Homilía del Papa en la Sagrada Familia

La visita del Papa a la basílica de la Sagrada Familia de Barcelona dejó una de esas imágenes que permanecen grabadas en la memoria colectiva de la Iglesia. La bendición de la torre de Jesucristo, la más alta del templo diseñado por Antoni Gaudí, fue mucho más que un acontecimiento arquitectónico o cultural. Fue una ocasión para recordar que la fe sigue iluminando el mundo cuando se expresa a través de la belleza, la verdad y la caridad.

Una Iglesia siempre en construcción

Uno de los mensajes centrales de la homilía fue la comparación entre la basílica y la propia vida cristiana. La Sagrada Familia continúa construyéndose después de más de ciento cuarenta años. Lejos de considerarlo una carencia, el Papa presentó esta realidad como un signo de esperanza.

La Iglesia también está siempre en construcción. Y cada bautizado forma parte de ella como una piedra viva llamada a ocupar un lugar en el proyecto de Dios.

Esta imagen resulta especialmente significativa para quienes dedican su vida al anuncio del Evangelio. La formación cristiana no termina nunca. Sacerdotes, seminaristas, religiosos y laicos estamos llamados a dejarnos moldear continuamente por la gracia para colaborar en la obra que Dios realiza en cada corazón.

La evangelización no consiste únicamente en transmitir conocimientos, sino en ayudar a que Cristo tome forma en las personas.

Postal de principios de siglo de la Sagrada Familia en construcción. Römmler & Jonas
Postal de principios de siglo de la Sagrada Familia en construcción, Römmler & Jonas.

Dios sigue llamando constructores para su Iglesia

Al meditar sobre las palabras dirigidas por Dios al rey David, el Papa recordó una verdad fundamental: no somos nosotros quienes construimos una casa para Dios; es Dios quien construye una casa para nosotros.

Toda vocación nace de esta iniciativa divina

También hoy el Señor continúa llamando a jóvenes de todo el mundo al sacerdocio, a la vida consagrada y a diversas formas de entrega cristiana. Lo hace en ciudades modernas y en pequeñas aldeas, en familias creyentes y en lugares donde la fe apenas sobrevive.

El papa León XIV, durante la eucaristía solemne en la basílica de la Sagrada Familia
El papa León XIV, durante la Eucaristía solemne en la basílica de la Sagrada Familia.

Las vocaciones necesitan ser acompañadas, formadas y sostenidas

Por eso la misión de instituciones como la Fundación CARF adquiere una importancia tan especial para la vida de la Iglesia. La formación integral de sacerdotes, seminaristas y religiosos no es una tarea secundaria. Es una inversión directa en la evangelización del mundo.

Cada sacerdote bien formado será capaz de acompañar miles de almas a lo largo de su ministerio. Cada seminarista que recibe una sólida preparación humana, espiritual, intelectual y pastoral se convierte en una esperanza para innumerables personas que un día encontrarán en él a un pastor.

Gaudí entendió que la belleza conduce a Dios

En el centenario de la muerte de Antoni Gaudí, el Papa quiso recordar al genial arquitecto catalán como un hombre profundamente creyente que puso su talento al servicio de Dios.

La Sagrada Familia no fue concebida únicamente para admirar una obra maestra de la arquitectura. Fue diseñada para anunciar el Evangelio.

Gaudí comprendió algo que la tradición cristiana ha sabido durante siglos: la belleza puede abrir caminos que a veces los discursos no consiguen recorrer.

Quien entra en la basílica descubre una catequesis construida con piedra, luz, color y proporciones. Todo conduce hacia Cristo. Todo invita a la contemplación. Todo habla de Dios.

Pero la belleza necesita intérpretes

La mejor obra de arte puede convertirse en una simple atracción turística si nadie ayuda a descubrir su significado profundo. Por eso la Iglesia necesita sacerdotes bien preparados, capaces de explicar la fe, acompañar espiritualmente y mostrar cómo la belleza creada remite siempre a la Belleza infinita de Dios.

Detalle de la torre de Jesucristo de la Sagrada Familia.
Detalle de la torre de Jesucristo de la Sagrada Familia, David Zorrakino / EP.

La cruz como respuesta al sufrimiento humano

Uno de los momentos más impactantes de la homilía llegó cuando el Papa recordó que no se puede creer en Jesucristo y promover la guerra, matar al inocente o abandonar al que sufre.

Sus palabras resuenan con fuerza en un contexto internacional marcado por conflictos, persecuciones, pobreza y desplazamientos forzosos.

La cruz se convierte así en un signo profético

No es un símbolo de poder humano. Es el signo de un amor que se entrega hasta el extremo. Es la respuesta de Dios al sufrimiento del mundo.

Precisamente por eso la formación de los futuros sacerdotes y evangelizadores no puede limitarse a la adquisición de conocimientos teológicos. Debe preparar corazones capaces de acompañar el dolor humano, anunciar la esperanza y llevar el consuelo de Cristo a quienes más lo necesitan.

Evangelizar por la belleza, verdad y caridad

Quizá el mensaje más actual de esta homilía sea la estrecha relación entre evangelización y belleza.

En una cultura dominada por la imagen, la Iglesia sigue encontrando en el arte, la arquitectura, la música y la cultura caminos privilegiados para acercar las personas a Dios. Sin embargo, esos caminos necesitan testigos creíbles.

La belleza abre la puerta. La verdad ilumina la inteligencia. La caridad transforma el corazón.

Por eso la Iglesia necesita hombres y mujeres bien formados que sepan dialogar con el mundo contemporáneo sin renunciar a la riqueza del Evangelio.

La Sagrada Familia, con sus torres que se elevan hacia el cielo, nos recuerda que toda auténtica evangelización ayuda al ser humano a levantar la mirada. Y que detrás de cada gran obra de la Iglesia hay siempre personas que han respondido generosamente a la llamada de Dios.

La construcción de la basílica continúa. También continúa la construcción de la Iglesia. Y para esta tarea siguen siendo indispensables las vocaciones, la formación y la generosidad de quienes colaboran para que el mensaje de Cristo llegue a todos los rincones del mundo.

Homilía Papa León XIV en la Sagrada Familia, Barcelona

Homilía completa

Basílica de la Sagrada Família (Barcelona)
Miércoles, 10 de junio de 2026

[Español y catalán]

«Senyor, sobirà nostre, que n’és, de gloriós, el vostre nom per tota la terra!» (Sl 8,2.10). Con la alabanza de este salmo, tan lleno de alegría y asombro, os saludo a todos vosotros, queridos hermanos y hermanas. Expreso mi agradecimiento a Sus Majestades, doy las gracias al Cardenal Juan José Omella, Arzobispo de Barcelona, así como a los demás hermanos en el Episcopado y a todos los que se unen a nuestra oración: sacerdotes, diáconos, religiosos y religiosas.

En esta tarde de fiesta para toda la ciudad de Barcelona, extiendo mi saludo agradecido a las autoridades públicas, así como a los miembros de otras comunidades cristianas y de otras religiones que participan en nuestra acción de gracias.

Avui la Basílica de la Sagrada Família ens acull en aquesta bella ciutat, obrint les seves portes com si fossin braços que conviden a cadascú en aquest altar a escoltar la Paraula de Déu. És un temple que ens constitueix en una família estimada pel Senyor, alimentada per la seva pròpia vida en l’Eucaristia. Així és com la ciutat comtal i tota Catalunya es reuneixen en aquest temple, signe també d’unitat i de  concòrdia, i aixequen la seva mirada per trobar-se amb el rostre de Déu Pare, resplendent en el seu Fill fet home, Jesucrist.

El papa Benedicto ya la consagró

Tot donant gràcies al Senyor per la seva caritat vers nosaltres, el lloem per tot el que realitza en la nostra vida. Li donem gràcies en especial per aquesta extraordinària basílica, que el Papa Benet XVI va consagrar el 2010, recordant que és signe visible del Déu invisible, i que per la seva glòria s’alcen les torres (cf. Homilia per a la consagració, 7 de novembre 2010). En continuïtat amb la pregària del meu Predecessor, en uns moments beneiré la torre més alta, la de Jesucrist.

[Hoy la Basílica de la Sagrada Familia nos acoge en esta hermosa ciudad, abriendo sus puertas como si fueran sus brazos para invitar a cada uno a este altar, a escuchar la Palabra de Dios. Es un templo que nos constituye en una familia amada por el Señor, alimentada por su propia vida en la Eucaristía. Así es como la ciudad condal y toda Cataluña se reúnen en este templo, signo también de unidad y de concordia, y alzan su mirada para encontrarse con el rostro de Dios Padre, resplandeciente en su Hijo hecho hombre, Jesucristo.

