
Hace algunos años cayó en mis manos el resultado de una encuesta, extendida a toda Europa, que preguntaba la confianza que tenían los encuestados sobre las diversas organizaciones que mantienen viva una sociedad.
Los datos descubrían que un número cada vez mayor de ciudadanos desconfiaba de forma creciente de los estados, de los gobiernos, de los organismos oficiales, etc. A la vez, un noventa por ciento de los entrevistados reconocía abiertamente que había recuperado una mayor esperanza y una firme confianza en la familia.
No siempre es fácil, y mucho menos conveniente, dar credibilidad total a las encuestas, y más si tenemos en cuenta la influencia de lo que llaman civilización woke y el reconocimiento legal a las uniones del mismo sexo, tan extendidas en los aglomerados humanos actuales. Hay muchos imponderables que influyen en los entrevistados y que, en no pocas ocasiones, condicionan sus respuestas.
Esta vez, los indicios son a favor de que los datos corresponden a la realidad: primero, porque se refiere a la familia; y segundo, porque la noticia, recogida solamente un día en una parte de la prensa europea, desapareció al día siguiente de la casi totalidad de los periódicos.
Órganos de prensa que normalmente resaltan los divorcios, las separaciones familiares, las uniones fuera de cualquier moral, y de cualquier asomo de legalidad, etc., se han visto obligados a reconocer una realidad bien contraria de la que ellos divulgan con su propaganda. Menos mal que, al menos, han tenido la honradez de dar la noticia un día; y eso les honra.
Esta encuesta fue en su día un indicio todavía muy pequeño, para que podamos hablar de un retorno del cariño, en toda regla, a la institución familiar, de un reconocimiento de las palabras de Jesucristo señalando: «Lo que Dios ha unido, que no lo separe el hombre» (Mateo 19, 6). No podemos negar, sin embargo, que fue una señal de un renacer del anhelo de tantos hombres y de tantas mujeres de encontrar un ámbito donde vivir con la serenidad necesaria para llevar adelante las alegrías, los sinsabores, las ansias y las calmas de cada día. Y esta señal sigue muy viva en estos días.
El hombre y la mujer, desde su creación, llevan en su espíritu el recuerdo y la memoria de una familia. Todos hemos llegado a esta tierra en un cauce ya determinado y bien preciso; ninguno nos hemos hecho la primera cuna que acogió nuestro cuerpo; y hemos venido al mundo con una herencia que no nos abandonará nunca: la sangre y el adn de nuestros padres.
Cada uno puede eliminar de su memoria recuerdos amargos o alegres de su vida; lo que no podrá jamás eliminar es la memoria de quienes le han dado la vida. Y, si en alguna ocasión pretendemos olvidarnos, bastará un gesto, una sonrisa, un llanto, un modo de caminar, un suspiro, para que la memoria de nuestros progenitores vuelva a estar delante de nosotros, con la sonrisa amable de quienes se saben transmisores de algo que les supera: el don divino del vivir.
Es cierto que no todo son rosas dentro de los núcleos familiares. Yo reconozco que me adolora ver hermanos divididos por cuestiones de dinero, de propiedades, de rencillas, etc.; parientes que no se hablan desde hace años porque alguien dijo una palabra de más, o de menos. Son las grietas de la vida que todos hemos de ayudar a reparar: perdonando, pidiendo perdón, rezando.
Tengo la impresión de que, de verdad y no obstante el número de divorcios que se dan en nuestros días, que la nostalgia de la familia está reviviendo en muchos corazones e inteligencias jóvenes, que dejan de vivir "en pareja" y se casan en la Iglesia; que rompen los egoísmos de pensar exclusivamente en sí mismos, y son conscientes de que la familia la construye un vínculo ante Dios, y que llevar adelante la enfermedad de una esposa, de una madre, de un padre, de un hijo, hace revivir en el espíritu ese deseo de Cristo sobre la familia: «lo que Dios ha unido que no lo separe el hombre».
Una vez más volvemos a poner los ojos en esa institución que Dios tuvo la buena idea de establecer ya en el paraíso terrenal: la familia construida ante la mirada de Dios, sobre el amor de un hombre y de una mujer; y en cuyo seno, ya desde los albores de su vida, el cristiano comienza a vivir ese misterio maravilloso de la solidaridad humana, de la comunión de los santos.
Y el ejemplo que dan tantos padres y tantas madres que llevan con serenidad la enfermedad de sus esposas, de sus esposos, de sus hijos, de sus hijas, es un canto a la fidelidad matrimonial, a la Voluntad de Dios que, además de conmovernos a quienes les conocemos, es una llave maestra para la amistad amorosa con Dios y para abrir las puertas del Cielo.
