
Sus preguntas encontraron en el papa León XIV una respuesta que apunta al corazón mismo de la fe cristiana: «Dios no permanece ajeno a la vida del ser humano, sino que sale a su encuentro, lo acompaña y le abre un horizonte de esperanza».
Así lo explica don Ernesto Juliá en una serie de tres artículos dedicados a las palabras de León XIV. En ellos aparece una misma idea que atraviesa las distintas situaciones: Dios ama al hombre tal como es, pero lo invita siempre a crecer, a levantarse, a reconciliarse y a vivir una vida nueva.
«Queridos amigos y amigas, os invito a seguir soñando el sueño de Dios. A cada uno os digo: ¡Dios te ama como eres, pero te sueña mejor! El Señor nos permite a todos empezar siempre de nuevo, pues ser humano y ser cristiano no consiste en no equivocarse sino en crecer en la capacidad de convertirse, arrepentirse, enmendarse y, sobre todo, de reconciliarse y de perdonar».
Estas palabras de León XIV en un centro penitenciario de Barcelona han dado la vuelta al mundo. Y la seguirán dando. Un Dios que sueña con el hombre, que acompaña al hombre en sus sufrimientos y en sus alegrías. Y que no deja nunca de amar a esta criatura suya, que somos cada uno de nosotros, “su imagen y semejanza”. Dios que se ha revelado al mundo en la persona de Jesucristo, Dios y hombre verdadero.
Y esta realidad divina ha quedado muy bien expresada en el encuentro del papa León XIV, con un hombre y dos mujeres, en el estado olímpico de Barcelona:
«Santo Padre, crecemos escuchando que el único objetivo en la vida es producir, tener éxito y cuidar nuestra imagen. Yo mismo lo intenté, pero sólo encontré un vacío inmenso. Buscando respuestas, mi vida dio un giro y esta última Pascua recibí el Bautismo. Ahora, que este camino es nuevo para mí, le pregunto: ¿Cómo podemos mantener la mirada alzada hacia lo que de verdad importa, cuando la sociedad nos empuja a mirar constantemente hacia el suelo o solo a nosotros mismos?»
Creado a “imagen y semejanza” de Dios, este hombre, no bautizado por sus padres, se ha encontrado batallando en los campos vitales que iba recorriendo sin encontrar sentido para su vida. El número de mayores que piden el Bautismo cada año aumenta en algunos países de Europa, y también en España.
La respuesta del papa León XIV primero le abre el horizonte de su vida, le señala dónde va a encontrar a Dios y, por último, le sugiera caminos para encontrar a Dios.

«Nuestro deseo de verdad y de felicidad necesita un horizonte más grande. Y esta inquietud es un don que Dios mismo nos ha dado: estamos hechos a medida del infinito y por eso, todo horizonte finito, todo paso, toda conquista, mientras nos satisface el mismo tiempo nos impulsa hacia adelante y nos invita a seguir buscando, a buscar avanzando, pero, sobre todo, a buscar “descendiendo interiormente”, es decir, yendo a lo profundo».
¿Dónde puedo vivir esa “apertura de horizontes”?, podemos pensar que se preguntó el recién convertido.
«Es dentro de esta sociedad que tú y tantos otros habéis descubierto el valor de una vida más humana, más plena, abierta al encuentro con Dios y a la alegría de la Fe. Esto significa que, a pesar de las dificultades, el lugar en el que Dios se hace presente y donde debemos encontrar sus huellas es siempre en la realidad donde nos encontramos».
Y el Santo Padre, León XIV, termina sugiriéndole el camino y las disposiciones para compartir su vida plenamente con Dios.
«Creemos que el Espíritu Santo actúa y trabaja silenciosamente en todas las situaciones de la vida y de la historia, incluso en aquellas que parecen más difíciles. Pero debemos cultivar esta inquietud y hacerle espacio; como decía, “buscar dentro”, intentando no dejarnos abrumar por los ritmos y las seducciones externas, cultivando espacios de silencio, deteniéndonos quizá algunos minutos al día para leer el Evangelio y hablar con Dios, y también tratando de hacer este camino interior junto con otros, dejándonos acompañar en los itinerarios eclesiales y confrontándonos con los sacerdotes, los religiosos, las personas que como nosotros han emprendido este camino».
El palpitar del amor de Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo en el corazón de este converso, le alcanzó en un momento en el que estaba en pie en busca de una Luz que diera sentido a su vida. ¿Es posible que ese clamor de Amor de Dios pueda ser ahogado en una conciencia rodeada de oscuridad?.

