Construir desde el alma de las ciudades. Las propuestas de León XIV en España
El viaje apostólico de León XIV a España en junio de 2026 no ha sido solo un evento diplomático o litúrgico, sino una propuesta de renovación profunda para la Iglesia y la sociedad civil.
Bajo el lema «¡Alzad la mirada!», pidió a los educadores ser «hilos nuevos para tejer redes nuevas» en el arte del diálogo social, que implica encuentro y escucha, diálogo y respeto. Con palabras de Benedicto XVI, ha señalado que «la fe es amor y por ello crea poesía y crea música. La fe es alegría y por eso crea belleza» (Catequesis 21-V-2008). Y León XIV se ha preguntado si Europa podría ser ella misma sin la huella de la fe.
Precisamente en su discurso de saludo a las autoridades, León XIV descubre para Europa, por su gran historia de mediación entre lenguas, religiones y saberes, de unión entre la acción histórica y la lucidez de la razón moral, la vocación de «apreciar la complejidad y estudiarla» con visión de futuro. Una tarea que comporta superar las polarizaciones mediante el discernimiento, «aprender a avanzar junto al otro, a crecer juntos», rechazar los fantasmas, los enemigos y los prejuicios, los entusiasmos ingenuos y los miedos estériles, y favorecer el pensamiento crítico y la búsqueda del bien común.
La aportación de España la formula con referencia a los santos que han cultivado una «mística con los ojos abiertos»: san Juan de la Cruz, con su avance desde las noches oscuras hasta la luz; santa Teresa de Ávila, con el itinerario del «castillo interior» hacia el propio corazón, para descubrir cómo el universo se convierte en hogar; san Ignacio de Loyola, con su énfasis en el discernimiento. También hoy la eternidad puede impregnar la vida cotidiana, uniendo, en la búsqueda de la santidad, la oración y el compromiso social.
En la capital, León XIV se presentó ante el Parlamento como servidor de la persona humana y abogado de su dignidad. Recordó que una sociedad justa se mide por su capacidad de proteger la vida en su mayor fragilidad: «desde su concepción hasta su ocaso natural». Advirtió que la ley pierde su sentido si se convierte en mercancía o si ignora a los que no tienen fuerza para hacerse oír. Defendió a la familia y la libertad para escoger el tipo de educación de los hijos.
En el ámbito eclesial, el encuentro en el estadio Santiago Bernabéu fue calificado por el Papa como un «golazo de la Iglesia de Madrid». Allí presentó una de sus claves teológicas centrales: la Iglesia como una «familia que aprende el arte de la polifonía», donde la unidad no es uniformidad, sino una armonía que valora la diversidad de carismas y las relaciones entre las «personas de carne y hueso». Alabó a los voluntarios, por representar la «levadura de la gratuidad». En una sociedad tentada por el lucro, León XIV defendió la entrega desinteresada como el rasgo distintivo de la «ciudad de Dios» que debe impregnar la vida pública.
La etapa catalana se centró en la vía de la belleza como cauce de evangelización. En la basílica de la Sagrada Familia, el Papa León XIV describió el templo de Gaudí como una «obra en construcción» que simboliza la propia vida cristiana: un proyecto inacabado que requiere la cooperación de todos como «piedras vivas». Afirmó que el arte y la belleza son «eminentes canales de evangelización» en este tiempo de la imagen.
En la abadía de Montserrat, el mensaje se tornó hacia la reconciliación interior. Al contemplar a la Virgen con el Niño, León XIV exhortó a los fieles a «deponer las corazas» del juicio, la crítica y la agresividad. Propuso la «fuerza desarmada y desarmante del amor» como la única capaz de sanar las heridas causadas por la injusticia y la división.
El punto culminante del viaje, por su carga profética, fue la visita a las Islas Canarias. En el centro de las rutas migratorias, el Papa León XIV definió al archipiélago como un «lugar donde el Resucitado se manifiesta» a través de la acogida. Fue rotundo al afirmar que «ningún ser humano es una isla» y que el secreto del corazón reside en la llamada al encuentro.
Ante el drama de los cayucos, el sucesor de Pedro, León XIV, denunció con severidad a quienes «especulan con la desesperación» y convierten el sufrimiento ajeno en negocio, advirtiéndoles que habrán de comparecer ante la justicia divina. A los migrantes, les aseguró: «Tu vida no es un descarte, tu dignidad no ha quedado disuelta en las aguas».
Una gran lección de Canarias para la Iglesia universal fue la invitación a dejarse evangelizar por los pequeños y los pobres. El Papa pidió a los católicos que la integración no sea solo una tarea social, sino un encuentro espiritual donde se reconozca la «misteriosa sabiduría de Dios escrita en la carne» de los que sufren.
A lo largo de su visita, León XIV mostró una especial predilección por los olvidados. Con los internos de la prisión de Brians 1 (Barcelona) y posteriormente en sus mensajes, insistió en que «los errores de la vida no determinan la identidad», y que el pasado no debe condenar el futuro. En los hospitales y con los ancianos, propuso algo así como un magisterio de la fragilidad, donde la vejez y la enfermedad nos recuerdan nuestra dependencia mutua y la necesidad de Dios.
Al despedirse en el puerto de Santa Cruz de Tenerife, y con referencia al corazón de Cristo, que es el corazón del Evangelio, León XIV pidió abrir a todos «este mar de amor». Repitió el lema «¡Alzad la mirada!» precisamente hacia el Crucificado, que es la fuente del perdón, de la reconciliación y de la paz.
La visita del papa león XIV anima a los jóvenes a buscar siempre la verdad, rechazando otros caminos: «¡Si te lleva lejos de Dios, no es verdad!». Los desafía a ser protagonistas del cambio social como «chispa de una humanidad nueva», capaz de cambiar la historia con el amor.
Ramiro Pellitero Profesor de la Facultad de Teología de la Universidad de Navarra
(Publicado en Religión confidencial, 17-VI-2026)
Alzad la mirada
El pasado junio esa invitación recorrió tres ciudades españolas, y lo hizo de la mano de tres ejes: belleza, acogida y unidad. En Barcelona, la belleza de la Sagrada Familia, que Gaudí levantó como una oración de piedra, mostró que la belleza es un camino más para llegar a Dios. En Canarias, la acogida se dirigió hacia el hermano más vulnerable, buscando a Cristo en la mirada y en las manos de los demás. En Madrid, la unidad se presentó como signo de comunión y fermento para un mundo reconciliado. Tres ciudades, tres gestos, un solo movimiento: alzar la mirada.
El Papa León XIV nos llamó a levantarnos. San Josemaría había señalado, casi cien años antes, adónde mirar. Y Cristo resucitado, en lo alto de la Cruz y desde el sagrario, siguió atrayendo todo hacia sí.
