El papa León XIV habla del seminario como «escuela de los afectos»

En su encuentro con miles de seminaristas durante el Jubileo celebrado en Roma el 24 de junio de 2025, el papa León XIV dejó una expresión que ha resonado con fuerza en toda la Iglesia: «el seminario debe ser una escuela de los afectos». 

No fue una frase improvisada ni secundaria. El Santo Padre quiso poner el corazón de la formación sacerdotal en un lugar muy concreto: aprender a amar como Cristo.

«Como Cristo amó con corazón de hombre, ¡ustedes están llamados a amar con el Corazón de Cristo! Amar con el corazón de Jesús. Pero para aprender este arte hay que trabajar en la propia interioridad, donde Dios hace oír su voz y desde donde parten las decisiones más profundas; pero que es también lugar de tensiones y luchas (cf. Mc 7,14-23), que hay que convertir para que toda su humanidad huela a Evangelio.

El primer trabajo, por tanto, hay que hacerlo en la interioridad. Recuerden bien la invitación de san Agustín a volver al corazón, porque allí encontramos las huellas de Dios. Bajar al corazón a veces puede darnos miedo, porque en él también hay heridas. No tengan miedo de cuidarlas, déjense ayudar, porque precisamente de esas heridas nacerá la capacidad de estar junto a los que sufren. Sin vida interior tampoco es posible la vida espiritual, porque Dios nos habla precisamente allí, en el corazón.

Dios nos habla en el corazón, tenemos que saber escucharlo. Parte de este trabajo interior es también el entrenamiento para aprender a reconocer los movimientos del corazón: no solo las emociones rápidas e inmediatas que caracterizan el alma de los jóvenes, sino sobre todo sus sentimientos, que les ayudan a descubrir la dirección de su vida.

Si aprenden a conocer su corazón, serán cada vez más auténticos y no necesitarán ponerse máscaras. Y el camino privilegiado que nos lleva a la interioridad es la oración: en una época en la que estamos hiperconectados, cada vez es más difícil experimentar el silencio y la soledad. Sin el encuentro con Él, ni siquiera podemos conocernos verdaderamente a nosotros mismos».

¿Qué quiere decir el Papa con escuela de los afectos?

El Papa quiso detenerse especialmente en la dimensión humana de la vocación sacerdotal. Durante el Jubileo de los seminaristas afirmó:

«Es importante –más aún, necesario– desde el tiempo del seminario apostar mucho por la maduración humana, rechazando cualquier forma de máscara y de hipocresía. Con la mirada fija en Jesús, hay que aprender a dar nombre y voz incluso a la tristeza, al miedo, a la angustia, a la indignación, llevando todo a la relación con Dios».

Con estas palabras, el papa León XIV recordó que el seminario no es solo un lugar de estudio o de preparación pastoral. Es también el espacio donde el futuro sacerdote aprende a conocerse con verdad, a madurar interiormente y a poner toda su vida delante de Dios. Por eso definió el seminario como una auténtica escuela de los afectos: un lugar donde el corazón aprende a amar con profundidad, con libertad y con la mirada de Cristo.

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Formar sacerdotes capaces de acompañar a las personas

La expresión del Papa es especialmente actual. Hoy muchas personas buscan en el sacerdote alguien que sepa escuchar, que acompañe con cercanía y que hable de Dios desde una experiencia real y humana. Eso exige una formación integral.

Por eso la Iglesia insiste tanto en cuidar bien el tiempo del seminario: porque ahí no solo se estudia o se discierne una vocación. Ahí se aprende a ser pastor.

Un sacerdote con una sólida formación humana puede tender puentes, comprender mejor las heridas de su comunidad y acercar a Cristo con más delicadeza y profundidad.

«Les invito a invocar con frecuencia al Espíritu Santo, para que forme en ustedes un corazón dócil, capaz de captar la presencia de Dios, también escuchando las voces de la naturaleza y del arte, de la poesía, de la literatura y de la música, así como de las ciencias humanas.

En el riguroso compromiso del estudio teológico, sepan también escuchar con mente y corazón abiertos las voces de la cultura, como los recientes desafíos de la inteligencia artificial y los de las redes sociales. Sobre todo, como hacía Jesús, sepan escuchar el grito, a menudo silencioso, de los pequeños, de los pobres y de los oprimidos y de tantos, sobre todo jóvenes, que buscan un sentido a su vida.

Si cuidan su corazón, con momentos diarios de silencio, meditación y oración, podrán aprender el arte del discernimiento. También esto es un trabajo importante: aprender a discernir. Cuando somos jóvenes, llevamos dentro muchos deseos, muchos sueños y ambiciones. El corazón a menudo está abarrotado y sucede que nos sentimos confundidos.

En cambio, siguiendo el modelo de la Virgen María, nuestra interioridad debe ser capaz de custodiar y meditar. Capaz de synballein, como escribe el evangelista Lucas (2, 19-51): juntar los fragmentos. Guárdense de la superficialidad y junten los fragmentos de la vida en la oración y la meditación, preguntándose: ¿qué me enseña lo que estoy viviendo? ¿Qué me dice a mi camino? ¿Hacia dónde me está guiando el Señor?»

La misión de Fundación CARF: ayudar a formar  futuros sacerdotes

Gracias a la ayuda de miles de socios, benefactores y amigo, seminaristas y sacerdotes diocesanos de más de 130 países pueden estudiar y formarse en Roma y en Pamplona. 

Reciben una preparación académica, sí, pero también un acompañamiento espiritual, pastoral y humano que fortalece su vocación y les prepara para volver a sus diócesis con una mirada universal y un corazón bien formado.

Esto conecta plenamente con el sueño que el Papa León XIV está recordando a toda la Iglesia: que haya sacerdotes santos, cercanos y bien preparados para servir al mundo de hoy.

Haz que el sueño del Papa se cumpla

La visita del Papa a España volvió a poner este mensaje en primer plano. Su llamada a cuidar la formación de los seminaristas no es una idea abstracta. Es una invitación concreta a toda la Iglesia.

En la Fundación CARF queremos responder con hechos: ayudando a quienes hoy se preparan para entregar su vida al servicio de los demás.

Porque apoyar la formación de un seminarista es ayudar a formar un corazón capaz de acompañar, sostener y llevar esperanza allí donde más hace falta.

«Los seminaristas tienen derecho a la mejor formación posible y la Iglesia, por su parte, tiene derecho a
sacerdotes bien formados. El criterio para que los seminarios sean auténticas casas de formación es que aseguren una adecuada experiencia de vida comunitaria; que tengan formadores totalmente dedicados al estudio y la enseñanza, con experiencia en el acompañamiento espiritual; y que cuenten con centros superiores de teología dotados con los medios necesarios para desarrollar su función. Para ello es imprescindible, además de aunar fuerzas, aprender a trabajar juntos en la gestión de estos desafíos» (Encuentro con los obispos de España. Sede de la Conferencia Episcopal, Madrid. Lunes 8 de junio de 2026).

Carta de León XIV con motivo de la Asamblea Presbiteral de la Arquidiocesis de Madrid

Hay jóvenes en todo el mundo que han escuchado una llamada profunda para seguir la vocación de sacerdote. Quieren servir, acompañar, impartir los sacramentos y ayudar a su gente a encontrar a Dios. Pero muchos de ellos no tienen los medios económicos para formarse bien, académica y humanamente, en esta etapa clave de su encuentro con Dios.

El papa León XIV lo ha recordado recientemente con sencillez y profundidad en su carta apostólica Una fidelidad que genera futuro: «Una fidelidad que genera futuro es a lo que los presbíteros están llamados también hoy, en la conciencia de que perseverar en la misión apostólica nos ofrece la posibilidad de interrogarnos sobre el futuro del ministerio y de ayudar a otros a percibir la alegría de la vocación presbiteral... La identidad de los presbíteros se constituye en torno a su ser para y es inseparable de su misión... la anhelada renovación de toda la Iglesia depende en gran parte del ministerio de los sacerdotes, animado por el espíritu de Cristo.

 La llamada al ministerio ordenado es un don libre y gratuito de Dios. Vocación, en efecto, no significa constricción por parte del Señor, sino propuesta amorosa de un proyecto de salvación y libertad para la propia existencia que recibimos cuando, con la gracia de Dios, reconocemos que en el centro de nuestra vida está Jesús, el Señor. Entonces la vocación al ministerio ordenado crece como donación de sí mismos a Dios y, por ello, a su Pueblo santo.

