San Ignacio de Loyola: el santo que enseñó a discernir la voz de Dios

El 31 de julio la Iglesia celebra a san Ignacio de Loyola, fundador de la Compañía de Jesús y uno de los grandes maestros de la vida espiritual. Su legado va mucho más allá de la creación de una orden religiosa: dejó a la Iglesia una pedagogía para aprender a descubrir la voluntad de Dios en medio de la vida cotidiana.

En un mundo lleno de ruido, decisiones difíciles e incertidumbre, el discernimiento ignaciano sigue siendo una escuela de libertad interior. No es un método para adivinar el futuro ni una técnica para resolver problemas, sino un camino de oración que ayuda a reconocer cómo actúa Dios en el corazón de cada persona.

¿Quién fue san Ignacio de Loyola?

San Ignacio de Loyola nació en 1491 en Loyola. Durante su juventud soñaba con la gloria militar y la vida cortesana. Todo cambió en 1521, cuando una bala de cañón le hirió gravemente durante la defensa de Pamplona.

La larga convalecencia marcó un antes y un después en su vida. Sin novelas de caballería para entretenerse, comenzó a leer la vida de Cristo y algunas biografías de los santos que cayeron en sus manos. Aquellas lecturas despertaron en él una pregunta decisiva: ¿por qué algunos pensamientos le dejaban una alegría profunda y otros solo una satisfacción pasajera?

Sin saberlo, estaba comenzando el camino que daría origen al discernimiento espiritual que más tarde plasmaría en los Ejercicios Espirituales.

¿Qué es el discernimiento según san Ignacio?

La palabra «discernimiento» puede parecer compleja, pero san Ignacio la entendía de una manera muy concreta: aprender a distinguir los movimientos interiores que acercan a Dios de aquellos que alejan de Él.

Durante su recuperación descubrió que imaginar hazañas militares le proporcionaba una satisfacción breve, mientras que contemplar la vida de Cristo o el ejemplo de los santos dejaba en su interior una paz duradera. Esa experiencia se convirtió en el punto de partida de toda su enseñanza espiritual.

Años más tarde, el papa Francisco explicaba precisamente este episodio para mostrar cómo Ignacio aprendió a reconocer la diferencia entre la alegría pasajera y la consolación auténtica, que permanece y orienta toda la vida hacia Dios.

Audiencia general del papa Francisco en la Plaza de San Pedrod
Audiencia general del papa Francisco en la Plaza de San Pedro.

La consolación y la desolación: dos claves de la espiritualidad ignaciana

Una de las aportaciones más conocidas de san Ignacio es la distinción entre consolación y desolación espiritual. La consolación no consiste simplemente en sentirse bien. Es una experiencia interior que fortalece la fe, aumenta la esperanza, impulsa a amar más y acerca a Dios incluso en medio de las dificultades.

La desolación, por el contrario, se manifiesta como oscuridad interior, desánimo, pérdida de esperanza o alejamiento de la oración. San Ignacio observó que ambos estados forman parte del camino espiritual. Lo importante no es evitarlos, sino aprender a reconocerlos para tomar decisiones libres y orientadas hacia el bien.

Ejercicios Espirituales: escuela para descubrir la voluntad de Dios

El fruto más conocido de la experiencia de san Ignacio son los Ejercicios Espirituales, una obra que desde hace casi cinco siglos ayuda a millones de personas a profundizar en su relación con Cristo. No se trata simplemente de un libro para leer. Son un itinerario de oración, silencio, examen personal y contemplación del Evangelio que busca ordenar la vida según la voluntad de Dios.

El objetivo final es aprender a responder con libertad a la pregunta que todo cristiano se hace en algún momento: «Señor, ¿qué quieres de mí?».

El discernimiento y la vocación

Toda vocación nace de una llamada de Dios, pero también necesita un corazón dispuesto a escuchar. Por eso el discernimiento ocupa un lugar esencial en la formación de quienes sienten la llamada al sacerdocio, a la vida consagrada, al matrimonio o a cualquier forma de entrega cristiana.

Escuchar la voz de Dios requiere silencio, oración, acompañamiento espiritual y una formación sólida que permita distinguir entre los propios deseos, las presiones externas y la acción del Espíritu Santo.

San Ignacio comprendió que las grandes decisiones no pueden tomarse únicamente desde la emoción del momento. Necesitan una libertad interior que solo Dios puede conceder.

Una enseñanza muy actual para la formación sacerdotal

La espiritualidad ignaciana sigue siendo especialmente valiosa para la formación de sacerdotes y seminaristas. Un buen pastor no solo debe conocer la doctrina de la Iglesia. También necesita aprender a escuchar, acompañar y ayudar a otras personas a descubrir la voluntad de Dios en sus propias vidas.

Precisamente por eso la formación humana, espiritual, intelectual y pastoral resulta tan importante. La Iglesia necesita sacerdotes capaces de discernir y de enseñar a discernir.

Esta es también una de las razones de ser de la Fundación CARF: colaborar para que seminaristas, sacerdotes diocesanos y religiosos de todo el mundo reciban una formación integral que les permita servir mejor a la Iglesia y a las personas que Dios pone en su camino.

Encontrar a Dios en todas las cosas

Quizá la frase que mejor resume la espiritualidad de san Ignacio sea una de las más conocidas de la tradición ignaciana: encontrar a Dios en todas las cosas. No significa que todo sea igual o que cualquier decisión conduzca automáticamente a Dios. Significa aprender a descubrir su presencia en el trabajo, en la familia, en el estudio, en el servicio a los demás y también en las dificultades.

Esta mirada transforma la vida ordinaria en un lugar de encuentro con Cristo y convierte cada jornada en una nueva oportunidad para responder a su llamada.

Iglesia de San Ignacio de Loyola
Iglesia de San Ignacio de Loyola en Roma.

San Ignacio sigue enseñando a escuchar a Dios

Más de cinco siglos después de su conversión, san Ignacio de Loyola continúa ayudando a millones de cristianos a tomar decisiones con libertad, paz y confianza. Su legado recuerda que Dios sigue hablando al corazón humano. Pero para escuchar su voz hacen falta silencio, oración, formación y el deseo sincero de buscar la verdad.

En una sociedad llena de estímulos y prisas, el discernimiento ignaciano sigue siendo una invitación a detenerse, mirar hacia dentro y preguntarse con humildad: «Señor, ¿qué quieres de mí?». Es una pregunta que puede cambiar una vida. Como cambió para siempre la de aquel soldado herido que terminó convirtiéndose en uno de los grandes santos de la Iglesia.

¿Qué es el discernimiento? Palabras del papa Francisco sobre el discernimiento.

Queridos hermanos y hermanas:

Hoy comenzamos un nuevo ciclo de catequesis: hemos terminado la catequesis sobre la vejez, ahora iniciamos un nuevo ciclo sobre el tema del discernimiento.

El discernimiento es un acto importante que concierne a todos, porque las elecciones son una parte esencial de la vida. Discernir las decisiones. Uno elige la comida, la ropa, un curso de estudio, un trabajo, una relación. En todos ellos se realiza un proyecto de vida, y también se concreta nuestra relación con Dios.

En el Evangelio, Jesús habla del discernimiento con imágenes tomadas de la vida ordinaria; por ejemplo, describe al pescador que selecciona los peces buenos y descarta los malos; o al mercader que sabe identificar, entre muchas perlas, la de mayor valor. O el que, arando un campo, encuentra algo que resulta ser un tesoro (cf. Mt 13,44-48).

