León XIV a la asamblea presbiteral: «Dios es testigo de vuestra entrega silenciosa»

Queridos hijos:

Me alegra poder dirigiros esta carta con ocasión de vuestra asamblea presbiteral y hacerlo desde un sincero deseo de fraternidad y unidad. Agradezco a vuestro arzobispo y, de corazón, a cada uno de vosotros la disponibilidad para reuniros como presbiterio, no sólo para tratar asuntos comunes, sino para sosteneros mutuamente en la misión que compartís.

Asamblea presbiteral, una reflexión serena y honesta

Valoro el compromiso con el que vivís y ejercitáis vuestro sacerdocio en parroquias, servicios y realidades muy diversas; sé que muchas veces este ministerio se desarrolla en medio del cansancio, de situaciones complejas y de una entrega silenciosa de la que sólo Dios es testigo. Precisamente por eso deseo que estas palabras os alcancen como un gesto de cercanía y de aliento, y que este encuentro favorezca un clima de escucha sincera, de comunión verdadera y de apertura confiada a la acción del Espíritu Santo, que no deja de obrar en vuestra vida y en vuestra misión.

El tiempo que vive la Iglesia nos invita a detenernos juntos en una reflexión serena y honesta. No tanto para quedarnos en diagnósticos inmediatos o en la gestión de urgencias, sino para aprender a leer con hondura el momento que nos toca vivir, reconociendo, a la luz de la fe, los desafíos y también las posibilidades que el Señor abre ante nosotros. En este camino se vuelve cada vez más necesario educar la mirada y ejercitarnos en el discernimiento, de modo que podamos percibir con mayor claridad lo que Dios ya está obrando, muchas veces de forma silenciosa y discreta, en medio de nosotros y de nuestras comunidades.

Esta lectura del presente no puede prescindir del marco cultural y social en el que hoy se vive y se expresa la fe. En muchos ambientes constatamos procesos avanzados de secularización, una creciente polarización en el discurso público y la tendencia a reducir la complejidad de la persona humana, interpretándola desde ideologías o categorías parciales e insuficientes. En este marco, la fe corre el riesgo de ser instrumentalizada, banalizada o relegada al ámbito de lo irrelevante, mientras se afianzan formas de convivencia que prescinden de toda referencia trascendente.

Los jóvenes se abren a una nueva inquietud

A ello se suma un cambio cultural profundo que no puede ignorarse: la progresiva desaparición de referencias comunes. Durante mucho tiempo, la semilla cristiana encontró una tierra en buena medida preparada, porque el lenguaje moral, las grandes preguntas sobre el sentido de la vida y ciertas nociones fundamentales eran, al menos en parte, compartidos.

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Hoy ese sustrato común se ha debilitado notablemente. Muchos de los presupuestos conceptuales que durante siglos facilitaron la transmisión del mensaje cristiano han dejado de ser evidentes y, en no pocos casos, incluso comprensibles. El Evangelio no se encuentra sólo con la indiferencia, sino con un horizonte cultural distinto, en el que las palabras ya no significan lo mismo y donde el primer anuncio no puede darse por supuesto.

Sin embargo, esta descripción no agota lo que realmente está sucediendo. Estoy convencido –y sé que muchos de vosotros lo percibís en el ejercicio cotidiano de vuestro ministerio– de que en el corazón de no pocas personas, especialmente de los jóvenes, se abre hoy una inquietud nueva. La absolutización del bienestar no ha traído la felicidad esperada; una libertad desvinculada de la verdad no ha generado la plenitud prometida; y el progreso material, por sí solo, no ha logrado colmar el deseo profundo del corazón humano.

Los sacerdotes que necesita Madrid y la Iglesia entera

En efecto, las propuestas dominantes, junto con determinadas lecturas hermenéuticas y filosóficas con las que se ha querido interpretar el destino del hombre, lejos de ofrecer una respuesta suficiente, han dejado con frecuencia una mayor sensación de hartazgo y vacío. Precisamente por ello, constatamos que muchas personas comienzan a abrirse a una búsqueda más honesta y auténtica, una búsqueda que, acompañada con paciencia y respeto, las está conduciendo de nuevo al encuentro con Cristo.

Esto nos recuerda que para el sacerdote no es momento de repliegue ni de resignación, sino de presencia fiel y de disponibilidad generosa. Todo ello nace del reconocimiento de que la iniciativa es siempre del Señor, que ya está obrando y nos precede con su gracia.

Se va perfilando así qué tipo de sacerdotes necesita Madrid –y la Iglesia entera– en este tiempo. Ciertamente no hombres definidos por la multiplicación de tareas o por la presión de los resultados, sino varones configurados con Cristo, capaces de sostener su ministerio desde una relación viva con Él, nutrida por la Eucaristía y expresada en una caridad pastoral marcada por el don sincero de sí.

No se trata de inventar modelos nuevos ni de redefinir la identidad que hemos recibido, sino de volver a proponer, con renovada intensidad, el sacerdocio en su núcleo más auténtico –ser alter Christus–, dejando que sea Él quien configure nuestra vida, unifique nuestro corazón y dé forma a un ministerio vivido desde la intimidad con Dios, la entrega fiel a la Iglesia y el servicio concreto a las personas que nos han sido confiadas.

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León XIV y la fraternidad sacerdotal

Queridos hijos, permitidme que hoy os hable del sacerdocio sirviéndome de una imagen que conocéis bien: vuestra catedral. No para describir un edificio, sino para aprender de él. Porque las catedrales –como cualquier lugar sagrado– existen, como el sacerdocio, para conducir al encuentro con Dios y la reconciliación con nuestros hermanos, y sus elementos encierran una lección para nuestra vida y ministerio.

Cómo debe ser la figura del sacerdote

Al contemplar su fachada aprendemos ya algo esencial. Es lo primero que se ve, y, sin embargo, no lo dice todo: indica, sugiere, invita. Así también el sacerdote no vive para exhibirse, pero tampoco para esconderse. Su vida está llamada a ser visible, coherente y reconocible, aun cuando no siempre sea comprendida. La fachada no existe para sí misma: conduce al interior. Del mismo modo, el sacerdote no es nunca fin en sí mismo. Toda su vida está llamada a remitir a Dios y a acompañar el paso hacia el Misterio, sin usurpar su lugar.

