Atacar la adicción al móvil en la Pastoral con jóvenes

Los móviles son cosa de mayores, jóvenes y niños, y se han convertido en un asunto de Estado en muchos países por las consecuencias que tiene su uso indiscriminado. Por sexto año, la capellanía de la Clínica Universidad de Navarra, en colaboración con la Fundación CARF, organizó una nueva edición del ciclo Nociones de medicina para sacerdotes, en esta ocasión centrada en la adicción al móvil en niños y jóvenes.

Se trata de una iniciativa formativa dirigida a ofrecer criterios médicos útiles para el acompañamiento pastoral. En esta edición participaron una treintena de sacerdotes.

Conferencia sacerdote adicción al móvil y las pantallas jóvenes y niños
Dr. Miguel Ángel Martínez-González durante la conferencia.

La adicción al móvil como reto pastoral y sanitario

El pasado 24 de enero, el ponente fue el Dr. Miguel Ángel Martínez-González, catedrático de Medicina Preventiva y Salud Pública de la Universidad de Navarra y profesor visitante de Nutrición en la Harvard T. H. Chan School of Public Health.

Su intervención, titulada Pantallas y adicciones, se basó en dos de sus obras más recientes: Salmones, hormonas y pantallas (Planeta, 2023) y Doce soluciones para superar los retos de las pantallas (Planeta, 2025), centradas especialmente en la prevención del impacto del uso de las pantallas en niños y adolescentes.

El ponente subrayó que la adicción al móvil no debe abordarse únicamente como un problema educativo o disciplinar, sino como un fenómeno con implicaciones clínicas, familiares y sociales. Desde su experiencia en salud pública, explicó que la detección precoz resulta clave para evitar la cronificación de conductas de dependencia, especialmente en etapas de desarrollo neurológico todavía inmaduras, como la infancia y la adolescencia.

En este sentido, animó a los sacerdotes a colaborar activamente con las familias, centros educativos y profesionales sanitarios cuando detecten situaciones de riesgo.

Niveles de adicción

Asimismo, señaló que una correcta derivación médica no debe interpretarse como un fracaso del acompañamiento pastoral, sino como una forma responsable de cuidado integral de la persona, especialmente cuando existen síntomas de ansiedad, aislamiento social o deterioro significativo del rendimiento académico o laboral.

«Las redes sociales están diseñadas para ser altamente adictivas»

Durante su intervención, el catedrático advirtió de que la entrega temprana de teléfonos inteligentes a menores se ha convertido en un problema de salud pública.

Según explicó, las principales plataformas digitales están diseñadas para maximizar el tiempo de uso mediante sistemas de recompensa asociados a la liberación de dopamina.

Añadió que el desarrollo de estas tecnologías cuenta con equipos altamente especializados en neuropsicología e ingeniería, lo que sitúa a niños y adolescentes en una posición de clara desventaja.

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Cuatro grandes dimensiones de daño para la salud

El ponente identificó cuatro grandes áreas de riesgo asociadas al uso problemático de pantallas:

La dependencia

Dirigiéndose a los sacerdotes, el Dr. Martínez-González explicó que existen distintos grados de dependencia.

En situaciones leves, el acompañamiento personal y la orientación pastoral pueden ser suficientes. En los casos más graves –cuando aparecen abandono de responsabilidades, conductas compulsivas o síntomas de abstinencia– resulta necesario derivar a profesionales sanitarios o de la psicología.

Subrayó también la importancia de favorecer un clima de confianza que facilite la sinceridad, así como de ser conscientes de la elevada frecuencia de este tipo de problemas entre los jóvenes.

El papel de los padres

El catedrático insistió en que la prevención comienza en el ámbito familiar y, de manera especial, en la formación de los padres.

Recomendó promover un diálogo temprano, personal y sin actitudes punitivas sobre la sexualidad, así como dar ejemplo en el uso de la tecnología, establecer normas claras, horarios y sistemas de control parental en el hogar. Asimismo, defendió retrasar al máximo la entrega del primer teléfono inteligente hasta los 18 años.

Como cierre, destacó el crecimiento de iniciativas de madres y padres que se organizan para limitar el impacto de las pantallas en la vida familiar y educativa, y animó a apoyar este tipo de movimientos sociales.


Marta Santín, periodista especializada en religión.


Santo Tomás de Aquino, el Doctor Angélico

Santo Tomás de Aquino (1224/1225–1274) es una de las figuras más influyentes de la historia de la Iglesia. Sacerdote dominico, su vida y su obra muestran que el amor a Dios y el rigor intelectual se reclaman mutuamente. La Iglesia ha reconocido en él un modelo perenne para la formación teológica, filosófica y espiritual, especialmente en la formación de sacerdotes.

Nacido en Roccasecca, en el Reino de Sicilia, en una familia noble, Tomás recibió su primera educación en la abadía benedictina de Montecassino. Más tarde estudió en la Universidad de Nápoles, donde entró en contacto con los textos de Aristóteles y con la recién fundada Orden de Predicadores. Contra los planes de su familia, decidió ingresar en los dominicos. Esta elección marcaría su vida.

Una vida entregada al estudio y a Dios

La biografía de santo Tomás está llena de episodios de fidelidad, trabajo y oración. Tras ingresar en la Orden de Predicadores, fue enviado a estudiar a París y a Colonia, donde fue discípulo de san Alberto Magno, uno de los grandes sabios del siglo XIII. Allí se formó en Filosofía y Teología, con un método que integraba la razón humana y la revelación cristiana.

