«El mayor peligro es olvidar para qué y para quién nos consagramos sacerdotes»
El padre Miguel Romero Camarillo es un sacerdote enamorado de los dos países que han marcado su trayectoria: su México natal y España, el país que le acogió para que pudiera completar sus estudios en Derecho Canónico. En ambos ha visto una fe que se deshace, por lo que vive entregado para que esto no ocurra llamando a los creyentes a ayudar a revivir la fe que ha dado forma a nuestra civilización.
Actualmente es párroco de Santa María de la Asunción, en Tlancualpicán, en el estado mexicano de Puebla. Y desde allí hace un análisis del catolicismo de su tierra, uno de los países con más católicos del mundo: «considero que se encuentra un poco frío, creo que las idolatrías nos están alcanzando nuevamente. El culto a la muerte, el neopentencostalismo, la nueva era, los abusos litúrgicos e incluso la ignorancia de los clérigos van hundiendo poco a poco las verdades de fe». Sin embargo, recuerda también que son muchos los católicos que «están comprometidos con la Iglesia y sostienen la vida de fe». Pero como ocurre en tantas ocasiones –añade– «lo malo hace más ruido».
Miguel Romero celebra la Santa Misa en su parroquia.
Antes de ser sacerdote, Miguel asegura que era una persona normal y corriente. Trabajaba como técnico químico industrial hasta que, finalmente y tras años planteándose su vocación, decidió dar ese paso al que Dios le llamaba.
Esta vocación se fue cultivando en su interior ya en su infancia, algo que luego fue fundamental cuando en su familia se dio un alejamiento de la fe. «Sobre todo mi abuela paterna y mi madre jugaron un papel importante. Recuerdo cosas de mi infancia, como que mi madre me leyera pasajes de san Francisco o viésemos películas de santos, o que mi abuela me hablara de los escritos de san Agustín», indica.
Sobre aquellos momentos destaca algo que le sucedió cuando tenía sólo seis años y de lo que se acuerda como si hubiera ocurrido ayer: «en Preescolar preguntaron qué era la Santísima Trinidad. Y yo con mis seis añitos contesté correctamente. La cara de la maestra era para haberla hecho una foto. Yo entonces tenía un fuerte deseo de ser sacerdote».
Una vocación de frente al Santísimo
Sin embargo, poco después su familia se alejó de la Iglesia, aunque esa semilla ya estaba insertada en su interior y acabaría brotando unos años más tarde. Fue a los 16 años cuando Miguel decidió entrar en un coro parroquial porque «sentía que alguien me llamaba a estar allí». No sabía a qué estaba llamado realmente. Tardaría cinco años en descubrirlo.
Ese deseo, que tenía con seis años de ser sacerdote y que se alejó, reapareció con fuerza a los 22 años. «En una Hora Santa se refrescó aquello que tenía guardado hace 16 años», indica. Poco después acabaría ingresando en el seminario, donde fue ordenado sacerdote en 2017. Apenas, unos meses después, su obispo le envió a Pamplona a estudiar la Licenciatura de Derecho Canónico gracias a una ayuda de la Fundación CARF.
Miguel Romero durante la Liturgia de la Palabra en una Misa.
De su experiencia en el seminario internacional Bidasoa afirma guardar “gratos recuerdos”, porque además de la enseñanza que recibió fue una oportunidad única para hacer un apostolado en España. «Ayudé a muchas personas y quisiera volver a hacerlo», asegura sobre lo que encontró en Europa. A su juicio, «la fe del mundo está en peligro y parece que la fe desaparece, pero no he visto un lugar más sombrío para esto que mi querida España. Falta el amor a la Cruz».
Aún así, el padre Miguel reconoce que «hay mucha gente luchando para que esto no suceda», por lo que considera urgente «batallar en nuestra trinchera y ayudar a nuestros obispos a que sean hombres de fe, valientes y entregados».
La conexión entre liturgia y derecho
Con su amor por la liturgia y sus conocimientos adquiridos de Derecho Canónico, este sacerdote quiere proteger los grandes tesoros de la Iglesia. En su opinión, «la fe se revitaliza con una adecuada liturgia y una liturgia guiada por el derecho canónico es maravillosa». Y es ahí donde cree que la Iglesia debe esforzarse en cuidar la liturgia con el rico derecho adquirido tras tantos siglos de cristianismo.
Preguntado sobre los retos del sacerdote actual, Miguel Romero lo tiene claro: «El peor peligro al que se puede enfrentar un sacerdote es olvidar para qué y para quién se consagró, o más bien a quién le dejó su vida en sus manos». De este modo, considera que «si nosotros fuéramos conscientes de lo que hemos hecho ante Dios, la Iglesia reflejaría otro rostro».
Por último, este clérigo mexicano agradece a la Fundación CARF toda la ayuda que prestan. «Agradezco su esfuerzo diario para llevar a los pueblos más lejanos la formación. Gracias por todo y espero un día ayudarles para seguir haciendo crecer el conocimiento de la Iglesia. No se olviden de que esto es de Dios», concluye.
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«La visita del Papa al Líbano traerá esperanza»
El padre don Christian Hallak, sacerdote maronita de la diócesis de Beirut que estudia en las Facultades Eclesiásticas de la Universidad de Navarra gracias a los socios, benefactores y amigos de la Fundación CARF, confía plenamente que la visita del papa León XIV a su país, tras pasar por Turquía, llenará de esperanza y futuro a su pueblo.
Mensaje de esperanza y unidad
En su mirada se mezcla la nostalgia por regresar a su tierra y la responsabilidad de seguir formándose para volver algún día a servir mejor a su país. Desde España sigue con emoción cada noticia sobre la visita del papa León XIV a Turquía y al Líbano, del 27 de noviembre al 2 de diciembre. «La visita del Papa traerá mucha esperanza», afirma con convicción.
En un panorama desolador para su país, la voz del Papa será, según él, una voz profética, que recordará al país cinco cosas esenciales:
La firmeza de la esperanza incluso en la oscuridad.
La responsabilidad compartida entre los cristianos y musulmanes para proteger y sostener la patria.
La importancia de aplicar justicia y rendición de cuentas para sanar la sociedad.
La necesidad de que la comunidad internacional no abandone al Líbano.
Que Líbano es más que un país, un mensaje de convivencia, como dijo san Juan Pablo II.
Un país herido que espera una visita histórica
En Líbano, la visita apostólico del papa León XIV se vive como un acontecimiento histórico. Para don Christian, la llegada del Pontífice en medio de guerras regionales, crisis económica y una herida social aún abierta, es una luz que atraviesa la oscuridad: «los libaneses, cristianos y musulmanes, ven su visita como un mensaje de esperanza, paz y bendición en un momento de enorme dificultad».
Y añade algo que para él es esencial: «nada es por casualidad, sino por la providencia de Dios, que ha permitido que la situación esté así y en este momento de la historia del Líbano».
La presencia católica: una luz que resiste
A su llegada, el Papa será recibido por el presidente Joseph Aoun, católico maronita, que para el padre Christian es una prueba de la histórica participación de esta comunidad en la vida política del país.
A pesar de la crisis, la presencia de los católicos sigue siendo activa y fecunda. En El Líbano conviven seis comunidades católicas: maronitas, latinos, griegos católicos, siro-católicos, caldeos y armenios católicos. Todas mantienen escuelas, universidades, hospitales y obras de servicio social que sostienen al país incluso cuando todo parece desmoronarse.