Estando en el mundo pero sin ser del mundo

Al llegar al umbral comprendemos que no conviene que todo entre en el interior, pues es espacio sagrado. El umbral marca un paso, una separación necesaria. Antes de entrar, algo queda fuera. También el sacerdocio se vive así: estando en el mundo, pero sin ser del mundo (cf. Jn 17,14). En este cruce se sitúan el celibato, la pobreza y la obediencia; no como negación de la vida, sino como la forma concreta que permite al sacerdote pertenecer enteramente a Dios sin dejar de caminar entre los hombres.

Un hogar común

La catedral es también un hogar común, donde todos tienen lugar. Así está llamada a ser la Iglesia, especialmente para con sus sacerdotes: una casa que acoge, que protege y que no abandona. Y así ha de vivirse la fraternidad presbiteral; como la experiencia concreta de saberse en casa, responsables unos de otros, atentos a la vida del hermano y dispuestos a sostenernos mutuamente. Hijos míos, nadie debería sentirse expuesto o solo en el ejercicio del ministerio: ¡resistid juntos al individualismo que empobrece el corazón y debilita la misión!

La Iglesia, roca firme

Al recorrer el templo, advertimos que todo descansa sobre las columnas que sostienen el conjunto. La Iglesia ha visto en ellas la imagen de los Apóstoles (cf. Ef 2,20). Tampoco la vida sacerdotal se sostiene por sí misma, sino en el testimonio apostólico recibido y transmitido en la Tradición viva de la Iglesia, y custodiado por el Magisterio (cf. 1 Co 11,2; 2 Tm 1,13-14). Cuando el sacerdote permanece anclado en este fundamento, evita edificar sobre la arena de interpretaciones parciales o acentos circunstanciales, y se apoya en la roca firme que lo precede y lo supera (cf. Mt 7,24-27).

Antes de llegar al presbiterio, la catedral nos muestra lugares discretos pero fundamentales: en la pila bautismal nace el Pueblo de Dios; en el confesionario es continuamente regenerado. En los sacramentos, la gracia se revela como la fuerza más real y eficaz del ministerio sacerdotal.

Por eso, queridos hijos, celebrad los sacramentos con dignidad y fe, siendo conscientes de que lo que en ellos se produce es la verdadera fuerza que edifica la Iglesia y que son el fin último al que se ordena todo nuestro ministerio. Pero no olvidéis que vosotros no sois la fuente, sino el cauce, y que también necesitáis beber de esa agua. Por eso, no dejéis de confesaros, de volver siempre a la misericordia que anunciáis.

Distintos carismas, mismo centro

Junto al espacio central se abren capillas diversas. Cada una tiene su historia, su advocación. A pesar de ser distintas en arte y composición, todas comparten una misma orientación; ninguna está girada hacia sí misma, ninguna rompe la armonía del conjunto. Así sucede también en la Iglesia con los distintos carismas y espiritualidades mediante los cuales el Señor enriquece y sostiene vuestra vocación. Cada uno recibe una forma particular de expresar la fe y de nutrir la interioridad, pero todos permanecen orientados hacia el mismo centro.

Miremos el centro de todo, hijos míos: aquí se revela qué da sentido a lo que hacéis cada día y de dónde brota vuestro ministerio. En el altar, por vuestras manos, se actualiza el sacrificio de Cristo en la más alta acción confiada a manos humanas; en el sagrario, permanece Aquel que habéis ofrecido, confiado de nuevo a vuestro cuidado. Sed adoradores, hombres de profunda oración y enseñad a vuestro pueblo a hacer lo mismo.

Sed todo suyo

Al término de este recorrido, para ser los sacerdotes que la Iglesia necesita hoy, os dejo el mismo consejo de vuestro santo compatriota, san Juan de Ávila: «Sed vosotros todo suyo» (Sermón 57). ¡Sed santos! Os encomiendo a Santa María de la Almudena y, con el corazón lleno de gratitud, os imparto la Bendición Apostólica, que extiendo a cuantos están confiados a vuestro cuidado pastoral.

Vaticano, 28 de enero de 2026. Memoria de santo Tomás de Aquino, presbítero y doctor de la Iglesia.

LEÓN PP. XIV



Impresiones de anochecer: silencio interior y encuentro con Dios

En nuestro caminar, llegamos al anochecer, a la noche. Desde pequeño me he sentido empujado –alentado, quizá sería mejor– a pasear con el día ya anochecido; y andar, solitario y en silencio, en medio de la oscuridad no interrumpida por el alumbrado urbano. Impregnado en la noche, se vive de otro modo el latir de la tierra, el fulgor de las estrellas, el aroma de toda la creación.

Anochecer, silencio y contemplación poética

¡Y que gozo, abandonarnos a la noche sin nostalgia, adentrarnos en ella, casi de puntillas, y solicitarle que nos haga partícipes de su misterio! Gozo que quizá un día vislumbró Rainer Maria Rilke al escribir estos versos en sus Poemas a la noche:

«Y de pronto comprendí que andas conmigo y juegas, / oh tú, crecida noche, y te miré asombrado... / ...tú, elevada noche, / no tuviste vergüenza de conocerme. Tu aliento / pasaba sobre mí. Tu dilatada seriedad, compartida / con sonrisa, penetró en mí».

Silencio interior y actitud ante la noche

Unos reciben la noche como amiga, otros la rehúyen, como un enemigo con el que no se consigue nunca hacer las paces.

Quienes la acogen amistosamente disponen su espíritu para escudriñar el amor virgen escondido en la oscuridad y en el silencio. Quizá con un cierto temblor, como Rilke:

«Si sintieras, oh noche, como yo te contemplo, como mi ser retrocede al impulso/ de querer arrojarse confiado en tus brazos. / ¿Puedo asirlo de modo que mi ceja, al arquearse de nuevo/ salve tan vasto caudal de mirada?».

Sé que no encontraré palabras para cantar la belleza de la noche –aunque pida ayuda a los poetas–; quizá porque las palabras agotan su servicio en el esfuerzo de tratar de entender­nos entre nosotros; y la noche es tierra cuajada para el escondido dialogar humano del alma con el espíritu, que se abre y prepara para la inefable comunicación –y no solo diálogo– entre el hombre y Dios, su creador.

La noche es criatura de Dios, y, como todas las criatu­ras, un regalo de Dios al hombre. Sin su tiniebla, ni siquiera el sol reluciría. Sin el descanso que nos ofrece, nuestro caminar en la tierra quedaría reducido a una simple locura; toda nuestra persona perdería el rumbo, la orientación, y no sólo el sistema nervioso. El silencio y la oscuridad de la noche abren al hombre horizontes ilimitados, más lejanos e impenetrables que los escondidos en la mar brava, y que apenas afloran al filo de las crestas de las olas de la mar océana.

La noche guarda el silencio

Y la noche guarda un silencio y una oscuridad para la juventud; una oscuridad en el silencio para la madurez; un silencio en radiante oscuridad para la plenitud del vivir. La noche enriquece nuestro escudriñar; nos invita a penetrar rincones no explorados, y los ojos, incapaces de aguantar la mirada al sol, se abren caminos mirando las estrellas, y llegan a desentrañar el misterio que esconde la noche: el misterio de no tener el hombre otro horizonte que la Vida Eterna, el Cielo.

Para quienes la esperan como enemiga, el alma de la noche se agota en la tiniebla y en el vacío; y su imagen parece un adelanto de la nada.

Silencio y oscuridad, hermanados

La noche figura entonces, y se presenta, hermanada con el silencio y la oscuridad. Trágica­mente hermanada. Como si la oscuridad no fuese otra cosa que tiniebla, y el silencio escondiese la asechanza del vacío y del agobio. Juan Ramón Jiménez escribió: "Se va la noche, negro toro/ -plena carne de luto, de espanto y de misterio-, / que ha bramado terrible, inmensamente, / al temor sudoroso de todos los caídos".

Ante semejante enemigo, no queda otro recurso que el intentar aniquilarlo, o huir de él. Se aniquila la noche llenándola artificialmente de ruido y de falsa luz, en espera del alba. El candoroso silencio musitado se convierte en griterío ansioso, disfrazado de sonrisas más o menos de máscara. Y la oscuridad radiante del universo a cielo raso, se trasforma en tiniebla de túnel que excluye las estrellas de nuestra mirada.

El misterio de la enfermedad

La noche adquiere un matiz distinto cuando aúna su misterio al de la enfermedad. Algunos enfermos aguardan su llegada con ansiedad, temerosos con un doble pavor: de que el sueño no llegue, y la angustia pueda convertir las horas hasta el amanecer en la figura de la muerte, de la propia muerte; o de que, si al final el sueño les vence, pueda convertir­se en el último dormir terreno.

En la noche el hombre es consciente, sin rubor ni vergüen­zas, de su penuria, de su indigencia y hasta de su miseria. Ya ha descubierto, sin maravillarse, que todo santo tiene algo –o mucho– de miserable; y que cualquier miserable está en condicio­nes de tener algo –o mucho– de santo. Ha saboreado confirmar lo que ya en cierto modo preveía: que el hombre no se jubila: quien se queda en tierra, a la hora de hacerse las barcas a la mar, prepara las redes y los aparejos para la faena de mañana. La mejor pesca siempre es en la noche.

La noche será luz

Quizá se siente más indefenso ante tantos miedos que le asaltan en los momentos menos oportunos. Quizá. Y, sin embargo, vale la pena afrontar el riesgo para que al fin llegue la noche a ser luz, como de alguna manera profética anuncia el Salmista: «y la noche será mi luz en mis delicias /porque la noche, como el día, será ilumina­da»; y añadió san Juan de la Cruz: «¡Oh noche que guiaste, / oh noche amable más que la alborada; / oh noche que juntaste/ Amado con amada, /amada en el Amado transformada».

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De alguna manera lo vislumbró también Gibran, que en El Profeta, dejó escrito:

«Yo no puedo enseñaros como rezan los mares, los montes, las forestas. / Vosotros podéis descubrir su orar en el fondo de vuestro corazón, / Tended el oído en las noches pacífi­cas, y oiréis murmurar, / Dios nuestro, alas de nosotros mismos, queremos con tu Voluntad. (...) / No podemos pedirte nada; Tu conoces nuestra indigencia antes de que nazca; / Nuestra necesidad eres Tu; al darnos más de Ti mismo, nos das todo».   

Dios se nos ha dado a Sí mismo en el Niño Jesús que hemos cantado con nuestros labios, adorado con nuestra inteligencia, recibido en nuestro corazón, con los pastores, con los magos, con María y con José. ¿Ha iluminado su Luz, la oscuridad de nuestra noche?       


Ernesto Juliá, (ernesto.julia@gmail.com) | Publicado anteriormente en Religión Confidencial.


Qué es el Bautismo y cuál es su simbología

El sacramento del Bautismo significa y supone la muerte al pecado original y la entrada en la vida de la Santísima Trinidad, a través de la configuración con el misterio pascual de Cristo. En la Iglesia latina, el ministro derrama agua tres veces sobre la cabeza del candidato y pronuncia: «Yo te bautizo en el nombre del Padre, y del Hijo y del Espíritu Santo».

Gracias al Bautismo, somos purificados del pecado original y nos convertimos en parte de la Iglesia y del cuerpo místico de Cristo. Una vez recibido el sacramento del Bautismo tenemos acceso a los otros sacramentos y comenzamos a emprender el camino del Espíritu. Purificados por el perdón incondicional de Dios, nos convertimos, a todos los efectos, en sus hijos.

«Nos libera del pecado y nos hace hijos de Dios. (...) Renovamos y confirmamos nuestro propio Bautismo, el sacramento que nos hace cristianos, liberándonos del pecado y transformándonos en hijos de Dios, por el poder de su Espíritu de vida. (...) Nos introduce a todos en la Iglesia, que es el pueblo de Dios, formado por hombres y mujeres de toda nación y cultura, regenerados por su Espíritu», papa León XIV, en la Fiesta del Bautismo del Señor 2026.

¿Qué es el Bautismo?

El santo Bautismo es el fundamento de toda la vida cristiana, el pórtico de la vida en el espíritu y la puerta que abre el acceso a los otros sacramentos. Por el Bautismo somos liberados del pecado y regenerados como hijos de Dios, llegamos a ser miembros de Cristo y somos incorporados a la Iglesia y hechos partícipes de su misión. Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1213

Río Jordan Betania  Bautismo Cristo
Al-Maghtas, supuesto lugar donde Juan bautizó a Jesucristo al este del río Jordán.

Breve historia del sacramento

La palabra bautismo proviene del griego βάπτισμα, báptisma, “inmersión”. Eso es exactamente lo que es, una inmersión en agua purificadora.

Ya se reconocía la simbología del agua y su poder salvador, en el Antiguo Testamento, se consideraba instrumento de la voluntad de Dios. Sucedió en el Diluvio Universal, y en el pasaje del Mar Rojo por Moisés y el pueblo elegido para huir de Egipto. También en el bautismo de san Juan Bautista, que es lo mas parecido al sacramento del Bautismo como lo conocemos hoy en día.