Su familia, opuesta a su vocación religiosa, llegó incluso a retenerlo durante un tiempo para disuadirlo. Pero Tomás permaneció firme. Este episodio muestra un rasgo esencial de su carácter: la serenidad y la convicción profunda con la que buscaba la verdad y cumplía la voluntad de Dios.

Una vez ordenado sacerdote, desarrolló una intensa labor académica. Enseñó en la Universidad de París y en diversos estudios dominicos en Italia. Fue consejero de papas y participó activamente en la vida intelectual de la Iglesia de su tiempo. Sin embargo, nunca entendió el estudio como un fin en sí mismo. Para Tomás, estudiar era una forma de servir: servir a la Iglesia, a la predicación y a la salvación de las almas.

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La espiritualidad de santo Tomás es sobria y profunda. Hombre de oración, celebraba la Eucaristía con gran recogimiento. En sus himnos eucarísticos –todavía hoy usados en la liturgia, destacan el Pange lingua o el Adoro te devote– se percibe una fe profunda, centrada en Cristo, que complementa su enorme rigor intelectual.

Murió el 7 de marzo de 1274 en la abadía de Fossanova, cuando se dirigía al Concilio de Lyon. Tenía alrededor de 49 años.

Fue canonizado en 1323 y proclamado Doctor de la Iglesia en 1567. Más tarde, la Iglesia lo declararía Doctor Común, recomendando su doctrina de modo especial para la formación teológica.

Santo Tomás de Aquino y su obra para la formación cristiana

La grandeza de santo Tomás de Aquino se manifiesta sobre todo en su obra escrita, extensa y sistemática. Entre todos sus escritos, destacan dos por su importancia y por su impacto duradero en la vida de la Iglesia.

La Suma Teológica es su obra más conocida. Concebida como un manual para la formación de estudiantes de Teología, está estructurada de manera pedagógica: cada cuestión se plantea con objeciones, una respuesta central y las réplicas finales. Este método busca enseñar a pensar. Tomás acepta las dificultades y las preguntas, porque confía en que la verdad puede ser conocida y expresada con claridad.

En la Summa aborda los grandes temas de la fe cristiana: Dios, la creación, el ser humano, la vida moral, Cristo y los sacramentos. Todo está ordenado con un criterio claro: conducir al hombre hacia su fin último, que es Dios. Esta visión integral explica por qué la Iglesia sigue recomendando esta obra como base para los estudios eclesiásticos.

La Summa contra Gentiles, por su parte, tiene un carácter más apologético. Está pensada para dialogar con quienes no comparten la fe cristiana, mostrando que muchas verdades fundamentales pueden ser alcanzadas por medio de la razón. Es una obra especialmente relevante hoy, en un contexto cultural plural, donde la Iglesia está llamada a dialogar con la razón contemporánea sin renunciar a la revelación.

Uno de los aportes centrales de santo Tomás es la armonía entre fe y razón. Para él, no puede haber contradicción entre ambas, porque las dos proceden de Dios. La razón humana tiene un campo propio y una dignidad real; la fe no la anula, sino que la eleva. Este principio ha sido asumido de manera explícita por el Magisterio de la Iglesia, especialmente en documentos sobre la formación sacerdotal y la educación católica.

También es fundamental su aportación a la Teología Moral. Su explicación de la ley natural, de las virtudes y del actuar humano sigue siendo una referencia sólida para comprender la moral cristiana como un camino de plenitud, lejos de ser un simple conjunto de normas. La moral, para santo Tomás, es una respuesta libre y razonable al amor de Dios.

Santo Tomás de Aquino propone cinco remedios de sorprendente eficacia contra la tristeza.

1. El primer remedio es concederse un placer

Es como si el famoso teólogo hubiese intuido ya hace siete siglos la idea, tan difundida hoy, de que el chocolate es antidepresivo. Quizá parezca una idea materialista, pero es evidente que una jornada llena de amarguras puede terminar bien con una buena cerveza. 

Que algo así sea contrario al Evangelio es difícilmente demostrable: sabemos que el Señor participaba con gusto en banquetes y fiestas, y tanto antes como después de la Resurrección disfrutó con gusto de las cosas bellas de la vida. Incluso un Salmo afirma que el vino alegra el corazón del hombre (aunque es preciso aclarar que la Biblia condena claramente las borracheras).

2. El segundo remedio es el llanto

A menudo, un momento de melancolía es más duro si no se logra encontrar una vía de escape, y parece como si la amargura se acumulase hasta impedir llevar a cabo la tarea más pequeña. 

El llanto es un lenguaje, un modo de expresar y deshacer el nudo de un dolor que a veces nos puede asfixiar. También Jesús lloró. Y el papa Francisco señala que «ciertas realidades de la vida se ven solamente con ojos que han sido limpiados por las lágrimas. Invito a cada uno de vosotros a preguntarse: ¿Yo he aprendido a llorar?».

3. El tercer remedio es la compasión de los amigos

Me viene a la cabeza el personaje del amigo de Renzo, en el famoso libro Los novios, que en una gran casa deshabitada a causa de la peste va desgranando las grandes desgracias que han sacudido a su familia. «Son hechos horribles, que jamás hubiera creído que llegaría a ver; cosas que quitan la alegría para toda la vida; pero hablarlas entre amigos es un alivio». 

