Catequesis del Papa: Jesucristo, nuestra esperanza

Audiencia general con el Papa León XIV en la plaza de san Pedro, 3 de septiembre de 2025.

Queridos hermanos y hermanas:

En el centro del relato de la pasión, en el momento más luminoso y a la vez más oscuro de la vida de Jesucristo, el Evangelio de Juan nos entrega dos palabras que encierran un misterio inmenso: «Tengo sed» (19,28), e inmediatamente después: «Todo está cumplido» (19,30). Palabras últimas, pero cargadas de toda una vida, que revelan el sentido de toda la existencia del Hijo de Dios. En la cruz, Jesús no aparece como un héroe victorioso, sino como un mendigo de amor. No proclama, no condena, no se defiende. Pide, humildemente, lo que por sí solo no puede darse de ninguna manera.

Jesucristo crucificado, expresión plena de Amor

La sed del Crucificado no es solo la necesidad fisiológica de un cuerpo destrozado. Es también y, sobre todo, la expresión de un deseo profundo: el de amor, de relación, de comunión. Es el grito silencioso de un Dios que, habiendo querido compartir todo de nuestra condición humana, se deja atravesar también por esta sed. Un Dios que no se avergüenza de mendigar un sorbo, porque en ese gesto nos dice que el amor, para ser verdadero, también debe aprender a pedir y no solo a dar.

«Tengo sed», dice Jesús, y de este modo manifiesta su humanidad y también la nuestra. Ninguno de nosotros puede bastarse a sí mismo. Nadie puede salvarse por sí mismo. La vida se «cumple» no cuando somos fuertes, sino cuando aprendemos a recibir. Y precisamente en ese momento, después de haber recibido de manos ajenas una esponja empapada en vinagre, Jesús proclama: «Todo está cumplido». El amor se ha hecho necesitado, y precisamente por eso ha llevado a cabo su obra.

Jesús

Esta es la paradoja cristiana: Dios salva no haciendo, sino dejándose hacer. No venciendo al mal con la fuerza, sino aceptando hasta el fondo la debilidad del amor. En la cruz, Jesús nos enseña que el ser humano no se realiza en el poder, sino en la apertura confiada a los demás, incluso cuando son hostiles y enemigos. La salvación no está en la autonomía, sino en reconocer con humildad la propia necesidad y saber expresarla libremente.

El cumplimiento de nuestra humanidad en el diseño de Dios no es un acto de fuerza, sino un gesto de confianza. Jesús no salva con un golpe de efecto, sino pidiendo algo que por sí solo no puede darse. Y aquí se abre una puerta a la verdadera esperanza: si incluso el Hijo de Dios ha elegido no bastarse a sí mismo, entonces también su sed –de amor, de sentido, de justicia– no es un signo de fracaso, sino de verdad.

Dejarnos amar por Jesucristo

Esta verdad, aparentemente tan simple, es difícil de aceptar. Vivimos en una época que premia la autosuficiencia, la eficiencia, el rendimiento. Sin embargo, el Evangelio nos muestra que la medida de nuestra humanidad no la da lo que podemos conquistar, sino la capacidad de dejarnos amar y, cuando es necesario, también ayudar.

Jesús nos salva mostrándonos que pedir no es indigno, sino liberador. Es el camino para salir de la ocultación del pecado, para volver al espacio de la comunión. Desde el principio, el pecado ha generado vergüenza. Pero el perdón, el verdadero, nace cuando podemos mirar de frente nuestra necesidad y ya no temer ser rechazados.

La sed de Jesús en la cruz es entonces también la nuestra. Es el grito de la humanidad herida que sigue buscando agua viva. Y esta sed no nos aleja de Dios, sino que nos une a Él. Si tenemos el valor de reconocerla, podemos descubrir que también nuestra fragilidad es un puente hacia el cielo. Precisamente en el pedir –no en el poseer– se abre un camino de libertad, porque dejamos de pretender bastarnos a nosotros mismos.

En la fraternidad, en la vida sencilla, en el arte de pedir sin vergüenza y de ofrecer sin cálculo, se esconde una alegría que el mundo no conoce. Una alegría que nos devuelve a la verdad original de nuestro ser: somos criaturas hechas para dar y recibir amor.

Queridos hermanos y hermanas, en la sed de Cristo podemos reconocer toda nuestra sed. Y aprender que no hay nada más humano, nada más divino, que saber decir: necesito. No temamos pedir, sobre todo cuando nos parece que no lo merecemos. No nos avergoncemos de tender la mano. Es precisamente allí, en ese gesto humilde, donde se esconde la salvación.