Toda la Iglesia ora y se alegra por este don con el corazón lleno de esperanza y gratitud, como expresaba el Papa Benedicto XVI al concluir el Año sacerdotal: «Queríamos despertar la alegría de que Dios esté tan cerca de nosotros, y la gratitud por el hecho de que Él se confíe a nuestra debilidad; que Él nos guíe y nos ayude día tras día. Queríamos también, así, enseñar de nuevo a los jóvenes que esta vocación, esta comunión de servicio por Dios y con Dios, existe; más aún, que Dios está esperando nuestro “sí”».

Por eso la Iglesia cuida especialmente la formación de los futuros sacerdotes para que sean hombres, preparados humana, espiritual y pastoralmente, capaces de acompañar a sus comunidades y servir a las personas allí donde más se les necesita. Esto mismo viene haciendo la Fundación CARF desde 1989.

En muchos países del planeta hay personas con vocación al sacerdocio donde la fe es fuerte, pero los recursos son escasos. Allí es donde tu ayuda marca la diferencia.

La Fundación CARF ha acompañado desde sus inicios a seminaristas y sacerdotes diocesanos de 130 países, cerca de 30.000 estudiantes, para que reciban esa formación integral que la Iglesia necesita hoy y necesitará mañana. Detrás de cada uno hay una historia, una familia, un pueblo y una diócesis entera que un día contará con un sacerdote mejor preparado para servirles, y para formar a otros.

Con tu ayuda estás haciendo posible ese sueño del papa León XIV: que la formación llegue a seminaristas y sacerdotes de todo el mundo. Que el futuro de la Iglesia se construya sobre bases firmes, con personas bien preparadas y entregadas.

¡Haz que el sueño del Papa se cumpla! Haz posible la formación de quienes cuidarán la fe y la vida de millones de personas en todo el mundo.



24 de junio: san Juan Bautista, el precursor

La Iglesia Católica celebra la solemnidad de la natividad de san Juan Bautista el 24 de junio. A diferencia de la inmensa mayoría de los santos, a quienes recordamos en el día de su tránsito al cielo (29 de agosto en el caso del Precursor), a san Juan Bautista lo conmemoramos también en el día de su nacimiento terrenal.

¿Quién fue realmente este hombre que vestía con piel de camello, al que muchos consideraban un loco y que terminó marcando el inicio de la Redención de todos los seres humanos?

San Juan Bautista: nacimiento marcado por el milagro

La historia de Juan comienza con sus padres, Zacarías (un sacerdote judío) e Isabel. Eran ancianos y la esterilidad de ella les había impedido tener hijos. Un día, mientras Zacarías estaba en el templo, el arcángel Gabriel se le apareció para anunciarle que tendrían un hijo que prepararía el camino del Mesías. Zacarías dudó de la noticia y, como consecuencia, se quedó mudo hasta que se cumpliera la promesa.

Hay un detalle fascinante en la gestación de san Juan: cuando la Virgen María (que ya esperaba a Jesús) fue a visitar a su prima Isabel, el niño Juan saltó de alegría en el vientre de su madre al escuchar el saludo de María. Por este episodio, la devoción popular y la tradición de la Iglesia consideran que Juan fue liberado del pecado original antes de nacer.

Ocho días después de su nacimiento, llegó el momento de ponerle nombre. La familia daba por hecho que se llamaría Zacarías, como su padre. Sin embargo, Isabel se opuso y Zacarías pidió una tablilla donde escribió: «Juan es su nombre» (que significa "Dios es misericordioso"). Al instante, Zacarías recuperó el habla. Con este gesto, sus padres renunciaban a imponerle sus propios planes y abrazaban la vocación única que Dios tenía para su hijo.

En el Ángelus de 24 de junio de 2012, manifestó Benedicto XVI: «Desde el vientre materno, Juan es el precursor de Jesús: el ángel anuncia a María su concepción prodigiosa como una señal de que ‘para Dios nada hay imposible’ (Lc 1, 37), seis meses antes del gran prodigio que nos da la salvación, la unión de Dios con el hombre por obra del Espíritu Santo».

«Los cuatro Evangelios dan gran relieve a la figura de Juan el Bautista, como profeta que concluye el Antiguo Testamento e inaugura el Nuevo, identificando en Jesús de Nazaret al Mesías, al Consagrado del Señor», prosiguió el Papa teólogo.  

La voz que clama en el desierto

Juan es la figura clave que sirve de puente entre el Antiguo y el Nuevo Testamento; es el último de los profetas. No fue un hombre convencional. Pasó su juventud en el desierto llevando un estilo de vida extremadamente austero: vestía una piel de camello atada con un cinturón de cuero, y se alimentaba de saltamontes y miel silvestre.

Hacia el año 26 d. C., guiado por el Espíritu Santo, comenzó a predicar a orillas del río Jordán. Su mensaje era directo y a veces rudo –llegó a llamar "raza de víboras" a los fariseos e hipócritas que se le acercaban–. Invitaba a la gente a cambiar de vida y administraba a todos a un "bautismo de conversión". Aunque su aspecto y dureza podían parecer los de un loco, el núcleo de su mensaje no era el castigo, sino preparar los corazones de la gente para recibir la inminente misericordia de Dios.

San Josemaría, sobre el Bautismo de Jesucristo

El momento cumbre de su misión llegó cuando el propio Jesús se acercó al río Jordán para ser bautizado. Al verlo, Juan lo reconoció y pronunció las palabras que se siguen repitiendo hoy en día: "He aquí el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo".

Sobre este pasaje, san Josemaría nos invitaba a meditar. Él destacaba cómo en el Bautismo, Dios Padre toma posesión de nuestras vidas, nos incorpora a la de Cristo y nos envía el Espíritu Santo. El fundador del Opus Dei recordaba que el Señor, mediante este sacramento, pone en nuestra alma un sello indeleble que nos constituye como hijos de Dios.

«En el Bautismo, Nuestro Padre Dios ha tomado posesión de nuestras vidas, nos ha incorporado a la de Cristo y nos ha enviado el Espíritu Santo. La fuerza y el poder de Dios iluminan la faz de la tierra. ¡Haremos que arda el mundo, en las llamas del fuego que viniste a traer a la tierra! ... Y la luz de tu verdad, Jesús nuestro, iluminará las inteligencias, en un día sin fin».

«Yo te oigo clamar, Rey mío, con voz viva, que aún vibra: “ignem veni mittere in terram, et quid volo nisi ut accendatur?” (fuego he venido a traer a la tierra y qué quiero sino que arda) –Y contesto –todo yo– con mis sentidos y mis potencias: “ecce ego: quia vocasti me!” (aquí estoy por que me has llamado). El Señor ha puesto en tu alma un sello indeleble, por medio del Bautismo: eres hijo de Dios. Niño: ¿no te enciendes en deseos de hacer que todos le amen?»

«Él tiene que crecer y yo tengo que menguar»

Juan fue maestro absoluto de humildad. A pesar de su enorme influencia social y multitud de seguidores (de hecho, los primeros apóstoles de Jesús, como Pedro, Andrés y Juan, fueron inicialmente discípulos del Bautista), nunca buscó el protagonismo. Su testamento espiritual se resume en una frase que dejó a sus seguidores: «Él tiene que crecer, y yo tengo que menguar». Su única misión era señalar a Cristo y, una vez hecho, apartarse.

Testigo de la Verdad hasta el martirio

Un hombre tan íntegro no podía mirar hacia otro lado ante las injusticias del poder. Juan recriminó abiertamente al rey Herodes Antipas por haberse divorciado y casado con Herodías, la mujer de su propio hermano. Esta valentía para defender la verdad y el matrimonio le costó la cárcel, ya que Herodías comenzó a odiarlo hasta lograr su muerte.

Su final llegó de forma trágica durante un gran banquete por el cumpleaños de Herodes. Salomé, la hija de Herodías, bailó para los invitados y agradó tanto al rey que este le prometió bajo juramento darle cualquier cosa que pidiera. Instigada por su madre, la joven pidió la cabeza de Juan el Bautista en una bandeja. Herodes, entristecido pero negándose a quedar mal ante sus invitados, mandó decapitar a Juan en la prisión.

Hoy en día, san Juan Bautista sigue siendo un modelo de santidad fiel: nos enseña a ser valientes defensores de la verdad, a vivir sin apegos innecesarios y, sobre todo, a hacer de nuestra propia vida un instrumento para acercar a los demás a Dios.

En 2007, ya Papa, Benedicto XVI había dicho también en el Ángelus. «Hoy, 24 de junio, la liturgia nos invita a celebrar la solemnidad de la Natividad de san Juan Bautista, cuya vida estuvo totalmente orientada a Cristo, como la de su madre, María. San Juan Bautista fue el precursor, la “voz” enviada a anunciar al Verbo encarnado».