El legado espiritual del viaje de León XIV
La llamada de León XIV a formar personas capaces de dialogar, discernir y servir al bien común encuentra un eco especial en la misión de la Fundación CARF. Desde hace décadas, esta institución impulsa la formación de sacerdotes, seminaristas y religiosos de todo el mundo mediante becas de estudio en la Universidad de Navarra y en la Pontificia Universidad de la Santa Cruz (Roma).
El objetivo es que regresen a sus diócesis con una sólida preparación humana, intelectual y espiritual para responder a los desafíos pastorales de sus países. En un contexto marcado por la polarización y la búsqueda de referentes, la formación de quienes están llamados a servir a la Iglesia constituye una contribución concreta a la cultura del encuentro, al diálogo y a la promoción de la dignidad de toda persona, valores que León XIV ha subrayado repetidamente durante su visita apostólica a España.
León XIV: oda a las familias
Ante un Parlamento que impulsa la destrucción y manipula la verdad sobre la familia, promoviendo leyes contrarias a lo que el Derecho Natural considera una familia: hombre y mujer, unidos hasta la muerte, y abiertos a la vida, León XIV hizo en su visita a España una referencia explícita y muy clara de la familia querida por Dios al crear al hombre y a la mujer.
La familia, fundamento natural de la sociedad y del bien común
León XIV habló de la familia como el fundamento de toda sociedad civil, y como levadura para el surgir de una nación. En definitiva, la familia es el verdadero cimiento de todo convivir de los hombres sobre la tierra (las frases en cursiva son del discurso ante el Parlamento).
Después de subrayar que: «el bien común es, en cierto modo, «la forma social de la dignidad humana» (cf. Magnifica humanitas, 59). No consiste en la mera suma de intereses particulares, sino en el «conjunto de condiciones de la vida social que hacen posible a las asociaciones y a cada uno de sus miembros el logro más pleno y más fácil de la propia perfección» (Gaudium et spes, 26), escribe:
«En este contexto, reviste particular importancia la familia, realidad humana primera y fundamento natural de la comunidad».
Una sociedad en la que las familias se deshacen; los cónyuges tienen leyes para formalizar una ruptura en cualquier momento; los matrimonios no están abiertos a la vida; los padres se desentienden de la educación humana, moral, religiosa, de los hijos; se reconoce «matrimonio legal» la unión homosexual, etc-, es una sociedad abocada a la muerte, a la extinción.
León XIV reivindica el papel insustituible de la familia en la construcción de los pueblos
Hablando a las familias, y recordándoles que Jesús sigue orando al Padre por las familias, León XIV escribió hace un año: «esa oración del Señor da sentido pleno a los momentos luminosos de nuestro amor mutuo como padres, abuelos, hijos e hijas. Y esto es lo que queremos anunciar al mundo: estamos aquí para ser «uno» tal y como el Señor quiere que seamos «uno», en nuestras familias y en los lugares donde vivimos, trabajamos y estudiamos: distintos, pero uno; muchos, pero uno, siempre uno, en cualquier circunstancias y edad de la vida».
«Hermanos, si nos amamos así, sobre el fundamento de Cristo, que es el "Alfa y la Omega, el principio y el fin" (cf. Ap 22, 13), seremos un signo de paz para todos, en la sociedad y en el mundo. No hay que olvidarlo: del seno de las familias nace el futuro de los pueblos» (1 junio 2025),
«En el hogar se entrelazan las generaciones y se transmite una memoria viva que da continuidad a la sociedad». El ser humano está llamado a vivir años, quiere decir que se mete en una historia que él no construye desde cero, y en la que se encuentra insertado desde pequeño. Todo lo que se aprende en el convivir familiar es un alimento que permite a cada hombre, a cada mujer, situarse en el entorno en el que ha de vivir.
¿Quién no recuerda la profunda alegría de una abuela, al participar en el Bautismo de su primer biznieto? Si los gobiernos promulgan leyes que pretenden desvanecer la familia, el poder político deja de tener sentido de «servicio», y de «buscar el bien común», para convertirse en dictadura tiránica, en “abominación de las abominaciones”. «Allí donde la familia es sostenida, se fortalece también la estabilidad espiritual y social de las naciones».
El Congreso escucha al papa León XIV | Europa Press.
Los gobiernos han de aprender a emplear todos los recursos de que disponen, del mejor modo posible pensando en el «bien común» de todas las personas, y ese «bien común» pasa, necesariamente por ayudar a las familias en todo lo que puedan necesitar: vivienda, trabajo, asistencia médica, etc.
Si hay paz en las familias, habrá paz en toda la sociedad. Si se reza en familia, se rezará en sociedad: parroquias, cofradías, procesiones, y caminaremos todos en unión con Jesucristo y su Santísima Madre. ¡Qué alegría he vivido en no pocas ocasiones, al entrar en una casa para bendecirla, al ver un Cristo en la Cruz en cada habitación, y un cuadro de la Santísima Virgen en la sala de reuniones de la familia, Ella que es la Reina de las Familias!
La familia cristiana: primera escuela de convivencia, amor y servicio
«La familia será siempre la primera escuela de humanidad en la que se aprende, antes que en cualquier otro lugar, la gramática elemental de la convivencia; recibir la vida, cuidar al otro, perdonar, servir y pertenecer».
Nuestros padres, al perdonarnos por los errores que podamos cometer, nos están dando una lección de amor y de comprensión, que nos ayuda a saber perdonar, a pedir perdón; en una palabra, a convivir con todos los que nos rodean. Aprendemos a servir a los demás, y a no quedarnos encerrados en nosotros mismo, y dando vueltas en la cabeza a lo que nos pueda herir en las acciones de los demás. En la familia verdaderamente cristiana, se mueren solos el egoísmo y el individualismo.
Y no sólo pedir perdón y perdonar, en las familias aprendemos a cuidar de los otros: padres, hermanos, parientes cercanos y lejanos, saliendo al encuentro de sus necesidades. Matamos todo egoísmo y aprendemos a servir amando a nuestros padres, a nuestros hermanos, a nuestros parientes: sus triunfos son nuestros triunfos; sus penas y dolores son nuestras penas y dolores; sus alegrías son nuestras alegrías.
La familia es la cuna de nuevas vidas. Los hermanos mayores acogen con corazón grande a los que vienen detrás; las hermanas mayores cubren con alegría el espíritu y el peso de maternidad que una madre –y más en familias de seis, siete, ocho, nueve..., hijos– no siempre encuentra las fuerzas para sostener.
El derecho de los padres a educar a sus hijos según sus convicciones
Y, por último, recuerda «el derecho primario e inalienable» de los padres a «elegir el tipo de educación y de formación que reciben sus hijos, en coherencia con sus propias convicciones morales, culturales y religiosas».
