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Una historia tejida por la gracia de Dios

06/08/2026

Maria José Chungandro Costales

La hermana María José Chungandro narra cómo Dios fue guiando su camino desde una infancia marcada por la fe hasta descubrir su vocación religiosa. De Colombia a Roma para formarse y poder así apoyar mejor a las Hijas de la Sagrada Familia.

La hermana María José Chungandro es una religiosa de la congregación de las Hijas de la Sagrada Familia, fundada en Colombia. Nació en Santo Domingo, Colombia, el 31 de agosto de 1986 y se encuentra en Roma, donde acaba de terminar el Bachillerato en Teología gracias a la ayuda de los socios, benefactores y amigos de la Fundación CARF.

Nos cuenta su historia

Nací en un ambiente sencillo y crecí con mi familia, entre los gestos cotidianos y el cariño de mis padres y hermanas, Dios comenzó a educarme en la fe.

Desde muy pequeña, sin comprenderlo del todo, el Señor fue preparando mi corazón para un camino de entrega que solo con el tiempo reconocería como vocación religiosa.

Un hogar católico donde aprender la fe

Crecí siendo la menor de tres hermanas en un hogar tradicionalmente católico. Recuerdo con especial cariño a mi madre, que se esforzó por inculcarnos la fe a través del santo rosario y de la Eucaristía dominical. En mi infancia y juventud yo era bastante reacia a estos temas; me dedicaba por completo a los estudios, pues mis padres insistían en que la mejor herencia familiar era la educación. Sin embargo, a los 15 años, un retiro espiritual marcó un antes y un después en mi vida.

Humanamente hablando, ese encuentro no estaba pensado para mí: algunas conocidas habían cancelado su participación y, movida por un impulso interior, les pedí ocupar su lugar sin saber de qué se trataba. Nunca había oído hablar de estos espacios de oración y, sin embargo, la idea de dedicar esos días solo a Dios me llenó de una alegría inexplicable. Más adelante, mi familia vivió la misma experiencia, y eso nos llevó a asumir nuestra fe con una nueva y auténtica coherencia.

Una conversión que cambia los planes

Cuando el Señor toca el corazón, también transforma la manera de mirar el futuro, los proyectos y el sentido de la propia vida.

Mi conversión comenzó justo antes de terminar la escuela secundaria. Esto me permitió proyectar el futuro desde otra perspectiva, buscando una profesión que me ayudara a servir al Señor y a ayudar al prójimo. Con este propósito, me trasladé a la capital para iniciar mis estudios universitarios. Al principio, la adaptación fue difícil; en una institución estatal, el ambiente religioso era casi inexistente.

Aun así, la Virgen me concedió la gracia de encontrar amistades que me animaron a perseverar en la fe. Y, sin embargo, entre buenos compañeros y logros académicos, no encontraba una verdadera paz; sentía el deseo constante de dedicarme a algo más profundo, y el interés por la carrera pasó a un segundo plano.

Encuentro con Jesús en la Eucaristía

Fue ante Jesús sacramentado, en la quietud de la adoración, donde comencé a escuchar con mayor claridad lo que Él quería de mí.

Cerca de la facultad descubrí una iglesia con exposición diaria del Santísimo Sacramento, y aprovechaba cada hora libre para ir a rezar. En casa, mi hermana mayor encendió en mí el deseo de buscar al Señor, invitándome por la noche –muy a menudo ya entrada la noche– a las capillas de adoración perpetua. Asumimos un turno nocturno y, en aquel silencio, Él empezó a plantear las preguntas más decisivas de mi vida.

En silencio ante la Sagrada Hostia, el pequeño amor del hombre se confronta poco a poco con el suyo, que es infinito, y entonces comprende que nada basta… y todo sobra. Su amor eucarístico es ajeno a la lógica humana, como exclamaba san Juan de Ávila: «y tanto deseo tenéis de verme y de abrazarme que, estando en el cielo con aquellos que tan bien os saben servir y amar, venís a este que tan bien sabe ofenderos y tan mal sabe serviros. ¡Oh, sed bendito, que, siendo quien sois, habéis puesto vuestro amor en una como yo!».

Aprender a vivir de la mano de María

María fue apareciendo en mi camino como Madre cercana, enseñándome a confiar, a abandonar mis miedos y a dejarme conducir hacia su Hijo.

También fue fundamental en mi vida la lectura del Tratado de la verdadera devoción de san Luis María Grignion de Montfort. Este itinerario me condujo a un conocimiento más profundo de la Santísima Virgen y a la entrega total de mi vida en sus manos. Descubrir el camino de unión con María fue una gracia muy especial de Dios: comprender que tienes una Madre que te ama tanto que sufre lo indecible al pie de la cruz con tal de recuperarte para Dios… Inspiradas por esto, colaborábamos en un grupo juvenil para difundir el amor de Jesús y de María, animándonos mutuamente en la oración comunitaria.

Una vocación que también florece en la familia

Dios se sirvió incluso de la vocación religiosa de mi hermana para mostrarme, poco a poco, el lugar al que me estaba llamando.

Un día, mi hermana me confió que en su corazón estaba madurando la vocación religiosa y que se marcharía como misionera a Colombia para consolidar su decisión. En aquel momento yo no consideraba en absoluto esta posibilidad; al contrario, deseaba casarme y formar una familia.