«Por eso, conmemorar su nacimiento significa en realidad celebrar a Cristo, cumplimiento de las promesas de todos los profetas, entre los cuales el mayor fue el Bautista, llamado a “preparar el camino” delante del Mesías (cf. Mt 11, 9-10)». 

 El papa Francisco señalaba en enero del 2025, durante el Jubileo, lo que Jesús destaca a todos: «"Les aseguro que no hay ningún hombre más grande que Juan, y sin embargo, el más pequeño en el Reino de Dios es más grande que él" (v. 28). La esperanza, hermanos y hermanas, se encuentra toda en este salto de calidad. No depende de nosotros, sino del Reino de Dios. He aquí la sorpresa: acoger el Reino de Dios nos conduce a un nuevo orden de grandeza. ¡Nuestro mundo, todos nosotros tenemos necesidad de esto! Y nosotros decimos: qué cosa debemos hacer? [volver a comenzar]; no entiendo bien [volver a comenzar]. No se olviden de esto: volver a comenzar.

La decapitación de san Juan Bautista (Caravaggio).

Cuando Jesús pronuncia aquellas palabras, el Bautista está en la cárcel, lleno de interrogativos. En nuestro peregrinar también nosotros llevamos tantas preguntas, y saben por qué? porque son muchos los “Herodes” que todavía contrastan el Reino de Dios. Pero Jesús nos muestra el camino, el camino de las nuevas Bienaventuranzas, que son las leyes sorprendentes del Evangelio. Entonces preguntémonos: ¿llevo dentro de mí un sincero deseo de volver a comenzar? ¿Quiero aprender de Jesús quién es verdaderamente grande? El más pequeño, en el Reino de Dios, él es grande. Y nosotros debemos… [Volver a comenzar, volver a comenzar].Volver a comenzar.

Entonces aprendamos de Juan el Bautista a volver a creer. La esperanza para nuestra casa común – esta nuestra Tierra tan abusada y herida – y la esperanza para todos los seres humanos está en la diferencia de Dios. Su grandeza es diferente. Y nosotros volvemos a comenzar desde esta originalidad de Dios, que ha resplandecido en Jesús y que ahora nos compromete a servir, a amar fraternalmente, a reconocernos pequeños. Y a ver a los más pequeños, a escucharlos y a ser su voz. ¡He aquí nuestro nuevo inicio, este es nuestro jubileo! Y nosotros debemos… [volver a comenzar] Gracias!».


Evangelio del nacimiento de san Juan Bautista (Lc 1, 57-66. 80)

Entretanto le llegó a Isabel el tiempo del parto, y dio a luz un hijo. Y sus vecinos y parientes oyeron que el Señor había agrandado su misericordia con ella y se congratulaban con ella. El día octavo fueron a circuncidar al niño, y querían ponerle el nombre de su padre, Zacarías. Pero su madre dijo:

—De ninguna manera, sino que se llamará Juan.

Y le dijeron:

—No hay nadie en tu familia que tenga este nombre. Al mismo tiempo preguntaban por señas a su padre cómo quería que se le llamase. Y él, pidiendo una tablilla, escribió: «Juan es su nombre». Lo cual llenó a todos de admiración. En aquel momento recobró el habla, se soltó su lengua y hablaba bendiciendo a Dios. Y se apoderó de todos sus vecinos el temor y se comentaban estos acontecimientos por toda la montaña de Judea; y cuantos los oían los grababan en su corazón, diciendo:

—¿Qué va a ser, entonces, este niño?

Porque la mano del Señor estaba con él.

Mientras tanto el niño iba creciendo y se fortalecía en el espíritu, y habitaba en el desierto hasta el tiempo en que debía darse a conocer a Israel.


Comentario al Evangelio 

Entre los israelitas, el acto de imponer el nombre estaba reservado para el padre del niño. Era un modo en que se reconocía la paternidad sobre el recién nacido. Por eso, tocaba a Zacarías decir cuál era el nombre del bebé, aunque le resultaba complicado expresarse en esos momentos, porque se había quedado mudo por su incredulidad.

Los padres de san Juan Bautista reconocían que Dios los había bendecido mandándoles un niño cuando parecía que ya no tenían ninguna razón para esperar. El modo extraordinario en que vino al mundo les recordaba que ese hijo era un don del Señor. El ángel le había dicho a Zacarías que ese hijo traería mucha felicidad no solo para sus padres, sino para una multitud de personas: «Será para ti gozo y alegría; y muchos se alegrarán con su nacimiento» (Lucas 1,14). San Juan, ese hijo tan esperado, tenía una misión de cara a todo el pueblo: «convertirá a muchos de los hijos de Israel al Señor su Dios» (Lucas 1,16).

Isabel y Zacarías insisten en ponerle al niño el nombre que el ángel había indicado. Detrás de esta actitud, podemos adivinar el deseo de ofrecer ese hijo a Dios. Ellos no quieren dominar sobre su vida, ni buscan afirmarse a través de su paternidad. De hecho, Zacarías renuncia a ponerle su mismo nombre, mientras que a los demás les parecía lo más lógico. Sin embargo, para Isabel y su marido, lo más importante es que su hijo cumpla la misión para la que ha venido al mundo.

Después de que Zacarías hubiera escrito «Juan es su nombre» su lengua se desató y empezó a alabar a Dios. Es la alegría de un padre generoso, que pone a su hijo en las manos del Señor y se entusiasma con la misión que ha recibido.

En los padres de san Juan Bautista encontramos un ejemplo maravilloso para todos los padres. Al Señor le agrada que nos alegremos con el don de los hijos. Al mismo tiempo, nos invita a respetar y amar “el nombre” que Él les ha dado: es decir, el propio temperamento, los talentos y, sobre todo, su vocación. Los padres se convierten entonces en los promotores de la personalidad de sus hijos y en una gran ayuda para que abracen la misión que el Señor les ha concedido.



La Santa Misa, plenitud de los tiempos

En esta meditación del padre Ricardo Sada se explora cómo la Santa Misa actualiza el sacrificio de Cristo, revelando nuestra identidad como hijos de Dios y convirtiéndose en el centro vital de todo cristiano.

«Nosotros sabemos que la Biblia es la palabra de Dios, no son palabras puramente humanas, aunque hayan sido escritas por los escritores sagrados, sino que es palabra revelada, palabra de vida eterna.

Y una enseñanza que nos presenta San Pablo dice: "Al llegar la plenitud de los tiempos, envió Dios a su Hijo, nacido de mujer, nacido bajo la ley".

Al llegar la plenitud de los tiempos, cuando se da el momento central de la historia de la humanidad, cuando habían pasado algunos miles de años, no sabemos cuántos, desde el pecado original, y haber sido elegido el pueblo de Israel para que en él naciera el Mesías, cuando ya estaba todo dispuesto, Dios envía a su Hijo. A su Hijo único, nacido de mujer, nacido bajo la ley. Nacido de mujer, toma carne en las entrañas de una mujer y, por lo tanto, es verdadero hombre, al mismo tiempo que es verdadero Hijo de Dios.

¿Y para qué? Dice San Pablo: "Para que nosotros llegáramos a la plenitud de hijos". No es algo que se queda en el verbo de Dios, sino que nos afecta profundamente a nosotros. Y, por lo tanto, la Iglesia dice: "Cristo revela al hombre el propio hombre". Cristo nos descubre el misterio profundo del hombre. ¿Qué es el hombre? ¿Qué eres tú? ¿O qué soy yo?

La Misa, elevados al orden divino

Somos un espíritu encarnado, hecho para la unión con Dios para siempre, para vivir en la intimidad con Dios porque Dios nos asocia a su Hijo, nos da la vida de su Hijo. Y, por lo tanto, nos dice, "tú eres esto, tú eres un espíritu que está en una carne". Pero no nada más eso, no eres nada más cuerpo y alma, sino que al tener alma, estás capacitado para ser elevado al orden de lo divino.

Y pues creo que es importante que siempre corrijamos un poquito nuestra concepción de lo que es el hombre y la concepción de lo que somos nosotros. Tú no eres el cuerpo, tú tienes un cuerpo. Tú eres ante todo un alma, tú eres un espíritu. Eres un espíritu. Si no tuvieras cuerpo, serías un ángel. Pero como tienes cuerpo, eres una persona humana.

