Beato Álvaro del Portillo: un hombre fiel a la Iglesia

La historia del siglo XX no podría entenderse plenamente sin figuras que, desde la discreción y la eficacia, transformaron instituciones y mentalidades. Álvaro del Portillo (1914-1994) es una de ellas. Doctor Ingeniero de Caminos, Canales y Puertos, Doctor en Filosofía y Letras (sección Historia), y Doctor en Derecho Canónico, su vida fue un puente entre el rigor de la técnica y la profundidad humilde de la fe. Este entrada del blog recorre algunos elementos destacados y esenciales de su trayectoria, marcada por una lealtad inquebrantable a la Iglesia, a san Josemaría, al Opus Dei y una capacidad de trabajo prodigiosa: el siervo bueno y fiel.

Álvaro, el ingeniero que miraba al cielo

Nació en Madrid el 11 de marzo de 1914 en una familia de profundas raíces cristianas. Álvaro destacó desde joven por su inteligencia brillante y una serenidad natural. Su formación inicial como Ingeniero de Caminos, Canales y Puertos marcó su estructura mental: lógica, ordenada y orientada a la resolución de problemas complejos.

Esa mentalidad técnica sería, años más tarde, fundamental para su labor en la Iglesia. Quienes convivieron con él en su juventud destacaban su capacidad de sacrificio. Durante la Guerra Civil Española, su fe fue puesta a prueba en situaciones de extrema precariedad, forjando un carácter templado en la adversidad y una paz que, según muchos testimonios, contagiaba a quienes le rodeaban.

Encuentro con san Josemaría: la fidelidad y la solidez de una roca

En 1935, el beato Álvaro del Portillo conoció a san Josemaría Escrivá. Ese encuentro transformó su vida. Se convirtió en el apoyo más sólido del fundador del Opus Dei, una relación inseparable que duraría casi cuarenta años.

En la biografía Misión cumplida, de Hugo de Azevedo, se detalla cómo Álvaro se convirtió en la roca (saxum) en la que san Josemaría se apoyaba. Su papel no fue meramente el de un secretario, sino el de un confidente, confesor, y colaborador necesario para la expansión de un mensaje revolucionario en su época: la llamada universal a la santidad en medio del mundo mediante la santificación del trabajo profesional.

Algunos puntos clave de la vida del beato Álvaro del Portillo

Un papel decisivo en el Concilio Vaticano II

Quizás uno de los hitos menos conocidos por el gran público, pero más valorados por los historiadores eclesiásticos, es la contribución del beato Álvaro del Portillo al Concilio Vaticano II (1962-1965).

Su labor en Roma fue ingente. Fue secretario de la Comisión que redactó el decreto Presbyterorum Ordinis, pero su influencia se extendió a otros documentos vitales. Su capacidad de mediación y su profundo conocimiento jurídico fueron clave para articular el papel de los laicos en la Iglesia. No buscaba el protagonismo, su estilo era el de la eficacia silenciosa en los pasillos y las comisiones del Vaticano II, donde se ganó el respeto de cardenales y teólogos de todas las sensibilidades de la Iglesia.

Álvaro del Portillo junto a san Josemaría
San Josemaría junto al beato Álvaro del Portillo.

Responsabilidades de Álvaro del Portillo en el Concilio Vaticano II y posteriores

Durante el pontificado de Pío XII colaboró en varios dicasterios pontificios y fue nombrado Consultor de la Sagrada Congregación de Religiosos (1954-66). San Juan XXIII le nombró consultor de la Sagrada Congregación del Concilio (1959-1966), y calificador (1960) y juez (1964) de la Suprema Congregación del Santo Oficio. En las etapas previas del Concilio Vaticano II fue presidente de la Comisión Antepreparatoria para el Laicado y formó parte también de otras comisiones preparatorias. Fue más tarde designado entre los primeros cien peritos del Concilio.

En los años de desarrollo del Concilio Vaticano II (1962-65), fue secretario de la Comisión sobre la Disciplina del Clero y del Pueblo Cristiano y Consultor de otras Comisiones Conciliares: la de Obispos, la de Religiosos, la de la Doctrina de la Fe, etc. En 1963 fue nombrado, también por Juan XXIII, consultor de la Comisión Pontificia para la Revisión del Código de Derecho Canónico.

Posteriormente, san Pablo VI le nombró consultor de la Comisión Postconciliar sobre los Obispos y el Régimen de las Diócesis (1966), de la Sagrada Congregación para la Doctrina de la Fe (1966-1983) y de la Sagrada Congregación para el Clero (1966).

San Juan Pablo II le nombró consultor de la Sagrada Congregación para las Causas de los Santos (1982) y del Pontificio Consejo para las Comunicaciones Sociales (1984) y miembro de la secretaría del Sínodo de los Obispos (1983). También, desde 1982, fue miembro ad honorem de la Pontificia Academia Teológica Romana. Participó, por expreso deseo del papa Juan Pablo II, en las Asambleas Generales Ordinarias del Sínodo de Obispos sobre la vocación y la misión de los laicos en la Iglesia y en el mundo (1987) y sobre la formación de los sacerdotes en la situación actual (1990).

El sucesor y la continuidad fiel y creativa

A la muerte de san Josemaría en 1975, Álvaro del Portillo fue elegido por unanimidad para sucederle. Se enfrentó al reto más difícil para cualquier persona que debe liderar: suceder a una figura carismática de talla mundial y que ya se la reconocía en círculos privados como santa.

Su gestión se caracterizó por lo que hoy se podría denominar "continuidad fiel y creativa". No se limitó a repetir el pasado, sino que consolidó la estructura jurídica del Opus Dei como Prelatura Personal en 1982, un hito histórico que dio encaje definitivo a la institución dentro del Derecho Canónico. Durante su mandato, la labor apostólica se extendió a veinte nuevos países, demostrando una visión global y una capacidad de ejecución extraordinaria.

Foto tomada en Austria en el lago Wolfgangsee (cerca de Salzburgo), en mayo de 1955. San Josemaría visitó varios lugares marianos y ciudades de Austria y Alemania acompañado de Álvaro del Portillo.

Un hombre de paz y alegría: rasgos de su personalidad

El libro Recuerdo de Álvaro del Portillo, de Salvador Bernal, recoge cientos de testimonios que coinciden en un rasgo distintivo: su paz. En un mundo convulso, él emanaba una tranquilidad que no era fruto de la ausencia de problemas, sino de una profunda vida interior y alegría.

Los últimos años y el viaje a Tierra Santa

El final de su vida fue un resumen de su existencia. En marzo de 1994, realizó una peregrinación a Tierra Santa. Quienes le acompañaron recuerdan su profunda emoción al rezar en los lugares santos.

Regresó a Roma el 22 de marzo y, pocas horas después, ya en la madrugada del día 23, falleció tras un ataque al corazón. Tan solo unas horas antes, había celebrado su última Santa Misa en la iglesia del Cenáculo en Jerusalén. Fue una despedida simbólica: el ingeniero que había construido puentes espirituales en todo el mundo, terminaba su viaje en la cuna de su fe.

El 27 de septiembre de 2014, la beatificación de don Álvaro en Madrid fue un evento multitudinario que confirmó lo que muchos ya sabían: su vida había resultado una "misión cumplida". Y repasamos la homilía que pronunció ese día el cardenal Angelo Amato.

"1. «Pastor según el corazón de Cristo, celoso ministro de la Iglesia» [1]. Este es el retrato que el Papa Francisco ofrece del beato Álvaro del Portillo, pastor bueno, que, como Jesús, conoce y ama a sus ovejas, conduce al redil las que se han perdido, venda las heridas de las enfermas y ofrece la vida por ellas [2].

El nuevo beato fue llamado desde joven a seguir a Cristo, para ser después un diligente ministro de la Iglesia y proclamar en todo el mundo la gloriosa riqueza de su misterio salvífico: «nosotros anunciamos a ese Cristo; amonestamos a todos, enseñamos a todos, con todos los recursos de la sabiduría, para presentarlos a todos perfectos en Cristo.

Por este motivo lucho denodadamente con su fuerza, que actúa poderosamente en mí» [3]. Y este anuncio de Cristo Salvador lo realizó con absoluta fidelidad a la cruz y, al mismo tiempo, con una ejemplar alegría evangélica en las dificultades. Por eso, la Liturgia le aplica hoy las palabras del Apóstol: «ahora me alegro de mis sufrimientos por vosotros: así completo en mi carne lo que falta a los padecimientos de Cristo, en favor de su cuerpo que es la Iglesia» [4].

La serena felicidad ante el dolor y el sufrimiento, es una característica de los Santos. Por lo demás, las bienaventuranzas –también aquellas más arduas como las persecuciones– no son sino un himno a la alegría.

2. Son muchas las virtudes –como la fe, la esperanza y la caridad– que el beato Álvaro vivió de modo heroico. Practicó estos hábitos virtuosos a la luz de las bienaventuranzas de la mansedumbre, de la misericordia, de la pureza de corazón. Los testimonios son unánimes. Además de destacar por la total sintonía espiritual y apostólica con el santo Fundador, se distinguió también como una figura de gran humanidad.

Los testigos afirman que, desde niño, Álvaro era un «un chico de carácter muy alegre y muy estudioso, que nunca dio problemas»; «era cariñoso, sencillo, alegre, responsable, bueno...» [5].

Heredó de su madre, doña Clementina, una serenidad proverbial, la delicadeza, la sonrisa, la comprensión, el hablar bien de los demás y la ponderación al juzgar. Era un auténtico caballero. No era locuaz. Su formación como ingeniero le confirió rigor mental, concisión y precisión para ir en seguida al núcleo de los problemas y resolverlos. Inspiraba respeto y admiración.

3. Su delicadeza en el trato iba unida a una riqueza espiritual excepcional, en la que destacaba la gracia de la unidad entre vida interior y afán apostólico infatigable. El escritor Salvador Bernal afirma que transformó en poesía la prosa humilde del trabajo diario.

Era un ejemplo vivo de fidelidad al Evangelio, a la Iglesia, al Magisterio del Papa. Siempre que acudía a la basílica de san Pedro en Roma, solía recitar el Credo ante la tumba del Apóstol y una Salve ante la imagen de Santa María, Mater Ecclesiae.

Huía de todo personalismo, porque transmitía la verdad del Evangelio y la integridad de la tradición, no sus propias opiniones. La piedad eucarística, la devoción mariana y la veneración por los Santos nutrían su vida espiritual.

Mantenía viva la presencia de Dios con frecuentes jaculatorias y oraciones vocales. Entre las más habituales estaban: Cor Iesu Sacratissimum et Misericors, dona nobis pacem!, y Cor Mariae Dulcissimum, iter para tutum; así como la invocación mariana: Santa María, Esperanza nuestra, Esclava del Señor, Asiento de la Sabiduría.

4. Un momento decisivo de su vida fue la llamada al Opus Dei. A los 21 años, en 1935, después de encontrar a san Josemaría Escrivá de Balaguer –que entonces era un joven sacerdote de 33 años–, respondió generosamente a la llamada del Señor a la santidad y al apostolado.

Tenía un profundo sentido de comunión filial, afectiva y efectiva con el Santo Padre. Acogía su magisterio con gratitud y lo daba a conocer a todos los fieles del Opus Dei. En los últimos años de su vida, besaba a menudo el anillo de Prelado que le había regalado el Papa para reafirmarse en su plena adhesión a los deseos del Romano Pontífice. En particular, secundaba sus peticiones de oración y ayuno por la paz, por la unidad de los cristianos, por la evangelización de Europa.

Destacaba por la prudencia y rectitud al valorar los sucesos y las personas; la justicia para respetar el honor y la libertad de los demás; la fortaleza para resistir las contrariedades físicas o morales; la templanza, vivida como sobriedad, mortificación interior y exterior. El beato Álvaro transmitía el buen olor de Cristo –bonus odor Christi[6], que es el aroma de la auténtica santidad.

5. Sin embargo, hay una virtud que monseñor Álvaro del Portillo vivió de modo especialmente extraordinario, considerándola un instrumento indispensable para la santidad y el apostolado: la virtud de la humildad, que es imitación e identificación con Cristo, manso y humilde de corazón [7]. Amaba la vida oculta de Jesús y no despreciaba los gestos sencillos de devoción popular, como, por ejemplo, subir de rodillas la Scala Santa en Roma.

Álvaro del Portillo en la Santa Misa de acción de gracias celebrada un día después de la beatificación de Josemaría Escrivá, el 12 de mayo de 1992.

A un fiel de la Prelatura, que había visitado ese mismo lugar pero que había subido a pie la Scala Santa, porque –así se lo comentó– se consideraba un cristiano maduro y bien formado, el beato Álvaro le respondió con una sonrisa, y añadió que él la había subido de rodillas, a pesar de que el ambiente estaba algo cargado por la multitud de personas y la escasa ventilación [8]. Fue una gran lección de sencillez y de piedad.

Monseñor del Portillo estaba, de hecho, beneficiosamente “contagiado” por el comportamiento de Nuestro Señor Jesucristo, que no vino a ser servido, sino a servir [9]. Por eso, rezaba y meditaba con frecuencia el himno eucarístico Adoro Te devote, latens deitas. Del mismo modo, consideraba la vida de María, la humilde esclava del Señor.

A veces recordaba una frase de Cervantes, de las Novelas Ejemplares: «sin humildad, no hay virtud que lo sea» [10]. Y a menudo recitaba una jaculatoria frecuente entre los fieles de la Obra: «Cor contritum et humiliatum, Deus, non despicies» [11]; no despreciarás, oh Dios, un corazón contrito y humillado.

Para él, como para san Agustín, la humildad era el hogar de la caridad [12]. Repetía un consejo que solía dar el Fundador del Opus Dei, citando unas palabras de san José de Calasanz: «Si quieres ser santo, sé humilde; si quieres ser más santo, sé más humilde; si quieres ser muy santo, sé muy humilde» [13].

Tampoco olvidaba que un burro fue el trono de Jesús en la entrada a Jerusalén. Incluso sus compañeros de estudios, además de destacar su extraordinaria inteligencia, subrayan su sencillez, la inocencia serena de quien no se considera mejor que los demás. Pensaba que su peor enemigo era la soberbia. Un testigo asegura que era “la humildad en persona” [14].

Su humildad no era áspera, llamativa, exasperada; sino cariñosa, alegre. Su alegría derivaba de la convicción de su escasa valía personal. A principios de 1994, el último año de su vida en la tierra, en una reunión con sus hijas, dijo: «os lo digo a vosotras, y me lo digo a mí mismo. Tenemos que luchar toda la vida para llegar a ser humildes.

Tenemos la escuela maravillosa de humildad del Señor, de la Santísima Virgen y de San José. Vamos a aprender. Vamos a luchar contra el propio yo que está constantemente alzándose como una víbora, para morder. Pero estamos seguros si estamos cerca de Jesús, que es del linaje de María, y es el que aplastará la cabeza de la serpiente» [15].

Para don Álvaro, la humildad era «la llave que abre la puerta para entrar en la casa de la santidad», mientras que la soberbia constituía el mayor obstáculo para ver y amar a Dios. Decía: «la humildad nos arranca la careta de cartón, ridícula, que llevan las personas presuntuosas, pagadas de sí mismas»[16].

La humildad es el reconocimiento de nuestras limitaciones, pero también de nuestra dignidad de hijos de Dios. El mejor elogio de su humildad lo expresó una mujer del Opus Dei, después del fallecimiento del Fundador: «el que ha muerto ha sido don Álvaro, porque nuestro Padre sigue vivo en su sucesor» [17].

Un cardenal atestigua que cuando leyó sobre la humildad en la Regla de san Benito o en los Ejercicios Espirituales de san Ignacio de Loyola, le parecía contemplar un ideal altísimo, pero inalcanzable para el ser humano. Pero cuando conoció y trató al beato Álvaro entendió que era posible vivir la humildad de modo total.

6. Se pueden aplicar al beato las palabras que el cardenal Ratzinger pronunció en 2002, con ocasión de la canonización del fundador del Opus Dei. Hablando de la virtud heroica, el entonces Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe dijo: «Virtud heroica no significa exactamente que uno ha llevado a cabo grandes cosas por sí mismo, sino que en su vida aparecen realidades que no ha hecho él, porque él se ha mostrado transparente y disponible para que Dios actuara [...]. Esto es la santidad» [18].

Este es el mensaje que nos entrega hoy el beato Álvaro del Portillo, «pastor según el corazón de Jesús, celoso ministro de la Iglesia» [19]. Nos invita a ser santos como él, viviendo una santidad amable, misericordiosa, afable, mansa y humilde.

La Iglesia y el mundo necesitan del gran espectáculo de la santidad, para purificar, con su aroma agradable, los miasmas de los muchos vicios alardeados con arrogante insistencia.

Ahora más que nunca necesitamos una ecología de la santidad, para contrarrestar la contaminación de la inmoralidad y de la corrupción. Los santos nos invitan a introducir en el seno de la Iglesia y de la sociedad el aire puro de la gracia de Dios, que renueva la faz de la tierra.

Que María Auxiliadora de los Cristianos y Madre de los Santos, nos ayude y nos proteja.

Beato Álvaro del Portillo, ruega por nosotros. Amén".

El beato Álvaro del Portillo deja el legado de un hombre que supo combinar la excelencia profesional con una profunda humildad personal. Su vida demuestra que es posible estar en el centro de los grandes acontecimientos históricos manteniendo siempre el corazón en lo esencial: el servicio a los demás y la fidelidad a los propios principios.



