¿Cómo vivir la fe? Qué es y cómo se relaciona con la razón

Hay preguntas que acompañan al ser humano desde siempre: ¿existe Dios?, ¿por qué estamos aquí?, ¿qué sentido tiene nuestra vida?, ¿podemos conocer la verdad?, ¿qué ocurre después de la muerte?

La fe cristiana no invita a dejar de hacerse estas preguntas. Al contrario, la fe busca comprender y se apoya también en la inteligencia, en la libertad y en la experiencia humana.

Para un cristiano, creer no significa cerrar los ojos ante la realidad. Significa abrirlos a una realidad más grande: la posibilidad de que Dios exista, nos conozca, nos ame y quiera entrar en relación con nosotros.

¿Qué es la fe?

La fe es, ante todo, una respuesta personal del ser humano a Dios. El Catecismo de la Iglesia Católica explica que Dios se revela al hombre y lo invita a entrar en comunión con Él. La respuesta a esa invitación es la fe: una adhesión personal a Dios y, al mismo tiempo, un asentimiento libre a las verdades que Él ha revelado.

Por eso, la fe no consiste simplemente en aceptar que «Dios existe». Creer implica confiar en Él y orientar la propia vida de acuerdo con esa confianza.

Para el cristiano, además, creer en Dios está inseparablemente unido a creer en Jesucristo, el Hijo de Dios hecho hombre, y en el Espíritu Santo. La fe es, por tanto, una relación viva con Dios.

No se trata únicamente de conocer una serie de verdades religiosas, sino de conocer a una Persona y dejar que ese encuentro transforme nuestra manera de pensar, decidir y vivir.

¿Es la fe un don de Dios?

La Iglesia enseña que la fe es un don de Dios, una gracia que Él ofrece al ser humano. Pero eso no significa que creamos de manera automática o que nuestra libertad desaparezca.

El Catecismo explica que para creer necesitamos la gracia de Dios y la acción interior del Espíritu Santo, pero también que creer es un acto verdaderamente humano. La inteligencia y la voluntad colaboran con la gracia.

Podríamos decir que Dios da el primer paso, pero espera nuestra respuesta. Por eso, la fe no se puede imponer. Es una respuesta libre a una invitación. Dios sale al encuentro del hombre y le habla; el hombre puede escuchar, buscar, preguntar, acoger esa llamada y responder.

Vivir la fe católica

Fe y razón: ¿son compatibles?

Una de las preguntas más frecuentes es precisamente esta: ¿se puede creer en Dios y, al mismo tiempo, ser una persona racional?

La respuesta de la Iglesia es sí. Fe y razón no son enemigas. Se ocupan de dimensiones diferentes de la realidad, pero ambas colaboran en la búsqueda de la verdad.

La fe no exige aceptar que algo es verdadero simplemente porque no podamos entenderlo. Tampoco significa renunciar a la inteligencia. El Catecismo afirma que el asentimiento de la fe no es un movimiento ciego y que existen motivos de credibilidad que ayudan a mostrar que creer no es irracional.

La razón puede conducirnos a plantearnos la existencia de Dios y a descubrir que la realidad no se agota en aquello que podemos medir o experimentar directamente. La fe, por su parte, permite acoger una verdad que Dios mismo revela y que supera lo que la razón humana podría alcanzar por sus propias fuerzas.

Por eso, fe y razón se necesitan y se enriquecen mutuamente. La investigación científica, cuando se realiza correctamente, tampoco tiene por qué entrar en conflicto con la fe. La ciencia estudia la realidad natural mediante sus propios métodos; la fe abre la inteligencia a preguntas sobre su sentido último y sobre el misterio de Dios.

Creer no significa creer cualquier cosa

A veces utilizamos la palabra «fe» para referirnos simplemente a tener confianza en algo o en alguien. Pero la fe cristiana tiene un contenido concreto. No es lo mismo decir «tengo fe en que todo saldrá bien» que afirmar «creo en Dios».

En el primer caso expresamos una esperanza o confianza personal. En el segundo, hablamos de una adhesión a Dios y a la Revelación que Él ha comunicado.

El motivo último de la fe cristiana no es que todas las verdades reveladas puedan demostrarse mediante nuestra razón natural, sino la confianza en Dios que revela y que no puede engañarse ni engañarnos.

¿Cómo funciona la fe en la vida de una persona?

La fe comienza como una respuesta, pero después se convierte en un camino. Creer cambia poco a poco la manera de mirar la realidad.

Una persona que vive en la fe puede seguir teniendo problemas, dudas, sufrimientos y momentos de oscuridad. La diferencia está en que intenta vivirlos desde una confianza nueva: no está sola y su vida tiene un sentido que va más allá de las circunstancias inmediatas.

La fe ayuda a mirar de otro modo el trabajo, la familia, las relaciones personales, el sufrimiento, las decisiones y también los momentos de alegría. No elimina las dificultades, pero puede cambiar la manera de afrontarlas. Por eso, la fe cristiana no es solamente algo que se piensa. Es algo que se vive.

¿Cómo se fortalece la fe?

La fe es un don, pero también necesita ser acogida, cuidada y alimentada. Como ocurre con cualquier relación personal, la amistad con Dios crece cuando se dedica tiempo a ella.

1. Con la oración

La oración es el diálogo con Dios. No hace falta comenzar con grandes discursos. A veces basta con hablar con Él con sencillez: agradecerle, pedirle ayuda, contarle nuestras preocupaciones o permanecer unos minutos en silencio ante su presencia.

2. Con la Sagrada Escritura

La Biblia ocupa un lugar fundamental en la vida de fe porque permite conocer la historia de la salvación y, especialmente, a Jesucristo.

En febrero de 2026, León XIV dedicó una de sus catequesis a la Constitución Dei Verbum y recordó la relación profunda entre la Palabra de Dios, la Iglesia y la fe. Señaló que la Escritura encuentra su lugar propio en la comunidad cristiana y que su lectura conduce al encuentro con Cristo y al diálogo con Dios.

Leer el Evangelio, meditarlo y preguntarnos qué nos dice hoy puede convertirse así en una auténtica escuela de fe.

3. A través de los sacramentos

La fe no se vive solo en el interior de cada persona. Los sacramentos nos ayudan a encontrarnos con Cristo y a crecer en nuestra relación con Él.

En ellos, Dios nos acompaña en las distintas etapas de nuestra vida cristiana. El Bautismo nos incorpora a la Iglesia y en la Eucaristía recibimos a Cristo y nos unimos de una manera especial a Él. Por eso, participar en los sacramentos es también una forma de alimentar y fortalecer nuestra fe.

Comunión

4. Con la comunidad cristiana

La fe tampoco está pensada para vivirse en soledad. La Iglesia es una comunidad de creyentes que caminan juntos, se ayudan, rezan unos por otros y comparten la misión de anunciar el Evangelio.

La comunidad cristiana también nos ayuda cuando nuestra propia fe se debilita. Hay momentos en los que necesitamos apoyarnos en la fe de otras personas.

5. Con la caridad

Creer en Dios implica también aprender a mirar al prójimo de otra manera, especialmente a quien sufre o necesita ayuda.

Fe y caridad no son dos caminos separados. El encuentro con Dios transforma nuestra relación con los demás y nos impulsa a servir.

La fe en un mundo que cambia

En 2026 vivimos rodeados de avances científicos y tecnológicos que están transformando nuestra manera de trabajar, comunicarnos e incluso de entendernos a nosotros mismos.