A la luz de estos ejemplos, el discernimiento se presenta como un ejercicio de inteligencia, y también de habilidad y también de voluntad, para aprovechar el momento favorable: son condiciones para hacer una buena elección. Es necesario inteligencia, habilidad y también voluntad para hacer una buena elección. 

Y también hay un coste necesario para que el discernimiento sea operativo. Para desempeñar su oficio lo mejor posible, el pescador tiene en cuenta la fatiga, las largas noches en el mar y el descarte de una parte de las capturas, aceptando una pérdida de ganancias por el bien de los destinatarios. El comerciante de perlas no duda en gastar todo para comprar esa perla; y lo mismo hace el hombre que ha tropezado con un tesoro. Situaciones inesperadas e imprevistas en las que es imprescindible reconocer la importancia y la urgencia de una decisión que hay que tomar. 

Cada uno debe tomar sus decisiones; no hay nadie que las tome por nosotros. En un momento determinado los adultos, libres, pueden pedir consejo, pensar, pero la decisión es propia; no se puede decir: «He perdido esto, porque lo ha decidido mi marido, mi mujer, mi hermano»: ¡no! Tienes que decidir tú, todo el mundo tiene que decidir, y por eso es importante saber discernir: para decidir bien, hay que saber discernir.

El Evangelio sugiere otro aspecto importante del discernimiento: implica los afectos. El que ha encontrado el tesoro no siente ninguna dificultad en venderlo todo, tan grande es su alegría (cf. Mt 13,44). 

El término utilizado por el evangelista Mateo indica una alegría muy especial, que ninguna realidad humana puede dar; y de hecho vuelve a aparecer en muy pocos otros pasajes del Evangelio, todos ellos referidos al encuentro con Dios. 

Es la alegría de los Magos cuando, tras un largo y penoso viaje, vuelven a ver la estrella (cf. Mt 2,10); es la alegría de las mujeres que regresan del sepulcro vacío tras escuchar el anuncio de la resurrección por parte del ángel (cf. Mt 28,8). Es la alegría de los que han encontrado al Señor. Tomar una bella decisión, una decisión correcta, siempre te lleva a esa alegría final; quizás en el camino tengas que sufrir un poco de incertidumbre, pensar, buscar, pero al final la decisión correcta te beneficia con la alegría.

En el Juicio Final, Dios obrará el discernimiento –el gran discernimiento– hacia nosotros. Las imágenes del agricultor, el pescador y el mercader son ejemplos de lo que ocurre en el Reino de los Cielos, un Reino que se manifiesta en las acciones ordinarias de la vida, que nos exigen tomar posición. 

Por eso es tan importante saber discernir: las grandes elecciones pueden surgir de circunstancias que a primera vista parecen secundarias, pero que resultan ser decisivas. Por ejemplo, pensemos en el primer encuentro de Andrés y Juan con Jesús, un encuentro que nace de una simple pregunta: «Rabí, ¿dónde vives?» — «Venid y veréis» (cf. Jn 1,38-39), dice Jesús. Un intercambio muy breve, pero es el comienzo de un cambio que, paso a paso, marcará toda una vida. Años después, el evangelista seguirá recordando aquel encuentro que le cambió para siempre, también recordará la hora: «Eran como las cuatro de la tarde» (v. 39). Es la hora en que el tiempo y lo eterno se encontraron en su vida. 

Y en una decisión buena, correcta, se encuentra la voluntad de Dios con nuestra voluntad; se encuentra el camino presente con el eterno. Tomar una decisión correcta, después de un camino de discernimiento, es hacer este encuentro: el tiempo con lo eterno.

Por lo tanto: el conocimiento, la experiencia, el afecto, la voluntad: son algunos elementos indispensables del discernimiento. A lo largo de estas catequesis veremos otras, igualmente importantes.

El discernimiento –como he dicho– implica un esfuerzo. Según la Biblia, no encontramos ante nosotros, ya empaquetada, la vida que hemos de vivir: ¡No! Tenemos que decidirlo todo el tiempo, según las realidades que se presenten. Dios nos invita a evaluar y elegir: nos ha creado libres y quiere que ejerzamos nuestra libertad. Por lo tanto, discernir es arduo.

A menudo hemos tenido esta experiencia: elegir algo que nos parecía bueno y en cambio no lo era. O saber cuál era nuestro verdadero bien y no elegirlo. 

El hombre, a diferencia de los animales, puede equivocarse, puede no querer elegir correctamente. La Biblia lo demuestra desde sus primeras páginas. Dios da al hombre una instrucción precisa: si quieres vivir, si quieres disfrutar de la vida, recuerda que eres una criatura, que no eres el criterio del bien y del mal, y que las elecciones que hagas tendrán una consecuencia, para ti, para los demás y para el mundo (cf. Gn 2,16-17); puedes hacer de la tierra un magnífico jardín o puedes convertirla en un desierto de muerte. 

Una enseñanza fundamental: no es casualidad que sea el primer diálogo entre Dios y el hombre. El diálogo es: el Señor da la misión, tú debes hacer esto y esto; y el hombre a cada paso que da debe discernir qué decisión tomar. El discernimiento es esa reflexión de la mente, del corazón que debemos hacer antes de tomar una decisión.

El discernimiento es agotador pero indispensable para vivir. Requiere que me conozca a mí mismo, que sepa lo que es bueno para mí aquí y ahora. Sobre todo, requiere una relación filial con Dios. Dios es Padre y no nos deja solos, siempre está dispuesto a aconsejarnos, a animarnos, a acogernos. 

Pero nunca impone su voluntad. ¿Por qué? Porque quiere ser amado y no temido. Y Dios también quiere que seamos hijos y no esclavos: hijos libres. Y el amor sólo puede vivirse en libertad. 

Para aprender a vivir hay que aprender a amar, y para ello es necesario discernir: ¿Qué puedo hacer ahora, ante esta alternativa? Que sea un signo de más amor, de más madurez en el amor. 

¡Pidamos, que el Espíritu Santo nos guíe! Invoquémosle cada día, especialmente cuando tengamos que tomar decisiones. Gracias.

Por qué el discernimiento es esencial en la formación de un sacerdote

El papa Francisco definía el discernimiento como un acto que concierne a toda persona, porque toda vida está marcada por decisiones que configuran el propio camino. No se trata únicamente de elegir entre el bien y el mal, sino de reconocer, con la ayuda de Dios, cuál es la respuesta más fiel a la llamada que Él dirige a cada uno. Discernir es, en definitiva, aprender a leer la propia vida a la luz del Espíritu Santo.

Esta capacidad resulta especialmente importante en la formación de un sacerdote. Antes de acompañar a otros en su camino de fe, el seminarista debe aprender a escuchar la voz de Dios en su propia vida. La vocación sacerdotal no nace de un impulso pasajero ni de un proyecto personal, sino del encuentro entre la libertad humana y la iniciativa amorosa de Dios. Por eso necesita tiempo, oración, silencio y un acompañamiento espiritual que ayude a interpretar lo que sucede en el corazón.

El discernimiento, explica el papa Francisco, compromete a toda la persona: la memoria, la inteligencia, la voluntad y los afectos. Conocerse a uno mismo es una condición indispensable para reconocer cómo actúa el Señor y evitar que el ruido, las prisas o los propios intereses oculten su voz.

