¿Qué es la Unción de los enfermos?: cuándo, quién puede recibirla y qué efectos tiene

«¡Sanad a los enfermos!» (Mt 10,8). La Iglesia ha recibido esta tarea del Señor e intenta realizarla mediante los cuidados médicos y asistenciales que proporciona a los enfermos. Como también por la oración de intercesión con la que los acompaña en un momento de necesidad.

Cuando una persona enferma gravemente o llega a una edad avanzada, muchas familias se preguntan si es el momento de pedir la Unción de los enfermos. Sin embargo, todavía existe la creencia de que este sacramento solo se administra a quienes están a punto de morir. La realidad es muy distinta: la Unción de Enfermos es un sacramento de consuelo, fortaleza y esperanza que la Iglesia ofrece a quienes atraviesan una enfermedad grave o la fragilidad de la vejez.

¿Qué es la Unción de los enfermos?

La misericordia de Jesucristo hacia los enfermos y sus numerosas curaciones de dolientes de toda clase son un signo maravilloso de su compasión hacia todos los que sufren en su cuerpo y en su alma.

Por su Pasión y su muerte en la Cruz, Jesús dio un sentido nuevo al sufrimiento. Desde entonces esta realidad nos configura con Él y nos une a su misión redentora. Para los cristianos la enfermedad y la muerte pueden y deben ser medios para santificarse y redimir con Cristo. Para ayudarnos con esta misión existe la Unción los enfermos.

Es un consuelo muy grande la presencia de Cristo en la enfermedad. Nos toma de la mano y nos recuerda que le pertenecemos a Él, y que nada nos puede separar de Él.

Unción de los enfermos sacramento Acompañamiento a personas ancianas

La Unción de los enfermos, sacramento de salvación y de curación

La parábola del buen samaritano expresa el misterio que se celebra en este sacramento: Jesucristo se acerca a quien sufre y lo conforta con el aceite del consuelo y el vino de la esperanza. Luego, lo lleva a la posada, que representa a la Iglesia, a la cual Cristo lo confía. Cristo enseñó a sus discípulos a tener su misma predilección por los enfermos y necesitados, y les confió la tarea de atenderlos en su nombre por medio del sacramento de la Unción.

La Unción de los enfermos es un sacramento instituido por Jesucristo, insinuado como tal en el Evangelio de san Marcos. Recomendado a los fieles y promulgado por el apóstol Santiago: «¿está enfermo alguno de vosotros? Llame a los presbíteros de la Iglesia, que oren sobre él y le unjan con óleo en el nombre del Señor. Y la oración de la fe salvará al enfermo, y el Señor hará que se levante, y si hubiera cometido pecados, le serán perdonados» (St 5,14-15).

La Iglesia cree y confiesa que, entre los siete sacramentos, existe un sacramento especialmente destinado a reconfortar a los aquejados por la enfermedad, la Unción de los enfermos. Este sacramento ayuda a vivir estas realidades dolorosas de la vida humana con sentido cristiano: «En la Unción de los enfermos, como ahora llaman a la Extrema Unción, asistimos a una amorosa preparación del viaje, que terminará en la casa del Padre», (San Josemaría Escrivá, Es Cristo que pasa, 80).

Un sacramento especial para los enfermos

A lo largo de los siglos, la Unción de los enfermos fue conferida, a los que estaban a punto de morir por eso recibía el nombre de Extrema Unción. Igualmente, la liturgia nunca dejó de orar por los enfermos.

Hoy sabemos que este sacramento es un sacramento de curación. Es un regalo de Dios que ayuda a sanar y el espíritu de quien lo recibe. A través de él, se pide al Señor, la salud del cuerpo, del alma y del espíritu del cristiano que pasa por una grave enfermedad o vejez avanzada.

«La gracia primera de este sacramento es un gracia de consuelo, de paz y de ánimo para vencer las dificultades propias del estado de enfermedad grave o de la fragilidad de la vejez. Esta gracia es un don del Espíritu Santo que renueva la confianza y la fe en Dios y fortalece contra las tentaciones del maligno, especialmente tentación de desaliento y de angustia ante la muerte […] Esta asistencia del Señor por la fuerza de su Espíritu quiere conducir al enfermo a la curación del alma, pero también a la del cuerpo, si tal es la voluntad de Dios. Además, "si hubiera cometido pecados, le serán perdonados"» (CEC, 1520).

No se debe pensar que este sacramento es solamente para quienes estén en peligro de muerte, sino que también pueden recibirlo aquellos que sean conscientes y que lo consideren necesario.

De tal modo, cualquier cristiano que esté sufriendo una grave enfermedad, vaya a recibir una operación delicada o tenga una edad muy avanzada puede solicitar que se le administre el sacramento de la Unción de enfermos. En el curso de la enfermedad, el sacramento puede ser reiterado si la enfermedad se agrava.

No hay un límite de veces para poder recibirlo y no resulta conveniente esperar hasta el último momento.

La Iglesia establece que, si el enfermo esta inconsciente, se le puede administrar el sacramento de la Confesión. Luego el sacramento de la Unción. Si un enfermo de gravedad fallece sin recibir este sacramento, la Iglesia recomienda administrarlo durante las primeras horas en que ha fallecido.

Ministro de la Unción de enfermos

«Solo los sacerdotes (obispos y presbíteros) son ministros de la Unción de los enfermos. Es deber de los pastores instruir a los fieles sobre los beneficios de este sacramento. Los fieles deben animar a los enfermos a llamar al sacerdote para recibir este sacramento. Y que los enfermos se preparen para recibirlo en buenas disposiciones, con la ayuda de su pastor y de toda la comunidad eclesial a la cual se invita a acompañar muy especialmente a los enfermos con sus oraciones y sus atenciones fraternas» (Catecismo, 1516).

Todos tenemos que tener presente que actualmente los enfermos graves mueren solos a pesar de estar en modernos hospitales. Por eso es importante la labor cristiana de los que tienen acceso a esta realidad. Para que no falten a los enfermos internados los medios que dan consuelo y alivian el cuerpo y el alma que sufre y, entre estos medios, además del sacramento de la Reconciliación y del Viático, se encuentra el sacramento de la Unción los enfermos.

Así, como los sacramentos del Bautismo, de la Confirmación y de la Eucaristía constituyen una unidad llamada «los sacramentos de la iniciación cristiana», se puede decir que la Confesión, la Unción y la Eucaristía, en cuanto viático, constituyen, cuando la vida cristiana toca a su fin, los sacramentos que cierran la peregrinación terrena.

«Nos ayuda a ampliar la mirada frente a la enfermedad y a saber que no estamos solos, que el sacerdote y la comunidad cristiana sostienen al enfermo y al que sufre», papa Francisco.

unción de los enfermos sacramento

Sujeto de la Unción de los enfermos

Sujeto de la Unción de los enfermos es toda persona bautizada, que haya alcanzado el uso de razón y se encuentre en peligro de muerte por una grave enfermedad, o por vejez acompañada de una avanzada debilidad senil. A los difuntos no se les puede administrar la Unción de enfermos.

Para recibir los frutos de este sacramento se requiere en el sujeto la previa reconciliación con Dios y con la Iglesia, al menos con el deseo, inseparablemente unido al arrepentimiento de los propios pecados y a la intención de confesarlos, cuando sea posible, en el sacramento de la Penitencia. Por esto la Iglesia prevé que, antes de la Unción, se administre al enfermo el sacramento de la Penitencia y de la Reconciliación.

El sujeto debe tener la intención, al menos habitual e implícita, de recibir este sacramento. Dicho con otras palabras: el enfermo debe tener la voluntad no retractada de morir como mueren los cristianos, y con los auxilios sobrenaturales que a éstos se destinan.

Aunque la Unción de enfermos puede administrarse a quien ha perdido ya los sentidos, hay que procurar que se reciba con conocimiento, para que el enfermo pueda disponerse mejor a recibir la gracia del sacramento. No debe administrarse a aquellos que permanecen obstinadamente impenitentes en pecado mortal manifiesto (cfr. CIC, can. 1007).

Si un enfermo que recibió la Unción recupera la salud, puede, en caso de nueva enfermedad grave, recibir otra vez este sacramento; y, en el curso de la misma enfermedad, el sacramento puede ser reiterado si la enfermedad se agrava (cfr. CIC, can. 1004, 2).

Por último, conviene tener presente esta indicación de la Iglesia: «dn la duda sobre si el enfermo ha alcanzado el uso de razón, sufre una enfermedad grave o ha fallecido ya, adminístrese este sacramento» (CIC, can. 1005).

