
Durante todo el mes de agosto, la parroquia de Marchamalo ha tenido la suerte de contar con el servicio a la iglesia del padre Paul, sacerdote nigeriano que actualmente completa su formación académica en las Facultades Eclesiásticas de la Universidad de Navarra, gracias, entre otros apoyos, a la labor que desarrolla la Fundación CARF en favor de la formación de sacerdotes y seminaristas procedentes de todo el mundo.
Su presencia durante estas semanas ha sido mucho más que una ayuda puntual para la parroquia. El padre Paul se ha incorporado con naturalidad a la vida cotidiana de la comunidad, compartiendo con los fieles la celebración de la Eucaristía, la oración, la atención pastoral y también algunos de los momentos más delicados que forman parte de la vida de cualquier parroquia.
Ahora que termina el verano y llega el momento de despedirse, en Marchamalo han querido agradecerle su presencia y, sobre todo, hacerle saber que su paso por la parroquia ha dejado huella.
La Fundación CARF hace posible que numerosos sacerdotes puedan ampliar su formación teológica, humana, espiritual y pastoral en centros como las Facultades Eclesiásticas de la Universidad de Navarra, en Pamplona.
Muchos de estos sacerdotes proceden de países y diócesis con recursos económicos limitados y, durante los meses de verano, no siempre tienen la posibilidad de regresar a sus lugares de origen. Esta circunstancia hace posible, al mismo tiempo, que puedan colaborar temporalmente en parroquias españolas mientras continúan con su formación.
Para estas comunidades, la llegada de un sacerdote procedente de otro país supone también una oportunidad de encuentro con otras realidades de la Iglesia. Durante el verano, cuando los sacerdotes deben compaginar la atención ordinaria de sus comunidades con campamentos, peregrinaciones, viajes y otras actividades pastorales, estos sacerdotes estudiantes pueden colaborar con ellos y conocer de cerca la vida de otras comunidades cristianas.
Y este verano, esa oportunidad ha llegado a Marchamalo de la mano del padre Paul.
La experiencia vivida durante agosto permite comprender de una manera muy concreta el sentido de la formación sacerdotal. Detrás de los estudios, de una matrícula universitaria o de una ayuda económica hay siempre una persona y una vocación. Y, detrás de esa vocación, hay también muchas otras personas que reciben los frutos de ese servicio.
En Marchamalo esos frutos se han hecho visibles durante todo un mes.
Un mes siendo uno más de nuestra parroquia
Durante todo agosto, el padre Paul se ha incorporado con absoluta naturalidad a la vida cotidiana de la parroquia.
Misas, celebraciones, oración, atención a los fieles y todos aquellos servicios propios de un sacerdote han formado parte de un mes en el que ha terminado convirtiéndose en uno más entre nosotros.
Precisamente uno de sus últimos servicios antes de despedirse ha sido la celebración de un entierro.
Y quizá haya sido también una buena manera de resumir lo que se ha podido contemplar durante estas semanas: un sacerdote ejerciendo su ministerio con cariño, serenidad y profundo respeto por la liturgia y por cada una de las personas a las que atiende.
Ha sido especialmente bonito comprobar cómo el padre Paul ha sabido acompañar momentos delicados como el fallecimiento de un ser querido, mostrando cercanía con las familias sin perder en ningún momento el sentido profundamente cristiano de la celebración y el cuidado de cada uno de sus ritos.
Son pequeños detalles que quizá puedan pasar inadvertidos en el día a día, pero que muestran algo mucho más grande: la importancia de contar con sacerdotes bien formados y profundamente entregados a su vocación.
Porque el servicio de un sacerdote se desarrolla precisamente en esos momentos cotidianos. En la celebración de una misa, en una oración compartida, en una conversación, en el acompañamiento de una familia que atraviesa un momento de dolor o en la atención a quien necesita ser escuchado.
Eso es lo que Marchamalo ha podido vivir durante este verano.
Una cita diaria a las diez de la mañana
Si hay un grupo que va a echar especialmente de menos al padre Paul es el que cada mañana se reúne para el rezo de Laudes.
