La basílica de san Pedro cumple 400 años

Situada en el corazón de la Ciudad del Vaticano, y construida por Bramante, Miguel Ángel y Bernini, la basílica de san Pedro es el centro de la cristiandad y una de las obras cumbre del Renacimiento. La Santa Sede ha presentado recientemente varios actos para conmemorar el 400 aniversario de su dedicación.

La basílica de san Pedro es una obra de arte y de fe de la que nadie duda. Su construcción, que abarcó más de un siglo (1506-1626), representa la transición y culminación de los estilos Renacentista y Barroco.

En 1626 se consagraba oficialmente la gran basílica levantada sobre la tumba del apóstol Pedro. Cuatro siglos después, en 2026, la basílica de san Pedro celebra su 400 cumpleaños como uno de los edificios más influyentes de la historia de la arquitectura occidental.

De Bramante a Bernini: legado de la arquitectura moderna

La actual basílica sustituyó a la antigua iglesia constantiniana del siglo IV. El proyecto arrancó oficialmente en 1506 por iniciativa del papa Julio II, que encargó el diseño a Donato Bramante.

A lo largo de más de un siglo de obras, el edificio pasó por las manos de arquitectos decisivos: Miguel Ángel, que redefinió la cúpula y dio al conjunto su monumentalidad definitiva; Carlo Maderno, responsable de la fachada actual y de la ampliación longitudinal que convirtió el templo en una cruz latina; y Gian Lorenzo Bernini, autor del imponente baldaquino de bronce bajo la cúpula y del diseño de la plaza elíptica que abraza a los peregrinos.

Una historia que se puede recorrer online

La consagración tuvo lugar el 18 de noviembre de 1626. Desde entonces, San Pedro ha sido escenario de coronaciones papales, grandes celebraciones públicas, funerales históricos y momentos clave de la historia contemporánea.

En este aniversario, redescubre la historia de San Pedro a través de recursos digitales ya disponibles:

Un museo vivo: de arte, espacio y experiencias

La basílica es un compendio de arte europeo entre los siglos XVI y XVII. La cúpula de Miguel Ángel –de 136 metros de altura– se convirtió en modelo para incontables iglesias posteriores. El baldaquino de Bernini introdujo un lenguaje barroco que dialoga con la escala colosal del edificio. Las capillas laterales albergan esculturas, mosaicos y monumentos funerarios que recorren cinco siglos de historia.

Dibujo realizado por H. W. Brewer en 1891 del estado de la basílica entre 1483-1506.

Con motivo del aniversario, el programa presentado en febrero de 2026 incluye una exposición dedicada a las fases de diseño y construcción del templo, desde los primeros bocetos de Bramante hasta su culminación en el siglo XVII. El objetivo es mostrar el proceso creativo detrás de una obra que, más que un edificio, fue un experimento arquitectónico continuo durante más de cien años.

Además, el 20 de febrero se incorporó un nuevo Vía Crucis del artista suizo Manuel Dürr, integrando creación contemporánea en un espacio histórico, algo que ha sucedido periódicamente a lo largo de los siglos.

Qué es el proyecto Más allá de lo visible

La basílica recibió más de 30 millones de peregrinos en 2025, una cifra récord debida al Jubileo de la Esperanza. El aniversario ha sido la ocasión para reforzar la gestión de flujos mediante un sistema de reservas integrado en la web oficial.

Asimismo, una aplicación móvil ofrecerá traducción simultánea de liturgias, cantos y lecturas en 60 idiomas, facilitando una experiencia más inmersiva y ordenada. También se abrirán nuevas áreas del complejo, como las cúpulas gregoriana y clementina, y la terraza que recorre los tres ábsides.

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Uno de los proyectos más llamativos del 400 aniversario es Más allá de lo visible, una maqueta digital integral del complejo monumental. Se trata de un proyecto tecnológico y de conservación impulsado por la Fabbrica di San Pietro y ENI, en colaboración con Microsoft.

Durante 18 meses de trabajo y más de 4.500 horas de levantamiento de datos, se han escaneado digitalmente los 80.000 metros cuadrados de la basílica.

400 años después

Pocas construcciones pueden afirmar que han modelado durante cuatro siglos la identidad visual de una ciudad y, al mismo tiempo, la historia del arte occidental. La basílica de san Pedro no es únicamente el centro simbólico del Vaticano; es una síntesis de fe, arquitectura, escultura, ingeniería y urbanismo.

San Pedro cumple 400 años no como reliquia, sino como edificio vivo: un espacio donde historia, arte y tecnología continúan dialogando bajo la misma cúpula que Miguel Ángel imaginó hace más de cinco siglos.

Qué es la Cátedra de san Pedro

Cada 22 de febrero, la Iglesia católica celebra la festividad de la Cátedra de san Pedro, una ocasión especial que resalta el papel del Papa como sucesor de san Pedro y su misión de guiar a los fieles en la fe y en la unidad como predica León XIV desde el inicio de su pontificado.

Este día que nos interpela a mirar con más amor al Papa que ejerce su humilde liderazgo en tiempos que algunos califican de difíciles; nos impulsa a caminar fortes in fide.

La celebración de la Cátedra de san Pedro se convierte cada año en una oportunidad para unirnos en oración y fortalecer nuestra fe. La Cátedra simboliza la enseñanza y la guía que el Papa ofrece a la Iglesia y a todos los fieles.

La Cathedra Sancti Petri Apostoli está considerada por la tradición como la silla episcopal de san Pedro. Se trata de un antiguo trono de madera -símbolo del primado y del magisterio del Papa- adornado con placas de marfil en las que están representados los trabajos de Hércules, y con frisos, también de marfil, de la época carolingia (s. IX).

Para dignificarla más aún, el arquitecto Gian Lorenzo Bernini realizó un grandioso monumento de bronce dorado que fue terminado en 1666, tras diez años de trabajos difíciles y costosos, sobre todo por lo que se refiere a la fusión de las estatuas y de los elementos de bronce, que alcanzan las 74 toneladas de peso. Sobre el trono que contiene la reliquia, dos ángeles sostienen las insignias papales: las llaves y la tiara. El conjunto alcanza una altura de 14,74 metros.

Dónde está la tumba de san Pedro

La tumba original del apóstol San Pedro se encuentra exactamente debajo del altar mayor de la Basílica de san Pedro. No se puede contemplar a simple vista, sino que se sitúa en un nivel subterráneo profundo, que se puede visitar de forma muy restringida, conocido como la Necrópolis Vaticana, y que está por debajo del nivel de las grutas vaticanas (el lugar donde están enterrados la mayoría de los papas).

Bajo el altar mayor actual, los arqueólogos, durante los años 60 del siglo pasado, encontraron un pequeño edículo (santuario) que data del siglo II y que fue construido frente a un muro pintado de rojo. En él había un grafiti en griego antiguo que decía Petros eni (Pedro está aquí).

En un nicho secreto, dentro de ese muro rojo, se encontraron huesos pertenecientes a un hombre robusto de unos 60 a 70 años. Los huesos tenían mucha tierra pegada y se encontraban envueltos en una tela púrpura bordada con hilos de oro (lo que supone una muestra de gran respeto). Tras años de estudios forenses, en 1968, el papa san Pablo VI anunció oficialmente que esos restos se podían considerar de modo convincente como los auténticos del apóstol san Pedro.

