La Asunción es una realidad que también nos toca a nosotros, porque nos indica de modo luminoso nuestro destino, el de la humanidad y de la historia. En María contemplamos la realidad de gloria a la que estamos llamados cada uno de nosotros y toda la Iglesia.
«La fiesta de la Asunción es un día de alegría. Dios ha vencido. El amor ha vencido. Ha vencido la vida».
La Asunción: «El Cielo tiene un corazón»
Se ha puesto de manifiesto que el amor es más fuerte que la muerte, que Dios tiene la verdadera fuerza, y su fuerza es bondad y amor. María fue elevada al cielo en cuerpo y alma: en Dios también hay lugar para el cuerpo. El cielo ya no es para nosotros una esfera muy lejana y desconocida. En el cielo tenemos una madre.
Y la Madre de Dios, la Madre del Hijo de Dios, es nuestra madre. Él mismo lo dijo. La hizo madre nuestra cuando dijo al discípulo y a todos nosotros: “He aquí a tu madre”.
El cielo está abierto y tiene un corazón. En el evangelio hemos de escuchar el Magníficat, esta gran poesía que brotó de los labios, o mejor, del corazón de María, inspirada por el Espíritu Santo. En este canto maravilloso se refleja toda el alma, toda la personalidad de María. Podemos decir que este canto es un retrato, un verdadero icono de María, en el que podemos verla tal cual es. Quisiera destacar sólo dos puntos de este gran canto.
Asunción de la Virgen María de Martín Cabezalero, 1665.
Magníficat, el canto de acción de gracias
Comienza con la palabra Magníficat: mi alma “engrandece” al Señor, es decir, proclama que el Señor es grande: María desea que Dios sea grande en el mundo, que sea grande en su vida, que esté presente en todos nosotros. No tiene miedo. Ella sabe que, si Dios es grande, también nosotros somos grandes. No oprime nuestra vida, sino que la eleva y la hace grande: precisamente entonces se hace grande con el esplendor de Dios.
El hecho de que nuestros primeros padres pensaran lo contrario fue el núcleo del pecado original. Temían que, si Dios era demasiado grande, quitara algo a su vida. Pensaban que debían apartar a Dios a fin de tener espacio para ellos mismos. Esta ha sido también la gran tentación de la época moderna, de los últimos tres o cuatro siglos.
Eso es precisamente lo que ha confirmado la experiencia de nuestra época. El hombre es grande, sólo si Dios es grande. Con María debemos comenzar a comprender que es así. No debemos alejarnos de Dios, sino hacer que Dios esté presente, hacer que Dios sea grande en nuestra vida; así también nosotros seremos divinos: tendremos todo el esplendor de la dignidad divina. Apliquemos esto a nuestra vida. Es importante que Dios sea grande entre nosotros, en la vida pública y en la vida privada.
Engrandezcamos a Dios en la vida pública y en la vida privada. Eso significa hacer espacio a Dios cada día en nuestra vida, comenzando desde la mañana con la oración y luego dando tiempo a Dios, dando el domingo a Dios.
Una segunda reflexión. Esta poesía de María, el Magníficat, es totalmente original; sin embargo, al mismo tiempo, está "tejido" con “hilos” del Antiguo Testamento, con la palabra de Dios. María, por decirlo así, “se sentía como en su casa” en la palabra de Dios, vivía de la palabra de Dios y la comprendía.
En efecto, hablaba con palabras de Dios, y sus pensamientos eran los pensamientos de Dios. Estaba iluminada por la luz divina y recibía también la luz interior de la sabiduría. Por eso irradiaba amor y bondad. María vivía de la palabra de Dios; estaba impregnada de la palabra de Dios. Al estar inmersa en la palabra de Dios, al tener tanta familiaridad con la palabra de Dios.
Quien piensa con Dios, piensa bien; y quien habla con Dios, habla bien; tiene criterios de juicio válidos para todas las cosas del mundo, se hace sabio, prudente y, al mismo tiempo, bueno; también se hace fuerte y valiente, con la fuerza de Dios, que resiste al mal y promueve el bien en el mundo.
Cada vez más se ha pensado y dicho: «Este Dios no nos deja libertad, nos limita el espacio de nuestra vida con todos sus mandamientos. Por tanto, Dios debe desaparecer; queremos ser autónomos, independientes. Sin este Dios, nosotros seremos dioses, y haremos lo que nos plazca». Benedicto XVI, Homilía del 10 de agosto de 2012.
La Virgen María, Reina del cielo y la tierra
Así, María habla con nosotros, nos habla a nosotros, nos invita a conocer la palabra de Dios, a amar la palabra de Dios, a vivir con la palabra de Dios, a pensar con la palabra de Dios. Y podemos hacerlo de muy diversas maneras: leyendo la sagrada Escritura, sobre todo participando en Misa Católica, en la que a lo largo del año la santa Iglesia nos abre todo el libro de la sagrada Escritura. Lo abre a nuestra vida y lo hace presente en nuestra vida.
Pero pienso también en el Compendio del Catecismo de la Iglesia Católica, en el que la palabra de Dios se aplica a nuestra vida, interpreta la realidad de nuestra vida, nos ayuda a entrar en el gran “templo” de la palabra de Dios, a aprender a amarla y a impregnarnos, como María, de esta palabra. Así la vida resulta luminosa y tenemos el criterio para juzgar, recibimos bondad y fuerza al mismo tiempo.
