Oración por la paz en tiempos inciertos

Vivimos unos tiempos que pueden generar incertidumbre y preocupación. Las guerras de Ucrania, Gaza, Congo, en el Sahel, Sudán, Yemen, Somalia, Etiopía, Myanmar o la narcoviolencia en México, Haití o Ecuador siguen provocando sufrimiento entre la población civil, desplazamientos y necesidad de ayuda humanitaria.

Mientras otros conflictos reciben mucha menos atención internacional; Naciones Unidas señala que en 2026 cientos de millones de personas necesitan asistencia humanitaria urgente como consecuencia de los conflictos y de otras crisis.

Ante esta realidad, puede surgir una pregunta: ¿qué puede hacer un cristiano cuando siente que los problemas del mundo son demasiado grandes para él?

Una primera respuesta es rezar. No para desentendernos de lo que ocurre, sino para poner ante Dios a quienes sufren, pedir por la paz y dejar que esa oración transforme también nuestra manera de mirar y de actuar.

Rezar por la paz es no ser indiferente

La oración cristiana comienza muchas veces con una petición sencilla: Señor, danos la paz.

Cuando rezamos por quienes viven una guerra, por las familias que han perdido su casa, por los niños que crecen entre la violencia, por quienes han tenido que abandonar su país o por quienes sufren persecución, dejamos de contemplar el sufrimiento como una realidad lejana. La oración nos ayuda a recordar que detrás de cada conflicto hay personas concretas.

El papa León XIV ha insistido durante 2026 en esta llamada a rezar por la paz. En agosto pidió oraciones por quienes sufren en Sudán y por las víctimas de la violencia en Ucrania y Rusia. En septiembre volvió a invitar a rezar por la paz ante la persistencia de conflictos y violencia en distintas partes del mundo.

También del 1 al 7 de octubre de 2026 se ha convocado una semana de oración por la paz y la unidad, con iniciativas en parroquias, escuelas, comunidades y familias de distintos países. La iniciativa culmina el 7 de octubre, fiesta de Nuestra Señora del Rosario.

La oración por la paz no necesita fronteras. Podemos rezar por quienes conocemos y por quienes nunca conoceremos; por las víctimas de las guerras que ocupan los titulares y por quienes sufren en conflictos olvidados.

El antídoto para tiempos inciertos: la oración

A veces podemos pensar que rezar es poco frente a la magnitud de una guerra o de una crisis humanitaria. Sin embargo, la oración no pretende sustituir las responsabilidades de las personas, las instituciones o los Estados. Es otra cosa: nos pone ante Dios y nos ayuda a no acostumbrarnos al sufrimiento.

Durante la vigilia de oración por la paz celebrada en abril de 2026, León XIV afirmó que la oración no es un refugio para eludir nuestras responsabilidades ni una forma de evitar el dolor causado por la injusticia. Al contrario, la presentó como una respuesta ante la violencia y una forma de mantener viva la esperanza.

San Josemaría expresaba la importancia de orar con estas palabras: «Como el soldado que está de guardia, así hemos de estar nosotros a la puerta de Dios Nuestro Señor: y eso es oración» (San Josemaría, Forja, 73).

Orar es, en este sentido, permanecer despiertos ante Dios y también ante lo que sucede a nuestro alrededor. No consiste solamente en pedir que desaparezcan los problemas. Es también aprender a mirar el mundo con los ojos de Dios. Podemos rezar por:

Y también podemos pedir por nosotros mismos: para no caer en el odio, la indiferencia o la desesperanza.

San Josemaría recordaba que la paz no se construye únicamente en los grandes escenarios internacionales. Comienza también en el corazón de cada persona y se extiende a la familia, al trabajo y a la sociedad.

Como recuerda en otro de sus textos: «Por todos los caminos honestos de la tierra quiere el Señor a sus hijos, echando la semilla de la comprensión, del perdón, de la convivencia, de la caridad, de la paz. —Tú, ¿qué haces?» (San Josemaría, Forja 373). Es una pregunta especialmente actual.

Sacerdote orando

Todos estamos en la misma lucha

San Pablo utiliza la imagen del cuerpo para explicar la comunión entre los cristianos: cuando un miembro sufre, todos sufren con él.

Esta idea adquiere una fuerza especial cuando pensamos en las personas que viven bajo las bombas, en quienes han perdido a familiares, en los desplazados y en quienes esperan ayuda humanitaria.

Naciones Unidas sigue señalando a Ucrania, Gaza y Sudán entre los escenarios donde la población civil continúa sufriendo las consecuencias de la guerra y la violencia. Pero también existen otras crisis menos visibles. Por eso, rezar por la paz significa aprender a mirar más allá de los titulares de los periódicos.

Podemos sentirnos impotentes ante acontecimientos que suceden a miles de kilómetros. Sin embargo, siempre podemos hacer algo: rezar, informarnos con responsabilidad, ayudar a quien tenemos cerca, acompañar a quien sufre y evitar alimentar el odio o la deshumanización. La paz comienza también en nuestra manera de hablar, de escuchar y de tratar a los demás.

Una paz «desarmada y desarmante»

El mensaje de León XIV para la Jornada Mundial de la Paz de 2026 lleva precisamente por título «La paz esté con todos ustedes: hacia una paz “desarmada y desarmante”».

En él, el Papa recuerda la necesidad de superar las lógicas que presentan la guerra como inevitable y señala el diálogo, la diplomacia, el perdón y la protección de los civiles como caminos para construir la paz. También insiste en que la oración alimenta el compromiso por la paz. Esta perspectiva ayuda a comprender qué significa rezar por la paz.

No se trata de cerrar los ojos ante la realidad, sino de abrirlos más. Tampoco se trata de permanecer al margen, sino de pedir a Dios que cambie los corazones y, al mismo tiempo, preguntarnos qué podemos hacer nosotros.

Debemos tratar de no creer que la oración nos permite controlar los acontecimientos, y pasar a confiar en Dios incluso cuando no entendemos lo que sucede.

Cómo rezar por la paz

No existe una única forma de hacerlo. Podemos dedicar unos minutos cada día a pedir por la paz. Podemos rezar el Rosario por las personas que sufren. Podemos ofrecer la Santa Misa por quienes viven una guerra. Podemos acudir ante el Santísimo Sacramento y poner ante Dios las situaciones que más nos preocupan.

