Isabel, una vida consagrada a Dios y al servicio de los vulnerables
La vida consagrada a Dios de la hermana Isabel Cristone Setimane, de Mozambique, se expresa en un camino de fe y entrega que desea compartir con profunda gratitud y esperanza. Desde su infancia en Mozambique hasta su actual formación en Derecho Canónico en Roma, su historia entrelaza la fe recibida en su familia, el descubrimiento de su vocación religiosa, el servicio a los más pequeños y vulnerables, las dificultades sociales de su país y el apoyo de la Fundación CARF, que le permite prepararse mejor para servir a la Iglesia y a su congregación.
Nacida en Quelimane en 1987, Isabel cursa el tercer año de la licenciatura en Derecho Canónico en la Universidad Pontificia de la Santa Cruz. Su vocación de servicio a los más vulnerables se une a una profunda gratitud hacia quienes hacen posible su formación, especialmente la Fundación CARF, que la acompaña en su camino académico y espiritual.
Es la quinta hija de una familia profundamente religiosa. Desde su infancia conoció el camino de la fe: recibió la catequesis, los sacramentos y participó activamente en distintos ministerios parroquiales.
Tras su Primera Comunión, se incorporó al grupo de vocaciones, movida por un deseo temprano de consagrarse como religiosa y servir a los más vulnerables, especialmente a niños en situación de pobreza y a mujeres víctimas de abuso. Después de tres años de formación vocacional, conoció a las Hermanas Franciscanas de Nuestra Señora de las Victorias, congregación fundada en 1884 en la isla de Madeira (Portugal) por la venerable Mary Jane Wilson.
Vida consagrada a Dios: el camino que marcó su vocación
En 2007 fue admitida en la congregación, donde inició la etapa de aspirante. Agradece especialmente que sus padres respetaran su decisión de consagrarse como religiosa. Durante los años de formación, sus formadoras la acompañaron y orientaron en el seguimiento de Jesucristo, inspirándose en el ejemplo de la venerable Mary Jane Wilson y de san Francisco de Asís.
Tras tres años de preparación, el 8 de diciembre de 2011, por la gracia de Dios, realizó sus primeros votos en la capilla de san Francisco de Asís, en la casa del noviciado en Mozambique. Poco después, fue enviada en misión a la diócesis de Gurúè, en la provincia de Zambezia, donde se encargó del cuidado de 125 niños, algunos de ellos huérfanos. «Allí pude vivir, aprender y experimentar el amor de Dios reflejado en el rostro de los más pequeños», asegura.
El contacto directo con el sufrimiento de aquellos niños –muchos de ellos marcados por la muerte de sus madres durante el parto– transformó profundamente su manera de mirar la vida. Esta experiencia le enseñó a valorar cada cosa y a descubrir la belleza que permanece incluso en medio del dolor.
«Aprendí a vivir con lo esencial y a cultivar la sencillez junto a ellos. En aquella realidad, marcada por la pobreza pero también por una entrega generosa y llena de amor, descubrí en cada mirada la belleza de mi vocación: ser consagrada para servir, y no para ser servida, siguiendo el estilo de Jesús» dice con una sonrisa.
La misión al servicio de los vulnerables
La congregación asumió esta misión en respuesta al clamor del pueblo de la diócesis de Gurúè. Con profundo agradecimiento a Dios, las hermanas continúan entregadas al cuidado de los más pequeños, especialmente en el orfanato Mary Jane Wilson, en Lioma. A pesar de las dificultades, permanecen firmes en su compromiso, buscando siempre el bien de los niños.
En este contexto, ella agradece a su congregación la oportunidad de haber formado parte de esta misión. «Desde muy joven sentí el deseo de trabajar y defender a los más frágiles, a quienes son excluidos y no tienen voz. Vivo mi vocación como una colaboración activa en la misión de Cristo, procurando hacer todo el bien posible».
Una familia marcada por la dificultad
En 2024 perdió a su padre, un acontecimiento que marcó profundamente a su familia. Desde entonces, su situación ha cambiado de manera significativa. Su madre, campesina y sin acceso a educación formal, ha sacado adelante a la familia en un entorno de gran dificultad.
Isabel atiende a decenas de niños, una entrega de su vida consagrada al cuidado de los vulnerables.
Aunque sus hermanos han finalizado sus estudios, actualmente se encuentran en búsqueda de empleo, una tarea especialmente compleja en el contexto de Mozambique. Esta situación le provoca momentos de desánimo, pero, sostenida por la gracia de Dios, mantiene la esperanza de que podrán salir adelante.
«La realidad del país agrava estas dificultades: la pobreza, la escasez de alimentos, el desempleo y el conflicto en el norte han endurecido aún más las condiciones de vida. A pesar de todo, mi familia continúa luchando con fortaleza, apoyándose en la fe y en la confianza en Dios».
Formarse para servir: una misión al servicio de la Iglesia
Seis años después, realizó su entrega definitiva en la Congregación Franciscana de Nuestra Señora de las Victorias. Poco tiempo más tarde, asumió la misión de formadora de jóvenes en las primeras etapas de su camino vocacional. Aunque exigente, vivió esta responsabilidad con profundidad, hasta poder afirmar: «Me siento feliz y realizada en la misión de servir a Cristo».
En la actualidad, la congregación acoge vocaciones procedentes principalmente de África y Asia. Ante los desafíos que plantea la misión de la Iglesia, especialmente en los lugares a los que son enviadas, se hace necesaria una sólida preparación, también en el ámbito jurídico. A pesar de contar con recursos limitados, la congregación procura formar a sus hermanas para responder mejor a este servicio.
En este contexto, actualmente se encuentra en Roma, en la Universidad Pontificia de la Santa Cruz, donde cursa estudios de Derecho Canónico. Allí experimenta un ambiente académico cercano y exigente, que favorece el aprendizaje y el crecimiento personal. Como ella misma expresa, «me siento acompañada, ayudada y comprendida por los profesores».
Su paso por Roma responde al deseo de prepararse mejor para servir a Dios, a la Iglesia y a su congregación. Por ello, manifiesta un profundo agradecimiento a los socios, benefactores y amigos de la Fundación CARF, cuya ayuda hace posible su formación y sostiene su camino académico.
Gerardo Ferrara Licenciado en Historia y en Ciencias Políticas, especializado en Oriente Medio. Responsable del alumnado Universidad Pontificia de la Santa Cruz de Roma.
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4 frases del papa León XIV sobre los seminaristas y la formación de sacerdotes
Más allá de los encuentros y celebraciones previstas para la visita del papa León XIV, hay un hilo de fondo que atraviesa muchas de sus intervenciones desde el inicio de su pontificado: la necesidad de cuidar con especial atención la formación de los seminaristas; de quienes se preparan para ser sacerdote: para ser el mismo Cristo.
La formación de sacerdotes según el papa León XIV
Durante 2025 y 2026 en distintos encuentros y documentos, el papa León XIV ha ido dibujando una visión coherente sobre el sacerdocio y la formación de los seminaristas. No se trata de afirmaciones aisladas, sino de una enseñanza constante que pone el foco en la profundidad, la madurez y la preparación integral que requiere la persona que será otro Cristo.
