El papa León XIV y la Virgen María

Más de un mariólogo –personas que conocen y estudian toda la doctrina de la Iglesia sobre la Virgen María– ha expresado ya su alegría, por la devoción a la Madre de Dios que ha expresado León XIV en el breve tiempo de su pontificado.

Son normales las alusiones en los discursos catequéticos de los miércoles, en las homilías de alguna celebración Eucarística, en los Ángelus, como las que aquí se recogen: «Hermanos y hermanas, pidamos juntos a María, Reina de los mártires, que nos ayude a ser, en toda circunstancia, testigos fieles y valientes de su Hijo, y a sostener a los hermanos y hermanas que hoy sufren por la fe». (Ángelus, 17-8-2025). Y es frecuente que anime a los fieles a pedir la intercesión de María para tener paz, serenidad ante situaciones difíciles, etc.

La devoción a la Virgen María del papa León XIV

La referencia a María que, hasta ahora, ha llamado más la atención, son las palabras que pronunció el pasado 9 de junio en la homilía de la celebración de la Bienaventurada Virgen María Madre de la Iglesia: «Juan, de los doce el único presente en el Calvario, vio y dio testimonio de que, al pie de la cruz, junto a otras mujeres, estaba la madre de Jesús (Jn 19, 25). Y escuchó con sus propios oídos las últimas palabras del Maestro, entre las cuales, estas: «Mujer, aquí tienes a tu hijo», y después, dirigiéndose a él: «Aquí tienes a tu madre».

La nueva Eva

«La maternidad de María a través del misterio de la cruz, dio un salto impensable. La Madre de Jesús se convirtió en la nueva Eva, porque el Hijo la asoció a su muerte redentora, fuente de vida nueva y eterna para todo ser humano que viene a este mundo».

Palabras que han movido a Mark Miravalle, profesor de Teología de la Universidad Franciscana de Steubenville, EE. UU., a escribir este comentario después de ponderar otros detalles de la relación del Papa León XIV con la Virgen María.

«Luego está la homilía del 9 de junio, quizá la referencia más clara a la corredención de Nuestra Señora en los últimos veinte años: cuando dice que la maternidad de María dio un salto inimaginable hasta la cruz, donde se convierte en la nueva Eva y que Jesús la asoció a su muerte redentora. Eso es corredención clásica; y eso es lo que significa el título Corredentora: que María participa de modo único con Jesús, la nueva Eva con el nuevo Adán, en la redención de la humanidad. El hecho que el Papa lleve a la nueva Eva al Calvario tiene un gran peso teológico». (National Catholic Register, 7 agosto).

León XIII confirmó oficialmente el título de Corredentora a la Virgen María, Madre de Dios. No sabemos si León XIV lo volverá a confirmar, después de haber sido dejado de lado en un cierto ámbito teológico en los últimos años sin ninguna razón seria. Y si Cristo la asoció a su muerte redentora, ¿Quiénes somos nosotros para poner en duda la acción de Jesús?

La Virgen María en la Sagrada Escritura

Mientras escribía estas páginas, cayó en mis manos un artículo publicado en Religión en Libertad, el 13 de agosto, que transmite las razones de un converso que le han movido a entrar en la Iglesia Católica, y dejar de ser protestante evangélico. Su novena razón personal hace referencia directa a lo que él llama: La rica tipología bíblica de la Iglesia. Tipología bíblica que empleó el Papa al llamar a María la «nueva Eva».

«Este método de leer las Escrituras, que prefigura el Nuevo Testamento en el Antiguo, me ha servido para entender la Biblia por vías muy profundas. Es el método que Jesús, en Lucas 24, 27 y el apóstol Pablo, en Romanos 5, 12-14, y otros apóstoles utilizaban para explicar las Escrituras, y es el método que la Iglesia católica utiliza en su enseñanza.

Esto me ayudó a ver la base escriturística del magisterio de la Iglesia sobre María, que era mi mayor escollo para entrar en la Iglesia. Una vez que comprendí que ella era la Nueva Eva, la Nueva Arca de la Alianza, la nueva Reina Madre, resultó evidente que la Iglesia tenía buenas razones para venerar a la Santísima Virgen».

María nos conduce a Jesucristo

Asunta al Cielo, la Madre de Dios sigue cuidando de la Iglesia de su Hijo, removiendo el corazón y la inteligencia del Papa y de todos los católicos, para que acojamos con los brazos y el corazón abiertos a todas las personas que descubran que Ella es la puerta siempre abierta para entrar en la única Iglesia fundada por Su Hijo.

«Corazón Dulcísimo de María, da fuerza y seguridad a nuestro camino en la tierra: sé tú misma nuestro camino, porque tú conoces la senda y el atajo cierto que llevan, por tu amor, al amor de Jesucristo» (San Josemaría Escrivá).


Ernesto Juliá, (ernesto.julia@gmail.com) | Publicado anteriormente en Religión Confidencial.


León XIV: María, modelo de fe y de caridad

La enseñanza de León XIV sobre la Virgen María continuó desarrollándose en sus catequesis de 2026. En la audiencia general del 13 de mayo, dedicada a la Virgen María como modelo de la Iglesia, el Papa recordó que María es un ejemplo de fe y de caridad para toda la comunidad cristiana.

«Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días y bienvenidos!

El Concilio Vaticano II quiso dedicar el último capítulo de la Constitución dogmática sobre la Iglesia a la Virgen María (cfr. Lumen gentium, 52-69). Ella «proclamada como miembro excelentísimo y enteramente singular de la Iglesia y como tipo y ejemplar acabadísimo de la misma en la fe y en la caridad» (n. 53). Estas palabras nos invitan a comprender cómo en María, que bajo la acción del Espíritu Santo ha acogido y generado al Hijo de Dios hecho carne, se puedan reconocer tanto el modelo, como el miembro excelente y la madre de toda la comunidad eclesial.

Al dejarse moldear por la obra de la Gracia, venida a cumplirse en Ella, y al acoger el don del Altísimo con su fe y su amor virginal, María es el modelo perfecto de lo que toda la Iglesia está llamada a ser: criatura de la Palabra del Señor y madre de los hijos de Dios, generados en la docilidad a la acción del Espíritu Santo.

En cuanto que, además, es la creyente por antonomasia, donde se nos ofrece la forma perfecta de la apertura incondicional al misterio divino en la comunión del pueblo santo de Dios, María es miembro excelente de la comunidad eclesial. En cuanto que, finalmente, genera hijos en el Hijo, amados en el eterno Amado venido entre nosotros, María es madre de toda la Iglesia, que a Ella puede dirigirse con filial confianza, en la certeza de ser escuchada, custodiada y amada.

Se podría expresar el conjunto de estas características de la Virgen María hablando de Ella como de la mujer icono del Misterio. Con el término mujer se evidencia la concreción histórica de esta joven hija de Israel, a quien se le ha dado la extraordinaria experiencia de convertirse en madre del Mesías.

Con la expresión icono se subraya que en Ella se cumple el doble movimiento de descenso y ascenso: en Ella resplandecen tanto la elección gratuita por parte de Dios, como el libre consentimiento de la fe en Él. María es por tanto la mujer icono del Misterio, es decir del diseño divino de salvación, en una época oculto y revelado en plenitud en Jesucristo.

Predestinada desde la eternidad

El Concilio nos ha dejado una clara enseñanza sobre el lugar reservado a la Virgen María en la obra de la Redención (cfr Lumen gentium, 60-62). Ha recordado que el único Mediador de salvación es Jesucristo (cfr 1 Tm 2,5-6) y que su Madre Santísima «no oscurece ni disminuye en modo alguno esta mediación única de Cristo, antes bien sirve para demostrar su poder» (LG, 60).

Al mismo tiempo, «la Santísima Virgen, predestinada desde toda la eternidad como Madre de Dios juntamente con la encarnación del Verbo, […] cooperó en forma enteramente impar a la obra del Salvador con la obediencia, la fe, la esperanza y la ardiente caridad con el fin de restaurar la vida sobrenatural de las almas. Por eso es nuestra madre en el orden de la gracia» (ibid., 61).

En la Virgen María se refleja también el misterio de la Iglesia: en Ella el pueblo de Dios encuentra representado su origen, su modelo y su patria. En la Madre del Señor la Iglesia contempla el propio misterio, no solo porque se reencuentra el modelo de la fe virginal, de la caridad materna y de la alianza esponsal, a la que está llamada, sino también y sobre todo porque reconoce en ella el propio arquetipo, la figura ideal de lo que está llamada a ser.

Como se puede ver, las reflexiones sobre la Virgen María recogidas en la Lumen gentium, nos enseñan a amar a la Iglesia y a servir en ella al cumplimiento del Reino de Dios que está por venir y que se realizará plenamente en la gloria.

Dejémonos pues interpelar por tal modelo sublime que es María, Virgen y Madre, y pidámosle a Ella que nos ayude con su intercesión a responder a cuanto se nos pide a través de su ejemplo: ¿vivo con fe humilde y activa mi pertenencia a la Iglesia? ¿Reconozco la comunidad de la alianza que Dios me ha donado para corresponder a su amor infinito? ¿Miro a María como modelo, miembro excelente y madre de la Iglesia, y le pido a Ella que me ayude a ser discípulo fiel de su Hijo?

Hermanas y hermanos, el Espíritu Santo, que descendió sobre María e invocado por nosotros con humildad y confianza, nos done vivir plenamente estas realidades maravillosas. Y, después de haber profundizado en la Constitución Lumen gentium, pidamos a la Virgen que nos conceda este don: crezca en todos nosotros el amor por la Santa Madre Iglesia. ¡Así sea!»

Fuente: Audiencia general de León XIV, 13 de mayo de 2026: «La Virgen María, modelo de la Iglesia».


¿Cuánto cuesta la formación de un seminarista?

Artículo actualizado en septiembre de 2026 con los datos más recientes disponibles: la Memoria 2025 de la Fundación CARF y el Anuario Pontificio 2026, publicado por la Santa Sede en marzo de 2026.