El acceso a los Scavi Vatican está muy restringido (solo se permite el acceso de unos 250 visitantes al día) para proteger el microclima y condiciones de las ruinas. Para reservar la visita debe solicitarse con meses de antelación enviando un formulario o correo electrónico al Ufficio Scavi (Oficina de Excavaciones de la Fábrica de San Pedro).

Como detalles más operativos, el recorrido dura aproximadamente unos 90 minutos. Se trata de un espacio cerrado, algo caluroso y húmedo no apto para personas con claustrofobia. Tampoco se permite la entrada a menores de 15 años ni hacer fotografías.

Las grutas vaticanas

Justo bajo el suelo de la actual basílica de san Pedro, se encuentran las grutas vaticanas. Para orientarse, físicamente, ocupan un nivel intermedio entre la actual catedral y las viejas ruinas de la necrópolis.

A modo de resumen, el suelo de las grutas vaticanas es el suelo original de la basílica que el emperador Constantino mandó construir en el siglo IV.

La extensa cripta de las grutas vaticanas sirve como cementerio papal. Allí se encuentran las tumbas y las capillas de más de 90 papas (incluyendo al beato Juan Pablo I, Pío XII, san Pablo VI, entre otros), así como de algunos reyes, reinas y nobles que destacaron por su apoyo a la Iglesia Católica (como la reina Cristina de Suecia). La tumba de san Juan Pablo II estuvo inicialmente allí hasta que fue trasladada tras ser beatificado para facilitar a los files su visita y oraciones. En la actualidad se encuentra a la izquierda de La Piedad de Miguel Ángel.



La paz desarmante y la fidelidad

Entre las enseñanzas del papa León XIV de las últimas semanas, en la estela del Jubileo de la Esperanza, nos centramos en su Mensaje para la 59ª Jornada Mundial de la paz, que marca el comienzo del año 2026, y su carta apostólica “Una fidelidad que genera futuro”, con motivo del 60º aniversario de los decretos conciliares Optatam totius Presbyterorum ordinis.

La revolución de una paz desarmante

El mensaje de León XIV para la Jornada mundial de la paz (1-I-2026) se titula: «La paz esté con todos ustedes: hacia una paz ‘desarmada y desarmante’». Se trata de un eco, directo y ampliado, de las primeras palabras que pronunció al salir al balcón de la basílica de san Pedro en el Vaticano (8-V-2025).

La paz que trae Cristo resucitado –observa en la introducción– no es un mero deseo, sino que «realiza un cambio definitivo en quien la recibe y, de ese modo, en toda la realidad» (cf. Ef 2, 14). La misión cristiana, que comporta la paz con su aspecto luminoso respecto a las tinieblas y oscuridades de los conflictos, sigue adelante. Con el anuncio de los sucesores de los apóstoles y el impulso de tantos discípulos de Cristo, es “la más silenciosa revolución”.

La paz que trae Cristo resucitado –observa en la introducción– no es un mero deseo, sino que «realiza un cambio definitivo en quien la recibe y, de ese modo, en toda la realidad» (cfr. Ef 2, 14). La misión cristiana, que comporta la paz con su aspecto luminoso respecto a las tinieblas y oscuridades de los conflictos, sigue adelante. Con el anuncio de los sucesores de los apóstoles y el impulso de tantos discípulos de Cristo, es «la más silenciosa revolución».

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Cristo trae “una paz desarmada” porque, frente a los conflictos y a la violencia, Él trae un camino distinto. “Envaina tu espada”, le dice a Pedro (Jn 18, 11; cfr. Mt 26, 52). 

«La paz de Jesús resucitado es desarmada –afirma el Papa–, porque desarmada fue su lucha, dentro de circunstancias históricas, políticas y sociales precisas. Los cristianos, juntos, deben hacerse proféticamente testigos de esta novedad, recordando las tragedias de las que tantas veces se han hecho cómplices». 

Una “lucha” desarmada

Jesús propone, en cambio, el camino –el protocolo, lo llamaba el papa Francisco– de la misericordia (cfr. Mt 25, 31-46). 

Paradójicamente, hoy, «en la relación entre ciudadanos y gobernantes se llega a considerar una culpa el hecho de que no se nos prepare lo suficiente para la guerra, para reaccionar a los ataques, para responder a las agresiones». 

Pero esto es como la punta del iceberg de un problema más profundo y extendido a nivel mundial: la extendida lógica justificativa del miedo y del dominio. «En efecto, la fuerza disuasiva del poder y, en particular, de la disuasión nuclear, encarnan la irracionalidad de una relación entre pueblos basada no en el derecho, la justicia y la confianza, sino en el miedo y en el dominio de la fuerza». 

Que la ética prevalezca sobre los intereses económicos

No se trata, dice León XIV, de negar los peligros que se ciernen sobre nosotros a causa del dominio de otros. Se trata, primero, del coste del rearme, con los intereses económicos y financieros que comporta. Y, en segundo lugar, y más al fondo, de un gran problema cultural que afecta a las políticas educativas. Se deja así de lado el camino de la escucha, del encuentro y del diálogo, como aconsejó el Concilio Vaticano II (cfr. Gaudium et spes, 80).

De ahí que se vuelva necesario, de un lado, «denunciar las enormes concentraciones de intereses económicos y financieros privados que van empujando a los estados en esta dirección». Y, al mismo tiempo, fomentar «el despertar de las conciencias y del pensamiento crítico» (cfr. Fratelli tutti, 4).  

El Papa pide que unamos esfuerzos «para contribuir recíprocamente a una paz desarmante, una paz que nace de la apertura y de la humildad evangélica». Y todo ello, atención, no solo como respuesta ética, sino también con atención a la fe cristiana, que promueve la unidad. 

Promover la confianza recíproca

De entrada, en la perspectiva cristiana la bondad es desarmante. Quizás por eso Dios se hizo niño. Dios quiso asumir nuestra fragilidad; mientras que nosotros, como señalaba el Papa Francisco, «tendemos con frecuencia a negar los límites y a evadir a las personas frágiles y heridas, que tienen el poder de cuestionar la dirección que hemos tomado, como individuos y como comunidad» (Francisco, Carta al director del “Corriere della Sera”, 14-III-2025). 

En su carta magna del pensamiento cristiano sobre la paz (la encíclica Pacem in terris, de 1963), san Juan XXIII introdujo la propuesta de un «desarme integral», sobre la base de «una renovación del corazón y de la inteligencia». Para ello, confirma ahora León XIV, la lógica del miedo y de la guerra debe sustituirse por la confianza recíproca entre los pueblos y naciones; sin ceder a la tendencia a «transformar incluso los pensamientos y las palabras en armas». 

Las religiones, plantea el papa León XIV, deben ayudar a dar este paso y no al contrario: sustituir la fe por el combate político hasta –denuncia de modo clarividente– «bendecir el nacionalismo y justificar religiosamente la violencia y la lucha armada».