Estas son algunas de sus afirmaciones más significativas y el contexto en el que fueron pronunciadas.
1. «El seminario es siempre un signo de esperanza para la Iglesia»
Discurso a los seminaristas españoles el 28 de febrero de 2026. Al recibir a comunidades de los seminarios españoles, León XIV recordó que cada seminario es un motivo de esperanza para toda la Iglesia. Allí donde hay jóvenes, que responden a la llamada de Dios y se disponen a formarse para el sacerdocio, la Iglesia descubre que el Señor sigue actuando en la historia.
Pero esa esperanza no nace solo del número de vocaciones, sino del camino interior que se cultiva en el seminario: aprender a mirar la realidad con fe, vivir en relación con Dios y dejar que esa mirada sobrenatural dé unidad a toda la formación.
De ese modo, el seminario se convierte en un lugar donde se preparan pastores capaces de reconocer la acción de Dios en la vida concreta de las personas.
2. «Fidelidad que genera futuro es a lo que los presbíteros están llamados hoy».
Carta apostólica Una fidelidad que genera futuro, del 8 de diciembre de 2025. En esta carta programática, el Santo Padre propone una visión del sacerdocio en clave de perseverancia. La fidelidad no es simple constancia externa, sino una respuesta diaria a la llamada recibida.
Al hablar de una fidelidad que genera futuro, el Papa conecta la vida concreta del sacerdote con el porvenir de la Iglesia. Una formación sólida es el terreno donde esa fidelidad aprende a sostenerse incluso en momentos de dificultad.
3. «La formación es un camino de relación. Convertirse en amigos de Cristo significa formarse en la relación, no sólo en las competencias»
Encuentro con el Dicasterio para el Clero, del 26 de junio de 2025. Dirigiéndose a formadores, sacerdotes y seminaristas, León XIV recordó que la formación sacerdotal no puede reducirse a la adquisición de conocimientos o habilidades pastorales.
En su núcleo está una relación personal con Cristo. El seminario es el lugar donde esa amistad se aprende y se cultiva: una familiaridad con el Señor que compromete toda la vida del futuro sacerdote, su corazón, su inteligencia y su libertad y lo configura poco a poco a imagen del Buen Pastor.
Formar sacerdotes, por tanto, no consiste sólo en transmitir contenidos, sino en acompañar un camino de vida con Cristo para ser el mismo Cristo para los demás.
4. «El seminario debe ser una verdadera escuela de los afectos».
Jubileo de los seminaristas, del 24 de junio de 2025. Durante el jubileo dedicado a los seminaristas, el Papa subrayó que el seminario no es únicamente un lugar de estudio. Es un espacio donde se aprende a integrar la dimensión afectiva, a ordenar los propios sentimientos y a crecer en equilibrio humano.
Al hablar de escuela de los afectos, León XIV puso el acento en la madurez personal como condición indispensable para el ministerio. La preparación intelectual es necesaria, pero sólo da fruto cuando se sostiene sobre una personalidad unificada y capaz de relaciones sanas.
La visita del Papa a España
Del 6 al 12 de junio, el papa León XIV visita España, tal como anunció la CEE. Será un acontecimiento histórico para la Iglesia en nuestro país. Millones de personas participarán en encuentros de adoración, celebraciones de la Santa Misa y actos públicos.
Cada vez que un Papa visita un país, no solo deja imágenes o titulares. Deja algo más profundo: mueve a las conciencias, despierta cuestiones trascendentes de jóvenes y jóvenes de espíritu:, confirma multitud de vocaciones y fortalece decisiones personales que muchas veces se gestan en silencio. A lo largo de la historia reciente, las visitas papales han sido momentos de gracia que han marcado a generaciones enteras.
Esta visita llega, además, en un momento en el que el Santo Padre insiste con diaria claridad en un mensaje de paz para el mundo y, en el ámbito del sacerdocio, la necesidad de sacerdotes bien formados. No basta con que haya vocaciones; es necesario acompañarlas, sostenerlas y ofrecerles una preparación integral. Invertir hoy en su formación es una forma concreta de cuidar el futuro de la Iglesia.
Un sueño que interpela a todos
En muchos países del mundo hay jóvenes con vocación, de lugares donde la fe es fuerte, pero los recursos económicos son muy escasos. Allí es donde tu ayuda marca la diferencia. Tu apoyo se torna esencial.
La Fundación CARF trabaja precisamente en aquello que el papa León XIV está solicitando: incentivar la formación integral (humana, espiritual y académica) de seminaristas y sacerdotes diocesanos de 130 países.
Cada donativo contribuye a que estas palabras del Santo Padre no se queden en un deseo, sino que se conviertan en realidad concreta.
La carta apostólica 'Una fidelidad que genera futuro' pide renovar la identidad y la misión del sacerdocio a través de la formación continua, la fraternidad y la sinodalidad, alertando contra el eficientismo y el quietismo, y llamando a un nuevo impulso vocacional para la Iglesia.
Carta del Santo Padre al Presbiterio de la archidiócesis de Madrid con motivo de la asamblea presbiteral "Convivium", que se celebró recientemente con la participación de casi todos los sacerdotes, más de 1.200.
¿No es cierto que la paz que se nos está ofreciendo es paradójicamente una “paz armada”? Pero esa falsa “paz” es el resultado del miedo. Por otros caminos discurre la insistencia de papa León XIV, aunque parezca solo en su intento.
El papa León XIV, con ocasión del 60° aniversario de la Declaración Conciliar 'Gravissimum Educationis', ha publicado una carta apostólica con el título «Diseñar nuevos mapas de Esperanza».
Domingo de Ramos: significado bíblico e historia
Comienza con el Domingo de Ramos la Semana Santa y recordamos la entrada triunfal de Cristo en Jerusalén. Escribe San Lucas: «Al acercarse a Betfagé y a Betania, junto al monte llamado de los Olivos, envió a dos de sus discípulos diciéndoles: "Vayan al caserío que está frente a ustedes. Al entrar, encontrarán atado un burrito que nadie ha montado todavía. Desátenlo y tráiganlo aquí. Si alguien les pregunta por qué lo desatan, díganle: el Señor lo necesita". Fueron y encontraron todo como el Señor les había dicho».
¿Qué celebramos el Domingo de Ramos?
El Domingo de Ramos es el último domingo antes del Triduo Pascual. También recibe el nombre de Domingo de Pasión que marca el inicio de las celebraciones de la Semana Santa.
Esta es una fiesta cristiana de paz. Los ramos, con su antiguo simbolismo, nos hacen recordar ahora, la alianza entre Dios y su pueblo. Confirmada y establecida en Cristo, porque Él es nuestra paz.
En la liturgia de nuestra Santa Iglesia Católica, leemos en el día de hoy estas palabras de profunda alegría: los hijos de los hebreos, llevando ramos de olivo salieron al encuentro del Señor, clamando y diciendo: Gloria en las alturas.
