
Vivimos unos tiempos que pueden generar incertidumbre y preocupación. Las guerras de Ucrania, Gaza, Congo, en el Sahel, Sudán, Yemen, Somalia, Etiopía, Myanmar o la narcoviolencia en México, Haití o Ecuador siguen provocando sufrimiento entre la población civil, desplazamientos y necesidad de ayuda humanitaria.
Mientras otros conflictos reciben mucha menos atención internacional; Naciones Unidas señala que en 2026 cientos de millones de personas necesitan asistencia humanitaria urgente como consecuencia de los conflictos y de otras crisis.
Ante esta realidad, puede surgir una pregunta: ¿qué puede hacer un cristiano cuando siente que los problemas del mundo son demasiado grandes para él?
Una primera respuesta es rezar. No para desentendernos de lo que ocurre, sino para poner ante Dios a quienes sufren, pedir por la paz y dejar que esa oración transforme también nuestra manera de mirar y de actuar.
La oración cristiana comienza muchas veces con una petición sencilla: Señor, danos la paz.
Cuando rezamos por quienes viven una guerra, por las familias que han perdido su casa, por los niños que crecen entre la violencia, por quienes han tenido que abandonar su país o por quienes sufren persecución, dejamos de contemplar el sufrimiento como una realidad lejana. La oración nos ayuda a recordar que detrás de cada conflicto hay personas concretas.
El papa León XIV ha insistido durante 2026 en esta llamada a rezar por la paz. En agosto pidió oraciones por quienes sufren en Sudán y por las víctimas de la violencia en Ucrania y Rusia. En septiembre volvió a invitar a rezar por la paz ante la persistencia de conflictos y violencia en distintas partes del mundo.
También del 1 al 7 de octubre de 2026 se ha convocado una semana de oración por la paz y la unidad, con iniciativas en parroquias, escuelas, comunidades y familias de distintos países. La iniciativa culmina el 7 de octubre, fiesta de Nuestra Señora del Rosario.
La oración por la paz no necesita fronteras. Podemos rezar por quienes conocemos y por quienes nunca conoceremos; por las víctimas de las guerras que ocupan los titulares y por quienes sufren en conflictos olvidados.
El antídoto para tiempos inciertos: la oración
A veces podemos pensar que rezar es poco frente a la magnitud de una guerra o de una crisis humanitaria. Sin embargo, la oración no pretende sustituir las responsabilidades de las personas, las instituciones o los Estados. Es otra cosa: nos pone ante Dios y nos ayuda a no acostumbrarnos al sufrimiento.
Durante la vigilia de oración por la paz celebrada en abril de 2026, León XIV afirmó que la oración no es un refugio para eludir nuestras responsabilidades ni una forma de evitar el dolor causado por la injusticia. Al contrario, la presentó como una respuesta ante la violencia y una forma de mantener viva la esperanza.
San Josemaría expresaba la importancia de orar con estas palabras: «Como el soldado que está de guardia, así hemos de estar nosotros a la puerta de Dios Nuestro Señor: y eso es oración» (San Josemaría, Forja, 73).
Orar es, en este sentido, permanecer despiertos ante Dios y también ante lo que sucede a nuestro alrededor. No consiste solamente en pedir que desaparezcan los problemas. Es también aprender a mirar el mundo con los ojos de Dios. Podemos rezar por:
Y también podemos pedir por nosotros mismos: para no caer en el odio, la indiferencia o la desesperanza.
San Josemaría recordaba que la paz no se construye únicamente en los grandes escenarios internacionales. Comienza también en el corazón de cada persona y se extiende a la familia, al trabajo y a la sociedad.
Como recuerda en otro de sus textos: «Por todos los caminos honestos de la tierra quiere el Señor a sus hijos, echando la semilla de la comprensión, del perdón, de la convivencia, de la caridad, de la paz. —Tú, ¿qué haces?» (San Josemaría, Forja 373). Es una pregunta especialmente actual.