¿Cómo es el ritual del sacramento?

Como todos los sacramentos, la Unción de los enfermos se celebra de forma litúrgica y comunitaria y tiene lugar en familia, en el hospital o en la iglesia, para un solo enfermo o para un grupo de enfermos.

Es muy conveniente que se celebre dentro de la Eucaristía, memorial de la Pascua del Señor. Si las circunstancias lo permiten, la celebración del sacramento  de la Santa Unción puede ir precedida del sacramento de la Reconciliación y seguida del sacramento de la Comunión.

En cuanto al sacramento de la Eucaristía debería ser siempre el último sacramento de la peregrinación terrenal, el «viático» para el «paso» a la vida eterna. Es semilla de vida eterna y poder de resurrección, según las palabras del Señor. «El que come mi carne y bebe mi sangre, tiene vida eterna, y yo le resucitaré el último día» (Jn 6,54). La Eucaristía es aquí sacramento del paso de la muerte a la vida, de este mundo al Padre.

La Liturgia de la Palabra, precedida de un acto de penitencia, abre la celebración. Las palabras de Cristo y el testimonio de los Apóstoles suscitan la fe del enfermo y de la comunidad para pedir al Señor la fuerza del Espíritu Santo.

El sacerdote es quien ungirá al enfermo con aceite consagrado por el obispo el Jueves Santo. Lo unge en la frente y en las palmas de las manos del enfermo, pronunciando a su vez las palabras. «Por esta Santa Unción, y por su bondadosa misericordia, te ayude el Señor con la gracia del Espíritu Santo, para que, libre de tus pecados, te conceda la salvación y te conforte en tu enfermedad» (Sacram Unctionem Infirmorum).

Los efectos de la gracia del sacramento

La gracia primera de este sacramento es una gracia de consuelo, de paz y de ánimo para vencer las dificultades propias del estado de enfermedad grave o de la fragilidad de la vejez. Esta gracia es un don del Espíritu Santo que renueva la confianza y la fe en Dios y fortalece contra las tentaciones del maligno, especialmente contra la tentación de desaliento y de angustia ante la muerte.

Esta asistencia del Señor por la fuerza de su Espíritu quiere conducir al enfermo a la curación del alma, pero también a la del cuerpo, si tal es la voluntad de Dios. Además, «si hubiera cometido pecados, le serán perdonados» (St 5,15).

Fresco unción de los enfermos

Por la gracia de este sacramento, el enfermo recibe la fuerza y el don de unirse más íntimamente a la Pasión de Cristo. El sufrimiento, secuela del pecado original, recibe un sentido nuevo, viene a ser participación en la obra de Jesús.

En resumen: unión del enfermo a la Pasión de Cristo, para su bien y el de toda la Iglesia. Consuelo, la paz y el ánimo para soportar cristianamente los sufrimientos de la enfermedad o de la vejez. Perdón de los pecados si el enfermo no ha podido obtenerlo por el sacramento de la Penitencia. Restablecimiento de la salud corporal, si conviene a la salud espiritual. Y preparación para el paso a la vida eterna.


Bibliografía


Actitudes de Jesús ante el sufrimiento humano

A nivel social podemos hacer mucho en este terreno, luchando contra la "cultura del descarte" de tantos niños y jóvenes, enfermos, personas discapacitadas, ancianos y marginados de la sociedad. Así podemos contribuir, en el día a día y en las circunstancias concretas de cada uno, a mostrar y defender la "dignidad infinita" de todo ser humano.

Quien mira a Cristo y vive con Él, camina con Él y participa de sus actitudes. En un Discurso a la plenaria de la Pontificia Comisión bíblica (11-IV-2024), el sucesor de Pedro, el papa Francisco nos exhortó a participar de las actitudes de Jesús, concretamente ante la enfermedad y el sufrimiento humano.

«Todos vacilamos bajo el peso de estas experiencias y debemos ayudarnos a atravesarlas viviéndolas ‘en relación’, sin replegarnos sobre nosotros mismos y sin que la rebelión legítima se convierta en aislamiento, abandono o desesperación».

Por la experiencia de los sabios y de las culturas, sabemos que el dolor y la enfermedad, sobre todo si los situamos a la luz de la fe, pueden convertirse en factores decisivos en un camino de maduración; pues el sufrimiento, entre otras cosas, permite discernir lo esencial de lo que no lo es.

Sostuvo el papa Francisco que es sobre todo el ejemplo de Jesús el que muestra el camino, la actitud que hemos de tomar ante la enfermedad y el sufrimiento propio y ajeno, y traducirlo en pasos provechosos: «Él nos exhorta a cuidar a quienes viven en situaciones de enfermedad, con la determinación de superar la enfermedad; al mismo tiempo, nos invita con delicadeza a unir nuestros sufrimientos a su ofrecimiento salvífico, como semilla que da fruto». Cuidar e intentar superar, unir y asumir.

En efecto, desde que comenzó de su pontificado, el 19 de marzo de 2013, vino enseñando, también cuando evocaba el ejemplo de san José, la tarea cristiana y humana de custodiar y servir, de la cercanía y del cuidado de los demás, especialmente de aquellos que nos salen al encuentro o a los que podemos llegar, para aliviarles en sus necesidades (cf. también el mensaje para la Jornada mundial de la paz, 1-I-2021 sobre «la cultura del cuidado como camino de la paz»).

El papa Francisco señaló que la visión de fe nos puede llevar a afrontar el dolor con dos actitudes decisivas: compasión e inclusión.

Compasión con hechos

La compasión no es un sentimiento barato y pasajero, sin compromisos ni consecuencias, o con meras palabras.

Ya Benedicto XVI observaba que «la grandeza de la humanidad está determinada esencialmente por su relación con el sufrimiento y con el que sufre. Esto es válido tanto para el individuo como para la sociedad. Una sociedad que no logra aceptar a los que sufren y no es capaz de contribuir mediante la compasión a que el sufrimiento sea compartido y sobrellevado también interiormente, es una sociedad cruel e inhumana» (enc. Spe salvi, 38).

En línea similar se sitúa Francisco, en el mismo discurso a la Pontificia Comisión Bíblica, subrayando la compasión misma de Jesús:

«La compasión indica la actitud recurrente y caracterizadora del Señor ante las personas frágiles y necesitadas que encuentra. Al ver los rostros de tantas personas, ovejas sin pastor que luchan por encontrar su camino en la vida (cf. Mc 6, 34), Jesús se conmueve. Se compadece de la muchedumbre hambrienta y extenuada (cf. Mc 8, 2) y acoge sin descanso a los enfermos (cf. Mc 1, 32), cuyas peticiones escucha: pensemos en los ciegos que le suplican (cf. Mt 20, 34) y en los numerosos enfermos que piden ser curados (cf. Lc 17,11-19); siente ‘gran compasión’ -dice el Evangelio- por la viuda que acompaña a su único hijo al sepulcro (cf. Lc 7,13).

Gran compasión. Esta compasión se manifiesta como cercanía y lleva a Jesús a identificarse con el que sufre: ‘Estuve enfermo y fueron a visitarme’ (Mt 25,36)».

Fijémonos bien: Jesús se conmueve, se compadece, se acerca hasta identificarse con el que sufre. ¿Qué nos revela esta actitud de Jesús? El modo de acercarse Jesús al dolor: no ante todo con «explicaciones» –a las que solemos tender–, o con ánimos y consuelos estériles, o con buenas palabras o un recetario de sentimientos, como se ven a veces en las historias de la Sagrada Escritura, como es el caso de los amigos de Job, que intentan teorizar el dolor vinculándolo con el castigo divino.

«La respuesta de Jesús es vital, está hecha de ‘compasión que asume’ y que, al asumir, salva al ser humano y transfigura su dolor. Cristo ha trasformado nuestro dolor haciéndolo suyo hasta el final: viviéndolo, sufriéndolo y ofreciéndolo como don de amor. No dio respuestas fáciles a nuestros ‘porqués’, sino que en la cruz hizo suyo nuestro gran ‘porqué’ (cf. Mc 15, 34)».

Así, señala Francisco, asimilando la Sagrada Escritura podemos purificarnos de ciertas actitudes equivocadas, y aprender a seguir el camino indicado por Jesús: «Tocar el sufrimiento humano con la propia mano, con humildad, mansedumbre y, serenidad para llevar, en nombre del Dios encarnado, la cercanía de un apoyo salvador y concreto. Tocar con la mano, no teóricamente». Es claro y directo el Papa.