Ernesto Juliá, (ernesto.julia@gmail.com) | Publicado anteriormente en Religión Confidencial.
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Fundación Unicaja renueva su compromiso con la formación de seminaristas y sacerdotes
En Fundación CARF estamos muy agradecidos a Fundación Unicaja, que un curso académico más se suma a nuestra misión de apoyar la formación integral de seminaristas y sacerdotes diocesanos procedentes de países con menos recursos.
Gracias a esta colaboración, jóvenes con vocación sacerdotal y sacerdotes que necesitan ampliar su preparación podrán continuar su formación académica, humana, espiritual y pastoral en las Facultades Eclesiásticas de la Universidad de Navarra y en la Universidad Pontificia de la Santa Cruz, en Roma.
Una formación que transforma personas y comunidades
La ayuda de Fundación Unicaja no solo beneficia a quienes reciben esta oportunidad de estudio. Cada seminarista y sacerdote que completa su formación regresa a su diócesis para poner sus conocimientos al servicio de la Iglesia y de las personas de su comunidad.
Es una inversión en el futuro de miles de fieles que, gracias a sacerdotes mejor preparados, podrán recibir una atención pastoral, humana y espiritual de mayor calidad. Una cadena de generosidad que multiplica sus frutos allí donde más se necesitan.
El compromiso de Fundación CARF con las vocaciones
Desde hace más de 35 años, Fundación CARF trabaja para que ninguna vocación se pierda por falta de recursos económicos. Con la ayuda de benefactores, empresas e instituciones comprometidas, hace posible que seminaristas, sacerdotes diocesanos, religiosos y religiosas de más de 130 países reciban una formación de excelencia para servir después en sus iglesias locales.
El respaldo de entidades como Fundación Unicaja resulta esencial para seguir impulsando esta misión y ofrecer oportunidades de formación a quienes serán protagonistas del futuro de la Iglesia en todo el mundo.
Desde Fundación CARF queremos expresar nuestro más sincero agradecimiento por su confianza y por caminar un año más junto a nosotros en este proyecto al servicio de las vocaciones.
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Homilía del Papa en la Sagrada Familia
La visita del Papa a la basílica de la Sagrada Familia de Barcelona dejó una de esas imágenes que permanecen grabadas en la memoria colectiva de la Iglesia. La bendición de la torre de Jesucristo, la más alta del templo diseñado por Antoni Gaudí, fue mucho más que un acontecimiento arquitectónico o cultural. Fue una ocasión para recordar que la fe sigue iluminando el mundo cuando se expresa a través de la belleza, la verdad y la caridad.
Una Iglesia siempre en construcción
Uno de los mensajes centrales de la homilía fue la comparación entre la basílica y la propia vida cristiana. La Sagrada Familia continúa construyéndose después de más de ciento cuarenta años. Lejos de considerarlo una carencia, el Papa presentó esta realidad como un signo de esperanza.
La Iglesia también está siempre en construcción. Y cada bautizado forma parte de ella como una piedra viva llamada a ocupar un lugar en el proyecto de Dios.
Esta imagen resulta especialmente significativa para quienes dedican su vida al anuncio del Evangelio. La formación cristiana no termina nunca. Sacerdotes, seminaristas, religiosos y laicos estamos llamados a dejarnos moldear continuamente por la gracia para colaborar en la obra que Dios realiza en cada corazón.
Postal de principios de siglo de la Sagrada Familia en construcción, Römmler & Jonas.
Dios sigue llamando constructores para su Iglesia
Al meditar sobre las palabras dirigidas por Dios al rey David, el Papa recordó una verdad fundamental: no somos nosotros quienes construimos una casa para Dios; es Dios quien construye una casa para nosotros.
Toda vocación nace de esta iniciativa divina
También hoy el Señor continúa llamando a jóvenes de todo el mundo al sacerdocio, a la vida consagrada y a diversas formas de entrega cristiana. Lo hace en ciudades modernas y en pequeñas aldeas, en familias creyentes y en lugares donde la fe apenas sobrevive.
El papa León XIV, durante la Eucaristía solemne en la basílica de la Sagrada Familia.
Las vocaciones necesitan ser acompañadas, formadas y sostenidas
Por eso la misión de instituciones como la Fundación CARF adquiere una importancia tan especial para la vida de la Iglesia. La formación integral de sacerdotes, seminaristas y religiosos no es una tarea secundaria. Es una inversión directa en la evangelización del mundo.
Cada sacerdote bien formado será capaz de acompañar miles de almas a lo largo de su ministerio. Cada seminarista que recibe una sólida preparación humana, espiritual, intelectual y pastoral se convierte en una esperanza para innumerables personas que un día encontrarán en él a un pastor.
Gaudí entendió que la belleza conduce a Dios
En el centenario de la muerte de Antoni Gaudí, el Papa quiso recordar al genial arquitecto catalán como un hombre profundamente creyente que puso su talento al servicio de Dios.
La Sagrada Familia no fue concebida únicamente para admirar una obra maestra de la arquitectura. Fue diseñada para anunciar el Evangelio.
Gaudí comprendió algo que la tradición cristiana ha sabido durante siglos: la belleza puede abrir caminos que a veces los discursos no consiguen recorrer.
Quien entra en la basílica descubre una catequesis construida con piedra, luz, color y proporciones. Todo conduce hacia Cristo. Todo invita a la contemplación. Todo habla de Dios.
Pero la belleza necesita intérpretes
La mejor obra de arte puede convertirse en una simple atracción turística si nadie ayuda a descubrir su significado profundo. Por eso la Iglesia necesita sacerdotes bien preparados, capaces de explicar la fe, acompañar espiritualmente y mostrar cómo la belleza creada remite siempre a la Belleza infinita de Dios.
Detalle de la torre de Jesucristo de la Sagrada Familia, David Zorrakino / EP.
La cruz como respuesta al sufrimiento humano
Uno de los momentos más impactantes de la homilía llegó cuando el Papa recordó que no se puede creer en Jesucristo y promover la guerra, matar al inocente o abandonar al que sufre.
No es un símbolo de poder humano. Es el signo de un amor que se entrega hasta el extremo. Es la respuesta de Dios al sufrimiento del mundo.
Precisamente por eso la formación de los futuros sacerdotes y evangelizadores no puede limitarse a la adquisición de conocimientos teológicos. Debe preparar corazones capaces de acompañar el dolor humano, anunciar la esperanza y llevar el consuelo de Cristo a quienes más lo necesitan.
Evangelizar por la belleza, verdad y caridad
Quizá el mensaje más actual de esta homilía sea la estrecha relación entre evangelización y belleza.
En una cultura dominada por la imagen, la Iglesia sigue encontrando en el arte, la arquitectura, la música y la cultura caminos privilegiados para acercar las personas a Dios. Sin embargo, esos caminos necesitan testigos creíbles.
