
La Iglesia Católica celebra la solemnidad de la natividad de san Juan Bautista el 24 de junio. A diferencia de la inmensa mayoría de los santos, a quienes recordamos en el día de su tránsito al cielo (29 de agosto en el caso del Precursor), a san Juan Bautista lo conmemoramos también en el día de su nacimiento terrenal.
¿Quién fue realmente este hombre que vestía con piel de camello, al que muchos consideraban un loco y que terminó marcando el inicio de la Redención de todos los seres humanos?
La historia de Juan comienza con sus padres, Zacarías (un sacerdote judío) e Isabel. Eran ancianos y la esterilidad de ella les había impedido tener hijos. Un día, mientras Zacarías estaba en el templo, el arcángel Gabriel se le apareció para anunciarle que tendrían un hijo que prepararía el camino del Mesías. Zacarías dudó de la noticia y, como consecuencia, se quedó mudo hasta que se cumpliera la promesa.
Hay un detalle fascinante en la gestación de san Juan: cuando la Virgen María (que ya esperaba a Jesús) fue a visitar a su prima Isabel, el niño Juan saltó de alegría en el vientre de su madre al escuchar el saludo de María. Por este episodio, la devoción popular y la tradición de la Iglesia consideran que Juan fue liberado del pecado original antes de nacer.
Ocho días después de su nacimiento, llegó el momento de ponerle nombre. La familia daba por hecho que se llamaría Zacarías, como su padre. Sin embargo, Isabel se opuso y Zacarías pidió una tablilla donde escribió: «Juan es su nombre» (que significa "Dios es misericordioso"). Al instante, Zacarías recuperó el habla. Con este gesto, sus padres renunciaban a imponerle sus propios planes y abrazaban la vocación única que Dios tenía para su hijo.
En el Ángelus de 24 de junio de 2012, manifestó Benedicto XVI: «Desde el vientre materno, Juan es el precursor de Jesús: el ángel anuncia a María su concepción prodigiosa como una señal de que ‘para Dios nada hay imposible’ (Lc 1, 37), seis meses antes del gran prodigio que nos da la salvación, la unión de Dios con el hombre por obra del Espíritu Santo».
«Los cuatro Evangelios dan gran relieve a la figura de Juan el Bautista, como profeta que concluye el Antiguo Testamento e inaugura el Nuevo, identificando en Jesús de Nazaret al Mesías, al Consagrado del Señor», prosiguió el Papa teólogo.
Juan es la figura clave que sirve de puente entre el Antiguo y el Nuevo Testamento; es el último de los profetas. No fue un hombre convencional. Pasó su juventud en el desierto llevando un estilo de vida extremadamente austero: vestía una piel de camello atada con un cinturón de cuero, y se alimentaba de saltamontes y miel silvestre.
Hacia el año 26 d. C., guiado por el Espíritu Santo, comenzó a predicar a orillas del río Jordán. Su mensaje era directo y a veces rudo –llegó a llamar "raza de víboras" a los fariseos e hipócritas que se le acercaban–. Invitaba a la gente a cambiar de vida y administraba a todos a un "bautismo de conversión". Aunque su aspecto y dureza podían parecer los de un loco, el núcleo de su mensaje no era el castigo, sino preparar los corazones de la gente para recibir la inminente misericordia de Dios.
San Josemaría, sobre el Bautismo de Jesucristo
El momento cumbre de su misión llegó cuando el propio Jesús se acercó al río Jordán para ser bautizado. Al verlo, Juan lo reconoció y pronunció las palabras que se siguen repitiendo hoy en día: "He aquí el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo".
Sobre este pasaje, san Josemaría nos invitaba a meditar. Él destacaba cómo en el Bautismo, Dios Padre toma posesión de nuestras vidas, nos incorpora a la de Cristo y nos envía el Espíritu Santo. El fundador del Opus Dei recordaba que el Señor, mediante este sacramento, pone en nuestra alma un sello indeleble que nos constituye como hijos de Dios.
«En el Bautismo, Nuestro Padre Dios ha tomado posesión de nuestras vidas, nos ha incorporado a la de Cristo y nos ha enviado el Espíritu Santo. La fuerza y el poder de Dios iluminan la faz de la tierra. ¡Haremos que arda el mundo, en las llamas del fuego que viniste a traer a la tierra! ... Y la luz de tu verdad, Jesús nuestro, iluminará las inteligencias, en un día sin fin».