Por eso, y se dirige ante todo a los creyentes, propone: «junto con la acción, es cada vez más necesario cultivar la oración, la espiritualidad, el diálogo ecuménico e interreligioso como vías de paz y lenguajes del encuentro entre tradiciones y culturas»

Y esto tiene una traducción educativa: que cada comunidad cristiana se convierta en una casa de paz y una escuela de la paz, «donde aprendamos a desactivar la hostilidad mediante el diálogo, donde se practique la justicia y se preserve el perdón; hoy más que nunca, en efecto, es necesario mostrar que la paz no es una utopía, mediante una creatividad pastoral atenta y generativa».

Claramente, añade el sucesor de Pedro, esto corresponde de modo especial a los políticos: «Es el camino desarmante de la diplomacia, de la mediación, del derecho internacional, tristemente desmentido por las cada vez más frecuentes violaciones de acuerdos alcanzados con gran esfuerzo, en un contexto que requeriría no la deslegitimación, sino más bien el reforzamiento de las instituciones supranacionales».

Desarmar el corazón, la mente y la vida

En continuidad con sus predecesores, León XIV denuncia el afán de dominar y de avanzar sin límites, a base de sembrar la desesperanza y suscitar la desconfianza, incluso disfrazada detrás de la defensa de algunos valores.

«A esta estrategia –propone como fruto del Jubileo de la Esperanza– hay que oponer el desarrollo de sociedades civiles conscientes, de formas de asociacionismo responsable, de experiencias de participación no violenta, de prácticas de justicia reparadora a pequeña y gran escala». Todo ello, basado tanto en razones antropológicas como teológicas, en el horizonte de la fraternidad humana (cfr. León XIII, Rerum novarum, 35).

Esto, concluye el Papa, requiere, ante todo para los creyentes, «redescubrirse peregrinos y comenzar en sí mismos ese desarme del corazón, de la mente y de la vida al que Dios no tardará en responder –con el don de la paz– cumpliendo sus promesas» (cfr. Is 2, 4-5). 

Fidelidad sacerdotal fecunda

La carta apostólica Una fidelidad que genera futuro, firmada por León XIV el 8 de diciembre de 2025, fue publicada a finales de diciembre.

El título contiene ya la propuesta dirigida a los sacerdotes y especificada al comienzo: «Perseverar en la misión apostólica nos ofrece la posibilidad de interrogarnos sobre el futuro del ministerio y de ayudar a otros a percibir la alegría de la vocación presbiteral» (n. 1). La “fidelidad fecunda” es un don que se entiende y se recibe en el marco de la Iglesia y su misión. Al mismo tiempo, el ministerio sacerdotal tiene un papel importante en la anhelada renovación de la Iglesia (cfr. Optatam totius, Proemio). 

De ahí la invitación de León XIV a releer los decretos conciliares Optatam totius y Presbyterorum ordinis, donde se deseaba reafirmar la identidad sacerdotal y, a la vez, abrir el ministerio a nuevas perspectivas de profundización doctrinal. Una relectura que debe ser iluminada por el hecho de que, tras el Concilio, «la Iglesia ha sido conducida por el Espíritu Santo a desarrollar la doctrina del Concilio sobre su naturaleza comunional según la forma sinodal y misionera» (n. 4). 

Mantener vivo el don de Dios y cuidar la fraternidad

Ante fenómenos dolorosos, como los abusos o los abandonos del ministerio por parte de algunos sacerdotes, el Papa subraya la necesidad de una respuesta generosa al don recibido (cfr. 2 Tm 1, 6). La base debe ser el “seguimiento de Cristo, con el apoyo de la formación integral y continua. En esta formación destaca, desde la etapa del seminario, el aspecto “afectivo”(aprender a amar como Jesús), la madurez humana y la solidez espiritual.

«Comunión, sinodalidad y misión no pueden realizarse, en efecto, si en el corazón de los sacerdotes la tentación de la autorreferencialidad no cede el paso a la lógica de la escucha y del servicio» (n. 13). Así serán eficaces en su “servicio” a Dios y al pueblo encomendado.

Dentro de la fraternidad fundamental que surge en los cristianos a raíz del Bautismo, hay en los sacerdotes, por el sacramento del orden, un vínculo fraternal particular, que es don y tarea. Así lo expresa el Concilio: «Cada uno está unido con los demás miembros de este presbiterio por vínculos especiales de caridad apostólica, de ministerio y de fraternidad» (Presbyterorum ordinis 8). 

Dice el Papa que esto significa, en primer lugar, por parte de cada uno, «superar la tentación del individualismo» (n. 15) y una llamada a la fraternidad, cuyas raíces están en la unidad en torno al obispo. Institucionalmente hay que promover la equiparación económica, la previsión para la enfermedad y la vejez, el cuidado recíproco, y también «formas posibles de vida en común», que favorezcan el cultivo de la vida espiritual e intelectual, evitando los posibles peligros de la soledad (cfr. Presbyterorum ordinis 8). 

Sacerdocio y sinodalidad para la misión

Anima a los sacerdotes a participar en los procesos sinodales en marcha, remitiendo al Documento final del sínodo sobre la sinodalidad: «parece fundamental que, en todas las Iglesias particulares, se emprendan iniciativas adecuadas para que los presbíteros puedan familiarizarse con las directrices de este Documento y experimentar la fecundidad de un estilo sinodal de Iglesia» (n. 21 de la carta).

En cuanto a los sacerdotes, esto debe manifestarse en su espíritu de servicio y cercanía, acogida y escucha. Han de rechazar un liderazgo exclusivo, escogiendo en cambio el camino de la colegialidad y de la cooperación con los demás ministros ordenados y todo el Pueblo de Dios. Es necesario –señala– evitar la identificación entre la potestad sacramental y el poder, lo que llevaría a poner al sacerdote por encima de los demás (cfr. Evangelii gaudium, 104). 

Por lo que respecta a la misión: “La identidad de los presbíteros se constituye en torno a su ‘ser para’ y es inseparable de su misión” (n. 23 de la carta). 

El Papa pone en guardia a los sacerdotes frente a dos tentaciones: el activismo (dar prioridad a lo que se hace sobre lo que se es) y el quietismo (vinculado a la pereza y al derrotismo). Señala la caridad pastoral como principio unificador de la vida sacerdotal (cfr. Pastores dabo vobis, 23). Así «cada sacerdote puede encontrar el equilibrio en la vida cotidiana y saber discernir lo que es beneficioso y lo que es proprium del ministerio, según las indicaciones de la Iglesia» (n. 24). 

También de este modo podrá encontrar la armonía entre contemplación y acción, y la sabiduría de desaparecer cuando y como convenga, en medio de una cultura que exalta la exposición mediática. Podrá promover la unidad con Dios y la fraternidad y el compromiso de las personas en el servicio de las actividades culturales, sociales y políticas, tal como propone el Documento final del sínodo (cfr. nn. 20, 50, 59 y 117).

Con referencia al futuro y ante la escasez de las vocaciones, León XIV propone la oración y la revisión de la praxis pastoral, de modo que se renueven tanto el cuidado de las vocaciones existentes como la llamada en los contextos juvenil y familiar.


Don Ramiro Pellitero Iglesias, profesor de Teología pastoral en la Facultad de Teología de la Universidad de Navarra.

Publicado en Iglesia y nueva evangelización y en Omnes.


