25 de marzo, la Anunciación del Señor

La Iglesia celebra la Solemnidad de la Anunciación del Señor el 25 de marzo, un momento crucial en la historia de la salvación. También conocida como la Encarnación del Señor, esta festividad recuerda el instante en que el Arcángel Gabriel anuncia a la Virgen María que será la madre del Hijo de Dios. Su «hágase en mí según tu palabra» (Lc 1,38) representa un modelo de fe y entrega total a la voluntad divina.

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El significado de la Anunciación y de la encarnación del Verbo

El misterio de la Anunciación es inseparable de la Encarnación, ya que es el momento en que Dios asume la naturaleza humana. San Josemaría Escrivá, fundador del Opus Dei, resaltó la grandeza de este evento afirmando que: «Dios nos llama a santificarnos en la vida ordinaria, como María aceptó su misión con humildad».

María, modelo de vocación y entrega

Nuestra madre, la Virgen María es ejemplo para todos los cristianos, especialmente para aquellos que han sido llamados al sacerdocio. Su respuesta confiada y sin reservas es un reflejo de la disposición que todo seminarista y sacerdote debe tener ante la llamada de Dios.

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La Anunciación y la defensa de la vida

En España, la Conferencia Episcopal celebra el 25 de marzo la Jornada por la Vida, recordando el valor sagrado de la vida humana desde su concepción. En 2026, el lema es «La vida, un don inviolable», una llamada a la protección de la vida en todas sus etapas. «El aborto –subrayan los prelados– nunca puede constituir un derecho, ya que no existe el derecho a eliminar una vida humana».

Sin embargo, la mirada desde la Conferencia Episcopal no se queda solo en el seno materno, se dirige también a madres y padres que enfrentan dificultades a la hora de afrontar un embarazo. Por ello, indican que desde CEE «queremos promover una alianza social para la esperanza a favor de la natalidad, que sirva, por una parte, para construir juntos las condiciones necesarias para que nuestros jóvenes puedan plantearse formar una familia abierta a la vida y, por otra, para que ninguna mujer tenga que recurrir al aborto por sentirse sola o sin recursos».

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El compromiso de los sacerdotes y seminaristas

Para los sacerdotes diocesanos y para los futuros pastores apoyados por la Fundación CARF, esta festividad tiene un significado especial. La defensa de la vida es parte de su misión, siendo testigos del Evangelio en una sociedad que a menudo relativiza el valor de la existencia humana.

El compromiso de los sacerdotes y seminaristas no solo se basa en la defensa de la vida desde la concepción, sino en su labor pastoral para acompañar a las personas en cada etapa de su vida.

Su formación teológica y espiritual los prepara para ser guías en la fe y orientadores en los momentos difíciles. Inspirados por el sí de María, están llamados a ser heraldos de la esperanza, promoviendo una cultura de la vida y el amor cristiano.

Además, esta festividad los invita a profundizar en su vocación, reafirmando su compromiso con la evangelización y la enseñanza de la doctrina cristiana.

En tiempos donde la dignidad humana enfrenta múltiples desafíos, su testimonio cobra especial relevancia. La Anunciación es para ellos un recordatorio de su misión de ser presencia viva de Cristo en el mundo, transmitiendo el mensaje de salvación con palabras y obras.

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Vivir el sí de María: un compromiso para todo cristiano

La fiesta de la Anunciación no solo nos invita a meditar en el sí de María, sino también a renovar nuestra entrega a Dios con confianza y alegría.

María, con su aceptación humilde y valiente, nos enseña que todo cristiano, sin importar su estado de vida, está llamado a dar su propio sí a Dios en la cotidianidad del día a día.

Para los seminaristas y sacerdotes diocesanos es un día de especial reflexión sobre su vocación y sobre el compromiso de ser defensores de la vida y la fe.

Sin embargo, esta llamada no es exclusiva de ellos. Cada fiel, desde su propia realidad, puede hacer presente a Cristo en el mundo con sus actos de caridad, su testimonio cristiano y su confianza en la providencia de Dios.

La Anunciación nos recuerda que cada uno de nosotros, como parte del pueblo de Dios, puede ser un instrumento en sus manos, llevando esperanza, amor y fe a quienes nos rodean.


Herencias que construyen la fe: el valor del legado solidario para la Iglesia

Hablar de herencias y legados suele hacernos pensar en propiedades, bienes o dinero que se transmiten de los padres a los hijos o a otros seres queridos. Pero un legado solidario puede ir mucho más allá de lo material: es dejar una huella de fe que perdure en el tiempo, un testimonio que siga dando fruto en la Iglesia cuando ya no estemos.

La historia de la Iglesia está llena de ejemplos de cómo los legados, grandes o pequeños, han sostenido su misión y han hecho posible que el Evangelio llegue a millones de personas.

La relación entre la cultura, arte, caridad y la Iglesia católica es, probablemente, el contrato de patrocinio más largo y fructífero de la humanidad. Durante siglos, la Iglesia ha sido una guía espiritual, y el principal "director creativo" de Occidente.

El real monasterio de san Lorenzo de El Escorial es un complejo que incluye un palacio real, una basílica, un panteón, una biblioteca , un colegio y un monasterio. Se encuentra en la localidad española de San Lorenzo de El Escorial, en Madrid, y fue construido entre 1563 y 1584.

Grandes herencias que dieron forma a la Iglesia

En diversos momentos de la historia, obispos, abades y fundadores religiosos que vivieron con santidad destinaron parte de sus bienes o rentas eclesiásticas para fundar seminarios, hospicios o casas de formación. No eran comerciantes ni mecenas de paso, eran pastores y religiosos que, con su vida austera, dieron testimonio de que todo lo tienen “prestado” de Dios y que su misión era cuidar almas.

Algunas comunidades monásticas, siguiendo su espiritualidad, asumieron que su excedente de tierras o rentas debía servir para su mantenimiento, pero también para una misión más amplia: formar sacerdotes, sostener misiones o ayudar en zonas pobres. Así, los monasterios se volvieron centros económicos que redistribuían bienes para fines eclesiales.

También encontramos legados de fieles laicos: personajes relevantes de la realeza o incluso figuras históricas como los reyes católicos, comerciantes, familias con vidas cristianas visibles que, al final de sus vidas, ofrecieron parte de lo que poseían a la Iglesia para sustentar escuelas, orfanatos o formación sacerdotal.

Estos legados físicos, a veces traducidos en catedrales, monasterios o universidades son la expresión visible de una convicción: que la fe merece ser transmitida y custodiada para las generaciones futuras.