El papa León XIV reza por los sacerdotes en crisis

A inicios de Semana Santa, el papa León XIV daba a conocer su intención de oración para el mes de abril, dedicada a los sacerdotes en crisis, abriendo un espacio de reflexión sobre la necesidad de cuidarlos, escucharlos y acompañarlos.  

A través de la Red Mundial de Oración del Papa –con la campaña Reza con el Papa– el Santo Padre invitaba a los fieles y a las personas de buena voluntad a detenerse un momento en oración, para reconocer y profundizar en que detrás de cada ministerio hay una vida que también necesita cercanía y escucha.

En su oración, el Santo Padre dirigía una súplica profunda por los sacerdotes que atraviesan momentos de dificultad: «cuando la soledad pesa, las dudas oscurecen el corazón y el cansancio parece más fuerte que la esperanza». El papa León XIV recordaba que los presbíteros «no son funcionarios ni héroes solitarios, sino hijos amados, discípulos humildes y queridos, y pastores sostenidos por la oración de su pueblo».

Además, el papa León XIV subrayaba la importancia de redescubrir la dimensión comunitaria del ministerio sacerdotal. En particular, invitaba a los fieles a «escuchar sin juzgar, agradecer sin exigir perfección y acompañar con cercanía y oración sincera», reconociendo que el cuidado de los sacerdotes es una responsabilidad compartida por todo el Pueblo de Dios.

En su oración, el Papa pedía especialmente que los sacerdotes puedan contar con «amistades sanas, redes de apoyo fraterno» y la gracia de redescubrir la belleza de su vocación.

El papa León XIV pide sostener a quienes sostienen

El director internacional de la Red Mundial de Oración del Papa, el padre Cristóbal Fones, señalaba que esta intención de oración le resultaba particularmente cercana: «El Papa nos recuerda que tenemos que sostener fraternalmente a quienes sostienen. Yo mismo la siento muy de cerca, por tantos compañeros y amigos sacerdotes que atraviesan momentos difíciles. Es fundamental recordar la importancia del acompañamiento humano, de la amistad sincera y, sobre todo, del sostenimiento en la oración. Los sacerdotes necesitan saber que no están solos».

A la luz del magisterio reciente de la Iglesia –desde el Concilio Vaticano II hasta las enseñanzas de los últimos pontífices– se subraya que el sacerdote es un hombre frágil que necesita misericordia, cercanía y comprensión. 

Por ello, se insiste en que no debe afrontar en soledad los momentos de desánimo, sino dejarse acompañar y sostener por la comunidad. La fraternidad sacerdotal, la vida compartida y la oración del pueblo de Dios aparecen así como fuentes esenciales de gracia, capaces de renovar su vocación y sostenerlos en su misión cotidiana.

«No teman a su fragilidad: el Señor no busca sacerdotes perfectos»

Una Iglesia sinodal es también una que cuida y sostiene la vocación de los sacerdotes, ayudándoles a ser mejores pastores, mejores hermanos, mejores personas. El papa Francisco, en El Video del Papa de julio de 2018, ya mostraba su preocupación por sus hermanos sacerdotes, empezando su discurso con: «el cansancio de los sacerdotes… ¿Saben cuántas veces pienso en eso?».

El 27 de Junio de 2025, el mismo papa León XIV, con ocasión de la Jornada de la Santificación Sacerdotal, se dirigió a los presbíteros con las palabras: «no le teman a su fragilidad: el Señor no busca sacerdotes perfectos, sino corazones humildes, disponibles a la conversión y dispuestos a amar como Él mismo nos ha amado». 

También el mismo León XIV, el 26 de junio de 2025, interpeló a los participantes en el encuentro internacional Sacerdotes felices-Yo los llamo amigos (Jn 15, 15), promovido por el Dicasterio para el Clero en el Jubileo de los Sacerdotes, les decía: «en el corazón del Año Santo, juntos queremos dar testimonio de que es posible ser sacerdotes felices, porque Cristo nos ha llamado; Cristo nos ha hecho sus amigos (cf. Jn 15, 15); es una gracia que queremos acoger con gratitud y responsabilidad».

Desde la Red Mundial de Oración del Papa se subraya que esta intención no es solo una invitación a rezar, sino también a actuar: promover espacios de escucha, fomentar comunidades acogedoras, evitar las críticas destructivas, y fortalecer vínculos como comunidad.

Sacerdotes en crisis y el misterio de la vocación

La llamada a la vocación del sacerdocio pide, al hombre que la recibe, dedicar su vida a facilitar que sus hermanos vivan más cerca de Dios.

¿Qué es la vocación sacerdotal? La vocación es un misterio de amor entre Dios, que llama al hombre con amor, y un hombre que le responde libremente y por amor. Sin embargo, la vocación al sacerdocio no es simplemente un sentimiento. Más bien es una certeza interior que nace de la gracia de Dios, que toca el alma y pide una respuesta libre.

Si Dios llama, la certeza irá creciendo en la medida de que la respuesta vaya siendo más generosa. La llamada al sacerdocio pide al hombre que la recibe, dedicar su vida a facilitar que sus hermanos vivan más cerca de Dios. Ha sido llamado para realizar un humilde servicio a favor de toda la humanidad en nombre y representación del mismo Cristo.

Al ser ordenado sacerdote: se recibe el Sacramento del Orden, quedando preparado para prestar su cuerpo y su espíritu, todo su ser, al Señor. Cristo actuará sirviéndose de él especialmente en aquellos momentos en los que realiza el Sacrificio del Cuerpo y de la Sangre de Cristo y cuando, en nombre de Dios, en la Confesión sacramental, perdona los pecados.

¿Cómo saber si tengo vocación al sacerdocio?

Dios llama a todos y a algunos con una misión específica, pensada personalmente para ellos: «cada uno por su camino», dice el Concilio Vaticano II con su llamada universal a la santidad.

Cada creyente debe discernir su propio camino, tomar la decisión de seguirlo y sacar a la luz lo mejor, aquello tan personal que Dios ha puesto en uno, y no permitir que se desgaste intentando imitar otra cosa que no ha sido la pensada para él.

La herramienta que tenemos los cristianos para descubrir nuestra vocación, y si es el matrimonio, el sacerdocio o el celibato apostólico, es la oración. La oración es absolutamente necesaria para la vida del alma. Este diálogo con Dios permite que el espíritu se desarrolle. «Si dices basta, estás perdido», nos recuerda san Agustín. Toma nota.

La oración para el discernimiento vocacional

En la oración se actualiza la fe en la presencia de Dios y de su amor. Se fomenta la esperanza que lleva a orientar la vida hacia Él y a confiar en su providencia. Y se agranda el corazón al responder con el propio amor al Amor divino.

Nuestro ejemplo es Jesús, que ora antes de los momentos decisivos de su misión. Con su oración, Jesús nos enseña a orar, a descubrir la voluntad de nuestro Padre Dios y a identificarnos con ella. Además, como recomienda el Catecismo, en el momento del discernimiento vocacional puede ser de gran ayuda la figura del director espiritual, es decir, aquella persona a la cual nos podemos confiar y que nos ayuda a descubrir la voluntad de Dios.

Signos vocacionales

El deber de suscitar vocaciones incumbe a toda la comunidad cristiana, y en la Fundación CARF apoyamos este compromiso.

En la formación de una vocación sacerdotal, se puede tener en cuenta algunos aspectos o rasgos generales que ayudan a discernir si un hombre está siendo llamado por Dios al sacerdocio. El Derecho Canónico describe algunos detalles. En su punto 257 señala: «la formación de los alumnos ha de realizarse de tal modo que se sientan interesados no sólo por la Iglesia particular a cuyo servicio se incardinen, sino también por la Iglesia universal, y se hallen dispuestos a dedicarse a aquellas Iglesias particulares que se encuentren en grave necesidad».

El amor a la Iglesia, a la Eucaristía, nuestra Madre María Santísima, la Confesión frecuente, la Liturgia de las Horas, son los signos claros de la llamada al sacerdocio. El gusto por las cosas de Dios, puede llegar súbitamente como un magnífico descubrimiento a partir de un encuentro con Cristo, o haberlo sentido toda la vida desde pequeños inculcado por nuestra familia. ¡Tú, reza por las vocaciones!



Vestidos de Cristo: la sotana y el hábito católico

Desde los primeros siglos de la Iglesia, el modo de vestir ha sido una señal externa de una realidad interior. La palabra sotana proviene del italiano sottana, que significa "debajo", refiriéndose a la túnica que se llevaba bajo otras vestiduras. Sin embargo, su sentido teológico va mucho más allá: es un signo de "muerte al mundo" para nacer a una vida nueva en Cristo. Podría decirse casi lo mismo del hábito de los religiosos.

