
La historia del siglo XX no podría entenderse plenamente sin figuras que, desde la discreción y la eficacia, transformaron instituciones y mentalidades. Álvaro del Portillo (1914-1994) es una de ellas. Doctor Ingeniero de Caminos, Canales y Puertos, Doctor en Filosofía y Letras (sección Historia), y Doctor en Derecho Canónico, su vida fue un puente entre el rigor de la técnica y la profundidad humilde de la fe. Este entrada del blog recorre algunos elementos destacados y esenciales de su trayectoria, marcada por una lealtad inquebrantable a la Iglesia, a san Josemaría, al Opus Dei y una capacidad de trabajo prodigiosa: el siervo bueno y fiel.
Nació en Madrid el 11 de marzo de 1914 en una familia de profundas raíces cristianas. Álvaro destacó desde joven por su inteligencia brillante y una serenidad natural. Su formación inicial como Ingeniero de Caminos, Canales y Puertos marcó su estructura mental: lógica, ordenada y orientada a la resolución de problemas complejos.
Esa mentalidad técnica sería, años más tarde, fundamental para su labor en la Iglesia. Quienes convivieron con él en su juventud destacaban su capacidad de sacrificio. Durante la Guerra Civil Española, su fe fue puesta a prueba en situaciones de extrema precariedad, forjando un carácter templado en la adversidad y una paz que, según muchos testimonios, contagiaba a quienes le rodeaban.
En 1935, el beato Álvaro del Portillo conoció a san Josemaría Escrivá. Ese encuentro transformó su vida. Se convirtió en el apoyo más sólido del fundador del Opus Dei, una relación inseparable que duraría casi cuarenta años.
En la biografía Misión cumplida, de Hugo de Azevedo, se detalla cómo Álvaro se convirtió en la roca (saxum) en la que san Josemaría se apoyaba. Su papel no fue meramente el de un secretario, sino el de un confidente, confesor, y colaborador necesario para la expansión de un mensaje revolucionario en su época: la llamada universal a la santidad en medio del mundo mediante la santificación del trabajo profesional.
Un papel decisivo en el Concilio Vaticano II
Quizás uno de los hitos menos conocidos por el gran público, pero más valorados por los historiadores eclesiásticos, es la contribución del beato Álvaro del Portillo al Concilio Vaticano II (1962-1965).
Su labor en Roma fue ingente. Fue secretario de la Comisión que redactó el decreto Presbyterorum Ordinis, pero su influencia se extendió a otros documentos vitales. Su capacidad de mediación y su profundo conocimiento jurídico fueron clave para articular el papel de los laicos en la Iglesia. No buscaba el protagonismo, su estilo era el de la eficacia silenciosa en los pasillos y las comisiones del Vaticano II, donde se ganó el respeto de cardenales y teólogos de todas las sensibilidades de la Iglesia.

Responsabilidades de Álvaro del Portillo en el Concilio Vaticano II y posteriores
Durante el pontificado de Pío XII colaboró en varios dicasterios pontificios y fue nombrado Consultor de la Sagrada Congregación de Religiosos (1954-66). San Juan XXIII le nombró consultor de la Sagrada Congregación del Concilio (1959-1966), y calificador (1960) y juez (1964) de la Suprema Congregación del Santo Oficio. En las etapas previas del Concilio Vaticano II fue presidente de la Comisión Antepreparatoria para el Laicado y formó parte también de otras comisiones preparatorias. Fue más tarde designado entre los primeros cien peritos del Concilio.
En los años de desarrollo del Concilio Vaticano II (1962-65), fue secretario de la Comisión sobre la Disciplina del Clero y del Pueblo Cristiano y Consultor de otras Comisiones Conciliares: la de Obispos, la de Religiosos, la de la Doctrina de la Fe, etc. En 1963 fue nombrado, también por Juan XXIII, consultor de la Comisión Pontificia para la Revisión del Código de Derecho Canónico.
Posteriormente, san Pablo VI le nombró consultor de la Comisión Postconciliar sobre los Obispos y el Régimen de las Diócesis (1966), de la Sagrada Congregación para la Doctrina de la Fe (1966-1983) y de la Sagrada Congregación para el Clero (1966).
