4 cuestiones sobre el origen del sacerdocio cristiano

Antes de profundizar, conviene entender la idea central: el sacerdocio cristiano no surge como una estructura creada por la Iglesia, sino como participación real en el sacerdocio único de Cristo. Todo lo que sigue en esta entrada explica cómo esa realidad se fue expresando y consolidando desde los Apóstoles hasta los primeros ministerios.

El sacerdocio cristiano no nace de una institución humana, sino del único Sacerdote: Cristo, cuya misión continúa viva en la Iglesia primitiva y en sus ministros.

¿Cómo se explica que Jesús nunca se refiriera a sí mismo como sacerdote?

El sacerdote es, ante todo, un mediador entre Dios y los hombres. Alguien que hace presente a Dios entre las personas, y a la vez, alguien que presenta ante Dios las necesidades de todos e intercede por ellos. Jesús, que es Dios y hombre verdadero, es el más auténtico sacerdote.

Sin embargo, conociendo los derroteros que había tomado el sacerdocio israelita en su época, limitado a la realización de unas ceremonias en las que se sacrificaban unos animales en el Templo, pero con el corazón más atento de ordinario a las intrigas políticas y al afán de poder personal, no sorprende que Jesús nunca se presentara como sacerdote.

El suyo no era un sacerdocio como el que se veía en los sacerdotes del Templo de Jerusalén. Además, a sus contemporáneos parecía evidente que no lo era, ya que según la Ley el sacerdocio estaba reservado a los miembros de la tribu de Leví y Jesús era de la tribu de Judá.

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Su figura era mucho más próxima a la de los antiguos profetas, que predicaban la fidelidad a Dios (y en algunos casos como Elías y Eliseo realizaron milagros), o sobre todo, de la figura de los maestros itinerantes que iban por ciudades y aldeas rodeados con un grupo de discípulos a los que enseñaban y a cuyas sesiones de instrucción permitían acercarse a la gente. De hecho, los Evangelios reflejan que cuando la gente hablaba a Jesús se dirigían a él llamándolo “Rabbí” o “Maestro”.

Pero Jesús, ¿Realizó tareas propiamente sacerdotales?

Desde luego. Es propio del sacerdote acercar Dios a la gente, y a la vez ofrecer sacrificios a favor de los hombres. La cercanía de Jesús a la humanidad necesitada de salvación y su intercesión para que pudiésemos alcanzar la misericordia de Dios culmina en el sacrificio de la Cruz.

Precisamente ahí surge un nuevo choque con la práctica del sacerdocio propia de aquel momento. La crucifixión no podía ser considerada por aquellos hombres como una ofrenda sacerdotal, sino todo lo contrario. Lo esencial del sacrificio no eran los sufrimientos de la víctima, ni su propia muerte, sino la realización de un rito en las condiciones establecidas, en el Templo de Jerusalén.

La muerte de Jesús se presentaba ante sus ojos de un modo muy distinto: como la ejecución de un condenado a muerte, realizada fuera de los muros de Jerusalén, y que en vez de atraer la benevolencia divina se consideraba –sacando de contexto un texto del Deuteronomio (Dt 21,23)- que era objeto de maldición.

¿Se empezó a hablar de sacerdotes ya desde los comienzos de la Iglesia?

En los momentos que siguieron a la Resurrección y Ascensión de Jesús a los cielos, tras la venida del Espíritu Santo en Pentecostés, los Apóstoles comenzaron a predicar, y con el paso del tiempo fueron asociando colaboradores a su tarea. Pero si el mismo Jesucristo no se había designado nunca como sacerdote, era lógico que tal denominación ni se les ocurriera utilizarla a sus discípulos para hablar de sí mismos en esos primeros momentos.

De hecho, las tareas que realizaban tenían poco que ver con las que los sacerdotes judíos desempeñaban en el Templo. Por eso utilizaron otros nombres que designaran más descriptivamente sus funciones en las primeras comunidades cristianas: apóstolos que significa “enviado”, epíscopos que significa “inspector”, presbýteros “anciano” o diákonos “servidor, ayudante”, entre otros.

No obstante, al reflexionar y explicar las tareas de esos “ministros” que son los Apóstoles o que ellos mismos fueron instituyendo, se percibe que se trata de funciones realmente sacerdotales, aunque tienen un sentido diverso de lo que había sido característico del sacerdocio israelita.

Cuatro cuestiones sobre el sacerdocio cristiano
Ordenación de los primeros sacerdotes del Opus Dei: José María Hernández Garnica, Álvaro del Portillo y José Luis Múzquiz.