La formación de un seminarista para ser sacerdote tiene un elevado coste para la diócesis. Al entrar en el seminario, cualquier aspirante a sacerdote tiene por delante cinco años de estudios eclesiásticos, equivalentes a una licenciatura y una especialización. Luego se suman al menos dos años o más de doctorado en la que se contempla la realización de una tesis de investigación.

El coste que implica la formación de los seminaristas y sacerdotes diocesanos debe ser un esfuerzo colectivo de todos los cristianos. Diócesis fundaciones, fieles y hasta las hermandades y cofradías colaboran ingeniosamente para que sembremos el mundo de vocaciones sacerdotales.

La Fundación CARF y el desafío de la formación de seminaristas

Desde su fundación en 1989, la Fundación CARF actúa de enlace entre miles benefactores dispuestos a contribuir económicamente con ayudas y becas de estudio para que sacerdotes y seminaristas de todo el mundo reciban una sólida preparación teológica, humana y espiritual.

Más de 1.500 obispos y generales de órdenes religiosas de 130 países desean que algunos de sus sacerdotes y seminaristas estudien en la Universidad Pontificia de la Santa Cruz, en Roma, o en las Facultades de Estudios Eclesiásticos de la Universidad de Navarra, en Pamplona. Completando a su vez su formación humana y espiritual en los Colegios Eclesiásticos Internacionales Sapientiae (Roma) y Bidasoa (Pamplona). Para poder llevar a cabo esta formación solicitan también ayudas al estudio para sus candidatos.

Gracias a benefactores y donantes como tú, la Fundación CARF hace frente a la mayoría de las solicitudes, pero las necesidades son crecientes y queremos que todas las peticiones sean atendidas.

Dona ahora para formar seminaristas diocesanos de todas partes del mundo.

Seminaristas en el Seminario de Bidasoa

¿Cuánto cuesta una ayuda completa para formación de un seminarista?

20.000 euros es el importe necesario para que un candidato pueda vivir, estudiar y formarse, durante un año, en las universidades de Roma o de Pamplona. Las diócesis más necesitadas del mundo solicitan una beca completa para sus candidatos. En todos los casos, la diócesis sufraga una ínfima parte del coste, que le supondría la formación de un seminarista en su país de origen, como una muestra del compromiso de un futuro máximo aprovechamiento de las ayudas.

Aproximadamente cada año académico la Fundación CARF asiste con becas directas e indirectas aproximadamente a: 400 seminaristas, 1.120 sacerdotes diocesanos y unos 80 miembros de instituciones religiosas. Cada beca completa, otorgada por la fundación, se puede desglosar de la siguiente manera: 11.000 €, alojamiento y manutención. 9.000 €, matrícula universitaria y formación integral, complementos por la formación académica, humana y espiritual. Los gastos personales siempre son a cargo del alumno o de la diócesis.

¿Cuánto ha crecido el número de seminaristas en el mundo?

La Oficina Central de Estadística de la Iglesia ha estado a cargo de la edición de El Anuario Pontificio 2026 y el Annuarium Statisticum Ecclesiae 2024 publicados en los últimos días.

Recogen los datos cerrados a 31 de diciembre de 2024, comparados con 2023 que nos aporta una panorámica de la realidad numérica de la Iglesia Católica en los diferentes países y en los distintos continentes permitiendo extraer algunas novedades relacionadas con la vida de la Iglesia en el mundo actual.

La presencia de los católicos no cambia a nivel de todo el planeta, pero si lo hace si analizamos el número de católicos en los distintos continentes. Donde se confirma un aumento máximo en el continente africano y un incremento relativo en Asia. Por el contrario, en Europa se aprecia un descenso continuo durante los últimos años. América y Oceanía se mantienen estables sobre el total mundial.

Los datos analizados sobre los sacerdotes de todos los distritos eclesiásticos del mundo católico, tanto diocesanos como religiosos revelan un descenso de los mismos. Al cierre de 2020 había 407.421 sacerdotes en el mundo, 425 más que el año anterior. Solo en África y Asia se registraron aumentos significativos de sacerdotes, aportando conjuntamente al mundo durante el bienio analizado un total de más de 1.782 sacerdotes.

Podemos observar un claro desequilibrio entre la cantidad de católicos y de sacerdotes en el mundo que se traduce en una carga pastoral global muy elevada.

Formación de seminaristas

Respecto a los seminaristas

Los candidatos al sacerdocio pasaron en el mundo de 106.495 seminaristas en 2023 a 103.604 en 2024. La tendencia de los seminaristas mayores observada en el total mundial, entre 2019 y 2020, afecta a todos los continentes, con la excepción de África, donde los seminaristas aumentaron un 2,25 %. De 34.924 a 35.710 seminaristas.

Los descensos de vocaciones sacerdotales son significativos sobre todo en Asia (-8,98 %) aunque también se pueden apreciar en Europa (-5,48 %), Oceanía (-1,67 %) y América (-0,83 %)

La distribución porcentual de los seminaristas por continente muestra ligeros cambios a lo largo del periodo de dos años.África y Asia concentraban el 61,3 % en 2023 y el 61,2 % en 2024. Oceanía revela un cierto ajuste negativo. América y Europa en su conjunto ven disminuir su cuota. América y Europa suponían el 37,7 % en 2023 y el 37,9 % en 2024.