La belleza abre la puerta. La verdad ilumina la inteligencia. La caridad transforma el corazón.
Por eso la Iglesia necesita hombres y mujeres bien formados que sepan dialogar con el mundo contemporáneo sin renunciar a la riqueza del Evangelio.
La Sagrada Familia, con sus torres que se elevan hacia el cielo, nos recuerda que toda auténtica evangelización ayuda al ser humano a levantar la mirada. Y que detrás de cada gran obra de la Iglesia hay siempre personas que han respondido generosamente a la llamada de Dios.
La construcción de la basílica continúa. También continúa la construcción de la Iglesia. Y para esta tarea siguen siendo indispensables las vocaciones, la formación y la generosidad de quienes colaboran para que el mensaje de Cristo llegue a todos los rincones del mundo.
Homilía completa
Basílica de la Sagrada Família (Barcelona) Miércoles, 10 de junio de 2026
[Español y catalán]
«Senyor, sobirà nostre, que n’és, de gloriós, el vostre nom per tota la terra!» (Sl 8,2.10). Con la alabanza de este salmo, tan lleno de alegría y asombro, os saludo a todos vosotros, queridos hermanos y hermanas. Expreso mi agradecimiento a Sus Majestades, doy las gracias al Cardenal Juan José Omella, Arzobispo de Barcelona, así como a los demás hermanos en el Episcopado y a todos los que se unen a nuestra oración: sacerdotes, diáconos, religiosos y religiosas.
En esta tarde de fiesta para toda la ciudad de Barcelona, extiendo mi saludo agradecido a las autoridades públicas, así como a los miembros de otras comunidades cristianas y de otras religiones que participan en nuestra acción de gracias.
Avui la Basílica de la Sagrada Família ens acull en aquesta bella ciutat, obrint les seves portes com si fossin braços que conviden a cadascú en aquest altar a escoltar la Paraula de Déu. És un temple que ens constitueix en una família estimada pel Senyor, alimentada per la seva pròpia vida en l’Eucaristia. Així és com la ciutat comtal i tota Catalunya es reuneixen en aquest temple, signe també d’unitat i de concòrdia, i aixequen la seva mirada per trobar-se amb el rostre de Déu Pare, resplendent en el seu Fill fet home, Jesucrist.
El papa Benedicto ya la consagró
Tot donant gràcies al Senyor per la seva caritat vers nosaltres, el lloem per tot el que realitza en la nostra vida. Li donem gràcies en especial per aquesta extraordinària basílica, que el Papa Benet XVI va consagrar el 2010, recordant que és signe visible del Déu invisible, i que per la seva glòria s’alcen les torres (cf. Homilia per a la consagració, 7 de novembre 2010). En continuïtat amb la pregària del meu Predecessor, en uns moments beneiré la torre més alta, la de Jesucrist.
[Hoy la Basílica de la Sagrada Familia nos acoge en esta hermosa ciudad, abriendo sus puertas como si fueran sus brazos para invitar a cada uno a este altar, a escuchar la Palabra de Dios. Es un templo que nos constituye en una familia amada por el Señor, alimentada por su propia vida en la Eucaristía. Así es como la ciudad condal y toda Cataluña se reúnen en este templo, signo también de unidad y de concordia, y alzan su mirada para encontrarse con el rostro de Dios Padre, resplandeciente en su Hijo hecho hombre, Jesucristo.
Mientras damos gracias al Señor por su caridad hacia nosotros, le alabamos por lo que obra en nuestra vida. Le damos gracias en particular por esta extraordinaria basílica, que el Papa Benedicto XVI consagró en 2010, recordando que es signo visible del Dios invisible, por cuya gloria se alzan sus torres (cf. Homilía para la consagración, 7 noviembre 2010). En continuidad con la oración de mi Predecesor, dentro de unos momentos bendeciré la torre más alta, la de Jesucristo.]
Mucho más que un monumento
Esta iglesia es un único edificio, compuesto por muchas piedras. Una casa que crece con constancia a lo largo de los años, siguiendo un mismo proyecto. Todos nosotros somos las piedras vivas de esta obra, que tiene a Cristo como fundamento y culmen, principio y fin. Mucho más que un monumento, la basílica de la Sagrada Familia sigue siendo hoy una obra en construcción, que nos recuerda cómo la vida cristiana es siempre un camino, porque se trata de un proyecto que Dios lleva a cabo.
No habitamos, pues, una obra inacabada, sino un templo aún en construcción. Su imperfección no es un defecto, porque da testimonio de un deseo; no significa una carencia, sino que expresa una promesa que queremos honrar con coherencia. Nuestra gratitud se convierte entonces en compromiso, al tiempo que cooperamos en el proyecto de Dios, es decir, en la construcción a la que Él mismo nos llama. Puesto que somos templo del Espíritu Santo (cf. 1 Co 6,16.19), esta obra coincide con nuestra vida, que Dios concibe como una obra maestra que debemos realizar juntos y nos llama a colaborar con Él (cf. 1 Co 3,9).
A este respecto, guardamos en nuestro corazón las palabras que el Señor dirigió al rey David: «¿Tú me vas a construir una casa para morada mía?» (2 Sam 7,5). Al contrario, «el Señor te anuncia que te va a edificar una casa» (v. 11).
Con este anuncio, la Escritura nos enseña que no somos nosotros quienes damos un lugar a Dios, como si fuera un elemento de una serie o parte de un todo mayor que Él. Es Dios en cambio quien nos da un lugar, y el lugar que nos regala es su propio corazón: el lugar del Hijo, para nosotros que éramos extraños; el lugar del Amado, para nosotros que somos pecadores.
El Señor, con nosotros
Esta voluntad suya se cumple a través de Jesús; podemos entonces comprender el sentido de lo que hemos escuchado en el Evangelio, cuando el Señor dice a los fariseos: «Si no creéis que “Yo soy”, moriréis en vuestros pecados» (Jn 8,24).
Palabras fuertes, que no son en absoluto amenazas, ni un chantaje. Son una invitación a la salvación, es decir, un llamamiento a la libertad por parte de Cristo, que quiere para nosotros el bien definitivo, eterno.
Ante la amenaza del mal, el Señor está siempre con nosotros, siempre a nuestro favor. “Yo soy”: este es el Nombre Santísimo que Dios entregó a Moisés desde la zarza ardiente, revelando su inquebrantable fidelidad. Hecho hombre, Él se convierte para nosotros en el Emmanuel, fuente de gracia y perdón, de salvación y de vida nueva.
Queridos hermanos, no podemos creer en Jesús y promover la guerra. No podemos creer en Jesús y matar al inocente. No podemos creer en Jesús y abandonar a quien sufre, a quien llora, a quien huye de la miseria.