Es algo que hay que experimentar para creerlo. Cuando uno se siente triste, tiende a ver todo de color gris. En esas ocasiones es muy eficaz abrir el alma con algún amigo. A veces basta un mensaje o una llamada de teléfono breve y el panorama se ilumina de nuevo.

4. El cuarto remedio contra la tristeza es la contemplación de la verdad. 

Se trata del fulgor veritatis del que habla san Agustín. Contemplar el esplendor de las cosas, en la naturaleza o una obra de arte, escuchar música, sorprenderse con la belleza de un paisaje... puede ser un eficaz bálsamo contra la tristeza. 

Un critico literario, pocos días después del fallecimiento de un querido amigo, tenía que hablar sobre el tema de la aventura en Tolkien. Inició así: «Hablar de cosas bellas ante personas interesadas es para mí un verdadero consuelo...».

5. Dormir y darse un baño.

El quinto remedio propuesto por santo Tomás es el que quizá uno menos podría esperar de un maestro medieval. El teólogo afirma que un remedio fantástico contra la tristeza es dormir y darse un baño. 

La eficacia del consejo es evidente. Es profundamente cristiano comprender que para remediar un mal espiritual a veces resulta necesario un alivio corporal. Desde que Dios se ha hecho Hombre, y por tanto ha asumido un cuerpo, el mundo material ha superado la separación entre materia y espíritu.

Un prejuicio muy difundido es que la visión cristiana del hombre se basa sobre la oposición entre alma y cuerpo, y este último sería siempre visto como una carga u obstáculo para la vida espiritual. 

En realidad, el humanismo cristiano considera que la persona (alma y cuerpo) resulta completamente 'espiritualizada' cuando busca la unión con Dios. Usando palabras de san Pablo, existe un cuerpo animal y un cuerpo espiritual, y nosotros no moriremos, sino que seremos transformados, porque es necesario que este cuerpo corruptible se vista de incorruptibilidad, que este cuerpo mortal se vista de inmortalidad.

Por todo ello, santo Tomás de Aquino es una figura especialmente cercana a la misión de la Fundación CARF, que apoya la formación integral, intelectual, humana y espiritual de seminaristas y sacerdotes diocesanos de todo el mundo. Su vida recuerda que la Iglesia necesita pastores bien formados, capaces de pensar con rigor, enseñar con claridad y vivir sus enseñanzas con coherencia.


Papa León XIV: primeros 8 meses de pontificado

A estas alturas del año, no pocos comentaristas se lanzan a un análisis de los primeros meses del pontificado del papa León XIV. Mi impresión es que quizá se pretende demasiado, y que tan poco tiempo apenas sirve para vislumbrar horizontes de un pontificado que, si Dios no dispone otra cosa, tiene una larga vida por delante.

Los pilares del pontificado del nuevo Papa

Y, sin querer interpretar nada, me quedo con subrayar tres detalles que están haciendo mucho bien a las almas de los creyentes bien dispuestos a rezar y venerar al papa León XIV. Estos tres detalles son: la centralidad de Jesucristo, Dios y hombre verdadero; la veneración y devoción a María, Madre de Dios; y la perspectiva de la vida eterna.

La centralidad de Cristo quedó claramente manifestada en el episodio ocurrido mientras León XIV visitaba la mezquita azul, en Estambul. Quiso seguir la visita, y no pararse a rezar con los Emires. En una entrevista, pocos días después, el Papa señaló que quería rezar en una iglesia, ante Jesús Sacramentado. O sea, rezar adorando al verdadero Dios Hijo, hecho Eucaristía, alimento de eternidad.

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La devoción a la Virgen María y la esperanza

La devoción a la Virgen María quedó bien grabada en el alma de los peregrinos que asistieron a la última audiencia del año jubilar, que papa León XIV celebró en la Plaza de san Pedro el sábado 20 de diciembre.

«Hermanas y hermanos, si la oración cristiana es tan profundamente mariana, es porque en María de Nazaret vemos a una de nosotros que genera. Dios la hizo fecunda y salió a nuestro encuentro con sus rasgos, como todo hijo se parece a su madre. Es Madre de Dios y madre nuestra. "Esperanza nuestra", decimos en la Salve Regina. Se parece al Hijo y el Hijo se parece a ella».

«Y nosotros nos parecemos a esta Madre que dio rostro, cuerpo y voz a la Palabra de Dios. Nos parecemos a ella, porque podemos generar la Palabra de Dios aquí abajo, transformar el grito que escuchamos en un parto. Jesús quiere nacer de nuevo: podemos darle cuerpo y voz. Este es el parto que la creación espera».

«Esperar es generar. Esperar es ver que este mundo se convierte en el mundo de Dios: el mundo en el que Dios, los seres humanos y todas las criaturas vuelven a caminar juntos, en la ciudad-jardín, la nueva Jerusalén. María, esperanza nuestra, acompaña siempre nuestro peregrinar de fe y de esperanza».

Reflexiones sobre el misterio de la muerte y la eternidad

La perspectiva de la vida eterna de la que, por desgracia, apenas se menciona en toda su plenitud –muerte, juicio, infierno y gloria–, León XIV la abordó magistralmente en la audiencia del pasado 10 de diciembre, y de la que transcribo algunos párrafos:

«El misterio de la muerte siempre ha suscitado profundas preguntas en el ser humano (...). Es natural, porque todos los seres vivos de la tierra mueren. Es antinatural porque el deseo de vida y de eternidad que sentimos para nosotros mismos y para las personas que amamos nos hace ver la muerte como una condena, como un "contrasentido"».