Sin embargo, Dios dispuso todo para poner ante mis ojos lo que yo habría tardado mucho en buscar por mí misma. Tenerla lejos no fue fácil y la comunicación era escasa debido a sus múltiples actividades, pero el Señor se valió de esa ausencia para rodearme de otras almas santas que me acercaron mucho más a Él.

Maria José Chungandro Costales y companeras

Una familia religiosa: las Hijas de la Sagrada Familia

Al conocer de cerca la comunidad, percibí en ellas una alegría y una caridad que me hicieron intuir que allí podía estar también mi lugar.

Tras seis meses, ella regresó. En Barranquilla había conocido a las Hijas de la Sagrada Familia y el Señor le había confirmado que ese era su lugar. Hizo pública su decisión de consagrarse a Dios y compartió con nosotros su último mes en casa. Esta vez, la nostalgia natural de la despedida se transformó en la consolación de saber que estaba donde Dios la quería.

Un viaje que se convierte en llamada

Lo que parecía un simple viaje para acompañar a mi hermana se convirtió, para mí, en un momento clave de discernimiento y de luz.

Pasaron varios meses y un día mi hermana nos llamó para invitarnos a su toma de hábito en Colombia. Nos llenamos de alegría y decidimos viajar para acompañarla en un día tan especial. En ese periodo yo estaba realizando mis prácticas universitarias durante las vacaciones, así que hice turnos dobles para poder liberar una semana entera antes de retomar el cuarto año de carrera.

Viajé unos días antes que mis padres para aprovechar más tiempo con mi hermana, y esos días me sirvieron sobre todo para conocer la comunidad… Me pareció descubrir el cielo en la tierra. Veía entre ellas una caridad fraterna exquisita y, por otro lado, el Santísimo Sacramento expuesto las veinticuatro horas, custodiado con un inmenso amor por las mismas religiosas; todo nacía de la convicción de haber sido llamadas a «ser Marías en la tierra».

Sentí que había encontrado aquello que durante años había deseado, aun sin entenderlo. Tenía mucho miedo, pero pedí a Dios una sola cosa: una certeza, nada más, y estaría dispuesta a dejar atrás todo lo que había construido en mi vida.

Maria José Chungandro Costales conoce al papa León XIV

Discernir poniendo a Dios en el centro

Cuando dejé de preguntarme solo por mis deseos y empecé a preguntarme dónde serviría mejor a Dios, todo se volvió más claro.

Fue entonces cuando una religiosa muy sabia me enseñó que, en el discernimiento de la vocación religiosa, la persona importante es Dios, que merece ser amado y servido sobre todas las cosas. Mi pregunta se volvió sencilla: «¿Dónde serviría mejor a Dios? ¿Dónde podría santificarme más y santificar más a la Iglesia?». En ese instante, una luz limpia penetró en mi alma, haciéndome comprender, sin sombra de duda, su santa voluntad.

Fui enseguida a la capilla para dar gracias a Jesús: «¡Oh, sed bendito, que, siendo quien sois, habéis puesto vuestro amor en una como yo!». Al día siguiente tenía el vuelo de regreso a Ecuador con mis padres, pero tuve que decirles que había decidido quedarme para seguir la llamada de Dios; aunque en un primer momento se quedaron desconcertados, me ofrecieron todo su apoyo, sin duda asistidos por una gracia especial de Dios, como luego ellos mismos confirmaron.

Dios nunca se deja ganar en generosidad

Lo que dejé atrás por seguir la llamada de Dios, Él lo transformó en nuevas oportunidades de servicio y de formación.

Es cierto que, al entrar en el instituto, suspendí mis estudios universitarios, pero Dios, que nunca se deja ganar en generosidad, me concedió la gracia de dedicarme al estudio de las ciencias sagradas dentro de la comunidad. Hace algunos años llegó otra gracia inmerecida: el inicio de mis estudios en Roma, primero en Ciencias Religiosas y después en Teología, en la Pontificia Universidad de la Santa Cruz. Ha sido una alegría inmensa y el cumplimiento de un sueño de nuestra Madre Fundadora y de toda nuestra Familia Religiosa, al ser la primera de nuestras hermanas en iniciar y concluir los estudios teológicos.

Formarse para servir mejor a la Iglesia

La formación teológica no es solo un título, sino un modo concreto de amar más a la Iglesia y a las almas que Dios nos confía.

Considero una gracia y un deber ponernos al servicio de la Iglesia con una sólida formación, para iluminar con la verdad pura a tantas almas que, en este mundo, viven sedientas de Dios. Y, en primer lugar, para nosotras mismas: la formación teológica es indispensable para quien tiene como tarea el perfeccionamiento en la caridad, pues la virtud, si no se estudia, no se conoce; si no se conoce, no se desea; y si no se desea, no se busca. ¿De qué modo sirve a la Iglesia el religioso que no se santifica ni santifica?

Una súplica a María por la Fundación CARF CARF

Al final de todo, solo puedo poner en manos de la Virgen mi vocación, mi formación y a quienes, con tanta generosidad, la hacen posible.

Ruego a María, Sede de la Sabiduría, que despierte en la vida religiosa un renovado amor por la Verdad misma, que es su Hijo, y confío a su poderosa intercesión las intenciones y necesidades de todos los benefactores, socios y amigos de la Fundación CARF, que hacen posible la formación de tantos sacerdotes y religiosos, ofreciendo así un nobilísimo servicio a la Iglesia.


Gerardo Ferrara, licenciado en Historia y en Ciencias Políticas, especializado en Oriente Medio.
Responsable de alumnado Universidad Pontificia de la Santa Cruz de Roma.



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