Ernesto Juliá, (ernesto.julia@gmail.com) | Publicado anteriormente en Religión Confidencial.
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Reflexión: Palabras de san Josemaría Escrivá (se pueden leer y meditar todas o sólo algunas, conforme se prefiera).
1. ¿Para qué estamos en el mundo? Para amar a Dios, con todo nuestro corazón y con toda nuestra alma, y para extender ese amor a todas las criaturas. ¿O es que esto parece poco? Dios no deja a ningún alma abandonada a un destino ciego: para todas tiene un designio, a todas las llama con una vocación personalísima, intransferible. El matrimonio es camino divino, es vocación (Conv, nº 106).
2. El matrimonio no es, para un cristiano, una simple institución social, ni mucho menos un remedio para las debilidades humanas: es una auténtica vocación sobrenatural. Sacramento grande en Cristo y en la Iglesia, dice San Pablo, y, a la vez e inseparablemente, contrato que un hombre y una mujer hacen para siempre, porque - queramos o no- el matrimonio instituido por Jesucristo es indisoluble: signo sagrado que santifica, acción de Jesús, que invade el alma de los que se casan y les invita a seguirle, transformando toda la vida matrimonial en un andar divino en la tierra (ECQ, nº 23).
3. Llevo casi cuarenta años predicando el sentido vocacional del matrimonio. ¡Qué ojos llenos de luz he visto más de una vez, cuando -creyendo, ellos y ellas, incompatibles en su vida la entrega a Dios y un amor humano noble y limpio- me oían decir que el matrimonio es un camino divino en la tierra! (Conv, nº 91).
4. Es importante que los esposos adquieran sentido claro de la dignidad de su vocación, que sepan que han sido llamados por Dios a llegar al amor divino también a través del amor humano; que han sido elegidos, desde la eternidad, para cooperar con el poder creador de Dios en la procreación y después en la educación de los hijos; que el Señor les pide que hagan, de su hogar y de su vida familiar entera, un testimonio de todas las virtudes cristianas (Conv, nº 93).
5. Los esposos cristianos […] deben comprender la obra sobrenatural que implica la fundación de una familia, la educación de los hijos, la irradiación cristiana en la sociedad. De esta conciencia de la propia misión dependen en gran parte la eficacia y el éxito de su vida: su felicidad (Conv, nº 91).
6. El amor, que conduce al matrimonio y a la familia, puede ser también un camino divino, vocacional, maravilloso, cauce para una completa dedicación a nuestro Dios. Realizad las cosas con perfección, os he recordado, poned amor en las pequeñas actividades de la jornada, descubrid ese algo divino que en los detalles se encierra… (Conv, nº 121).
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A - Que nos haga comprender la grandeza del matrimonio cristiano; que entendamos que se trata de una vocación divina - una llamada personal, amorosa, de Dios - y de una misión que Él nos confía en el mundo: formar una familia cristiana, sana y santa, "célula fundamental, célula vital - como dijo el Papa Juan Pablo II - de la gran y universal familia humana" y de la Iglesia.
B - Que nos conceda la alegría de saber que nuestro matrimonio y nuestra familia son un camino divino, en el cual - cultivando una intensa vida espiritual y ayudándonos unos a otros - podemos y debemos seguir a Cristo, camino, verdad y vida, e imitar su amor y su entrega.
C - Que no nos olvidemos nunca de que Dios nos acompaña, fortalece y ampara con la gracia del Sacramento del Matrimonio; y, por eso, que confiemos en que Él -con la gracia del Espíritu Santo- nos llenará de bendiciones y nos hará capaces de enfrentar fielmente todas las responsabilidades y problemas de la vida familiar.
D - Que Él siempre nos recuerde el ejemplo de la Sagrada Familia de Nazaret, Jesús, María y José, que - llenos de fe y de amor, y olvidándose de si mismos - vivieron plenamente entregados a amar a Dios Padre, y unos a otros, con una dedicación alegre e sencilla, llena de generosidad y de espíritu de servicio.
Oh Dios, que por mediación de la Santísima Virgen otorgaste a san Josemaría, sacerdote, gracias innumerables, escogiéndole como instrumento fidelísimo para fundar el Opus Dei, camino de santificación en el trabajo profesional y en el cumplimiento de los deberes ordinarios del cristiano: haz que yo sepa también convertir todos los momentos y circunstancias de mi vida en ocasión de amarte, y de servir con alegría y con sencillez a la Iglesia, al Romano Pontífice y a las almas, iluminando los caminos de la tierra con la luminaria de la fe y del amor.
Concédeme por la intercesión de san Josemaría el favor que te pido... (pídase). Así sea.
Padrenuestro, Avemaría, Gloria.