«Muchos pueblos antiguos desarrollaron ritos y costumbres relacionados con el culto a los muertos, para acompañar y recordar a quienes se encaminaban hacia el misterio supremo. Hoy, en cambio, se observa una tendencia diferente. La muerte parece una especie de tabú, un acontecimiento que hay que mantener alejado; algo de lo que hay que hablar en voz baja, para no perturbar nuestra sensibilidad y tranquilidad. A menudo, por eso, se evita incluso visitar los cementerios, donde descansan aquellos que nos han precedido a la espera de la resurrección».

«¿Qué es, pues, la muerte? ¿Es realmente la última palabra sobre nuestra vida? Solo el ser humano se plantea esta pregunta, porque solo él sabe que debe morir. Pero ser consciente de ello no le salva de la muerte, sino que, en cierto sentido, le "agobia" más que a todas las demás criaturas vivientes».

Oración por el papa León XIV

La resurrección frente a los retos del transhumanismo

(...) «San Alfonso María de Ligorio, en su famoso escrito titulado Preparación para la muerte, reflexiona sobre el valor pedagógico de la muerte, destacando que es una gran maestra de vida. Saber que existe y, sobre todo, meditar sobre ella nos enseña a elegir qué hacer realmente con nuestra existencia. Rezar, para comprender lo que es bueno con vistas al reino de los cielos, y dejar ir lo superfluo que, en cambio, nos ata a las cosas efímeras, es el secreto para vivir de forma auténtica, con la conciencia de que el paso por la tierra nos prepara para la eternidad».

«Sin embargo, muchas visiones antropológicas actuales prometen inmortalidad inmanente y teorizan sobre la prolongación de la vida terrenal mediante la tecnología. Es el escenario del “transhumanismo”, que se abre camino en el horizonte de los retos de nuestro tiempo» (...).

«El acontecimiento de la resurrección de Cristo nos revela que la muerte no se opone a la vida, sino que es parte constitutiva de ella como paso a la vida eterna. La Pascua de Jesús nos hace pregustar, en este tiempo aún lleno de sufrimientos y pruebas, la plenitud de lo que sucederá después de la muerte» (...).

«La resurrección –asegura el papa León XIV– es capaz de iluminar hasta el fondo el misterio de la muerte. En esta luz, y solo en ella, se hace realidad lo que nuestro corazón desea y espera: que la muerte no sea el fin, sino el paso hacia la luz plena, hacia una eternidad feliz».

«El Resucitado nos ha precedido en la gran prueba de la muerte, saliendo victorioso gracias al poder del Amor divino. Así nos ha preparado el lugar del descanso eterno, la casa en la que se nos espera; nos ha dado la plenitud de la vida en la que ya no hay sombras ni contradicciones (...). Esperarla con la certeza de la resurrección nos preserva del miedo a desaparecer para siempre y nos prepara para la alegría de la vida sin fin».

Y, ante el nuevo año, que la Luz del pesebre de Belén. Luz de Dios, siga alumbrando nuestro caminar.


Ernesto Juliá, (ernesto.julia@gmail.com) | Publicado anteriormente en Religión Confidencial.


¿Qué son los vasos sagrados?: objetos litúrgicos

Los objetos litúrgicos y los vasos sagrados fueron cobrando importancia desde los primeros siglos del cristianismo. Muchos de ellos se concebían como reliquias, como el Santo Grial y el Lignun Crucis.

La importancia de los vasos sagrados en la Edad Media se hace evidente no solo por los objetos que nos han llegado hasta la actualidad, sino por las numerosas fuentes documentales: inventarios de las iglesias en los que constaban las adquisiciones o donaciones de determinados objetos litúrgicos, entre los que se destacaban ricos vasos sagrados.

En la actualidad, llamamos vasos sagrados a los utensilios del culto litúrgico que están en contacto directo con la Eucaristía. Por ser sagrados se emplean sólo con esa finalidad y deben estar bendecidos por el obispo o por un sacerdote antes de que se consagre con ellos.

Además, deben tener la dignidad necesaria para llevar a cabo la Santa Misa. Según detalla la Conferencia Episcopal Española –cada conferencia episcopal detalla sus normas de dignidad en función de las tradiciones del lugar– es requisito que estén hechos de metal noble o de otros materiales sólidos, irrompibles e incorruptibles y que se consideren nobles en ese lugar.

La patena y el cáliz son los vasos sagrados más importantes desde el comienzo de la cristiandad. En ellos se contienen el pan y el vino que se consagrarán durante la Santa Misa y que se convertirán en el Cuerpo y la Sangre de Cristo. Con el correr del tiempo, y las necesidades del culto eucarístico y de los fieles, han ido apareciendo otros vasos sagrados como el copón, píxide (con el que se lleva la comunión a los enfermos) y la custodia, además de otros accesorios.

Después de la celebración de los sacramentos, el sacerdote limpia y purifica los objetos litúrgicos que ha utilizado, ya que todos deben estar bien limpios y conservados.

¿Por qué los vasos sagrados son importantes para un sacerdote?

Disponer de todos los elementos necesarios para impartir los sacramentos y celebrar la Santa Misa es indispensable para el ministerio de un sacerdote.