A las diez de la mañana, un grupo formado principalmente por personas mayores se encuentra diariamente para comenzar su jornada rezando juntos la oración de la Iglesia.
Y durante este mes de agosto, el padre Paul no ha faltado ni un solo día.
La constancia de esta cita diaria ha permitido crear un vínculo especial entre el sacerdote y este grupo de fieles. No se trataba de una actividad extraordinaria ni de un gran acontecimiento. Era, sencillamente, encontrarse cada mañana para rezar.
Pero precisamente ahí, en esa sencillez, ha ido creciendo el cariño.
Quizá por eso han querido ser precisamente ellos quienes protagonizaran una sencilla pero entrañable despedida.
Después de su último servicio parroquial, acompañaron al padre Paul hasta la ermita de Nuestra Señora de la Soledad de Marchamalo. Allí, al amparo de la Virgen de la Soledad, rezaron juntos el Santo Rosario.
Después llegó algo mucho más sencillo, pero seguramente igual de importante: sentarse juntos alrededor de un café, acompañado de unas pastas típicas de Marchamalo, conversar y agradecer.
No hacía falta mucho más.
Era la forma que este pequeño grupo tenía de decirle gracias.
Gracias por levantarse cada mañana para estar con ellos.
Gracias por rezar con ellos.
Gracias por celebrar.
Gracias por acompañar.
Y, sobre todo, gracias por ser sacerdote entre nosotros.
Servicio a la Iglesia significa también servir a cada una de las personas que forman parte de ella.
Una despedida con intención de que sea un «hasta pronto»
El encuentro en la ermita y el posterior momento compartido alrededor de un café también han servido para plantearle al padre Paul una petición que prácticamente se ha convertido en obligación: que vuelva a Marchamalo.
Semana Santa, Navidad o cualquier otro periodo de vacaciones académicas será una buena excusa para regresar y volver a echar una mano en una parroquia que, después de este mes, ya siente al padre Paul como alguien de casa.
Porque el recuerdo que deja no procede de grandes acontecimientos ni de celebraciones extraordinarias. Procede precisamente de lo cotidiano.
De estar.
De rezar.
De celebrar la Eucaristía.
De acompañar un entierro.
De conversar con nuestros mayores.
De atender a quien lo necesita.
De ejercer, sencillamente, de sacerdote.
Y es precisamente esa presencia cotidiana la que ha hecho que un sacerdote llegado desde Nigeria se haya convertido, durante unas semanas, en una persona cercana para una comunidad de alrededor de 6.000 habitantes.
Cuando la formación de un sacerdote se convierte en servicio
La experiencia del padre Paul en Marchamalo permite contemplar de una manera muy cercana el fruto que puede tener la formación de un sacerdote.
La Fundación CARF trabaja para que sacerdotes y seminaristas procedentes de numerosos países puedan recibir una formación académica, humana y espiritual. Muchos de ellos llegan desde diócesis con recursos económicos limitados y necesitan ayuda para poder acceder a estos estudios.
Pero la historia no termina en las aulas.
Después de la formación está el servicio. Está la vida de cada parroquia. Están las personas que necesitan un sacerdote que celebre con ellas, que rece con ellas, que las acompañe en los momentos de alegría y también en los momentos de dolor.
Durante este mes de agosto, Marchamalo ha podido experimentar precisamente esa realidad.
Detrás de una beca, de una matrícula universitaria o del sostenimiento de una residencia hay una persona. Hay una vocación. Hay un sacerdote que después celebra, confiesa, acompaña, enseña, consuela y transmite la fe allí donde se encuentre.
Durante este mes esa persona se ha llamado padre Paul.
Su presencia en Marchamalo hace visible cómo la ayuda destinada a la formación sacerdotal puede traducirse también en servicio concreto a una comunidad. Una ayuda que comienza en la formación y que termina llegando a las personas.