«Yo te oigo clamar, Rey mío, con voz viva, que aún vibra: “ignem veni mittere in terram, et quid volo nisi ut accendatur?” (fuego he venido a traer a la tierra y qué quiero sino que arda) –Y contesto –todo yo– con mis sentidos y mis potencias: “ecce ego: quia vocasti me!” (aquí estoy por que me has llamado). El Señor ha puesto en tu alma un sello indeleble, por medio del Bautismo: eres hijo de Dios. Niño: ¿no te enciendes en deseos de hacer que todos le amen?»
«Él tiene que crecer y yo tengo que menguar»
Juan fue maestro absoluto de humildad. A pesar de su enorme influencia social y multitud de seguidores (de hecho, los primeros apóstoles de Jesús, como Pedro, Andrés y Juan, fueron inicialmente discípulos del Bautista), nunca buscó el protagonismo. Su testamento espiritual se resume en una frase que dejó a sus seguidores: «Él tiene que crecer, y yo tengo que menguar». Su única misión era señalar a Cristo y, una vez hecho, apartarse.
Un hombre tan íntegro no podía mirar hacia otro lado ante las injusticias del poder. Juan recriminó abiertamente al rey Herodes Antipas por haberse divorciado y casado con Herodías, la mujer de su propio hermano. Esta valentía para defender la verdad y el matrimonio le costó la cárcel, ya que Herodías comenzó a odiarlo hasta lograr su muerte.
Su final llegó de forma trágica durante un gran banquete por el cumpleaños de Herodes. Salomé, la hija de Herodías, bailó para los invitados y agradó tanto al rey que este le prometió bajo juramento darle cualquier cosa que pidiera. Instigada por su madre, la joven pidió la cabeza de Juan el Bautista en una bandeja. Herodes, entristecido pero negándose a quedar mal ante sus invitados, mandó decapitar a Juan en la prisión.
Hoy en día, san Juan Bautista sigue siendo un modelo de santidad fiel: nos enseña a ser valientes defensores de la verdad, a vivir sin apegos innecesarios y, sobre todo, a hacer de nuestra propia vida un instrumento para acercar a los demás a Dios.
En 2007, ya Papa, Benedicto XVI había dicho también en el Ángelus. «Hoy, 24 de junio, la liturgia nos invita a celebrar la solemnidad de la Natividad de san Juan Bautista, cuya vida estuvo totalmente orientada a Cristo, como la de su madre, María. San Juan Bautista fue el precursor, la “voz” enviada a anunciar al Verbo encarnado».
«Por eso, conmemorar su nacimiento significa en realidad celebrar a Cristo, cumplimiento de las promesas de todos los profetas, entre los cuales el mayor fue el Bautista, llamado a “preparar el camino” delante del Mesías (cf. Mt 11, 9-10)».
El papa Francisco señalaba en enero del 2025, durante el Jubileo, lo que Jesús destaca a todos: «"Les aseguro que no hay ningún hombre más grande que Juan, y sin embargo, el más pequeño en el Reino de Dios es más grande que él" (v. 28). La esperanza, hermanos y hermanas, se encuentra toda en este salto de calidad. No depende de nosotros, sino del Reino de Dios. He aquí la sorpresa: acoger el Reino de Dios nos conduce a un nuevo orden de grandeza. ¡Nuestro mundo, todos nosotros tenemos necesidad de esto! Y nosotros decimos: qué cosa debemos hacer? [volver a comenzar]; no entiendo bien [volver a comenzar]. No se olviden de esto: volver a comenzar.

Cuando Jesús pronuncia aquellas palabras, el Bautista está en la cárcel, lleno de interrogativos. En nuestro peregrinar también nosotros llevamos tantas preguntas, y saben por qué? porque son muchos los “Herodes” que todavía contrastan el Reino de Dios. Pero Jesús nos muestra el camino, el camino de las nuevas Bienaventuranzas, que son las leyes sorprendentes del Evangelio. Entonces preguntémonos: ¿llevo dentro de mí un sincero deseo de volver a comenzar? ¿Quiero aprender de Jesús quién es verdaderamente grande? El más pequeño, en el Reino de Dios, él es grande. Y nosotros debemos… [Volver a comenzar, volver a comenzar].Volver a comenzar.