La segunda persona que expone su caso ante León XIV es una mujer que ha luchado con una depresión profunda que le ha llevado a vivir –son sus palabras– «una oscuridad, aislamiento y un dolor inmensurable. A veces, este dolor es tan abrumador que la idea de desaparecer parece la única salida. Luché por salir de esta enfermedad, en silencio durante años, y una noche de viernes perdí la batalla e intenté quitarme la vida. Estoy aquí porque Dios me dio una segunda oportunidad, y le estaré eternamente agradecida».
Apenas termina de manifestar la profunda depresión que ha vivido, y agradecer a Dios esa “segunda oportunidad”, pregunta al Papa: «Le pregunto de todo corazón: ¿dónde podemos ver a Dios cuando la oscuridad es absoluta y ya no podemos más? ¿Cómo podemos confiar en Dios, cuando parece que nada, ni uno mismo, vale pena?»
León XIV abre su corazón quizá con el deseo de que esta mujer abra el suyo y descubra a Cristo sufriendo con ella, y animándola a resucitar con Él (los textos son palabras del Papa).
«Frente a las situaciones más difíciles y dolorosas, cuando Dios parece ausente debemos confiarle una vez más las cargas que llevamos en el corazón, incluso gritándole a Él, incluso protestando como Job, seguros de que de algún modo Él se hace presente y está cerca aun cuando aparentemente calla».
Y después de recordar la angustia y el dolor «las horas de oscuridad, de angustia y de dolor que vivió Jesús cuando se acercaba la hora de su muerte», añade:
«En esos momentos, podemos pensar instintivamente que también Dios nos haya abandonado. Pero la Cruz de Jesús nos dice que Dios no nos abandona, que Él sigue crucificado por nosotros en el momento del dolor y de la soledad externa, que Él recoge no sólo nuestras lágrimas, sino el grito de nuestro sufrimiento que otros no escuchan, un grito que Jesús hizo suyo en la Cruz, diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”».
El Señor en Getsemaní y en el Calvario, nos manifiesta el infinito Amor que nos tiene, y nos enseña que sólo llegaremos a descubrir esa hondura de su Amor, si le acompañamos en el sufrimiento. Si al contemplarle crucificado ofreciéndonos la redención de todos nuestros pecados, y removiendo nuestra alma al arrepentimiento, ofrecemos nuestros dolores, nuestros sufrimientos a los suyos acompañándole a llevar Su Cruz Redentora.
«En las horas de dolor, al menos en cuanto sea posible, debemos abrirnos a alguien que nos ayude a expresar una oración sencilla, que nos acompañe con discreción sin la prisa de explicarnos ese dolor, que nos tome de la mano y nos haga salir de ese grito», añade el Santo Padre León XIV.
Ese alguien es el mismo Cristo. El Papa León parece estar invitando a esa mujer a descubrir el sufrimiento del Señor en la Cruz, y a unirse con Él, viviendo sus sufrimientos en Cristo, por Cristo, con Cristo, como de alguna manera hizo el buen ladrón:
«Dimas fija su mirada en Quien está apunto de exhalar el último suspiro, y eleva su espíritu a las alturas de la Cruz. A las alturas de Dios, descubriendo el esplendor de la Resurrección. “Señor, acuérdate de mí cuando estés en tu Reino” “Hoy estarás conmigo en el paraíso”».
"Jamás en la tierra se había oído, ni se oirá, un diálogo tan breve, y tan penetrado de sentido y de inmensidad, entre el Amor de Dios y la miseria del hombre. El encuentro en la Cruz del Hijo de Dios hecho hombre con el hombre pecador, que clama por su misericordia” (Con Cristo en el Calvario, pág. 72)
«Estas experiencias ofrecen un mensaje también a nosotros creyentes. A toda la Iglesia: no debemos espiritualizar el dolor, reconduciéndolo superficialmente a la “voluntad de Dios” o a algún misterioso proyecto suyo, porque esto corre el riesgo de minimizar ese sufrimiento, de silenciarlo, de herir a las personas. Dios no quiere el sufrimiento, lo lleva con nosotros y nos invita a confiar en Él de modo perseverante».
¿Sueña Dios con lo que ha querido recomendar León XIV a esa mujer que, de la mano de la Santísima Virgen, una sus dolores y sus sufrimientos a los de Cristo y tenga así la alegría de acompañar al Señor en su muerte en la Cruz, y gozar ya de la alegría de la Resurrección?.