Jesús curando a un ciego. Fuente: Wikipedia

Inclusión solidaria

Sin ser una palabra bíblica, el término inclusión, puntualiza Francisco, expresa bien un rasgo sobresaliente del estilo de Jesús: ir en busca del pecador, del perdido, del marginado, del estigmatizado, para que sea acogido en la casa del Padre y curado totalmente, en cuerpo, alma y espíritu (por ejemplo, el hijo pródigo o los leprosos). Además, Jesús desea compartir con los discípulos esa misión y actitud de consolación: les manda que cuiden de los enfermos y los bendigan en su nombre (cf. Mt 10,8; Lc 10,9; Lc 4,18-19).

«Por eso, a través de la experiencia del sufrimiento y de la enfermedad, nosotros, como Iglesia, estamos llamados a caminar junto a todos, en solidaridad cristiana y humana, abriendo, en nombre de la fragilidad común, ocasiones de diálogo y de esperanza». Un claro ejemplo es la parábola del buen samaritano, que muestra «con qué iniciativas se puede rehacer una comunidad a partir de hombres y mujeres que hacen propia la fragilidad de los demás, que no dejan que se erija una sociedad de exclusión, sino que se hacen prójimos y levantan y rehabilitan al caído, para que el bien sea común» (enc. Fratelli tutti, n. 67).

Identifica el Papa, precisamente ante especialistas en la Biblia, un principio clave: «La Palabra de Dios es un poderoso antídoto contra toda cerrazón, abstracción e ideologización de la fe: leída en el Espíritu en que fue escrita, acrecienta la pasión por Dios y por el hombre, desencadena la caridad y reaviva el celo apostólico». Y por eso la Iglesia tiene una necesidad constante de beber –y dar de beber– en las fuentes de la Palabra.

Ante las personas con discapacidad

Esas mismas actitudes de Jesús, compasión, cuidado e inclusión, que hemos de hacer nuestras, podemos verlas en sus encuentros con personas discapacitadas, como enseñó el Papa el mismo día, en su Discurso a la Academia de Ciencias sociales (11-IV-2024).

Jesús entra en contacto con ellos (no los ignora ni niega, ni los margina ni los descarta); también cambia el sentido de su experiencia vital, con «una invitación a tejer una relación singular con Dios que haga florecer de nuevo a las personas», como vemos en el caso del ciego Bartimeo (cfr Mc 10,46-52).

La actual cultura del descarte y del despilfarro, lamenta el Papa Bergoglio, conduce fácilmente a estas personas a considerar la propia existencia como una carga para sí mismas y para los seres queridos. Y así esta mentalidad se abre a una cultura de la muerte, al aborto y la eutanasia.

Por eso, propone el sucesor de Pedro, «luchar contra la cultura del descarte significa promover la cultura de la inclusión –deben estar unidos–, crear y reforzar los lazos de pertenencia a la sociedad», trabajar, sobre todo en los países más pobres, «por una mayor justicia social y por eliminar las barreras de diversa índole que impiden a tantos disfrutar de los derechos y libertades fundamentales». Los resultados de estas acciones son más visibles en los países económicamente más desarrollados.

Entiende que esta cultura de inclusión integral se promueve más plenamente «cuando las personas con discapacidad no son receptores pasivos, sino que participan en la vida social como protagonistas del cambio». Por eso sostiene que «subsidiariedad y participación son los dos pilares de una inclusión efectiva. Y bajo esta luz se comprende bien la importancia de las asociaciones y movimientos de personas con discapacidad que promueven la participación social».

Tres citas del papa León XIV en su visita a Gran Canaria

En su encuentro con las realidades de acogida de los migrantes, celebrado en el puerto de Arguineguín (Gran Canaria), el papa León XIV reflexionó sobre el sufrimiento de quienes se ven obligados a abandonar su hogar a causa de la pobreza, la violencia, la guerra o la explotación. Estas palabras muestran su llamada a reconocer la dignidad de toda persona y a no permanecer indiferentes ante el dolor humano.

1. «Como pueden ver, llevo en mi mano el anillo que se llama «del Pescador». Su nombre mismo nos conduce al lago de Galilea, donde Cristo llamó a Pedro y le dijo: «Desde ahora serás pescador de hombres» (Lc 5,10). La Iglesia ha leído ese versículo como imagen de su misión. Pero aquí y en lugares como en El Hierro, ese mandato adquiere una fuerza literal y dolorosa. Esa isla, pequeña en extensión pero grande en humanidad, ha visto llegar a miles de personas arrancadas de su tierra y confiadas a la fragilidad de un cayuco. Aquí hay personas recuperadas del mar y cuerpos exánimes rescatados de las aguas.

Por eso, el Sucesor de Pedro no puede desentenderse de estos muelles. La Iglesia no puede desentenderse de estas aguas ni de ningún lugar donde el hambre, la sed, la violencia, el miedo o el exilio sigan hiriendo la dignidad humana. Los discípulos de Jesús no pueden considerar ajeno el clamor de quienes gritan desde la noche».

2. «Querida Blessing, aunque no estás aquí hoy, tu voz sí. Gracias por compartirnos tu historia. Tu nombre significa bendición, y nos recuerda que cada vida humana es una bendición de Dios. Nadie puede comprarla, venderla, usarla o descartarla, porque en cada persona resplandece la imagen y semejanza del Creador (cf. Gn 1,27). Nos has dicho que te fuiste de tu país no porque quisieras, sino porque no había otra opción. En tus palabras escuchamos el drama de tantas personas obligadas a partir porque la pobreza, la guerra, la amenaza o la explotación les cerraron todos los caminos.

Quisiera que este mensaje llegue hasta ti y a tantas mujeres víctimas de la trata y la explotación: si otros pusieron precio a tu cuerpo, Dios no ha dejado nunca de mirarte como alguien invaluable».

3. «Este drama debe convertirse en examen de conciencia: para las naciones de origen, que deben crear condiciones de paz, justicia y desarrollo; para las naciones de tránsito, llamadas a proteger y no a dejar a los débiles en manos de redes criminales; para Europa, que no puede proclamar la dignidad humana y acostumbrarse a que el Mediterráneo y el Atlántico sean cementerios sin lápidas; para la comunidad internacional, llamada a una cooperación eficaz y perseverante».


Don Ramiro Pellitero Iglesias, profesor emérito de Teología Pastoral en la Facultad de Teología de la Universidad de Navarra.

Publicado en Iglesia y nueva evangelización.


Santa María Reina: la Virgen, nuestra Madre y Madre del Rey de reyes

María fue una joven sencilla de Nazaret, alejada de los grandes centros de poder de su tiempo. Sin embargo, Dios puso sus ojos en ella para confiarle una misión extraordinaria: ser la Madre de su Hijo, Santa María Reina.

El evangelio de san Lucas nos lleva precisamente hasta aquel momento. El ángel Gabriel se presenta ante María y le anuncia que concebirá a Jesús, que «será llamado Hijo del Altísimo» y cuyo Reino no tendrá fin. María, aun sin comprender por completo lo que sucederá, responde confiando plenamente en Dios: «he aquí la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra».

Aquella joven que se presenta como esclava es la misma a la que la Iglesia contempla y venera como Reina del Universo, del Cielo y, por supuesto, del Mundo.

¿Por qué la Virgen María es Reina?

La respuesta está íntimamente ligada a Jesucristo. María es Reina porque es la Madre de Jesús, Rey del Universo.

La fiesta de Santa María Reina fue instituida por el papa Pío XII en 1954 para venerar a la Virgen como Reina, de manera análoga a como la Iglesia reconoce a su Hijo como Cristo Rey.

La maternidad divina de María está, por tanto, en el origen de esta dignidad. Como explicaba san Josemaría, de ella proceden también las gracias y privilegios con los que Dios quiso adornarla: fue concebida Inmaculada, está llena de gracia y fue elevada en cuerpo y alma al Cielo y coronada como Reina de toda la creación.

Pero para comprender qué significa realmente llamar Reina a la Virgen María, debemos alejarnos de nuestra idea habitual de la realeza.

Una Reina que sirve

Cuando pensamos en un rey o una reina, podemos imaginar poder, riqueza o privilegios. La realeza de Cristo y de María responde a una lógica completamente diferente.

