Elías, una vocación de sacerdote para Tanzania

Elías Emmanuel Mniko tiene 22 años y una mirada que transmite paz y convicción. Nació en la región de Mwanza, al norte de Tanzania, a orillas del lago Victoria. Creció en un hogar lleno de armonía y fe, donde su padre Emmanuel y su madre Miluga educaron con amor a sus cuatro hijos.

Una vocación que el Señor puso en su corazón

Desde la Secundaria, comenzó a sentir un deseo profundo: ser sacerdote. No sabía explicarlo del todo, pero algo en su interior se encendía cada vez que veía a los curas del colegio: entregados, serenos y cercanos. Le fascinaban los seminaristas con sus sotanas blancas, elegantes y discretas. «Era un deseo que el Señor puso en mi corazón», dice ahora con sencillez.

Aunque no ingresó en el seminario menor, Elías no se desanimó. Pasó un año de formación en la casa vocacional san Juan Pablo II, en su diócesis natal. Allí, en el silencio de la oración y en la alegría del servicio, fue madurando su vocación. Comprendió que, en Tanzania, ser sacerdote no es solo una opción de vida: es una necesidad urgente.

La comunidad crece y hay pocos presbíteros

La diócesis de Mwanza, a la que pertenece Elías, se enfrenta a grandes desafíos. Aunque los católicos representan cerca del 30 % de la población –unos 1,2 millones de personas–, los sacerdotes son escasos y las comunidades crecen rápidamente. En muchas aldeas, la Misa se celebra solo una vez al mes, y hay fieles que caminan más de 10 kilómetros para poder asistir. Las vocaciones sacerdotales son una bendición deseada con esperanza y fe por todo el pueblo.

A pesar de todo, la Iglesia en Mwanza está viva. Los fieles son entusiastas, los jóvenes se sienten orgullosos de su fe, y la diócesis impulsa, con gran esfuerzo, proyectos educativos y sanitarios. Muchas escuelas y hospitales son gestionados por la Iglesia. Allí, en medio de la sencillez y, a veces, de la precariedad, se siembra esperanza cada día.

«Estoy viviendo una experiencia maravillosa»

Actualmente, Elías reside en el seminario internacional Bidasoa, en Pamplona. Ha terminado su primer año de Filosofía y su rostro refleja asombro y gratitud. «Estoy viviendo una experiencia maravillosa y fraterna», comenta. Le emociona compartir la vida diaria con seminaristas de todos los continentes, aprender de los formadores y conocer otras culturas.

Elías Mniko vestido con sotana de sacertoda en un pueblo de Tanzania durante su formación

«Europa me está enseñando muchas cosas –dice–. Los europeos son muy cariñosos. Pero también creo que vosotros, los europeos, podéis aprender de nosotros, los africanos, la importancia de la vida familiar».

La vida del sacerdote exige sacrificios

Elías habla con calma, pero cada palabra suya está cargada de fuego interior. Sabe que la vida sacerdotal exige sacrificios. Sabe que, cuando regrese a Tanzania, le esperará una misión exigente: cuidar de muchas almas, acompañar comunidades dispersas, consolar a los que sufren y ser la presencia viva de Cristo en medio de su pueblo.

A veces piensa en su familia, en su tierra, en los cantos alegres de la Misa y en el maíz molido que acompaña casi todas las comidas. También rememora a sus amigos, a los catequistas de su parroquia y al obispo que lo animó a no tener miedo de decir sí a Dios.

La vida en el seminario internacional Bidasoa le parece un regalo. Tiene momentos de oración, estudio, deporte, servicio y también de fiesta. «Aquí aprendemos a ser hermanos», explica. Aunque al principio le costó adaptarse –el frío de Navarra, el idioma, la comida–, hoy se siente en casa. Su español mejora día a día y, cuando sonríe, lo hace con esa calidez propia de África.

«Los jóvenes de Tanzania tienen mucha esperanza»

Elías no es ingenuo. Conoce los problemas de la Iglesia, tanto en Europa como en África. En su país, además de la escasez de sacerdotes, existen desafíos sociales: la pobreza, la falta de acceso a la educación en zonas rurales y el riesgo de sincretismos religiosos. Pero también sabe que hay un fuego que no se apaga. «Los jóvenes en Tanzania tienen mucha esperanza. Saben que son el futuro de la Iglesia. Por eso quieren formarse bien, servir con alegría y dar la vida si es necesario».

Mwanza, su diócesis, ha visto nacer vocaciones como la suya. El seminario mayor local no da abasto para formar a todos los candidatos, por lo que la diócesis envía a algunos, como Elías, a centros de formación fuera del país. Es una inversión valiente, con la esperanza de que estos jóvenes vuelvan a dar fruto.

