba fehaciente de amor y testimonio constante del misterio inenarrable de la caridad divina” (ibidem). El único camino hacia el Dios-Trinidad es precisamente la Humanidad del Señor (cfr. AD, 300-303).

En la vida espiritual de san Josemaría, este gran “descubrimiento” interior se sitúa entre el 22 de septiembre y el 17 de octubre de 1931. En el otoño del año 1932 tuvo lugar otro “descubrimiento”, también de hondas y perdurables consecuencias en su vida interior y en su pensamiento teológico: la importancia de la obra del Espíritu Santo en el alma. Pedro Rodríguez ofrece un texto, tomado de Apuntes íntimos, de gran elevación mística.

En él, san Josemaría describe cómo percibe la importancia de la presencia del Espíritu Santo en el alma: “Hasta ahora, sabía que el Espíritu Santo habitaba en mi alma, para santificarla... pero no cogí esa verdad de su presencia (...) siento el Amor dentro de mí: y quiero tratarle, ser su amigo, su confidente..., facilitarle el trabajo de pulir, de arrancar, de encender (...) –Propósito: frecuentar, a ser posible sin interrupción, la amistad y trato amoroso y dócil del Espíritu Santo. Veni Sancte Spiritus!...” (CECH, p. 270; cfr. F, 514). 

Una de las oraciones a la Santísima Trinidad del devocionario.

Cuando san Josemaría habla de Dios, piensa sobre todo en el Dios-Trinidad. Así se ve, por ejemplo, en su lectura de los primeros capítulos del Génesis: “La Trinidad se ha enamorado del hombre, elevado al orden de la gracia y hecho a su imagen y semejanza (Gn 1, 26); lo ha redimido del pecado (...) y desea vivamente morar en el alma nuestra: el que me ama observará mi doctrina y mi Padre le amará, y vendremos a él y haremos mansión dentro de él (Jn 14, 23)” (ECP, 84).

Libertad humana que brota de la libertad que existe en la Trinidad. He aquí un texto muy expresivo tomado de una homilía titulada precisamente La libertad, don de Dios: “En todos los misterios de nuestra fe católica aletea ese canto a la libertad. La Trinidad Beatísima saca de la nada el mundo y el hombre, en un libre derroche de amor. El Verbo baja del Cielo y toma nuestra carne con este sello estupendo de la libertad en el sometimiento: heme aquí que vengo, según está escrito de mí en el principio del libro, para cumplir, ¡oh, Dios!, tu voluntad (Hb 10, 7)” (AD, 25). 

Cuando san Josemaría describe el amor de Dios hacia el hombre, recuerda con frecuencia que ese amor es trinitario. Encontramos un pasaje sobre la Trinidad especialmente elocuente en una homilía pronunciada el Jueves Santo de 1960, en la que dedica amplio espacio a hablar de su relación con la Eucaristía: la «corriente trinitaria de amor por los hombres se perpetúa de manera sublime en la Eucaristía» (ECP, 85). Aquí, en el centro del misterio cristiano, llega también a su punto más álgido la manifestación del amor de Dios a los hombres: «Toda la Trinidad está presente en el sacrificio del Altar. Por voluntad del Padre, cooperando el Espíritu Santo, el Hijo se ofrece en oblación redentora» (ECP, 86).

San Josemaría está enunciando en estos párrafos verdades que le son muy queridas, tanto en lo que se refiere a la celebración de la santa Misa y a la naturaleza del sacerdocio ministerial –la liturgia, especialmente la santa Misa, es opus Trinitatis, obra de la Trinidad– como en lo que se refiere al misterio del Amor de Dios: «La Misa –insisto– es acción divina, trinitaria, no humana.

El sacerdote que celebra sirve al designio del Señor, prestando su cuerpo y su voz; pero no obra en nombre propio, sino in persona et in nomine Christi, en la Persona de Cristo, y en nombre de Cristo» (ibidem). Al celebrar, el sacerdote penetra, por así decirlo, en la corriente de amor trinitario precisamente porque, actuando en la persona y en el nombre de Cristo, ofrece el holocausto al Padre con la santificación del Espíritu Santo (cfr. ECP, 86). 

El camino más directo para tratar a la Trinidad Beatísima se encuentra en la santa Misa: «Asistiendo a la Santa Misa, aprenderéis a tratar a cada una de las Personas divinas: al Padre, que engendra al Hijo; al Hijo, que es engendrado por el Padre; al Espíritu Santo que de los dos procede. Tratando a cualquiera de las tres Personas, tratamos a un solo Dios; y tratando a las tres, a la Trinidad, tratamos igualmente a un solo Dios único y verdadero» (ECP, 91). 

Santísima Trinidad solemnidad amor Espíritu Santo

2. La homilía Hacia la santidad 

Resulta muy ilustrativo cuanto se dice en la homilía Hacia la santidad sobre la importancia que tiene en el pensamiento de san Josemaría la contemplación de la Trinidad Beatísima. En esta homilía se describen las líneas generales del itinerario del hombre hacia Dios. Tras hablar de la llamada universal a la santidad, de oración, de presencia de Dios y de trato con Nuestro Señor Jesucristo, añade: «Para acercarnos a Dios hemos de emprender el camino justo, que es la Humanidad Santísima de Cristo» (AD, 299). El camino hacia la Trinidad ha de recorrerse en estrecha unión con Cristo por medio del Pan y la Palabra. 

La unión con Cristo significa muchas veces el encuentro con la Cruz y entrar en tiempos de “purgación pasiva” (AD, 302). Estos tiempos se recorrerán en medio de la paz y de la alegría, pues si de verdad amamos a Cristo, «si con divino atrevimiento nos refugiamos en la abertura que la lanza dejó en su Costado, se cumplirá la promesa del Maestro: cualquiera que me ama, observará mi doctrina, y mi Padre le amará, y vendremos a él, y haremos mansión dentro de él» (AD, 306). Estamos ante la verdad de la inhabitación de la Trinidad en el alma y sus consecuencias ascéticas. 

Como si el alma pudiese tener experiencia de esta morada de Dios en ella, prosigue: «El corazón necesita, entonces, distinguir y adorar a cada una de las Personas divinas. De algún modo, es un descubrimiento, el que realiza el alma en la vida sobrenatural, como los de una criaturica que va abriendo los ojos a la existencia. Y se entretiene amorosamente con el Padre y con el Hijo y con el Espíritu Santo; y se somete fácilmente a la actividad del Paráclito vivificador, que se nos entrega sin merecerlo: ¡los dones y las virtudes sobrenaturales!» (AD, 306).

San Josemaría se refiere claramente a la contemplación de la Trinidad Beatísima en medio del ajetreo diario. Las expresiones que utiliza para describir esta contemplación son similares a las que utilizan los autores espirituales para hablar de la contemplación como fruto de los dones del Espíritu Santo. He aquí algunas expresiones muy gráficas de cómo concibe esta contemplación: «Sobran las palabras, porque la lengua no logra expresarse; ya el entendimiento se aquieta. No se discurre, ¡se mira! Y el alma rompe otra vez a cantar con cantar nuevo, porque se siente y se sabe también mirada amorosamente por Dios, a todas horas» (AD, 307). 

Estas palabras de san Josemaría nos hacen recordar los maravillosos párrafos en los que san Juan de la Cruz describe la unión del alma con la Trinidad Santa y la inhabitación de Dios en el alma, o mejor dicho, la inhabitación del alma en Dios. Desde luego, queda claro que san Josemaría está hablando de contemplación y trato con la Trinidad en la vida ordinaria.

“No me refiero a situaciones extraordinarias. Son, pueden muy bien ser, fenómenos ordinarios de nuestra alma: una locura de amor que, sin espectáculo, sin extravagancias, nos enseña a sufrir y a vivir, porque Dios nos concede la Sabiduría. ¡Qué serenidad, qué paz entonces, metidos en la senda estrecha que conduce a la vida! (Mt 7, 14)” (AD, 307). 

San Josemaría es bien consciente de que está mencionando una verdadera meta de la experiencia espiritual, y esto en la vida ordinaria. Se trata de “fenómenos ordinarios” que, al mismo tiempo, son una auténtica “locura de amor”. Surgen aquí, por una lógica asociación de ideas, unas preguntas que nos llevan a entender la importancia de la unión con la Trinidad Beatísima –con cada una de las divinas Personas– en la vida ordinaria: “¿Ascética? ¿Mística? No me preocupa.

Sea lo que fuere, ascética o mística, ¿qué importa?: es merced de Dios. Si tú procuras meditar, el Señor no te negará su asistencia (...). Eso es ya contemplación y es unión; ésta ha de ser la vida de muchos cristianos, cada uno yendo adelante por su propia vía espiritual –son infinitas–, en medio de los afanes del mundo, aunque ni siquiera hayan caído en la cuenta” (AD, 308). 

San Josemaría utiliza las palabras con precisión. Está hablando de contemplación y de unión con la Trinidad, con cada una de las Personas; son términos bien conocidos en la teología espiritual. Habla también de vida ordinaria y de muchos cristianos “yendo adelante por su propia vía espiritual”. Nos encontramos, pues, ante una gran paradoja, pero esa paradoja desaparece, si se tiene presente la honda convicción con que san Josemaría se apoya en la llamada universal a la santidad.

Esta contemplación de la Trinidad será siempre “merced” de Dios, una merced que corresponde al don de la universal llamada a la santidad, al hecho de que somos hijos de Dios en Cristo por el Espíritu Santo y a la realidad de la inhabitación de la Trinidad en el alma.

Imagen del Espíritu Santo interpretado por una paloma blanca con las alas abiertas

Unidad y Trinidad 

San Josemaría hace hincapié en la distinción de Personas, considerando la Trinidad como una comunión de vida y de amor en su perfecta unidad, y aconseja tratar a cada una de las Personas en su distinción: “Trata a las tres Personas, a Dios Padre, a Dios Hijo, a Dios Espíritu Santo. Y para llegar a la Trinidad Beatísima, pasa por María” (F, 543). 

La gloria que el cristiano debe dar a Dios tiene también estructura trinitaria. Así aparece ya en Camino: “Que ningún afecto te ate a la tierra, fuera del deseo divinísimo de dar gloria a Cristo y, por Él, con Él y en Él, al Padre y al Espíritu Santo” (C, 786). La devoción a la Trinidad tiene una evidente dimensión cristológica: “Nuestro Maestro es Cristo: el Hijo de Dios, la Segunda Persona de la Trinidad Beatísima. Imitando a Cristo, alcanzamos la maravillosa posibilidad de participar en esa corriente de amor, que es el misterio del Dios Uno y Trino” (AD, 252). 

En todos estos consejos, san Josemaría se atiene sobriamente a las formulaciones del Símbolo y a las doxologías de la Liturgia, con una gran fe y con un gran sentido eclesial. Y es que, dice citando a san Cipriano, “somos un solo pueblo que confiesa una sola fe, un Credo; un pueblo congregado en la unidad del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo” (ECP, 89).