Legados y testamentos que cambian vidas

También hay herencias discretas que, aunque invisibles, han transformado el rumbo de la Iglesia.

En muchos pueblos, las ermitas y parroquias se levantaron gracias a colectas de familias sencillas, de agricultores y artesanos que aportaron lo poco que tenían. Sus nombres no figuran en los libros de historia, pero sin ellos, la fe no habría echado raíces en tantas comunidades.

Otros legados son aún más profundos: el legado de la fe transmitida en familia. Pensemos en santa Mónica, que legó a la Iglesia nada menos que a san Agustín gracias a su llanto y oración constante. O en los padres de santa Teresita del Niño Jesús, cuya herencia espiritual fue el ambiente de fe y amor que hizo florecer la santidad en su hija. El legado de un cristiano no se mide en cifras, sino en el impacto que deja en las almas.

Un puente entre la tierra y el cielo: “Desde el Cielo” en la Fundación CARF

Los grandes y pequeños legados de la historia nos recuerdan que la generosidad cristiana nunca se pierde, sino que siempre se transforma en vida para la Iglesia. Esa misma realidad la vemos hoy en quienes, de manera anónima y discreta, deciden dejar un legado que contribuya al futuro de la iglesia. 

Como homenaje y muestra de gratitud, desde la Fundación CARF creamos la página Desde el Cielo: un memorial donde recordamos a esos benefactores fallecidos que hicieron posible que miles de sacerdotes y seminaristas diocesanos y religiosos fueran formados cada año.

Diariamente se ofrece la Santa Misa por sus almas en el Santuario de Torreciudad, y mensualmente en los colegios sacerdotales de Pamplona y Roma se reza por ellos. Los sacerdotes que han recibido ayuda de la Fundación CARF llevan en sus oraciones diarias la memoria de esos benefactores que ahora siguen ayudando desde el cielo.

Ese gesto consolida una relación espiritual íntima: quienes legaron su generosidad no sólo sostienen a la Iglesia desde la tierra, sino que ahora interceden y acompañan desde la eternidad. Es una hermosa y clara expresión de que el legado solidario cristiano no se agota con la muerte, sino que continúa en la comunión de los santos.

Facultades Eclesiásticas de la Universidad de Navarra
Facultades Eclesiásticas de la Universidad de Navarra, Pamplona.

El sentido cristiano del legado

Para un cristiano, dejar un legado solidario significa mucho más que repartir bienes. Es una decisión espiritual, un modo de prolongar la caridad más allá de la propia vida.

El Evangelio nos recuerda: «donde está tu tesoro, allí estará tu corazón» (Mt 6,21). Quien decide incluir a la Fundación CARF en su testamento solidario transforma sus bienes en una semilla de fe, permitiendo que otros encuentren a Dios a través de sacerdotes bien formados.

Hoy, esa misma lógica sigue viva: el legado es el puente entre tu vida terrena y los frutos eternos que otros recibirán gracias a tu generosidad.

Tu legado hoy puede formar sacerdotes para el mañana

En la actualidad, a través de la Fundación CARF, tu legado se convierte en apoyo directo a seminaristas y sacerdotes diocesanos de todo el mundo. Jóvenes que desean entregarse a Dios y servir a la Iglesia universal, pero que necesitan ayuda para formarse.

Así como en el pasado los legados levantaron templos, universidades, hospitales, conventos y misiones, hoy tu herencia puede levantar templos vivos: sacerdotes preparados para anunciar el Evangelio y acompañar a miles de personas. Un cristiano no se lleva nada al cielo, pero puede dejar mucho en la tierra. Como lo hicieron reyes, santos y familias anónimas, hoy tienes la oportunidad de decidir que lo que Dios te confió en vida siga transformándose en esperanza, fe y servicio.

Tu legado puede ser la herencia más valiosa: la que sostiene a la Iglesia y acompaña a miles de personas hacia Dios.



ALGUNAS PREGUNTAS Y RESPUESTAS CURIOSAS

1. ¿Qué es mejor, una herencia o un legado?

La herencia es la sucesión en todos los bienes, derechos y obligaciones del difunto. Mientras que el legado, una donación específica de un bien concreto (un coche, una casa, una joya).

2. ¿Cómo consolidaron las herencias los emperadores?

Antes de que existieran los grandes coleccionistas de arte, fueron los líderes políticos quienes consolidaron los bienes de la Iglesia.

Constantino el Grande (S. IV): El mecenas original. Tras legalizar el cristianismo, financió la construcción de las primeras grandes basílicas, como la Antigua Basílica de San Pedro en Roma y la del Santo Sepulcro en Jerusalén.

Carlomagno (S. IX): Impulsó el "Renacimiento carolingio". Su apoyo fue vital para la preservación de manuscritos iluminados y la reforma de la arquitectura eclesiástica en Europa.

3. ¿Cómo se consolida el mecenazgo en el Renacimiento?

En los siglos XV y XVI, el mecenazgo se volvió una cuestión de estatus, fe y, admitámoslo, un poco de ego familiar apoyado por las grandes familias que apoyaron a artistas y legaron y donaron mucho patrimonio a la Iglesia.

Los Médici: produjeron cuatro papas (León X, Clemente VII, entre otros) y financiaron el esplendor de Florencia y del Vaticano. Promocionaron a Miguel Ángel o Rafael.

Papa Julio II: conocido como el Papa Guerrero, fue quien ordenó la demolición de la vieja basílica de San Pedro para construir la actual. Apoya a Miguel Ángel (Capilla Sixtina) y Bramante.

Los Borghese: el cardenal Scipione Borghese fue el gran mecenas del Barroco temprano. Impulsa las carreras de Bernini o de Caravaggio.

4. ¿Qué promovieron las grandes monarquías católicas?

Felipe II de España: el gran defensor de la fe. Su mayor obra de mecenazgo fue El Escorial, un monasterio-palacio que simbolizaba la unión del poder real y el fervor religioso.

Los Habsburgo de Austria: convirtieron a Viena y Centroeuropa en bastiones del barroco eclesiástico, financiando abadías e iglesias de una suntuosidad casi abrumadora.

5. Algunos ejemplos del mecenazgo moderno

Hoy en día, el mecenazgo ha pasado de ser una cuestión de reyes y papas a ser gestionado por instituciones y fundaciones.

Caballeros de Colón: esta organización ha financiado numerosas restauraciones en la Basílica de San Pedro y apoya proyectos de comunicación del Vaticano.

Fundaciones Privadas y Museos: instituciones como los Museos Vaticanos se autofinancian, pero dependen de donaciones internacionales (como los Patrons of the Arts in the Vatican Museums) para la restauración de algunas obras maestras.