La iglesia es universal
Marchamalo es un pueblo de alrededor de 6.000 habitantes. Una comunidad en la que los sacerdotes siguen teniendo una presencia importante y necesaria y en la que el testimonio de alguien llegado desde Nigeria para dedicar su vida al sacerdocio recuerda también algo esencial: la Iglesia es universal.
Distintos países, culturas y lenguas, pero una misma fe.
La presencia del padre Paul durante este verano ha permitido que esa universalidad de la Iglesia no sea solamente una idea, sino una experiencia concreta.
Un sacerdote nigeriano ha compartido durante un mes la vida de una parroquia española. Ha rezado con sus fieles, ha celebrado con ellos, ha acompañado a quienes lo necesitaban y ha participado en la vida cotidiana de la comunidad.
Y, al mismo tiempo, la comunidad de Marchamalo también ha podido acoger y acompañar a un sacerdote que se encuentra lejos de su lugar de origen mientras completa su formación.
Es un encuentro sencillo, pero lleno de significado.
El padre Paul llegó para ayudarnos durante unas semanas y termina marchándose después de habernos dejado también algo a nosotros: su ejemplo, su alegría, su disponibilidad y su forma de vivir el sacerdocio.
Un sacerdote formado para servir a la Iglesia
La historia del padre Paul en Marchamalo permite comprender de una manera muy concreta qué significa dar servicio a la Iglesia.
Durante un mes, un sacerdote que se encuentra en España para completar su formación ha puesto su tiempo, sus conocimientos y su vocación al servicio de una comunidad concreta. Ha celebrado la Eucaristía, ha rezado con los fieles, ha acompañado a una familia en un momento de dolor, ha compartido cada mañana la oración de Laudes y ha estado disponible para las necesidades de la parroquia.
Nada de ello es extraordinario en la vida de un sacerdote. Y, precisamente por eso, resulta tan significativo.
Porque la formación de un sacerdote no tiene como objetivo únicamente adquirir conocimientos. La formación académica, humana y espiritual prepara al sacerdote para desempeñar mejor su misión allí donde la Iglesia lo necesite. La Fundación CARF contribuye a que sacerdotes y seminaristas procedentes de numerosos países puedan recibir esa formación en Roma y Pamplona, con la mirada puesta en el servicio que después prestarán en sus diócesis y comunidades.
¿Qué significa dar servicio a la Iglesia?
Servicio a la Iglesia significa estar al servicio de Dios y de las personas que forman parte de ella.
Para un sacerdote, ese servicio se concreta en muchas dimensiones de la vida cotidiana: celebrar los sacramentos, acompañar a las familias, escuchar, enseñar, consolar, predicar, rezar con la comunidad y estar cerca de quienes atraviesan momentos de dificultad.
Por eso, una buena formación sacerdotal debe abarcar diferentes dimensiones. La Fundación CARF apoya una formación integral que comprende la preparación académica y teológica, pero también la dimensión humana y espiritual. El objetivo es que quienes reciben esta ayuda puedan regresar después a sus diócesis con una preparación sólida que les permita ejercer mejor su ministerio y servir a sus comunidades.
El paso del padre Paul por Marchamalo es una pequeña muestra de esta realidad.
Su formación no se queda en las aulas de la Universidad de Navarra. Se hace vida cuando se pone al servicio de una parroquia. Se hace oración cuando comparte las Laudes con un grupo de fieles. Se hace acompañamiento cuando está junto a una familia que acaba de perder a un ser querido. Y se hace fraternidad cuando, al terminar su estancia, los feligreses quieren acompañarle hasta la ermita de Nuestra Señora de la Soledad para rezar juntos el Rosario.
Ahí es donde la formación adquiere todo su sentido.
Formarse para servir mejor a las comunidades
La Fundación CARF trabaja para que sacerdotes y seminaristas de diferentes países puedan acceder a una formación que, en muchas ocasiones, no podrían afrontar con los recursos disponibles en sus diócesis. Los candidatos son enviados por sus obispos o superiores religiosos para completar sus estudios en las instituciones académicas de Roma y Pamplona.