Pero lo que importa no es tanto tu cuerpo, aunque veamos, por ejemplo, que hay grandes pues, no sé, desarrollos médicos, ¿no? Qué bueno que alivien los cuerpos. Pero bueno, al final todos los cuerpos se van a a pues a morir, se van a corromper y se van a morir, por una razón o por otra, pero el alma vive para siempre.

Y así como nos encontramos muchas veces preocupados por la salud de nuestro cuerpo y vamos al doctor y nos dan medicinas y y seguimos un tratamiento y qué sé qué y qué sé cuánto, pues no podemos pensar que el alma sea menos importante, sino al revés.

Que somos ante todo un espíritu, un espíritu en carne, pero ese espíritu y esa carne, elevados a la realidad de los hijos de Dios, divinizados por la gracia, la gracia santificante. La gracia que es la la vida de Cristo que se nos comunica como si fuera una transfusión de sangre que, en vez de sangre, nos pone la divinidad.

Meterse en el misterio del amor

Pues que que nos valoremos adecuadamente. Somos mucho más de lo que parecemos. Decíamos ayer que que el hombre debería parecerse a a las aves porque vuela y porque canta, pues aquí Dios nos dice, "mira, no tienes límite para poder volar, tu espíritu puede volar siempre". Así como el cuerpo es muy limitante porque se cansa y y tiene una capacidad de de levantar tanto tantos kilos, de correr a tanta velocidad, tu alma no, tu alma siempre puede subir y subir y subir y subir, no tienes límite. No tienes límite en el amor.

Pues es el misterio, el misterio de de toda persona y y por eso pues en un retiro o en un rato de oración, lo que buscamos siempre es, a ver, métete en tu interior, ahí es donde vive la verdad, eh cabe Dios en tu interioridad, es el lugar donde realizas el encuentro.

Pues Cristo revela al hombre al propio hombre y nos deja los sacramentos. Él es un sacramento. ¿Qué es un sacramento? Un sacramento es una cosa sensible que que tiene eh o que contiene una gracia invisible. Y Cristo es un misterio porque ahí la gente que lo veía, pues veía un un hombre que hablaba, que pues hacía algunos gestos, que hacía milagros. Pero eh los que tenían fe veían también ahí al al Hijo de Dios, un sacramento.

Y después dice, "te voy a dejar sacramentos como eh signos de mi presencia para que tú no te olvides de mí, te acuerdes siempre de mí". Y nos deja los siete sacramentos.

Y yo quería que habláramos un poquito en en la Eucaristía, pero no en la Eucaristía como eh la hostia consagrada, sino la Eucaristía cuando se hace la Eucaristía. Lo que se llama la Eucaristía in fieri, o sea, en el hacerse, que es el sacrificio de la misa, el santo sacrificio de la misa. Que que al pensar un poquito en la misa, eh creciera nuestra fe y creciera nuestro amor.

El amor de Cristo en el Calvario

Porque es una realidad que puede resultar, si la vemos superficialmente, muy aburrida. Siempre igual. Eh "yo podría hacer cosas mucho más interesantes. Tengo, no sé, todo un mundo de diversión en mi teléfono y esto, pero esto es muy lento y y me empiezo a dormir, además a lo mejor llegué, no sé, no había lugar y no me gusta pues cómo habla este sacerdote o o cómo predica". Y decimos otra vez, "intenta profundizar, intenta irte a lo más hondo". ¿Y qué estás haciendo cuando estás en misa? Estás tomando parte del sacrificio de Cristo en el Calvario.

Y todos pues estamos llamados a aumentar nuestra fe y a pedir también, por ejemplo, por los sacerdotes. Es muy importante porque los sacerdotes pues celebramos muchas misas. Ayer me llamó un sacerdote para decirme si le podía ayudar porque tenía muchas misas. Yo le dije, "oye, perdóname, es que no va a estar el otro sacerdote aquí y no puedo ir, pero pero bueno, avísame otra vez".

A lo mejor iba a celebrar cuatro misas o cinco misas un un domingo o un día de de misa de obligación. Decimos, "oye, ¿y después de la tercera misa, de la cuarta misa no empieza como a a flaquear tu fe? ¿No te sientes cansado? ¿O no empieza a haber como un poquito de de fastidio por celebrar la misa? A lo mejor ya te estás quedando sin voz y ya pues tienes carraspera porque pues has hablado mucho y has en cada misa dado una homilía. Y además pues como ha acumulado mucha gente pues has tenido que estar mucho rato y parado".

Y yo no sé si vamos a rezar para que este sacerdote no pierda nunca la conciencia de de que está actualizando el sacrificio de Cristo. Y que lo más importante no es la liturgia de la palabra o no es, no sé, la serie de avisos parroquiales que nos están dando, sino que lo más importante es la doble consagración. Ese momento en que se consagra separadamente el pan y el vino, que simbolizan la la separación cruenta de el cuerpo y la sangre de Jesús en el Calvario. Y la sabiduría divina ha hallado un modo maravilloso para hacer presente ese momento.

El mes de Nisán

Ninguno de nosotros estuvimos presentes ahí en el año 33 de el mes de Nisán, en el día 14, en Jerusalén, de 12:00 a 3:00 de la tarde. No, no estuvimos. Pero dice, "mira, ahora te voy a dar la oportunidad de que sí estés. Vas a estar presente en el sacrificio del Calvario. Te vas a ir con tu fe como si te fueras en una nave espacial que te transporta por el tiempo y por el espacio y te va a poner en Jerusalén ese día y a esa hora. Y tu fe te va a decir, 'aquí estás'.

Aquí estás y no hay otro Cristo muere en la plenitud de los tiempos". Cuando el el eje de la Tierra pues empieza a a hacer que todo esté dando vueltas en torno a la cruz de Cristo. Todo se resuelve ahí.

Por eso el sacerdote, después de hacer la doble consagración, dice: "Este es el sacramento de nuestra fe". Un misterio. Sacramento significa misterio. Un misterio, yo veo una cosa pero hay mucho más. "De fe", porque no estamos haciendo efectos especiales. No estamos poniendo un video o los ruidos del martillo cuando clavaban a Cristo o los gritos de los soldados o del pueblo, o las siete palabras de Jesús, ¿no? No estamos diciendo "está cayendo la sangre, está ahorita pues, no sé, eh diciendo esta palabra o aquella", ¿no?

Pero la fe nos dice, en la doble consagración está eh el cuerpo y la sangre de Cristo separados. Por lo tanto, Cristo está muerto, acaba de morir. Acaba de morir, está muerto. El receptor dice: "Este es el sacramento de nuestra fe, anunciamos tu muerte". Sí, estás muerto. Y el misterio tan profundo que nos hace después decir, "pero eh proclamamos tu resurrección".

Está resucitado. El resucitado es el mismo que estuvo muerto, por eso el resucitado se aparece con las señales de los clavos y las llagas en las manos y en el costado. Y terminamos diciendo, "ven, Señor Jesús". Ya ven a establecer tu reino, tu reino definitivo. Ya está, ya ha dado inicio tu reino, pero ven a establecerlo de modo pleno.

¿Qué pasa en la Misa?

Por eso qué bueno que que tengamos pues una gran valoración por la misa. Eh que que podamos nosotros comprender, digo que nunca la vamos a comprender plenamente, pero sí un poquito mejor. Con la ayuda de Dios, del Espíritu Santo, eh comprendamos un poquito mejor la misa y que lo veamos como una muestra enorme enorme de amor de Dios, un una explosión de amor.

Y que comprendamos también cuál puede ser como el dolor de Cristo cuando no apreciamos la misa o simplemente cuando no vamos, cuando no la la tenemos como en un lugar absolutamente prioritario que le da sentido a no solo al domingo, sino a toda la semana.

¿Qué pasa en la misa? Pues decíamos, Cristo muere y, por lo tanto, se nos abren las puertas del cielo que estaba cerrado por el pecado de nuestros primeros padres. Otra vez, ya podemos entrar al cielo porque Jesús ha pagado nuestro rescate con su amor infinito.

Y además, salvamos sacamos almas del purgatorio. Por eso pues qué bueno es esta costumbre de que cuando hay algún difunto pues siempre, siempre se trata de que se celebre una misa y después a lo mejor, si se puede pues un novenario de misas, o si no al mes, o si no cada año, porque cada misa saca almas del purgatorio. A lo mejor esa persona, este pariente nuestro, lo que sea, sigue en el purgatorio. Bueno, "te voy a ofrecer, Señor, esta misa por mi abuelito difunto".

