El diálogo interreligioso en una cultura del encuentro
Sesenta años después de la promulgación de la histórica declaración conciliar sobre las relaciones de la Iglesia con las religiones no cristianas, la Santa Sede ofrece un documento de calado teológico y pedagógico, que revisa el legado de «Nostra aetate», evalúa los desafíos del presente y traza las coordenadas futuras del diálogo interreligioso.
La chispa de una revolución silenciosa
El 28 de octubre de 1965, en medio de la efervescencia del Concilio Vaticano II, la Iglesia católica hizo pública la Declaración Nostra aetate «sobre las relaciones de la Iglesia con las religiones no cristianas». Aquel texto breve, pero sumamente audaz, marcó un giro irreversible al afirmar que la Iglesia «no rechaza nada de lo que en estas religiones es verdadero y santo» (NA 2).
Sesenta años más tarde, los Dicasterios para la Doctrina de la Fe, para la Promoción de la Unidad de los Cristianos y para el Diálogo Interreligioso han publicado de forma conjunta la Nota conmemorativa «Un camino de esperanza». El documento, aprobado por el Papa León XIV tras su audiencia con los prefectos y secretarios de los tres dicasterios, no se presenta como un balance burocrático, sino como un manifiesto vivo y urgente para un planeta amenazado por la polarización, el repliegue identitario y las secuelas de la guerra.
Las raíces judías y la memoria imprescindible del Holocausto
La Nota recuerda con precisión periodística e historiográfica que Nostra aetate no nació como un ejercicio académico, sino como una respuesta directa a las atroces consecuencias del antisemitismo y del Holocausto. El documento narra cómo san Juan XXIII, impactado por su providencial encuentro con el historiador judío Jules Isaac y gracias a la mediación de María Vingiani, encargó al cardenal Augustin Bea la redacción de un texto destinado a sanar las relaciones entre la Iglesia y el pueblo judío.
En su desarrollo teológico, la Nota subraya que Jesús era judío y nunca dejó de serlo. Citando la teología del siglo XX, afirma que en la Encarnación el Verbo se hizo «carne judía». Por ello, el diálogo judeocristiano no es una opción diplomática ni una práctica secundaria, sino un elemento intrínseco para que la Iglesia comprenda su propia identidad, y un componente esencial de su misión.
La alianza de Dios con el pueblo judío es irrevocable(cf. Rm 11, 29). A la vez, el texto mantiene la confesión de Cristo como único Redentor. Aclara que, por tanto, esto no implica sostener dos vías paralelas de salvación, sino reconocer que la religiosidad judía vivida hoy sigue siendo un valor activo que enriquece a los cristianos. «Lo que Jesús aportó al cristianismo como herencia judía forma parte de la estructura teológica del propio cristianismo» (Un camino de esperanza, 11).
Asimismo, el documento renueva la condena del antisemitismo y señala la memoria del Holocausto como una advertencia permanente contra el peligro del odio racial y religioso.
Don Ramiro Pellitero Iglesias, profesor emérito de Teología Pastoral en la Facultad de Teología de la Universidad de Navarra.
Publicado en Iglesia y nueva evangelización.
El diálogo como camino de amistad y paz
El reciente magisterio del papa León XIV invita a profundizar en esta cultura del encuentro. En su encuentro con representantes de distintas tradiciones religiosas, celebrado en Metz el 28 de septiembre de 2026, recordó que dialogar no significa renunciar a la propia identidad, sino vivirla con apertura y respeto hacia quien es diferente.
Para el Papa, el diálogo interreligioso tiene una finalidad concreta: favorecer la amistad, la paz y el reconocimiento de la dignidad de cada persona. En un mundo marcado por conflictos y divisiones, las distintas tradiciones religiosas están llamadas a contribuir juntas a una cultura que rechace cualquier utilización de la fe para justificar la violencia.
Esta perspectiva enlaza directamente con el espíritu de Nostra aetate y con la reciente Nota Un camino de esperanza, que anima a seguir construyendo puentes de conocimiento, respeto y colaboración entre creyentes.
El espíritu de Nostra aetate sigue iluminando el camino de la Iglesia. Esta reconoce que todas las religiones pueden reflejar «un destello de aquella Verdad que ilumina a todos los hombres» (n. 2) y buscan respuestas a los grandes misterios de la existencia humana, por lo que el diálogo debe ser no solo intelectual, sino profundamente espiritual.
La Declaración invita a todos los católicos —obispos, clero, personas consagradas y fieles laicos— a participar sinceramente en el diálogo y la colaboración con los seguidores de otras religiones, reconociendo y promoviendo todo lo que es bueno, verdadero y santo en sus tradiciones (cf. ibíd.). Esto es necesario hoy en día prácticamente en todas las ciudades del mundo donde, debido a la movilidad humana, nuestras diversidades espirituales y de pertenencia están llamadas a encontrarse y a convivir fraternalmente.
Nostra aetate nos recuerda que el verdadero diálogo tiene sus raíces en el amor, único fundamento de la paz, la justicia y la reconciliación, al tiempo que rechaza con firmeza toda forma de discriminación o persecución, afirmando la igual dignidad de todo ser humano (cf. NA, 5).
Jesús y la samaritana: el diálogo empieza por escuchar
El Evangelio ofrece una imagen especialmente significativa para comprender el diálogo entre personas de distintas tradiciones religiosas: el encuentro de Jesús con la mujer samaritana.
En su catequesis sobre Nostra aetate, León XIV presentó este episodio como un ejemplo de diálogo basado en la apertura, la escucha sincera y el reconocimiento del otro. Jesús atraviesa las barreras culturales y religiosas para encontrarse con una persona concreta.
Desde esta perspectiva, el diálogo interreligioso no consiste únicamente en buscar puntos de acuerdo. También supone aprender a escuchar, conocer al otro y reconocer aquello que nos une sin ocultar las diferencias.
Sesenta años después de Nostra aetate, esta actitud sigue siendo una invitación a construir relaciones basadas en el respeto, la amistad y la búsqueda compartida de la verdad.
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En 2025, se formaron seminaristas y sacerdotes diocesanos de 85 países
La Fundación CARF recientemente hizo públicos los datos de su Memoria 2025, y hay una cifra que destaca sobre el resto: los seminaristas, sacerdotes diocesanos, religiosos y religiosas, cuya formación financió la institución el año pasado en Roma y Pamplona, procedían de 85 países de los cinco continentes.
«Estos estudiantes, procedentes de 85 países y de más de mil doscientas diócesis, son la prueba de que la Iglesia es una familia universal que no conoce fronteras», resume Fernando Martí Scharfhausen, presidente de la Fundación, en la carta que presenta la memoria.
Detrás de esa cifra hay una labor que la Fundación CARF (Centro Académico Romano Fundación) sostiene desde hace más de tres décadas: financiar la formación académica, humana, pastoral y espiritual de seminaristas, sacerdotes diocesanos, de religiosos y religiosas que, sin esa ayuda, no podrían costearse los estudios en la Universidad Pontificia de la Santa Cruz, en Roma, o en las Facultades Eclesiásticas de la Universidad de Navarra, en Pamplona.