El nacimiento de las vocaciones sacerdotales en África y Asia es un hecho constante registrado en los últimos años. Estos futuros sacerdotes apoyarán y fortalecerán a las Iglesias europeas y americanas. Estos datos nos ayudan a hacernos una idea real sobre la responsabilidad que como católicos tenemos en la importancia de cuidar con sumo esmero cada nueva vocación. Apoyando a las diócesis en la formación de seminaristas, más aun la que surge en los continentes más desfavorecidos.

Memoria Fundación CARF

Bibliografía:


El diálogo interreligioso en una cultura del encuentro

Sesenta años después de la promulgación de la histórica declaración conciliar sobre las relaciones de la Iglesia con las religiones no cristianas, la Santa Sede ofrece un documento de calado teológico y pedagógico, que revisa el legado de «Nostra aetate», evalúa los desafíos del presente y traza las coordenadas futuras del diálogo interreligioso.

La chispa de una revolución silenciosa

El 28 de octubre de 1965, en medio de la efervescencia del Concilio Vaticano II, la Iglesia católica hizo pública la Declaración Nostra aetate «sobre las relaciones de la Iglesia con las religiones no cristianas». Aquel texto breve, pero sumamente audaz, marcó un giro irreversible al afirmar que la Iglesia «no rechaza nada de lo que en estas religiones es verdadero y santo» (NA 2).

Sesenta años más tarde, los Dicasterios para la Doctrina de la Fe, para la Promoción de la Unidad de los Cristianos y para el Diálogo Interreligioso han publicado de forma conjunta la Nota conmemorativa «Un camino de esperanza». El documento, aprobado por el Papa León XIV tras su audiencia con los prefectos y secretarios de los tres dicasterios, no se presenta como un balance burocrático, sino como un manifiesto vivo y urgente para un planeta amenazado por la polarización, el repliegue identitario y las secuelas de la guerra.

Las raíces judías y la memoria imprescindible del Holocausto

La Nota recuerda con precisión periodística e historiográfica que Nostra aetate no nació como un ejercicio académico, sino como una respuesta directa a las atroces consecuencias del antisemitismo y del Holocausto. El documento narra cómo san Juan XXIII, impactado por su providencial encuentro con el historiador judío Jules Isaac y gracias a la mediación de María Vingiani, encargó al cardenal Augustin Bea la redacción de un texto destinado a sanar las relaciones entre la Iglesia y el pueblo judío.

En su desarrollo teológico, la Nota subraya que Jesús era judío y nunca dejó de serlo. Citando la teología del siglo XX, afirma que en la Encarnación el Verbo se hizo «carne judía». Por ello, el diálogo judeocristiano no es una opción diplomática ni una práctica secundaria, sino un elemento intrínseco para que la Iglesia comprenda su propia identidad, y un componente esencial de su misión. 

La alianza de Dios con el pueblo judío es irrevocable(cf. Rm 11, 29). A la vez, el texto mantiene la confesión de Cristo como único Redentor. Aclara que, por tanto, esto no implica sostener dos vías paralelas de salvación, sino reconocer que la religiosidad judía vivida hoy sigue siendo un valor activo que enriquece a los cristianos. «Lo que Jesús aportó al cristianismo como herencia judía forma parte de la estructura teológica del propio cristianismo» (Un camino de esperanza, 11).

Asimismo, el documento renueva la condena del antisemitismo y señala la memoria del Holocausto como una advertencia permanente contra el peligro del odio racial y religioso.


Don Ramiro Pellitero Iglesias, profesor emérito de Teología Pastoral en la Facultad de Teología de la Universidad de Navarra.

Publicado en Iglesia y nueva evangelización.

El diálogo como camino de amistad y paz

El reciente magisterio del papa León XIV invita a profundizar en esta cultura del encuentro. En su encuentro con representantes de distintas tradiciones religiosas, celebrado en Metz el 28 de septiembre de 2026, recordó que dialogar no significa renunciar a la propia identidad, sino vivirla con apertura y respeto hacia quien es diferente.

Para el Papa, el diálogo interreligioso tiene una finalidad concreta: favorecer la amistad, la paz y el reconocimiento de la dignidad de cada persona. En un mundo marcado por conflictos y divisiones, las distintas tradiciones religiosas están llamadas a contribuir juntas a una cultura que rechace cualquier utilización de la fe para justificar la violencia.

Esta perspectiva enlaza directamente con el espíritu de Nostra aetate y con la reciente Nota Un camino de esperanza, que anima a seguir construyendo puentes de conocimiento, respeto y colaboración entre creyentes.

El espíritu de Nostra aetate sigue iluminando el camino de la Iglesia. Esta reconoce que todas las religiones pueden reflejar «un destello de aquella Verdad que ilumina a todos los hombres» (n. 2) y buscan respuestas a los grandes misterios de la existencia humana, por lo que el diálogo debe ser no solo intelectual, sino profundamente espiritual.