En aquesta nit, doncs, la Creu de Crist, que corona aquesta basílica, és la Creu dels últims, que es tornen els primers, dels pecadors que es tornen sants, dels morts que ressusciten.
Les tres façanes de la Sagrada Família en donen testimoni: el Primer es fa el darrer per a nosaltres en el Nadal; amb el seu sacrifici ens redimeix mitjançant la Passió; la seva mort ens dóna la vida eterna fent-nos partícips de la glòria divina. En admirar la torre de Jesucrist, alcem la mirada cap a Ell, cap a Aquell que ens revela la veritat de Déu i la veritat de nosaltres mateixos.
Mirant Crist podem veure el món amb ulls renovats: la torre de la creu es converteix aleshores en un estàndard de caritat, perquè Déu ens estima així, transformant un instrument de mort en signe d’esperança. En la creu de Jesús la nostra fe aconsegueix el cim, com professa la inscripció que es troba en la base de l’agulla: “Tu solus Sanctus, Tu solus Dominus, tu solus Altíssimus”. Aquesta creu brilla de dia, reflectint la llum del sol i brilla de nit, il·luminant la ciutat com un far obert al Mediterrani.
[Esta noche recordemos, pues, que la Creu de Crist, que corona esta basílica, és la Creu dels últims que se vuelven los primeros, de los pecadores que se vuelven santos, de los muertos que resucitarán. Las tres fachadas de la Sagrada Familia lo atestiguan: el Primero se hace el último por nosotros en la Natividad; con su sacrificio nos redime mediante la Pasión; su muerte nos da la vida eterna haciéndonos partícipes de la gloria divina.
Al admirar la torre de Jesucristo, alzamos la mirada hacia Él, hacia Aquel que sólo nos revela la verdad de Dios y la verdad de nosotros mismos. Mirando a Cristo podemos ver el mundo con ojos renovados: la torre de la cruz se convierte entonces en estandarte de caridad, porque Dios nos ama así, transformando un instrumento de muerte en signo de esperanza.
En la cruz de Jesús nuestra fe alcanza su culmen, como profesa la inscripción que se encuentra en la base de la aguja: “Tu solus Sanctus, Tu solus Dominus, tu solus Altissimus”. Esta cruz brilla de día, reflejando la luz del sol, y brilla de noche, iluminando la ciudad como un faro abierto al Mediterráneo.]
La luz del Resucitado
Sí, la luz de Cristo brilla en las tinieblas, aunque las tinieblas no la hayan acogido (cf. Jn 1,5.11). Sin embargo, este rechazo no hace que falte el amor de Dios: «Cuando hayáis levantado al Hijo del hombre —dice el Señor— entonces sabréis que Yo Soy y que nada hago por mí mismo, sino que hablo como el Padre me ha enseñado» (Jn 8,28).
Es necesario pasar por la pasión del Crucificado para ser iluminados por la gloria del Resucitado: desde siempre, en efecto, el Padre enseña a dar la vida y el Hijo, que la recibe de Él, la da a todos con el poder del Espíritu Santo. He aquí por qué precisamente la cruz es el signo luminoso de su amor.
És la fe que dóna forma a les pedres i sentit a l’edifici que habitem junts. En la nostra pregària descobrim, per tant, el vincle originari de les coses amb Déu, creador del cel i de la terra: Ell és l’artista que ha imprès el seu esplendor en el cosmos.
Creat a la seva imatge, l’home respon a l’obra de Déu amb el seu propi enginy: així es com l’artista converteix el talent en lloança i la creativitat en testimoni del mateix Creador. Com arquitecte ardent de fe, el venerable Antoni Gaudi va concebre aquests espais amb el desig de narrar els misteris de la vida del Senyor: d’aquesta manera ens ha proposat un pelegrinatge espiritual, que condueix a la trobada amb Crist nascut, mort i ressuscitat per nosaltres.
Juntament amb Gaudí, de qui commemorem el centenari de la seva mort, recordem i donem gràcies en aquesta tarda a tots els promotors i benefactors, als artistes i als treballadors que cooperen en la construcció d’una obra mestra arquitectònica, que és també una eloqüent catequesi feta de pedres, colors i llum.
En la saviesa, l’Església renova així la Biblia pauperum de les antigues catedrals, que són elles mateixes missatges d’evangelització d’una gran riquesa. En aquest temps de la imatge, resulta encara més evident com l’art i la bellesa son eminents canals d’evangelització.
[Es precisamente la fe la que da forma a las piedras y sentido al edificio que habitamos juntos. En nuestra oración descubrimos, por tanto, el vínculo originario de las cosas con Dios, creador del cielo y de la tierra: Él es el artista que ha impreso su esplendor en el cosmos. Creado a su imagen, el hombre responde a la obra de Dios con su propio ingenio: así es como el artista convierte el talento en alabanza y la creatividad en testimonio del mismo Creador.
Como arquitecto ardiente de fe, el venerable Antoni Gaudí concibió estos espacios con el deseo de narrar los misterios de la vida del Señor: de este modo nos ha propuesto una peregrinación espiritual, que conduce al encuentro con Cristo nacido, muerto y resucitado por nosotros. Junto con Gaudí, de quien conmemoramos el centenario de su muerte, recordamos y damos las gracias esta tarde a todos los promotores y benefactores, a los artistas y a los trabajadores que cooperan en la construcción de una obra maestra arquitectónica, que es también una elocuente catequesis hecha de piedras, colores y luz.
En su sabiduría, la Iglesia renueva así la Biblia pauperum de las antiguas catedrales, que son en sí mismas mensajes de evangelización de gran riqueza. En este tiempo de la imagen, resulta aún más evidente cómo el arte y la belleza son eminentes canales de evangelización.]
Estimats germans i germanes, la belleza de este templo nos anima a aprender cada vez más de nuestro Maestro y Señor el arte de vivir según su Evangelio. Mientras alzamos la mirada hacia Él, el Crucificado Resucitado, comprometámonos a levantar el rostro de quienes yacen en el polvo (cf. 1 Sam 2,8).
Y demostremos así que la Sagrada Familia es la iglesia más alta del mundo, no para destacar en clasificaciones mundanas, sino para guiar los pasos del pueblo de Dios que peregrina en esta tierra de Cataluña, con la cruz que ilumina el camino, como una lámpara encendida en la espera del regreso del Esposo.
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Salmo 23: la confianza en Dios y la figura de Cristo como Buen Pastor
En 2011, en la audiencia general de la Plaza de San Pedro, en Roma, el papa Benedicto XVI dedicaba el encuentro a desgranar salmo 23, el conocidísimo del Buen Pastor.
