Krzysztof Patejuk, un sacerdote de Polonia enamorado de España

Polonia es un país que se mantiene como un faro para el catolicismo, pero que a su vez se enfrenta a importantes desafíos que hacen que la Iglesia tenga aun, si cabe, un papel más trascendental. El más evidente es el de la guerra entre Rusia y Ucrania que se libra junto a su frontera y la amenaza de
una posible invasión de su territorio. Mientras tanto, y en plena escalada de rearme, la Iglesia Católica en Polonia tiene dos grandes frentes, de los que habla a la Fundación CARF el sacerdote Krzysztof Patejuk.

El papel del sacerdote es fundamental en estos tiempos de crisis. Por un lado, resalta la acogida que han podido realizar de cientos de miles de refugiados ucranianos. «El reto para la Iglesia es el cuidado pastoral y social de estas personas, y hasta ahora las instituciones eclesiales han estado a la altura», afirma. Y por otro lado, destaca el desafío de un país tradicionalmente católico que ve como actualmente está experimentando un proceso bastante rápido de secularización, especialmente entre los jóvenes».

Krysztof Patejuk, sacerdote polaco con una estola morada estrechando la mano de un hombre vestido de civil, mientras otros dos hombres vestidos con sotanas blancas observan. Uno de ellos sostiene un micrófono. La escena tiene lugar dentro de una iglesia.
Bienvenida de don Krzysztof a un feligrés durante una celebración en la iglesia.

Cómo transmitir la fe a los jóvenes de Polonia

Precisamente, él mismo representa a esta juventud que ha crecido en un ambiente católico, de ahí que conozca perfectamente las necesidades espirituales de su generación. En este sentido, el padre Patejuk confiesa que la transmisión de la fe se dio en su hogar de manera muy natural.

«Desde pequeño asistía con mis padres y mi hermano a la Eucaristía dominical, rezábamos juntos en casa y participábamos en celebraciones litúrgicas propias de cada tiempo. Mis padres siempre me apoyaron en mi servicio como monaguillo y en los retiros de verano. Pero, sobre todo, crearon un ambiente de amor, apoyo y libertad que me permitió buscar por mí mismo mi camino de fe», asegura este sacerdote de Polonia.

Desde niño siempre quiso ser periodista, pues le apasionaba la literatura y los medios de comunicación. Incluso llegó a empezar la carrera de Periodismo, pero Dios tenía otros planes para él y, tras un año en la universidad, y viviendo un profundo proceso de discernimiento, comprendió que su verdadero camino estaba en el seminario.

Cuatro niños y un sacerodte polaco vestidos con túnicas litúrgicas blancas y doradas dentro de una iglesia. Los niños llevan cruces al cuello y el sacerdote lleva una estola. Al fondo se ven arcos de ladrillo y un altar con un crucifijo.
Un grupo de jóvenes monaguillos y Krzysztof Patejuk en su parroquia.

Una experiencia intelectual maravillosa

Don Krzysztof describe su llamada para ser sacerdote con palabras que revelan con gran claridad el profundo combate interior que experimentó: «Dios me habló de forma muy fuerte. Tras aprobar los exámenes de verano en la universidad, sentí en mi corazón, como un fuego ardiente; una llamada a entrar al seminario y ser sacerdote.

Me resistí durante mucho tiempo, porque estaba cumpliendo mis sueños y tenía novia. Pero finalmente Dios me habló a través de un pasaje del profeta Jeremías, que describía perfectamente mi lucha interior durante ese verano: "Me sedujiste, Señor, y me dejé seducir; me forzaste y me venciste…" había en mi corazón como un fuego ardiente, encerrado en mis huesos; me esforzaba por contenerlo, y no podía. Me rendí a su voluntad y entré al seminario, decisión de la que no me arrepiento».

Una vez ya ordenado sacerdote su obispo envió a don Krzysztof Patejuk a estudiar Derecho Canónico a la Universidad de Navarra, en Pamplona, etapa de la que confiesa que guarda una «experiencia maravillosa a nivel intelectual».

En Pamplona asegura que no sólo le enseñaron Derecho, sino que sus profesores lograron que lo amara, lo cual hoy es una ayuda inmensa en su labor como juez en el tribunal eclesiástico de la archidiócesis polaca de Warmia.

«Fue un tiempo de gran riqueza espiritual y pastoral, por mi contacto con compañeros de todo el mundo y por mi servicio en la parroquia de San Miguel Arcángel. Ese tiempo me permitió profundizar en mi fe y amor por la Iglesia», añade con convicción.

Hoy la formación recibida es fundamental para su diócesis de origen. Y no destaca únicamente la dimensión académica sino también la humana. De este modo, el padre Patejuk explica que «el amor por el derecho que me transmitieron los profesores me facilita tratar con humanidad y justicia los casos difíciles de nulidad matrimonial. También aprendí que esta tarea no es meramente administrativa, sino profundamente pastoral».

Krisztof Patejuk, con gafas, vestido con una sotana negra y cuello romano, de pie frente a una pared blanca con un logotipo azul de una paloma y el texto "SOLI DEO OMNIA".
El sacerdote de Polonia Krzysztof Patejuk en la oficina de la parroquia.