«La presencia cristiana –dice el padre Christian– sigue siendo viva, arraigada y comprometida con preservar su misión en la sociedad».
Pero más allá de la política, el pueblo espera un gesto de cercanía y consuelo. La visita de León XIV no será solo un acto protocolario, sino un abrazo espiritual a una nación que lleva demasiado tiempo al borde del abismo.
Enriquecer su misión educativa
Nacido y formado en el seno de la Iglesia maronita, el padre Christian fue ordenado sacerdote el 28 de junio de 2020, mediante la imposición de manos de monseñor Boulous Abdel Sater. Su trayectoria comenzó en el Seminario Patriarca Maronita de Ghazir, tras completar su formación teológica en la Universidad del Espíritu Santo de Kaslik. Sirvió después en parroquias, en centros escolares y en distintos ámbitos pastorales, especialmente con niños y jóvenes, un campo que sigue siendo su prioridad.
Don Christian preside una procesión Eucarística.
En la actualidad reside en España gracias al apoyo de la Fundación CARF, y está cursando la Licenciatura de Moral Fundamental en las Facultades Eclesiásticas de la Universidad de Navarra. Lo hace con el deseo de regresar después al Líbano con una preparación más sólida: «Lo que estudio –explica– enriquecerá mi misión educativa y pastoral con los jóvenes y los niños».
Una Iglesia de montaña, resistencia y fe
Cuando habla de su iglesia, el padre Christian lo hace con una ternura filial. Pertenece a la Iglesia maronita, una Iglesia católica oriental en plena comunión con Roma, heredera de la liturgia siro-antioquena.
Su identidad se ha forjado en la dureza de las montañas libanesas, donde sus monjes y fieles resistieron siglos de aislamiento, guerras y persecuciones. Esa historia marcó un temperamento espiritual muy propio: ascético, contemplativo y arraigado en la esperanza, un rasgo que él insiste en subrayar.
«La Iglesia maronita –explica– se distingue por su fuerte énfasis en la Encarnación, por su profundo amor a los santos, especialmente a san Marón y san Charbel, y por una espiritualidad de firmeza y perseverancia». Su liturgia, que combina el siriaco y el árabe, es rica en símbolos y en una estética que refleja siglos de fe vivida en circunstancias extremas.
Don Christian recuerda la figura de san Marón, fundador espiritual de los maronitas, cuya vida en las montañas, sostenida por la oración y la austeridad, se volvió modelo de resistencia y fidelidad. «San Marón soportó las dificultades del clima y el aislamiento. Permaneció firme en la fe y de esa firmeza se alimenta nuestra identidad maronita».
Monasterio de san Marón, cuna de millones de peregrinaciones
Entre los lugares más esperados del viaje, el Papa visitará un suburbio rural de Beirut al norte de Jbeil donde se alza el Monasterio de san Marón en Annaya, cuna de millones de peregrinaciones cada año.
Annaya es un paisaje de colinas verdes desde las que se divisa la costa, un entorno que envuelve al visitante en una calma casi sobrenatural. El papa León visitará allí la Ermita de san Charbel, un pequeño santuario donde el santo vivió en austeridad y donde hoy descansa su cuerpo incorrupto.
«Annaya –describe el padre Christian– es un centro de peregrinación mundial. Vienen cristianos de todos los ritos, pero también musulmanes que piden su intercesión con una fe sencilla y sincera». En esas montañas la diversidad religiosa no es un obstáculo, sino un testimonio vivo de una espiritualidad compartida.
Los milagros de san Charbel
También, el Papa descenderá a lagruta donde está enterrado San Charbel, el monje cristiano proclamado santo por Pablo VI, al que se atribuyen más de 29.000 milagros de curación documentadas médica y espiritualmente, muchas de ellas con informes comparativos antes y después de la sanación.
«No hay santo en el Líbano cuya devoción sea tan multitudinaria como san Charbel Makhlouf. Lo extraordinario de estos hechos no está solo en la cantidad, sino en que son milagros a personas de diversas religiones. Muchas son curaciones inexplicables de cáncer, enfermedades neurológicas o parálisis. Van acompañadas, con frecuencia, de una renovación espiritual profunda», explica este sacerdote maronita.
El padre don Christian insiste en que el verdadero milagro no es solo el físico: «no se trata aquí de una simple curación del cuerpo. El milagro más grande es el amor y el perdón. En cada milagro recordamos que Dios está con nosotros».
Un deseo para su pueblo y una oración por el Papa
Al final de la conversación, el padre Christian abre su corazón en un mensaje que resume lo que esta visita significa para él y para todo libanés: «como hijo de la Iglesia maronita, confío en que esta visita traerá un nuevo aire de consuelo para nuestro pueblo y deseo que sea un impulso espiritual que nos recuerde que la esperanza nunca decepciona».
Agradece la cercanía del Papa en un momento tan delicado y eleva una oración por la protección de los santos del Líbano: san Marón, san Charbel, santa Rafqa, san Naamatallah y tantos otros que han iluminado la tierra libanesa para que sigan protegiendo al Santo Padre en su misión y acompañen cada paso hacia su futura visita.
«Que su intercesión custodie también a nuestro país, fortalezca a su pueblo y mantenga viva la esperanza en medio de los desafíos que enfrentamos. Con la gracia de Dios y el amparo de nuestros santos, confiamos en que llegará un tiempo nuevo de paz, unidad y renovación para todo el Líbano».
En las palabras de don Christian se percibe que esa esperanza no es una idea teórica o un vago deseo: se trata de una certeza que emerge de la fe de su pueblo, una fe que sigue viva en las montañas, en los monasterios, en las calles de Beirut y en cada libanés que espera consuelo.
Marta Santín, periodista especializada en religión.
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Preguntas y respuestas
¿Cuándo va el Santo Padre a Turquía?
El jueves, 27 de noviembre de 2025, por la mañana llegará a la capital Ankara.
¿Y cuándo llegará a Líbano?
Llegará al país del cedro el 30 de noviembre y regresará a Roma el 2 de diciembre, tras una visita previa a Turquía entre el 27 y el 30 de noviembre.
¿Cuáles son los motivos del viaje?
El objetivo del viaje será promover el diálogo y la unidad entre los todos cristianos, y fomentar el diálogo interreligioso en una zona del mundo compleja, con una rica historia y marcada por las tensiones actuales.
Arthur Cesar: «sentí una paz que confirmaba que era Dios quien me llamaba»
Arthur, seminarista de 25 años de Brasil, vive una intensa experiencia de formación integral en su camino al sacerdocio. Gracias a la ayuda de los benefactores y amigos de la Fundación CARF, está cursando su tercer año del Bachillerato en Teología de la Universidad de Navarra, como parte esencial de su formación sacerdotal. Además, lleva año y medio viviendo en el seminario internacional Bidasoa. Su historia vocacional comenzó en la parroquia de su infancia y maduró hasta convertirse en una entrega total al sacerdocio.
Una vida marcada por la fe y el servicio desde niño
Creció en un hogar profundamente católico: sus padres y su abuela estaban implicados en la vida parroquial y fueron ellos quienes, con paciencia, le animaron a dar los primeros pasos en la Iglesia. Aunque al principio le costaba ir a celebraciones y actividades, la convivencia familiar le fue formando en la fe.
La música se convirtió en su primer puente con la comunidad. A los diez años empezó a aprender a tocar la guitarra y, entre los 12 y los 19, formó parte del coro parroquial. Aquella afición le ayudó a servir a la Iglesia: los fines de semana estudiaba y colaboraba en la parroquia, como la mayoría de los jóvenes de su entorno.