Un momento de la catequesis sobre Jesucristo en la audiencia general del Papa León XIV en la plaza de san Pedro. (@Vatican Media)

Llamamiento final del Papa León

Desde Sudán, en particular desde Darfur, llegan noticias dramáticas. En El Fasher, numerosos civiles están atrapados en la ciudad, víctimas de la escasez y las violencias. En Tarasin, un deslizamiento de tierra devastador ha causado numerosas muertes, dejando tras de sí dolor y desesperación. Y, como si no fuera suficiente, la propagación del cólera amenaza a cientos de miles de personas ya agotadas. Estoy más cerca que nunca de la población sudanesa, en particular de las familias, los niños y los desplazados.

Rezo por todas las víctimas. Hago un sincero llamamiento a los responsables y a la comunidad internacional para que garanticen corredores humanitarios y pongan en marcha una respuesta coordinada para detener esta catástrofe humanitaria. Es hora de iniciar un diálogo serio, sincero e inclusivo entre las partes, para poner fin al conflicto y devolver al pueblo de Sudán la esperanza, la dignidad y la paz.

Santa madre Teresa de Calcuta: 5 de septiembre

Cada 5 de septiembre, la Iglesia celebra la memoria de la Madre Teresa de Calcuta. Su vida, marcada por la humildad y la entrega total a los más necesitados, sigue siendo un modelo de santidad y servicio.

Mons. Javier Echevarría señalaba cómo la Madre Teresa supo mirar la vida desde la perspectiva del amor cristiano: un amor que se entrega, que se inclina hacia los más necesitados y que transforma cada acto en una ocasión para vivir con Dios. El entonces prelado de Opus Dei, subrayaba que ella «veía el mundo como una casa común» y que su vida invitaba a «aprender a vivir para los demás».

Institución de la memoria litúrgica

El Dicasterio para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos, bajo la prefectura del cardenal Arthur Roche, emitió un decreto el 24 de diciembre de 2024, instituyendo oficialmente la memoria litúrgica de la Madre Teresa en el Calendario Romano General.

Este decreto permite celebrar su memoria el 5 de septiembre en todas las diócesis del mundo. La intención es que los fieles recuerden su ejemplo de humildad y servicio, y que las celebraciones litúrgicas incluyan oraciones y lecturas que refuercen la centralidad del amor al prójimo en la vida cristiana.

La institución de la memoria litúrgica también facilita que la Iglesia pueda difundir los textos litúrgicos propios de la Madre Teresa, que incluyen lecturas de Isaías 58 (Parte tu pan con el hambriento) y Mateo 25 (Lo que hicisteis con uno de estos mis hermanos más pequeños, conmigo lo hicisteis), reforzando la dimensión espiritual de su testimonio.

El legado espiritual de la Madre Teresa de Calcuta

En un artículo publicado en opusdei.org, Mons. Javier Echevarría, entonces prelado, recordaba que santa Teresa se inclinaba siempre para «acoger al abandonado o curar heridas del cuerpo y del alma». Estas palabras reflejan bien lo que ella fue: una mujer que supo descubrir a Cristo en el rostro de los más pobres.

En su reflexión sobre la Madre Teresa, enfatizaba cómo ella encarnó la caridad en el día a día. No se limitó a gestos grandiosos, sino que encontró a Cristo en cada persona necesitada: enfermos, pobres, abandonados. Su vida demuestra que la santidad se construye a través de actos concretos de amor, consistencia y entrega.

Su vida interpela a todos los cristianos, porque no se trata solo de admirar su generosidad, sino de hacer de la entrega un estilo de vida en lo ordinario. Tal como enseñaba san Josemaría, la santidad está en las pequeñas cosas, en el trabajo, en la familia y también en el servicio desinteresado a quienes nos rodean.

Por eso, la memoria de la Madre Teresa se convierte en una ocasión para revisar nuestro compromiso cristiano: ¿miramos a quienes sufren con ojos de fe?, ¿sabemos descubrir en cada persona la dignidad de hijo de Dios?, ¿ponemos el amor en los detalles concretos de la vida?

¿Por qué el 5 de septiembre?

En la Iglesia, la memoria de un santo se celebra el día de su fallecimiento, entendido como el momento en que entra plenamente en la gloria del cielo. En el caso de la Madre Teresa, esto corresponde al 5 de septiembre de 1997, fecha en la que murió en Calcuta.

Desde ese día, muchos comenzaron a recordar su ejemplo y a rezar mediante su intercesión. Su canonización en 2016 por el papa Francisco reforzó la importancia de esta fecha. Así, la celebración anual no solo honra su vida, sino que también invita a los fieles a reflexionar sobre la santidad y el servicio concreto a los demás.

En diversas diócesis y parroquias, esta fecha se ha convertido en ocasión para realizar actividades caritativas y celebraciones litúrgicas, recordando que la vida de la Madre Teresa fue un testimonio de amor a los más pobres y marginados.

San Juan Pablo II, junto a santa Teresa de Calcuta y al beato Álvaro del Portillo, el 1 de junio de 1985.

Madre Teresa ilumina el servicio

El cardenal Arthur Roche, prefecto del Dicasterio para el Culto Divino, afirmó que la Madre Teresa es «un testigo excepcional de esperanza» en tiempos de dolor y marginación. Su vida es una respuesta concreta al llamado del Evangelio a servir a los más pequeños y olvidados.

Desde la perspectiva cristiana, su fiesta litúrgica no es solo un recuerdo histórico, sino una invitación a seguir su ejemplo en el presente. Cada cristiano puede encarnar ese mismo espíritu en su entorno: cuidando enfermos, acompañando a solitarios, moribundos, huérfanos... dedicando tiempo a quien lo necesita.

Así, la Madre Teresa se convierte en una guía para vivir la caridad con coherencia, recordando que el camino de la santidad no se mide por las palabras, sino por gestos concretos de amor.

Textos litúrgicos y celebraciones

El decreto litúrgico incluye textos específicos para la Misa y la Liturgia de las Horas, adaptables por las conferencias episcopales en diferentes lenguas. Entre ellos se encuentran oraciones, lecturas y antífonas que subrayan la misericordia de Dios y la importancia de la caridad activa.

Esto asegura que los fieles puedan participar en una celebración uniforme en todo el mundo, y que la fiesta de la Madre Teresa no se limite a un recuerdo histórico, sino que se viva de manera espiritual y comunitaria.

Tumba de la Madre Teresa en Calcuta (India).

Datos clave sobre Santa Teresa de Calcuta

Su vida y obra muestran cómo la caridad cristiana puede transformar realidades concretas y dejar un legado que sigue inspirando a millones de personas en todo el mundo.

La fiesta de la Madre Teresa nos invita a mirar el mundo con sus ojos: ojos de compasión, de fe, de entrega sin límites. Como subrayó el prelado del Opus Dei, Javier Echevarría, se trata de aprender a vivir para los demás.

A dos días de su partida a la Casa del Padre, el papa Juan Pablo II, amigo personal de la religiosa, dedicó el rezo dominical del Ángelus en la plaza san Pedro a la madre Teresa de quien dijo lo siguiente: «la querida religiosa reconocida universalmente como la Madre de los Pobres, nos deja un ejemplo elocuente para todos, creyentes y no creyentes. Nos deja el testimonio del amor de Dios. Las obras por ella realizadas hablan por si mismas y ponen de manifiesto ante los hombres de nuestro tiempo el alto significado que tiene la vida».

¿Y tú? ¿Cómo puedes hacer de tu día a día un servicio a los demás? El 5 de septiembre, pero durante toda tu vida, celebra la fiesta de la Madre Teresa con gestos de servicio: oración, actos de caridad o una reflexión sobre cómo poner amor y compasión en tu vida diaria. Ayúdanos a difundir su legado de santidad y entrega.


Fuentes consultadas

Fundación Unicaja, un año más, con la formación integral

Estamos muy agradecidos a la Fundación Unicaja porque, un curso académico más, ayudará a la formación integral de seminaristas y sacerdotes diocesanos de países sin recursos que vienen a Europa para recibir una educación de excelencia. 

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Los estudiantes siempre regresan a sus países de origen, una vez que han culminado su formación integral, en este caso en la Universidad Pontificia de la Santa Cruz, en Roma.

Misión de la Fundación CARF

La misión de la Fundación CARF se encuadra en elementos:

La Fundación CARF –Centro Académico Romano Fundación– nació el 14 de febrero de 1989, por sugerencia de san Juan Pablo II al beato Álvaro del Portillo. Ya son más de 35 años de vida.

Su objetivo es ayudar a la formación académica, humana y espiritual de seminaristas y sacerdotes diocesanos, y religiosos y religiosas sin recursos económicos para servir a la iglesia en todo el mundo.

Hoy, gracias al apoyo de sus donantes y amigos, casi 25.000 en toda su historia, y en la actualidad cientos de ellos andaluces, la Fundación ha ayudado a cerca de 30.000 estudiantes de 130 países carentes de medios materiales y económicos. La propia Fundación Unicaja lleva dos años comprometida con este proyecto.

Para que puedan estudiar y formarse en Italia (Universidad Pontificia de la Santa Cruz) y en España (Facultades de Estudios Eclesiásticos de la Universidad de Navarra).

La Fundación CARF defiende los valores definidos en la Declaración Universal de Derechos Humanos de Naciones Unidas de 1948. Y hace especial mención a la libertad, la igualdad y la libertad religiosa. Promoviendo la convivencia internacional, la libertad de opinión y de expresión y, sobre todo, el derecho a la educación.

Devolver lo recibido

El compromiso de instituciones como la Fundación Unicaja hace posible que personas sin recursos puedan formarse en Europa y regresar a sus países para formar a otros; devuelven lo que han recibido. Una cadena de favores sin fin.

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¡Gracias de corazón! 

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San Gregorio Magno: un Papa que cambió la historia

San Gregorio Magno fue un reformador de la liturgia, impulsor del canto gregoriano, defensor de los pobres y promotor de la evangelización, su pontificado marcó un antes y un después en la historia. Su vida nos recuerda que la verdadera grandeza está en servir a Dios y a los demás con amor generoso.

La Iglesia Católica ha contado a lo largo de su historia con figuras extraordinarias que, en momentos de crisis y oscuridad, han sabido guiar al pueblo cristiano con sabiduría, humildad y fortaleza. Uno de esos hombres providenciales fue san Gregorio Magno (540-604), Papa entre los años 590 y 604, considerado uno de los cuatro grandes Padres de la Iglesia latina. Su pontificado dejó una huella imborrable en la liturgia, en la misión evangelizadora y en la organización de la Iglesia.

A san Gregorio se le recuerda como “el Papa que gobernó con corazón de monje”, porque a pesar de asumir el peso de la sede de Roma en un tiempo convulso, siempre mantuvo el espíritu de servicio y humildad que había cultivado en su vida monástica.

Su figura sigue siendo un ejemplo actual para pastores y fieles, porque supo conjugar firmeza de gobierno con una profunda vida interior, austeridad personal con gran generosidad hacia los pobres, y tradición con apertura a las necesidades de su tiempo.

En esta historia del blog vamos a profundizar en su vida, su contexto histórico, sus principales obras y por qué la Iglesia lo venera como santo y Doctor de la Iglesia.

Roma, la ciudad que vio nacer a san Gregorio Magno, estaba muy lejos de su antiguo esplendor imperial.

Contexto histórico: una Roma en ruinas

San Gregorio nació en Roma hacia el año 540, en una familia aristocrática de antigua tradición senatorial. La ciudad que lo vio nacer estaba muy lejos de su antiguo esplendor imperial: tras la caída del Imperio Romano de Occidente (476), Roma había quedado reducida a un lugar decadente, golpeado por las guerras, las epidemias y la pobreza.

El mundo occidental estaba fragmentado y bajo la presión de pueblos, como los lombardos, que habían invadido Italia y amenazaban constantemente a la ciudad de Roma. La autoridad política era débil y el único referente estable para el pueblo era la Iglesia y el Papa.

Este contexto de crisis fue decisivo para comprender la figura de Gregorio: un hombre que, sin buscarlo, tuvo que asumir la carga de guiar no solo la vida espiritual, sino también la supervivencia material de un pueblo entero.

Claustro monástico con arquerías, columnas y un monje caminando de espaldas
Un monje camina a lo largo de un claustro de piedra, cuyas arquerías se abren a un patio.

De prefecto de Roma a monje benedictino

Gregorio recibió una educación refinada propia de su rango social. Se formó en Derecho, Literatura y Administración, lo que le permitió ocupar cargos de gran responsabilidad. Hacia el año 572 llegó a ser prefecto de Roma, es decir, la máxima autoridad civil de la ciudad.

Sin embargo, tras la muerte de su padre, Gregorio decidió dar un giro radical a su vida. Vendió gran parte de sus bienes para ayudar a los pobres y transformó su casa en el monte Celio en un monasterio benedictino. Él mismo se retiró allí como monje, llevando una vida de oración, estudio y austeridad.

Su vocación monástica fue siempre el centro de su identidad, y aunque más tarde la obediencia lo llevó a salir de esa vida contemplativa, Gregorio nunca dejó de considerarse un simple «siervo de los siervos de Dios», título que introdujo y que aún hoy usan los Papas como signo de humildad.

Arte renacentista: ceremonia de investidura papal con vestimentas eclesiásticas y tiara
Un nuevo pontífice recibe la tiara papal de manos de clérigos y cardenales, marcando el momento de su investidura.

El Papa que no quería ser Papa

En el año 590, tras la muerte del papa Pelagio II, Gregorio fue elegido como sucesor de san Pedro. La elección no fue sencilla: Gregorio trató de resistirse, incluso pidió al emperador que no confirmara su nombramiento, pues sentía que no estaba preparado para la enorme carga. Sin embargo, el pueblo romano lo aclamó y finalmente aceptó el ministerio petrino.

Su pontificado comenzó en medio de una terrible peste que asolaba Roma. La tradición cuenta que organizó procesiones penitenciales y de súplica a la Virgen, en las que, al llegar al mausoleo de Adriano, tuvo una visión del arcángel san Miguel envainando su espada, señal de que la peste llegaba a su fin. Desde entonces, aquel lugar se llamó Castel Sant’Angelo.

Un Papa pastor y reformador

San Gregorio gobernó la Iglesia durante 14 años, hasta su muerte en el 604. Su obra se puede resumir en:

1. Reforma litúrgica y el canto gregoriano

Uno de los legados más conocidos de Gregorio Magno es la consolidación de la liturgia romana. Dio unidad a los ritos, promovió la claridad en las oraciones y fijó normas para la celebración de la Misa y el canto en la liturgia.

Aunque no inventó el canto gregoriano, sí lo promovió y organizó, de modo que la tradición musical de la Iglesia occidental quedó vinculada a su nombre. El canto gregoriano se convirtió en una expresión universal de oración y belleza que aún hoy sigue vivo en monasterios y templos de todo el mundo.

2. La misión evangelizadora

Gregorio entendió que el Evangelio debía llegar a todos los pueblos. Envió misioneros desde Roma, siendo el caso más célebre el de san Agustín de Canterbury, que llevó la fe cristiana a los pueblos anglosajones en Inglaterra. Gracias a esa iniciativa, la Iglesia inglesa se convirtió en pocos siglos en un foco de evangelización para toda Europa.

Con este impulso misionero, Gregorio reforzó la universalidad de la Iglesia y sentó las bases para la cristianización de Europa medieval.

3. La caridad como eje de su pontificado

Si algo caracterizó a Gregorio fue su cercanía a los más pobres. La Iglesia romana, bajo su gobierno, se convirtió en la principal institución de asistencia a necesitados. Organizó un sistema de distribución de alimentos y ayudas, administrando con gran rigor los bienes eclesiásticos para ponerlos al servicio del pueblo.

Su ejemplo de austeridad personal era claro: mientras gobernaba con firmeza, vivía con sencillez, consciente de que su misión era servir.

4. Escritos y doctrina espiritual

San Gregorio fue un escritor prolífico y claro. Sus obras se difundieron ampliamente y marcaron la espiritualidad de la Edad Media. Entre ellas destacan:

La Regla Pastoral: un manual dirigido a obispos y pastores sobre cómo ejercer el ministerio con humildad y celo. Fue tan influyente que Carlomagno la mandó distribuir a todos los obispos de su imperio.

Diálogos: donde narra la vida de santos italianos, especialmente san Benito de Nursia, cuya espiritualidad admiraba profundamente.

Homilías sobre Ezequiel y sobre los Evangelios: con enseñanzas claras y prácticas para la vida cristiana.

Su teología, más pastoral que especulativa, destacó por su capacidad de unir doctrina con vida, sabiduría con cercanía.

5. Gobierno y diplomacia

Gregorio no solo fue un líder espiritual, también tuvo que ejercer como administrador y diplomático en una Italia devastada. Negoció directamente con los lombardos, llegando a acuerdos de paz que permitieron salvar vidas y proteger la ciudad de Roma.

Además, reforzó la organización de la Iglesia, enviando cartas y directrices a obispos de todo el mundo. Conservamos más de 800 cartas suyas, que nos permiten ver su enorme actividad y cuidado pastoral.

Santidad y legado

San Gregorio murió el 12 de marzo del año 604, exhausto por la enfermedad y el trabajo incesante. Fue enterrado en la basílica de San Pedro, donde aún se venera su tumba.

El pueblo lo proclamó santo casi de inmediato. Su fama de santidad se debía a su vida austera, su amor a los pobres, su fidelidad a la oración y su celo por la Iglesia. En 1295, el papa Bonifacio VIII lo declaró Doctor de la Iglesia, reconociendo la profundidad de su enseñanza espiritual.

Hoy se le recuerda como san Gregorio Magno, título que comparte solo con unos pocos Papas de la historia, como san León Magno.

gregorio magno papa
San Gregorio Magno, pintura de Antonello da Messina.

¿Por qué sigue siendo actual san Gregorio Magno?

Aunque han pasado más de 1.400 años desde su muerte, la figura de san Gregorio sigue teniendo una gran actualidad para la Iglesia y para el mundo:

Excepcional en tiempos de crisis

San Gregorio Magno fue un Papa excepcional que supo conducir a la Iglesia en tiempos de crisis, no desde el poder, sino desde la humildad y el servicio. Su vida demuestra que la santidad no consiste en hacer cosas extraordinarias, sino en vivir con fidelidad y entrega las responsabilidades que Dios pone en nuestras manos en el día a día.

La Iglesia lo venera como santo y doctor porque unió la oración del monje, la sabiduría del maestro y la fortaleza del pastor. Su ejemplo sigue inspirando a los cristianos de hoy a ser luz en medio de la oscuridad, humildes servidores de los demás y fieles mensajeros del Evangelio.

Como él mismo escribió en su Regla pastoral: «El que ha sido puesto como pastor debe ser, sobre todo, un ejemplo de vida, para que su conducta misma sea un punto de referencia para los demás».

San Gregorio Magno nos enseña que la verdadera grandeza está en la magna caritas, en el amor grande y generoso que se entrega sin medida.


Cuatro pasos del sacramento de la Confesión

«Jesucristo Señor Nuestro, nuestro Dios, instituyó los sacramentos, que son como huellas de sus pisadas, para que nosotros pisemos allí y podamos llegar al Cielo. Y uno de los sacramentos más hermosos, más consoladores, es el sacramento de la Confesión», san Josemaría Escrivá, Argentina, 15 junio de 1974.

Citaba san Josemaría y aquí te mostramos lo que decía sobre le sacramento como maravilla del Amor de Dios.

Sacramento de la Confesión

Cristo instituyó este sacramento ofreciéndonos una nueva posibilidad de convertirnos y de recuperar, después del Bautismo, la gracia de Dios.

«El sacramento de la Reconciliación es un sacramento de curación. Cuando yo voy a confesarme es para sanarme, curar mi alma, sanar el corazón y algo que hice y no funciona bien», papa Francisco. Audiencia general, 19 de febrero de 2014.

Como todos los sacramentos, este es un encuentro con Jesús. Durante la Confesión, contamos nuestros pecados al sacerdote que actúa en la persona de Cristo y con la autoridad de Jesús para escuchar, ofrecer orientación, proporcionar una penitencia adecuada y pronunciar las palabras de absolución.

«En la celebración del Sacramento de la Reconciliación, el sacerdote no representa solamente a Dios, sino a toda la Comunidad, que se reconoce en la fragilidad de cada uno de sus miembros, que escucha conmovida su arrepentimiento, que se reconcilia con Él, que lo alienta y lo acompaña en el camino de conversión y de maduración humana y cristiana.

Alguno puede decir: “yo me confieso solamente con Dios”. Sí, tú puedes decir a Dios: “perdóname”, y decirle tus pecados. Pero nuestros pecados son también contra nuestros hermanos, contra la Iglesia, y por ello es necesario pedir perdón a la Iglesia y a los hermanos, en la persona del sacerdote», papa Francisco. Catequesis del miércoles, 19 de febrero de 2013.

San Josemaría solía llamar a la Confesión el sacramento de la alegría, porque a través de él se recuperan el gozo y la paz que trae la amistad con Dios.

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Momento de la Confesión, signo del perdón y la misericordia de Dios.

Importancia de la Confesión

Este sacramento no solo restaura nuestra relación como hijos e hijas de Dios, sino que también nos reconcilia entre nosotros rehaciendo nuestra unión con el Cuerpo de Cristo, su Iglesia.

El Papa Francisco explicaba la importancia de la confesión con estas palabras: «el perdón de nuestros pecados no es algo que podamos darnos nosotros mismos. Yo no puedo decir: me perdono los pecados. El perdón se pide, se pide a otro, y en la Confesión pedimos el perdón a Jesús. El perdón no es fruto de nuestros esfuerzos, sino que es un regalo, es un don del Espíritu Santo».

Hay varios detalles que podemos tener en cuenta para hacerlo de un modo más profundo y efectivo.

Por ejemplo, podemos ayudarnos de una guía con las claves necesarias para un buen examen de conciencia. Es el momento de ser sinceros con uno mismo y con Dios, sabiendo que Él no quiere que nuestros pecados pasados nos opriman, sino que desea liberarnos de ellos para poder vivir como buenos hijos suyos.

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Álvaro del Portillo da la absolución a san Josemaría.

Pasos de para una buena Confesión

El Catecismo de la Iglesia nos propone cuatro pasos para una buena confesión. Estos expresan el camino hacia la conversión, que va desde el análisis de nuestros actos, hasta la acción que demuestra el cambio que se ha realizado en nosotros.

Son cuatro los pasos que damos para poder recibir el gran abrazo de amor que Dios, nuestro Padre, nos quiere dar con este sacramento: «Dios nos espera, como el padre de la parábola, extendidos los brazos, aunque no lo merezcamos. No importa nuestra deuda. Como en el caso del hijo pródigo, hace falta solo que abramos el corazón», san Josemaría, Es Cristo que pasa, n. 64.

1º Examen de conciencia

En el examen de conciencia tratamos de examinar nuestra alma en oración ante Dios, a la luz de las enseñanzas de la Iglesia, a partir de nuestra última confesión.

Reflexionamos sobre aquellas obras, pensamientos o palabras, que nos hayan podido alejar de Dios, ofender a los demás o dañarnos interiormente.

Hay varios detalles que podemos tener en cuenta para hacerlo de un modo más profundo y efectivo. Por ejemplo, podemos ayudarnos de una guía con las claves necesarias para un buen examen de conciencia. 

Es el momento de ser sinceros con uno mismo y con Dios, sabiendo que Él no quiere que nuestros pecados pasados nos opriman, sino que desea liberarnos de ellos para poder vivir como buenos hijos suyos.

2º Contrición y propósito de no volver a pecar

La contrición o arrepentimiento, es un don de Dios. Es un dolor del alma y un rechazo de nuestros pecados, que incluye la resolución de no volver a pecar.

La confesión consiste en decir los pecados al sacerdote. A veces, el arrepentimiento llega con un sentimiento intenso de dolor o vergüenza, que nos ayuda a enmendarnos. Pero este sentimiento no es indispensable. Lo importante es comprender que hemos obrado mal y tener deseos de mejorar como cristianos. De no ser así, nos pondremos en manos de Dios para pedirle a Él que obre en nuestro corazón, para rechazar el mal.

«La contrición –explica el Papa Francisco– es el pórtico del arrepentimiento, es esa senda privilegiada que lleva al corazón de Dios, que nos acoge y nos ofrece otra oportunidad, siempre que nos abramos a la verdad de la penitencia y nos dejemos transformar por su misericordia».

3º Confesar los pecado

El sacerdote es un instrumento de Dios. Dejemos a un lado la vergüenza o el orgullo, y abramos nuestra alma seguros de que es Dios quien nos escucha.

«Confesarse con un sacerdote es un modo de poner mi vida en las manos y en el corazón de otro, que en ese momento actúa en nombre y por cuenta de Jesús. [...] Es importante que vaya al confesionario, que me ponga a mí mismo frente a un sacerdote que representa a Jesús, que me arrodille frente a la Madre Iglesia llamada a distribuir la Misericordia de Dios. Hay una objetividad en este gesto, en arrodillarme frente al sacerdote, que, en ese momento, es el trámite de la gracia que me llega y me cura», papa Francisco. El nombre de Dios es misericordia, 2016.

La confesión consiste en decir los pecados al sacerdote. Se suele decir que una buena confesión tiene 4 C:

  • Clara: señalar cuál fue la falta específica, sin añadir excusas.
  • Concreta: decir el acto o pensamiento preciso, no usar frases genéricas.
  • Concisa: evitar dar explicaciones o descripciones innecesarias.
  • Completa: sin callar ningún pecado grave, venciendo la vergüenza.
  • La confesión es un sacramento, cuya celebración incluye ciertos gestos y palabras por parte del penitente y del sacerdote. Este es el momento más hermoso del sacramento de la Confesión, pues recibimos el perdón de Dios.

    4º Cumplir la penitencia

    La penitencia es un acto sencillo que representa nuestra reparación por la falta que cometimos. Es una buena ocasión también para dar gracias a Dios por el perdón recibido, y para renovar el propósito de no volver a pecar.


    Bibliografía


    San Bartolomé, apóstol: ejemplo de fe y entrega

    La historia de la Iglesia está llena de testimonios de santos y apóstoles, como el de san Bartolomé, que muestran con su vida cómo responder a la llamada de Dios con una entrega total y con generosidad.

    Uno de los doce elegidos por Jesús para anunciar el Evangelio al mundo. Natanael puede ser faro de inspiración para aquellos jóvenes que sienten la llamada a la vocación sacerdotal o religiosa.

    ¿Quién fue san Bartolomé?

    San Bartolomé es uno de los doce apóstoles de Jesucristo, nombrado en los evangelios, aunque con pocas menciones explícitas en el Nuevo Testamento. Tradicionalmente se le identifica con Natanael, un joven israelita conocido por su sinceridad y profunda fe en Jesús. Su nombre, Bartolomé, significa hijo de Tolmai o hijo del maestro, y Natanael, Dios ha dado.

    Pese a que su figura aparece de manera breve, la tradición e historia le atribuyen un papel fundamental en la expansión del cristianismo, llegando a tierras lejanas para anunciar al Señor y el Evangelio.

    La llamada de san Bartolomé

    La vocación de san Bartolomé comenzó en un momento de profunda sinceridad y búsqueda de la verdad. En el Evangelio de Juan (1, 45-51), Felipe, uno de los primeros discípulos de Maestro, encuentra a Natanael y le dice: «Hemos encontrado a aquel de quién escribió Moisés en la ley, y también los profetas: a Jesús de Nazaret, hijo de José». Natanael, escéptico, responde: «¿De Nazaret puede salir algo bueno?».

    Pero cuando conoce a Jesús, quien lo sorprende diciendo que lo había visto bajo la higuera antes de que Felipe lo llamara, su corazón se abre a la fe, exclamando: «Rabí, tú eres el Hijo de Dios, tú eres el Rey de Israel».

    Este encuentro es un ejemplo precioso para todos aquellos que sienten la llamada: la vocación nace siempre del encuentro personal con Cristo, que conoce nuestro corazón y nos invita a seguirlo con una confianza total.

    Un testimonio de vida

    Tras su encuentro con Jesús, san Bartolomé no dudó en dejar atrás su vida anterior para entregarse plenamente a la misión de anunciar el Evangelio. Según la tradición, predicó en diversas regiones, como la India, Armenia, Mesopotamia y Etiopía, transmitiendo la palabra de Dios y a menudo enfrentándose a grandes dificultades y persecuciones.

    Su valentía y fidelidad son un ejemplo para quienes se preparan para el sacerdocio o la vida consagrada. La entrega sin reservas a la misión, el testimonio valiente incluso ante el sufrimiento, y la confianza en la providencia de Dios son rasgos esenciales que san Bartolomé nos transmite.

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    El martirio de San Bartolomé, José de Ribera, Museo del Prado.

    El martirio, culminación del amor a Cristo

    Como muchos apóstoles, san Bartolomé dio su vida por amor a Cristo y a la Iglesia. La tradición señala que fue martirizado por predicar la fe en Jesús. Se cuenta que fue desollado vivo, un martirio especialmente cruel que, sin embargo, no logró hacerle desfallecer y renunciar al Amor.

    Este sacrificio extremo nos recuerda que la vocación sacerdotal y religiosa es una llamada a dar la vida por el Evangelio, no necesariamente de manera física, pero sí con un amor total y sin reservas, dispuestos a entregar nuestro tiempo, talentos y, en ocasiones, incluso enfrentarnos a pruebas por amor a Cristo y a los demás.

    ¿Por qué san Bartolomé es ejemplo para seminaristas y sacerdotes?

    En la Fundación CARF, que promueve la formación de sacerdotes diocesanos, vemos en san Bartolomé a un modelo ejemplar de fe, entrega y coraje. Su vida nos invita a reflexionar sobre tres aspectos fundamentales:

    El legado de san Bartolomé

    La misión de la Fundación CARF es apoyar la formación de sacerdotes para que puedan responder con fidelidad a la llamada de Dios, tal como hizo san Bartolomé. Creemos que cada seminarista, como el apóstol, está llamado a ser luz en el mundo, la sonrisa de Dios en el mundo y testimonio vivo del amor de Cristo.

    Apoyar a un seminarista es acompañar esa vocación que brota del encuentro personal con Jesús y que se expresa en una vida entregada, muchas veces con sacrificios, para la salvación de las almas. Por eso, te invitamos a conocer más sobre la labor de la Fundación y a sumarte a esta hermosa misión.

    San Bartolomé, apóstol y mártir, nos enseña que la verdadera grandeza de la vida cristiana está en responder a la llamada de Cristo con un corazón abierto, lleno de fe y amor. Su ejemplo desafía a todos los que sientan la llamada a la vida sacerdotal o consagrada, a no temer los obstáculos, sino a confiar plenamente en la gracia de Dios.

    Que su vida y su testimonio sean inspiración para que cada día más jóvenes puedan descubrir la belleza de la vocación y entregar sus vidas a Dios y al servicio a la Iglesia.

    El Evangelio de día (Jn 1, 45-51)

    En aquel tiempo, Felipe encontró a Natanael y le dijo:

    — Hemos encontrado a aquel de quien escribieron Moisés en la Ley y los Profetas: Jesús de Nazaret, el hijo de José. Entonces le dijo Natanael:

    — ¿De Nazaret puede salir algo bueno?

    —Ven y verás, le respondió Felipe.

    Vio Jesús a Natanael acercarse y dijo de él:

    — Aquí tenéis a un verdadero israelita en quien no hay doblez. Le contestó Natanael:

    — ¿De qué me conoces? Respondió Jesús y le dijo:

    — Antes de que Felipe te llamara, cuando estabas debajo de la higuera, te vi.

    Respondió Natanael:

    —Rabbí, tú eres el Hijo de Dios, tú eres el Rey de Israel.

    Contestó Jesús:

    —¿Porque te he dicho que te vi debajo de la higuera crees? Cosas mayores verás. Y añadió:

    — En verdad, en verdad os digo que veréis el cielo abierto y a los ángeles de Dios subir y bajar sobre el Hijo del Hombre.


    Bibliografía: