
Médico de formación, sacerdote y teólogo, don Ramiro Pellitero ha desarrollado una trayectoria profundamente vinculada a la Universidad de Navarra y al estudio de la teología, siempre con una mirada centrada en la transmisión de la fe, el diálogo con la cultura contemporánea y la atención a las personas.
En esta entrevista especial reunimos ambas conversaciones: la publicada originalmente por Omnes, centrada en la evangelización hoy, y la realizada por la Universidad de Navarra con motivo de su jubilación.

Entrevista en Omnes
A juzgar por el lema (“Alzad la mirada”) y el logo de la visita pastoral de León XIV a España, el mensaje que desea transmitir gira en torno a la belleza, la unidad y la acogida. Por otra parte, vivimos, en España como en muchos otros países y ambientes, tiempos de polarizaciones y conflictos, que pueden desanimar a quien intenta compartir su fe. En este contexto, entrevistamos al profesor Ramiro Pellitero, profesor de Teología pastoral en la Universidad de Navarra.
¿Cómo podemos entender la evangelización (el anuncio de la fe cristiana) hoy, para que sea una fuente de luz y no un motivo de disputa?
Una clave está en comprender que la evangelización no es una mera transmisión de información intelectual o un debate de ideas, sino un encuentro vivo con la persona de Jesucristo, que transforma la existencia humana.
Ante los conflictos, el discernimiento eclesial actúa como brújula para leer los «signos de los tiempos» y realizar el anuncio de la fe, teniendo en cuenta la realidad concreta de las personas y de las culturas.
Para evangelizar al mundo de forma auténtica, la Iglesia en su conjunto y cada uno debemos primero dejarnos evangelizar continuamente por el Espíritu Santo.
Cuando nos enfrentamos a desafíos sociales o divisiones internas, ¿qué papel juega ese discernimiento que usted menciona?
El discernimiento eclesial no es una técnica de organización, sino una práctica espiritual compartida que permite a cualquier comunidad cristiana (ya sea una familia, una escuela o una parroquia) reconocer lo que el Espíritu está diciendo en relación con los problemas o los proyectos que surgen. Se puede ver como ejercicio cristiano de la virtud clásica de la prudencia, en su verdadero significado de guía de la acción.
En una Iglesia sinodal, este diálogo ayuda a interpretar la vida y la realidad humana a la luz del “kerygma” (el anuncio de Cristo), ayudando a tomar decisiones que realmente impulsen la misión.
¿Qué actitudes personales ayudarían a rebajar la tensión en estos ambientes tan polarizados?
Se requieren actitudes fundamentales como la humildad para la conversión personal y una disposición sincera para la escucha. Debemos escuchar primero a Dios en la oración y a la Iglesia en su magisterio, también es vital escucharnos a nosotros mismos y a los demás.
Esta «pedagogía del discernimiento» nos recuerda que Dios se comunica con nosotros de forma gradual, con lo que los Padres de la Iglesia llaman la «condescendencia» divina, adaptándose a nuestra capacidad humana.
Hay quienes se sienten alejados de la Iglesia por verla como un conjunto de normas rígidas. Por el contrario, otros tienen miedo de que se diluya la doctrina cristiana. ¿Cómo podemos mostrarles que el mensaje del Evangelio es verdad y amor, y que pide la cercanía a las personas?
¡Absolutamente! Debemos privilegiar el «camino de la belleza» (Via Pulchritudinis). La educación de la fe es eficaz cuando atrae el corazón humano mostrando el resplandor y la bondad de la verdad cristiana. Además, debemos superar la dicotomía entre doctrina y vida, reconociendo que la existencia cotidiana es «lugar teológico» donde Dios sigue hablando, a través de los acontecimientos de la vida y la oración, también con la ayuda de los criterios luminosos de la tradición eclesial y el lenguaje propio de la fe.
Una formación de estilo catecumenal, como se hacía en los primeros siglos (es decir, con estilo iniciático), no solo instruye la mente, sino que ayuda a madurar la identidad y el sentido de pertenencia.
En el entorno digital, donde las discusiones son a veces agresivas, ¿cómo podemos ser heraldos de paz?