Por ello el Patronato de Acción Social (PAS) de la Fundación CARF entrega cada año mochilas de vasos sagrados a seminaristas de todo el mundo que estudian en Pamplona y Roma y que se van a graduar y regresar a sus países de origen. La actual mochila contiene todo lo necesario para celebrar dignamente la Santa Misa en cualquier lugar, sin necesidad de contar con una instalación previa.

La Mochila de Vasos Sagrados de la Fundación CARF permite a los jóvenes sacerdotes sin recursos, administrar sacramentos donde más se necesiten. En esos momentos, no está solo el sacerdote delante los fieles, sino también todos los benefactores que posibilitaron el ejercicio del ministerio con la dignidad material adecuada.

vasos sagrados objetos litúrgicos de los sacerdotes para la Misa
Un sacerdote utiliza con reverencia los vasos sagrados, un cáliz de plata ornamentada y una patena.

¿Qué objetos litúrgicos son vasos sagrados?

Los vasos sagrados principales son los que, previamente consagrados, han sido destinados para contener la Sagrada Eucaristía. Como el cáliz, la patena, el copón, la píxide, la custodia y el sagrario.

Al contrario que los vasos sagrados secundarios, que no tienen contacto con la Eucaristía, pero sí son destinados al culto divino, tales como las vinajeras, acetre, hisopo, incensario, campanilla, alba y el candelero, entre otros.

Objetos litúrgicos principales

Cáliz

Del latín calix que significa copa para beber. El cáliz es el vaso sagrado por excelencia. Utilizado por Jesús y los apóstoles en la Última Cena, probablemente fue una copa de kiddush (vajilla ritual judía para la celebración de la Pascua), siendo en la época un cuenco de piedra semipreciosa.

Los primeros decretos oficiales conocidos, provenientes de sínodos son del siglo XI, prohíben ya expresamente el uso del cristal, la madera, el cuerno y el cobre, por ser fácilmente oxidable. Se tolera el estaño y se recomiendan, en cambio, los metales nobles.

La forma de los antiguos cálices se asemejaba más a una taza o ánfora, frecuentemente con dos asas para facilitar el manejo. Este tipo de cáliz estuvo en uso hasta el siglo XII. Desde ese siglo casi todos los cálices, desprovistos de asas, se distinguen por la amplitud de la copa y por una mayor separación entre ésta y el pie que constituye el tronco del cáliz con el nudo, a media altura.

Patena

Proviene del griego phatne que significa plato. Se refiere a la bandejita o un platillo poco profundo, ligeramente cóncavo donde se deposita el pan consagrado en la Eucaristía. La patena entró en el uso litúrgico contemporáneamente con el cáliz y debe ser dorado en el lado cóncavo. Es importante que permita recoger fácilmente las partículas sobre el corporal.

En los relatos de la Última Cena se menciona el plato con el pan que Jesús tenía delante de sí sobre la mesa (Mt 26,23; Mc 14,20). En cuanto al material de las patenas, siguió la misma evolución que el cáliz.

Accesorios para el cáliz y la patena

Copón

La conservación de la Eucaristía después de celebrada la Santa Misa es una costumbre que arranca de los primeros tiempos del cristianismo, para lo cual ya desde entonces se utilizaba el copón.

Antiguamente, en ocasiones, los fieles guardaban la Eucaristía, con exquisito cuidado, en sus propias casas. San Cipriano habla de un cofrecito o arca que se tenía en casa para tal fin (De lapsis, 26: PL 4,501). También, por supuesto, se guardaba en las iglesias. 

Contaban con un espacio llamado secretarium o sacrarium, en el que había una especie de armario (conditorium) donde se guardaba el cofrecito eucarístico. Estos conditorium fueron los primeros sagrarios. Solían ser de madera dura, de marfil o de metal noble; y recibían el nombre de píxides –con tapa plana, sujeta con goznes; o bien, con tapa cónica y en forma de torreta con pie–.

En la baja Edad Media se popularizó la posibilidad de recibir la comunión fuera de la Santa Misa, requiriéndose un mayor tamaño y evolucionando hasta el actual copón: una copa grande que se usa para distribuir la comunión a los fieles y luego guardarla para conservar el cuerpo de Cristo. Se cubre, al guardarlo en el sagrario, con un velo circular llamado conopeo, nombre que también recibe el velo que recubre el sagrario del color del tiempo litúrgico.

En los lugares en los que se lleva solemnemente la Sagrada Comunión a los enfermos, se utiliza un copón pequeño del mismo estilo. La pequeña píxide utilizada se hace del mismo material que el del copón. Tiene que ser dorada en el interior, la parte inferior debe tener una ligera elevación en el centro, y debe ser bendecida por la forma Benedictio tabernaculi (Rit. Rom., tit. VIII, XXIII). También recibe el nombre de teca o portaviático y suele ser una caja redonda de materiales nobles.

Custodia u ostensorio

La custodia es una urna enmarcada en vidrio en la que se expone públicamente el Santísimo Sacramento. Puede ser de oro, plata, latón o cobre dorado. La forma más adecuada es la del sol que emite sus rayos a todas partes. La luneta (viril o lúnula) es el recipiente que está en medio de la custodia, hecha del mismo material.

La luneta, siempre que contenga el Santísimo Sacramento, se puede colocar en el sagrario dentro de una caja portaviril. Si el sagrario tuviese suficiente espacio para albergar la custodia, entonces ésta se debe cubrir con un velo de seda blanca. También es utilizada para hacer procesiones fuera de la Iglesia en fechas especiales como la Fiesta del Corpus Christi.