Enamorado de Pamplona y de España

Don Krzysztof destaca que el aprendizaje del español que estudió en Pamplona le permite ahora acompañar a estudiantes internacionales en su labor como capellán universitario. Su amor por la cultura española –agrega con entusiasmo– «me impulsa a volver cada año para descubrir nuevos lugares de este hermoso país».

Han pasado diez años desde la ordenación de este sacerdote de Polonia, y desde su propia experiencia
pastoral considera que «lo más importante para afrontar los desafíos del sacerdocio es la fidelidad a la celebración de la Eucaristía, la oración personal y vivir cerca de la gente, acompañándola en su camino».
Es más, añade con humidad, le ayuda mucho recordar que «no estoy por encima de las personas, sino que soy, como ellas, discípulo del Señor, su hermano, y también yo puedo contar con ellas en mi propio camino de fe».

Gracias a la Fundación CARF por la formación de sacerdotes

Por último, el sacerdote de Polonia, Krzysztof Patejuk, tiene un especial recuerdo y palabras de profundo agradecimiento para los benefactores de la Fundación CARF: «Gracias a vuestro apoyo, pude vivir un tiempo de estudios inolvidable en Pamplona, de encuentro con la Iglesia y de crecimiento espiritual, especialmente a través de la formación ofrecida por el Opus Dei. Sé que esta experiencia ha sido clave para mi sacerdocio, y sin vosotros, yo no sería el mismo sacerdote que soy hoy».


«Dios sigue llamando y no se olvida de Venezuela»

Leonardo nació en El Tigre (Venezuela), pero creció en Pariaguán, «un pueblo al que Dios ha regalado atardeceres hermosos que se pueden apreciar en el gran horizonte plano cuando el sol se oculta», comenta Leo.

En ese pueblo guarda sus mejores recuerdos con su familia y amigos, una villa a la que siempre regresaba por vacaciones durante su etapa en el seminario en Venezuela para estar con los suyos y ayudar en la parroquia.

Allí vivió su infancia, acompañado por su madre y su abuela, las dos mujeres que sembraron en él la semilla de la fe. «Mi familia es un regalo de Dios para mí», confiesa con ternura. Es el menor de cuatro hermanos, y aunque su padre estuvo ausente, la calidez de su hogar, las catequesis dominicales y el ejemplo de sus mayores le dieron un sentido profundo de comunidad.

Ahora, sus sobrinos son la alegría de todos ellos. «Para mí la familia es parte esencial de mi vida en todos los aspectos». Leo se entristece al recodar que algunos de los suyos no han tenido más remedio que salir de Venezuela debido a la situación política.

Decir sí al Señor y recibir una buena formación

Fue en su adolescencia, mientras ayudaba como monaguillo, cantaba en Misa o participaba en la Legión de María, cuando comenzó a preguntarse por su futuro. A los 17 años, decidió decirle sí al Señor, impulsado por el testimonio cercano de su párroco. «El Señor me llamó en lo más común: siendo un joven que quería hacer algo con su vida», expresa. Y así, Leonardo decidió tomar esta hermosa aventura que cada día le cautiva más.

Ahora reside en el seminario internacional Bidasoa, y estudia las Facultades Eclesiásticas de la Universidad de Navarra. Fue enviado por su obispo, Mons. José Manuel Romero Barrios, para servir a la joven diócesis de El Tigre, que acaba de cumplir siete años.

«Como dice mi obispo, estamos sembrando lo que otros cosecharán. Hay mucha necesidad de sacerdotes y es fundamental que estemos bien formados, no por nosotros, sino por la gente, que tiene derecho a buenos pastores».

Leonardo posa subido a una motocicleta en su pueblo nata, en Venezuela, mientra piensa en Dios.

Venezuela, una oportunidad para evangelizar

En Venezuela, donde la escasez y las tensiones sociales han marcado generaciones, Leonardo no ve desánimo, sino misión. «Es una gran oportunidad para consolar a un pueblo humilde que sufre. Evangelizar hoy es estar cerca, escuchar, presentar a Dios las heridas de todos. Y confiar».

Leonardo recuerda que las dificultades siempre han estado presentes en la vida de la Iglesia, tanto en Venezuela como en otros países. «Es en estas dificultades donde podemos encontrar oportunidades para llevar al Señor Jesús a todas esas personas que sufren y que están sedientos de Él», afirma.

Para ello, hace falta mucho diálogo, respeto, y sobre todo capacidad de escuchar y acompañar a las personas que viven angustiadas, con dificultades, pero también con alegrías y anhelos a Dios. «Esta es la manera de provocar un cambio en mi país, sosteniendo la fe de todo ese pueblo y confiando en la misericordia de Dios», dice esperanzado.

El sacerdote del siglo XXI

Para impulsar este cambio, hacen falta presbíteros bien formados. Cuando le preguntamos a Leonardo cómo debe ser un sacerdote en el siglo XXI, no duda: «Debe ser alguien que escucha, que consuela, que no juzga. Un instrumento de Dios para el perdón. Un hombre de oración, capaz de ver a la persona cara a cara, no solo desde una pantalla o a través de las redes sociales. Un testigo pobre, libre, humilde y que confía en los planes de Dios».

