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«El amor es más fuerte que la pornografía»

04/10/2026

«El amor es más fuerte que la pornografía»: una conversación con Juan Ignacio Izquierdo Hübner

La pornografía ha dejado de ser un fenómeno marginal para convertirse en una realidad que alcanza a muchos niños y adolescentes a edades cada vez más tempranas. En España, según los datos disponibles, el primer contacto suele producirse entre los nueve y los once años; en uno de cada tres casos ocurre de manera fortuita. Además, se estima que el 90,5 % de los adolescentes españoles entre los 13 y los 18 años ha visto pornografía en los últimos años.

Ante esta crisis, el sacerdote chileno Juan Ignacio Izquierdo Hübner, capellán del colegio Tabancura, ha publicado Ojos nuevos. El amor es más fuerte que la pornografía (Ediciones Semillas, 2025), un libro dirigido especialmente a jóvenes y nacido de sus años de conversación y acompañamiento pastoral. Es abogado, teólogo y doctor en Teología por la Universidad de Navarra.

Pero Ojos nuevos no es solamente un ensayo sobre los riesgos de la pornografía: es también una propuesta literaria. A través de una estructura teatral, con personajes como el ángel Lumen y el demonio Grimson, humor, diálogos y una trama que pone al lector ante un verdadero «tribunal nocturno», el padre Juan Ignacio intenta abordar un problema complejo con un estilo ameno y a ratos incluso divertido.

En esta entrevista explica por qué considera que la lucha contra la pornografía es también una búsqueda de libertad, amor y promoción de la más genuina humanidad.

Portada libro Juan Ignacio Izquierdo Hübner

Ojos nuevos. El amor es más fuerte que la pornografía

—¿Por qué decidió escribir un libro sobre pornografía? Mientras me preparaba para la ordenación sacerdotal, fui comprendiendo que una parte importante de mi trabajo consistiría en conversar con jóvenes sobre sus dificultades con el celular, las redes sociales y la pornografía. Recuerdo que un sacerdote español nos contaba en el seminario que había llegado al colegio con ganas de hablar a los alumnos de la Santísima Trinidad, pero que terminó dedicando buena parte de las conversaciones a ayudarles a gestionar mejor el móvil. 

Aquello me hizo pensar que aquí había una necesidad pastoral muy concreta. Decidí estudiar el tema y escribir un libro que pudiera ser realmente útil para un joven que estuviera luchando con la pornografía. Mi sueño era sencillo: que alguien pudiera terminarlo pensando «ahora tengo más recursos para salir de esto».

—¿Qué ha descubierto conversando con los jóvenes? Que debiéramos dedicarles mucho más tiempo. Nos necesitan más que antes. Los jóvenes desean recibir afecto, necesitan encontrar personas de confianza para compartir la propia intimidad, piden compañía y tienen un deseo enorme de amar y ser amados. Sin embargo, la pornografía ofrece una satisfacción inmediata, pero termina deformando precisamente aquello que la persona estaba buscando. El resultado es la confusión y, a veces, el desánimo.

También he descubierto que muchos jóvenes no están tan cómodos con las pantallas como podríamos pensar. Algunos quieren dejar las redes sociales, recuperar su concentración o liberarse de hábitos que sienten que les quitan tiempo. El problema es que no siempre tienen las fuerzas para hacerlo solos. Por eso necesitan que los adultos les ayudemos más.

—¿Por qué el título de Ojos nuevos? Porque creo que superar la pornografía no es el final de la historia, sino el comienzo. Cuando una persona se acostumbra a mirar el mundo a través de la pornografía, termina perdiendo sensibilidad para muchas cosas hermosas de la realidad.

Por eso no quería escribir simplemente un libro «contra la pornografía». Quería hablar de algo mucho más grande: de recuperar la capacidad de mirar. Mirar a otra persona y descubrir que no es un objeto. Mirar la propia vida y descubrir que merece la pena. Mirar la naturaleza, la amistad, el arte, la familia, la fe. En definitiva, aprender a contemplar el mundo con ojos nuevos.

Incapacidad para establecer relaciones

—¿La pornografía es solamente un problema moral? Es un problema humano. Tiene consecuencias sobre la libertad, la afectividad, la capacidad de establecer relaciones y la manera de comprender al otro. Por supuesto que existe una dimensión moral (entendida como el arte del buen vivir), porque estamos hablando de cómo tratamos a las personas y de qué hacemos con nuestra libertad.

Pero no se trata de reducir todo a la caricatura de la censura o la prohibición, sino que nos toca ayudar a la persona a comprender qué está buscando, qué le está ocurriendo y hacia dónde quiere conducir su vida para ser feliz.

—¿Qué papel desempeña el móvil en este problema? El móvil ha cambiado radicalmente la situación. Antes, acceder a determinados contenidos exigía buscarlos. Hoy pueden aparecer en el bolsillo de un niño de manera fortuita. Y hay otro problema: el móvil no solamente permite acceder a contenidos infinitos de pornografía, sino que puede convertirse en un amplificador de la soledad, la comparación, el aburrimiento y la búsqueda permanente de estímulos.

Por eso considero que el problema no puede abordarse solamente desde la pornografía. Debemos preguntarnos qué tipo de relación estamos enseñando a nuestros jóvenes a tener con la tecnología. 

—En España, el primer contacto con la pornografía se sitúa alrededor de los nueve a once años. ¿Qué significa que un niño pueda encontrarse con estos contenidos a esa edad? Significa que estamos pidiendo a un niño que procese una realidad para la que todavía no tiene las herramientas afectivas ni intelectuales necesarias. Y en uno de cada tres casos el primer contacto se produce de manera fortuita. Esto quiere decir que no basta con decirle al niño «no busques pornografía», pues puede encontrársela sin buscarla.

Por eso la prevención comienza mucho antes de que aparezca el problema. Es urgente proteger la infancia y, al mismo tiempo, formar a los niños para que puedan reconocer aquello que les hace daño y pedir ayuda a los padres cuando se encuentren con algo que los desconcierte.

Límites al móvil

—¿Qué deberían hacer los padres? Lo primero, no tener miedo de hablar. A veces los padres evitan estas conversaciones porque les resultan incómodas. Pero los hijos necesitan saber que pueden acudir a sus padres precisamente cuando algo les da vergüenza.

Lo segundo es poner límites. El amor también sabe decir que no. Entregar un smartphone con acceso ilimitado a Internet a un niño y esperar que él mismo sepa administrar aquello que muchos adultos tenemos dificultades para administrar es pedirle demasiado. Perdón, pero me parece una crueldad.

Y lo tercero es ofrecer alternativas. No basta con quitar una pantalla: hay que llenar ese espacio con amistad, deporte, lectura, música, conversación, naturaleza, familia, oración. La libertad necesita algo bueno hacia lo que dirigirse.

—¿Cómo ve el discurso actual de la Iglesia en estos temas? Me siento muy cercano a las preocupaciones que está expresando el papa León XIV sobre las nuevas tecnologías. Él ha insistido en que necesitamos una respuesta educativa, ética y responsable, y que la tecnología debe estar al servicio de la persona.

También ha señalado que los padres y educadores necesitan redes de colaboración para poder acompañar a los jóvenes. Así, en la Iglesia estamos intentando acompañar a las familias para que puedan discernir y tomar buenas decisiones.

Juan Ignacio Izquierdo Hübner

Seguir al papa León

—¿Se siente, de algún modo, en la «estela del papa León»? Sí, porque comparto una convicción fundamental: tenemos que poner a la persona en el centro. La tecnología es una herramienta extraordinaria, pero deja de ser una herramienta cuando nos sustituye. Y el papa León ha hablado con mucha claridad de la necesidad de proteger a los niños y adolescentes frente a un acceso digital precoz, ilimitado y sin supervisión.

—¿Entonces la respuesta es prohibir? La respuesta es educar, acompañar y, cuando sea necesario, poner límites. Junto con eso, a veces será necesario prohibir determinadas cosas a determinadas edades. Pero una educación basada únicamente en prohibiciones es pobre, pues queremos formar personas capaces de elegir el bien incluso cuando nadie las está mirando.

Por eso me gusta tanto la palabra «acompañamiento». Un joven que tiene dificultades con la pornografía no necesita solamente que alguien le diga que está haciendo algo mal. Necesita que alguien se siente a su lado, lo escuche sin escandalizarse y le ayude a descubrir que puede vivir de otra manera.

—¿Y qué puede hacer alguien que ya está atrapado en este hábito? Lo primero es no desesperarse. Al contrario, ¡animarse a luchar! La vergüenza puede ser una aliada muy mala cuando se convierte en desesperanza. Después hay que pedir ayuda para que alguien (idealmente el papá o la mamá) acompañe al hijo en su desafío de descubrir los momentos de mayor vulnerabilidad, modificar determinados hábitos, reducir las ocasiones de caída y acogerse a la misericordia de Dios.

Dios en el centro

—¿Qué lugar ocupa Dios en este proceso? Un lugar central. La vida cristiana consiste en descubrir un amor que suple nuestras debilidades. Cuando una persona descubre que ha sido creada por Dios, que tiene una dignidad inmensa y que está llamada a amar, cambia la perspectiva. La castidad, entendida correctamente, es una manera de aprender a amar. Y cuando uno descubre esto, comienza a preguntarse algo que a todo el mundo le interesa: «¿cómo puedo amar mejor?».

—¿Qué mensaje le daría a un joven que siente que no puede salir de la pornografía? Le diría que no se identifique con su problema. No eres «un adicto», ni «un caso perdido». Eres una persona que está luchando, como todo el mundo, y que puede pedir ayuda. 

También le diría que no se conforme con sobrevivir. Hay una vida mucho más bonita al otro lado de esta lucha. Cuando uno empieza a recuperar la libertad, descubre que el mundo tiene muchos más colores de los que veía antes.

Sin miedo

—¿Y qué mensaje daría a los padres? Que no tengan miedo. Los hijos necesitan adultos que estén dispuestos a acompañarlos, aunque los adultos tampoco tengamos todas las respuestas. Tenemos por delante una tarea que no podemos delegar completamente en los colegios, en las plataformas tecnológicas ni en el Estado. Necesitamos recuperar juntos el protagonismo educativo de las familias. Y necesitamos hacerlo con humildad, mientras seguimos aprendiendo.

Recuperar la esperanza

—¿Qué le gustaría que ocurriera después de que alguien leyera Ojos nuevos? Me gustaría que el lector experimente un aumento de esperanza. Que un joven pudiera pensar: «puedo ser libre». Que un padre dijera: «ahora sé mejor cómo conversar con mi hijo».

Por otra parte, que todos comprendiéramos que ésta no es solamente una batalla contra una industria o contra una pantalla. Es una lucha por algo mucho más valioso: nuestra capacidad de mirar al otro como persona, de vivir relaciones verdaderas y de amar como los mejores.


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