León XIV a la asamblea presbiteral: «Dios es testigo de vuestra entrega silenciosa»

Queridos hijos:

Me alegra poder dirigiros esta carta con ocasión de vuestra asamblea presbiteral y hacerlo desde un sincero deseo de fraternidad y unidad. Agradezco a vuestro arzobispo y, de corazón, a cada uno de vosotros la disponibilidad para reuniros como presbiterio, no sólo para tratar asuntos comunes, sino para sosteneros mutuamente en la misión que compartís.

Asamblea presbiteral, una reflexión serena y honesta

Valoro el compromiso con el que vivís y ejercitáis vuestro sacerdocio en parroquias, servicios y realidades muy diversas; sé que muchas veces este ministerio se desarrolla en medio del cansancio, de situaciones complejas y de una entrega silenciosa de la que sólo Dios es testigo. Precisamente por eso deseo que estas palabras os alcancen como un gesto de cercanía y de aliento, y que este encuentro favorezca un clima de escucha sincera, de comunión verdadera y de apertura confiada a la acción del Espíritu Santo, que no deja de obrar en vuestra vida y en vuestra misión.

El tiempo que vive la Iglesia nos invita a detenernos juntos en una reflexión serena y honesta. No tanto para quedarnos en diagnósticos inmediatos o en la gestión de urgencias, sino para aprender a leer con hondura el momento que nos toca vivir, reconociendo, a la luz de la fe, los desafíos y también las posibilidades que el Señor abre ante nosotros. En este camino se vuelve cada vez más necesario educar la mirada y ejercitarnos en el discernimiento, de modo que podamos percibir con mayor claridad lo que Dios ya está obrando, muchas veces de forma silenciosa y discreta, en medio de nosotros y de nuestras comunidades.

Esta lectura del presente no puede prescindir del marco cultural y social en el que hoy se vive y se expresa la fe. En muchos ambientes constatamos procesos avanzados de secularización, una creciente polarización en el discurso público y la tendencia a reducir la complejidad de la persona humana, interpretándola desde ideologías o categorías parciales e insuficientes. En este marco, la fe corre el riesgo de ser instrumentalizada, banalizada o relegada al ámbito de lo irrelevante, mientras se afianzan formas de convivencia que prescinden de toda referencia trascendente.

Los jóvenes se abren a una nueva inquietud

A ello se suma un cambio cultural profundo que no puede ignorarse: la progresiva desaparición de referencias comunes. Durante mucho tiempo, la semilla cristiana encontró una tierra en buena medida preparada, porque el lenguaje moral, las grandes preguntas sobre el sentido de la vida y ciertas nociones fundamentales eran, al menos en parte, compartidos.

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Hoy ese sustrato común se ha debilitado notablemente. Muchos de los presupuestos conceptuales que durante siglos facilitaron la transmisión del mensaje cristiano han dejado de ser evidentes y, en no pocos casos, incluso comprensibles. El Evangelio no se encuentra sólo con la indiferencia, sino con un horizonte cultural distinto, en el que las palabras ya no significan lo mismo y donde el primer anuncio no puede darse por supuesto.

Sin embargo, esta descripción no agota lo que realmente está sucediendo. Estoy convencido –y sé que muchos de vosotros lo percibís en el ejercicio cotidiano de vuestro ministerio– de que en el corazón de no pocas personas, especialmente de los jóvenes, se abre hoy una inquietud nueva. La absolutización del bienestar no ha traído la felicidad esperada; una libertad desvinculada de la verdad no ha generado la plenitud prometida; y el progreso material, por sí solo, no ha logrado colmar el deseo profundo del corazón humano.

Los sacerdotes que necesita Madrid y la Iglesia entera

En efecto, las propuestas dominantes, junto con determinadas lecturas hermenéuticas y filosóficas con las que se ha querido interpretar el destino del hombre, lejos de ofrecer una respuesta suficiente, han dejado con frecuencia una mayor sensación de hartazgo y vacío. Precisamente por ello, constatamos que muchas personas comienzan a abrirse a una búsqueda más honesta y auténtica, una búsqueda que, acompañada con paciencia y respeto, las está conduciendo de nuevo al encuentro con Cristo.

Esto nos recuerda que para el sacerdote no es momento de repliegue ni de resignación, sino de presencia fiel y de disponibilidad generosa. Todo ello nace del reconocimiento de que la iniciativa es siempre del Señor, que ya está obrando y nos precede con su gracia.

Se va perfilando así qué tipo de sacerdotes necesita Madrid –y la Iglesia entera– en este tiempo. Ciertamente no hombres definidos por la multiplicación de tareas o por la presión de los resultados, sino varones configurados con Cristo, capaces de sostener su ministerio desde una relación viva con Él, nutrida por la Eucaristía y expresada en una caridad pastoral marcada por el don sincero de sí.

No se trata de inventar modelos nuevos ni de redefinir la identidad que hemos recibido, sino de volver a proponer, con renovada intensidad, el sacerdocio en su núcleo más auténtico –ser alter Christus–, dejando que sea Él quien configure nuestra vida, unifique nuestro corazón y dé forma a un ministerio vivido desde la intimidad con Dios, la entrega fiel a la Iglesia y el servicio concreto a las personas que nos han sido confiadas.

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León XIV y la fraternidad sacerdotal

Queridos hijos, permitidme que hoy os hable del sacerdocio sirviéndome de una imagen que conocéis bien: vuestra catedral. No para describir un edificio, sino para aprender de él. Porque las catedrales –como cualquier lugar sagrado– existen, como el sacerdocio, para conducir al encuentro con Dios y la reconciliación con nuestros hermanos, y sus elementos encierran una lección para nuestra vida y ministerio.

Cómo debe ser la figura del sacerdote

Al contemplar su fachada aprendemos ya algo esencial. Es lo primero que se ve, y, sin embargo, no lo dice todo: indica, sugiere, invita. Así también el sacerdote no vive para exhibirse, pero tampoco para esconderse. Su vida está llamada a ser visible, coherente y reconocible, aun cuando no siempre sea comprendida. La fachada no existe para sí misma: conduce al interior. Del mismo modo, el sacerdote no es nunca fin en sí mismo. Toda su vida está llamada a remitir a Dios y a acompañar el paso hacia el Misterio, sin usurpar su lugar.

Estando en el mundo pero sin ser del mundo

Al llegar al umbral comprendemos que no conviene que todo entre en el interior, pues es espacio sagrado. El umbral marca un paso, una separación necesaria. Antes de entrar, algo queda fuera. También el sacerdocio se vive así: estando en el mundo, pero sin ser del mundo (cf. Jn 17,14). En este cruce se sitúan el celibato, la pobreza y la obediencia; no como negación de la vida, sino como la forma concreta que permite al sacerdote pertenecer enteramente a Dios sin dejar de caminar entre los hombres.

Un hogar común

La catedral es también un hogar común, donde todos tienen lugar. Así está llamada a ser la Iglesia, especialmente para con sus sacerdotes: una casa que acoge, que protege y que no abandona. Y así ha de vivirse la fraternidad presbiteral; como la experiencia concreta de saberse en casa, responsables unos de otros, atentos a la vida del hermano y dispuestos a sostenernos mutuamente. Hijos míos, nadie debería sentirse expuesto o solo en el ejercicio del ministerio: ¡resistid juntos al individualismo que empobrece el corazón y debilita la misión!