Todos estos recipientes deben ser de oro, plata o de otro material, pero dorado en el interior, liso y pulido, y pueden ir coronados por una cruz.

Vinajeras

Las vinajeras son dos jarritas pequeñas donde se coloca el agua y el vino necesario para celebrar la Santa Misa. El sacerdote mezcla el vino con un poco de agua y, para ello, tiene una cucharilla de complemento. Las vinajeras suelen ser de vidrio para que el sacerdote pueda identificar el agua del vino, y, además, porque se limpian más fácilmente. No obstante, también se pueden encontrar vinajeras de bronce, plata o estaño.

Acetre

Es un caldero donde se coloca el agua bendita y se utiliza para las aspersiones litúrgicas. Toda el agua que recoge el acetre, se dispersa con el hisopo.

Hisopo

Utensilio con que se esparce el agua bendita, consistente en un mango que lleva en su extremo un manojo de cerdas o una bola metálica hueca y agujereada para sostener el agua. Se usa junto con el acetre.

Incensario e incienso

El incensario es un pequeño braserillo metálico suspendido en el aire y sujetado por unas cadenas que se utiliza para quemar el incienso. El incienso se utiliza para manifestar la adoración y simboliza la oración que sube hasta Dios.

Campanilla

Es un utensilio que tiene forma de copa invertida y de tamaño pequeño con un badajo en su interior, que se usa para convocar a la plegaria durante la consagración. Con la campanilla se llama la atención y, además, se expresa un sentimiento de alegría. Las hay de una sola campana o de varias campanillas.

Candelero

Es un soporte donde se coloca la vela que se utiliza en la liturgia como símbolo de Cristo, que es la Luz que guía a todos.

vasos sagrados objetos litúrgicos de los sacerdotes para la Misa San Josemaría Escrivá

«Aquella mujer que en casa de Simón el leproso, en Betania, unge con rico perfume la cabeza del Maestro, nos recuerda el deber de ser espléndidos en el culto de Dios.

—Todo el lujo, la majestad y la belleza me parecen poco.

—Y contra los que atacan la riqueza de vasos sagrados, ornamentos y retablos, se oye la alabanza de Jesús: «opus enim bonum operata est in me» —una buena obra ha hecho conmigo». San Josemaría
(Camino, 527).


El obispo Erik Varden presenta 'Heridas que sanan' en el Foro Omnes

Heridas que sanan: la fragilidad de la vida nos golpea de múltiples maneras, con pérdidas, incertidumbres, heridas visibles e invisibles. Y ante esa angustia personal, las palabras de Erik Varden, obispo de Trondheim (Noruega) y monje cisterciense, emergen como viento de esperanza. Su mensaje, profundamente católico y a la vez contemporáneo, le ha convertido en una de las voces más lúcidas y escuchadas del catolicismo del siglo XXI.

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El sufrimiento no es un enemigo, sino un misterio

Por eso, su presencia siempre causa expectación y emoción, porque su discurso impacta en cada persona que ha sentido alguna vez el peso del dolor, la pérdida o la incertidumbre.

En Madrid, más de 250 personas abarrotaron el Aula Magna de la Universidad CEU San Pablo para asistir al Foro Omnes y escucharle. El obispo de Trondheim y escritor reflexionó sobre su último libro Heridas que sanan, que toca el sufrimiento humano y su sentido cristiano. El Foro, organizado por Omnes Magazine junto a Ediciones Encuentro y a la Fundación Cultural Ángel Herrera Oria, contó además con el patrocinio de Fundación CARF.

Erik Varden (Sarpsborg, Noruega, 1974) es un monje accesible, un religioso que da la vuelta al sentido del sufrimiento: «no es un enemigo, sino un misterio que exige ser visto, acogido y transformado desde el corazón», señaló.

Desde su mirada cristiana, el sufrimiento no puede ser simplemente explicado o eliminado. El cristianismo no ofrece teorías que anulen el dolor, sino una presencia capaz de asumirlo y redimirlo. Y esa presencia es Cristo encarnado. Por eso, este monje nacido en una familia no practicante y de tradición luterana explicó que el núcleo del misterio cristiano está en la Encarnación: Dios, siendo absoluta trascendencia, entra en la condición humana para sanarla desde dentro. «La Encarnación tiene lugar en vistas a la Redención», aseveró, insistiendo en que el sufrimiento no es el final de la historia.

Una belleza que sana

Con voz pausada pero firme, Varden nos recuerda que el sufrimiento no es un accidente cósmico ni una falla del universo, sino un misterio profundo que, si se contempla con fe, revela una belleza que sana.

En su conferencia, evocó un pasaje de Crimen y castigo donde un hombre, ante el dolor injusto, grita de ira: «no puede haber una respuesta para esto».  Ante ese grito, su hermano no intenta corregirlo ni explicarlo; simplemente permanece en silencio y mira la cruz. Esa es, dijo, la respuesta cristiana: «no una explicación que anule el dolor, sino una presencia silenciosa ante el sufrimiento».

Entre la negación y la victimización: dos trampas contemporáneas

Varden señaló dos respuestas típicas de nuestra época ante el sufrimiento. Por un lado, la cultura de la superficie y la apariencia, lo que él llamó la “tendencia de Instagram” que nos empuja a proyectar vidas perfectas e invulnerables, escondiendo cualquier herida. Por otro, la creciente inclinación a la victimización puede hacer que las heridas se conviertan en identidades cerradas y absolutas.

