La Santa Misa, plenitud de los tiempos

En esta meditación del padre Ricardo Sada se explora cómo la Santa Misa actualiza el sacrificio de Cristo, revelando nuestra identidad como hijos de Dios y convirtiéndose en el centro vital de todo cristiano.

«Nosotros sabemos que la Biblia es la palabra de Dios, no son palabras puramente humanas, aunque hayan sido escritas por los escritores sagrados, sino que es palabra revelada, palabra de vida eterna.

Y una enseñanza que nos presenta San Pablo dice: "Al llegar la plenitud de los tiempos, envió Dios a su Hijo, nacido de mujer, nacido bajo la ley".

Al llegar la plenitud de los tiempos, cuando se da el momento central de la historia de la humanidad, cuando habían pasado algunos miles de años, no sabemos cuántos, desde el pecado original, y haber sido elegido el pueblo de Israel para que en él naciera el Mesías, cuando ya estaba todo dispuesto, Dios envía a su Hijo. A su Hijo único, nacido de mujer, nacido bajo la ley. Nacido de mujer, toma carne en las entrañas de una mujer y, por lo tanto, es verdadero hombre, al mismo tiempo que es verdadero Hijo de Dios.

¿Y para qué? Dice San Pablo: "Para que nosotros llegáramos a la plenitud de hijos". No es algo que se queda en el verbo de Dios, sino que nos afecta profundamente a nosotros. Y, por lo tanto, la Iglesia dice: "Cristo revela al hombre el propio hombre". Cristo nos descubre el misterio profundo del hombre. ¿Qué es el hombre? ¿Qué eres tú? ¿O qué soy yo?

La Misa, elevados al orden divino

Somos un espíritu encarnado, hecho para la unión con Dios para siempre, para vivir en la intimidad con Dios porque Dios nos asocia a su Hijo, nos da la vida de su Hijo. Y, por lo tanto, nos dice, "tú eres esto, tú eres un espíritu que está en una carne". Pero no nada más eso, no eres nada más cuerpo y alma, sino que al tener alma, estás capacitado para ser elevado al orden de lo divino.

Y pues creo que es importante que siempre corrijamos un poquito nuestra concepción de lo que es el hombre y la concepción de lo que somos nosotros. Tú no eres el cuerpo, tú tienes un cuerpo. Tú eres ante todo un alma, tú eres un espíritu. Eres un espíritu. Si no tuvieras cuerpo, serías un ángel. Pero como tienes cuerpo, eres una persona humana.

Pero lo que importa no es tanto tu cuerpo, aunque veamos, por ejemplo, que hay grandes pues, no sé, desarrollos médicos, ¿no? Qué bueno que alivien los cuerpos. Pero bueno, al final todos los cuerpos se van a a pues a morir, se van a corromper y se van a morir, por una razón o por otra, pero el alma vive para siempre.

Y así como nos encontramos muchas veces preocupados por la salud de nuestro cuerpo y vamos al doctor y nos dan medicinas y y seguimos un tratamiento y qué sé qué y qué sé cuánto, pues no podemos pensar que el alma sea menos importante, sino al revés.

Que somos ante todo un espíritu, un espíritu en carne, pero ese espíritu y esa carne, elevados a la realidad de los hijos de Dios, divinizados por la gracia, la gracia santificante. La gracia que es la la vida de Cristo que se nos comunica como si fuera una transfusión de sangre que, en vez de sangre, nos pone la divinidad.

Meterse en el misterio del amor

Pues que que nos valoremos adecuadamente. Somos mucho más de lo que parecemos. Decíamos ayer que que el hombre debería parecerse a a las aves porque vuela y porque canta, pues aquí Dios nos dice, "mira, no tienes límite para poder volar, tu espíritu puede volar siempre". Así como el cuerpo es muy limitante porque se cansa y y tiene una capacidad de de levantar tanto tantos kilos, de correr a tanta velocidad, tu alma no, tu alma siempre puede subir y subir y subir y subir, no tienes límite. No tienes límite en el amor.

Pues es el misterio, el misterio de de toda persona y y por eso pues en un retiro o en un rato de oración, lo que buscamos siempre es, a ver, métete en tu interior, ahí es donde vive la verdad, eh cabe Dios en tu interioridad, es el lugar donde realizas el encuentro.

Pues Cristo revela al hombre al propio hombre y nos deja los sacramentos. Él es un sacramento. ¿Qué es un sacramento? Un sacramento es una cosa sensible que que tiene eh o que contiene una gracia invisible. Y Cristo es un misterio porque ahí la gente que lo veía, pues veía un un hombre que hablaba, que pues hacía algunos gestos, que hacía milagros. Pero eh los que tenían fe veían también ahí al al Hijo de Dios, un sacramento.

Y después dice, "te voy a dejar sacramentos como eh signos de mi presencia para que tú no te olvides de mí, te acuerdes siempre de mí". Y nos deja los siete sacramentos.

Y yo quería que habláramos un poquito en en la Eucaristía, pero no en la Eucaristía como eh la hostia consagrada, sino la Eucaristía cuando se hace la Eucaristía. Lo que se llama la Eucaristía in fieri, o sea, en el hacerse, que es el sacrificio de la misa, el santo sacrificio de la misa. Que que al pensar un poquito en la misa, eh creciera nuestra fe y creciera nuestro amor.

El amor de Cristo en el Calvario

Porque es una realidad que puede resultar, si la vemos superficialmente, muy aburrida. Siempre igual. Eh "yo podría hacer cosas mucho más interesantes. Tengo, no sé, todo un mundo de diversión en mi teléfono y esto, pero esto es muy lento y y me empiezo a dormir, además a lo mejor llegué, no sé, no había lugar y no me gusta pues cómo habla este sacerdote o o cómo predica". Y decimos otra vez, "intenta profundizar, intenta irte a lo más hondo". ¿Y qué estás haciendo cuando estás en misa? Estás tomando parte del sacrificio de Cristo en el Calvario.

Y todos pues estamos llamados a aumentar nuestra fe y a pedir también, por ejemplo, por los sacerdotes. Es muy importante porque los sacerdotes pues celebramos muchas misas. Ayer me llamó un sacerdote para decirme si le podía ayudar porque tenía muchas misas. Yo le dije, "oye, perdóname, es que no va a estar el otro sacerdote aquí y no puedo ir, pero pero bueno, avísame otra vez".

A lo mejor iba a celebrar cuatro misas o cinco misas un un domingo o un día de de misa de obligación. Decimos, "oye, ¿y después de la tercera misa, de la cuarta misa no empieza como a a flaquear tu fe? ¿No te sientes cansado? ¿O no empieza a haber como un poquito de de fastidio por celebrar la misa? A lo mejor ya te estás quedando sin voz y ya pues tienes carraspera porque pues has hablado mucho y has en cada misa dado una homilía. Y además pues como ha acumulado mucha gente pues has tenido que estar mucho rato y parado".

Y yo no sé si vamos a rezar para que este sacerdote no pierda nunca la conciencia de de que está actualizando el sacrificio de Cristo. Y que lo más importante no es la liturgia de la palabra o no es, no sé, la serie de avisos parroquiales que nos están dando, sino que lo más importante es la doble consagración. Ese momento en que se consagra separadamente el pan y el vino, que simbolizan la la separación cruenta de el cuerpo y la sangre de Jesús en el Calvario. Y la sabiduría divina ha hallado un modo maravilloso para hacer presente ese momento.

El mes de Nisán

Ninguno de nosotros estuvimos presentes ahí en el año 33 de el mes de Nisán, en el día 14, en Jerusalén, de 12:00 a 3:00 de la tarde. No, no estuvimos. Pero dice, "mira, ahora te voy a dar la oportunidad de que sí estés. Vas a estar presente en el sacrificio del Calvario. Te vas a ir con tu fe como si te fueras en una nave espacial que te transporta por el tiempo y por el espacio y te va a poner en Jerusalén ese día y a esa hora. Y tu fe te va a decir, 'aquí estás'.

Aquí estás y no hay otro Cristo muere en la plenitud de los tiempos". Cuando el el eje de la Tierra pues empieza a a hacer que todo esté dando vueltas en torno a la cruz de Cristo. Todo se resuelve ahí.