¿Cuál es ese sentido nuevo del sacerdocio cristiano?

Ese “sentido nuevo” se puede apreciar ya, por ejemplo, cuando san Pablo habla de sus propias tareas al servicio de la Iglesia. En sus cartas, para describir su ministerio emplea un vocabulario que es claramente sacerdotal, pero que no se refiere a un sacerdocio con personalidad propia, sino a una participación del Sumo Sacerdocio de Cristo Jesús.

En este sentido, San Pablo no pretende asemejarse a los sacerdotes de la Antigua Alianza, pues su tarea no consiste en quemar sobre el fuego del altar el cadáver de un animal para sustraerlo —“santificándolo” en su sentido ritual— de este mundo, sino en “santificar” —en otro sentido, ayudándoles a alcanzar la “perfección” al introducirlos en el ámbito de Dios— a unos hombres vivos con el fuego del Espíritu Santo, prendido en sus corazones mediante la predicación del Evangelio.

Del mismo modo, cuando escribe a los Corintios, San Pablo hace notar que ha perdonado los pecados no en su nombre, sino in persona Christi (cf. 2 Co 2,10). No se trata de una simple representación ni de una actuación “en lugar de” Jesús, pues el mismo Cristo es quien actúa con sus ministros y mediante ellos.

Se puede afirmar, por tanto, que en la primitiva Iglesia hay ministros cuyo ministerio tiene un carácter verdaderamente sacerdotal, que desempeñan diversas tareas al servicio de las comunidades cristianas, pero con un elemento común decisivo: ninguno de ellos son "sacerdotes" a título propio -ni por tanto gozan de autonomía para desempeñar un "sacerdocio" a su aire, con su sello personal-, sino que participan del sacerdocio de Cristo.


Don Francisco Varo Pineda
Director de Investigación de la Universidad de Navarra. Profesor de Sagrada Escritura Facultad de Teología.


Fiesta del Bautismo del Señor

La Fiesta del Bautismo del Señor es una celebración cristiana que conmemora un momento central en la vida de Jesús: su bautismo en el río Jordán por su primo Juan el Bautista, que marca el inicio de su misión pública. Esta solemnidad se celebra en la Iglesia católica el domingo siguiente a la Epifanía, y en 2026 cae el domingo 11 de enero.

¿Qué se celebra en la Fiesta del Bautismo del Señor?

La festividad recuerda el acontecimiento narrado en los evangelios sinópticos (Mateo 3, Marcos 1 y Lucas 3): Jesús llega al río Jordán y recibe el bautismo de manos de san Juan Bautista. Al salir del agua, los cielos se abren y el Espíritu Santo desciende sobre Él en forma de paloma, mientras una voz del cielo confirma: “Este es mi Hijo amado”.

Este episodio es interpretado como una manifestación pública de la identidad de Jesús como Hijo de Dios, la inauguración de su ministerio público y la revelación de la Trinidad –Padre, Hijo y Espíritu Santo– que se hace presente en ese momento.

Así, no se trata solo de un recuerdo histórico, sino de una revelación teológica profunda sobre quién es Jesús y cómo se relaciona con la humanidad y con Dios Padre.

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Ubicación en el calendario litúrgico

La Fiesta del Bautismo del Señor cierra el Tiempo de Navidad y da paso al Tiempo Ordinario en la liturgia católica.

Si hacemos un breve contexto de fechas: El tiempo de Navidad comienza el 25 de diciembre con el nacimiento de Jesús. Incluye la Solemnidad de María, Madre de Dios (1 de enero), la Epifanía (6 de enero) y otras conmemoraciones (los Santos Inocentes). Finalmente, culmina con la Fiesta del Bautismo del Señor, que este año se celebra el domingo 11 de enero de 2026.

Después de esta solemnidad, la Iglesia encara el Tiempo Ordinario, la etapa más estable del año litúrgico que se prolonga hasta la Cuaresma.

Aproximación al significado teológico

Jesús se identifica con la humanidad. Aunque Jesús no tenía pecado, se sometió al bautismo de Juan para identificarse con nosotros, hombres y mujeres que necesitan de la redención. Su gesto no fue una señal de necesidad personal, sino de solidaridad y aceptación de la condición humana y de obediencia a la voluntad del Padre.

El bautismo es salvación . El bautismo que Jesús recibe se convierte en símbolo y fundamento del sacramento del Bautismo en la Iglesia. A partir de él, el bautismo cristiano será visto como: un signo de conversión y perdón de los pecados; acceso a la vida en el Espíritu Santo y de nuestra filiación divina; y el ingreso en la Iglesia como Pueblo de Dios.