Queridos hermanos y hermanas:
Dirigirse al Señor en la oración implica un acto radical de confianza, con la conciencia de fiarse de Dios, que es bueno, «compasivo y misericordioso, lento a la ira y rico en clemencia y lealtad» (Ex 34, 6-7; Sal 86, 15; cf. Jl 2, 13; Gn 4, 2; Sal 103, 8; 145, 8; Ne 9, 17). Por ello hoy quiero reflexionar con vosotros sobre un Salmo impregnado totalmente de confianza, donde el salmista expresa su serena certeza de ser guiado y protegido, puesto al seguro de todo peligro, porque el Señor es su pastor. Se trata del Salmo 23 —según la datación grecolatina, 22—, un texto familiar a todos y amado por todos.
La confianza en Dios que inspira el Salmo 23
El Señor es mi pastor, nada me falta»: así empieza esta bella oración, evocando el ambiente nómada de los pastores y la experiencia de conocimiento recíproco que se establece entre el pastor y las ovejas que componen su pequeño rebaño. La imagen remite a un clima de confianza, intimidad y ternura: el pastor conoce una a una a sus ovejas, las llama por su nombre y ellas lo siguen porque lo reconocen y se fían de él (cf. Jn 10, 2-4).
Él las cuida, las custodia como bienes preciosos, dispuesto a defenderlas, a garantizarles bienestar, a permitirles vivir en la tranquilidad. Nada puede faltar si el pastor está con ellas. A esta experiencia hace referencia el salmista, llamando a Dios su pastor, y dejándose guiar por él hacia praderas seguras:
«En verdes praderas me hace recostar; me conduce hacia fuentes tranquilas y repara mis fuerzas; me guía por el sendero justo, por el honor de su nombre» (vv. 2-3).
El Señor es mi pastor: una guía segura en la vida
La visión que se abre ante nuestros ojos es la de praderas verdes y fuentes de agua límpida, oasis de paz hacia los cuales el pastor acompaña al rebaño, símbolos de los lugares de vida hacia los cuales el Señor conduce al salmista, quien se siente como las ovejas recostadas sobre la hierba junto a una fuente, en un momento de reposo, no en tensión o en estado de alarma, sino confiadas y tranquilas, porque el sitio es seguro, el agua es fresca, y el pastor vigila sobre ellas.
Y no olvidemos que la escena evocada por el Salmo está ambientada en una tierra en gran parte desértica, azotada por el sol ardiente, donde el pastor seminómada de Oriente Medio vive con su rebaño en las estepas calcinadas que se extienden en torno a los poblados. Pero el pastor sabe dónde encontrar hierba y agua fresca, esenciales para la vida, sabe conducir al oasis donde el alma «repara sus fuerzas» y es posible recuperar las fuerzas y nuevas energías para volver a ponerse en camino.
Como dice el salmista, Dios lo guía hacia «verdes praderas» y «fuentes tranquilas», donde todo es sobreabundante, todo es donado en abundancia. Si el Señor es el pastor, incluso en el desierto, lugar de ausencia y de muerte, no disminuye la certeza de una presencia radical de vida, hasta llegar a decir: «nada me falta».
El pastor, en efecto, se preocupa por el bienestar de su rebaño, acomoda sus propios ritmos y sus propias exigencias a las de sus ovejas, camina y vive con ellas, guiándolas por senderos «justos», es decir aptos para ellas, atendiendo a sus necesidades y no a las propias. Su prioridad es la seguridad de su rebaño, y es lo que busca al guiarlo.
Queridos hermanos y hermanas, también nosotros, como el salmista, si caminamos detrás del «Pastor bueno», aunque los caminos de nuestra vida resulten difíciles, tortuosos o largos, con frecuencia incluso por zonas espiritualmente desérticas, sin agua y con un sol de racionalismo ardiente, bajo la guía del pastor bueno, Cristo, debemos estar seguros de ir por los senderos «justos», y que el Señor nos guía, está siempre cerca de nosotros y no nos faltará nada.
La confianza en Dios en medio de las dificultades
Por ello el salmista puede declarar una tranquilidad y una seguridad sin incertidumbres ni temores:
«Aunque camine por cañadas oscuras, nada temo, porque tu vas conmigo: tu vara y tu cayado me sosiegan» (v. 4).
Quien va con el Señor, incluso en los valles oscuros del sufrimiento, de la incertidumbre y de todos los problemas humanos, se siente seguro. Tú estás conmigo: esta es nuestra certeza, la certeza que nos sostiene. La oscuridad de la noche da miedo, con sus sombras cambiantes, la dificultad para distinguir los peligros, su silencio lleno de ruidos indescifrables. Si el rebaño se mueve después de la caída del sol, cuando la visibilidad se hace incierta, es normal que las ovejas se inquieten, existe el riesgo de tropezar, de alejarse o de perderse, y existe también el temor de que posibles agresores se escondan en la oscuridad.
Para hablar del valle «oscuro», el salmista usa una expresión hebrea que evoca las tinieblas de la muerte, por lo cual el valle que hay que atravesar es un lugar de angustia, de amenazas terribles, de peligro de muerte. Sin embargo, el orante avanza seguro, sin miedo, porque sabe que el Señor está con él. Aquel «tu vas conmigo» es una proclamación de confianza inquebrantable, y sintetiza una experiencia de fe radical; la cercanía de Dios transforma la realidad, el valle oscuro pierde toda peligrosidad, se vacía de toda amenaza. El rebaño puede ahora caminar tranquilo, acompañado por el sonido familiar del bastón que golpea sobre el terreno e indica la presencia tranquilizadora del pastor.
Esta imagen confortante cierra la primera parte del Salmo, y da paso a una escena diversa. Estamos todavía en el desierto, donde el pastor vive con su rebaño, pero ahora somos transportados bajo su tienda, que se abre para dar hospitalidad:
«Preparas una mesa ante mí, enfrente de mis enemigos; me unges la cabeza con perfume, y mi copa rebosa» (v. 5).
Ahora se presenta al Señor como Aquel que acoge al orante, con los signos de una hospitalidad generosa y llena de atenciones. El huésped divino prepara la comida sobre la «mesa», un término que en hebreo indica, en su sentido primitivo, la piel del animal que se extendía en la tierra y sobre la cual se ponían las viandas para la comida en común.
Se trata de un gesto de compartir no sólo el alimento sino también la vida, en un ofrecimiento de comunión y de amistad que crea vínculos y expresa solidaridad. Luego viene el don generoso del aceite perfumado sobre la cabeza, que mitiga de la canícula del sol del desierto, refresca y alivia la piel, y alegra el espíritu con su fragrancia. Por último, el cáliz rebosante añade una nota de fiesta, con su vino exquisito, compartido con generosidad sobreabundante. Alimento, aceite, vino: son los dones que dan vida y alegría porque van más allá de lo que es estrictamente necesario y expresan la gratuidad y la abundancia del amor.