Jesús llegó hasta Juan para recibir el Bautismo; realmente acepta su propio destino. Al salir del agua, Jesús ve el cielo abrirse y el Espíritu Santo aparecer en forma de paloma, mientras desde el cielo se oye una voz: «Tú eres mi Hijo amado, mi predilecto».

El Espíritu Santo desciende sobre él, invirtiéndolo en su papel, transformándolo en el Cordero de Dios. Es el comienzo de una nueva vida y la premonición de la muerte, que conducirá a la Resurrección. El destino de un hombre y de toda la humanidad se logra en las orillas del Jordán.

Desde el día de Pentecostés, bautismo de fuego del Espíritu Santo o descenso del Espíritu Santo sobre los Apóstoles, cincuenta días después de la Resurrección de Jesús, comienza la misión de los Apóstoles y el comienzo de la Iglesia cristiana.

A partir de este momento Pedro y los otros discípulos comienzan a predicar la necesidad de arrepentirse de sus pecados y recibir el Bautismo para obtener el perdón y el don del Espíritu Santo.

«Los cristianos vivimos en el mundo y no estamos exentos de oscuridades y tinieblas. Sin embargo, la gracia de Cristo recibida en el bautismo nos hace salir de la noche y entrar en la claridad del día. La exhortación más bella que podemos hacernos unos a otros es la de recordarnos nuestro bautismo, porque por medio de él hemos nacido para Dios, siendo criaturas nuevas» Papa Francisco, Audiencia General Agosto 2017.

¿Por qué se bautizó Jesús?

Jesús comienza su vida pública tras hacerse bautizar por san Juan el bautista en el Jordán y, después de su Resurrección, confiere esta misión a sus Apóstoles: «Id, pues, y haced discípulos a todas las gentes bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, y enseñándoles a guardar todo lo que yo os he mandado».

Nuestro Señor se sometió voluntariamente al bautismo de san Juan donde el Espíritu descendió sobre Él, y el Padre manifestó a Jesús como su Hijo amado.

Con su Muerte y Resurrección, Cristo abrió a todos los hombres las fuentes de la gracia. Por eso, el bautismo de la Iglesia borra el pecado original y nos hace hijos de Dios. (Catecismo de la Iglesia Católica, nn. 1223, 1224, 1225).

¿Desde cuándo se bautiza en la Iglesia?

Desde el día de Pentecostés la Iglesia ha celebrado y administrado el santo Bautismo. En efecto, san Pedro declara a la multitud conmovida por su predicación: «Convertíos [...] y que cada uno de vosotros se haga bautizar en el nombre de Jesucristo, para remisión de vuestros pecados; y recibiréis el don del Espíritu Santo» (Hch 2,38). Los Apóstoles y sus colaboradores ofrecen el bautismo a quien crea en Jesús: judíos, hombres temerosos de Dios, paganos...

El bautismo aparece siempre ligado a la fe: «Ten fe en el Señor Jesús y te salvarás tú y tu casa», declara san Pablo a su carcelero en Filipos. El relato de los Hechos de los Apóstoles continúa: «el carcelero inmediatamente recibió el bautismo, él y todos los suyos».

Según el apóstol san Pablo, por el Bautismo el creyente participa en la muerte de Cristo; es sepultado y resucita con Él: «¿O es que ignoráis que cuantos fuimos bautizados en Cristo Jesús, fuimos bautizados en su muerte? Fuimos, pues, con él sepultados por el bautismo en la muerte, a fin de que, al igual que Cristo fue resucitado de entre los muertos por medio de la gloria del Padre, así también nosotros vivamos una vida nueva» (Rm 6,3-4).

Los bautizados se han "revestido de Cristo". Por el Espíritu Santo, el bautismo es un baño que purifica, santifica y justifica. (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1226, 1227).

Simbología del Bautismo

El Bautismo, como todos los Sacramentos, implica el uso de elementos sagrados para poder impartirlo. Por ser sagrados se emplean sólo con esa finalidad y deben estar bendecidos por el obispo o por un sacerdote. También hay gestos simbólicos y signos no verbales que todos juntos dan luz a este sacramento precioso e imprescindible en la vida de un cristiano.

Son muchos los símbolos del bautismo para que los hombres seamos capaces de imaginarnos lo que está sucediendo en el alma del bautizado, que no podemos ver con los ojos.

bautismo

Agua bendita

El agua es el símbolo central del sacramento del Bautismorepresenta el amor de Dios. Es derramada sobre la frente del bautizado como fuente de amor inagotable. Tiene la función de purificar, lavar del cuerpo y el alma de pecado. El agua es, además, un elemento universalmente reconocido como símbolo de vida.

En el momento en que el sacerdote, derrama tres veces agua sobre la cabeza del bautizado, el fiel se une a Cristo tanto en su muerte como en su resurrección y glorificación.

Como explicó el papa León, «Queridos hermanos, Dios no mira el mundo desde lejos, al margen de nuestra vida, de nuestras aflicciones y de nuestras esperanzas. Él viene entre nosotros con la sabiduría de su Verbo hecho carne, haciéndonos parte de un sorprendente proyecto de amor para toda la humanidad.

Es por eso que Juan el Bautista, lleno de asombro, preguntó a Jesús: «¿Y tú acudes a mí?» (v. 14). Sí, en su santidad el Señor se hace bautizar como todos los pecadores, para revelar la infinita misericordia de Dios. El Hijo unigénito, en quien somos hermanos y hermanas, viene, en efecto, para servir y no para dominar, para salvar y no para condenar. Él es el Cristo redentor; carga sobre sí lo que es nuestro, incluido el pecado, y nos da lo que es suyo, es decir, la gracia de una vida nueva y eterna.» (Plaza de San Pedro. Domingo, 11 de enero de 2026, Ángelus).

Jesús es bautizado en las aguas del Jordán al inicio de su ministerio público (cfr. Mt 3,13-17), no por necesidad, sino por solidaridad redentora. En esa ocasión, queda definitivamente indicada el agua como elemento material del signo sacramental. «El que no nazca de agua y de Espíritu no puede entrar en el Reino de Dios» (Jn 3,5).

Luz del cirio pascual

En el Antiguo Testamento la Luz, era un símbolo de fe, y con el advenimiento de Jesús, este simbolismo se ha enriquecido con nuevos significados fundamentales en la vida del cristiano. La luz en el bautismo es un símbolo que representa la guía en el camino de encuentro con Cristo que a su vez es luz de nuestras vidas y en el mundo. También simboliza la resurrección de Cristo.