Revelación de la Santísima Trinidad

El relato evangélico de este día muestra la presencia simultánea del Hijo (Jesús), del Padre (la voz desde el cielo) y del Espíritu Santo (la paloma). Este evento es una de las escenas más claras de la Teofanía trinitaria en los evangelios.

Lecturas y símbolos litúrgicos

Infografía acerca de la Fiesta del Bautismo del Señor
Fiesta del Bautismo del Señor: Jesús es bautizado por Juan en el Jordán, se manifiesta la Trinidad y comienzo de su misión salvadora.

Liturgia del día

En la celebración eucarística de este domingo, las lecturas suelen incluir textos que presenten la figura de Jesús como Siervo del Señor, muestra la llamada a los discípulos a vivir la fe con coherencia y el Evangelio narra el mismo bautismo de Jesús en el Jordán.

Estos textos invitan a los fieles a hacer memoria de su propio bautismo, a renovar las promesas bautismales y a vivir una fe activa en el mundo.

Los símbolos

Una reflexión para los fieles

La Fiesta del Bautismo del Señor es una conmemoración ritual y una oportunidad para reflexionar sobre la identidad cristiana. La Iglesia, en diversas reflexiones y homilías, invita a ver en este día como una llamada a recordar nuestro bautismo y el compromiso que éste implica; una invitación a vivir una fe coherente con el seguimiento de Jesús; y una oportunidad para profundizar en el don del Espíritu Santo en nuestra vida.

El Papa León XIV ha reflexionado sobre la Fiesta del Bautismo del Señor, recordando que con esta celebración comienza el Tiempo Ordinario del año litúrgico, «un período que nos invita a seguir al Señor, escuchar su Palabra e imitar sus gestos de amor al prójimo». Según el Papa, de este modo «renovamos y confirmamos nuestro propio Bautismo, el sacramento que nos hace cristianos, liberándonos del pecado y transformándonos en hijos de Dios, por el poder de su Espíritu de vida».

La relación con Juan Bautista

Juan el Bautista tiene un papel central en esta fiesta. Su misión fue preparar el camino al Mesías, llamando al pueblo a la conversión de los pecados y a una vida nueva en el Espíritu. Al bautizar a Jesús, Juan cumple la misión que le fue encomendada y reconoce a Jesús como el Cordero de Dios.

La Fiesta del Bautismo del Señor está estrechamente vinculada con la Epifanía, que celebra la manifestación de Jesús al mundo, el 6 de enero, pero también con la Navidad, que celebra el nacimiento de Cristo, el 25 de diciembre. Esta fiesta abre la puerta al inicio del Tiempo Ordinario, que llama a los fieles a vivir su fe en la cotidianidad.

En este día, la Iglesia recuerda un hecho histórico y propone una experiencia actual: volver al origen de nuestra fe, renovar nuestro compromiso bautismal y avanzar en la misión cristiana diaria.

Algunas historias de bautismos

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Los Reyes Magos, el 6 de enero. Fiesta de la Epifanía del Señor

La Iglesia celebra cada 6 de enero la Epifanía del Señor, una de las solemnidades más antiguas del calendario litúrgico. Esta fiesta conmemora la manifestación de Jesucristo como Salvador y rey universal, representado de manera emblemática en la adoración de los Reyes Magos de Oriente.

Se trata de algo más que un recuerdo piadoso, es una afirmación central de la fe cristiana: Cristo ha venido y se manifiesta para salvar a todos, sin distinción de pueblos, culturas o razas.

La palabra epifanía procede del griego epipháneia, que significa manifestación o aparición. En la tradición cristiana, esta solemnidad subraya que el Niño Jesús, nacido en Belén, pertenece al pueblo de Israel y es reconocido también por los gentiles, simbolizados en los Reyes Magos. La liturgia de este día pone así el acento en la universalidad de la salvación.

Los Reyes Magos, una fiesta con dimensión misionera

Desde los primeros siglos del cristianismo, la Epifanía ha tenido un marcado carácter misionero. Los Magos –sabios venidos de Oriente, guiados por una estrella– representan a la humanidad que busca la verdad y que, aun sin conocer la ley ni los profetas, es capaz de reconocer a Dios cuando se manifiesta. Su peregrinación hacia Belén muestra el camino de la fe, hecho de búsqueda, preguntas y adoración.

Los dones que ofrecen al Niño Jesús –oro, incienso y mirra– tienen un profundo significado teológico. El oro reconoce su realeza; el incienso, su divinidad; y la mirra anticipa su Pasión y Muerte. En un gesto sencillo, pero cargado de simbolismo, los Reyes Magos confiesan quién es realmente ese Niño acostado en un pesebre.