La Virgen María, mediante la Asunción, fue elevada en cuerpo y alma a la gloria del cielo, y con Dios es reina del cielo y de la tierra. ¿Acaso así está alejada de nosotros? Al contrario. Precisamente al estar con Dios y en Dios, está muy cerca de cada uno de nosotros. Cuando estaba en la tierra, sólo podía estar cerca de algunas personas. Al estar en Dios, que está cerca de nosotros, más aún, que está dentro de todos nosotros, María participa de esta cercanía de Dios.
Al estar en Dios y con Dios, María está cerca de cada uno de nosotros, conoce nuestro corazón, puede escuchar nuestras oraciones, puede ayudarnos con su bondad materna. Nos ha sido dada como madre –así lo dijo el Señor–, a la que podemos dirigirnos en cada momento. Ella nos escucha siempre, siempre está cerca de nosotros; y, siendo Madre del Hijo, participa del poder del Hijo, de su bondad.
«Podemos poner siempre toda nuestra vida en manos de esta Madre, que siempre está cerca de cada uno de nosotros. En este día de fiesta, demos gracias al Señor por el don de esta Madre y pidamos a María que nos ayude a encontrar el buen camino cada día. Amén».
Evangelio (Lc 1,39-56) en la fiesta de la Asunción de la Virgen María
«Por aquellos días, María se levantó y marchó deprisa a la montaña, a una ciudad de Judá; y entró en casa de Zacarías y saludó a Isabel. Y cuando oyó Isabel el saludo de María, el niño saltó en su seno, e Isabel quedó llena del Espíritu Santo; y exclamando en voz alta, dijo:
—Bendita tú entre las mujeres y bendito es el fruto de tu vientre. ¿De dónde a mí tanto bien, que venga la madre de mi Señor a visitarme? Pues en cuanto llegó tu saludo a mis oídos, el niño saltó de gozo en mi seno; y bienaventurada tú, que has creído, porque se cumplirán las cosas que se te han dicho de parte del Señor.
María exclamó:
—Proclama mi alma las grandezas del Señor,y se alegra mi espíritu en Dios mi Salvador:
porque ha puesto los ojos en la humildad de su esclava;por eso desde ahora me llamarán bienaventurada todas lasgeneraciones.
Porque ha hecho en mí cosas grandes el Todopoderoso,cuyo nombre es Santo;su misericordia se derrama de generación en generaciónsobre los que le temen.
Manifestó el poder de su brazo,dispersó a los soberbios de corazón.
Derribó de su trono a los poderososy ensalzó a los humildes.
Colmó de bienes a los hambrientosy a los ricos los despidió vacíos.
Protegió a Israel su siervo,recordando su misericordia,como había prometido a nuestros padres,Abrahán y su descendencia para siempre.
María permaneció con ella unos tres meses, y se volvió a su casa».
Fragmentos de una homilía pronunciada por Benedicto XVI, el 15 de agosto de 2005 en Castelgandolfo (Italia).
Elías, una vocación de sacerdote para Tanzania
Elías Emmanuel Mniko tiene 22 años y una mirada que transmite paz y convicción. Nació en la región de Mwanza, al norte de Tanzania, a orillas del lago Victoria. Creció en un hogar lleno de armonía y fe, donde su padre Emmanuel y su madre Miluga educaron con amor a sus cuatro hijos.
Una vocación que el Señor puso en su corazón
Desde la Secundaria, comenzó a sentir un deseo profundo: ser sacerdote. No sabía explicarlo del todo, pero algo en su interior se encendía cada vez que veía a los curas del colegio: entregados, serenos y cercanos. Le fascinaban los seminaristas con sus sotanas blancas, elegantes y discretas. «Era un deseo que el Señor puso en mi corazón», dice ahora con sencillez.
Aunque no ingresó en el seminario menor, Elías no se desanimó. Pasó un año de formación en la casa vocacional san Juan Pablo II, en su diócesis natal. Allí, en el silencio de la oración y en la alegría del servicio, fue madurando su vocación. Comprendió que, en Tanzania, ser sacerdote no es solo una opción de vida: es una necesidad urgente.
La comunidad crece y hay pocos presbíteros
La diócesis de Mwanza, a la que pertenece Elías, se enfrenta a grandes desafíos. Aunque los católicos representan cerca del 30 % de la población –unos 1,2 millones de personas–, los sacerdotes son escasos y las comunidades crecen rápidamente. En muchas aldeas, la Misa se celebra solo una vez al mes, y hay fieles que caminan más de 10 kilómetros para poder asistir. Las vocaciones sacerdotales son una bendición deseada con esperanza y fe por todo el pueblo.
A pesar de todo, la Iglesia en Mwanza está viva. Los fieles son entusiastas, los jóvenes se sienten orgullosos de su fe, y la diócesis impulsa, con gran esfuerzo, proyectos educativos y sanitarios. Muchas escuelas y hospitales son gestionados por la Iglesia. Allí, en medio de la sencillez y, a veces, de la precariedad, se siembra esperanza cada día.
«Estoy viviendo una experiencia maravillosa»
Actualmente, Elías reside en el seminario internacional Bidasoa, en Pamplona. Ha terminado su primer año de Filosofía y su rostro refleja asombro y gratitud. «Estoy viviendo una experiencia maravillosa y fraterna», comenta. Le emociona compartir la vida diaria con seminaristas de todos los continentes, aprender de los formadores y conocer otras culturas.
«Europa me está enseñando muchas cosas –dice–. Los europeos son muy cariñosos. Pero también creo que vosotros, los europeos, podéis aprender de nosotros, los africanos, la importancia de la vida familiar».