Refleja también como realidad largamente vivida su propio itinerario espiritual en el trato con la Trinidad Beatísima y con cada una de las Personas divinas. En este sentido, conviene anotar que los dos planos de la consideración del misterio trinitario –la Trinidad ad intra y la Trinidad ad extra, es decir, la Trinidad inmanente y la Trinidad económica– están muy presentes y netamente distinguidos en su enseñanza.

De la primera Persona, san Josemaría considera sobre todo su paternidad y su fontalidad: todo procede del Padre, Él es el origen de la corriente trinitaria de amor, Él es quien toma la iniciativa de ofrecer al hombre la Alianza. En esta cuestión, como ya se ha advertido en la voz Dios Padre, son de sumo interés las anotaciones y los comentarios de Pedro Rodríguez, en su edición crítico-histórica de Camino, especialmente en los números 267 y 435.

San Josemaría contempla la paternidad del Padre con los ojos de Nuestro Señor, uniendo su Abba al Abba de Jesús. Así lo formulaba en una meditación predicada el 28 de abril de 1963: “Cuando el Señor me daba aquellos golpes, por el año treinta y uno, yo no lo entendía.

Y de pronto, en medio de aquella amargura tan grande, esas palabras: tú eres mi hijo (Sal 2, 7), tú eres Cristo. Y yo sólo sabía repetir: Abba, Pater!; Abba, Pater!, Abba!, Abba! (…) Y la razón –lo veo con más claridad que nunca– es ésta: tener la Cruz es identificarse con Cristo, es ser Cristo, y, por eso, ser hijo de Dios” (cfr. también Illanes, 2008, pp. 471-472). Illanes comenta, con razón, que este texto y el conjunto de la meditación testimonian la madurez tanto espiritual como teológica alcanzada por san Josemaría, que pone aquí “de manifiesto el sentido profundo de donde dimana el sentido de la filiación y, más concretamente su desarrollo”. 

En lo que se refiere al Hijo, san Josemaría se detiene sobre todo, como es lógico, en su Humanidad y en los misterios de su vida, en los gesta et passa Christi. Basta recordar cómo es esta contemplación en los libros Santo Rosario y Via Crucis. En la homilía dedicada al Corazón de Jesús, encontramos toda una teología trinitaria y cristológica: “Dios Padre se ha dignado concedernos, en el Corazón de su Hijo, infinitos dilectionis thesauros (Oración de la misa del Sagrado Corazón), tesoros inagotables de amor, de misericordia, de cariño (...).

El amor divino hace que la segunda Persona de la Santísima Trinidad, el Verbo, el Hijo de Dios Padre, tome nuestra carne, es decir, nuestra condición humana, menos el pecado. Y el Verbo, la Palabra de Dios, es Verbum spirans amorem, la Palabra de la que procede el Amor” (ECP, 162), dice san Josemaría siguiendo a san Agustín y santo Tomás (cfr. S.Th., I q. 43, a. 5; De Trinitate, IX, 10). 

También la devoción al Espíritu Santo está presente con fuerza decisiva en la vida y en la predicación de san Josemaría. Del Espíritu Santo, destaca su poder de santificar y de unir con Dios: es Él quien nos identifica con Cristo y a través de Él nos introduce en la vida de amor trinitario: “Para concretar, aunque sea de una manera muy general, un estilo de vida que nos impulse a tratar al Espíritu Santo –y, con Él, al Padre y al Hijo– y a tener familiaridad con el Paráclito, podemos fijarnos en tres realidades fundamentales: docilidad –repito–, vida de oración, unión con la Cruz” (ECP, 135). 

Quizás el modo más ajustado a la hora de señalar cómo se encuentra presente en los escritos de san Josemaría el misterio de la Trinidad sea decir que se encuentra presente como amor, según la frase joánica Dios es Amor (1 Jn 4, 16) o, utilizando una conocida expresión teológica, como communio personarum: “el amor de Jesús a los hombres es un aspecto insondable del misterio divino, del amor del Hijo al Padre y al Espíritu Santo.

El Espíritu Santo, el lazo de amor entre el Padre y el Hijo, encuentra en el Verbo un Corazón humano (...) el Amor, en el seno de la Trinidad, se derrama sobre todos los hombres por el Amor del Corazón de Jesús” (ECP, 169).

4. La “trinidad de la tierra” y la Trinidad del cielo 

San Josemaría se refiere a la Sagrada Familia como la “trinidad de la tierra”, considerando que en ella se manifiesta de forma especial el misterio Trinitario, comunidad de vida y amor, y subraya con fuerza la relación de santa María y la Trinidad.

Ya antes de la redacción de Camino, san Josemaría gusta dirigirse a Santa María recordando su relación con cada una de las tres Personas de la Santísima Trinidad: “¡Cómo gusta a los hombres que les recuerden su parentesco con personajes de la literatura, de la política, de la milicia, de la Iglesia!... –Canta ante la Virgen Inmaculada, recordándole: Dios te salve, María, hija de Dios Padre: Dios te salve, María, Madre de Dios Hijo: Dios te salve, María, Esposa de Dios Espíritu Santo... ¡Más que tú, sólo Dios!” (C, 496).

En la edición crítico-histórica de Camino (CECH, pp. 649-651, nts. 15-17), Pedro Rodríguez recuerda la historia de esta oración de honda raigambre popular y ofrece un testimonio de 1939, que documenta que, ya en esa fecha, san Josemaría aconsejaba considerar el misterio de María en su relación a la Santísima Trinidad. 

Es lo mismo que encontramos mucho tiempo después en Amigos de Dios, 274: “Esta celebración nos lleva a considerar algunos de los misterios centrales de nuestra fe: a meditar en la Encarnación del Verbo, obra de las tres Personas de la Trinidad Santísima. María, Hija de Dios Padre, por la Encarnación del Señor en sus entrañas inmaculadas es Esposa de Dios Espíritu Santo y Madre de Dios Hijo”. 

Las devociones trinitarias

San Josemaría, que era partidario de “pocas devociones particulares, pero constantes” (C, 552), en 1959 comunicó a los miembros del Opus Dei que era conveniente comenzar la costumbre de rezar o cantar el Trisagio Angélico en el triduo anterior a la fiesta de la Trinidad, y de rezar y contemplar con frecuencia el Símbolo Quicumque. Con ambas costumbres se pretende manifestar la devoción a la Trinidad con actos de adoración y de fe explícita en las verdades reveladas sobre el misterio central de nuestra fe. Voces relacionadas: Dios Padre; Espíritu Santo; Filiación divina; Inhabitación trinitaria; Jesucristo. 



¿Revive la familia?

Hace algunos años cayó en mis manos el resultado de una encuesta, extendida a toda Europa, que preguntaba la confianza que tenían los encuestados sobre las diversas organizaciones que mantienen viva una sociedad.

Los datos descubrían que un número cada vez mayor de ciudadanos desconfiaba de forma creciente de los estados, de los gobiernos, de los organismos oficiales, etc. A la vez, un noventa por ciento de los entrevistados reconocía abiertamente que había recuperado una mayor esperanza y una firme confianza en la familia.

No siempre es fácil, y mucho menos conveniente, dar credibilidad total a las encuestas, y más si tenemos en cuenta la influencia de lo que llaman civilización woke y el reconocimiento legal a las uniones del mismo sexo, tan extendidas en los aglomerados humanos actuales. Hay muchos imponderables que influyen en los entrevistados y que, en no pocas ocasiones, condicionan sus respuestas.

La familia como refugio de esperanza

Esta vez, los indicios son a favor de que los datos corresponden a la realidad: primero, porque se refiere a la familia; y segundo, porque la noticia, recogida solamente un día en una parte de la prensa europea, desapareció al día siguiente de la casi totalidad de los periódicos.

Órganos de prensa que normalmente resaltan los divorcios, las separaciones familiares, las uniones fuera de cualquier moral, y de cualquier asomo de legalidad, etc., se han visto obligados a reconocer una realidad bien contraria de la que ellos divulgan con su propaganda. Menos mal que, al menos, han tenido la honradez de dar la noticia un día; y eso les honra.

Lo que Dios ha unido

Esta encuesta fue en su día un indicio todavía muy pequeño, para que podamos hablar de un retorno del cariño, en toda regla, a la institución familiar, de un reconocimiento de las palabras de Jesucristo señalando: «Lo que Dios ha unido, que no lo separe el hombre» (Mateo 19, 6). No podemos negar, sin embargo, que fue una señal de un renacer del anhelo de tantos hombres y de tantas mujeres de encontrar un ámbito donde vivir con la serenidad necesaria para llevar adelante las alegrías, los sinsabores, las ansias y las calmas de cada día. Y esta señal sigue muy viva en estos días.

El hombre y la mujer, desde su creación, llevan en su espíritu el recuerdo y la memoria de una familia. Todos hemos llegado a esta tierra en un cauce ya determinado y bien preciso; ninguno nos hemos hecho la primera cuna que acogió nuestro cuerpo; y hemos venido al mundo con una herencia que no nos abandonará nunca: la sangre y el adn de nuestros padres.

Memoria de la vida

Cada uno puede eliminar de su memoria recuerdos amargos o alegres de su vida; lo que no podrá jamás eliminar es la memoria de quienes le han dado la vida. Y, si en alguna ocasión pretendemos olvidarnos, bastará un gesto, una sonrisa, un llanto, un modo de caminar, un suspiro, para que la memoria de nuestros progenitores vuelva a estar delante de nosotros, con la sonrisa amable de quienes se saben transmisores de algo que les supera: el don divino del vivir.

Es cierto que no todo son rosas dentro de los núcleos familiares. Yo reconozco que me adolora ver hermanos divididos por cuestiones de dinero, de propiedades, de rencillas, etc.; parientes que no se hablan desde hace años porque alguien dijo una palabra de más, o de menos. Son las grietas de la vida que todos hemos de ayudar a reparar: perdonando, pidiendo perdón, rezando.

El vínculo ante Dios y los hombres

Tengo la impresión de que, de verdad y no obstante el número de divorcios que se dan en nuestros días, que la nostalgia de la familia está reviviendo en muchos corazones e inteligencias jóvenes, que dejan de vivir "en pareja" y se casan en la Iglesia; que rompen los egoísmos de pensar exclusivamente en sí mismos, y son conscientes de que la familia la construye un vínculo ante Dios, y que llevar adelante la enfermedad de una esposa, de una madre, de un padre, de un hijo, hace revivir en el espíritu ese deseo de Cristo sobre la familia: «lo que Dios ha unido que no lo separe el hombre».

Una vez más volvemos a poner los ojos en esa institución que Dios tuvo la buena idea de establecer ya en el paraíso terrenal: la familia construida ante la mirada de Dios, sobre el amor de un hombre y de una mujer; y en cuyo seno, ya desde los albores de su vida, el cristiano comienza a vivir ese misterio maravilloso de la solidaridad humana, de la comunión de los santos.