La Iglesia, roca firme

Al recorrer el templo, advertimos que todo descansa sobre las columnas que sostienen el conjunto. La Iglesia ha visto en ellas la imagen de los Apóstoles (cf. Ef 2,20). Tampoco la vida sacerdotal se sostiene por sí misma, sino en el testimonio apostólico recibido y transmitido en la Tradición viva de la Iglesia, y custodiado por el Magisterio (cf. 1 Co 11,2; 2 Tm 1,13-14). Cuando el sacerdote permanece anclado en este fundamento, evita edificar sobre la arena de interpretaciones parciales o acentos circunstanciales, y se apoya en la roca firme que lo precede y lo supera (cf. Mt 7,24-27).

Antes de llegar al presbiterio, la catedral nos muestra lugares discretos pero fundamentales: en la pila bautismal nace el Pueblo de Dios; en el confesionario es continuamente regenerado. En los sacramentos, la gracia se revela como la fuerza más real y eficaz del ministerio sacerdotal.

Por eso, queridos hijos, celebrad los sacramentos con dignidad y fe, siendo conscientes de que lo que en ellos se produce es la verdadera fuerza que edifica la Iglesia y que son el fin último al que se ordena todo nuestro ministerio. Pero no olvidéis que vosotros no sois la fuente, sino el cauce, y que también necesitáis beber de esa agua. Por eso, no dejéis de confesaros, de volver siempre a la misericordia que anunciáis.

Distintos carismas, mismo centro

Junto al espacio central se abren capillas diversas. Cada una tiene su historia, su advocación. A pesar de ser distintas en arte y composición, todas comparten una misma orientación; ninguna está girada hacia sí misma, ninguna rompe la armonía del conjunto. Así sucede también en la Iglesia con los distintos carismas y espiritualidades mediante los cuales el Señor enriquece y sostiene vuestra vocación. Cada uno recibe una forma particular de expresar la fe y de nutrir la interioridad, pero todos permanecen orientados hacia el mismo centro.

Miremos el centro de todo, hijos míos: aquí se revela qué da sentido a lo que hacéis cada día y de dónde brota vuestro ministerio. En el altar, por vuestras manos, se actualiza el sacrificio de Cristo en la más alta acción confiada a manos humanas; en el sagrario, permanece Aquel que habéis ofrecido, confiado de nuevo a vuestro cuidado. Sed adoradores, hombres de profunda oración y enseñad a vuestro pueblo a hacer lo mismo.

Sed todo suyo

Al término de este recorrido, para ser los sacerdotes que la Iglesia necesita hoy, os dejo el mismo consejo de vuestro santo compatriota, san Juan de Ávila: «Sed vosotros todo suyo» (Sermón 57). ¡Sed santos! Os encomiendo a Santa María de la Almudena y, con el corazón lleno de gratitud, os imparto la Bendición Apostólica, que extiendo a cuantos están confiados a vuestro cuidado pastoral.

Vaticano, 28 de enero de 2026. Memoria de santo Tomás de Aquino, presbítero y doctor de la Iglesia.

LEÓN PP. XIV



Impresiones de anochecer: silencio interior y encuentro con Dios

En nuestro caminar, llegamos al anochecer, a la noche. Desde pequeño me he sentido empujado –alentado, quizá sería mejor– a pasear con el día ya anochecido; y andar, solitario y en silencio, en medio de la oscuridad no interrumpida por el alumbrado urbano. Impregnado en la noche, se vive de otro modo el latir de la tierra, el fulgor de las estrellas, el aroma de toda la creación.

Anochecer, silencio y contemplación poética

¡Y que gozo, abandonarnos a la noche sin nostalgia, adentrarnos en ella, casi de puntillas, y solicitarle que nos haga partícipes de su misterio! Gozo que quizá un día vislumbró Rainer Maria Rilke al escribir estos versos en sus Poemas a la noche:

«Y de pronto comprendí que andas conmigo y juegas, / oh tú, crecida noche, y te miré asombrado... / ...tú, elevada noche, / no tuviste vergüenza de conocerme. Tu aliento / pasaba sobre mí. Tu dilatada seriedad, compartida / con sonrisa, penetró en mí».

Silencio interior y actitud ante la noche

Unos reciben la noche como amiga, otros la rehúyen, como un enemigo con el que no se consigue nunca hacer las paces.

Quienes la acogen amistosamente disponen su espíritu para escudriñar el amor virgen escondido en la oscuridad y en el silencio. Quizá con un cierto temblor, como Rilke:

«Si sintieras, oh noche, como yo te contemplo, como mi ser retrocede al impulso/ de querer arrojarse confiado en tus brazos. / ¿Puedo asirlo de modo que mi ceja, al arquearse de nuevo/ salve tan vasto caudal de mirada?».

Sé que no encontraré palabras para cantar la belleza de la noche –aunque pida ayuda a los poetas–; quizá porque las palabras agotan su servicio en el esfuerzo de tratar de entender­nos entre nosotros; y la noche es tierra cuajada para el escondido dialogar humano del alma con el espíritu, que se abre y prepara para la inefable comunicación –y no solo diálogo– entre el hombre y Dios, su creador.

La noche es criatura de Dios, y, como todas las criatu­ras, un regalo de Dios al hombre. Sin su tiniebla, ni siquiera el sol reluciría. Sin el descanso que nos ofrece, nuestro caminar en la tierra quedaría reducido a una simple locura; toda nuestra persona perdería el rumbo, la orientación, y no sólo el sistema nervioso. El silencio y la oscuridad de la noche abren al hombre horizontes ilimitados, más lejanos e impenetrables que los escondidos en la mar brava, y que apenas afloran al filo de las crestas de las olas de la mar océana.

La noche guarda el silencio

Y la noche guarda un silencio y una oscuridad para la juventud; una oscuridad en el silencio para la madurez; un silencio en radiante oscuridad para la plenitud del vivir. La noche enriquece nuestro escudriñar; nos invita a penetrar rincones no explorados, y los ojos, incapaces de aguantar la mirada al sol, se abren caminos mirando las estrellas, y llegan a desentrañar el misterio que esconde la noche: el misterio de no tener el hombre otro horizonte que la Vida Eterna, el Cielo.

Para quienes la esperan como enemiga, el alma de la noche se agota en la tiniebla y en el vacío; y su imagen parece un adelanto de la nada.

Silencio y oscuridad, hermanados

La noche figura entonces, y se presenta, hermanada con el silencio y la oscuridad. Trágica­mente hermanada. Como si la oscuridad no fuese otra cosa que tiniebla, y el silencio escondiese la asechanza del vacío y del agobio. Juan Ramón Jiménez escribió: "Se va la noche, negro toro/ -plena carne de luto, de espanto y de misterio-, / que ha bramado terrible, inmensamente, / al temor sudoroso de todos los caídos".

Ante semejante enemigo, no queda otro recurso que el intentar aniquilarlo, o huir de él. Se aniquila la noche llenándola artificialmente de ruido y de falsa luz, en espera del alba. El candoroso silencio musitado se convierte en griterío ansioso, disfrazado de sonrisas más o menos de máscara. Y la oscuridad radiante del universo a cielo raso, se trasforma en tiniebla de túnel que excluye las estrellas de nuestra mirada.