Todos estamos en la misma lucha
San Pablo utiliza la imagen del cuerpo para explicar la comunión entre los cristianos: cuando un miembro sufre, todos sufren con él.
Esta idea adquiere una fuerza especial cuando pensamos en las personas que viven bajo las bombas, en quienes han perdido a familiares, en los desplazados y en quienes esperan ayuda humanitaria.
Naciones Unidas sigue señalando a Ucrania, Gaza y Sudán entre los escenarios donde la población civil continúa sufriendo las consecuencias de la guerra y la violencia. Pero también existen otras crisis menos visibles. Por eso, rezar por la paz significa aprender a mirar más allá de los titulares de los periódicos.
Podemos sentirnos impotentes ante acontecimientos que suceden a miles de kilómetros. Sin embargo, siempre podemos hacer algo: rezar, informarnos con responsabilidad, ayudar a quien tenemos cerca, acompañar a quien sufre y evitar alimentar el odio o la deshumanización. La paz comienza también en nuestra manera de hablar, de escuchar y de tratar a los demás.
Una paz «desarmada y desarmante»
El mensaje de León XIV para la Jornada Mundial de la Paz de 2026 lleva precisamente por título «La paz esté con todos ustedes: hacia una paz “desarmada y desarmante”».
En él, el Papa recuerda la necesidad de superar las lógicas que presentan la guerra como inevitable y señala el diálogo, la diplomacia, el perdón y la protección de los civiles como caminos para construir la paz. También insiste en que la oración alimenta el compromiso por la paz. Esta perspectiva ayuda a comprender qué significa rezar por la paz.
No se trata de cerrar los ojos ante la realidad, sino de abrirlos más. Tampoco se trata de permanecer al margen, sino de pedir a Dios que cambie los corazones y, al mismo tiempo, preguntarnos qué podemos hacer nosotros.
Debemos tratar de no creer que la oración nos permite controlar los acontecimientos, y pasar a confiar en Dios incluso cuando no entendemos lo que sucede.
No existe una única forma de hacerlo. Podemos dedicar unos minutos cada día a pedir por la paz. Podemos rezar el Rosario por las personas que sufren. Podemos ofrecer la Santa Misa por quienes viven una guerra. Podemos acudir ante el Santísimo Sacramento y poner ante Dios las situaciones que más nos preocupan.
También podemos convertir en oración una noticia que nos conmueve. Al leer que una familia ha perdido su casa, podemos detenernos unos segundos y rezar por ella.
Al conocer una nueva escalada de violencia, podemos pedir por quienes tienen responsabilidades y por quienes trabajan para alcanzar acuerdos. Al descubrir un conflicto olvidado, podemos incluirlo en nuestras intenciones. Y cuando no encontremos palabras, también debemos simplemente permanecer delante Dios.
Porque, como enseñaba san Josemaría: «La oración no es problema de hablar o de sentir, sino de amar. Y se ama, esforzándose en intentar decir algo al Señor, aunque no se diga nada» (San Josemaría, Surco, 464).
Orar y trabajar por la paz
La oración no termina necesariamente cuando acaba el momento de recogimiento. Puede continuar en nuestras decisiones, en nuestras palabras y en nuestra forma de relacionarnos con los demás.
Podemos ser constructores de paz en nuestra familia, en nuestro trabajo, entre nuestros amigos y en nuestra sociedad. Podemos aprender a escuchar antes de juzgar, a perdonar, a pedir perdón, a rechazar la violencia y a no contribuir a la propagación del odio.
La paz internacional también necesita personas capaces de construir paz en su entorno. Por eso, ante la incertidumbre, el cristiano está llamado a evitar vivir paralizado por el miedo.
Está llamado a rezar, esperar y actuar. A poner ante Dios el sufrimiento del mundo y, al mismo tiempo, a preguntarse cada día: «Señor, ¿qué puedo hacer yo para llevar un poco de paz allí donde estoy?».
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