El papa Francisco dijo en una audiencia general: «esa luz es un tesoro que debemos conservar y transmitir a los demás. El cristiano está llamado a ser "cristóforo", portador de Jesús al mundo. A través de signos concretos, manifestamos la presencia y el amor de Jesús a los demás, especialmente a los que están atravesando situaciones difíciles. Si somos fieles a nuestro Bautismo, difundiremos la luz de la esperanza de Dios y transmitiremos a las futuras generaciones razones de vida».

El crisma, santo óleo u óleo de los catecúmenos

El santo óleo, es un aceite perfumado y consagrado usado en el sacramento del Bautismo. La unción con el aceite crismal simboliza la plena difusión de la gracia. El sacerdote utiliza el óleo para trazar una cruz en el pecho y otra entre las escápulas del bautizado. También puede utilizarlo para ungir la su cabeza, imprimiéndole un sello que lo consagra a su nuevo papel.

Todo esto simboliza la fortaleza en la lucha contra las tentaciones, una especie de escudo contra el pecado. El fin de este símbolo del bautismo, es consagrar la entrada del cristiano en la gran familia de la iglesia simbolizando el don del Espíritu Santo.

También es utilizado en el sacramento de la confirmación, la ordenación sacerdotal y la unción de los enfermos.  El Santo Óleo se bendice una vez al año por el obispo durante la misa crismal del Jueves Santo.

«Se abren además los cielos, desciende el Espíritu en forma de paloma y la voz de Dios Padre confirma la filiación divina de Cristo: acontecimientos que revelan en la Cabeza de la futura Iglesia lo que se realizará luego sacramentalmente en sus miembros» (Jn 3,5).

La vestidura blanca

La vestidura blanca simboliza que el bautizado se ha "revestido de Cristo" (Ga 3,27): ha resucitado con Cristo.

La pureza del alma sin mancha, que simboliza la vestidura blanca, después del sacramento del Bautismo, el cambio profundo y la renovación interna que el sacramento ha traído a quien lo recibió. El blanco es símbolo de una nueva vida, la nueva dignidad que cubre el bautizado. En la antigüedad, quien iba a ser bautizado usaba un vestido nuevo y blanco antes de unirse a los otros fieles en la Iglesia.

«En el bautismo, Nuestro Padre Dios ha tomado posesión de nuestras vidas, nos ha incorporado a la de Cristo y nos ha enviado el Espíritu Santo. El Señor, nos dice la Escritura Santa, nos ha salvado haciéndonos renacer por el bautismo, renovándonos por el Espíritu Santo, que Él derramó copiosamente sobre nosotros por Jesucristo Salvador nuestro, para que, justificados por la gracia, vengamos a ser herederos de la vida eterna conforme a la esperanza que tenemos». Punto 128. Es Cristo que pasa, en el capítulo El Gran Desconocido, San Josemaría Escrivá.

Los cuatro regalos del sacramento del Bautismo:


Mensaje de León XIV para la Cuaresma 2026



Queridos hermanos y hermanas:

La Cuaresma es el tiempo en el que la Iglesia, con solicitud maternal, nos invita a poner de nuevo el misterio de Dios en el centro de nuestra vida, para que nuestra fe recobre su impulso y el corazón no se disperse entre las inquietudes y distracciones cotidianas.

Todo camino de conversión comienza cuando nos dejamos alcanzar por la Palabra y la acogemos con docilidad de espíritu. Existe, por tanto, un vínculo entre el don de la Palabra de Dios, el espacio de hospitalidad que le ofrecemos y la transformación que ella realiza. Por eso, el itinerario cuaresmal se convierte en una ocasión propicia para escuchar la voz del Señor y renovar la decisión de seguir a Cristo, recorriendo con Él el camino que sube a Jerusalén, donde se cumple el misterio de su Pasión, Muerte y Resurrección.

Escuchar: la petición de León XIV para vivir la Cuaresma 2026

Este año me gustaría llamar la atención, en primer lugar, sobre la importancia de dar espacio a la Palabra a través de la escucha, ya que la disposición a escuchar es el primer signo con el que se manifiesta el deseo de entrar en relación con el otro.

Dios mismo, al revelarse a Moisés desde la zarza ardiente, muestra que la escucha es un rasgo distintivo de su ser: «Yo he visto la opresión de mi pueblo, que está en Egipto, y he oído los gritos de dolor» (Ex 3,7). La escucha del clamor de los oprimidos es el comienzo de una historia de liberación, en la que el Señor involucra también a Moisés, enviándolo a abrir un camino de salvación para sus hijos reducidos a la esclavitud.

Es un Dios que nos atrae, que hoy también nos conmueve con los pensamientos que hacen vibrar su corazón. Por eso, la escucha de la Palabra en la liturgia nos educa para una escucha más verdadera de la realidad.

Entre las muchas voces que atraviesan nuestra vida personal y social, las Sagradas Escrituras nos hacen capaces de reconocer la voz que clama desde el sufrimiento y la injusticia, para que no quede sin respuesta. Entrar en esta disposición interior de receptividad significa dejarnos instruir hoy por Dios para escuchar como Él, hasta reconocer que «la condición de los pobres representa un grito que, en la historia de la humanidad, interpela constantemente nuestra vida, nuestras sociedades, los sistemas políticos y económicos, y especialmente a la Iglesia». [1]

Ayunar: un ejercicio ascético antiquísimo e insustituible

Si la Cuaresma es tiempo de escucha, el ayuno constituye una práctica concreta que dispone a la acogida de la Palabra de Dios. La abstinencia de alimento, en efecto, es un ejercicio ascético antiquísimo e insustituible en el camino de la conversión. Precisamente porque implica al cuerpo, hace más evidente aquello de lo que tenemos “hambre” y lo que consideramos esencial para nuestro sustento. Sirve, por tanto, para discernir y ordenar los “apetitos”, para mantener despierta el hambre y la sed de justicia, sustrayéndola de la resignación, educarla para que se convierta en oración y responsabilidad hacia el prójimo.

San Agustín, con sutileza espiritual, deja entrever la tensión entre el tiempo presente y la realización futura que atraviesa este cuidado del corazón, cuando observa que: «es propio de los hombres mortales tener hambre y sed de la justicia, así como estar repletos de la justicia es propio de la otra vida. De este pan, de este alimento, están repletos los ángeles; en cambio, los hombres, mientras tienen hambre, se ensanchan; mientras se ensanchan, son dilatados; mientras son dilatados, se hacen capaces; y, hechos capaces, en su momento serán repletos». [2] 

El ayuno, entendido en este sentido, nos permite no sólo disciplinar el deseo, purificarlo y hacerlo más libre, sino también expandirlo, de modo que se dirija a Dios y se oriente hacia el bien.