San Juan Pablo II le nombró consultor de la Sagrada Congregación para las Causas de los Santos (1982) y del Pontificio Consejo para las Comunicaciones Sociales (1984) y miembro de la secretaría del Sínodo de los Obispos (1983). También, desde 1982, fue miembro ad honorem de la Pontificia Academia Teológica Romana. Participó, por expreso deseo del papa Juan Pablo II, en las Asambleas Generales Ordinarias del Sínodo de Obispos sobre la vocación y la misión de los laicos en la Iglesia y en el mundo (1987) y sobre la formación de los sacerdotes en la situación actual (1990).
El sucesor y la continuidad fiel y creativa
A la muerte de san Josemaría en 1975, Álvaro del Portillo fue elegido por unanimidad para sucederle. Se enfrentó al reto más difícil para cualquier persona que debe liderar: suceder a una figura carismática de talla mundial y que ya se la reconocía en círculos privados como santa.
Su gestión se caracterizó por lo que hoy se podría denominar "continuidad fiel y creativa". No se limitó a repetir el pasado, sino que consolidó la estructura jurídica del Opus Dei como Prelatura Personal en 1982, un hito histórico que dio encaje definitivo a la institución dentro del Derecho Canónico. Durante su mandato, la labor apostólica se extendió a veinte nuevos países, demostrando una visión global y una capacidad de ejecución extraordinaria.

Un hombre de paz y alegría: rasgos de su personalidad
El libro Recuerdo de Álvaro del Portillo, de Salvador Bernal, recoge cientos de testimonios que coinciden en un rasgo distintivo: su paz. En un mundo convulso, él emanaba una tranquilidad que no era fruto de la ausencia de problemas, sino de una profunda vida interior y alegría.
Los últimos años y el viaje a Tierra Santa
El final de su vida fue un resumen de su existencia. En marzo de 1994, realizó una peregrinación a Tierra Santa. Quienes le acompañaron recuerdan su profunda emoción al rezar en los lugares santos.
Regresó a Roma el 22 de marzo y, pocas horas después, ya en la madrugada del día 23, falleció tras un ataque al corazón. Tan solo unas horas antes, había celebrado su última Santa Misa en la iglesia del Cenáculo en Jerusalén. Fue una despedida simbólica: el ingeniero que había construido puentes espirituales en todo el mundo, terminaba su viaje en la cuna de su fe.
El 27 de septiembre de 2014, la beatificación de don Álvaro en Madrid fue un evento multitudinario que confirmó lo que muchos ya sabían: su vida había resultado una "misión cumplida". Y repasamos la homilía que pronunció ese día el cardenal Angelo Amato.
"1. «Pastor según el corazón de Cristo, celoso ministro de la Iglesia» [1]. Este es el retrato que el Papa Francisco ofrece del beato Álvaro del Portillo, pastor bueno, que, como Jesús, conoce y ama a sus ovejas, conduce al redil las que se han perdido, venda las heridas de las enfermas y ofrece la vida por ellas [2].
El nuevo beato fue llamado desde joven a seguir a Cristo, para ser después un diligente ministro de la Iglesia y proclamar en todo el mundo la gloriosa riqueza de su misterio salvífico: «nosotros anunciamos a ese Cristo; amonestamos a todos, enseñamos a todos, con todos los recursos de la sabiduría, para presentarlos a todos perfectos en Cristo.
Por este motivo lucho denodadamente con su fuerza, que actúa poderosamente en mí» [3]. Y este anuncio de Cristo Salvador lo realizó con absoluta fidelidad a la cruz y, al mismo tiempo, con una ejemplar alegría evangélica en las dificultades. Por eso, la Liturgia le aplica hoy las palabras del Apóstol: «ahora me alegro de mis sufrimientos por vosotros: así completo en mi carne lo que falta a los padecimientos de Cristo, en favor de su cuerpo que es la Iglesia» [4].
La serena felicidad ante el dolor y el sufrimiento, es una característica de los Santos. Por lo demás, las bienaventuranzas –también aquellas más arduas como las persecuciones– no son sino un himno a la alegría.
2. Son muchas las virtudes –como la fe, la esperanza y la caridad– que el beato Álvaro vivió de modo heroico. Practicó estos hábitos virtuosos a la luz de las bienaventuranzas de la mansedumbre, de la misericordia, de la pureza de corazón. Los testimonios son unánimes. Además de destacar por la total sintonía espiritual y apostólica con el santo Fundador, se distinguió también como una figura de gran humanidad.