En este proceso, la oración ocupa un lugar insustituible. No es solo un momento de reflexión personal, sino el espacio donde el futuro sacerdote cultiva una relación de amistad con Cristo. Cuanto más profunda es esa amistad, más fácil resulta reconocer aquello que conduce al Evangelio y distinguirlo de lo que aleja de él. El discernimiento no busca respuestas automáticas, sino una mirada interior capaz de descubrir la presencia de Dios incluso en las circunstancias más ordinarias.

San Ignacio de Loyola comprendió esta verdad a partir de su propia experiencia. Descubrió que no todos los pensamientos dejan la misma huella en el corazón: algunos producen una satisfacción inmediata que pronto desaparece, mientras que otros generan una paz profunda, una alegría duradera y un mayor deseo de amar y servir. Aprender a reconocer esos movimientos interiores sigue siendo una de las enseñanzas más valiosas de la espiritualidad ignaciana y una herramienta fundamental para la formación de quienes serán pastores de la Iglesia.

Por eso la Iglesia concede tanta importancia a la formación integral de los seminaristas. No basta con una excelente preparación académica; también es necesario educar el corazón para que el sacerdote pueda escuchar con libertad la voluntad de Dios y, más adelante, ayudar a otros a descubrirla. Un pastor que ha aprendido a discernir será capaz de acompañar a un joven que busca su vocación, a un matrimonio que atraviesa dificultades o a una persona que desea reencontrarse con la fe.

La misión de la Fundación CARF se inserta precisamente en este horizonte. Al apoyar la formación humana, espiritual, intelectual y pastoral de seminaristas, sacerdotes diocesanos y religiosos de todo el mundo, contribuye a que la Iglesia cuente con pastores bien preparados, capaces de anunciar el Evangelio con fidelidad y de acompañar a cada persona en el discernimiento de la llamada que Dios le hace.



29 de julio: Santos Marta, María y Lázaro. Quiénes fueron y qué nos enseñan a los cristianos

Cada 29 de julio la Iglesia celebra la memoria de los santos Marta, María y Lázaro, tres hermanos de Betania que ocuparon un lugar muy especial en la vida de Jesús. Los Evangelios muestran que el Señor no solo pasó por su casa en alguna ocasión, sino que regresó a ella una y otra vez. Allí encontraba descanso, amistad, conversación y un ambiente familiar donde era recibido con cariño.

No es casualidad que el papa Francisco decidiera en 2021 extender esta celebración litúrgica a los tres hermanos. La casa de Betania representa uno de los rostros más hermosos del Evangelio: el de una familia que hace sitio a Cristo en su vida cotidiana.

Para Fundación CARF, contemplar a Marta, María y Lázaro supone mirar hacia el origen de muchas vocaciones. Allí donde Cristo encuentra un hogar abierto, también florecen la fe, el deseo de servir y la disponibilidad para seguir la llamada de Dios.

El papa Francisco se dirige a la Plenaria de la Congregación para el Culto

¿Quiénes fueron Marta, María y Lázaro?

Los tres hermanos vivían en Betania, una pequeña localidad situada en la ladera oriental del monte de los Olivos, muy cerca de Jerusalén. Su casa aparece varias veces en los Evangelios como uno de los lugares donde Jesús era acogido con confianza.

El evangelista san Juan resume esta relación con una frase extraordinaria:

«Jesús amaba a Marta, a su hermana y a Lázaro» (Jn 11, 5).

Pocas personas reciben una afirmación tan explícita en el Evangelio. No eran únicamente discípulos entre muchos otros. Eran amigos del Señor.

Cada uno posee una personalidad distinta: Marta aparece como una mujer activa, generosa y servicial. María destaca por su capacidad para escuchar a Jesús y permanecer a sus pies. Lázaro, por su parte, ocupa un lugar central en uno de los milagros más impresionantes narrados en el Evangelio: su resurrección.

Juntos forman una imagen muy completa de la vida cristiana: el servicio, la oración y la confianza absoluta en Dios.

Santa Marta, María y Lázaro

¿Por qué la Iglesia celebra juntos a los tres hermanos?

Durante siglos, el Calendario Romano General celebraba únicamente a santa Marta el 29 de julio.

Sin embargo, el 26 de enero de 2021 la Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos, por deseo del papa Francisco, decretó que la memoria litúrgica incluyera también a María y a Lázaro.

El decreto explica que los tres hermanos ofrecen un testimonio único de amistad con Cristo y recuerda que: "En la casa de Betania el Señor Jesús experimentó el espíritu familiar y la amistad."

La decisión pone de relieve que la santidad no siempre se vive de forma individual. Muchas veces florece en una familia donde cada miembro responde a Dios desde su propia vocación.

Este mensaje resulta especialmente actual. En una sociedad marcada por el individualismo, Betania recuerda que la fe también crece en comunidad, en la familia y en los pequeños gestos cotidianos.

La fe es abrir las puertas a Cristo, hospedarle en la propia casa, compartir la mesa con él, dejar que entre hasta lo más íntimo del alma. Así lo hizo la familia de Betania compuesta por Marta, María y Lázaro

Marta: servir con alegría con paz

Uno de los pasajes más conocidos aparece en el Evangelio de san Lucas.

Mientras María permanece sentada escuchando a Jesús, Marta se afana preparando todo lo necesario para recibir al Maestro.

En un momento dado expresa su cansancio: «Señor, ¿no te importa que mi hermana me deje sola con el trabajo?»

La respuesta de Jesús ha sido interpretada muchas veces como una oposición entre acción y contemplación. Sin embargo, la tradición de la Iglesia y las meditaciones publicadas por Opus Dei recuerdan que Cristo no critica el trabajo de Marta.

Lo que corrige es la inquietud que le hace perder la serenidad.

Marta ama profundamente al Señor y desea ofrecerle lo mejor. Su servicio nace del cariño, pero necesita aprender que la actividad solo encuentra su pleno sentido cuando brota del encuentro con Dios.

Esta enseñanza sigue siendo muy actual.

Muchos cristianos viven absorbidos por el trabajo, las responsabilidades familiares o las preocupaciones diarias. Marta recuerda que toda tarea puede convertirse en oración cuando se realiza por amor y con paz interior.

La santidad no consiste en hacer cosas extraordinarias, sino en realizar con amor las tareas ordinarias.

María: aprender a escuchar antes de actuar

Si Marta representa el servicio, María simboliza la escucha.

El Evangelio la presenta sentada a los pies de Jesús, actitud propia del discípulo que desea aprender de su Maestro. Cristo afirma entonces que María ha escogido «la mejor parte».

No porque el trabajo carezca de importancia, sino porque toda misión cristiana nace primero de la escucha. Antes de anunciar el Evangelio, es necesario dejar que el Evangelio transforme el corazón. Antes de enseñar, hay que aprender.

Esta enseñanza tiene una importancia especial para quienes sienten una llamada a servir a la Iglesia.

En Fundación CARF conocemos bien esta realidad. La formación espiritual, humana, intelectual y pastoral de los futuros sacerdotes comienza precisamente por cultivar una relación profunda con Jesucristo.

Lázaro: confiar incluso cuando parece demasiado tarde

El episodio de la enfermedad y resurrección de Lázaro constituye uno de los momentos culminantes del Evangelio de san Juan.

Cuando Jesús recibe la noticia de que su amigo está gravemente enfermo, no parte inmediatamente hacia Betania.