La influencia familiar
Arthur recuerda con emoción a su hermana menor, y da gracias por su fe. Ver cómo ella sirve a los demás con alegría, y siente también llamada, le llena de gratitud y esperanza.
La llamada al sacerdocio: dos momentos que lo cambiaron todo
Son dos los acontecimientos que, según cuenta, marcaron profundamente su vocación sacerdotal. El primero fue su Confirmación, a los 17 años. Aquel sacramento transformó su interior: comprendió por primera vez lo que significa pertenecer a Cristo y sintió la necesidad de anunciar la alegría de la fe. Con algunos amigos creó un grupo juvenil y se pusieron al servicio del párroco.
El segundo momento fue un retiro juvenil en junio de 2018. Entró convencido de que su futuro sería una carrera civil y una familia, pero el domingo salió decidido a ingresar en el seminario: «una experiencia interior profunda, un encuentro real en el que Dios habla al corazón y una paz inconfundible que me confirmaba que era Él quien llama».
Tras seis meses de acompañamiento parroquial y un año en el grupo vocacional de su archidiócesis, fue invitado a ingresar en el seminario São José en febrero de 2020. Desde entonces ha ido revisando su vida: más sacramentos (Confesión frecuente y Misa diaria), dirección espiritual y una entrega continuada a la formación de sacerdotes.
La experiencia del retiro
Describe el retiro como el punto de inflexión: no fue una intuición pasajera, sino una certeza apacible que le llamó a una entrega ministerial completa.
Evangelizar en contextos diversos: de Río a España
La archidiócesis de São Sebastião de Rio de Janeiro es inmensa y diversa: unos 4.700 km², más de 750 sacerdotes y cerca de 298 parroquias. Evangelizar allí implica a los que trabajan a enfrentarse a realidades muy distintas –desde zonas rurales hasta favelas o barrios acomodados– y a un desafío: buena parte de la población no es católica practicante.
Arthur destaca la labor del cardenal Orani João como promotor de unidad y de iniciativas que acercan la Iglesia a profesionales y educadores. Aun así, el secularismo afecta especialmente a los jóvenes: «el testimonio de tantos católicos comprometidos es como una farola que, poco a poco, alumbra más las calles de nuestra ciudad».
Arthur Cesar, seminarista de la Archidiócesis de São Sebastião de Rio de Janeiro.
Para él, la evangelización en contextos secularizados pasa primero por el testimonio de vida: «Más que palabras, la vida transformada por Cristo convence. El mundo no necesita versiones diluidas de la Iglesia; necesita autenticidad: doctrina sólida, moral clara, culto digno y un lenguaje que entienda toda la gente».
El sacerdote de hoy
En su opinión, el sacerdote del siglo XXI debe perseverar en una vida recta y virtuosa. «El pueblo no busca organizadores de eventos, sino cercanía, sacramentos y formación. La primera llamada del sacerdote es a la santidad; ser un ejemplo y compañero en la búsqueda de Cristo», afirma.
Formándose en España, Arthur ha observado una devoción popular admirable en España. Por ejemplo, en los pasos de Semana Santa, aunque a veces vaciada de raíz espiritual: «me impresiona su belleza, pero es doloroso cuando la participación se queda en lo cultural y no sigue con la asistencia a la Misa del Domingo de Pascua».
Procedente de una archidiócesis viva y compleja, Arthur mira con esperanza la misión de la Iglesia: pide sacerdotes perseverantes y santos, dispuestos a entregar la vida para acercar cada corazón a Cristo. Su testimonio –apoyado por la formación en la Universidad de Navarra y por la ayuda de la Fundación CARF– es un ejemplo de fidelidad y servicio.
Marta Santín, periodista especializada en religión.
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Cristo Rey, solemnidad 2025
En el último domingo del año litúrgico se celebra la solemnidad de Cristo Rey del universo. Ofrecemos el texto y el audio de la homilía que san Josemaría predicó el 22 de noviembre de 1970 y una breve reseña histórica del origen de la fiesta.
Texto y audio de la homilía: en la fiesta de Cristo Rey, pronunciada el 22-XI-1970 por san Josemaría.
Historia de la solemnidad de Cristo Rey
En el año 325, se celebró el primer concilio ecuménico en la ciudad de Nicea, en Asia Menor. En esta ocasión, se definió la divinidad de Cristo contra las herejías de Arrio: «Cristo es Dios, Luz de Luz, Dios verdadero de Dios verdadero». El concilio fue convocado por el emperador romanoConstantino I.
Sus principales logros fueron el arreglo de la cuestión cristológica de la naturaleza del Hijo de Dios y su relación con Dios Padre, la construcción de la primera parte del Símbolo niceno (primera doctrina cristiana uniforme), el establecimiento del cumplimiento uniforme de la fecha de la Pascua, y la promulgación del primer código de derecho canónico.
En 1925,1600 años después, el papa Pío XI proclamó que el mejor modo de que la sociedad civil obtenga «justa libertad, tranquilidad y disciplina, paz y concordia» es que los hombres reconozcan, pública y privadamente, la realeza de Cristo:
«Porque para instruir al pueblo en las cosas de la fe –escribió– mucha más eficacia tienen las fiestas anuales de los sagrados misterios que cualesquiera enseñanzas, por autorizadas que sean, del eclesiástico magisterio (…) e instruyen a todos los fieles (…) cada año y perpetuamente; (…) penetran no solo en la mente, sino también en el corazón, en el hombre entero». (Encíclica Quas primas, 11 de diciembre de 1925).
La fecha original de la fiesta era el último domingo de octubre, esto es, el domingo que inmediatamente antecede a la festividad de Todos los Santos; pero con la reforma de 1969, se trasladó al último domingo del año litúrgico, para subrayar que Jesucristo, el Rey, es la meta de nuestra peregrinación terrenal.
Los textos bíblicos cambian en los tres ciclos litúrgicos, lo que nos permite captar plenamente la figura de Jesús.
Cristo Rey, colofón y final del año litúrgico
La solemnidad de Cristo Rey del universo, que cierra el año litúrgico, es una proclamación de la realeza de Jesucristo. Instituida por Pío XI esta fiesta responde a la necesidad de recordar que, aunque su reino no es de este mundo, Cristo posee una autoridad universal sobre toda la creación y sobre cada corazón humano.
Jesús es Rey no por poderío terrenal o dominación política, sino por su amor redentor y su entrega en la cruz. Su Reino es un reino de verdad, justicia, santidad y gracia; un reino de amor, paz y caridad. Como nos enseña la liturgia, él es el "Rey de reyes y Señor de señores" (Ap 19,16), cuyo trono es la cruz y su corona de espinas.
Celebrar a Cristo Rey es reconocer su soberanía en nuestras vidas personales y en la sociedad, comprometiéndonos a construir un mundo según los valores de su Evangelio. Es mirar hacia el final de los tiempos, cuando "Cristo sea todo en todos" (Col 3,11), y su Reino se manifieste en plenitud.
Texto completo de la homilía Cristo Rey de san Josemaría
Termina el año litúrgico, y en el Santo Sacrificio del Altar renovamos al Padre el ofrecimiento de la Víctima, Cristo, Rey de santidad y de gracia, rey de justicia, de amor y de paz, como leeremos dentro de poco en el Prefacio. Todos percibís en vuestras almas una alegría inmensa, al considerar la santa Humanidad de Nuestro Señor: un Rey con corazón de carne, como el nuestro; que es autor del universo y de cada una de las criaturas, y que no se impone dominando: mendiga un poco de amor, mostrándonos, en silencio, sus manos llagadas.
¿Por qué, entonces, tantos lo ignoran? ¿Por qué se oye aún esa protesta cruel: nolumus hunc regnare super nos, no queremos que éste reine sobre nosotros? En la tierra hay millones de hombres que se encaran así con Jesucristo o, mejor dicho, con la sombra de Jesucristo, porque a Cristo no lo conocen, ni han visto la belleza de su rostro, ni saben la maravilla de su doctrina.
Ante ese triste espectáculo, me siento inclinado a desagraviar al Señor. Al escuchar ese clamor que no cesa y que, más que de voces, está hecho de obras poco nobles, experimento la necesidad de gritar alto: oportet illum regnare!, conviene que Él reine.
Oposición a Cristo
Muchos no soportan que Cristo reine; se oponen a Él de mil formas: en los diseños generales del mundo y de la convivencia humana; en las costumbres, en la ciencia, en el arte. ¡Hasta en la misma vida de la Iglesia! Yo no hablo –escribe S. Agustín– de los malvados que blasfeman de Cristo. Son raros, en efecto, los que lo blasfeman con la lengua, pero son muchos los que lo blasfeman con la propia conducta.
A algunos les molesta incluso la expresión Cristo Rey: por una superficial cuestión de palabras, como si el reinado de Cristo pudiese confundirse con fórmulas políticas; o porque, la confesión de la realeza del Señor, les llevaría a admitir una ley. Y no toleran la ley, ni siquiera la del precepto entrañable de la caridad, porque no desean acercarse al amor de Dios: ambicionan sólo servir al propio egoísmo.
El Señor me ha empujado a repetir, desde hace mucho tiempo, un grito callado: serviam!, serviré. Que Él nos aumente esos afanes de entrega, de fidelidad a su divina llamada –con naturalidad, sin aparato, sin ruido–, en medio de la calle. Démosle gracias desde el fondo del corazón. Dirijámosle una oración de súbditos, ¡de hijos!, y la lengua y el paladar se nos llenarán de leche y de miel, nos sabrá a panal tratar del Reino de Dios, que es un Reino de libertad, de la libertad que Él nos ganó.
Cristo, Señor del mundo
Quisiera que considerásemos cómo ese Cristo, que –Niño amable– vimos nacer en Belén, es el Señor del mundo: pues por Él fueron creados todos los seres en los cielos y en la tierra; Él ha reconciliado con el Padre todas las cosas, restableciendo la paz entre el cielo y la tierra, por medio de la sangre que derramó en la cruz.
Hoy Cristo reina, a la diestra del Padre: declaran aquellos dos ángeles de blancas vestiduras, a los discípulos que estaban atónitos contemplando las nubes, después de la Ascensión del Señor: varones de Galilea ¿por qué estáis ahí mirando al cielo? Este Jesús, que separándose de vosotros ha subido al cielo, vendrá de la misma manera que le acabáis de ver subir.
Por Él reinan los reyes, con la diferencia de que los reyes, las autoridades humanas, pasan; y el reino de Cristo permanecerá por toda la eternidad, su reino es un reino eterno y su dominación perdura de generación en generación.
El reino de Cristo no es un modo de decir, ni una imagen retórica. Cristo vive, también como hombre, con aquel mismo cuerpo que asumió en la Encarnación, que resucitó después de la Cruz y subsiste glorificado en la Persona del Verbo juntamente con su alma humana. Cristo, Dios y Hombre verdadero, vive y reina y es el Señor del mundo. Sólo por Él se mantiene en vida todo lo que vive.
¿Por qué, entonces, no se aparece ahora en toda su gloria? Porque su reino no es de este mundo, aunque está en el mundo. Había replicado Jesús a Pilatos: Yo soy rey. Yo para esto nací: para dar testimonio de la verdad; todo aquel que pertenece a la verdad, escucha mi voz. Los que esperaban del Mesías un poderío temporal visible, se equivocaban: que no consiste el reino de Dios en el comer ni en el beber, sino en la justicia, en la paz y en el gozo del Espíritu Santo.
Verdad y justicia; paz y gozo en el Espíritu Santo. Ese es el reino de Cristo: la acción divina que salva a los hombres y que culminará cuando la historia acabe, y el Señor, que se sienta en lo más alto del paraíso, venga a juzgar definitivamente a los hombres.
Cuando Cristo inicia su predicación en la tierra, no ofrece un programa político, sino que dice: haced penitencia, porque está cerca el reino de los cielos; encarga a sus discípulos que anuncien esa buena nueva, y enseña que se pida en la oración el advenimiento del reino. Esto es el reino de Dios y su justicia, una vida santa: lo que hemos de buscar primero, lo único verdaderamente necesario.
La salvación, que predica Nuestro Señor Jesucristo, es una invitación dirigida a todos: acontece lo que a cierto rey, que celebró las bodas de su hijo y envió a los criados a llamar a los convidados a las bodas. Por eso, el Señor revela que el reino de los cielos está en medio de vosotros.
Nadie se encuentra excluido de la salvación, si se allana libremente a las exigencias amorosas de Cristo: nacer de nuevo, hacerse como niños, en la sencillez de espíritu; alejar el corazón de todo lo que aparte de Dios. Jesús quiere hechos, no sólo palabras. Y un esfuerzo denodado, porque sólo los que luchan serán merecedores de la herencia eterna.
La perfección del reino –el juicio definitivo de salvación o de condenación– no se dará en la tierra. Ahora el reino es como una siembra, como el crecimiento del grano de mostaza; su fin será como la pesca con la red barredera, de la que –traída a la arena– serán extraídos, para suertes distintas, los que obraron la justicia y los que ejecutaron la iniquidad. Pero, mientras vivimos aquí, el reino se asemeja a la levadura que cogió una mujer y la mezcló con tres celemines de harina, hasta que toda la masa quedó fermentada.
Quien entiende el reino que Cristo propone, advierte que vale la pena jugarse todo por conseguirlo: es la perla que el mercader adquiere a costa de vender lo que posee, es el tesoro hallado en el campo. El reino de los cielos es una conquista difícil: nadie está seguro de alcanzarlo, pero el clamor humilde del hombre arrepentido logra que se abran sus puertas de par en par. Uno de los ladrones que fueron crucificados con Jesús le suplica: Señor, acuérdate de mí cuando hayas llegado a tu reino. Y Jesús le respondió: en verdad te digo que hoy estarás conmigo en el paraíso.
El reino en el alma
¡Qué grande eres, Señor y Dios nuestro! Tú eres el que pones en nuestra vida el sentido sobrenatural y la eficacia divina. Tú eres la causa de que, por amor de tu Hijo, con todas las fuerzas de nuestro ser, con el alma y con el cuerpo podamos repetir: oportet illum regnare!, mientras resuena la copla de nuestra debilidad, porque sabes que somos criaturas –¡y qué criaturas!– hechas de barro, no sólo en los pies, también en el corazón y en la cabeza. A lo divino, vibraremos exclusivamente por ti.
Cristo debe reinar, antes que nada, en nuestra alma. Pero qué responderíamos, si Él preguntase: tú, ¿cómo me dejas reinar en ti? Yo le contestaría que, para que Él reine en mí, necesito su gracia abundante: únicamente así hasta el último latido, hasta la última respiración, hasta la mirada menos intensa, hasta la palabra más corriente, hasta la sensación más elemental se traducirán en un hosanna a mi Cristo Rey.
Si pretendemos que Cristo reine, hemos de ser coherentes: comenzar por entregarle nuestro corazón. Si no lo hiciésemos, hablar del reinado de Cristo sería vocerío sin sustancia cristiana, manifestación exterior de una fe que no existiría, utilización fraudulenta del nombre de Dios para las componendas humanas.
Si la condición para que Jesús reinase en mi alma, en tu alma, fuese contar previamente en nosotros con un lugar perfecto, tendríamos razón para desesperarnos. Pero no temas, hija de Sión: mira a tu Rey, que viene sentado sobre un borrico. ¿Lo veis? Jesús se contenta con un pobre animal, por trono. No sé a vosotros; pero a mí no me humilla reconocerme, a los ojos del Señor, como jumento: como un borriquito soy yo delante de ti; pero estaré siempre a tu lado, porque tú me has tomado de tu diestra, tú me llevas por el ronzal.
Pensad en las características de un asno, ahora que van quedando tan pocos. No en el burro viejo y terco, rencoroso, que se venga con una coz traicionera, sino en el pollino joven: las orejas estiradas como antenas, austero en la comida, duro en el trabajo, con el trote decidido y alegre. Hay cientos de animales más hermosos, más hábiles y más crueles.
Pero Cristo se fijó en él, para presentarse como rey ante el pueblo que lo aclamaba. Porque Jesús no sabe qué hacer con la astucia calculadora, con la crueldad de corazones fríos, con la hermosura vistosa pero hueca. Nuestro Señor estima la alegría de un corazón mozo, el paso sencillo, la voz sin falsete, los ojos limpios, el oído atento a su palabra de cariño. Así reina en el alma.
Reinar sirviendo
Si dejamos que Cristo reine en nuestra alma, no nos convertiremos en dominadores, seremos servidores de todos los hombres. Servicio. ¡Cómo me gusta esta palabra! Servir a mi Rey y, por Él, a todos los que han sido redimidos con su sangre. ¡Si los cristianos supiésemos servir! Vamos a confiar al Señor nuestra decisión de aprender a realizar esta tarea de servicio, porque sólo sirviendo podremos conocer y amar a Cristo, y darlo a conocer y lograr que otros más lo amen.
¿Cómo lo mostraremos a las almas? Con el ejemplo: que seamos testimonio suyo, con nuestra voluntaria servidumbre a Jesucristo, en todas nuestras actividades, porque es el Señor de todas las realidades de nuestra vida, porque es la única y la última razón de nuestra existencia. Después, cuando hayamos prestado ese testimonio del ejemplo, seremos capaces de instruir con la palabra, con la doctrina. Así obró Cristo: coepit facere et docere, primero enseñó con obras, luego con su predicación divina.
Servir a los demás, por Cristo, exige ser muy humanos. Si nuestra vida es deshumana, Dios no edificará nada en ella, porque ordinariamente no construye sobre el desorden, sobre el egoísmo, sobre la prepotencia. Hemos de comprender a todos, hemos de convivir con todos, hemos de disculpar a todos, hemos de perdonar a todos.
No diremos que lo injusto es justo, que la ofensa a Dios no es ofensa a Dios, que lo malo es bueno. Pero, ante el mal, no contestaremos con otro mal, sino con la doctrina clara y con la acción buena: ahogando el mal en abundancia de bien. Así Cristo reinará en nuestra alma, y en las almas de los que nos rodean.
Intentan algunos construir la paz en el mundo, sin poner amor de Dios en sus propios corazones, sin servir por amor de Dios a las criaturas. ¿Cómo será posible efectuar, de ese modo, una misión de paz? La paz de Cristo es la del reino de Cristo; y el reino de nuestro Señor ha de cimentarse en el deseo de santidad, en la disposición humilde para recibir la gracia, en una esforzada acción de justicia, en un divino derroche de amor.
Cristo en la cumbre de las actividades humanas
Esto es realizable, no es un sueño inútil. ¡Si los hombres nos decidiésemos a albergar en nuestros corazones el amor de Dios! Cristo, Señor Nuestro, fue crucificado y, desde la altura de la Cruz, redimió al mundo, restableciendo la paz entre Dios y los hombres.
Jesucristo recuerda a todos: et ego, si exaltatus fuero a terra, omnia traham ad meipsum, si vosotros me colocáis en la cumbre de todas las actividades de la tierra, cumpliendo el deber de cada momento, siendo mi testimonio en lo que parece grande y en lo que parece pequeño, omnia traham ad meipsum, todo lo atraeré hacia mí. ¡Mi reino entre vosotros será una realidad!
Cristo, Nuestro Señor, sigue empeñado en esta siembra de salvación de los hombres y de la creación entera, de este mundo nuestro, que es bueno, porque salió bueno de las manos de Dios. Fue la ofensa de Adán, el pecado de la soberbia humana, el que rompió la armonía divina de lo creado.
Pero Dios Padre, cuando llegó la plenitud de los tiempos, envió a su Hijo Unigénito, que –por obra del Espíritu Santo– tomó carne en María siempre Virgen, para restablecer la paz, para que, redimiendo al hombre del pecado, adoptionem filiorum reciperemus, fuéramos constituidos hijos de Dios, capaces de participar en la intimidad divina: para que así fuera concedido a este hombre nuevo, a esta nueva rama de los hijos de Dios, liberar el universo entero del desorden, restaurando todas las cosas en Cristo, que los ha reconciliado con Dios.
A esto hemos sido llamados los cristianos, ésa es nuestra tarea apostólica y el afán que nos debe comer el alma: lograr que sea realidad el reino de Cristo, que no haya más odios ni más crueldades, que extendamos en la tierra el bálsamo fuerte y pacífico del amor.
Pidamos hoy a nuestro Rey que nos haga colaborar humilde y fervorosamente en el divino propósito de unir lo que está roto, de salvar lo que está perdido, de ordenar lo que el hombre ha desordenado, de llevar a su fin lo que se descamina, de reconstruir la concordia de todo lo creado.
Abrazar la fe cristiana es comprometerse a continuar entre las criaturas la misión de Jesús. Hemos de ser, cada uno de nosotros, alter Christus, ipse Christus, otro Cristo, el mismo Cristo. Sólo así podremos emprender esa empresa grande, inmensa, interminable: santificar desde dentro todas las estructuras temporales, llevando allí el fermento de la Redención.
Nunca hablo de política. No pienso en el cometido de los cristianos en la tierra como en el brotar de una corriente político-religiosa –sería una locura–, ni siquiera aunque tenga el buen propósito de infundir el espíritu de Cristo en todas las actividades de los hombres.
Lo que hay que meter en Dios es el corazón de cada uno, sea quien sea. Procuremos hablar para cada cristiano, para que allí donde está –en circunstancias que no dependen sólo de su posición en la Iglesia o en la vida civil, sino del resultado de las cambiantes situaciones históricas–, sepa dar testimonio, con el ejemplo y con la palabra, de la fe que profesa.
El cristiano vive en el mundo con pleno derecho, por ser hombre. Si acepta que en su corazón habite Cristo, que reine Cristo, en todo su quehacer humano se encontrará –bien fuerte– la eficacia salvadora del Señor. No importa que esa ocupación sea, como suele decirse, alta o baja; porque una cumbre humana puede ser, a los ojos de Dios, una bajeza; y lo que llamamos bajo o modesto puede ser una cima cristiana, de santidad y de servicio.
La libertad personal
El cristiano, cuando trabaja, como es su obligación, no debe soslayar ni burlar las exigencias propias de lo natural. Si con la expresión bendecir las actividades humanas se entendiese anular o escamotear su dinámica propia, me negaría a usar esas palabras.
Personalmente no me ha convencido nunca que las actividades corrientes de los hombres ostenten, como un letrero postizo, un calificativo confesional. Porque me parece, aunque respeto la opinión contraria, que se corre el peligro de usar en vano el nombre santo de nuestra fe, y además porque, en ocasiones, la etiqueta católica se ha utilizado hasta para justificar actitudes y operaciones que no son a veces honradamente humanas.
Si el mundo y todo lo que en él hay –menos el pecado– es bueno, porque es obra de Dios Nuestro Señor, el cristiano, luchando continuamente por evitar las ofensas a Dios –una lucha positiva de amor–, ha de dedicarse a todo lo terreno, codo a codo con los demás ciudadanos; debe defender todos los bienes derivados de la dignidad de la persona.
Y existe un bien que deberá siempre buscar especialmente: el de la libertad personal. Sólo si defiende la libertad individual de los demás con la correspondiente personal responsabilidad, podrá, con honradez humana y cristiana, defender de la misma manera la suya.
Repito y repetiré sin cesar que el Señor nos ha dado gratuitamente un gran regalo sobrenatural, la gracia divina; y otra maravillosa dádiva humana, la libertad personal, que exige de nosotros –para que no se corrompa, convirtiéndose en libertinaje–integridad, empeño eficaz en desenvolver nuestra conducta dentro de la ley divina, porque donde está el Espíritu de Dios, allí hay libertad.
El Reino de Cristo es de libertad: aquí no existen más siervos que los que libremente se encadenan, por Amor a Dios. ¡Bendita esclavitud de amor, que nos hace libres! Sin libertad, no podemos corresponder a la gracia; sin libertad, no podemos entregarnos libremente al Señor, con la razón más sobrenatural: porque nos da la gana.
Algunos de los que me escucháis me conocéis desde muchos años atrás. Podéis atestiguar que llevo toda mi vida predicando la libertad personal, con personal responsabilidad. La he buscado y la busco, por toda la tierra, como Diógenes buscaba un hombre. Y cada día la amo más, la amo sobre todas las cosas terrenas: es un tesoro que no apreciaremos nunca bastante.
Cuando hablo de libertad personal, no me refiero con esta excusa a otros problemas quizá muy legítimos, que no corresponden a mi oficio de sacerdote. Sé que no me corresponde tratar de temas seculares y transitorios, que pertenecen a la esfera temporal y civil, materias que el Señor ha dejado a la libre y serena controversia de los hombres.
Sé también que los labios del sacerdote, evitando del todo banderías humanas, han de abrirse sólo para conducir las almas a Dios, a su doctrina espiritual salvadora, a los sacramentos que Jesucristo instituyó, a la vida interior que nos acerca al Señor sabiéndonos sus hijos y, por tanto, hermanos de todos los hombres sin excepción.
Celebramos hoy la fiesta de Cristo Rey. Y no me salgo de mi oficio de sacerdote cuando digo que, si alguno entendiese el reino de Cristo como un programa político, no habría profundizado en la finalidad sobrenatural de la fe y estaría a un paso de gravar las conciencias con pesos que no son los de Jesús, porque su yugo es suave y su carga ligera.
Amemos de verdad a todos los hombres; amemos a Cristo, por encima de todo; y, entonces, no tendremos más remedio que amar la legítima libertad de los otros, en una pacífica y razonable convivencia.
Serenos, hijos de Dios
Me sugeriréis, quizá: pero pocos quieren oír esto y, menos aún, ponerlo en práctica. Me consta: la libertad es una planta fuerte y sana, que se aclimata mal entre piedras, entre espinas o en los caminos pisoteados por las gentes. Ya nos había sido anunciado, aun antes de que Cristo viniese a la tierra. Recordad el salmo segundo: ¿por qué se han amotinado las naciones, y los pueblos traman cosas vanas? Se han levantado los reyes de la tierra, y se han reunido los príncipes contra el Señor y contra su Cristo. ¿Lo veis? Nada nuevo.
Se oponían a Cristo antes de que naciese; se le opusieron, mientras sus pies pacíficos recorrían los senderos de Palestina; lo persiguieron después y ahora, atacando a los miembros de su Cuerpo místico y real. ¿Por qué tanto odio, por qué este cebarse en la cándida simplicidad, por qué este universal aplastamiento de la libertad de cada conciencia?
Rompamos sus ataduras y sacudamos lejos de nosotros su yugo. Rompen el yugo suave, arrojan de sí su carga, maravillosa carga de santidad y de justicia, de gracia, de amor y de paz. Rabian ante el amor, se ríen de la bondad inerme de un Dios que renuncia al uso de sus legiones de ángeles para defenderse. Si el Señor admitiera la componenda, si sacrificase a unos pocos inocentes para satisfacer a una mayoría de culpables, aun podrían intentar un entendimiento con Él.
Pero no es ésta la lógica de Dios. Nuestro Padre es verdaderamente padre, y está dispuesto a perdonar a miles de obradores del mal, con tal que haya sólo diez justos. Los que se mueven por el odio no pueden entender esta misericordia, y se refuerzan en su aparente impunidad terrena, alimentándose de la injusticia.
El que habita en los cielos se reirá de ellos, se burlará de ellos el Señor. Entonces les hablará en su indignación y les llenará de terror con su ira. ¡Qué legítima es la ira de Dios y qué justo su furor, qué grande también su clemencia!
Yo he sido por Él constituido Rey sobre Sión, su monte santo, para predicar su Ley. A mí me ha dicho el Señor: Tú eres mi hijo, yo te he engendrado hoy. La misericordia de Dios Padre nos ha dado como Rey a su Hijo. Cuando amenaza, se enternece; anuncia su ira y nos entrega su amor. Tú eres mi hijo: se dirige a Cristo y se dirige a ti y a mí, si nos decidimos a ser alter Christus, ipse Christus.
Las palabras no pueden seguir al corazón, que se emociona ante la bondad de Dios. Nos dice: tú eres mi hijo. No un extraño, no un siervo benévolamente tratado, no un amigo, que ya sería mucho. ¡Hijo! Nos concede vía libre para que vivamos con Él la piedad del hijo y, me atrevería a afirmar, también la desvergüenza del hijo de un Padre, que es incapaz de negarle nada.
¿Que hay muchos empeñados en comportarse con injusticia? Sí, pero el Señor insiste: pídeme, te daré las naciones en herencia, y extenderé tus dominios hasta los confines de la tierra. Los regirás con vara de hierro y como a vaso de alfarero los romperás. Son promesas fuertes, y son de Dios: no podemos disimularlas. No en vano Cristo es Redentor del mundo, y reina, soberano, a la diestra del Padre. Es el terrible anuncio de lo que aguarda a cada uno, cuando la vida pase, porque pasa; y a todos, cuando la historia acabe, si el corazón se endurece en el mal y en la desesperanza.
Sin embargo Dios, que puede vencer siempre, prefiere convencer: ahora, reyes, gobernantes, entendedlo bien; dejaos instruir, los que juzgáis en la tierra. Servid al Señor con temor y ensalzadle con temblor. Abrazad la buena doctrina, no sea que al fin el Señor se enoje y perezcáis fuera del buen camino, pues se inflama de pronto su ira. Cristo es el Señor, el Rey.
Nosotros os anunciamos el cumplimiento de la promesa hecha a nuestros padres: la que Dios ha cumplido delante de nuestros hijos al resucitar a Jesús, según está escrito en el salmo segundo: Tú eres Hijo mío, yo te he engendrado hoy...
Ahora pues, hermanos míos, tened entendido que por medio de Jesús se os ofrece la remisión de los pecados y de todas las manchas de que no habéis podido ser justificados en virtud de la ley mosaica: todo el que cree en Él es justificado. Mirad que no recaiga sobre vosotros lo que se halla dicho en los profetas: reparad, los que despreciáis, llenaos de pavor y quedad desolados; porque voy a realizar en vuestros días una obra, en la que no acabaréis de creer por más que os la cuenten.
Es la obra de la salvación, el reinado de Cristo en las almas, la manifestación de la misericordia de Dios. ¡Venturosos los que a Él se acogen!. Tenemos derecho, los cristianos, a ensalzar la realeza de Cristo: porque, aunque abunde la injusticia, aunque muchos no deseen este reinado de amor, en la misma historia humana que es el escenario del mal, se va tejiendo la obra de la salvación eterna.
Ángeles de Dios
Ego cogito cogitationes pacis et non afflictionis, yo pienso pensamientos de paz y no de tristeza, dice el Señor. Seamos hombres de paz, hombres de justicia, hacedores del bien, y el Señor no será para nosotros Juez, sino amigo, hermano, Amor.
Que en este caminar –¡alegre!– por la tierra, nos acompañen los ángeles de Dios. Antes del nacimiento de nuestro Redentor, escribe San Gregorio Magno, nosotros habíamos perdido la amistad de los ángeles. La culpa original y nuestros pecados cotidianos nos habían alejado de su luminosa pureza,... Pero desde el momento en que nosotros hemos reconocido a nuestro Rey, los ángeles nos han reconocido como conciudadanos.
Y como el Rey de los cielos ha querido tomar nuestra carne terrena, los ángeles ya no se alejan de nuestra miseria. No se atreven a considerar inferior a la suya esta naturaleza que adoran, viéndola ensalzada, por encima de ellos, en la persona del rey del cielo; y no tienen ya inconveniente en considerar al hombre como un compañero.
María, la Madre santa de nuestro Rey, la Reina de nuestro corazón, cuida de nosotros como sólo Ella sabe hacerlo. Madre compasiva, trono de la gracia: te pedimos que sepamos componer en nuestra vida y en la vida de los que nos rodean, verso a verso, el poema sencillo de la caridad, quasi fluvium pacis, como un río de paz. Porque Tú eres mar de inagotable misericordia: los ríos van todos al mar y la mar no se llena.
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San Juan Pablo II: si sientes la llamada, no la acalles
Con motivo de la festividad de san Juan Pablo II, del 22 de octubre, recordamos uno de sus discursos más emblemáticos y emotivos dirigidos a los jóvenes. El 3 de mayo de 2003, en Cuatro Vientos (Madrid), san Juan Pablo II, en el ocaso de su pontificado, lanzó a los jóvenes un desafío de fe, esperanza y vocación.
Repasamos el texto completo de aquella intervención, unas palabras que conservan intacta su fuerza para inspirar a jóvenes de cuerpo y de espíritu.
San Juan Pablo II con los jóvenes en Cuatro Vientos en su última visita: 3 de mayo de 2003. Foto: Alfa & Omega.
Discurso a los jóvenes de san Juan Pablo II en Cuatro Vientos
1. Conducidos de la mano de la Virgen María y acompañados por el ejemplo y la intercesión de los nuevos Santos, hemos recorrido en la oración diversos momentos de la vida de Jesús.
El Rosario, en efecto, en su sencillez y profundidad, es un verdadero compendio del Evangelio y conduce al corazón mismo del mensaje cristiano: “Tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo único, para que todo el que crea en El no perezca, sino que tenga vida eterna” (Jn 3, 16).
María, además de ser la Madre cercana, discreta y comprensiva, es la mejor Maestra para llegar al conocimiento de la verdad a través de la contemplación. El drama de la cultura actual es la falta de interioridad, la ausencia de contemplación. Sin interioridad la cultura carece de entrañas, es como un cuerpo que no ha encontrado todavía su alma.
¿De qué es capaz la humanidad sin interioridad? Lamentablemente, conocemos muy bien la respuesta. Cuando falta el espíritu contemplativo no se defiende la viday se degenera todo lo humano. Sin interioridad el hombre moderno pone en peligro su misma integridad.
Jóvenes llamados ser la nueva Europa
2. Queridos jóvenes, os invito a formar parte de la “Escuela de la Virgen María”. Ella es modelo insuperable de contemplación y ejemplo admirable de interioridad fecunda, gozosa y enriquecedora. Ella os enseñará a no separar nunca la acción de la contemplación, así contribuiréis mejor a hacer realidad un gran sueño: el nacimiento de la nueva Europa del espíritu.
Una Europa fiel a sus raíces cristianas, no encerrada en sí misma sino abierta al diálogo y a la colaboración con los demás pueblos de la tierra; una Europa consciente de estar llamada a ser faro de civilización y estímulo de progresopara el mundo, decidida a aunar sus esfuerzos y su creatividad al servicio de la paz y de la solidaridad entre los pueblos.
Jóvenes artífices de la paz
3. Amados jóvenes, sabéis bien cuánto me preocupa la paz en el mundo. La espiral de la violencia, el terrorismo y la guerra provoca, todavía en nuestros días, odio y muerte. La paz –lo sabemos– es ante todo un don de lo Alto que debemos pedir con insistenciay que, además, debemos construir entre todos mediante una profunda conversión interior. Por eso, hoy quiero comprometeros a ser operadores y artífices de paz. Responded a la violencia ciega y al odio inhumano con el poder fascinante del amor. Venced la enemistad con la fuerza del perdón. Manteneos lejos de toda forma de nacionalismo exasperado, de racismo y de intolerancia.
Testimoniad con vuestra vida quelas ideas no se imponen, sino que se proponen. ¡Nunca os dejéis desalentar por el mal! Para ello necesitáis la ayuda de la oración y el consuelo que brota de una amistad íntima con Cristo. Sólo así, viviendo la experiencia del amor de Dios e irradiando la fraternidad evangélica, podréis ser los constructores de un mundo mejor, auténticos hombres y mujeres pacíficos y pacificadores.
El encuentro con Cristo transforma nuestra vida
4. Mañana tendré la dicha de proclamar cinco nuevos santos, hijos e hijas de esta noble nación y de esta Iglesia. Ellos «fueron jóvenes como vosotros, llenos de energía, ilusión y ganas de vivir. El encuentro con Cristo transformó sus vidas (...) Por eso, fueron capaces de arrastrar a otros jóvenes, amigos suyos, y de crear obras de oración, evangelización y caridad que aún perduran» (Mensaje de los Obispos españoles con ocasión del viaje del Santo Padre, 4).
Foto vía: Vicens + Ramos
Queridos jóvenes, ¡id con confianza al encuentro de Jesús! y, como los nuevos santos, ¡no tengáis miedo de hablar de Él! pues Cristo es la respuesta verdadera a todas las preguntas sobre el hombre y su destino. Es preciso que vosotros jóvenes os convirtáis en apóstoles de vuestros coetáneos. Sé muy bien que esto no es fácil. Muchas veces tendréis la tentación de decir como el profeta Jeremías: “¡Ah, Señor! Mira que no sé expresarme, que soy un muchacho” (Jr 1, 6). No os desaniméis, porque no estáis solos: el Señor nunca dejará de acompañaros, con su gracia y el don de su Espíritu.
Vale la pena dedicarse a la causa de Cristo
5. Esta presencia fiel del Señor os hace capaces de asumir el compromiso de la nueva evangelización, a la que todos los hijos de la Iglesia están llamados. Es una tarea de todos. En ella los laicos tienen un papel protagonista, especialmente los matrimonios y las familias cristianas; sin embargo, la evangelización requiere hoy con urgencia sacerdotes y personas consagradas. Ésta es la razón por la que deseo decir a cada uno de vosotros, jóvenes: si sientes la llamada de Dios que te dice: “¡Sígueme!” (Mc 2,14; Lc 5,27), no la acalles. Sé generoso, responde como María ofreciendo a Dios el sí gozoso de tu persona y de tu vida.
Os doy mi testimonio: yo fui ordenado sacerdote cuando tenía 26 años. Desde entonces han pasado 56. Entonces, ¿cuántos años tiene el Papa? ¡Casi 83! ¡Un joven de 83 años! Al volver la mirada atrás y recordar estos años de mi vida, os puedo asegurar que vale la pena dedicarse a la causa de Cristo y, por amor a Él, consagrarse al servicio del hombre. ¡Merece la pena dar la vida por el Evangelio y por los hermanos!
¿Cuántas horas tenemos hasta la medianoche? Tres horas. Apenas tres horas hasta la medianoche y después viene la mañana.
6. Al concluir mis palabras quiero invocar a María, la estrella luminosa que anuncia el despuntar del Sol que nace de lo Alto, Jesucristo:
¡Dios te salve, María, llena de gracia! Esta noche te pido por los jóvenes de España, jóvenes llenos de sueños y esperanzas.
Ellos son los centinelas del mañana, el pueblo de las bienaventuranzas; son la esperanza viva de la Iglesia y del Papa.
Santa María, Madre de los jóvenes, intercede para que sean testigos de Cristo Resucitado, apóstoles humildes y valientes del tercer milenio, heraldos generosos del Evangelio.
Santa María, Virgen Inmaculada, reza con nosotros, reza por nosotros. Amén.
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Oración por el Papa
La oración sostenía ya a la Iglesia primitiva. Esa misma noche bajó un ángel a la prisión, despertó a Pedro, abrió todas las puertas, y cuando ya dejó a Pedro en la calle, desapareció de su presencia. Los planes de Herodes de matar a Pedro quedaron frustrados; y la Iglesia comenzó a crecer en todos los territorios limítrofes con Israel.
Los retos del nuevo pontificado
Hoy no tenemos ningún Herodes que quiera acabar con el Papa, pero si hay más de uno con más poder y más influencia que el miserable –quizá sea el mejor calificativo que le podemos aplicar– Herodes, que pretenden influirle para que no lleve a cabo la misión para la que le ha elegido el fundador de la Iglesia que le ha escogido como cabeza visible: la Iglesia de Cristo. La Iglesia Una, Santa, Católica y Apostólica.
Comentarios y artículos que elucubran sobre si es conservador, progresista, etc., o qué calificativo se le puede aplicar; y tener así un cauce abierto para juzgarle en lo que pueda hacer. Calificativos que no tienen ningún sentido cuando se trata de vivir, o de no vivir, la vida y la doctrina de Cristo.
El peso de la sucesión apostólica
Desde el primer día de su pontificado me parece que ha dejado bien claro que el centro de toda su misión, es seguir a Jesucristo, Dios y hombre verdadero; y que su misión, en la Iglesia es la misma que recibió Pedro: «fortalecer la Fe de todos los creyentes»; y fortalecerla siguiendo el Magisterio de la Tradición de los dos mil años de vida que lleva la Iglesia transmitiendo las enseñanzas de Cristo.
Todos somos muy conscientes de los problemas con los que el papa León XIV se tiene que enfrentar, que son una herencia de corrientes de pensamiento, de comportamiento, y de prácticas que se han ido asentando en los diversos ámbitos de la Iglesia y de la sociedad, que han contado con la debilidad de los pastores; y en algunos casos, por desgracia, no solo de la debilidad; también del mal ejemplo.
Evangelizar en un mundo secularizado
Encontrar las mejores medidas para resolver todos esos problemas, además de requerir un cierto tiempo para pensar, consultar, y descubrir los cauces más adecuados para aplicar las posibles medidas; tiempo sobre el que el papa León XIV hace un comentario en la Audiencia el 28 de mayo, a propósito de la parábola del buen samaritano.
«Podemos imaginar que, después de haber permanecido mucho tiempo en Jerusalén aquel sacerdote y aquel levita tienen prisa por volver a casa. Es precisamente la prisa, tan presente en nuestra vida, la que muchas veces nos impide sentir compasión. Quien piensa que su viaje debe tener prioridad, no está dispuesto a detenerse por otro».
El Papa: un hombre que necesita apoyo filial
Hace apenas cinco meses de su elección, y es lógico darse cuenta de que necesita pensar, meditar, consultar, en materias tan graves y serias como las que se ha encontrado; y pedirle muchas luces a la Trinidad Beatísima, Padre, Hijo y Espíritu Santo.
En la homilía de la Santa Misa en el inicio del pontificado, y después de señalar que «afrontamos ese momento –se refiere al cónclave– con la certeza de que el Señor nunca abandona a su pueblo, lo reúne cuando está disperso y lo cuida “como un pastor a su rebaño” (Jr 31, 10)”, añade:
«Hemos puesto en las manos de Dios el deseo de elegir al nuevo sucesor de Pedro, el obispo de Roma, un pastor capaz de custodiar el rico patrimonio de la fe cristiana y, al mismo tiempo, de mirar más allá, para saber afrontar los interrogantes, las inquietudes y los desafíos de hoy. Acompañados por sus oraciones, hemos experimentado la obra del Espíritu Santo, que ha sabido armonizar los distintos instrumentos musicales, haciendo vibrar las cuerdas de nuestro corazón en una única melodía».
«Fui elegido sin tener ningún mérito y, con temor y trepidación, vengo a ustedes como un hermano que quiere hacerse siervo de su fe y de su alegría, caminando con ustedes por el camino del amor de Dios, que nos quiere a todos unidos en una única familia».
La oración como comunión y servicio
El papa León XIV nos pide oraciones a todos los cristianos para que la gracia de Dios inunde su espíritu a la hora de tomar decisiones sobre la doctrina, sobre las personas, que ayuden a todos los creyentes a ser firmes en la Fe y en la Moral, que la santa Iglesia ha vivido a lo largo de los siglos, y en seguir descubriendo los misterios de amor ocultos en la Encarnación del Hijo de Dios. Esa es su misión, la misión encomendada a Pedro por Nuestro Señor Jesucristo.
Sostener al Pontífice
Y como él, dejemos nuestras oraciones en manos de la Madre de Dios, María Santísima, como el papa León XIV hizo, al rezar el Regina Coeli, al final de la Misa de inicio de su pontificado: «Mientras encomendamos a María el servicio del obispo de Roma, Pastor de la Iglesia universal, desde la barca de Pedro contemplémosla a Ella, Estrella del mar, Madre del Buen Consejo, como signo de esperanza. Imploremos por su intercesión el don de la paz, el auxilio y el consuelo para los que sufren y, para todos nosotros, la gracia de ser testigos del Señor Resucitado».