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Julio, de Venezuela: «Hay que estar dispuesto a sacrificarlo todo»

22/06/2026

Sacrificarlo todo por la vocación, el testimonio de Julio

Julio César Morillo Leal tiene 39 años y es de Venezuela. Pasó cuatro años (2018 a 2022) en Pamplona formándose en las Facultades Eclesiásticas de la Universidad de Navarra. Vivió allí la incertidumbre del covid.

La historia de Julio César Morillo Leal es la de un hombre dispuesto a sacrificarlo todo y que decidió detener una exitosa carrera profesional en su Venezuela natal para responder con valentía a la llamada de Dios para ser sacerdote.

Estudió Teología durante cinco años en Pamplona, en las Facultades Eclesiásticas de la Universidad de Navarra y residió en el seminario internacional Bidasoa. En el año 2022 terminó sus estudios y volvió a su diócesis en Cabimas, Venezuela, donde completó su formación y fue ordenado sacerdote el 3 de diciembre. Actualmente es párroco de la Parroquia Niño Jesús, en San Timoteo.

Una familia unida por sus abuelos

Julio creció siendo el mayor de dos hermanos en el seno de una familia humilde. Sus primeros años estuvieron marcados por la atención, el afecto y la profunda tranquilidad de la vida rural, cobijado por el amor de sus abuelos. Sin embargo, el destino le tenía preparado un giro radical cuando llegó el momento de mudarse con sus padres a la ciudad.

El choque no solo fue geográfico, sino también emocional. La convivencia familiar empezó a fracturarse, transformando el hogar en un entorno complejo. Como el propio Julio recuerda: «el cambio de ambiente fue sumamente duro; la paz a la que estaba acostumbrado se desvaneció y los momentos de tranquilidad en casa comenzaron a escasear».

La adolescencia se convirtió para él en un terreno minado debido a las constantes diferencias entre sus padres. Al cumplir los 15 años, la tensión en el hogar alcanzó un límite tan sofocante que Julio llegó a contemplar una salida desesperada: abandonar su casa para escapar del conflicto.

Aquel momento crítico coincidió con el divorcio de sus padres. Lejos de huir o dejarse vencer por la situación, la ruptura redefinió su rol. Julio decidió quedarse y asumir el compromiso de ser el pilar de apoyo fundamental para su madre y su hermana menor, demostrando que incluso en medio de la tormenta, es posible encontrar la madurez necesaria para proteger a quienes más se ama.

«Desde esa edad me tocó asumir ciertas responsabilidades en mi hogar y plantearme diversos objetivos que me llevaron a centrarme en alcanzarlos con mucho empeño, dedicación y esfuerzo. Diseñé de tal modo lo que quería para mi vida y seguí ese plan hasta lograrlo».

Eligió estudiar Ingeniería porque le apasionaban los números y por eso sus sueños estaban basados principalmente en graduarse como ingeniero, de tal modo que luego pudiera no sólo ejercer en campo, sino también ejercer la docencia en a nivel universitario.

Julio César: «hay que sacrificarlo todo por la vocación»

La vocación al sacerdocio

La vocación es un camino estrictamente personal. Para Julio, la fe se cultivó desde la juventud a través del servicio activo en los movimientos eclesiales de Venezuela, como la pastoral juvenil, Cursillos de Cristiandad y la Legión de María. Sin embargo, fue en los Encuentros Familiares de Venezuela donde entregó gran parte de sus años de servicio.

Paradójicamente, este movimiento se enfoca en la preparación para el matrimonio y la construcción del hogar, un rumbo que Julio ya había adoptado como su meta ideal, complementándolo con sus aspiraciones profesionales.

«Hacia ese camino estaba enfocado mi proyecto de vida, lo cual me hizo creer que también eso era lo que Dios quería para mí».

Convencido de que el plano familiar y el éxito profesional eran la respuesta definitiva a su fe, Julio avanzaba con paso firme, sin sospechar que el diseño de su vocación aún contenía otros matices.

El éxito profesional frente al vacío interior

Julio alcanzó lo que muchos considerarían la cima del éxito: se graduó como Ingeniero de Petróleo, ejerció en su campo y se convirtió en profesor universitario. A una relativa corta edad, gozaba de la admiración de sus amigos y del orgullo de una familia que celebraba cada uno de sus triunfos.

Sin embargo, la realización profesional no se tradujo en una plenitud personal. Detrás de una carrera brillante, comenzó a gestarse una crisis existencial que desafiaba a sus propios planes. Como él mismo confiesa: «creía que esto sería lo que me haría plenamente feliz, pero en realidad me sentía vacío y sentía que estaba llamado a algo más».

Esa insatisfacción no fue un freno, sino el motor que lo impulsó a detenerse, cuestionar su dirección y concentrar todas sus fuerzas en descubrir su verdadero propósito de vida.

Sacrificarlo todo por la vocación

Asimilar que un proyecto exitoso no equivalía a la plenitud fue un golpe duro. Sin embargo, este choque con la realidad impulsó a Julio a iniciar una búsqueda profunda. Acompañado por su director espiritual, tomó la decisión más difícil para un profesional brillante: soltar el control y dejar su futuro en manos de Dios.

