
¿Qué puede llevar a un ingeniero civil a dejar su profesión para comenzar el camino hacia el sacerdocio? En el caso de Simon John Muhangwa, la respuesta no llegó de repente. Su vocación sacerdotal fue creciendo poco a poco, desde su infancia en una familia católica de Tanzania hasta sus años de estudios universitarios y sus primeros pasos en el mundo profesional.
Simon pertenece a la diócesis de Mwanza, en Tanzania. Después de estudiar Ingeniería Civil y trabajar durante dos años, decidió responder a la llamada que llevaba tiempo percibiendo y fue admitido como seminarista en 2020. Posteriormente, su obispo lo envió a España para continuar su formación en el Seminario Internacional Bidasoa, en Pamplona.
Su historia muestra que una vocación sacerdotal puede crecer en medio de una vida aparentemente muy distinta y que el discernimiento necesita tiempo, oración y acompañamiento.
Una vocación sacerdotal que comenzó en la familia
Simon nació el 20 de enero de 1992 en el distrito de Magu, en la región de Mwanza. Es el segundo de cinco hermanos y creció en una familia profundamente católica.
La oración en familia tuvo un papel importante durante su infancia. Desde joven sentía admiración por los sacerdotes y las personas consagradas y comenzó a preguntarse si Dios podía estar llamándolo también a él.
No recuerda exactamente cuándo apareció por primera vez la idea del sacerdocio, pero sí recuerda aquella inquietud interior que fue creciendo con los años: «Poco a poco, una voz dentro de mí me decía que podría ser algún día sacerdote».
La vocación no llegó acompañada de una respuesta inmediata. Simon continuó sus estudios, participó activamente en grupos de jóvenes católicos y fue asumiendo responsabilidades de liderazgo. Precisamente en esos años, algunos de sus compañeros comenzaron a decirle que tenía madera de sacerdote.
El discernimiento vocacional: aprender a escuchar
Durante sus estudios de secundaria, Simon formaba parte de un grupo de jóvenes estudiantes católicos y fue elegido como líder. Aquella experiencia le permitió descubrir que podía poner sus capacidades al servicio de los demás. Pero también le llevó a hacerse preguntas más profundas sobre su futuro.
Comenzó entonces a buscar información sobre el sacerdocio y pidió consejo a sacerdotes que le ayudaron a discernir su posible vocación. Entre ellos estuvo el padre Christian Lupindu, capellán de su escuela.
Al regresar a casa después de terminar la secundaria, continuó hablando de su inquietud con los sacerdotes de su parroquia, los padres Bartazar Kesi y Andrea Beno.
Sin embargo, cuando contó a sus padres que estaba pensando en el sacerdocio, ellos le aconsejaron que primero estudiara una carrera universitaria. Simon aceptó aquel consejo pero ese camino, lejos de cerrar la puerta a su vocación, le ayudó a seguir discerniendo.
De estudiante universitario a ingeniero civil
Simon se matriculó en la Mbeya University of Science and Technology, donde estudió Ingeniería Civil y se graduó en 2016.
Durante la universidad continuó participando en una comunidad de jóvenes cristianos. También fue elegido líder del grupo y presidente zonal de su universidad. Su inquietud por el sacerdocio, lejos de desaparecer, seguía creciendo.
En aquella etapa contó también con el acompañamiento espiritual del padre Fidelis Damana, capellán universitario y misionero. Simon considera que su ayuda fue decisiva para avanzar en su discernimiento vocacional.
Esta etapa de su vida resulta especialmente significativa: mientras adquiría una preparación profesional para trabajar como ingeniero, continuaba preguntándose si Dios le estaba llamando a dedicar su vida al sacerdocio.
Cuando una carrera profesional no es el final del camino
Después de terminar la universidad, Simon regresó a su parroquia. Allí le animaron a continuar reflexionando sobre su posible vocación.
Finalmente comenzó a trabajar como ingeniero civil en la Agencia de Carreteras Urbanas y Rurales de Tanzania (TARURA), en Dodoma. Durante dos años ejerció su profesión. Había conseguido aquello para lo que se había preparado durante años: una carrera universitaria y un puesto profesional relacionado con sus estudios. Pero la inquietud por el sacerdocio seguía presente.
En 2020 tomó la decisión de dar un paso definitivo: fue admitido como seminarista en la diócesis de Mwanza. Posteriormente, su obispo lo envió a España para continuar su formación en el Seminario Internacional Bidasoa, en Pamplona.
Su historia no es la de alguien que rechazó los estudios o el trabajo profesional. Al contrario: su experiencia como ingeniero forma parte también de la persona que lleva a su camino vocacional.
El discernimiento necesita acompañamiento
La historia de Simon muestra algo esencial sobre el discernimiento vocacional: muchas veces una vocación no se descubre de una sola vez. Hay preguntas que necesitan tiempo, hay decisiones que requieren oración. Y hay momentos en los que resulta necesario contar con alguien que ayude a mirar la propia vida con perspectiva.
En el caso de Simon, fueron importantes sus padres, varios sacerdotes, el capellán de su universidad y las comunidades cristianas en las que participó. Cada una de esas personas tuvo un papel en un camino que terminó llevándolo al seminario.
Por eso, acompañar a los jóvenes en su discernimiento vocacional es también una forma de cuidar las vocaciones sacerdotales.
Una vocación al servicio de los jóvenes de Tanzania
Durante sus años de estudiante ya tuvo experiencia acompañando grupos juveniles católicos y ejerciendo responsabilidades de liderazgo. Quiere poner esa experiencia al servicio de la Iglesia: «En mi país lo principal y más necesario son las catequesis para la juventud».
Su deseo es ayudar a los jóvenes a conocer mejor la fe católica y poder responder a las preguntas que se plantean. Para ello considera fundamental recibir una buena formación.
No se trata únicamente de aprender contenidos teológicos. Un sacerdote necesita una preparación integral que le permita comprender las preguntas de las personas a las que servirá y anunciar el Evangelio en las circunstancias concretas de su tiempo.
Fe, tecnología e ingeniería
Hay otro aspecto especialmente interesante en el proyecto de Simon. Su formación como ingeniero civil no desaparece cuando comienza su camino hacia el sacerdocio. Él mismo expresa su deseo de poner sus conocimientos profesionales al servicio de la Iglesia y de acercar la fe al mundo moderno.
En particular, habla de los ámbitos de la tecnología y el medio ambiente. Esta mirada resulta especialmente significativa en una época en la que la evangelización también debe dialogar con los cambios científicos, tecnológicos y sociales.
La vocación sacerdotal no consiste en apartarse del mundo, sino en servir a las personas dentro de las circunstancias concretas en las que viven. La experiencia profesional de Simon puede convertirse así en una herramienta más para su futuro servicio pastoral.
Formarse para servir mejor
Para que una vocación sacerdotal pueda desarrollarse necesita tiempo y una formación adecuada. Simon fue enviado por su obispo al Seminario Internacional Bidasoa, donde pudo continuar su preparación en un ambiente internacional junto a seminaristas procedentes de distintos países.
En su testimonio explica que al principio tuvo que afrontar algunas dificultades relacionadas con el idioma y la adaptación a la cultura española. Sin embargo, recibió ayuda para aprender español y pudo integrarse progresivamente en la vida del seminario.
También valoró especialmente la posibilidad de convivir con seminaristas de diferentes países y estudiar en las Facultades Eclesiásticas de la Universidad de Navarra.
Esta dimensión internacional permite a los seminaristas conocer otras realidades de la Iglesia y prepararse para servir en contextos culturales muy diferentes.
La ayuda de los benefactores de Fundación CARF
La formación de seminaristas y sacerdotes procedentes de diócesis con recursos limitados necesita también el apoyo de otras personas. Simon expresó personalmente su agradecimiento a los benefactores de la Fundación CARF por la ayuda que recibía para su formación, y mencionó de manera especial el apoyo destinado a los seminaristas de Tanzania.
La colaboración de los benefactores permite que seminaristas y sacerdotes enviados por sus obispos puedan acceder a una formación académica, humana y espiritual que después pondrán al servicio de sus diócesis.
En 2026, esta misión continúa. Una treintena de benefactores de CARF visitó en mayo las Facultades Eclesiásticas de la Universidad de Navarra y el Seminario Internacional Bidasoa para conocer de cerca la realidad de los alumnos a los que ayudan. La Universidad de Navarra señala que 241 estudiantes de 44 países se formaron ese curso en sus Facultades Eclesiásticas gracias al apoyo de los benefactores de CARF.
Detrás de cada cifra hay una historia como la de Simon: una persona, una vocación y una diócesis que espera recibir los frutos de esa formación.
Una vocación que comenzó mucho antes del seminario
La historia de Simon recuerda que una vocación sacerdotal puede crecer en lugares y circunstancias muy diferentes. Comenzó en una familia católica de Tanzania. Continuó entre grupos de jóvenes, responsabilidades de liderazgo, estudios universitarios y conversaciones con sacerdotes.
Pasó por una profesión como ingeniero civil y finalmente le llevó al seminario. No fue un camino improvisado. Fue un discernimiento progresivo, acompañado por personas que supieron escuchar sus inquietudes y ayudarle a descubrir qué quería Dios de él.
Ahora, el deseo que permanece en el centro de su historia es sencillo: prepararse bien para poder servir a la Iglesia y, especialmente, acompañar a los jóvenes de Tanzania.
Porque una vocación sacerdotal no termina cuando alguien entra en el seminario. Es el comienzo de una vida de formación, entrega y servicio a Dios y a los demás.
La historia de Simon conecta con una pregunta que León XIV planteó a los obispos españoles durante su viaje apostólico a España, el 8 de junio de 2026: «¿Para quién soy?». El Papa explicó que esta pregunta resuena especialmente en muchos jóvenes que buscan sentido, pertenencia y una razón para entregar su vida.
En el caso de Simon, esa búsqueda no desapareció cuando terminó sus estudios de Ingeniería Civil ni cuando comenzó a trabajar como ingeniero. Al contrario, aquella inquietud le llevó a preguntarse si Dios le estaba llamando a entregar su vida de una manera diferente.
«En esta tarea, el ministerio del obispo asume una responsabilidad peculiar. Estamos llamados a ser principio visible de comunión, en primer lugar, de la comunión con Cristo, custodiando con amor la fe recibida, en docilidad a la Palabra de Dios y a la Tradición viva de la Iglesia; después, en la comunión con el Sucesor de Pedro y con la Iglesia universal, con el presbiterio y con la propia comunidad diocesana, con la vida consagrada, con los movimientos, con las asociaciones y con cada carisma auténtico que el Espíritu dona para la edificación común. Vuestra misión os reclama custodiar la unidad, favorecer el diálogo, sanar las fracturas y acompañar el camino del pueblo encomendado a vuestro cuidado.
La comunión vivida de ese modo posee también una fuerza misionera. Una Iglesia reconciliada por dentro puede hablar con mayor libertad a los hermanos de otras confesiones cristianas y de otras religiones, a los que no creen, a las autoridades civiles y a todos los hombres de buena voluntad que trabajan por el bien común.
Esta llamada a ser signo de comunión en Cristo, caminando en unidad y tendiendo nuestra mano al hermano que encontramos, nos pone delante de otro desafío que toca hoy el corazón de muchos: la dificultad de asumir compromisos definitivos y de tomar decisiones vitales profundas. En tantos jóvenes, y no sólo en ellos, la pregunta: “¿Para quién soy?” resuena como una búsqueda sincera de sentido, de pertenencia y de don. El corazón humano no se colma acumulando experiencias, posibilidades o seguridades provisorias, se colma cuando descubre una llamada, cuando comprende que la vida llega a plenitud sólo si es donada.
Por eso, la pastoral vocacional no puede reducirse a una simple búsqueda de números. Esta nace de comunidades vivas, de sacerdotes felices, de familias capaces de testimoniar la belleza de la fidelidad, de una Iglesia que sabe mostrar con sencillez que seguir a Cristo no empobrece la existencia, sino que la expande. Donde el Evangelio es vivido con alegría, servicio y comunión, también la llamada del Señor puede ser nuevamente escuchada como promesa de vida».
«Concluyamos este periplo espiritual con una oración del santo doctor que nos recuerda que cada renovación eclesial nace de un corazón configurado con Cristo: «Si me mandáis, Señor, hacer lo que vos hicisteis, dadme vuestro corazón» (Sermón 57,20). Sea esta también nuestra súplica: Señor, danos tu corazón, un corazón capaz de alzar la mirada hacia ti, de ponerse en camino, de escuchar, de discernir, de servir, de corregir con caridad, de atender con paciencia y de anunciar con alegría. Porque la Iglesia que recibe el corazón de Cristo lleva consigo la columna de fuego que la guía, la sostiene, la defiende y la conforta, el equipaje necesario para afrontar cualquier reto.
Que Dios os bendiga. Muchas gracias».
La historia de Simon también nos invita a rezar por todos los jóvenes que se preguntan si Dios puede estar llamándolos al sacerdocio. Rezar por ellos, acompañarlos y facilitar su formación son maneras concretas de ayudar a que las vocaciones puedan llegar a madurar.
La Fundación CARF trabaja para que seminaristas y sacerdotes de todo el mundo puedan recibir una formación adecuada y regresar después a sus diócesis para ponerla al servicio de sus comunidades.
Una vocación puede comenzar con una pequeña inquietud. Ayudemos a que pueda crecer.
Tu colaboración puede hacer posible que un seminarista como Simon reciba la formación que necesita para responder a su vocación y servir a la Iglesia allí donde su obispo le envíe.
Ayuda a formar sacerdotes para la Iglesia universal.
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