Volver a su país para servir

Elías mira al futuro sin miedo. «Quiero volver a mi país y servir a mi gente. Quiero ser un pastor bueno, como Jesús. Y, si puedo, ayudar también a que otros jóvenes escuchen la voz de Dios». Lo dice con una paz que conmueve, porque no hay nada más fuerte que un corazón entregado.

Su historia, como la de muchos seminaristas africanos, es un canto de esperanza para toda la Iglesia. En un mundo donde a veces parece que la fe se apaga, voces como la suya nos recuerdan que el Evangelio sigue vivo, sembrando en tierras fértiles como Tanzania.


Marta Santín, periodista especializada en información religiosa.


Una vocación para volver al corazón de Sudáfrica

Hoy te contamos la vocación como sacerdote en Sudáfrica del seminarista Sthabiso Zibani, que lucha por renovar la fe en su diócesis pese a las heridas del pasado.

Él es el cuarto de cinco hermanos e hijo de dos profesores de Economía de un instituto. Sus padres formaron una familia donde la fe católica prendió primero por la vía materna, y fue abrazada más tarde por su padre, años después del matrimonio.

La vocación como futuro sacerdote del seminarista Sthabiso creció en un hogar con las raíces bien sustentadas por el Evangelio y por la cultura zulú, donde la vida giraba en torno a tres pilares: el hogar, la escuela y la iglesia.

«Nuestro padre se convirtió tarde, pero su testimonio dejó una huella profunda en mí. Nos criamos en una familia católica y zulú típica: amor y respeto a Dios, a los demás y a los desconocidos, a quienes considerábamos nuestros vecinos».

Entre sueños y renuncias: el despertar de una vocación sacerdotal

Sus padres animaron tanto a él como a sus hermanos a explorar sus talentos, y pronto se convirtió en un niño inquieto y curioso: probó el fútbol, el críquet, los clubes de debate, el coro… Y, como cualquier joven de su edad, también vivió un amor secreto. «Una novia que mis padres nunca conocieron», confiesa con una sonrisa tímida. Pero en su interior, desde muy joven, ardía una pregunta que no podía acallar: la llamada para ser sacerdote.

«Sabía que no me casaría con la chica que amaba profundamente. Así que liberé a mi novia y respondí a la llamada. Me encomendé a Cristo para que me diera la fuerza de amar de forma radical, más allá de intereses románticos y ambiciones profesionales», relata.

vocación sacerdote Sthabiso Sudáfrica seminarista
Un recuerdo de los padres de Sthabiso el día de su boda.

Su decisión no fue sencilla: para responder a su vocación, dejó sus estudios de Ingeniería, sus comodidades y todo lo conocido, para abrazar un camino que nadie en su familia había recorrido antes.

La vocación: un camino guiado por el amor y la fe

Al hablar de su vocación sacerdotal, Sthabiso baja un poco la voz. Reconoce que su discernimiento ha sido inspirado por muchas personas, pero fundamentalmente por su familia, y en especial por su padre: «En mi familia aprendí y observé el amor paternal que recibimos. Muchos se sorprenderían al saber que mi propio padre es una inspiración para la vida sacerdotal. Aunque no es sacerdote, veo en él la virtud sacerdotal del autosacrificio, incluso ahora, en los albores de la vejez».

Svocación sacerdote Sthabiso Sudáfrica seminarista
Sthabiso de visita la casa de los pastorcitos en Fátima.

Después de su padre, fueron sus párrocos quienes le ayudaron a descubrir la voluntad de Dios en su vida. Pero, por encima de todos, Cristo: «el Buen Pastor ve la oveja coja que soy y viene a por mí. Me recoge y me lleva sobre sus hombros. Es por Él que deseo ser sacerdote: para que más ovejas cojas encuentren refugio en esos mismos hombros».

La diócesis de Eshowe aceptó su solicitud y le ha acompañado desde entonces. Pasó un año en la casa de formación san Ambrosio para aspirantes, en la archidiócesis de Durban, y otro año en el seminario de orientación de san Francisco Javier.

Tras este período de formación en Sudáfrica, Sthabiso fue admitido en el seminario internacional Bidasoa (Pamplona), donde hoy continúa su aventura hacia el sacerdocio, caminando con un paso sereno y constante.

El contraste cultural ha sido enorme, y el idioma español aún le cuesta: «durante las clases y las homilías, a veces me pierdo. Pero le debo a Dios haber llegado hasta aquí», dice, sin un atisbo de queja.

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En su tierra natal, Sthabiso es feliz.

Heridas abiertas y esperanza: la realidad de la Iglesia en Sudáfrica

La diócesis de Eshowe alberga aproximadamente al 2,8  % de la población de la región. Fundada en 1921, experimentó un crecimiento constante de fieles católicos hasta la década de 1980, cuando las cifras comenzaron a disminuir.