La fuente recuerda una enseñanza de Benedicto XVI: la realeza de Jesús está entretejida de humildad, servicio y amor. Ser rey, desde la perspectiva cristiana, significa ante todo servir, ayudar y amar. Y esa misma lógica encontramos en María.

Su poder no está orientado hacia sí misma. María lo pone al servicio de sus hijos. Por eso los cristianos pueden acercarse a ella no solo como Reina, sino también como Madre. Dos títulos que, lejos de contradecirse, explican la singular relación de la Virgen con cada cristiano.

San Josemaría invitaba a vivirlo con una profunda confianza filial: «Llénate de seguridad: nosotros tenemos por Madre a la Madre de Dios, la Santísima Virgen María, Reina del Cielo y del Mundo» (Forja, 273).

Coronación de Santa María Reina, Velazquez
Coronación de Santa María Reina, Velázquez.

María, Reina que intercede por sus hijos

Reconocer a María como Reina lleva también a confiar en su intercesión. El Evangelio muestra cómo la Virgen conduce siempre hacia su Hijo.

San Josemaría recordaba el episodio de las bodas de Caná; ante la necesidad de aquellos esposos, María interviene y Cristo realiza el milagro. La consecuencia es que los discípulos creen en Él.

María no ocupa el lugar de Cristo: nos acerca a Él. Esta certeza permite acudir a ella en las dificultades, cuando la fe se debilita o incluso cuando faltan palabras para rezar. San Josemaría aconsejaba invocarla con sencillez y confianza, pidiendo su intercesión para volver a experimentar la cercanía de Dios.

«Llénate de seguridad: nosotros tenemos por Madre a la Madre de Dios, la Santísima Virgen María, Reina del Cielo y del Mundo» (Forja, 273).

Santa María, Reina de la paz

Entre los títulos con los que la Iglesia invoca a la Virgen hay uno especialmente significativo: Reina de la paz, Regina pacis.

San Josemaría recomendaba acudir a ella cuando la inquietud entra en el corazón, pero también ante las dificultades familiares, profesionales o sociales.

La devoción a Santa María Reina adquiere así una dimensión muy concreta. No se trata únicamente de contemplar a María coronada en el Cielo, sino de reconocerla como Madre a la que podemos acudir en las circunstancias ordinarias de nuestra vida.

La humildad de María: «hágase en mí, según tu palabra»

Resulta especialmente hermoso que el Evangelio elegido para la fiesta de Santa María Reina sea el de la Anunciación. No encontramos a María sentada en un trono. La encontramos en Nazaret, escuchando a Dios.

La que será reconocida como Reina responde llamándose a sí misma «esclava del Señor». Y precisamente ahí encontramos una de las claves para comprender su grandeza.

María se abre a Dios, confía en Él y acepta sus planes incluso cuando no puede comprenderlos por completo. Su respuesta –«hágase en mí según tu palabra»– muestra una confianza radical que puede servir de ejemplo para cualquier cristiano.

Su vida nos recuerda que Dios puede manifestarse en la sencillez y en la humildad de lo cotidiano.

Una fiesta para acudir a nuestra Madre

Celebrar a Santa María Reina el 22 de agosto es, por tanto, mucho más que recordar uno de los títulos de la Virgen.

Es contemplar a María como Madre de Cristo y Madre nuestra; como Reina que sirve, ama e intercede; y como ejemplo de una vida enteramente abierta a la voluntad de Dios.

San Josemaría invitaba a participar de esta fiesta con la confianza de un hijo: «Es justo que el Padre y el Hijo y el Espíritu Santo coronen a la Virgen como Reina y Señora de todo lo creado. —¡Aprovéchate de ese poder! y, con atrevimiento filial, únete a esa fiesta del Cielo. —Yo, a la Madre de Dios y Madre mía, la corono con mis miserias purificadas, porque no tengo piedras preciosas ni virtudes. —¡Anímate!» (Forja, 285).

Este 22 de agosto, podemos hacer nuestra esa invitación y acudir a María con confianza, presentándole nuestras necesidades, nuestras alegrías y también nuestras dificultades. Porque la Reina del Cielo es, antes que nada, nuestra Madre.

Juan Pablo II sobre María en una audiencia general

«La devoción popular invoca a María como Reina. El Concilio Vaticano II, después de recordar la Asunción de la Virgen “en cuerpo y alma a la gloria del cielo", explica que fue “elevada por el Señor como Reina del universo, para ser conformada más plenamente a su Hijo, Señor de los señores (cfr. Ap 19, 16) y vencedor del pecado y de la muerte" (Lumen gentium , 59)».

Así pues, los cristianos miran con confianza a María Reina, y esto no sólo no disminuye, sino que, por el contrario, exalta su abandono filial en aquella que es Madre en el orden de la gracia.

«Más aún, la solicitud de Santa María Reina por los hombres puede ser plenamente eficaz precisamente en virtud del estado glorioso posterior a la Asunción. Esto lo destaca muy bien San Germán de Constantinopla, que piensa que ese estado asegura la íntima relación de María con su Hijo, y hace posible su intercesión en nuestro favor.

Dirigiéndose a María, añade: Cristo quiso “tener, por decirlo así, la cercanía de tus labios y de tu corazón; de este modo, cumple todos los deseos que le expresas, cuando sufres por tus hijos, y Él hace, con su poder divino, todo lo que le pides" ( Homilía 1)».

«Se puede concluir que la Asunción no sólo favorece la plena comunión de María con Cristo, sino también con cada uno de nosotros: está junto a nosotros, porque su estado glorioso le permite seguirnos en nuestro itinerario terreno diario. También leemos en San Germán: “Tú moras espiritualmente con nosotros, y la grandeza de tu desvelo por nosotros manifiesta tu comunión de vida con nosotros" ( Homilía 1).

En vez de crear distancia entre nosotros y la Virgen, el estado glorioso de María suscita una cercanía continua y solícita. Ella conoce todo lo que sucede en nuestra existencia, y nos sostiene con amor materno en las pruebas de la vida». Juan Pablo II, discurso en la audiencia general del 23 de julio de 1997.

Desde Santo Rosario de san Josemaría

«Eres toda hermosa, y no hay en ti mancha. —Huerto cerrado eres, hermana mía, Esposa, huerto cerrado, fuente sellada. — Veni: coronaberis. —Ven: serás coronada (Ct 4, 7, 12 y 8).

Si tú y yo hubiéramos tenido poder, la hubiéramos hecho también Reina y Señora de todo lo creado.

Una gran señal apareció en el cielo: una mujer con corona de doce estrellas sobre su cabeza. —Vestido de sol. —La luna a sus pies ( Ap 12, 1). María, Virgen sin mancilla, reparó la caída de Eva: y ha pisado, con su planta inmaculada, la cabeza del dragón infernal. Hija de Dios, Madre de Dios, Esposa de Dios.

El Padre, el Hijo y el Espíritu Santo la coronan como Emperatriz que es del Universo.

Y le rinden pleitesía de vasallos los Ángeles..., y los patriarcas y los profetas y los Apóstoles..., y los mártires y los confesores y las vírgenes y todos los santos..., y todos los pecadores y tú y yo» (San Josemaría. Santo Rosario, 5º misterio glorioso).


Bibliografía:


La formación litúrgica: aprender a vivir la Misa como un encuentro con Cristo

Muchos católicos participan en la Misa cada domingo, pero pocos se han preguntado alguna vez qué significa realmente cada gesto, cada silencio o cada palabra. Comprenderlos no es un lujo reservado a sacerdotes o especialistas que tengan formación litúrgica.

La finalidad de la liturgia católica, cuyo centro es la celebración de los sacramentos y especialmente la Eucaristía, es la comunión de los cristianos con el cuerpo y la sangre de Cristo. Es el encuentro de cada uno y de la comunidad cristiana como un solo cuerpo y una sola familia, con el Señor.

El encuentro con Cristo en la liturgia

La liturgia, señala el Papa, garantiza la posibilidad del encuentro con Jesucristo en el “hoy” de nuestra vida, para trasformar todas nuestras actividades –el trabajo, las relaciones familiares, el esfuerzo por mejorar la sociedad ayudar a quien nos necesita– en luz y fuerza divinas.

Esto es lo que Cristo ha querido en su última Cena. Esta es la finalidad de sus palabras: «Haced esto en memoria mía». Desde entonces nos espera en la Eucaristía. Y la misión evangelizadora de la Iglesia no es otra cosa que la llamada para ese encuentro que Dios desea con todas las personas del mundo, encuentro que comienza en el Bautismo.