Este joven seminarista lo tiene claro y este es su empeño: formarse como un sacerdote atento, respetuoso, informado de los acontecimientos del mundo, pero también capaz de profundizar en el propio contexto particular en el que se encuentre.

Un grupo de jóvenes durante una peregrinación mariana posan felizes en la cima de una montaña.

«Que las personas que vean un sacerdote vean a alguien en quien confiar y en quien encontrar un apoyo. Un sacerdote de nuestro tiempo debe ser obediente y estar dispuesto a sufrir cualquier calamidad por anunciar la Palabra de Dios, por llevar a Jesús a todos», remarca.

La secularización en los jóvenes

En un mundo cada vez más secularizado, él no pierde la esperanza ni el optimismo, fundamentalmente porque comprueba cada día que muchos jóvenes sienten la llamada de Dios.

«Para atraer a los jóvenes a la fe hace falta comprensión y cercanía, pero sobre todo oración, porque todas las estrategias de evangelización serían estériles si no confiamos y lo ponemos en manos de Dios. Cristo sigue cautivando, pero hay que saber presentarlo de forma que les hable», manifiesta con entusiasmo.

El joven Leonardo entiende a la perfección a la juventud actual, porque él mismo forma parte de la llamada generación zeta. Por eso, recuerda que para evangelizar a los jóvenes es necesario entender cómo piensan hoy en día.

«Eso es una realidad muy compleja. Sin embargo, un sacerdote puede acercarse y escuchar las inquietudes de los jóvenes, hacerles ver que hay cosas mucho más profundas y que en Dios está nuestra felicidad».

Humberto Salas, sacerdote de Venezuela junto a algunos monaguillos de su parroquia.

Lazos entre España y Venezuela

Leonardo también nos cuenta los lazos entre España y Venezuela y nos deja un mensaje para la reflexión: «Europa llevó la fe a América, pero Europa está perdiendo la fe y América la está conservando y sosteniendo».

Para él, Venezuela y España pueden complementarse en todos los sentidos: «España nos ha recibido y nosotros no podemos sino ofrecerles lo mejor de nosotros mismos. Los valores humanos y cristianos de los venezolanos son un vaso de agua fresca para toda España y Europa, y la historia y tradición de Europa ayuda a ampliar el horizonte de todos los que aquí vienen».

Por eso, está muy contento de estar en España y residir en el seminario internacional Bidasoa donde ha encontrado un hogar: «Es impresionante ver a seminaristas de tantos países con el mismo anhelo. Aquí he hecho amigos, he rezado, he estudiado. Es un ambiente propicio para crecer. Se palpa la Iglesia universal».

Leonardo sabe que su camino es exigente, pero no duda. Porque hay una certeza que le sostiene: Dios no deja de llamar. Y él, con serenidad y alegría, ya ha respondido.


Marta Santín, periodista especializada en religión.

Jesucristo, Sumo y Eterno Sacerdote: amor entregado

Cada año, el jueves posterior a Pentecostés, la Iglesia celebra una fiesta litúrgica singular: la fiesta de Jesucristo, Sumo y Eterno Sacerdote. No se trata solo de un recuerdo litúrgico más, sino de una invitación profunda a contemplar el corazón mismo del misterio cristiano: Cristo que se ofrece al Padre por la salvación del mundo, y que asocia a este sacrificio a los sacerdotes de la Iglesia.

¿Qué se celebra en esta fiesta?

Esta fiesta tiene como centro a Cristo en su dimensión sacerdotal, es decir, como mediador entre Dios y los hombres (cf. 1 Tim 2,5). No celebra un momento concreto de su vida (como la Navidad o la Pascua), sino su ser sacerdotal eterno, según el orden de Melquisedec (cf. Heb 5,6).

Jesús no fue un sacerdote como los del templo judío. Él es el sacerdote perfecto porque ofreció no sacrificios de animales, sino su propio cuerpo y sangre en obediencia y amor al Padre. Como dice la Carta a los Hebreos: «Cristo vino como Sumo Sacerdote de los bienes futuros… no por sangre de machos cabríos ni de becerros, sino por su propia sangre, entró de una vez para siempre en el santuario y obtuvo una redención eterna» (Heb 9,11-12).

Esta fiesta fue instaurada en el calendario litúrgico por algunos obispos –especialmente en España y América Latina– en el siglo XX, y fue aprobada por la Congregación para el Culto Divino en 1987. Desde entonces, ha sido adoptada por muchas diócesis del mundo.

Escena de la película "La Pasión de Cristo" mostrando a Jesús en la Última Cena, sosteniendo el pan mientras instituye la Eucaristía, con sus discípulos observando en silencio.

El único sacrificio y el único sacerdote

La Iglesia enseña que Cristo es al mismo tiempo sacerdote, víctima y altar. Él no solo es el que ofrece, sino también el que se entrega: «Cristo, sacerdote eterno, con la oblación de su cuerpo, realizado una vez por todas, llevó a término la obra de la redención humana» (Prefacio propio de la Misa de esta fiesta).

En la Última Cena, anticipó sacramentalmente el sacrificio que consumaría en la cruz. Desde entonces, cada Misa es actualización real y sacramental de ese único sacrificio. No se repite, sino que se hace presente, por el poder del Espíritu Santo.

