
Jovan Faylogna es un joven seminarista de Filipinas, que nació en Pagudpud el 4 de septiembre de 1999. Procede de la diócesis de Laoag, al norte del país.
Hoy estudia la carrera de Teología en Roma, en la Universidad Pontificia de la Santa Cruz y reside en el colegio eclesiástico internacional Sedes Sapientiae, gracias a la ayuda de los socios, benefactores y amigos de la Fundación CARF.
Su historia comienza, en un momento de vacío. Y quiere contar su experiencia vital para dar las gracias a los benefactores de la Fundación CARF, que le brindan a su diócesis y a él la oportunidad de poder formarse en Roma.
«Mi nombre es Jovan Faylogna. Cuando la gente me ve hoy, a veces, asume que debo haber crecido muy cerca de la Iglesia. Pero la verdad es muy distinta. No era el niño que iba a Misa cada domingo. De hecho, viví mi vida sin pensar mucho en Dios. La Santa Misa era algo a lo que asistía solo en las fiestas de Navidad, Semana Santa o en alguna importante de la parroquia. No lo sabía entonces, pero caminaba por la vida sin rumbo: tranquilo por fuera, pero vacío por dentro».
Todo cambió inesperadamente en 2016, durante sus años de Bachillerato. Su escuela vivió algunos sucesos extraños, incluso aterradores, y la administración y la dirección del centro escolar pidieron a todos que fueran a Misa el domingo para orar por la escuela. «Fui simplemente porque nos lo pidieron. Me senté con mis amigos sin esperar nada…, pero durante esa Misa sentí algo que nunca había experimentado antes».
No fue dramático ni ruidoso. «Sentí una luz suave por dentro, un toque silencioso que llegó directo al corazón. El domingo siguiente, sin pensarlo demasiado, volví a la iglesia. Y luego el siguiente. Asistía porque mis amigos también iban, pero poco a poco se fue convirtiendo en un hábito, algo que sentía como natural y tranquilo. Un día, el Ministerio Juvenil me invitó a unirme. Dije que sí casi sin pensar, porque algo en mí se veía atraído como si fuera un imán».
Y resulta que Jovan no solo volvió a vivir la Santa Misa, sino que descubrió algo más grande: una comunidad que lo acogió y, en esa acogida, la presencia de Dios.
«Con el tiempo, me convertí en monaguillo. Y eso lo cambió todo. De repente, ya no iba solo a Misa los domingos: asistía todos los días. Llegué incluso a despertarme a las 5:30 de la mañana para la adoración, la oración de la mañana y la Misa. La comunidad parroquial me tomó bajo su protección, invitándome incluso a desayunar con ellos antes de la escuela. Me sentí amado. Me sentía en casa. Era la primera vez en mi vida que la fe y Dios no era algo que yo observaba desde fuera: se convirtió en alguien a quien yo conocía».
La vocación, sin embargo, no llegó como una certeza repentina. Antes, como es normal, Jovan sintió dudas y el miedo a no ser digno.
«Aproximadamente un año después, los seminaristas de nuestra diócesis vinieron a nuestra escuela para la promoción vocacional. Mis amigos me tomaban el pelo diciéndome que me uniera, pero yo siempre reía y decía que no. En el fondo, no me creía digno. Cuando llegó el examen de ingreso, algo en mi corazón susurró en silencio: “Inténtalo”. Le dije a mi párroco: “Padre, quiero intentarlo”, pero no se lo dije a mis padres, porque temía que se negaran».

Jovan se presentó al examen y lo aprobó. Pero para completar su admisión, sus padres tenían que reunirse con el rector. «Me llevó meses convencerlos. La verdad es que en ese momento no me apoyaban del todo, no plenamente, no emocionalmente. Y cuando llegó el día en que los nuevos seminaristas debían entrar, todos llegaron con sus familias… mientras yo entré solo. Todavía recuerdo cuánto pesó ese momento».
Jovan subraya cómo Dios tiene una forma de escribir historias que nos sorprenden. Y en el momento más inesperado, llega la señal que necesitas.
«Dios escribe historias con sorpresas hermosas. Durante nuestra investidura con el hábito sagrado, esperé y recé para que mis padres llegaran. Cinco minutos antes de que comenzara la Misa, aparecieron. Los vi sonreír, pero también vi tristeza en sus ojos, porque ese mismo día era el funeral de mi abuelo, al que yo no podía asistir.
La ceremonia fue hermosa, y al final, mi obispo los llamó y les habló con una bondad que ablandó algo en sus corazones. Después de eso, aceptaron mi vocación. Empezaron a visitarme con frecuencia».
Cualquier camino nunca es sencillo. La vida en el seminario también es costosa desde el punto de vista económico, y la familia de Jovan atravesaba dificultades en ese aspecto. Pero Dios provee de maneras que no esperamos. Una familia generosa lo ayudó a continuar su formación, algo que nunca olvidará.