En varias ocasiones enuncia progresivamente los objetivos de este documento: «con esta carta quisiera simplemente invitar a toda la Iglesia a redescubrir, custodiar y vivir la verdad y la fuerza de la celebración cristiana» (n. 16); «redescubrir cada día la belleza de la verdad de la celebración cristiana» (antes del n. 20);

«…reavivar el asombro por la belleza de la verdad de la celebración cristiana; recordar la necesidad de una auténtica formación litúrgica y reconocer la importancia de un arte de la celebración que esté al servicio de la verdad del misterio pascual y de la participación de todos los bautizados, cada uno con la especificidad de su vocación» (n. 62). Carta apostólica Desiderio desideravi (29-VI-2022), del papa Francisco.

Desconocimiento de la liturgia

Uno de los mayores riesgos para la vida cristiana es vivir la liturgia de manera superficial, como un conjunto de ritos que se repiten sin comprender su verdadero significado. También lo es pensar que la fe depende únicamente de la experiencia personal o del esfuerzo humano, olvidando que la salvación es, ante todo, un don gratuito de Dios.

La liturgia nos recuerda precisamente esa verdad. En cada celebración no actuamos de forma aislada, sino como miembros de la Iglesia reunidos en torno a Cristo. A través de la Palabra de Dios y de los sacramentos, el Señor sale a nuestro encuentro y nos comunica su gracia.

Por eso, participar plenamente en la liturgia no consiste solo en conocer mejor los ritos, sino en dejarnos transformar por la acción de Dios. La santidad no nace únicamente de nuestras fuerzas, sino de la respuesta libre a la gracia que recibimos en cada celebración.

La belleza de la liturgia nace del encuentro con Cristo

La liturgia ocupa un lugar central en la vida de la Iglesia porque es el momento en el que Cristo continúa actuando y haciéndose presente a través de la Palabra, los sacramentos y la comunidad reunida para celebrar la fe. En cada Eucaristía participamos del misterio pascual de su muerte y resurrección, fuente de la vida cristiana.

Por eso, cuidar la celebración litúrgica va mucho más allá de respetar unos ritos o procurar que todo salga bien. La verdadera belleza de la liturgia no depende únicamente de la solemnidad de los gestos o de la calidad de la música, sino de la conciencia con la que los fieles participan en el misterio que celebran.

Una formación litúrgica sólida nos ayuda precisamente a descubrir ese sentido profundo. Nos enseña a comprender los signos, los silencios, las palabras y los tiempos litúrgicos, para vivir cada celebración como un auténtico encuentro con Cristo y no como una simple costumbre.

El Concilio Vaticano II quiso devolver a la liturgia el lugar que le corresponde en la vida de la Iglesia, recordando que en ella Dios toma la iniciativa y sale al encuentro de su pueblo. Como afirmaba san Pablo VI, la liturgia es «la primera fuente de la vida divina que se nos comunica», y constituye una auténtica escuela de vida espiritual.

Formación litúrgica

La liturgia, corazón de la vida de la Iglesia

La liturgia no es un acto privado ni una experiencia exclusivamente personal. Cada celebración reúne al pueblo de Dios en torno a Cristo y hace visible la comunión de la Iglesia. Por eso el Concilio Vaticano II la define como «la cumbre a la que tiende la acción de la Iglesia y, al mismo tiempo, la fuente de donde mana toda su fuerza» (Sacrosanctum concilium, 10).

Cuando participamos en la Eucaristía o en cualquier otro sacramento, no vivimos la fe de manera aislada. Formamos parte de una comunidad unida por el mismo bautismo y llamada a caminar junta hacia Dios.

Esta dimensión comunitaria nos ayuda a superar una visión individualista de la fe. La liturgia nos recuerda que somos miembros de un mismo Cuerpo y que Cristo actúa en medio de su Iglesia, alimentando nuestra vida espiritual y fortaleciendo la comunión entre todos los fieles.

Por eso, una buena formación litúrgica no solo nos permite comprender mejor los signos y los ritos, sino también descubrir que cada celebración nos une a toda la Iglesia y nos envía a vivir el Evangelio en la vida cotidiana.

Formarse para vivir la liturgia

La formación litúrgica no consiste únicamente en aprender el significado de los ritos o conocer mejor los textos de la Misa. Su verdadero objetivo es ayudar a descubrir que, en cada celebración, es Cristo quien actúa y reúne a toda la Iglesia en torno a Él.

Por eso, formarse para la liturgia implica conocer el sentido de los sacramentos, comprender el significado de los gestos, las palabras y los tiempos litúrgicos, y cultivar una vida de oración que permita participar de manera consciente y activa en cada celebración.

Al mismo tiempo, la propia liturgia nos forma. Cada Eucaristía, cada sacramento y cada celebración del año litúrgico fortalecen nuestra fe y nos ayudan a configurar la vida con Cristo. No se trata solo de asistir a unos ritos, sino de dejar que la gracia transforme nuestro modo de pensar, de amar y de servir a los demás.

Los signos litúrgicos tienen un papel fundamental en este camino. El silencio dispone el corazón para escuchar a Dios; la proclamación de la Palabra ilumina la vida del creyente; los gestos del cuerpo, como ponerse de pie, sentarse, responder o arrodillarse, expresan con sencillez la fe de toda la comunidad. Estos signos no son meras costumbres, sino un lenguaje que ayuda a vivir el misterio que celebramos.

La familia, la parroquia y la catequesis desempeñan un papel decisivo para transmitir este lenguaje desde la infancia. Aprender a hacer la señal de la cruz, participar en la Misa dominical o descubrir el sentido del año litúrgico son pasos sencillos que ayudan a crecer en la vida cristiana y a participar con mayor profundidad en la liturgia de la Iglesia.

El papel de los sacerdotes en la formación litúrgica

Los sacerdotes desempeñan una misión fundamental para ayudar a los fieles a vivir la liturgia con profundidad. Su tarea no consiste únicamente en presidir las celebraciones, sino también en acompañar a la comunidad para que comprenda y participe plenamente en el misterio que se celebra.

Celebrar bien la liturgia significa hacerlo con fidelidad a la Iglesia, cuidando cada gesto, cada palabra y cada signo, sin convertir la celebración en un acto rutinario ni en una expresión de protagonismo personal. Cuando la liturgia se vive con sencillez, belleza y recogimiento, facilita el encuentro con Cristo.

Este modo de celebrar nace, ante todo, de la vida espiritual del sacerdote. La oración, el trato personal con Dios y una sólida formación litúrgica le ayudan a ejercer su ministerio con humildad y a poner siempre a Cristo en el centro de la celebración.

Por eso, la formación litúrgica ocupa un lugar esencial en la preparación de los futuros sacerdotes. Conocer el sentido profundo de la liturgia y aprender a celebrarla con fidelidad y amor permitirá que, más adelante, puedan guiar a las comunidades cristianas y ayudar a muchos fieles a vivir una participación cada vez más consciente y fructuosa en los sacramentos.


Fuentes para profundizar

Este artículo recoge y adapta las principales enseñanzas de la Iglesia sobre la formación litúrgica, inspirándose especialmente en la reflexión de Romano Guardini, cuya obra marcó profundamente la renovación litúrgica del siglo XX, así como en el magisterio reciente de la Iglesia.

Entre las principales referencias se encuentran:

Este artículo está basado en el trabajo de don Ramiro Pellitero Iglesias, profesor de Teología Pastoral de la Facultad de Teología de la Universidad de Navarra, adaptado y actualizado para los lectores de Fundación CARF.



San Maximiliano Kolbe: el sacerdote que entregó su vida en Auschwitz

Hay vidas que parecen escritas para demostrar que el Evangelio puede vivirse hasta las últimas consecuencias. La de san Maximiliano María Kolbe es una de ellas.

Sacerdote franciscano conventual, gran apóstol de la Virgen María, misionero, periodista y mártir de la caridad, pasó a la historia por ofrecer voluntariamente su vida para salvar la de otro prisionero en el campo de concentración de Auschwitz durante la Segunda Guerra Mundial. Su gesto sigue siendo uno de los mayores testimonios de amor cristiano del siglo XX.

Pero reducir su figura únicamente a aquel último acto heroico sería quedarse con una pequeña parte de una vida extraordinaria.

¿Quién fue san Maximiliano Kolbe?

San Maximiliano María Kolbe nació el 8 de enero de 1894 en Zduńska Wola (Polonia) con el nombre de Raimundo Kolbe. Desde niño destacó por su profunda sensibilidad religiosa.