Ayunar con fe y humildad

Sin embargo, para que el ayuno conserve su verdad evangélica y evite la tentación de enorgullecer el corazón, debe vivirse siempre con fe y humildad. Exige permanecer arraigado en la comunión con el Señor, porque «no ayuna de verdad quien no sabe alimentarse de la Palabra de Dios». [3] En cuanto signo visible de nuestro compromiso interior de alejarnos, con la ayuda de la gracia, del pecado y del mal, el ayuno debe incluir también otras formas de privación destinadas a hacernos adquirir un estilo de vida más sobrio, ya que « sólo la austeridad hace fuerte y auténtica la vida cristiana». [4]

Por eso, me gustaría invitarles a una forma de abstinencia muy concreta y a menudo poco apreciada, es decir, la de abstenerse de utilizar palabras que afectan y lastiman a nuestro prójimo. Empecemos a desarmar el lenguaje, renunciando a las palabras hirientes, al juicio inmediato, a hablar mal de quienes están ausentes y no pueden defenderse, a las calumnias. Esforcémonos, en cambio, por aprender a medir las palabras y a cultivar la amabilidad: en la familia, entre amigos, en el lugar de trabajo, en las redes sociales, en los debates políticos, en los medios de comunicación y en las comunidades cristianas. Entonces, muchas palabras de odio darán paso a palabras de esperanza y paz.  

Carta de León XIV con motivo de la Asamblea Presbiteral de la Arquidiocesis de Madrid
Juntos

Por último, la Cuaresma pone de relieve la dimensión comunitaria de la escucha de la Palabra y de la práctica del ayuno. También la Escritura subraya este aspecto de muchas maneras. Por ejemplo, cuando narra en el libro de Nehemías que el pueblo se reunió para escuchar la lectura pública del libro de la Ley y, practicando el ayuno, se dispuso a la confesión de fe y a la adoración, con el fin de renovar la alianza con Dios (cf. Ne 9,1-3).

Del mismo modo, nuestras parroquias, familias, grupos eclesiales y comunidades religiosas están llamados a realizar en Cuaresma un camino compartido, en el que la escucha de la Palabra de Dios, así como del clamor de los pobres y de la tierra, se convierta en forma de vida común, y el ayuno sostenga un arrepentimiento real. En este horizonte, la conversión no sólo concierne a la conciencia del individuo, sino también al estilo de las relaciones, a la calidad del diálogo, a la capacidad de dejarse interpelar por la realidad y de reconocer lo que realmente orienta el deseo, tanto en nuestras comunidades eclesiales como en la humanidad sedienta de justicia y reconciliación.

Queridos hermanos, pidamos la gracia de vivir una Cuaresma que haga más atento nuestro oído a Dios y a los más necesitados. Pidamos la fuerza de un ayuno que alcance también a la lengua, para que disminuyan las palabras que hieren y crezca el espacio para la voz de los demás. Y comprometámonos para que nuestras comunidades se conviertan en lugares donde el grito de los que sufren encuentre acogida y la escucha genere caminos de liberación, haciéndonos más dispuestos y diligentes para contribuir a edificar la civilización del amor.

Los bendigo de corazón a todos ustedes, y a su camino cuaresmal.

Vaticano, 5 de febrero de 2026, memoria de santa Águeda, virgen y mártir.


León XIV



7 domingos: san José, un corazón de padre

Los siete domingos de san José son una devoción tradicional de la Iglesia que invita a prepararse espiritualmente para su solemnidad, el 19 de marzo, meditando cada semana sobre los siete gozos y los siete dolores del santo.

La práctica, que suele comenzar en el séptimo domingo antes del 19 de marzo, anima a los fieles a recibir la Comunión en honor de san José cada domingo y a rezar las oraciones tradicionales ligadas a sus siete penas y alegrías. 

Este ejercicio devocional refleja episodios de la vida de san José tales como la duda ante el misterio de la Anunciación, la pobreza en el nacimiento de Jesús y la huida a Egipto, junto con gozos como el mensaje del ángel y la vida junto a Jesús y María en Nazaret

En este contexto de reflexión y preparación, el papa León XIV ha concedido énfasis pastoral a la figura de san José en sus recientes intervenciones públicas. Durante las audiencias del mes de diciembre de 2025, el pontífice subrayó la importancia de confiar en la misericordia de Dios y poner en sus manos la vida personal y comunitaria, alentando a los fieles a ver en san José un ejemplo de fidelidad sencilla a la voluntad divina. 

«Piedad y caridad, misericordia y abandono; estas son las virtudes del hombre de Nazaret que la liturgia nos propone hoy, para que nos acompañen en estos últimos días de Adviento, hacia la santa Navidad». La devoción de los siete domingos ofrece así una vía concreta para acercarse a san José como modelo de fe y de entrega en lo ordinario, invitando a meditar cada domingo uno de los dolores y gozos que marcaron su vida al servicio de la Sagrada Familia y de toda la Iglesia.

Siete domingos de san José

Siete domingos de san José: un recorrido por sus dolores y gozos

Los siete domingos de san José invitan a recorrer, semana a semana, los momentos de luz y de sombra en la vida del Santo Patriarca. Al contemplar sus alegrías y dificultades, esta costumbre de la Iglesia nos ayuda a crecer en intimidad con él y nos prepara para celebrar su solemnidad el 19 de marzo.

Primer domingo de san José 

Primer dolor: estando desposada su madre María con José, antes de vivir juntos, se halló que había concebido en su seno por obra del Espíritu Santo (Mt 1,18). 

Primer gozo: el ángel del Señor se le apareció en sueños y le dijo: José, hijo de David, no temas recibir a María, tu esposa, pues lo concebido en ella es del Espíritu Santo. Dará a luz un hijo y le pondrás por nombre Jesús (Mt 1, 20-21).

Segundo domingo de san José

Segundo dolor: vino a los suyos, y los suyos no le recibieron (Jn 1,11). 

Segundo gozo: fueron deprisa y encontraron a María, a José y al niño reclinado en el pesebre (Lc 2,16).

Tercer domingo de san José

Tercer dolor: cuando se cumplieron los ocho días para circuncidarle, le pusieron por nombre Jesús, como lo había llamado el ángel antes de que fuera concebido en el seno materno (Lc 2,21).