Que la vocación no dependa del lugar de nacimiento
La Fundación CARF, constituida legalmente el 14 de febrero de 1989 (aunque trabaja desde 1984), parte de una convicción sencilla: la calidad de la formación de un sacerdote no puede depender de si su diócesis de origen es rica o pobre. Por eso sostiene económicamente los estudios de seminaristas, sacerdotes diocesanos y de religiosos y religiosas de cualquier país, para que completen una formación integral –académica, humana, pastoral y espiritual– sin que el dinero sea el motivo por el que una vocación no llegue a prosperar.
En cada ayuda al estudio hay un obispo que ha depositado su confianza en la Fundación –más de 1.200 obispos y 350 generales de órdenes religiosas de 130 países lo hacen– y también un joven que, gracias a esa ayuda, puede prepararse para volver a su tierra y ejercer allí su sacerdocio con solidez.
Y esa confianza se sostiene, año tras año, gracias a la generosidad de benefactores, socios y amigos que entienden que ayudar a formar a un buen sacerdote es ayudar a miles de personas a las que ese sacerdote acompañará durante toda su vida.
Universalidad de la Iglesia, país a país
Repasar de dónde proceden los alumnos de la Fundación CARF es también repasar la geografía de la fe en el mundo. África y Europa son, en 2025, los dos continentes con mayor diversidad de países de origen, con 25 cada uno; le sigue América, sumando sus tres regiones, la meridional, la central y la septentrional, después Asia, y por último Oceanía. No hay un único perfil entre quienes reciben estas ayudas: hay tantas historias como culturas, lenguas y realidades eclesiales.
En África
Los beneficiados proceden de países como Angola, Benín, Camerún, Costa de Marfil, Ghana, Kenia, Nigeria, Tanzania o Uganda, entre muchos otros. Es el caso de Gonçalves Cacoma Cahinga, seminarista angoleño que descubrió su vocación a los ocho años. «Mi corazón ardía y soñaba con ser catequista», recuerda con emoción.
Hoy, junto a un compañero, es una de las primeras vocaciones de seminaristas angoleños que estudian en el seminario internacional Bidasoa, en Pamplona. «En mi diócesis, aunque hay bastantes católicos, hay pocos sacerdotes y pocas parroquias. Por eso agradezco profundamente a todos los benefactores de la Fundación CARF la oportunidad que me brindan. Para mí, estar en Bidasoa supone una gran riqueza, porque me permite descubrir la grandeza de la Iglesia universal», cuenta.
En Europa
En la cuna histórica de la Iglesia, la Fundación sigue ayudando a formar seminaristas y sacerdotes diocesanos en países donde la fe convive con contextos muy distintos, del oeste al este del continente.
El sacerdote polacoKrzysztof Patejuk, ayudado por la Fundación CARFpara estudiar Derecho Canónico en Pamplona. lo resume así: «Gracias a vuestro apoyo, pude vivir un tiempo de estudios inolvidable en Pamplona, de encuentro con la Iglesia y de crecimiento espiritual, especialmente a través de la formación ofrecida por el Opus Dei. Sé que esta experiencia ha sido clave para mi sacerdocio, y sin vosotros, yo no sería el mismo sacerdote que soy hoy».
En Asia
Donde en muchos países los católicos son una minoría, cada vocación tiene un peso especial. Xudong Feng, de nombre cristiano Pedro Mari, es un seminarista chino que estudia en Pamplona gracias a la Fundación CARF. Recuerda con emoción cómo su vocación nació en esa tierra regada de fidelidad: «Mi abuelo y mis padres me enseñaron a ir a Misa todos los días desde niño. No era una obligación, era una herencia. Así empecé a sentir que quería ser sacerdote».
Y tiene claro su agradecimiento y objetivos: «Estoy aquí gracias a muchas personas que creen en nuestra vocación. Gracias a la Fundación CARF, puedo formarme bien para servir mejor. Sé que mi camino no termina en Navarra: apenas empieza. Quiero volver a mi pueblo, a mi diócesis, y dar lo que he recibido».
En América
La Fundación acompaña vocaciones que llegan desde México hasta Argentina, pasando por Centroamérica y el Caribe. Arthur César, seminarista brasileño de la archidiócesis de São Sebastião de Río de Janeiro, estudia en Bidasoa gracias al apoyo de los benefactores, socios y amigos de la Fundación CARF.
«El pueblo no busca organizadores de eventos, sino cercanía, sacramentos y formación. La primera llamada del sacerdote es a la santidad; ser un ejemplo y compañero en la búsqueda de Cristo. Y yo sentí una paz que me confirmaba que era Dios quien me llamaba», relata sobre su vocación.
En 2025 las ayudas alcanzaron a alumnos procedentes de 85 países.
En Oceanía
La presencia es más pequeña (Australia, Nueva Zelanda y Papúa Nueva Guinea), pero significativa. Samuel Pitcaithly, ayudado por la Fundación CARF y noveno seminarista neozelandés en formarse en la Universidad Pontificia de la Santa Cruz en sus 40 años de historia. Resume así su historia: «Hoy, al mirar atrás, veo con claridad cómo Dios me ha guiado paso a paso. Hoy acabo de terminar mi primer año de estudios para el sacerdocio en la Universidad Pontificia de la Santa Cruz. Es una bendición poder formarme en el corazón de la Iglesia, rodeado de seminaristas y profesores de todo el mundo, todos buscando la santidad».
Y añade: «Agradezco profundamente todo lo que hacen para que este camino, mío y de tantos compañeros seminaristas y sacerdotes de todo el mundo, sea posible. Les tengo muy presentes en mis oraciones y, si Dios quiere, un día podré ofrecer la Santa Misa por ustedes y sus intenciones. ¡Que Dios y Nuestra Santísima Madre los bendigan abundantemente!».
La misma vocación, la misma familia
Lo que estas historias tienen en común no es el país, sino una vocación de servicio a la Iglesia. Seminaristas, sacerdotes diocesanos, religiosos y religiosas de procedencias muy distintas pueden acceder, gracias al apoyo de los benefactores, socios y amigos de la Fundación CARF, a una formación integral sin que la falta de recursos económicos sea un obstáculo.
Es, en el fondo, la razón de ser de la Fundación desde su origen: promover una formación intelectual, humana y espiritual de excelencia para seminaristas y sacerdotes diocesanos y religiosos y religiosas de cualquier país del mundo, sin que su capacidad económica fuera un impedimento.
Durante sus años de formación, además, alumnos procedentes de países y culturas muy diferentes comparten estudios y convivencia en Roma y Pamplona. Una experiencia que hace visible esa «familia universal que no conoce fronteras» de la que habla el presidente de la Fundación CARF.
Sostener esta labor es posible gracias a quienes, año tras año, deciden ser parte de esta familia universal como benefactores. Si quieres ayudar a que la próxima Memoria pueda contar aún más países, puedes colaborar con la Fundación CARF aquí.