«Queridos amigos y amigas, os invito a seguir soñando el sueño de Dios. A cada uno os digo: ¡Dios te ama como eres, pero te sueña mejor! El Señor nos permite a todos empezar siempre de nuevo, pues ser humano y ser cristiano no consiste en no equivocarse sino en crecer en la capacidad de convertirse, arrepentirse, enmendarse y, sobre todo, de reconciliarse y de perdonar».
Estas palabras de León XIV en un centro penitenciario de Barcelona han dado la vuelta al mundo. Y la seguirán dando. Las hemos recogido en el primero de estos artículos, y las volvemos a escribir en este. Un Dios que sueña con el hombre, que acompaña al hombre en sus sufrimientos y en sus alegrías. Y que no deja nunca de amar a esta criatura suya, que somos cada uno de nosotros, “su imagen y semejanza”. Dios que se ha revelado al mundo en la persona de Jesucristo, Dios y hombre verdadero. “Quién me ha visto a Mí, ha visto al Padre” (Jn 14, 9), dice el Señor.
«Buenas noches Santo Padre. Vengo de una familia de un barrio muy humilde de Barcelona. De pequeña mi padre intentó matar a mi madre, y se salvó porque se interpuso un chico que murió. Mi padre ingresó en la cárcel, y mi madre entró en el mundo de las drogas. A los diez años los servicios sociales se hicieron cargo de mí, y me llevaron al centro de menores de San José de la Montaña. Al principio fue duro, pues me había creado un muro para protegerme, donde no dejaba entrar a nadie.
Pero poco a poco experimenté por primera vez el amor de familia, y mi corazón se fue abriendo. Allí me hablaron de Jesús, empecé a rezar y me bauticé. Pero en mi adolescencia me rebelé contra Dios muchas veces. Me invitaron a un retiro y allí por primera vez experimenté el amor de Dios. Pero han pasado unos meses, y aún me cuesta perdonar a mi padre. Y a veces levanto los ojos al cielo y le pregunto ¿dónde estabas cuando era una niña? Santo Padre, ¿cómo puedo perdonar a mi padre, que estuvo a punto de dejarme sin madre? ¿cómo puedo reconciliarme de verdad con Dios?».
Jesús en la Cruz da sentido al sufrimiento
El sufrimiento físico y moral lo podemos encontrar –y de hecho lo encontramos– en la vida de cada uno de nosotros. Desde la Cruz Cristo da sentido a todo sufrimiento, y clavado en la Cruz, Cristo a permanecer siempre, hasta el final de los siglos, para que nosotros podamos sufrir con Él, y Resucitar con Él.
Consciente de que Cristo ha dado sentido a todo sufrimiento humano, León XIV aprovecha las preguntas para situar a la mujer en una auténtica relación con Dios.
«Es realmente signo de la gracia de Dios que esta pregunta surja de un pasado tan marcado por el sufrimiento y que, a pesar del dolor, se tenga la valentía de preguntar cómo es posible perdonar a quien nos ha hecho mal. (...) No podemos atribuir a Dios lo que ha sido confiado a nuestra responsabilidad; no podemos imaginar que Dios desde lo alto responda a nuestras necesidades de modo automático o impida milagrosamente que el mal suceda.
Él nos ha dotado de inteligencia y voluntad, nos ha dado una conciencia, nos ha revestido de dignidad y de libertad, y sobre todo ha venido a nuestro encuentro para indicarnos, en su Hijo Jesucristo, el camino a seguir para que nuestra vida sea plenamente humana y en nuestra sociedad reinen la justicia, la paz y la fraternidad», añade el Papa León.
Jesucristo ha venido a la tierra para redimirnos del pecado, y darnos la gracia –viviendo con nosotros– para que podamos vivir pidiendo perdón y perdonando a quienes ofendemos o nos ofenden.
«Todo esto nos ayuda a entrar cada vez más en la dinámica del perdón y a reconciliarnos con Dios y con los demás. Somos pecadores perdonados, estamos en paz y somos capaces de perdonar. Capaces de ser portadores de paz».
Con las respuestas a estos tres jóvenes, el Santo Padre ha expresado una muy cercana manifestación de la práctica de las tres virtudes teologales que, de alguna manera, expresan la relación del hombre con Dios –Fe, Esperanza, Caridad–. Vividas un día y otro, aunque nos cueste, hacen posible que descubramos el Amor que Dios nos tiene. Amor, que quiere que nosotros vivamos con todos nuestros prójimos.
Ernesto Juliá, (ernesto.julia@gmail.com) | Publicado anteriormente en Religión Confidencial.
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