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El diálogo interreligioso en una cultura del encuentro

20/10/2026

El diálogo interreligioso en una cultura del encuentro

El diálogo interreligioso nace de la escucha y del respeto a quien es diferente. Una mirada a las claves que ofrece la Iglesia para construir una verdadera cultura del encuentro.

Sesenta años después de la promulgación de la histórica declaración conciliar sobre las relaciones de la Iglesia con las religiones no cristianas, la Santa Sede ofrece un documento de calado teológico y pedagógico, que revisa el legado de «Nostra aetate», evalúa los desafíos del presente y traza las coordenadas futuras del diálogo interreligioso.

La chispa de una revolución silenciosa

El 28 de octubre de 1965, en medio de la efervescencia del Concilio Vaticano II, la Iglesia católica hizo pública la Declaración Nostra aetate «sobre las relaciones de la Iglesia con las religiones no cristianas». Aquel texto breve, pero sumamente audaz, marcó un giro irreversible al afirmar que la Iglesia «no rechaza nada de lo que en estas religiones es verdadero y santo» (NA 2).

Sesenta años más tarde, los Dicasterios para la Doctrina de la Fe, para la Promoción de la Unidad de los Cristianos y para el Diálogo Interreligioso han publicado de forma conjunta la Nota conmemorativa «Un camino de esperanza». El documento, aprobado por el Papa León XIV tras su audiencia con los prefectos y secretarios de los tres dicasterios, no se presenta como un balance burocrático, sino como un manifiesto vivo y urgente para un planeta amenazado por la polarización, el repliegue identitario y las secuelas de la guerra.

Las raíces judías y la memoria imprescindible del Holocausto

La Nota recuerda con precisión periodística e historiográfica que Nostra aetate no nació como un ejercicio académico, sino como una respuesta directa a las atroces consecuencias del antisemitismo y del Holocausto. El documento narra cómo san Juan XXIII, impactado por su providencial encuentro con el historiador judío Jules Isaac y gracias a la mediación de María Vingiani, encargó al cardenal Augustin Bea la redacción de un texto destinado a sanar las relaciones entre la Iglesia y el pueblo judío.

En su desarrollo teológico, la Nota subraya que Jesús era judío y nunca dejó de serlo. Citando la teología del siglo XX, afirma que en la Encarnación el Verbo se hizo «carne judía». Por ello, el diálogo judeocristiano no es una opción diplomática ni una práctica secundaria, sino un elemento intrínseco para que la Iglesia comprenda su propia identidad, y un componente esencial de su misión. 

La alianza de Dios con el pueblo judío es irrevocable(cf. Rm 11, 29). A la vez, el texto mantiene la confesión de Cristo como único Redentor. Aclara que, por tanto, esto no implica sostener dos vías paralelas de salvación, sino reconocer que la religiosidad judía vivida hoy sigue siendo un valor activo que enriquece a los cristianos. «Lo que Jesús aportó al cristianismo como herencia judía forma parte de la estructura teológica del propio cristianismo» (Un camino de esperanza, 11).

Asimismo, el documento renueva la condena del antisemitismo y señala la memoria del Holocausto como una advertencia permanente contra el peligro del odio racial y religioso.


Don Ramiro Pellitero Iglesias, profesor emérito de Teología Pastoral en la Facultad de Teología de la Universidad de Navarra.

Publicado en Iglesia y nueva evangelización.

El diálogo como camino de amistad y paz

El reciente magisterio del papa León XIV invita a profundizar en esta cultura del encuentro. En su encuentro con representantes de distintas tradiciones religiosas, celebrado en Metz el 28 de septiembre de 2026, recordó que dialogar no significa renunciar a la propia identidad, sino vivirla con apertura y respeto hacia quien es diferente.

Para el Papa, el diálogo interreligioso tiene una finalidad concreta: favorecer la amistad, la paz y el reconocimiento de la dignidad de cada persona. En un mundo marcado por conflictos y divisiones, las distintas tradiciones religiosas están llamadas a contribuir juntas a una cultura que rechace cualquier utilización de la fe para justificar la violencia.

Esta perspectiva enlaza directamente con el espíritu de Nostra aetate y con la reciente Nota Un camino de esperanza, que anima a seguir construyendo puentes de conocimiento, respeto y colaboración entre creyentes.

El espíritu de Nostra aetate sigue iluminando el camino de la Iglesia. Esta reconoce que todas las religiones pueden reflejar «un destello de aquella Verdad que ilumina a todos los hombres» (n. 2) y buscan respuestas a los grandes misterios de la existencia humana, por lo que el diálogo debe ser no solo intelectual, sino profundamente espiritual.

La Declaración invita a todos los católicos —obispos, clero, personas consagradas y fieles laicos— a participar sinceramente en el diálogo y la colaboración con los seguidores de otras religiones, reconociendo y promoviendo todo lo que es bueno, verdadero y santo en sus tradiciones (cf. ibíd.). Esto es necesario hoy en día prácticamente en todas las ciudades del mundo donde, debido a la movilidad humana, nuestras diversidades espirituales y de pertenencia están llamadas a encontrarse y a convivir fraternalmente.

Nostra aetate nos recuerda que el verdadero diálogo tiene sus raíces en el amor, único fundamento de la paz, la justicia y la reconciliación, al tiempo que rechaza con firmeza toda forma de discriminación o persecución, afirmando la igual dignidad de todo ser humano (cf. NA, 5).

Jesús y la samaritana: el diálogo empieza por escuchar

El Evangelio ofrece una imagen especialmente significativa para comprender el diálogo entre personas de distintas tradiciones religiosas: el encuentro de Jesús con la mujer samaritana.

En su catequesis sobre Nostra aetate, León XIV presentó este episodio como un ejemplo de diálogo basado en la apertura, la escucha sincera y el reconocimiento del otro. Jesús atraviesa las barreras culturales y religiosas para encontrarse con una persona concreta.

Desde esta perspectiva, el diálogo interreligioso no consiste únicamente en buscar puntos de acuerdo. También supone aprender a escuchar, conocer al otro y reconocer aquello que nos une sin ocultar las diferencias.

Sesenta años después de Nostra aetate, esta actitud sigue siendo una invitación a construir relaciones basadas en el respeto, la amistad y la búsqueda compartida de la verdad.


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