Lo voy a ayudar a que salga del purgatorio o a otras almas voy a sacar del purgatorio. Y cuando yo me vaya a mi juicio, a lo mejor voy a tener ahí santos que van a decir, "te vamos a a hablar muy bien de ti porque nos ayudaste a salir del purgatorio". Porque ofreciste también la misa por nosotros, los difuntos.

La misa, una misa vale más que las oraciones particulares. ¿No? No perdamos la conciencia sacramental de la misa, de la Iglesia es sacramental. Y muchas veces, "no, es que ya fui, por ejemplo, a a la feria de Tepalcingo". Bueno, pues fuiste a comprar cosas o a qué fue a qué fuiste. "No, es que fui a ver a Jesús Nazareno". Bueno, ¿pero fuiste a misa o no fuiste a misa? "Es que fui a la procesión". ¿Pero fuiste a misa o no fuiste a misa? Porque todo lo demás no intentamos no no es el acto de Cristo, no es la acción de Cristo, de valor infinito.

Dice un libro sobre la misa: "Luego de la consagración, como en la cruz, todo se ha cumplido. Él se encarna en las manos del sacerdote como en el seno de María. Todos somos colmados de gracia y el Señor es con nosotros". Ahí está Jesús haciendo el bien, curando todo género de males, obrando toda clase de maravillas, iluminando los ciegos, multiplicando el pan, apaciguando las olas de las pasiones y de las penas, resucitando a los muertos a la vida de la gracia.

Dándose todo entero como en el cenáculo, entregándose como en el huerto de los olivos, callando como en Jerusalén, elevándose como en el Calvario, derramando su sangre como en la cruz, glorioso y vivo como el día de su victoria, derramando sobre toda carne su bendición, su espíritu y su gracia. Oh, profundidad de los misterios de Dios. ¿Quién no se sentirá anonadado ante el solo pensamiento de este sacrificio en el que Dios no cesa de obrar lo que ha consumado una vez en el Calvario, haciéndose Él mismo templo, altar, sacerdote y víctima?

Dios lo da todo

Dios da como quien es, ¿no? Dios da infinitamente. Dios hace milagros pues verdaderamente increíbles. No solo porque se queda en el pan presente con su cuerpo y su sangre, su alma y su divinidad, sino porque hace actual su sacrificio. ¿Cuánto milagro? Si nos ponemos a pensar, por ejemplo, ¿cuántos sagrarios hay? O sea, aquí en esta casa está este, está el de la administración, está el del colegio, están los de la casa de retiros.

Bueno, ¿y en todos esos sagrarios hay un copón que tiene muchas hostias? Y en cada hostia está Jesús y también está en cada trozo de cada hostia, si se parte la hostia, están repetido. Bueno, ¿y si eso lo multiplicas por todos los sagrarios del mundo? Eso ahí, ¿qué milagro? O sea, qué increíble milagro.

Bueno, pues todo eso eh procede del gran milagro del amor de Dios. Y lo mismo podríamos decir, en este momento aquí donde estamos, en esta latitud, en esta hora, pues ha de haber, no sé, 10, 15, 20 mil misas que se están celebrando en este momento. Y dentro de una hora pues habrá otras 10, 15, 20 ¿En dónde? Pues no sé, en África, en Australia, en Japón, o a lo mejor aquí porque pues a lo mejor hay una misa vespertina y bueno, ha de haber muchas misas ahorita que se están celebrando en México, pues porque es la misa vespertina.

El sacrificio del Calvario

Y y qué milagro, ¿no? Que el sacrificio del Calvario esté haciéndose presente aquí y allá y cien veces, mil veces, ¿y quién puede hacer esto? Pues solamente el poder de Dios, un milagro de primer orden.

Y entonces vamos a decir, "yo no puedo eh como reducir el regalo de Dios", ¿no? Sería muy triste que lo viera, por ejemplo, como una simple obligación. "Es que tengo que ir". Es que no le vas a hacer tú un favor a Dios si vas a misa, es Él el que te hace un grandísimo favor, que te invita. Hay una invitación, dice, "ven a mi sacrificio, acompáñame". No vayas a hacer como Pedro y los demás apóstoles que se fueron, no estuvieron en el sacrificio, solo estuvo María y Juan y las santas mujeres.

Los apóstoles, todos los demás, bueno Judas ya se había ido a a ahorcarse, pero los otros diez salieron corriendo por miedo. Y Jesús nos dice, "a ver, voy otra vez, otra vez te cito, otra vez estoy contigo, otra vez quiero que me acompañes, consuélame, aprovecha todas las gracias que voy a derramar en esta Eucaristía".

En primer lugar, porque te vas a unir a la alabanza que le estoy dando al Padre celestial y, por lo tanto, estás cumpliendo tu primera tu primera obligación como criatura, que es glorificar a Dios. "Es que yo puedo rezar también muy bien en mi casa". Sí, pero ¿quién no está rezando tú? Estás rezando con Cristo, unido a Cristo, con toda la Iglesia. Y lo que tú rezas pues es una oración particular. Aquí está el momento de la redención, la plenitud de los tiempos. Aquí es donde se derraman sobre el mundo todos los bienes, todas las gracias.

Pues ayúdanos, Señor, a a entender un poquito, ayuda a todos los fieles cristianos, ayuda a todos los sacerdotes, que no hagamos de la misa una cosa banal, superficial, una cosa puramente humana, ¿no? Como si fuera un show donde lo importante es el sacerdote, ¿no? Lo importante no es el sacerdote.

Si lo importante fuera el sacerdote, pues haríamos como hacen los pastores protestantes, que los pastores protestantes, cuando acaban su pues no sé cómo se llama, su su celebración dominical o sus lecturas de los salmos y sus cantos, pues se van a la entrada de la iglesia y se ponen a despedir a todos los feligreses.

No, aquí es que "yo no fui a ver al padrecito fulano". No, no, yo no fui a ver al sacerdote, no tiene por qué salir a saludarme, yo fui a ver a Cristo, a estar con Cristo. Y, por lo tanto, el sacerdote es lo de menos. "Es que no me gusta su tono de voz", da igual. Con tal de que sea un sacerdote válidamente ordenado, está haciendo actual el sacrificio de Cristo.

Sea aquí el momento propicio, el grandísimo tesoro. Hay un autor que dice: "A la hora de tu muerte, tu mayor consuelo serán las misas que con devoción hayas oído en tu vida. Cada misa que oíste te acompañará al tribunal divino y ahí abogará por ti para que alcances el perdón". Pues tu mayor consuelo. No tanto, no sé, una una obra de caridad que hice, ¿no? Porque yo estoy en el momento en en el que Jesús está ofreciendo al Padre y me uní, estuve con devoción. Pues qué bueno que tengamos esta conciencia.

Pues ojalá digamos, "la misa es el centro de mi vida". Así le gustaba decir a San Josemaría, "o sea, que sea el centro de tu vida". No hay nada más importante ni en el día de hoy, ni mañana, ni cuando termine la carrera, ni nada, que estar en misa. Hacer de que la misa sea el centro del domingo. "Es que no me dio tiempo de ir a misa". Pues ponla en primer lugar y vas a ver que siempre te va a dar tiempo. Si la pones en primer lugar, pues el centro, todo lo demás gira en torno a la misa, como los planetas giran alrededor del sol.

Vamos a tratar de evitar la rutina y participaremos con ilusión. A lo mejor, no sé, no tengo por qué cantar o no tengo por qué, no sé, responder muy fuerte, pero lo que sí tengo que hacer es tener conciencia de lo que estoy haciendo. Poner atención, atención interior. También exterior no voy a estar babeando, ¿no? Pero pero puedo estar así como viendo para adelante y estar en la luna. Voy a tratar de eh de estar verdaderamente participando, tomando parte en el sacrificio.

Cuidar la preparación y la puntualidad. ¿No? O sea, pensé qué voy a hacer, dónde voy a estar, voy a ir al sacrificio de Cristo, me voy a unir a Él, voy a llegar con tiempo. Hombre, porque muchas veces si llego tarde ya no encuentro dónde sentarme y pues voy a estar muy incómodo. No, llega temprano, no no llegues tarde porque vas a estar hasta allá, hasta el montón de gente que está hasta atrás y sigue llegando gente tarde y pues te estás distrayendo. Bueno, llegué temprano y pues tengo tuve un buen lugar.

Puedo ir también con una intención para decir, "esta misa, Jesús, te la voy a ofrecer pues por esta necesidad que tengo, por esta persona, o por la Iglesia, o por el Papa, o por las almas del purgatorio, por este familiar que murió". Pues la intención de ofrecerla y procuramos, por lo tanto, no faltar a la cita del domingo.

Y así es la misa mide, o sea, la importancia que le estoy dando a Dios, ¿no? Y la importancia que da también cada cristiano. Pues la misa es para mí, para ti, para cada uno de nosotros, es tu misa, es la misa en que te unes a Jesús.

Y el Papa San Juan Pablo le gustaba decir que lo que pasó en el Calvario pasa también en cada celebración. No solo la muerte de Cristo, sino también, por ejemplo, la presencia de María. María está en el Calvario, María está en cada misa, es la única que nunca falta a misa. Puede haber nada más una viejita en una misa o a lo mejor nadie, o estaba una persona y era un turista y se salió.

Bueno, pero está María, no no deja de estar ella nunca en todas las misas, como estuvo en el Calvario y de ahí. Dice también el Papa que ahí Jesús repite las palabras que le dice que le dijo a Juan, "ahí está tu madre y ahí a tu madre, te entrego a tu madre". Entre la consagración del pan y la consagración del vino pues Jesús está crucificado, pero todavía no está muerto.

Y es cuando pronuncia esas palabras: "Mujer, ahí a tu hijo" y "ahí a tu madre", pues ahí me la está dando, en este momento la estoy recibiendo y tengo esta dicha y y he procurado pues vivir así con recogimiento la celebración eh desde el fondo, porque me he preparado, porque a lo mejor desde el sábado ya estoy pensando "¿A qué hora voy a ir a misa mañana?" y "¿Cómo le hago para apurarme y que me dé tiempo y no andar a las carreras?".

Y "voy a tratar de ir un ratito antes y me voy a poner a hacer un poco de oración" o puedo decir "voy a a tener un misal o voy a buscar en internet pues cuál es la misa de mañana, cuál es el evangelio de mañana y cuáles son las oraciones propias de mañana, voy a pensarlas un poquito, voy a a rezar un poquito con esas oraciones".

Pero ante todo, voy a a sintonizar con el corazón de Jesús que se ofrece al Padre y nos salva, y ya no eres puramente terreno, ya ni siquiera eres puramente psíquico, eres de naturaleza divina, porque Jesús al morir, nos dio esa capacidad de ser también nosotros hijos de Dios».


Ricardo Sada Fernández, sacerdote mexicano de la Prelatura de la Santa Cruz y Opus Dei, es ingeniero informático y doctor en Teología. Ordenado en 1981 y con una larga experiencia como predicador y director espiritual, es autor de varios libros, y conocido por su página www.medita.cc, que publica diariamente meditaciones en audio.



Yo me confieso, la web que te ayuda a hacer un buen examen de conciencia

Hay personas que llevan muchos años sin confesarse. Otras quieren hacerlo, pero no saben por dónde empezar. La página web Yo me confieso ha llegado para ayudarnos. Algunas personas tienen miedo, vergüenza o simplemente sienten que “ya no se acuerdan” de cómo era y qué es lo que deben hacer. Y luego están quienes se confiesan con frecuencia, pero han caído en una especie de rutina donde siempre dicen lo mismo, casi de memoria, sin detenerse demasiado a revisar su vida.

En medio de esa realidad aparece una propuesta digital sencilla, directa y muy actual: yomeconfieso.es, una web pensada para ayudar a preparar bien el sacramento de la Confesión. Pero, ¿quién está detrás de esta iniciativa? Un sacerdote, claro, don Javier Sánchez-Cervera, creador también de los famosos audios, diez minutos con Jesús.

La web no pretende sustituir al sacerdote, ni convertir el sacramento en algo digital. Su objetivo es mucho más simple y, precisamente por eso, interesante: acompañar a la persona antes de confesarse.

Y lo hace con un lenguaje cercano, sin complicaciones y con una dinámica muy intuitiva.

Yo me confieso, la herramienta para quien no sabe cómo confesarse

Muchos católicos recuerdan haber aprendido a confesarse de pequeños, antes de la Primera Comunión. El problema es que pasan los años y, si uno se aleja de la práctica del sacramento, vuelve una sensación bastante común: “no sé cómo hacerlo”.

Don Javier Sánchez-Cervera, creador de la web Yo me confieso
El sacerdote don Javier, creador de la web yomeconfieso.es.

La web está claramente pensada para responder a esa situación. Desde el principio transmite la sensación de que nadie te está juzgando. No utiliza un lenguaje excesivamente técnico ni moralizante. Más bien parece alguien que te acompaña paso a paso para ayudarte a hacer algo importante: mirar tu vida con sinceridad.

Ese enfoque es probablemente uno de los grandes aciertos del proyecto. Porque hoy muchas personas no rechazan la Confesión por rebeldía contra la fe. A veces simplemente sienten bloqueo, inseguridad o desconexión. Han perdido el hábito. No recuerdan las fórmulas. No saben qué decir. O piensan que sus pecados “son siempre los mismos” y que ya no tiene sentido volver. La web intenta romper precisamente esa barrera inicial.

El examen de conciencia: claro, visual y muy humano

La parte más interesante de la experiencia es el examen de conciencia interactivo que ofrece la página web. En lugar de ofrecer un texto largo para leer, propone distintos temas relacionados con la vida diaria. El usuario va marcando si cae mucho, regular, poco o nada en cada uno.

Y ahí aparece algo importante: no se centra solo en los pecados “más escandalosos”. La lista incluye cuestiones muy variadas: no rezar; superstición o faltar a Misa; blasfemia, soberbia, desobediencia, malas contestaciones, odio, ira, críticas, chismes, bullying, xenofobia, drogas, gula, pornografía, impureza, sexo; robo, avaricia, materialismo, egoísmo, pereza, mentira, envidia.

El enfoque llama la atención porque mezcla pecados tradicionalmente reconocidos con otros muy presentes en la vida actual, especialmente entre jóvenes y adultos: hablar mal de otros, vivir obsesionados con lo material, normalizar el consumo de pornografía o caer en dinámicas de odio y agresividad en redes sociales.

Eso hace que el examen no parezca algo abstracto o desconectado de la realidad. La web consigue aterrizar el pecado en situaciones concretas de la vida cotidiana. Y eso es importante, porque muchas veces el problema no es que una persona no quiera confesarse, sino que ni siquiera identifica ciertas actitudes como algo que le está haciendo daño espiritual o personalmente.

Y no solo pregunta: también ayuda a reflexionar. Después de ordenar esos temas según la frecuencia, la web propone iniciar una chat guiado. Antes de empezar, aparece un mensaje sencillo que prepara al usuario: “Vamos con las preguntas sobre la lista que has ordenado antes”.

A partir de ahí van apareciendo preguntas relacionadas con los temas marcados previamente. El usuario debe responder si ha caído en eso muchas veces, algunas veces, pocas veces o nunca.

El sistema es progresivo: contestas una pregunta y aparece la siguiente. Eso hace que el examen resulte mucho más dinámico que un listado tradicional. Pero, sobre todo, ayuda a detenerse. Porque una de las cosas que más cuesta hoy es precisamente eso: parar y revisar la propia vida con calma.

Examen de conciencia para una buena confesión
Un joven escuchando los consejos del sacerdote, tras la confesión.

Vivimos rodeados de ruido, pantallas, prisas y distracciones constantes. Muchas personas hace tiempo que no dedican diez minutos a preguntarse sinceramente cómo están viviendo. La web yomeconfieso.es, sin dramatismos, obliga un poco a hacer ese ejercicio interior.

La confesión no empieza en el confesionario

Uno de los mensajes más interesantes que transmite esta herramienta es que una buena confesión empieza antes de entrar en la iglesia. Empieza cuando uno decide ser sincero consigo mismo.

El examen de conciencia es más que “hacer una lista de pecados”. Es revisar el corazón. Detectar hábitos. Descubrir heridas. Reconocer actitudes que quizá se habían normalizado. Y ahí la web tiene bastante valor pastoral, porque ayuda especialmente a personas que:

También puede ayudar mucho a quienes sí se confiesan habitualmente, pero han convertido el sacramento en algo automático. Es relativamente frecuente caer en la sensación de que “siempre confieso lo mismo”. Y, en parte, es verdad: todos tenemos tendencias, defectos y caídas recurrentes. Pero a veces eso hace que dejemos de mirar otras áreas de nuestra vida.

Quizá uno se preocupa por ciertos pecados concretos y, mientras tanto, ha descuidado completamente la oración, la caridad, el trato familiar, el orgullo, el egoísmo o la manera de hablar de los demás. Yomeconfieso.es propone ampliar el foco. Hace que la persona vuelva a mirar su vida completa.