La importancia de la formación sacerdotal
La formación de un sacerdote no termina con su ordenación. San Juan Pablo II subrayó la importancia de acompañar y formar a quienes reciben la llamada al sacerdocio, tanto durante su etapa de seminario como a lo largo de toda su vida ministerial. El papa León XIV también lo viene reiterando desde el inicio de su pontificado.
En su exhortación apostólica Pastores dabo vobis, publicada en 1992, san Juan Pablo destacó que la formación de los futuros sacerdotes debe abarcar todas las dimensiones de la persona: humana, espiritual, intelectual y pastoral. Para el papa polaco, esta preparación es una de las tareas de mayor importancia para el futuro de la evangelización.
El documento recuerda también que el seminario debe ser un verdadero espacio de formación y crecimiento, donde quienes se preparan para el sacerdocio puedan profundizar en su relación con Cristo y adquirir las herramientas necesarias para servir a las personas que les serán encomendadas. La formación, por tanto, no consiste únicamente en adquirir conocimientos, sino en prepararse para vivir y comunicar la caridad de Cristo, Buen Pastor.
Esta visión conecta directamente con la labor que la Fundación CARF desarrolla desde hace décadas: facilitar que seminaristas, sacerdotes diocesanos y religiosos de distintos lugares del mundo puedan acceder a una formación integral y regresar después a sus diócesis y comunidades para poner al servicio de los demás todo lo aprendido.
Para el papa León: «La formación es un camino de relación. Convertirse en amigos de Cristo significa formarse en la relación, no sólo en las competencias». En el encuentro con el Dicasterio para el Clero, del 26 de junio de 2025, dirigiéndose a formadores, sacerdotes y seminaristas, León XIV recordó que la formación sacerdotal no puede reducirse a la adquisición de conocimientos o habilidades pastorales.
En su núcleo está una relación personal con Cristo. El seminario es el lugar donde esa amistad se aprende y se cultiva: una familiaridad con el Señor que compromete toda la vida del futuro sacerdote, su corazón, su inteligencia y su libertad y lo configura poco a poco a imagen del Buen Pastor.
Formar sacerdotes, por tanto, no consiste sólo en transmitir contenidos, sino en acompañar un camino de vida con Cristo para ser el mismo Cristo para los demás, remarca el papa León.
«La formación de los futuros sacerdotes […] la considera la Iglesia como una de las tareas de máxima importancia para el futuro de la evangelización de la humanidad». San Juan Pablo II, Pastores dabo vobis, 2.
Más de treinta años después de aquellas palabras de san Juan Pablo II, la formación sacerdotal continúa siendo una misión esencial para la Iglesia. La Memoria 2025 de la Fundación CARF muestra cómo esta tarea se hace realidad cada año a través de cientos de historias y de vocaciones procedentes de todo el mundo.
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Oración por la paz en tiempos inciertos
Vivimos unos tiempos que pueden generar incertidumbre y preocupación. Las guerras de Ucrania, Gaza, Congo, en el Sahel, Sudán, Yemen, Somalia, Etiopía, Myanmar o la narcoviolencia en México, Haití o Ecuador siguen provocando sufrimiento entre la población civil, desplazamientos y necesidad de ayuda humanitaria.
Mientras otros conflictos reciben mucha menos atención internacional; Naciones Unidas señala que en 2026 cientos de millones de personas necesitan asistencia humanitaria urgente como consecuencia de los conflictos y de otras crisis.
Ante esta realidad, puede surgir una pregunta: ¿qué puede hacer un cristiano cuando siente que los problemas del mundo son demasiado grandes para él?
Una primera respuesta es rezar. No para desentendernos de lo que ocurre, sino para poner ante Dios a quienes sufren, pedir por la paz y dejar que esa oración transforme también nuestra manera de mirar y de actuar.
Rezar por la paz es no ser indiferente
La oración cristiana comienza muchas veces con una petición sencilla: Señor, danos la paz.
Cuando rezamos por quienes viven una guerra, por las familias que han perdido su casa, por los niños que crecen entre la violencia, por quienes han tenido que abandonar su país o por quienes sufren persecución, dejamos de contemplar el sufrimiento como una realidad lejana. La oración nos ayuda a recordar que detrás de cada conflicto hay personas concretas.
El papa León XIV ha insistido durante 2026 en esta llamada a rezar por la paz. En agosto pidió oraciones por quienes sufren en Sudán y por las víctimas de la violencia en Ucrania y Rusia. En septiembre volvió a invitar a rezar por la paz ante la persistencia de conflictos y violencia en distintas partes del mundo.
También del 1 al 7 de octubre de 2026 se ha convocado una semana de oración por la paz y la unidad, con iniciativas en parroquias, escuelas, comunidades y familias de distintos países. La iniciativa culmina el 7 de octubre, fiesta de Nuestra Señora del Rosario.
La oración por la paz no necesita fronteras. Podemos rezar por quienes conocemos y por quienes nunca conoceremos; por las víctimas de las guerras que ocupan los titulares y por quienes sufren en conflictos olvidados.
El antídoto para tiempos inciertos: la oración
A veces podemos pensar que rezar es poco frente a la magnitud de una guerra o de una crisis humanitaria. Sin embargo, la oración no pretende sustituir las responsabilidades de las personas, las instituciones o los Estados. Es otra cosa: nos pone ante Dios y nos ayuda a no acostumbrarnos al sufrimiento.
Durante la vigilia de oración por la paz celebrada en abril de 2026, León XIV afirmó que la oración no es un refugio para eludir nuestras responsabilidades ni una forma de evitar el dolor causado por la injusticia. Al contrario, la presentó como una respuesta ante la violencia y una forma de mantener viva la esperanza.
San Josemaría expresaba la importancia de orar con estas palabras: «Como el soldado que está de guardia, así hemos de estar nosotros a la puerta de Dios Nuestro Señor: y eso es oración» (San Josemaría, Forja, 73).
Orar es, en este sentido, permanecer despiertos ante Dios y también ante lo que sucede a nuestro alrededor. No consiste solamente en pedir que desaparezcan los problemas. Es también aprender a mirar el mundo con los ojos de Dios. Podemos rezar por:
Las víctimas de las guerras y sus familias.
Los niños que viven en zonas de conflicto.
Quienes han tenido que abandonar sus hogares.
Los cristianos perseguidos.
Quienes trabajan por la paz y la reconciliación.
Quienes tienen responsabilidades políticas y deben tomar decisiones difíciles.
Quienes sufren en conflictos que apenas aparecen en las noticias.
Conversión del corazón de quienes ejercen la violencia.
Y también podemos pedir por nosotros mismos: para no caer en el odio, la indiferencia o la desesperanza.
San Josemaría recordaba que la paz no se construye únicamente en los grandes escenarios internacionales. Comienza también en el corazón de cada persona y se extiende a la familia, al trabajo y a la sociedad.
Como recuerda en otro de sus textos: «Por todos los caminos honestos de la tierra quiere el Señor a sus hijos, echando la semilla de la comprensión, del perdón, de la convivencia, de la caridad, de la paz. —Tú, ¿qué haces?» (San Josemaría, Forja 373). Es una pregunta especialmente actual.