Referencias bíblicas: el mandato divino

La distinción en el vestir de los consagrados no es una invención medieval. Ya en el Antiguo Testamento, Dios instruye a Moisés detalladamente sobre las vestiduras de Aarón y sus hijos:

"Y harás vestiduras sagradas a Aarón tu hermano, para honra y hermosura" (Éxodo 28:2).

En el Nuevo Testamento, la túnica de Cristo, "sin costura, tejida de una sola pieza de arriba abajo" (Jn 19, 23), se convierte en el modelo de unidad y sencillez para el sacerdote. San Pablo también nos exhorta a "revestirnos de la nueva condición humana" (Ef 4, 24), algo que el hábito religioso simboliza de manera física y constante.

Historia y evolución: de la túnica romana a la sotana

En los primeros siglos, los clérigos no vestían de forma muy distinta a los laicos, pero sí con mayor sobriedad y modestia. Tras la caída del Imperio Romano, mientras la moda civil evolucionaba hacia prendas cortas, la Iglesia mantuvo la túnica larga romana como signo de estabilidad y rechazo a las modas pasajeras.

Partes y simbolismo de la sotana católica

La sotana clásica, el traje talar, es algo más que una pieza de tela negra; cada detalle tiene un porqué:

ElementoSignificado
Color negroSimboliza la pobreza y la renuncia a las vanidades y la muerte al mundo. El Papa, y en zonas cálidas y tropicales, utiliza el color blanco.
El mito de los 33 botonesAunque podría representar los 33 años de la vida terrenal de Jesús. Casi ninguna sotana los lleva por una cuestión de estatura del sacerdote.
El alzacuelloPodría ser un recordatorio de pureza. Se asocia también al anillo que llevan los esposos ya casados. Se vuelve común en la Iglesia en el siglo XVIII.
La fajaSimbolizaría el yugo de la disposición para el servicio. Sus colores varían en función del rango del clérigo.

Los cardenales suelen vestir con solideo (casquete redondo para cubrirse la cabeza; proviene de las palabras latinas soli Deo, solo a Dios) y faja de color rojo (escarlata), mientras que los obispos ciñen faja y solideo morado (violeta) como los arzobispos y monseñores. Al Papa se le reserva la faja y solideo blanco. Hay presbíteros religiosos y seminaristas que hacen uso de la faja de color negro. Pero diferentes son los hábitos de coro que llevan casi al completo los colores del rango de cada clérigo.

El hábito religioso

A diferencia de la sotana (propia del clero secular), los hábitos de las órdenes religiosas (como dominicos, franciscanos o carmelitas) incluyen elementos como el escapulario –signo de protección de la Virgen María–, la capucha o el cordón, reflejando el carisma específico de cada comunidad.

El blanco: pureza y resurrección

El blanco simboliza la alegría pascual, la pureza de vida y la entrega total a la Virgen María.

El hábito negro: penitencia y muerte al mundo

Tradicionalmente, el negro ha sido el color del luto y de la renuncia. Al vestir de negro, el religioso indica que ha "muerto para el mundo" y vive solo para Dios.

El hábito marrón o pardo: la humildad de la tierra

El color marrón está íntimamente ligado a la tierra (humus), de donde proviene la palabra humildad.

El hábito gris: renuncia y simplicidad

El gris, a menudo llamado el "hábito de ceniza", simboliza la conversión constante.

Hábitos bicolores o especiales

Existen órdenes que combinan colores para expresar carismas mixtos:

Te lanzamos una reflexión: el hábito no hace al monje, pero lo ayuda. La vestidura es un recordatorio constante para la persona consagrada de a quién pertenece. Además le ayuda a distinguirse entre todas las personas, a ser una llamada de atención a la trascendencia y al poder solicitar su ayuda y servicio ya que es fácil de localizarles. En la Fundación CARF, apoyamos a seminaristas y sacerdotes y a religiosos de todo el mundo para que, sea cual sea el color de su hábito o sotana, sean siempre luz de Cristo en medio de la sociedad.

La importancia de la imagen del sacerdote hoy

Como solemos reflexionar en la Fundación CARF, el sacerdote es un "puente" entre Dios y los hombres. Ver a un sacerdote con su sotana en la calle es, a menudo, una oportunidad de gracia para quien lo mira: suscita una pregunta, una oración o incluso una confesión espontánea. Es un sacramental que santifica el espacio público.


[Curiosidad]

¿Sabías qué? El color de los botones y ribetes indica la jerarquía: negros para sacerdotes, morados para obispos, prelados y monseñores; los rojos para cardenales y blanco total para el Papa (tradición iniciada por el papa dominico San Pío V hacia 1566, inicio de su pontificado).


La dignidad sacerdotal en las palabras de san Josemaría

San Josemaría Escrivá, fundador del Opus Dei, vivió con una pasión constante por la figura del sacerdote, a quien llamaba «Alter Christus, otro Cristo, el mismo Cristo». Estas citas subrayan por qué el porte y la identidad del presbítero son tan relevantes:

  1. Identidad cristocéntrica: «El sacerdote no es un psicólogo, ni un sociólogo, ni un antropólogo: es otro Cristo, Cristo mismo, para atender a las almas de sus hermanos» (Es Cristo que pasa, punto 79).
  2. Amor a la Iglesia: «Algunos se afanan por buscar, como dicen, la identidad del sacerdote. ¡Qué claras resultan esas palabras de la Santa de Siena! ¿Cuál es la identidad del sacerdote? La de Cristo. Todos los cristianos podemos y debemos ser no ya alter Christus sino ipse Christus otros Cristos, ¡el mismo Cristo! Pero en el sacerdote esto se da inmediatamente, de forma sacramental» (Amar a la Iglesia, 38).
  3. Dignidad en el servicio: «Por eso el sacerdote debe ser exclusivamente un hombre de Dios, rechazando el pensamiento de querer brillar en los campos en los que los demás cristianos no necesitan de él» (Es Cristo que pasa, 79).
  4. Presencia pública: «Acentuaría un rasgo de la existencia sacerdotal que no pertenece precisamente a la categoría de los elementos mudables y perecederos. Me refiero a la perfecta unión que debe darse —y el Decreto Presbyterorum Ordinis lo recuerda repetidas veces— entre consagración y misión del sacerdote: o lo que es lo mismo, entre vida personal de piedad y ejercicio del sacerdocio ministerial, entre las relaciones filiales del sacerdote con Dios y sus relaciones pastorales y fraternas con los hombres. No creo en la eficacia ministerial del sacerdote que no sea hombre de oración» (Conversaciones, 3).
  5. La misión: «Es además el ministerio sacerdotal —y más en estos tiempos de tanta escasez de clero— un trabajo terriblemente absorbente, que no deja tiempo para el doble empleo. Las almas tienen tanta necesidad de nosotros, aunque muchas no lo sepan, que no se da nunca abasto. Faltan brazos, tiempo, fuerzas. Yo suelo por eso decir a mis hijos sacerdotes que, si alguno de ellos llegase a notar un día que le sobraba tiempo, ese día podría estar completamente seguro de que no había vivido bien su sacerdocio» (Conversaciones, 4).

Instrucciones de la Iglesia

Desde la Santa Sede, se ha insistido en que el sacerdote debe ser reconocible como tal, no por orgullo, sino para ser un signo de esperanza para el pueblo de Dios:

  1. Signo: «El presbítero debe ser reconocible sobre todo, por su comportamiento, pero también por un modo de vestir, que ponga de manifiesto de modo inmediatamente perceptible por todo fiel, más aún, por todo hombre, su identidad y su presencia a Dios y a la Iglesia» (Directorio para el Ministerio y la Vida de los Presbíteros, 61).
  2. Identidad en un mundo secular: «Además, el hábito talar —también en la forma, el color y la dignidad— es especialmente oportuno, porque distingue claramente a los sacerdotes de los laicos y da a entender mejor el carácter sagrado de su ministerio, recordando al mismo presbítero que es siempre y en todo momento sacerdote, ordenado para servir, para enseñar, para guiar y para santificar las almas, principalmente mediante la celebración de los sacramentos y la predicación de la Palabra de Dios. Vestir el hábito clerical sirve asimismo como salvaguardia de la pobreza y la castidad» (Directorio para el Ministerio y la Vida de los Presbíteros, 61). «Los clérigos han de vestir un traje eclesiástico digno, según las normas dadas por la Conferencia Episcopal y las costumbres legítimas del lugar» (Código de Derecho Canónico, 28).
  3. El Sacerdote como sacramento: «Es lo que la Iglesia expresa al decir que el sacerdote, en virtud del sacramento del Orden, actúa in persona Christi Capitis: «Es al mismo Cristo Jesús, Sacerdote, a cuya sagrada persona representa el ministro. Este, ciertamente, gracias a la consagración sacerdotal recibida se asimila al Sumo Sacerdote y goza de la facultad de actuar por el poder de Cristo mismo (a quien representa)» (Catecismo de la Iglesia Católica, 1548).
  4. Llamada a la responsabilidad: «Debemos mantener el significado de nuestra vocación singular, y tal singularidad se debe manifestar también en nuestra manera de vestir. ¡No nos avergoncemos de ello! Sí estamos en el mundo, ¡pero no somos el mundo!», (Juan Pablo II, Discurso al Clero de Roma, 9 de noviembre de 1978).