El peligro, explicó, es quedar atrapados entre estas dos dinámicas: negar el dolor o atraparlo como una identidad estática. Y ambas distorsionan la perspectiva cristiana. 

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Vivir en carne propia el dolor

Erik Varden es un hombre que ha vivido en carne propia la búsqueda de sentido ante el dolor. Nacido en una familia luterana no practicante, su vida tomó un rumbo radical cuando, en su adolescencia, experimentó un despertar espiritual que lo condujo a profundizar en la fe cristiana y, con el tiempo, a ingresar en la vida monástica.

Con estudios en la Universidad de Cambridge y el Pontificio Instituto Oriental en Roma, ingresó en 2002 en el monasterio cisterciense de Mount St. Bernard en Inglaterra, donde fue ordenado sacerdote y más tarde elegido abad.

Sus obras que incluyen títulos como Castidad, Sobre la conversión cristiana y Heridas que sanan, combinan una profunda espiritualidad con una mirada sensible sobre la condición humana.

Heridas que sanan: contemplar el misterio de la cruz

Su último libro, Heridas que sanan se alza como una meditación profunda sobre esa misma experiencia. Al partir de un antiguo poema cisterciense, Varden invita a contemplar las heridas de Cristo no como un símbolo triste o derrotado, sino como la fuente viva desde la que se puede encontrar sanación.

«Todos cargamos cicatrices –algunas visibles, otras escondidas en lo más profundo del alma–, y buscamos respuestas en terapias, filosofías o consejos espirituales que a menudo se quedan cortos ante la pregunta que más nos desgarra: ¿por qué duele la vida?», lanzó como si fuese un misil ante el silencio del Aula Magna del CEU.

Pero este monje contemporáneo sabe dar una respuesta que consuela: «en el camino de la vida, el sufrimiento no se elimina, sino que se transforma al unirse al sufrimiento redentor de Cristo, convirtiéndose no solo en consuelo sino en fuente de vida y de Gracia».

La cruz: símbolo de libertad y comunión

El obispo noruego también reflexionó sobre la cruz como un símbolo que rompe con nuestra lógica de autosuficiencia. Observó que contemplar la cruz –donde los clavos atraviesan la carne y la movilidad está anulada– parece representar la negación absoluta de la libertad. Pero, dijo, leída desde la fe, revela una libertad extrema: «si es posible, que pase de mí este cáliz, pero que se haga tu voluntad».

Incluso cuando la libertad física está restringida, sigue siendo posible una respuesta interior íntegramente libre. La cruz muestra que no somos meros espectadores del sufrimiento, sino que podemos responder con libertad en medio de él.

Cubierta del libro Heridas que sanan, de Erik Varden (Ediciones Encuentro).

Sanar no es olvidar es transformar en amor

El obispo insistió en que la sanación no es instantánea ni elimina automáticamente el dolor. Algunas fracturas físicas o emocionales pueden permanecer, pero eso no las excluye de la acción sanadora de la gracia. «La fe cristiana proclama no solo un Dios capaz de eliminar el sufrimiento, sino un Dios que lo carga con nosotros y lo transforma en fuente de sanación y de vida».

Y aquí citó las palabras de Isaías que él mismo puso como epígrafe en su libro: “Por sus heridas hemos sido curados”, para agregar que aprender a decir “Señor, esto es tuyo”, ante lo que duele puede convertir incluso las heridas en puentes de sanación para uno mismo y para los demás.

Un valle iluminado por la esperanza

Al concluir su intervención en el Foro, Varden afirmó con serenidad y profundidad: «vivimos en este mundo como en un valle de lágrimas, pero es un valle iluminado por la luz de Cristo».

No es una frase vacía de consuelo, sino una afirmación que reconoce la realidad del dolor humano y la esperanza cristiana de que no estamos solos en nuestras heridas. Cada experiencia dolorosa, cuando se acoge y se interpreta desde la fe, puede transformarse en un camino de comunión con Dios y con los demás.

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El giro católico y el sufrimiento como horizonte de vida

En una entrevista concedida a María José Atienza, directora de Omnes Magazine, poco después del Foro, Varden habló de lo que él llama un giro católico real en nuestro tiempo. Para él, la fe cristiana «no consiste simplemente en añadir una capa de consuelo a una vida ya “perfecta” o “autosuficiente”, sino en aceptar que lo más profundo de la existencia humana gira en torno a nuestras heridas, a las que normalmente preferimos ocultar o negar».

Varden explicó que bajo el prisma de la fe el sufrimiento adquiere una dimensión totalmente diferente: «empezamos a tener la posibilidad de ver nuestras propias heridas como algo que potencialmente da vida y la mejora».

Este giro católico, según él, no es sentimental ni superficial, sino un retorno profundo a la tradición cristiana que reconoce –no evita– las heridas humanas y las coloca ante el misterio de Cristo. Se trata de una llamada a no perderse ni en la negación del dolor, ni en una victimización permanente, sino a situar el sufrimiento dentro de una historia más grande que lleva hacia la vida.


Marta Santín, periodista especializada en religión.