Humanamente parece llegar tarde y Lázaro ya ha muerto. Marta sale a recibirlo con unas palabras llenas de fe y dolor al mismo tiempo: «Señor, si hubieras estado aquí, mi hermano no habría muerto.» A pesar de su sufrimiento, Marta continúa confiando en Él. Entonces Jesús pronuncia una de las grandes afirmaciones del Evangelio: «Yo soy la resurrección y la vida.»

La posterior resurrección de Lázaro anticipa la victoria definitiva de Cristo sobre la muerte. Pero también enseña otra lección: Dios nunca deja de actuar, incluso cuando nosotros pensamos que todo está perdido. ¿Cuántas veces experimentamos situaciones similares?

Problemas familiares, crisis personales, enfermedades, falta de esperanza... Lázaro recuerda que la última palabra nunca pertenece a la desesperación. Pertenece siempre a Dios.

Resurrección de Lázaro, José de Ribera
Resurrección de Lázaro, José de Ribera

Betania: una casa abierta al Señor

Más que detenernos en cada uno de los tres hermanos por separado, conviene contemplar el conjunto que forman como familia. Lo verdaderamente extraordinario de Betania no es únicamente la generosidad de Marta, María o Lázaro después de haber sido resucitado. Lo que hace especial este hogar es que Jesús siempre encuentra en él las puertas abiertas.

Los Evangelios presentan Betania como una casa donde Cristo es acogido con sencillez y amistad. Sus habitantes no destacan por realizar grandes hazañas ni pronunciar discursos memorables; simplemente dejan que el Señor forme parte de su vida cotidiana. Precisamente por eso, este hogar continúa siendo un modelo para todas las familias cristianas.

Lo que enseñan hoy a las familias

La memoria litúrgica de los santos Marta, María y Lázaro no pertenece únicamente al pasado. Su ejemplo sigue ofreciendo respuestas muy concretas a los desafíos de nuestro tiempo. Ellos recuerdan que el servicio nunca es tiempo perdido cuando nace del amor, que la oración no es un privilegio reservado para unos pocos, sino la fuente de toda vida cristiana, y que la confianza en Dios puede mantenerse firme incluso en medio del sufrimiento.

Su historia también muestra que la amistad con Jesús es capaz de transformar una casa corriente en un lugar santo. En ese ambiente de fe vivido con sencillez, la familia continúa siendo el primer espacio donde se transmite el Evangelio y donde las nuevas generaciones aprenden a descubrir la presencia de Dios en la vida cotidiana.

Por eso, al contemplar el testimonio de los santos Marta, María y Lázaro, también es motivo de agradecimiento pensar en tantas familias anónimas que, con su ejemplo diario, siguen haciendo posible que el Evangelio llegue a nuevas generaciones y que la Iglesia continúe recibiendo nuevas vocaciones al servicio de Dios y de los demás.

Abrir cada día la puerta de nuestra casa y de nuestro corazón a Cristo transforma la vida familiar desde dentro. Allí donde Él es recibido con alegría, la fe se fortalece, nacen vocaciones generosas y la Iglesia encuentra el apoyo necesario para seguir anunciando el Evangelio al mundo.

Leer el evangelio


Construir desde el alma de las ciudades. Las propuestas de León XIV en España

El viaje apostólico de León XIV a España en junio de 2026 no ha sido solo un evento diplomático o litúrgico, sino una propuesta de renovación profunda para la Iglesia y la sociedad civil. 

Bajo el lema «¡Alzad la mirada!», pidió a los educadores ser «hilos nuevos para tejer redes nuevas» en el arte del diálogo social, que implica encuentro y escucha, diálogo y respeto. Con palabras de Benedicto XVI, ha señalado que «la fe es amor y por ello crea poesía y crea música. La fe es alegría y por eso crea belleza» (Catequesis 21-V-2008). Y León XIV se ha preguntado si Europa podría ser ella misma sin la huella de la fe. 

Precisamente en su discurso de saludo a las autoridades, León XIV descubre para Europa, por su gran historia de mediación entre lenguas, religiones y saberes, de unión entre la acción histórica y la lucidez de la razón moral, la vocación de «apreciar la complejidad y estudiarla» con visión de futuro. Una tarea que comporta superar las polarizaciones mediante el discernimiento, «aprender a avanzar junto al otro, a crecer juntos», rechazar los fantasmas, los enemigos y los prejuicios, los entusiasmos ingenuos y los miedos estériles, y favorecer el pensamiento crítico y la búsqueda del bien común.

La aportación de España la formula con referencia a los santos que han cultivado una «mística con los ojos abiertos»: san Juan de la Cruz, con su avance desde las noches oscuras hasta la luz; santa Teresa de Ávila, con el itinerario del «castillo interior» hacia el propio corazón, para descubrir cómo el universo se convierte en hogar; san Ignacio de Loyola, con su énfasis en el discernimiento. También hoy la eternidad puede impregnar la vida cotidiana, uniendo, en la búsqueda de la santidad, la oración y el compromiso social. 

En la capital, León XIV se presentó ante el Parlamento como servidor de la persona humana y abogado de su dignidad. Recordó que una sociedad justa se mide por su capacidad de proteger la vida en su mayor fragilidad: «desde su concepción hasta su ocaso natural». Advirtió que la ley pierde su sentido si se convierte en mercancía o si ignora a los que no tienen fuerza para hacerse oír. Defendió a la familia y la libertad para escoger el tipo de educación de los hijos. 

En el ámbito eclesial, el encuentro en el estadio Santiago Bernabéu fue calificado por el Papa como un «golazo de la Iglesia de Madrid». Allí presentó una de sus claves teológicas centrales: la Iglesia como una «familia que aprende el arte de la polifonía», donde la unidad no es uniformidad, sino una armonía que valora la diversidad de carismas y las relaciones entre las «personas de carne y hueso». Alabó a los voluntarios, por representar la «levadura de la gratuidad». En una sociedad tentada por el lucro, León XIV defendió la entrega desinteresada como el rasgo distintivo de la «ciudad de Dios» que debe impregnar la vida pública.

La etapa catalana se centró en la vía de la belleza como cauce de evangelización. En la basílica de la Sagrada Familia, el Papa León XIV describió el templo de Gaudí como una «obra en construcción» que simboliza la propia vida cristiana: un proyecto inacabado que requiere la cooperación de todos como «piedras vivas». Afirmó que el arte y la belleza son «eminentes canales de evangelización» en este tiempo de la imagen.

En la abadía de Montserrat, el mensaje se tornó hacia la reconciliación interior. Al contemplar a la Virgen con el Niño, León XIV exhortó a los fieles a «deponer las corazas» del juicio, la crítica y la agresividad. Propuso la «fuerza desarmada y desarmante del amor» como la única capaz de sanar las heridas causadas por la injusticia y la división. 

El punto culminante del viaje, por su carga profética, fue la visita a las Islas Canarias. En el centro de las rutas migratorias, el Papa León XIV definió al archipiélago como un «lugar donde el Resucitado se manifiesta» a través de la acogida. Fue rotundo al afirmar que «ningún ser humano es una isla» y que el secreto del corazón reside en la llamada al encuentro.

Ante el drama de los cayucos, el sucesor de Pedro, León XIV, denunció con severidad a quienes «especulan con la desesperación» y convierten el sufrimiento ajeno en negocio, advirtiéndoles que habrán de comparecer ante la justicia divina. A los migrantes, les aseguró: «Tu vida no es un descarte, tu dignidad no ha quedado disuelta en las aguas».