La Epifanía recuerda también que la fe cristiana debe vivirse de forma abierta y nunca con un enfoque autorreferencial. Quien ha encontrado a Cristo está llamado, como los Magos de Oriente, a volver por otro camino, es decir, a vivir transformado u transformando a otros para dar testimonio con una vida coherente y entregada a la adoración del Niño Jesús.

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Reyes Magos: el Evangelio de la Epifanía

Evangelio según san Mateo (Mt 2, 1-12)

«Habiendo nacido Jesús en Belén de Judea en tiempos del rey Herodes, unos magos de Oriente se presentaron en Jerusalén preguntando:

— ¿Dónde está el Rey de los judíos que ha nacido? Porque hemos visto salir su estrella y venimos a adorarlo».

Al enterarse el rey Herodes, se sobresaltó y toda Jerusalén con él; convocó a los sumos sacerdotes y a los escribas del país, y les preguntó dónde tenía que nacer el Mesías. Ellos le contestaron:

— «En Belén de Judea, porque así lo ha escrito el profeta: “Y tú, Belén, tierra de Judá, no eres ni mucho menos la última de las poblaciones de Judá, pues de ti saldrá un jefe que pastoreará a mi pueblo Israel”.

Entonces Herodes llamó en secreto a los magos para que le precisaran el tiempo en que había aparecido la estrella, y los mandó a Belén, diciéndoles:

— «Id y averiguad cuidadosamente qué hay del niño y, cuando lo encontréis, avisadme, para ir yo también a adorarlo».

Ellos, después de oír al rey, se pusieron en camino y, de pronto, la estrella que habían visto salir comenzó a guiarlos hasta que vino a pararse encima de donde estaba el niño.

Al ver la estrella, se llenaron de inmensa alegría. Entraron en la casa, vieron al niño con María, su madre, y cayendo de rodillas lo adoraron; después, abriendo sus cofres, le ofrecieron regalos: oro, incienso y mirra. Y habiendo recibido en sueños un oráculo, para que no volvieran a Herodes, se retiraron a su tierra por otro camino».

Reyes Magos Epifanía del Señor 6 enero

Luz en medio de la oscuridad

El relato evangélico contrapone dos actitudes ante la llegada de Cristo. Por un lado, la de Herodes, que ve amenazado su poder y responde con miedo y violencia. Por otro, la de los Magos, que se dejan guiar por la luz y acogen la verdad con alegría. Esta tensión sigue siendo actual: la Epifanía interpela a cada persona sobre cómo reacciona ante la presencia de Dios en su vida.

La estrella que guía a los Magos ocupa un lugar central en la iconografía y la espiritualidad de esta fiesta. No se trata solo de un fenómeno astronómico, sino de un signo de la luz de Dios que orienta al que busca con corazón sincero. La liturgia presenta a Cristo como “luz de las naciones”, cumplimiento de las promesas hechas a Israel y esperanza para toda la humanidad.

Una celebración viva en la Iglesia

En muchos países, especialmente en España, la Epifanía tiene además una fuerte dimensión cultural y familiar, asociada a la tradición de los Reyes Magos. Sin embargo, la liturgia recuerda que el sentido profundo de la fiesta va más allá del folclore: celebrar la Epifanía es renovar la certeza de que Dios se ha hecho cercano y accesible a todos.

La solemnidad invita también a redescubrir la vocación misionera de la Iglesia. Así como los Magos llevaron consigo el anuncio de lo que habían visto, los cristianos están llamados a ser testigos de Cristo en medio del mundo, con palabras y obras coherentes.

En la Epifanía del Señor, la Iglesia proclama que Dios se deja encontrar, que sale al encuentro de la humanidad y se revela en la humildad. Un mensaje especialmente relevante en un tiempo marcado por la incertidumbre y la búsqueda de sentido.


Solemnidad de Santa María, Madre de Dios

El 1 de enero, la Iglesia católica celebra la Solemnidad de Santa María, Madre de Dios. No es un cierre piadoso del tiempo de Navidad ni un añadido devocional al calendario litúrgico. Es una afirmación doctrinal de primer orden: en María se juega la verdad de quién es Jesucristo. Para un católico del año 2026, esta fiesta sigue siendo una referencia decisiva para comprender la fe, la dignidad de la persona y el sentido cristiano del tiempo.

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El origen de la solemnidad de Santa María

La celebración de María como Madre de Dios hunde sus raíces en los primeros siglos del cristianismo. No nace de una devoción popular desbordada, sino de una controversia teológica central: quién es realmente Jesús de Nazaret. En el siglo V, la discusión en torno a Nestorio –que rechazaba llamar a María Theotokos (Madre de Dios) y prefería el título Christotokos (Madre de Cristo)– obligó a la Iglesia a precisar su fe.

El Concilio de Éfeso (431) declaró que María es verdaderamente Madre de Dios porque el Hijo que nace de ella es una sola Persona, divina, que asume plenamente la naturaleza humana. No se trata de decir que María preceda a Dios o sea origen de la divinidad, sino de afirmar que el sujeto del nacimiento es Dios hecho hombre. Separar la maternidad de María de la divinidad de Cristo implica fragmentar el misterio de la Encarnación.

Desde entonces, la maternidad divina se convirtió en una piedra angular de la fe cristiana. La liturgia romana fijó esta celebración el 1 de enero, ocho días después de la Navidad, siguiendo la antigua tradición bíblica de la octava, para subrayar que el Niño nacido en Belén es el mismo Señor confesado por la Iglesia.

El significado teológico: María garantiza la verdad de la Encarnación

Celebrar a María como Madre de Dios es, ante todo, una confesión cristológica. La Iglesia no centra la mirada en María para aislarla, sino para proteger el núcleo de la fe: Jesucristo es verdadero Dios y verdadero hombre. María no es un añadido, sino el lugar concreto donde Dios entra en la historia.

La maternidad de María implica que Dios ha asumido una genealogía, un cuerpo, un tiempo. No se encarna de forma simbólica ni aparente. En ella, Dios acepta depender, crecer, ser cuidado. Por eso, esta solemnidad tiene consecuencias profundas para la antropología cristiana: la carne, la historia y la maternidad no son realidades secundarias, sino espacios donde Dios actúa.

Desde esta perspectiva, María no es una figura idealizada o distante. Es una mujer real, situada en un contexto histórico concreto, que responde libremente a la iniciativa de Dios. Su fe no elimina la oscuridad ni la incertidumbre, pero las atraviesa. El Evangelio del día la presenta “guardando todas estas cosas y meditándolas en su corazón”: una fe pensada, no ingenua; silenciosa, pero firme.

Una fiesta para iniciar el año: tiempo de paz cristiana

Que esta solemnidad se celebre el primer día del año no es casual. La Iglesia propone comenzar el tiempo civil desde una clave teológica: el tiempo tiene sentido porque Dios ha entrado en él. Para el católico de 2026, inmerso en una cultura acelerada, fragmentada y marcada por la incertidumbre, esta afirmación resulta especialmente actual.

Además, desde 1968, el 1 de enero está vinculado a la Jornada Mundial de la Paz. No como un eslogan, sino como una consecuencia lógica: si Dios ha asumido la condición humana, toda vida humana tiene una dignidad inviolable. María, como Madre de Dios, se convierte también en referencia para una visión cristiana de la paz, entendida no solo como ausencia de guerra, sino como orden justo, reconciliación y cuidado del más vulnerable.

En un contexto global marcado por conflictos armados, tensiones culturales y crisis de sentido, esta solemnidad recuerda que la paz no se construye únicamente con estructuras, sino con una mirada correcta sobre el ser humano. La maternidad de María afirma que nadie es descartable y que la historia no está cerrada al sentido.

María, Madre de Dios y madre de los cristianos hoy

Para el creyente contemporáneo, la Solemnidad de Santa María, Madre de Dios no es una celebración arqueológica. Interpela directamente a la vida cristiana. María aparece como modelo de fe adulta, capaz de integrar razón, libertad y obediencia. Su maternidad no es pasiva: implica responsabilidad, riesgo y perseverancia.

San Josemaría Escrivá insistía en que acudir a María no es una evasión sentimental, sino una escuela de vida cristiana concreta. En ella se aprende a acoger la voluntad de Dios en lo ordinario, a vivir la fe sin estridencias y a sostener la esperanza cuando no todo se comprende.

En este punto, el trabajo de instituciones como la Fundación CARF adquiere una especial relevancia. Formar sacerdotes y seminaristas para una Iglesia fiel a la verdad de la Encarnación implica transmitir una teología sólida, enraizada en la tradición y capaz de dialogar con el mundo actual. La maternidad divina de María no es un tema marginal, sino una clave para una formación integral: doctrinal, espiritual y pastoral.

Un comienzo que orienta todo el año

La Solemnidad de Santa María, Madre de Dios sitúa al cristiano, al inicio del año, ante una verdad decisiva: Dios no es una idea ni una fuerza abstracta, sino alguien que ha querido tener madre. Desde ahí se ordena todo lo demás: la fe, la moral, la vida social y la esperanza.

Celebrarla en 2026 significa reafirmar que la fe cristiana sigue teniendo algo concreto que decir sobre la realidad, el tiempo y la persona. María no eclipsa a Cristo; lo muestra en su verdad más radical. Y por eso, comenzar el año bajo su advocación no es un gesto piadoso más, sino una toma de posición: confiar en que la historia, incluso con sus sombras, sigue abierta a Dios.


26 de diciembre, san Esteban: el primer mártir

Cada 26 de diciembre, la Iglesia celebra la festividad de san Esteban, recordando al primer rtir cristiano. Su historia, aunque breve, es un testimonio impresionante de fe, valentía y amor al Evangelio. ¿Conoces su origen y cómo llegó a convertirse en uno de los modelos de santidad más emblemáticos de la Iglesia?

¿Quién fue san Esteban?

San Esteban fue uno de los siete primeros diáconos elegidos por los apóstoles para ayudar en el servicio a la comunidad cristiana en Jerusalén. Su misión principal era atender las necesidades de las viudas y los más pobres, asegurándose de que nadie quedara desamparado.

El libro de los Hechos de los Apóstoles nos cuenta que Esteban era un hombre lleno de fe y del Espíritu Santo (Hch. 6, 5). También era conocido por su sabiduría y por los signos y milagros que realizaba entre el pueblo, lo que atrajo tanto admiradores como detractores.

San Esteban, primer mártir de la cristiandad
San Esteban aparece representado como diácono, con la dalmática, la palma del martirio y las piedras que evocan su lapidación. La obra subraya su serenidad y entrega al Evangelio.

El martirio de san Esteban

La predicación de Esteban causó controversia entre algunos líderes religiosos de su tiempo. Fue acusado falsamente de blasfemia contra Moisés y contra Dios, y llevado ante el Sanedrín, el consejo supremo de los judíos.

Durante su defensa, pronunció un discurso poderoso y valiente en el que repasó la historia de Israel y denunció la resistencia del pueblo a aceptar la voluntad de Dios. Este discurso enfureció a sus acusadores, quienes lo llevaron fuera de la ciudad y lo apedrearon hasta la muerte.

Mientras se convertía en el primer mártir, Esteban, lleno del Espíritu Santo, exclamó: «Señor Jesús, recibe mi espíritu» y, con un corazón lleno de perdón, dijo: «Señor, no les tomes en cuenta este pecado» (Hch. 7, 59-60). Su muerte es un reflejo del amor y la misericordia de Cristo en la cruz.

«Esteban, lleno de gracia y poder, hacía grandes prodigios y señales entre el pueblo» (Hch 6,8). El número de los que creían en la doctrina de Jesucristo era cada vez mayor. Sin embargo, muchos –ya sea porque no conocían a Cristo o porque le conocían mal– no consideraron a Jesús como el salvador.

«Se pusieron a discutir con Esteban; pero no lograban hacer frente a la sabiduría y al espíritu con que hablaba. Entonces indujeron a unos que asegurasen: “Le hemos oído proferir palabras blasfemas contra Moisés y contra Dios”» (Hch 6,9-11).

San Esteban fue el primer mártir del cristianismo. Murió lleno del Espíritu Santo, rezando por los que le apedreaban. «Ayer, Cristo fue envuelto en pañales por nosotros; hoy, cubre Él a Esteban con vestidura de inmortalidad. Ayer, la estrechez de un pesebre sostuvo a Cristo niño; hoy, la inmensidad del cielo ha recibido a Esteban triunfante. El Señor descendió para elevar a muchos; se humilló nuestro Rey, para exaltar a sus soldados».

Vivir la alegría del Evangelio

También nosotros hemos recibido la apasionante misión de difundir el anuncio de Jesucristo con nuestras palabras y sobre todo con nuestra vida, mostrando la alegría del evangelio. Quizá san Pablo, presente en aquel suceso, quedaría removido por el testimonio de Esteban y, una vez ya cristiano, tomaría de allí fuerza para su propia misión.

«El bien siempre tiende a comunicarse. Toda experiencia auténtica de verdad y de belleza busca por sí misma su expansión, y cualquier persona que viva una profunda liberación adquiere mayor sensibilidad ante las necesidades de los demás (…). Recobremos y acrecentemos el fervor, la dulce y confortadora alegría de evangelizar, incluso cuando hay que sembrar entre lágrimas. Y ojalá el mundo actual –que busca a veces con angustia, a veces con esperanza– pueda así recibir la Buena Nueva, no a través de evangelizadores tristes y desalentados, impacientes o ansiosos, sino a través (...) de quienes han recibido, ante todo en sí mismos, la alegría de Cristo» (exhortación apostólica Evangelii Gaudium del Papa Francisco, 2013).

¿Qué aprender de san Esteban?

San Esteban nos enseña la importancia de defender nuestra fe con valentía y humildad, pero también con amor y perdón hacia quienes nos persiguen. Su ejemplo nos invita a confiar plenamente en Dios, incluso en los momentos más difíciles.

También nos recuerda el valor del servicio. Como diácono, dedicó su vida a ayudar a los más necesitados, viviendo el mandamiento del amor al prójimo de manera concreta.

El patrono de los diáconos

San Esteban es considerado el patrono de los diáconos y de aquellos que sufren persecución por su fe. Su testimonio ha inspirado a generaciones de cristianos a lo largo de la historia.

En la liturgia, su festividad del 26 de diciembre, nos invita a reflexionar sobre el significado del martirio como una entrega total a Cristo.

En un mundo que muchas veces rechaza los valores del Evangelio, san Esteban nos anima a vivir nuestra fe con autenticidad y valentía.

San Esteban, primer mártir de la cristiandad
Martirio de san Esteban, Juan de Juanes en el Museo de El Prado.

Una reflexión

El testimonio del primer mártir, san Esteban, sigue siendo relevante en nuestros días. ¿Cómo podemos ser testigos de Cristo en nuestra vida cotidiana? Tal vez no enfrentemos persecuciones físicas, pero podemos encontrar desafíos al tratar de vivir con coherencia nuestra fe en un mundo que muchas veces se muestra indiferente o crítico.

El evangelio de su fiesta refleja la fidelidad del primer discípulo de Jesús que dio testimonio de él ante los hombres. Fidelidad significa semejanza, identificación con el Maestro. Igual que Jesús, Esteban predicaba a sus hermanos de raza, lleno de la sabiduría del Espíritu Santo, y hacía grandes prodigios en favor de su pueblo; como Jesús, fue llevado fuera de la ciudad y allí fue lapidado, mientras él perdonaba a sus verdugos y entregaba su espíritu al Señor (cf. Hechos de los Apóstoles, 6,8-10; 7,54-60).

Preocuparse por el ambiente

Pero podemos reclamar a Jesús: ¿cómo no preocuparnos cuando se siente la amenaza de un ambiente hostil al Evangelio? ¿Cómo desatender la tentación del miedo o del respeto humano, para evitar tener que resistir?

Más aún, cuando esa hostilidad surge en el propio ambiente familiar, algo que ya vaticinó el profeta: “Porque el hijo ultraja al padre, la hija se alza contra su madre, la nuera, contra su suegra: los enemigos del hombre son los de su propia casa” (Miqueas, 7,6). Es cierto que Jesús no nos da una técnica para salir ilesos ante la persecución. Nos da mucho más: la asistencia del Espíritu Santo para hablar y perseverar en el bien, dando así un fiel testimonio del amor de Dios por toda la humanidad, también por los perseguidores.

En este primer día de la Octava de Navidad sigue habiendo espacio para la alegría, puesto que lo que más queremos, lo que más nos hace felices no es nuestra propia seguridad, sino la salvación para todos.

San Esteban nos invita a recordar que la fuerza para vivir y defender nuestra fe proviene del Espíritu Santo. ¡Confiemos en Él y sigamos su ejemplo de amor, perdón y servicio!

En la Fundación CARF, rezamos por los cristianos perseguidos en todo el mundo y trabajamos para formar seminaristas y sacerdotes diocesanos líderes que, como san Esteban, lleven el mensaje de Cristo con valentía. ¡Unámonos en oración por ellos!



28 diciembre, fiesta de la Sagrada Familia, cuna de amor

A la familia se la define como una escuela del amor. Este año, que Navidad no cae en domingo, celebramos el último domingo del año la fiesta y no el viernes anterior.

«El Redentor del mundo eligió a la familia como lugar para su nacimiento y crecimiento, santificando así esta institución fundamental de toda sociedad». Papa san Juan Pablo II, mensaje del Ángelus, 30 de diciembre de 2001.

Las enseñanzas

La familia es una comunión íntima de vida y amor, fundada en el matrimonio entre un hombre y una mujer, abierto al don de la vida humana, y al amor para siempre. Esta fiesta señala a la Sagrada Familia de Nazaret como el verdadero modelo de vida. Todas las familias del mundo, deben siempre acudir al amparo y protección de la Sagrada Familia, para así aprender a vivir el amor y el sacrificio.

A la familia se la define como escuela del amor e Iglesia doméstica. La familia es el lugar providencial donde somos formados como humanos y como cristianos. Nuestra familia es donde crecemos en sabiduría, en edad y en gracia delante de Dios y de los hombres.

Debe ser sitio de diálogo entre Dios y el hombre, abierta a la Palabra y a la escucha. Secundada por la oración en familia que une con fuerza. San Juan Pablo II recomendaba mucho el rezo del Santo Rosario dentro de las familias, y tenía muy presente aquella frase que dice: «la familia que reza unida, permanece unida».

Es por todo esto que la Fiesta de la Sagrada Familia nos invita a acoger, vivir y proclamar la verdad y la belleza de la familia, según el plan de Dios.

Una familia en Torreciudad rezando como la Sagrada Familia nos enseñó, unidos.
Una familia en Torreciudad dando gracias a la Virgen.

Fuente de vocaciones sacerdotales

La identidad de Cristo y de su misión han cobrado forma en la historia y en el mundo en el seno de la Sagrada Familia. Podemos decir que éste es el modelo dentro del cual acontece, en la inmensa mayoría de los casos, la llamada del Señor a los hijos de familias cristianas a su consagración y a la vocación al sacerdocio. Por eso el papel de las familias cristianas es fundamental en el surgir de las vocaciones.

Tanto el sacerdocio como la vida consagrada son dones gratuitos del Señor y resulta indiscutible que la gran mayoría de las vocaciones surgen en el seno de las familias que creen y practican, de ambientes en los que se viven los valores de la Sagrada Familia de Nazaret.

Para descubrir esa vocación, es crucial el papel de los padres en la formación de los hijos. Ninguna institución puede suplir su labor en la educación «especialmente en lo que se refiere a la formación de la conciencia. Cualquier intromisión en este ámbito sagrado debe ser denunciada porque vulnera el derecho que tienen los padres de trasmitir a sus hijos una educación conforme a sus valores y creencias» (Conferencia Episcopal Española 2022).

Cuna de la vocación al amor

En la Familiaris consortio, el papa san Juan Pablo II enseñó que «el matrimonio cristiano y la familia cristiana edifican la Iglesia: porque en la familia cristiana la persona humana no sólo es llevada al ser e introducida progresivamente por medio de la educación en la comunidad humana, sino por medio del renacimiento del bautismo y la educación en la fe en que el niño también se introduce en la familia de Dios, que es la Iglesia».

El hogar que vive siguiendo el ejemplo de la Sagrada Familia es escuela de oración. En ella se aprende desde niños a colocar a Dios espontáneamente en el primer lugar reconociéndolo y dialogando con Él en toda circunstancia. También una escuela de fe vivida, donde no se aprende de forma teórica, sino que se plasma en las obras cotidianas. Asimismo es escuela de difusión misionera como promotoras activas de las vocaciones consagradas.

Vivir el evangelio no es fácil hoy en día, más aún en estos tiempos. Sin embargo, en el Evangelio encontramos el camino para vivir una vida santa en el ámbito personal y familiar, un camino ciertamente exigente pero fascinante. Camino, que podemos recorrer siguiendo el ejemplo Jesús de Nazaret y gracias a su intercesión.

En todo hogar hay momentos felices y tristes, pacíficos y difíciles. Vivir el evangelio no nos exime de experimentar dificultades y tensiones, de encontrar momentos de feliz fortaleza y momentos de triste fragilidad. Debemos comprender que es el Espíritu Santo quien guía hoy a todo ser humano. Pero hay que escuchar al Espíritu que habla en nosotros; hace falta una mirada de fe para captar la realidad más allá de las apariencias.

Monseñor Javier Echevarría en el santuario de Torreciudad aludió al hecho de que es el hogar familiar «donde se forjan las diversas vocaciones en la Iglesia», y expresó el deseo de que ellas sean «verdaderamente cristianas, que consideren una gran bendición divina la llamada de algunos de sus hijos al sacerdocio».

Discernimiento de la vocación en el hogar cristiano

El papa Francisco nos ofrece en la exhortación apostólica Christus vivit, diez pautas para reflexionar sobre la fiesta, la educación en el hogar y el facilitar a los hijos el proceso de discernimiento de la vocación.

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Bibliografía:

- Sínodo de los Obispos, 2001.
- Conferencia Episcopal Española 2022.
- Audiencia del Papa Francisco, 2019.
- Exhortación Apostólica Postsinodal Christus Vivit, Papa Francisco, 2019.