Mientras damos gracias al Señor por su caridad hacia nosotros, le alabamos por lo que obra en nuestra vida. Le damos gracias en particular por esta extraordinaria basílica, que el Papa Benedicto XVI consagró en 2010, recordando que es signo visible del Dios invisible, por cuya gloria se alzan sus torres (cf. Homilía para la consagración, 7 noviembre 2010). En continuidad con la oración de mi Predecesor, dentro de unos momentos bendeciré la torre más alta, la de Jesucristo.]

Mucho más que un monumento

Esta iglesia es un único edificio, compuesto por muchas piedras. Una casa que crece con constancia a lo largo de los años, siguiendo un mismo proyecto. Todos nosotros somos las piedras vivas de esta obra, que tiene a Cristo como fundamento y culmen, principio y fin. Mucho más que un monumento, la basílica de la Sagrada Familia sigue siendo hoy una obra en construcción, que nos recuerda cómo la vida cristiana es siempre un camino, porque se trata de un proyecto que Dios lleva a cabo.

No habitamos, pues, una obra inacabada, sino un templo aún en construcción. Su imperfección no es un defecto, porque da testimonio de un deseo; no significa una carencia, sino que expresa una promesa que queremos honrar con coherencia. Nuestra gratitud se convierte entonces en compromiso, al tiempo que cooperamos en el proyecto de Dios, es decir, en la construcción a la que Él mismo nos llama. Puesto que somos templo del Espíritu Santo (cf. 1 Co 6,16.19), esta obra coincide con nuestra vida, que Dios concibe como una obra maestra que debemos realizar juntos y nos llama a colaborar con Él (cf. 1 Co 3,9).

A este respecto, guardamos en nuestro corazón las palabras que el Señor dirigió al rey David: «¿Tú me vas a construir una casa para morada mía?» (2 Sam 7,5). Al contrario, «el Señor te anuncia que te va a edificar una casa» (v. 11).

Con este anuncio, la Escritura nos enseña que no somos nosotros quienes damos un lugar a Dios, como si fuera un elemento de una serie o parte de un todo mayor que Él. Es Dios en cambio quien nos da un lugar, y el lugar que nos regala es su propio corazón: el lugar del Hijo, para nosotros que éramos extraños; el lugar del Amado, para nosotros que somos pecadores.

El Señor, con nosotros

Esta voluntad suya se cumple a través de Jesús; podemos entonces comprender el sentido de lo que hemos escuchado en el Evangelio, cuando el Señor dice a los fariseos: «Si no creéis que “Yo soy”, moriréis en vuestros pecados» (Jn 8,24).

Palabras fuertes, que no son en absoluto amenazas, ni un chantaje. Son una invitación a la salvación, es decir, un llamamiento a la libertad por parte de Cristo, que quiere para nosotros el bien definitivo, eterno.

Ante la amenaza del mal, el Señor está siempre con nosotros, siempre a nuestro favor. “Yo soy”: este es el Nombre Santísimo que Dios entregó a Moisés desde la zarza ardiente, revelando su inquebrantable fidelidad. Hecho hombre, Él se convierte para nosotros en el Emmanuel, fuente de gracia y perdón, de salvación y de vida nueva.

Queridos hermanos, no podemos creer en Jesús y promover la guerra. No podemos creer en Jesús y matar al inocente. No podemos creer en Jesús y abandonar a quien sufre, a quien llora, a quien huye de la miseria.

En aquesta nit, doncs, la Creu de Crist, que corona aquesta basílica, és la Creu dels últims, que es tornen els primers,  dels pecadors que es tornen sants, dels morts que ressusciten.

Les tres façanes de la Sagrada Família en donen testimoni: el Primer es fa el darrer per a nosaltres en el Nadal; amb el seu sacrifici ens redimeix mitjançant la Passió; la seva mort ens dóna la vida eterna fent-nos partícips de la glòria divina. En admirar la torre de Jesucrist, alcem la mirada cap a Ell, cap a Aquell que ens revela la veritat de Déu i la veritat de nosaltres mateixos.

Mirant Crist podem veure el món amb ulls renovats: la torre de la creu es converteix aleshores en un estàndard de caritat, perquè Déu ens estima així, transformant un instrument de mort en signe d’esperança. En la creu de Jesús la nostra fe aconsegueix el cim, com professa la inscripció que es troba en la base de l’agulla: “Tu solus Sanctus, Tu solus Dominus, tu solus Altíssimus”. Aquesta creu brilla de dia, reflectint la llum del sol i brilla de nit, il·luminant la ciutat com un far obert al Mediterrani.

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[Esta noche recordemos, pues, que la Creu de Crist, que corona esta basílica, és la Creu dels últims que se vuelven los primeros, de los pecadores que se vuelven santos, de los muertos que resucitarán. Las tres fachadas de la Sagrada Familia lo atestiguan: el Primero se hace el último por nosotros en la Natividad; con su sacrificio nos redime mediante la Pasión; su muerte nos da la vida eterna haciéndonos partícipes de la gloria divina.

Al admirar la torre de Jesucristo, alzamos la mirada hacia Él, hacia Aquel que sólo nos revela la verdad de Dios y la verdad de nosotros mismos. Mirando a Cristo podemos ver el mundo con ojos renovados: la torre de la cruz se convierte entonces en estandarte de caridad, porque Dios nos ama así, transformando un instrumento de muerte en signo de esperanza.

En la cruz de Jesús nuestra fe alcanza su culmen, como profesa la inscripción que se encuentra en la base de la aguja: “Tu solus Sanctus, Tu solus Dominus, tu solus Altissimus”. Esta cruz brilla de día, reflejando la luz del sol, y brilla de noche, iluminando la ciudad como un faro abierto al Mediterráneo.]

La luz del Resucitado

Sí, la luz de Cristo brilla en las tinieblas, aunque las tinieblas no la hayan acogido (cf. Jn 1,5.11). Sin embargo, este rechazo no hace que falte el amor de Dios: «Cuando hayáis levantado al Hijo del hombre —dice el Señor— entonces sabréis que Yo Soy y que nada hago por mí mismo, sino que hablo como el Padre me ha enseñado» (Jn 8,28).

Es necesario pasar por la pasión del Crucificado para ser iluminados por la gloria del Resucitado: desde siempre, en efecto, el Padre enseña a dar la vida y el Hijo, que la recibe de Él, la da a todos con el poder del Espíritu Santo. He aquí por qué precisamente la cruz es el signo luminoso de su amor.

És la fe que dóna forma a les pedres i sentit a l’edifici que habitem junts. En la nostra pregària descobrim, per tant, el vincle originari de les coses amb Déu, creador del cel i de la terra: Ell és l’artista que ha imprès el seu esplendor en el cosmos.

Creat a la seva imatge, l’home respon a l’obra de Déu amb el seu propi enginy: així es com l’artista converteix el talent en lloança i la creativitat en testimoni del mateix Creador. Com arquitecte ardent de fe, el venerable Antoni Gaudi va concebre aquests espais amb el desig de narrar els misteris de la vida del Senyor: d’aquesta manera ens ha proposat un pelegrinatge espiritual, que condueix a la trobada amb Crist nascut, mort i ressuscitat per nosaltres.

Juntament amb Gaudí, de qui commemorem el centenari de la seva mort, recordem i donem gràcies en aquesta tarda a tots els promotors i benefactors, als artistes i als treballadors que cooperen en la construcció d’una obra mestra arquitectònica, que és també una eloqüent catequesi feta de pedres, colors i llum.

En la saviesa, l’Església renova així la Biblia pauperum de les antigues catedrals, que són elles mateixes missatges d’evangelització d’una gran riquesa. En aquest temps de la imatge, resulta encara més evident com l’art i la bellesa son eminents canals d’evangelització.

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[Es precisamente la fe la que da forma a las piedras y sentido al edificio que habitamos juntos. En nuestra oración descubrimos, por tanto, el vínculo originario de las cosas con Dios, creador del cielo y de la tierra: Él es el artista que ha impreso su esplendor en el cosmos. Creado a su imagen, el hombre responde a la obra de Dios con su propio ingenio: así es como el artista convierte el talento en alabanza y la creatividad en testimonio del mismo Creador.

Como arquitecto ardiente de fe, el venerable Antoni Gaudí concibió estos espacios con el deseo de narrar los misterios de la vida del Señor: de este modo nos ha propuesto una peregrinación espiritual, que conduce al encuentro con Cristo nacido, muerto y resucitado por nosotros. Junto con Gaudí, de quien conmemoramos el centenario de su muerte, recordamos y damos las gracias esta tarde a todos los promotores y benefactores, a los artistas y a los trabajadores que cooperan en la construcción de una obra maestra arquitectónica, que es también una elocuente catequesis hecha de piedras, colores y luz.