Una gran lección de Canarias para la Iglesia universal fue la invitación a dejarse evangelizar por los pequeños y los pobres. El Papa pidió a los católicos que la integración no sea solo una tarea social, sino un encuentro espiritual donde se reconozca la «misteriosa sabiduría de Dios escrita en la carne» de los que sufren.

A lo largo de su visita, León XIV mostró una especial predilección por los olvidados. Con los internos de la prisión de Brians 1 (Barcelona) y posteriormente en sus mensajes, insistió en que «los errores de la vida no determinan la identidad», y que el pasado no debe condenar el futuro. En los hospitales y con los ancianos, propuso algo así como un magisterio de la fragilidad, donde la vejez y la enfermedad nos recuerdan nuestra dependencia mutua y la necesidad de Dios. 

Al despedirse en el puerto de Santa Cruz de Tenerife, y con referencia al corazón de Cristo, que es el corazón del Evangelio, León XIV pidió abrir a todos «este mar de amor». Repitió el lema «¡Alzad la mirada!» precisamente hacia el Crucificado, que es la fuente del perdón, de la reconciliación y de la paz.

La visita del papa león XIV anima a los jóvenes a buscar siempre la verdad, rechazando otros caminos: «¡Si te lleva lejos de Dios, no es verdad!». Los desafía a ser protagonistas del cambio social como «chispa de una humanidad nueva», capaz de cambiar la historia con el amor. 


Ramiro Pellitero
Profesor de la Facultad de Teología de la Universidad de Navarra

(Publicado en Religión confidencial, 17-VI-2026)


Alzad la mirada

El pasado junio esa invitación recorrió tres ciudades españolas, y lo hizo de la mano de tres ejes: belleza, acogida y unidad. En Barcelona, la belleza de la Sagrada Familia, que Gaudí levantó como una oración de piedra, mostró que la belleza es un camino más para llegar a Dios. En Canarias, la acogida se dirigió hacia el hermano más vulnerable, buscando a Cristo en la mirada y en las manos de los demás. En Madrid, la unidad se presentó como signo de comunión y fermento para un mundo reconciliado. Tres ciudades, tres gestos, un solo movimiento: alzar la mirada.

El Papa León XIV nos llamó a levantarnos. San Josemaría había señalado, casi cien años antes, adónde mirar. Y Cristo resucitado, en lo alto de la Cruz y desde el sagrario, siguió atrayendo todo hacia sí.

El legado espiritual del viaje de León XIV

La llamada de León XIV a formar personas capaces de dialogar, discernir y servir al bien común encuentra un eco especial en la misión de la Fundación CARF. Desde hace décadas, esta institución impulsa la formación de sacerdotes, seminaristas y religiosos de todo el mundo mediante becas de estudio en la Universidad de Navarra y en la Pontificia Universidad de la Santa Cruz (Roma).

El objetivo es que regresen a sus diócesis con una sólida preparación humana, intelectual y espiritual para responder a los desafíos pastorales de sus países. En un contexto marcado por la polarización y la búsqueda de referentes, la formación de quienes están llamados a servir a la Iglesia constituye una contribución concreta a la cultura del encuentro, al diálogo y a la promoción de la dignidad de toda persona, valores que León XIV ha subrayado repetidamente durante su visita apostólica a España.

León XIV: oda a las familias

Ante un Parlamento que impulsa la destrucción y manipula la verdad sobre la familia, promoviendo leyes contrarias a lo que el Derecho Natural considera una familia: hombre y mujer, unidos hasta la muerte, y abiertos a la vida, León XIV hizo en su visita a España una referencia explícita y muy clara de la familia querida por Dios al crear al hombre y a la mujer.

La familia, fundamento natural de la sociedad y del bien común

León XIV habló de la familia como el fundamento de toda sociedad civil, y como levadura para el surgir de una nación. En definitiva, la familia es el verdadero cimiento de todo convivir de los hombres sobre la tierra (las frases en cursiva son del discurso ante el Parlamento). 

Después de subrayar que: «el bien común es, en cierto modo, «la forma social de la dignidad humana» (cf. Magnifica humanitas, 59). No consiste en la mera suma de intereses particulares, sino en el «conjunto de condiciones de la vida social que hacen posible a las asociaciones y a cada uno de sus miembros el logro más pleno y más fácil de la propia perfección» (Gaudium et spes, 26), escribe:  

«En este contexto, reviste particular importancia la familia, realidad humana primera y fundamento natural de la comunidad».

Una sociedad en la que las familias se deshacen; los cónyuges tienen leyes para formalizar una ruptura en cualquier momento; los matrimonios no están abiertos a la vida; los padres se desentienden de la educación humana, moral, religiosa, de los hijos; se reconoce «matrimonio legal» la unión homosexual, etc-, es una sociedad abocada a la muerte, a la extinción.

Familia unida viendo el atardecer

León XIV reivindica el papel insustituible de la familia en la construcción de los pueblos

Hablando a las familias, y recordándoles que Jesús sigue orando al Padre por las familias, León XIV escribió hace un año: «esa oración del Señor da sentido pleno a los momentos luminosos de nuestro amor mutuo como padres, abuelos, hijos e hijas. Y esto es lo que queremos anunciar al mundo: estamos aquí para ser «uno» tal y como el Señor quiere que seamos «uno», en nuestras familias y en los lugares donde vivimos, trabajamos y estudiamos: distintos, pero uno; muchos, pero uno, siempre uno, en cualquier circunstancias y edad de la vida».

«Hermanos, si nos amamos así, sobre el fundamento de Cristo, que es el "Alfa y la Omega, el principio y el fin" (cf. Ap 22, 13), seremos un signo de paz para todos, en la sociedad y en el mundo. No hay que olvidarlo: del seno de las familias nace el futuro de los pueblos» (1 junio 2025),

«En el hogar se entrelazan las generaciones y se transmite una memoria viva que da continuidad a la sociedad». El ser humano está llamado a vivir años, quiere decir que se mete en una historia que él no construye desde cero, y en la que se encuentra insertado desde pequeño. Todo lo que se aprende en el convivir familiar es un alimento que permite a cada hombre, a cada mujer, situarse en el entorno en el que ha de vivir.

¿Quién no recuerda la profunda alegría de una abuela, al participar en el Bautismo de su primer biznieto? Si los gobiernos promulgan leyes que pretenden desvanecer la familia, el poder político deja de tener sentido de «servicio», y de «buscar el bien común», para convertirse en dictadura tiránica, en “abominación de las abominaciones”. «Allí donde la familia es sostenida, se fortalece también la estabilidad espiritual y social de las naciones».

El Congreso recibe al Papa León XIV
El Congreso escucha al papa León XIV | Europa Press.

Los gobiernos han de aprender a emplear todos los recursos de que disponen, del mejor modo posible pensando en el «bien común» de todas las personas, y ese «bien común» pasa, necesariamente por ayudar a las familias en todo lo que puedan necesitar: vivienda, trabajo, asistencia médica, etc.

Si hay paz en las familias, habrá paz en toda la sociedad. Si se reza en familia, se rezará en sociedad: parroquias, cofradías, procesiones, y caminaremos todos en unión con Jesucristo y su Santísima Madre. ¡Qué alegría he vivido en no pocas ocasiones, al entrar en una casa para bendecirla, al ver un Cristo en la Cruz en cada habitación, y un cuadro de la Santísima Virgen en la sala de reuniones de la familia, Ella que es la Reina de las Familias!