Por eso el sacerdote, después de hacer la doble consagración, dice: "Este es el sacramento de nuestra fe". Un misterio. Sacramento significa misterio. Un misterio, yo veo una cosa pero hay mucho más. "De fe", porque no estamos haciendo efectos especiales. No estamos poniendo un video o los ruidos del martillo cuando clavaban a Cristo o los gritos de los soldados o del pueblo, o las siete palabras de Jesús, ¿no? No estamos diciendo "está cayendo la sangre, está ahorita pues, no sé, eh diciendo esta palabra o aquella", ¿no?

Pero la fe nos dice, en la doble consagración está eh el cuerpo y la sangre de Cristo separados. Por lo tanto, Cristo está muerto, acaba de morir. Acaba de morir, está muerto. El receptor dice: "Este es el sacramento de nuestra fe, anunciamos tu muerte". Sí, estás muerto. Y el misterio tan profundo que nos hace después decir, "pero eh proclamamos tu resurrección".

Está resucitado. El resucitado es el mismo que estuvo muerto, por eso el resucitado se aparece con las señales de los clavos y las llagas en las manos y en el costado. Y terminamos diciendo, "ven, Señor Jesús". Ya ven a establecer tu reino, tu reino definitivo. Ya está, ya ha dado inicio tu reino, pero ven a establecerlo de modo pleno.

¿Qué pasa en la Misa?

Por eso qué bueno que que tengamos pues una gran valoración por la misa. Eh que que podamos nosotros comprender, digo que nunca la vamos a comprender plenamente, pero sí un poquito mejor. Con la ayuda de Dios, del Espíritu Santo, eh comprendamos un poquito mejor la misa y que lo veamos como una muestra enorme enorme de amor de Dios, un una explosión de amor.

Y que comprendamos también cuál puede ser como el dolor de Cristo cuando no apreciamos la misa o simplemente cuando no vamos, cuando no la la tenemos como en un lugar absolutamente prioritario que le da sentido a no solo al domingo, sino a toda la semana.

¿Qué pasa en la misa? Pues decíamos, Cristo muere y, por lo tanto, se nos abren las puertas del cielo que estaba cerrado por el pecado de nuestros primeros padres. Otra vez, ya podemos entrar al cielo porque Jesús ha pagado nuestro rescate con su amor infinito.

Y además, salvamos sacamos almas del purgatorio. Por eso pues qué bueno es esta costumbre de que cuando hay algún difunto pues siempre, siempre se trata de que se celebre una misa y después a lo mejor, si se puede pues un novenario de misas, o si no al mes, o si no cada año, porque cada misa saca almas del purgatorio. A lo mejor esa persona, este pariente nuestro, lo que sea, sigue en el purgatorio. Bueno, "te voy a ofrecer, Señor, esta misa por mi abuelito difunto".

Lo voy a ayudar a que salga del purgatorio o a otras almas voy a sacar del purgatorio. Y cuando yo me vaya a mi juicio, a lo mejor voy a tener ahí santos que van a decir, "te vamos a a hablar muy bien de ti porque nos ayudaste a salir del purgatorio". Porque ofreciste también la misa por nosotros, los difuntos.

La misa, una misa vale más que las oraciones particulares. ¿No? No perdamos la conciencia sacramental de la misa, de la Iglesia es sacramental. Y muchas veces, "no, es que ya fui, por ejemplo, a a la feria de Tepalcingo". Bueno, pues fuiste a comprar cosas o a qué fue a qué fuiste. "No, es que fui a ver a Jesús Nazareno". Bueno, ¿pero fuiste a misa o no fuiste a misa? "Es que fui a la procesión". ¿Pero fuiste a misa o no fuiste a misa? Porque todo lo demás no intentamos no no es el acto de Cristo, no es la acción de Cristo, de valor infinito.

Dice un libro sobre la misa: "Luego de la consagración, como en la cruz, todo se ha cumplido. Él se encarna en las manos del sacerdote como en el seno de María. Todos somos colmados de gracia y el Señor es con nosotros". Ahí está Jesús haciendo el bien, curando todo género de males, obrando toda clase de maravillas, iluminando los ciegos, multiplicando el pan, apaciguando las olas de las pasiones y de las penas, resucitando a los muertos a la vida de la gracia.

Dándose todo entero como en el cenáculo, entregándose como en el huerto de los olivos, callando como en Jerusalén, elevándose como en el Calvario, derramando su sangre como en la cruz, glorioso y vivo como el día de su victoria, derramando sobre toda carne su bendición, su espíritu y su gracia. Oh, profundidad de los misterios de Dios. ¿Quién no se sentirá anonadado ante el solo pensamiento de este sacrificio en el que Dios no cesa de obrar lo que ha consumado una vez en el Calvario, haciéndose Él mismo templo, altar, sacerdote y víctima?

Dios lo da todo

Dios da como quien es, ¿no? Dios da infinitamente. Dios hace milagros pues verdaderamente increíbles. No solo porque se queda en el pan presente con su cuerpo y su sangre, su alma y su divinidad, sino porque hace actual su sacrificio. ¿Cuánto milagro? Si nos ponemos a pensar, por ejemplo, ¿cuántos sagrarios hay? O sea, aquí en esta casa está este, está el de la administración, está el del colegio, están los de la casa de retiros.

Bueno, ¿y en todos esos sagrarios hay un copón que tiene muchas hostias? Y en cada hostia está Jesús y también está en cada trozo de cada hostia, si se parte la hostia, están repetido. Bueno, ¿y si eso lo multiplicas por todos los sagrarios del mundo? Eso ahí, ¿qué milagro? O sea, qué increíble milagro.

Bueno, pues todo eso eh procede del gran milagro del amor de Dios. Y lo mismo podríamos decir, en este momento aquí donde estamos, en esta latitud, en esta hora, pues ha de haber, no sé, 10, 15, 20 mil misas que se están celebrando en este momento. Y dentro de una hora pues habrá otras 10, 15, 20 ¿En dónde? Pues no sé, en África, en Australia, en Japón, o a lo mejor aquí porque pues a lo mejor hay una misa vespertina y bueno, ha de haber muchas misas ahorita que se están celebrando en México, pues porque es la misa vespertina.

El sacrificio del Calvario

Y y qué milagro, ¿no? Que el sacrificio del Calvario esté haciéndose presente aquí y allá y cien veces, mil veces, ¿y quién puede hacer esto? Pues solamente el poder de Dios, un milagro de primer orden.

Y entonces vamos a decir, "yo no puedo eh como reducir el regalo de Dios", ¿no? Sería muy triste que lo viera, por ejemplo, como una simple obligación. "Es que tengo que ir". Es que no le vas a hacer tú un favor a Dios si vas a misa, es Él el que te hace un grandísimo favor, que te invita. Hay una invitación, dice, "ven a mi sacrificio, acompáñame". No vayas a hacer como Pedro y los demás apóstoles que se fueron, no estuvieron en el sacrificio, solo estuvo María y Juan y las santas mujeres.

Los apóstoles, todos los demás, bueno Judas ya se había ido a a ahorcarse, pero los otros diez salieron corriendo por miedo. Y Jesús nos dice, "a ver, voy otra vez, otra vez te cito, otra vez estoy contigo, otra vez quiero que me acompañes, consuélame, aprovecha todas las gracias que voy a derramar en esta Eucaristía".

En primer lugar, porque te vas a unir a la alabanza que le estoy dando al Padre celestial y, por lo tanto, estás cumpliendo tu primera tu primera obligación como criatura, que es glorificar a Dios. "Es que yo puedo rezar también muy bien en mi casa". Sí, pero ¿quién no está rezando tú? Estás rezando con Cristo, unido a Cristo, con toda la Iglesia. Y lo que tú rezas pues es una oración particular. Aquí está el momento de la redención, la plenitud de los tiempos. Aquí es donde se derraman sobre el mundo todos los bienes, todas las gracias.

Pues ayúdanos, Señor, a a entender un poquito, ayuda a todos los fieles cristianos, ayuda a todos los sacerdotes, que no hagamos de la misa una cosa banal, superficial, una cosa puramente humana, ¿no? Como si fuera un show donde lo importante es el sacerdote, ¿no? Lo importante no es el sacerdote.

Si lo importante fuera el sacerdote, pues haríamos como hacen los pastores protestantes, que los pastores protestantes, cuando acaban su pues no sé cómo se llama, su su celebración dominical o sus lecturas de los salmos y sus cantos, pues se van a la entrada de la iglesia y se ponen a despedir a todos los feligreses.