Todos estamos en la misma lucha
San Pablo utiliza la imagen del cuerpo para explicar la comunión entre los cristianos: cuando un miembro sufre, todos sufren con él.
Esta idea adquiere una fuerza especial cuando pensamos en las personas que viven bajo las bombas, en quienes han perdido a familiares, en los desplazados y en quienes esperan ayuda humanitaria.
Naciones Unidas sigue señalando a Ucrania, Gaza y Sudán entre los escenarios donde la población civil continúa sufriendo las consecuencias de la guerra y la violencia. Pero también existen otras crisis menos visibles. Por eso, rezar por la paz significa aprender a mirar más allá de los titulares de los periódicos.
Podemos sentirnos impotentes ante acontecimientos que suceden a miles de kilómetros. Sin embargo, siempre podemos hacer algo: rezar, informarnos con responsabilidad, ayudar a quien tenemos cerca, acompañar a quien sufre y evitar alimentar el odio o la deshumanización. La paz comienza también en nuestra manera de hablar, de escuchar y de tratar a los demás.
Una paz «desarmada y desarmante»
El mensaje de León XIV para la Jornada Mundial de la Paz de 2026 lleva precisamente por título «La paz esté con todos ustedes: hacia una paz “desarmada y desarmante”».
En él, el Papa recuerda la necesidad de superar las lógicas que presentan la guerra como inevitable y señala el diálogo, la diplomacia, el perdón y la protección de los civiles como caminos para construir la paz. También insiste en que la oración alimenta el compromiso por la paz. Esta perspectiva ayuda a comprender qué significa rezar por la paz.
No se trata de cerrar los ojos ante la realidad, sino de abrirlos más. Tampoco se trata de permanecer al margen, sino de pedir a Dios que cambie los corazones y, al mismo tiempo, preguntarnos qué podemos hacer nosotros.
Debemos tratar de no creer que la oración nos permite controlar los acontecimientos, y pasar a confiar en Dios incluso cuando no entendemos lo que sucede.
Cómo rezar por la paz
No existe una única forma de hacerlo. Podemos dedicar unos minutos cada día a pedir por la paz. Podemos rezar el Rosario por las personas que sufren. Podemos ofrecer la Santa Misa por quienes viven una guerra. Podemos acudir ante el Santísimo Sacramento y poner ante Dios las situaciones que más nos preocupan.
También podemos convertir en oración una noticia que nos conmueve. Al leer que una familia ha perdido su casa, podemos detenernos unos segundos y rezar por ella.
Al conocer una nueva escalada de violencia, podemos pedir por quienes tienen responsabilidades y por quienes trabajan para alcanzar acuerdos. Al descubrir un conflicto olvidado, podemos incluirlo en nuestras intenciones. Y cuando no encontremos palabras, también debemos simplemente permanecer delante Dios.
Porque, como enseñaba san Josemaría: «La oración no es problema de hablar o de sentir, sino de amar. Y se ama, esforzándose en intentar decir algo al Señor, aunque no se diga nada» (San Josemaría, Surco, 464).
Orar y trabajar por la paz
La oración no termina necesariamente cuando acaba el momento de recogimiento. Puede continuar en nuestras decisiones, en nuestras palabras y en nuestra forma de relacionarnos con los demás.
Podemos ser constructores de paz en nuestra familia, en nuestro trabajo, entre nuestros amigos y en nuestra sociedad. Podemos aprender a escuchar antes de juzgar, a perdonar, a pedir perdón, a rechazar la violencia y a no contribuir a la propagación del odio.
La paz internacional también necesita personas capaces de construir paz en su entorno. Por eso, ante la incertidumbre, el cristiano está llamado a evitar vivir paralizado por el miedo.
Está llamado a rezar, esperar y actuar. A poner ante Dios el sufrimiento del mundo y, al mismo tiempo, a preguntarse cada día: «Señor, ¿qué puedo hacer yo para llevar un poco de paz allí donde estoy?».
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«El amor es más fuerte que la pornografía»
Ante esta crisis, el sacerdote chileno Juan Ignacio Izquierdo Hübner, capellán del colegio Tabancura, ha publicado Ojos nuevos. El amor es más fuerte que la pornografía (Ediciones Semillas, 2025), un libro dirigido especialmente a jóvenes y nacido de sus años de conversación y acompañamiento pastoral. Es abogado, teólogo y doctor en Teología por la Universidad de Navarra.
Pero Ojos nuevos no es solamente un ensayo sobre los riesgos de la pornografía: es también una propuesta literaria. A través de una estructura teatral, con personajes como el ángel Lumen y el demonio Grimson, humor, diálogos y una trama que pone al lector ante un verdadero «tribunal nocturno», el padre Juan Ignacio intenta abordar un problema complejo con un estilo ameno y a ratos incluso divertido.
En esta entrevista explica por qué considera que la lucha contra la pornografía es también una búsqueda de libertad, amor y promoción de la más genuina humanidad.
Ojos nuevos. El amor es más fuerte que la pornografía
—¿Por qué decidió escribir un libro sobre pornografía? Mientras me preparaba para la ordenación sacerdotal, fui comprendiendo que una parte importante de mi trabajo consistiría en conversar con jóvenes sobre sus dificultades con el celular, las redes sociales y la pornografía. Recuerdo que un sacerdote español nos contaba en el seminario que había llegado al colegio con ganas de hablar a los alumnos de la Santísima Trinidad, pero que terminó dedicando buena parte de las conversaciones a ayudarles a gestionar mejor el móvil.
Aquello me hizo pensar que aquí había una necesidad pastoral muy concreta. Decidí estudiar el tema y escribir un libro que pudiera ser realmente útil para un joven que estuviera luchando con la pornografía. Mi sueño era sencillo: que alguien pudiera terminarlo pensando «ahora tengo más recursos para salir de esto».
—¿Qué ha descubierto conversando con los jóvenes? Que debiéramos dedicarles mucho más tiempo. Nos necesitan más que antes. Los jóvenes desean recibir afecto, necesitan encontrar personas de confianza para compartir la propia intimidad, piden compañía y tienen un deseo enorme de amar y ser amados. Sin embargo, la pornografía ofrece una satisfacción inmediata, pero termina deformando precisamente aquello que la persona estaba buscando. El resultado es la confusión y, a veces, el desánimo.
También he descubierto que muchos jóvenes no están tan cómodos con las pantallas como podríamos pensar. Algunos quieren dejar las redes sociales, recuperar su concentración o liberarse de hábitos que sienten que les quitan tiempo. El problema es que no siempre tienen las fuerzas para hacerlo solos. Por eso necesitan que los adultos les ayudemos más.
—¿Por qué el título de Ojos nuevos? Porque creo que superar la pornografía no es el final de la historia, sino el comienzo. Cuando una persona se acostumbra a mirar el mundo a través de la pornografía, termina perdiendo sensibilidad para muchas cosas hermosas de la realidad.
