
A pesar del régimen soviético y de años de ateísmo militante, en Bielorrusia la fe no desapareció.
Andrei Yukhnik es un joven sacerdote bielorruso de 28 años. Nació en Lida, en la parte occidental de Bielorrusia, el 13 de septiembre de 1998.
Se encuentra ahora en Roma, en la Pontificia Universidad de la Santa Cruz, cursando el segundo año de la Licenciatura en Derecho Canónico gracias a una beca de la Fundación CARF.
Andrei nos cuenta su historia:
¡Un saludo a todos los benefactores de la Fundación CARF!
Me llamo Andrei Yukhnik, soy bielorruso y tengo 28 años. Crecí en una familia católica. Mis padres, católicos practicantes, me transmitieron desde la infancia las bases de la fe, sobre todo a través de su ejemplo. Gracias a ellos aprendí que la fe no es solo una tradición, sino una relación viva con Dios.
La experiencia parroquial desde la infancia como monaguillo y el ejemplo de los sacerdotes locales: una fuente de inspiración
Desde niño fui a mi parroquia, primero a través de la catequesis y luego como monaguillo. La vida parroquial tuvo un papel fundamental en la maduración de mi vocación. En mi comunidad prestaban servicio sacerdotes muy cercanos a la gente y profundamente dedicados a su misión. Su ejemplo hizo nacer en mí, poco a poco, el deseo de consagrar mi vida a Dios y al servicio de los demás.
Los años del seminario, fundamentales para entender el significado profundo de la vocación sacerdotal
Después de la escuela entré en el Seminario Mayor. Los años de formación me ayudaron a comprender más profundamente que el sacerdocio no consiste solo en realizar algunas funciones, sino que significa, ante todo, pertenecer a Cristo y servir a su pueblo.
La experiencia vivida en los sacramentos y la cercanía con la gente.
En 2023 fui ordenado sacerdote e incardinado en la Diócesis de Grodno. En los primeros años de ministerio he experimentado lo importante que es para un sacerdote estar cerca de las personas en la celebración de los sacramentos, en la catequesis, en el acompañamiento de los jóvenes y de las familias, y en los momentos de sufrimiento o de búsqueda espiritual.
La Diócesis de Grodno se encuentra en la parte occidental de Bielorrusia y es relativamente joven: fue erigida en 1991 por San Juan Pablo II. Es una de las zonas del país donde la presencia católica es históricamente más significativa, aunque en Bielorrusia los católicos constituyen una minoría y la confesión cristiana mayoritaria es la ortodoxa. Esto no impide una convivencia pacífica y respetuosa entre las diferentes confesiones.
Las persecuciones durante el régimen soviético y cómo las familias preservaron la fe a pesar de las adversidades: un gran ejemplo
La historia de la Iglesia católica en nuestras tierras ha conocido también periodos muy dolorosos. En el siglo XX, durante el régimen soviético y los años del ateísmo militante, muchas iglesias fueron cerradas, numerosas comunidades se quedaron sin sacerdotes, la catequesis fue fuertemente limitada y la vida religiosa encontró muchas dificultades. A pesar de todo, la fe no desapareció. Fueron sobre todo las familias quienes custodiaron las oraciones, las tradiciones cristianas y el deseo de recibir los sacramentos.
Tras los cambios de los años noventa, la Iglesia comenzó lentamente a reconstruir su propia vida. Aún hoy crece a pequeños pasos, gracias también a la ayuda de numerosas fundaciones, asociaciones y proyectos eclesiales. En las parroquias se organiza la catequesis de niños, jóvenes y adultos; se realizan retiros, encuentros y foros juveniles, conferencias y simposios científicos. Durante el verano son muy importantes también las peregrinaciones a pie hacia los santuarios, que se convierten en ocasiones de oración, fraternidad y testimonio de la fe.
El reto actual: ayudar a las nuevas generaciones a encontrar a Cristo en una sociedad que cambia rápidamente.
Hoy una de las principales tareas eclesiales en Bielorrusia es la transmisión de la fe a las nuevas generaciones. No basta con pertenecer culturalmente a una familia católica: es necesario ayudar a cada persona a encontrar personalmente a Cristo. Por lo tanto, se dedica una atención particular a los jóvenes y a las familias, en una sociedad que cambia rápidamente y que está cada vez más marcada por la secularización.
La importancia de las vocaciones y de la formación de sacerdotes capacitados para la enseñanza y el servicio diocesano.
Otro desafío muy importante se refiere a las vocaciones sacerdotales y a la preparación de personas cualificadas para el servicio eclesial. En nuestra diócesis se encuentra el Seminario Mayor, que sirve a la Iglesia católica en Bielorrusia y que necesita tanto nuevas vocaciones como sacerdotes adecuadamente formados para la enseñanza y la formación de los seminaristas.
Nuestro nuevo Obispo, aún joven, presta mucha atención a este aspecto. Desea que la Iglesia católica en Bielorrusia sea más conocida también fuera del país y que se sepa que, aun siendo una comunidad minoritaria, es una Iglesia viva y activa. Al mismo tiempo, considera importante preparar personas competentes para el servicio en el seminario, en la curia, en el tribunal eclesiástico y en las demás instituciones de la diócesis.
La necesidad en el campo del Derecho Canónico en Roma y las necesidades del tribunal eclesiástico.
Esta necesidad es particularmente evidente en el campo del derecho canónico. Actualmente nuestro tribunal eclesiástico sufre por la falta de personal adecuadamente formado, mientras aumenta el número de causas, sobre todo las referentes a la validez del matrimonio. Por eso pienso que mi Obispo, enviándome a estudiar Derecho Canónico a Roma, ve también la perspectiva de un futuro servicio mío en el tribunal diocesano.
Por esta razón actualmente estudio Derecho Canónico en la Pontificia Universidad de la Santa Cruz. Considero esta posibilidad no solo como una oportunidad personal, sino sobre todo como una responsabilidad hacia mi diócesis. Estudiar en Roma me permite conocer más profundamente la Iglesia universal, encontrarme con sacerdotes y estudiantes de muchos países y confrontarme con experiencias eclesiales diversas.
El derecho canónico, pues, en mi opinión no es simplemente el estudio de normas y procedimientos. Detrás de cada norma hay personas y situaciones concretas, y el derecho en la Iglesia debe estar siempre al servicio de la comunión, de la justicia y, en último término, de la salvación de las almas.
Por lo tanto, una vez terminados los estudios y de regreso en Bielorrusia, deseo poner la formación recibida a disposición de mi diócesis, colaborando, si es necesario, en el tribunal eclesiástico, en la curia o en la formación de los futuros sacerdotes. Sea cual sea la tarea que se me confíe, quisiera sin embargo seguir siendo, ante todo, un sacerdote cercano a la gente.
El reconocimiento de la gracia de Dios a través de las personas que han guiado su camino y de los benefactores de la Fundación CARF
Mirando a mi historia, veo cómo el Señor se ha servido de muchas personas: de mis padres, de los sacerdotes de mi parroquia, de los formadores del seminario y de mi Obispo. Por eso considero mi vocación como un don recibido para ser devuelto a través del servicio.
El futuro de la Iglesia en Bielorrusia presenta ciertamente muchos desafíos, pero veo también muchos motivos de esperanza: familias que continúan transmitiendo la fe, jóvenes que buscan a Dios, sacerdotes y consagrados que realizan con dedicación su misión y comunidades en las que el Evangelio se sigue viviendo.
Mi esperanza es poder volver a mi diócesis enriquecido por la formación recibida y poner todo lo que he aprendido al servicio de la Iglesia que me ha hecho crecer, en la cual he descubierto mi vocación y por la cual me he convertido en sacerdote.
Por eso les doy las gracias a mis benefactores de la Fundación CARF quienes me brindaron esta gran ocasión de formarme en Roma y servir a la Iglesia universal.
Gerardo Ferrara, es Licenciado en Historia y en Ciencias Políticas, especializado en Oriente Medio y responsable de alumnado de la Universidad Pontificia de la Santa Cruz de Roma.
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