Billonarios y Filántropos: tras el incendio de Notre Dame de París en 2019, familias como los Pinault y los Arnault (LVMH) donaron cientos de millones de euros, demostrando que el mecenazgo católico hoy es también un acto de preservación del patrimonio cultural global.

Sacerdote de Haití: «a veces pasa un año sin celebrar la Eucaristía»

Los católicos en Haití viven a menudo una situación que sorprende en otros lugares del mundo: son comunidades de fieles que pasan meses sin poder celebrar y vivir la Eucaristía. Hugues Paul, de la diócesis de Jacmel, conoce esta realidad desde su infancia.

Esa experiencia fue decisiva en su vida. «En estas comunidades eclesiales, a veces puede pasar casi un año sin la celebración de la Santa Misa», explica.

Fue precisamente esa carencia la que despertó en él la vocación. Creció en una pequeña comunidad que en Haití se conoce como capilla, una iglesia dependiente de una parroquia donde, ante la falta de sacerdotes, los fieles mantienen viva la fe con celebraciones de la Palabra dirigidas por laicos.

Dios le llamó para ayudar como sacerdote en su viña

«Normalmente hay un agente pastoral, a quien llamamos director de la capilla, encargado de presidir celebraciones de la Palabra en ausencia de los sacerdotes». En medio de esa realidad don Hugues Paul sintió la llamada de Dios: «Fue en este contexto donde sentí la llamada de Dios a echar una mano en su viña, para ayudar a su pueblo a encontrarlo y a vivir la fe de una manera más profunda donde la Eucaristía fuese el centro».

Hugues Paul fue ordenado sacerdote el 26 de junio de 2021 y ahora tiene 39 años. Procede de una familia numerosa con dos hermanos y cinco hermanas, y agradece que sus padres sigan vivos.

En su hogar recibió una sólida educación católica, aunque su formación académica se desarrolló en centros cristianos de otras confesiones: estudió la Primaria en una escuela protestante y la Secundaria en un centro de la Iglesia episcopal de la comunión anglicana.

Su adolescencia estuvo marcada por una participación intensa en la vida de la Iglesia local. «Viví una adolescencia muy alegre y activa, participando en grupos y en el coro de la capilla, hasta que finalmente ingresé en el seminario».

Aquella comunidad sencilla, donde la fe se sostenía con pocos recursos, pero con gran convicción, fue el lugar donde maduró su vocación sacerdotal.

Hugues Paul, sacerdote al servicio de los católicos en Haití.

Preocupados por la isla

Hoy continúa su formación sacerdotal en España. Llegó el 30 de junio de 2024 gracias al apoyo de la Fundación CARF y de otras instituciones, y actualmente está terminando una licenciatura en Teología Bíblica, ya en su fase final, en las Facultades Eclesiásticas de la Universidad de Navarra, en Pamplona.

Desde la distancia observa con preocupación la situación de su país. Haití atraviesa una crisis profunda marcada por la violencia y la inseguridad. «La vida se ha vuelto muy difícil, sobre todo a causa de la inseguridad que afecta a casi todo el territorio, especialmente a la capital», explica.

Sin embargo, incluso en medio de ese contexto, la fe sigue siendo una fuerza viva. «A pesar de ello, el pueblo sigue creyendo: muchas personas asumen riesgos para encontrar un lugar donde vivir su fe y participar en las celebraciones».

Las consecuencias del gran terremoto

La diócesis de Jacmel, situada en el sureste del país, vive una situación relativamente más estable que otras regiones, pero las consecuencias del gran terremoto de 2010 siguen siendo visibles. «Seguimos esperando la finalización de los trabajos de reconstrucción de la catedral y de muchas parroquias destruidas».

La falta de recursos y ayudas suficientes ha retrasado durante años esas obras que para muchas comunidades son esenciales.

Los católicos en Haití, más del 60 % de la población

Los católicos en Haití representan entre el 60 y el 66 % de la población. En la diócesis de Jacmel hay unos 80 sacerdotes para 36 parroquias, y en todo el país –sumando las diez diócesis y los religiosos– se calcula que hay entre 800 y 900 sacerdotes. La Iglesia universal ha sido un apoyo fundamental en estos años difíciles. «Hemos recibido un gran apoyo de la Iglesia universal, especialmente a través de Ayuda a la Iglesia Necesitada».

España: la belleza de las iglesias y su secularización

Su experiencia en España también le ha hecho reflexionar sobre las diferencias entre ambas realidades eclesiales. Lo que más le ha impresionado positivamente es «la belleza de las iglesias». Sin embargo, le preocupa ver templos con pocos jóvenes. «Me llama la atención que la Iglesia parezca estar formada principalmente por personas mayores, con muy poca presencia de jóvenes y niños en las celebraciones».

Hugues Paul, junto a un grupo de sacerdotes en Bidasoa.

A su juicio, la sociedad española vive un proceso profundo de secularización. Aun así, cree que también existen oportunidades para revitalizar la vida de la Iglesia. En particular, piensa que los católicos españoles podrían inspirarse en la manera en que se vive la liturgia en Haití. «Los católicos españoles podrían aprender de los católicos haitianos el entusiasmo por las celebraciones cantadas, que ayudan a hacerlas más vivas y participativas».

Cercano y coherente con la fe

Mirando al futuro, Hugues Paul tiene claro qué tipo de sacerdotes necesita la Iglesia en el siglo XXI: «ser cercano, empático y coherente con su fe; buen comunicador, abierto al diálogo, sensible a los problemas sociales, con una vida espiritual sólida y capaz de acompañar sin juzgar».

Esa misma actitud considera imprescindible para acercarse a quienes hoy viven lejos de la fe. «Para evangelizar a los jóvenes y a quienes están alejados de Dios, considero fundamental escucharlos con respeto, dar testimonio con la propia vida, utilizar un lenguaje actual y los medios digitales; crear espacios de acogida y mostrar que la fe responde a las preguntas reales del mundo de hoy».

La historia de Hugues Paul recuerda una realidad que a menudo pasa desapercibida: en muchas partes del mundo los cristianos pasan muchos meses sin Eucaristía y esperan la llegada de un sacerdote para poder celebrar la Santa Misa.

Precisamente de esa espera, nacen también nuevas vocaciones dispuestas a servir. Todos los socios, amigos y benefactores de la Fundación CARF se encargan de rezar por ellas, de promover su buen nombre en todo el mundo y de encontrar recursos económicos para que puedan recibir una formación integral en Roma y en Pamplona con es el caso de de Hugues Paul.


Marta Santín, periodista especializada en religión.