Carta apostólica: una fidelidad que genera futuro

En el marco del LX aniversario de los decretos conciliares Optatam totius y Presbyterium ordinis, promulgados el 28 de octubre y el 7 de diciembre de 1965, el Papa publica la carta apostólica Una fidelidad que genera futuro, reflexionando sobre la fidelidad en el servicio, la fraternidad, la sinodalidad, la misión y el futuro.

Aunque es una carta que pueda parecer sólo dirigida a los sacerdotes, todos los fieles cristianos tenemos alma sacerdotal. Resumimos los principales puntos de la carta apostólica.

Fidelidad: a eso están llamados los sacerdotes; perseverar en la misión apostólica es preguntarse sobre el futuro del ministerio y ayudar a otros a percibir la alegría de la vocación sacerdotal.

Son dos textos nacidos de una única inspiración de la Iglesia, consciente de que la anhelada renovación de la Iglesia depende en gran parte del ministerio de los sacerdotes, siempre animado por el espíritu de Cristo.

El papa León XIV invita con esta carta apostólica a «reconsiderar juntos la identidad y la función del ministerio ordenado a la luz de lo que el Señor pide hoy a la Iglesia».

Fidelidad y servicio

El Papa advierte que: «especialmente en el tiempo de la prueba y de la tentación, se fortalece cuando no olvidamos esa voz, cuando somos capaces de recordar con pasión el sonido de la voz del Señor que nos ama, nos elige y nos llama, confiándonos también al indispensable acompañamiento de quienes son expertos en la vida del Espíritu».

El Papa invita a que se sigan formando los sacerdotes y que no se detenga esa formación en el tiempo del seminario. Formación continua, permanente, de modo que constituya un dinamismo constante de renovación humana, espiritual, intelectual y pastoral. A esta labor se dedica en cuerpo y alma la Fundación CARF.

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Fidelidad y fraternidad

Y reflexionando sobre la fidelidad y la fraternidad el Papa cita el decreto Presbyterorum ordinis: «Los sacerdotes del Nuevo Testamento, aunque por razón del sacramento del Orden ejercen el ministerio de padre y de maestro, importantísimo y necesario en el pueblo y para el pueblo de Dios, sin embargo, son, juntamente con todos los fieles cristianos, discípulos del Señor, hechos partícipes de su Reino por la gracia de Dios que llama.

Con todos los regenerados en la fuente del Bautismo los presbíteros son hermanos entre los hermanos, puesto que son miembros de un mismo Cuerpo de Cristo, cuya edificación se exige a todos».

«La fraternidad presbiteral, por lo tanto –dice el Papa–, antes que ser una tarea que hay que realizar, es un don inherente a la gracia de la Ordenación. Hay que reconocer que este don nos precede: no se construye sólo con la buena voluntad y en virtud de un esfuerzo colectivo, sino que es un don de la Gracia, que nos hace partícipes del ministerio del obispo y se realiza en la comunión con él y con los hermanos».

Fidelidad y sinodalidad

Luego al hablar de la identidad de los sacerdotes, destaca los señalado por el decreto Presbyterorum ordinis sobre el vínculo con el sacerdocio y la misión de Jesucristo (cf. n. 2) y señala más adelante tres coordenadas fundamentales: la relación con el obispo, la comunión sacramental y la fraternidad con los demás presbíteros; y la relación con los fieles laicos.

De esta manera invita también a vivir la fidelidad junto al ejercicio de la sinodalidad. «El impulso del proceso sinodal es una fuerte invitación del Espíritu Santo a dar pasos decididos en esta dirección».

«En una Iglesia cada vez más sinodal y misionera, el ministerio sacerdotal no pierde nada de su importancia y actualidad, sino que, por el contrario, podrá centrarse más en sus tareas propias y específicas», dice el Pontífice.

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Fidelidad y misión

«La identidad de los presbíteros se constituye en torno a su ser para y es inseparable de su misión», dice el Papa reflexionando sobre la fidelidad y la misión. Como una «vocación sacerdotal se desarrolla entre las alegrías y las fatigas de un servicio humilde a los hermanos, que el mundo a menudo desconoce, pero del que tiene una profunda sed: encontrar testigos creyentes y creíbles del Amor de Dios, fiel y misericordioso, constituye una vía primordial de evangelización».

Y advierte sobre dos tentaciones contra la fidelidad a la misión, en un mundo acelerado e hiperconectado. En primer lugar sería caer en «una mentalidad eficientista según la cual el valor de cada uno se mide por el rendimiento, es decir, por la cantidad de actividades y proyectos realizados». Y en segundo lugar «una especie de quietismo: asustados por el contexto, nos encerramos en nosotros mismos, rechazando el desafío de la evangelización y adoptando un enfoque perezoso y derrotista».

Fidelidad y futuro

Mirando al futuro el papa León XIV desea que «la celebración del aniversario de los dos decretos conciliares y el camino que estamos llamados a compartir para concretarlos y actualizarlos se traduzcan en un renovado Pentecostés vocacional en la Iglesia, suscitando santas, numerosas y perseverantes vocaciones al sacerdocio ministerial, para que nunca falten obreros para la mies del Señor».

Concluye el Papa agradeciendo al Señor que siempre está cercano y camina con su pueblo a través del sacerdote, «y doy las gracias a todos ustedes, pastores y fieles laicos, que abren su mente y corazón al mensaje profético de los decretos conciliares Presbyterorum ordinis y Optatam totius y se disponen, juntos, a nutrirse y estimularse mutuamente para el camino de la Iglesia».


Agustín Velázquez Soriano.