En su sabiduría, la Iglesia renueva así la Biblia pauperum de las antiguas catedrales, que son en sí mismas mensajes de evangelización de gran riqueza. En este tiempo de la imagen, resulta aún más evidente cómo el arte y la belleza son eminentes canales de evangelización.]

Estimats germans i germanes, la belleza de este templo nos anima a aprender cada vez más de nuestro Maestro y Señor el arte de vivir según su Evangelio. Mientras alzamos la mirada hacia Él, el Crucificado Resucitado, comprometámonos a levantar el rostro de quienes yacen en el polvo (cf. 1 Sam 2,8).

Y demostremos así que la Sagrada Familia es la iglesia más alta del mundo, no para destacar en clasificaciones mundanas, sino para guiar los pasos del pueblo de Dios que peregrina en esta tierra de Cataluña, con la cruz que ilumina el camino, como una lámpara encendida en la espera del regreso del Esposo.



Salmo 23: la confianza en Dios y la figura de Cristo como Buen Pastor

En 2011, en la audiencia general de la Plaza de San Pedro, en Roma, el papa Benedicto XVI dedicaba el encuentro a desgranar salmo 23, el conocidísimo del Buen Pastor.

Queridos hermanos y hermanas:

Dirigirse al Señor en la oración implica un acto radical de confianza, con la conciencia de fiarse de Dios, que es bueno, «compasivo y misericordioso, lento a la ira y rico en clemencia y lealtad» (Ex 34, 6-7; Sal 86, 15; cf. Jl 2, 13; Gn 4, 2; Sal 103, 8; 145, 8; Ne 9, 17). Por ello hoy quiero reflexionar con vosotros sobre un Salmo impregnado totalmente de confianza, donde el salmista expresa su serena certeza de ser guiado y protegido, puesto al seguro de todo peligro, porque el Señor es su pastor. Se trata del Salmo 23 —según la datación grecolatina, 22—, un texto familiar a todos y amado por todos.

La confianza en Dios que inspira el Salmo 23

El Señor es mi pastor, nada me falta»: así empieza esta bella oración, evocando el ambiente nómada de los pastores y la experiencia de conocimiento recíproco que se establece entre el pastor y las ovejas que componen su pequeño rebaño. La imagen remite a un clima de confianza, intimidad y ternura: el pastor conoce una a una a sus ovejas, las llama por su nombre y ellas lo siguen porque lo reconocen y se fían de él (cf. Jn 10, 2-4).

Él las cuida, las custodia como bienes preciosos, dispuesto a defenderlas, a garantizarles bienestar, a permitirles vivir en la tranquilidad. Nada puede faltar si el pastor está con ellas. A esta experiencia hace referencia el salmista, llamando a Dios su pastor, y dejándose guiar por él hacia praderas seguras:

«En verdes praderas me hace recostar; me conduce hacia fuentes tranquilas y repara mis fuerzas; me guía por el sendero justo, por el honor de su nombre» (vv. 2-3).

Confianza en Dios, un texto de Benedicto XVI acerca del salmo 23

El Señor es mi pastor: una guía segura en la vida

La visión que se abre ante nuestros ojos es la de praderas verdes y fuentes de agua límpida, oasis de paz hacia los cuales el pastor acompaña al rebaño, símbolos de los lugares de vida hacia los cuales el Señor conduce al salmista, quien se siente como las ovejas recostadas sobre la hierba junto a una fuente, en un momento de reposo, no en tensión o en estado de alarma, sino confiadas y tranquilas, porque el sitio es seguro, el agua es fresca, y el pastor vigila sobre ellas.

Y no olvidemos que la escena evocada por el Salmo está ambientada en una tierra en gran parte desértica, azotada por el sol ardiente, donde el pastor seminómada de Oriente Medio vive con su rebaño en las estepas calcinadas que se extienden en torno a los poblados. Pero el pastor sabe dónde encontrar hierba y agua fresca, esenciales para la vida, sabe conducir al oasis donde el alma «repara sus fuerzas» y es posible recuperar las fuerzas y nuevas energías para volver a ponerse en camino.

Como dice el salmista, Dios lo guía hacia «verdes praderas» y «fuentes tranquilas», donde todo es sobreabundante, todo es donado en abundancia. Si el Señor es el pastor, incluso en el desierto, lugar de ausencia y de muerte, no disminuye la certeza de una presencia radical de vida, hasta llegar a decir: «nada me falta».

El pastor, en efecto, se preocupa por el bienestar de su rebaño, acomoda sus propios ritmos y sus propias exigencias a las de sus ovejas, camina y vive con ellas, guiándolas por senderos «justos», es decir aptos para ellas, atendiendo a sus necesidades y no a las propias. Su prioridad es la seguridad de su rebaño, y es lo que busca al guiarlo.

Queridos hermanos y hermanas, también nosotros, como el salmista, si caminamos detrás del «Pastor bueno», aunque los caminos de nuestra vida resulten difíciles, tortuosos o largos, con frecuencia incluso por zonas espiritualmente desérticas, sin agua y con un sol de racionalismo ardiente, bajo la guía del pastor bueno, Cristo, debemos estar seguros de ir por los senderos «justos», y que el Señor nos guía, está siempre cerca de nosotros y no nos faltará nada.

La confianza en Dios en medio de las dificultades

Por ello el salmista puede declarar una tranquilidad y una seguridad sin incertidumbres ni temores:

«Aunque camine por cañadas oscuras, nada temo, porque tu vas conmigo: tu vara y tu cayado me sosiegan» (v. 4).

Quien va con el Señor, incluso en los valles oscuros del sufrimiento, de la incertidumbre y de todos los problemas humanos, se siente seguro. Tú estás conmigo: esta es nuestra certeza, la certeza que nos sostiene. La oscuridad de la noche da miedo, con sus sombras cambiantes, la dificultad para distinguir los peligros, su silencio lleno de ruidos indescifrables. Si el rebaño se mueve después de la caída del sol, cuando la visibilidad se hace incierta, es normal que las ovejas se inquieten, existe el riesgo de tropezar, de alejarse o de perderse, y existe también el temor de que posibles agresores se escondan en la oscuridad.

Para hablar del valle «oscuro», el salmista usa una expresión hebrea que evoca las tinieblas de la muerte, por lo cual el valle que hay que atravesar es un lugar de angustia, de amenazas terribles, de peligro de muerte. Sin embargo, el orante avanza seguro, sin miedo, porque sabe que el Señor está con él. Aquel «tu vas conmigo» es una proclamación de confianza inquebrantable, y sintetiza una experiencia de fe radical; la cercanía de Dios transforma la realidad, el valle oscuro pierde toda peligrosidad, se vacía de toda amenaza. El rebaño puede ahora caminar tranquilo, acompañado por el sonido familiar del bastón que golpea sobre el terreno e indica la presencia tranquilizadora del pastor.

Esta imagen confortante cierra la primera parte del Salmo, y da paso a una escena diversa. Estamos todavía en el desierto, donde el pastor vive con su rebaño, pero ahora somos transportados bajo su tienda, que se abre para dar hospitalidad:

«Preparas una mesa ante mí, enfrente de mis enemigos; me unges la cabeza con perfume, y mi copa rebosa» (v. 5).

La Santa Misa y la Plenitud de los Tiempos

Ahora se presenta al Señor como Aquel que acoge al orante, con los signos de una hospitalidad generosa y llena de atenciones. El huésped divino prepara la comida sobre la «mesa», un término que en hebreo indica, en su sentido primitivo, la piel del animal que se extendía en la tierra y sobre la cual se ponían las viandas para la comida en común.

Se trata de un gesto de compartir no sólo el alimento sino también la vida, en un ofrecimiento de comunión y de amistad que crea vínculos y expresa solidaridad. Luego viene el don generoso del aceite perfumado sobre la cabeza, que mitiga de la canícula del sol del desierto, refresca y alivia la piel, y alegra el espíritu con su fragrancia. Por último, el cáliz rebosante añade una nota de fiesta, con su vino exquisito, compartido con generosidad sobreabundante. Alimento, aceite, vino: son los dones que dan vida y alegría porque van más allá de lo que es estrictamente necesario y expresan la gratuidad y la abundancia del amor.

El Salmo 104, celebrando la bondad providente del Señor, proclama: «Haces brotar hierba para los ganados, y forraje para los que sirven al hombre. Él saca pan de los campos, y vino que alegra el corazón; aceite que da brillo a su rostro y el pan que le da fuerzas» (vv. 14-15).

El salmista se convierte en objeto de numerosas atenciones, por ello se ve como un viandante que encuentra refugio en una tienda acogedora, mientras que sus enemigos deben detenerse a observar, sin poder intervenir, porque aquel que consideraban su presa se encuentra en un lugar seguro, se ha convertido en un huésped sagrado, intocable. Y el salmista somos nosotros si somos realmente creyentes en comunión con Cristo. Cuando Dios abre su tienda para acogernos, nada puede hacernos mal.