Y el ejemplo que dan tantos padres y tantas madres que llevan con serenidad la enfermedad de sus esposas, de sus esposos, de sus hijos, de sus hijas, es un canto a la fidelidad matrimonial, a la Voluntad de Dios que, además de conmovernos a quienes les conocemos, es una llave maestra para la amistad amorosa con Dios y para abrir las puertas del Cielo.


Ernesto Juliá, (ernesto.julia@gmail.com) | Publicado anteriormente en Religión Confidencial.


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El matrimonio, vocación cristiana

Reflexión: Palabras de san Josemaría Escrivá (se pueden leer y meditar todas o sólo algunas, conforme se prefiera).

1. ¿Para qué estamos en el mundo? Para amar a Dios, con todo nuestro corazón y con toda nuestra alma, y para extender ese amor a todas las criaturas. ¿O es que esto parece poco? Dios no deja a ningún alma abandonada a un destino ciego: para todas tiene un designio, a todas las llama con una vocación personalísima, intransferible. El matrimonio es camino divino, es vocación (Conv, nº 106).

2. El matrimonio no es, para un cristiano, una simple institución social, ni mucho menos un remedio para las debilidades humanas: es una auténtica vocación sobrenatural. Sacramento grande en Cristo y en la Iglesia, dice San Pablo, y, a la vez e inseparablemente, contrato que un hombre y una mujer hacen para siempre, porque - queramos o no- el matrimonio instituido por Jesucristo es indisoluble: signo sagrado que santifica, acción de Jesús, que invade el alma de los que se casan y les invita a seguirle, transformando toda la vida matrimonial en un andar divino en la tierra (ECQ, nº 23).

3. Llevo casi cuarenta años predicando el sentido vocacional del matrimonio. ¡Qué ojos llenos de luz he visto más de una vez, cuando -creyendo, ellos y ellas, incompatibles en su vida la entrega a Dios y un amor humano noble y limpio- me oían decir que el matrimonio es un camino divino en la tierra! (Conv, nº 91).

4. Es importante que los esposos adquieran sentido claro de la dignidad de su vocación, que sepan que han sido llamados por Dios a llegar al amor divino también a través del amor humano; que han sido elegidos, desde la eternidad, para cooperar con el poder creador de Dios en la procreación y después en la educación de los hijos; que el Señor les pide que hagan, de su hogar y de su vida familiar entera, un testimonio de todas las virtudes cristianas (Conv, nº 93).

5. Los esposos cristianos […] deben comprender la obra sobrenatural que implica la fundación de una familia, la educación de los hijos, la irradiación cristiana en la sociedad. De esta conciencia de la propia misión dependen en gran parte la eficacia y el éxito de su vida: su felicidad (Conv, nº 91).

6. El amor, que conduce al matrimonio y a la familia, puede ser también un camino divino, vocacional, maravilloso, cauce para una completa dedicación a nuestro Dios. Realizad las cosas con perfección, os he recordado, poned amor en las pequeñas actividades de la jornada, descubrid ese algo divino que en los detalles se encierra… (Conv, nº 121).

* * *

Intenciones (se pueden enunciar todas, o escoger sólo algunas)

Pidamos a Dios nuestro Señor, por intercesión de San Josemaría:

A - Que nos haga comprender la grandeza del matrimonio cristiano; que entendamos que se trata de una vocación divina - una llamada personal, amorosa, de Dios - y de una misión que Él nos confía en el mundo: formar una familia cristiana, sana y santa, "célula fundamental, célula vital - como dijo el Papa Juan Pablo II - de la gran y universal familia humana" y de la Iglesia.

B - Que nos conceda la alegría de saber que nuestro matrimonio y nuestra familia son un camino divino, en el cual - cultivando una intensa vida espiritual y ayudándonos unos a otros - podemos y debemos seguir a Cristo, camino, verdad y vida, e imitar su amor y su entrega.

C - Que no nos olvidemos nunca de que Dios nos acompaña, fortalece y ampara con la gracia del Sacramento del Matrimonio; y, por eso, que confiemos en que Él -con la gracia del Espíritu Santo- nos llenará de bendiciones y nos hará capaces de enfrentar fielmente todas las responsabilidades y problemas de la vida familiar.

D - Que Él siempre nos recuerde el ejemplo de la Sagrada Familia de Nazaret, Jesús, María y José, que - llenos de fe y de amor, y olvidándose de si mismos - vivieron plenamente entregados a amar a Dios Padre, y unos a otros, con una dedicación alegre e sencilla, llena de generosidad y de espíritu de servicio.

Oración de la estampa de san Josemaría

Oh Dios, que por mediación de la Santísima Virgen otorgaste a san Josemaría, sacerdote, gracias innumerables, escogiéndole como instrumento fidelísimo para fundar el Opus Dei, camino de santificación en el trabajo profesional y en el cumplimiento de los deberes ordinarios del cristiano: haz que yo sepa también convertir todos los momentos y circunstancias de mi vida en ocasión de amarte, y de servir con alegría y con sencillez a la Iglesia, al Romano Pontífice y a las almas, iluminando los caminos de la tierra con la luminaria de la fe y del amor.

Concédeme por la intercesión de san Josemaría el favor que te pido... (pídase). Así sea.

Padrenuestro, Avemaría, Gloria.

Pentecostés: el Espíritu Santo acompaña, orienta y anima

«1Al cumplirse el día de Pentecostés, estaban todos juntos en el mismo lugar. 2De repente, se produjo desde el cielo un estruendo, como de viento que soplaba fuertemente, y llenó toda la casa donde se encontraban sentados. 3Vieron aparecer unas lenguas, como llamaradas, que se dividían, posándose encima de cada uno de ellos. 4Se llenaron todos de Espíritu Santo y empezaron a hablar en otras lenguas, según el Espíritu les concedía manifestarse» (Hch 2, 1-4).

Pentecostés o Shavuot

Pentecostés era para los judíos una de las tres grandes fiestas. Al principio agradecimiento por la recolección cereal (primicias), pero a eso se unió la fiesta por la donación de la Torah, el “manual de instrucciones” del mundo y del hombre, que otorgaba la sabiduría a Israel. Era la fiesta de la Alianza de vivir siempre conforme a la voluntad de Dios manifestada en su Ley.

Las imágenes que utiliza san Lucas para indicar la irrupción del Espíritu Santo –el viento y el fuego– aluden al Sinaí, donde Dios se había revelado al pueblo de Israel y le había concedido su alianza (cf. Ex 19, 3 ss). La fiesta del Sinaí, que Israel celebraba cincuenta días después de la Pascua, era la fiesta del Pacto. Al hablar de lenguas de fuego (cf. Hch 2, 3), san Lucas quiere presentar el Cenáculo como un nuevo Sinaí, como la fiesta de la Alianza que Dios hace con su Iglesia, a la que nunca abandonará: eso es la Pentecostés.

El Santo Padre pide a todos los pastores y fieles de la Iglesia católica, a unirse, este Pentecostés,  en oración junto con los Ordinarios Católicos de Tierra Santa, para invocar al Espíritu Santo, para que israelíes y palestinos puedan encontrar el camino del diálogo y del perdón. 

Shavuot es la fiesta judía en la que se conmemora la entrega de los Diez Mandamientos de la Ley de Dios a Moisés en el monte Sinaí, tras la huida del pueblo de Israel de Egipto. Por eso tiene lugar siete semanas después de la Pascua, que es la fiesta más importante para los judíos, pues celebra la liberación del pueblo judío de la esclavitud del Faraón. En hebreo “Shavuot” quiere decir “semanas” y también significa juramento: la alianza que Dios hizo con su pueblo por medio de la Ley.  

El día de Pentecostés

Con la fuerza del Espíritu Santo se hacen entender por todos, sea cual sea su origen y mentalidad: Habitaban en Jerusalén judíos, hombres piadosos venidos de todas las naciones que hay bajo el cielo. Al producirse aquel ruido se reunió la multitud y quedó perpleja, porque cada uno les oía hablar en su propia lengua.

Estaban asombrados y se admiraban diciendo: «¿Es que no son galileos todos éstos que están hablando?  ¿Cómo es, pues, que nosotros les oímos cada uno en nuestra propia lengua materna? Partos, medos, elamitas, habitantes de Mesopotamia, de Judea y Capadocia, del Ponto y Asia, de Frigia y Panfilia, de Egipto y la parte de Libia próxima a Cirene, forasteros romanos, así como judíos y prosélitos, cretenses y árabes, les oímos hablar en nuestras propias lenguas las grandezas de Dios» (Hch 2,5-11).

Pentecostés fiesta del Espíritu Santo

La acción del Espíritu Santo en Pentecostés

Lo que sucede ese día, con la acción del Espíritu Santo, es la antítesis de lo que había contado la Biblia en los orígenes de la humanidad: Por aquel entonces toda la tierra hablaba una sola lengua y con las mismas palabras. Al desplazarse desde oriente encontraron una vega en el país de Sinar y se establecieron allí.

Entonces se dijeron unos a otros: «¡Vamos a fabricar ladrillos y a cocerlos al fuego! De esta forma, los ladrillos les servían de piedras y el asfalto de argamasa. Luego dijeron: ¡Vamos a edificarnos una ciudad y una torre cuya cúspide llegue al cielo! Así nos haremos famosos, para no dispersarnos por toda la faz de la tierra. Bajó el Señor a ver la ciudad y la torre que los hijos de los hombres estaban edificando; y dijo el Señor: Forman un solo pueblo, con una misma lengua para todos, y esto es sólo el comienzo de su obra; ahora no les será imposible nada de lo que intenten hacer.

¡Bajemos y confundamos ahí mismo su lengua, para que ya no se entiendan unos a otros! De esta manera, desde allí el Señor los dispersó por toda la faz de la tierra, y dejaron de construir la ciudad. Por eso se la denominó Babel, porque allí el Señor confundió la lengua de toda la tierra, y desde allí el Señor los dispersó por toda la faz de la tierra» (Gn 11,1-9).

El Papa Francisco recordaba en la celebración de Pentecostés de 2021 en Roma que el Espíritu Santo consuela «especialmente en los momentos difíciles como el que estamos atravesando», y de un modo muy personal pues «solo quien nos hace sentir amados tal y como somos da paz al corazón». De hecho, «es la ternura misma de Dios, que no nos deja solos; porque estar con quien está solo es ya consolar».

Pentecostés: comunicación activa

Cuando los hombres del relato bíblico comenzaron a trabajar como si Dios no existiera, fueron comprobando que ellos mismos se deshumanizaron, porque habían perdido un elemento fundamental de las personas humanas, que es la capacidad de ponerse de acuerdo, de entenderse y de actuar juntos. Este texto contiene una verdad perenne. En una sociedad tan tecnificada, y con tantos medios de comunicación y de información, como la contemporánea, cada vez hablamos menos y nos entendemos menos, se pierde la capacidad real de comunicarse en un diálogo abierto y sincero. Necesitamos de algo que nos ayude a recuperar esa capacidad de apertura a los demás.