También podemos convertir en oración una noticia que nos conmueve. Al leer que una familia ha perdido su casa, podemos detenernos unos segundos y rezar por ella.

Al conocer una nueva escalada de violencia, podemos pedir por quienes tienen responsabilidades y por quienes trabajan para alcanzar acuerdos. Al descubrir un conflicto olvidado, podemos incluirlo en nuestras intenciones. Y cuando no encontremos palabras, también debemos simplemente permanecer delante Dios.

Porque, como enseñaba san Josemaría: «La oración no es problema de hablar o de sentir, sino de amar. Y se ama, esforzándose en intentar decir algo al Señor, aunque no se diga nada» (San Josemaría, Surco, 464).

Orar y trabajar por la paz

La oración no termina necesariamente cuando acaba el momento de recogimiento. Puede continuar en nuestras decisiones, en nuestras palabras y en nuestra forma de relacionarnos con los demás.

Podemos ser constructores de paz en nuestra familia, en nuestro trabajo, entre nuestros amigos y en nuestra sociedad. Podemos aprender a escuchar antes de juzgar, a perdonar, a pedir perdón, a rechazar la violencia y a no contribuir a la propagación del odio.

La paz internacional también necesita personas capaces de construir paz en su entorno. Por eso, ante la incertidumbre, el cristiano está llamado a evitar vivir paralizado por el miedo.

Está llamado a rezar, esperar y actuar. A poner ante Dios el sufrimiento del mundo y, al mismo tiempo, a preguntarse cada día: «Señor, ¿qué puedo hacer yo para llevar un poco de paz allí donde estoy?».


León XIV: «Dios sueña con nosotros»

Sus preguntas encontraron en el papa León XIV una respuesta que apunta al corazón mismo de la fe cristiana: «Dios no permanece ajeno a la vida del ser humano, sino que sale a su encuentro, lo acompaña y le abre un horizonte de esperanza».

Así lo explica don Ernesto Juliá en una serie de tres artículos dedicados a las palabras de León XIV. En ellos aparece una misma idea que atraviesa las distintas situaciones: Dios ama al hombre tal como es, pero lo invita siempre a crecer, a levantarse, a reconciliarse y a vivir una vida nueva.

«Dios te ama como eres, pero te sueña mejor»

«Queridos amigos y amigas, os invito a seguir soñando el sueño de Dios. A cada uno os digo: ¡Dios te ama como eres, pero te sueña mejor! El Señor nos permite a todos empezar siempre de nuevo, pues ser humano y ser cristiano no consiste en no equivocarse sino en crecer en la capacidad de convertirse, arrepentirse, enmendarse y, sobre todo, de reconciliarse y de perdonar».

Estas palabras de León XIV en un centro penitenciario de Barcelona han dado la vuelta al mundo. Y la seguirán dando. Un Dios que sueña con el hombre, que acompaña al hombre en sus sufrimientos y en sus alegrías. Y que no deja nunca de amar a esta criatura suya, que somos cada uno de nosotros, “su imagen y semejanza”. Dios que se ha revelado al mundo en la persona de Jesucristo, Dios y hombre verdadero.

Y esta realidad divina ha quedado muy bien expresada en el encuentro del papa León XIV, con un hombre y dos mujeres, en el estado olímpico de Barcelona:

«Santo Padre, crecemos escuchando que el único objetivo en la vida es producir, tener éxito y cuidar nuestra imagen. Yo mismo lo intenté, pero sólo encontré un vacío inmenso. Buscando respuestas, mi vida dio un giro y esta última Pascua recibí el Bautismo. Ahora, que este camino es nuevo para mí, le pregunto: ¿Cómo podemos mantener la mirada alzada hacia lo que de verdad importa, cuando la sociedad nos empuja a mirar constantemente hacia el suelo o solo a nosotros mismos?»

Creado a “imagen y semejanza” de Dios, este hombre, no bautizado por sus padres, se ha encontrado batallando en los campos vitales que iba recorriendo sin encontrar sentido para su vida. El número de mayores que piden el Bautismo cada año aumenta en algunos países de Europa, y también en España.

La respuesta del papa León XIV primero le abre el horizonte de su vida, le señala dónde va a encontrar a Dios y, por último, le sugiera caminos para encontrar a Dios.

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«Nuestro deseo de verdad y de felicidad necesita un horizonte más grande. Y esta inquietud es un don que Dios mismo nos ha dado: estamos hechos a medida del infinito y por eso, todo horizonte finito, todo paso, toda conquista, mientras nos satisface el mismo tiempo nos impulsa hacia adelante y nos invita a seguir buscando, a buscar avanzando, pero, sobre todo, a buscar “descendiendo interiormente”, es decir, yendo a lo profundo».

¿Dónde puedo vivir esa “apertura de horizontes”?, podemos pensar que se preguntó el recién convertido.

«Es dentro de esta sociedad que tú y tantos otros habéis descubierto el valor de una vida más humana, más plena, abierta al encuentro con Dios y a la alegría de la Fe. Esto significa que, a pesar de las dificultades, el lugar en el que Dios se hace presente y donde debemos encontrar sus huellas es siempre en la realidad donde nos encontramos».

Y el Santo Padre, León XIV, termina sugiriéndole el camino y las disposiciones para compartir su vida plenamente con Dios.

«Creemos que el Espíritu Santo actúa y trabaja silenciosamente en todas las situaciones de la vida y de la historia, incluso en aquellas que parecen más difíciles. Pero debemos cultivar esta inquietud y hacerle espacio; como decía, “buscar dentro”, intentando no dejarnos abrumar por los ritmos y las seducciones externas, cultivando espacios de silencio, deteniéndonos quizá algunos minutos al día para leer el Evangelio y hablar con Dios, y también tratando de hacer este camino interior junto con otros, dejándonos acompañar en los itinerarios eclesiales y confrontándonos con los sacerdotes, los religiosos, las personas que como nosotros han emprendido este camino».

El palpitar del amor de Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo en el corazón de este converso, le alcanzó en un momento en el que estaba en pie en busca de una Luz que diera sentido a su vida. ¿Es posible que ese clamor de Amor de Dios pueda ser ahogado en una conciencia rodeada de oscuridad?.