Como hemos visto a través de diversas fuentes, la sotana y el hábito son mucho más que una tradición; son una herramienta de apostolado y una llamada de atención. Un sacerdote identificado es una invitación constante a la oración y un refugio para quien busca consuelo espiritual.

En la Fundación CARF, trabajamos para que ningún seminarista se quede sin la formación humana, teológica y espiritual necesaria para portar con dignidad este sagrado ministerio.

¿Deseas ser parte de esta misión? Tu oración es vital, pero tu apoyo económico permite que miles de sacerdotes de países necesitados puedan formarse y servir a sus comunidades con la excelencia que Dios merece.

Para que el mundo siga teniendo pastores que vistan de Cristo y lleven su Palabra a todos los rincones, es esencial su buena formación. Muchos seminaristas y sacerdotes diocesanos y religiosos de todo el mundo cuentan con el apoyo de los socios, benefactores y amigos de la Fundación CARF para realizar sus estudios y recibir una formación sólida e integral tanto en Roma o Pamplona.

Tu donativo hace posible que el hábito y la sotana sigan siendo signos de esperanza en nuestras calles.



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1 de mayo, san José Obrero. ¿Quién fue el padre de Jesús?

San José tiene varias fiestas en nuestro calendario. En mayo, el primer día del mes, celebramos san José Obrero, patrón de los trabajadores. Él fue quien mantuvo y cuidó con sus capacidades de carpintero a Jesús y a María. En su fiesta del 19 de marzo, el papa León XIV nos invitó a fijarnos de forma especial en la figura de san José. Para eso, ha señalado cuáles son las dos virtudes únicas que definen al padre de Jesús: «José nos muestra que la presencia y la custodia son dimensiones inseparables» y «en él reconocemos que acoger, además de presencia, es también custodiar. Custodiar significa estar al lado del otro con atención, respetar sus elecciones y cuidar de él».

«Quiere mucho a san José, quiérele con toda tu alma, porque es la persona que, con Jesús, más ha amado a Santa María y el que más ha tratado a Dios: el que más le ha amado, después de nuestra Madre. Se merece tu cariño, y te conviene tratarle, porque es Maestro de vida interior, y puede mucho ante el Señor y ante la Madre de Dios», Forja, 554.

Biografía de san José el obrero de Nazaret

Tanto san Mateo como san Lucas nos hablan de san José como de un varón que descendía de una estirpe ilustre: la de David y Salomón, reyes de Israel. Los detalles de esta ascendencia son históricamente algo confusos: no sabemos cuál de las dos genealogías, que traen los evangelistas, corresponde a María y cuál a san José, que era su padre según la ley judía. No sabemos si su ciudad natal fue Belén, a donde se dirigió a empadronarse, o Nazaret, donde vivía y trabajaba.

Sabemos, en cambio, que no era una persona rica: era un trabajador, como millones de otros hombres en todo el mundo; ejercía el oficio fatigoso y humilde que Dios había escogido para sí, al tomar nuestra carne y al querer vivir treinta años como uno más entre nosotros.

La Sagrada Escritura dice que José era artesano. Varios Padres añaden que fue carpintero. San Justino, hablando de la vida de trabajo de Jesús, afirma que hacía arados y yugos (S. Justino, Dialogus cum Tryphone, 88, 2, 8 (PG 6, 687).); quizá, basándose en esas palabras, San Isidoro de Sevilla concluye que José era herrero. En todo caso, un obrero que trabajaba en servicio de sus conciudadanos, que tenía una habilidad manual, fruto de años de esfuerzo y de sudor.

De las narraciones evangélicas se desprende la gran personalidad humana de José: en ningún momento se nos aparece como un hombre apocado o asustado ante la vida; al contrario, sabe enfrentarse con los problemas, salir adelante en las situaciones difíciles, asumir con responsabilidad e iniciativa las tareas que se le encomiendan.

Siete domingos de san José

Quién fue san José Obrero en la Iglesia Católica

La Iglesia entera reconoce en san José a su protector y patrono. A lo largo de los siglos se ha hablado de él, subrayando diversos aspectos de su vida, continuamente fiel a la misión que Dios le había confiado.

En palabras de san Josemaría, san José es realmente Padre y Señor, que protege y acompaña en su camino terreno a quienes le veneran, como protegió y acompañó a Jesús mientras crecía y se hacía hombre. Tratándole se descubre que el Santo Patriarca es, además, Maestro de vida interior: porque nos enseña a conocer a Jesús, a convivir con El, a sabernos parte de la familia de Dios. Este Santo nos da esas lecciones siendo, como fue, un hombre corriente, un padre de familia, un trabajador que se ganaba la vida con el esfuerzo de sus manos.

Las virtudes de José de Nazaret

¿Quién es san José obrero? Era un artesano de Galilea, un hombre como tantos otros. En su día solo había paternidad y trabajo, todos los días, siempre con el mismo esfuerzo. Y, al acabar la jornada, una casa pobre y pequeña, para reponer las fuerzas y recomenzar.

Pero el nombre de José significa, en hebreo, Dios añadirá. Dios añade, a la vida santa de los que cumplen su voluntad, dimensiones insospechadas: lo importante, lo que da su valor a todo, lo divino.  Dios, a la vida humilde y santa de José, añadió la vida de la Virgen María y la de Jesús, Señor Nuestro.

Vivir de la fe, estas palabras se ven realizadas con creces en san José. Su cumplimiento de la voluntad de Dios es espontáneo y profundo.

Porque la historia del Santo Patriarca fue una vida sencilla, pero no una vida fácil. Después de momentos angustiosos, sabe que el Hijo de María ha sido concebido por obra del Espíritu Santo. Y ese Niño, Hijo de Dios, descendiente de David según la carne, nace en una cueva. Ángeles celebran su nacimiento y personalidades de tierras lejanas vienen a adorarle, pero el Rey de Judea desea su muerte y se hace necesario huir. El hijo de Dios es, en la apariencia, un niño indefenso, que vivirá en Egipto.

En su Evangelio, San Mateo pone constantemente de relieve la fidelidad de José, que cumple los mandatos de Dios sin vacilaciones, aunque a veces el sentido de esos mandatos le pudiera parecer oscuro o se le ocultara su conexión con el resto de los planes divinos.

Fe y esperanza

En muchas ocasiones los Padres de la Iglesia hacen resaltar esta firmeza de la fe de san José. La fe de José no vacila, su obediencia es siempre estricta y rápida.

Para comprender mejor esta lección que nos da aquí el Santo Patriarca, es bueno que consideremos que su fe es activa. Porque la fe cristiana es lo más opuesto al conformismo, o a la falta de actividad y de energía interiores.

En las diversas circunstancias de su vida, el Patriarca no renuncia a pensar, ni hace dejación de su responsabilidad. Al contrario: coloca al servicio de la fe toda su experiencia humana.

Fe, amor, esperanza: estos son los ejes de la vida del Santo y los de toda vida cristiana. La entrega de José de Nazaret aparece tejida de ese entrecruzarse de amor fiel, de fe amorosa, de esperanza confiada.

Eso nos enseña la vida de san José: sencilla, normal y ordinaria, hecha de años de trabajo siempre igual, de días humanamente monótonos, que se suceden los unos a los otros.

Siete domingos de san José

San José el padre de Jesús

«Tratad a José y encontraréis a Jesús», san  Josemaría Escriva de Balaguer.

 A través del ángel, Dios mismo le confía a José cuáles son sus planes y cómo cuenta con él para llevarlos adelante. José está llamado a ser padre de Jesús; esa va a ser su vocación, su misión.

José ha sido, en lo humano, maestro de Jesús; le ha tratado diariamente, con cariño delicado, y ha cuidado de El con abnegación alegre.

Con san José, aprendemos lo que es ser de Dios y estar plenamente entre los hombres, santificando el mundo. Tratad a José y encontraréis a Jesús. Tratad a José y encontraréis a María, que llenó siempre de paz el amable taller de Nazaret.

José de Nazaret cuidó del Hijo de Dios y, en cuanto a hombre, le introdujo en la esperanza del pueblo de Israel. Y eso mismo hace con nosotros: con su poderosa intercesión nos lleva hacia Jesús. San Josemaría, cuya devoción a san José fue creciendo a lo largo de su vida, decía que Él es realmente Padre y Señor, que protege y acompaña en su camino terreno a quienes le veneran, como protegió y acompañó a Jesús mientras crecía y se hacía hombre.

Dios exige continuamente más, y sus caminos no son nuestros humanos caminos. San José, como ningún hombre antes o después de él, ha aprendido de Jesús a estar atento para reconocer las maravillas de Dios, a tener el alma y el corazón abiertos.