Mientras Jesús pasaba, cuenta San Lucas, las gentes tendían sus vestidos por el camino. Y estando ya cercano a la bajada del Monte de los Olivos, los discípulos en gran número, transportados de gozo, comenzaron a alabar a Dios en alta voz por todos los prodigios que habían visto: bendito sea el Rey que viene en nombre del Señor, paz en el cielo y gloria en las alturas.
«Con obras de servicio, podemos preparar al Señor un triunfo mayor que el de su entrada en Jerusalén», san Josemaría Escrivá.
Semana Santa: origen del Domingo de Ramos
En este día, los cristianos conmemoramos la entrada de Cristo en Jerusalén para consumar su Misterio Pascual. Por eso se leen desde hace mucho tiempo dos evangelios en la Santa Misa de este día.
Como lo explicaba el papa Francisco: «esta celebración tiene como un doble sabor, dulce y amargo, es alegre y dolorosa, porque en ella celebramos la entrada del Señor en Jerusalén, aclamado por sus discípulos como rey, al mismo tiempo que se proclama solemnemente el relato del evangelio sobre su pasión. Por eso nuestro corazón siente ese doloroso contraste y experimenta en cierta medida lo que Jesús sintió en su corazón en ese día, el día en que se regocijó con sus amigos y lloró sobre Jerusalén».
Es en el Domingo de Ramos, cuando Nuestro Señor comienza la semana decisiva para nuestra salvación, san Josemaría nos recomienda que «dejémonos de consideraciones superficiales, vayamos a lo central, a lo que verdaderamente es importante. Mirad: lo que hemos de pretender es ir al cielo. Si no, nada vale la pena. Para ir al cielo, es indispensable la fidelidad a la doctrina de Cristo. Para ser fiel, es indispensable porfiar con constancia en nuestra contienda contra los obstáculos que se oponen a nuestra eterna felicidad...».
Las hojas de palma, escribe san Agustín, son símbolo de homenaje, porque significan victoria. El Señor estaba a punto de vencer, muriendo en la Cruz. Iba a triunfar, en el signo de la Cruz, sobre el Diablo, príncipe de la muerte.
«Él viene a salvarnos; y nosotros estamos llamados a elegir su camino: el camino del servicio, de la donación, del olvido de uno mismo. Podemos encaminarnos por este camino deteniéndonos durante estos días a mirar el Crucifijo, es la “cátedra de Dios”», Papa Francisco.
Significado del Domingo de Ramos
Mons. Javier Echevarría, nos hace ver el significado cristiano de esta fiesta: «nosotros, que no somos nada, nos mostramos a menudo vanidosos y soberbios: buscamos sobresalir, llamar la atención; tratamos de que los demás nos admiren y alaben. El entusiasmo de las gentes no suele ser duradero. Pocos días después, los que le habían acogido con vivas pedirán a gritos su muerte. Y nosotros ¿nos dejaremos llevar por un entusiasmo pasajero?
Si en estos días notamos el aleteo divino de la gracia de Dios, que pasa cerca, démosle cabida en nuestras almas.Extendamos en el suelo, más que palmas o ramos de olivo, nuestros corazones. Seamos humildes, mortificados y comprensivos con los demás. Éste es el homenaje que Jesús espera de nosotros».
«Así como entonces el Señor entró en la Ciudad Santa a lomos del asno, dice Benedicto XVI, así también la Iglesia lo veía llegar siempre nuevamente bajo la humilde apariencia del pan y el vino».
La escena de Semana Santa del Domingo de Ramos se repite en cierto modo en nuestra propia vida. Jesús se acerca a la ciudad de nuestra alma a lomos de lo ordinario: en la sobriedad de los sacramentos; o en las suaves insinuaciones, como las que san Josemaría señalaba en su homilía sobre esta fiesta: «vive con puntualidad el cumplimiento del deber; sonríe a quien lo necesite, aunque tú tengas el alma dolorida; dedica, sin regateo, el tiempo necesario a la oración; acude en ayuda de quien te busca; practica la justicia, ampliándola con la gracia de la caridad».
El papa Francisco señalaba que nada pudo detener el entusiasmo por la entrada de Jesús; que nada nos impida encontrar en él la fuente de nuestra alegría, de la alegría auténtica, que permanece y da paz; porque sólo Jesús nos salva de los lazos del pecado, de la muerte, del miedo y de la tristeza.
El Domingo de Ramos en la Biblia
La liturgia del Domingo de Ramos pone en boca de los cristianos este cántico: levantad, puertas, vuestros dinteles; levantaos, puertas antiguas, para que entre el Rey de la gloria.
Primer Evangelio del Domingo de Ramos (Lucas 19,28-40)
Dicho esto, caminaba delante de ellos subiendo a Jerusalén. Y cuando se acercó a Betfagé y Betania, junto al monte llamado de los Olivos, envió a dos discípulos, diciendo:
—Id a la aldea que está enfrente; al entrar en ella encontraréis un borrico atado, en el que todavía no ha montado nadie; desatadlo y traedlo. Y si alguien os pregunta por qué lo desatáis, le responderéis esto: «Porque el Señor lo necesita».
Los enviados fueron y lo encontraron tal como les había dicho. Al desatar el borrico sus amos les dijeron: —¿Por qué desatáis el borrico?
—Porque el Señor lo necesita —contestaron ellos.
Se lo llevaron a Jesús. Y echando sus mantos sobre el borrico hicieron montar a Jesús. Según él avanzaba extendían sus mantos por el camino. Al acercarse, ya en la bajada del monte de los Olivos, toda la multitud de los discípulos, llena de alegría, comenzó a alabar a Dios en alta voz por todos los prodigios que habían visto, diciendo:
¡Bendito el Rey que viene en nombre del Señor! ¡Paz en el cielo y gloria en las alturas!
Algunos fariseos de entre la multitud le dijeron: —Maestro, reprende a tus discípulos.
Él les respondió: —Os digo que si éstos callan gritarán las piedras.
Evangelio del Domingo de Ramos (Marcos 11, 1-10)
Al acercarse a Jerusalén, a Betfagé y Betania, junto al Monte de los Olivos, envió a dos de sus discípulos y les dijo:
—Id a la aldea que tenéis enfrente y nada más entrar en ella encontraréis un borrico atado, en el que todavía no ha montado nadie; desatadlo y traedlo. Y si alguien os dice: «¿Por qué hacéis eso?», respondedle: «El Señor lo necesita y enseguida lo devolverá aquí».
Se marcharon y encontraron un borrico atado junto a una puerta, fuera, en un cruce de caminos, y lo desataron. Algunos de los que estaban allí les decían:
—¿Qué hacéis desatando el borrico?
Ellos les respondieron como Jesús les había dicho, y se lo permitieron. Entonces llevaron el borrico a Jesús, echaron encima sus mantos, y se montó sobre él. Muchos extendieron sus mantos en el camino, otros el ramaje que cortaban de los campos. Los que iban delante y los que seguían detrás gritaban:
—¡Hosanna! ¡Bendito el que viene en nombre del Señor! ¡Bendito el Reino que viene, el de nuestro padre David! ¡Hosanna en las alturas!
Y entró en Jerusalén en el Templo; y después de observar todo atentamente, como ya era hora tardía, salió para Betania con los doce.