La Cuaresma y el perdón de Dios

La Cuaresma es el tiempo litúrgico en el que la Iglesia invita a los cristianos a detenerse, mirar su vida ante Dios y volver a Él con un corazón renovado. Durante cuarenta días se nos propone un camino de conversión marcado por la oración, la penitencia y la caridad. No se trata solo de un cambio exterior, sino de una llamada profunda a reconocer nuestra fragilidad y abrirnos nuevamente a la misericordia de Dios.

«Te compadeces de todos, Señor, y no odias nada de lo que has hecho; cierras los ojos a los pecados de los hombres para que se arrepientan y los perdonas, porque Tú eres nuestro Dios y Señor» (Miércoles de Ceniza, antífona de entrada).

En ese día, durante la celebración de la Santa Misa, o en una ceremonia aparte, los fieles que lo deseen, se acercan al altar para que el sacerdote les imponga la ceniza, a la vez que dice: «Acordaos de que sois polvo, y en polvo os convertiréis»; o, «Convertíos y creed el Evangelio».

Estas dos frases no tienen un sentido contradictorio. Se complementan, y si sabemos unirlas, nos dan el sentido profundo de lo que la Iglesia quiere que vivamos en este tiempo litúrgico: una nueva Conversión en nuestro vivir cristiano.

¿Con qué disposición hemos de comenzar a vivir estos días? Josemaría Escrivá, en Es Cristo que pasa, n. 57, nos recuerda: «hemos entrado en el tiempo de Cuaresma: tiempo de penitencia, de purificación, de conversión. No es tarea fácil. El cristianismo no es camino cómodo: no basta estar en la Iglesia y dejar que pasen los años. En la vida nuestra, en la vida de los cristianos, la conversión primera –ese momento único, que cada uno recuerda, en el que se advierte claramente todo lo que el Señor nos pide– es importante; pero más importantes aún, y más difíciles, son las sucesivas conversiones.

Y para facilitar la labor de la gracia divina con estas conversiones sucesivas, hace falta mantener el alma joven, invocar al Señor, saber oír, haber descubierto lo que va mal, pedir perdón» (...).

¿Cuál es la mejor manera de comenzar la Cuaresma?

Renovamos la fe, la esperanza, la caridad. Esta es la fuente del espíritu de penitencia, del deseo de purificación. La Cuaresma no es sólo una ocasión para intensificar nuestras prácticas externas de mortificación: si pensásemos que es sólo eso, se nos escaparía su hondo sentido en la vida cristiana, porque esos actos externos son –repito– fruto de la fe, de la esperanza y del amor.

Para que vivamos esa buena disposición de convertirnos, necesitamos preparar nuestro espíritu para escuchar con atención, y llevar después a la práctica, las luces que el Señor quiere darnos en estos días de Cuaresma. Esa disposición la podemos resumir en tres palabras: perdonar y pedir perdón.

Cuaresma perdón, tiempo para rezar a Dios

Al bendecir la ceniza el sacerdote puede decir esta oración «Oh Dios, que no quieres la muerte del pecador, sino su arrepentimiento, escucha con bondad nuestras súplicas y dígnate bendecir esta ceniza que vamos a imponer sobre nuestra cabeza; y porque sabemos que somos polvo y al polvo hemos de volver, concédenos, por medio de las prácticas cuaresmales, el perdón de los pecados, así podremos alcanzar, a imagen de tu Hijo resucitado, la vida nueva de tu Reino».

Todo comienza por pedir al Señor, humildemente, perdón por nuestros pecados, por nuestras faltas de amor a Él y de amor al prójimo. «Si al llevar tu ofrenda al altar recuerdas que tu hermano tiene algo contra ti, deja allí tu ofrenda delante del altar; vete primero a reconciliarte con tu hermano, y vuelve después para presentar tu ofrenda» (Mt. 5, 23-24)

Esa petición de perdón, y pensar en la alegría de Cristo al perdonarnos nuestros pecados, moverá nuestra alma a perdonar de todo corazón las ofensas, las injusticias, los malos tratos, las injurias, los abandonos, que hayamos podido recibir, y a no permitir que ni la menor semilla de odio, de rencor, de venganza, anide en nuestro corazón.

Perdonar como nos perdona Cristo. Así tendremos la humildad de espíritu tan necesaria para vivir nuestra vida en unión con Cristo, y siguiendo sus pasos, que nos lo ha señalado con estas palabras: «Aprended de Mí que soy manso y humilde de corazón». Y pidiendo perdón al Señor en el sacramento de la Reconciliación, la Confesión, como León XIV se lo ha recordado a los sacerdotes de Madrid:

«Por eso, queridos hijos, celebrad los sacramentos con dignidad y fe, siendo conscientes de que lo que en ellos se produce es la verdadera fuerza que edifica la Iglesia y que son el fin último al que se ordena todo nuestro ministerio. Pero no olvidéis que vosotros no sois la fuente, sino el cauce, y que también necesitáis beber de esa agua. Por eso, no dejéis de confesaros, de volver siempre a la misericordia que anunciáis».

Mensajes de Cuaresma

En muchos mensajes de Cuaresma, los Papas nos recuerdan las tres obras clásicas recomendadas por santos y doctores espirituales para vivir bien la Cuaresma: «oración, ayuno, limosna».

«La Cuaresma es un tiempo propicio para intensificar la vida del espíritu a través de los medios santos que la Iglesia nos ofrece: el ayuno, la oración y la limosna. En la base de todo está la Palabra de Dios, que en este tiempo nos invita a escuchar y a meditar con mayor frecuencia». (Francisco, Mensaje de Cuaresma, 2017).

Perdonando y pidiendo perdón, nuestra oración llegará al cielo; nuestro ayuno nos llevará a no buscarnos a nosotros mismo en nuestras acciones, y a querer dar gloria a Dios en todo lo que realizamos; y nuestra limosna, será acompañar a los necesitados, animar a los pecadores para que se arrepientan.

Nuestra oración es una honda manifestación de Fe que brota desde el fondo de nuestra alma. Fe que nos lleva a tener una confianza plena en Cristo, a unirnos con Él en su Vida, a conocerle mejor, y así, tendremos la alegría de calmar su sed. Y abre nuestro corazón para que amemos al Señor con todas nuestras fuerzas, y con lo mejor de nosotros mismos.

Nuestro ayuno nos lleva a desprendernos de nosotros mismos, a buscar solamente la gloria de Dios en todas nuestras acciones, a no pensar siempre en nosotros mismos y no a darnos vueltas con preocupaciones o recuerdos inútiles. Ayunar de nosotros y de nuestros intereses, elevará nuestro corazón, nuestra alma para tener hambre de amar a Cristo, de vivir con Él, y alimentarnos de verdad de su Palabra, y decirle con san Pedro: «Tú tienes palabras de vida eterna» (Jn. 6, 68). Y nosotros renovaremos nuestra Esperanza en el Señor, que nos abre el horizonte de la Vida Eterna.

En su Mensaje de Cuaresma, León XIV nos sugiere vivir una abstinencia que puede hacernos un gran bien a nuestro espíritu:

«Por eso, me gustaría invitarles a una forma de abstinencia muy concreta y a menudo poco apreciada, es decir, la de abstenerse de utilizar palabras que afectan y lastiman a nuestro prójimo. Empecemos a desarmar el lenguaje, renunciando a las palabras hirientes, al juicio inmediato, a hablar mal de quienes están ausentes y no pueden defenderse, a las calumnias.

Esforcémonos, en cambio, por aprender a medir las palabras y a cultivar la amabilidad: en la familia, entre amigos, en el lugar de trabajo, en las redes sociales, en los debates políticos, en los medios de comunicación y en las comunidades cristianas. Entonces, muchas palabras de odio darán paso a palabras de esperanza y paz».  

Nuestra limosna nos llevará a ser generosos en servir a los demás y seguir así los pasos de Cristo que nos ha dicho «El Hijo del hombre no ha venido a ser servido sino a servir; y a dar su vida en redención de muchos» (Mt. 20, 28). Tenemos muchas personas a nuestro alrededor que además de necesitar en algunos casos una ayuda material, necesitan nuestro afecto, nuestra comprensión, nuestra compañía. Y nuestra Caridad purificará nuestro espíritu, adorando a Jesús en el Santísimo Sacramento del Altar: la más honda limosna de amor que ofrecemos a Dios. 

Viviendo la oración, el ayuno y la limosna, estamos acompañando a Cristo en las tentaciones en el desierto, con nuestra Fe, con nuestra Esperanza y con nuestra Caridad.

Con nuestra Fe uniéndonos a su respuesta al diablo en la primera tentación: «No sólo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que procede de la boca de Dios» (Mt. 4, 4). Fe que nos ayuda a descubrir su corazón amoroso en todas las dificultades –en todas las piedras que podamos encontrar en nuestro camino– y llevar con Él, nuestra cruz de cada día. Él es, será siempre nuestro Pan.

Con el ayuno de nosotros mismos, y alimentándonos de su Pan, reviviremos nuestra Esperanza en la Encarnación de Nuestro Señor Jesucristo, y no tentaremos a Dios pidiéndole que haga cosas extraordinarias para deslumbrarnos, y forzarnos, de alguna manera, a seguirle, como pretendió el diablo en la segunda tentación. Uniremos nuestras penas, sacrificios y sufrimientos en la vida y en el trabajo cotidiano, a los que Él vive en su afán de redimirnos del pecado.

Y lo haremos sin llamar la atención, en el silencio de nuestra alma, en el secreto de nuestro corazón, como Él nos lo recordó: «Cuando ayudéis no os finjáis tristes como los hipócritas, que desfiguran su rostro para que los hombres noten que ayunan» (Mt 6, 16).

Con la limosna de amor, la Caridad, le daremos a Él todo nuestro corazón, a Él solo adoraremos, a Él solo serviremos, cuando salgamos al encuentro de las necesidades materiales y espirituales de las personas con las que convivimos, de las personas de nuestras familias, de nuestros amigos, y de los que el Señor quiera que nos encontremos en nuestra caminar. ¡Son tantos los que nos esperan al borde del camino de nuestra vida, como aquel hombre maltratado por los bandidos esperó el paso del buen samaritano!

Cuaresma: el pecado y el perdón de Dios

En acompañar a Cristo en estos días de Cuaresma, estamos viviendo con Él su triunfo sobre las tres concupiscencias que nos van a tentar hasta que terminemos nuestro caminar en la tierra: el demonio, el mundo y la carne, y nos preparamos para gozar con Él el triunfo de su Resurrección, en la que, además de esas tres tentaciones, quedan vencidas la muerte y el pecado. La luz de la Resurrección de Cristo deja ciego al diablo en nuestra alma. Abrimos los ojos del cuerpo y del espíritu al horizonte de la Vida Eterna.

En el Evangelio de cuarto domingo de Cuaresma se narra el encuentro del Señor con un hombre ciego de nacimiento. Jesucristo hace el milagro de devolverle la vista, y nos recuerda que Él es la luz del mundo: «Mientras estoy en el mundo, soy la luz del mundo».

Llenos de la luz del Señor, de sus enseñanzas, de sus mandamientos, no nos dejaremos engañar de esas palabras del diablo en la tercera tentación: «te daré todo el mundo, todo lo que estás viendo, si me adoras». No venderemos nuestra alma al diablo, y no caeremos tampoco en la seducción de las perspectivas puramente materiales y de triunfo propio que nos puede ofrecer este mundo, y que anhelan llenar nuestro orgullo y nuestra soberbia: nuestra carne, nuestro egoísmo.

Adoraremos solo al Señor

¿Cómo podemos vencer esas tentaciones, seguir los mandamientos y vivir con Cristo, que purifica nuestro corazón, y hacer así de nuestra vida, una verdadera vida “escondida con Cristo en Dios”? El salmo 94, 8, nos lo indica: «No endurezcáis vuestro corazón; escuchad la voz del Señor».

El Señor nos habla con su vida, y con sus palabras recogidas en los Evangelios, y nos muestra también el camino para que podamos vivir escondidos con Él en Dios –«Yo soy el Camino, la Verdad, la Vida»–: instituye la Eucaristía, y nos invita a alimentarnos con su Cuerpo y su Sangre.

Al recibir con fe y amor a Cristo en la Eucaristía, y viviendo con Él la Santa Misa, nuestra vida de Fe, de Esperanza y de Caridad, se asienta hondamente en nuestra alma. ¿Cómo y por qué? Porque hacemos un acto de Fe en la divinidad y humanidad de Cristo; en sus palabras, en su Resurrección y en la Vida Eterna. Cristo celebra la Misa, a Cristo comemos, y Él es la Vida Eterna.

Al recibirle, después de ofrecer con Él, y movidos por el Espíritu Santo, su vida a Dios Padre, vivimos la Esperanza del Cielo: “Quien come mi Carne y bebe mi Sangre, tiene vida eterna”; La Iglesia nos recuerda que la Eucaristía es “prenda de vida eterna”.

Y viviendo con Cristo aprendemos a amar a nuestros hermanos, a todos los hombres, como Él los ama. El poder vivir la Misa “con Cristo, en Cristo y por Cristo” es ya un adelanto de vivir del Amor que Dios nos tiene; y recibir a Cristo entregado a nosotros en la Eucaristía, es recibir en nuestro cuerpo y en nuestra alma, el Amor más grande que Cristo nos ofrece en la tierra: la donación total de todo su Ser, para nuestra salvación.

Siguiendo este caminar, y renovando nuestra Fe, nuestra Esperanza, y nuestra Caridad, al contemplar la Pasión y Muerte de Cristo, que vivimos el Viernes Santo, y en los misterios dolorosos del Santo Rosario, viviremos también en el Espíritu Santo y con la Santísima Virgen, el gozo de la Resurrección.



Ernesto Juliá, (ernesto.julia@gmail.com) | Publicado anteriormente en Religión Confidencial.


Preguntas frecuentes

– ¿Cuál es el significado de la Cuaresma?

La Cuaresma son 40 días antes de la Pascua, un tiempo especial para prepararnos para la fiesta más importante del cristianismo: la Resurrección de Jesús. Este periodo de reflexión y cambio empezó a ser reconocido por la Iglesia desde el siglo IV, como un momento para renovarnos, practicar la penitencia y acercarnos más a Dios.<br><br>En el Catecismo de la Iglesia Católica (540) se nos dice que "la Iglesia se une todos los años, durante los cuarenta días de la Gran Cuaresma, al Misterio de Jesús en el desierto". Así como Jesús pasó 40 días en el desierto para prepararse para su misión, nosotros usamos estos días para purificar nuestro corazón, reforzar nuestra vida cristiana y vivir con una actitud penitencial. Es un tiempo para volver a lo esencial, reflexionar sobre nuestra vida y fortalecer nuestra relación con Dios.

– ¿Por qué celebra la Iglesia la Cuaresma?

La Iglesia nos invita a vivir la Cuaresma como un tiempo de retiro espiritual, un espacio para hacer una pausa y reflexionar. Es un momento para fortalecer nuestra relación con Dios a través de la oración y la meditación, pero también para hacer un esfuerzo personal, como una especie de "desintoxicación espiritual", en la que dejamos de lado lo que nos aleja de Él.

Este esfuerzo de mortificación (como el ayuno o la limosna) es algo que cada uno decide de acuerdo a lo que puede dar, pero siempre con generosidad. La Cuaresma no es solo un sacrificio, sino una oportunidad para crecer y prepararnos para la gran fiesta de la Pascua: la Resurrección de Jesús. Es el momento para una conversión profunda, para renovar nuestro corazón y estar más preparados para vivir el Domingo de la Resurrección con alegría y paz.

– ¿Cuándo empieza y cuándo termina el tiempo de Cuaresma?

La Cuaresma empieza el Miércoles de Ceniza y termina justo antes de la Misa de Jueves Santo, la Misa de la Cena del Señor. Es un tiempo para prepararnos, de manera más intensa, para vivir la Pascua.

– ¿Cuál es el sentido de practicar el ayuno y la abstinencia?

El ayuno y la abstinencia son formas que nos propone la Iglesia para crecer en el espíritu de penitencia. Pero, más allá de los actos externos, lo importante es la conversión interior. No se trata solo de lo que hacemos por fuera, sino de cambiar nuestra actitud y acercarnos más a Dios con el corazón. Si no hay un cambio interior, el ayuno pierde su sentido.<br><br>Además del ayuno de la comida, el ayuno se puede vivir de forma más amplia. A veces, ayunar significa dejar de lado cosas buenas, como redes sociales, series, música o incluso algunas comodidades, como sacrificio para centrarnos más en Dios.

Pero el ayuno también implica luchar contra aquellos hábitos o actitudes que nos alejan de Él. Puede ser un "ayuno" del mal humor, de mirarnos demasiado en el espejo, o de las prisas al rezar. Se trata de hacer esfuerzos conscientes por mejorar en los aspectos de nuestra vida que no nos ayudan a acercarnos a Dios.

«Los cristianos de Pakistán tenemos la esperanza de un futuro mejor»

Abid Saleem es un sacerdote de la congregación Oblatos Misioneros de María Inmaculada que estudia en la Universidad Pontificia de la Santa Cruz en Roma. Los cristianos de Pakistán en muchos momentos discriminados y perseguidos tienen la esperanza “de un futuro mejor” relata en su testimonio.

Una familia católica de once hermanos

«Soy Abid Saleem, hijo de Saleem Masih y Mukhtaran Bibi. Nací en Toba Tek Singh, Pakistán, el 26 de junio de 1979, en una familia católica de once hermanos (ocho varones y tres mujeres). Soy el más pequeño de todos. Mis padres están ya en la vida celestial (que sus almas descansen en paz)».

Cuando reflexiona sobre su vocación, recuerda todos los eventos que le ayudaron a discernir sobre ella. «En primer lugar, siento que era un deseo desde mi niñez. Iba muy a menudo a la Iglesia y solía ser monaguillo. En la escuela, cada vez que me preguntaban qué me gustaría ser, mi respuesta era una sola: ser sacerdote».

Una vez terminada la educación obligatoria, en 1996 pensaba en matricularse en la universidad. Era el mes de julio. Entonces, pasó algo que marcó su vida: «Me encontré con un novicio Oblato de María Inmaculada que compartió conmigo y me explicó el carisma de su congregación».

Cuando iba a matricularse en la Universidad realizó un retiro vocacional con los Oblatos Misioneros de María Inmaculada.

Un retiro para descubrir mi vocación

Se iba a organizar un programa vocacional que duraba tres días y Abid Saleem, sin pensarlo dos veces, le dije que sí, quería participar. «Junto a mí, otros cuatro asistieron al retiro. Todos disfrutamos del programa y nos encantó la espiritualidad oblata, así como su modo “para evangelizar a los pobres”».

Después del programa, regresaron a casa y, transcurridos unos días, cuatro de ellos recibieron una carta de invitación para incorporarse al seminario. Abid Saleem y un amigo ingresaron, pero tras un año de discernimiento su amigo descubrió que no era su vocación y se retiró, mientras que Abid continuó su formación, que fue para él una etapa muy enriquecedora, con numerosas experiencias significativas.

Estación de misión de los Oblatos

Durante el primer año de formación en el seminario, entre algunas actividades que realizaron, una fue especialmente interesante. «Fuimos a Derekabad, una estación de misión de los Oblatos. Es una zona desértica donde los Oblatos han construido una hermosa gruta allí. El trabajo de estos hermanos en la gruta fue inspirador para mí».

Otro hecho que le conmovió fue participar en una ordenación sacerdotal de un hermano de la congregación, la primera ordenación a la que asistía. Esta celebración realmente fortaleció también su vocación.

A partir de 1998, pudo empezar a estudiar la carrera de Filosofía y luego le enviaron a Sri Lanka para su prenoviciado y noviciado, otra hermosa experiencia de internacionalidad.

Hizo sus primeros votos en 2003. Después de regresar a Pakistán, completó sus estudios teológicos en el Instituto Católico Nacional de Teología. Hizo sus votos perpetuos el 22 de agosto de 2008 y fue ordenado diácono al día siguiente.

Y por fin, el 17 de febrero de 2009, fue ordenado sacerdote en la Catedral del Sagrado Corazón, Lahore. «Mi período de formación fue excelente. Doy gracias al Señor por todos esos formadores y maestros que me formaron para ser el verdadero siervo de Dios».

Labor pastoral y servicio en la diócesis tras su ordenación

Tras su ordenación, su obispo le envío a trabajar a distintas parroquias primero como asistente y luego como párroco. Ha trabajado con jóvenes y muchos otros grupos. También, ha colaborado en la Comisión Catequética de su diócesis. Comenzó la oficina de la comisión catequética en el Vicariato de Quetta.

Otra de las labores que desempeñó fue administrar una pequeña tienda de artículos religiosos en la misma oficina. Por otra parte, organizó muchos programas para los profesores de religión y para la gente y trabajó como liturgista en el Vicariato. Ha sido el maestro de ceremonias en la liturgia de muchas ordenaciones sacerdotales, diaconatos y candidaturas.

En 2016, pasó su B.A. (Bachelor of Arts) en la Universidad de Punjab, Lahore. También trabajó como rector del Juniorado Oblato durante los últimos tres años. «Esta fue otra experiencia enriquecedora, aunque difícil, pero hice todo lo posible para acompañar a los estudiantes en su viaje espiritual para discernir sobre su vocación».

«En nuestro país hay mucho que trabajar, ya que el rebaño de Dios sigue creciendo, pero hay pocos obreros para cuidar de él».

Cristianos de Pakistan

El nombre oficial de nuestra congregación es Oblatos Misioneros de María Inmaculada y su lema es “Evangelizar a los pobres”. Fue fundada por San Eugenio de Mazenod en 1816 y aprobada el 17 de febrero de 1826 por el papa León XII.

El fundador de la misión OMI en Pakistán es un sacerdote alemán, el reverendo padre Lucian Smith, que era entonces el Provincial de la provincia de Colombo, Sri Lanka. Fue él quien envió a tres oblatos a Pakistán en 1971. Había muchos misioneros oblatos de todo el mundo, pero básicamente de Sri Lanka.

Los cristianos de Pakistán frente a una mayoría musulmana

Pakistán es el noveno país más grande de Asia. Comparte la frontera con el Mar Arábigo, China, Afganistán, Irán e India. Mohammad Ali Jinnah es el fundador de Pakistán que obtuvo su independencia el 14 de agosto de 1947.

El país cubre un área total de 881,913 km cuadrados y se divide en cuatro provincias, es decir Punjab, Sindh, Baluchistán y Khyber Pakhtunkhwa. El idioma nacional del país es el urdu, y el inglés es el idioma oficial. Pakistán tiene una población de aproximadamente 211.819.886 ciudadanos. 

Los musulmanes son mayoría con el 95 % de la población. Pero los cristianos son una de las minorías religiosas más grandes en Pakistán con el 2 % de la población, aproximadamente la mitad son católicos y la mitad protestantes.

Unas condiciones muy pobres

El cristianismo tiene una larga historia en el sur de Asia, aunque muchos de los cristianos de Pakistán son descendientes de hindúes de baja casta que se convirtieron bajo el dominio colonial británico, para escapar de la discriminación de casta.

Los cristianos en Pakistán son, en su mayoría, muy pobres, trabajando en trabajos serviles como limpiadores, trabajadores y cosechadores. A pesar de ello, han hecho contribuciones significativas al desarrollo del sector social del país, sobre todo en la construcción de instituciones educativas, hospitales y centros de salud en todo Pakistán.

Sin embargo, al igual que otras minorías religiosas, los cristianos se han enfrentado discriminación y persecución a lo largo de la historia, por ejemplo, en la nacionalización de las propiedades e instituciones cristianas. Hoy en día, siguen sufriendo violencia selectiva y otros abusos, incluido el acaparamiento de tierras en las zonas rurales, los secuestros y la conversión forzada, y el vandalismo de hogares e iglesias.

«A pesar de todo esto, los cristianos de Pakistán tenemos la esperanza de un futuro mejor», confía Abid Saleem. Oramos para que el Dios Todopoderoso traiga paz y armonía a este país y para que las personas puedan disfrutar de la plenitud de la vida».

«Los cristianos en Pakistán, hoy en día, siguen sufriendo violencia selectiva y otros abusos».

Oblatos en Pakistán

Trabajaron en parroquias y se distinguieron por constituir las Comunidades Cristianas Básicas. Más tarde, también pensaron en comenzar el programa de formación. Ahora tenemos tres casas de formación principales: juniorado, filosofado y escolástico.

Trabajamos sobre todo en ocho parroquias pobres de cinco diócesis. Cristo nos invita a seguirlo y a compartir su misión a través de la palabra y el trabajo. Nuestro mayor objetivo es la educación en las escuelas, con los jóvenes, y especialmente llegar a las personas que están lejos de Dios.

Formarse en Roma para trabajar como misionero

Ahora su superior le envía a Roma para realizar más estudios en Liturgia. «Mi objetivo futuro es trabajar como misionero».

Por esa gran oportunidad que es formarse en la Universidad Pontificia de la Santa Cruz, para luego volver a su país y compartir todo el bien que ha recibido, no puede más que dar las gracias a los benefactores del la Fundación CARF: «Que Dios les bendiga por todo lo que hacen por la Iglesia Universal, pero también para nosotros, los pequeños, que somos semillas en la mano del Señor, en países donde el solo hecho de decirse cristiano puede causar la muerte».


Gerardo Ferrara, Licenciado en Historia y en Ciencias Políticas, especializado en Oriente Medio.
Responsable del alumnado de la Universidad Pontificia de la Santa Cruz de Roma.


¿Cuáles son las partes clave de un testamento solidario?

Cuando pensamos en redactar un testamento, lo primero que viene a la mente suele ser la familia, los bienes, la seguridad de dejar todo en orden. Pero un testamento solidario es mucho más que un documento legal: es también una oportunidad de dejar huella más allá de nuestra vida, de dar continuidad a nuestros valores y de sembrar futuro.

En la Fundación CARF creemos que el testamento solidario es un puente entre la vida que hemos vivido y el impacto que queremos dejar. Cada persona que incluye un legado a la Fundación CARF en su testamento contribuye a algo trascendental: la formación integral de seminaristas y sacerdotes diocesanos de todo el mundo que mañana dirigirán parroquias, celebrarán la Eucaristía y llevarán esperanza a quienes más lo necesitan.

Ahora bien, para tomar esta decisión con serenidad es fundamental entender cómo funciona un testamento en España y cuáles son las partes que lo componen. Conocer bien estas figuras jurídicas te permitirá elegir la mejor fórmula para tus seres queridos y, si lo deseas, para apoyar también una causa que trascienda en el tiempo como la de la Fundación CARF.

Figuras clave a la hora de hacer un testamento solidario

Testador: quien da forma a su legado

El testador es la persona que otorga el testamento, es decir, quien manifiesta su voluntad sobre cómo deben repartirse sus bienes, derechos y obligaciones después de su fallecimiento. Según el Código Civil español (arts. 662 y ss.), sólo puede otorgar testamento quien tenga plena capacidad jurídica y actúe con libertad.

La ley protege siempre a los herederos forzosos mediante la llamada legítima, pero deja un tercio de libre disposición que el testador puede destinar a quien desee, incluidas instituciones con fines trascendentes y solidarios como la Fundación CARF. Es en este espacio donde cobra pleno sentido un testamento o el legado solidario.

Alumnos UNAV formulario de contacto de la Fundación CARF
Un grupo de seminaristas de Bidasoa en la Universidad de Navarra.

Heredero universal: quien ocupa tu lugar jurídico

El heredero universal es la persona –o institución– que recibe la totalidad de tu herencia, con sus bienes, derechos y también obligaciones. La ley española lo define como aquel que sucede “a título universal” (arts. 657 y 661 del Código Civil). Esto significa que el heredero pasa a ocupar, jurídicamente, tu lugar: recibe tu patrimonio, pero también responde de las posibles deudas que existan.

Un heredero puede ser único o compartirse entre varios (coherederos). Si no especificas nada, tus herederos forzosos (descendientes, ascendientes o cónyuges, según los casos) heredarán por ley. Pero si decides dejar constancia de tu voluntad, puedes otorgar un testamento abierto ante notario y establecer quién ocupará ese lugar central.

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Coherederos: cuando compartes la herencia

Si deseas repartir tu herencia entre varias personas o instituciones, entonces hablamos de coherederos. Cada uno de ellos recibe una parte del conjunto de bienes, en la proporción que hayas decidido. Todos comparten tanto los derechos como las obligaciones derivadas de la herencia, y será necesaria una partición para adjudicar los bienes de forma concreta.

Aquí cobra importancia la figura del contador-partidor, que puede ser designado en el testamento para evitar conflictos y agilizar el reparto. De esta manera, aunque haya varios coherederos con distintos intereses, un profesional o persona de confianza podrá ordenar la división de manera equitativa y conforme a tu voluntad.

Legatarios: un bien concreto para una persona concreta

La figura del legatario es distinta de la del heredero. Mientras que el heredero recibe todo el patrimonio (o una parte proporcional de él), el legatario recibe un bien concreto, un derecho específico o una cantidad de dinero determinada. La ley lo define como quien sucede “a título particular” (art. 881 del Código Civil).

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Una característica fundamental es que el legatario no responde de las deudas de la herencia; recibe únicamente lo que le ha sido dejado. Eso sí, necesita que el heredero o el albacea le entreguen el bien legado, salvo que el testador haya previsto lo contrario. 

Esta figura resulta especialmente interesante cuando quieres apoyar una causa solidaria sin afectar al resto del patrimonio familiar. Es, de hecho, la vía más habitual para incluir a la Fundación CARF en un testamento.

Albacea y contador-partidor: quienes velan por tu voluntad

El testamento permite también nombrar a personas de confianza que se aseguren de que tus disposiciones se cumplan. El albacea es la persona encargada de ejecutar tu voluntad, ya sea de forma general o para aspectos concretos (arts. 892–911 del Código Civil). Puedes nombrar a uno o varios, y establecer el tiempo durante el cual ejercerán su cargo.

Por su parte, el contador-partidor se ocupa de repartir la herencia entre los herederos y legatarios conforme a lo que hayas dispuesto. Su papel es clave cuando existen varios coherederos y diferentes bienes a dividir. Incluso, si no lo has nombrado, la ley permite que un notario o un letrado de la Administración de Justicia designe un contador-partidor dativo para evitar bloqueos (art. 1057 del Código Civil).

Gracias a estas figuras, tu testamento no solo expresa tu voluntad, sino que también garantiza que se ejecute con eficacia, evitando discusiones y asegurando la paz familiar.

Seminaristas atienden en clase de Teología en las Facultades Eclesiásticas de la Universidad de Navarra
Seminaristas atienden en clase de Teología en las Facultades Eclesiásticas de la Universidad de Navarra.

El valor de un legado solidario

Más allá de las figuras jurídicas, lo esencial de un testamento es que refleja quién eres y qué huella quieres dejar cuando ya no estés. Al incluir a la Fundación CARF como legataria, transformas un acto jurídico en un acto permanente y trascendente de compromiso, de fe y de esperanza en el futuro de la Iglesia de todo el planeta.

Cómo se concreta tu legado en la Fundación CARF

La totalidad de tu legado se destinará íntegramente a la formación integral de seminaristas y sacerdotes diocesanos, y de religiosos y religiosas, de todo el mundo para que cuando regresen a sus países sigan formando a otros y haciendo mucho bien en sus diócesis.

Al ser la Fundación CARF una fundación sin ánimo de lucro, los legados están exentos del Impuesto de Sucesiones y Donaciones. Esto significa que cada euro, inmueble u objeto donado se convierte en ayudas al estudio, manutención, formación integral y sostenimiento de vocaciones que acompañarán a millones de personas.

Tu generosidad se traduce en parroquias más vivas, mayor riqueza formativa de cada fiel, en unos sacramentos que se puedan administrar allí donde más se necesitan, y en unas comunidades que encuentran en los sacerdotes la presencia viva de Cristo.

Es, en definitiva, una forma de que tu vida siga dando fruto cuando ya no estés, de convertir tu generosidad en un legado solidario que refuerce el futuro de la Iglesia.