Tercer gozo: dará a luz un hijo, y le pondrás por nombre Jesús, porque él salvará a su pueblo de sus pecados (Mt 1,21).

Cuarto domingo de san José

Cuarto dolor: Simeón los bendijo, y dijo a María, su madre: mira, éste ha sido puesto como signo de contradicción para que se descubran los pensamientos de muchos corazones (Lc 2,34-35). 

Cuarto gozo: porque han visto mis ojos tu salvación, la que preparaste ante todos los pueblos; luz para iluminar a las naciones (Lc 2,30-31).

Quinto domingo de san José

Quinto dolor: el ángel del Señor se apareció en sueños a José y le dijo: levántate, toma al niño y a su madre, y huye a Egipto, y estate allí hasta que yo te avise, porque Herodes va a buscar al niño para matarlo (Mt 2,13). 

Quinto gozo: y estuvo allí hasta la muerte de Herodes, para que se cumpliera lo que dice el Señor por el profeta: "De Egipto llamé a mi hijo" (Mt 2,15).

Sexto domingo de san José

Sexto dolor: él se levantó, tomó al niño y a su madre y regresó a la tierra de Israel. Pero al oír que Arquelao reinaba en Judea en lugar de su padre Herodes, temió ir allá (Mt 2,21-22). 

Sexto gozo: y fue a vivir a una ciudad llamada Nazaret, para que se cumpliera lo dicho por los profetas: será llamado nazareno (Mt 2,23).

Séptimo domingo de san José

Séptimo dolor: le estuvieron buscando entre los parientes y conocidos, y al no hallarle, volvieron a Jerusalén en su busca (Lc 2,44-45). 

Séptimo gozo: al cabo de tres días lo hallaron en el Templo, sentado en medio de los doctores, escuchándoles y haciéndoles preguntas (Lc 2,46).

La Iglesia, siguiendo una antigua costumbre, prepara la fiesta de san José, el día 19 de marzo, dedicando al Santo Patriarca los siete domingos anteriores a esa fiesta en recuerdo de los principales gozos y dolores de la vida de San José. 

En concreto, fue el papa Gregorio XVI quien fomentó la devoción de los siete domingos de san José, concediéndole muchas indulgencias; pero el beato Pío IX les dio actualidad perenne con su deseo de que se acudiera a san José, para aliviar la entonces aflictiva situación de la Iglesia universal.

San Josemaría aconseja vivir los siete domingos de san José

En una tertulia, san Josemaría propone una devoción concreta para crecer en el amor a la Virgen: acudir a san José como un camino seguro, cercano y confiado en la vida cristiana.

Padre en la ternura, la obediencia y la acogida

Jesús vio la ternura de Dios en José, cosa que entra en lo que cabe esperar de todo buen padre (cf. Sal 110, 13). José enseñó a Jesús, mientras le protegía en su debilidad de niño, a 'ver' a Dios y a dirigirse a Él en la oración. También para nosotros «es importante encontrarnos con la Misericordia de Dios, especialmente en el sacramento de la Reconciliación, teniendo una experiencia de verdad y ternura.

Ahí Dios nos acoge y nos abraza, nos sostiene y nos perdona. José también nos enseña que, en medio de las tormentas de la vida, no debemos tener miedo de ceder a Dios el timón de nuestra barca.

De un modo parecido al de la Virgen María, José también pronunció su “fiat” (hágase) al plan de Dios. Fue obediente a lo que Dios le pedía, aunque esto se manifestara en sueños. Y además, lo que parece asombroso, 'enseñó' la obediencia a Jesús. En la vida oculta de Nazaret, bajo la guía de José, Jesús aprendió a hacer la voluntad del Padre. Y ello, pasando por la pasión y la cruz (cf. Jn 4, 34; Flp 2, 8; Hb 5, 8).

Como escribió san Juan Pablo II en su exhortación Redemptoris custos (1989), sobre san José: «José ha sido llamado por Dios para servir directamente a la persona y a la misión de Jesús mediante el ejercicio de su paternidad; de este modo él coopera en la plenitud de los tiempos en el gran misterio de la redención y es verdaderamente ‘ministro de la salvación’».

Todo ello pasó por la acogida, por parte de José, de María y del plan de Dios sobre ella. José asumió ese plan, su paternidad, para él misterioso, con responsabilidad personal, sin buscar soluciones fáciles. Y estos acontecimientos configuraron su vida interior.



Cuaresma 2026: significado, definición y oraciones

«La Iglesia se une todos los años, durante los cuarenta días de la Gran Cuaresma, al Misterio de Jesús en el desierto» Catecismo de la Iglesia Católica, 540.

¿Qué es la Cuaresma?

El significado de Cuaresma viene del latín quadragesimaperíodo litúrgico de cuarenta días reservado a la preparación de la Pascua de Resurrección. Cuarenta días en alusión a los 40 años que pasó el pueblo de Israel en el desierto con Moisés y los 40 días que pasó Jesús en el desierto antes de iniciar su vida pública.

Este es un tiempo de preparación y de conversión para participar en el momento culminante de nuestra liturgia, junto a toda la Iglesia Católica.

En el Catecismo, la Iglesia propone seguir el ejemplo de Cristo en su retiro al desierto, como preparación de las solemnidades pascuales. Es un tiempo particularmente apropiado para los ejercicios espirituales, las liturgias penitenciales, las peregrinaciones como signo de penitencia, las privaciones voluntarias como el ayuno y la limosna, y la comunicación cristiana de bienes por medio de obras caritativas y misioneras.

Este esfuerzo de conversión es el movimiento del corazón contrito, atraído y movido por la gracia a responder al amor misericordioso de Dios que nos ha amado primero.

«No podemos considerar esta Cuaresma como una época más, repetición cíclica del tiempo litúrgico. Este momento es único; es una ayuda divina que hay que acoger. Jesús pasa a nuestro lado y espera de nosotros –hoy, ahora– una gran mudanza». Es Cristo que pasa, 59, san Josemaría.

¿Cuándo empieza la Cuaresma?

La imposición de la ceniza en la frente de los fieles, el Miércoles de Ceniza, es el inicio de este camino. Constituye una invitación a la conversión y a la penitencia.  Es una invitación a recorrer el tiempo de Cuaresma como una inmersión más consciente y más intensa en el misterio pascual de Jesús, en su muerte y resurrección, mediante la participación en la Eucaristía y en la vida de caridad.