La acción del Espíritu Santo

Lo que el orgullo humano rompió, lo recompone la acción del Espíritu Santo. También hoy, la docilidad al Espíritu Santo es lo que nos proporciona esa ayuda que necesitamos para construir un mundo más humano, en el que nadie se sienta sólo, privado de la atención y el afecto de los demás. Jesús lo prometió a los apóstoles y a cada uno de nosotros: yo rogaré al Padre y os dará otro Paráclito para que esté con vosotros siempre (Jn 14,16). Utiliza una palabra griega para-kletós que significa «el que habla al lado»: es el amigo que nos acompaña, nos anima y nos orienta en el camino. 

Ahora que estamos hablando con Dios en este rato de oración nos preguntamos en su presencia: ¿me empeño en construir mi vida profesional y familiar, mis relaciones de amistad, la sociedad en la que vivo, como un mundo levantado con mi esfuerzo sin que Dios me importe? O ¿quiero escuchar y ser dócil a la voz amorosa del Espíritu Santo, ese compañero inseparable que Jesús ha puesto a mi lado para que me guíe y me anime?

Podemos invocar al Espíritu Santo con una antigua y hermosa oración de la Iglesia: Ven Espíritu Santo, llena los corazones de tus fieles, y enciende en ellos el fuego de tu Amor. Y le pedimos a la Santísima Virgen, Esposa de Dios Espíritu Santo, que, como ella, le dejemos hacer cosas grandes en nuestra alma, para que sepamos amar a Dios y a los demás, y construir con su ayuda un mundo mejor.



Don Francisco Varo Pineda
Director de Investigación de la Universidad de Navarra.
Profesor de Sagrada Escritura en la Facultad de Teología.

VIGILIA DE PENTECOSTÉS CON MOVIMIENTOS, ASOCIACIONES Y NUEVAS COMUNIDADES

HOMILÍA DEL SANTO PADRE LEÓN XIV, Plaza de San Pedro, sábado, 7 de junio de 2025.

Queridas hermanas y hermanos:

El Espíritu creador, que hemos invocado con el canto —Veni creator Spiritus—, es el Espíritu que descendió sobre Jesús, el protagonista silencioso de su misión: «El Espíritu del Señor está sobre mí» (Lc 4,18). Pidiéndole que visite nuestras mentes, multiplique los lenguajes, encienda los sentidos, infunda el amor, reconforte los cuerpos y done la paz, nos hemos abierto a acoger el Reino de Dios. Es esta la conversión según el Evangelio: encaminarnos hacia el Reino que ya está cerca.

En Jesús vemos y de Jesús escuchamos que todo se transforma, porque Dios reina, porque Dios está cerca. En esta vigilia de Pentecostés nos encontramos íntimamente vinculados por la proximidad de Dios, por su Espíritu que une nuestras historias a la de Jesús. Estamos involucrados en las cosas nuevas que Dios hace, para que su voluntad de vida se cumpla y prevalezca sobre la voluntad de muerte.

Llevar la Buena Noticia

«Me ha consagrado por la unción. Él me envió a llevar la Buena Noticia a los pobres, a anunciar la liberación a los cautivos y la vista a los ciegos, a dar la libertad a los oprimidos y proclamar un año de gracia del Señor» (Lc 4,18-19).

Percibimos aquí el perfume del crisma con el que fue marcada nuestra frente. El Bautismo y la Confirmación, queridos hermanos y hermanas, nos han unido a la misión transformadora de Jesús, al Reino de Dios. Como el amor nos hace familiar el olor de una persona querida, así reconocemos esta noche los unos en los otros el perfume de Cristo. Es un misterio que sorprende y nos hace pensar.

En Pentecostés María, los Apóstoles, las discípulas y los discípulos que con ellos fueron colmados con un Espíritu de unidad, que radicaba para siempre sus diversidades en el único Señor Jesucristo. No muchas misiones, sino una única misión.

No introvertidos y belicosos, sino extrovertidos y luminosos. Esta Plaza de San Pedro, que es como un abrazo abierto y acogedor, expresa magníficamente la comunión de la Iglesia, experimentada por cada uno de ustedes en las distintas experiencias asociativas y comunitarias, muchas de las cuales representan frutos del Concilio Vaticano II.

La tarde de mi elección, mirando con conmoción al pueblo de Dios aquí reunido, recordé la palabra “sinodalidad”, que expresa felizmente el modo en el cual el Espíritu modela la Iglesia. En esta palabra resuena el syn —que quiere decir con— que constituye el secreto de la vida de Dios. Dios no es soledad. Dios es “con” en sí mismo —Padre, Hijo y Espíritu Santo— y es Dios con nosotros. Al mismo tiempo, sinodalidad nos recuerda el camino —odós— porque donde está el Espíritu hay movimiento, hay camino. Somos un pueblo en camino.

Año de gracias del Señor

Esta conciencia no nos aleja, sino que nos sumerge en la humanidad, como levadura en la masa, que la fermenta toda. El año de gracia del Señor, del que es expresión el Jubileo, tiene en sí este fermento. En un mundo quebrantado y sin paz el Espíritu Santo nos educa a caminar juntos. La tierra descansará, la justicia se afirmará, los pobres se alegrarán y la paz volverá si dejamos de movernos como predadores y comenzamos a hacerlo como peregrinos. Ya no cada uno por su cuenta, sino armonizando nuestros pasos con los pasos de los demás. No consumiendo el mundo con voracidad, sino cultivándolo y custodiándolo, como nos enseña la Encíclica Laudato si’.

Queridos hermanos y hermanas, Dios ha creado el mundo para que nosotros estuviésemos juntos. “Sinodalidad” es el nombre eclesial de esta conciencia. Es el camino que pide a cada uno reconocer la propia deuda y el propio tesoro, sintiéndose parte de una totalidad, fuera de la cual todo se marchita, incluso el más original de los carismas. Miren: toda la creación existe sólo en la modalidad del existir juntos, a veces peligroso, pero aun así juntos siempre (cf. Carta enc., Laudato si’ 16; 117).

La fraternidad y participación

Y esto que nosotros llamamos “historia” toma forma sólo en la modalidad de reunirse, de una convivencia, frecuentemente en medio de disensos, pero aun así una convivencia. Lo contrario es mortal y desgraciadamente está ante nuestros ojos cada día. Que sus agregaciones y comunidades sean entonces lugares donde se practique la fraternidad y la participación, no sólo en cuanto lugares de encuentro, sino en cuanto lugares de espiritualidad.

El Espíritu de Jesús cambia al mundo, porque cambia los corazones. Inspira, en efecto, esa dimensión contemplativa de la vida que aleja la autoafirmación, la murmuración, el espíritu de controversia, el dominio de las conciencias y de los recursos. El Señor es el Espíritu y donde está el Espíritu del Señor hay libertad (cf. 2 Co 3,17). La auténtica espiritualidad nos compromete, por tanto, al desarrollo humano integral, actualizando entre nosotros la palabra de Jesús. Donde esto sucede hay alegría. Alegría y esperanza.

La evangelización, obra del Dios

La evangelización, queridos hermanos y hermanas, no es una conquista humana del mundo, sino la infinita gracia que se difunde a través de vidas transformadas por el Reino de Dios. Es el camino de las bienaventuranzas, un itinerario que recorremos juntos, en continua tensión entre el “ya” y el “todavía no”, hambrientos y sedientos de justicia, pobres de espíritu, misericordiosos, mansos, puros de corazón, que trabajan por la paz. Para seguir a Jesús en este camino que Él ha elegido no sirven poderosos protectores, compromisos mundanos o estrategias emocionales.

La evangelización es obra de Dios y, si a veces pasa a través de nuestras personas, es por los vínculos que hace posible. Estén por tanto profundamente ligados a cada una de las Iglesias particulares y a las comunidades parroquiales donde alimentan y gastan sus carismas. Cerca de sus obispos y en sinergia con todos los otros miembros del Cuerpo de Cristo actuaremos, entonces, en armoniosa sintonía. Los desafíos que la humanidad enfrenta serán menos espantosos, el futuro será menos oscuro, el discernimiento menos difícil, si juntos obedeciéramos al Espíritu.

Que María, Reina de los Apóstoles y Madre de la Iglesia, interceda por nosotros.


Los cristianos en el encuentro de la fe con las culturas

¿Qué tiene que ver el mensaje del Evangelio con las culturas? ¿Qué luz nos ofrece sobre esto la vida de Cristo? ¿Qué criterios se deducen de ello para la misión de la Iglesia y el apostolado de los cristianos?

Nos situamos en medio de un profundo y vertiginoso cambio cultural, acompañado de un gran desarrollo tecnológico, y de no menores conflictos por motivaciones políticas, económicas e ideológicas. Esto nos interpela como cristianos, llamados a participar en la configuración del mundo, a la vez que anunciamos el mensaje del Evangelio como semilla de luz y de vida definitiva.

En este contexto, nos detenemos en un importante mensaje de León XIV sobre el acontecimiento de Guadalupe (en 2031 celebraremos los 500 años), así como en las enseñanzas del Papa durante algunas visitas pastorales a parroquias romanas. 

Cristianos, Evangelio y las culturas

León XIV califica el acontecimiento guadalupano como “signo de perfecta inculturación” del Evangelio (cfr. Mensaje a un congreso sobre el acontecimiento guadalupano, 5-II-2026). Y se detiene a explicar en qué consiste esta inculturación.

Se trata del modo como ha sucedido la historia de la salvación, a través de las culturas, tal como se recoge en las Sagradas Escrituras, comenzando por el Antiguo Testamento: la Alianza con el pueblo elegido. Poco a poco, Dios se fue manifestando mientras acompañaba las vicisitudes del Pueblo de Israel. Luego, «Dios se reveló plenamente en Jesucristo, en quien no sólo comunica un mensaje, sino que se comunica Él mismo». Y, por eso, enseña san Juan de la Cruz que después de Cristo no queda otra palabra por esperar, no hay nada más que decir, pues todo ha sido dicho en Él (cfr. Subida al Monte Carmelo, II, 22, 3-5).

Está claro que evangelizar, como expresa el mismo término, es llevar la “buena noticia” (Evangelio) de la salvación por Jesús. Ahora bien, el anuncio del mensaje evangélico acontece siempre dentro de una historia y de una experiencia concreta. Esto comenzó con Jesús de Nazaret, en el que el Hijo de Dios asumió nuestra carne (hablamos de su Encarnación): asumió nuestra condición humana con todo lo que comporta, también a través de una cultura concreta.

Lo mismo debe seguir haciendo la evangelización: «se sigue entonces que no puede ignorarse la realidad cultural de quienes reciben el anuncio y se comprende que la inculturación no es una concesión secundaria ni una mera estrategia pastoral, sino una exigencia intrínseca de la misión de la Iglesia». Si bien es cierto que el Evangelio no se identifica con ninguna cultura particular, es capaz de impregnarlas (iluminarlas y purificarlas) con la verdad y la vida que proceden de Dios.