En su encíclica Magnifica Humanitas, publicada el 15 de mayo de 2026, León XIV reflexiona precisamente sobre la persona humana en la era de la inteligencia artificial y recuerda que la verdadera plenitud del ser humano no consiste en superar sus límites mediante la tecnología, sino en abrirse a la gracia de Dios y crecer en el amor.

Este planteamiento conecta con una cuestión esencial de la fe: ¿qué hace verdaderamente feliz al ser humano?

Podemos tener más información, más tecnología y más posibilidades que nunca y, sin embargo, seguir haciéndonos las mismas preguntas fundamentales. ¿Quién soy? ¿Para qué vivo? ¿A quién puedo confiar mi vida? ¿Dónde está la verdadera felicidad?

La fe se convierte en una forma de vivir

León XIV recordó en su carta apostólica In unitate fidei, publicada con motivo del 1700 aniversario del Concilio de Nicea, que la profesión de fe no puede quedarse únicamente en las palabras. Como señala el Papa, «lo que decimos con la boca debe venir del corazón, de modo que sea testimoniado en la vida». Por eso invita a preguntarnos si realmente comprendemos y vivimos aquello que profesamos cada domingo en el Credo.

Esta es, quizá, una de las mejores maneras de entender cómo funciona la fe: La fe no se queda en lo que creemos: transforma nuestra manera de vivir.

La fe: una respuesta a la llamada de Dios

Dios sale a nuestro encuentro, se revela y nos invita a entrar en relación con Él. Pero espera una respuesta libre. Por eso, la pregunta «¿cómo funciona la fe?» puede llevarnos finalmente a una pregunta mucho más personal: ¿Qué hago yo con la invitación que Dios me está haciendo?

La respuesta de cada persona es única. Para algunos comienza con una pregunta. Para otros, con una dificultad. Para otros, con el testimonio de alguien, una lectura, una conversación o un momento de oración.

El camino siempre puede comenzar. Porque la fe no consiste en tener todas las respuestas antes de dar el primer paso. Consiste en atreverse a buscar a Dios, confiar en Él y dejar que esa confianza transforme nuestra vida.


Artículo original de Francisco Varo Pineda, Universidad de Navarra, Facultad de Teología.



¿Qué es la Unción de los enfermos?: cuándo, quién puede recibirla y qué efectos tiene

«¡Sanad a los enfermos!» (Mt 10,8). La Iglesia ha recibido esta tarea del Señor e intenta realizarla mediante los cuidados médicos y asistenciales que proporciona a los enfermos. Como también por la oración de intercesión con la que los acompaña en un momento de necesidad.

Cuando una persona enferma gravemente o llega a una edad avanzada, muchas familias se preguntan si es el momento de pedir la Unción de los enfermos. Sin embargo, todavía existe la creencia de que este sacramento solo se administra a quienes están a punto de morir. La realidad es muy distinta: la Unción de Enfermos es un sacramento de consuelo, fortaleza y esperanza que la Iglesia ofrece a quienes atraviesan una enfermedad grave o la fragilidad de la vejez.

¿Qué es la Unción de los enfermos?

La misericordia de Jesucristo hacia los enfermos y sus numerosas curaciones de dolientes de toda clase son un signo maravilloso de su compasión hacia todos los que sufren en su cuerpo y en su alma.

Por su Pasión y su muerte en la Cruz, Jesús dio un sentido nuevo al sufrimiento. Desde entonces esta realidad nos configura con Él y nos une a su misión redentora. Para los cristianos la enfermedad y la muerte pueden y deben ser medios para santificarse y redimir con Cristo. Para ayudarnos con esta misión existe la Unción los enfermos.

Es un consuelo muy grande la presencia de Cristo en la enfermedad. Nos toma de la mano y nos recuerda que le pertenecemos a Él, y que nada nos puede separar de Él.

Unción de los enfermos sacramento Acompañamiento a personas ancianas

La Unción de los enfermos, sacramento de salvación y de curación

La parábola del buen samaritano expresa el misterio que se celebra en este sacramento: Jesucristo se acerca a quien sufre y lo conforta con el aceite del consuelo y el vino de la esperanza. Luego, lo lleva a la posada, que representa a la Iglesia, a la cual Cristo lo confía. Cristo enseñó a sus discípulos a tener su misma predilección por los enfermos y necesitados, y les confió la tarea de atenderlos en su nombre por medio del sacramento de la Unción.

La Unción de los enfermos es un sacramento instituido por Jesucristo, insinuado como tal en el Evangelio de san Marcos. Recomendado a los fieles y promulgado por el apóstol Santiago: «¿está enfermo alguno de vosotros? Llame a los presbíteros de la Iglesia, que oren sobre él y le unjan con óleo en el nombre del Señor. Y la oración de la fe salvará al enfermo, y el Señor hará que se levante, y si hubiera cometido pecados, le serán perdonados» (St 5,14-15).

La Iglesia cree y confiesa que, entre los siete sacramentos, existe un sacramento especialmente destinado a reconfortar a los aquejados por la enfermedad, la Unción de los enfermos. Este sacramento ayuda a vivir estas realidades dolorosas de la vida humana con sentido cristiano: «En la Unción de los enfermos, como ahora llaman a la Extrema Unción, asistimos a una amorosa preparación del viaje, que terminará en la casa del Padre», (San Josemaría Escrivá, Es Cristo que pasa, 80).

Un sacramento especial para los enfermos

A lo largo de los siglos, la Unción de los enfermos fue conferida, a los que estaban a punto de morir por eso recibía el nombre de Extrema Unción. Igualmente, la liturgia nunca dejó de orar por los enfermos.

Hoy sabemos que este sacramento es un sacramento de curación. Es un regalo de Dios que ayuda a sanar y el espíritu de quien lo recibe. A través de él, se pide al Señor, la salud del cuerpo, del alma y del espíritu del cristiano que pasa por una grave enfermedad o vejez avanzada.

«La gracia primera de este sacramento es un gracia de consuelo, de paz y de ánimo para vencer las dificultades propias del estado de enfermedad grave o de la fragilidad de la vejez. Esta gracia es un don del Espíritu Santo que renueva la confianza y la fe en Dios y fortalece contra las tentaciones del maligno, especialmente tentación de desaliento y de angustia ante la muerte […] Esta asistencia del Señor por la fuerza de su Espíritu quiere conducir al enfermo a la curación del alma, pero también a la del cuerpo, si tal es la voluntad de Dios. Además, "si hubiera cometido pecados, le serán perdonados"» (CEC, 1520).

No se debe pensar que este sacramento es solamente para quienes estén en peligro de muerte, sino que también pueden recibirlo aquellos que sean conscientes y que lo consideren necesario.

De tal modo, cualquier cristiano que esté sufriendo una grave enfermedad, vaya a recibir una operación delicada o tenga una edad muy avanzada puede solicitar que se le administre el sacramento de la Unción de enfermos. En el curso de la enfermedad, el sacramento puede ser reiterado si la enfermedad se agrava.

No hay un límite de veces para poder recibirlo y no resulta conveniente esperar hasta el último momento.

La Iglesia establece que, si el enfermo esta inconsciente, se le puede administrar el sacramento de la Confesión. Luego el sacramento de la Unción. Si un enfermo de gravedad fallece sin recibir este sacramento, la Iglesia recomienda administrarlo durante las primeras horas en que ha fallecido.

Ministro de la Unción de enfermos

«Solo los sacerdotes (obispos y presbíteros) son ministros de la Unción de los enfermos. Es deber de los pastores instruir a los fieles sobre los beneficios de este sacramento. Los fieles deben animar a los enfermos a llamar al sacerdote para recibir este sacramento. Y que los enfermos se preparen para recibirlo en buenas disposiciones, con la ayuda de su pastor y de toda la comunidad eclesial a la cual se invita a acompañar muy especialmente a los enfermos con sus oraciones y sus atenciones fraternas» (Catecismo, 1516).