La Declaración invita a todos los católicos —obispos, clero, personas consagradas y fieles laicos— a participar sinceramente en el diálogo y la colaboración con los seguidores de otras religiones, reconociendo y promoviendo todo lo que es bueno, verdadero y santo en sus tradiciones (cf. ibíd.). Esto es necesario hoy en día prácticamente en todas las ciudades del mundo donde, debido a la movilidad humana, nuestras diversidades espirituales y de pertenencia están llamadas a encontrarse y a convivir fraternalmente.

Nostra aetate nos recuerda que el verdadero diálogo tiene sus raíces en el amor, único fundamento de la paz, la justicia y la reconciliación, al tiempo que rechaza con firmeza toda forma de discriminación o persecución, afirmando la igual dignidad de todo ser humano (cf. NA, 5).

Jesús y la samaritana: el diálogo empieza por escuchar

El Evangelio ofrece una imagen especialmente significativa para comprender el diálogo entre personas de distintas tradiciones religiosas: el encuentro de Jesús con la mujer samaritana.

En su catequesis sobre Nostra aetate, León XIV presentó este episodio como un ejemplo de diálogo basado en la apertura, la escucha sincera y el reconocimiento del otro. Jesús atraviesa las barreras culturales y religiosas para encontrarse con una persona concreta.

Desde esta perspectiva, el diálogo interreligioso no consiste únicamente en buscar puntos de acuerdo. También supone aprender a escuchar, conocer al otro y reconocer aquello que nos une sin ocultar las diferencias.

Sesenta años después de Nostra aetate, esta actitud sigue siendo una invitación a construir relaciones basadas en el respeto, la amistad y la búsqueda compartida de la verdad.


En 2025, se formaron seminaristas y sacerdotes diocesanos de 85 países

La Fundación CARF recientemente hizo públicos los datos de su Memoria 2025, y hay una cifra que destaca sobre el resto: los seminaristas, sacerdotes diocesanos, religiosos y religiosas, cuya formación financió la institución el año pasado en Roma y Pamplona, procedían de 85 países de los cinco continentes. 

«Estos estudiantes, procedentes de 85 países y de más de mil doscientas diócesis, son la prueba de que la Iglesia es una familia universal que no conoce fronteras», resume Fernando Martí Scharfhausen, presidente de la Fundación, en la carta que presenta la memoria.

Detrás de esa cifra hay una labor que la Fundación CARF (Centro Académico Romano Fundación) sostiene desde hace más de tres décadas: financiar la formación académica, humana, pastoral y espiritual de seminaristas, sacerdotes diocesanos, de religiosos y religiosas que, sin esa ayuda, no podrían costearse los estudios en la Universidad Pontificia de la Santa Cruz, en Roma, o en las Facultades Eclesiásticas de la Universidad de Navarra, en Pamplona.

Que la vocación no dependa del lugar de nacimiento

La Fundación CARF, constituida legalmente el 14 de febrero de 1989 (aunque trabaja desde 1984), parte de una convicción sencilla: la calidad de la formación de un sacerdote no puede depender de si su diócesis de origen es rica o pobre. Por eso sostiene económicamente los estudios de seminaristas, sacerdotes diocesanos y de religiosos y religiosas de cualquier país, para que completen una formación integral –académica, humana, pastoral y espiritual– sin que el dinero sea el motivo por el que una vocación no llegue a prosperar.

En cada ayuda al estudio hay un obispo que ha depositado su confianza en la Fundación –más de 1.200 obispos y 350 generales de órdenes religiosas de 130 países lo hacen– y también un joven que, gracias a esa ayuda, puede prepararse para volver a su tierra y ejercer allí su sacerdocio con solidez. 

Y esa confianza se sostiene, año tras año, gracias a la generosidad de benefactores, socios y amigos que entienden que ayudar a formar a un buen sacerdote es ayudar a miles de personas a las que ese sacerdote acompañará durante toda su vida.

Universalidad de la Iglesia, país a país

Repasar de dónde proceden los alumnos de la Fundación CARF es también repasar la geografía de la fe en el mundo. África y Europa son, en 2025, los dos continentes con mayor diversidad de países de origen, con 25 cada uno; le sigue América, sumando sus tres regiones, la meridional, la central y la septentrional, después Asia, y por último Oceanía. No hay un único perfil entre quienes reciben estas ayudas: hay tantas historias como culturas, lenguas y realidades eclesiales.

En África

Los beneficiados proceden de países como Angola, Benín, Camerún, Costa de Marfil, Ghana, Kenia, Nigeria, Tanzania o Uganda, entre muchos otros. Es el caso de Gonçalves Cacoma Cahinga, seminarista angoleño que descubrió su vocación a los ocho años. «Mi corazón ardía y soñaba con ser catequista», recuerda con emoción.

Hoy, junto a un compañero, es una de las primeras vocaciones de seminaristas angoleños que estudian en el seminario internacional Bidasoa, en Pamplona. «En mi diócesis, aunque hay bastantes católicos, hay pocos sacerdotes y pocas parroquias. Por eso agradezco profundamente a todos los benefactores de la Fundación CARF la oportunidad que me brindan. Para mí, estar en Bidasoa supone una gran riqueza, porque me permite descubrir la grandeza de la Iglesia universal», cuenta.  