«Inculturar el Evangelio –explica León XIV– es, desde esta convicción, seguir el mismo camino que Dios ha recorrido: entrar con respeto y amor en la historia concreta de los pueblos para que Cristo pueda ser verdaderamente conocido, amado y acogido desde dentro de su propia vivencia humana y cultural». Y observa: «esto implica asumir las lenguas, los símbolos, las formas de pensar, de sentir y de expresarse de cada pueblo, no sólo como vehículos externos del anuncio, sino como lugares reales en los que la gracia desea habitar y actuar».

Dicho esto, añade lo que “no es” la inculturación: no es una «sacralización de las culturas ni su adopción como marco interpretativo decisivo del mensaje evangélico»; ni una «acomodación relativista o una adaptación superficial del mensaje cristiano». No se trata, pues de «legitimar todo lo culturalmente dado o justificar prácticas, visiones del mundo o estructuras que contradicen el Evangelio y la dignidad de la persona». Eso equivaldría a «desconocer que toda cultura –como toda realidad humana– debe ser iluminada y transformada por la gracia que brota del misterio pascual de Cristo».

Por tanto y en síntesis condensada: «la inculturación es, más bien, un proceso exigente y purificador, mediante el cual el Evangelio, permaneciendo íntegro en su verdad, reconoce, discierne y asume las semina Verbi presentes en las culturas, y al mismo tiempo purifica y eleva sus valores auténticos, liberándolos de aquello que los oscurece o los desfigura. Estas semillas del Verbo, como huellas de la acción previa del Espíritu, encuentran en Jesucristo su criterio de autenticidad y su plenitud».

Guadalupe, lección de pedagogía divina

En esta perspectiva, señala el Papa: «Santa María de Guadalupe es una lección de la pedagogía divina sobre la inculturación de la verdad salvífica». No canoniza una cultura, pero tampoco la ignora, sino que la asume, purifica y transfigura convirtiéndola en “lugar” de encuentro con Cristo.

«La ‘Morenita’ manifiesta el modo de Dios para acercarse a su pueblo; respetuoso en su punto de partida, inteligible en su lenguaje y firme y delicado en su conducción hacia el encuentro con la Verdad plena, con el Fruto bendito de su vientre».

Lo sucedido en el Tepeyac, asegura el papa León XIV, no es una teoría ni una táctica; sino que «se presenta como un criterio permanente para el discernimiento de la misión evangelizadora de la Iglesia, llamada a anunciar al Verdadero Dios por quien se vive sin imponerlo, pero también sin diluir la radical novedad de su presencia salvadora».

Pasando a la situación actual, observa el Papa que hoy la transmisión de la fe ya no puede darse por supuesta. Vivimos en sociedades plurales con visiones del hombre y de la vida que tienden a prescindir de Dios. En este contexto, es necesaria «una inculturación capaz de dialogar con estas realidades culturales y antropológicas complejas, sin asumirlas acríticamente, de modo que suscite una fe adulta y madura, sostenida en contextos exigentes y a menudo adverso».

Esto implica que no cabe transmitir la fe «como una repetición fragmentaria de contenidos ni como una preparación meramente funcional para los sacramentos, sino como un verdadero camino de discipulado»; de modo que «la relación viva con Cristo forme creyentes capaces de discernir, de dar razón de su esperanza y de vivir el Evangelio con libertad y coherencia».

Concluye el papa León XIV replanteando la prioridad de la catequesis para todas las edades y en todos los lugares: «la catequesis se vuelve una prioridad irrenunciable para todos los pastores (cfr. CELAM, Documento de Aparecida, 295-300)». La catequesis –insiste– «está llamada a ocupar un lugar central en la acción de la Iglesia, a acompañar de forma continua y profunda el proceso de maduración que conduce a una fe realmente comprendida, asumida y vivida de manera personal y consciente, incluso cuando ello suponga ir a contracorriente de los discursos culturales dominantes».

La mirada de la fe

Este modo de enfocar la fe lo vive León XIV en su propio ministerio, como se comprueba en sus visitas pastorales durante las pasadas semanas. El domingo segundo de Cuaresma se presentó en la parroquia de la Ascensión de Nuestro Señor Jesucristo, en el Quarticciolo (Roma). En su homilía (1-III-2026) mostró la fuerza de la fe a partir del viaje de Abraham (cfr. Génesis 12, 1-4) y la escena de la transfiguración de Jesús (cfr. Mt 17, 1-9). 

De Abraham aprendemos la confianza en la Palabra de Dios que lo llama y le pide a veces dejarlo todo. También nosotros «dejaremos de temer perder algo, porque sentiremos que crecemos en una riqueza que nadie puede robarnos». También los apóstoles se resistían a subir con Jesús a Jerusalén, sobre todo porque Él les había anunciado que allí padecería y moriría, aunque también resucitaría. Pero tenían miedo e incluso Pedro intentaba disuadirlo. Pero Jesús les animó permitiéndoles contemplar su Transfiguración, que disipó las tinieblas interiores de sus corazones. «Pedro se convierte en el portavoz de nuestro viejo mundo y de su desesperada necesidad de detener las cosas, de controlarlas».

En medio de las vicisitudes de la vida cotidiana con sus dificultades, oscuridades y desánimos –se dirige el Papa a los fieles de la parroquia–, también nosotros contamos con «la pedagogía de la mirada de fe, que lo transforma todo en esperanza, difundiendo la pasión, el compartir y la creatividad como remedio para las numerosas heridas de este barrio». 

Sed de agua viva

El domingo siguiente, el Papa visitó la parroquia romana de Santa María de la Presentación. En su homilía (cfr. 8-III-2026) contempló el pasaje evangélico del encuentro de Jesús con la mujer samaritana (cfr. Jn 4, 1-42), en cuanto que nos ayuda a mejorar nuestras relaciones con Dios. 

También nosotros tenemos “sed de vida y de amor”. En el fondo, deseo de Dios. «Lo buscamos como al agua, incluso sin darnos cuenta, cada vez que nos preguntamos por el sentido de los acontecimientos, cada vez que sentimos cuánto echamos de menos el bien que deseamos para nosotros y para quienes nos rodean». 

bautismo

En este contexto encontramos a Jesús, como la samaritana. «Él quiere regalarle esa agua nueva, viva, capaz de saciar toda sed y calmar toda inquietud, porque esta agua brota del corazón de Dios, plenitud inagotable de toda esperanza». Y le promete un don de Dios que la convertirá, a ella misma, en fuente de agua que salta hasta la vida eterna. De hecho, aquella mujer acepta lo que Jesús le ofrece y se convierte en misionera. 

Los cristianos hemos de continuar con la propuesta de Jesús: una vida justa verdadera y plena, partiendo de la Eucaristía. Hemos de ser «signo de una Iglesia que –como una madre– cuida de los propios hijos, sin condenarles, al contrario acogiéndolos, escuchándolos y sosteniéndolos ante el peligro». Terminaba el papa León XIV animando a los presentes: «¡Id adelante con fe!».

El rostro de Dios

Una semana más tarde, el sucesor de Pedro visitó la parroquia del Sagrado Corazón en Ponte Mammolo, donde celebró el domingo Laetare (15-III-2026). En el marco actual de conflictos violentos, el mensaje del Papa fue nítido: «Más allá de cualquier abismo en el que el ser humano pueda caer a causa de sus pecados, Cristo viene a traer una claridad más fuerte, capaz de liberarlo de la ceguera del mal, para que comience una vida nueva».

El encuentro de Jesús con el ciego de nacimiento (cfr. 9, 1-41) dio pie al Papa para plantear cómo nosotros también hemos de recuperar la vista. Esto «ignifica ante todo superar los prejuicios de quienes, ante un hombre que sufre, sólo ven a un marginado que despreciar o a un problema que evitar, encerrándose en la torre blindada de un individualismo egoísta». 

La actitud de Jesús es bien distinta: «Mira al ciego con amor, no como a un ser inferior o una presencia molesta, sino como a una persona querida y necesitada de ayuda. Así, su encuentro se convierte en una ocasión para que en todos se manifieste la obra de Dios». En el milagro, Jesús se revela con su poder divino y el ciego, al recuperar la vista, se convierte en testigo de la luz. 

Por contraste, está la ceguera de los que se resisten a aceptar el milagro. Y más al fondo, a reconocer a Jesús como el Hijo de Dios, salvador del mundo. Rechazan ver el rostro de Dios que se muestra ante ellos, aferrándose a «la seguridad estéril que les ofrece la observancia legalista de una norma forma. Quizá, a veces –observa el Papa–, también nosotros podamos ser ciegos en este sentido, cuando no nos damos cuenta de los otros y de sus problemas».

Concluyó León XIV con una referencia a san Agustín. Al predicar a los cristianos de su tiempo, se pregunta cómo es el rostro de Dios, para decirles que ellos, que son la Iglesia, son el rostro de Dios si viven la caridad: «¿Qué rostro tiene el amor? ¿Qué forma, qué estatura, qué pies, qué manos? […] Tiene pies, que conducen a la Iglesia; tiene manos, que dan a los pobres; tiene ojos, con los cuales se reconoce al que está necesitado» (Comentario a la Primera Carta de Juan, 7, 10).


Mensaje íntegro del Santo Padre León XIV a los participantes en el Congreso Teológico Pastoral sobre el acontecimiento guadalupano, 24.02.2026

Queridos hermanos y hermanas:

Los saludo cordialmente y agradezco su trabajo de reflexión en torno al signo de perfecta inculturación que, en Santa María de Guadalupe, el Señor quiso regalar a su pueblo. Al reflexionar sobre la inculturación del Evangelio, conviene reconocer el modo mediante el cual Dios mismo se ha manifestado y nos ha ofrecido la salvación.

Él ha querido revelarse no como un ente abstracto ni como una verdad impuesta desde fuera, sino entrando progresivamente en la historia y dialogando con la libertad del hombre. «Después de haber hablado antiguamente a nuestros padres por medio de los Profetas, en muchas ocasiones y de diversas maneras» (Hb 1,1), Dios se reveló plenamente en Jesucristo, en quien no sólo comunica un mensaje, sino que se comunica Él mismo; por eso, como enseña san Juan de la Cruz, después de Cristo no queda otra palabra por esperar, no hay nada más que decir, pues todo ha sido dicho en Él (cf. Subida al Monte Carmelo, II, 22, 3-5).

Evangelizar consiste, ante todo, en hacer presente y accesible a Jesucristo. Toda acción de la Iglesia debe buscar introducir al ser humano en una relación viva con Él, que ilumina la existencia, interpela la libertad y abre a un camino de conversión, disponiendo a acoger el don de la fe como respuesta al Amor que da sentido y sostiene la vida en todas sus dimensiones.

Sin embargo, el anuncio de la Buena Nueva acontece siempre dentro de una experiencia concreta. Tener eso en cuenta es reconocer e imitar la lógica del misterio de la Encarnación, por el cual Cristo «se hizo carne y habitó entre nosotros» (Jn 1,14), asumiendo nuestra condición humana, con todo lo que ella comporta en su configuración temporal.

Se sigue entonces que no puede ignorarse la realidad cultural de quienes reciben el anuncio y se comprende que la inculturación no es una concesión secundaria ni una mera estrategia pastoral, sino una exigencia intrínseca de la misión de la Iglesia. Como señaló san Pablo VI, el Evangelio —y, por consiguiente, la evangelización— no se identifica con ninguna cultura en particular, pero es capaz de impregnarlas a todas sin someterse a ninguna (Exhort. ap. Evangelii nuntiandi, 20).

Inculturar el Evangelio es, desde esta convicción, seguir el mismo camino que Dios ha recorrido: entrar con respeto y amor en la historia concreta de los pueblos para que Cristo pueda ser verdaderamente conocido, amado y acogido desde dentro de su propia vivencia humana y cultural. Esto implica asumir las lenguas, los símbolos, las formas de pensar, de sentir y de expresarse de cada pueblo, no sólo como vehículos externos del anuncio, sino como lugares reales en los que la gracia desea habitar y actuar.

Con todo, es necesario aclarar que la inculturación no equivale a una sacralización de las culturas ni a su adopción como marco interpretativo decisivo del mensaje evangélico, ni puede reducirse a una acomodación relativista o a una adaptación superficial del mensaje cristiano, pues ninguna cultura, por valiosa que sea, puede identificarse sin más con la Revelación ni convertirse en criterio último de la fe.

Legitimar todo lo culturalmente dado o justificar prácticas, visiones del mundo o estructuras que contradicen el Evangelio y la dignidad de la persona sería desconocer que toda cultura —como toda realidad humana— debe ser iluminada y transformada por la gracia que brota del misterio pascual de Cristo.

La inculturación es, más bien, un proceso exigente y purificador, mediante el cual el Evangelio, permaneciendo íntegro en su verdad, reconoce, discierne y asume las semina Verbi presentes en las culturas, y al mismo tiempo purifica y eleva sus valores auténticos, liberándolos de aquello que los oscurece o los desfigura. Estas semillas del Verbo, como huellas de la acción previa del Espíritu, encuentran en Jesucristo su criterio de autenticidad y su plenitud.

Desde esta perspectiva, Santa María de Guadalupe es una lección de la pedagogía divina sobre la inculturación de la verdad salvífica. En ella no se canoniza una cultura ni se absolutizan sus categorías, pero tampoco se las ignora o se las desprecia: son asumidas, purificadas y transfiguradas para convertirse en un lugar de encuentro con Cristo. La Morenita manifiesta el modo de Dios para acercarse a su pueblo; respetuoso en su punto de partida, inteligible en su lenguaje y firme y delicado en su conducción hacia el encuentro con la Verdad plena, con el Fruto bendito de su vientre. 

En la tilma, entre rosas pintadas, la Buena Noticia entra en el mundo simbólico de un pueblo y hace visible su cercanía, ofreciendo su novedad sin violencia ni coacción. Así, lo sucedido en el Tepeyac no se presenta como una teoría ni como una táctica, sino como un criterio permanente para el discernimiento de la misión evangelizadora de la Iglesia, llamada a anunciar al Verdadero Dios por quien se vive sin imponerlo, pero también sin diluir la radical novedad de su presencia salvadora.

Hoy, en muchas regiones del continente americano y del mundo, la transmisión de la fe ya no puede darse por supuesta, particularmente en los grandes centros urbanos y en sociedades plurales, marcadas por visiones del hombre y de la vida que tienden a relegar a Dios al ámbito de lo privado o a prescindir de Él. En este contexto, fortalecer los procesos pastorales exige una inculturación capaz de dialogar con estas realidades culturales y antropológicas complejas, sin asumirlas acríticamente, de modo que suscite una fe adulta y madura, sostenida en contextos exigentes y a menudo adversos.

Esto implica concebir la transmisión de la fe no como una repetición fragmentaria de contenidos ni como una preparación meramente funcional para los sacramentos, sino como un verdadero camino de discipulado, en el que la relación viva con Cristo forme creyentes capaces de discernir, de dar razón de su esperanza y de vivir el Evangelio con libertad y coherencia.

Por ello, la catequesis se vuelve una prioridad irrenunciable para todos los pastores (cf. CELAM, Documento de Aparecida, 295-300). Está llamada a ocupar un lugar central en la acción de la Iglesia, a acompañar de forma continua y profunda el proceso de maduración que conduce a una fe realmente comprendida, asumida y vivida de manera personal y consciente, incluso cuando ello suponga ir a contracorriente de los discursos culturales dominantes.

En este Congreso, ustedes han querido redescubrir y comprender cómo difundir adecuadamente el contenido teológico del acontecimiento guadalupano y, por ende, del Evangelio mismo. Que el ejemplo y la intercesión de tantos santos evangelizadores y pastores que se enfrentaron a ese mismo desafío en su tiempo —Toribio de Mogrovejo, Junípero Serra, Sebastián de Aparicio, Mamá Antula, José de Anchieta, Juan de Palafox, Pedro de San José de Betancur, Roque González, Mariana de Jesús, Francisco Solano, entre tantos otros— les concedan luz y fortaleza para proseguir el anuncio hoy. Y que Santa María de Guadalupe, Estrella de la Nueva Evangelización, acompañe e inspire cada iniciativa rumbo a los 500 años de su aparición. De corazón les imparto la Bendición.

Vaticano, 5 de febrero de 2026. Memoria de san Felipe de Jesús, protomártir mexicano.


Don Ramiro Pellitero Iglesias, profesor de Teología pastoral en la Facultad de Teología de la Universidad de Navarra.

Publicado en Iglesia y nueva evangelización.



La Ascensión del Señor: el triunfo de Cristo

La Ascensión del Señor es más que una despedida despedida; supone el coronamiento de la Pascua y el inicio de la misión de la Iglesia. Al cumplirse cuarenta días desde su Resurrección, Jesús asciende a los cielos para sentarse a la derecha del Padre, recordando que nuestro destino final no es esta tierra, sino la eternidad y el gozo del cielo junto a la Trinidad.

¿Qué celebramos en la fiesta de la Ascensión al cielo?

La solemnidad de la Ascensión del Señor conmemora la entrada de la humanidad de Jesucristo en la gloria de Dios. Como bien se explica el catecismo en el punto 665: «La ascensión de Jesucristo marca la entrada definitiva de la humanidad de Jesús en el dominio celeste de Dios de donde ha de volver (cf. Hch 1, 11), aunque mientras tanto lo esconde a los ojos de los hombres (cf. Col 3, 3)». Este misterio constituye el segundo momento de la glorificación del Hijo, que comenzó con la Resurrección.

El significado del sí al cielo

Cristo no deja el mundo para desentenderse de nosotros. Al subir al cielo con su cuerpo glorioso, lleva consigo nuestra propia naturaleza. Como mencionaba san Josemaría en una de sus homilías: «l Señor nos responde subiendo a los cielos. También como los Apóstoles, permanecemos entre admirados y tristes al ver que nos deja.

No es fácil, en realidad, acostumbrarse a la ausencia física de Jesús. Me conmueve recordar que, en un alarde de amor, se ha ido y se ha quedado; se ha ido al Cielo y se nos entrega como alimento en la Hostia Santa. Echamos de menos, sin embargo, su palabra humana, su forma de actuar, de mirar, de sonreír, de hacer el bien. Querríamos volver a mirarle de cerca, cuando se sienta al lado del pozo cansado por el duro camino, cuando llora por Lázaro, cuando ora largamente, cuando se compadece de la muchedumbre.

Siempre me ha parecido lógico y me ha llenado de alegría que la Santísima Humanidad de Jesucristo suba a la gloria del Padre, pero pienso también que esta tristeza, peculiar del día de la Ascensión, es una muestra del amor que sentimos por Jesús, Señor Nuestro. Él, siendo perfecto Dios, se hizo hombre, perfecto hombre, carne de nuestra carne y sangre de nuestra sangre. Y se separa de nosotros, para ir al Cielo. ¿Cómo no echarlo en falta?». Jesús es la garantía de que donde Él está, nosotros también estaremos.

La promesa del Espíritu Santo

Antes de partir, Jesús deja una misión clara a sus discípulos: «Id por todo el mundo y predicad el Evangelio». Pero no los deja solos. La Ascensión del Señor al cielo es el preludio necesario para Pentecostés. Cristo asciende para que el Paráclito pueda venir y habitar en el corazón de los fieles, permitiendo que la Iglesia sea, desde entonces, su cuerpo místico en la tierra.

Puntos fuertes y claves espirituales de la Ascensión

Para comprender la magnitud de la marcha al cielo, debemos analizar tres pilares que destacan en esta festividad:

  1. La exaltación de Cristo: Jesús es reconocido como Rey del Universo. Al sentarse a la derecha del Padre, se manifiesta su poder sobre la historia y el tiempo.
  2. Nuestra ciudadanía en el cielo: san Pablo nos recuerda que nuestra verdadera patria está en los cielos. La Ascensión actúa como una brújula que reorienta nuestras metas diarias hacia lo eterno.
  3. La presencia invisible de Dios: Jesús deja de estar presente de forma física y limitada para estar presente a través de la Eucaristía y la acción de sus ministros.

Los socios, benefactores y amigos de la Fundación CARF, saben que, para que esta presencia de Cristo llegue a todos los rincones, resulta vital la formación sólida e integral de sacerdotes que luchen por ser santos. Un sacerdote bien formado es el nexo que une a Cristo con los fieles en las parroquias de todo el mundo.

¿Cuándo se celebra la Ascensión del Señor?

Siguiendo el relato del libro de los Hechos de los Apóstoles (1, 3-12), la Ascensión ocurre 40 días después del Domingo de Resurrección. Tradicionalmente, esta fecha cae en jueves. Sin embargo, en la gran mayoría de las diócesis para facilitar la participación de los fieles, la celebración litúrgica se traslada al domingo siguiente (el VII Domingo de Pascua).

Este tiempo de espera entre la Ascensión y Pentecostés es vivido por la Iglesia como una oración intensa, pidiendo los dones del Espíritu Santo. La tradición del Decenario al Espíritu Santo comienza diez días antes (15 de mayo) y finalizará el domingo 24 con la celebración de Pentecostés.

De la contemplación a la acción

Podría ser común pensar que los discípulos se quedaron mirando al cielo con nostalgia y bloqueados sin saber qué hacer. El relato evangélico es claro: dos ángeles se presentan para decirles: «Cuando miraban fijos al cielo, mientras él se iba marchando, se les presentaron dos hombres vestidos de blanco, que les dijeron: "Galileos, ¿qué hacéis ahí plantados mirando al cielo? El mismo Jesús que ha sido tomado de entre vosotros y llevado al cielo, volverá como lo habéis visto marcharse al cielo". Entonces se volvieron a Jerusalén, desde el monte que llaman de los Olivos, que dista de Jerusalén lo que se permite caminar en sábado».

Unos versículos más adelante, encontramos la reacción de Pedro y los demás apóstoles. «Uno de aquellos días, Pedro se puso en pie en medio de los hermanos (había reunidas unas ciento veinte personas) y dijo: Hermanos, tenía que cumplirse lo que el Espíritu Santo, por boca de David, había predicho, en la Escritura». Como se lee, se lanza a la evangelización.

Por ello, la Ascensión podría ser considerada como el pistoletazo de salida para la misión universal. La Iglesia se lanza desde ese instante a transmitir a todo el mundo la buena nueva. En la actualidad, esta misión continúa a través de la labor de decenas de miles de seminaristas y sacerdotes, y religiosos y religiosas, sin olvidar a todos los laicos, que, apoyados por instituciones como la Fundación CARF, dedican su vida a llevar el amor de Cristo y la gracia del Espíritu Santo a las periferias geográficas y existenciales.

La alegría del regreso

San Lucas relata en los Hechos que los discípulos, tras ver a Jesús ascender, volvieron a Jerusalén con gran alegría. ¿Cómo es posible estar alegres ante una despedida semejante? La respuesta reside en la fe. Sabían que Cristo no los abandonaba, sino que inauguraba una nueva forma de cercanía. Desde el cielo, Él intercede por nosotros como nuestro Sumo y Eterno Sacerdote.

El cristiano ante este misterio del cielo

Según san Josemaría: «la fiesta de la Ascensión del Señor nos sugiere también otra realidad; el Cristo que nos anima a esta tarea en el mundo, nos espera en el Cielo. En otras palabras: la vida en la tierra, que amamos, no es lo definitivo; pues no tenemos aquí ciudad permanente, sino que andamos en busca de la futura (Heb XIII, 14) ciudad inmutable». (Es Cristo que pasa, 126).

Y la Ascensión del Señor podría ser considerada una fiesta de esperanza sacerdotal. Cristo asciende para interceder por nosotros. Y los sacerdotes actúan en la tierra in persona Christi. En la Fundación CARF tenemos la convicción de que ayudar a un seminarista o a un sacerdote diocesano o religioso a formarse en Roma o Pamplona es perpetuar la presencia de Jesús, perfecto Dios y perfecto hombre.

A través de nuestras redes sociales (@fundacioncarf), compartimos testimonios de jóvenes que han visto esa llamada para ir por todo el mundo a predicar el Evangelio. Y para ello se esfuerzan en prepararse humana, intelectual y espiritualmente para ser los pies y las manos de Cristo en la tierra. Una formación teológica de calidad es esencial para que el mensaje de la Ascensión sea transmitido con fidelidad y ardor. Los contenidos y artículos que se publican y promueven en medios como Omnes ayudan a laicos y consagrados a mejorar su formación.

¿Por qué es importante tu colaboración?

Cada vez que una persona colabora con la Fundación CARF, está participando de forma metafórica y real en el mandato de la Ascensión.

«Les dijo: No os toca a vosotros conocer los tiempos o momentos que el Padre ha establecido con su propia autoridad; en cambio, recibiréis la fuerza del Espíritu Santo que va a venir sobre vosotros y seréis mis testigos en Jerusalén, en toda Judea y Samaría y hasta el confín de la tierra. Dicho esto, a la vista de ellos, fue elevado al cielo, hasta que una nube se lo quitó de la vista».

No todos podemos ir a misiones lejanas, pero sí podemos asegurar que quienes vano viven allí estén preparados. La formación de un sacerdote es una inversión para la salvación de muchas almas tanto de personas creyentes como no practicantes.

La Ascensión de Cristo ha abierto el camino del cielo. Nuestra tarea ahora es recorrerlo con alegría, santificando el trabajo diario y las relaciones humanas, sabiendo que cada pequeño acto de amor nos acerca más a esa gloria que Jesús ya posee.

¿Estamos mirando demasiado al suelo, preocupados solo por lo inmediato, o levantamos la vista con esperanza hacia el cielo? La Ascensión nos invita a ello.

En esta fiesta de la Ascensión, te invitamos a ser parte de la misión evangelizadora de la Iglesia. Tu donación desgravable a la Fundación CARF permite que sacerdotes de todo el mundo reciban la educación necesaria para servir mejor a su hermanos.



Beato Álvaro del Portillo: un hombre fiel a la Iglesia

La historia del siglo XX no podría entenderse plenamente sin figuras que, desde la discreción y la eficacia, transformaron instituciones y mentalidades. Álvaro del Portillo (1914-1994) es una de ellas. Doctor Ingeniero de Caminos, Canales y Puertos, Doctor en Filosofía y Letras (sección Historia), y Doctor en Derecho Canónico, su vida fue un puente entre el rigor de la técnica y la profundidad humilde de la fe. Este entrada del blog recorre algunos elementos destacados y esenciales de su trayectoria, marcada por una lealtad inquebrantable a la Iglesia, a san Josemaría, al Opus Dei y una capacidad de trabajo prodigiosa: el siervo bueno y fiel.

Álvaro, el ingeniero que miraba al cielo

Nació en Madrid el 11 de marzo de 1914 en una familia de profundas raíces cristianas. Álvaro destacó desde joven por su inteligencia brillante y una serenidad natural. Su formación inicial como Ingeniero de Caminos, Canales y Puertos marcó su estructura mental: lógica, ordenada y orientada a la resolución de problemas complejos.

Esa mentalidad técnica sería, años más tarde, fundamental para su labor en la Iglesia. Quienes convivieron con él en su juventud destacaban su capacidad de sacrificio. Durante la Guerra Civil Española, su fe fue puesta a prueba en situaciones de extrema precariedad, forjando un carácter templado en la adversidad y una paz que, según muchos testimonios, contagiaba a quienes le rodeaban.

Encuentro con san Josemaría: la fidelidad y la solidez de una roca

En 1935, el beato Álvaro del Portillo conoció a san Josemaría Escrivá. Ese encuentro transformó su vida. Se convirtió en el apoyo más sólido del fundador del Opus Dei, una relación inseparable que duraría casi cuarenta años.

En la biografía Misión cumplida, de Hugo de Azevedo, se detalla cómo Álvaro se convirtió en la roca (saxum) en la que san Josemaría se apoyaba. Su papel no fue meramente el de un secretario, sino el de un confidente, confesor, y colaborador necesario para la expansión de un mensaje revolucionario en su época: la llamada universal a la santidad en medio del mundo mediante la santificación del trabajo profesional.

Algunos puntos clave de la vida del beato Álvaro del Portillo

Un papel decisivo en el Concilio Vaticano II

Quizás uno de los hitos menos conocidos por el gran público, pero más valorados por los historiadores eclesiásticos, es la contribución del beato Álvaro del Portillo al Concilio Vaticano II (1962-1965).

Su labor en Roma fue ingente. Fue secretario de la Comisión que redactó el decreto Presbyterorum Ordinis, pero su influencia se extendió a otros documentos vitales. Su capacidad de mediación y su profundo conocimiento jurídico fueron clave para articular el papel de los laicos en la Iglesia. No buscaba el protagonismo, su estilo era el de la eficacia silenciosa en los pasillos y las comisiones del Vaticano II, donde se ganó el respeto de cardenales y teólogos de todas las sensibilidades de la Iglesia.

Álvaro del Portillo junto a san Josemaría
San Josemaría junto al beato Álvaro del Portillo.

Responsabilidades de Álvaro del Portillo en el Concilio Vaticano II y posteriores

Durante el pontificado de Pío XII colaboró en varios dicasterios pontificios y fue nombrado Consultor de la Sagrada Congregación de Religiosos (1954-66). San Juan XXIII le nombró consultor de la Sagrada Congregación del Concilio (1959-1966), y calificador (1960) y juez (1964) de la Suprema Congregación del Santo Oficio. En las etapas previas del Concilio Vaticano II fue presidente de la Comisión Antepreparatoria para el Laicado y formó parte también de otras comisiones preparatorias. Fue más tarde designado entre los primeros cien peritos del Concilio.

En los años de desarrollo del Concilio Vaticano II (1962-65), fue secretario de la Comisión sobre la Disciplina del Clero y del Pueblo Cristiano y Consultor de otras Comisiones Conciliares: la de Obispos, la de Religiosos, la de la Doctrina de la Fe, etc. En 1963 fue nombrado, también por Juan XXIII, consultor de la Comisión Pontificia para la Revisión del Código de Derecho Canónico.

Posteriormente, san Pablo VI le nombró consultor de la Comisión Postconciliar sobre los Obispos y el Régimen de las Diócesis (1966), de la Sagrada Congregación para la Doctrina de la Fe (1966-1983) y de la Sagrada Congregación para el Clero (1966).

San Juan Pablo II le nombró consultor de la Sagrada Congregación para las Causas de los Santos (1982) y del Pontificio Consejo para las Comunicaciones Sociales (1984) y miembro de la secretaría del Sínodo de los Obispos (1983). También, desde 1982, fue miembro ad honorem de la Pontificia Academia Teológica Romana. Participó, por expreso deseo del papa Juan Pablo II, en las Asambleas Generales Ordinarias del Sínodo de Obispos sobre la vocación y la misión de los laicos en la Iglesia y en el mundo (1987) y sobre la formación de los sacerdotes en la situación actual (1990).

El sucesor y la continuidad fiel y creativa

A la muerte de san Josemaría en 1975, Álvaro del Portillo fue elegido por unanimidad para sucederle. Se enfrentó al reto más difícil para cualquier persona que debe liderar: suceder a una figura carismática de talla mundial y que ya se la reconocía en círculos privados como santa.

Su gestión se caracterizó por lo que hoy se podría denominar "continuidad fiel y creativa". No se limitó a repetir el pasado, sino que consolidó la estructura jurídica del Opus Dei como Prelatura Personal en 1982, un hito histórico que dio encaje definitivo a la institución dentro del Derecho Canónico. Durante su mandato, la labor apostólica se extendió a veinte nuevos países, demostrando una visión global y una capacidad de ejecución extraordinaria.

Foto tomada en Austria en el lago Wolfgangsee (cerca de Salzburgo), en mayo de 1955. San Josemaría visitó varios lugares marianos y ciudades de Austria y Alemania acompañado de Álvaro del Portillo.

Un hombre de paz y alegría: rasgos de su personalidad

El libro Recuerdo de Álvaro del Portillo, de Salvador Bernal, recoge cientos de testimonios que coinciden en un rasgo distintivo: su paz. En un mundo convulso, él emanaba una tranquilidad que no era fruto de la ausencia de problemas, sino de una profunda vida interior y alegría.

Los últimos años y el viaje a Tierra Santa

El final de su vida fue un resumen de su existencia. En marzo de 1994, realizó una peregrinación a Tierra Santa. Quienes le acompañaron recuerdan su profunda emoción al rezar en los lugares santos.