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León XIV ante el dolor de suicidio

La segunda persona que expone su caso ante León XIV es una mujer que ha luchado con una depresión profunda que le ha llevado a vivir –son sus palabras– «una oscuridad, aislamiento y un dolor inmensurable. A veces, este dolor es tan abrumador que la idea de desaparecer parece la única salida. Luché por salir de esta enfermedad, en silencio durante años, y una noche de viernes perdí la batalla e intenté quitarme la vida. Estoy aquí porque Dios me dio una segunda oportunidad, y le estaré eternamente agradecida».

Apenas termina de manifestar la profunda depresión que ha vivido, y agradecer a Dios esa “segunda oportunidad”, pregunta al Papa: «Le pregunto de todo corazón: ¿dónde podemos ver a Dios cuando la oscuridad es absoluta y ya no podemos más? ¿Cómo podemos confiar en Dios, cuando parece que nada, ni uno mismo, vale pena?»

León XIV abre su corazón quizá con el deseo de que esta mujer abra el suyo y descubra a Cristo sufriendo con ella, y animándola a resucitar con Él (los textos son palabras del Papa).

«Frente a las situaciones más difíciles y dolorosas, cuando Dios parece ausente debemos confiarle una vez más las cargas que llevamos en el corazón, incluso gritándole a Él, incluso protestando como Job, seguros de que de algún modo Él se hace presente y está cerca aun cuando aparentemente calla».

Y después de recordar la angustia y el dolor «las horas de oscuridad, de angustia y de dolor que vivió Jesús cuando se acercaba la hora de su muerte», añade:

«En esos momentos, podemos pensar instintivamente que también Dios nos haya abandonado. Pero la Cruz de Jesús nos dice que Dios no nos abandona, que Él sigue crucificado por nosotros en el momento del dolor y de la soledad externa, que Él recoge no sólo nuestras lágrimas, sino el grito de nuestro sufrimiento que otros no escuchan, un grito que Jesús hizo suyo en la Cruz, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”».

El Señor en Getsemaní y en el Calvario, nos manifiesta el infinito Amor que nos tiene, y nos enseña que sólo llegaremos a descubrir esa hondura de su Amor, si le acompañamos en el sufrimiento. Si al contemplarle crucificado ofreciéndonos la redención de todos nuestros pecados, y removiendo nuestra alma al arrepentimiento, ofrecemos nuestros dolores, nuestros sufrimientos a los suyos acompañándole a llevar Su Cruz Redentora.

«En las horas de dolor, al menos en cuanto sea posible, debemos abrirnos a alguien que nos ayude a expresar una oración sencilla, que nos acompañe con discreción sin la prisa de explicarnos ese dolor, que nos tome de la mano y nos haga salir de ese grito», añade el Santo Padre León XIV.

Ese alguien es el mismo Cristo. El Papa León parece estar invitando a esa mujer a descubrir el sufrimiento del Señor en la Cruz, y a unirse con Él, viviendo sus sufrimientos en Cristo, por Cristo, con Cristo, como de alguna manera hizo el buen ladrón:

«Dimas fija su mirada en Quien está apunto de exhalar el último suspiro, y eleva su espíritu a las alturas de la Cruz. A las alturas de Dios, descubriendo el esplendor de la Resurrección. “Señor, acuérdate de mí cuando estés en tu Reino” “Hoy estarás conmigo en el paraíso”».

"Jamás en la tierra se había oído, ni se oirá, un diálogo tan breve, y tan penetrado de sentido y de inmensidad, entre el Amor de Dios y la miseria del hombre. El encuentro en la Cruz del Hijo de Dios hecho hombre con el hombre pecador, que clama por su misericordia” (Con Cristo en el Calvario, pág. 72)

«Estas experiencias ofrecen un mensaje también a nosotros creyentes. A toda la Iglesia: no debemos espiritualizar el dolor, reconduciéndolo superficialmente a la “voluntad de Dios” o a algún misterioso proyecto suyo, porque esto corre el riesgo de minimizar ese sufrimiento, de silenciarlo, de herir a las personas. Dios no quiere el sufrimiento, lo lleva con nosotros y nos invita a confiar en Él de modo perseverante».

¿Sueña Dios con lo que ha querido recomendar León XIV a esa mujer que, de la mano de la Santísima Virgen, una sus dolores y sus sufrimientos a los de Cristo y tenga así la alegría de acompañar al Señor en su muerte en la Cruz, y gozar ya de la alegría de la Resurrección?. 

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León XIV, seguir soñando el sueño de Dios

«Queridos amigos y amigas, os invito a seguir soñando el sueño de Dios. A cada uno os digo: ¡Dios te ama como eres, pero te sueña mejor! El Señor nos permite a todos empezar siempre de nuevo, pues ser humano y ser cristiano no consiste en no equivocarse sino en crecer en la capacidad de convertirse, arrepentirse, enmendarse y, sobre todo, de reconciliarse y de perdonar».

Estas palabras de León XIV en un centro penitenciario de Barcelona han dado la vuelta al mundo. Y la seguirán dando. Las hemos recogido en el primero de estos artículos, y las volvemos a escribir en este. Un Dios que sueña con el hombre, que acompaña al hombre en sus sufrimientos y en sus alegrías. Y que no deja nunca de amar a esta criatura suya, que somos cada uno de nosotros, “su imagen y semejanza”. Dios que se ha revelado al mundo en la persona de Jesucristo, Dios y hombre verdadero. “Quién me ha visto a Mí, ha visto al Padre” (Jn 14, 9), dice el Señor.

 «Buenas noches Santo Padre. Vengo de una familia de un barrio muy humilde de Barcelona. De pequeña mi padre intentó matar a mi madre, y se salvó porque se interpuso un chico que murió. Mi padre ingresó en la cárcel, y mi madre entró en el mundo de las drogas. A los diez años los servicios sociales se hicieron cargo de mí, y me llevaron al centro de menores de San José de la Montaña. Al principio fue duro, pues me había creado un muro para protegerme, donde no dejaba entrar a nadie.

Pero poco a poco experimenté por primera vez el amor de familia, y mi corazón se fue abriendo. Allí me hablaron de Jesús, empecé a rezar y me bauticé. Pero en mi adolescencia me rebelé contra Dios muchas veces. Me invitaron a un retiro y allí por primera vez experimenté el amor de Dios. Pero han pasado unos meses, y aún me cuesta perdonar a mi padre. Y a veces levanto los ojos al cielo y le pregunto ¿dónde estabas cuando era una niña? Santo Padre, ¿cómo puedo perdonar a mi padre, que estuvo a punto de dejarme sin madre? ¿cómo puedo reconciliarme de verdad con Dios?».

Jesús en la Cruz da sentido al sufrimiento

El sufrimiento físico y moral lo podemos encontrar –y de hecho lo encontramos– en la vida de cada uno de nosotros. Desde la Cruz Cristo da sentido a todo sufrimiento, y clavado en la Cruz, Cristo a permanecer siempre, hasta el final de los siglos, para que nosotros podamos sufrir con Él, y Resucitar con Él.

Consciente de que Cristo ha dado sentido a todo sufrimiento humano, León XIV aprovecha las preguntas para situar a la mujer en una auténtica relación con Dios.

 «Es realmente signo de la gracia de Dios que esta pregunta surja de un pasado tan marcado por el sufrimiento y que, a pesar del dolor, se tenga la valentía de preguntar cómo es posible perdonar a quien nos ha hecho mal. (...) No podemos atribuir a Dios lo que ha sido confiado a nuestra responsabilidad; no podemos imaginar que Dios desde lo alto responda a nuestras necesidades de modo automático o impida milagrosamente que el mal suceda.

Él nos ha dotado de inteligencia y voluntad, nos ha dado una conciencia, nos ha revestido de dignidad y de libertad, y sobre todo ha venido a nuestro encuentro para indicarnos, en su Hijo Jesucristo, el camino a seguir  para que nuestra vida sea plenamente humana y en nuestra sociedad reinen la justicia, la paz y la fraternidad», añade el Papa León.

Jesucristo ha venido a la tierra para redimirnos del pecado, y darnos la gracia –viviendo con nosotros– para que podamos vivir pidiendo perdón y perdonando a quienes ofendemos o nos ofenden.

«Todo esto nos ayuda a entrar cada vez más en la dinámica del perdón y a reconciliarnos con Dios y con los demás. Somos pecadores perdonados, estamos en paz y somos capaces de perdonar. Capaces de ser portadores de paz».

Con las respuestas a estos tres jóvenes, el Santo Padre ha expresado una muy cercana manifestación de la práctica de las tres virtudes teologales que, de alguna manera, expresan la relación del hombre con Dios –Fe, Esperanza, Caridad–. Vividas un día y otro, aunque nos cueste, hacen posible que descubramos el Amor que Dios nos tiene. Amor, que quiere que nosotros vivamos con todos nuestros prójimos. 



Ernesto Juliá, (ernesto.julia@gmail.com) | Publicado anteriormente en Religión Confidencial.


Relectura de la encíclica Magnifica humanitas

Con el verano de por medio, ha pasado suficiente tiempo para poder realizar una lectura sosegada de la primera encíclica de León XIV: Magnifica humanitas (15-V-2026). Un texto cuyo tema no es la inteligencia artificial, sino, como reza el subtítulo, “la custodia de la persona humana en un tiempo de inteligencia artificial”.

Al mismo tiempo, señala cómo debe ser la contribución de los cristianos a la construcción de una ciudad más humana y fraterna. El preludio y el final enmarcan las sinfonías. Vale la pena prestar especial atención al momento inicial y al final de la encíclica, aunque sean breves, para captar bien el contenido de su mensaje.

El preludio: ¿Babel o Jerusalén?

En la época de León XIII lo nuevo era la revolución industrial con sus avances y riesgos. Hoy, dice el Papa, necesitamos realizar un “discernimiento compartido” que nos ayude, en este “cambio de época” a responder algunas preguntas fundamentales: «¿Hacia dónde vamos? ¿Hacia qué meta deseamos orientarnos? ¿Qué dirección elegir como comunidad humana y como pueblos?» (n. 6).

Para edificar responsablemente en nuestro tiempo, el Papa propone dos “imágenes” bíblicas: la construcción de la torre de Babel (cfr. Gn 11, 1-9) y la reconstrucción de los muros de Jerusalén (cfr. Ne 2, 6) después del exilio en Babilonia (cfr. n. 7-10).

«La primera elección no es entre un ‘sí’ o un ‘no’ a la tecnología, sino entre construir Babel o reconstruir Jerusalén: entre un poder que pretende dominar el cielo y un pueblo que, en presencia de Dios, se pone a trabajar unido para levantar de nuevo las murallas de la convivencia fraterna» (n. 9).

Afirma León XIV que precisamente “esta obra compartida” es la expresión de la forma de construir propia de los cristianos: «Orientar la acción hacia Dios, para que, bajo su luz, el pluralismo no se disperse en el desorden, sino que, en la práctica de la sinodalidad, se convierta en el espacio en el que la humanidad recupere sus cimientos sólidos y su fin último» (n. 10).

Se perfila así, podría decirse, una antropología cristiana del trabajo, que culmina en el don de la Ciudad de Dios definitiva: el Cielo, el Reino de Dios consumado, la Iglesia, comunión de los santos en un mundo reconciliado y transformado. «Esta visión de gracia es para nosotros, los cristianos, una llamada a trabajar juntos, cultivando una vida común pacífica, justa y digna en las ‘ciudades’ de hoy» (Ibid.).

Encíclica Magnifica humanitas

5 claves para entender Magnifica Humanitas

Con motivo del 135.º aniversario de la profética Rerum novarum de León XIII, el Papa León XIV ha hecho pública su nueva carta encíclica, Magnifica Humanitas (15 de mayo de 2026). Un documento de profundo calado teológico y social que aborda el mayor desafío de nuestra era: la custodia de la persona humana en el tiempo de la Inteligencia Artificial (IA) y la digitalización desbocada.

Inspirándose en la imagen bíblica del Dios que se hizo carne para iluminar el misterio del hombre, el Santo Padre propone una lectura de las res novae (las «nuevas realidades») desde una mirada de fe, razón y responsabilidad compartida.

  1. El paradigma tecnocrático frente al verdadero humanismo cristiano. León XIV advierte del riesgo de sucumbir a un paradigma tecnocrático que absolutice la eficiencia, reduzca al ser humano a un mero conjunto de datos o promueva narrativas como el transhumanismo y el posthumanismo.