Una tradición muy arraigada en su biografía relata que, siendo aún un muchacho, tuvo una experiencia espiritual en la que la Virgen María le mostró dos coronas: una blanca, símbolo de la pureza, y otra roja, símbolo del martirio. Al preguntarle cuál elegía, respondió: «Las dos». Años después, aquella respuesta adquiriría un significado profético.

Ingresó muy joven en la Orden de los Frailes Menores Conventuales y adoptó el nombre de Maximiliano María, reflejando su profunda consagración a la Virgen.

Un enamorado de la Inmaculada

Hablar de san Maximiliano Kolbe es hablar de una confianza absoluta en María Inmaculada.

Durante sus estudios en Roma fundó en 1917 la Milicia de la Inmaculada, un movimiento evangelizador cuyo objetivo era acercar todas las personas a Cristo a través de la Virgen. Para él, María nunca era el fin, sino el camino más seguro para encontrarse con Jesucristo.

Su espiritualidad estaba profundamente marcada por tres convicciones:

Estas ideas marcaron toda su actividad sacerdotal.

Un pionero de la evangelización en los medios de comunicación

Décadas antes de internet y las redes sociales, san Maximiliano comprendió que la comunicación sería una herramienta decisiva para anunciar el Evangelio.

Fundó la revista El Caballero de la Inmaculada, impulsó una gran editorial católica y convirtió el convento de Niepokalanów en uno de los mayores centros de publicación religiosa de Europa. Desde allí imprimía cientos de miles de ejemplares cada mes y utilizó incluso la radio para difundir el mensaje cristiano.

La Segunda Guerra Mundial y Auschwitz

Cuando Alemania invadió Polonia en 1939, el convento de Niepokalanów abrió sus puertas para acoger a miles de refugiados, entre ellos numerosos judíos.

Maximiliano rechazó abandonar a su comunidad y continuó ejerciendo su ministerio sacerdotal hasta que fue arrestado por las autoridades nazis en 1941 y deportado al campo de concentración de Auschwitz.

Allí siguió actuando como sacerdote: confesaba, consolaba y fortalecía espiritualmente a los demás prisioneros en medio de condiciones inhumanas.

Bloque en el que fallece San Maximiliano Kolbe
Bloque en el que fallece San Maximiliano Kolbe

Un mártir de la caridad

En julio de 1941 un preso logró escapar de Auschwitz. Como represalia, los nazis seleccionaron a diez hombres para morir de hambre. Uno de ellos rompió a llorar al pensar en su esposa y sus hijos.

Entonces ocurrió uno de los gestos más conmovedores de la historia contemporánea. San Maximiliano dio un paso al frente y pidió ocupar el lugar del condenado. Se identificó como sacerdote católico y su petición fue aceptada.

Durante dos semanas acompañó a los demás prisioneros del búnker con oraciones, himnos y palabras de esperanza hasta que finalmente murió el 14 de agosto de 1941, tras recibir una inyección letal.

Su sacrificio encarna de manera extraordinaria las palabras de Jesús: «Nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos» (Jn 15,13).

Canonización de san Maximiliano Kolbe

San Pablo VI lo beatificó en 1971. Posteriormente, san Juan Pablo II lo canonizó el 10 de octubre de 1982, proclamándolo mártir de la caridad, una expresión que resume perfectamente el sentido de toda su vida: amar hasta el extremo.

Se refirió a él como «un santo de nuestro difícil siglo». El sargento del ejército y miembro de la resistencia judía en Polonia, Franciszek Gajowniczek (1901-1995) repitió hasta el final de su vida que gracias a él se había salvado de ser una de las víctimas del Holocausto.

¿Qué puede enseñarnos hoy san Maximiliano Kolbe? Su mensaje mantiene una enorme actualidad.

  1. La santidad se construye en las pequeñas decisiones. Antes del heroísmo de Auschwitz hubo años de fidelidad cotidiana: oración, estudio, trabajo, servicio y confianza en Dios.
  2. Evangelizar exige creatividad. Kolbe entendió que la comunicación era un campo privilegiado para anunciar el Evangelio. Hoy ese desafío continúa en el mundo digital.
  3. María siempre conduce a Cristo. Su intensa devoción mariana nunca fue sentimentalismo, sino una forma concreta de vivir plenamente el Evangelio.
  4. El amor es más fuerte que el odio. En el lugar donde parecía haber triunfado el mal, respondió con una entrega total. Su vida demuestra que el amor cristiano puede transformar incluso las situaciones más oscuras.

La figura de san Maximiliano Kolbe recuerda la inmensa misión del sacerdocio: llevar esperanza allí donde parece no haberla.

Su ejemplo sigue inspirando a seminaristas y sacerdotes diocesanos y religiosos de todo el mundo a vivir su ministerio con entrega, valentía y profunda unión con Cristo.

En la Fundación CARF sabemos que la formación integral, humana, espiritual y académica de los futuros sacerdotes es una inversión para toda la Iglesia. Sacerdotes bien formados pueden convertirse, como san Maximiliano, en instrumentos de esperanza para miles de personas, allí donde Dios los llame.

San Maximiliano Kolbe en la encíclica Magnifica humanitas de León XIV

El testimonio de san Maximiliano Kolbe sigue iluminando a la Iglesia también en nuestros días. En su primera encíclica, Magnifica humanitas (2026), el papa León XIV lo cita entre los «mártires de la fraternidad y de la justicia», junto a san Óscar Romero y el beato Enrique Angelelli. El Pontífice presenta a estos santos como hombres que, incluso en condiciones inhumanas, supieron defender la dignidad de toda persona con la fuerza del Evangelio.

La referencia no es casual. En un documento dedicado a reflexionar sobre la dignidad humana y los desafíos de nuestro tiempo, León XIV propone a san Maximiliano Kolbe como un ejemplo de que la verdadera grandeza del ser humano no reside en el poder ni en la tecnología, sino en la capacidad de entregarse por amor. Su vida recuerda que la fraternidad cristiana alcanza su expresión más alta cuando somos capaces de dar la vida por los demás, siguiendo el ejemplo de Cristo.

Carta Encíclica de Su Santidad León XIV Magnifica Humanitas
Firma de la carta encíclica de su santidad León XIV, Magnifica Humanitas.

Oración a san Maximiliano Kolbe

San Maximiliano María Kolbe,
sacerdote fiel y mártir de la caridad,
enséñanos a amar sin medida,
a confiar plenamente en la Virgen María
y a poner nuestra vida al servicio de los demás.
Que, siguiendo tu ejemplo,
sepamos responder al mal con el bien
y anunciar a Cristo con valentía.
Amén.

Oración 1 para alcanzar un favor

Oh Señor Jesucristo, que dijiste "nadie tiene mayor amor que quien da la vida por sus amigos", por medio de la intercesión de San Maximiliano Kolbe cuya vida es una ilustración de ese amor, te suplicamos nos concedas nuestras peticiones...

(haz la petición aquí)

A través del movimiento de la Milicia de la Inmaculada, que fundó Maximiliano, difundió una ferviente devoción a Nuestra Señora por todo el mundo. El dio su vida por un completo extraño y amó a sus perseguidores, dándonos con ello un ejemplo de amor desprendido por todos los hombres, un amor que estaba inspirado por una verdadera devoción a María.

Concédenos, oh Señor Jesús, que también nosotros podamos entregarnos enteramente sin reservas por el amor y el servicio a nuestra Reina del Cielo para mejor amar y servir a nuestro prójimo a imitación de tu humilde siervo San Maximiliano. Amén.

Rezar tres Avemarías y un Gloria.
__________

Oración 2 para alcanzar un favor

¡Oh, San Maximiliano María! Fiel seguidor del Pobrecito de Asís,
que encendido en el amor de Dios has pasado tu vida en la asidua práctica de las virtudes heroicas y en las santas obras del apostolado, vuelve tu mirada a nosotros, tus devotos, que confiamos en tu intercesión.

Tu que, irradiado por la luz de la Virgen Inmaculada, atrajisteis innumerables almas hacia los ideales de santidad, llamándoles a toda forma de apostolado para el triunfo del bien y la propagación del Reino de Dios, obténos la luz y la fuerza para obrar el bien atrayendo muchas almas al amor de Cristo.