La vida del sacerdote exige sacrificios
Elías habla con calma, pero cada palabra suya está cargada de fuego interior. Sabe que la vida sacerdotal exige sacrificios. Sabe que, cuando regrese a Tanzania, le esperará una misión exigente: cuidar de muchas almas, acompañar comunidades dispersas, consolar a los que sufren y ser la presencia viva de Cristo en medio de su pueblo.
A veces piensa en su familia, en su tierra, en los cantos alegres de la Misa y en el maíz molido que acompaña casi todas las comidas. También rememora a sus amigos, a los catequistas de su parroquia y al obispo que lo animó a no tener miedo de decir sí a Dios.
La vida en el seminario internacional Bidasoa le parece un regalo. Tiene momentos de oración, estudio, deporte, servicio y también de fiesta. «Aquí aprendemos a ser hermanos», explica. Aunque al principio le costó adaptarse –el frío de Navarra, el idioma, la comida–, hoy se siente en casa. Su español mejora día a día y, cuando sonríe, lo hace con esa calidez propia de África.
«Los jóvenes de Tanzania tienen mucha esperanza»
Elías no es ingenuo. Conoce los problemas de la Iglesia, tanto en Europa como en África. En su país, además de la escasez de sacerdotes, existen desafíos sociales: la pobreza, la falta de acceso a la educación en zonas rurales y el riesgo de sincretismos religiosos. Pero también sabe que hay un fuego que no se apaga. «Los jóvenes en Tanzania tienen mucha esperanza. Saben que son el futuro de la Iglesia. Por eso quieren formarse bien, servir con alegría y dar la vida si es necesario».
Mwanza, su diócesis, ha visto nacer vocaciones como la suya. El seminario mayor local no da abasto para formar a todos los candidatos, por lo que la diócesis envía a algunos, como Elías, a centros de formación fuera del país. Es una inversión valiente, con la esperanza de que estos jóvenes vuelvan a dar fruto.
Volver a su país para servir
Elías mira al futuro sin miedo. «Quiero volver a mi país y servir a mi gente. Quiero ser un pastor bueno, como Jesús. Y, si puedo, ayudar también a que otros jóvenes escuchen la voz de Dios». Lo dice con una paz que conmueve, porque no hay nada más fuerte que un corazón entregado.
Su historia, como la de muchos seminaristas africanos, es un canto de esperanza para toda la Iglesia. En un mundo donde a veces parece que la fe se apaga, voces como la suya nos recuerdan que el Evangelio sigue vivo, sembrando en tierras fértiles como Tanzania.
Marta Santín, periodista especializada en información religiosa.
Tabla de contenidos
Edith Stein: una vida entregada por amor
La historia de santa Teresa Benedicta de la Cruz, cuyo nombre era Edith Stein, es un testimonio luminoso de cómo la búsqueda sincera de la verdad conduce, finalmente, al encuentro con Cristo. Su vida, marcada por la inteligencia, la entrega y el martirio, sigue hoy interpelando a muchas mujeres que sienten la llamada a consagrarse a Dios en cuerpo y alma.
Desde la Fundación CARF, que también apoya la formación de religiosas, recordamos su ejemplo como modelo de fidelidad, profundidad espiritual y amor sin condiciones.
Obra digital de una joven Edith Stein leyendo la autobiografía de santa Teresa de Jesús.
Una juventud marcada por la búsqueda
Edith Stein nació el 12 de octubre de 1891 en Breslavia, ciudad que entonces pertenecía al Imperio alemán. Fue la menor de once hermanos en una familia judía practicante. Su madre, una mujer de fe firme y carácter recio, fue para ella un ejemplo de fortaleza y responsabilidad. Sin embargo, durante la adolescencia, Edith dejó de rezar y se declaró atea. Era una joven con una inteligencia brillante, insatisfecha con las respuestas fáciles y decidida a encontrar la verdad por sí misma.
Se trasladó a Gotinga para estudiar Filosofía, donde se convirtió en discípula y colaboradora del célebre filósofo Edmund Husserl, fundador de la fenomenología. Su investigación filosófica no era una mera actividad académica: buscaba comprender la estructura profunda del ser humano, su dignidad, su libertad y su relación con el mundo. Edith se interesó también por el sufrimiento, la compasión y la experiencia interior de las personas.
La honestidad intelectual la llevó a abrirse al testimonio de la fe cristiana. El ejemplo de amigos creyentes, su contacto con el pensamiento tomista y, sobre todo, la lectura de vidas de santos, comenzaron a mover su corazón. En especial, le impactó profundamente la serenidad con la que una amiga cristiana afrontó la muerte de su marido, lo que la llevó a preguntarse de dónde provenía esa esperanza firme.
El punto de inflexión llegó en el verano de 1921, durante una estancia en casa de unos amigos. Tomó al azar un libro de la estantería: era la autobiografía de Santa Teresa de Jesús. Lo leyó de una sentada durante la noche, y al terminar dijo: “Esta es la verdad”. Aquel encuentro con la santa carmelita española fue para Edith una revelación interior. En ella descubrió no solo la verdad del cristianismo, sino también un camino espiritual que colmaba su sed de sentido y plenitud.
Retrato digital de Edith Stein durante su etapa como profesora.
El encuentro con Cristo
Poco tiempo después de aquella lectura decisiva, Edith Stein pidió ser bautizada. Recibió el sacramento el 1 de enero de 1922, a los 30 años, en la iglesia de los dominicos de Espira. Desde entonces, vivió una fe profunda, serena y coherente. Cambió radicalmente su manera de vivir: comenzó a asistir a Misa cada día, a rezar con intensidad y a poner su conocimiento al servicio de la verdad revelada en Cristo. En su interior había nacido una nueva Edith: una mujer libre, agradecida y enamorada de Dios.