Frente a la pretensión de alcanzar un «más que humano» mediante el control técnico y biológico, la Encíclica contrapone la grandeza de la gracia y la encarnación: la auténtica trascendencia no consiste en superar nuestros límites biológicos por la fuerza digital, sino en acoger la dignidad trascendente de cada persona como imagen del Dios Trinitario.

  1. La IA como herramienta, no como sustituto de la conciencia y la gobernanza. La inteligencia artificial representa una «ayuda valiosa» capaz de generar grandes avances, pero su omnipresencia exige una atención ética, transparencia y gobernanza. El pontífice hace un llamado de alerta sobre el poder sin precedentes que hoy ostentan grandes actores privados transnacionales, superando a menudo la capacidad de regulación de los estados.

El Papa subraya que las tecnologías deben estar siempre orientadas al bien común y subordinadas a la responsabilidad moral humana. Decisiones cruciales que afectan a la vida, la justicia o la paz no pueden delegarse ciegamente a algoritmos desprovistos de corazón y conciencia.

  1. La verdad, el trabajo y la libertad: los tres pilares en riesgo. En el capítulo cuarto, la encíclica detalla cómo la transición digital impacta sobre tres dimensiones estructurales de la vida social:

La verdad y la comunicación: en un ecosistema hiperconectado expuesto a la manipulación y la desinformación, la verdad debe ser custodiada como un bien común esencial para la salud de las democracias. León XIV pide una auténtica «ecología de la comunicación» y una alianza educativa.

La dignidad del trabajo: frente al fantasma del desempleo tecnológico y la automatización, el texto reafirma que el trabajo no es un mero factor de producción, sino una vía indispensable de realización personal y participación en la creación.

La libertad frente al control: la encíclica denuncia las «nuevas esclavitudes» digitales, las adicciones a las pantallas y las dinámicas de mercantilización y control social que atenazan a jóvenes y familias.

  1. Reconstruir Jerusalén vs. la tentación de la torre de Babel. Para ilustrar este momento de cambio de época, el santo padre recurre a dos potentes imágenes bíblicas:

La torre de Babel: representa la pretensión de autosuficiencia humana, la búsqueda de uniformidad ideológica/tecnológica y el orgullo de querer alcanzar el cielo sin Dios, lo cual termina irremediablemente en la incomunicación y el colapso social.

La reconstrucción de Jerusalén (Nehemías): es el modelo de la responsabilidad compartida, la comunión en la diversidad, el diálogo intergeneracional y el esfuerzo mutuo. En lugar de imponer desde arriba, se trata de reconstruir «los vínculos antes que las piedras» situando a Dios y al prójimo en el centro.

  1. De la «cultura del poder» a la «civilización del amor». Por último, el papa León XIV hace un llamamiento apremiante a la geopolítica mundial. Frente a una cultura del poder que normaliza la guerra, desarrolla sistemas de armas autónomas guiadas por IA y degrada el multilateralismo diplomático, la Iglesia contrapone la urgencia de construir la civilización del amor.

Esto implica «desarmar las palabras», asumir con realismo la mirada y el dolor de las víctimas de los conflictos, y promover un desarme integral orientado por la justicia y el diálogo pacífico entre los pueblos.

Firma de la encíclica Magnifica humanitas
Firma de la encíclica Magnifica humanitas.

Un canto de esperanza

Magnifica Humanitas concluye elevando la mirada hacia el Magníficat de María y la contemplación del Verbo encarnado. León XIV nos recuerda que la técnica está hecha para servir a la persona, y no la persona para someterse a la técnica.

El reto de nuestra generación consiste en no perder el alma en la era de los algoritmos y edificar, juntos, una sociedad genuinamente humana y fraternal.


Don Ramiro Pellitero Iglesias, profesor emérito de Teología Pastoral en la Facultad de Teología de la Universidad de Navarra.

Publicado en Iglesia y nueva evangelización.


¿Cómo vivir la fe? Qué es y cómo se relaciona con la razón

Hay preguntas que acompañan al ser humano desde siempre: ¿existe Dios?, ¿por qué estamos aquí?, ¿qué sentido tiene nuestra vida?, ¿podemos conocer la verdad?, ¿qué ocurre después de la muerte?

La fe cristiana no invita a dejar de hacerse estas preguntas. Al contrario, la fe busca comprender y se apoya también en la inteligencia, en la libertad y en la experiencia humana.

Para un cristiano, creer no significa cerrar los ojos ante la realidad. Significa abrirlos a una realidad más grande: la posibilidad de que Dios exista, nos conozca, nos ame y quiera entrar en relación con nosotros.

¿Qué es la fe?

La fe es, ante todo, una respuesta personal del ser humano a Dios. El Catecismo de la Iglesia Católica explica que Dios se revela al hombre y lo invita a entrar en comunión con Él. La respuesta a esa invitación es la fe: una adhesión personal a Dios y, al mismo tiempo, un asentimiento libre a las verdades que Él ha revelado.

Por eso, la fe no consiste simplemente en aceptar que «Dios existe». Creer implica confiar en Él y orientar la propia vida de acuerdo con esa confianza.

Para el cristiano, además, creer en Dios está inseparablemente unido a creer en Jesucristo, el Hijo de Dios hecho hombre, y en el Espíritu Santo. La fe es, por tanto, una relación viva con Dios.

No se trata únicamente de conocer una serie de verdades religiosas, sino de conocer a una Persona y dejar que ese encuentro transforme nuestra manera de pensar, decidir y vivir.

¿Es la fe un don de Dios?

La Iglesia enseña que la fe es un don de Dios, una gracia que Él ofrece al ser humano. Pero eso no significa que creamos de manera automática o que nuestra libertad desaparezca.

El Catecismo explica que para creer necesitamos la gracia de Dios y la acción interior del Espíritu Santo, pero también que creer es un acto verdaderamente humano. La inteligencia y la voluntad colaboran con la gracia.

Podríamos decir que Dios da el primer paso, pero espera nuestra respuesta. Por eso, la fe no se puede imponer. Es una respuesta libre a una invitación. Dios sale al encuentro del hombre y le habla; el hombre puede escuchar, buscar, preguntar, acoger esa llamada y responder.

Vivir la fe católica

Fe y razón: ¿son compatibles?

Una de las preguntas más frecuentes es precisamente esta: ¿se puede creer en Dios y, al mismo tiempo, ser una persona racional?

La respuesta de la Iglesia es sí. Fe y razón no son enemigas. Se ocupan de dimensiones diferentes de la realidad, pero ambas colaboran en la búsqueda de la verdad.

La fe no exige aceptar que algo es verdadero simplemente porque no podamos entenderlo. Tampoco significa renunciar a la inteligencia. El Catecismo afirma que el asentimiento de la fe no es un movimiento ciego y que existen motivos de credibilidad que ayudan a mostrar que creer no es irracional.

La razón puede conducirnos a plantearnos la existencia de Dios y a descubrir que la realidad no se agota en aquello que podemos medir o experimentar directamente. La fe, por su parte, permite acoger una verdad que Dios mismo revela y que supera lo que la razón humana podría alcanzar por sus propias fuerzas.

Por eso, fe y razón se necesitan y se enriquecen mutuamente. La investigación científica, cuando se realiza correctamente, tampoco tiene por qué entrar en conflicto con la fe. La ciencia estudia la realidad natural mediante sus propios métodos; la fe abre la inteligencia a preguntas sobre su sentido último y sobre el misterio de Dios.

Creer no significa creer cualquier cosa

A veces utilizamos la palabra «fe» para referirnos simplemente a tener confianza en algo o en alguien. Pero la fe cristiana tiene un contenido concreto. No es lo mismo decir «tengo fe en que todo saldrá bien» que afirmar «creo en Dios».

En el primer caso expresamos una esperanza o confianza personal. En el segundo, hablamos de una adhesión a Dios y a la Revelación que Él ha comunicado.

El motivo último de la fe cristiana no es que todas las verdades reveladas puedan demostrarse mediante nuestra razón natural, sino la confianza en Dios que revela y que no puede engañarse ni engañarnos.

¿Cómo funciona la fe en la vida de una persona?

La fe comienza como una respuesta, pero después se convierte en un camino. Creer cambia poco a poco la manera de mirar la realidad.

Una persona que vive en la fe puede seguir teniendo problemas, dudas, sufrimientos y momentos de oscuridad. La diferencia está en que intenta vivirlos desde una confianza nueva: no está sola y su vida tiene un sentido que va más allá de las circunstancias inmediatas.

La fe ayuda a mirar de otro modo el trabajo, la familia, las relaciones personales, el sufrimiento, las decisiones y también los momentos de alegría. No elimina las dificultades, pero puede cambiar la manera de afrontarlas. Por eso, la fe cristiana no es solamente algo que se piensa. Es algo que se vive.

¿Cómo se fortalece la fe?

La fe es un don, pero también necesita ser acogida, cuidada y alimentada. Como ocurre con cualquier relación personal, la amistad con Dios crece cuando se dedica tiempo a ella.

1. Con la oración

La oración es el diálogo con Dios. No hace falta comenzar con grandes discursos. A veces basta con hablar con Él con sencillez: agradecerle, pedirle ayuda, contarle nuestras preocupaciones o permanecer unos minutos en silencio ante su presencia.

2. Con la Sagrada Escritura

La Biblia ocupa un lugar fundamental en la vida de fe porque permite conocer la historia de la salvación y, especialmente, a Jesucristo.

En febrero de 2026, León XIV dedicó una de sus catequesis a la Constitución Dei Verbum y recordó la relación profunda entre la Palabra de Dios, la Iglesia y la fe. Señaló que la Escritura encuentra su lugar propio en la comunidad cristiana y que su lectura conduce al encuentro con Cristo y al diálogo con Dios.

Leer el Evangelio, meditarlo y preguntarnos qué nos dice hoy puede convertirse así en una auténtica escuela de fe.

3. A través de los sacramentos

La fe no se vive solo en el interior de cada persona. Los sacramentos nos ayudan a encontrarnos con Cristo y a crecer en nuestra relación con Él.

En ellos, Dios nos acompaña en las distintas etapas de nuestra vida cristiana. El Bautismo nos incorpora a la Iglesia y en la Eucaristía recibimos a Cristo y nos unimos de una manera especial a Él. Por eso, participar en los sacramentos es también una forma de alimentar y fortalecer nuestra fe.

Comunión

4. Con la comunidad cristiana

La fe tampoco está pensada para vivirse en soledad. La Iglesia es una comunidad de creyentes que caminan juntos, se ayudan, rezan unos por otros y comparten la misión de anunciar el Evangelio.

La comunidad cristiana también nos ayuda cuando nuestra propia fe se debilita. Hay momentos en los que necesitamos apoyarnos en la fe de otras personas.

5. Con la caridad

Creer en Dios implica también aprender a mirar al prójimo de otra manera, especialmente a quien sufre o necesita ayuda.

Fe y caridad no son dos caminos separados. El encuentro con Dios transforma nuestra relación con los demás y nos impulsa a servir.

La fe en un mundo que cambia

En 2026 vivimos rodeados de avances científicos y tecnológicos que están transformando nuestra manera de trabajar, comunicarnos e incluso de entendernos a nosotros mismos.

En su encíclica Magnifica Humanitas, publicada el 15 de mayo de 2026, León XIV reflexiona precisamente sobre la persona humana en la era de la inteligencia artificial y recuerda que la verdadera plenitud del ser humano no consiste en superar sus límites mediante la tecnología, sino en abrirse a la gracia de Dios y crecer en el amor.

Este planteamiento conecta con una cuestión esencial de la fe: ¿qué hace verdaderamente feliz al ser humano?

Podemos tener más información, más tecnología y más posibilidades que nunca y, sin embargo, seguir haciéndonos las mismas preguntas fundamentales. ¿Quién soy? ¿Para qué vivo? ¿A quién puedo confiar mi vida? ¿Dónde está la verdadera felicidad?

La fe se convierte en una forma de vivir

León XIV recordó en su carta apostólica In unitate fidei, publicada con motivo del 1700 aniversario del Concilio de Nicea, que la profesión de fe no puede quedarse únicamente en las palabras. Como señala el Papa, «lo que decimos con la boca debe venir del corazón, de modo que sea testimoniado en la vida». Por eso invita a preguntarnos si realmente comprendemos y vivimos aquello que profesamos cada domingo en el Credo.

Esta es, quizá, una de las mejores maneras de entender cómo funciona la fe: La fe no se queda en lo que creemos: transforma nuestra manera de vivir.