La familia cristiana: primera escuela de convivencia, amor y servicio

«La familia será siempre la primera escuela de humanidad en la que se aprende, antes que en cualquier otro lugar, la gramática elemental de la convivencia; recibir la vida, cuidar al otro, perdonar, servir y pertenecer».

Nuestros padres, al perdonarnos por los errores que podamos cometer, nos están dando una lección de amor y de comprensión, que nos ayuda a saber perdonar, a pedir perdón; en una palabra, a convivir con todos los que nos rodean. Aprendemos a servir a los demás, y a no quedarnos encerrados en nosotros mismo, y dando vueltas en la cabeza a lo que nos pueda herir en las acciones de los demás. En la familia verdaderamente cristiana, se mueren solos el egoísmo y el individualismo.

Madre y bebé, educación en la familia cristiana

Y no sólo pedir perdón y perdonar, en las familias aprendemos a cuidar de los otros: padres, hermanos, parientes cercanos y lejanos, saliendo al encuentro de sus necesidades. Matamos todo egoísmo y aprendemos a servir amando a nuestros padres, a nuestros hermanos, a nuestros parientes: sus triunfos son nuestros triunfos; sus penas y dolores son nuestras penas y dolores; sus alegrías son nuestras alegrías.

La familia es la cuna de nuevas vidas. Los hermanos mayores acogen con corazón grande a los que vienen detrás; las hermanas mayores cubren con alegría el espíritu y el peso de maternidad que una madre –y más en familias de seis, siete, ocho, nueve..., hijos– no siempre encuentra las fuerzas para sostener.

El derecho de los padres a educar a sus hijos según sus convicciones

Y, por último, recuerda «el derecho primario e inalienable» de los padres a «elegir el tipo de educación y de formación que reciben sus hijos, en coherencia con sus propias convicciones morales, culturales y religiosas».


Ernesto Juliá, (ernesto.julia@gmail.com) | Publicado anteriormente en Religión Confidencial.



Fundación Unicaja renueva su compromiso con la formación de seminaristas y sacerdotes

En Fundación CARF estamos muy agradecidos a Fundación Unicaja, que un curso académico más se suma a nuestra misión de apoyar la formación integral de seminaristas y sacerdotes diocesanos procedentes de países con menos recursos.

Gracias a esta colaboración, jóvenes con vocación sacerdotal y sacerdotes que necesitan ampliar su preparación podrán continuar su formación académica, humana, espiritual y pastoral en las Facultades Eclesiásticas de la Universidad de Navarra y en la Universidad Pontificia de la Santa Cruz, en Roma. 

Una formación que transforma personas y comunidades

La ayuda de Fundación Unicaja no solo beneficia a quienes reciben esta oportunidad de estudio. Cada seminarista y sacerdote que completa su formación regresa a su diócesis para poner sus conocimientos al servicio de la Iglesia y de las personas de su comunidad.

Es una inversión en el futuro de miles de fieles que, gracias a sacerdotes mejor preparados, podrán recibir una atención pastoral, humana y espiritual de mayor calidad. Una cadena de generosidad que multiplica sus frutos allí donde más se necesitan. 

Colaboración de Fundación Unicaja con Fundación CARF

El compromiso de Fundación CARF con las vocaciones

Desde hace más de 35 años, Fundación CARF trabaja para que ninguna vocación se pierda por falta de recursos económicos. Con la ayuda de benefactores, empresas e instituciones comprometidas, hace posible que seminaristas, sacerdotes diocesanos, religiosos y religiosas de más de 130 países reciban una formación de excelencia para servir después en sus iglesias locales. 

El respaldo de entidades como Fundación Unicaja resulta esencial para seguir impulsando esta misión y ofrecer oportunidades de formación a quienes serán protagonistas del futuro de la Iglesia en todo el mundo.

Desde Fundación CARF queremos expresar nuestro más sincero agradecimiento por su confianza y por caminar un año más junto a nosotros en este proyecto al servicio de las vocaciones.



Homilía del Papa en la Sagrada Familia

La visita del Papa a la basílica de la Sagrada Familia de Barcelona dejó una de esas imágenes que permanecen grabadas en la memoria colectiva de la Iglesia. La bendición de la torre de Jesucristo, la más alta del templo diseñado por Antoni Gaudí, fue mucho más que un acontecimiento arquitectónico o cultural. Fue una ocasión para recordar que la fe sigue iluminando el mundo cuando se expresa a través de la belleza, la verdad y la caridad.

Una Iglesia siempre en construcción

Uno de los mensajes centrales de la homilía fue la comparación entre la basílica y la propia vida cristiana. La Sagrada Familia continúa construyéndose después de más de ciento cuarenta años. Lejos de considerarlo una carencia, el Papa presentó esta realidad como un signo de esperanza.

La Iglesia también está siempre en construcción. Y cada bautizado forma parte de ella como una piedra viva llamada a ocupar un lugar en el proyecto de Dios.

Esta imagen resulta especialmente significativa para quienes dedican su vida al anuncio del Evangelio. La formación cristiana no termina nunca. Sacerdotes, seminaristas, religiosos y laicos estamos llamados a dejarnos moldear continuamente por la gracia para colaborar en la obra que Dios realiza en cada corazón.

La evangelización no consiste únicamente en transmitir conocimientos, sino en ayudar a que Cristo tome forma en las personas.

Postal de principios de siglo de la Sagrada Familia en construcción. Römmler & Jonas
Postal de principios de siglo de la Sagrada Familia en construcción, Römmler & Jonas.

Dios sigue llamando constructores para su Iglesia

Al meditar sobre las palabras dirigidas por Dios al rey David, el Papa recordó una verdad fundamental: no somos nosotros quienes construimos una casa para Dios; es Dios quien construye una casa para nosotros.

Toda vocación nace de esta iniciativa divina

También hoy el Señor continúa llamando a jóvenes de todo el mundo al sacerdocio, a la vida consagrada y a diversas formas de entrega cristiana. Lo hace en ciudades modernas y en pequeñas aldeas, en familias creyentes y en lugares donde la fe apenas sobrevive.

El papa León XIV, durante la eucaristía solemne en la basílica de la Sagrada Familia
El papa León XIV, durante la Eucaristía solemne en la basílica de la Sagrada Familia.

Las vocaciones necesitan ser acompañadas, formadas y sostenidas

Por eso la misión de instituciones como la Fundación CARF adquiere una importancia tan especial para la vida de la Iglesia. La formación integral de sacerdotes, seminaristas y religiosos no es una tarea secundaria. Es una inversión directa en la evangelización del mundo.

Cada sacerdote bien formado será capaz de acompañar miles de almas a lo largo de su ministerio. Cada seminarista que recibe una sólida preparación humana, espiritual, intelectual y pastoral se convierte en una esperanza para innumerables personas que un día encontrarán en él a un pastor.

Gaudí entendió que la belleza conduce a Dios

En el centenario de la muerte de Antoni Gaudí, el Papa quiso recordar al genial arquitecto catalán como un hombre profundamente creyente que puso su talento al servicio de Dios.

La Sagrada Familia no fue concebida únicamente para admirar una obra maestra de la arquitectura. Fue diseñada para anunciar el Evangelio.

Gaudí comprendió algo que la tradición cristiana ha sabido durante siglos: la belleza puede abrir caminos que a veces los discursos no consiguen recorrer.

Quien entra en la basílica descubre una catequesis construida con piedra, luz, color y proporciones. Todo conduce hacia Cristo. Todo invita a la contemplación. Todo habla de Dios.