La fiesta de san José

El 19 de marzo la Iglesia celebra la fiesta del Santo Patriarca, patrono de la Iglesia y de la Obra, fecha en la que en el Opus Dei renovamos el compromiso de amor que nos une al Señor. Pero en todo el mundo también celebramos el 1 de mayo la festividad de san José Obrero, patrono de todos los trabajadores.

La fiesta de san José pone ante nuestra mirada la belleza de una vida fiel. José se fiaba de Dios: por eso pudo ser su hombre de confianza en la tierra para cuidar de María y de Jesús, y es desde el cielo un padre bueno que cuida de la fidelidad cristiana.

Los siete domingos de san José

Son una costumbre de la Iglesia para preparar la fiesta del 19 de marzo. Dedicando al Santo Patriarca los siete domingos anteriores a esa fiesta en recuerdo de los principales gozos y dolores de su vida.

La meditación de los Dolores y gozos de san José ayuda a conocer mejor al santo Patriarca y a recordar que también él afrontó alegrías y dificultades.

Fue el Papa Gregorio XVI quien fomentó la devoción de los siete domingos de san José, concediéndole muchas indulgencias; pero S.S. Pío IX les dio actualidad perenne con su deseo de que se acudiera al santo, para aliviar la entonces aflictiva situación de la Iglesia universal.

Un día, alguien preguntó a san Josemaría cómo acercarse más a Jesús: «Piensa en aquel hombre maravilloso, escogido por Dios para hacerle de padre en la tierra; piensa en sus dolores y en sus gozos. ¿Haces los siete domingos? Si no, te aconsejo que los hagas».

«¡Qué grandeza adquiere la figura silenciosa y oculta de san José –decía san Juan XXIII– por el espíritu con que cumplió la misión que le fue confiada por Dios. Pues la verdadera dignidad del hombre no se mide por el oropel de los resultados llamativos, sino por las disposiciones interiores de orden y de buena voluntad».

Curiosidades de san José Obrero

Devoción del papa León XIV

«José deja atrás sus seguridades humanas y se abandona por completo a Dios, navegando “mar adentro” hacia un futuro confiado plenamente a la Providencia. San Agustín describe así su consentimiento: "«"A la piedad y caridad de José le nació de la Virgen María un hijo, Hijo a la vez de Dios" (Sermón 51, 30)».

Devoción del papa Francisco

«Yo quisiera también decirles una cosa muy personal. Yo quiero mucho a san José. Porque es un hombre fuerte y de silencio. Y tengo en mi escritorio una imagen de san José durmiendo. Y durmiendo cuida a la Iglesia. Sí, puede hacerlo. Nosotros no. Y cuando tengo un problema, una dificultad, yo escribo un papelito y lo pongo debajo de la figura del santo para que lo sueñe. Esto significa para que rece por ese problema».

Devoción de san Josemaría

San José es patrono de esta familia que es la Obra. En los primeros años, san Josemaría acudió especialmente a él para poder hacer presente a Jesús Sacramentado en el primer centro del Opus Dei. Por su intercesión, en marzo de 1935 fue posible tener al Señor reservado en el oratorio de la Academia-Residencia DYA, de la calle Ferraz, en Madrid.

Desde entonces, el fundador de la Obra quiso que la llave de los sagrarios de los centros del Opus Dei tuviera una pequeña medalla de san José con la inscripción Ite ad Ioseph; el motivo es recordar que, de modo similar a como el José del Antiguo Testamento lo hace con su pueblo, el santo patriarca nos había facilitado el alimento más preciado: la Eucaristía.

San José Obrero, el santo del silencio, el protector

No conocemos palabras expresadas por él, tan solo conocemos sus obras, sus actos de fe, amor y de protección. Él protegió a la Inmaculada Madre de Dios y fue el padre de Jesús en la tierra. Sin embargo, no hay ninguna cita de él en los Evangelios. Más bien, fue un silencioso y humilde servidor de Dios que desempeñó su rol cabalmente. Trabajando duro para mantener a la Sagrada Familia.

Uno de los primeros títulos que utilizaron para honrarlo fue Nutritor Domini, el que alimenta al Señor; se remonta al menos al siglo IX.

Celebraciones en su honor

La solemnidad de san José es el 19 de marzo y la fiesta de san José obrero (Día Internacional del trabajo) es el 1 de mayo. También está incluido en la Fiesta de la Sagrada Familia (30 de diciembre) y sin duda forma parte de la historia de la Navidad.

San José tiene múltiples patronazgos

Es el patrón de la Iglesia Universal, la buena muerte, las familias, los padres, las mujeres embarazadas, viajeros, inmigrantes, artesanos, ingenieros y de los trabajadores. Es también el patrón de las Américas, Canadá, China, Croacia, México, Corea, Austria, Bélgica, Perú, Filipinas y Vietnam.

Pidamos a san José obrero que nos siga ayudando a acercarnos a Jesús Sacramentado, que es el alimento del que se nutre la Iglesia. Así lo hizo junto a María, en Nazaret, y así lo hará también con ella en nuestros hogares.



Por qué 30 días de mayo para la Virgen María

La Iglesia concede este mes a María para conocerla y amarla más. En Europa, mayo es el mes de las flores, de la primavera.  Este es un mes ideal para estar al aire libre, rodeado de la belleza de la naturaleza. Precisamente por esto, todo lo que nos rodea nos debe recordar a nuestro Creador, este mes se lo dedicamos a la santísima Virgen María, alma delicada que ofreció su vida al cuidado y servicio de Jesucristo, nuestro redentor.

«De una manera espontánea, natural, surge en nosotros el deseo de tratar a la Madre de Dios, que es también Madre nuestra. De tratarla como se trata a una persona viva: porque sobre Ella no ha triunfado la muerte, sino que está en cuerpo y alma junto a Dios Padre, junto a su Hijo, junto al Espíritu Santo. Para comprender el papel que María desempeña en la vida cristiana, para sentirnos atraídos hacia Ella, para buscar su amable compañía con filial afecto, no hacen falta grandes disquisiciones, aunque el misterio de la Maternidad divina tiene una riqueza de contenido sobre el que nunca reflexionaremos bastante» (San Josemaría, Es Cristo que pasa, 142).

Mayo mes de la Virgen María. El Fundador del Opus Dei explica cómo puede ser nuestro amor a la Virgen.

¿Por qué mayo es el mes de la Virgen María?

Esta costumbre cristiana lleva dos siglos en vigor y coincide con el comienzo de la primavera y el fin del invierno. El "triunfo de la vida" que simboliza la primavera es uno de los motivos por los que se sitúa en mayo el mes de la Virgen, Madre de la Vida, de Jesús. Esa belleza de la naturaleza también nos habla de María, de su belleza interior y de su virtud.

En la antigua Grecia, el mes mayo era dedicado a Artemisa, la diosa de la fecundidad. Algo similar sucedía en la antigua Roma pues mayo era dedicado a Flora, la diosa de la vegetación. En aquella época celebraban los ludi florals o los juegos florales a finales de abril y pedían su intercesión.

Posteriormente, en la época medieval abundaron costumbres similares, todo centrado en la llegada del buen tiempo y el alejamiento del invierno. El 1 de mayo era considerado como el apogeo de la primavera.

Antes del siglo XII se celebraba la fiesta de "La devoción de los treinta días a María" o Tricesimum, que tenía lugar entre la segunda quincena de agosto y los primeros 14 días de septiembre.

La idea del mes de mayo, mes de María se remonta al tiempo barroco o siglo XVII. Este incluía treinta ejercicios espirituales diarios en honor a la Madre de Dios. Esta costumbre se extendió sobre todo durante el siglo XIX y se practica hasta hoy, haciendo que esta celebración cuente con devociones especiales organizadas cada día durante todo el mes.

Festejar este mes de mayo es más que una tradición cristiana, es un homenaje y una acción de gracias hacia quien es Nuestra Madre. Se le pueden ofrecer muchas y variados detalles. Entre los más comunes están, la oración en familia, el rezo del Rosario, las ofrendas florales y la meditación de sus dogmas.

La devoción a la Virgen María en mayo

Las formas en que María es honrada en mayo son tan variadas como las personas y las costumbres de quienes la honran. Es común que las parroquias tengan en mayo un rezo diario del Santo Rosario y muchas erijan un altar especial con una estatua o imagen de María.

Además, se trata de una larga tradición el coronar su estatua, una costumbre conocida como la Coronación de mayo. A menudo, la corona está hecha de hermosas flores que representan la belleza y la virtud de María y también es un recordatorio a los fieles para esforzarse en imitar sus virtudes. Esta coronación es en algunas áreas una gran celebración y, por lo general, se lleva a cabo fuera de la Misa.