La fe: una respuesta a la llamada de Dios

Dios sale a nuestro encuentro, se revela y nos invita a entrar en relación con Él. Pero espera una respuesta libre. Por eso, la pregunta «¿cómo funciona la fe?» puede llevarnos finalmente a una pregunta mucho más personal: ¿Qué hago yo con la invitación que Dios me está haciendo?

La respuesta de cada persona es única. Para algunos comienza con una pregunta. Para otros, con una dificultad. Para otros, con el testimonio de alguien, una lectura, una conversación o un momento de oración.

El camino siempre puede comenzar. Porque la fe no consiste en tener todas las respuestas antes de dar el primer paso. Consiste en atreverse a buscar a Dios, confiar en Él y dejar que esa confianza transforme nuestra vida.


Artículo original de Francisco Varo Pineda, Universidad de Navarra, Facultad de Teología.



¿Qué es la Unción de los enfermos?: cuándo, quién puede recibirla y qué efectos tiene

«¡Sanad a los enfermos!» (Mt 10,8). La Iglesia ha recibido esta tarea del Señor e intenta realizarla mediante los cuidados médicos y asistenciales que proporciona a los enfermos. Como también por la oración de intercesión con la que los acompaña en un momento de necesidad.

Cuando una persona enferma gravemente o llega a una edad avanzada, muchas familias se preguntan si es el momento de pedir la Unción de los enfermos. Sin embargo, todavía existe la creencia de que este sacramento solo se administra a quienes están a punto de morir. La realidad es muy distinta: la Unción de Enfermos es un sacramento de consuelo, fortaleza y esperanza que la Iglesia ofrece a quienes atraviesan una enfermedad grave o la fragilidad de la vejez.

¿Qué es la Unción de los enfermos?

La misericordia de Jesucristo hacia los enfermos y sus numerosas curaciones de dolientes de toda clase son un signo maravilloso de su compasión hacia todos los que sufren en su cuerpo y en su alma.

Por su Pasión y su muerte en la Cruz, Jesús dio un sentido nuevo al sufrimiento. Desde entonces esta realidad nos configura con Él y nos une a su misión redentora. Para los cristianos la enfermedad y la muerte pueden y deben ser medios para santificarse y redimir con Cristo. Para ayudarnos con esta misión existe la Unción los enfermos.

Es un consuelo muy grande la presencia de Cristo en la enfermedad. Nos toma de la mano y nos recuerda que le pertenecemos a Él, y que nada nos puede separar de Él.

Unción de los enfermos sacramento Acompañamiento a personas ancianas

La Unción de los enfermos, sacramento de salvación y de curación

La parábola del buen samaritano expresa el misterio que se celebra en este sacramento: Jesucristo se acerca a quien sufre y lo conforta con el aceite del consuelo y el vino de la esperanza. Luego, lo lleva a la posada, que representa a la Iglesia, a la cual Cristo lo confía. Cristo enseñó a sus discípulos a tener su misma predilección por los enfermos y necesitados, y les confió la tarea de atenderlos en su nombre por medio del sacramento de la Unción.

La Unción de los enfermos es un sacramento instituido por Jesucristo, insinuado como tal en el Evangelio de san Marcos. Recomendado a los fieles y promulgado por el apóstol Santiago: «¿está enfermo alguno de vosotros? Llame a los presbíteros de la Iglesia, que oren sobre él y le unjan con óleo en el nombre del Señor. Y la oración de la fe salvará al enfermo, y el Señor hará que se levante, y si hubiera cometido pecados, le serán perdonados» (St 5,14-15).

La Iglesia cree y confiesa que, entre los siete sacramentos, existe un sacramento especialmente destinado a reconfortar a los aquejados por la enfermedad, la Unción de los enfermos. Este sacramento ayuda a vivir estas realidades dolorosas de la vida humana con sentido cristiano: «En la Unción de los enfermos, como ahora llaman a la Extrema Unción, asistimos a una amorosa preparación del viaje, que terminará en la casa del Padre», (San Josemaría Escrivá, Es Cristo que pasa, 80).

Un sacramento especial para los enfermos

A lo largo de los siglos, la Unción de los enfermos fue conferida, a los que estaban a punto de morir por eso recibía el nombre de Extrema Unción. Igualmente, la liturgia nunca dejó de orar por los enfermos.

Hoy sabemos que este sacramento es un sacramento de curación. Es un regalo de Dios que ayuda a sanar y el espíritu de quien lo recibe. A través de él, se pide al Señor, la salud del cuerpo, del alma y del espíritu del cristiano que pasa por una grave enfermedad o vejez avanzada.

«La gracia primera de este sacramento es un gracia de consuelo, de paz y de ánimo para vencer las dificultades propias del estado de enfermedad grave o de la fragilidad de la vejez. Esta gracia es un don del Espíritu Santo que renueva la confianza y la fe en Dios y fortalece contra las tentaciones del maligno, especialmente tentación de desaliento y de angustia ante la muerte […] Esta asistencia del Señor por la fuerza de su Espíritu quiere conducir al enfermo a la curación del alma, pero también a la del cuerpo, si tal es la voluntad de Dios. Además, "si hubiera cometido pecados, le serán perdonados"» (CEC, 1520).

No se debe pensar que este sacramento es solamente para quienes estén en peligro de muerte, sino que también pueden recibirlo aquellos que sean conscientes y que lo consideren necesario.

De tal modo, cualquier cristiano que esté sufriendo una grave enfermedad, vaya a recibir una operación delicada o tenga una edad muy avanzada puede solicitar que se le administre el sacramento de la Unción de enfermos. En el curso de la enfermedad, el sacramento puede ser reiterado si la enfermedad se agrava.

No hay un límite de veces para poder recibirlo y no resulta conveniente esperar hasta el último momento.

La Iglesia establece que, si el enfermo esta inconsciente, se le puede administrar el sacramento de la Confesión. Luego el sacramento de la Unción. Si un enfermo de gravedad fallece sin recibir este sacramento, la Iglesia recomienda administrarlo durante las primeras horas en que ha fallecido.