El misterio de la enfermedad

La noche adquiere un matiz distinto cuando aúna su misterio al de la enfermedad. Algunos enfermos aguardan su llegada con ansiedad, temerosos con un doble pavor: de que el sueño no llegue, y la angustia pueda convertir las horas hasta el amanecer en la figura de la muerte, de la propia muerte; o de que, si al final el sueño les vence, pueda convertir­se en el último dormir terreno.

En la noche el hombre es consciente, sin rubor ni vergüen­zas, de su penuria, de su indigencia y hasta de su miseria. Ya ha descubierto, sin maravillarse, que todo santo tiene algo –o mucho– de miserable; y que cualquier miserable está en condicio­nes de tener algo –o mucho– de santo. Ha saboreado confirmar lo que ya en cierto modo preveía: que el hombre no se jubila: quien se queda en tierra, a la hora de hacerse las barcas a la mar, prepara las redes y los aparejos para la faena de mañana. La mejor pesca siempre es en la noche.

La noche será luz

Quizá se siente más indefenso ante tantos miedos que le asaltan en los momentos menos oportunos. Quizá. Y, sin embargo, vale la pena afrontar el riesgo para que al fin llegue la noche a ser luz, como de alguna manera profética anuncia el Salmista: «y la noche será mi luz en mis delicias /porque la noche, como el día, será ilumina­da»; y añadió san Juan de la Cruz: «¡Oh noche que guiaste, / oh noche amable más que la alborada; / oh noche que juntaste/ Amado con amada, /amada en el Amado transformada».

anochecer dios la noche será luz silencio

De alguna manera lo vislumbró también Gibran, que en El Profeta, dejó escrito:

«Yo no puedo enseñaros como rezan los mares, los montes, las forestas. / Vosotros podéis descubrir su orar en el fondo de vuestro corazón, / Tended el oído en las noches pacífi­cas, y oiréis murmurar, / Dios nuestro, alas de nosotros mismos, queremos con tu Voluntad. (...) / No podemos pedirte nada; Tu conoces nuestra indigencia antes de que nazca; / Nuestra necesidad eres Tu; al darnos más de Ti mismo, nos das todo».   

Dios se nos ha dado a Sí mismo en el Niño Jesús que hemos cantado con nuestros labios, adorado con nuestra inteligencia, recibido en nuestro corazón, con los pastores, con los magos, con María y con José. ¿Ha iluminado su Luz, la oscuridad de nuestra noche?       


Ernesto Juliá, (ernesto.julia@gmail.com) | Publicado anteriormente en Religión Confidencial.


Qué es el Bautismo y cuál es su simbología

El sacramento del Bautismo significa y supone la muerte al pecado original y la entrada en la vida de la Santísima Trinidad, a través de la configuración con el misterio pascual de Cristo. En la Iglesia latina, el ministro derrama agua tres veces sobre la cabeza del candidato y pronuncia: «Yo te bautizo en el nombre del Padre, y del Hijo y del Espíritu Santo».

Gracias al Bautismo, somos purificados del pecado original y nos convertimos en parte de la Iglesia y del cuerpo místico de Cristo. Una vez recibido el sacramento del Bautismo tenemos acceso a los otros sacramentos y comenzamos a emprender el camino del Espíritu. Purificados por el perdón incondicional de Dios, nos convertimos, a todos los efectos, en sus hijos.

«Nos libera del pecado y nos hace hijos de Dios. (...) Renovamos y confirmamos nuestro propio Bautismo, el sacramento que nos hace cristianos, liberándonos del pecado y transformándonos en hijos de Dios, por el poder de su Espíritu de vida. (...) Nos introduce a todos en la Iglesia, que es el pueblo de Dios, formado por hombres y mujeres de toda nación y cultura, regenerados por su Espíritu», papa León XIV, en la Fiesta del Bautismo del Señor 2026.

¿Qué es el Bautismo?

El santo Bautismo es el fundamento de toda la vida cristiana, el pórtico de la vida en el espíritu y la puerta que abre el acceso a los otros sacramentos. Por el Bautismo somos liberados del pecado y regenerados como hijos de Dios, llegamos a ser miembros de Cristo y somos incorporados a la Iglesia y hechos partícipes de su misión. Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1213

Río Jordan Betania  Bautismo Cristo
Al-Maghtas, supuesto lugar donde Juan bautizó a Jesucristo al este del río Jordán.

Breve historia del sacramento

La palabra bautismo proviene del griego βάπτισμα, báptisma, “inmersión”. Eso es exactamente lo que es, una inmersión en agua purificadora.

Ya se reconocía la simbología del agua y su poder salvador, en el Antiguo Testamento, se consideraba instrumento de la voluntad de Dios. Sucedió en el Diluvio Universal, y en el pasaje del Mar Rojo por Moisés y el pueblo elegido para huir de Egipto. También en el bautismo de san Juan Bautista, que es lo mas parecido al sacramento del Bautismo como lo conocemos hoy en día.

Jesús llegó hasta Juan para recibir el Bautismo; realmente acepta su propio destino. Al salir del agua, Jesús ve el cielo abrirse y el Espíritu Santo aparecer en forma de paloma, mientras desde el cielo se oye una voz: «Tú eres mi Hijo amado, mi predilecto».

El Espíritu Santo desciende sobre él, invirtiéndolo en su papel, transformándolo en el Cordero de Dios. Es el comienzo de una nueva vida y la premonición de la muerte, que conducirá a la Resurrección. El destino de un hombre y de toda la humanidad se logra en las orillas del Jordán.

Desde el día de Pentecostés, bautismo de fuego del Espíritu Santo o descenso del Espíritu Santo sobre los Apóstoles, cincuenta días después de la Resurrección de Jesús, comienza la misión de los Apóstoles y el comienzo de la Iglesia cristiana.

A partir de este momento Pedro y los otros discípulos comienzan a predicar la necesidad de arrepentirse de sus pecados y recibir el Bautismo para obtener el perdón y el don del Espíritu Santo.

«Los cristianos vivimos en el mundo y no estamos exentos de oscuridades y tinieblas. Sin embargo, la gracia de Cristo recibida en el bautismo nos hace salir de la noche y entrar en la claridad del día. La exhortación más bella que podemos hacernos unos a otros es la de recordarnos nuestro bautismo, porque por medio de él hemos nacido para Dios, siendo criaturas nuevas» Papa Francisco, Audiencia General Agosto 2017.

¿Por qué se bautizó Jesús?

Jesús comienza su vida pública tras hacerse bautizar por san Juan el bautista en el Jordán y, después de su Resurrección, confiere esta misión a sus Apóstoles: «Id, pues, y haced discípulos a todas las gentes bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, y enseñándoles a guardar todo lo que yo os he mandado».

Nuestro Señor se sometió voluntariamente al bautismo de san Juan donde el Espíritu descendió sobre Él, y el Padre manifestó a Jesús como su Hijo amado.