El Salmo 104, celebrando la bondad providente del Señor, proclama: «Haces brotar hierba para los ganados, y forraje para los que sirven al hombre. Él saca pan de los campos, y vino que alegra el corazón; aceite que da brillo a su rostro y el pan que le da fuerzas» (vv. 14-15).
El salmista se convierte en objeto de numerosas atenciones, por ello se ve como un viandante que encuentra refugio en una tienda acogedora, mientras que sus enemigos deben detenerse a observar, sin poder intervenir, porque aquel que consideraban su presa se encuentra en un lugar seguro, se ha convertido en un huésped sagrado, intocable. Y el salmista somos nosotros si somos realmente creyentes en comunión con Cristo. Cuando Dios abre su tienda para acogernos, nada puede hacernos mal.
Luego, cuando el viandante parte nuevamente, la protección divina se prolonga y lo acompaña en su viaje: «Tu bondad y tu misericordia me acompañan todos los días de mi vida, y habitaré en la casa del Señor por años sin término» (v. 6).
La bondad y la fidelidad de Dios son la escolta que acompaña al salmista que sale de la tienda y se pone nuevamente en camino. Pero es un camino que adquiere un nuevo sentido, y se convierte en peregrinación hacia el templo del Señor, el lugar santo donde el orante quiere «habitar» para siempre y al cual quiere «regresar». El verbo hebreo utilizado aquí tiene el sentido de «volver», pero, con una pequeña modificación vocálica, se puede entender como «habitar», y así lo recogen las antiguas versiones y la mayor parte de las traducciones modernas.
Se pueden mantener los dos sentidos: volver al templo y habitar en él es el deseo de todo israelita, y habitar cerca de Dios, en su cercanía y bondad, es el anhelo y la nostalgia de todo creyente: poder habitar realmente donde está Dios, cerca de Dios. El seguimiento del Pastor conduce a su casa, es la meta de todo camino, oasis deseado en el desierto, tienda de refugio al huir de los enemigos, lugar de paz donde se experimenta la bondad y el amor fiel de Dios, día tras día, en la alegría serena de un tiempo sin fin.
Las imágenes de este Salmo, con su riqueza y profundidad, acompañaron toda la historia y la experiencia religiosa del pueblo de Israel, y acompañan a los cristianos. La figura del pastor, en especial, evoca el tiempo originario del Éxodo, el largo camino en el desierto, como un rebaño bajo la guía del Pastor divino (cf. Is 63, 11-14; Sal 77, 20-21; 78, 52-54). Y en la Tierra Prometida era el rey quien tenía la tarea de apacentar el rebaño del Señor, como David, pastor elegido por Dios y figura del Mesías (cf. 2 Sam 5, 1-2; 7, 8; Sal 78, 70-72).
Luego, después del exilio de Babilonia, casi en un nuevo Éxodo (cf. Is 40, 3-5.9-11; 43, 16-21), Israel es conducido a la patria como oveja perdida y reencontrada, reconducida por Dios a verdes praderas y lugares de reposo (cf. Ez 34, 11-16.23-31).
Jesucristo, plenitud de la confianza en Dios
Pero es en el Señor Jesús en quien toda la fuerza evocadora de nuestro Salmo alcanza su plenitud, encuentra su significado pleno: Jesús es el «Buen Pastor» que va en busca de la oveja perdida, que conoce a sus ovejas y da la vida por ellas (cf. Mt 18, 12-14; Lc 15, 4-7; Jn 10, 2-4.11-18), él es el camino, el justo camino que nos conduce a la vida (cf. Jn 14, 6), la luz que ilumina el valle oscuro y vence todos nuestros miedos (cf. Jn 1, 9; 8, 12; 9, 5; 12, 46).
Él es el huésped generoso que nos acoge y nos pone a salvo de los enemigos preparándonos la mesa de su cuerpo y de su sangre (cf. Mt 26, 26-29; Mc 14, 22-25; Lc 22, 19-20) y la mesa definitiva del banquete mesiánico en el cielo (cf. Lc 14, 15 ss; Ap 3, 20; 19, 9). Él es el Pastor regio, rey en la mansedumbre y en el perdón, entronizado sobre el madero glorioso de la cruz (cf. Jn 3, 13-15; 12, 32; 17, 4-5).
Queridos hermanos y hermanas, el Salmo 23 nos invita a renovar nuestra confianza en Dios, abandonándonos totalmente en sus manos. Por lo tanto, pidamos con fe que el Señor nos conceda, incluso en los caminos difíciles de nuestro tiempo, caminar siempre por sus senderos como rebaño dócil y obediente, nos acoja en su casa, a su mesa, y nos conduzca hacia «fuentes tranquilas», para que, en la acogida del don de su Espíritu, podamos beber en sus manantiales, fuentes de aquella agua viva «que salta hasta la vida eterna» (Jn 4, 14; cf. 7, 37-39). Gracias.
Saludos
Saludo cordialmente a los peregrinos de lengua española, en particular a los sacerdotes del Pontificio Colegio Mexicano y a las Hermanas del Sagrado Corazón de Jesús y de los Santos Ángeles, así como a los grupos provenientes de España, México, Chile, Argentina, Colombia, Paraguay y otros países latinoamericanos. Os invito, queridos hermanos, a intensificar vuestra vida de oración, acudiendo con confianza al Señor, que es bueno y misericordioso, lento a la ira y rico en piedad. Muchas gracias.
Benedicto XVI. Audiencia general del 5 de octubre de 2011. (Leer aquí) Lugar: Plaza de san Pedro, en Roma.
Tabla de contenidos
Qué es una Novena y cómo rezar
La Doctrina de la Iglesia Católica contempla que los Santos y la Virgen María «no dejan de interceder por nosotros ante el Padre» y que «su cuidado fraternal es de gran ayuda para nuestra enfermedad» (Lumen gentium 49). Las novenas nos ayudan en nuestra oración cuando están adecuadamente valoradas en el contexto de una sólida doctrina.
En la Edad Media, España y Francia introdujeron la «novena de preparación» para la Navidad. para recordar los nueve meses de embarazo de la Virgen. En España el Concilio de Toledo en el año 656 transfirió la fiesta de la Anunciación al 18 de diciembre (dentro de la novena).
Por eso la novena tomó un sentido de anticipación y preparación a una fiesta. Los mejores modelos de preparación son Jesús y María, preparándose para el nacimiento. Nosotros nos preparamos en este mundo para la vida eterna.
De la novena de preparación, surgió la costumbre comenzando en Francia y Bélgica de hacer novenas a la Virgen y a los santos por diversas intenciones.
En el siglo XVII la Iglesia formalmente concedió la primera indulgencia a una novena en honor a san Francisco Javier, otorgada por el papa Alejandro VII.