Los testigos afirman que, desde niño, Álvaro era un «un chico de carácter muy alegre y muy estudioso, que nunca dio problemas»; «era cariñoso, sencillo, alegre, responsable, bueno...» [5].
Heredó de su madre, doña Clementina, una serenidad proverbial, la delicadeza, la sonrisa, la comprensión, el hablar bien de los demás y la ponderación al juzgar. Era un auténtico caballero. No era locuaz. Su formación como ingeniero le confirió rigor mental, concisión y precisión para ir en seguida al núcleo de los problemas y resolverlos. Inspiraba respeto y admiración.
3. Su delicadeza en el trato iba unida a una riqueza espiritual excepcional, en la que destacaba la gracia de la unidad entre vida interior y afán apostólico infatigable. El escritor Salvador Bernal afirma que transformó en poesía la prosa humilde del trabajo diario.
Era un ejemplo vivo de fidelidad al Evangelio, a la Iglesia, al Magisterio del Papa. Siempre que acudía a la basílica de san Pedro en Roma, solía recitar el Credo ante la tumba del Apóstol y una Salve ante la imagen de Santa María, Mater Ecclesiae.
Huía de todo personalismo, porque transmitía la verdad del Evangelio y la integridad de la tradición, no sus propias opiniones. La piedad eucarística, la devoción mariana y la veneración por los Santos nutrían su vida espiritual.
Mantenía viva la presencia de Dios con frecuentes jaculatorias y oraciones vocales. Entre las más habituales estaban: Cor Iesu Sacratissimum et Misericors, dona nobis pacem!, y Cor Mariae Dulcissimum, iter para tutum; así como la invocación mariana: Santa María, Esperanza nuestra, Esclava del Señor, Asiento de la Sabiduría.
4. Un momento decisivo de su vida fue la llamada al Opus Dei. A los 21 años, en 1935, después de encontrar a san Josemaría Escrivá de Balaguer –que entonces era un joven sacerdote de 33 años–, respondió generosamente a la llamada del Señor a la santidad y al apostolado.
Tenía un profundo sentido de comunión filial, afectiva y efectiva con el Santo Padre. Acogía su magisterio con gratitud y lo daba a conocer a todos los fieles del Opus Dei. En los últimos años de su vida, besaba a menudo el anillo de Prelado que le había regalado el Papa para reafirmarse en su plena adhesión a los deseos del Romano Pontífice. En particular, secundaba sus peticiones de oración y ayuno por la paz, por la unidad de los cristianos, por la evangelización de Europa.
Destacaba por la prudencia y rectitud al valorar los sucesos y las personas; la justicia para respetar el honor y la libertad de los demás; la fortaleza para resistir las contrariedades físicas o morales; la templanza, vivida como sobriedad, mortificación interior y exterior. El beato Álvaro transmitía el buen olor de Cristo –bonus odor Christi– [6], que es el aroma de la auténtica santidad.
5. Sin embargo, hay una virtud que monseñor Álvaro del Portillo vivió de modo especialmente extraordinario, considerándola un instrumento indispensable para la santidad y el apostolado: la virtud de la humildad, que es imitación e identificación con Cristo, manso y humilde de corazón [7]. Amaba la vida oculta de Jesús y no despreciaba los gestos sencillos de devoción popular, como, por ejemplo, subir de rodillas la Scala Santa en Roma.

A un fiel de la Prelatura, que había visitado ese mismo lugar pero que había subido a pie la Scala Santa, porque –así se lo comentó– se consideraba un cristiano maduro y bien formado, el beato Álvaro le respondió con una sonrisa, y añadió que él la había subido de rodillas, a pesar de que el ambiente estaba algo cargado por la multitud de personas y la escasa ventilación [8]. Fue una gran lección de sencillez y de piedad.
Monseñor del Portillo estaba, de hecho, beneficiosamente “contagiado” por el comportamiento de Nuestro Señor Jesucristo, que no vino a ser servido, sino a servir [9]. Por eso, rezaba y meditaba con frecuencia el himno eucarístico Adoro Te devote, latens deitas. Del mismo modo, consideraba la vida de María, la humilde esclava del Señor.