Pero la belleza necesita intérpretes

La mejor obra de arte puede convertirse en una simple atracción turística si nadie ayuda a descubrir su significado profundo. Por eso la Iglesia necesita sacerdotes bien preparados, capaces de explicar la fe, acompañar espiritualmente y mostrar cómo la belleza creada remite siempre a la Belleza infinita de Dios.

Detalle de la torre de Jesucristo de la Sagrada Familia.
Detalle de la torre de Jesucristo de la Sagrada Familia, David Zorrakino / EP.

La cruz como respuesta al sufrimiento humano

Uno de los momentos más impactantes de la homilía llegó cuando el Papa recordó que no se puede creer en Jesucristo y promover la guerra, matar al inocente o abandonar al que sufre.

Sus palabras resuenan con fuerza en un contexto internacional marcado por conflictos, persecuciones, pobreza y desplazamientos forzosos.

La cruz se convierte así en un signo profético

No es un símbolo de poder humano. Es el signo de un amor que se entrega hasta el extremo. Es la respuesta de Dios al sufrimiento del mundo.

Precisamente por eso la formación de los futuros sacerdotes y evangelizadores no puede limitarse a la adquisición de conocimientos teológicos. Debe preparar corazones capaces de acompañar el dolor humano, anunciar la esperanza y llevar el consuelo de Cristo a quienes más lo necesitan.

Evangelizar por la belleza, verdad y caridad

Quizá el mensaje más actual de esta homilía sea la estrecha relación entre evangelización y belleza.

En una cultura dominada por la imagen, la Iglesia sigue encontrando en el arte, la arquitectura, la música y la cultura caminos privilegiados para acercar las personas a Dios. Sin embargo, esos caminos necesitan testigos creíbles.

La belleza abre la puerta. La verdad ilumina la inteligencia. La caridad transforma el corazón.

Por eso la Iglesia necesita hombres y mujeres bien formados que sepan dialogar con el mundo contemporáneo sin renunciar a la riqueza del Evangelio.

La Sagrada Familia, con sus torres que se elevan hacia el cielo, nos recuerda que toda auténtica evangelización ayuda al ser humano a levantar la mirada. Y que detrás de cada gran obra de la Iglesia hay siempre personas que han respondido generosamente a la llamada de Dios.

La construcción de la basílica continúa. También continúa la construcción de la Iglesia. Y para esta tarea siguen siendo indispensables las vocaciones, la formación y la generosidad de quienes colaboran para que el mensaje de Cristo llegue a todos los rincones del mundo.

Homilía Papa León XIV en la Sagrada Familia, Barcelona

Homilía completa

Basílica de la Sagrada Família (Barcelona)
Miércoles, 10 de junio de 2026

[Español y catalán]

«Senyor, sobirà nostre, que n’és, de gloriós, el vostre nom per tota la terra!» (Sl 8,2.10). Con la alabanza de este salmo, tan lleno de alegría y asombro, os saludo a todos vosotros, queridos hermanos y hermanas. Expreso mi agradecimiento a Sus Majestades, doy las gracias al Cardenal Juan José Omella, Arzobispo de Barcelona, así como a los demás hermanos en el Episcopado y a todos los que se unen a nuestra oración: sacerdotes, diáconos, religiosos y religiosas.

En esta tarde de fiesta para toda la ciudad de Barcelona, extiendo mi saludo agradecido a las autoridades públicas, así como a los miembros de otras comunidades cristianas y de otras religiones que participan en nuestra acción de gracias.

Avui la Basílica de la Sagrada Família ens acull en aquesta bella ciutat, obrint les seves portes com si fossin braços que conviden a cadascú en aquest altar a escoltar la Paraula de Déu. És un temple que ens constitueix en una família estimada pel Senyor, alimentada per la seva pròpia vida en l’Eucaristia. Així és com la ciutat comtal i tota Catalunya es reuneixen en aquest temple, signe també d’unitat i de  concòrdia, i aixequen la seva mirada per trobar-se amb el rostre de Déu Pare, resplendent en el seu Fill fet home, Jesucrist.

El papa Benedicto ya la consagró

Tot donant gràcies al Senyor per la seva caritat vers nosaltres, el lloem per tot el que realitza en la nostra vida. Li donem gràcies en especial per aquesta extraordinària basílica, que el Papa Benet XVI va consagrar el 2010, recordant que és signe visible del Déu invisible, i que per la seva glòria s’alcen les torres (cf. Homilia per a la consagració, 7 de novembre 2010). En continuïtat amb la pregària del meu Predecessor, en uns moments beneiré la torre més alta, la de Jesucrist.

[Hoy la Basílica de la Sagrada Familia nos acoge en esta hermosa ciudad, abriendo sus puertas como si fueran sus brazos para invitar a cada uno a este altar, a escuchar la Palabra de Dios. Es un templo que nos constituye en una familia amada por el Señor, alimentada por su propia vida en la Eucaristía. Así es como la ciudad condal y toda Cataluña se reúnen en este templo, signo también de unidad y de concordia, y alzan su mirada para encontrarse con el rostro de Dios Padre, resplandeciente en su Hijo hecho hombre, Jesucristo.

Mientras damos gracias al Señor por su caridad hacia nosotros, le alabamos por lo que obra en nuestra vida. Le damos gracias en particular por esta extraordinaria basílica, que el Papa Benedicto XVI consagró en 2010, recordando que es signo visible del Dios invisible, por cuya gloria se alzan sus torres (cf. Homilía para la consagración, 7 noviembre 2010). En continuidad con la oración de mi Predecesor, dentro de unos momentos bendeciré la torre más alta, la de Jesucristo.]

Mucho más que un monumento

Esta iglesia es un único edificio, compuesto por muchas piedras. Una casa que crece con constancia a lo largo de los años, siguiendo un mismo proyecto. Todos nosotros somos las piedras vivas de esta obra, que tiene a Cristo como fundamento y culmen, principio y fin. Mucho más que un monumento, la basílica de la Sagrada Familia sigue siendo hoy una obra en construcción, que nos recuerda cómo la vida cristiana es siempre un camino, porque se trata de un proyecto que Dios lleva a cabo.

No habitamos, pues, una obra inacabada, sino un templo aún en construcción. Su imperfección no es un defecto, porque da testimonio de un deseo; no significa una carencia, sino que expresa una promesa que queremos honrar con coherencia. Nuestra gratitud se convierte entonces en compromiso, al tiempo que cooperamos en el proyecto de Dios, es decir, en la construcción a la que Él mismo nos llama. Puesto que somos templo del Espíritu Santo (cf. 1 Co 6,16.19), esta obra coincide con nuestra vida, que Dios concibe como una obra maestra que debemos realizar juntos y nos llama a colaborar con Él (cf. 1 Co 3,9).

A este respecto, guardamos en nuestro corazón las palabras que el Señor dirigió al rey David: «¿Tú me vas a construir una casa para morada mía?» (2 Sam 7,5). Al contrario, «el Señor te anuncia que te va a edificar una casa» (v. 11).

Con este anuncio, la Escritura nos enseña que no somos nosotros quienes damos un lugar a Dios, como si fuera un elemento de una serie o parte de un todo mayor que Él. Es Dios en cambio quien nos da un lugar, y el lugar que nos regala es su propio corazón: el lugar del Hijo, para nosotros que éramos extraños; el lugar del Amado, para nosotros que somos pecadores.