«Hay cientos de animales más hermosos, más hábiles y más crueles. Pero Cristo se fijó en él borrico para presentarse como rey ante el pueblo que lo aclamaba. Porque Jesús no sabe qué hacer con la astucia calculadora, con la crueldad de corazones fríos, con la hermosura vistosa pero hueca. Nuestro Señor estima la alegría de un corazón mozo, el paso sencillo, la voz sin falsete, los ojos limpios, el oído atento a su palabra de cariño. Así reina en el alma», san Josemaría Escrivá.
Cuándo surgen las procesiones de Semana Santa del Domingo de Ramos
La tradición de celebrar el Domingo de Ramos tiene cientos de años. Durante siglos, la bendición del olivos ha sido parte de esta fiesta, al igual que las procesiones, La Santa Misa y el relato durante la misma de la Pasión de Cristo. Hoy se celebran en muchos países.
Los fieles que participan en la procesión de Jerusalén, que data del siglo IV, también llevan en las manos ramos de palma, olivos u otros árboles, y entonan los cantos del Domingo de Ramos. Los sacerdotes llevan ramos y van delante guiando a los fieles.
En España, una alegre procesión de Domingo de Ramos conmemora la entrada de Jesús a Jerusalén. Reunidos se canta hosanna y se agita las palmas como un gesto de alabanza y bienvenida.
Las ramas de olivo son un recordatorio de que la Cuaresma es un tiempo de esperanza y renovación de la fe en Dios. Se les atribuye ser un símbolo de la vida y resurrección de Jesucristo. Asimismo, recuerdan también la fe de la Iglesia en Cristo y su proclamación como Rey del Cielo y de la Tierra.
Al final la peregrinación, es costumbre colocar las palmas, ya bendecidas, junto a las cruces que hay en nuestro hogar como recuerdo de la victoria pascual de Jesús.
Estos mismos olivos se prepararán para el siguiente Miércoles de Ceniza. Ya que para esta importante ceremonia se queman los restos de las palmas bendecidas el Domingo de Ramos del año anterior. Estas se rocían con agua bendita y luego son aromatizadas con incienso.
Cantos para Domingo de Ramos
Breve lista de los cantos recomendados para la celebración del Domingo de Ramos:
Canto procesional: TÚ REINARÁS.
Canto de entrada: HOSANNA, HOSANNA.
Del Salmo 21: DIOS MÍO, DIOS MÍO, ¿POR QUÉ ME HAS ABANDONADO?
Aclamación antes del Evangelio: HONOR Y GLORIA A TI, SEÑOR JESÚS.
Versículo: CRISTO POR NOSOTROS SE SOMETIÓ.
Canto de ofertorio: LLEVEMOS AL SEÑOR.
Santo: SANTO, SANTO, SANTO - Alberto Taulé.
Cordero de Dios: CORDERO DE DIOS.
Canto de comunión: SEÑOR, ¿A QUIÉN IREMOS?
Canto de reflexión: EN TU CRUZ SIGUES HOY.
Canto de salida: AL PIE DE LA CRUZ.
Antes de las lecturas: GLORIA A TI, SEÑOR.
Bibliografía: Papa Francisco, Homilía, Domingo de Ramos 2017 Benedicto XVI, Jesús de Nazaret. San Josemaría, Es Cristo que pasa. San Josemaría, Forja.
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Preguntas y respuestas
– ¿Qué significa el día Domingo de Ramos?
El Domingo de Ramos es una de las celebraciones más importantes del cristianismo, ya que marca el inicio de la Semana Santa. Representa el fin de la Cuaresma y el comienzo de la conmemoración de la pasión, muerte y resurrección de Jesús.
– ¿Qué simboliza el ramo del Domingo de Ramos?
Conmemora la entrada triunfal de Jesucristo en Jerusalén. Se celebra una semana antes de su Resurrección gloriosa triunfando sobre la muerte y el pecado. Jesús entró en Jerusalén montado en un asno, y la gente que había ido para las celebraciones de la Pascual judía depositaban en el suelo sus mantos y pequeñas ramas de árboles, a la vez entonaban parte del Salmo 118: «Bendito el que viene en nombre del Señor».
25 de marzo, la Anunciación del Señor
La Iglesia celebra la Solemnidad de la Anunciación del Señor el 25 de marzo, un momento crucial en la historia de la salvación. También conocida como la Encarnación del Señor, esta festividad recuerda el instante en que el Arcángel Gabriel anuncia a la Virgen María que será la madre del Hijo de Dios. Su «hágase en mí según tu palabra» (Lc 1,38) representa un modelo de fe y entrega total a la voluntad divina.
El significado de la Anunciación y de la encarnación del Verbo
El misterio de la Anunciación es inseparable de la Encarnación, ya que es el momento en que Dios asume la naturaleza humana. San Josemaría Escrivá, fundador del Opus Dei, resaltó la grandeza de este evento afirmando que: «Dios nos llama a santificarnos en la vida ordinaria, como María aceptó su misión con humildad».
María, modelo de vocación y entrega
Nuestra madre, la Virgen María es ejemplo para todos los cristianos, especialmente para aquellos que han sido llamados al sacerdocio. Su respuesta confiada y sin reservas es un reflejo de la disposición que todo seminarista y sacerdote debe tener ante la llamada de Dios.
La Anunciación y la defensa de la vida
En España, la Conferencia Episcopal celebra el 25 de marzo la Jornada por la Vida, recordando el valor sagrado de la vida humana desde su concepción. En 2026, el lema es «La vida, un don inviolable», una llamada a la protección de la vida en todas sus etapas. «El aborto –subrayan los prelados– nunca puede constituir un derecho, ya que no existe el derecho a eliminar una vida humana».
Sin embargo, la mirada desde la Conferencia Episcopal no se queda solo en el seno materno, se dirige también a madres y padres que enfrentan dificultades a la hora de afrontar un embarazo. Por ello, indican que desde CEE «queremos promover una alianza social para la esperanza a favor de la natalidad, que sirva, por una parte, para construir juntos las condiciones necesarias para que nuestros jóvenes puedan plantearse formar una familia abierta a la vida y, por otra, para que ninguna mujer tenga que recurrir al aborto por sentirse sola o sin recursos».
El compromiso de los sacerdotes y seminaristas
Para los sacerdotes diocesanos y para los futuros pastores apoyados por la Fundación CARF, esta festividad tiene un significado especial. La defensa de la vida es parte de su misión, siendo testigos del Evangelio en una sociedad que a menudo relativiza el valor de la existencia humana.
El compromiso de los sacerdotes y seminaristas no solo se basa en la defensa de la vida desde la concepción, sino en su labor pastoral para acompañar a las personas en cada etapa de su vida.
Su formación teológica y espiritual los prepara para ser guías en la fe y orientadores en los momentos difíciles. Inspirados por el sí de María, están llamados a ser heraldos de la esperanza, promoviendo una cultura de la vida y el amor cristiano.
Además, esta festividad los invita a profundizar en su vocación, reafirmando su compromiso con la evangelización y la enseñanza de la doctrina cristiana.