La cultura digital es un nuevo «areópago» que nos desafía a ser comunicadores de fe. En esta comunicación, la primacía la tiene el testimonio (“martyria”), que es más elocuente que las palabras y que se puede ofrecer en medio de las actividades cotidianas, sin la actitud de dar lecciones, a través de la amistad y las tareas culturales y sociales, con serenidad y sentido positivo.
Es célebre la expresión de san Pablo VI: “el hombre contemporáneo escucha más a los testigos que a los maestros”. Como repetía el Papa Francisco, debemos usar el «lenguaje vivo» de la misericordia, actuando como un «hospital de campaña» que cura heridas y se hace asequible a los más alejados, centrando todo en el amor salvífico de Dios. Por otra parte, nada de esto quita valor a los razonamientos y a la formación intelectual.
Finalmente, ¿cómo mantenemos el equilibrio entre ser fieles a la doctrina cristiana y ser sensibles tanto a los problemas actuales como a las situaciones personales, sin caer en extremos que nos sacan de la realidad?
Podemos visualizar la misión cristiana como una elipse con dos focos: uno es la fidelidad al plan salvífico de Dios (la voluntad divina revelada) y el otro, la atención a la condición concreta y compleja de la historia. Esta tensión es fecunda y pide una formación integral que una la solidez doctrinal con la madurez humana y la sensibilidad social.
Como he señalado antes, es importante tener en cuenta las condiciones de las personas, tantas veces vulnerables, y de las culturas, con sus luces y sus sombras. También para fomentar el diálogo que nos puede enriquecer, a la vez que nos da nuevas luces y nos ayuda a profundizar en las cuestiones –escuchando cómo las ven otros– y a purificar nuestras intenciones.
Además, muchas cuestiones no tienen una solución única y pueden enfocarse de modos diversos. En una autopista se puede ir más o menos deprisa, en un lado u otro de nuestro carril, pero sin estorbar la marcha ni poner en peligro la vida propia o la de los demás.
La vida cristiana es una autopista que puede estar muy bien iluminada. Al unir la Palabra de Dios, cuya plenitud es Cristo, con la acción del Espíritu Santo (Palabra y Espíritu forman la “misión doble” que viene de Dios Padre), la fe se convierte en una realidad interior o «connaturalidad», que nos permite ver con más claridad, juzgar mejor los acontecimientos, elegir hacer el bien con sabiduría y vivir con mayor plenitud. Anuncio de la fe y experiencia cristiana, doctrina y vida, se unen así en nuestra existencia. Y participar en la evangelización es un servicio a todos para que puedan descubrir que la vida en Cristo es un camino de plenitud y belleza

Entrevista en la Universidad de Navarra
Don Ramiro Pellitero, impartió el 24 de abril una conferencia con motivo de su próxima jubilación, a la que asistieron profesores, personal administrativo, estudiantes, familiares y amigos.
Titulada ‘Teología del laicado según Yves Congar’, la conferencia presentó la evolución del pensamiento del teólogo dominico francés acerca de los fieles laicos. Destacó que, en una primera etapa, especialmente en 1953 con su libro Jalones para una teología del laicado, Congar describía al laico como aquel cristiano que busca a Dios a través de las cosas del mundo, pero “de un modo todavía dependiente de una visión un tanto clerical”, como resultado de siglos en los que “a los laicos se les concedía sólo un lugar pasivo”. En ese contexto “el trabajo, la familia, las tareas culturales y políticas no tenían un valor propiamente teológico” y la misión de la Iglesia se concebía como dirigida exclusivamente al Reino de los cielos sin valorar en su medida la historia humana. Aunque Congar se esforzó por corregir esta perspectiva, e influyó decisivamente en la teología del laicado, dejó una impresión de cierta insuficiencia, a la hora de explicar la vocación y misión de los laicos.
El profesor Pellitero señaló que esta visión fue transformada por el Concilio Vaticano II, que concibió la Iglesia como “un gran sacramento de salvación que se ofrece al mundo” y afirmó que “la misión de la Iglesia es responsabilidad de todos los cristianos”. Hizo hincapié en que los fieles laicos, desde entonces, fueron descritos como aquellos que “se santifican desde dentro de la sociedad civil, de los trabajos y de las familias, de las relaciones de amistad y de la cultura”, teniendo como misión “ordenar las realidades temporales al Reino de Dios”, en complementariedad con el ministerio de los sacerdotes y la vida religiosa.
Señaló también que para Congar, después del Concilio, la Iglesia era construida no solo por la jerarquía, sino también por multitud de servicios y otros “ministerios y carismas”, y que “todos hacemos todo, pero de distinto modo”. Y explicó que esta perspectiva fue recogida de forma madura en Christifideles laici, donde se señaló que lo propio de los laicos es la “índole secular”, por la que se santifican en y a través de las realidades temporales y son Iglesia en la entraña del mundo: “En ellos el ser y actuar en el mundo no son un mero marco exterior en su camino hacia Dios, sino que constituyen ese camino mismo”.
A lo largo de varias décadas de dedicación a la docencia, la investigación y el asesoramiento personal, Ramiro Pellitero ha desarrollado una trayectoria profundamente vinculada a la Universidad. Médico de formación, sacerdote y teólogo, su recorrido académico y vital refleja una constante: el deseo de comprender y transmitir, con rigor y cercanía, las claves de la fe y su diálogo con la cultura contemporánea.
Desde sus inicios como alumno, hasta su consolidación como profesor en distintas facultades, su experiencia está marcada por la atención a las personas, la apertura intelectual y una clara vocación de servicio a la Iglesia y a la sociedad.

¿Cómo llegaste a la Universidad?
Después de la carrera de Medicina y el servicio militar, entonces obligatorio, me trasladé a Roma. Allí terminé los estudios de bachillerato en Teología, que ya había comenzado. Luego vine a Pamplona para cursar la licenciatura en Teología. Había conocido anteriormente la Universidad de Navarra en alguna ocasión. Y me atraía su ambiente de serenidad y seriedad. Por eso me alegré mucho de tener la oportunidad de hacer esos estudios. Al acabar la tesis de grado, fui ordenado sacerdote. Un poco antes había comenzado a dar clases como ayudante de Teología sistemática. Después de un año en Barcelona con encargos pastorales, me reincorporé a la Facultad de Teología.
¿Qué destacarías de tus años de carrera?
Destacaría la atención personalizada que encontré como alumno, y que luego, ya como profesor, procuré tener con mis alumnos. También el enfoque profesional de las cuestiones, la altura de miras, el deseo de servir a la Iglesia y a la sociedad, el amor y el cuidado a los sacerdotes y a los seminaristas que me inculcaron desde el principio.
¿Cómo recuerdas los inicios en la Universidad?
Recuerdo que comencé a dar clases en el bachillerato de Teología, en una asignatura que entonces experimentaba una gran renovación: la Teología pastoral. Tenía unos excelentes tutores (sobre todo Pedro Rodríguez y José Luis Illanes y otros profesores como José María Casciaro, Lucas Francisco Mateo Seco y D. José Morales), que me animaron a enfrentarme con las obras de los grandes teólogos del siglo XX sin perder de vista la tradición teológica del cristianismo, cosa que he agradecido siempre, porque en esa encrucijada está la fuente de lo que hoy llevamos a cabo.
Siempre me han gustado los idiomas, y me animaron a cultivarlos más seriamente. He vivido con singular interés la implantación de Internet y del trabajo online y de las facilidades que eso supone para tejer desde aquí redes de trabajo en muchos países.
¿Qué es lo que más te gusta de tu trabajo?
Siempre me he encontrado muy a gusto en la Universidad. He dado clase, además de en la Facultad de Teología, en otras facultades: en Filosofía, en Ciencias, en Enfermería. Por mi carrera anterior, en Santiago de Compostela, donde había sido alumno interno de Histología y Anatomía Patológica primero, y después de Neurología; y también por haber colaborado en la capellanía de la Clínica de la Universidad de Navarra durante cuatro años, he tenido siempre relación con la Facultad de Medicina. Y en mi última etapa académica, también con la Facultad de Educación y Psicología.
Es una suerte, aunque a veces no sea fácil, poder compaginar la docencia con la investigación y con la atención a los alumnos; y además, como sacerdote, poder ayudar a muchas personas en su relación con Dios. En todo esto ayuda mucho el ambiente internacional de la Universidad.