Todos tenemos que tener presente que actualmente los enfermos graves mueren solos a pesar de estar en modernos hospitales. Por eso es importante la labor cristiana de los que tienen acceso a esta realidad. Para que no falten a los enfermos internados los medios que dan consuelo y alivian el cuerpo y el alma que sufre y, entre estos medios, además del sacramento de la Reconciliación y del Viático, se encuentra el sacramento de la Unción los enfermos.

Así, como los sacramentos del Bautismo, de la Confirmación y de la Eucaristía constituyen una unidad llamada «los sacramentos de la iniciación cristiana», se puede decir que la Confesión, la Unción y la Eucaristía, en cuanto viático, constituyen, cuando la vida cristiana toca a su fin, los sacramentos que cierran la peregrinación terrena.

«Nos ayuda a ampliar la mirada frente a la enfermedad y a saber que no estamos solos, que el sacerdote y la comunidad cristiana sostienen al enfermo y al que sufre», papa Francisco.

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Sujeto de la Unción de los enfermos

Sujeto de la Unción de los enfermos es toda persona bautizada, que haya alcanzado el uso de razón y se encuentre en peligro de muerte por una grave enfermedad, o por vejez acompañada de una avanzada debilidad senil. A los difuntos no se les puede administrar la Unción de enfermos.

Para recibir los frutos de este sacramento se requiere en el sujeto la previa reconciliación con Dios y con la Iglesia, al menos con el deseo, inseparablemente unido al arrepentimiento de los propios pecados y a la intención de confesarlos, cuando sea posible, en el sacramento de la Penitencia. Por esto la Iglesia prevé que, antes de la Unción, se administre al enfermo el sacramento de la Penitencia y de la Reconciliación.

El sujeto debe tener la intención, al menos habitual e implícita, de recibir este sacramento. Dicho con otras palabras: el enfermo debe tener la voluntad no retractada de morir como mueren los cristianos, y con los auxilios sobrenaturales que a éstos se destinan.

Aunque la Unción de enfermos puede administrarse a quien ha perdido ya los sentidos, hay que procurar que se reciba con conocimiento, para que el enfermo pueda disponerse mejor a recibir la gracia del sacramento. No debe administrarse a aquellos que permanecen obstinadamente impenitentes en pecado mortal manifiesto (cfr. CIC, can. 1007).

Si un enfermo que recibió la Unción recupera la salud, puede, en caso de nueva enfermedad grave, recibir otra vez este sacramento; y, en el curso de la misma enfermedad, el sacramento puede ser reiterado si la enfermedad se agrava (cfr. CIC, can. 1004, 2).

Por último, conviene tener presente esta indicación de la Iglesia: «dn la duda sobre si el enfermo ha alcanzado el uso de razón, sufre una enfermedad grave o ha fallecido ya, adminístrese este sacramento» (CIC, can. 1005).

¿Cómo es el ritual del sacramento?

Como todos los sacramentos, la Unción de los enfermos se celebra de forma litúrgica y comunitaria y tiene lugar en familia, en el hospital o en la iglesia, para un solo enfermo o para un grupo de enfermos.

Es muy conveniente que se celebre dentro de la Eucaristía, memorial de la Pascua del Señor. Si las circunstancias lo permiten, la celebración del sacramento  de la Santa Unción puede ir precedida del sacramento de la Reconciliación y seguida del sacramento de la Comunión.

En cuanto al sacramento de la Eucaristía debería ser siempre el último sacramento de la peregrinación terrenal, el «viático» para el «paso» a la vida eterna. Es semilla de vida eterna y poder de resurrección, según las palabras del Señor. «El que come mi carne y bebe mi sangre, tiene vida eterna, y yo le resucitaré el último día» (Jn 6,54). La Eucaristía es aquí sacramento del paso de la muerte a la vida, de este mundo al Padre.

La Liturgia de la Palabra, precedida de un acto de penitencia, abre la celebración. Las palabras de Cristo y el testimonio de los Apóstoles suscitan la fe del enfermo y de la comunidad para pedir al Señor la fuerza del Espíritu Santo.

El sacerdote es quien ungirá al enfermo con aceite consagrado por el obispo el Jueves Santo. Lo unge en la frente y en las palmas de las manos del enfermo, pronunciando a su vez las palabras. «Por esta Santa Unción, y por su bondadosa misericordia, te ayude el Señor con la gracia del Espíritu Santo, para que, libre de tus pecados, te conceda la salvación y te conforte en tu enfermedad» (Sacram Unctionem Infirmorum).

Los efectos de la gracia del sacramento

La gracia primera de este sacramento es una gracia de consuelo, de paz y de ánimo para vencer las dificultades propias del estado de enfermedad grave o de la fragilidad de la vejez. Esta gracia es un don del Espíritu Santo que renueva la confianza y la fe en Dios y fortalece contra las tentaciones del maligno, especialmente contra la tentación de desaliento y de angustia ante la muerte.

Esta asistencia del Señor por la fuerza de su Espíritu quiere conducir al enfermo a la curación del alma, pero también a la del cuerpo, si tal es la voluntad de Dios. Además, «si hubiera cometido pecados, le serán perdonados» (St 5,15).

Fresco unción de los enfermos

Por la gracia de este sacramento, el enfermo recibe la fuerza y el don de unirse más íntimamente a la Pasión de Cristo. El sufrimiento, secuela del pecado original, recibe un sentido nuevo, viene a ser participación en la obra de Jesús.

En resumen: unión del enfermo a la Pasión de Cristo, para su bien y el de toda la Iglesia. Consuelo, la paz y el ánimo para soportar cristianamente los sufrimientos de la enfermedad o de la vejez. Perdón de los pecados si el enfermo no ha podido obtenerlo por el sacramento de la Penitencia. Restablecimiento de la salud corporal, si conviene a la salud espiritual. Y preparación para el paso a la vida eterna.


Bibliografía


Actitudes de Jesús ante el sufrimiento humano

A nivel social podemos hacer mucho en este terreno, luchando contra la "cultura del descarte" de tantos niños y jóvenes, enfermos, personas discapacitadas, ancianos y marginados de la sociedad. Así podemos contribuir, en el día a día y en las circunstancias concretas de cada uno, a mostrar y defender la "dignidad infinita" de todo ser humano.

Quien mira a Cristo y vive con Él, camina con Él y participa de sus actitudes. En un Discurso a la plenaria de la Pontificia Comisión bíblica (11-IV-2024), el sucesor de Pedro, el papa Francisco nos exhortó a participar de las actitudes de Jesús, concretamente ante la enfermedad y el sufrimiento humano.

«Todos vacilamos bajo el peso de estas experiencias y debemos ayudarnos a atravesarlas viviéndolas ‘en relación’, sin replegarnos sobre nosotros mismos y sin que la rebelión legítima se convierta en aislamiento, abandono o desesperación».

Por la experiencia de los sabios y de las culturas, sabemos que el dolor y la enfermedad, sobre todo si los situamos a la luz de la fe, pueden convertirse en factores decisivos en un camino de maduración; pues el sufrimiento, entre otras cosas, permite discernir lo esencial de lo que no lo es.

Sostuvo el papa Francisco que es sobre todo el ejemplo de Jesús el que muestra el camino, la actitud que hemos de tomar ante la enfermedad y el sufrimiento propio y ajeno, y traducirlo en pasos provechosos: «Él nos exhorta a cuidar a quienes viven en situaciones de enfermedad, con la determinación de superar la enfermedad; al mismo tiempo, nos invita con delicadeza a unir nuestros sufrimientos a su ofrecimiento salvífico, como semilla que da fruto». Cuidar e intentar superar, unir y asumir.

En efecto, desde que comenzó de su pontificado, el 19 de marzo de 2013, vino enseñando, también cuando evocaba el ejemplo de san José, la tarea cristiana y humana de custodiar y servir, de la cercanía y del cuidado de los demás, especialmente de aquellos que nos salen al encuentro o a los que podemos llegar, para aliviarles en sus necesidades (cf. también el mensaje para la Jornada mundial de la paz, 1-I-2021 sobre «la cultura del cuidado como camino de la paz»).

El papa Francisco señaló que la visión de fe nos puede llevar a afrontar el dolor con dos actitudes decisivas: compasión e inclusión.

Compasión con hechos

La compasión no es un sentimiento barato y pasajero, sin compromisos ni consecuencias, o con meras palabras.

Ya Benedicto XVI observaba que «la grandeza de la humanidad está determinada esencialmente por su relación con el sufrimiento y con el que sufre. Esto es válido tanto para el individuo como para la sociedad. Una sociedad que no logra aceptar a los que sufren y no es capaz de contribuir mediante la compasión a que el sufrimiento sea compartido y sobrellevado también interiormente, es una sociedad cruel e inhumana» (enc. Spe salvi, 38).

En línea similar se sitúa Francisco, en el mismo discurso a la Pontificia Comisión Bíblica, subrayando la compasión misma de Jesús:

«La compasión indica la actitud recurrente y caracterizadora del Señor ante las personas frágiles y necesitadas que encuentra. Al ver los rostros de tantas personas, ovejas sin pastor que luchan por encontrar su camino en la vida (cf. Mc 6, 34), Jesús se conmueve. Se compadece de la muchedumbre hambrienta y extenuada (cf. Mc 8, 2) y acoge sin descanso a los enfermos (cf. Mc 1, 32), cuyas peticiones escucha: pensemos en los ciegos que le suplican (cf. Mt 20, 34) y en los numerosos enfermos que piden ser curados (cf. Lc 17,11-19); siente ‘gran compasión’ -dice el Evangelio- por la viuda que acompaña a su único hijo al sepulcro (cf. Lc 7,13).

Gran compasión. Esta compasión se manifiesta como cercanía y lleva a Jesús a identificarse con el que sufre: ‘Estuve enfermo y fueron a visitarme’ (Mt 25,36)».

Fijémonos bien: Jesús se conmueve, se compadece, se acerca hasta identificarse con el que sufre. ¿Qué nos revela esta actitud de Jesús? El modo de acercarse Jesús al dolor: no ante todo con «explicaciones» –a las que solemos tender–, o con ánimos y consuelos estériles, o con buenas palabras o un recetario de sentimientos, como se ven a veces en las historias de la Sagrada Escritura, como es el caso de los amigos de Job, que intentan teorizar el dolor vinculándolo con el castigo divino.

«La respuesta de Jesús es vital, está hecha de ‘compasión que asume’ y que, al asumir, salva al ser humano y transfigura su dolor. Cristo ha trasformado nuestro dolor haciéndolo suyo hasta el final: viviéndolo, sufriéndolo y ofreciéndolo como don de amor. No dio respuestas fáciles a nuestros ‘porqués’, sino que en la cruz hizo suyo nuestro gran ‘porqué’ (cf. Mc 15, 34)».

Así, señala Francisco, asimilando la Sagrada Escritura podemos purificarnos de ciertas actitudes equivocadas, y aprender a seguir el camino indicado por Jesús: «Tocar el sufrimiento humano con la propia mano, con humildad, mansedumbre y, serenidad para llevar, en nombre del Dios encarnado, la cercanía de un apoyo salvador y concreto. Tocar con la mano, no teóricamente». Es claro y directo el Papa.

Jesús curando a un ciego. Fuente: Wikipedia

Inclusión solidaria

Sin ser una palabra bíblica, el término inclusión, puntualiza Francisco, expresa bien un rasgo sobresaliente del estilo de Jesús: ir en busca del pecador, del perdido, del marginado, del estigmatizado, para que sea acogido en la casa del Padre y curado totalmente, en cuerpo, alma y espíritu (por ejemplo, el hijo pródigo o los leprosos). Además, Jesús desea compartir con los discípulos esa misión y actitud de consolación: les manda que cuiden de los enfermos y los bendigan en su nombre (cf. Mt 10,8; Lc 10,9; Lc 4,18-19).

«Por eso, a través de la experiencia del sufrimiento y de la enfermedad, nosotros, como Iglesia, estamos llamados a caminar junto a todos, en solidaridad cristiana y humana, abriendo, en nombre de la fragilidad común, ocasiones de diálogo y de esperanza». Un claro ejemplo es la parábola del buen samaritano, que muestra «con qué iniciativas se puede rehacer una comunidad a partir de hombres y mujeres que hacen propia la fragilidad de los demás, que no dejan que se erija una sociedad de exclusión, sino que se hacen prójimos y levantan y rehabilitan al caído, para que el bien sea común» (enc. Fratelli tutti, n. 67).

Identifica el Papa, precisamente ante especialistas en la Biblia, un principio clave: «La Palabra de Dios es un poderoso antídoto contra toda cerrazón, abstracción e ideologización de la fe: leída en el Espíritu en que fue escrita, acrecienta la pasión por Dios y por el hombre, desencadena la caridad y reaviva el celo apostólico». Y por eso la Iglesia tiene una necesidad constante de beber –y dar de beber– en las fuentes de la Palabra.

Ante las personas con discapacidad

Esas mismas actitudes de Jesús, compasión, cuidado e inclusión, que hemos de hacer nuestras, podemos verlas en sus encuentros con personas discapacitadas, como enseñó el Papa el mismo día, en su Discurso a la Academia de Ciencias sociales (11-IV-2024).

Jesús entra en contacto con ellos (no los ignora ni niega, ni los margina ni los descarta); también cambia el sentido de su experiencia vital, con «una invitación a tejer una relación singular con Dios que haga florecer de nuevo a las personas», como vemos en el caso del ciego Bartimeo (cfr Mc 10,46-52).

La actual cultura del descarte y del despilfarro, lamenta el Papa Bergoglio, conduce fácilmente a estas personas a considerar la propia existencia como una carga para sí mismas y para los seres queridos. Y así esta mentalidad se abre a una cultura de la muerte, al aborto y la eutanasia.

Por eso, propone el sucesor de Pedro, «luchar contra la cultura del descarte significa promover la cultura de la inclusión –deben estar unidos–, crear y reforzar los lazos de pertenencia a la sociedad», trabajar, sobre todo en los países más pobres, «por una mayor justicia social y por eliminar las barreras de diversa índole que impiden a tantos disfrutar de los derechos y libertades fundamentales». Los resultados de estas acciones son más visibles en los países económicamente más desarrollados.

Entiende que esta cultura de inclusión integral se promueve más plenamente «cuando las personas con discapacidad no son receptores pasivos, sino que participan en la vida social como protagonistas del cambio». Por eso sostiene que «subsidiariedad y participación son los dos pilares de una inclusión efectiva. Y bajo esta luz se comprende bien la importancia de las asociaciones y movimientos de personas con discapacidad que promueven la participación social».

Tres citas del papa León XIV en su visita a Gran Canaria

En su encuentro con las realidades de acogida de los migrantes, celebrado en el puerto de Arguineguín (Gran Canaria), el papa León XIV reflexionó sobre el sufrimiento de quienes se ven obligados a abandonar su hogar a causa de la pobreza, la violencia, la guerra o la explotación. Estas palabras muestran su llamada a reconocer la dignidad de toda persona y a no permanecer indiferentes ante el dolor humano.