Con su Muerte y Resurrección, Cristo abrió a todos los hombres las fuentes de la gracia. Por eso, el bautismo de la Iglesia borra el pecado original y nos hace hijos de Dios. (Catecismo de la Iglesia Católica, nn. 1223, 1224, 1225).

¿Desde cuándo se bautiza en la Iglesia?

Desde el día de Pentecostés la Iglesia ha celebrado y administrado el santo Bautismo. En efecto, san Pedro declara a la multitud conmovida por su predicación: «Convertíos [...] y que cada uno de vosotros se haga bautizar en el nombre de Jesucristo, para remisión de vuestros pecados; y recibiréis el don del Espíritu Santo» (Hch 2,38). Los Apóstoles y sus colaboradores ofrecen el bautismo a quien crea en Jesús: judíos, hombres temerosos de Dios, paganos...

El bautismo aparece siempre ligado a la fe: «Ten fe en el Señor Jesús y te salvarás tú y tu casa», declara san Pablo a su carcelero en Filipos. El relato de los Hechos de los Apóstoles continúa: «el carcelero inmediatamente recibió el bautismo, él y todos los suyos».

Según el apóstol san Pablo, por el Bautismo el creyente participa en la muerte de Cristo; es sepultado y resucita con Él: «¿O es que ignoráis que cuantos fuimos bautizados en Cristo Jesús, fuimos bautizados en su muerte? Fuimos, pues, con él sepultados por el bautismo en la muerte, a fin de que, al igual que Cristo fue resucitado de entre los muertos por medio de la gloria del Padre, así también nosotros vivamos una vida nueva» (Rm 6,3-4).

Los bautizados se han "revestido de Cristo". Por el Espíritu Santo, el bautismo es un baño que purifica, santifica y justifica. (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1226, 1227).

Simbología del Bautismo

El Bautismo, como todos los Sacramentos, implica el uso de elementos sagrados para poder impartirlo. Por ser sagrados se emplean sólo con esa finalidad y deben estar bendecidos por el obispo o por un sacerdote. También hay gestos simbólicos y signos no verbales que todos juntos dan luz a este sacramento precioso e imprescindible en la vida de un cristiano.

Son muchos los símbolos del bautismo para que los hombres seamos capaces de imaginarnos lo que está sucediendo en el alma del bautizado, que no podemos ver con los ojos.

bautismo

Agua bendita

El agua es el símbolo central del sacramento del Bautismorepresenta el amor de Dios. Es derramada sobre la frente del bautizado como fuente de amor inagotable. Tiene la función de purificar, lavar del cuerpo y el alma de pecado. El agua es, además, un elemento universalmente reconocido como símbolo de vida.

En el momento en que el sacerdote, derrama tres veces agua sobre la cabeza del bautizado, el fiel se une a Cristo tanto en su muerte como en su resurrección y glorificación.

Como explicó el papa León, «Queridos hermanos, Dios no mira el mundo desde lejos, al margen de nuestra vida, de nuestras aflicciones y de nuestras esperanzas. Él viene entre nosotros con la sabiduría de su Verbo hecho carne, haciéndonos parte de un sorprendente proyecto de amor para toda la humanidad.

Es por eso que Juan el Bautista, lleno de asombro, preguntó a Jesús: «¿Y tú acudes a mí?» (v. 14). Sí, en su santidad el Señor se hace bautizar como todos los pecadores, para revelar la infinita misericordia de Dios. El Hijo unigénito, en quien somos hermanos y hermanas, viene, en efecto, para servir y no para dominar, para salvar y no para condenar. Él es el Cristo redentor; carga sobre sí lo que es nuestro, incluido el pecado, y nos da lo que es suyo, es decir, la gracia de una vida nueva y eterna.» (Plaza de San Pedro. Domingo, 11 de enero de 2026, Ángelus).

Jesús es bautizado en las aguas del Jordán al inicio de su ministerio público (cfr. Mt 3,13-17), no por necesidad, sino por solidaridad redentora. En esa ocasión, queda definitivamente indicada el agua como elemento material del signo sacramental. «El que no nazca de agua y de Espíritu no puede entrar en el Reino de Dios» (Jn 3,5).

Luz del cirio pascual

En el Antiguo Testamento la Luz, era un símbolo de fe, y con el advenimiento de Jesús, este simbolismo se ha enriquecido con nuevos significados fundamentales en la vida del cristiano. La luz en el bautismo es un símbolo que representa la guía en el camino de encuentro con Cristo que a su vez es luz de nuestras vidas y en el mundo. También simboliza la resurrección de Cristo.

El papa Francisco dijo en una audiencia general: «esa luz es un tesoro que debemos conservar y transmitir a los demás. El cristiano está llamado a ser "cristóforo", portador de Jesús al mundo. A través de signos concretos, manifestamos la presencia y el amor de Jesús a los demás, especialmente a los que están atravesando situaciones difíciles. Si somos fieles a nuestro Bautismo, difundiremos la luz de la esperanza de Dios y transmitiremos a las futuras generaciones razones de vida».

El crisma, santo óleo u óleo de los catecúmenos

El santo óleo, es un aceite perfumado y consagrado usado en el sacramento del Bautismo. La unción con el aceite crismal simboliza la plena difusión de la gracia. El sacerdote utiliza el óleo para trazar una cruz en el pecho y otra entre las escápulas del bautizado. También puede utilizarlo para ungir la su cabeza, imprimiéndole un sello que lo consagra a su nuevo papel.

Todo esto simboliza la fortaleza en la lucha contra las tentaciones, una especie de escudo contra el pecado. El fin de este símbolo del bautismo, es consagrar la entrada del cristiano en la gran familia de la iglesia simbolizando el don del Espíritu Santo.

También es utilizado en el sacramento de la confirmación, la ordenación sacerdotal y la unción de los enfermos.  El Santo Óleo se bendice una vez al año por el obispo durante la misa crismal del Jueves Santo.

«Se abren además los cielos, desciende el Espíritu en forma de paloma y la voz de Dios Padre confirma la filiación divina de Cristo: acontecimientos que revelan en la Cabeza de la futura Iglesia lo que se realizará luego sacramentalmente en sus miembros» (Jn 3,5).

La vestidura blanca

La vestidura blanca simboliza que el bautizado se ha "revestido de Cristo" (Ga 3,27): ha resucitado con Cristo.

La pureza del alma sin mancha, que simboliza la vestidura blanca, después del sacramento del Bautismo, el cambio profundo y la renovación interna que el sacramento ha traído a quien lo recibió. El blanco es símbolo de una nueva vida, la nueva dignidad que cubre el bautizado. En la antigüedad, quien iba a ser bautizado usaba un vestido nuevo y blanco antes de unirse a los otros fieles en la Iglesia.

«En el bautismo, Nuestro Padre Dios ha tomado posesión de nuestras vidas, nos ha incorporado a la de Cristo y nos ha enviado el Espíritu Santo. El Señor, nos dice la Escritura Santa, nos ha salvado haciéndonos renacer por el bautismo, renovándonos por el Espíritu Santo, que Él derramó copiosamente sobre nosotros por Jesucristo Salvador nuestro, para que, justificados por la gracia, vengamos a ser herederos de la vida eterna conforme a la esperanza que tenemos». Punto 128. Es Cristo que pasa, en el capítulo El Gran Desconocido, San Josemaría Escrivá.