Entonces aprendamos de Juan el Bautista a volver a creer. La esperanza para nuestra casa común – esta nuestra Tierra tan abusada y herida – y la esperanza para todos los seres humanos está en la diferencia de Dios. Su grandeza es diferente. Y nosotros volvemos a comenzar desde esta originalidad de Dios, que ha resplandecido en Jesús y que ahora nos compromete a servir, a amar fraternalmente, a reconocernos pequeños. Y a ver a los más pequeños, a escucharlos y a ser su voz. ¡He aquí nuestro nuevo inicio, este es nuestro jubileo! Y nosotros debemos… [volver a comenzar] Gracias!».
Evangelio del nacimiento de san Juan Bautista (Lc 1, 57-66. 80)
Entretanto le llegó a Isabel el tiempo del parto, y dio a luz un hijo. Y sus vecinos y parientes oyeron que el Señor había agrandado su misericordia con ella y se congratulaban con ella. El día octavo fueron a circuncidar al niño, y querían ponerle el nombre de su padre, Zacarías. Pero su madre dijo:
—De ninguna manera, sino que se llamará Juan.
Y le dijeron:
—No hay nadie en tu familia que tenga este nombre. Al mismo tiempo preguntaban por señas a su padre cómo quería que se le llamase. Y él, pidiendo una tablilla, escribió: «Juan es su nombre». Lo cual llenó a todos de admiración. En aquel momento recobró el habla, se soltó su lengua y hablaba bendiciendo a Dios. Y se apoderó de todos sus vecinos el temor y se comentaban estos acontecimientos por toda la montaña de Judea; y cuantos los oían los grababan en su corazón, diciendo:
—¿Qué va a ser, entonces, este niño?
Porque la mano del Señor estaba con él.
Mientras tanto el niño iba creciendo y se fortalecía en el espíritu, y habitaba en el desierto hasta el tiempo en que debía darse a conocer a Israel.
Comentario al Evangelio
Entre los israelitas, el acto de imponer el nombre estaba reservado para el padre del niño. Era un modo en que se reconocía la paternidad sobre el recién nacido. Por eso, tocaba a Zacarías decir cuál era el nombre del bebé, aunque le resultaba complicado expresarse en esos momentos, porque se había quedado mudo por su incredulidad.
Los padres de san Juan Bautista reconocían que Dios los había bendecido mandándoles un niño cuando parecía que ya no tenían ninguna razón para esperar. El modo extraordinario en que vino al mundo les recordaba que ese hijo era un don del Señor. El ángel le había dicho a Zacarías que ese hijo traería mucha felicidad no solo para sus padres, sino para una multitud de personas: «Será para ti gozo y alegría; y muchos se alegrarán con su nacimiento» (Lucas 1,14). San Juan, ese hijo tan esperado, tenía una misión de cara a todo el pueblo: «convertirá a muchos de los hijos de Israel al Señor su Dios» (Lucas 1,16).
Isabel y Zacarías insisten en ponerle al niño el nombre que el ángel había indicado. Detrás de esta actitud, podemos adivinar el deseo de ofrecer ese hijo a Dios. Ellos no quieren dominar sobre su vida, ni buscan afirmarse a través de su paternidad. De hecho, Zacarías renuncia a ponerle su mismo nombre, mientras que a los demás les parecía lo más lógico. Sin embargo, para Isabel y su marido, lo más importante es que su hijo cumpla la misión para la que ha venido al mundo.
Después de que Zacarías hubiera escrito «Juan es su nombre» su lengua se desató y empezó a alabar a Dios. Es la alegría de un padre generoso, que pone a su hijo en las manos del Señor y se entusiasma con la misión que ha recibido.
En los padres de san Juan Bautista encontramos un ejemplo maravilloso para todos los padres. Al Señor le agrada que nos alegremos con el don de los hijos. Al mismo tiempo, nos invita a respetar y amar “el nombre” que Él les ha dado: es decir, el propio temperamento, los talentos y, sobre todo, su vocación. Los padres se convierten entonces en los promotores de la personalidad de sus hijos y en una gran ayuda para que abracen la misión que el Señor les ha concedido.
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