«Hay muchos factores que contribuyen a esto. El más importante, supongo, que es la inestabilidad política de aquella época, cuyo hedor aún perdura en la sociedad actual».

Con la serenidad con la que observa su país desde la distancia, Sthabiso no esconde el dolor que le provoca la situación actual de la Iglesia en Sudáfrica. Hoy, el cristianismo atraviesa una profunda crisis de identidad: el colonialismo dejó heridas abiertas, y la Iglesia católica es percibida por algunos como parte de ese pasado.

vocación sacerdote Sthabiso Sudáfrica seminarista
Un selfie con un grupo de compañeros.

«La mayoría de la gente siente que el colonialismo les robó su identidad y, por ello, culpan a la Iglesia católica y a otras confesiones cristianas. Esto ha dado lugar a una fuerte presencia de políticas identitarias y culturales que excluyen intencionadamente a Dios y a la Iglesia», relata con pena, aunque sin perder la esperanza.

Entre misticismos y crisis

A ello se suma la influencia del misticismo occidental, mezclada con religiones ancestrales africanas, y una profunda crisis económica provocada, en parte, por la corrupción política. Todo ello empuja a muchos a trabajar incluso los domingos, dejando atrás la vida comunitaria.

«Una buena lección que podríamos aprender de Europa es el respeto por los lugares religiosos históricos… Nuestras iglesias antiguas se están deteriorando. ¡Ay!, si la gente ya no va a la iglesia, los templos caerán en el olvido… poco a poco», lamenta.

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Sthabiso, con su sotana, posa sonriente con su hermana.

Fe, modestia y autenticidad: el futuro en manos de la juventud

Sin embargo, hay una chispa de esperanza que arde con fuerza: la juventud. «La parte más viva de la Iglesia en Sudáfrica es, sin duda, la juventud», afirma con convicción.

Lejos de dejarse arrastrar por las ideologías del mundo, muchos jóvenes buscan razones profundas para creer, para vivir y para esperar.

«Es precisamente a causa de la crisis de identidad que los jóvenes investigan a fondo. Y aunque muchos apenas llegan a fin de mes, aún tienen esperanza en que Dios les dará una solución».

La mayoría de los fieles católicos en su país, especialmente los jóvenes, viven con modestia, tanto en su forma de presentarse ante el mundo como en las liturgias. Para este joven seminarista sudafricano, el futuro de la Iglesia pasa por lo auténtico: la sencillez, la verdad y la fidelidad.

Hoy, en un idioma que aún está aprendiendo y en una cultura muy distinta a la suya, Sthabiso da pasos silenciosos pero firmes hacia su ordenación. Lleva apenas un año en España y pronto comenzará su segundo año del Bachillerato en Teología.

Svocación sacerdote Sthabiso Sudáfrica seminarista
Sthabiso participa en la labor pastoral de la Iglesia.

El sueño de regresar para sanar con el amor de Cristo

Su anhelo es regresar algún día, como sacerdote, al corazón herido de su tierra natal. Por eso, cada clase, cada oración, cada esfuerzo tiene un destinatario claro: los hombres y las mujeres de su amada Eshowe, sedientos de una fe auténtica. «Doy gracias a Dios por mi vocación y deseo con todo mi corazón responder con todo el amor a esta llamada».

Porque, al final, el corazón del pastor se mide por las ovejas heridas que espera encontrar y abrazar con el amor mismo de Cristo.


Marta Santín, periodista especializada en religión.

¿Qué significa la pastoral para un seminarista?

Durante el camino hacia el sacerdocio, los seminaristas no solo se forman en el estudio de la Teología o en la vida espiritual. También se preparan para ejercer una labor clave y profundamente humana: acompañar, servir y cuidar de las personas en su vida de fe. A esto se le llama pastoral: una experiencia que no solo enriquece su formación, sino que les permite experimentar cómo será su futuro ministerio como sacerdotes.

En la Fundación CARF, acompañamos a cientos de seminaristas de todo el mundo que, gracias a la ayuda de nuestros benefactores, reciben una formación integral. Parte esencial de esa formación es precisamente salir del aula y del oratorio o la capilla del seminario para encontrarse con las personas allí donde están. Pero, ¿qué significa realmente esta tarea?, ¿cuál es su función en el seminario?, ¿es una práctica más o algo esencial?

Parte del corazón del ministerio del sacerdote

La palabra proviene del término latino pastor, que significa pastor de ovejas. En la Iglesia, esta imagen evangélica se refiere al cuidado del pueblo de Dios, tal como lo hizo Jesucristo, el Buen Pastor. Vivir la pastoral, por tanto, no es otra cosa que salir al encuentro de las personas, guiarlas, escucharlas, acompañarlas y ofrecerles el alimento de la fe.