Durante los años siguientes, compaginó su vida espiritual con su vocación intelectual. Trabajó como profesora en un colegio católico, tradujo obras de santo Tomás de Aquino al alemán y escribió ensayos filosóficos con una mirada cristiana. Todo lo que antes buscaba solo con la razón, ahora lo comprendía desde la fe. Para ella, la filosofía y la teología eran caminos complementarios hacia la verdad plena.
En su trato íntimo con Cristo, comenzó a sentir que no era suficiente vivir “para Él” desde fuera: sentía que el Señor le pedía una entrega total, una vida consagrada. Años antes, había expresado el deseo de convertirse en carmelita, pero sus compromisos familiares y profesionales la habían frenado. Sin embargo, con la llegada del régimen nazi y la creciente persecución de los judíos, comprendió que su sitio estaba junto a Cristo crucificado, intercediendo por todos.
En octubre de 1933, ingresó en el Carmelo de Colonia. Allí tomó el nombre de Teresa Benedicta de la Cruz. Era un paso radical, pero profundamente deseado. Había encontrado su lugar definitivo: el silencio, la oración y el sacrificio eran ahora el centro de su vida. Lo que el mundo no podía ofrecerle, lo encontró en el amor de Dios. Había respondido plenamente a su vocación.
La vocación al Carmelo
Durante años, Edith sintió crecer en su interior el deseo de entregar su vida por completo a Dios. Aunque inicialmente continuó su actividad como profesora, escritora y conferenciante, finalmente dio el paso que había madurado en la oración: en 1933 ingresó en el Carmelo de Colonia, donde tomó el nombre de Teresa Benedicta de la Cruz.
Allí vivió en silencio, oración y penitencia, intensificando su unión con Cristo y ofreciendo su vida por la salvación de las almas. Era consciente del peligro que corría por ser de origen judío en plena persecución nazi, pero no retrocedió. Sabía que su lugar estaba al pie de la cruz.
Una vida ofrecida
En su celda del Carmelo, Teresa Benedicta escribió algunas de sus obras más profundas. En ellas, hablaba de la cruz como escuela de amor, como lugar donde el alma se une a Cristo en su entrega redentora. “Aceptar la cruz —escribió— significa encontrar en ella a Cristo”.
Su vocación no fue una huida del mundo, sino una inmersión radical en el misterio del sufrimiento humano, desde el amor. En el Carmelo, rezaba por su pueblo, por la Iglesia, por el mundo entero. Su consagración no era aislamiento, sino intercesión.
En 1942, fue arrestada junto a su hermana Rosa, también convertida. El 9 de agosto, ambas fueron asesinadas en Auschwitz. Había cumplido su deseo: ofrecer su vida, como oblación de amor, por Cristo y por la humanidad.
Un ejemplo para las vocaciones femeninas
La vida de Santa Teresa Benedicta de la Cruz es una fuente de inspiración para muchas mujeres que hoy se sienten llamadas a la vida religiosa. Ella enseña que la vocación no es otra cosa que una respuesta de amor a un Amor que llama primero. Y que vale la pena dejarlo todo cuando el tesoro es Cristo.
Edith Stein no fue una santa de vida fácil ni de respuestas instantáneas. Buscó, dudó, sufrió, se formó, trabajó, pensó… y en medio de todo eso, escuchó una voz que le decía: “Ven y sígueme”. Y lo dejó todo por Él.
Su testimonio anima a muchas jóvenes que, desde distintos rincones del mundo, se preguntan si Dios les llama a consagrarse, a servirle en una comunidad, a vivir en oración, a entregarse por entero. Mujeres que hoy forman parte de congregaciones religiosas y que la Fundación CARF ayuda a formar para que puedan responder con generosidad y preparación a esa llamada divina.
Una santa para nuestro tiempo
Canonizada en 1998 por san Juan Pablo II, y proclamada copatrona de Europa al año siguiente, Santa Teresa Benedicta de la Cruz es una santa profundamente actual. Una mujer que no renunció a la razón, pero la puso al servicio de la fe. Una mártir que no odió, sino que perdonó. Una religiosa que no se escondió, sino que se ofreció.
Su vida es un canto a la verdad, al amor y a la entrega. Y sigue recordándonos, también hoy, que Dios sigue llamando. Que hay mujeres valientes que dejan todo por Él. Y que merece la pena apoyarlas.
Desde la Fundación CARF: gracias a quienes dicen “sí”
En la Fundación CARF apoyamos con alegría y esperanza a las vocaciones femeninas como la de Santa Teresa Benedicta. Sabemos que su entrega cambia el mundo, aunque lo hagan desde el silencio. Que su oración sostiene a la Iglesia. Que su consagración es fecunda.
Por eso, queremos que muchas más mujeres puedan seguir el camino que Edith Stein recorrió. Que escuchen esa voz que llama. Que respondan. Y que encuentren, como ella, la plenitud en el don total de sí mismas.
Fiesta de la Transfiguración del Señor
El 6 de agosto, la Iglesia celebra con solemnidad la Transfiguración del Señor, uno de tantos momentos iluminadores de los Evangelios. Jesús sube acompañado por sus discípulos Pedro, Santiago y Juan a una "montaña alta”, y allí su rostro se hace resplandeciente “como el sol”, y sus vestiduras, “blancas como la luz”. En ese instante, se les presentan Moisés y Elías, representantes de la Ley y de los Profetas, en diálogo con Cristo, repasan cómo será la Salvación de todo el género humano. La escena culmina con una voz que brota de una nube: “Éste es mi Hijo, el Amado; escuchadle” (Mateo 17, 5).