En tiempos donde la dignidad humana enfrenta múltiples desafíos, su testimonio cobra especial relevancia. La Anunciación es para ellos un recordatorio de su misión de ser presencia viva de Cristo en el mundo, transmitiendo el mensaje de salvación con palabras y obras.
Vivir el sí de María: un compromiso para todo cristiano
La fiesta de la Anunciación no solo nos invita a meditar en el sí de María, sino también a renovar nuestra entrega a Dios con confianza y alegría.
María, con su aceptación humilde y valiente, nos enseña que todo cristiano, sin importar su estado de vida, está llamado a dar su propio sí a Dios en la cotidianidad del día a día.
Para los seminaristas y sacerdotes diocesanos es un día de especial reflexión sobre su vocación y sobre el compromiso de ser defensores de la vida y la fe.
Sin embargo, esta llamada no es exclusiva de ellos. Cada fiel, desde su propia realidad, puede hacer presente a Cristo en el mundo con sus actos de caridad, su testimonio cristiano y su confianza en la providencia de Dios.
La Anunciación nos recuerda que cada uno de nosotros, como parte del pueblo de Dios, puede ser un instrumento en sus manos, llevando esperanza, amor y fe a quienes nos rodean.
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Herencias que construyen la fe: el valor del legado solidario para la Iglesia
Hablar de herencias y legados suele hacernos pensar en propiedades, bienes o dinero que se transmiten de los padres a los hijos o a otros seres queridos. Pero un legado solidario puede ir mucho más allá de lo material: es dejar una huella de fe que perdure en el tiempo, un testimonio que siga dando fruto en la Iglesia cuando ya no estemos.
La historia de la Iglesia está llena de ejemplos de cómo los legados, grandes o pequeños, han sostenido su misión y han hecho posible que el Evangelio llegue a millones de personas.
La relación entre la cultura, arte, caridad y la Iglesia católica es, probablemente, el contrato de patrocinio más largo y fructífero de la humanidad. Durante siglos, la Iglesia ha sido una guía espiritual, y el principal "director creativo" de Occidente.
El real monasterio de san Lorenzo de El Escorial es un complejo que incluye un palacio real, una basílica, un panteón, una biblioteca , un colegio y un monasterio. Se encuentra en la localidad española de San Lorenzo de El Escorial, en Madrid, y fue construido entre 1563 y 1584.
Grandes herencias que dieron forma a la Iglesia
En diversos momentos de la historia, obispos, abades y fundadores religiosos que vivieron con santidad destinaron parte de sus bienes o rentas eclesiásticas para fundar seminarios, hospicios o casas de formación. No eran comerciantes ni mecenas de paso, eran pastores y religiosos que, con su vida austera, dieron testimonio de que todo lo tienen “prestado” de Dios y que su misión era cuidar almas.
Algunas comunidades monásticas, siguiendo su espiritualidad, asumieron que su excedente de tierras o rentas debía servir para su mantenimiento, pero también para una misión más amplia: formar sacerdotes, sostener misiones o ayudar en zonas pobres. Así, los monasterios se volvieron centros económicos que redistribuían bienes para fines eclesiales.
También encontramos legados de fieles laicos: personajes relevantes de la realeza o incluso figuras históricas como los reyes católicos, comerciantes, familias con vidas cristianas visibles que, al final de sus vidas, ofrecieron parte de lo que poseían a la Iglesia para sustentar escuelas, orfanatos o formación sacerdotal.
Estos legados físicos, a veces traducidos en catedrales, monasterios o universidades son la expresión visible de una convicción: que la fe merece ser transmitida y custodiada para las generaciones futuras.
Legados y testamentos que cambian vidas
También hay herencias discretas que, aunque invisibles, han transformado el rumbo de la Iglesia.
En muchos pueblos, las ermitas y parroquias se levantaron gracias a colectas de familias sencillas, de agricultores y artesanos que aportaron lo poco que tenían. Sus nombres no figuran en los libros de historia, pero sin ellos, la fe no habría echado raíces en tantas comunidades.
Otros legados son aún más profundos: el legado de la fe transmitida en familia. Pensemos en santa Mónica, que legó a la Iglesia nada menos que a san Agustín gracias a su llanto y oración constante. O en los padres de santa Teresita del Niño Jesús, cuya herencia espiritual fue el ambiente de fe y amor que hizo florecer la santidad en su hija. El legado de un cristiano no se mide en cifras, sino en el impacto que deja en las almas.
Un puente entre la tierra y el cielo: “Desde el Cielo” en la Fundación CARF
Los grandes y pequeños legados de la historia nos recuerdan que la generosidad cristiana nunca se pierde, sino que siempre se transforma en vida para la Iglesia. Esa misma realidad la vemos hoy en quienes, de manera anónima y discreta, deciden dejar un legado que contribuya al futuro de la iglesia.
Como homenaje y muestra de gratitud, desde la Fundación CARF creamos la página Desde el Cielo: un memorial donde recordamos a esos benefactores fallecidos que hicieron posible que miles de sacerdotes y seminaristas diocesanos y religiosos fueran formados cada año.
Diariamente se ofrece la Santa Misa por sus almas en el Santuario de Torreciudad, y mensualmente en los colegios sacerdotales de Pamplona y Roma se reza por ellos. Los sacerdotes que han recibido ayuda de la Fundación CARF llevan en sus oraciones diarias la memoria de esos benefactores que ahora siguen ayudando desde el cielo.
Ese gesto consolida una relación espiritual íntima: quienes legaron su generosidad no sólo sostienen a la Iglesia desde la tierra, sino que ahora interceden y acompañan desde la eternidad. Es una hermosa y clara expresión de que el legado solidario cristiano no se agota con la muerte, sino que continúa en la comunión de los santos.
Facultades Eclesiásticas de la Universidad de Navarra, Pamplona.
El sentido cristiano del legado
Para un cristiano, dejar un legado solidario significa mucho más que repartir bienes. Es una decisión espiritual, un modo de prolongar la caridad más allá de la propia vida.
El Evangelio nos recuerda: «donde está tu tesoro, allí estará tu corazón» (Mt 6,21). Quien decide incluir a la Fundación CARF en su testamento solidario transforma sus bienes en una semilla de fe, permitiendo que otros encuentren a Dios a través de sacerdotes bien formados.
Hoy, esa misma lógica sigue viva: el legado es el puente entre tu vida terrena y los frutos eternos que otros recibirán gracias a tu generosidad.
Tu legado hoy puede formar sacerdotes para el mañana
En la actualidad, a través de la Fundación CARF, tu legado se convierte en apoyo directo a seminaristas y sacerdotes diocesanos de todo el mundo. Jóvenes que desean entregarse a Dios y servir a la Iglesia universal, pero que necesitan ayuda para formarse.
Así como en el pasado los legados levantaron templos, universidades, hospitales, conventos y misiones, hoy tu herencia puede levantar templos vivos: sacerdotes preparados para anunciar el Evangelio y acompañar a miles de personas. Un cristiano no se lleva nada al cielo, pero puede dejar mucho en la tierra. Como lo hicieron reyes, santos y familias anónimas, hoy tienes la oportunidad de decidir que lo que Dios te confió en vida siga transformándose en esperanza, fe y servicio.