Por eso no quería escribir simplemente un libro «contra la pornografía». Quería hablar de algo mucho más grande: de recuperar la capacidad de mirar. Mirar a otra persona y descubrir que no es un objeto. Mirar la propia vida y descubrir que merece la pena. Mirar la naturaleza, la amistad, el arte, la familia, la fe. En definitiva, aprender a contemplar el mundo con ojos nuevos.
Incapacidad para establecer relaciones
—¿La pornografía es solamente un problema moral? Es un problema humano. Tiene consecuencias sobre la libertad, la afectividad, la capacidad de establecer relaciones y la manera de comprender al otro. Por supuesto que existe una dimensión moral (entendida como el arte del buen vivir), porque estamos hablando de cómo tratamos a las personas y de qué hacemos con nuestra libertad.
Pero no se trata de reducir todo a la caricatura de la censura o la prohibición, sino que nos toca ayudar a la persona a comprender qué está buscando, qué le está ocurriendo y hacia dónde quiere conducir su vida para ser feliz.
—¿Qué papel desempeña el móvil en este problema? El móvil ha cambiado radicalmente la situación. Antes, acceder a determinados contenidos exigía buscarlos. Hoy pueden aparecer en el bolsillo de un niño de manera fortuita. Y hay otro problema: el móvil no solamente permite acceder a contenidos infinitos de pornografía, sino que puede convertirse en un amplificador de la soledad, la comparación, el aburrimiento y la búsqueda permanente de estímulos.
Por eso considero que el problema no puede abordarse solamente desde la pornografía. Debemos preguntarnos qué tipo de relación estamos enseñando a nuestros jóvenes a tener con la tecnología.
—En España, el primer contacto con la pornografía se sitúa alrededor de los nueve a once años. ¿Qué significa que un niño pueda encontrarse con estos contenidos a esa edad? Significa que estamos pidiendo a un niño que procese una realidad para la que todavía no tiene las herramientas afectivas ni intelectuales necesarias. Y en uno de cada tres casos el primer contacto se produce de manera fortuita. Esto quiere decir que no basta con decirle al niño «no busques pornografía», pues puede encontrársela sin buscarla.
Por eso la prevención comienza mucho antes de que aparezca el problema. Es urgente proteger la infancia y, al mismo tiempo, formar a los niños para que puedan reconocer aquello que les hace daño y pedir ayuda a los padres cuando se encuentren con algo que los desconcierte.
Límites al móvil
—¿Qué deberían hacer los padres? Lo primero, no tener miedo de hablar. A veces los padres evitan estas conversaciones porque les resultan incómodas. Pero los hijos necesitan saber que pueden acudir a sus padres precisamente cuando algo les da vergüenza.
Lo segundo es poner límites. El amor también sabe decir que no. Entregar un smartphone con acceso ilimitado a Internet a un niño y esperar que él mismo sepa administrar aquello que muchos adultos tenemos dificultades para administrar es pedirle demasiado. Perdón, pero me parece una crueldad.
Y lo tercero es ofrecer alternativas. No basta con quitar una pantalla: hay que llenar ese espacio con amistad, deporte, lectura, música, conversación, naturaleza, familia, oración. La libertad necesita algo bueno hacia lo que dirigirse.
—¿Cómo ve el discurso actual de la Iglesia en estos temas? Me siento muy cercano a las preocupaciones que está expresando el papa León XIV sobre las nuevas tecnologías. Él ha insistido en que necesitamos una respuesta educativa, ética y responsable, y que la tecnología debe estar al servicio de la persona.
También ha señalado que los padres y educadores necesitan redes de colaboración para poder acompañar a los jóvenes. Así, en la Iglesia estamos intentando acompañar a las familias para que puedan discernir y tomar buenas decisiones.
Seguir al papa León
—¿Se siente, de algún modo, en la «estela del papa León»? Sí, porque comparto una convicción fundamental: tenemos que poner a la persona en el centro. La tecnología es una herramienta extraordinaria, pero deja de ser una herramienta cuando nos sustituye. Y el papa León ha hablado con mucha claridad de la necesidad de proteger a los niños y adolescentes frente a un acceso digital precoz, ilimitado y sin supervisión.
—¿Entonces la respuesta es prohibir? La respuesta es educar, acompañar y, cuando sea necesario, poner límites. Junto con eso, a veces será necesario prohibir determinadas cosas a determinadas edades. Pero una educación basada únicamente en prohibiciones es pobre, pues queremos formar personas capaces de elegir el bien incluso cuando nadie las está mirando.
Por eso me gusta tanto la palabra «acompañamiento». Un joven que tiene dificultades con la pornografía no necesita solamente que alguien le diga que está haciendo algo mal. Necesita que alguien se siente a su lado, lo escuche sin escandalizarse y le ayude a descubrir que puede vivir de otra manera.
—¿Y qué puede hacer alguien que ya está atrapado en este hábito? Lo primero es no desesperarse. Al contrario, ¡animarse a luchar! La vergüenza puede ser una aliada muy mala cuando se convierte en desesperanza. Después hay que pedir ayuda para que alguien (idealmente el papá o la mamá) acompañe al hijo en su desafío de descubrir los momentos de mayor vulnerabilidad, modificar determinados hábitos, reducir las ocasiones de caída y acogerse a la misericordia de Dios.
Dios en el centro
—¿Qué lugar ocupa Dios en este proceso? Un lugar central. La vida cristiana consiste en descubrir un amor que suple nuestras debilidades. Cuando una persona descubre que ha sido creada por Dios, que tiene una dignidad inmensa y que está llamada a amar, cambia la perspectiva. La castidad, entendida correctamente, es una manera de aprender a amar. Y cuando uno descubre esto, comienza a preguntarse algo que a todo el mundo le interesa: «¿cómo puedo amar mejor?».
—¿Qué mensaje le daría a un joven que siente que no puede salir de la pornografía? Le diría que no se identifique con su problema. No eres «un adicto», ni «un caso perdido». Eres una persona que está luchando, como todo el mundo, y que puede pedir ayuda.
También le diría que no se conforme con sobrevivir. Hay una vida mucho más bonita al otro lado de esta lucha. Cuando uno empieza a recuperar la libertad, descubre que el mundo tiene muchos más colores de los que veía antes.
Sin miedo
—¿Y qué mensaje daría a los padres? Que no tengan miedo. Los hijos necesitan adultos que estén dispuestos a acompañarlos, aunque los adultos tampoco tengamos todas las respuestas. Tenemos por delante una tarea que no podemos delegar completamente en los colegios, en las plataformas tecnológicas ni en el Estado. Necesitamos recuperar juntos el protagonismo educativo de las familias. Y necesitamos hacerlo con humildad, mientras seguimos aprendiendo.
Recuperar la esperanza
—¿Qué le gustaría que ocurriera después de que alguien leyera Ojos nuevos? Me gustaría que el lector experimente un aumento de esperanza. Que un joven pudiera pensar: «puedo ser libre». Que un padre dijera: «ahora sé mejor cómo conversar con mi hijo».
Por otra parte, que todos comprendiéramos que ésta no es solamente una batalla contra una industria o contra una pantalla. Es una lucha por algo mucho más valioso: nuestra capacidad de mirar al otro como persona, de vivir relaciones verdaderas y de amar como los mejores.
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León XIV: «Dios sueña con nosotros»
Sus preguntas encontraron en el papa León XIV una respuesta que apunta al corazón mismo de la fe cristiana: «Dios no permanece ajeno a la vida del ser humano, sino que sale a su encuentro, lo acompaña y le abre un horizonte de esperanza».
Así lo explica don Ernesto Juliá en una serie de tres artículos dedicados a las palabras de León XIV. En ellos aparece una misma idea que atraviesa las distintas situaciones: Dios ama al hombre tal como es, pero lo invita siempre a crecer, a levantarse, a reconciliarse y a vivir una vida nueva.
«Dios te ama como eres, pero te sueña mejor»
«Queridos amigos y amigas, os invito a seguir soñando el sueño de Dios. A cada uno os digo: ¡Dios te ama como eres, pero te sueña mejor! El Señor nos permite a todos empezar siempre de nuevo, pues ser humano y ser cristiano no consiste en no equivocarse sino en crecer en la capacidad de convertirse, arrepentirse, enmendarse y, sobre todo, de reconciliarse y de perdonar».
Estas palabras de León XIV en un centro penitenciario de Barcelona han dado la vuelta al mundo. Y la seguirán dando. Un Dios que sueña con el hombre, que acompaña al hombre en sus sufrimientos y en sus alegrías. Y que no deja nunca de amar a esta criatura suya, que somos cada uno de nosotros, “su imagen y semejanza”. Dios que se ha revelado al mundo en la persona de Jesucristo, Dios y hombre verdadero.
Y esta realidad divina ha quedado muy bien expresada en el encuentro del papa León XIV, con un hombre y dos mujeres, en el estado olímpico de Barcelona:
«Santo Padre, crecemos escuchando que el único objetivo en la vida es producir, tener éxito y cuidar nuestra imagen. Yo mismo lo intenté, pero sólo encontré un vacío inmenso. Buscando respuestas, mi vida dio un giro y esta última Pascua recibí el Bautismo. Ahora, que este camino es nuevo para mí, le pregunto: ¿Cómo podemos mantener la mirada alzada hacia lo que de verdad importa, cuando la sociedad nos empuja a mirar constantemente hacia el suelo o solo a nosotros mismos?»
Creado a “imagen y semejanza” de Dios, este hombre, no bautizado por sus padres, se ha encontrado batallando en los campos vitales que iba recorriendo sin encontrar sentido para su vida. El número de mayores que piden el Bautismo cada año aumenta en algunos países de Europa, y también en España.
La respuesta del papa León XIV primero le abre el horizonte de su vida, le señala dónde va a encontrar a Dios y, por último, le sugiera caminos para encontrar a Dios.
«Nuestro deseo de verdad y de felicidad necesita un horizonte más grande. Y esta inquietud es un don que Dios mismo nos ha dado: estamos hechos a medida del infinito y por eso, todo horizonte finito, todo paso, toda conquista, mientras nos satisface el mismo tiempo nos impulsa hacia adelante y nos invita a seguir buscando, a buscar avanzando, pero, sobre todo, a buscar “descendiendo interiormente”, es decir, yendo a lo profundo».
¿Dónde puedo vivir esa “apertura de horizontes”?, podemos pensar que se preguntó el recién convertido.
«Es dentro de esta sociedad que tú y tantos otros habéis descubierto el valor de una vida más humana, más plena, abierta al encuentro con Dios y a la alegría de la Fe. Esto significa que, a pesar de las dificultades, el lugar en el que Dios se hace presente y donde debemos encontrar sus huellas es siempre en la realidad donde nos encontramos».
Y el Santo Padre, León XIV, termina sugiriéndole el camino y las disposiciones para compartir su vida plenamente con Dios.
«Creemos que el Espíritu Santo actúa y trabaja silenciosamente en todas las situaciones de la vida y de la historia, incluso en aquellas que parecen más difíciles. Pero debemos cultivar esta inquietud y hacerle espacio; como decía, “buscar dentro”, intentando no dejarnos abrumar por los ritmos y las seducciones externas, cultivando espacios de silencio, deteniéndonos quizá algunos minutos al día para leer el Evangelio y hablar con Dios, y también tratando de hacer este camino interior junto con otros, dejándonos acompañar en los itinerarios eclesiales y confrontándonos con los sacerdotes, los religiosos, las personas que como nosotros han emprendido este camino».
El palpitar del amor de Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo en el corazón de este converso, le alcanzó en un momento en el que estaba en pie en busca de una Luz que diera sentido a su vida. ¿Es posible que ese clamor de Amor de Dios pueda ser ahogado en una conciencia rodeada de oscuridad?.
León XIV ante el dolor de suicidio
La segunda persona que expone su caso ante León XIV es una mujer que ha luchado con una depresión profunda que le ha llevado a vivir –son sus palabras– «una oscuridad, aislamiento y un dolor inmensurable. A veces, este dolor es tan abrumador que la idea de desaparecer parece la única salida. Luché por salir de esta enfermedad, en silencio durante años, y una noche de viernes perdí la batalla e intenté quitarme la vida. Estoy aquí porque Dios me dio una segunda oportunidad, y le estaré eternamente agradecida».
Apenas termina de manifestar la profunda depresión que ha vivido, y agradecer a Dios esa “segunda oportunidad”, pregunta al Papa: «Le pregunto de todo corazón: ¿dónde podemos ver a Dios cuando la oscuridad es absoluta y ya no podemos más? ¿Cómo podemos confiar en Dios, cuando parece que nada, ni uno mismo, vale pena?»
León XIV abre su corazón quizá con el deseo de que esta mujer abra el suyo y descubra a Cristo sufriendo con ella, y animándola a resucitar con Él (los textos son palabras del Papa).
«Frente a las situaciones más difíciles y dolorosas, cuando Dios parece ausente debemos confiarle una vez más las cargas que llevamos en el corazón, incluso gritándole a Él, incluso protestando como Job, seguros de que de algún modo Él se hace presente y está cerca aun cuando aparentemente calla».
Y después de recordar la angustia y el dolor «las horas de oscuridad, de angustia y de dolor que vivió Jesús cuando se acercaba la hora de su muerte», añade:
«En esos momentos, podemos pensar instintivamente que también Dios nos haya abandonado. Pero la Cruz de Jesús nos dice que Dios no nos abandona, que Él sigue crucificado por nosotros en el momento del dolor y de la soledad externa, que Él recoge no sólo nuestras lágrimas, sino el grito de nuestro sufrimiento que otros no escuchan, un grito que Jesús hizo suyo en la Cruz, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”».
El Señor en Getsemaní y en el Calvario, nos manifiesta el infinito Amor que nos tiene, y nos enseña que sólo llegaremos a descubrir esa hondura de su Amor, si le acompañamos en el sufrimiento. Si al contemplarle crucificado ofreciéndonos la redención de todos nuestros pecados, y removiendo nuestra alma al arrepentimiento, ofrecemos nuestros dolores, nuestros sufrimientos a los suyos acompañándole a llevar Su Cruz Redentora.