Tu que, en perfecta imitación del divino Salvador, has alcanzado tan alto grado de caridad para ofrecer, en sublime testimonio de amor,
tu vida para salvar aquella de un hermano prisionero, intercede ante el Señor por la gracia que confiadamente te pedimos:

(haz la petición aquí)

Y, animados por el mismo ardor de caridad, podamos también nosotros con la fe y las obras, dar testimonio de Cristo ante nuestros hermanos, para alcanzar junto a ti, la posesión beatificante de Dios
en la luz de la gloria eterna. Amén.



San Ignacio de Loyola: el santo que enseñó a discernir la voz de Dios

El 31 de julio la Iglesia celebra a san Ignacio de Loyola, fundador de la Compañía de Jesús y uno de los grandes maestros de la vida espiritual. Su legado va mucho más allá de la creación de una orden religiosa: dejó a la Iglesia una pedagogía para aprender a descubrir la voluntad de Dios en medio de la vida cotidiana.

En un mundo lleno de ruido, decisiones difíciles e incertidumbre, el discernimiento ignaciano sigue siendo una escuela de libertad interior. No es un método para adivinar el futuro ni una técnica para resolver problemas, sino un camino de oración que ayuda a reconocer cómo actúa Dios en el corazón de cada persona.

¿Quién fue san Ignacio de Loyola?

San Ignacio de Loyola nació en 1491 en Loyola. Durante su juventud soñaba con la gloria militar y la vida cortesana. Todo cambió en 1521, cuando una bala de cañón le hirió gravemente durante la defensa de Pamplona.

La larga convalecencia marcó un antes y un después en su vida. Sin novelas de caballería para entretenerse, comenzó a leer la vida de Cristo y algunas biografías de los santos que cayeron en sus manos. Aquellas lecturas despertaron en él una pregunta decisiva: ¿por qué algunos pensamientos le dejaban una alegría profunda y otros solo una satisfacción pasajera?

Sin saberlo, estaba comenzando el camino que daría origen al discernimiento espiritual que más tarde plasmaría en los Ejercicios Espirituales.

¿Qué es el discernimiento según san Ignacio?

La palabra «discernimiento» puede parecer compleja, pero san Ignacio la entendía de una manera muy concreta: aprender a distinguir los movimientos interiores que acercan a Dios de aquellos que alejan de Él.

Durante su recuperación descubrió que imaginar hazañas militares le proporcionaba una satisfacción breve, mientras que contemplar la vida de Cristo o el ejemplo de los santos dejaba en su interior una paz duradera. Esa experiencia se convirtió en el punto de partida de toda su enseñanza espiritual.

Años más tarde, el papa Francisco explicaba precisamente este episodio para mostrar cómo Ignacio aprendió a reconocer la diferencia entre la alegría pasajera y la consolación auténtica, que permanece y orienta toda la vida hacia Dios.

Audiencia general del papa Francisco en la Plaza de San Pedrod
Audiencia general del papa Francisco en la Plaza de San Pedro.

La consolación y la desolación: dos claves de la espiritualidad ignaciana

Una de las aportaciones más conocidas de san Ignacio es la distinción entre consolación y desolación espiritual. La consolación no consiste simplemente en sentirse bien. Es una experiencia interior que fortalece la fe, aumenta la esperanza, impulsa a amar más y acerca a Dios incluso en medio de las dificultades.

La desolación, por el contrario, se manifiesta como oscuridad interior, desánimo, pérdida de esperanza o alejamiento de la oración. San Ignacio observó que ambos estados forman parte del camino espiritual. Lo importante no es evitarlos, sino aprender a reconocerlos para tomar decisiones libres y orientadas hacia el bien.

Ejercicios Espirituales: escuela para descubrir la voluntad de Dios

El fruto más conocido de la experiencia de san Ignacio son los Ejercicios Espirituales, una obra que desde hace casi cinco siglos ayuda a millones de personas a profundizar en su relación con Cristo. No se trata simplemente de un libro para leer. Son un itinerario de oración, silencio, examen personal y contemplación del Evangelio que busca ordenar la vida según la voluntad de Dios.

El objetivo final es aprender a responder con libertad a la pregunta que todo cristiano se hace en algún momento: «Señor, ¿qué quieres de mí?».

El discernimiento y la vocación

Toda vocación nace de una llamada de Dios, pero también necesita un corazón dispuesto a escuchar. Por eso el discernimiento ocupa un lugar esencial en la formación de quienes sienten la llamada al sacerdocio, a la vida consagrada, al matrimonio o a cualquier forma de entrega cristiana.

Escuchar la voz de Dios requiere silencio, oración, acompañamiento espiritual y una formación sólida que permita distinguir entre los propios deseos, las presiones externas y la acción del Espíritu Santo.

San Ignacio comprendió que las grandes decisiones no pueden tomarse únicamente desde la emoción del momento. Necesitan una libertad interior que solo Dios puede conceder.

Una enseñanza muy actual para la formación sacerdotal

La espiritualidad ignaciana sigue siendo especialmente valiosa para la formación de sacerdotes y seminaristas. Un buen pastor no solo debe conocer la doctrina de la Iglesia. También necesita aprender a escuchar, acompañar y ayudar a otras personas a descubrir la voluntad de Dios en sus propias vidas.

Precisamente por eso la formación humana, espiritual, intelectual y pastoral resulta tan importante. La Iglesia necesita sacerdotes capaces de discernir y de enseñar a discernir.

Esta es también una de las razones de ser de la Fundación CARF: colaborar para que seminaristas, sacerdotes diocesanos y religiosos de todo el mundo reciban una formación integral que les permita servir mejor a la Iglesia y a las personas que Dios pone en su camino.

Encontrar a Dios en todas las cosas

Quizá la frase que mejor resume la espiritualidad de san Ignacio sea una de las más conocidas de la tradición ignaciana: encontrar a Dios en todas las cosas. No significa que todo sea igual o que cualquier decisión conduzca automáticamente a Dios. Significa aprender a descubrir su presencia en el trabajo, en la familia, en el estudio, en el servicio a los demás y también en las dificultades.

Esta mirada transforma la vida ordinaria en un lugar de encuentro con Cristo y convierte cada jornada en una nueva oportunidad para responder a su llamada.

Iglesia de San Ignacio de Loyola
Iglesia de San Ignacio de Loyola en Roma.

San Ignacio sigue enseñando a escuchar a Dios

Más de cinco siglos después de su conversión, san Ignacio de Loyola continúa ayudando a millones de cristianos a tomar decisiones con libertad, paz y confianza. Su legado recuerda que Dios sigue hablando al corazón humano. Pero para escuchar su voz hacen falta silencio, oración, formación y el deseo sincero de buscar la verdad.

En una sociedad llena de estímulos y prisas, el discernimiento ignaciano sigue siendo una invitación a detenerse, mirar hacia dentro y preguntarse con humildad: «Señor, ¿qué quieres de mí?». Es una pregunta que puede cambiar una vida. Como cambió para siempre la de aquel soldado herido que terminó convirtiéndose en uno de los grandes santos de la Iglesia.

¿Qué es el discernimiento? Palabras del papa Francisco sobre el discernimiento.

Queridos hermanos y hermanas:

Hoy comenzamos un nuevo ciclo de catequesis: hemos terminado la catequesis sobre la vejez, ahora iniciamos un nuevo ciclo sobre el tema del discernimiento.

El discernimiento es un acto importante que concierne a todos, porque las elecciones son una parte esencial de la vida. Discernir las decisiones. Uno elige la comida, la ropa, un curso de estudio, un trabajo, una relación. En todos ellos se realiza un proyecto de vida, y también se concreta nuestra relación con Dios.

En el Evangelio, Jesús habla del discernimiento con imágenes tomadas de la vida ordinaria; por ejemplo, describe al pescador que selecciona los peces buenos y descarta los malos; o al mercader que sabe identificar, entre muchas perlas, la de mayor valor. O el que, arando un campo, encuentra algo que resulta ser un tesoro (cf. Mt 13,44-48).

A la luz de estos ejemplos, el discernimiento se presenta como un ejercicio de inteligencia, y también de habilidad y también de voluntad, para aprovechar el momento favorable: son condiciones para hacer una buena elección. Es necesario inteligencia, habilidad y también voluntad para hacer una buena elección. 

Y también hay un coste necesario para que el discernimiento sea operativo. Para desempeñar su oficio lo mejor posible, el pescador tiene en cuenta la fatiga, las largas noches en el mar y el descarte de una parte de las capturas, aceptando una pérdida de ganancias por el bien de los destinatarios. El comerciante de perlas no duda en gastar todo para comprar esa perla; y lo mismo hace el hombre que ha tropezado con un tesoro. Situaciones inesperadas e imprevistas en las que es imprescindible reconocer la importancia y la urgencia de una decisión que hay que tomar. 