Por eso, cuando los sacerdotes celebran la Eucaristía, actúan «in persona Christi Capitis» (en persona de Cristo Cabeza), no como simples delegados o representantes. Es Cristo mismo quien actúa a través de ellos.

Fiesta de Cristo y de sus sacerdotes

Esta fiesta también es una ocasión privilegiada para orar por los sacerdotes. Ellos han sido configurados con Cristo Sacerdote para continuar su misión. En palabras de san Juan Pablo II: «El sacerdocio ministerial participa del sacerdocio único de Cristo y tiene la tarea de hacer presente en cada tiempo el sacrificio de la redención» (Carta a los sacerdotes, Jueves Santo de 1986).

Hoy más que nunca, los sacerdotes necesitan nuestra cercanía, nuestro afecto y nuestras oraciones. Su misión es hermosa, pero también exigente. Son instrumentos del amor de Cristo, pero no están exentos de dificultades, cansancios y tentaciones.

Esta fiesta, por tanto, es también una llamada a renovar el amor y el apoyo hacia nuestros pastores. También es una jornada para pedir nuevas vocaciones sacerdotales. La Iglesia necesita hombres que, enamorados de Cristo, estén dispuestos a gastar su vida al servicio del Evangelio.

Contemplar a Cristo Sacerdote para seguirle de cerca

Contemplar a Cristo como Sumo y Eterno Sacerdote es mirar su Corazón, su entrega, su obediencia al Padre y su compasión por los hombres. Él se hizo sacerdote para interceder por nosotros sin cesar, como dice Hebreos: «Él puede salvar perfectamente a los que por medio de Él se acercan a Dios, ya que vive siempre para interceder por ellos» (Heb 7,25).

En un mundo marcado por la autosuficiencia, la prisa y la superficialidad, mirar a Cristo Sacerdote es una llamada a vivir una espiritualidad de entrega, de intercesión y de servicio silencioso. Cristo no se impone: se ofrece. No exige: se da. No se exhibe: se entrega hasta el extremo.

Para los fieles laicos, esta fiesta también recuerda que todos los bautizados participan del sacerdocio de Cristo. San Pedro lo dice claramente: «Vosotros sois linaje elegido, sacerdocio real, nación santa, pueblo adquirido por Dios» (1 Pe 2,9).

Este sacerdocio común de los fieles se vive en la ofrenda diaria, en la oración, en la caridad, en el testimonio de vida. Cada cristiano está llamado a ofrecer su vida como sacrificio espiritual agradable a Dios (cf. Rom 12,1).

Pintura renacentista de Cristo sosteniendo una gran hostia consagrada en su mano izquierda y un cáliz dorado en su mano derecha, con fondo dorado y halo radiante, representando su papel como Sumo y Eterno Sacerdote.

Una fiesta para mirar al altar… y al cielo

La Fiesta de Jesucristo, Sumo y Eterno Sacerdote, nos invita a mirar el altar con fe renovada, y a reconocer que allí actúa el mismo Cristo. Nos recuerda que la salvación no viene de nuestras obras, sino del sacrificio de Cristo. Y que ese sacrificio es eterno, siempre vivo, siempre eficaz.

Es una fiesta profundamente eucarística, profundamente sacerdotal y profundamente eclesial. Es una oportunidad para agradecer a Cristo su entrega, para pedir por quienes han sido llamados a representarlo sacramentalmente, y para ofrecernos con Él al Padre, por el bien del mundo.

Frases de san Josemaría sobre los sacerdotes

1. ¿Cuál es la identidad del sacerdote? La de Cristo. Todos los cristianos podemos y debemos ser no ya alter Christus sino ipse Christus, otros Cristos, ¡el mismo Cristo! Pero en el sacerdote esto se da inmediatamente, de forma sacramental (Amar a la Iglesia, 38).

2. A los sacerdotes se nos pide la humildad de aprender a no estar de moda, de ser realmente siervos de los siervos de Dios (...), para que los cristianos corrientes, los laicos, hagan presente, en todos los ambientes de la sociedad, a Cristo (Conversaciones, 59).

3. Un sacerdote que vive de este modo la Santa Misa -adorando, expiando, impetrando, dando gracias, identificándose con Cristo-, y que enseña a los demás a hacer del Sacrificio del Altar el centro y la raíz de la vida del cristiano, demostrará realmente la grandeza incomparable de su vocación, ese carácter con el que está sellado, que no perderá por toda la eternidad (Amar a la Iglesia, 49).

4. He concebido siempre mi labor de sacerdote y de pastor de almas como una tarea encaminada a situar a cada uno frente a las exigencias completas de su vida, ayudándole a descubrir lo que Dios, en concreto, le pide, sin poner limitación alguna a esa independencia santa y a esa bendita responsabilidad individual, que son características de una conciencia cristiana (Es Cristo que pasa, 99).

5. ¡Valor de la piedad en la Santa Liturgia!

Nada me extrañó lo que, hace unos días, me comentaba una persona hablando de un sacerdote ejemplar, fallecido recientemente: ¡qué santo era!

—¿Le trató Vd. mucho?, le pregunté.

—No —me contestó—, pero le vi una vez celebrar la Santa Misa (Forja, 645).