Para un seminarista, este aspecto de la formación es tan importante como el estudio de la Filosofía, la Teología o la Liturgia. A través de ella, el futuro sacerdote aprende a:

Grupo de sacerdotes y seminaristas mostrando alegría en un contexto pastoral dentro de un edificio religioso.
Un momento de encuentro y alegría en el camino de formación y servicio.

No es un ejercicio académico: es un encuentro

Servir a los demás en estos períodos que precisamente no son académicos (Semana Santa o el verano) no forma parte de un ejercicio académico, ni de un ensayo profesional. Es un encuentro real con el otro. Por eso, desde los primeros años del seminario, los formadores proponen a los seminaristas diversas actividades en parroquias, colegios, hospitales, residencias, prisiones o en el ámbito universitario. Allí, acompañados siempre por sacerdotes con experiencia, los jóvenes aprenden a vivir lo que luego serán sus tareas cotidianas.

Muchos seminaristas que residen en las casas internacionales como el seminario internacional Bidasoa (Pamplona) o Sedes Sapientiae (Roma) realizan sus prácticas los fines de semana y en vacaciones. A pesar de las exigencias académicas de las Facultades Eclesiásticas de la Universidad de Navarra o de la Universidad Pontificia de la Santa Cruz, dedican ese tiempo para ir a servir donde haga falta: dando catequesis, visitando enfermos, organizando actividades para jóvenes o colaborando en la liturgia dominical.

Jóvenes seminaristas y sacerdotes católicos asisten a clase en un aula universitaria, vestidos con la sotana negra o camisa clerical con alzacuellos. Están atentos, tomando notas o usando portátiles, como parte de su formación intelectual y espiritual para vivir plenamente su vocación y el compromiso del celibato sacerdotal.

Aprender a ser pastor, desde el principio

Un seminarista no espera a ser ordenado para aprender a ser pastor. Se entrena desde ya. En esas experiencias reales descubre las múltiples dimensiones del sacerdote: el consuelo al que sufre, la paciencia con el que duda, la alegría del servicio escondido, la escucha atenta a quien busca sentido en su vida.

Es también un momento clave de maduración personal y espiritual. El servicio “pone a prueba” las motivaciones vocacionales, purifica el corazón del seminarista y le ayuda a crecer en humildad y generosidad. Como él mismo no puede administrar sacramentos aún, su papel se centra en acompañar, escuchar y servir, sin pretensiones, desde la sencillez del testimonio.

Testimonios que hablan de vida

Muchos seminaristas que reciben ayudas de formación gracias a los benefactores de la Fundación CARF comparten testimonios conmovedores de su experiencia vital. Un seminarista africano contaba recientemente cómo, durante sus visitas a un hospital, aprendió a «ver a Cristo en cada cama, en cada rostro, en cada herida». Otro, de América, explicaba que en la catequesis con niños había descubierto «la alegría pura de transmitir la fe con palabras sencillas, pero llenas de verdad»

Estas experiencias marcan profundamente. No solo confirman la vocación, sino que abren el corazón al amor. Un amor que será la base del futuro ministerio sacerdotal: cercano, disponible, alegre y entregado.

Etapas en el seminario

La formación se va desarrollando progresivamente. En los primeros años, las actividades son más sencillas y se realizan siempre con acompañamiento. A medida que el seminarista avanza en su formación, se le confían más responsabilidades y se le invita a implicarse de manera más directa en la vida de la comunidad.

En los últimos años de formación, muchos seminarios viven esta costumbre durante un año o una etapa más intensa de inserción parroquial. Cuando el seminarista es ordenado diácono, puede ya predicar, bautizar, celebrar bodas y acompañar con mayor libertad a los fieles. Esta etapa es crucial para prepararse a la entrega total que supone la ordenación sacerdotal.

Diacono vestido con el alba blanca con las manos en posición de rezar

Gracias por hacerlo posible

Esta función de servicio forma parte de ese aprendizaje profundo y realista que prepara a los seminaristas a ser sacerdotes según el corazón de Cristo. Gracias a la generosidad de los benefactores de la Fundación CARF, cientos de jóvenes de todo el mundo no solo reciben una formación académica de primer nivel, sino que pueden vivir también estas experiencias que transforman su vocación en una entrega concreta y alegre.

Acompañarlos en este camino es una inversión de esperanza y futuro para la Iglesia universal. Porque donde hay un seminarista que aprende y se entrega sin medida, habrá una comunidad fieles que un día tendrá un sacerdote bien formado, cercano y generoso.