A veces recordaba una frase de Cervantes, de las Novelas Ejemplares: «sin humildad, no hay virtud que lo sea» [10]. Y a menudo recitaba una jaculatoria frecuente entre los fieles de la Obra: «Cor contritum et humiliatum, Deus, non despicies» [11]; no despreciarás, oh Dios, un corazón contrito y humillado.
Para él, como para san Agustín, la humildad era el hogar de la caridad [12]. Repetía un consejo que solía dar el Fundador del Opus Dei, citando unas palabras de san José de Calasanz: «Si quieres ser santo, sé humilde; si quieres ser más santo, sé más humilde; si quieres ser muy santo, sé muy humilde» [13].
Tampoco olvidaba que un burro fue el trono de Jesús en la entrada a Jerusalén. Incluso sus compañeros de estudios, además de destacar su extraordinaria inteligencia, subrayan su sencillez, la inocencia serena de quien no se considera mejor que los demás. Pensaba que su peor enemigo era la soberbia. Un testigo asegura que era “la humildad en persona” [14].
Su humildad no era áspera, llamativa, exasperada; sino cariñosa, alegre. Su alegría derivaba de la convicción de su escasa valía personal. A principios de 1994, el último año de su vida en la tierra, en una reunión con sus hijas, dijo: «os lo digo a vosotras, y me lo digo a mí mismo. Tenemos que luchar toda la vida para llegar a ser humildes.
Tenemos la escuela maravillosa de humildad del Señor, de la Santísima Virgen y de San José. Vamos a aprender. Vamos a luchar contra el propio yo que está constantemente alzándose como una víbora, para morder. Pero estamos seguros si estamos cerca de Jesús, que es del linaje de María, y es el que aplastará la cabeza de la serpiente» [15].
Para don Álvaro, la humildad era «la llave que abre la puerta para entrar en la casa de la santidad», mientras que la soberbia constituía el mayor obstáculo para ver y amar a Dios. Decía: «la humildad nos arranca la careta de cartón, ridícula, que llevan las personas presuntuosas, pagadas de sí mismas»[16].
La humildad es el reconocimiento de nuestras limitaciones, pero también de nuestra dignidad de hijos de Dios. El mejor elogio de su humildad lo expresó una mujer del Opus Dei, después del fallecimiento del Fundador: «el que ha muerto ha sido don Álvaro, porque nuestro Padre sigue vivo en su sucesor» [17].
Un cardenal atestigua que cuando leyó sobre la humildad en la Regla de san Benito o en los Ejercicios Espirituales de san Ignacio de Loyola, le parecía contemplar un ideal altísimo, pero inalcanzable para el ser humano. Pero cuando conoció y trató al beato Álvaro entendió que era posible vivir la humildad de modo total.
6. Se pueden aplicar al beato las palabras que el cardenal Ratzinger pronunció en 2002, con ocasión de la canonización del fundador del Opus Dei. Hablando de la virtud heroica, el entonces Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe dijo: «Virtud heroica no significa exactamente que uno ha llevado a cabo grandes cosas por sí mismo, sino que en su vida aparecen realidades que no ha hecho él, porque él se ha mostrado transparente y disponible para que Dios actuara [...]. Esto es la santidad» [18].
Este es el mensaje que nos entrega hoy el beato Álvaro del Portillo, «pastor según el corazón de Jesús, celoso ministro de la Iglesia» [19]. Nos invita a ser santos como él, viviendo una santidad amable, misericordiosa, afable, mansa y humilde.
La Iglesia y el mundo necesitan del gran espectáculo de la santidad, para purificar, con su aroma agradable, los miasmas de los muchos vicios alardeados con arrogante insistencia.
Ahora más que nunca necesitamos una ecología de la santidad, para contrarrestar la contaminación de la inmoralidad y de la corrupción. Los santos nos invitan a introducir en el seno de la Iglesia y de la sociedad el aire puro de la gracia de Dios, que renueva la faz de la tierra.
Que María Auxiliadora de los Cristianos y Madre de los Santos, nos ayude y nos proteja.
Beato Álvaro del Portillo, ruega por nosotros. Amén".
El beato Álvaro del Portillo deja el legado de un hombre que supo combinar la excelencia profesional con una profunda humildad personal. Su vida demuestra que es posible estar en el centro de los grandes acontecimientos históricos manteniendo siempre el corazón en lo esencial: el servicio a los demás y la fidelidad a los propios principios.
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