6. No quiero —por sabido— dejar de recordarte otra vez que el Sacerdote es "otro Cristo". —Y que el Espíritu Santo ha dicho: "nolite tangere Christos meos" —no queráis tocar a "mis Cristos" (Camino, 67).

7. El trabajo —por decirlo así— profesional de los sacerdotes es un ministerio divino y público, que abraza exigentemente toda la actividad hasta tal punto que, en general, si a un sacerdote le sobra tiempo para otra labor que no sea propiamente sacerdotal, puede estar seguro de que no cumple el deber de su ministerio (Amigos de Dios, 265).

8. Cristo, que subió a la Cruz con los brazos abiertos de par en par, con gesto de Sacerdote Eterno, quiere contar con nosotros —¡que no somos nada!—, para llevar a "todos" los hombres los frutos de su Redención (Forja, 4).

9. Ni a la derecha ni a la izquierda, ni al centro. Yo, como sacerdote, procuro estar con Cristo, que sobre la Cruz abrió los dos brazos y no sólo uno de ellos: tomo con libertad, de cada grupo, aquello que me convence, y que me hace tener el corazón y los brazos acogedores, para toda la humanidad (Conversaciones, 44).

10. Aquel sacerdote amigo trabajaba pensando en Dios, asido a su mano paterna, y ayudando a que los demás asimilaran estas ideas madres. Por eso, se decía: cuando tú mueras, todo seguirá bien, porque continuará ocupándose Él(Surco, 884).

11. Me convenció aquel sacerdote amigo nuestro. Me hablaba de su labor apostólica, y me aseguraba que no hay ocupaciones poco importantes. Debajo de este campo cuajado de rosas —decía—, se esconde el esfuerzo silencioso de tantas almas que, con su trabajo y oración, con su oración y trabajo, han conseguido del Cielo un raudal de lluvias de la gracia, que todo lo fecunda (Surco, 530).

12. ¡Vive la Santa Misa!

—Te ayudará aquella consideración que se hacía un sacerdote enamorado: ¿es posible, Dios mío, participar en la Santa Misa y no ser santo?

—Y continuaba: ¡me quedaré metido cada día, cumpliendo un propósito antiguo, en la Llaga del Costado de mi Señor!

—¡Anímate! (Forja, 934).

13. Ser cristiano —y de modo particular ser sacerdote; recordando también que todos los bautizados participamos del sacerdocio real— es estar de continuo en la Cruz (Forja, 882).

14. No nos acostumbremos a los milagros que se operan ante nosotros: a este admirable portento de que el Señor baje cada día a las manos del sacerdote. Jesús nos quiere despiertos, para que nos convenzamos de la grandeza de su poder, y para que oigamos nuevamente su promesa: venite post me, et faciam vos fieri piscatores hominum, si me seguís, os haré pescadores de hombres; seréis eficaces, y atraeréis las almas hacia Dios. Debemos confiar, por tanto, en esas palabras del Señor: meterse en la barca, empuñar los remos, izar las velas, y lanzarse a ese mar del mundo que Cristo nos entrega como heredad (Es Cristo que pasa, 159).

Si es verdad que arrastramos miserias personales, también lo es que el Señor cuenta con nuestros errores. No escapa a su mirada misericordiosa que los hombres somos criaturas con limitaciones, con flaquezas, con imperfecciones, inclinadas al pecado. Pero nos manda que luchemos, que reconozcamos nuestros defectos; no para acobardarnos, sino para arrepentirnos y fomentar el deseo de ser mejores (Es Cristo que pasa, 159).

15. Sacerdote, hermano mío, habla siempre de Dios, que, si eres suyo, no habrá monotonía en tus coloquios (Forja, 965).

16. La guarda del corazón. —Así rezaba aquel sacerdote: "Jesús, que mi pobre corazón sea huerto sellado; que mi pobre corazón sea un paraíso, donde vivas Tú; que el Ángel de mi Guarda lo custodie, con espada de fuego, con la que purifique todos los afectos antes de que entren en mí; Jesús, con el divino sello de tu Cruz, sella mi pobre corazón" (Forja, 412).

17. Cuando daba la Sagrada Comunión, aquel sacerdote sentía ganas de gritar: ¡ahí te entrego la Felicidad! (Forja, 267)

18. Para no escandalizar, para no producir ni la sombra de la sospecha de que los hijos de Dios son flojos o no sirven, para no ser causa de desedificación..., vosotros habéis de esforzaros en ofrecer con vuestra conducta la medida justa, el buen talante de un hombre responsable (Amigos de Dios, 70).

Fuentes:

El celibato sacerdotal: historia, sentido y desafíos

El celibato sacerdotal ha sido, desde los primeros siglos del cristianismo, una realidad profundamente ligada al ministerio ordenado en la Iglesia católica latina. Aunque no es un dogma de fe, el celibato ha sido asumido como un don que expresa con fuerza el sentido espiritual del sacerdocio. Pero, ¿de dónde viene esta práctica? ¿Por qué se mantiene hoy? ¿Qué desafíos enfrenta?

Un poco de historia: raíces bíblicas y tradición eclesial

La práctica del celibato no comenzó con la Iglesia, pero fue asumida por ella desde muy pronto. Jesús mismo vivió célibe, y en su enseñanza aparece la opción por el celibato «por el Reino de los cielos» (cf. Mt 19,12). San Pablo también hace referencia a este ideal en su primera carta a los Corintios: «el que no está casado se preocupa de las cosas del Señor, de cómo agradar al Señor» (1 Co 7,32).

En los primeros siglos del cristianismo, tanto clérigos casados como célibes convivían en la vida eclesial. Sin embargo, ya en el siglo IV, los concilios de Elvira (c. 305) y Cartago (390) recomendaron la continencia perpetua para los clérigos casados, es decir, vivir como hermanos una vez recibidas las órdenes sagradas. Con el tiempo, la disciplina del celibato obligatorio se consolidó en Occidente, especialmente desde el segundo Concilio de Letrán (1139), que estableció que solo podían ordenarse hombres célibes.

En la Iglesia católica oriental, en cambio, se ha mantenido la posibilidad de ordenar hombres casados, aunque los obispos son elegidos exclusivamente entre los célibes.

El sentido espiritual del celibato sacerdotal

El celibato no es simplemente una renuncia, sino una elección positiva por un amor más grande. Como escribió san Juan Pablo II: «El celibato por el Reino no es una huida del matrimonio, sino una forma particular de participación en el misterio de Cristo y de su amor esponsal por la Iglesia» (Juan Pablo II, Pastores dabo vobis, n. 29).

El sacerdote, configurado con Cristo Cabeza y Esposo de la Iglesia, está llamado a amar con un corazón indiviso, entregándose totalmente a Dios y al servicio del pueblo. El celibato permite esta entrega radical, libre de ataduras familiares, para estar disponible para todos.

Además, el celibato es un signo escatológico: anticipa el estado futuro de los redimidos en el Reino de los cielos, donde «no se casan ni se dan en casamiento» (cf. Mt 22,30).

Jóvenes seminaristas y sacerdotes católicos asisten a clase en un aula universitaria, vestidos con la sotana negra o camisa clerical con alzacuellos. Están atentos, tomando notas o usando portátiles, como parte de su formación intelectual y espiritual para vivir plenamente su vocación y el compromiso del celibato sacerdotal.

Desafíos actuales

En el mundo contemporáneo, el celibato es frecuentemente incomprendido. En una cultura hipersexualizada y centrada en la realización personal, el celibato puede parecer una carga o una privación injustificada. Además, la falta de testimonios positivos y los escándalos de algunos miembros del clero han hecho que ciertas personas cuestionen su viabilidad y conveniencia.

Incluso dentro de la Iglesia hay voces que proponen su revisión, sobre todo en contextos donde escasean las vocaciones. Sin embargo, los últimos Papas han reafirmado con fuerza su valor. Benedicto XVI afirmó: «El celibato sacerdotal, vivido con madurez, alegría y entrega, es una bendición para la Iglesia y para la sociedad misma» (Luz del mundo, 2010).

Y el papa Francisco, aunque abrió un diálogo sobre los viri probati (hombres casados de probada fe en zonas remotas), ha subrayado que el celibato es «un don» que no se debe suprimir.

Un sacerdote sostiene unas hojas mientras parece explicar un asunto en un aula.

Una llamada al amor y a la libertad

Más allá del debate, el celibato sacerdotal sigue siendo un signo profético, un testimonio de que es posible vivir una vida plena, entregada por entero a Dios y a los demás. No es una imposición, sino una elección libre que responde a una vocación concreta, acompañada de gracia, formación y comunidad.

En la Fundación CARF, apoyamos a los seminaristas y sacerdotes diocesanos en su camino vocacional, conscientes de que el celibato no se vive en soledad, sino con la ayuda de Dios, de los demás hermanos sacerdotes y laicos, y de toda la Iglesia que acompaña. Oramos por ellos y los sostenemos para que puedan ser testigos fieles del amor de Cristo.

Fuentes y referencias


Fundación CARF.

Diácono: conoce en qué se diferencia del sacerdote

Qué es un diácono, qué funciones realiza y cómo se diferencia de un sacerdote. Te lo vamos a explicar, y también responderemos algunas preguntas frecuentes: ¿pueden casarse? ¿celebran la Santa Misa? ¿Hay diferentes tipos? Sigue leyendo para descubrirlo.

¿Qué es un diácono?

La palabra diácono proviene del griego diakonos, que significa «servido» o «ministro». En la Iglesia Católica, el diaconado es el primer grado del sacramento del Orden, seguido del presbiterado (sacerdotes) y del episcopado (obispos). Por tanto, es un ministro ordenado, llamado a servir al pueblo de Dios en el anuncio de la Palabra, la celebración de algunos sacramentos y la caridad.

El diaconado no es un invento moderno. Ya en el Nuevo Testamento, concretamente en los Hechos de los Apóstoles (Hch. 6,1-6), se narra cómo los Apóstoles eligieron a siete hombres de buena reputación, llenos del Espíritu Santo y de sabiduría, para encargarse de la asistencia a las viudas y otras tareas de servicio. Entre ellos estaba san Esteban, el primer mártir de la Iglesia.

Sacerdote junto a un diácono y seminaristas de Bidasoa celebrando la Exposición al Santísimo

¿Qué funciones realiza?

Los diáconos están llamados principalmente al servicio. Su triple misión puede resumirse en tres áreas: la Palabra, la Liturgia y la Caridad.

Servicio de la Palabra
Puede proclamar el Evangelio en la Santa Misa, predicar la homilía (si el presbítero que preside lo autoriza) y enseñar la doctrina cristiana. Muchos colaboran en la formación catequética, en la evangelización y en el acompañamiento de comunidades cristianas.

Servicio de la Liturgia
Aunque un diácono no puede consagrar la Eucaristía, sí puede:

Servicio de la Caridad
Son especialmente responsables de animar la caridad en sus comunidades. Visitan enfermos, ayudan a los pobres, acompañan a marginados, promueven obras sociales y colaboran con Cáritas u otras instituciones. Esta dimensión caritativa está profundamente ligada a sus raíces apostólicas.

Diacono vestido con el alba blanca con las manos en posición de rezar

¿Qué diferencia hay entre ambos?

Aunque tanto el diácono como el sacerdote han recibido el sacramento del Orden, sus funciones, capacidades litúrgicas y su lugar en la jerarquía eclesial son diferentes.

AspectoDiáconoSacerdote
Grado del ordenPrimer grado del orden sagradoSegunda grado del orden sagrado
Celebración de la MisaNo puede consagrar ni presidir la EucaristíaPuede celebrar la Misa y consagrar la Eucaristía
Confesión y UnciónNo puede administrar estos sacramentosPuede administrar la Confesión y la Unción de los enfermos
PredicaciónPuede proclamar el Evangelio y predicar Puede predicar habitualmente
Estado de vidaPuede estar casado, si es permanente; célibe, si es transitorioSiempre célibe en el rito latino
Ordenación posteriorPuede ser ordenado si es transitorioYa ha recibido el sacerdocio, no hay ordenación superior excepto episcopado

¿Pueden casarse?

Esta es una de las preguntas más frecuentes. La respuesta depende del tipo:

Diácono permanete: es aquel que ha sido ordenado con la intención de permanecer en ese ministerio, sin aspirar al sacerdocio. En este caso:

Diácono transitorio: es un seminarista que ha recibido el diaconado como paso previo al sacerdocio. En este caso:

En resumen: un diácono casado no puede ser sacerdote (al menos en el rito latino), y un seminarista célibe no puede casarse después de ser ordenado diácono.

Sacerdote celebrando la Eucaristía
Celebrando la Santa Misa en Tanzania.

¿Pueden celebrar la Santa Misa?

No. Aunque participan en la Misa y tienen un papel litúrgico visible –por ejemplo, proclaman el Evangelio, elevan el cáliz, dan la paz y la comunión–, no pueden celebrar la Eucaristía por sí solos, ya que no tienen el poder de consagrar el pan y el vino. Ese poder está reservado a los sacerdotes y obispos.

Por tanto, no «celebra Misa» en sentido estricto. Puede presidir celebraciones litúrgicas sin Eucaristía, como liturgias de la Palabra, exequias, bautizos y matrimonios.

¿Por qué son importantes en la Iglesia?

Ellos recuerdan a toda la comunidad cristiana que la vocación fundamental de la Iglesia es el servicio. Encarnan el ejemplo de Cristo que «no vino a ser servido, sino a servir y dar su vida en rescate por muchos» (Mt 20,28).

Especialmente en contextos donde hay escasez de presbíteros, la presencia de diáconos bien formados es un gran apoyo pastoral. Además, su cercanía con las realidades concretas del pueblo –familia, trabajo, sociedad– les permite ser puentes eficaces entre la Iglesia y el mundo.

Dos seminaristas vestidos con el alba de diácono preparados para asisitir en una celebración litúrgica

Su formación y el papel de la Fundación CARF

Tanto los permanentes como los transitorios necesitan una formación sólida en teología, espiritual y pastoral. En el caso de los futuros sacerdotes, el diaconado transitorio es una etapa clave que marca el final de su preparación en el seminario.

La Fundación CARF colabora con la formación de ellos en centros como la Universidad Pontificia de la Santa Cruz en Roma y las Facultades Eclesiásticas de la Universidad de Navarra en Pamplona, entre otras instituciones. Gracias a los benefactores, muchos seminaristas de todo el mundo pueden prepararse adecuadamente para ejercer el ministerio con fidelidad, alegría y entrega.

El diaconado es un ministerio precioso que enriquece la vida de la Iglesia. No son «sacerdotes a medias», sino ministros ordenados con una identidad y misión propia: servir a la Palabra, a la Liturgia y a la Caridad. Algunos están en camino hacia el sacerdocio; otros, como los permanentes, son signo vivo del servicio de Cristo en medio del mundo.

Desde la Fundación CARF, agradecemos a todos su entrega generosa y animamos a nuestros benefactores a seguir apoyando la formación de vocaciones en todos los niveles. Porque una Iglesia con servidores bien formados es una Iglesia más viva, más santa y más cercana.

Bibliografía

San José: un corazón de padre en la Provenza

El monte Bessillon pertenece al término municipal de Cotignac, en la Provenza. Allí tuvo lugar el 7 de junio de 1660 la única aparición de san José, que está reconocida por la Iglesia. No se asemeja a otras apariciones en la que se transmiten detallados mensajes a un vidente. De hecho, no hay mensaje que transmitir.

La aparición de san José

El patriarca, solo ha venido en auxilio de un joven pastor, agobiado por la sed, en un día muy próximo al verano.

San José, se presenta como un hombre de considerable estatura que señala al pastor una enorme roca, y le dice: "Soy José, levántala y beberás". Gaspard le dirige una mirada de incredulidad, pues se ve incapaz de levantarla. Pero San José reitera su orden y el pastor la levanta sin demasiado esfuerzo.

Descubre debajo un manantial de agua fresca y bebe con avidez pero, cuando levanta la vista, se da cuenta de que está solo. San José, el padre de Jesús, apenas ha roto el silencio que le atribuyen los Evangelios. El que no se calla es Gaspard y difunde la noticia por los contornos, de tal manera que acuden al manantial enfermos de todas partes para curarse y aliviarse. Muy pronto se construye en el lugar un oratorio provisional, y en 1663 se inaugura la capilla actual.

Actual santuario de san José

El actual Santuario de san José fue consagrado en 1663. En la fiesta de san José, desde 1661 en adelante acudían verdaderas muchedumbres al santuario del santo.

El actual santuario de san José fue consagrado en 1663. En la fiesta de san José, desde 1661 en adelante acudían verdaderas muchedumbres al santuario del santo.

Desde entonces, la capilla ha resistido todos los estragos del tiempo, incluidos los de la Revolución Francesa, aunque tuviera que ser abandonada durante algunos años. Sobre la capilla se cernió un cierto olvido durante el siglo XIX y una gran parte del XX, aunque cada 19 de marzo una peregrinación reunía a las gentes de las proximidades.

Finalmente, en 1975 se establecieron allí los benedictinos del monasterio de Medea, en Argelia, y el arquitecto Fernand Pouillon construyó un nuevo monasterio junto a los restos de los edificios del siglo XVII. La obra armoniza lo antiguo y lo moderno.

La influencia de Jacques-Bénigne Bossuet

Por la misma época en que se produjo esta singular aparición de San José, Francia fue consagrada al santo patriarca por Luis XIV, a instancias de su madre, Ana de Austria. Eran los tiempos en que la Corte francesa se detenía a escuchar la oratoria sagrada de Jacques-Bénigne Bossuet, una de las personalidades más influyentes de la Iglesia de entonces.

A veces se nos ha dado una visión de Bossuet más propia de un tratadista que construye una teoría política de la monarquía francesa, y se ha olvidado su profunda espiritualidad y sus grandes conocimientos sobre la Sagrada Escritura y los padres de la Iglesia.

La palabra de Bossuet, como la de otros predicadores de palacio, era una semilla lanzada a unos interlocutores que parecían tener su corazón demasiado volcado hacia las exigencias del poder y del prestigio externo. Pero no corresponde al predicador recoger los frutos, sino que es Dios el que recoge la cosecha a su tiempo.

san jose corazón de padre
Destacado clérigo, predicador e intelectual francés. Jacques-Bénigne Lignel Bossuet (Dijon, 27 de septiembre de 1627 - París, 12 de abril de 1704).

Bossuet hizo ante Ana de Austria dos panegíricos sobre san José, ambos en un 19 de marzo, los de 1659 y 1661. En el primero San José es presentado como el custodio de María y de Jesús, y a la vez se resalta el hecho de que supiera guardar toda su vida el secreto que Dios le había confiado. En el segundo, Bossuet parte de la cita bíblica de que el Señor ha buscado un hombre según su corazón de padre (1 Sam 13, 13). Se refiere a David, antepasado de José, y el predicador alaba la sencillez, el desprendimiento y la humildad del patriarca. Afirma que su fe sobrepasa la de Abrahán, modelo de fe perfecta, porque ha tenido que custodiar a un Dios que ha nacido y crecido en la debilidad. José se asemeja al barro moldeable al que el alfarero le da los contornos definitivos. 

La paternidad de san José

Cuando se pronuncian estas palabras, José se ha hecho presente en una aldea de la Provenza. No ha aparecido con poder y majestad, no ha querido expresar que había sido demasiado olvidado en 17 siglos de historia de la Iglesia.

Por el contrario, la manifestación de san José ha estado marcada por la discreción y por el servicio. Ha cuidado de un joven pastor, como cuidó durante años de Jesús y de María. Ha sido padre una vez más. Con ello nos recuerda que la paternidad está siempre ligada al servicio. Esa es la paternidad que infunde confianza, la que fundamenta la autoridad en custodiar y servir, y no la del padre «señor de vidas y haciendas» del pasado, que tanto ha contribuido al actual descrédito de la figura paterna.

Sin embargo, cuando se cuestiona o se niega al padre, la fraternidad se hace imposible. Es lo que sucede en la sociedad actual, donde ha crecido la semilla del individualismo. San José nos recuerda que el mundo necesita padres para que todos lleguemos a ser hermanos.

Antonio R. Rubio Plo, Licenciado en Historia y en Derecho, Escritor y analista internacional, @blogculturayfe / @arubioplo