
«Tengo 44 años y soy sacerdote de la diócesis de Virac, en Filipinas. Me formé en el Colegio Eclesiástico Internacional Bidasoa y en el año 2006 me ordené sacerdote. He vuelto a la Universidad de Navarra por indicación de mi obispo, para cursar la Licenciatura en Derecho Canónico.
Mi vocación no fue muy bien acogida por mi padre, aunque, con la ayuda de mi madre, supe mostrarle cuál era mi camino. El Señor me cautivó con lo atractivo de la vida sacerdotal. Tenía doce años cuando entré en el seminario. Allí encontré la felicidad: estaba donde debía estar y haciendo lo que debía hacer. He tenido ocasiones para declinar, pero no lo hice.
Aunque reconozco que volver a estudiar me ha costado, amar lo que uno hace me ha ayudado mucho a coger el ritmo. Aseguro que venir de nuevo a esta tierra ha sido como volver a mi segunda casa: la ciudad ha cambiado mucho, pero en el fondo sigue siendo mi Pamplona de antes.
Los 14 años que he pasado como sacerdote en Filipinas los he dedicado a organizar unas pedanías para convertirlas en una parroquia. Esos años los considero como los mejores momentos de mi vida. Era empezar de cero, sin nada más que las ganas de hacerlo lo mejor posible. Estaba en medio de una mayoría de pescadores y agricultores pobres, y he aprendido mucho de la fe sencilla y recia de la gente. Recuerdo que, en las primeras semanas de mi estancia allí, dormía en el suelo y recogía agua para casa. Me despertaba por la mañana con un pescado fresco que dejaban los pescadores en la puerta. Dicen que el pescado más grande es siempre para el sacerdote. Y es verdad, ¡los pobres me evangelizaron mucho! Aprendí de su gran fe, sencillez, alegría y, sobre todo, de su generosidad.
Nosotros, los filipinos, hemos heredado muchas cosas de la religiosidad popular de los españoles. Navarra es tierra misionera. Estoy aprendiendo mucho, y ahora entiendo muchas cosas al adentrarme en los pueblos: sus costumbres, las fiestas patronales, las procesiones.
Respecto a mi labor pastoral, me siento muy contento. Para mí no es algo extraño. Los sacerdotes no nos ordenamos para nosotros mismos, sino para ayudar a las personas y estar con ellas. Hay pueblos que tan solo tienen 5 o 6 personas en misa, y uno podría pensar que no está haciendo nada. Sin embargo, debemos sembrar con alegría, igual que nosotros fuimos fruto de la semilla que sembraron nuestros antepasados. Así hemos ido creciendo.
Agradezco mucho la ayuda que he recibido de los benefactores para poder sacar adelante mis estudios, sin la cual no hubiera sido posible. Hay mucha gente que nos ayuda y, aunque no lo vean, están haciendo muchas cosas buenas por la Iglesia. El apoyo que recibimos de ellos es parte de las sorpresas de Dios, y las alegrías que vivimos son también suyas. Gracias por vuestras continuas oraciones y por vuestra generosidad. Os encomiendo ante nuestra Madre, la Virgen María, y os tengo presentes en cada Santa Misa».