Los altares y coronaciones en este mes no son solo privilegios de la parroquia. En los hogares también se puede participar plenamente en la vida de la Iglesia. Debemos darle un lugar especial a María no porque sea una tradición o por las gracias especiales que se pueden obtener, sino porque María es nuestra Madre, la madre de todo el mundo y porque se preocupa por todos nosotros, intercediendo incluso en los asuntos más pequeños.

¿Cómo se comportan un hijo con su madre?

«¿Cómo se comportan un hijo o una hija normales con su madre? De mil maneras, pero siempre con cariño y con confianza. Con un cariño que discurrirá en cada caso por cauces determinados, nacidos de la vida misma, que no son nunca algo frío, sino costumbres entrañables de hogar, pequeños detalles diarios, que el hijo necesita tener con su madre y que la madre echa de menos si el hijo alguna vez los olvida: un beso o una caricia al salir o al volver a casa, un pequeño obsequio, unas palabras expresivas».

En nuestras relaciones con Nuestra Madre del Cielo hay también esas normas de piedad filial, que son el cauce de nuestro comportamiento habitual con Ella. Muchos cristianos hacen propia la costumbre antigua del escapulario; o han adquirido el hábito de saludar –no hace falta la palabra, el pensamiento basta– las imágenes de María que hay en todo hogar cristiano o que adornan las calles de tantas ciudades.

O viven esa oración maravillosa que es el santo rosario, en el que el alma no se cansa de decir siempre las mismas cosas, como no se cansan los enamorados cuando se quieren, y en el que se aprende a revivir los momentos centrales de la vida del Señor; o acostumbran dedicar a la Señora un día de la semana –precisamente este mismo en que estamos ahora reunidos: el sábado–, ofreciéndole alguna pequeña delicadeza y meditando más especialmente en su maternidad». (San Josemaría, Es Cristo que pasa, 142).

Manifestar el amor a María

«Hay muchas otras devociones marianas que no es necesario recordar aquí ahora. No tienen por qué estar incorporadas todas a la vida de cada cristiano –crecer en vida sobrenatural es algo muy distinto del mero ir amontonando devociones–, pero debo afirmar al mismo tiempo que no posee la plenitud de la fe quien no vive alguna de ellas, quien no manifiesta de algún modo su amor a María».

«Los que consideran superadas las devociones a la Virgen Santísima, dan señales de que han perdido el hondo sentido cristiano que encierran, de que han olvidado la fuente de donde nacen: la fe en la voluntad salvadora de Dios Padre, el amor a Dios Hijo que se hizo realmente hombre y nació de una mujer, la confianza en Dios Espíritu Santo que nos santifica con su gracia. Es Dios quien nos ha dado a María, y no tenemos derecho a rechazarla, sino que hemos de acudir a Ella con amor y con alegría de hijos», san Josemaría. Es Cristo que pasa, 142.

¿Quieres amar a la Virgen? —Pues, ¡trátala! ¿Cómo? —Rezando bien el Rosario de nuestra Señora. (San Josemaría, Santo Rosario).

Para aprovechar el mes de mayo

La Santísima Virgen María nos cuida siempre y nos ayuda en todo lo que necesitemos. Ella nos ayuda a vencer la tentación y conservar el estado de gracia y la amistad con Dios para poder llegar al Cielo. María es la Madre de la Iglesia.

María era una mujer de profunda vida de oración, vivía siempre cerca de Dios. Era una mujer sencilla; generosa, se olvidaba de sí misma para darse a los demás; tenía gran caridad, amaba y ayudaba a todos por igual; era servicial, atendía a José y a Jesús con amor; vivía con alegría; era paciente con su familia; sabía aceptar la voluntad de Dios en su vida. Todas estas virtudes son ejemplo de vida para nosotros los cristianos, queremos vivir como dignos hijos suyos por eso seguimos su ejemplo.

¿Qué se acostumbra hacer este mes?

Recordar las apariciones de la Virgen. Son muchas y todas muy especiales. La Virgen María entrega su mensaje directamente, todos, están relacionados con el amor que Ella nos tiene a todos nosotros, sus hijos.

Reflexionar en las principales virtudes de la Virgen María.

Vivir una devoción real y verdadera a María. Mirar a María como a una madre. Hablarle de todo lo que nos pasa: lo bueno y lo malo. Saber acudir a ella en todo momento. Meditar los 7 dolores de la Virgen, esos momentos de la vida de la Virgen María en donde estaba unida a Jesús de un modo particular y que le permitió compartir la profundidad del dolor de su Hijo y el amor de su sacrificio.

Imitar sus virtudes: esta es la mejor manera de demostrarle nuestro amor. Demostrarle nuestro cariño: Hacer lo que ella espera de nosotros y recordarla a lo largo del día.

Confiar plenamente en ella: porque es La Virgen María quien intercede ante Jesús por nuestras dificultades. Todas las gracias que Jesús nos da, pasan por las manos de María.

Varias oraciones Marianas

Tratar a María es una buena forma de acercarse a su Hijo. Realizar oración en familia, especialmente las oraciones dedicadas a la Santísima Virgen María.

Los cristianos contamos con bellas oraciones dedicadas a la Virgen María, también son muchas las canciones para honrarla, que nos ayudan a recordar el inmenso amor de nuestra madre a nosotros, sus hijos.

Rezar el Ángelus (que se acostumbra a rezar a mediodía), el Regina Coeli o la Consagración a María. Entre otras oraciones. También puedes dedicar una Novena a la Virgen para pedirle un favor especial o darle las gracias.

mayo mes de maría ángelus


Los Ordinariatos anglicanos de la Iglesia Católica y su aportación a la educación de la fe

En el documento fundacional de los Ordinariatos anglicanos, creados para quienes desean la plena comunión con la Iglesia católica (cf. Benedicto XVI, Const. Ap. Anglicanorum coetibus, 2009), se establece su facultad de «mantener vivas en el seno de la Iglesia católica las tradiciones espirituales, litúrgicas y pastorales de la Comunión anglicana». Esta identidad se reconoce como un «don precioso» destinado a alimentar la fe de sus miembros y como una riqueza espiritual para compartir con toda la comunidad eclesial (cf. apartado III).

Hace ahora poco más de un mes, el Dicasterio para la Doctrina de la fe invitó a los obispos responsables de esos Ordinariatos a poner por escrito su experiencia sobre cómo han recibido e integrado esos elementos, a la vez culturales y religiosos, que vienen de la tradición anglicana. Ahora se ha publicado su respuesta (cf. Characteristics of the Anglican Heritage as Lived in the Ordinariates Established Under the Apostolic Constitution “Anglicanorum Coetibus”, 24-III-2016).

Los obispos han afirmado que, a pesar de las distancias y los diversos lugares donde están asentados (como Inglaterra y Escocia, Orlando, Australia y Micronesia), tienen conciencia de compartir una identidad esencial (a core share identity). «Esta identidad compartida tiene su origen en un camino común de seguimiento de Cristo que los ha llevado a la plena comunión con la Iglesia católica».

Por eso entienden que, al entrar en la Iglesia católica, han traído con ellos lo que ya san Pablo VI denominó en 1970 un «patrimonio valioso de piedad y costumbres» que la Iglesia reconoce, como hemos visto, como un don precioso no solo para ellos sino también para compartir con los demás católicos.

La inculturación del Evangelio pasa por Inglaterra

Ya en junio de 2024 el cardenal Víctor Fernández, desde la catedral de Westminster (templo católico principal de Inglaterra y Gales), llamó la atención sobre el valor de estos Ordinariatos en la perspectiva de la inculturación:

«La existencia del Ordinariato […] refleja una realidad profunda y hermosa sobre la naturaleza de la Iglesia y la inculturación del Evangelio, como un rico patrimonio inglés. Porque la Iglesia es una, y el Evangelio es uno, pero en el proceso de inculturación, el Evangelio se expresa en una variedad de culturas. De este modo, la Iglesia adquiere un nuevo rostro […] En este proceso, la Iglesia no solo da, sino que también se enriquece. Porque, como enseñó san Juan Pablo II, "cada cultura ofrece valores y formas positivas que pueden enriquecer la manera en que se predica, se comprende y se vive el Evangelio" (Exh. ap. Ecclesia in Oceania, 2001, 16)».

El Ordinariato, afirmó además el Prefecto del Dicasterio para la Doctrina de la fe, representa una expresión concreta de esa realidad: «En el caso del Ordinariato, la fe católica se incultura entre personas que han vivido el Evangelio en el contexto de la Comunión Anglicana. Al entrar en plena comunión con la Iglesia católica, ésta se ha enriquecido. Podemos decir, por tanto, que cada Ordinariato representa uno de los rostros de la Iglesia, que, en este caso, acoge ciertos elementos de la rica historia de la tradición anglicana: elementos que ahora se viven en la plenitud de la comunión católica».