Esta escena es clave porque configura el momento en que el cielo y la tierra se encuentran de una forma tangible. Los evangelistas Mateo, Marcos y Lucas, los sinópticos, relatan el episodio cada uno con sus matices pero todos revelan la importancia de este misterio cristiano .
Origen histórico de la festividad
La Transfiguración se celebró inicialmente por la consagración de una basílica en el Monte Tabor, lugar tradicional del suceso. Desde el siglo IX comenzó a festejarse en Occidente y, entre los siglos XI y XII, se estableció la fiesta en Roma. Finalmente en 1457, el papa Calixto III lo elevó a solemnidad en el calendario romano para conmemorar la victoria en la batalla de Belgrado (1456), victoria considerada un signo de intervención divina.
En la tradición oriental, la Transfiguración forma parte de las doce grandes solemnidades, junto con Navidad, Pascua y la Exaltación de la Cruz; se considera un pilar teológico por exponer la divinización del hombre por gracia divina.
Basílica de la Transfiguración de Señor. Liorca, CC BY-SA 4.0, vía Wikimedia Commons.
Monte Tabor: el encuentro entre cielo y tierra
El Monte Tabor, ubicado en Baja Galilea unos 17 km. al oeste del Mar de Galilea, se eleva a unos 575 metros de altitud y domina el paisaje circundante. Es un lugar conocido también como Yabel at‑Tur o Monte de la Transfiguración, considerado tradicionalmente el monte alto al que subieron Jesús y los apóstoles.
En su cima se alza una basílica franciscana, obra del arquitecto Antonio Barluzzi, inaugurada en 1924 sobre ruinas de estructuras bizantinas y anteriores del tiempo de las cruzadas.
Su interior contiene multitud de mosaicos y un ábside dorado, donde Cristo glorificado ocupa el centro, flanqueado por Moisés y Elías, y una paloma simboliza el Espíritu. Esta iconografía busca traducir con belleza el pasaje de los Evangelios.
Algunas claves de la escena
1. Confirmación de la Divinidad de Cristo
El momento de la Transfiguración reafirma que Jesús es verdaderamente el Hijo de Dios vivo. Según el Catecismo, expresa la gloria divina, confirma la confesión de Pedro y anticipa la gloria que vendría tras la Pasión y Resurrección.
2. Continuidad con la Ley y los Profetas
La presencia de Moisés y Elías no es casual: representan el Antiguo Testamento y su misión en la Historia de la Salvación. Pero Jesús ha venido a darle cumplimiento perfecto y debe ser escuchado .
3. Revelación de la Trinidad
La nube –vislumbra la presencia del Padre y del Espíritu Santo– y la voz que define a Jesús como Hijo, manifiestan la realidad de la Trinidad y se expone ante los ojos de los discípulos.
4. Preludio al Misterio Pascual
La Transfiguración prepara a los discípulos para la Cruz. Intenta hacerles entender el escándalo de la Cruz y fortalecerlos para la venidera Pasión y Resurrección . Además, el espacio de cuarenta días entre el 6 de agosto y la Exaltación de la Cruz se equipara a una segunda Cuaresma.
5. Anticipo de la Resurrección
Orígenes de Alejandría y teólogos medievales afirmaron que la gloria del cuerpo glorificado tras la Resurrección se ve anticipada aquí. La misma luz que les envuelve en el monte hace presagiar la luz de la nueva creación.
La Transfiguración (1516-1520), última obra maestra de Rafael Sanzio.
La llamada a contemplar
San Josemaría Escrivá recalca que somos llamados a ser contemplativos en medio del mundo, donde el silencio interior permite escuchar la voz de Jesús: «Señor nuestro, aquí nos tienes dispuestos a escuchar cuanto quieras decirnos… Que tu conversación, cayendo en nuestra alma, inflame nuestra voluntad para que se lance fervorosamente a obedecerte».
Una de sus obras, Amigos de Dios, anima al lector a convertir cada tarea diaria en un diálogo de amor con el Señor, transformando la rutina en servicio y contemplación. Así buscamos la presencia de Dios en lo ordinario.
Caracterizada por su solemnidad, la liturgia del día de la Transfiguración está vestida de blanco, símbolo de la luz gloriosa de Cristo . Te dejamos el Evangelio del día para meditarlo.
Evangelio de San Mateo, Mt 17, 1-9
«Seis días después, Jesús se llevó con él a Pedro, a Santiago y a Juan su hermano, y los condujo a un monte alto, a ellos solos. Y se transfiguró ante ellos, de modo que su rostro se puso resplandeciente como el sol, y sus vestidos blancos como la luz. En esto, se les aparecieron Moisés y Elías hablando con él. Pedro, tomando la palabra, le dijo a Jesús:
—Señor, qué bien estamos aquí; si quieres haré aquí tres tiendas: una para ti, otra para Moisés y otra para Elías. Todavía estaba hablando, cuando una nube de luz los cubrió y una voz desde la nube dijo:
—Este es mi Hijo, el Amado, en quien me he complacido: escuchadle.
Los discípulos al oírlo cayeron de bruces llenos de temor. Entonces se acercó Jesús y los tocó y les dijo:
—Levantaos y no tengáis miedo.
Al alzar sus ojos no vieron a nadie. Sólo a Jesús. Mientras bajaban del monte, Jesús les ordenó:
—No contéis a nadie la visión hasta que el Hijo del Hombre haya resucitado de entre los muertos».
Medita, contempla, reza en silencio (si puedes ante un Sagrario donde esté presente Nuestro Señor); revive la escena y decide con Jesús algún propósito y compromiso para mejorar en este día.