Tu legado puede ser la herencia más valiosa: la que sostiene a la Iglesia y acompaña a miles de personas hacia Dios.
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ALGUNAS PREGUNTAS Y RESPUESTAS CURIOSAS
1. ¿Qué es mejor, una herencia o un legado?
La herencia es la sucesión en todos los bienes, derechos y obligaciones del difunto. Mientras que el legado, una donación específica de un bien concreto (un coche, una casa, una joya).
2. ¿Cómo consolidaron las herencias los emperadores?
Antes de que existieran los grandes coleccionistas de arte, fueron los líderes políticos quienes consolidaron los bienes de la Iglesia.
– Constantino el Grande (S. IV): El mecenas original. Tras legalizar el cristianismo, financió la construcción de las primeras grandes basílicas, como la Antigua Basílica de San Pedro en Roma y la del Santo Sepulcro en Jerusalén.
– Carlomagno (S. IX): Impulsó el "Renacimiento carolingio". Su apoyo fue vital para la preservación de manuscritos iluminados y la reforma de la arquitectura eclesiástica en Europa.
3. ¿Cómo se consolida el mecenazgo en el Renacimiento?
En los siglos XV y XVI, el mecenazgo se volvió una cuestión de estatus, fe y, admitámoslo, un poco de ego familiar apoyado por las grandes familias que apoyaron a artistas y legaron y donaron mucho patrimonio a la Iglesia.
– Los Médici: produjeron cuatro papas (León X, Clemente VII, entre otros) y financiaron el esplendor de Florencia y del Vaticano. Promocionaron a Miguel Ángel o Rafael.
– Papa Julio II: conocido como el Papa Guerrero, fue quien ordenó la demolición de la vieja basílica de San Pedro para construir la actual. Apoya a Miguel Ángel (Capilla Sixtina) y Bramante.
– Los Borghese: el cardenal Scipione Borghese fue el gran mecenas del Barroco temprano. Impulsa las carreras de Bernini o de Caravaggio.
4. ¿Qué promovieron las grandes monarquías católicas?
– Felipe II de España: el gran defensor de la fe. Su mayor obra de mecenazgo fue El Escorial, un monasterio-palacio que simbolizaba la unión del poder real y el fervor religioso.
– Los Habsburgo de Austria: convirtieron a Viena y Centroeuropa en bastiones del barroco eclesiástico, financiando abadías e iglesias de una suntuosidad casi abrumadora.
5. Algunos ejemplos del mecenazgo moderno
Hoy en día, el mecenazgo ha pasado de ser una cuestión de reyes y papas a ser gestionado por instituciones y fundaciones.
– Caballeros de Colón: esta organización ha financiado numerosas restauraciones en la Basílica de San Pedro y apoya proyectos de comunicación del Vaticano.
– Fundaciones Privadas y Museos: instituciones como los Museos Vaticanos se autofinancian, pero dependen de donaciones internacionales (como los Patrons of the Arts in the Vatican Museums) para la restauración de algunas obras maestras.
– Billonarios y Filántropos: tras el incendio de Notre Dame de París en 2019, familias como los Pinault y los Arnault (LVMH) donaron cientos de millones de euros, demostrando que el mecenazgo católico hoy es también un acto de preservación del patrimonio cultural global.
La Cuaresma y el perdón de Dios
La Cuaresma es el tiempo litúrgico en el que la Iglesia invita a los cristianos a detenerse, mirar su vida ante Dios y volver a Él con un corazón renovado. Durante cuarenta días se nos propone un camino de conversión marcado por la oración, la penitencia y la caridad. No se trata solo de un cambio exterior, sino de una llamada profunda a reconocer nuestra fragilidad y abrirnos nuevamente a la misericordia de Dios.
«Te compadeces de todos, Señor, y no odias nada de lo que has hecho; cierras los ojos a los pecados de los hombres para que se arrepientan y los perdonas, porque Tú eres nuestro Dios y Señor» (Miércoles de Ceniza, antífona de entrada).
En ese día, durante la celebración de la Santa Misa, o en una ceremonia aparte, los fieles que lo deseen, se acercan al altar para que el sacerdote les imponga la ceniza, a la vez que dice: «Acordaos de que sois polvo, y en polvo os convertiréis»; o, «Convertíos y creed el Evangelio».
Estas dos frases no tienen un sentido contradictorio. Se complementan, y si sabemos unirlas, nos dan el sentido profundo de lo que la Iglesia quiere que vivamos en este tiempo litúrgico: una nueva Conversión en nuestro vivir cristiano.
¿Con qué disposición hemos de comenzar a vivir estos días? Josemaría Escrivá, en Es Cristo que pasa, n. 57, nos recuerda: «hemos entrado en el tiempo de Cuaresma: tiempo de penitencia, de purificación, de conversión. No es tarea fácil. El cristianismo no es camino cómodo: no basta estar en la Iglesia y dejar que pasen los años. En la vida nuestra, en la vida de los cristianos, la conversión primera –ese momento único, que cada uno recuerda, en el que se advierte claramente todo lo que el Señor nos pide– es importante; pero más importantes aún, y más difíciles, son las sucesivas conversiones.
Y para facilitar la labor de la gracia divina con estas conversiones sucesivas, hace falta mantener el alma joven, invocar al Señor, saber oír, haber descubierto lo que va mal, pedir perdón» (...).
¿Cuál es la mejor manera de comenzar la Cuaresma?
Renovamos la fe, la esperanza, la caridad. Esta es la fuente del espíritu de penitencia, del deseo de purificación. La Cuaresma no es sólo una ocasión para intensificar nuestras prácticas externas de mortificación: si pensásemos que es sólo eso, se nos escaparía su hondo sentido en la vida cristiana, porque esos actos externos son –repito– fruto de la fe, de la esperanza y del amor.
Para que vivamos esa buena disposición de convertirnos, necesitamos preparar nuestro espíritu para escuchar con atención, y llevar después a la práctica, las luces que el Señor quiere darnos en estos días de Cuaresma. Esa disposición la podemos resumir en tres palabras: perdonar y pedir perdón.
Al bendecir la ceniza el sacerdote puede decir esta oración «Oh Dios, que no quieres la muerte del pecador, sino su arrepentimiento, escucha con bondad nuestras súplicas y dígnate bendecir esta ceniza que vamos a imponer sobre nuestra cabeza; y porque sabemos que somos polvo y al polvo hemos de volver, concédenos, por medio de las prácticas cuaresmales, el perdón de los pecados, así podremos alcanzar, a imagen de tu Hijo resucitado, la vida nueva de tu Reino».