En ese proceso, llegó una revelación fundamental sobre cómo había gestionado su vida hasta entonces: «diseñé de tal modo lo que quería para mi vida y seguí ese plan hasta lograrlo. Pero mi vida estaba un poco vacía. Me percaté de que, si bien había realizado mi plan, nunca lo había sometido a consideración de Dios para ver si eso era lo que realmente Él quería para mí, sino que sólo mi oración se basaba en pedir ayuda para realizarlo y siento que Dios me permitió cumplirlo», relata.

Una vez alineado con esta nueva perspectiva, los acontecimientos comenzaron a encajar y el mensaje se volvió inconfundible: el Señor le pedía una entrega absoluta.

Atender esta llamada exigió de Julio un desapego radical. Tuvo que renunciar a su empleo, a su carrera de ingeniería y a sus estudios. El paso más complejo, sin duda, fue confrontar la resistencia de su propia familia, quienes al principio no comprendieron ese giro tan drástico. La vieja estructura había caído para dar paso a su verdadera misión.

Una frase de san Juan Bosco

El anuncio de su decisión desató una tormenta previsible: el rechazo severo de su familia. Para su entorno, abandonar una carrera consolidada no era un acto de fe, sino un síntoma de confusión. Romper con las expectativas ajenas significó para Julio cargar, durante un tiempo, con la mirada de decepción y pena de los suyos, quienes no comprendían el valor de empezar de cero.

En medio de ese aislamiento emocional, una máxima de san Juan Bosco se convirtió en su brújula y refugio, pero algo adaptada del original (Cuando se trata de servir a Dios, hay que estar dispuesto a sacrificarlo todo): «cuando se trata de seguir la vocación, hay que estar dispuesto a sacrificarlo todo».

Entonces tomó la decisión de embarcarse en esta aventura de la vocación sacerdotal y Dios se fue encargando poco a poco de poner todo en su sitio, acompañar a su familia y ocupar el lugar que Julio había dejado en ellos.

«He sentido la misericordia que Dios ha tenido al llamarme y por eso comencé mi formación sacerdotal hace poco más de seis años, en la que hasta ahora me siento muy feliz al ver que se está realizando el sueño que Dios ha tenido conmigo, a pesar de mis debilidades».

La grave situación de Venezuela

Es evidente la grave situación en la que se encuentra Venezuela, que es víctima de un aterrador sistema político convertido en dictadura, donde se vulneran los derechos humanos, se persiguen a quienes piensan distinto y hay numerosas privaciones de libertad, lo cual ha afectado a toda la población, en especial a los más desfavorecidos, los niños, ancianos y huérfanos.

Las familias se encuentran en su mayoría disgregadas porque algunos de sus miembros han tenido la necesidad de emigrar hacia otros países para trabajar y poder mantener a sus familias en Venezuela.

El salario mínimo de los trabajadores es insuficiente, la escasez e incapacidad para conseguir los productos de la cesta básica de la compra es realmente alarmante, la falta de medicamentos e insumos en los hospitales y centros de asistencias, así como últimamente la escasez de combustible para los vehículos, y la crisis que significó la pandemia del Covid que amenazó al mundo entero, ha agravado la situación en un país que ya venía pasando por la peor crisis económica, política y social de su historia.

El trabajo de la Iglesia venezolana 

Lo que más preocupa es que quienes pudieran controlar dicha situación, son los primeros en violar la constitución: el Tribunal Supremo de Justicia, las Fuerzas Armadas y los demás poderes públicos que claramente están del lado del Gobierno que ilegítimamente permanece en el poder y controla el país a su conveniencia.

Dentro de toda esta situación, la Iglesia venezolana está haciendo un gran trabajo al tratar de cubrir  las necesidades de la población con la ayuda de diversas fundaciones internacionales que se han mostrado solidarias con la situación del país. 

Así, han levantado comedores, centros asistenciales y han provisto de medicamentos, entre otras cosas, que le permiten solidarizarse con los fieles que en este momento necesitan algo más aparte de los Sacramentos.

Además que los grupos de apostolado también están respondiendo positivamente ante la situación que atravesamos como país, puesto que se han dedicado a la práctica de diversas obras de caridad, ayudando a los párrocos y mostrando ese amor y entrega por las cosas de Dios que les caracteriza.

La oración, el mejor medio

Para Julio, la transformación de su país no es una utopía ajena a la fe, sino un compromiso que nace de la vida espiritual. Considera que la oración es la herramienta más poderosa para generar un cambio verdadero en Venezuela, siempre y cuando se traduzca en acciones concretas orientadas al bien común, dejando de lado los intereses individuales para vivir el mandamiento del amor.

Desde esta convicción, la vida comunitaria y formativa incluye una súplica diaria por el futuro de la nación, especialmente por aquellos que sostienen la responsabilidad del rumbo político de Venezuela. Como suele recalcar: «la oración es el mejor medio para lograr un cambio en el país, y a partir de ella la realización de acciones concretas que lleven a la búsqueda del bien común».

Esta petición busca un nuevo horizonte de progreso para Venezuela, donde se garanticen los derechos fundamentales de los ciudadanos –como los derechos a la vida, educación, salud y trabajo– y se impulsen políticas que reactiven la economía nacional.

Bajo el amparo de Nuestra Señora de Coromoto, patrona de Venezuela, Julio y su comunidad confían el destino de la patria a la intercesión divina. Asimismo, elevan sus oraciones para que la llamada del Señor continúe resonando con fuerza en el corazón de la juventud venezolana, inspirando a más jóvenes a dar un sí generoso que permita seguir construyendo la Iglesia en su tierra natal.



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