«Y se transfiguró ante ellos, de modo que su rostro se puso resplandeciente como el sol, y sus vestidos blancos como la luz (Mt 17,2). ¡Jesús: verte, hablarte! ¡Permanecer así, contemplándote, abismado en la inmensidad de tu hermosura y no cesar nunca, nunca, en esa contemplación! ¡Oh, Cristo, quién te viera! ¡Quién te viera para quedar herido de amor a Ti!
Y una voz desde la nube dijo: Este es mi Hijo, el Amado, en quien me complazco; escuchadle (Mt 17, 5). Señor nuestro, aquí nos tienes dispuestos a escuchar cuanto quieras decirnos. Háblanos; estamos atentos a tu voz. Que tu conversación, cayendo en nuestra alma, inflame nuestra voluntad para que se lance fervorosamente a obedecerte.
“Vultum tuum, Domine, requiram” (Ps. 26, 8), buscaré, Señor, tu rostro. Me ilusiona cerrar los ojos, y pensar que llegará el momento, cuando Dios quiera, en que podré verle, no como en un espejo, y bajo imágenes oscuras... sino cara a cara (I Cor. 13, 12). Sí, mi corazón está sediento de Dios, del Dios vivo: ¿cuándo vendré y veré la faz de Dios? (Ps. 41,3)».
Subir al monte Tabor no debe suponer una huida del mundo en el que vivimos; en tu día a día eleva el corazón para encontrarte con Cristo, Jesús “luz del mundo”, sostenido y fortalecido para abrazar su cruz y, en ella, descubrir la promesa de la futura gloria.
¿Es día de precepto la fiesta de la Transfiguración del Señor?
No, no es obligatorio ir a Misa el día de la Transfiguración del Señor. Si bien es una fiesta importante en la Iglesia católica, no es día de precepto, lo que significa que no es obligatorio asistir a Misa como los domingos y otras fiestas de guardar.
La Fundación CARF invita a todas aquellas personas que quieran asistir a Misa en este día a que recen y pidan por las vocaciones sacerdotales, para que haya muchas, y sean vocaciones muy santas.
San Juan María Vianney (1786-1859), conocido en todo el mundo como elCura de Ars, es una de las figuras más impresionantes y luminosas del sacerdocio católico. Su vida fue una entrega total a Dios y a los fieles, una vocación vivida con humildad, sacrificio y amor ardiente por las almas.
Fue proclamado patrono de los párrocos y de todos los sacerdotes del mundo, no por sus dotes intelectuales ni por grandes hazañas humanas, sino por la profundidad de su santidad, su fervor pastoral y su fidelidad heroica a su ministerio.
En la Fundación CARF, que promueve la formación de futuros sacerdotes diocesanos en todo el mundo, su figura es fuente de inspiración continua. ¿Qué hace de este sencillo cura de pueblo un ejemplo universal? Te lo contamos a continuación.
Nacido en tiempos de persecución
Juan María Vianney nació el 8 de mayo de 1786 en Dardilly, un pequeño pueblo al sur de Francia, en una familia campesina profundamente cristiana. Su infancia estuvo marcada por la Revolución Francesa, un periodo en el que la práctica religiosa estaba perseguida y muchos sacerdotes celebraban Misa en la clandestinidad.
Desde muy joven, Juan María mostró un amor especial por la Eucaristía, la oración y los pobres. Asistía a Misa en lugares ocultos, acompañado de su madre, y admiraba profundamente a los sacerdotes que, a riesgo de su vida, seguían ejerciendo su ministerio. Aquella valentía sacerdotal sembró en él una semilla que germinaría en forma de vocación.
Un camino lleno de dificultades
A los 20 años, Juan María sintió con claridad la llamada al sacerdocio, pero su camino no fue fácil. Su escasa formación previa y sus dificultades con el latín hicieron que muchos consideraran inviable su ingreso en el seminario. No obstante, con la ayuda del abate M. Balley, párroco de Écully, logró prepararse y fue ordenado sacerdote en 1815, a los 29 años, por pura perseverancia y fe.
Nunca fue brillante en lo académico, pero sí lo fue en virtud, obediencia y celo pastoral. En su examen final, un superior dijo de él: «No sabe mucho, pero es piadoso; le dejamos en manos de Dios». Ese hombre 'sin grandes luces' sería más adelante faro de conversión para miles de personas.
Vista de la localidad de Ars, con la Basílica en la que se venera el cuerpo de san Juan María Vianney. De Paul C. Maurice - [1], CC BY-SA 3.0 (Wikipedia).
Ars: un pequeño pueblo para una gran misión
En 1818 fue enviado como párroco a Ars, un diminuto y olvidado pueblo del sur de Francia. Tan solo contaba con 230 habitantes, en su mayoría alejados de la práctica religiosa. Muchos sacerdotes consideraban esos destinos como un castigo. Juan María, sin embargo, lo vio como un campo de misión.
Comenzó su labor pastoral con una vida de penitencia y oración. Ayunaba con frecuencia, pasaba largas horas ante el Santísimo Sacramento y dedicaba todo su tiempo a los fieles. Su humildad, cercanía y entrega fueron ganándose poco a poco el corazón de los habitantes de Ars.
Su predicación sencilla pero profunda, su amor por los pobres y su celo por la salvación de las almas hicieron que el pueblo comenzara a transformarse. Lo que parecía un rincón olvidado de Francia se convirtió en un centro espiritual al que acudían miles de personas.
El confesionario: trono de misericordia
Si hay algo que caracteriza al santo Cura de Ars es su ministerio incansable en el confesionario. Llegó a pasar entre 12 y 18 horas diarias confesando, sobre todo en los últimos años de su vida. A Ars acudían peregrinos de toda Francia y otros países, buscando la reconciliación con Dios.
Se calcula que, en los años de mayor afluencia, más de 80.000 personas al año se acercaban a Ars. La razón era sencilla: Juan María Vianney tenía un don especial para leer los corazones, aconsejar con ternura y mostrar la misericordia de Dios. Era un instrumento del Espíritu Santo para sanar las almas.
La Confesión no era para él una mera práctica sacramental, sino el lugar donde el amor de Dios se derramaba sobre sus hijos. Su vida en el confesionario era su martirio diario, y también su fuente de alegría.
Pobreza, mortificación y caridad
San Juan María Vianney vivió con extrema austeridad. Dormía poco, se alimentaba con lo justo y se privaba de cualquier comodidad. Todo lo ofrecía por la conversión de los pecadores. Su habitación era tan sencilla que muchos se sorprendían al visitarla.
Pero su verdadera riqueza era la caridad. Fundó el Providence, un orfanato para niñas sin recursos, y se volcó en atender a los más necesitados. Su amor era concreto, lleno de gestos pequeños y constantes.
A pesar de su fama creciente, nunca se envaneció. De hecho, pidió varias veces que le trasladaran a otra parroquia más alejada, pues se consideraba indigno de su misión. Sus superiores siempre le negaron ese deseo, conscientes del bien inmenso que hacía en Ars.
Tentaciones del demonio y ataques espirituales
Como todo gran santo, san Juan María Vianney fue objeto de tentaciones y ataques furibundos del demonio. Durante años sufrió fenómenos preternaturales en su casa: ruidos, gritos, muebles que se movían solos, incendios… El diablo intentaba amedrentarlo y apartarlo de su misión. Él, lejos de asustarse, ofrecía todo por la conversión de los pecadores.
Solía decir con humor: «El diablo y yo somos casi amigos, porque nos vemos todos los días». Su fortaleza espiritual fue fruto de una vida profundamente unida a Dios.
Una muerte santa y una herencia viva
El 4 de agosto de 1859, tras 41 años como párroco de Ars, san Juan María Vianney murió serenamente, rodeado del cariño de su pueblo. Tenía 73 años. Fue beatificado en 1905 y canonizado en 1925 por el papa Pío XI, quien lo proclamó patrono de los párrocos. En 2009, con motivo del 150 aniversario de su fallecimiento, el papa Benedicto XVI lo declaró patrono de todos los sacerdotes del mundo.
Su cuerpo incorrupto puede venerarse hoy en el santuario de Ars, que sigue recibiendo peregrinos de todo el mundo. Su figura sigue siendo una luz para la Iglesia y, especialmente, para los sacerdotes.
El modelo para seminaristas y sacerdotes
En un mundo que a veces pierde de vista lo esencial, la figura del santo Cura de Ars recuerda a los sacerdotes su verdadera identidad: ser hombres de Dios para los demás, instrumentos de su misericordia, pastores con olor a oveja, como decía el papa Francisco.
En la Fundación CARF, que apoya la formación de seminaristas y sacerdotes en los cinco continentes, la vida de san Juan María Vianney sirve de modelo y estímulo, como la de san Josemaría que se inspiró mucho en él, incluso le nombró Patrono del Opus Dei.
Muchos jóvenes de hoy –como él en su tiempo– encuentran dificultades para formarse, carecen de recursos o viven su vocación en ambientes adversos. Nuestra labor es ayudarles a que, como el Cura de Ars, lleguen a ser sacerdotes santos.
El cura de Ars y el fundador del Opus Dei
La fiesta de san Juan María Vianney se celebra el 4 de agosto. Y, como adelantábamos más arriba, san Josemaría acudió siempre con fe a la intercesión del Cura de Ars, patrono del clero secular.
Su primer viaje a la ciudad de Ars (Francia), para conocer los lugares donde san Juan María Vianney desempeñó su tarea pastoral y rezar ante sus restos, fue en 1953. Después regresó en numerosas ocasiones. Después, y siempre acompañado por don Álvaro del Portillo, regresó en 1955, 1956, 1958, 1959 y 1960. San Josemaría acudió siempre con fe a su intercesión y destacaba sus rasgos sacerdotales.
San Josemaría, refiriéndose a la dedicación de los sacerdotes al sacramento de la Penitencia, les decía: «Sentaos en el confesonario todos los días, o por lo menos dos o tres veces a la semana, esperando allí a las almas como el pescador a los peces.
Al principio, quizá no venga nadie. Llevaos el breviario, un libro de lectura espiritual o algo para meditar. En los primeros días podréis; después vendrá una viejecita y le enseñaréis que no basta que ella sea buena, que debe traerse a los nietos pequeñines.
A los cuatro o cinco días vendrán dos chiquillas, y después un chicote, y luego un hombre, un poco a escondidas... Al cabo de dos meses no os dejarán vivir, ni podréis rezar nada en el confesonario, porque vuestras manos ungidas estarán, como las de Cristo –confundidas con ellas, porque sois Cristo– diciendo: yo te absuelvo».
El poder de un sí
San Juan María Vianney no fue un gran teólogo ni un reformador eclesial. Fue, sencillamente, un sacerdote fiel a su vocación, un hombre enamorado de Cristo y de las almas. Su vida nos enseña que la santidad no está reservada a los sabios o a los fuertes, sino a los que confían en Dios y se entregan sin reservas.
Su testimonio sigue siendo actual y necesario. En cada seminarista que se forma con ayuda de la Fundación CARF hay una posibilidad de que surja un nuevo Cura de Ars. Porque lo que el mundo necesita no son solo buenos profesionales, sino santos sacerdotes.