En las Facultades Eclesiásticas de la Universidad de Navarra, donde actualmente estudia el padre Paul, se imparten estudios relacionados con Teología, Filosofía y Derecho Canónico, entre otras áreas de las ciencias eclesiásticas. Esta preparación forma parte de un proceso más amplio en el que la dimensión intelectual se une a la formación humana y espiritual.
La razón última de todo este esfuerzo está en las personas.
Un sacerdote bien formado puede poner después esos conocimientos al servicio de su diócesis. Puede ayudar a sus fieles a comprender mejor la fe, acompañarlos en su camino cristiano y responder a las necesidades de la comunidad que se le ha confiado.
Por eso, ayudar a formar un sacerdote es también una forma concreta de servir a la Iglesia.
La ayuda de los benefactores de la Fundación CARF hace posible que esta cadena continúe: una persona ayuda a la formación de un sacerdote; ese sacerdote regresa a su comunidad; y su preparación se pone al servicio de muchas otras personas.
Así, los frutos de una ayuda realizada hoy pueden llegar mucho más lejos de lo que inicialmente imaginamos.
La misión de la Fundación CARF tiene precisamente esta dimensión universal. Sacerdotes y seminaristas procedentes de numerosos países reciben apoyo para completar su formación en Roma y Pamplona y, posteriormente, poner esa preparación al servicio de las Iglesias particulares a las que pertenecen.
Por eso, lo ocurrido este verano en Marchamalo tiene un significado que va más allá de esta pequeña comunidad.
Durante unas semanas, la parroquia ha podido experimentar de cerca el fruto de una formación que tiene una dimensión internacional. Un sacerdote nigeriano ha compartido la vida de una comunidad española y ha ejercido entre sus fieles el mismo ministerio al que está llamado a dedicar su vida.
Nigeria y Marchamalo. Dos lugares diferentes, dos realidades distintas, pero una misma Iglesia.
La Iglesia necesita sacerdotes preparados para acompañar a las personas allí donde viven. Sacerdotes capaces de poner sus conocimientos, su tiempo y su vida al servicio de los demás. Sacerdotes que puedan anunciar el Evangelio, celebrar los sacramentos y estar cerca de las personas en todas las circunstancias de su vida. La formación es, por tanto, una parte esencial de ese servicio.
Y la historia del padre Paul nos permite poner rostro a una realidad que puede parecer lejana: detrás de cada ayuda para la formación de un sacerdote hay una vocación y, detrás de esa vocación, muchas personas que algún día recibirán los frutos de ese servicio.
En Marchamalo, esos frutos han tenido este verano un rostro concreto.
Gracias a quienes hacen posible este servicio a la Iglesia
Desde la parroquia queremos agradecer especialmente a nuestro párroco, don Miguel Torres, las gestiones realizadas para hacer posible que el padre Paul pudiera acompañarnos durante este verano.
Nuestro agradecimiento también para don Julián, sacerdote jubilado que continúa prestando diariamente un servicio fundamental a la parroquia de Marchamalo y que durante estas semanas ha acompañado al padre Paul y compartido con él la vida y las necesidades de nuestra comunidad.
Y nuestro agradecimiento se extiende necesariamente a la Fundación CARF y a sus benefactores.
Porque gracias a su ayuda, sacerdotes y seminaristas de diferentes países pueden acceder a una formación que busca prepararles para servir mejor a la Iglesia y a las personas que les serán confiadas.
A veces podemos pensar que ayudar a formar a un sacerdote a miles de kilómetros de su país es algo cuyos frutos difícilmente podremos contemplar.
Este mes de agosto, Marchamalo ha podido comprobar justamente lo contrario.
La formación llega a las aulas, pero también llega a las parroquias. Llega a las familias, a quienes rezan cada mañana, a quienes atraviesan un momento de dolor y a quienes necesitan un sacerdote que celebre, acompañe, escuche y rece con ellos.
Formar sacerdotes es, en definitiva, una manera de servir a la Iglesia.
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