1. «Como pueden ver, llevo en mi mano el anillo que se llama «del Pescador». Su nombre mismo nos conduce al lago de Galilea, donde Cristo llamó a Pedro y le dijo: «Desde ahora serás pescador de hombres» (Lc 5,10). La Iglesia ha leído ese versículo como imagen de su misión. Pero aquí y en lugares como en El Hierro, ese mandato adquiere una fuerza literal y dolorosa. Esa isla, pequeña en extensión pero grande en humanidad, ha visto llegar a miles de personas arrancadas de su tierra y confiadas a la fragilidad de un cayuco. Aquí hay personas recuperadas del mar y cuerpos exánimes rescatados de las aguas.

Por eso, el Sucesor de Pedro no puede desentenderse de estos muelles. La Iglesia no puede desentenderse de estas aguas ni de ningún lugar donde el hambre, la sed, la violencia, el miedo o el exilio sigan hiriendo la dignidad humana. Los discípulos de Jesús no pueden considerar ajeno el clamor de quienes gritan desde la noche».

2. «Querida Blessing, aunque no estás aquí hoy, tu voz sí. Gracias por compartirnos tu historia. Tu nombre significa bendición, y nos recuerda que cada vida humana es una bendición de Dios. Nadie puede comprarla, venderla, usarla o descartarla, porque en cada persona resplandece la imagen y semejanza del Creador (cf. Gn 1,27). Nos has dicho que te fuiste de tu país no porque quisieras, sino porque no había otra opción. En tus palabras escuchamos el drama de tantas personas obligadas a partir porque la pobreza, la guerra, la amenaza o la explotación les cerraron todos los caminos.

Quisiera que este mensaje llegue hasta ti y a tantas mujeres víctimas de la trata y la explotación: si otros pusieron precio a tu cuerpo, Dios no ha dejado nunca de mirarte como alguien invaluable».

3. «Este drama debe convertirse en examen de conciencia: para las naciones de origen, que deben crear condiciones de paz, justicia y desarrollo; para las naciones de tránsito, llamadas a proteger y no a dejar a los débiles en manos de redes criminales; para Europa, que no puede proclamar la dignidad humana y acostumbrarse a que el Mediterráneo y el Atlántico sean cementerios sin lápidas; para la comunidad internacional, llamada a una cooperación eficaz y perseverante».


Don Ramiro Pellitero Iglesias, profesor emérito de Teología Pastoral en la Facultad de Teología de la Universidad de Navarra.

Publicado en Iglesia y nueva evangelización.


Santa María Reina: la Virgen, nuestra Madre y Madre del Rey de reyes

María fue una joven sencilla de Nazaret, alejada de los grandes centros de poder de su tiempo. Sin embargo, Dios puso sus ojos en ella para confiarle una misión extraordinaria: ser la Madre de su Hijo, Santa María Reina.

El evangelio de san Lucas nos lleva precisamente hasta aquel momento. El ángel Gabriel se presenta ante María y le anuncia que concebirá a Jesús, que «será llamado Hijo del Altísimo» y cuyo Reino no tendrá fin. María, aun sin comprender por completo lo que sucederá, responde confiando plenamente en Dios: «he aquí la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra».

Aquella joven que se presenta como esclava es la misma a la que la Iglesia contempla y venera como Reina del Universo, del Cielo y, por supuesto, del Mundo.

¿Por qué la Virgen María es Reina?

La respuesta está íntimamente ligada a Jesucristo. María es Reina porque es la Madre de Jesús, Rey del Universo.

La fiesta de Santa María Reina fue instituida por el papa Pío XII en 1954 para venerar a la Virgen como Reina, de manera análoga a como la Iglesia reconoce a su Hijo como Cristo Rey.

La maternidad divina de María está, por tanto, en el origen de esta dignidad. Como explicaba san Josemaría, de ella proceden también las gracias y privilegios con los que Dios quiso adornarla: fue concebida Inmaculada, está llena de gracia y fue elevada en cuerpo y alma al Cielo y coronada como Reina de toda la creación.

Pero para comprender qué significa realmente llamar Reina a la Virgen María, debemos alejarnos de nuestra idea habitual de la realeza.

Una Reina que sirve

Cuando pensamos en un rey o una reina, podemos imaginar poder, riqueza o privilegios. La realeza de Cristo y de María responde a una lógica completamente diferente.

La fuente recuerda una enseñanza de Benedicto XVI: la realeza de Jesús está entretejida de humildad, servicio y amor. Ser rey, desde la perspectiva cristiana, significa ante todo servir, ayudar y amar. Y esa misma lógica encontramos en María.

Su poder no está orientado hacia sí misma. María lo pone al servicio de sus hijos. Por eso los cristianos pueden acercarse a ella no solo como Reina, sino también como Madre. Dos títulos que, lejos de contradecirse, explican la singular relación de la Virgen con cada cristiano.

San Josemaría invitaba a vivirlo con una profunda confianza filial: «Llénate de seguridad: nosotros tenemos por Madre a la Madre de Dios, la Santísima Virgen María, Reina del Cielo y del Mundo» (Forja, 273).

Coronación de Santa María Reina, Velazquez
Coronación de Santa María Reina, Velázquez.

María, Reina que intercede por sus hijos

Reconocer a María como Reina lleva también a confiar en su intercesión. El Evangelio muestra cómo la Virgen conduce siempre hacia su Hijo.

San Josemaría recordaba el episodio de las bodas de Caná; ante la necesidad de aquellos esposos, María interviene y Cristo realiza el milagro. La consecuencia es que los discípulos creen en Él.

María no ocupa el lugar de Cristo: nos acerca a Él. Esta certeza permite acudir a ella en las dificultades, cuando la fe se debilita o incluso cuando faltan palabras para rezar. San Josemaría aconsejaba invocarla con sencillez y confianza, pidiendo su intercesión para volver a experimentar la cercanía de Dios.

«Llénate de seguridad: nosotros tenemos por Madre a la Madre de Dios, la Santísima Virgen María, Reina del Cielo y del Mundo» (Forja, 273).

Santa María, Reina de la paz

Entre los títulos con los que la Iglesia invoca a la Virgen hay uno especialmente significativo: Reina de la paz, Regina pacis.

San Josemaría recomendaba acudir a ella cuando la inquietud entra en el corazón, pero también ante las dificultades familiares, profesionales o sociales.

La devoción a Santa María Reina adquiere así una dimensión muy concreta. No se trata únicamente de contemplar a María coronada en el Cielo, sino de reconocerla como Madre a la que podemos acudir en las circunstancias ordinarias de nuestra vida.

La humildad de María: «hágase en mí, según tu palabra»

Resulta especialmente hermoso que el Evangelio elegido para la fiesta de Santa María Reina sea el de la Anunciación. No encontramos a María sentada en un trono. La encontramos en Nazaret, escuchando a Dios.

La que será reconocida como Reina responde llamándose a sí misma «esclava del Señor». Y precisamente ahí encontramos una de las claves para comprender su grandeza.

María se abre a Dios, confía en Él y acepta sus planes incluso cuando no puede comprenderlos por completo. Su respuesta –«hágase en mí según tu palabra»– muestra una confianza radical que puede servir de ejemplo para cualquier cristiano.

Su vida nos recuerda que Dios puede manifestarse en la sencillez y en la humildad de lo cotidiano.