No, aquí es que "yo no fui a ver al padrecito fulano". No, no, yo no fui a ver al sacerdote, no tiene por qué salir a saludarme, yo fui a ver a Cristo, a estar con Cristo. Y, por lo tanto, el sacerdote es lo de menos. "Es que no me gusta su tono de voz", da igual. Con tal de que sea un sacerdote válidamente ordenado, está haciendo actual el sacrificio de Cristo.

Sea aquí el momento propicio, el grandísimo tesoro. Hay un autor que dice: "A la hora de tu muerte, tu mayor consuelo serán las misas que con devoción hayas oído en tu vida. Cada misa que oíste te acompañará al tribunal divino y ahí abogará por ti para que alcances el perdón". Pues tu mayor consuelo. No tanto, no sé, una una obra de caridad que hice, ¿no? Porque yo estoy en el momento en en el que Jesús está ofreciendo al Padre y me uní, estuve con devoción. Pues qué bueno que tengamos esta conciencia.

Pues ojalá digamos, "la misa es el centro de mi vida". Así le gustaba decir a San Josemaría, "o sea, que sea el centro de tu vida". No hay nada más importante ni en el día de hoy, ni mañana, ni cuando termine la carrera, ni nada, que estar en misa. Hacer de que la misa sea el centro del domingo. "Es que no me dio tiempo de ir a misa". Pues ponla en primer lugar y vas a ver que siempre te va a dar tiempo. Si la pones en primer lugar, pues el centro, todo lo demás gira en torno a la misa, como los planetas giran alrededor del sol.

Vamos a tratar de evitar la rutina y participaremos con ilusión. A lo mejor, no sé, no tengo por qué cantar o no tengo por qué, no sé, responder muy fuerte, pero lo que sí tengo que hacer es tener conciencia de lo que estoy haciendo. Poner atención, atención interior. También exterior no voy a estar babeando, ¿no? Pero pero puedo estar así como viendo para adelante y estar en la luna. Voy a tratar de eh de estar verdaderamente participando, tomando parte en el sacrificio.

Cuidar la preparación y la puntualidad. ¿No? O sea, pensé qué voy a hacer, dónde voy a estar, voy a ir al sacrificio de Cristo, me voy a unir a Él, voy a llegar con tiempo. Hombre, porque muchas veces si llego tarde ya no encuentro dónde sentarme y pues voy a estar muy incómodo. No, llega temprano, no no llegues tarde porque vas a estar hasta allá, hasta el montón de gente que está hasta atrás y sigue llegando gente tarde y pues te estás distrayendo. Bueno, llegué temprano y pues tengo tuve un buen lugar.

Puedo ir también con una intención para decir, "esta misa, Jesús, te la voy a ofrecer pues por esta necesidad que tengo, por esta persona, o por la Iglesia, o por el Papa, o por las almas del purgatorio, por este familiar que murió". Pues la intención de ofrecerla y procuramos, por lo tanto, no faltar a la cita del domingo.

Y así es la misa mide, o sea, la importancia que le estoy dando a Dios, ¿no? Y la importancia que da también cada cristiano. Pues la misa es para mí, para ti, para cada uno de nosotros, es tu misa, es la misa en que te unes a Jesús.

Y el Papa San Juan Pablo le gustaba decir que lo que pasó en el Calvario pasa también en cada celebración. No solo la muerte de Cristo, sino también, por ejemplo, la presencia de María. María está en el Calvario, María está en cada misa, es la única que nunca falta a misa. Puede haber nada más una viejita en una misa o a lo mejor nadie, o estaba una persona y era un turista y se salió.

Bueno, pero está María, no no deja de estar ella nunca en todas las misas, como estuvo en el Calvario y de ahí. Dice también el Papa que ahí Jesús repite las palabras que le dice que le dijo a Juan, "ahí está tu madre y ahí a tu madre, te entrego a tu madre". Entre la consagración del pan y la consagración del vino pues Jesús está crucificado, pero todavía no está muerto.

Y es cuando pronuncia esas palabras: "Mujer, ahí a tu hijo" y "ahí a tu madre", pues ahí me la está dando, en este momento la estoy recibiendo y tengo esta dicha y y he procurado pues vivir así con recogimiento la celebración eh desde el fondo, porque me he preparado, porque a lo mejor desde el sábado ya estoy pensando "¿A qué hora voy a ir a misa mañana?" y "¿Cómo le hago para apurarme y que me dé tiempo y no andar a las carreras?".

Y "voy a tratar de ir un ratito antes y me voy a poner a hacer un poco de oración" o puedo decir "voy a a tener un misal o voy a buscar en internet pues cuál es la misa de mañana, cuál es el evangelio de mañana y cuáles son las oraciones propias de mañana, voy a pensarlas un poquito, voy a a rezar un poquito con esas oraciones".

Pero ante todo, voy a a sintonizar con el corazón de Jesús que se ofrece al Padre y nos salva, y ya no eres puramente terreno, ya ni siquiera eres puramente psíquico, eres de naturaleza divina, porque Jesús al morir, nos dio esa capacidad de ser también nosotros hijos de Dios».


Ricardo Sada Fernández, sacerdote mexicano de la Prelatura de la Santa Cruz y Opus Dei, es ingeniero informático y doctor en Teología. Ordenado en 1981 y con una larga experiencia como predicador y director espiritual, es autor de varios libros, y conocido por su página www.medita.cc, que publica diariamente meditaciones en audio.



El papa León XIV reza por los sacerdotes en crisis

A inicios de Semana Santa, el papa León XIV daba a conocer su intención de oración para el mes de abril, dedicada a los sacerdotes en crisis, abriendo un espacio de reflexión sobre la necesidad de cuidarlos, escucharlos y acompañarlos.  

A través de la Red Mundial de Oración del Papa –con la campaña Reza con el Papa– el Santo Padre invitaba a los fieles y a las personas de buena voluntad a detenerse un momento en oración, para reconocer y profundizar en que detrás de cada ministerio hay una vida que también necesita cercanía y escucha.

En su oración, el Santo Padre dirigía una súplica profunda por los sacerdotes que atraviesan momentos de dificultad: «cuando la soledad pesa, las dudas oscurecen el corazón y el cansancio parece más fuerte que la esperanza». El papa León XIV recordaba que los presbíteros «no son funcionarios ni héroes solitarios, sino hijos amados, discípulos humildes y queridos, y pastores sostenidos por la oración de su pueblo».

Además, el papa León XIV subrayaba la importancia de redescubrir la dimensión comunitaria del ministerio sacerdotal. En particular, invitaba a los fieles a «escuchar sin juzgar, agradecer sin exigir perfección y acompañar con cercanía y oración sincera», reconociendo que el cuidado de los sacerdotes es una responsabilidad compartida por todo el Pueblo de Dios.

En su oración, el Papa pedía especialmente que los sacerdotes puedan contar con «amistades sanas, redes de apoyo fraterno» y la gracia de redescubrir la belleza de su vocación.

El papa León XIV pide sostener a quienes sostienen

El director internacional de la Red Mundial de Oración del Papa, el padre Cristóbal Fones, señalaba que esta intención de oración le resultaba particularmente cercana: «El Papa nos recuerda que tenemos que sostener fraternalmente a quienes sostienen. Yo mismo la siento muy de cerca, por tantos compañeros y amigos sacerdotes que atraviesan momentos difíciles. Es fundamental recordar la importancia del acompañamiento humano, de la amistad sincera y, sobre todo, del sostenimiento en la oración. Los sacerdotes necesitan saber que no están solos».

A la luz del magisterio reciente de la Iglesia –desde el Concilio Vaticano II hasta las enseñanzas de los últimos pontífices– se subraya que el sacerdote es un hombre frágil que necesita misericordia, cercanía y comprensión. 

Por ello, se insiste en que no debe afrontar en soledad los momentos de desánimo, sino dejarse acompañar y sostener por la comunidad. La fraternidad sacerdotal, la vida compartida y la oración del pueblo de Dios aparecen así como fuentes esenciales de gracia, capaces de renovar su vocación y sostenerlos en su misión cotidiana.

«No teman a su fragilidad: el Señor no busca sacerdotes perfectos»

Una Iglesia sinodal es también una que cuida y sostiene la vocación de los sacerdotes, ayudándoles a ser mejores pastores, mejores hermanos, mejores personas. El papa Francisco, en El Video del Papa de julio de 2018, ya mostraba su preocupación por sus hermanos sacerdotes, empezando su discurso con: «el cansancio de los sacerdotes… ¿Saben cuántas veces pienso en eso?».

El 27 de Junio de 2025, el mismo papa León XIV, con ocasión de la Jornada de la Santificación Sacerdotal, se dirigió a los presbíteros con las palabras: «no le teman a su fragilidad: el Señor no busca sacerdotes perfectos, sino corazones humildes, disponibles a la conversión y dispuestos a amar como Él mismo nos ha amado». 

También el mismo León XIV, el 26 de junio de 2025, interpeló a los participantes en el encuentro internacional Sacerdotes felices-Yo los llamo amigos (Jn 15, 15), promovido por el Dicasterio para el Clero en el Jubileo de los Sacerdotes, les decía: «en el corazón del Año Santo, juntos queremos dar testimonio de que es posible ser sacerdotes felices, porque Cristo nos ha llamado; Cristo nos ha hecho sus amigos (cf. Jn 15, 15); es una gracia que queremos acoger con gratitud y responsabilidad».

Desde la Red Mundial de Oración del Papa se subraya que esta intención no es solo una invitación a rezar, sino también a actuar: promover espacios de escucha, fomentar comunidades acogedoras, evitar las críticas destructivas, y fortalecer vínculos como comunidad.

Sacerdotes en crisis y el misterio de la vocación

La llamada a la vocación del sacerdocio pide, al hombre que la recibe, dedicar su vida a facilitar que sus hermanos vivan más cerca de Dios.

¿Qué es la vocación sacerdotal? La vocación es un misterio de amor entre Dios, que llama al hombre con amor, y un hombre que le responde libremente y por amor. Sin embargo, la vocación al sacerdocio no es simplemente un sentimiento. Más bien es una certeza interior que nace de la gracia de Dios, que toca el alma y pide una respuesta libre.

Si Dios llama, la certeza irá creciendo en la medida de que la respuesta vaya siendo más generosa. La llamada al sacerdocio pide al hombre que la recibe, dedicar su vida a facilitar que sus hermanos vivan más cerca de Dios. Ha sido llamado para realizar un humilde servicio a favor de toda la humanidad en nombre y representación del mismo Cristo.

Al ser ordenado sacerdote: se recibe el Sacramento del Orden, quedando preparado para prestar su cuerpo y su espíritu, todo su ser, al Señor. Cristo actuará sirviéndose de él especialmente en aquellos momentos en los que realiza el Sacrificio del Cuerpo y de la Sangre de Cristo y cuando, en nombre de Dios, en la Confesión sacramental, perdona los pecados.

¿Cómo saber si tengo vocación al sacerdocio?

Dios llama a todos y a algunos con una misión específica, pensada personalmente para ellos: «cada uno por su camino», dice el Concilio Vaticano II con su llamada universal a la santidad.

Cada creyente debe discernir su propio camino, tomar la decisión de seguirlo y sacar a la luz lo mejor, aquello tan personal que Dios ha puesto en uno, y no permitir que se desgaste intentando imitar otra cosa que no ha sido la pensada para él.

La herramienta que tenemos los cristianos para descubrir nuestra vocación, y si es el matrimonio, el sacerdocio o el celibato apostólico, es la oración. La oración es absolutamente necesaria para la vida del alma. Este diálogo con Dios permite que el espíritu se desarrolle. «Si dices basta, estás perdido», nos recuerda san Agustín. Toma nota.

La oración para el discernimiento vocacional

En la oración se actualiza la fe en la presencia de Dios y de su amor. Se fomenta la esperanza que lleva a orientar la vida hacia Él y a confiar en su providencia. Y se agranda el corazón al responder con el propio amor al Amor divino.

Nuestro ejemplo es Jesús, que ora antes de los momentos decisivos de su misión. Con su oración, Jesús nos enseña a orar, a descubrir la voluntad de nuestro Padre Dios y a identificarnos con ella. Además, como recomienda el Catecismo, en el momento del discernimiento vocacional puede ser de gran ayuda la figura del director espiritual, es decir, aquella persona a la cual nos podemos confiar y que nos ayuda a descubrir la voluntad de Dios.

Signos vocacionales

El deber de suscitar vocaciones incumbe a toda la comunidad cristiana, y en la Fundación CARF apoyamos este compromiso.

En la formación de una vocación sacerdotal, se puede tener en cuenta algunos aspectos o rasgos generales que ayudan a discernir si un hombre está siendo llamado por Dios al sacerdocio. El Derecho Canónico describe algunos detalles. En su punto 257 señala: «la formación de los alumnos ha de realizarse de tal modo que se sientan interesados no sólo por la Iglesia particular a cuyo servicio se incardinen, sino también por la Iglesia universal, y se hallen dispuestos a dedicarse a aquellas Iglesias particulares que se encuentren en grave necesidad».

El amor a la Iglesia, a la Eucaristía, nuestra Madre María Santísima, la Confesión frecuente, la Liturgia de las Horas, son los signos claros de la llamada al sacerdocio. El gusto por las cosas de Dios, puede llegar súbitamente como un magnífico descubrimiento a partir de un encuentro con Cristo, o haberlo sentido toda la vida desde pequeños inculcado por nuestra familia. ¡Tú, reza por las vocaciones!



La Cuaresma y el perdón de Dios

La Cuaresma es el tiempo litúrgico en el que la Iglesia invita a los cristianos a detenerse, mirar su vida ante Dios y volver a Él con un corazón renovado. Durante cuarenta días se nos propone un camino de conversión marcado por la oración, la penitencia y la caridad. No se trata solo de un cambio exterior, sino de una llamada profunda a reconocer nuestra fragilidad y abrirnos nuevamente a la misericordia de Dios.

«Te compadeces de todos, Señor, y no odias nada de lo que has hecho; cierras los ojos a los pecados de los hombres para que se arrepientan y los perdonas, porque Tú eres nuestro Dios y Señor» (Miércoles de Ceniza, antífona de entrada).

En ese día, durante la celebración de la Santa Misa, o en una ceremonia aparte, los fieles que lo deseen, se acercan al altar para que el sacerdote les imponga la ceniza, a la vez que dice: «Acordaos de que sois polvo, y en polvo os convertiréis»; o, «Convertíos y creed el Evangelio».

Estas dos frases no tienen un sentido contradictorio. Se complementan, y si sabemos unirlas, nos dan el sentido profundo de lo que la Iglesia quiere que vivamos en este tiempo litúrgico: una nueva Conversión en nuestro vivir cristiano.

¿Con qué disposición hemos de comenzar a vivir estos días? Josemaría Escrivá, en Es Cristo que pasa, n. 57, nos recuerda: «hemos entrado en el tiempo de Cuaresma: tiempo de penitencia, de purificación, de conversión. No es tarea fácil. El cristianismo no es camino cómodo: no basta estar en la Iglesia y dejar que pasen los años. En la vida nuestra, en la vida de los cristianos, la conversión primera –ese momento único, que cada uno recuerda, en el que se advierte claramente todo lo que el Señor nos pide– es importante; pero más importantes aún, y más difíciles, son las sucesivas conversiones.

Y para facilitar la labor de la gracia divina con estas conversiones sucesivas, hace falta mantener el alma joven, invocar al Señor, saber oír, haber descubierto lo que va mal, pedir perdón» (...).

¿Cuál es la mejor manera de comenzar la Cuaresma?

Renovamos la fe, la esperanza, la caridad. Esta es la fuente del espíritu de penitencia, del deseo de purificación. La Cuaresma no es sólo una ocasión para intensificar nuestras prácticas externas de mortificación: si pensásemos que es sólo eso, se nos escaparía su hondo sentido en la vida cristiana, porque esos actos externos son –repito– fruto de la fe, de la esperanza y del amor.

Para que vivamos esa buena disposición de convertirnos, necesitamos preparar nuestro espíritu para escuchar con atención, y llevar después a la práctica, las luces que el Señor quiere darnos en estos días de Cuaresma. Esa disposición la podemos resumir en tres palabras: perdonar y pedir perdón.

Cuaresma perdón, tiempo para rezar a Dios

Al bendecir la ceniza el sacerdote puede decir esta oración «Oh Dios, que no quieres la muerte del pecador, sino su arrepentimiento, escucha con bondad nuestras súplicas y dígnate bendecir esta ceniza que vamos a imponer sobre nuestra cabeza; y porque sabemos que somos polvo y al polvo hemos de volver, concédenos, por medio de las prácticas cuaresmales, el perdón de los pecados, así podremos alcanzar, a imagen de tu Hijo resucitado, la vida nueva de tu Reino».

Todo comienza por pedir al Señor, humildemente, perdón por nuestros pecados, por nuestras faltas de amor a Él y de amor al prójimo. «Si al llevar tu ofrenda al altar recuerdas que tu hermano tiene algo contra ti, deja allí tu ofrenda delante del altar; vete primero a reconciliarte con tu hermano, y vuelve después para presentar tu ofrenda» (Mt. 5, 23-24)

Esa petición de perdón, y pensar en la alegría de Cristo al perdonarnos nuestros pecados, moverá nuestra alma a perdonar de todo corazón las ofensas, las injusticias, los malos tratos, las injurias, los abandonos, que hayamos podido recibir, y a no permitir que ni la menor semilla de odio, de rencor, de venganza, anide en nuestro corazón.

Perdonar como nos perdona Cristo. Así tendremos la humildad de espíritu tan necesaria para vivir nuestra vida en unión con Cristo, y siguiendo sus pasos, que nos lo ha señalado con estas palabras: «Aprended de Mí que soy manso y humilde de corazón». Y pidiendo perdón al Señor en el sacramento de la Reconciliación, la Confesión, como León XIV se lo ha recordado a los sacerdotes de Madrid:

«Por eso, queridos hijos, celebrad los sacramentos con dignidad y fe, siendo conscientes de que lo que en ellos se produce es la verdadera fuerza que edifica la Iglesia y que son el fin último al que se ordena todo nuestro ministerio. Pero no olvidéis que vosotros no sois la fuente, sino el cauce, y que también necesitáis beber de esa agua. Por eso, no dejéis de confesaros, de volver siempre a la misericordia que anunciáis».

Mensajes de Cuaresma

En muchos mensajes de Cuaresma, los Papas nos recuerdan las tres obras clásicas recomendadas por santos y doctores espirituales para vivir bien la Cuaresma: «oración, ayuno, limosna».

«La Cuaresma es un tiempo propicio para intensificar la vida del espíritu a través de los medios santos que la Iglesia nos ofrece: el ayuno, la oración y la limosna. En la base de todo está la Palabra de Dios, que en este tiempo nos invita a escuchar y a meditar con mayor frecuencia». (Francisco, Mensaje de Cuaresma, 2017).

Perdonando y pidiendo perdón, nuestra oración llegará al cielo; nuestro ayuno nos llevará a no buscarnos a nosotros mismo en nuestras acciones, y a querer dar gloria a Dios en todo lo que realizamos; y nuestra limosna, será acompañar a los necesitados, animar a los pecadores para que se arrepientan.

Nuestra oración es una honda manifestación de Fe que brota desde el fondo de nuestra alma. Fe que nos lleva a tener una confianza plena en Cristo, a unirnos con Él en su Vida, a conocerle mejor, y así, tendremos la alegría de calmar su sed. Y abre nuestro corazón para que amemos al Señor con todas nuestras fuerzas, y con lo mejor de nosotros mismos.

Nuestro ayuno nos lleva a desprendernos de nosotros mismos, a buscar solamente la gloria de Dios en todas nuestras acciones, a no pensar siempre en nosotros mismos y no a darnos vueltas con preocupaciones o recuerdos inútiles. Ayunar de nosotros y de nuestros intereses, elevará nuestro corazón, nuestra alma para tener hambre de amar a Cristo, de vivir con Él, y alimentarnos de verdad de su Palabra, y decirle con san Pedro: «Tú tienes palabras de vida eterna» (Jn. 6, 68). Y nosotros renovaremos nuestra Esperanza en el Señor, que nos abre el horizonte de la Vida Eterna.

En su Mensaje de Cuaresma, León XIV nos sugiere vivir una abstinencia que puede hacernos un gran bien a nuestro espíritu:

«Por eso, me gustaría invitarles a una forma de abstinencia muy concreta y a menudo poco apreciada, es decir, la de abstenerse de utilizar palabras que afectan y lastiman a nuestro prójimo. Empecemos a desarmar el lenguaje, renunciando a las palabras hirientes, al juicio inmediato, a hablar mal de quienes están ausentes y no pueden defenderse, a las calumnias.

Esforcémonos, en cambio, por aprender a medir las palabras y a cultivar la amabilidad: en la familia, entre amigos, en el lugar de trabajo, en las redes sociales, en los debates políticos, en los medios de comunicación y en las comunidades cristianas. Entonces, muchas palabras de odio darán paso a palabras de esperanza y paz».  

Nuestra limosna nos llevará a ser generosos en servir a los demás y seguir así los pasos de Cristo que nos ha dicho «El Hijo del hombre no ha venido a ser servido sino a servir; y a dar su vida en redención de muchos» (Mt. 20, 28). Tenemos muchas personas a nuestro alrededor que además de necesitar en algunos casos una ayuda material, necesitan nuestro afecto, nuestra comprensión, nuestra compañía. Y nuestra Caridad purificará nuestro espíritu, adorando a Jesús en el Santísimo Sacramento del Altar: la más honda limosna de amor que ofrecemos a Dios. 

Viviendo la oración, el ayuno y la limosna, estamos acompañando a Cristo en las tentaciones en el desierto, con nuestra Fe, con nuestra Esperanza y con nuestra Caridad.

Con nuestra Fe uniéndonos a su respuesta al diablo en la primera tentación: «No sólo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que procede de la boca de Dios» (Mt. 4, 4). Fe que nos ayuda a descubrir su corazón amoroso en todas las dificultades –en todas las piedras que podamos encontrar en nuestro camino– y llevar con Él, nuestra cruz de cada día. Él es, será siempre nuestro Pan.

Con el ayuno de nosotros mismos, y alimentándonos de su Pan, reviviremos nuestra Esperanza en la Encarnación de Nuestro Señor Jesucristo, y no tentaremos a Dios pidiéndole que haga cosas extraordinarias para deslumbrarnos, y forzarnos, de alguna manera, a seguirle, como pretendió el diablo en la segunda tentación. Uniremos nuestras penas, sacrificios y sufrimientos en la vida y en el trabajo cotidiano, a los que Él vive en su afán de redimirnos del pecado.

Y lo haremos sin llamar la atención, en el silencio de nuestra alma, en el secreto de nuestro corazón, como Él nos lo recordó: «Cuando ayudéis no os finjáis tristes como los hipócritas, que desfiguran su rostro para que los hombres noten que ayunan» (Mt 6, 16).

Con la limosna de amor, la Caridad, le daremos a Él todo nuestro corazón, a Él solo adoraremos, a Él solo serviremos, cuando salgamos al encuentro de las necesidades materiales y espirituales de las personas con las que convivimos, de las personas de nuestras familias, de nuestros amigos, y de los que el Señor quiera que nos encontremos en nuestra caminar. ¡Son tantos los que nos esperan al borde del camino de nuestra vida, como aquel hombre maltratado por los bandidos esperó el paso del buen samaritano!

Cuaresma: el pecado y el perdón de Dios

En acompañar a Cristo en estos días de Cuaresma, estamos viviendo con Él su triunfo sobre las tres concupiscencias que nos van a tentar hasta que terminemos nuestro caminar en la tierra: el demonio, el mundo y la carne, y nos preparamos para gozar con Él el triunfo de su Resurrección, en la que, además de esas tres tentaciones, quedan vencidas la muerte y el pecado. La luz de la Resurrección de Cristo deja ciego al diablo en nuestra alma. Abrimos los ojos del cuerpo y del espíritu al horizonte de la Vida Eterna.

En el Evangelio de cuarto domingo de Cuaresma se narra el encuentro del Señor con un hombre ciego de nacimiento. Jesucristo hace el milagro de devolverle la vista, y nos recuerda que Él es la luz del mundo: «Mientras estoy en el mundo, soy la luz del mundo».

Llenos de la luz del Señor, de sus enseñanzas, de sus mandamientos, no nos dejaremos engañar de esas palabras del diablo en la tercera tentación: «te daré todo el mundo, todo lo que estás viendo, si me adoras». No venderemos nuestra alma al diablo, y no caeremos tampoco en la seducción de las perspectivas puramente materiales y de triunfo propio que nos puede ofrecer este mundo, y que anhelan llenar nuestro orgullo y nuestra soberbia: nuestra carne, nuestro egoísmo.

Adoraremos solo al Señor

¿Cómo podemos vencer esas tentaciones, seguir los mandamientos y vivir con Cristo, que purifica nuestro corazón, y hacer así de nuestra vida, una verdadera vida “escondida con Cristo en Dios”? El salmo 94, 8, nos lo indica: «No endurezcáis vuestro corazón; escuchad la voz del Señor».

El Señor nos habla con su vida, y con sus palabras recogidas en los Evangelios, y nos muestra también el camino para que podamos vivir escondidos con Él en Dios –«Yo soy el Camino, la Verdad, la Vida»–: instituye la Eucaristía, y nos invita a alimentarnos con su Cuerpo y su Sangre.

Al recibir con fe y amor a Cristo en la Eucaristía, y viviendo con Él la Santa Misa, nuestra vida de Fe, de Esperanza y de Caridad, se asienta hondamente en nuestra alma. ¿Cómo y por qué? Porque hacemos un acto de Fe en la divinidad y humanidad de Cristo; en sus palabras, en su Resurrección y en la Vida Eterna. Cristo celebra la Misa, a Cristo comemos, y Él es la Vida Eterna.

Al recibirle, después de ofrecer con Él, y movidos por el Espíritu Santo, su vida a Dios Padre, vivimos la Esperanza del Cielo: “Quien come mi Carne y bebe mi Sangre, tiene vida eterna”; La Iglesia nos recuerda que la Eucaristía es “prenda de vida eterna”.

Y viviendo con Cristo aprendemos a amar a nuestros hermanos, a todos los hombres, como Él los ama. El poder vivir la Misa “con Cristo, en Cristo y por Cristo” es ya un adelanto de vivir del Amor que Dios nos tiene; y recibir a Cristo entregado a nosotros en la Eucaristía, es recibir en nuestro cuerpo y en nuestra alma, el Amor más grande que Cristo nos ofrece en la tierra: la donación total de todo su Ser, para nuestra salvación.

Siguiendo este caminar, y renovando nuestra Fe, nuestra Esperanza, y nuestra Caridad, al contemplar la Pasión y Muerte de Cristo, que vivimos el Viernes Santo, y en los misterios dolorosos del Santo Rosario, viviremos también en el Espíritu Santo y con la Santísima Virgen, el gozo de la Resurrección.



Ernesto Juliá, (ernesto.julia@gmail.com) | Publicado anteriormente en Religión Confidencial.


Preguntas frecuentes

– ¿Cuál es el significado de la Cuaresma?

La Cuaresma son 40 días antes de la Pascua, un tiempo especial para prepararnos para la fiesta más importante del cristianismo: la Resurrección de Jesús. Este periodo de reflexión y cambio empezó a ser reconocido por la Iglesia desde el siglo IV, como un momento para renovarnos, practicar la penitencia y acercarnos más a Dios.<br><br>En el Catecismo de la Iglesia Católica (540) se nos dice que "la Iglesia se une todos los años, durante los cuarenta días de la Gran Cuaresma, al Misterio de Jesús en el desierto". Así como Jesús pasó 40 días en el desierto para prepararse para su misión, nosotros usamos estos días para purificar nuestro corazón, reforzar nuestra vida cristiana y vivir con una actitud penitencial. Es un tiempo para volver a lo esencial, reflexionar sobre nuestra vida y fortalecer nuestra relación con Dios.

– ¿Por qué celebra la Iglesia la Cuaresma?

La Iglesia nos invita a vivir la Cuaresma como un tiempo de retiro espiritual, un espacio para hacer una pausa y reflexionar. Es un momento para fortalecer nuestra relación con Dios a través de la oración y la meditación, pero también para hacer un esfuerzo personal, como una especie de "desintoxicación espiritual", en la que dejamos de lado lo que nos aleja de Él.

Este esfuerzo de mortificación (como el ayuno o la limosna) es algo que cada uno decide de acuerdo a lo que puede dar, pero siempre con generosidad. La Cuaresma no es solo un sacrificio, sino una oportunidad para crecer y prepararnos para la gran fiesta de la Pascua: la Resurrección de Jesús. Es el momento para una conversión profunda, para renovar nuestro corazón y estar más preparados para vivir el Domingo de la Resurrección con alegría y paz.

– ¿Cuándo empieza y cuándo termina el tiempo de Cuaresma?

La Cuaresma empieza el Miércoles de Ceniza y termina justo antes de la Misa de Jueves Santo, la Misa de la Cena del Señor. Es un tiempo para prepararnos, de manera más intensa, para vivir la Pascua.

– ¿Cuál es el sentido de practicar el ayuno y la abstinencia?

El ayuno y la abstinencia son formas que nos propone la Iglesia para crecer en el espíritu de penitencia. Pero, más allá de los actos externos, lo importante es la conversión interior. No se trata solo de lo que hacemos por fuera, sino de cambiar nuestra actitud y acercarnos más a Dios con el corazón. Si no hay un cambio interior, el ayuno pierde su sentido.<br><br>Además del ayuno de la comida, el ayuno se puede vivir de forma más amplia. A veces, ayunar significa dejar de lado cosas buenas, como redes sociales, series, música o incluso algunas comodidades, como sacrificio para centrarnos más en Dios.

Pero el ayuno también implica luchar contra aquellos hábitos o actitudes que nos alejan de Él. Puede ser un "ayuno" del mal humor, de mirarnos demasiado en el espejo, o de las prisas al rezar. Se trata de hacer esfuerzos conscientes por mejorar en los aspectos de nuestra vida que no nos ayudan a acercarnos a Dios.

Impresiones de anochecer: silencio interior y encuentro con Dios

En nuestro caminar, llegamos al anochecer, a la noche. Desde pequeño me he sentido empujado –alentado, quizá sería mejor– a pasear con el día ya anochecido; y andar, solitario y en silencio, en medio de la oscuridad no interrumpida por el alumbrado urbano. Impregnado en la noche, se vive de otro modo el latir de la tierra, el fulgor de las estrellas, el aroma de toda la creación.

Anochecer, silencio y contemplación poética

¡Y que gozo, abandonarnos a la noche sin nostalgia, adentrarnos en ella, casi de puntillas, y solicitarle que nos haga partícipes de su misterio! Gozo que quizá un día vislumbró Rainer Maria Rilke al escribir estos versos en sus Poemas a la noche:

«Y de pronto comprendí que andas conmigo y juegas, / oh tú, crecida noche, y te miré asombrado... / ...tú, elevada noche, / no tuviste vergüenza de conocerme. Tu aliento / pasaba sobre mí. Tu dilatada seriedad, compartida / con sonrisa, penetró en mí».

Silencio interior y actitud ante la noche

Unos reciben la noche como amiga, otros la rehúyen, como un enemigo con el que no se consigue nunca hacer las paces.

Quienes la acogen amistosamente disponen su espíritu para escudriñar el amor virgen escondido en la oscuridad y en el silencio. Quizá con un cierto temblor, como Rilke:

«Si sintieras, oh noche, como yo te contemplo, como mi ser retrocede al impulso/ de querer arrojarse confiado en tus brazos. / ¿Puedo asirlo de modo que mi ceja, al arquearse de nuevo/ salve tan vasto caudal de mirada?».

Sé que no encontraré palabras para cantar la belleza de la noche –aunque pida ayuda a los poetas–; quizá porque las palabras agotan su servicio en el esfuerzo de tratar de entender­nos entre nosotros; y la noche es tierra cuajada para el escondido dialogar humano del alma con el espíritu, que se abre y prepara para la inefable comunicación –y no solo diálogo– entre el hombre y Dios, su creador.

La noche es criatura de Dios, y, como todas las criatu­ras, un regalo de Dios al hombre. Sin su tiniebla, ni siquiera el sol reluciría. Sin el descanso que nos ofrece, nuestro caminar en la tierra quedaría reducido a una simple locura; toda nuestra persona perdería el rumbo, la orientación, y no sólo el sistema nervioso. El silencio y la oscuridad de la noche abren al hombre horizontes ilimitados, más lejanos e impenetrables que los escondidos en la mar brava, y que apenas afloran al filo de las crestas de las olas de la mar océana.

La noche guarda el silencio

Y la noche guarda un silencio y una oscuridad para la juventud; una oscuridad en el silencio para la madurez; un silencio en radiante oscuridad para la plenitud del vivir. La noche enriquece nuestro escudriñar; nos invita a penetrar rincones no explorados, y los ojos, incapaces de aguantar la mirada al sol, se abren caminos mirando las estrellas, y llegan a desentrañar el misterio que esconde la noche: el misterio de no tener el hombre otro horizonte que la Vida Eterna, el Cielo.

Para quienes la esperan como enemiga, el alma de la noche se agota en la tiniebla y en el vacío; y su imagen parece un adelanto de la nada.

Silencio y oscuridad, hermanados

La noche figura entonces, y se presenta, hermanada con el silencio y la oscuridad. Trágica­mente hermanada. Como si la oscuridad no fuese otra cosa que tiniebla, y el silencio escondiese la asechanza del vacío y del agobio. Juan Ramón Jiménez escribió: "Se va la noche, negro toro/ -plena carne de luto, de espanto y de misterio-, / que ha bramado terrible, inmensamente, / al temor sudoroso de todos los caídos".

Ante semejante enemigo, no queda otro recurso que el intentar aniquilarlo, o huir de él. Se aniquila la noche llenándola artificialmente de ruido y de falsa luz, en espera del alba. El candoroso silencio musitado se convierte en griterío ansioso, disfrazado de sonrisas más o menos de máscara. Y la oscuridad radiante del universo a cielo raso, se trasforma en tiniebla de túnel que excluye las estrellas de nuestra mirada.

El misterio de la enfermedad

La noche adquiere un matiz distinto cuando aúna su misterio al de la enfermedad. Algunos enfermos aguardan su llegada con ansiedad, temerosos con un doble pavor: de que el sueño no llegue, y la angustia pueda convertir las horas hasta el amanecer en la figura de la muerte, de la propia muerte; o de que, si al final el sueño les vence, pueda convertir­se en el último dormir terreno.

En la noche el hombre es consciente, sin rubor ni vergüen­zas, de su penuria, de su indigencia y hasta de su miseria. Ya ha descubierto, sin maravillarse, que todo santo tiene algo –o mucho– de miserable; y que cualquier miserable está en condicio­nes de tener algo –o mucho– de santo. Ha saboreado confirmar lo que ya en cierto modo preveía: que el hombre no se jubila: quien se queda en tierra, a la hora de hacerse las barcas a la mar, prepara las redes y los aparejos para la faena de mañana. La mejor pesca siempre es en la noche.

La noche será luz

Quizá se siente más indefenso ante tantos miedos que le asaltan en los momentos menos oportunos. Quizá. Y, sin embargo, vale la pena afrontar el riesgo para que al fin llegue la noche a ser luz, como de alguna manera profética anuncia el Salmista: «y la noche será mi luz en mis delicias /porque la noche, como el día, será ilumina­da»; y añadió san Juan de la Cruz: «¡Oh noche que guiaste, / oh noche amable más que la alborada; / oh noche que juntaste/ Amado con amada, /amada en el Amado transformada».

anochecer dios la noche será luz silencio

De alguna manera lo vislumbró también Gibran, que en El Profeta, dejó escrito:

«Yo no puedo enseñaros como rezan los mares, los montes, las forestas. / Vosotros podéis descubrir su orar en el fondo de vuestro corazón, / Tended el oído en las noches pacífi­cas, y oiréis murmurar, / Dios nuestro, alas de nosotros mismos, queremos con tu Voluntad. (...) / No podemos pedirte nada; Tu conoces nuestra indigencia antes de que nazca; / Nuestra necesidad eres Tu; al darnos más de Ti mismo, nos das todo».   

Dios se nos ha dado a Sí mismo en el Niño Jesús que hemos cantado con nuestros labios, adorado con nuestra inteligencia, recibido en nuestro corazón, con los pastores, con los magos, con María y con José. ¿Ha iluminado su Luz, la oscuridad de nuestra noche?       


Ernesto Juliá, (ernesto.julia@gmail.com) | Publicado anteriormente en Religión Confidencial.


¿Por qué te recomendamos escuchar cada día 10 minutos con Jesús?

Los 10 Minutos con Jesús (10mcJ) tienen un objetivo: llevar la vida de Cristo a los oyentes. Mostrar la belleza de la vida de Jesús, de su doctrina y virtudes, y servir de 'altavoz' para tocar el corazón de las personas y acercarlos a Dios.

Además, 10 minutos con Jesús ha decidido que los donativos que se realicen a través de su YouTube contribuirán a las ayudas al estudio que financia la Fundación CARF para sacerdotes diocesanos, seminarista y religiosos y religiosas para servir a la Iglesia en todo el mundo.

¿Cómo se realizan los donativos en YouTube? Los Super Thanks

Recientemente YouTube ha activado la posibilidad de ingresar donaciones mediante un botón que se llama Super Thanks, que permite a los creadores de contenidos obtener ingresos e interactuar con los usuarios que quieren demostrarles un mayor agradecimiento por su contenido que el sencillo Like o Me gusta, que todos conocemos.

En cada vídeo de 10 minutos con Jesús aparecerá el botón de Gracias. Al hacer clic en él se abre la opción de donar diferentes cantidades.

¿Qué es 10 minutos con Jesús?

Este contenido, llamado 10 minutos con Jesús, son audios grabados por sacerdotes con el objetivo de ayudar a rezar. El proyecto nació en 2018, por propuesta de María Feria, madre y profesora. A la vista de las vacaciones de verano, María sugirió al capellán de su colegio grabar breves charlas espirituales para compartirlas durante esas vacaciones con sus hijos y gente joven de su entorno.

Ante la insistencia de la madre, don José María García de Castro, sacerdote incardinado a la Prelatura del Opus Dei, accedió. Montó un primer audio, utilizando su propio móvil y un lenguaje sencillo y asequible. 

En esa primera ocasión, don José María, pensó en hablar de cosas cotidianas y de cómo acercar el Evangelio al día a día. En concreto, relató el contenido de una carta que le había enviado un chico que había estado colaborando con las monjas de la Madre Teresa de Calcuta en una casa de niños de Nairobi en Kenia. 

El chaval contaba en la misiva, explicó el sacerdote, entre otras cosas, uno de los momentos que más le marcaron de su estancia en África. En concreto, cuando una Hermana de la Caridad le pidió que cogiera en brazos a un bebé que no paraba de llorar y le invitó a que le diera cariño.

El joven se quedó paralizado porque el bebé estaba muy caliente por la fiebre, pero las palabras de la monja le dieron seguridad. Comenzó a arrullar al pequeño, a acariciarle, a sonreírle, a darle besos. El niño dejó entonces de gimotear y sonrió. Pocos segundos después, se durmió. Sin embargo, el universitario notó que el crío no respiraba y avisó a la Hermana de la Caridad, que confirmó el fallecimiento. 

«Ella sabía que el niño se estaba muriendo y mirándome a los ojos me dijo: ha muerto en tus brazos y tú te has adelantado unos segundos al Amor que Dios le va a dar para toda la eternidad», relató el joven en la carta que inspiró a don José María para hablar en ese primer audio de cómo puede cada persona en su día a día adelantar ese Cielo, evitando discusiones en casa, sonriendo a los seres queridos o siendo amable con los demás. 

Los hijos de María Feria conectaron con el mensaje. El sacerdote grabó un segundo audio y un tercero y luego muchos más.

10 minutos con Jesús continuó creciendo

Don José María, contactó con otros sacerdotes amigos suyos para que se unieran a este ilusionante proyecto. Es así como se creó el primer grupo de WhatsApp y personas de todas partes del mundo comenzaron a sumarse como oyentes a esta iniciativa. Para finales del verano de 2018 eran miles de personas las que recibían diariamente estos audios. Los sacerdotes decidieron continuar grabando 10 minutos hasta el día de hoy.

Actualmente el equipo de 10 minutos con Jesús está por el mundo. No se conocen entre todos ellos, los ha unido Internet y el amor a Jesucristo.

Hoy, 10 minutos con Jesús se ha convertido en un fenómeno de masas. Esto se debe a su capacidad para adaptarse a las necesidades y a los estilos de vida de las personas. Ofrece un acceso conveniente a la espiritualidad y a la reflexión en un mundo ocupado. Suma una inmensa variedad de canales para atender a una audiencia muy diversa. Y se ha convertido en una herramienta valiosa para aquellos que buscan fortalecer su vida espiritual en medio de la vida cotidiana.

«Los curas hablamos muy raro y no queremos caer en eso; aquí hablamos claro y para que se entienda»

Javier Sánchez-Cervera, párroco de San Sebastián de los Reyes.
Puedes escuchar 10mcJ en diversos idiomas

Los 10 minutos con Jesús cuenta con un canal de YouTube, donde tienes la posibilidad de disfrutar del contenido. El canal cuenta con más de 147.000 suscriptores y te ofrece acceso a todo el contenido. Aquí podrás encontrar los audios traducidos al inglés, portugués, francés y alemán.

«A pesar de los pesares, el mundo cuenta con 400.000 sacerdotes que adoran al Señor y están entregados a Él sirviendo a todas las almas sin importar su credo. Y qué mejor que ayudar a la formación de sacerdotes y seminaristas diocesanos, y también religiosos y religiosas para que se forman en las universidades a las que apoya la Fundación CARF»

Javier Sánchez-Cervera, párroco de San Sebastián de los Reyes.

Canales en los que puedes recibir o escuchar los 10 minutos con Jesús  

Puedes escuchar 10 minutos con Jesús en una amplia variedad de plataformas y aplicaciones. 10mcJ tiene una aplicación específica que puedes descargar en tu dispositivo Apple o Android. En ella, podrás escuchar los audios directamente. Con esta herramienta 10 minutos con Jesús, trae a tu dispositivo el contenido de los más de 700 audios, actualizados diariamente y clasificados por temas, edades, sacerdotes y con enlaces a más contenidos relacionados con la meditación del día.

La APP funciona en segundo plano, los audios se pueden escuchar con la pantalla apagada o al abrir otras aplicaciones. Además, te ofrece diferentes posibilidades como acceso gratuito al audio de cada día y sugerencias de otros audios que te pueden ayudar. También permite realizar búsquedas de meditaciones en la base de datos. Y facilita el acceso a las citas de las Sagradas Escrituras que acompañan cada meditación o a algún otro texto relevante. 

Por otro lado, cuenta con un apartado para tomar tus propias notas a modo de diario espiritual. Y posibilita descargar audios en el dispositivo para escucharlos sin conexión.

Existen también otros canales disponibles para no perderse los 10 minutos con Jesús. La elección de la plataforma dependerá de tus preferencias personales y del dispositivo que utilices.

«Actualmente el equipo de 10mcJ está disperso por el mundo. Ni siquiera nos conocemos todos entre nosotros. Nos ha unido Internet y el amor a Jesucristo. Sacerdotes y laicos de EE. UU., México, Inglaterra, España, Colombia, Kenya, Filipinas formamos el equipo que hace posible que decenas de miles de personas de todo el planeta pasen 10 minutos diarios de conversación con Jesús a través de audios de WhatsApp, Spotify, Telegram, Instagram, YouTube, Ivoox, podcast de Apple, Google Podcast en cinco idiomas» 

Javier Sánchez-Cervera, párroco de San Sebastián de los Reyes.

Busca tu momento, piensa que estás con Él y dale al play.

Es importante destacar que los promotores de esta iniciativa ofrecen también contacto directo con los sacerdotes. Es decir, cualquier persona que quiera contactar con uno de los sacerdotes del equipo de 10 Minutos con Jesús, puede hacerlo rellenando un formulario en la web. 


Oración por el Papa

La oración sostenía ya a la Iglesia primitiva. Esa misma noche bajó un ángel a la prisión, despertó a Pedro, abrió todas las puertas, y cuando ya dejó a Pedro en la calle, desapareció de su presencia. Los planes de Herodes de matar a Pedro quedaron frustrados; y la Iglesia comenzó a crecer en todos los territorios limítrofes con Israel.

Los retos del nuevo pontificado

Hoy no tenemos ningún Herodes que quiera acabar con el Papa, pero si hay más de uno con más poder y más influencia que el miserable –quizá sea el mejor calificativo que le podemos aplicar– Herodes, que pretenden influirle para que no lleve a cabo la misión para la que le ha elegido el fundador de la Iglesia que le ha escogido como cabeza visible: la Iglesia de Cristo. La Iglesia Una, Santa, Católica y Apostólica.

Comentarios y artículos que elucubran sobre si es conservador, progresista, etc., o qué calificativo se le puede aplicar; y tener así un cauce abierto para juzgarle en lo que pueda hacer. Calificativos que no tienen ningún sentido cuando se trata de vivir, o de no vivir, la vida y la doctrina de Cristo.

El peso de la sucesión apostólica

Desde el primer día de su pontificado me parece que ha dejado bien claro que el centro de toda su misión, es seguir a Jesucristo, Dios y hombre verdadero; y que su misión, en la Iglesia es la misma que recibió Pedro: «fortalecer la Fe de todos los creyentes»; y fortalecerla siguiendo el Magisterio de la Tradición de los dos mil años de vida que lleva la Iglesia transmitiendo las enseñanzas de Cristo.

Todos somos muy conscientes de los problemas con los que el papa León XIV se tiene que enfrentar, que son una herencia de corrientes de pensamiento, de comportamiento, y de prácticas que se han ido asentando en los diversos ámbitos de la Iglesia y de la sociedad, que han contado con la debilidad de los pastores; y en algunos casos, por desgracia, no solo de la debilidad; también del mal ejemplo.

Evangelizar en un mundo secularizado

Encontrar las mejores medidas para resolver todos esos problemas, además de requerir un cierto tiempo para pensar, consultar, y descubrir los cauces más adecuados para aplicar las posibles medidas; tiempo sobre el que el papa León XIV hace un comentario en la Audiencia el 28 de mayo, a propósito de la parábola del buen samaritano.

«Podemos imaginar que, después de haber permanecido mucho tiempo en Jerusalén aquel sacerdote y aquel levita tienen prisa por volver a casa. Es precisamente la prisa, tan presente en nuestra vida, la que muchas veces nos impide sentir compasión. Quien piensa que su viaje debe tener prioridad, no está dispuesto a detenerse por otro».

jornada mundial de los pobres león XIV papa

El Papa: un hombre que necesita apoyo filial

Hace apenas cinco meses de su elección, y es lógico darse cuenta de que necesita pensar, meditar, consultar, en materias tan graves y serias como las que se ha encontrado; y pedirle muchas luces a la Trinidad Beatísima, Padre, Hijo y Espíritu Santo.

En la homilía de la Santa Misa en el inicio del pontificado, y después de señalar que «afrontamos ese momento –se refiere al cónclave– con la certeza de que el Señor nunca abandona a su pueblo, lo reúne cuando está disperso y lo cuida “como un pastor a su rebaño” (Jr 31, 10)”, añade:

«Hemos puesto en las manos de Dios el deseo de elegir al nuevo sucesor de Pedro, el obispo de Roma, un pastor capaz de custodiar el rico patrimonio de la fe cristiana y, al mismo tiempo, de mirar más allá, para saber afrontar los interrogantes, las inquietudes y los desafíos de hoy. Acompañados por sus oraciones, hemos experimentado la obra del Espíritu Santo, que ha sabido armonizar los distintos instrumentos musicales, haciendo vibrar las cuerdas de nuestro corazón en una única melodía».

«Fui elegido sin tener ningún mérito y, con temor y trepidación, vengo a ustedes como un hermano que quiere hacerse siervo de su fe y de su alegría, caminando con ustedes por el camino del amor de Dios, que nos quiere a todos unidos en una única familia».

“Pedro estaba encerrado en la cárcel, mientras la Iglesia rogaba incesantemente por él a Dios” (Hechos 12, 5)

La oración como comunión y servicio

El papa León XIV nos pide oraciones a todos los cristianos para que la gracia de Dios inunde su espíritu a la hora de tomar decisiones sobre la doctrina, sobre las personas, que ayuden a todos los creyentes a ser firmes en la Fe y en la Moral, que la santa Iglesia ha vivido a lo largo de los siglos, y en seguir descubriendo los misterios de amor ocultos en la Encarnación del Hijo de Dios. Esa es su misión, la misión encomendada a Pedro por Nuestro Señor Jesucristo.

Sostener al Pontífice

Y como él, dejemos nuestras oraciones en manos de la Madre de Dios, María Santísima, como el papa León XIV hizo, al rezar el Regina Coeli, al final de la Misa de inicio de su pontificado: «Mientras encomendamos a María el servicio del obispo de Roma, Pastor de la Iglesia universal, desde la barca de Pedro contemplémosla a Ella, Estrella del mar, Madre del Buen Consejo, como signo de esperanza. Imploremos por su intercesión el don de la paz, el auxilio y el consuelo para los que sufren y, para todos nosotros, la gracia de ser testigos del Señor Resucitado».


Ernesto Juliá (ernesto.julia@gmail.com) | Publicado anteriormente en Religión Confidencial.