Los cuatro regalos del sacramento del Bautismo:


Mensaje de León XIV para la Cuaresma 2026



Queridos hermanos y hermanas:

La Cuaresma es el tiempo en el que la Iglesia, con solicitud maternal, nos invita a poner de nuevo el misterio de Dios en el centro de nuestra vida, para que nuestra fe recobre su impulso y el corazón no se disperse entre las inquietudes y distracciones cotidianas.

Todo camino de conversión comienza cuando nos dejamos alcanzar por la Palabra y la acogemos con docilidad de espíritu. Existe, por tanto, un vínculo entre el don de la Palabra de Dios, el espacio de hospitalidad que le ofrecemos y la transformación que ella realiza. Por eso, el itinerario cuaresmal se convierte en una ocasión propicia para escuchar la voz del Señor y renovar la decisión de seguir a Cristo, recorriendo con Él el camino que sube a Jerusalén, donde se cumple el misterio de su Pasión, Muerte y Resurrección.

Escuchar: la petición de León XIV para vivir la Cuaresma 2026

Este año me gustaría llamar la atención, en primer lugar, sobre la importancia de dar espacio a la Palabra a través de la escucha, ya que la disposición a escuchar es el primer signo con el que se manifiesta el deseo de entrar en relación con el otro.

Dios mismo, al revelarse a Moisés desde la zarza ardiente, muestra que la escucha es un rasgo distintivo de su ser: «Yo he visto la opresión de mi pueblo, que está en Egipto, y he oído los gritos de dolor» (Ex 3,7). La escucha del clamor de los oprimidos es el comienzo de una historia de liberación, en la que el Señor involucra también a Moisés, enviándolo a abrir un camino de salvación para sus hijos reducidos a la esclavitud.

Es un Dios que nos atrae, que hoy también nos conmueve con los pensamientos que hacen vibrar su corazón. Por eso, la escucha de la Palabra en la liturgia nos educa para una escucha más verdadera de la realidad.

Entre las muchas voces que atraviesan nuestra vida personal y social, las Sagradas Escrituras nos hacen capaces de reconocer la voz que clama desde el sufrimiento y la injusticia, para que no quede sin respuesta. Entrar en esta disposición interior de receptividad significa dejarnos instruir hoy por Dios para escuchar como Él, hasta reconocer que «la condición de los pobres representa un grito que, en la historia de la humanidad, interpela constantemente nuestra vida, nuestras sociedades, los sistemas políticos y económicos, y especialmente a la Iglesia». [1]

Ayunar: un ejercicio ascético antiquísimo e insustituible

Si la Cuaresma es tiempo de escucha, el ayuno constituye una práctica concreta que dispone a la acogida de la Palabra de Dios. La abstinencia de alimento, en efecto, es un ejercicio ascético antiquísimo e insustituible en el camino de la conversión. Precisamente porque implica al cuerpo, hace más evidente aquello de lo que tenemos “hambre” y lo que consideramos esencial para nuestro sustento. Sirve, por tanto, para discernir y ordenar los “apetitos”, para mantener despierta el hambre y la sed de justicia, sustrayéndola de la resignación, educarla para que se convierta en oración y responsabilidad hacia el prójimo.

San Agustín, con sutileza espiritual, deja entrever la tensión entre el tiempo presente y la realización futura que atraviesa este cuidado del corazón, cuando observa que: «es propio de los hombres mortales tener hambre y sed de la justicia, así como estar repletos de la justicia es propio de la otra vida. De este pan, de este alimento, están repletos los ángeles; en cambio, los hombres, mientras tienen hambre, se ensanchan; mientras se ensanchan, son dilatados; mientras son dilatados, se hacen capaces; y, hechos capaces, en su momento serán repletos». [2] 

El ayuno, entendido en este sentido, nos permite no sólo disciplinar el deseo, purificarlo y hacerlo más libre, sino también expandirlo, de modo que se dirija a Dios y se oriente hacia el bien.

Ayunar con fe y humildad

Sin embargo, para que el ayuno conserve su verdad evangélica y evite la tentación de enorgullecer el corazón, debe vivirse siempre con fe y humildad. Exige permanecer arraigado en la comunión con el Señor, porque «no ayuna de verdad quien no sabe alimentarse de la Palabra de Dios». [3] En cuanto signo visible de nuestro compromiso interior de alejarnos, con la ayuda de la gracia, del pecado y del mal, el ayuno debe incluir también otras formas de privación destinadas a hacernos adquirir un estilo de vida más sobrio, ya que « sólo la austeridad hace fuerte y auténtica la vida cristiana». [4]

Por eso, me gustaría invitarles a una forma de abstinencia muy concreta y a menudo poco apreciada, es decir, la de abstenerse de utilizar palabras que afectan y lastiman a nuestro prójimo. Empecemos a desarmar el lenguaje, renunciando a las palabras hirientes, al juicio inmediato, a hablar mal de quienes están ausentes y no pueden defenderse, a las calumnias. Esforcémonos, en cambio, por aprender a medir las palabras y a cultivar la amabilidad: en la familia, entre amigos, en el lugar de trabajo, en las redes sociales, en los debates políticos, en los medios de comunicación y en las comunidades cristianas. Entonces, muchas palabras de odio darán paso a palabras de esperanza y paz.  

Carta de León XIV con motivo de la Asamblea Presbiteral de la Arquidiocesis de Madrid
Juntos

Por último, la Cuaresma pone de relieve la dimensión comunitaria de la escucha de la Palabra y de la práctica del ayuno. También la Escritura subraya este aspecto de muchas maneras. Por ejemplo, cuando narra en el libro de Nehemías que el pueblo se reunió para escuchar la lectura pública del libro de la Ley y, practicando el ayuno, se dispuso a la confesión de fe y a la adoración, con el fin de renovar la alianza con Dios (cf. Ne 9,1-3).

Del mismo modo, nuestras parroquias, familias, grupos eclesiales y comunidades religiosas están llamados a realizar en Cuaresma un camino compartido, en el que la escucha de la Palabra de Dios, así como del clamor de los pobres y de la tierra, se convierta en forma de vida común, y el ayuno sostenga un arrepentimiento real. En este horizonte, la conversión no sólo concierne a la conciencia del individuo, sino también al estilo de las relaciones, a la calidad del diálogo, a la capacidad de dejarse interpelar por la realidad y de reconocer lo que realmente orienta el deseo, tanto en nuestras comunidades eclesiales como en la humanidad sedienta de justicia y reconciliación.

Queridos hermanos, pidamos la gracia de vivir una Cuaresma que haga más atento nuestro oído a Dios y a los más necesitados. Pidamos la fuerza de un ayuno que alcance también a la lengua, para que disminuyan las palabras que hieren y crezca el espacio para la voz de los demás. Y comprometámonos para que nuestras comunidades se conviertan en lugares donde el grito de los que sufren encuentre acogida y la escucha genere caminos de liberación, haciéndonos más dispuestos y diligentes para contribuir a edificar la civilización del amor.

Los bendigo de corazón a todos ustedes, y a su camino cuaresmal.

Vaticano, 5 de febrero de 2026, memoria de santa Águeda, virgen y mártir.


León XIV