«Dentro del seminario, no era el mejor. De hecho, estuve a punto de ser expulsado dos veces. Luché, cometí errores y me cuestioné muchas veces si era mi lugar. Pero Dios actúa de manera que nos sorprenden. Justo antes de terminar mi Licenciatura en Filosofía, mi obispo me preguntó si quería estudiar Teología en Roma. No supe cómo responder. Recordé al chico que era: el que apenas iba a Misa, y ahora me pedían que estudiara en el corazón de la Iglesia».

«Mi primera reacción fue: “No puedo.” Pero en la oración, sentí la serena seguridad de Nuestra Madre Bendita: “Soy tu madre. Yo me ocuparé de ti. No te preocupes por tu familia: estaré con ellos”. Y con eso, encontré el valor para decir que sí».
Llegó a Roma con esperanza y entusiasmo…, pero de repente le dijeron que debía volver a Filipinas. Jovan no entendía por qué. Se sumió en una crisis profunda. Aunque confiesa que ese año le sirvió mucho en su formación y le dio mucha humildad. Más tarde, su obispo le llamó de nuevo y le dijo: «Vuelve a Roma. Termina lo que empezaste».
El obispo le confió una misión: ayudar a su diócesis a construir una comunión con las comunidades separadas y a enseñar la verdad de la Iglesia de Cristo, especialmente mediante el don de la Eucaristía.
Un elemento esencial de la historia de Jovan es sentirse agradecido, sobre todo por los benefactores, socios y amigos de la Fundación CARF. «Nada de esto, absolutamente nada, habría sido posible sin la gracia de Dios y sin las personas que Él utiliza como sus instrumentos. Personas como ustedes».
«Su generosidad, ya sea económica, espiritual o emocional, me ha dado la oportunidad de continuar mi camino. No tienen idea de cuánto ha tocado su apoyo mi vida. Cada paso que doy hacia el sacerdocio es también un paso suyo».
«No sé cómo pagarles. No creo que pueda hacerlo del todo. Pero puedo prometerles esto con todo mi corazón: están en mis oraciones cada día. Y llevo su amistad y generosidad a cada Santa Misa a la que asisto. Muchas gracias, amigos de la Fundación CARF. ¡Que Dios los bendiga por intercesión de Nuestra Madre Bendita!».
Gerardo Ferrara, licenciado en Historia y en Ciencias Políticas, especializado en Oriente Medio.
Responsable de alumnado Universidad Pontificia de la Santa Cruz de Roma.
Tabla de contenidos
Repaso a la historia de Filipinas y el arraigo cultural
Filipinas es un caso único en Asia. Con más de cinco siglos de historia cristiana tras la llegada de los españoles en 1521, el catolicismo no es allí un barniz superficial, sino la columna vertebral de la identidad nacional.
La fe se vive a través de una piedad popular desbordante y masiva, encarnada en devociones universales como el Santo Niño de Cebú o el Nazareno Negro. El catolicismo filipino es eminentemente comunitario, festivo y muy familiar; la transmisión de la fe se ha realizado siempre de una manera natural en los hogares a través de la oración y la fidelidad a la práctica sacramental.
Filipinas, un pulmón espiritual para el mundo
La Iglesia filipina goza hoy de una salud espiritual envidiable en comparación con Occidente, sobre todo la vieja Europa. Su principal virtud es una esperanza alegre y resiliente. En un país que es azotado constantemente por desastres naturales (tifones, terremotos, etc.), la fe se ha convertido siempre en refugio y motor de la reconstrucción, sin caer en el victimismo.
Además, Filipinas es una Iglesia joven y fecunda en vocaciones al sacerdocio y a la vida consagrada. Mientras otras regiones sufren escasez de pastores, Filipinas se ha convertido en una tierra exportadora de fe.
Sus laicos y sacerdotes, al emigrar por motivos laborales o pastorales, actúan como auténticos misioneros en Europa, América y Oriente Medio, revitalizando parroquias envejecidas gracias a su vitalidad y cercanía humana.
Problemas y desafíos urgentes
A pesar de su vitalidad, la Iglesia en Filipinas afronta realidades complejas:
El gran desafío de la Iglesia filipina (y de todo el planeta) para los próximos años es pasar de una fe meramente de costumbres o sentimental a una fe profundamente formada. La piedad popular es un tesoro, pero si no se acompaña de una sólida formación doctrinal e intelectual, corre el riesgo de diluirse ante el relativismo moderno o el proselitismo de sectas fundamentalistas que ganan terreno en las periferias.
Para resolver esto, la Iglesia local necesita con urgencia sacerdotes y formadores altamente preparados –tanto en el plano, humano, espiritual como intelectual– que sean capaces de pastorear estas comunidades dispersas, dar profundidad teológica a la devoción del pueblo y sanar las heridas sociales desde el Evangelio.