Luego, cuando el viandante parte nuevamente, la protección divina se prolonga y lo acompaña en su viaje: «Tu bondad y tu misericordia me acompañan todos los días de mi vida, y habitaré en la casa del Señor por años sin término» (v. 6).

La bondad y la fidelidad de Dios son la escolta que acompaña al salmista que sale de la tienda y se pone nuevamente en camino. Pero es un camino que adquiere un nuevo sentido, y se convierte en peregrinación hacia el templo del Señor, el lugar santo donde el orante quiere «habitar» para siempre y al cual quiere «regresar». El verbo hebreo utilizado aquí tiene el sentido de «volver», pero, con una pequeña modificación vocálica, se puede entender como «habitar», y así lo recogen las antiguas versiones y la mayor parte de las traducciones modernas.

Se pueden mantener los dos sentidos: volver al templo y habitar en él es el deseo de todo israelita, y habitar cerca de Dios, en su cercanía y bondad, es el anhelo y la nostalgia de todo creyente: poder habitar realmente donde está Dios, cerca de Dios. El seguimiento del Pastor conduce a su casa, es la meta de todo camino, oasis deseado en el desierto, tienda de refugio al huir de los enemigos, lugar de paz donde se experimenta la bondad y el amor fiel de Dios, día tras día, en la alegría serena de un tiempo sin fin.

Las imágenes de este Salmo, con su riqueza y profundidad, acompañaron toda la historia y la experiencia religiosa del pueblo de Israel, y acompañan a los cristianos. La figura del pastor, en especial, evoca el tiempo originario del Éxodo, el largo camino en el desierto, como un rebaño bajo la guía del Pastor divino (cf. Is 63, 11-14; Sal 77, 20-21; 78, 52-54). Y en la Tierra Prometida era el rey quien tenía la tarea de apacentar el rebaño del Señor, como David, pastor elegido por Dios y figura del Mesías (cf. 2 Sam 5, 1-2; 7, 8; Sal 78, 70-72).

Luego, después del exilio de Babilonia, casi en un nuevo Éxodo (cf. Is 40, 3-5.9-11; 43, 16-21), Israel es conducido a la patria como oveja perdida y reencontrada, reconducida por Dios a verdes praderas y lugares de reposo (cf. Ez 34, 11-16.23-31).

dolor en la cruz muerte de jesus

Jesucristo, plenitud de la confianza en Dios

Pero es en el Señor Jesús en quien toda la fuerza evocadora de nuestro Salmo alcanza su plenitud, encuentra su significado pleno: Jesús es el «Buen Pastor» que va en busca de la oveja perdida, que conoce a sus ovejas y da la vida por ellas (cf. Mt 18, 12-14; Lc 15, 4-7; Jn 10, 2-4.11-18), él es el camino, el justo camino que nos conduce a la vida (cf. Jn 14, 6), la luz que ilumina el valle oscuro y vence todos nuestros miedos (cf. Jn 1, 9; 8, 12; 9, 5; 12, 46).

Él es el huésped generoso que nos acoge y nos pone a salvo de los enemigos preparándonos la mesa de su cuerpo y de su sangre (cf. Mt 26, 26-29; Mc 14, 22-25; Lc 22, 19-20) y la mesa definitiva del banquete mesiánico en el cielo (cf. Lc 14, 15 ss; Ap 3, 20; 19, 9). Él es el Pastor regio, rey en la mansedumbre y en el perdón, entronizado sobre el madero glorioso de la cruz (cf. Jn 3, 13-15; 12, 32; 17, 4-5).

Queridos hermanos y hermanas, el Salmo 23 nos invita a renovar nuestra confianza en Dios, abandonándonos totalmente en sus manos. Por lo tanto, pidamos con fe que el Señor nos conceda, incluso en los caminos difíciles de nuestro tiempo, caminar siempre por sus senderos como rebaño dócil y obediente, nos acoja en su casa, a su mesa, y nos conduzca hacia «fuentes tranquilas», para que, en la acogida del don de su Espíritu, podamos beber en sus manantiales, fuentes de aquella agua viva «que salta hasta la vida eterna» (Jn 4, 14; cf. 7, 37-39). Gracias.

Saludos

Saludo cordialmente a los peregrinos de lengua española, en particular a los sacerdotes del Pontificio Colegio Mexicano y a las Hermanas del Sagrado Corazón de Jesús y de los Santos Ángeles, así como a los grupos provenientes de España, México, Chile, Argentina, Colombia, Paraguay y otros países latinoamericanos. Os invito, queridos hermanos, a intensificar vuestra vida de oración, acudiendo con confianza al Señor, que es bueno y misericordioso, lento a la ira y rico en piedad. Muchas gracias.


Benedicto XVI. Audiencia general del 5 de octubre de 2011. (Leer aquí)
Lugar: Plaza de san Pedro, en Roma.



Qué es una Novena y cómo rezar

La Doctrina de la Iglesia Católica contempla que los Santos y la Virgen María «no dejan de interceder por nosotros ante el Padre» y que «su cuidado fraternal es de gran ayuda para nuestra enfermedad» (Lumen gentium 49). Las novenas nos ayudan en nuestra oración cuando están adecuadamente valoradas en el contexto de una sólida doctrina.

En la Edad Media, España y Francia introdujeron la «novena de preparación» para la Navidad. para recordar los nueve meses de embarazo de la Virgen. En España el Concilio de Toledo en el año 656 transfirió la fiesta de la Anunciación al 18 de diciembre (dentro de la novena).

Por eso la novena tomó un sentido de anticipación y preparación a una fiesta. Los mejores modelos de preparación son Jesús y María, preparándose para el nacimiento. Nosotros nos preparamos en este mundo para la vida eterna.

De la novena de preparación, surgió la costumbre comenzando en Francia y Bélgica de hacer novenas a la Virgen y a los santos por diversas intenciones.

En el siglo XVII la Iglesia formalmente concedió la primera indulgencia a una novena en honor a san Francisco Javier, otorgada por el papa Alejandro VII.

Hoy en día, la Iglesia considera que la estructura de las nueve repeticiones se refieren a los nueve días entre la Ascensión y Pentecostés. En la Biblia, este período es para los discípulos y la madre de Jesús, un período de espera que ellos viven en oración. «Todos ellos perseveraron en la oración con un mismo espíritu» Hechos 1: 14 al final del cual recibieron al Espíritu Santo. Por lo que, nosotros también podemos vivir la novena como un tiempo de oración a la espera de una gracia.

¿Qué es una novena?

La novena, Del latín «novem», nueve.

Tal como lo explica la Doctrina de la Iglesia Católica, la novena es una serie de nueve. La sucesión de nueve puede referirse a días consecutivos (ej.: nueve días previos a una fiesta litúrgica) o a nueve días específicos de la semana o del mes (ej.: nueve primeros viernes).

Algunas tienen una larga tradición asociada con la devoción a un santo o para confiar una intención o gracias particular a Dios, (Padre, Hijo y Espíritu Santo), a la Virgen María, a los ángeles y a los santos.

La novena tiene un significado espiritual. Está directamente relacionado con el acto de devoción que se demuestra al rezarla. Como todas las oraciones, estas son una forma de alabar a Dios. María alentó a los apóstoles a que rezaran durante nueve días para recibir al Espíritu Santo. Ese acto de la madre de Jesús nos enseña a los fieles la importancia de la constancia de la fe.

¿Cómo rezar y cuando hacerlo?

Es una forma privilegiada de orar porque nos permite tomar tiempo para la oración, aportando calidad en nuestro compromiso. De hecho, cuando nuestra oración va acompañada de un profundo deseo de abrir nuestro corazón a Dios para vivir su presencia real y ponernos en sus manos, el Señor puede actuar y hacer que comprendamos su voluntad humildemente.

No hay necesidad de esperar una fecha específica para comenzar una novena: el mejor momento es sin duda cuando sentimos la necesidad o el deseo de hacerlo. Cada intención de oración importante que tengamos y cada gran discernimiento que debamos hacer es una oportunidad potencial para comenzar una novena. La clave esta en la constancia.

El contenido de cada una es diferente, pero la mayoría de ellas ofrece al menos una meditación diaria, a menudo escrita a partir de un pasaje de la Biblia o un libro espiritual, y una oración, dirigida con frecuencia a Dios a través de la intercesión de un santo.

También es bueno presentar nuestra oración poniéndonos en presencia del Señor mediante la señal de la cruz y una palabra. Y concluirla, por ejemplo, recitando el Padre Nuestro, Ave María y Gloria.

Como rezar una novena

Para rezar una novena hay muchos y variados motivos. Además de las que podemos hacer en cualquier época del año según los hechos que afecten nuestra vida, la tradición propone rezar una novena antes de la festividad de un santo o de una gran festividad cristiana. En este caso, comienza 8 días antes, de modo que el último día caiga en la fecha de la festividad.

Entre las novenas anuales más comunes podemos citar, por ejemplo, la de san José, la de la Inmaculada Concepción, la de ayuno para vivir la Cuaresma y  la del Espíritu Santo para prepararse para Pentecostés.

Una variedad muy rica de novenas

Recuerda

Ten la seguridad de que el Señor responde a todas nuestras las oraciones. «Cuando me pidan algo en mi nombre, yo lo haré.» Juan 14:14. Los frutos a veces toman formas muy concreta y otras no son visibles, pero de todos modos la novena tiene incidencia en nosotros «todo contribuye al bien de los que aman a Dios» Romanos 8:28

En esta vida, todos pasamos por dificultades. Pero la fortaleza que tenemos los cristianos es saber que Cristo, siendo que él mismo sufrió, nos apoya en cada una de estas pruebas: «Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados y yo os haré descansar.» Mateo 11:28

A la Sagrada Familia del papa Francisco

El papa nos recomendaba una forma simple y efectiva de ofrecerla a la Sagrada Familia rezando con mucho fervor la misma oración, durante nueve días consecutivos.


Jesús, María y José
en vosotros contemplamos
el esplendor del verdadero amor,
a vosotros, confiados, nos dirigimos.
Santa Familia de Nazaret,
haz también de nuestras familias
lugar de comunión y cenáculo de oración,
auténticas escuelas del Evangelio
y pequeñas Iglesias domésticas.
Santa Familia de Nazaret,
que nunca más haya en las familias episodios
de violencia, de cerrazón y división;
que quien haya sido herido o escandalizado
sea pronto consolado y curado.
Santa Familia de Nazaret,
que el próximo Sínodo de los Obispos
haga tomar conciencia a todos
del carácter sagrado e inviolable de la familia,
de su belleza en el proyecto de Dios.
Jesús, María y José,
escuchad, acoged nuestra súplica. ¡Amén!»
Descubre más oraciones para la familia.


Bibliografía:
Opusdei.org
Aleteia.org
Catholic.net



¿Por qué bautizar a los niños? ¿No es mejor esperar a que ellos puedan decidir?

Bautizar a los niños pequeños es una decisión que muchos padres católicos viven con naturalidad, aunque hoy algunas familias prefieren esperar a que sus hijos puedan decidir por sí mismos en el futuro. La cuestión parece razonable: si el bautismo marca profundamente la vida de una persona, ¿no debería elegirse libremente cuando se alcance la madurez suficiente?

Sin embargo, la Iglesia ha defendido desde los primeros siglos el bautismo infantil como un don de Dios y el comienzo de la vida cristiana. Muchos padres no consideran que bautizar a sus hijos limite su libertad, sino que les ofrece desde el inicio la gracia, la fe y la pertenencia a la Iglesia.

Bautizar, un hecho sociológico

Hay muchas decisiones que toman los padres sin esperar a consultar con sus hijos, en cuestiones que les van a afectar de un modo decisivo en su vida.

Se ocupan de proporcionarles alimento, vestido, calor y afecto antes de que tengan uso de razón, sin que lo hayan pedido libremente, pero esto es imprescindible para sacarlos adelante con vida. Pero también hacen cosas, además de cubrir las necesidades básicas de subsistencia, que incidirán decisivamente en planteamientos vitales de fondo.

Pensemos, por ejemplo, en el hecho de hablarles en un idioma concreto. La adquisición del idioma materno responde a una decisión de los padres que va a configurar el modo de expresarse de los hijos, sus más profundas raíces culturales e incluso unas perspectivas muy concreta en su acercamiento a la realidad.

Ningunos padres razonables tomarían la decisión de no hablar nada a su hijo hasta que creciera, escuchase varios idiomas y decidiera por sí mismo cuál querría aprender. El idioma es un elemento cultural muy importante en el desarrollo de la vida humana y retrasar su adquisición hasta la mayoría de edad supondría un gravísimo daño al desarrollo intelectual del nuevo ser humano.

Pero, ¿la decisión de bautizar y comenzar a formar en la fe tiene algún parecido con la de hablar a los niños en el propio idioma?

Una persona que no tenga fe y no sepa lo que supone la existencia de Dios, su bondad, su modo de actuar en el mundo y en las personas, y que desconozca la realidad más profunda del bautismo pensará que no tiene nada que ver, que el idioma es imprescindible y la fe no lo es. Pero eso no quiere decir que su valoración sea razonable, sino que se debe a sus carencias culturales, o incluso a sus prejuicios, que le impiden razonar contando con todos los datos reales.

Por eso, para hacerse cargo racionalmente de todos los factores implicados en esta cuestión resulta  imprescindible saber primero lo que supone recibir el Bautismo, y después valorar la situación.

Bautizar niños cuando son pequeños

«...El santo Bautismo es el fundamento de toda la vida cristiana, el pórtico de la vida en el espíritu y la puerta que abre el acceso a los otros sacramentos...» Catecismo de la Iglesia Católica. 

Qué implica el Bautismo

Dios ha diseñado para cada ser humano una historia de amor, que se va desvelado poco a poco a lo largo de la vida. En la medida que tengamos un trato cercano con Él, esa historia se irá desvelando y tomando cuerpo. Y el primer paso para que se esa cercanía sea eficaz se da en el Bautismo.

La fe cristiana considera el Bautismo como el sacramento fundamental, ya que es condición previa para poder recibir cualquier otro sacramento. Nos une a Jesucristo, configurándonos con Él en su triunfo sobre el pecado y la muerte.

En la antigüedad se administraba por inmersión. El que se iba a bautizar se sumergía por completo en agua. Así como Jesucristo murió, fue sepultado y resucitó, el nuevo cristiano se introducía simbólicamente en un sepulcro de agua, para despojarse del pecado y sus consecuencias, y renacer a una nueva vida.

El bautismo es, en efecto, el sacramento que nos une a Jesucristo, introduciéndonos en su muerte salvífica en la Cruz, y por ello nos libera del poder del pecado original y de todos los pecados personales, y nos permite resucitar con él a una vida sin fin. Desde el momento de su recepción, se participa de la vida divina mediante la gracia, que va ayudando a crecer en madurez espiritual.

En el Bautismo nos convertimos en miembros del Cuerpo de Cristo, en hermanos y hermanas de nuestro Salvador, y en hijos de Dios.

Somos liberados del pecado, arrancados de la muerte eterna, y destinados desde ese instante a una vida en la alegría de los redimidos. «Mediante el bautismo cada niño es admitido en un círculo de amigos que nunca le abandonará, ni en la vida ni en la muerte. Ese círculo de amigos, esta familia de Dios en la que el niño se integra desde ese momento, le acompaña continuamente, también en los días de dolor, en las noches oscuras de la vida; le dará consuelo, tranquilidad y luz» (Benedicto XVI, 8 de enero de 2006).

"Id y haced discípulos a todos los pueblos, bautizándolos en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo" (Mt 28, 19)

El bautismo en la enseñanza de san Josemaría

«El bautismo nos hace "fideles —fieles, palabra que, como aquella otra, "sancti —santos, empleaban los primeros seguidores de Jesús para designarse entre sí, y que aún hoy se usa: se habla de los "fieles" de la Iglesia. —¡Piénsalo!» (Forja, 622).

Por qué la Iglesia mantiene la práctica del bautismo de niños

Esta práctica es de tiempo inmemorial. Cuando los primeros cristianos recibían la fe, y eran conscientes del gran don de Dios de que habían sido objeto, no querían privar a sus hijos de esos beneficios.

La Iglesia sigue manteniendo la práctica del bautismo de niños por una razón fundamental: antes de que nosotros optemos por Dios, él ya ha optado por nosotros. Nos ha hecho y nos ha llamado a ser felices. El bautismo no es una carga, al contrario, es una gracia, un regalo inmerecido que recibimos de Dios.

Los padres cristianos, desde los primeros siglos, aplicaron el sentido común. Así como  la madre no deliberaba largamente sobre si debía dar el pecho a su hijo recién nacido, sino que lo alimentaba cuando el niño lo requería, así como lo lavaban cuando estaba manchado, lo vestían y lo abrigaban para protegerlo de los rigores del frío, así como le hablaban y le daban cariño. 

También así, le proporcionaban la mejor ayuda que cualquiera criatura humana necesita para desarrollar la vida en plenitud: la limpieza del alma, la gracia de Dios, una gran familia sobrenatural, y una apertura al lenguaje de Dios, de modo que cuando vaya despertando su sensibilidad y su inteligencia contemplen el mundo con la luz de la fe, aquella que permite conocer la realidad tal y como es.

El bautismo como inicio de la vida cristiana

El cristiano se sabe injertado en Cristo por el Bautismo; habilitado a luchar por Cristo, por la Confirmación; llamado a obrar en el mundo por la participación en la función real, profética y sacerdotal de Cristo; hecho una sola cosa con Cristo por la Eucaristía, sacramento de la unidad y del amor. Por eso, como Cristo, ha de vivir de cara a los demás hombres, mirando con amor a todos y a cada uno de los que le rodean, y a la humanidad entera.

La fe nos lleva a reconocer a Cristo como Dios, a verle como nuestro Salvador, a identificarnos con Él, obrando como Él obró. El Resucitado, después de sacar al apóstol Tomás de sus dudas, mostrándole sus llagas, exclama: bienaventurados aquellos que sin haberme visto creyeron.

Aquí –comenta San Gregorio Magno– se habla de nosotros de un modo particular, porque nosotros poseemos espiritualmente a Aquel a quien corporalmente no hemos visto. Se habla de nosotros, pero a condición de que nuestras acciones sean conformes a nuestra fe. No cree verdaderamente sino quien, en su obrar, pone en práctica lo que cree. Por eso, a propósito de aquellos que de la fe no poseen más que palabras, dice San Pablo: profesan conocer a Dios, pero le niegan con las obras.

No es posible separar en Cristo su ser de Dios-Hombre y su función de Redentor. El Verbo se hizo carne y vino a la tierra ut omnes homines salvi fiant, para salvar a todos los hombres. Con nuestras miserias y limitaciones personales, somos otros Cristos, el mismo Cristo, llamados también a servir a todos los hombres.

Es necesario que resuene una y otra vez aquel mandamiento que permanecerá nuevo a través de los siglos. Carísimos –escribe San Juan–, no voy a escribiros un mandamiento nuevo, sino un mandamiento antiguo, que recibisteis desde el principio; el mandamiento antiguo, es la palabra divina que oísteis. Y no obstante yo os digo que el mandamiento de que os hablo, es un mandamiento nuevo, que es verdadero en sí mismo y en vosotros, porque las tinieblas desaparecieron, y luce ya la luz verdadera. Quien dice estar en la luz aborreciendo a su hermano, en tinieblas está todavía. Quien ama a su hermano, en la luz mora, y en él no hay escándalo.

Nuestro Señor ha venido a traer la paz, la buena nueva, la vida, a todos los hombres. No sólo a los ricos, ni sólo a los pobres. No sólo a los sabios, ni sólo a los ingenuos. A todos. A los hermanos, que hermanos somos, pues somos hijos de un mismo Padre Dios. No hay, pues, más que una raza: la raza de los hijos de Dios. No hay más que un color: el color de los hijos de Dios. Y no hay más que una lengua: esa que habla al corazón y a la cabeza, sin ruido de palabras, pero dándonos a conocer a Dios y haciendo que nos amemos los unos a los otros.

• Último texto perteneciente al punto 106 del libro Es Cristo que pasa de san Josemaría, en el capítulo 'Cristo presente en los cristianos'. Link: https://escriva.org/es/es-cristo-que-pasa/106/

Artículo publicado en http://dialogosparacomprender.blogspot.com/


Don Francisco Varo Pineda, director de Investigación de la Universidad de Navarra y profesor de Sagrada Escritura en la Facultad de Teología.



El papa León XIV habla del seminario como «escuela de los afectos»

En su encuentro con miles de seminaristas durante el Jubileo celebrado en Roma el 24 de junio de 2025, el papa León XIV dejó una expresión que ha resonado con fuerza en toda la Iglesia: «el seminario debe ser una escuela de los afectos». 

No fue una frase improvisada ni secundaria. El Santo Padre quiso poner el corazón de la formación sacerdotal en un lugar muy concreto: aprender a amar como Cristo.

«Como Cristo amó con corazón de hombre, ¡ustedes están llamados a amar con el Corazón de Cristo! Amar con el corazón de Jesús. Pero para aprender este arte hay que trabajar en la propia interioridad, donde Dios hace oír su voz y desde donde parten las decisiones más profundas; pero que es también lugar de tensiones y luchas (cf. Mc 7,14-23), que hay que convertir para que toda su humanidad huela a Evangelio.

El primer trabajo, por tanto, hay que hacerlo en la interioridad. Recuerden bien la invitación de san Agustín a volver al corazón, porque allí encontramos las huellas de Dios. Bajar al corazón a veces puede darnos miedo, porque en él también hay heridas. No tengan miedo de cuidarlas, déjense ayudar, porque precisamente de esas heridas nacerá la capacidad de estar junto a los que sufren. Sin vida interior tampoco es posible la vida espiritual, porque Dios nos habla precisamente allí, en el corazón.

Dios nos habla en el corazón, tenemos que saber escucharlo. Parte de este trabajo interior es también el entrenamiento para aprender a reconocer los movimientos del corazón: no solo las emociones rápidas e inmediatas que caracterizan el alma de los jóvenes, sino sobre todo sus sentimientos, que les ayudan a descubrir la dirección de su vida.

Si aprenden a conocer su corazón, serán cada vez más auténticos y no necesitarán ponerse máscaras. Y el camino privilegiado que nos lleva a la interioridad es la oración: en una época en la que estamos hiperconectados, cada vez es más difícil experimentar el silencio y la soledad. Sin el encuentro con Él, ni siquiera podemos conocernos verdaderamente a nosotros mismos».

¿Qué quiere decir el Papa con escuela de los afectos?

El Papa quiso detenerse especialmente en la dimensión humana de la vocación sacerdotal. Durante el Jubileo de los seminaristas afirmó:

«Es importante –más aún, necesario– desde el tiempo del seminario apostar mucho por la maduración humana, rechazando cualquier forma de máscara y de hipocresía. Con la mirada fija en Jesús, hay que aprender a dar nombre y voz incluso a la tristeza, al miedo, a la angustia, a la indignación, llevando todo a la relación con Dios».

Con estas palabras, el papa León XIV recordó que el seminario no es solo un lugar de estudio o de preparación pastoral. Es también el espacio donde el futuro sacerdote aprende a conocerse con verdad, a madurar interiormente y a poner toda su vida delante de Dios. Por eso definió el seminario como una auténtica escuela de los afectos: un lugar donde el corazón aprende a amar con profundidad, con libertad y con la mirada de Cristo.

haz que el sueño del papa León XIV se cumpla dona formación

Formar sacerdotes capaces de acompañar a las personas

La expresión del Papa es especialmente actual. Hoy muchas personas buscan en el sacerdote alguien que sepa escuchar, que acompañe con cercanía y que hable de Dios desde una experiencia real y humana. Eso exige una formación integral.

Por eso la Iglesia insiste tanto en cuidar bien el tiempo del seminario: porque ahí no solo se estudia o se discierne una vocación. Ahí se aprende a ser pastor.

Un sacerdote con una sólida formación humana puede tender puentes, comprender mejor las heridas de su comunidad y acercar a Cristo con más delicadeza y profundidad.

«Les invito a invocar con frecuencia al Espíritu Santo, para que forme en ustedes un corazón dócil, capaz de captar la presencia de Dios, también escuchando las voces de la naturaleza y del arte, de la poesía, de la literatura y de la música, así como de las ciencias humanas.

En el riguroso compromiso del estudio teológico, sepan también escuchar con mente y corazón abiertos las voces de la cultura, como los recientes desafíos de la inteligencia artificial y los de las redes sociales. Sobre todo, como hacía Jesús, sepan escuchar el grito, a menudo silencioso, de los pequeños, de los pobres y de los oprimidos y de tantos, sobre todo jóvenes, que buscan un sentido a su vida.

Si cuidan su corazón, con momentos diarios de silencio, meditación y oración, podrán aprender el arte del discernimiento. También esto es un trabajo importante: aprender a discernir. Cuando somos jóvenes, llevamos dentro muchos deseos, muchos sueños y ambiciones. El corazón a menudo está abarrotado y sucede que nos sentimos confundidos.

En cambio, siguiendo el modelo de la Virgen María, nuestra interioridad debe ser capaz de custodiar y meditar. Capaz de synballein, como escribe el evangelista Lucas (2, 19-51): juntar los fragmentos. Guárdense de la superficialidad y junten los fragmentos de la vida en la oración y la meditación, preguntándose: ¿qué me enseña lo que estoy viviendo? ¿Qué me dice a mi camino? ¿Hacia dónde me está guiando el Señor?»

La misión de Fundación CARF: ayudar a formar  futuros sacerdotes

Gracias a la ayuda de miles de socios, benefactores y amigo, seminaristas y sacerdotes diocesanos de más de 130 países pueden estudiar y formarse en Roma y en Pamplona. 

Reciben una preparación académica, sí, pero también un acompañamiento espiritual, pastoral y humano que fortalece su vocación y les prepara para volver a sus diócesis con una mirada universal y un corazón bien formado.