En Europa

En la cuna histórica de la Iglesia, la Fundación sigue ayudando a formar seminaristas y sacerdotes diocesanos en países donde la fe convive con contextos muy distintos, del oeste al este del continente.

El sacerdote polaco Krzysztof Patejuk, ayudado por la Fundación CARF para estudiar Derecho Canónico en Pamplona. lo resume así: «Gracias a vuestro apoyo, pude vivir un tiempo de estudios inolvidable en Pamplona, de encuentro con la Iglesia y de crecimiento espiritual, especialmente a través de la formación ofrecida por el Opus Dei. Sé que esta experiencia ha sido clave para mi sacerdocio, y sin vosotros, yo no sería el mismo sacerdote que soy hoy».  

En Asia

Donde en muchos países los católicos son una minoría, cada vocación tiene un peso especial. Xudong Feng, de nombre cristiano Pedro Mari, es un seminarista chino que estudia en Pamplona gracias a la Fundación CARF. Recuerda con emoción cómo su vocación nació en esa tierra regada de fidelidad: «Mi abuelo y mis padres me enseñaron a ir a Misa todos los días desde niño. No era una obligación, era una herencia. Así empecé a sentir que quería ser sacerdote».

Y tiene claro su agradecimiento y objetivos: «Estoy aquí gracias a muchas personas que creen en nuestra vocación. Gracias a la Fundación CARF, puedo formarme bien para servir mejor. Sé que mi camino no termina en Navarra: apenas empieza. Quiero volver a mi pueblo, a mi diócesis, y dar lo que he recibido».

En América

La Fundación acompaña vocaciones que llegan desde México hasta Argentina, pasando por Centroamérica y el Caribe. Arthur César, seminarista brasileño de la archidiócesis de São Sebastião de Río de Janeiro, estudia en Bidasoa gracias al apoyo de los benefactores, socios y amigos de la Fundación CARF.

«El pueblo no busca organizadores de eventos, sino cercanía, sacramentos y formación. La primera llamada del sacerdote es a la santidad; ser un ejemplo y compañero en la búsqueda de Cristo. Y yo sentí una paz que me confirmaba que era Dios quien me llamaba», relata sobre su vocación.

En 2025 las ayudas alcanzaron a alumnos procedentes de 85 países.
En 2025 las ayudas alcanzaron a alumnos procedentes de 85 países.

En Oceanía

La presencia es más pequeña (Australia, Nueva Zelanda y Papúa Nueva Guinea), pero significativa. Samuel Pitcaithly, ayudado por la Fundación CARF y noveno seminarista neozelandés en formarse en la Universidad Pontificia de la Santa Cruz en sus 40 años de historia. Resume así su historia: «Hoy, al mirar atrás, veo con claridad cómo Dios me ha guiado paso a paso. Hoy acabo de terminar mi primer año de estudios para el sacerdocio en la Universidad Pontificia de la Santa Cruz. Es una bendición poder formarme en el corazón de la Iglesia, rodeado de seminaristas y profesores de todo el mundo, todos buscando la santidad».

Y añade: «Agradezco profundamente todo lo que hacen para que este camino, mío y de tantos compañeros seminaristas y sacerdotes de todo el mundo, sea posible. Les tengo muy presentes en mis oraciones y, si Dios quiere, un día podré ofrecer la Santa Misa por ustedes y sus intenciones. ¡Que Dios y Nuestra Santísima Madre los bendigan abundantemente!».

La misma vocación, la misma familia

Lo que estas historias tienen en común no es el país, sino una vocación de servicio a la Iglesia. Seminaristas, sacerdotes diocesanos, religiosos y religiosas de procedencias muy distintas pueden acceder, gracias al apoyo de los benefactores, socios y amigos de la Fundación CARF, a una formación integral sin que la falta de recursos económicos sea un obstáculo.

Es, en el fondo, la razón de ser de la Fundación desde su origen: promover una formación intelectual, humana y espiritual de excelencia para seminaristas y sacerdotes diocesanos y religiosos y religiosas de cualquier país del mundo, sin que su capacidad económica fuera un impedimento.

Durante sus años de formación, además, alumnos procedentes de países y culturas muy diferentes comparten estudios y convivencia en Roma y Pamplona. Una experiencia que hace visible esa «familia universal que no conoce fronteras» de la que habla el presidente de la Fundación CARF.

Sostener esta labor es posible gracias a quienes, año tras año, deciden ser parte de esta familia universal como benefactores. Si quieres ayudar a que la próxima Memoria pueda contar aún más países, puedes colaborar con la Fundación CARF aquí.

La importancia de la formación sacerdotal

La formación de un sacerdote no termina con su ordenación. San Juan Pablo II subrayó la importancia de acompañar y formar a quienes reciben la llamada al sacerdocio, tanto durante su etapa de seminario como a lo largo de toda su vida ministerial. El papa León XIV también lo viene reiterando desde el inicio de su pontificado.