Samuel Pitcaithly, 9º seminarista de Nueva Zelanda

Samuel Pitcaithly se suma a la lista de seminaristas estudiantes de Nueva Zelanda que se han formado en los 40 años que tiene la Universidad Pontificia de la Santa Cruz (PUSC), en Roma. Con este seminarista, ya son nueve los chicos que han pasado por las aulas, bibliotecas y programas de formación integral y asistencia personalizada de la universidad.

Samuel, joven neozelandés, posa en la cima de una montaña rodeado de naturaleza, con sudadera y gafas de sol.
Antes de responder a la vocación, Samuel vivía en su tierra natal, Nueva Zelanda.

Conocida por ser la Tierra Media de Tolkien y un país muy secularizado

Nueva Zelanda es un país más conocido por la filmación del libro escrito por J. R. R. Tolkien, El Señor de los Anillos, y llevada al cine por el director Peter Jackson, y por su haka, la danza ceremonial tradicional del pueblo maorí, los indígenas del país, que hoy en día es muy famosa en todo el mundo gracias al equipo nacional de rugby de Nueva Zelanda, los All Blacks. Sin embargo, nadie conoce a la religiosa Tierra Media neozelandesa de Tolkien por su religiosidad.

De hecho, la sociedad de Nueva Zelanda se encuentra muy secularizada: una parte significativa de la población se declara sin afiliación religiosa. Samuel Pitcaithly es el único estudiante de su país en la PUSC.

La historia de Samuel, quien nació en Christchurch, Nueva Zelanda, el 22 de noviembre de 1995 y que hoy está cursando el bienio filosófico en la Universidad Pontificia de la Santa Cruz, gracias a una ayuda al estudio de la Fundación CARF, es precisamente la historia de muchos jóvenes de su país, crecidos a veces alejados de la fe.

Pero incluso en esa vida más alejada puede encenderse una chispa que poco a poco se convierta en fuego. De hecho, hoy este joven estudiante es un seminarista religioso perteneciente a la comunidad española Siervos del Hogar de la Madre y nos cuenta su historia iluminada por la llamada vocacional a ser sacerdote.

Una fe heredada, pero adormecida

«Me llamo Samuel Pitcaithly y vengo de Nueva Zelanda, el país de El Señor de los Anillos. Crecí en una familia católica, pero como sucede con muchos jóvenes hoy en día, la fe no era más que un aspecto más de mi vida, sin mucha importancia.

Por la gracia de Dios, en nuestra parroquia había un grupo de jóvenes al que asistía principalmente para divertirme con mis amigos. Recibíamos buena formación, y encontré compañeros valiosos que me ayudaron muchísimo», nos cuenta Samuel.

Samuel, seminarista neozelandés, sonríe junto a su padre y sus dos hermanos, todos vestidos de manera formal.
Samuel junto a su padre y hermanos en Nueva Zelanda, el lugar donde comenzó su camino como sacerdote religioso.

Una confesión que le cambió la vida

A los 17 años, durante un campamento para jóvenes líderes católicos, Samuel vivió una experiencia muy fuerte con Dios. En la última noche hubo una liturgia de reconciliación. Les dieron un bolígrafo y un papel, y les pidieron que escribieran todos sus pecados antes de confesarse.

«Al principio escribí lo de siempre: discusiones, quejas... pero pronto el Señor comenzó a recordarme cosas que había olvidado, escondido o minimizado. Llené el papel entero y me sorprendió la cantidad. Al confesarme, al recibir la absolución, sentí que un peso enorme caía de mis hombros y experimenté con fuerza el amor de Jesús. Comprendí de verdad que había muerto por mí. Y sentí que tenía que hacer algo por Él en respuesta».

La búsqueda del sentido

Desde entonces, comenzó a rezar e ir a Misa por iniciativa propia. Ayudaba con el grupo de jóvenes y seguía formándose, mientras estudiaba ingeniería en la universidad. Sin embargo, ese fuego inicial se fue apagando con el tiempo.

En su último año decidió participar en un retiro. Allí, en adoración ante el Santísimo, le preguntó a Jesús qué debía hacer con su vida. Mientras todos sus amigos buscaban trabajo, Samuel sentía un vacío.

«Le pedí a Jesús que me ayudara a encontrar un trabajo. Y entonces, en el corazón, sentí su voz clara: 'Quiero que me des dos años'.

Me sorprendió. No esperaba eso. Pero sentí la misma paz profunda que había sentido años antes. En aquella confesión; supe que Jesús me estaba guiando», relata con emoción.

Un camino providencial: NET y Nightfever

Algunos amigos le habían hablado de NET (National Evangelisation Teams, Equipos Nacionales de Evangelización), un grupo de misioneros que trabajan con jóvenes en varios países. A Samuel le parecía perfecto: podía servir al Señor, trabajar con jóvenes y conocer el mundo. Se inscribió y le enviaron a una parroquia en Dublín, Irlanda.