Una ayuda especialmente útil para jóvenes

Otro aspecto interesante es el lenguaje. Todo está planteado de manera muy visual, sencilla y directa. No parece una página escrita hace años. Tampoco utiliza expresiones excesivamente complicadas o moralizantes.

Eso facilita mucho que conecte con jóvenes o personas alejadas de la Iglesia. Porque muchas veces el problema no es el contenido cristiano, sino el modo de comunicarlo.

En este caso, la experiencia es parecida a una conversación guiada. La persona avanza paso a paso, sin presión, casi como si alguien le estuviera acompañando personalmente.

Además, la estructura recuerda un poco a dinámicas que hoy forman parte de la vida digital cotidiana: responder preguntas; interactuar, avanzar por pantallas, recibir acompañamiento personalizado... Y eso hace que resulte familiar incluso para quien no tiene demasiada formación religiosa.

Antes de confesarte: ayudas prácticas

Cuando termina el proceso de preguntas, la web no se limita a mostrar un listado. También ofrece ayudas concretas para prepararse mejor antes de acudir al sacramento. Ese detalle es importante porque muchas personas siguen teniendo dudas prácticas:

La web intenta responder a todo eso con naturalidad.

Finalmente, muestra una especie de guía o conversación orientativa sobre cómo iniciar la confesión con el sacerdote y presenta el listado de pecados que la persona ha ido identificando durante el examen.

No sustituye el diálogo real con el confesor, pero sí elimina parte del miedo inicial. Y eso, para mucha gente, puede marcar la diferencia entre dar el paso o seguir posponiéndolo indefinidamente.

Tecnología al servicio de la vida espiritual

Proyectos como este muestran que internet también puede convertirse en un espacio de evangelización y acompañamiento. La clave está en cómo se utiliza.

En este caso, la tecnología no distrae. No busca entretener ni generar dependencia. Hace justamente lo contrario: ayuda a entrar dentro de uno mismo.

Y eso resulta bastante contracultural. Porque mientras gran parte de internet está diseñado para captar atención constantemente, esta web invita al silencio, a la reflexión y a la sinceridad.

Incluso el propio formato tiene algo pedagógico. Muchas personas quizá nunca se sentarían a leer un largo examen de conciencia en papel, pero sí están dispuestas a interactuar con preguntas breves desde el móvil o el ordenador. Y ahí la herramienta encuentra un punto de acceso muy interesante.

Redescubrir el sentido de la Confesión

En el fondo, lo más valioso de la web no es la tecnología ni el sistema de preguntas. Es recordar algo esencial: la confesión no es un trámite incómodo ni una lista fría de errores. Es un encuentro con la misericordia de Dios.

A veces se habla del sacramento únicamente desde la obligación moral, pero muchas personas necesitan volver a descubrirlo desde otra perspectiva: como una oportunidad para empezar de nuevo. Por eso herramientas así pueden ayudar tanto, porque rebajan barreras psicológicas y emocionales que hoy pesan mucho, como por ejemplo:

La web no obliga. No presiona. Simplemente acompaña. Y quizá ahí reside buena parte de su eficacia.



El sueño del Papa: por qué la Iglesia necesita sacerdotes bien formados

Desde la Fundación CARF, trabajamos para que el sueño del Papa se cumpla: que una formación sólida e integral llegue a seminaristas y sacerdotes diocesanos de todo el mundo.

Pero más allá de la agenda pública, hay un mensaje de fondo que el Santo Padre viene repitiendo con insistencia desde el inicio de su pontificado: la Iglesia necesita sacerdotes bien formados.

Carta de León XIV con motivo de la Asamblea Presbiteral de la Arquidiocesis de Madrid

Una preocupación que atraviesa todo su pontificado

A lo largo de lo que lleva de pontificado, el papa León XIV ha ido perfilando una visión muy clara del sacerdocio. No se trata solo de que haya vocaciones. Se trata de cómo se acompañan y se preparan.

Como recordó en su encuentro con seminaristas españoles el 28 de febrero de 2026, «el seminario es siempre un signo de esperanza para la Iglesia». Pero esa esperanza no nace únicamente del número de jóvenes que responden a la llamada, sino del proceso de formación que viven. Porque es ahí donde se construyen los futuros sacerdotes.

Formar sacerdotes es formar personas

El Papa insiste en que la formación no puede reducirse a lo académico. No basta con adquirir conocimientos o habilidades pastorales. La formación es, ante todo, un camino de relación. Convertirse en sacerdote implica aprender a vivir en amistad con Cristo y desde ahí comprender a las personas. 

Por eso habla del seminario como una «escuela de los afectos» . Un lugar donde el futuro sacerdote aprende a integrar su vida, a madurar, a querer bien y a acompañar a otros con equilibrio y profundidad. Esta dimensión es clave. Porque el sacerdote no trabaja con ideas, sino con personas.

El riesgo de reducir el sacerdocio a una función

Uno de los mensajes más interesantes del Papa en este punto es su advertencia sobre un peligro silencioso: convertir el sacerdocio en una función. En su encuentro con el Dicasterio para el Clero, recordó que la Iglesia no necesita “funcionarios”, sino pastores con corazón (26 de junio de 2025). Esta afirmación introduce una clave decisiva: la formación no es solo para “hacer cosas”, sino para ser de una determinada manera. Ser padre, ser guía, estar presente.

Una llamada que también llega a España

La próxima visita del Papa a nuestro país no será solo un evento puntual. Como ha ocurrido en otras ocasiones, dejará una huella más profunda: despertará vocaciones, confirmará decisiones y moverá conciencias.

Y, de fondo, resonará con fuerza este mensaje: cuidar la formación de los sacerdotes es cuidar el futuro de la Iglesia. Iniciativas como la campaña Haz que el sueño del Papa se cumpla ponen el foco precisamente en esa realidad: hacer posible que quienes han recibido una vocación puedan formarse en las mejores condiciones.

haz que el sueño del papa León XIV se cumpla dona formación

Formar hoy seminaristas para que sirvan mañana como sacerdotes

A través de la Fundación CARF, benefactores de todo el mundo ya están contribuyendo a la formación de seminaristas y sacerdotes de más de 130 países.

Cada ayuda se traduce en algo muy concreto: años de estudio, acompañamiento humano y espiritual, preparación intelectual y pastoral. Pero, sobre todo, se traduce en futuro.

Porque detrás de cada sacerdote bien formado hay miles de personas que, a lo largo de los años, recibirán orientación, apoyo y esperanza. El sueño del Papa tiene nombres, rostros e historias concretas.



Mensaje del Santo Padre León XIV para vivir la Cuaresma 2026

Haz que el sueño del Papa se cumpla

Hay jóvenes en todo el mundo que han escuchado una llamada profunda para seguir la vocación de sacerdote. Quieren servir, acompañar, impartir los sacramentos y ayudar a su gente a encontrar a Dios. Pero muchos de ellos no tienen los medios económicos para formarse bien, académica y humanamente, en esta etapa clave de su encuentro con Dios.

El papa León XIV lo ha recordado recientemente con sencillez y profundidad en su carta apostólica "Una fidelidad que genera futuro": «la identidad de los presbíteros se constituye en torno a su ser y es inseparable de su misión».

Por eso la Iglesia cuida especialmente la formación de los futuros sacerdotes para que sean hombres preparados humana, espiritual y pastoralmente, capaces de acompañar a sus comunidades y servir a las personas allí donde más se les necesita. Esto mismo viene haciendo la Fundación CARF desde 1989.

En muchos países del planeta hay personas con vocación al sacerdocio donde la fe es fuerte, pero los recursos son escasos. Allí es donde tu ayuda marca la diferencia.

La Fundación CARF ha acompañado desde sus inicios a seminaristas y sacerdotes diocesanos de 130 países para que reciban esa formación integral que la Iglesia necesita hoy y necesitará mañana. Detrás de cada uno hay una historia, una familia, un pueblo y una diócesis entera que un día contará con un sacerdote mejor preparado para servirles, y para formar a otros.

Con tu ayuda estás haciendo posible ese sueño del papa León XIV: que la formación llegue a seminaristas y sacerdotes de todo el mundo. Que el futuro de la Iglesia se construya sobre bases firmes, con personas bien preparadas y entregadas.

¡Haz que el sueño del Papa se cumpla!

Haz posible la formación de quienes cuidarán la fe y la vida de millones de personas en todo el mundo.