Todo comienza por pedir al Señor, humildemente, perdón por nuestros pecados, por nuestras faltas de amor a Él y de amor al prójimo. «Si al llevar tu ofrenda al altar recuerdas que tu hermano tiene algo contra ti, deja allí tu ofrenda delante del altar; vete primero a reconciliarte con tu hermano, y vuelve después para presentar tu ofrenda» (Mt. 5, 23-24)
Esa petición de perdón, y pensar en la alegría de Cristo al perdonarnos nuestros pecados, moverá nuestra alma a perdonar de todo corazón las ofensas, las injusticias, los malos tratos, las injurias, los abandonos, que hayamos podido recibir, y a no permitir que ni la menor semilla de odio, de rencor, de venganza, anide en nuestro corazón.
Perdonar como nos perdona Cristo. Así tendremos la humildad de espíritu tan necesaria para vivir nuestra vida en unión con Cristo, y siguiendo sus pasos, que nos lo ha señalado con estas palabras: «Aprended de Mí que soy manso y humilde de corazón». Y pidiendo perdón al Señor en el sacramento de la Reconciliación, la Confesión, como León XIV se lo ha recordado a los sacerdotes de Madrid:
«Por eso, queridos hijos, celebrad los sacramentos con dignidad y fe, siendo conscientes de que lo que en ellos se produce es la verdadera fuerza que edifica la Iglesia y que son el fin último al que se ordena todo nuestro ministerio. Pero no olvidéis que vosotros no sois la fuente, sino el cauce, y que también necesitáis beber de esa agua. Por eso, no dejéis de confesaros, de volver siempre a la misericordia que anunciáis».
Mensajes de Cuaresma
En muchos mensajes de Cuaresma, los Papas nos recuerdan las tres obras clásicas recomendadas por santos y doctores espirituales para vivir bien la Cuaresma: «oración, ayuno, limosna».
«La Cuaresma es un tiempo propicio para intensificar la vida del espíritu a través de los medios santos que la Iglesia nos ofrece: el ayuno, la oración y la limosna. En la base de todo está la Palabra de Dios, que en este tiempo nos invita a escuchar y a meditar con mayor frecuencia». (Francisco, Mensaje de Cuaresma, 2017).
Perdonando y pidiendo perdón, nuestra oración llegará al cielo; nuestro ayuno nos llevará a no buscarnos a nosotros mismo en nuestras acciones, y a querer dar gloria a Dios en todo lo que realizamos; y nuestra limosna, será acompañar a los necesitados, animar a los pecadores para que se arrepientan.
Nuestra oración es una honda manifestación de Fe que brota desde el fondo de nuestra alma. Fe que nos lleva a tener una confianza plena en Cristo, a unirnos con Él en su Vida, a conocerle mejor, y así, tendremos la alegría de calmar su sed. Y abre nuestro corazón para que amemos al Señor con todas nuestras fuerzas, y con lo mejor de nosotros mismos.
Nuestro ayuno nos lleva a desprendernos de nosotros mismos, a buscar solamente la gloria de Dios en todas nuestras acciones, a no pensar siempre en nosotros mismos y no a darnos vueltas con preocupaciones o recuerdos inútiles. Ayunar de nosotros y de nuestros intereses, elevará nuestro corazón, nuestra alma para tener hambre de amar a Cristo, de vivir con Él, y alimentarnos de verdad de su Palabra, y decirle con san Pedro: «Tú tienes palabras de vida eterna» (Jn. 6, 68). Y nosotros renovaremos nuestra Esperanza en el Señor, que nos abre el horizonte de la Vida Eterna.
En su Mensaje de Cuaresma, León XIV nos sugiere vivir una abstinencia que puede hacernos un gran bien a nuestro espíritu:
«Por eso, me gustaría invitarles a una forma de abstinencia muy concreta y a menudo poco apreciada, es decir, la de abstenerse de utilizar palabras que afectan y lastiman a nuestro prójimo. Empecemos a desarmar el lenguaje, renunciando a las palabras hirientes, al juicio inmediato, a hablar mal de quienes están ausentes y no pueden defenderse, a las calumnias.
Esforcémonos, en cambio, por aprender a medir las palabras y a cultivar la amabilidad: en la familia, entre amigos, en el lugar de trabajo, en las redes sociales, en los debates políticos, en los medios de comunicación y en las comunidades cristianas. Entonces, muchas palabras de odio darán paso a palabras de esperanza y paz».
Nuestra limosna nos llevará a ser generosos en servir a los demás y seguir así los pasos de Cristo que nos ha dicho «El Hijo del hombre no ha venido a ser servido sino a servir; y a dar su vida en redención de muchos» (Mt. 20, 28). Tenemos muchas personas a nuestro alrededor que además de necesitar en algunos casos una ayuda material, necesitan nuestro afecto, nuestra comprensión, nuestra compañía. Y nuestra Caridad purificará nuestro espíritu, adorando a Jesús en el Santísimo Sacramento del Altar: la más honda limosna de amor que ofrecemos a Dios.
Viviendo la oración, el ayuno y la limosna, estamos acompañando a Cristo en las tentaciones en el desierto, con nuestra Fe, con nuestra Esperanza y con nuestra Caridad.
Con nuestra Fe uniéndonos a su respuesta al diablo en la primera tentación: «No sólo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que procede de la boca de Dios» (Mt. 4, 4). Fe que nos ayuda a descubrir su corazón amoroso en todas las dificultades –en todas las piedras que podamos encontrar en nuestro camino– y llevar con Él, nuestra cruz de cada día. Él es, será siempre nuestro Pan.
Con el ayuno de nosotros mismos, y alimentándonos de su Pan, reviviremos nuestra Esperanza en la Encarnación de Nuestro Señor Jesucristo, y no tentaremos a Dios pidiéndole que haga cosas extraordinarias para deslumbrarnos, y forzarnos, de alguna manera, a seguirle, como pretendió el diablo en la segunda tentación. Uniremos nuestras penas, sacrificios y sufrimientos en la vida y en el trabajo cotidiano, a los que Él vive en su afán de redimirnos del pecado.
Y lo haremos sin llamar la atención, en el silencio de nuestra alma, en el secreto de nuestro corazón, como Él nos lo recordó: «Cuando ayudéis no os finjáis tristes como los hipócritas, que desfiguran su rostro para que los hombres noten que ayunan» (Mt 6, 16).
Con la limosna de amor, la Caridad, le daremos a Él todo nuestro corazón, a Él solo adoraremos, a Él solo serviremos, cuando salgamos al encuentro de las necesidades materiales y espirituales de las personas con las que convivimos, de las personas de nuestras familias, de nuestros amigos, y de los que el Señor quiera que nos encontremos en nuestra caminar. ¡Son tantos los que nos esperan al borde del camino de nuestra vida, como aquel hombre maltratado por los bandidos esperó el paso del buen samaritano!
Cuaresma: el pecado y el perdón de Dios
En acompañar a Cristo en estos días de Cuaresma, estamos viviendo con Él su triunfo sobre las tres concupiscencias que nos van a tentar hasta que terminemos nuestro caminar en la tierra: el demonio, el mundo y la carne, y nos preparamos para gozar con Él el triunfo de su Resurrección, en la que, además de esas tres tentaciones, quedan vencidas la muerte y el pecado. La luz de la Resurrección de Cristo deja ciego al diablo en nuestra alma. Abrimos los ojos del cuerpo y del espíritu al horizonte de la Vida Eterna.