Una fiesta para acudir a nuestra Madre

Celebrar a Santa María Reina el 22 de agosto es, por tanto, mucho más que recordar uno de los títulos de la Virgen.

Es contemplar a María como Madre de Cristo y Madre nuestra; como Reina que sirve, ama e intercede; y como ejemplo de una vida enteramente abierta a la voluntad de Dios.

San Josemaría invitaba a participar de esta fiesta con la confianza de un hijo: «Es justo que el Padre y el Hijo y el Espíritu Santo coronen a la Virgen como Reina y Señora de todo lo creado. —¡Aprovéchate de ese poder! y, con atrevimiento filial, únete a esa fiesta del Cielo. —Yo, a la Madre de Dios y Madre mía, la corono con mis miserias purificadas, porque no tengo piedras preciosas ni virtudes. —¡Anímate!» (Forja, 285).

Este 22 de agosto, podemos hacer nuestra esa invitación y acudir a María con confianza, presentándole nuestras necesidades, nuestras alegrías y también nuestras dificultades. Porque la Reina del Cielo es, antes que nada, nuestra Madre.

Juan Pablo II sobre María en una audiencia general

«La devoción popular invoca a María como Reina. El Concilio Vaticano II, después de recordar la Asunción de la Virgen “en cuerpo y alma a la gloria del cielo", explica que fue “elevada por el Señor como Reina del universo, para ser conformada más plenamente a su Hijo, Señor de los señores (cfr. Ap 19, 16) y vencedor del pecado y de la muerte" (Lumen gentium , 59)».

Así pues, los cristianos miran con confianza a María Reina, y esto no sólo no disminuye, sino que, por el contrario, exalta su abandono filial en aquella que es Madre en el orden de la gracia.

«Más aún, la solicitud de Santa María Reina por los hombres puede ser plenamente eficaz precisamente en virtud del estado glorioso posterior a la Asunción. Esto lo destaca muy bien San Germán de Constantinopla, que piensa que ese estado asegura la íntima relación de María con su Hijo, y hace posible su intercesión en nuestro favor.

Dirigiéndose a María, añade: Cristo quiso “tener, por decirlo así, la cercanía de tus labios y de tu corazón; de este modo, cumple todos los deseos que le expresas, cuando sufres por tus hijos, y Él hace, con su poder divino, todo lo que le pides" ( Homilía 1)».

«Se puede concluir que la Asunción no sólo favorece la plena comunión de María con Cristo, sino también con cada uno de nosotros: está junto a nosotros, porque su estado glorioso le permite seguirnos en nuestro itinerario terreno diario. También leemos en San Germán: “Tú moras espiritualmente con nosotros, y la grandeza de tu desvelo por nosotros manifiesta tu comunión de vida con nosotros" ( Homilía 1).

En vez de crear distancia entre nosotros y la Virgen, el estado glorioso de María suscita una cercanía continua y solícita. Ella conoce todo lo que sucede en nuestra existencia, y nos sostiene con amor materno en las pruebas de la vida». Juan Pablo II, discurso en la audiencia general del 23 de julio de 1997.

Desde Santo Rosario de san Josemaría

«Eres toda hermosa, y no hay en ti mancha. —Huerto cerrado eres, hermana mía, Esposa, huerto cerrado, fuente sellada. — Veni: coronaberis. —Ven: serás coronada (Ct 4, 7, 12 y 8).

Si tú y yo hubiéramos tenido poder, la hubiéramos hecho también Reina y Señora de todo lo creado.

Una gran señal apareció en el cielo: una mujer con corona de doce estrellas sobre su cabeza. —Vestido de sol. —La luna a sus pies ( Ap 12, 1). María, Virgen sin mancilla, reparó la caída de Eva: y ha pisado, con su planta inmaculada, la cabeza del dragón infernal. Hija de Dios, Madre de Dios, Esposa de Dios.

El Padre, el Hijo y el Espíritu Santo la coronan como Emperatriz que es del Universo.

Y le rinden pleitesía de vasallos los Ángeles..., y los patriarcas y los profetas y los Apóstoles..., y los mártires y los confesores y las vírgenes y todos los santos..., y todos los pecadores y tú y yo» (San Josemaría. Santo Rosario, 5º misterio glorioso).


Bibliografía:


La formación litúrgica: aprender a vivir la Misa como un encuentro con Cristo

Muchos católicos participan en la Misa cada domingo, pero pocos se han preguntado alguna vez qué significa realmente cada gesto, cada silencio o cada palabra. Comprenderlos no es un lujo reservado a sacerdotes o especialistas que tengan formación litúrgica.

La finalidad de la liturgia católica, cuyo centro es la celebración de los sacramentos y especialmente la Eucaristía, es la comunión de los cristianos con el cuerpo y la sangre de Cristo. Es el encuentro de cada uno y de la comunidad cristiana como un solo cuerpo y una sola familia, con el Señor.

El encuentro con Cristo en la liturgia

La liturgia, señala el Papa, garantiza la posibilidad del encuentro con Jesucristo en el “hoy” de nuestra vida, para trasformar todas nuestras actividades –el trabajo, las relaciones familiares, el esfuerzo por mejorar la sociedad ayudar a quien nos necesita– en luz y fuerza divinas.

Esto es lo que Cristo ha querido en su última Cena. Esta es la finalidad de sus palabras: «Haced esto en memoria mía». Desde entonces nos espera en la Eucaristía. Y la misión evangelizadora de la Iglesia no es otra cosa que la llamada para ese encuentro que Dios desea con todas las personas del mundo, encuentro que comienza en el Bautismo.

En varias ocasiones enuncia progresivamente los objetivos de este documento: «con esta carta quisiera simplemente invitar a toda la Iglesia a redescubrir, custodiar y vivir la verdad y la fuerza de la celebración cristiana» (n. 16); «redescubrir cada día la belleza de la verdad de la celebración cristiana» (antes del n. 20);

«…reavivar el asombro por la belleza de la verdad de la celebración cristiana; recordar la necesidad de una auténtica formación litúrgica y reconocer la importancia de un arte de la celebración que esté al servicio de la verdad del misterio pascual y de la participación de todos los bautizados, cada uno con la especificidad de su vocación» (n. 62). Carta apostólica Desiderio desideravi (29-VI-2022), del papa Francisco.

Desconocimiento de la liturgia

Uno de los mayores riesgos para la vida cristiana es vivir la liturgia de manera superficial, como un conjunto de ritos que se repiten sin comprender su verdadero significado. También lo es pensar que la fe depende únicamente de la experiencia personal o del esfuerzo humano, olvidando que la salvación es, ante todo, un don gratuito de Dios.

La liturgia nos recuerda precisamente esa verdad. En cada celebración no actuamos de forma aislada, sino como miembros de la Iglesia reunidos en torno a Cristo. A través de la Palabra de Dios y de los sacramentos, el Señor sale a nuestro encuentro y nos comunica su gracia.

Por eso, participar plenamente en la liturgia no consiste solo en conocer mejor los ritos, sino en dejarnos transformar por la acción de Dios. La santidad no nace únicamente de nuestras fuerzas, sino de la respuesta libre a la gracia que recibimos en cada celebración.

La belleza de la liturgia nace del encuentro con Cristo

La liturgia ocupa un lugar central en la vida de la Iglesia porque es el momento en el que Cristo continúa actuando y haciéndose presente a través de la Palabra, los sacramentos y la comunidad reunida para celebrar la fe. En cada Eucaristía participamos del misterio pascual de su muerte y resurrección, fuente de la vida cristiana.