El Señor, con nosotros

Esta voluntad suya se cumple a través de Jesús; podemos entonces comprender el sentido de lo que hemos escuchado en el Evangelio, cuando el Señor dice a los fariseos: «Si no creéis que “Yo soy”, moriréis en vuestros pecados» (Jn 8,24).

Palabras fuertes, que no son en absoluto amenazas, ni un chantaje. Son una invitación a la salvación, es decir, un llamamiento a la libertad por parte de Cristo, que quiere para nosotros el bien definitivo, eterno.

Ante la amenaza del mal, el Señor está siempre con nosotros, siempre a nuestro favor. “Yo soy”: este es el Nombre Santísimo que Dios entregó a Moisés desde la zarza ardiente, revelando su inquebrantable fidelidad. Hecho hombre, Él se convierte para nosotros en el Emmanuel, fuente de gracia y perdón, de salvación y de vida nueva.

Queridos hermanos, no podemos creer en Jesús y promover la guerra. No podemos creer en Jesús y matar al inocente. No podemos creer en Jesús y abandonar a quien sufre, a quien llora, a quien huye de la miseria.

En aquesta nit, doncs, la Creu de Crist, que corona aquesta basílica, és la Creu dels últims, que es tornen els primers,  dels pecadors que es tornen sants, dels morts que ressusciten.

Les tres façanes de la Sagrada Família en donen testimoni: el Primer es fa el darrer per a nosaltres en el Nadal; amb el seu sacrifici ens redimeix mitjançant la Passió; la seva mort ens dóna la vida eterna fent-nos partícips de la glòria divina. En admirar la torre de Jesucrist, alcem la mirada cap a Ell, cap a Aquell que ens revela la veritat de Déu i la veritat de nosaltres mateixos.

Mirant Crist podem veure el món amb ulls renovats: la torre de la creu es converteix aleshores en un estàndard de caritat, perquè Déu ens estima així, transformant un instrument de mort en signe d’esperança. En la creu de Jesús la nostra fe aconsegueix el cim, com professa la inscripció que es troba en la base de l’agulla: “Tu solus Sanctus, Tu solus Dominus, tu solus Altíssimus”. Aquesta creu brilla de dia, reflectint la llum del sol i brilla de nit, il·luminant la ciutat com un far obert al Mediterrani.

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[Esta noche recordemos, pues, que la Creu de Crist, que corona esta basílica, és la Creu dels últims que se vuelven los primeros, de los pecadores que se vuelven santos, de los muertos que resucitarán. Las tres fachadas de la Sagrada Familia lo atestiguan: el Primero se hace el último por nosotros en la Natividad; con su sacrificio nos redime mediante la Pasión; su muerte nos da la vida eterna haciéndonos partícipes de la gloria divina.

Al admirar la torre de Jesucristo, alzamos la mirada hacia Él, hacia Aquel que sólo nos revela la verdad de Dios y la verdad de nosotros mismos. Mirando a Cristo podemos ver el mundo con ojos renovados: la torre de la cruz se convierte entonces en estandarte de caridad, porque Dios nos ama así, transformando un instrumento de muerte en signo de esperanza.

En la cruz de Jesús nuestra fe alcanza su culmen, como profesa la inscripción que se encuentra en la base de la aguja: “Tu solus Sanctus, Tu solus Dominus, tu solus Altissimus”. Esta cruz brilla de día, reflejando la luz del sol, y brilla de noche, iluminando la ciudad como un faro abierto al Mediterráneo.]

La luz del Resucitado

Sí, la luz de Cristo brilla en las tinieblas, aunque las tinieblas no la hayan acogido (cf. Jn 1,5.11). Sin embargo, este rechazo no hace que falte el amor de Dios: «Cuando hayáis levantado al Hijo del hombre —dice el Señor— entonces sabréis que Yo Soy y que nada hago por mí mismo, sino que hablo como el Padre me ha enseñado» (Jn 8,28).

Es necesario pasar por la pasión del Crucificado para ser iluminados por la gloria del Resucitado: desde siempre, en efecto, el Padre enseña a dar la vida y el Hijo, que la recibe de Él, la da a todos con el poder del Espíritu Santo. He aquí por qué precisamente la cruz es el signo luminoso de su amor.

És la fe que dóna forma a les pedres i sentit a l’edifici que habitem junts. En la nostra pregària descobrim, per tant, el vincle originari de les coses amb Déu, creador del cel i de la terra: Ell és l’artista que ha imprès el seu esplendor en el cosmos.

Creat a la seva imatge, l’home respon a l’obra de Déu amb el seu propi enginy: així es com l’artista converteix el talent en lloança i la creativitat en testimoni del mateix Creador. Com arquitecte ardent de fe, el venerable Antoni Gaudi va concebre aquests espais amb el desig de narrar els misteris de la vida del Senyor: d’aquesta manera ens ha proposat un pelegrinatge espiritual, que condueix a la trobada amb Crist nascut, mort i ressuscitat per nosaltres.

Juntament amb Gaudí, de qui commemorem el centenari de la seva mort, recordem i donem gràcies en aquesta tarda a tots els promotors i benefactors, als artistes i als treballadors que cooperen en la construcció d’una obra mestra arquitectònica, que és també una eloqüent catequesi feta de pedres, colors i llum.

En la saviesa, l’Església renova així la Biblia pauperum de les antigues catedrals, que són elles mateixes missatges d’evangelització d’una gran riquesa. En aquest temps de la imatge, resulta encara més evident com l’art i la bellesa son eminents canals d’evangelització.

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[Es precisamente la fe la que da forma a las piedras y sentido al edificio que habitamos juntos. En nuestra oración descubrimos, por tanto, el vínculo originario de las cosas con Dios, creador del cielo y de la tierra: Él es el artista que ha impreso su esplendor en el cosmos. Creado a su imagen, el hombre responde a la obra de Dios con su propio ingenio: así es como el artista convierte el talento en alabanza y la creatividad en testimonio del mismo Creador.

Como arquitecto ardiente de fe, el venerable Antoni Gaudí concibió estos espacios con el deseo de narrar los misterios de la vida del Señor: de este modo nos ha propuesto una peregrinación espiritual, que conduce al encuentro con Cristo nacido, muerto y resucitado por nosotros. Junto con Gaudí, de quien conmemoramos el centenario de su muerte, recordamos y damos las gracias esta tarde a todos los promotores y benefactores, a los artistas y a los trabajadores que cooperan en la construcción de una obra maestra arquitectónica, que es también una elocuente catequesis hecha de piedras, colores y luz.

En su sabiduría, la Iglesia renueva así la Biblia pauperum de las antiguas catedrales, que son en sí mismas mensajes de evangelización de gran riqueza. En este tiempo de la imagen, resulta aún más evidente cómo el arte y la belleza son eminentes canales de evangelización.]

Estimats germans i germanes, la belleza de este templo nos anima a aprender cada vez más de nuestro Maestro y Señor el arte de vivir según su Evangelio. Mientras alzamos la mirada hacia Él, el Crucificado Resucitado, comprometámonos a levantar el rostro de quienes yacen en el polvo (cf. 1 Sam 2,8).

Y demostremos así que la Sagrada Familia es la iglesia más alta del mundo, no para destacar en clasificaciones mundanas, sino para guiar los pasos del pueblo de Dios que peregrina en esta tierra de Cataluña, con la cruz que ilumina el camino, como una lámpara encendida en la espera del regreso del Esposo.