En su exhortación apostólica Pastores dabo vobis, publicada en 1992, san Juan Pablo destacó que la formación de los futuros sacerdotes debe abarcar todas las dimensiones de la persona: humana, espiritual, intelectual y pastoral. Para el papa polaco, esta preparación es una de las tareas de mayor importancia para el futuro de la evangelización.

El documento recuerda también que el seminario debe ser un verdadero espacio de formación y crecimiento, donde quienes se preparan para el sacerdocio puedan profundizar en su relación con Cristo y adquirir las herramientas necesarias para servir a las personas que les serán encomendadas. La formación, por tanto, no consiste únicamente en adquirir conocimientos, sino en prepararse para vivir y comunicar la caridad de Cristo, Buen Pastor.

Esta visión conecta directamente con la labor que la Fundación CARF desarrolla desde hace décadas: facilitar que seminaristas, sacerdotes diocesanos y religiosos de distintos lugares del mundo puedan acceder a una formación integral y regresar después a sus diócesis y comunidades para poner al servicio de los demás todo lo aprendido.

Para el papa León: «La formación es un camino de relación. Convertirse en amigos de Cristo significa formarse en la relación, no sólo en las competencias». En el encuentro con el Dicasterio para el Clero, del 26 de junio de 2025, dirigiéndose a formadores, sacerdotes y seminaristas, León XIV recordó que la formación sacerdotal no puede reducirse a la adquisición de conocimientos o habilidades pastorales. 

En su núcleo está una relación personal con Cristo. El seminario es el lugar donde esa amistad se aprende y se cultiva: una familiaridad con el Señor que compromete toda la vida del futuro sacerdote, su corazón, su inteligencia y su libertad y lo configura poco a poco a imagen del Buen Pastor. 

Formar sacerdotes, por tanto, no consiste sólo en transmitir contenidos, sino en acompañar un camino de vida con Cristo para ser el mismo Cristo para los demás, remarca el papa León.  

«La formación de los futuros sacerdotes […] la considera la Iglesia como una de las tareas de máxima importancia para el futuro de la evangelización de la humanidad». San Juan Pablo II, Pastores dabo vobis, 2.

Más de treinta años después de aquellas palabras de san Juan Pablo II, la formación sacerdotal continúa siendo una misión esencial para la Iglesia. La Memoria 2025 de la Fundación CARF muestra cómo esta tarea se hace realidad cada año a través de cientos de historias y de vocaciones procedentes de todo el mundo.



Oración por la paz en tiempos inciertos

Vivimos unos tiempos que pueden generar incertidumbre y preocupación. Las guerras de Ucrania, Gaza, Congo, en el Sahel, Sudán, Yemen, Somalia, Etiopía, Myanmar o la narcoviolencia en México, Haití o Ecuador siguen provocando sufrimiento entre la población civil, desplazamientos y necesidad de ayuda humanitaria.

Mientras otros conflictos reciben mucha menos atención internacional; Naciones Unidas señala que en 2026 cientos de millones de personas necesitan asistencia humanitaria urgente como consecuencia de los conflictos y de otras crisis.

Ante esta realidad, puede surgir una pregunta: ¿qué puede hacer un cristiano cuando siente que los problemas del mundo son demasiado grandes para él?

Una primera respuesta es rezar. No para desentendernos de lo que ocurre, sino para poner ante Dios a quienes sufren, pedir por la paz y dejar que esa oración transforme también nuestra manera de mirar y de actuar.

Rezar por la paz es no ser indiferente

La oración cristiana comienza muchas veces con una petición sencilla: Señor, danos la paz.

Cuando rezamos por quienes viven una guerra, por las familias que han perdido su casa, por los niños que crecen entre la violencia, por quienes han tenido que abandonar su país o por quienes sufren persecución, dejamos de contemplar el sufrimiento como una realidad lejana. La oración nos ayuda a recordar que detrás de cada conflicto hay personas concretas.

El papa León XIV ha insistido durante 2026 en esta llamada a rezar por la paz. En agosto pidió oraciones por quienes sufren en Sudán y por las víctimas de la violencia en Ucrania y Rusia. En septiembre volvió a invitar a rezar por la paz ante la persistencia de conflictos y violencia en distintas partes del mundo.

También del 1 al 7 de octubre de 2026 se ha convocado una semana de oración por la paz y la unidad, con iniciativas en parroquias, escuelas, comunidades y familias de distintos países. La iniciativa culmina el 7 de octubre, fiesta de Nuestra Señora del Rosario.

La oración por la paz no necesita fronteras. Podemos rezar por quienes conocemos y por quienes nunca conoceremos; por las víctimas de las guerras que ocupan los titulares y por quienes sufren en conflictos olvidados.

El antídoto para tiempos inciertos: la oración

A veces podemos pensar que rezar es poco frente a la magnitud de una guerra o de una crisis humanitaria. Sin embargo, la oración no pretende sustituir las responsabilidades de las personas, las instituciones o los Estados. Es otra cosa: nos pone ante Dios y nos ayuda a no acostumbrarnos al sufrimiento.

Durante la vigilia de oración por la paz celebrada en abril de 2026, León XIV afirmó que la oración no es un refugio para eludir nuestras responsabilidades ni una forma de evitar el dolor causado por la injusticia. Al contrario, la presentó como una respuesta ante la violencia y una forma de mantener viva la esperanza.

San Josemaría expresaba la importancia de orar con estas palabras: «Como el soldado que está de guardia, así hemos de estar nosotros a la puerta de Dios Nuestro Señor: y eso es oración» (San Josemaría, Forja, 73).

Orar es, en este sentido, permanecer despiertos ante Dios y también ante lo que sucede a nuestro alrededor. No consiste solamente en pedir que desaparezcan los problemas. Es también aprender a mirar el mundo con los ojos de Dios. Podemos rezar por:

Y también podemos pedir por nosotros mismos: para no caer en el odio, la indiferencia o la desesperanza.

San Josemaría recordaba que la paz no se construye únicamente en los grandes escenarios internacionales. Comienza también en el corazón de cada persona y se extiende a la familia, al trabajo y a la sociedad.

Como recuerda en otro de sus textos: «Por todos los caminos honestos de la tierra quiere el Señor a sus hijos, echando la semilla de la comprensión, del perdón, de la convivencia, de la caridad, de la paz. —Tú, ¿qué haces?» (San Josemaría, Forja 373). Es una pregunta especialmente actual.

Sacerdote orando

Todos estamos en la misma lucha

San Pablo utiliza la imagen del cuerpo para explicar la comunión entre los cristianos: cuando un miembro sufre, todos sufren con él.

Esta idea adquiere una fuerza especial cuando pensamos en las personas que viven bajo las bombas, en quienes han perdido a familiares, en los desplazados y en quienes esperan ayuda humanitaria.

Naciones Unidas sigue señalando a Ucrania, Gaza y Sudán entre los escenarios donde la población civil continúa sufriendo las consecuencias de la guerra y la violencia. Pero también existen otras crisis menos visibles. Por eso, rezar por la paz significa aprender a mirar más allá de los titulares de los periódicos.

Podemos sentirnos impotentes ante acontecimientos que suceden a miles de kilómetros. Sin embargo, siempre podemos hacer algo: rezar, informarnos con responsabilidad, ayudar a quien tenemos cerca, acompañar a quien sufre y evitar alimentar el odio o la deshumanización. La paz comienza también en nuestra manera de hablar, de escuchar y de tratar a los demás.

Una paz «desarmada y desarmante»

El mensaje de León XIV para la Jornada Mundial de la Paz de 2026 lleva precisamente por título «La paz esté con todos ustedes: hacia una paz “desarmada y desarmante”».

En él, el Papa recuerda la necesidad de superar las lógicas que presentan la guerra como inevitable y señala el diálogo, la diplomacia, el perdón y la protección de los civiles como caminos para construir la paz. También insiste en que la oración alimenta el compromiso por la paz. Esta perspectiva ayuda a comprender qué significa rezar por la paz.

No se trata de cerrar los ojos ante la realidad, sino de abrirlos más. Tampoco se trata de permanecer al margen, sino de pedir a Dios que cambie los corazones y, al mismo tiempo, preguntarnos qué podemos hacer nosotros.

Debemos tratar de no creer que la oración nos permite controlar los acontecimientos, y pasar a confiar en Dios incluso cuando no entendemos lo que sucede.

Cómo rezar por la paz

No existe una única forma de hacerlo. Podemos dedicar unos minutos cada día a pedir por la paz. Podemos rezar el Rosario por las personas que sufren. Podemos ofrecer la Santa Misa por quienes viven una guerra. Podemos acudir ante el Santísimo Sacramento y poner ante Dios las situaciones que más nos preocupan.

También podemos convertir en oración una noticia que nos conmueve. Al leer que una familia ha perdido su casa, podemos detenernos unos segundos y rezar por ella.

Al conocer una nueva escalada de violencia, podemos pedir por quienes tienen responsabilidades y por quienes trabajan para alcanzar acuerdos. Al descubrir un conflicto olvidado, podemos incluirlo en nuestras intenciones. Y cuando no encontremos palabras, también debemos simplemente permanecer delante Dios.

Porque, como enseñaba san Josemaría: «La oración no es problema de hablar o de sentir, sino de amar. Y se ama, esforzándose en intentar decir algo al Señor, aunque no se diga nada» (San Josemaría, Surco, 464).

Orar y trabajar por la paz

La oración no termina necesariamente cuando acaba el momento de recogimiento. Puede continuar en nuestras decisiones, en nuestras palabras y en nuestra forma de relacionarnos con los demás.

Podemos ser constructores de paz en nuestra familia, en nuestro trabajo, entre nuestros amigos y en nuestra sociedad. Podemos aprender a escuchar antes de juzgar, a perdonar, a pedir perdón, a rechazar la violencia y a no contribuir a la propagación del odio.

La paz internacional también necesita personas capaces de construir paz en su entorno. Por eso, ante la incertidumbre, el cristiano está llamado a evitar vivir paralizado por el miedo.

Está llamado a rezar, esperar y actuar. A poner ante Dios el sufrimiento del mundo y, al mismo tiempo, a preguntarse cada día: «Señor, ¿qué puedo hacer yo para llevar un poco de paz allí donde estoy?».