En el Evangelio de cuarto domingo de Cuaresma se narra el encuentro del Señor con un hombre ciego de nacimiento. Jesucristo hace el milagro de devolverle la vista, y nos recuerda que Él es la luz del mundo: «Mientras estoy en el mundo, soy la luz del mundo».
Llenos de la luz del Señor, de sus enseñanzas, de sus mandamientos, no nos dejaremos engañar de esas palabras del diablo en la tercera tentación: «te daré todo el mundo, todo lo que estás viendo, si me adoras». No venderemos nuestra alma al diablo, y no caeremos tampoco en la seducción de las perspectivas puramente materiales y de triunfo propio que nos puede ofrecer este mundo, y que anhelan llenar nuestro orgullo y nuestra soberbia: nuestra carne, nuestro egoísmo.
Adoraremos solo al Señor
¿Cómo podemos vencer esas tentaciones, seguir los mandamientos y vivir con Cristo, que purifica nuestro corazón, y hacer así de nuestra vida, una verdadera vida “escondida con Cristo en Dios”? El salmo 94, 8, nos lo indica: «No endurezcáis vuestro corazón; escuchad la voz del Señor».
El Señor nos habla con su vida, y con sus palabras recogidas en los Evangelios, y nos muestra también el camino para que podamos vivir escondidos con Él en Dios –«Yo soy el Camino, la Verdad, la Vida»–: instituye la Eucaristía, y nos invita a alimentarnos con su Cuerpo y su Sangre.
Al recibir con fe y amor a Cristo en la Eucaristía, y viviendo con Él la Santa Misa, nuestra vida de Fe, de Esperanza y de Caridad, se asienta hondamente en nuestra alma. ¿Cómo y por qué? Porque hacemos un acto de Fe en la divinidad y humanidad de Cristo; en sus palabras, en su Resurrección y en la Vida Eterna. Cristo celebra la Misa, a Cristo comemos, y Él es la Vida Eterna.
Al recibirle, después de ofrecer con Él, y movidos por el Espíritu Santo, su vida a Dios Padre, vivimos la Esperanza del Cielo: “Quien come mi Carne y bebe mi Sangre, tiene vida eterna”; La Iglesia nos recuerda que la Eucaristía es “prenda de vida eterna”.
Y viviendo con Cristo aprendemos a amar a nuestros hermanos, a todos los hombres, como Él los ama. El poder vivir la Misa “con Cristo, en Cristo y por Cristo” es ya un adelanto de vivir del Amor que Dios nos tiene; y recibir a Cristo entregado a nosotros en la Eucaristía, es recibir en nuestro cuerpo y en nuestra alma, el Amor más grande que Cristo nos ofrece en la tierra: la donación total de todo su Ser, para nuestra salvación.
Siguiendo este caminar, y renovando nuestra Fe, nuestra Esperanza, y nuestra Caridad, al contemplar la Pasión y Muerte de Cristo, que vivimos el Viernes Santo, y en los misterios dolorosos del Santo Rosario, viviremos también en el Espíritu Santo y con la Santísima Virgen, el gozo de la Resurrección.
Tabla de contenidos
Ernesto Juliá, (ernesto.julia@gmail.com) | Publicado anteriormente en Religión Confidencial.
La Iglesia nos propone a todos los cristianos seguir el ejemplo de Cristo en su retiro al desierto, nos preparamos, en este tiempo de Cuaresma para la celebración de las solemnidades pascuales, con la purificación del corazón, y una actitud penitencial.
El papa León XIV ha remitido a toda la Iglesia su primer mensaje sobre la Cuaresma. En 2026 nos pide que centremos esta época fuerte en escuchar y ayudar con fe y humildad.
Como cristianos, cuando vivimos consiente y activamente todas las partes de una Misa, revivimos el sacrificio de Cristo en la cruz. El Papa Francisco señalaba que a través de la Misa los cristianos recibimos el amor y la misericordia de Dios, y nos abrimos a una vida nueva gracias a la Resurrección.
Preguntas frecuentes
– ¿Cuál es el significado de la Cuaresma?
La Cuaresma son 40 días antes de la Pascua, un tiempo especial para prepararnos para la fiesta más importante del cristianismo: la Resurrección de Jesús. Este periodo de reflexión y cambio empezó a ser reconocido por la Iglesia desde el siglo IV, como un momento para renovarnos, practicar la penitencia y acercarnos más a Dios.<br><br>En el Catecismo de la Iglesia Católica (540) se nos dice que "la Iglesia se une todos los años, durante los cuarenta días de la Gran Cuaresma, al Misterio de Jesús en el desierto". Así como Jesús pasó 40 días en el desierto para prepararse para su misión, nosotros usamos estos días para purificar nuestro corazón, reforzar nuestra vida cristiana y vivir con una actitud penitencial. Es un tiempo para volver a lo esencial, reflexionar sobre nuestra vida y fortalecer nuestra relación con Dios.
– ¿Por qué celebra la Iglesia la Cuaresma?
La Iglesia nos invita a vivir la Cuaresma como un tiempo de retiro espiritual, un espacio para hacer una pausa y reflexionar. Es un momento para fortalecer nuestra relación con Dios a través de la oración y la meditación, pero también para hacer un esfuerzo personal, como una especie de "desintoxicación espiritual", en la que dejamos de lado lo que nos aleja de Él.
Este esfuerzo de mortificación (como el ayuno o la limosna) es algo que cada uno decide de acuerdo a lo que puede dar, pero siempre con generosidad. La Cuaresma no es solo un sacrificio, sino una oportunidad para crecer y prepararnos para la gran fiesta de la Pascua: la Resurrección de Jesús. Es el momento para una conversión profunda, para renovar nuestro corazón y estar más preparados para vivir el Domingo de la Resurrección con alegría y paz.
– ¿Cuándo empieza y cuándo termina el tiempo de Cuaresma?
La Cuaresma empieza el Miércoles de Ceniza y termina justo antes de la Misa de Jueves Santo, la Misa de la Cena del Señor. Es un tiempo para prepararnos, de manera más intensa, para vivir la Pascua.
– ¿Cuál es el sentido de practicar el ayuno y la abstinencia?
El ayuno y la abstinencia son formas que nos propone la Iglesia para crecer en el espíritu de penitencia. Pero, más allá de los actos externos, lo importante es la conversión interior. No se trata solo de lo que hacemos por fuera, sino de cambiar nuestra actitud y acercarnos más a Dios con el corazón. Si no hay un cambio interior, el ayuno pierde su sentido.<br><br>Además del ayuno de la comida, el ayuno se puede vivir de forma más amplia. A veces, ayunar significa dejar de lado cosas buenas, como redes sociales, series, música o incluso algunas comodidades, como sacrificio para centrarnos más en Dios.
Pero el ayuno también implica luchar contra aquellos hábitos o actitudes que nos alejan de Él. Puede ser un "ayuno" del mal humor, de mirarnos demasiado en el espejo, o de las prisas al rezar. Se trata de hacer esfuerzos conscientes por mejorar en los aspectos de nuestra vida que no nos ayudan a acercarnos a Dios.