«En las horas de dolor, al menos en cuanto sea posible, debemos abrirnos a alguien que nos ayude a expresar una oración sencilla, que nos acompañe con discreción sin la prisa de explicarnos ese dolor, que nos tome de la mano y nos haga salir de ese grito», añade el Santo Padre León XIV.
Ese alguien es el mismo Cristo. El Papa León parece estar invitando a esa mujer a descubrir el sufrimiento del Señor en la Cruz, y a unirse con Él, viviendo sus sufrimientos en Cristo, por Cristo, con Cristo, como de alguna manera hizo el buen ladrón:
«Dimas fija su mirada en Quien está apunto de exhalar el último suspiro, y eleva su espíritu a las alturas de la Cruz. A las alturas de Dios, descubriendo el esplendor de la Resurrección. “Señor, acuérdate de mí cuando estés en tu Reino” “Hoy estarás conmigo en el paraíso”».
"Jamás en la tierra se había oído, ni se oirá, un diálogo tan breve, y tan penetrado de sentido y de inmensidad, entre el Amor de Dios y la miseria del hombre. El encuentro en la Cruz del Hijo de Dios hecho hombre con el hombre pecador, que clama por su misericordia” (Con Cristo en el Calvario, pág. 72)
«Estas experiencias ofrecen un mensaje también a nosotros creyentes. A toda la Iglesia: no debemos espiritualizar el dolor, reconduciéndolo superficialmente a la “voluntad de Dios” o a algún misterioso proyecto suyo, porque esto corre el riesgo de minimizar ese sufrimiento, de silenciarlo, de herir a las personas. Dios no quiere el sufrimiento, lo lleva con nosotros y nos invita a confiar en Él de modo perseverante».
¿Sueña Dios con lo que ha querido recomendar León XIV a esa mujer que, de la mano de la Santísima Virgen, una sus dolores y sus sufrimientos a los de Cristo y tenga así la alegría de acompañar al Señor en su muerte en la Cruz, y gozar ya de la alegría de la Resurrección?.
León XIV, seguir soñando el sueño de Dios
«Queridos amigos y amigas, os invito a seguir soñando el sueño de Dios. A cada uno os digo: ¡Dios te ama como eres, pero te sueña mejor! El Señor nos permite a todos empezar siempre de nuevo, pues ser humano y ser cristiano no consiste en no equivocarse sino en crecer en la capacidad de convertirse, arrepentirse, enmendarse y, sobre todo, de reconciliarse y de perdonar».
Estas palabras de León XIV en un centro penitenciario de Barcelona han dado la vuelta al mundo. Y la seguirán dando. Las hemos recogido en el primero de estos artículos, y las volvemos a escribir en este. Un Dios que sueña con el hombre, que acompaña al hombre en sus sufrimientos y en sus alegrías. Y que no deja nunca de amar a esta criatura suya, que somos cada uno de nosotros, “su imagen y semejanza”. Dios que se ha revelado al mundo en la persona de Jesucristo, Dios y hombre verdadero. “Quién me ha visto a Mí, ha visto al Padre” (Jn 14, 9), dice el Señor.
«Buenas noches Santo Padre. Vengo de una familia de un barrio muy humilde de Barcelona. De pequeña mi padre intentó matar a mi madre, y se salvó porque se interpuso un chico que murió. Mi padre ingresó en la cárcel, y mi madre entró en el mundo de las drogas. A los diez años los servicios sociales se hicieron cargo de mí, y me llevaron al centro de menores de San José de la Montaña. Al principio fue duro, pues me había creado un muro para protegerme, donde no dejaba entrar a nadie.
Pero poco a poco experimenté por primera vez el amor de familia, y mi corazón se fue abriendo. Allí me hablaron de Jesús, empecé a rezar y me bauticé. Pero en mi adolescencia me rebelé contra Dios muchas veces. Me invitaron a un retiro y allí por primera vez experimenté el amor de Dios. Pero han pasado unos meses, y aún me cuesta perdonar a mi padre. Y a veces levanto los ojos al cielo y le pregunto ¿dónde estabas cuando era una niña? Santo Padre, ¿cómo puedo perdonar a mi padre, que estuvo a punto de dejarme sin madre? ¿cómo puedo reconciliarme de verdad con Dios?».
Jesús en la Cruz da sentido al sufrimiento
El sufrimiento físico y moral lo podemos encontrar –y de hecho lo encontramos– en la vida de cada uno de nosotros. Desde la Cruz Cristo da sentido a todo sufrimiento, y clavado en la Cruz, Cristo a permanecer siempre, hasta el final de los siglos, para que nosotros podamos sufrir con Él, y Resucitar con Él.
Consciente de que Cristo ha dado sentido a todo sufrimiento humano, León XIV aprovecha las preguntas para situar a la mujer en una auténtica relación con Dios.
«Es realmente signo de la gracia de Dios que esta pregunta surja de un pasado tan marcado por el sufrimiento y que, a pesar del dolor, se tenga la valentía de preguntar cómo es posible perdonar a quien nos ha hecho mal. (...) No podemos atribuir a Dios lo que ha sido confiado a nuestra responsabilidad; no podemos imaginar que Dios desde lo alto responda a nuestras necesidades de modo automático o impida milagrosamente que el mal suceda.
Él nos ha dotado de inteligencia y voluntad, nos ha dado una conciencia, nos ha revestido de dignidad y de libertad, y sobre todo ha venido a nuestro encuentro para indicarnos, en su Hijo Jesucristo, el camino a seguir para que nuestra vida sea plenamente humana y en nuestra sociedad reinen la justicia, la paz y la fraternidad», añade el Papa León.
Jesucristo ha venido a la tierra para redimirnos del pecado, y darnos la gracia –viviendo con nosotros– para que podamos vivir pidiendo perdón y perdonando a quienes ofendemos o nos ofenden.
«Todo esto nos ayuda a entrar cada vez más en la dinámica del perdón y a reconciliarnos con Dios y con los demás. Somos pecadores perdonados, estamos en paz y somos capaces de perdonar. Capaces de ser portadores de paz».
Con las respuestas a estos tres jóvenes, el Santo Padre ha expresado una muy cercana manifestación de la práctica de las tres virtudes teologales que, de alguna manera, expresan la relación del hombre con Dios –Fe, Esperanza, Caridad–. Vividas un día y otro, aunque nos cueste, hacen posible que descubramos el Amor que Dios nos tiene. Amor, que quiere que nosotros vivamos con todos nuestros prójimos.
Tabla de contenidos
Ernesto Juliá, (ernesto.julia@gmail.com) | Publicado anteriormente en Religión Confidencial.
Relectura de la encíclica Magnifica humanitas
Con el verano de por medio, ha pasado suficiente tiempo para poder realizar una lectura sosegada de la primera encíclica de León XIV: Magnifica humanitas (15-V-2026). Un texto cuyo tema no es la inteligencia artificial, sino, como reza el subtítulo, “la custodia de la persona humana en un tiempo de inteligencia artificial”.