Ministro de la Unción de enfermos

«Solo los sacerdotes (obispos y presbíteros) son ministros de la Unción de los enfermos. Es deber de los pastores instruir a los fieles sobre los beneficios de este sacramento. Los fieles deben animar a los enfermos a llamar al sacerdote para recibir este sacramento. Y que los enfermos se preparen para recibirlo en buenas disposiciones, con la ayuda de su pastor y de toda la comunidad eclesial a la cual se invita a acompañar muy especialmente a los enfermos con sus oraciones y sus atenciones fraternas» (Catecismo, 1516).

Todos tenemos que tener presente que actualmente los enfermos graves mueren solos a pesar de estar en modernos hospitales. Por eso es importante la labor cristiana de los que tienen acceso a esta realidad. Para que no falten a los enfermos internados los medios que dan consuelo y alivian el cuerpo y el alma que sufre y, entre estos medios, además del sacramento de la Reconciliación y del Viático, se encuentra el sacramento de la Unción los enfermos.

Así, como los sacramentos del Bautismo, de la Confirmación y de la Eucaristía constituyen una unidad llamada «los sacramentos de la iniciación cristiana», se puede decir que la Confesión, la Unción y la Eucaristía, en cuanto viático, constituyen, cuando la vida cristiana toca a su fin, los sacramentos que cierran la peregrinación terrena.

«Nos ayuda a ampliar la mirada frente a la enfermedad y a saber que no estamos solos, que el sacerdote y la comunidad cristiana sostienen al enfermo y al que sufre», papa Francisco.

unción de los enfermos sacramento

Sujeto de la Unción de los enfermos

Sujeto de la Unción de los enfermos es toda persona bautizada, que haya alcanzado el uso de razón y se encuentre en peligro de muerte por una grave enfermedad, o por vejez acompañada de una avanzada debilidad senil. A los difuntos no se les puede administrar la Unción de enfermos.

Para recibir los frutos de este sacramento se requiere en el sujeto la previa reconciliación con Dios y con la Iglesia, al menos con el deseo, inseparablemente unido al arrepentimiento de los propios pecados y a la intención de confesarlos, cuando sea posible, en el sacramento de la Penitencia. Por esto la Iglesia prevé que, antes de la Unción, se administre al enfermo el sacramento de la Penitencia y de la Reconciliación.

El sujeto debe tener la intención, al menos habitual e implícita, de recibir este sacramento. Dicho con otras palabras: el enfermo debe tener la voluntad no retractada de morir como mueren los cristianos, y con los auxilios sobrenaturales que a éstos se destinan.

Aunque la Unción de enfermos puede administrarse a quien ha perdido ya los sentidos, hay que procurar que se reciba con conocimiento, para que el enfermo pueda disponerse mejor a recibir la gracia del sacramento. No debe administrarse a aquellos que permanecen obstinadamente impenitentes en pecado mortal manifiesto (cfr. CIC, can. 1007).

Si un enfermo que recibió la Unción recupera la salud, puede, en caso de nueva enfermedad grave, recibir otra vez este sacramento; y, en el curso de la misma enfermedad, el sacramento puede ser reiterado si la enfermedad se agrava (cfr. CIC, can. 1004, 2).

Por último, conviene tener presente esta indicación de la Iglesia: «dn la duda sobre si el enfermo ha alcanzado el uso de razón, sufre una enfermedad grave o ha fallecido ya, adminístrese este sacramento» (CIC, can. 1005).

¿Cómo es el ritual del sacramento?

Como todos los sacramentos, la Unción de los enfermos se celebra de forma litúrgica y comunitaria y tiene lugar en familia, en el hospital o en la iglesia, para un solo enfermo o para un grupo de enfermos.

Es muy conveniente que se celebre dentro de la Eucaristía, memorial de la Pascua del Señor. Si las circunstancias lo permiten, la celebración del sacramento  de la Santa Unción puede ir precedida del sacramento de la Reconciliación y seguida del sacramento de la Comunión.

En cuanto al sacramento de la Eucaristía debería ser siempre el último sacramento de la peregrinación terrenal, el «viático» para el «paso» a la vida eterna. Es semilla de vida eterna y poder de resurrección, según las palabras del Señor. «El que come mi carne y bebe mi sangre, tiene vida eterna, y yo le resucitaré el último día» (Jn 6,54). La Eucaristía es aquí sacramento del paso de la muerte a la vida, de este mundo al Padre.

La Liturgia de la Palabra, precedida de un acto de penitencia, abre la celebración. Las palabras de Cristo y el testimonio de los Apóstoles suscitan la fe del enfermo y de la comunidad para pedir al Señor la fuerza del Espíritu Santo.

El sacerdote es quien ungirá al enfermo con aceite consagrado por el obispo el Jueves Santo. Lo unge en la frente y en las palmas de las manos del enfermo, pronunciando a su vez las palabras. «Por esta Santa Unción, y por su bondadosa misericordia, te ayude el Señor con la gracia del Espíritu Santo, para que, libre de tus pecados, te conceda la salvación y te conforte en tu enfermedad» (Sacram Unctionem Infirmorum).

Los efectos de la gracia del sacramento

La gracia primera de este sacramento es una gracia de consuelo, de paz y de ánimo para vencer las dificultades propias del estado de enfermedad grave o de la fragilidad de la vejez. Esta gracia es un don del Espíritu Santo que renueva la confianza y la fe en Dios y fortalece contra las tentaciones del maligno, especialmente contra la tentación de desaliento y de angustia ante la muerte.

Esta asistencia del Señor por la fuerza de su Espíritu quiere conducir al enfermo a la curación del alma, pero también a la del cuerpo, si tal es la voluntad de Dios. Además, «si hubiera cometido pecados, le serán perdonados» (St 5,15).

Fresco unción de los enfermos

Por la gracia de este sacramento, el enfermo recibe la fuerza y el don de unirse más íntimamente a la Pasión de Cristo. El sufrimiento, secuela del pecado original, recibe un sentido nuevo, viene a ser participación en la obra de Jesús.

En resumen: unión del enfermo a la Pasión de Cristo, para su bien y el de toda la Iglesia. Consuelo, la paz y el ánimo para soportar cristianamente los sufrimientos de la enfermedad o de la vejez. Perdón de los pecados si el enfermo no ha podido obtenerlo por el sacramento de la Penitencia. Restablecimiento de la salud corporal, si conviene a la salud espiritual. Y preparación para el paso a la vida eterna.


Bibliografía