Esto conecta plenamente con el sueño que el Papa León XIV está recordando a toda la Iglesia: que haya sacerdotes santos, cercanos y bien preparados para servir al mundo de hoy.

Haz que el sueño del Papa se cumpla

La visita del Papa a España volvió a poner este mensaje en primer plano. Su llamada a cuidar la formación de los seminaristas no es una idea abstracta. Es una invitación concreta a toda la Iglesia.

En la Fundación CARF queremos responder con hechos: ayudando a quienes hoy se preparan para entregar su vida al servicio de los demás.

Porque apoyar la formación de un seminarista es ayudar a formar un corazón capaz de acompañar, sostener y llevar esperanza allí donde más hace falta.

«Los seminaristas tienen derecho a la mejor formación posible y la Iglesia, por su parte, tiene derecho a
sacerdotes bien formados. El criterio para que los seminarios sean auténticas casas de formación es que aseguren una adecuada experiencia de vida comunitaria; que tengan formadores totalmente dedicados al estudio y la enseñanza, con experiencia en el acompañamiento espiritual; y que cuenten con centros superiores de teología dotados con los medios necesarios para desarrollar su función. Para ello es imprescindible, además de aunar fuerzas, aprender a trabajar juntos en la gestión de estos desafíos» (Encuentro con los obispos de España. Sede de la Conferencia Episcopal, Madrid. Lunes 8 de junio de 2026).

Carta de León XIV con motivo de la Asamblea Presbiteral de la Arquidiocesis de Madrid

Hay jóvenes en todo el mundo que han escuchado una llamada profunda para seguir la vocación de sacerdote. Quieren servir, acompañar, impartir los sacramentos y ayudar a su gente a encontrar a Dios. Pero muchos de ellos no tienen los medios económicos para formarse bien, académica y humanamente, en esta etapa clave de su encuentro con Dios.

El papa León XIV lo ha recordado recientemente con sencillez y profundidad en su carta apostólica Una fidelidad que genera futuro: «Una fidelidad que genera futuro es a lo que los presbíteros están llamados también hoy, en la conciencia de que perseverar en la misión apostólica nos ofrece la posibilidad de interrogarnos sobre el futuro del ministerio y de ayudar a otros a percibir la alegría de la vocación presbiteral... La identidad de los presbíteros se constituye en torno a su ser para y es inseparable de su misión... la anhelada renovación de toda la Iglesia depende en gran parte del ministerio de los sacerdotes, animado por el espíritu de Cristo.

 La llamada al ministerio ordenado es un don libre y gratuito de Dios. Vocación, en efecto, no significa constricción por parte del Señor, sino propuesta amorosa de un proyecto de salvación y libertad para la propia existencia que recibimos cuando, con la gracia de Dios, reconocemos que en el centro de nuestra vida está Jesús, el Señor. Entonces la vocación al ministerio ordenado crece como donación de sí mismos a Dios y, por ello, a su Pueblo santo.

Toda la Iglesia ora y se alegra por este don con el corazón lleno de esperanza y gratitud, como expresaba el Papa Benedicto XVI al concluir el Año sacerdotal: «Queríamos despertar la alegría de que Dios esté tan cerca de nosotros, y la gratitud por el hecho de que Él se confíe a nuestra debilidad; que Él nos guíe y nos ayude día tras día. Queríamos también, así, enseñar de nuevo a los jóvenes que esta vocación, esta comunión de servicio por Dios y con Dios, existe; más aún, que Dios está esperando nuestro “sí”».

Por eso la Iglesia cuida especialmente la formación de los futuros sacerdotes para que sean hombres, preparados humana, espiritual y pastoralmente, capaces de acompañar a sus comunidades y servir a las personas allí donde más se les necesita. Esto mismo viene haciendo la Fundación CARF desde 1989.

En muchos países del planeta hay personas con vocación al sacerdocio donde la fe es fuerte, pero los recursos son escasos. Allí es donde tu ayuda marca la diferencia.

La Fundación CARF ha acompañado desde sus inicios a seminaristas y sacerdotes diocesanos de 130 países, cerca de 30.000 estudiantes, para que reciban esa formación integral que la Iglesia necesita hoy y necesitará mañana. Detrás de cada uno hay una historia, una familia, un pueblo y una diócesis entera que un día contará con un sacerdote mejor preparado para servirles, y para formar a otros.

Con tu ayuda estás haciendo posible ese sueño del papa León XIV: que la formación llegue a seminaristas y sacerdotes de todo el mundo. Que el futuro de la Iglesia se construya sobre bases firmes, con personas bien preparadas y entregadas.

¡Haz que el sueño del Papa se cumpla! Haz posible la formación de quienes cuidarán la fe y la vida de millones de personas en todo el mundo.



24 de junio: san Juan Bautista, el precursor

La Iglesia Católica celebra la solemnidad de la natividad de san Juan Bautista el 24 de junio. A diferencia de la inmensa mayoría de los santos, a quienes recordamos en el día de su tránsito al cielo (29 de agosto en el caso del Precursor), a san Juan Bautista lo conmemoramos también en el día de su nacimiento terrenal.

¿Quién fue realmente este hombre que vestía con piel de camello, al que muchos consideraban un loco y que terminó marcando el inicio de la Redención de todos los seres humanos?

San Juan Bautista: nacimiento marcado por el milagro

La historia de Juan comienza con sus padres, Zacarías (un sacerdote judío) e Isabel. Eran ancianos y la esterilidad de ella les había impedido tener hijos. Un día, mientras Zacarías estaba en el templo, el arcángel Gabriel se le apareció para anunciarle que tendrían un hijo que prepararía el camino del Mesías. Zacarías dudó de la noticia y, como consecuencia, se quedó mudo hasta que se cumpliera la promesa.

Hay un detalle fascinante en la gestación de san Juan: cuando la Virgen María (que ya esperaba a Jesús) fue a visitar a su prima Isabel, el niño Juan saltó de alegría en el vientre de su madre al escuchar el saludo de María. Por este episodio, la devoción popular y la tradición de la Iglesia consideran que Juan fue liberado del pecado original antes de nacer.

Ocho días después de su nacimiento, llegó el momento de ponerle nombre. La familia daba por hecho que se llamaría Zacarías, como su padre. Sin embargo, Isabel se opuso y Zacarías pidió una tablilla donde escribió: «Juan es su nombre» (que significa "Dios es misericordioso"). Al instante, Zacarías recuperó el habla. Con este gesto, sus padres renunciaban a imponerle sus propios planes y abrazaban la vocación única que Dios tenía para su hijo.

En el Ángelus de 24 de junio de 2012, manifestó Benedicto XVI: «Desde el vientre materno, Juan es el precursor de Jesús: el ángel anuncia a María su concepción prodigiosa como una señal de que ‘para Dios nada hay imposible’ (Lc 1, 37), seis meses antes del gran prodigio que nos da la salvación, la unión de Dios con el hombre por obra del Espíritu Santo».

«Los cuatro Evangelios dan gran relieve a la figura de Juan el Bautista, como profeta que concluye el Antiguo Testamento e inaugura el Nuevo, identificando en Jesús de Nazaret al Mesías, al Consagrado del Señor», prosiguió el Papa teólogo.  

La voz que clama en el desierto

Juan es la figura clave que sirve de puente entre el Antiguo y el Nuevo Testamento; es el último de los profetas. No fue un hombre convencional. Pasó su juventud en el desierto llevando un estilo de vida extremadamente austero: vestía una piel de camello atada con un cinturón de cuero, y se alimentaba de saltamontes y miel silvestre.

Hacia el año 26 d. C., guiado por el Espíritu Santo, comenzó a predicar a orillas del río Jordán. Su mensaje era directo y a veces rudo –llegó a llamar "raza de víboras" a los fariseos e hipócritas que se le acercaban–. Invitaba a la gente a cambiar de vida y administraba a todos a un "bautismo de conversión". Aunque su aspecto y dureza podían parecer los de un loco, el núcleo de su mensaje no era el castigo, sino preparar los corazones de la gente para recibir la inminente misericordia de Dios.

San Josemaría, sobre el Bautismo de Jesucristo

El momento cumbre de su misión llegó cuando el propio Jesús se acercó al río Jordán para ser bautizado. Al verlo, Juan lo reconoció y pronunció las palabras que se siguen repitiendo hoy en día: "He aquí el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo".

Sobre este pasaje, san Josemaría nos invitaba a meditar. Él destacaba cómo en el Bautismo, Dios Padre toma posesión de nuestras vidas, nos incorpora a la de Cristo y nos envía el Espíritu Santo. El fundador del Opus Dei recordaba que el Señor, mediante este sacramento, pone en nuestra alma un sello indeleble que nos constituye como hijos de Dios.