Al mismo tiempo, señala cómo debe ser la contribución de los cristianos a la construcción de una ciudad más humana y fraterna. El preludio y el final enmarcan las sinfonías. Vale la pena prestar especial atención al momento inicial y al final de la encíclica, aunque sean breves, para captar bien el contenido de su mensaje.
El preludio: ¿Babel o Jerusalén?
En la época de León XIII lo nuevo era la revolución industrial con sus avances y riesgos. Hoy, dice el Papa, necesitamos realizar un “discernimiento compartido” que nos ayude, en este “cambio de época” a responder algunas preguntas fundamentales: «¿Hacia dónde vamos? ¿Hacia qué meta deseamos orientarnos? ¿Qué dirección elegir como comunidad humana y como pueblos?» (n. 6).
Para edificar responsablemente en nuestro tiempo, el Papa propone dos “imágenes” bíblicas: la construcción de la torre de Babel (cfr. Gn 11, 1-9) y la reconstrucción de los muros de Jerusalén (cfr. Ne 2, 6) después del exilio en Babilonia (cfr. n. 7-10).
«La primera elección no es entre un ‘sí’ o un ‘no’ a la tecnología, sino entre construir Babel o reconstruir Jerusalén: entre un poder que pretende dominar el cielo y un pueblo que, en presencia de Dios, se pone a trabajar unido para levantar de nuevo las murallas de la convivencia fraterna» (n. 9).
Afirma León XIV que precisamente “esta obra compartida” es la expresión de la forma de construir propia de los cristianos: «Orientar la acción hacia Dios, para que, bajo su luz, el pluralismo no se disperse en el desorden, sino que, en la práctica de la sinodalidad, se convierta en el espacio en el que la humanidad recupere sus cimientos sólidos y su fin último» (n. 10).
Se perfila así, podría decirse, una antropología cristiana del trabajo, que culmina en el don de la Ciudad de Dios definitiva: el Cielo, el Reino de Dios consumado, la Iglesia, comunión de los santos en un mundo reconciliado y transformado. «Esta visión de gracia es para nosotros, los cristianos, una llamada a trabajar juntos, cultivando una vida común pacífica, justa y digna en las ‘ciudades’ de hoy» (Ibid.).
5 claves para entender Magnifica Humanitas
Con motivo del 135.º aniversario de la profética Rerum novarum de León XIII, el Papa León XIV ha hecho pública su nueva carta encíclica, Magnifica Humanitas (15 de mayo de 2026). Un documento de profundo calado teológico y social que aborda el mayor desafío de nuestra era: la custodia de la persona humana en el tiempo de la Inteligencia Artificial (IA) y la digitalización desbocada.
Inspirándose en la imagen bíblica del Dios que se hizo carne para iluminar el misterio del hombre, el Santo Padre propone una lectura de las res novae (las «nuevas realidades») desde una mirada de fe, razón y responsabilidad compartida.
El paradigma tecnocrático frente al verdadero humanismo cristiano. León XIV advierte del riesgo de sucumbir a un paradigma tecnocrático que absolutice la eficiencia, reduzca al ser humano a un mero conjunto de datos o promueva narrativas como el transhumanismo y el posthumanismo.
Frente a la pretensión de alcanzar un «más que humano» mediante el control técnico y biológico, la Encíclica contrapone la grandeza de la gracia y la encarnación: la auténtica trascendencia no consiste en superar nuestros límites biológicos por la fuerza digital, sino en acoger la dignidad trascendente de cada persona como imagen del Dios Trinitario.
La IA como herramienta, no como sustituto de la conciencia y la gobernanza. La inteligencia artificial representa una «ayuda valiosa» capaz de generar grandes avances, pero su omnipresencia exige una atención ética, transparencia y gobernanza. El pontífice hace un llamado de alerta sobre el poder sin precedentes que hoy ostentan grandes actores privados transnacionales, superando a menudo la capacidad de regulación de los estados.
El Papa subraya que las tecnologías deben estar siempre orientadas al bien común y subordinadas a la responsabilidad moral humana. Decisiones cruciales que afectan a la vida, la justicia o la paz no pueden delegarse ciegamente a algoritmos desprovistos de corazón y conciencia.
La verdad, el trabajo y la libertad: los tres pilares en riesgo. En el capítulo cuarto, la encíclica detalla cómo la transición digital impacta sobre tres dimensiones estructurales de la vida social:
La verdad y la comunicación: en un ecosistema hiperconectado expuesto a la manipulación y la desinformación, la verdad debe ser custodiada como un bien común esencial para la salud de las democracias. León XIV pide una auténtica «ecología de la comunicación» y una alianza educativa.
La dignidad del trabajo: frente al fantasma del desempleo tecnológico y la automatización, el texto reafirma que el trabajo no es un mero factor de producción, sino una vía indispensable de realización personal y participación en la creación.
La libertad frente al control: la encíclica denuncia las «nuevas esclavitudes» digitales, las adicciones a las pantallas y las dinámicas de mercantilización y control social que atenazan a jóvenes y familias.
Reconstruir Jerusalén vs. la tentación de la torre de Babel. Para ilustrar este momento de cambio de época, el santo padre recurre a dos potentes imágenes bíblicas:
La torre de Babel: representa la pretensión de autosuficiencia humana, la búsqueda de uniformidad ideológica/tecnológica y el orgullo de querer alcanzar el cielo sin Dios, lo cual termina irremediablemente en la incomunicación y el colapso social.
La reconstrucción de Jerusalén (Nehemías): es el modelo de la responsabilidad compartida, la comunión en la diversidad, el diálogo intergeneracional y el esfuerzo mutuo. En lugar de imponer desde arriba, se trata de reconstruir «los vínculos antes que las piedras» situando a Dios y al prójimo en el centro.
De la «cultura del poder» a la «civilización del amor». Por último, el papa León XIV hace un llamamiento apremiante a la geopolítica mundial. Frente a una cultura del poder que normaliza la guerra, desarrolla sistemas de armas autónomas guiadas por IA y degrada el multilateralismo diplomático, la Iglesia contrapone la urgencia de construir la civilización del amor.
Esto implica «desarmar las palabras», asumir con realismo la mirada y el dolor de las víctimas de los conflictos, y promover un desarme integral orientado por la justicia y el diálogo pacífico entre los pueblos.
Firma de la encíclica Magnifica humanitas.
Un canto de esperanza
Magnifica Humanitas concluye elevando la mirada hacia el Magníficat de María y la contemplación del Verbo encarnado. León XIV nos recuerda que la técnica está hecha para servir a la persona, y no la persona para someterse a la técnica.
El reto de nuestra generación consiste en no perder el alma en la era de los algoritmos y edificar, juntos, una sociedad genuinamente humana y fraternal.
Don Ramiro Pellitero Iglesias, profesor emérito de Teología Pastoral en la Facultad de Teología de la Universidad de Navarra.