«Allí organizábamos grupos juveniles, catequesis, preparación para la Confirmación y colaborábamos en eventos como Nightfever, en el centro de Dublín: una exposición del Santísimo, música de alabanza, velas, y voluntarios que invitaban a los transeúntes a entrar y pasar un momento con Jesús.

Muchos, incluso alejados de la fe, tenían allí experiencias muy fuertes», nos cuenta.

Samuel de adolescente, sonrie junto a tres amigos un coche durante el NET en Irlanda.
Samuel, junto a tres amigos durante su etapa en Irlanda como NET.

El encuentro con los Siervos del Hogar de la Madre

«Durante una de esas noches de Nightfever, vi a un sacerdote joven con sotana, haciendo malabares con fuego rodeado de jóvenes alegres. Eran los Siervos del Hogar de la Madre. Me impresionaron su alegría, su juventud, su pasión por la fe». Se acercó a conocerlos y se enamoró de sus tres misiones:

  1. Defensa de la Eucaristía;
  2. Defensa del honor de Nuestra Madre, especialmente su Virginidad;
  3. Conquista de los jóvenes para Jesucristo.

Al final de esa noche le dijo a un compañero: «Si Dios me llama al sacerdocio, será con ellos».

La llamada al sacerdocio se confirma

Ese mismo año fue a una peregrinación con ellos a España. Al estar en la capilla de la Casa Madre sitió que estaba en casa. Un año después, en 2020, ingresó en la comunidad.

«Hoy, al mirar atrás, veo con claridad cómo Dios me ha guiado paso a paso. Hoy acabo de terminar mi primer año de estudios para el sacerdocio en la Universidad Pontificia de la Santa Cruz. Es una bendición poder formarme en el corazón de la Iglesia, rodeado de seminaristas y profesores de todo el mundo, todos buscando la santidad» relata.

Gracias a los benefactores de la Fundación CARF

Samuel quiere agradecer a los benefactores de la Fundación CARF, sus oraciones y su apoyo: «Agradezco profundamente todo lo que hacen para que este camino, mío y de tantos compañeros seminaristas y sacerdotes de todo el mundo, sea posible. Les tengo muy presentes en mis oraciones y, si Dios quiere, un día podré ofrecer la Santa Misa por ustedes y sus intenciones.

¡Que Dios y Nuestra Santísima Madre los bendigan abundantemente!».


Gerardo Ferrara, Licenciado en Historia y en Ciencias Políticas, especializado en Oriente Medio. Responsable de alumnado de la Universidad Pontificia de la Santa Cruz de Roma.

El seminarista Xudong, impresionado por España

Xudong Feng, procede de Taiyuan, una antigua diócesis del norte de China; llegaba con los muy ojos abiertos, el corazón lleno de fe y un temblor en el alma. Era la primera vez que salía de su país, y aunque le embargaba la incertidumbre y la dificultad del idioma, algo en su interior le decía que no venía solo a estudiar: venía a crecer.

Junto a Xudong Pedro Mari, otros dos seminaristas de China, residentes en el seminario internacional Bidasoa y que estudian en las Facultades Eclesiásticas de la Universidad de Navarra, realizarán este verano su pastoral en Madrid, colaborando con los párrocos en las tareas litúrgicas y catequéticas.

Los compatriotas de Xudong Pedro Mari son Pengfei Wang (José Pedro), que pertenece a la archidiócesis de Taiyuan y acaba de culminar el curso puente de Bachillerato en Teología, y Zhinqinag Duan, (Pablo) de la archidiócesis de Beijing, que estudia el cuarto curso de Bachillerato en Teología.

Xudong Feng seminarista chino bidasoa

Una Iglesia universal

Junto a Xudong Pedro Mari, Pengfei José Pedro y Zhinqinag Pablo, otros 28 seminaristas de distintos países se desplazarán estos meses de verano a parroquias madrileñas. Este grupo de chicos colaborarán con los párrocos en la preparación de los sacramentos, la catequesis y otras labores pastorales y de liturgia como parte de su proceso de formación integral.

En el seminario internacional Bidasoa, Xudong Pedro Mari ha encontrado algo que no esperaba. En aquel rincón de Pamplona no solo ha hecho amigos de casi todos los continentes –África, América Latina, Europa, Asia–, sino que ha descubierto «la belleza de una Iglesia verdaderamente universal», afirma. Cada conversación, cada celebración compartida, cada plato que probaba o costumbre que aprendía, eran para él una lección de comunión.