Cada uno debe tomar sus decisiones; no hay nadie que las tome por nosotros. En un momento determinado los adultos, libres, pueden pedir consejo, pensar, pero la decisión es propia; no se puede decir: «He perdido esto, porque lo ha decidido mi marido, mi mujer, mi hermano»: ¡no! Tienes que decidir tú, todo el mundo tiene que decidir, y por eso es importante saber discernir: para decidir bien, hay que saber discernir.

El Evangelio sugiere otro aspecto importante del discernimiento: implica los afectos. El que ha encontrado el tesoro no siente ninguna dificultad en venderlo todo, tan grande es su alegría (cf. Mt 13,44). 

El término utilizado por el evangelista Mateo indica una alegría muy especial, que ninguna realidad humana puede dar; y de hecho vuelve a aparecer en muy pocos otros pasajes del Evangelio, todos ellos referidos al encuentro con Dios. 

Es la alegría de los Magos cuando, tras un largo y penoso viaje, vuelven a ver la estrella (cf. Mt 2,10); es la alegría de las mujeres que regresan del sepulcro vacío tras escuchar el anuncio de la resurrección por parte del ángel (cf. Mt 28,8). Es la alegría de los que han encontrado al Señor. Tomar una bella decisión, una decisión correcta, siempre te lleva a esa alegría final; quizás en el camino tengas que sufrir un poco de incertidumbre, pensar, buscar, pero al final la decisión correcta te beneficia con la alegría.

En el Juicio Final, Dios obrará el discernimiento –el gran discernimiento– hacia nosotros. Las imágenes del agricultor, el pescador y el mercader son ejemplos de lo que ocurre en el Reino de los Cielos, un Reino que se manifiesta en las acciones ordinarias de la vida, que nos exigen tomar posición. 

Por eso es tan importante saber discernir: las grandes elecciones pueden surgir de circunstancias que a primera vista parecen secundarias, pero que resultan ser decisivas. Por ejemplo, pensemos en el primer encuentro de Andrés y Juan con Jesús, un encuentro que nace de una simple pregunta: «Rabí, ¿dónde vives?» — «Venid y veréis» (cf. Jn 1,38-39), dice Jesús. Un intercambio muy breve, pero es el comienzo de un cambio que, paso a paso, marcará toda una vida. Años después, el evangelista seguirá recordando aquel encuentro que le cambió para siempre, también recordará la hora: «Eran como las cuatro de la tarde» (v. 39). Es la hora en que el tiempo y lo eterno se encontraron en su vida. 

Y en una decisión buena, correcta, se encuentra la voluntad de Dios con nuestra voluntad; se encuentra el camino presente con el eterno. Tomar una decisión correcta, después de un camino de discernimiento, es hacer este encuentro: el tiempo con lo eterno.

Por lo tanto: el conocimiento, la experiencia, el afecto, la voluntad: son algunos elementos indispensables del discernimiento. A lo largo de estas catequesis veremos otras, igualmente importantes.

El discernimiento –como he dicho– implica un esfuerzo. Según la Biblia, no encontramos ante nosotros, ya empaquetada, la vida que hemos de vivir: ¡No! Tenemos que decidirlo todo el tiempo, según las realidades que se presenten. Dios nos invita a evaluar y elegir: nos ha creado libres y quiere que ejerzamos nuestra libertad. Por lo tanto, discernir es arduo.

A menudo hemos tenido esta experiencia: elegir algo que nos parecía bueno y en cambio no lo era. O saber cuál era nuestro verdadero bien y no elegirlo. 

El hombre, a diferencia de los animales, puede equivocarse, puede no querer elegir correctamente. La Biblia lo demuestra desde sus primeras páginas. Dios da al hombre una instrucción precisa: si quieres vivir, si quieres disfrutar de la vida, recuerda que eres una criatura, que no eres el criterio del bien y del mal, y que las elecciones que hagas tendrán una consecuencia, para ti, para los demás y para el mundo (cf. Gn 2,16-17); puedes hacer de la tierra un magnífico jardín o puedes convertirla en un desierto de muerte. 

Una enseñanza fundamental: no es casualidad que sea el primer diálogo entre Dios y el hombre. El diálogo es: el Señor da la misión, tú debes hacer esto y esto; y el hombre a cada paso que da debe discernir qué decisión tomar. El discernimiento es esa reflexión de la mente, del corazón que debemos hacer antes de tomar una decisión.

El discernimiento es agotador pero indispensable para vivir. Requiere que me conozca a mí mismo, que sepa lo que es bueno para mí aquí y ahora. Sobre todo, requiere una relación filial con Dios. Dios es Padre y no nos deja solos, siempre está dispuesto a aconsejarnos, a animarnos, a acogernos. 

Pero nunca impone su voluntad. ¿Por qué? Porque quiere ser amado y no temido. Y Dios también quiere que seamos hijos y no esclavos: hijos libres. Y el amor sólo puede vivirse en libertad. 

Para aprender a vivir hay que aprender a amar, y para ello es necesario discernir: ¿Qué puedo hacer ahora, ante esta alternativa? Que sea un signo de más amor, de más madurez en el amor. 

¡Pidamos, que el Espíritu Santo nos guíe! Invoquémosle cada día, especialmente cuando tengamos que tomar decisiones. Gracias.

Por qué el discernimiento es esencial en la formación de un sacerdote

El papa Francisco definía el discernimiento como un acto que concierne a toda persona, porque toda vida está marcada por decisiones que configuran el propio camino. No se trata únicamente de elegir entre el bien y el mal, sino de reconocer, con la ayuda de Dios, cuál es la respuesta más fiel a la llamada que Él dirige a cada uno. Discernir es, en definitiva, aprender a leer la propia vida a la luz del Espíritu Santo.

Esta capacidad resulta especialmente importante en la formación de un sacerdote. Antes de acompañar a otros en su camino de fe, el seminarista debe aprender a escuchar la voz de Dios en su propia vida. La vocación sacerdotal no nace de un impulso pasajero ni de un proyecto personal, sino del encuentro entre la libertad humana y la iniciativa amorosa de Dios. Por eso necesita tiempo, oración, silencio y un acompañamiento espiritual que ayude a interpretar lo que sucede en el corazón.

El discernimiento, explica el papa Francisco, compromete a toda la persona: la memoria, la inteligencia, la voluntad y los afectos. Conocerse a uno mismo es una condición indispensable para reconocer cómo actúa el Señor y evitar que el ruido, las prisas o los propios intereses oculten su voz.

En este proceso, la oración ocupa un lugar insustituible. No es solo un momento de reflexión personal, sino el espacio donde el futuro sacerdote cultiva una relación de amistad con Cristo. Cuanto más profunda es esa amistad, más fácil resulta reconocer aquello que conduce al Evangelio y distinguirlo de lo que aleja de él. El discernimiento no busca respuestas automáticas, sino una mirada interior capaz de descubrir la presencia de Dios incluso en las circunstancias más ordinarias.

San Ignacio de Loyola comprendió esta verdad a partir de su propia experiencia. Descubrió que no todos los pensamientos dejan la misma huella en el corazón: algunos producen una satisfacción inmediata que pronto desaparece, mientras que otros generan una paz profunda, una alegría duradera y un mayor deseo de amar y servir. Aprender a reconocer esos movimientos interiores sigue siendo una de las enseñanzas más valiosas de la espiritualidad ignaciana y una herramienta fundamental para la formación de quienes serán pastores de la Iglesia.

Por eso la Iglesia concede tanta importancia a la formación integral de los seminaristas. No basta con una excelente preparación académica; también es necesario educar el corazón para que el sacerdote pueda escuchar con libertad la voluntad de Dios y, más adelante, ayudar a otros a descubrirla. Un pastor que ha aprendido a discernir será capaz de acompañar a un joven que busca su vocación, a un matrimonio que atraviesa dificultades o a una persona que desea reencontrarse con la fe.

La misión de la Fundación CARF se inserta precisamente en este horizonte. Al apoyar la formación humana, espiritual, intelectual y pastoral de seminaristas, sacerdotes diocesanos y religiosos de todo el mundo, contribuye a que la Iglesia cuente con pastores bien preparados, capaces de anunciar el Evangelio con fidelidad y de acompañar a cada persona en el discernimiento de la llamada que Dios le hace.