26J san Josemaría: el santo de la vida ordinaria

San Josemaría nació el 9 de enero de 1902 en Barbastro (Huesca), en una familia profundamente cristiana. Era el segundo de seis hijos. Su padre, José, era comerciante; su madre, Dolores, una mujer piadosa que transmitió a sus hijos una fe viva y sencilla. Cuando Josemaría tenía trece años, la familia se trasladó a Logroño debido a la quiebra del negocio familiar. Este cambio de ciudad marcaría un momento clave en su vida espiritual.

Un día de invierno, durante una nevada, vio en la calle las huellas de los pies en la nieve que había dejado un carmelita descalzo. Aquello le impresionó hondamente: percibió que Dios quería algo de él. Años después, recordaría aquel instante como el inicio de una intuición interior, de una llamada difusa, una inquietud espiritual que fue creciendo.

Aunque no sabía exactamente qué le pedía el Señor, decidió hacerse sacerdote como forma de estar más disponible para cumplir la voluntad divina. Ingresó en el seminario de Zaragoza, donde comenzó sus estudios eclesiásticos, que compaginó más tarde con los de Derecho. Fue ordenado sacerdote el 28 de marzo de 1925.

Tras un breve periodo como coadjutor en una parroquia rural en Perdiguera, se trasladó a Madrid para continuar su formación académica. Allí trabajó como capellán y atendía a enfermos, estudiantes y personas necesitadas.

Dibujo animado de San Josemaría Escrivá con símbolos asociados: una cruz, un rosario, una rosa roja y el libro "Camino".
Representación de san Josemaría Escrivá y algunos elementos clave de su vida y mensaje.

Fue en ese ambiente urbano, en contacto con personas de todo tipo y condición, donde su vida dio un giro definitivo. El 2 de octubre de 1928, durante un retiro espiritual, recibió con claridad interior la misión que Dios le encomendaba: fundar el Opus Dei. Comprendió que debía abrir un camino dentro de la Iglesia para ayudar a descubrir que todos los hombres y mujeres, independientemente de su estado, profesión o condición social, están llamados a buscar la santidad en su vida ordinaria a través del trabajo de cada uno.

¿Quién fue san Josemaría y por qué se celebra el 26 de junio?

La inspiración inicial le mostró que cualquier tarea honesta –desde un quirófano a un despacho, una cocina, una fábrica, el campo o un aula– podía ser lugar de encuentro con Dios. No se trataba de hacer cosas extraordinarias, sino de realizar lo ordinario con amor, con perfección, con sentido cristiano. El trabajo, vivido con esta actitud, se convertía en medio de santificación personal y de servicio a los demás. Esta visión rompía moldes en una época en la que la santidad se asociaba casi exclusivamente a la vida religiosa o sacerdotal. Josemaría insistía una y otra vez a todo el mundo que Dios no llama sólo a algunos, sino a todos.

En los primeros años, el Opus Dei comenzó de manera muy humilde: apenas un puñado de jóvenes en Madrid que escuchaban a aquel sacerdote hablarles de una vida cristiana coherente, alegre, exigente y comprometida con el mundo. En 1930, entendió también que esta llamada era para mujeres, y en 1943 fundó la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz, como parte de la estructura del Opus Dei, para integrar también a sacerdotes diocesanos.

La expansión fue lenta al principio, marcada por las dificultades sociales y políticas de la España del momento. Durante la Guerra Civil, el fundador tuvo que esconderse por su condición de sacerdote. Al finalizar el conflicto, retomó su labor con renovado impulso.

Pero en 1946 se trasladó a Roma, desde donde impulsó el desarrollo internacional de la Obra. En 1950, la Santa Sede concedió la aprobación definitiva al Opus Dei, reconociendo la validez de este nuevo camino dentro de la Iglesia. La expansión fue progresiva: llegaron a países de Europa, América, Asia y África.

Desde el principio de su ordenación, san Josemaría desarrolló una intensa actividad pastoral y formativa. Predicó retiros, escribió libros de espiritualidad –entre ellos el más conocido, Camino, publicado por primera vez en 1939– y acompañó espiritualmente a muchas personas.

En todos sus escritos y encuentros insistía en el valor de las pequeñas cosas, en la importancia de hacerlas bien y con amor de Dios. «Dios nos espera en las cosas pequeñas», solía decir. Su espiritualidad no era complicada ni inaccesible, sino profundamente encarnada en la vida cotidiana con una marcada confianza en ser hijo de Dios: la filiación divina llena toda la vida de la persona.

Murió en Roma el 26 de junio de 1975, de forma inesperada, recién llegado a su residencia en la sede central del Opus Dei, Villa Tevere, tras ver y tener un rato de tertulia con sus hijas del Colegio Romano de Santa María.

Javi, no me encuentro bien

Así lo relata el beato Álvaro del Portillo en una entrevista sobre el fundador. «A las once y cincuenta y siete entramos en el garaje de Villa Tevere. En la puerta nos esperaba un miembro de la Obra. El Padre bajó rápidamente del coche, con el rostro alegre; se movía con agilidad, tanto, que se volvió para cerrar personalmente la puerta. Dio las gracias al hijo suyo que le había ayudado y entró en casa.

Saludó al Señor en el oratorio de la Santísima Trinidad y, como solía, hizo una genuflexión pausada, devota, acompañada por un acto de amor. A continuación subimos hacia mi despacho, el cuarto donde habitualmente trabajaba y, pocos segundos después de pasar la puerta, llamó: ¡Javi!

Don Javier Echevarría se había quedado detrás, para cerrar la puerta del ascensor, y nuestro Fundador repitió con más fuerza: ¡Javi!; y después, en voz más débil: No me encuentro bien. Inmediatamente el Padre se desplomaba en el suelo. Pusimos todos los medios posibles, espirituales y médicos. En cuanto advertí la gravedad de la situación, le impartí la absolución y la Unción de los enfermos, como deseaba ardientemente: respiraba aún. Nos había suplicado con fuerza, infinidad de veces, que no le privásemos de aquel tesoro».

Posiblemente, tras saludar con una jaculatoria al cuadro de la Virgen María de Guadalupe, como siempre solía hacer al entrar en cualquier estancia de la casa, con ese último pequeño acto de amor se desplomó. Ese mismo día comenzó a expandirse entre los fieles la fama de su santidad.

En 1992 fue beatificado por san Juan Pablo II, y en 2002 fue canonizado, también por el mismo pontífice, quien afirmó durante la homilía: «Con sobrenatural intuición, san Josemaría predicó incansablemente la llamada universal a la santidad y al apostolado. Cristo llama a todos a la perfección cristiana: obreros y campesinos, intelectuales y artistas, personas de todas las profesiones, condiciones sociales y culturas».

Un camino de santidad en medio del mundo

Hoy, el mensaje de san Josemaría sigue inspirando a miles de personas en todo el mundo. El Opus Dei está presente en 68 países y ofrece formación espiritual y humana a cristianos de todos los ámbitos sociales. Su legado no se limita a la creación de una institución, sino que reside, sobre todo, en haber abierto un camino nuevo para vivir el Evangelio en el corazón del mundo.

Celebrar la fiesta de san Josemaría el 26 de junio es recordar la llamada de Dios a vivir con plenitud en medio de lo ordinario. Es una invitación a todos –laicos, sacerdotes, casados, solteros– a buscar la santidad en la vida diaria, en el trabajo, en la familia, en el descanso, en los deberes profesionales y en las relaciones humanas. Él mismo decía: «Allí donde están vuestras aspiraciones, vuestro trabajo, vuestros amores, allí está el sitio de vuestro encuentro cotidiano con Cristo».

En definitiva, san Josemaría fue un instrumento en manos de Dios para recordarnos algo profundamente evangélico: que no hay cristianos de segunda o de primera división, que todos –tú y yo– estamos llamados a la plenitud del amor, sin necesidad de cambiar de vida, sino cambiando el corazón con el que la vivimos.

El valor de los sacerdotes en el siglo XXI

En este año 2026, el mensaje de san Josemaría sobre la santidad en el mundo adquiere un significado especial. Para que los laicos puedan encontrar a Dios en su vida ordinaria y en su trabajo, es fundamental la labor y el acompañamiento de los sacerdotes, quienes necesitan una sólida formación teológica, humana y espiritual. Recordar al fundador del Opus Dei en su fiesta litúrgica es también una oportunidad para apoyar las vocaciones sacerdotales en todo el mundo.

Rezar por la intercesión de san Josemaría

Los cristianos han acudido siempre a la intercesión de los santos para que lleven su oración a la presencia de Dios. Puede descargar la oración en más de 30 idiomas.

Estampa de san Josemaría Escrivá con una oración por su intercesión.

Bibliografía: