
La Ascensión del Señor es más que una despedida despedida; supone el coronamiento de la Pascua y el inicio de la misión de la Iglesia. Al cumplirse cuarenta días desde su Resurrección, Jesús asciende a los cielos para sentarse a la derecha del Padre, recordando que nuestro destino final no es esta tierra, sino la eternidad y el gozo del cielo junto a la Trinidad.
La solemnidad de la Ascensión del Señor conmemora la entrada de la humanidad de Jesucristo en la gloria de Dios. Como bien se explica el catecismo en el punto 665: «La ascensión de Jesucristo marca la entrada definitiva de la humanidad de Jesús en el dominio celeste de Dios de donde ha de volver (cf. Hch 1, 11), aunque mientras tanto lo esconde a los ojos de los hombres (cf. Col 3, 3)». Este misterio constituye el segundo momento de la glorificación del Hijo, que comenzó con la Resurrección.
Cristo no deja el mundo para desentenderse de nosotros. Al subir al cielo con su cuerpo glorioso, lleva consigo nuestra propia naturaleza. Como mencionaba san Josemaría en una de sus homilías: «l Señor nos responde subiendo a los cielos. También como los Apóstoles, permanecemos entre admirados y tristes al ver que nos deja.
No es fácil, en realidad, acostumbrarse a la ausencia física de Jesús. Me conmueve recordar que, en un alarde de amor, se ha ido y se ha quedado; se ha ido al Cielo y se nos entrega como alimento en la Hostia Santa. Echamos de menos, sin embargo, su palabra humana, su forma de actuar, de mirar, de sonreír, de hacer el bien. Querríamos volver a mirarle de cerca, cuando se sienta al lado del pozo cansado por el duro camino, cuando llora por Lázaro, cuando ora largamente, cuando se compadece de la muchedumbre.
Siempre me ha parecido lógico y me ha llenado de alegría que la Santísima Humanidad de Jesucristo suba a la gloria del Padre, pero pienso también que esta tristeza, peculiar del día de la Ascensión, es una muestra del amor que sentimos por Jesús, Señor Nuestro. Él, siendo perfecto Dios, se hizo hombre, perfecto hombre, carne de nuestra carne y sangre de nuestra sangre. Y se separa de nosotros, para ir al Cielo. ¿Cómo no echarlo en falta?». Jesús es la garantía de que donde Él está, nosotros también estaremos.
La promesa del Espíritu Santo
Antes de partir, Jesús deja una misión clara a sus discípulos: «Id por todo el mundo y predicad el Evangelio». Pero no los deja solos. La Ascensión del Señor al cielo es el preludio necesario para Pentecostés. Cristo asciende para que el Paráclito pueda venir y habitar en el corazón de los fieles, permitiendo que la Iglesia sea, desde entonces, su cuerpo místico en la tierra.
Para comprender la magnitud de la marcha al cielo, debemos analizar tres pilares que destacan en esta festividad:
Los socios, benefactores y amigos de la Fundación CARF, saben que, para que esta presencia de Cristo llegue a todos los rincones, resulta vital la formación sólida e integral de sacerdotes que luchen por ser santos. Un sacerdote bien formado es el nexo que une a Cristo con los fieles en las parroquias de todo el mundo.
Siguiendo el relato del libro de los Hechos de los Apóstoles (1, 3-12), la Ascensión ocurre 40 días después del Domingo de Resurrección. Tradicionalmente, esta fecha cae en jueves. Sin embargo, en la gran mayoría de las diócesis para facilitar la participación de los fieles, la celebración litúrgica se traslada al domingo siguiente (el VII Domingo de Pascua).
Este tiempo de espera entre la Ascensión y Pentecostés es vivido por la Iglesia como una oración intensa, pidiendo los dones del Espíritu Santo. La tradición del Decenario al Espíritu Santo comienza diez días antes (15 de mayo) y finalizará el domingo 24 con la celebración de Pentecostés.
Podría ser común pensar que los discípulos se quedaron mirando al cielo con nostalgia y bloqueados sin saber qué hacer. El relato evangélico es claro: dos ángeles se presentan para decirles: «Cuando miraban fijos al cielo, mientras él se iba marchando, se les presentaron dos hombres vestidos de blanco, que les dijeron: "Galileos, ¿qué hacéis ahí plantados mirando al cielo? El mismo Jesús que ha sido tomado de entre vosotros y llevado al cielo, volverá como lo habéis visto marcharse al cielo". Entonces se volvieron a Jerusalén, desde el monte que llaman de los Olivos, que dista de Jerusalén lo que se permite caminar en sábado».
Unos versículos más adelante, encontramos la reacción de Pedro y los demás apóstoles. «Uno de aquellos días, Pedro se puso en pie en medio de los hermanos (había reunidas unas ciento veinte personas) y dijo: Hermanos, tenía que cumplirse lo que el Espíritu Santo, por boca de David, había predicho, en la Escritura». Como se lee, se lanza a la evangelización.
Por ello, la Ascensión podría ser considerada como el pistoletazo de salida para la misión universal. La Iglesia se lanza desde ese instante a transmitir a todo el mundo la buena nueva. En la actualidad, esta misión continúa a través de la labor de decenas de miles de seminaristas y sacerdotes, y religiosos y religiosas, sin olvidar a todos los laicos, que, apoyados por instituciones como la Fundación CARF, dedican su vida a llevar el amor de Cristo y la gracia del Espíritu Santo a las periferias geográficas y existenciales.
La alegría del regreso
San Lucas relata en los Hechos que los discípulos, tras ver a Jesús ascender, volvieron a Jerusalén con gran alegría. ¿Cómo es posible estar alegres ante una despedida semejante? La respuesta reside en la fe. Sabían que Cristo no los abandonaba, sino que inauguraba una nueva forma de cercanía. Desde el cielo, Él intercede por nosotros como nuestro Sumo y Eterno Sacerdote.
El cristiano ante este misterio del cielo
Según san Josemaría: «la fiesta de la Ascensión del Señor nos sugiere también otra realidad; el Cristo que nos anima a esta tarea en el mundo, nos espera en el Cielo. En otras palabras: la vida en la tierra, que amamos, no es lo definitivo; pues no tenemos aquí ciudad permanente, sino que andamos en busca de la futura (Heb XIII, 14) ciudad inmutable». (Es Cristo que pasa, 126).
Y la Ascensión del Señor podría ser considerada una fiesta de esperanza sacerdotal. Cristo asciende para interceder por nosotros. Y los sacerdotes actúan en la tierra in persona Christi. En la Fundación CARF tenemos la convicción de que ayudar a un seminarista o a un sacerdote diocesano o religioso a formarse en Roma o Pamplona es perpetuar la presencia de Jesús, perfecto Dios y perfecto hombre.
A través de nuestras redes sociales (@fundacioncarf), compartimos testimonios de jóvenes que han visto esa llamada para ir por todo el mundo a predicar el Evangelio. Y para ello se esfuerzan en prepararse humana, intelectual y espiritualmente para ser los pies y las manos de Cristo en la tierra. Una formación teológica de calidad es esencial para que el mensaje de la Ascensión sea transmitido con fidelidad y ardor. Los contenidos y artículos que se publican y promueven en medios como Omnes ayudan a laicos y consagrados a mejorar su formación.
Cada vez que una persona colabora con la Fundación CARF, está participando de forma metafórica y real en el mandato de la Ascensión.
«Les dijo: No os toca a vosotros conocer los tiempos o momentos que el Padre ha establecido con su propia autoridad; en cambio, recibiréis la fuerza del Espíritu Santo que va a venir sobre vosotros y seréis mis testigos en Jerusalén, en toda Judea y Samaría y hasta el confín de la tierra. Dicho esto, a la vista de ellos, fue elevado al cielo, hasta que una nube se lo quitó de la vista».
No todos podemos ir a misiones lejanas, pero sí podemos asegurar que quienes vano viven allí estén preparados. La formación de un sacerdote es una inversión para la salvación de muchas almas tanto de personas creyentes como no practicantes.
La Ascensión de Cristo ha abierto el camino del cielo. Nuestra tarea ahora es recorrerlo con alegría, santificando el trabajo diario y las relaciones humanas, sabiendo que cada pequeño acto de amor nos acerca más a esa gloria que Jesús ya posee.
¿Estamos mirando demasiado al suelo, preocupados solo por lo inmediato, o levantamos la vista con esperanza hacia el cielo? La Ascensión nos invita a ello.
En esta fiesta de la Ascensión, te invitamos a ser parte de la misión evangelizadora de la Iglesia. Tu donación desgravable a la Fundación CARF permite que sacerdotes de todo el mundo reciban la educación necesaria para servir mejor a su hermanos.
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