El tiempo de Cuaresma termina el Jueves Santo, antes de la Misa in coena Domini (la cena del Señor) con la que comienza el Triduo Pascual, Viernes Santo y Sábado de Gloria.

Durante estos días miramos nuestro interior y asimilamos el misterio del Señor siendo tentado en el desierto por Satanás y su subida a Jerusalén para su Pasión, Muerte, Resurrección y Ascensión a los cielos.

Recordamos que hemos de convertirnos y creer en el Evangelio y que somos polvo, hombres pecadores, criaturas y no Dios.

«¿Qué mejor manera de comenzar la Cuaresma? Renovamos la fe, la esperanza, la caridad. Esta es la fuente del espíritu de penitencia, del deseo de purificación. La Cuaresma no es sólo una ocasión para intensificar nuestras prácticas externas de mortificación: si pensásemos que es sólo eso, se nos escaparía su hondo sentido en la vida cristiana, porque esos actos externos son –repito fruto de la fe, de la esperanza y del amor». Es Cristo que pasa, 57, san Josemaría.

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¿Cómo vivir la Cuaresma?

La Cuaresma puede vivirse a través del sacramento de la Confesión, la oración y las actitudes positivas.

Los católicos nos preparamos para los eventos claves de la Semana Santa a través de los pilares de la oración, el ayuno y la limosna. Estos, nos guían en la reflexión diaria sobre nuestra propia vida mientras nos esforzamos por profundizar nuestra relación con Dios y con el prójimo, sin importar en qué parte del mundo viva el prójimo. La Cuaresma es un tiempo de crecimiento personal y espiritual, un tiempo para mirar hacia afuera y hacia adentro. Son jornadas de misericordia.

El arrepentimiento y la Confesión

Como tiempo de penitencia, la Cuaresma es un buen momento para confesarse. No es obligatorio, ni hay ningún mandato de la Iglesia que obligue a ello pero encaja muy bien con las palabras del Evangelio que repite el sacerdote el día Miércoles de Ceniza.

«Recuerda que polvo eres y en polvo te convertirás». «Conviértete y cree en el Evangelio». En estas palabras santas hay un elemento común: la conversión. Y ésta es solo posible con el arrepentimiento y el cambio de vida. Por ello, la confesión en la Cuaresma es una manera práctica de pedir perdón a Dios por nuestros pecados y recomenzar. El modo ideal de comenzar este ejercicio de introspección, es por medio de un examen de conciencia.

La Penitencia

La penitencia, traducción latina de la palabra griega "metanoia" que en la Biblia significa la conversión del pecador. Designa todo un conjunto de actos interiores y exteriores dirigidos a la reparación del pecado cometido, y el estado de cosas que resulta de ello para el pecador. Literalmente cambio de vida, se dice del acto del pecador que vuelve a Dios después de haber estado alejado de Él, o del incrédulo que alcanza la fe.

La Conversión

Convertirse es reconciliarse con Dios, apartarse del mal, para establecer la amistad con el Creador. Una vez en gracia, después de la confesión y lo que ello implica, hemos de proponernos cambiar desde dentro todo aquello que no agrada a Dios.

Para concretar el deseo de conversión, se puede hacer obras de conversión, como son, por ejemplo: Acudir a los sacramentos; superar las divisiones, perdonar y crecer en espíritu fraterno; practicando las Obras de Misericordia.

El ayuno y la abstinencia

La Iglesia invita a sus fieles a cumplir el precepto del ayuno y la abstinencia de carne, compendio del Catecismo, 432.

El ayuno consiste en hacer una sola comida al día, aunque se puede comer algo menos de lo acostumbrado por la mañana y la noche. Salvo caso de enfermedad. Invita a vivir el ayuno, a todos los mayores de edad, hasta que tengan cumplido cincuenta y nueve años. Tanto el Miércoles de Ceniza como el Viernes Santo.

Se llama abstinencia a privarse de comer carne, los viernes de Cuaresma.  La abstinencia puede comenzar a partir de los catorce años.

Debe cuidarse el no vivir el ayuno o la abstinencia como unos mínimos, sino como una manera concreta con la que nuestra Santa Madre Iglesia nos ayuda a crecer en el verdadero espíritu de penitencia y alegría.

Mensaje del Santo Padre para la Cuaresma

El papa Francisco proponía, que «en este tiempo de conversión renovemos nuestra fe, saciemos nuestra sed con el “agua viva” de la esperanza y recibamos con el corazón abierto el amor de Dios que nos convierte en hermanos y hermanas en Cristo» (Roma, San Juan de Letrán, 11 de noviembre de 2020, memoria de san Martín de Tours).

En este camino de preparación para la noche de Pascua, en la que, recordaba Francisco, renovaremos las promesas de nuestro Bautismo, “para renacer como hombres y mujeres nuevos”:

  1. Fe nos llama a acoger la Verdad y a ser testigos, ante Dios y ante nuestros hermanos y hermanas.
  2. Esperanza como “agua viva” que nos permite continuar nuestro camino
  3. Caridad, vivida tras las huellas de Cristo, mostrando atención y compasión por cada persona, es la expresión más alta de nuestra fe y nuestra esperanza.

El Papa también hacía hincapié en las grandes dificultades que atravesamos como humanidad, especialmente en este tiempo de pandemia, «en el que todo parece frágil e incierto” y donde “hablar de esperanza podría parecer una provocación». Pero ¿Dónde encontrar esa esperanza? Precisamente «en el recogimiento y el silencio de la oración».

Oraciones para la Cuaresma

La oración con el corazón abierto es la mejor preparación para la Pascua. Podemos leer el reflexionar sobre el Evangelio, podemos hacer oración realizando el Via Crucis. Podemos recurrir al Catecismo de la Iglesia Católica y seguir las celebraciones litúrgicas con el Misal Romano. Lo importante es que nos encontremos con el amor incondicional que es Cristo.

«Señor Jesús, con tu Cruz y Resurrección nos has hecho libres. Durante esta Cuaresma,
dirígenos por tu Espíritu Santo a vivir más fielmente en la libertad cristiana. Mediante la oración,
aumento en caridad y las disciplinas de este Tiempo sagrado, acércanos más a Ti.
Purifica las intenciones de mi corazón para que todas mis prácticas cuaresmales sean para
tu alabanza y gloria. Concede que por nuestras palabras y acciones,
podamos ser mensajeros fieles del mensaje del Evangelio a un mundo necesitado de la
esperanza de tu misericordia. Amén».