Por eso, cuidar la celebración litúrgica va mucho más allá de respetar unos ritos o procurar que todo salga bien. La verdadera belleza de la liturgia no depende únicamente de la solemnidad de los gestos o de la calidad de la música, sino de la conciencia con la que los fieles participan en el misterio que celebran.

Una formación litúrgica sólida nos ayuda precisamente a descubrir ese sentido profundo. Nos enseña a comprender los signos, los silencios, las palabras y los tiempos litúrgicos, para vivir cada celebración como un auténtico encuentro con Cristo y no como una simple costumbre.

El Concilio Vaticano II quiso devolver a la liturgia el lugar que le corresponde en la vida de la Iglesia, recordando que en ella Dios toma la iniciativa y sale al encuentro de su pueblo. Como afirmaba san Pablo VI, la liturgia es «la primera fuente de la vida divina que se nos comunica», y constituye una auténtica escuela de vida espiritual.

Formación litúrgica

La liturgia, corazón de la vida de la Iglesia

La liturgia no es un acto privado ni una experiencia exclusivamente personal. Cada celebración reúne al pueblo de Dios en torno a Cristo y hace visible la comunión de la Iglesia. Por eso el Concilio Vaticano II la define como «la cumbre a la que tiende la acción de la Iglesia y, al mismo tiempo, la fuente de donde mana toda su fuerza» (Sacrosanctum concilium, 10).

Cuando participamos en la Eucaristía o en cualquier otro sacramento, no vivimos la fe de manera aislada. Formamos parte de una comunidad unida por el mismo bautismo y llamada a caminar junta hacia Dios.

Esta dimensión comunitaria nos ayuda a superar una visión individualista de la fe. La liturgia nos recuerda que somos miembros de un mismo Cuerpo y que Cristo actúa en medio de su Iglesia, alimentando nuestra vida espiritual y fortaleciendo la comunión entre todos los fieles.

Por eso, una buena formación litúrgica no solo nos permite comprender mejor los signos y los ritos, sino también descubrir que cada celebración nos une a toda la Iglesia y nos envía a vivir el Evangelio en la vida cotidiana.

Formarse para vivir la liturgia

La formación litúrgica no consiste únicamente en aprender el significado de los ritos o conocer mejor los textos de la Misa. Su verdadero objetivo es ayudar a descubrir que, en cada celebración, es Cristo quien actúa y reúne a toda la Iglesia en torno a Él.

Por eso, formarse para la liturgia implica conocer el sentido de los sacramentos, comprender el significado de los gestos, las palabras y los tiempos litúrgicos, y cultivar una vida de oración que permita participar de manera consciente y activa en cada celebración.

Al mismo tiempo, la propia liturgia nos forma. Cada Eucaristía, cada sacramento y cada celebración del año litúrgico fortalecen nuestra fe y nos ayudan a configurar la vida con Cristo. No se trata solo de asistir a unos ritos, sino de dejar que la gracia transforme nuestro modo de pensar, de amar y de servir a los demás.

Los signos litúrgicos tienen un papel fundamental en este camino. El silencio dispone el corazón para escuchar a Dios; la proclamación de la Palabra ilumina la vida del creyente; los gestos del cuerpo, como ponerse de pie, sentarse, responder o arrodillarse, expresan con sencillez la fe de toda la comunidad. Estos signos no son meras costumbres, sino un lenguaje que ayuda a vivir el misterio que celebramos.

La familia, la parroquia y la catequesis desempeñan un papel decisivo para transmitir este lenguaje desde la infancia. Aprender a hacer la señal de la cruz, participar en la Misa dominical o descubrir el sentido del año litúrgico son pasos sencillos que ayudan a crecer en la vida cristiana y a participar con mayor profundidad en la liturgia de la Iglesia.

El papel de los sacerdotes en la formación litúrgica

Los sacerdotes desempeñan una misión fundamental para ayudar a los fieles a vivir la liturgia con profundidad. Su tarea no consiste únicamente en presidir las celebraciones, sino también en acompañar a la comunidad para que comprenda y participe plenamente en el misterio que se celebra.

Celebrar bien la liturgia significa hacerlo con fidelidad a la Iglesia, cuidando cada gesto, cada palabra y cada signo, sin convertir la celebración en un acto rutinario ni en una expresión de protagonismo personal. Cuando la liturgia se vive con sencillez, belleza y recogimiento, facilita el encuentro con Cristo.

Este modo de celebrar nace, ante todo, de la vida espiritual del sacerdote. La oración, el trato personal con Dios y una sólida formación litúrgica le ayudan a ejercer su ministerio con humildad y a poner siempre a Cristo en el centro de la celebración.

Por eso, la formación litúrgica ocupa un lugar esencial en la preparación de los futuros sacerdotes. Conocer el sentido profundo de la liturgia y aprender a celebrarla con fidelidad y amor permitirá que, más adelante, puedan guiar a las comunidades cristianas y ayudar a muchos fieles a vivir una participación cada vez más consciente y fructuosa en los sacramentos.


Fuentes para profundizar

Este artículo recoge y adapta las principales enseñanzas de la Iglesia sobre la formación litúrgica, inspirándose especialmente en la reflexión de Romano Guardini, cuya obra marcó profundamente la renovación litúrgica del siglo XX, así como en el magisterio reciente de la Iglesia.

Entre las principales referencias se encuentran:

Este artículo está basado en el trabajo de don Ramiro Pellitero Iglesias, profesor de Teología Pastoral de la Facultad de Teología de la Universidad de Navarra, adaptado y actualizado para los lectores de Fundación CARF.



San Maximiliano Kolbe: el sacerdote que entregó su vida en Auschwitz

Hay vidas que parecen escritas para demostrar que el Evangelio puede vivirse hasta las últimas consecuencias. La de san Maximiliano María Kolbe es una de ellas.

Sacerdote franciscano conventual, gran apóstol de la Virgen María, misionero, periodista y mártir de la caridad, pasó a la historia por ofrecer voluntariamente su vida para salvar la de otro prisionero en el campo de concentración de Auschwitz durante la Segunda Guerra Mundial. Su gesto sigue siendo uno de los mayores testimonios de amor cristiano del siglo XX.

Pero reducir su figura únicamente a aquel último acto heroico sería quedarse con una pequeña parte de una vida extraordinaria.

¿Quién fue san Maximiliano Kolbe?

San Maximiliano María Kolbe nació el 8 de enero de 1894 en Zduńska Wola (Polonia) con el nombre de Raimundo Kolbe. Desde niño destacó por su profunda sensibilidad religiosa.

Una tradición muy arraigada en su biografía relata que, siendo aún un muchacho, tuvo una experiencia espiritual en la que la Virgen María le mostró dos coronas: una blanca, símbolo de la pureza, y otra roja, símbolo del martirio. Al preguntarle cuál elegía, respondió: «Las dos». Años después, aquella respuesta adquiriría un significado profético.

Ingresó muy joven en la Orden de los Frailes Menores Conventuales y adoptó el nombre de Maximiliano María, reflejando su profunda consagración a la Virgen.

Un enamorado de la Inmaculada

Hablar de san Maximiliano Kolbe es hablar de una confianza absoluta en María Inmaculada.

Durante sus estudios en Roma fundó en 1917 la Milicia de la Inmaculada, un movimiento evangelizador cuyo objetivo era acercar todas las personas a Cristo a través de la Virgen. Para él, María nunca era el fin, sino el camino más seguro para encontrarse con Jesucristo.

Su espiritualidad estaba profundamente marcada por tres convicciones:

Estas ideas marcaron toda su actividad sacerdotal.

Un pionero de la evangelización en los medios de comunicación

Décadas antes de internet y las redes sociales, san Maximiliano comprendió que la comunicación sería una herramienta decisiva para anunciar el Evangelio.