«Al principio me costaba mucho hablar. No entendía bien el idioma, pero poco a poco fui comprendiendo. Hoy puedo decir que entiendo más que palabras; entiendo corazones», comenta con una sonrisa amable Xudong Pedro Mari.

Xudong Feng seminarista bidasoa

El ambiente espiritual de España

Xudong Pedro Mari estudia en la Universidad de Navarra gracias al apoyo de la Fundación CARF. Cada día atraviesa los pasillos de la Facultades Eclesiásticas con su cuaderno en la mano y con una convicción profunda: que su vocación es un regalo para los demás.

A Xudong Pedro Mari le ha impresionado especialmente, el ambiente espiritual que ha encontrado en España. «Aquí hay muchas iglesias. Incluso en las universidades, en los hospitales… Se respira fe. Es algo que me alimenta por dentro. ¡Me recuerda que la Iglesia está viva!», exclama.

Desde Navarra, comparte cada descubrimiento con su familia. «Les cuento todo: la cultura, las costumbres, las comidas, la forma de vivir la fe. Están muy contentos. Se alegran de que esté aquí aprendiendo, porque saben que es para volver mejor a casa».

Xudong Feng seminarista bidasoa

Las dificultades de la Iglesia en China

Y su casa es Taiyuan, una diócesis con más de 100.000 católicos, donde todavía se respira el sacrificio de siglos de persecución. «La Iglesia en China ha pasado por mucho. Desde la dinastía Tang, en el siglo VII, con la Iglesia nestoriana, hasta la llegada de los jesuitas en el siglo XVI. Ha habido mucha dificultad, pero la fe sigue ahí, como una llama protegida por manos viejas».

Xudong Pedro Mari recuerda con emoción cómo su vocación nació en esa tierra regada de fidelidad: «Mi abuelo y mis padres me enseñaron a ir a Misa todos los días desde niño. No era una obligación, era una herencia. Así empecé a sentir que quería ser sacerdote».

Hoy, mientras completa su formación, sabe que China necesita muchos sacerdotes y misioneros. La Iglesia crece, pero aún enfrenta desafíos: tensiones sociales, poca libertad en algunos lugares y, sobre todo, la necesidad de esperanza.

«Estoy aquí gracias a muchas personas que creen en nuestra vocación. Gracias a la Fundación CARF, puedo formarme bien para servir mejor. Sé que mi camino no termina en Navarra: apenas empieza. Quiero volver a mi pueblo, a mi diócesis, y dar lo que he recibido».

Xudong Pedro Mari, el seminarista de ojos orientales y corazón universal, camina despacio, sin prisas, pero con firmeza. Su historia es la de miles de cristianos en China que, entre silencios y fidelidades, siguen manteniendo viva la fe. Y también es la historia de una Iglesia sin fronteras, donde un joven de Taiyuan puede encontrar, en España, un hogar para su vocación.

Xudong Feng seminarista bidasoa

Marta Santín, periodista especializada en religión.

«Dios sigue llamando y no se olvida de Venezuela»

Leonardo nació en El Tigre (Venezuela), pero creció en Pariaguán, «un pueblo al que Dios ha regalado atardeceres hermosos que se pueden apreciar en el gran horizonte plano cuando el sol se oculta», comenta Leo.

En ese pueblo guarda sus mejores recuerdos con su familia y amigos, una villa a la que siempre regresaba por vacaciones durante su etapa en el seminario en Venezuela para estar con los suyos y ayudar en la parroquia.

Allí vivió su infancia, acompañado por su madre y su abuela, las dos mujeres que sembraron en él la semilla de la fe. «Mi familia es un regalo de Dios para mí», confiesa con ternura. Es el menor de cuatro hermanos, y aunque su padre estuvo ausente, la calidez de su hogar, las catequesis dominicales y el ejemplo de sus mayores le dieron un sentido profundo de comunidad.

Ahora, sus sobrinos son la alegría de todos ellos. «Para mí la familia es parte esencial de mi vida en todos los aspectos». Leo se entristece al recodar que algunos de los suyos no han tenido más remedio que salir de Venezuela debido a la situación política.

Decir sí al Señor y recibir una buena formación

Fue en su adolescencia, mientras ayudaba como monaguillo, cantaba en Misa o participaba en la Legión de María, cuando comenzó a preguntarse por su futuro. A los 17 años, decidió decirle sí al Señor, impulsado por el testimonio cercano de su párroco. «El Señor me llamó en lo más común: siendo un joven que quería hacer algo con su vida», expresa. Y así, Leonardo decidió tomar esta hermosa aventura que cada día le cautiva más.

Ahora reside en el seminario internacional Bidasoa, y estudia las Facultades Eclesiásticas de la Universidad de Navarra. Fue enviado por su obispo, Mons. José Manuel Romero Barrios, para servir a la joven diócesis de El Tigre, que acaba de cumplir siete años.