¿Cómo definirías tu paso por la Universidad como docente?
Siempre me ha gustado dar clase, quizá porque ya en mi familia había varios maestros y además su segundo apellido era “maestro”.
A la hora de dar clase he procurado cada vez preparar algo nuevo, pensando en las necesidades de los alumnos. He intentado entregar lo que yo había recibido y de la misma forma: facilitarles el camino, situándoles poco a poco donde yo iba llegando, sin dejar de exigir lo que corresponde.
A este propósito, recuerdo que, con motivo de un congreso en Roma sobre el Catecismo de la Iglesia Católica, tuve ocasión de conocer al entonces cardenal Joseph Ratzinger, futuro Papa Benedicto XVI. Cuando me presenté diciendo que venía de la Facultad de Teología de la Universidad de Navarra, su reacción inmediata fue bastante expresiva: “Ah, buenos profesores…”.
¿Cómo describirías tu tarea investigadora?
Tuve la ocasión de hacer una estancia postdoctoral en Estados Unidos, concretamente en Washington D. C, donde, además de investigar sobre la teología de los hispanos estadounidenses, colaboré algunos veranos en la docencia de la Catholic University of America, dependiente de la Conferencia Episcopal de ese país. Antes y después he vuelto de vez en cuando a Estados Unidos, siempre con mucho interés, especialmente en las materias catequéticas.
También he dedicado bastante tiempo a América Latina (México, Guatemala, Chile, Colombia...), donde, además de colaborar en la formación sacerdotal, he podido participar en la puesta en marcha de programas de posgrado para profesores de religión de colegios.
En la Facultad de Teología me asignaron la elaboración de un currículo de Teología pastoral y, luego, ayudar en Eclesiología. En ambas tareas he procurado tener y transmitir una visión de conjunto de las materias que me tocaba impartir. También me ha interesado la Pedagogía de la fe, y he tenido la suerte de contribuir al trabajo del Instituto Superior de Ciencias Religiosas, siguiendo los pasos de Jaime Pujol y Francisco Domingo.
He procurado vivir con pasión el desafío de una teología fiel a la tradición recibida y, precisamente por eso, abierta a la renovación continua que supone responder a las necesidades evangelizadoras de nuestros días.
¿Qué es lo que más te ha gustado de la Universidad?
La oportunidad de aprender. Intento vivir eso de que se comienza a ser universitario el día que te matriculas, pero luego uno no deja (o no debe dejar) de ser universitario. Como cristiano, la alegría de trabajar buscando la unidad de vida y con una clara finalidad de servicio. Como sacerdote, he tenido muchas experiencias de casi tocar la acción de Dios en las personas.
¿Qué te llevas de la Universidad?
Me la llevo dentro, sobre todo el agradecimiento a Dios por haberme permitido participar de esta tarea, en este lugar y en este tiempo preciso que nos toca vivir. Y a tantas personas que día a día la sacan adelante. Guardo excelentes recuerdos del personal de administración y servicios. Por muchos motivos, tengo un cariño especial a la Clínica. Me quedo también con otras tantas personas que no conozco personalmente pero que sé que son tan fundamentales en la Universidad como los grandes profesores.
¿Qué significa para ti la última clase? ¿Qué quieres transmitirles a tus alumnos con ella?
Es una ocasión más para compartirles algo que les puede resultar útil, y atender a sus inquietudes. Dicen que la educación es una de las tareas que de verdad ayuda a mejorar el mundo. Desde luego que al primero que le ayuda es al profesor.
Quiero recordarles que Dios guía la historia, la vida y el pensamiento humano, respetando delicadamente nuestra libertad y buscando nuestra correspondencia, para hacernos crecer sobre todo en amor. Y que el trabajo universitario, con su dimensión interdisciplinar, es siempre una tarea fascinante.
Para un sacerdote que trabaje o estudie aquí, es también una ocasión diaria para prolongar la celebración de la Eucaristía sobre ese singular retablo que es el campus y toda la tarea de la Universidad, como dijo san Josemaría.
Tabla de contenidos