Hoy en día, la Iglesia considera que la estructura de las nueve repeticiones se refieren a los nueve días entre la Ascensión y Pentecostés. En la Biblia, este período es para los discípulos y la madre de Jesús, un período de espera que ellos viven en oración. «Todos ellos perseveraron en la oración con un mismo espíritu» Hechos 1: 14 al final del cual recibieron al Espíritu Santo. Por lo que, nosotros también podemos vivir la novena como un tiempo de oración a la espera de una gracia.
¿Qué es una novena?
La novena, Del latín «novem», nueve.
Tal como lo explica la Doctrina de la Iglesia Católica, la novena es una serie de nueve. La sucesión de nueve puede referirse a días consecutivos (ej.: nueve días previos a una fiesta litúrgica) o a nueve días específicos de la semana o del mes (ej.: nueve primeros viernes).
Algunas tienen una larga tradición asociada con la devoción a un santo o para confiar una intención o gracias particular a Dios, (Padre, Hijo y Espíritu Santo), a la Virgen María, a los ángeles y a los santos.
La novena tiene un significado espiritual. Está directamente relacionado con el acto de devoción que se demuestra al rezarla. Como todas las oraciones, estas son una forma de alabar a Dios. María alentó a los apóstoles a que rezaran durante nueve días para recibir al Espíritu Santo. Ese acto de la madre de Jesús nos enseña a los fieles la importancia de la constancia de la fe.
¿Cómo rezar y cuando hacerlo?
Es una forma privilegiada de orar porque nos permite tomar tiempo para la oración, aportando calidad en nuestro compromiso. De hecho, cuando nuestra oración va acompañada de un profundo deseo de abrir nuestro corazón a Dios para vivir su presencia real y ponernos en sus manos, el Señor puede actuar y hacer que comprendamos su voluntad humildemente.
No hay necesidad de esperar una fecha específica para comenzar una novena: el mejor momento es sin duda cuando sentimos la necesidad o el deseo de hacerlo. Cada intención de oración importante que tengamos y cada gran discernimiento que debamos hacer es una oportunidad potencial para comenzar una novena. La clave esta en la constancia.
El contenido de cada una es diferente, pero la mayoría de ellas ofrece al menos una meditación diaria, a menudo escrita a partir de un pasaje de la Biblia o un libro espiritual, y una oración, dirigida con frecuencia a Dios a través de la intercesión de un santo.
También es bueno presentar nuestra oración poniéndonos en presencia del Señor mediante la señal de la cruz y una palabra. Y concluirla, por ejemplo, recitando el Padre Nuestro, Ave María y Gloria.
Para rezar una novena hay muchos y variados motivos. Además de las que podemos hacer en cualquier época del año según los hechos que afecten nuestra vida, la tradición propone rezar una novena antes de la festividad de un santo o de una gran festividad cristiana. En este caso, comienza 8 días antes, de modo que el último día caiga en la fecha de la festividad.
Entre las novenas anuales más comunes podemos citar, por ejemplo, la de san José, la de la Inmaculada Concepción, la de ayuno para vivir la Cuaresma y la del Espíritu Santo para prepararse para Pentecostés.
Una variedad muy rica de novenas
De preparación: son las que se rezan preparándose para un día festivo de la Iglesia, o previo a un sacramento u otro motivo espiritual. Tiene como objetivo preparar el alma para este día importante. Se recitan para el bien del difunto y para consolar a sus familiares y amigos. con el enfoque de una gran festividad cristiana, ¡Esta es una excelente manera de preparar nuestro corazón para regocijarnos por completo!
De anticipación: hay varios tipos, la más popular es la novenas de luto, que se rezan antes de un entierro o luego del mismo con el objetivo de pedir por el bien de un difunto o para pedir el consuelo de aquellos que están afligidos con la pérdida del ser querido.
De petición: son peticiones que necesitamos llevar a los oídos de Dios, para ello se requiere de confianza en que estas serán escuchadas. También podemos hacer una novena para rezar por los demás: un ser querido, las vocaciones sacerdotales, o incluso las almas del purgatorio.
De indulgencia: las que se rezan para la remisión de los pecados. Se rezan como acto de penitencia por pecados cometidos. Estas novenas se realizan conjuntamente con el sacramento de la confesión y la asistencia a la Santa Misa.
De Discernimiento: «dale a tu siervo un corazón atento para que sepa (...) discernir entre el bien y el mal» 1 Reyes 3: 9. Hacer la voluntad de Dios solo es posible al confiarle, por medio de la oración, nuestra necesidad de discernir. Por lo tanto, debemos pedirle a Dios que habite nuestra inteligencia y nuestras intuiciones, que guíe nuestro razonamiento y que nos dé «la capacidad de comprender, (...) la lucidez para interpretar» los acontecimientos con sabiduría (Santo Tomás de Aquino). La paciencia y el desapego son gracias esenciales para tomar decisiones de acuerdo con la voluntad de Dios. No dudemos en acompañar nuestro discernimiento grande y pequeño con novenas de oraciones, que le dan al Señor tiempo y espacio para hablarnos al corazón y a nuestra inteligencia.
Recuerda
Ten la seguridad de que el Señor responde a todas nuestras las oraciones. «Cuando me pidan algo en mi nombre, yo lo haré.» Juan 14:14. Los frutos a veces toman formas muy concreta y otras no son visibles, pero de todos modos la novena tiene incidencia en nosotros «todo contribuye al bien de los que aman a Dios» Romanos 8:28
En esta vida, todos pasamos por dificultades. Pero la fortaleza que tenemos los cristianos es saber que Cristo, siendo que él mismo sufrió, nos apoya en cada una de estas pruebas: «Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados y yo os haré descansar.» Mateo 11:28
A la Sagrada Familia del papa Francisco
El papa nos recomendaba una forma simple y efectiva de ofrecerla a la Sagrada Familia rezando con mucho fervor la misma oración, durante nueve días consecutivos.
Jesús, María y José en vosotros contemplamos el esplendor del verdadero amor, a vosotros, confiados, nos dirigimos. Santa Familia de Nazaret, haz también de nuestras familias lugar de comunión y cenáculo de oración, auténticas escuelas del Evangelio y pequeñas Iglesias domésticas. Santa Familia de Nazaret, que nunca más haya en las familias episodios de violencia, de cerrazón y división; que quien haya sido herido o escandalizado sea pronto consolado y curado. Santa Familia de Nazaret, que el próximo Sínodo de los Obispos haga tomar conciencia a todos del carácter sagrado e inviolable de la familia, de su belleza en el proyecto de Dios. Jesús, María y José, escuchad, acoged nuestra súplica. ¡Amén!» Descubre más oraciones para la familia.