«En el Bautismo, Nuestro Padre Dios ha tomado posesión de nuestras vidas, nos ha incorporado a la de Cristo y nos ha enviado el Espíritu Santo. La fuerza y el poder de Dios iluminan la faz de la tierra. ¡Haremos que arda el mundo, en las llamas del fuego que viniste a traer a la tierra! ... Y la luz de tu verdad, Jesús nuestro, iluminará las inteligencias, en un día sin fin».

«Yo te oigo clamar, Rey mío, con voz viva, que aún vibra: “ignem veni mittere in terram, et quid volo nisi ut accendatur?” (fuego he venido a traer a la tierra y qué quiero sino que arda) –Y contesto –todo yo– con mis sentidos y mis potencias: “ecce ego: quia vocasti me!” (aquí estoy por que me has llamado). El Señor ha puesto en tu alma un sello indeleble, por medio del Bautismo: eres hijo de Dios. Niño: ¿no te enciendes en deseos de hacer que todos le amen?»

«Él tiene que crecer y yo tengo que menguar»

Juan fue maestro absoluto de humildad. A pesar de su enorme influencia social y multitud de seguidores (de hecho, los primeros apóstoles de Jesús, como Pedro, Andrés y Juan, fueron inicialmente discípulos del Bautista), nunca buscó el protagonismo. Su testamento espiritual se resume en una frase que dejó a sus seguidores: «Él tiene que crecer, y yo tengo que menguar». Su única misión era señalar a Cristo y, una vez hecho, apartarse.

Testigo de la Verdad hasta el martirio

Un hombre tan íntegro no podía mirar hacia otro lado ante las injusticias del poder. Juan recriminó abiertamente al rey Herodes Antipas por haberse divorciado y casado con Herodías, la mujer de su propio hermano. Esta valentía para defender la verdad y el matrimonio le costó la cárcel, ya que Herodías comenzó a odiarlo hasta lograr su muerte.

Su final llegó de forma trágica durante un gran banquete por el cumpleaños de Herodes. Salomé, la hija de Herodías, bailó para los invitados y agradó tanto al rey que este le prometió bajo juramento darle cualquier cosa que pidiera. Instigada por su madre, la joven pidió la cabeza de Juan el Bautista en una bandeja. Herodes, entristecido pero negándose a quedar mal ante sus invitados, mandó decapitar a Juan en la prisión.

Hoy en día, san Juan Bautista sigue siendo un modelo de santidad fiel: nos enseña a ser valientes defensores de la verdad, a vivir sin apegos innecesarios y, sobre todo, a hacer de nuestra propia vida un instrumento para acercar a los demás a Dios.

En 2007, ya Papa, Benedicto XVI había dicho también en el Ángelus. «Hoy, 24 de junio, la liturgia nos invita a celebrar la solemnidad de la Natividad de san Juan Bautista, cuya vida estuvo totalmente orientada a Cristo, como la de su madre, María. San Juan Bautista fue el precursor, la “voz” enviada a anunciar al Verbo encarnado».

«Por eso, conmemorar su nacimiento significa en realidad celebrar a Cristo, cumplimiento de las promesas de todos los profetas, entre los cuales el mayor fue el Bautista, llamado a “preparar el camino” delante del Mesías (cf. Mt 11, 9-10)». 

 El papa Francisco señalaba en enero del 2025, durante el Jubileo, lo que Jesús destaca a todos: «"Les aseguro que no hay ningún hombre más grande que Juan, y sin embargo, el más pequeño en el Reino de Dios es más grande que él" (v. 28). La esperanza, hermanos y hermanas, se encuentra toda en este salto de calidad. No depende de nosotros, sino del Reino de Dios. He aquí la sorpresa: acoger el Reino de Dios nos conduce a un nuevo orden de grandeza. ¡Nuestro mundo, todos nosotros tenemos necesidad de esto! Y nosotros decimos: qué cosa debemos hacer? [volver a comenzar]; no entiendo bien [volver a comenzar]. No se olviden de esto: volver a comenzar.

La decapitación de san Juan Bautista (Caravaggio).

Cuando Jesús pronuncia aquellas palabras, el Bautista está en la cárcel, lleno de interrogativos. En nuestro peregrinar también nosotros llevamos tantas preguntas, y saben por qué? porque son muchos los “Herodes” que todavía contrastan el Reino de Dios. Pero Jesús nos muestra el camino, el camino de las nuevas Bienaventuranzas, que son las leyes sorprendentes del Evangelio. Entonces preguntémonos: ¿llevo dentro de mí un sincero deseo de volver a comenzar? ¿Quiero aprender de Jesús quién es verdaderamente grande? El más pequeño, en el Reino de Dios, él es grande. Y nosotros debemos… [Volver a comenzar, volver a comenzar].Volver a comenzar.

Entonces aprendamos de Juan el Bautista a volver a creer. La esperanza para nuestra casa común – esta nuestra Tierra tan abusada y herida – y la esperanza para todos los seres humanos está en la diferencia de Dios. Su grandeza es diferente. Y nosotros volvemos a comenzar desde esta originalidad de Dios, que ha resplandecido en Jesús y que ahora nos compromete a servir, a amar fraternalmente, a reconocernos pequeños. Y a ver a los más pequeños, a escucharlos y a ser su voz. ¡He aquí nuestro nuevo inicio, este es nuestro jubileo! Y nosotros debemos… [volver a comenzar] Gracias!».


Evangelio del nacimiento de san Juan Bautista (Lc 1, 57-66. 80)

Entretanto le llegó a Isabel el tiempo del parto, y dio a luz un hijo. Y sus vecinos y parientes oyeron que el Señor había agrandado su misericordia con ella y se congratulaban con ella. El día octavo fueron a circuncidar al niño, y querían ponerle el nombre de su padre, Zacarías. Pero su madre dijo:

—De ninguna manera, sino que se llamará Juan.

Y le dijeron:

—No hay nadie en tu familia que tenga este nombre. Al mismo tiempo preguntaban por señas a su padre cómo quería que se le llamase. Y él, pidiendo una tablilla, escribió: «Juan es su nombre». Lo cual llenó a todos de admiración. En aquel momento recobró el habla, se soltó su lengua y hablaba bendiciendo a Dios. Y se apoderó de todos sus vecinos el temor y se comentaban estos acontecimientos por toda la montaña de Judea; y cuantos los oían los grababan en su corazón, diciendo:

—¿Qué va a ser, entonces, este niño?

Porque la mano del Señor estaba con él.

Mientras tanto el niño iba creciendo y se fortalecía en el espíritu, y habitaba en el desierto hasta el tiempo en que debía darse a conocer a Israel.


Comentario al Evangelio 

Entre los israelitas, el acto de imponer el nombre estaba reservado para el padre del niño. Era un modo en que se reconocía la paternidad sobre el recién nacido. Por eso, tocaba a Zacarías decir cuál era el nombre del bebé, aunque le resultaba complicado expresarse en esos momentos, porque se había quedado mudo por su incredulidad.

Los padres de san Juan Bautista reconocían que Dios los había bendecido mandándoles un niño cuando parecía que ya no tenían ninguna razón para esperar. El modo extraordinario en que vino al mundo les recordaba que ese hijo era un don del Señor. El ángel le había dicho a Zacarías que ese hijo traería mucha felicidad no solo para sus padres, sino para una multitud de personas: «Será para ti gozo y alegría; y muchos se alegrarán con su nacimiento» (Lucas 1,14). San Juan, ese hijo tan esperado, tenía una misión de cara a todo el pueblo: «convertirá a muchos de los hijos de Israel al Señor su Dios» (Lucas 1,16).

Isabel y Zacarías insisten en ponerle al niño el nombre que el ángel había indicado. Detrás de esta actitud, podemos adivinar el deseo de ofrecer ese hijo a Dios. Ellos no quieren dominar sobre su vida, ni buscan afirmarse a través de su paternidad. De hecho, Zacarías renuncia a ponerle su mismo nombre, mientras que a los demás les parecía lo más lógico. Sin embargo, para Isabel y su marido, lo más importante es que su hijo cumpla la misión para la que ha venido al mundo.

Después de que Zacarías hubiera escrito «Juan es su nombre» su lengua se desató y empezó a alabar a Dios. Es la alegría de un padre generoso, que pone a su hijo en las manos del Señor y se entusiasma con la misión que ha recibido.

En los padres de san Juan Bautista encontramos un ejemplo maravilloso para todos los padres. Al Señor le agrada que nos alegremos con el don de los hijos. Al mismo tiempo, nos invita a respetar y amar “el nombre” que Él les ha dado: es decir, el propio temperamento, los talentos y, sobre todo, su vocación. Los padres se convierten entonces en los promotores de la personalidad de sus hijos y en una gran ayuda para que abracen la misión que el Señor les ha concedido.