«Como dice mi obispo, estamos sembrando lo que otros cosecharán. Hay mucha necesidad de sacerdotes y es fundamental que estemos bien formados, no por nosotros, sino por la gente, que tiene derecho a buenos pastores».

Leonardo posa subido a una motocicleta en su pueblo nata, en Venezuela, mientra piensa en Dios.

Venezuela, una oportunidad para evangelizar

En Venezuela, donde la escasez y las tensiones sociales han marcado generaciones, Leonardo no ve desánimo, sino misión. «Es una gran oportunidad para consolar a un pueblo humilde que sufre. Evangelizar hoy es estar cerca, escuchar, presentar a Dios las heridas de todos. Y confiar».

Leonardo recuerda que las dificultades siempre han estado presentes en la vida de la Iglesia, tanto en Venezuela como en otros países. «Es en estas dificultades donde podemos encontrar oportunidades para llevar al Señor Jesús a todas esas personas que sufren y que están sedientos de Él», afirma.

Para ello, hace falta mucho diálogo, respeto, y sobre todo capacidad de escuchar y acompañar a las personas que viven angustiadas, con dificultades, pero también con alegrías y anhelos a Dios. «Esta es la manera de provocar un cambio en mi país, sosteniendo la fe de todo ese pueblo y confiando en la misericordia de Dios», dice esperanzado.

El sacerdote del siglo XXI

Para impulsar este cambio, hacen falta presbíteros bien formados. Cuando le preguntamos a Leonardo cómo debe ser un sacerdote en el siglo XXI, no duda: «Debe ser alguien que escucha, que consuela, que no juzga. Un instrumento de Dios para el perdón. Un hombre de oración, capaz de ver a la persona cara a cara, no solo desde una pantalla o a través de las redes sociales. Un testigo pobre, libre, humilde y que confía en los planes de Dios».

Este joven seminarista lo tiene claro y este es su empeño: formarse como un sacerdote atento, respetuoso, informado de los acontecimientos del mundo, pero también capaz de profundizar en el propio contexto particular en el que se encuentre.

Un grupo de jóvenes durante una peregrinación mariana posan felizes en la cima de una montaña.

«Que las personas que vean un sacerdote vean a alguien en quien confiar y en quien encontrar un apoyo. Un sacerdote de nuestro tiempo debe ser obediente y estar dispuesto a sufrir cualquier calamidad por anunciar la Palabra de Dios, por llevar a Jesús a todos», remarca.

La secularización en los jóvenes

En un mundo cada vez más secularizado, él no pierde la esperanza ni el optimismo, fundamentalmente porque comprueba cada día que muchos jóvenes sienten la llamada de Dios.

«Para atraer a los jóvenes a la fe hace falta comprensión y cercanía, pero sobre todo oración, porque todas las estrategias de evangelización serían estériles si no confiamos y lo ponemos en manos de Dios. Cristo sigue cautivando, pero hay que saber presentarlo de forma que les hable», manifiesta con entusiasmo.

El joven Leonardo entiende a la perfección a la juventud actual, porque él mismo forma parte de la llamada generación zeta. Por eso, recuerda que para evangelizar a los jóvenes es necesario entender cómo piensan hoy en día.

«Eso es una realidad muy compleja. Sin embargo, un sacerdote puede acercarse y escuchar las inquietudes de los jóvenes, hacerles ver que hay cosas mucho más profundas y que en Dios está nuestra felicidad».

Humberto Salas, sacerdote de Venezuela junto a algunos monaguillos de su parroquia.

Lazos entre España y Venezuela

Leonardo también nos cuenta los lazos entre España y Venezuela y nos deja un mensaje para la reflexión: «Europa llevó la fe a América, pero Europa está perdiendo la fe y América la está conservando y sosteniendo».

Para él, Venezuela y España pueden complementarse en todos los sentidos: «España nos ha recibido y nosotros no podemos sino ofrecerles lo mejor de nosotros mismos. Los valores humanos y cristianos de los venezolanos son un vaso de agua fresca para toda España y Europa, y la historia y tradición de Europa ayuda a ampliar el horizonte de todos los que aquí vienen».

Por eso, está muy contento de estar en España y residir en el seminario internacional Bidasoa donde ha encontrado un hogar: «Es impresionante ver a seminaristas de tantos países con el mismo anhelo. Aquí he hecho amigos, he rezado, he estudiado. Es un ambiente propicio para crecer. Se palpa la Iglesia universal».

Leonardo sabe que su camino es exigente, pero no duda. Porque hay una certeza que le sostiene: Dios no deja de llamar. Y él, con serenidad y alegría, ya ha respondido.


Marta Santín, periodista especializada en religión.