Como decíamos, el más reciente capítulo de esta historia es la lista que los obispos de los Ordinariatos anglicanos han elaborado, enumerando los rasgos que consideran característicos de su herencia espiritual y pastoral. Identifican en siete párrafos esos rasgos que, como se puede ver, constituyen interesantes sugerencias para la educación de la fe en el conjunto de la Iglesia Católica (cf. Characteristics, documento citado). Estas características, como veremos, tienen mucho que ver con san John Henry Newman. Con su figura y con su camino hacia la Iglesia Católica.

Tradición, belleza litúrgica y dimensión social

Participación, tradición, belleza

1. Un “ethos eclesial” distintivo. Se trata de una praxis eclesial caracterizada «por la amplia participación tanto del clero como de los laicos en la vida y el gobierno de la Iglesia». Esta cultura, explican, «es intrínsecamente consultiva y colaborativa». También se caracteriza por la capacidad de acoger a aquellos que desean entrar en la comunión católica «preservando al mismo tiempo la singularidad de su historia espiritual».

Además, «se centra en un sentido vivo de la tradición que busca permanecer fiel a lo recibido, reconociendo al mismo tiempo el lugar que ocupa el desarrollo orgánico». Como se ve, se trata de principios y criterios que valen también para la educación de la fe, en cuanto que marcan un estilo de participación activa en la vida y en la misión de la Iglesia.

2. Evangelización a través de la belleza. En segundo lugar, destacan «la importancia de la belleza, no como un fin en sí misma, sino en la medida en que tiene el poder de conducirnos a Dios; por lo tanto, posee un poder evangelizador inherente». Por esta razón, «el culto divino, la música sacra y el arte sacro» se entienden a la vez como medios para llevarnos a la comunión con Dios y como instrumentos de misión.

Ordinariatos anglicanos en la iglesia católica

«La belleza que transmiten tiene por objeto atraer a las personas y a las comunidades a una plena participación, en cuerpo y alma, en la obra del Salvador, que es la ‘imagen del Dios invisible’ (Col 1, 15) y el ‘resplandor de la gloria [del Padre]’ (Hb 1, 3)». En efecto, la liturgia y el arte son expresiones del “camino de la belleza” que hoy consideramos esencial en la educación de la fe. Esta educación incluye, además del aspecto intelectual, la experiencia estética y espiritual que facilita el encuentro con la Verdad y el Amor de Dios.

Liturgia y vida y dimensión social

3. Acercamiento directo a los pobres«En los Ordinariatos –señalan sus obispos–, la belleza del culto y la santidad de vida se plasman en las realidades concretas del barrio». Esto se comprende como un reflejo de una teología profundamente encarnada, que invita a salir del culto divino para buscar a Jesús entre los pobres y los necesitados (cf. Mt 25, 40). Como ejemplo práctico, evocan el hecho de que «las multitudes que se congregaron en las calles de Birmingham con motivo del funeral de san John Henry Newman estaban allí no solo por su erudición, sino también porque era el sacerdote que les atendía en sus necesidades».

Así es, porque la Encarnación lleva a promover la dignidad de cada persona y comprometerse en la dimensión social de la evangelización. Y esto debe ser impulsado en la educación, en todos los lugares y en todas las edades de las personas.

4. Cultura pastoralBajo este epígrafe, entienden «una cultura pastoral en la que el culto divino y la vida cotidiana están profundamente interconectados». En otras palabras, se promueve la conexión entre liturgia y vida. En este caso se trata específicamente de «un ritmo litúrgico, casi monástico, inspirado en la tradición espiritual inglesa». Consideran esencial para ello la recitación comunitaria del Oficio Divino, entendido como la oración de todo el Pueblo de Dios (cf. Sal 119, 164; Ef 5, 19). [cf. Sacrosanctum concilium, 100).

Y afirman que esto caracteriza cómo «formar y sostener las comunidades parroquiales». En efecto, y esto enriquece la educación de la fe que es educación para la fe profesada y celebrada, vivida y traducida en oración y alabanza a Dios, junto con el servicio a todos.

La iglesia doméstica y el cuidado personal de las almas

Familia y educación

5. La familia y la iglesia doméstica. Otro aspecto en el que los obispos hicieron especial hincapié es la importancia de la familia y su papel como «iglesia doméstica» (cf. Lumen gentium, 11) De hecho señalaron que al santuario de Walsingham (dedicado a la Virgen como patrona de Inglaterra) se le llama “el Nazaret británico”. Así como Nazaret, según san Pablo VI, es ‘la escuela del Evangelio’ (cf. Alocucion, 5-I-1964) donde aprendemos a observar, escuchar, meditar y comprender el misterio del Hijo de Dios en el seno de la Sagrada Familia, también el hogar cristiano es el primer lugar donde se aprende y se vive la fe.

En el centro de todo ello se encuentra «la valoración del sacramento del matrimonio y el papel de los padres como primeros educadores de sus hijos en la fe» (cf. Decl. Gravissimum educationis, 3). De ahí que en los Ordinariatos se apoye a los padres en esta sagrada responsabilidad de transmitir la fe a sus hijos (cf. Dt 6, 6-7; Jl 1, 3) y se acompañe a las familias en su crecimiento conjunto en Cristo.

Además, «esta visión conduce a un enfoque orgánico de la formación que se centra en la parroquia y la familia, y que da prioridad a la formación intelectual permanente de todos los miembros del Cuerpo de Cristo». Todo ello afecta de modo directo a la educación de la fe.

Escritura, predicación y cuidado personal

6. La Escritura y la predicaciónestos obispos han señalado también además que su patrimonio incluye «una sólida tradición de predicación basada en la Escritura, reconociendo que alimentar intelectualmente a las personas es parte integrante de la alimentación de sus almas (cf. Mt 4, 4)». Por aquí reaparece el tema de la belleza: «El encuentro con Cristo en el esplendor de la liturgia y en la proclamación de la Palabra no se entienden como realidades separadas, sino como dos dimensiones del mismo encuentro» (Sacrosanctum Concilium 7, 48-51 y Catecismo de la Iglesia Católica 1088 y 1346).

Y añaden que en las comunidades del Ordinariato, esto se vive «con un sólido fundamento en la Tradición (especialmente en los Padres de la Iglesia) y con una apreciación del papel de la razón en armonía con la fe y al servicio de ella». Esta relación entre la Sagrada Escritura y predicación en contexto litúrgico conecta con el tema tradicional de las “dos mesas”: la Palabra (la Biblia, especialmente los Evangelios y la oración) y la Eucaristía.

7. La dirección espiritual y el sacramento de la Penitencia. Finalmente, han explicado que han heredado la valoración de la importancia de la dirección espiritual y del sacramento de la Penitencia como elementos del «cuidado de las almas que da prioridad a dedicar tiempo a cada persona y a acompañarla en su encuentro con Cristo, el Buen Pastor (cf. Jn 10, 11-16; Lc 15, 4-7)».

Encarnación, educación y misión

En los párrafos conclusivos de este documento, señala el Dicasterio para la Doctrina de la fe que «si se consideran todas estas características en su conjunto, se aprecia lo fundamental que es el misterio de la Encarnación para el patrimonio conservado en los Ordinariatos. La dignidad de cada persona, el papel de la belleza, la riqueza de la expresión litúrgica, la preocupación por los pobres y la reverencia hacia la iglesia doméstica brotan todas de esta misma fuente».

Esta fuente es «el Hijo de Dios, nuestro único Salvador (cf. Hch 4, 12) y Mediador ante el Padre (cf. 1 Tim. 2, 5), quien, habiéndose encarnado entre nosotros (cf. Jn. 1, 14), habiendo sufrido por nosotros (cf. 1 Pe. 2, 21) y resucitando de entre los muertos, nos abrió el camino ‘para que también nosotros caminemos en novedad de vida’ (Rom. 6, 4)».

Por último –lo que podía intuirse al ir leyendo todo lo anterior–, en la medida en que este patrimonio constituye una forma de acoger y vivir la fe, «el clero y los fieles de los Ordinariatos reconocen que se trata de una realidad viva, que mira hacia el futuro en la transmisión de la fe a las generaciones venideras (cf. Sal 22, 30-31; 78, 4-7; 102, 18)». Así es, y un aspecto central de esta transmisión de la fe es la educación, sea en la familia, sea en la escuela (enseñanza escolar de la religión) o la catequesis y formación cristiana en las parroquias y movimientos eclesiales, etc.

Concluyen los obispos de estos Ordinariatos que este patrimonio no solo les dota de los medios para acoger a comunidades y personas en plena comunión, sino que «también sigue configurando su participación distintiva en la misión de la Iglesia de cara al futuro», creciendo orgánicamente y ofreciendo «un reflejo único del rostro de la Iglesia y una contribución distintiva a la riqueza viva de su identidad como ‘una, santa, católica y apostólica’».



Don Ramiro Pellitero Iglesias, profesor de Teología pastoral en la Facultad de Teología de la Universidad de Navarra.

Publicado en Iglesia y nueva evangelización.

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