Regresó a Roma el 22 de marzo y, pocas horas después, ya en la madrugada del día 23, falleció tras un ataque al corazón. Tan solo unas horas antes, había celebrado su última Santa Misa en la iglesia del Cenáculo en Jerusalén. Fue una despedida simbólica: el ingeniero que había construido puentes espirituales en todo el mundo, terminaba su viaje en la cuna de su fe.

El 27 de septiembre de 2014, la beatificación de don Álvaro en Madrid fue un evento multitudinario que confirmó lo que muchos ya sabían: su vida había resultado una "misión cumplida". Y repasamos la homilía que pronunció ese día el cardenal Angelo Amato.

"1. «Pastor según el corazón de Cristo, celoso ministro de la Iglesia» [1]. Este es el retrato que el Papa Francisco ofrece del beato Álvaro del Portillo, pastor bueno, que, como Jesús, conoce y ama a sus ovejas, conduce al redil las que se han perdido, venda las heridas de las enfermas y ofrece la vida por ellas [2].

El nuevo beato fue llamado desde joven a seguir a Cristo, para ser después un diligente ministro de la Iglesia y proclamar en todo el mundo la gloriosa riqueza de su misterio salvífico: «nosotros anunciamos a ese Cristo; amonestamos a todos, enseñamos a todos, con todos los recursos de la sabiduría, para presentarlos a todos perfectos en Cristo.

Por este motivo lucho denodadamente con su fuerza, que actúa poderosamente en mí» [3]. Y este anuncio de Cristo Salvador lo realizó con absoluta fidelidad a la cruz y, al mismo tiempo, con una ejemplar alegría evangélica en las dificultades. Por eso, la Liturgia le aplica hoy las palabras del Apóstol: «ahora me alegro de mis sufrimientos por vosotros: así completo en mi carne lo que falta a los padecimientos de Cristo, en favor de su cuerpo que es la Iglesia» [4].

La serena felicidad ante el dolor y el sufrimiento, es una característica de los Santos. Por lo demás, las bienaventuranzas –también aquellas más arduas como las persecuciones– no son sino un himno a la alegría.

2. Son muchas las virtudes –como la fe, la esperanza y la caridad– que el beato Álvaro vivió de modo heroico. Practicó estos hábitos virtuosos a la luz de las bienaventuranzas de la mansedumbre, de la misericordia, de la pureza de corazón. Los testimonios son unánimes. Además de destacar por la total sintonía espiritual y apostólica con el santo Fundador, se distinguió también como una figura de gran humanidad.

Los testigos afirman que, desde niño, Álvaro era un «un chico de carácter muy alegre y muy estudioso, que nunca dio problemas»; «era cariñoso, sencillo, alegre, responsable, bueno...» [5].

Heredó de su madre, doña Clementina, una serenidad proverbial, la delicadeza, la sonrisa, la comprensión, el hablar bien de los demás y la ponderación al juzgar. Era un auténtico caballero. No era locuaz. Su formación como ingeniero le confirió rigor mental, concisión y precisión para ir en seguida al núcleo de los problemas y resolverlos. Inspiraba respeto y admiración.

3. Su delicadeza en el trato iba unida a una riqueza espiritual excepcional, en la que destacaba la gracia de la unidad entre vida interior y afán apostólico infatigable. El escritor Salvador Bernal afirma que transformó en poesía la prosa humilde del trabajo diario.

Era un ejemplo vivo de fidelidad al Evangelio, a la Iglesia, al Magisterio del Papa. Siempre que acudía a la basílica de san Pedro en Roma, solía recitar el Credo ante la tumba del Apóstol y una Salve ante la imagen de Santa María, Mater Ecclesiae.

Huía de todo personalismo, porque transmitía la verdad del Evangelio y la integridad de la tradición, no sus propias opiniones. La piedad eucarística, la devoción mariana y la veneración por los Santos nutrían su vida espiritual.

Mantenía viva la presencia de Dios con frecuentes jaculatorias y oraciones vocales. Entre las más habituales estaban: Cor Iesu Sacratissimum et Misericors, dona nobis pacem!, y Cor Mariae Dulcissimum, iter para tutum; así como la invocación mariana: Santa María, Esperanza nuestra, Esclava del Señor, Asiento de la Sabiduría.

4. Un momento decisivo de su vida fue la llamada al Opus Dei. A los 21 años, en 1935, después de encontrar a san Josemaría Escrivá de Balaguer –que entonces era un joven sacerdote de 33 años–, respondió generosamente a la llamada del Señor a la santidad y al apostolado.

Tenía un profundo sentido de comunión filial, afectiva y efectiva con el Santo Padre. Acogía su magisterio con gratitud y lo daba a conocer a todos los fieles del Opus Dei. En los últimos años de su vida, besaba a menudo el anillo de Prelado que le había regalado el Papa para reafirmarse en su plena adhesión a los deseos del Romano Pontífice. En particular, secundaba sus peticiones de oración y ayuno por la paz, por la unidad de los cristianos, por la evangelización de Europa.

Destacaba por la prudencia y rectitud al valorar los sucesos y las personas; la justicia para respetar el honor y la libertad de los demás; la fortaleza para resistir las contrariedades físicas o morales; la templanza, vivida como sobriedad, mortificación interior y exterior. El beato Álvaro transmitía el buen olor de Cristo –bonus odor Christi[6], que es el aroma de la auténtica santidad.

5. Sin embargo, hay una virtud que monseñor Álvaro del Portillo vivió de modo especialmente extraordinario, considerándola un instrumento indispensable para la santidad y el apostolado: la virtud de la humildad, que es imitación e identificación con Cristo, manso y humilde de corazón [7]. Amaba la vida oculta de Jesús y no despreciaba los gestos sencillos de devoción popular, como, por ejemplo, subir de rodillas la Scala Santa en Roma.

Álvaro del Portillo en la Santa Misa de acción de gracias celebrada un día después de la beatificación de Josemaría Escrivá, el 12 de mayo de 1992.

A un fiel de la Prelatura, que había visitado ese mismo lugar pero que había subido a pie la Scala Santa, porque –así se lo comentó– se consideraba un cristiano maduro y bien formado, el beato Álvaro le respondió con una sonrisa, y añadió que él la había subido de rodillas, a pesar de que el ambiente estaba algo cargado por la multitud de personas y la escasa ventilación [8]. Fue una gran lección de sencillez y de piedad.

Monseñor del Portillo estaba, de hecho, beneficiosamente “contagiado” por el comportamiento de Nuestro Señor Jesucristo, que no vino a ser servido, sino a servir [9]. Por eso, rezaba y meditaba con frecuencia el himno eucarístico Adoro Te devote, latens deitas. Del mismo modo, consideraba la vida de María, la humilde esclava del Señor.

A veces recordaba una frase de Cervantes, de las Novelas Ejemplares: «sin humildad, no hay virtud que lo sea» [10]. Y a menudo recitaba una jaculatoria frecuente entre los fieles de la Obra: «Cor contritum et humiliatum, Deus, non despicies» [11]; no despreciarás, oh Dios, un corazón contrito y humillado.

Para él, como para san Agustín, la humildad era el hogar de la caridad [12]. Repetía un consejo que solía dar el Fundador del Opus Dei, citando unas palabras de san José de Calasanz: «Si quieres ser santo, sé humilde; si quieres ser más santo, sé más humilde; si quieres ser muy santo, sé muy humilde» [13].

Tampoco olvidaba que un burro fue el trono de Jesús en la entrada a Jerusalén. Incluso sus compañeros de estudios, además de destacar su extraordinaria inteligencia, subrayan su sencillez, la inocencia serena de quien no se considera mejor que los demás. Pensaba que su peor enemigo era la soberbia. Un testigo asegura que era “la humildad en persona” [14].

Su humildad no era áspera, llamativa, exasperada; sino cariñosa, alegre. Su alegría derivaba de la convicción de su escasa valía personal. A principios de 1994, el último año de su vida en la tierra, en una reunión con sus hijas, dijo: «os lo digo a vosotras, y me lo digo a mí mismo. Tenemos que luchar toda la vida para llegar a ser humildes.

Tenemos la escuela maravillosa de humildad del Señor, de la Santísima Virgen y de San José. Vamos a aprender. Vamos a luchar contra el propio yo que está constantemente alzándose como una víbora, para morder. Pero estamos seguros si estamos cerca de Jesús, que es del linaje de María, y es el que aplastará la cabeza de la serpiente» [15].

Para don Álvaro, la humildad era «la llave que abre la puerta para entrar en la casa de la santidad», mientras que la soberbia constituía el mayor obstáculo para ver y amar a Dios. Decía: «la humildad nos arranca la careta de cartón, ridícula, que llevan las personas presuntuosas, pagadas de sí mismas»[16].

La humildad es el reconocimiento de nuestras limitaciones, pero también de nuestra dignidad de hijos de Dios. El mejor elogio de su humildad lo expresó una mujer del Opus Dei, después del fallecimiento del Fundador: «el que ha muerto ha sido don Álvaro, porque nuestro Padre sigue vivo en su sucesor» [17].

Un cardenal atestigua que cuando leyó sobre la humildad en la Regla de san Benito o en los Ejercicios Espirituales de san Ignacio de Loyola, le parecía contemplar un ideal altísimo, pero inalcanzable para el ser humano. Pero cuando conoció y trató al beato Álvaro entendió que era posible vivir la humildad de modo total.

6. Se pueden aplicar al beato las palabras que el cardenal Ratzinger pronunció en 2002, con ocasión de la canonización del fundador del Opus Dei. Hablando de la virtud heroica, el entonces Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe dijo: «Virtud heroica no significa exactamente que uno ha llevado a cabo grandes cosas por sí mismo, sino que en su vida aparecen realidades que no ha hecho él, porque él se ha mostrado transparente y disponible para que Dios actuara [...]. Esto es la santidad» [18].

Este es el mensaje que nos entrega hoy el beato Álvaro del Portillo, «pastor según el corazón de Jesús, celoso ministro de la Iglesia» [19]. Nos invita a ser santos como él, viviendo una santidad amable, misericordiosa, afable, mansa y humilde.

La Iglesia y el mundo necesitan del gran espectáculo de la santidad, para purificar, con su aroma agradable, los miasmas de los muchos vicios alardeados con arrogante insistencia.

Ahora más que nunca necesitamos una ecología de la santidad, para contrarrestar la contaminación de la inmoralidad y de la corrupción. Los santos nos invitan a introducir en el seno de la Iglesia y de la sociedad el aire puro de la gracia de Dios, que renueva la faz de la tierra.

Que María Auxiliadora de los Cristianos y Madre de los Santos, nos ayude y nos proteja.

Beato Álvaro del Portillo, ruega por nosotros. Amén".

El beato Álvaro del Portillo deja el legado de un hombre que supo combinar la excelencia profesional con una profunda humildad personal. Su vida demuestra que es posible estar en el centro de los grandes acontecimientos históricos manteniendo siempre el corazón en lo esencial: el servicio a los demás y la fidelidad a los propios principios.