Fundó la revista El Caballero de la Inmaculada, impulsó una gran editorial católica y convirtió el convento de Niepokalanów en uno de los mayores centros de publicación religiosa de Europa. Desde allí imprimía cientos de miles de ejemplares cada mes y utilizó incluso la radio para difundir el mensaje cristiano.

La Segunda Guerra Mundial y Auschwitz

Cuando Alemania invadió Polonia en 1939, el convento de Niepokalanów abrió sus puertas para acoger a miles de refugiados, entre ellos numerosos judíos.

Maximiliano rechazó abandonar a su comunidad y continuó ejerciendo su ministerio sacerdotal hasta que fue arrestado por las autoridades nazis en 1941 y deportado al campo de concentración de Auschwitz.

Allí siguió actuando como sacerdote: confesaba, consolaba y fortalecía espiritualmente a los demás prisioneros en medio de condiciones inhumanas.

Bloque en el que fallece San Maximiliano Kolbe
Bloque en el que fallece San Maximiliano Kolbe

Un mártir de la caridad

En julio de 1941 un preso logró escapar de Auschwitz. Como represalia, los nazis seleccionaron a diez hombres para morir de hambre. Uno de ellos rompió a llorar al pensar en su esposa y sus hijos.

Entonces ocurrió uno de los gestos más conmovedores de la historia contemporánea. San Maximiliano dio un paso al frente y pidió ocupar el lugar del condenado. Se identificó como sacerdote católico y su petición fue aceptada.

Durante dos semanas acompañó a los demás prisioneros del búnker con oraciones, himnos y palabras de esperanza hasta que finalmente murió el 14 de agosto de 1941, tras recibir una inyección letal.

Su sacrificio encarna de manera extraordinaria las palabras de Jesús: «Nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos» (Jn 15,13).

Canonización de san Maximiliano Kolbe

San Pablo VI lo beatificó en 1971. Posteriormente, san Juan Pablo II lo canonizó el 10 de octubre de 1982, proclamándolo mártir de la caridad, una expresión que resume perfectamente el sentido de toda su vida: amar hasta el extremo.

Se refirió a él como «un santo de nuestro difícil siglo». El sargento del ejército y miembro de la resistencia judía en Polonia, Franciszek Gajowniczek (1901-1995) repitió hasta el final de su vida que gracias a él se había salvado de ser una de las víctimas del Holocausto.

¿Qué puede enseñarnos hoy san Maximiliano Kolbe? Su mensaje mantiene una enorme actualidad.

  1. La santidad se construye en las pequeñas decisiones. Antes del heroísmo de Auschwitz hubo años de fidelidad cotidiana: oración, estudio, trabajo, servicio y confianza en Dios.
  2. Evangelizar exige creatividad. Kolbe entendió que la comunicación era un campo privilegiado para anunciar el Evangelio. Hoy ese desafío continúa en el mundo digital.
  3. María siempre conduce a Cristo. Su intensa devoción mariana nunca fue sentimentalismo, sino una forma concreta de vivir plenamente el Evangelio.
  4. El amor es más fuerte que el odio. En el lugar donde parecía haber triunfado el mal, respondió con una entrega total. Su vida demuestra que el amor cristiano puede transformar incluso las situaciones más oscuras.

La figura de san Maximiliano Kolbe recuerda la inmensa misión del sacerdocio: llevar esperanza allí donde parece no haberla.

Su ejemplo sigue inspirando a seminaristas y sacerdotes diocesanos y religiosos de todo el mundo a vivir su ministerio con entrega, valentía y profunda unión con Cristo.

En la Fundación CARF sabemos que la formación integral, humana, espiritual y académica de los futuros sacerdotes es una inversión para toda la Iglesia. Sacerdotes bien formados pueden convertirse, como san Maximiliano, en instrumentos de esperanza para miles de personas, allí donde Dios los llame.

San Maximiliano Kolbe en la encíclica Magnifica humanitas de León XIV

El testimonio de san Maximiliano Kolbe sigue iluminando a la Iglesia también en nuestros días. En su primera encíclica, Magnifica humanitas (2026), el papa León XIV lo cita entre los «mártires de la fraternidad y de la justicia», junto a san Óscar Romero y el beato Enrique Angelelli. El Pontífice presenta a estos santos como hombres que, incluso en condiciones inhumanas, supieron defender la dignidad de toda persona con la fuerza del Evangelio.

La referencia no es casual. En un documento dedicado a reflexionar sobre la dignidad humana y los desafíos de nuestro tiempo, León XIV propone a san Maximiliano Kolbe como un ejemplo de que la verdadera grandeza del ser humano no reside en el poder ni en la tecnología, sino en la capacidad de entregarse por amor. Su vida recuerda que la fraternidad cristiana alcanza su expresión más alta cuando somos capaces de dar la vida por los demás, siguiendo el ejemplo de Cristo.

Carta Encíclica de Su Santidad León XIV Magnifica Humanitas
Firma de la carta encíclica de su santidad León XIV, Magnifica Humanitas.

Oración a san Maximiliano Kolbe

San Maximiliano María Kolbe,
sacerdote fiel y mártir de la caridad,
enséñanos a amar sin medida,
a confiar plenamente en la Virgen María
y a poner nuestra vida al servicio de los demás.
Que, siguiendo tu ejemplo,
sepamos responder al mal con el bien
y anunciar a Cristo con valentía.
Amén.

Oración 1 para alcanzar un favor

Oh Señor Jesucristo, que dijiste "nadie tiene mayor amor que quien da la vida por sus amigos", por medio de la intercesión de San Maximiliano Kolbe cuya vida es una ilustración de ese amor, te suplicamos nos concedas nuestras peticiones...

(haz la petición aquí)

A través del movimiento de la Milicia de la Inmaculada, que fundó Maximiliano, difundió una ferviente devoción a Nuestra Señora por todo el mundo. El dio su vida por un completo extraño y amó a sus perseguidores, dándonos con ello un ejemplo de amor desprendido por todos los hombres, un amor que estaba inspirado por una verdadera devoción a María.

Concédenos, oh Señor Jesús, que también nosotros podamos entregarnos enteramente sin reservas por el amor y el servicio a nuestra Reina del Cielo para mejor amar y servir a nuestro prójimo a imitación de tu humilde siervo San Maximiliano. Amén.

Rezar tres Avemarías y un Gloria.
__________

Oración 2 para alcanzar un favor

¡Oh, San Maximiliano María! Fiel seguidor del Pobrecito de Asís,
que encendido en el amor de Dios has pasado tu vida en la asidua práctica de las virtudes heroicas y en las santas obras del apostolado, vuelve tu mirada a nosotros, tus devotos, que confiamos en tu intercesión.

Tu que, irradiado por la luz de la Virgen Inmaculada, atrajisteis innumerables almas hacia los ideales de santidad, llamándoles a toda forma de apostolado para el triunfo del bien y la propagación del Reino de Dios, obténos la luz y la fuerza para obrar el bien atrayendo muchas almas al amor de Cristo.

Tu que, en perfecta imitación del divino Salvador, has alcanzado tan alto grado de caridad para ofrecer, en sublime testimonio de amor,
tu vida para salvar aquella de un hermano prisionero, intercede ante el Señor por la gracia que confiadamente te pedimos:

(haz la petición aquí)

Y, animados por el mismo ardor de caridad, podamos también nosotros con la fe y las obras, dar testimonio de Cristo ante nuestros hermanos, para alcanzar junto a ti, la posesión beatificante de Dios
en la luz de la gloria eterna. Amén.