???? ¿Sabías que…?
El Santo Cura de Ars se confesaba todos los días.
Fue tentado durante años para abandonar su parroquia, pero nunca cedió.
Cuando le preguntaban por su secreto, respondía: «Me levanto y me voy a la iglesia».
Decía: «El sacerdocio es el amor del Corazón de Jesús».
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¿Te gustaría que más sacerdotes como san Juan María Vianney llevaran el Evangelio y la fe a todas las diócesis del mundo?
Con tu donativo, ayudas a formar a seminaristas y sacerdotes diocesanos en la Universidad de Navarra y en la Universidad Pontificia de la Santa Cruz.
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«La plenitud más grande es una vida ofrecida del todo»
La vocación y el testimonio de Giovanni, que nació en Reggio Emilia (Italia) el 29 de julio de 1992, muestra cómo Dios actúa en lo concreto, sembrando señales, despertando preguntas y abriendo caminos.
Este joven está terminando el Bachillerato en Teología en Roma gracias a una ayuda de la Fundación CARF, que sostiene su formación y de sus hermanos de la Fraternidad san Carlos Borromeo, comunidad de sacerdotes misioneros nacida en el seno del movimiento Comunión y Liberación.
A pocos días de su ordenación diaconal, que fue el pasado 21 de junio, nos comparte su camino de vida.
Giovanni con dos amigos en una excursión a las montañas.
Un adolescente que soñaba con ser justo
«Me llamo Giovanni Ferrari, nací el 29 de julio de 1992 en Reggio Emilia, una pequeña ciudad entre Milán y Bolonia. Es una tierra de campesinos, gente sencilla y trabajadora, pero también acogedora y rica en valores.
Nací en una familia católica, donde la fe me fue transmitida por ósmosis, a través de los muchos amigos que siempre pasaban por nuestra casa. Además de una hermana mayor, recibimos el regalo de una hermana adoptiva proveniente de Nigeria, quien enriqueció y amplió los horizontes de nuestra familia.
De niño me encantaba jugar al fútbol, pero pronto tuve que aceptar que nunca llegaría a ser futbolista profesional. A cambio, me iba bien en la escuela, y durante los años de Bachillerato nació en mí el deseo de ser juez algún día. Me atraía la idea de entregar mi vida por un ideal de justicia, ideal que con frecuencia veía frustrado por la realidad. Las muchas situaciones de injusticia me tocaban profundamente, y la profesión de juez me parecía una manera concreta de responder a ello.
Durante el Bachillerato surgieron las primeras amistades importantes, primero en la parroquia y luego en una organización que recaudaba fondos para misiones en América Latina, donde en el tiempo libre hacíamos trabajos manuales.
Poco a poco comprendí que las amistades que valía la pena cultivar eran aquellas con las que compartía un ideal por el que valía la pena entregarse. En esos años, decidí dejar el fútbol para dedicarme más al voluntariado».
La inspiración misionera de Daniele Badiali
El ejemplo del padre Daniele Badiali, un sacerdote misionero italiano asesinado en Perú en 1997, tras ofrecerse como rehén en lugar de una misionera. El padre Badiali sirvió con sencillez y entrega entre los pobres de la diócesis de Huari. Es considerado un mártir por su testimonio de fe y amor radical.
«En la adolescencia conocí su historia. Cuanto más leía sus cartas, más deseaba vivir una vida intensa y totalmente entregada como la suya. Más que una vida truncada, me parecía una vida cumplida.
La vida siguió su curso y decidí inscribirme en Derecho para alcanzar mi sueño de ser juez. En los primeros años de universidad conocí la historia de otro sacerdote que me conmovió profundamente: el padre Anton Luli, un jesuita albanés que pasó gran parte de su vida en prisión y trabajos forzados bajo el régimen comunista.
Terminaba su testimonio diciendo que lo más valioso de su vida había sido su fidelidad a Cristo. Yo, que lo tenía todo, no lograba ser tan libre y feliz como ese hombre que lo había perdido todo por amor a una persona».
Misión en Brasil y primera llamada
«Fue entonces cuando decidí pasar cuatro meses en Brasil, en una misión diocesana, para ver si esa posibilidad de entregarme así era para mí o no. Durante esos meses, en una peregrinación a un santuario mariano, sentí una fuerte intuición de dejarlo todo y entrar en los jesuitas, pero esa convicción duró solo tres días. Al regresar de Brasil, retomé la universidad como si nada hubiera pasado.
Poco después, conocí a unos nuevos sacerdotes que acababan de llegar a mi ciudad. Eran jóvenes, vivían juntos, eran amigos e inteligentes, y era un gusto estar con ellos. Pertenecían a la Fraternidad san Carlos, una comunidad de sacerdotes misioneros vinculada al carisma de Comunión y Liberación, el movimiento fundado por don Luigi Giussani.
Gracias a la invitación de un amigo a un aperitivo con estos sacerdotes, nació una amistad que poco a poco se volvió totalizante. Iba a su casa a cenar, estudiar, jugar, ver películas... mi vida, como la de muchos amigos, giraba en torno a esa casa de sacerdotes.
Sentía que el Señor, a través de ese encuentro, estaba respondiendo a todos los deseos de entregarme a Él que había experimentado años atrás. "¿Por qué me siento tan en casa con ellos?", era la pregunta que tenía dentro, pero aún no me atrevía a formularla».
Giovanni y un amigo disfrutan de una excursión en bici.
La muerte de un amigo y la pregunta decisiva
«El momento decisivo llegó cuando un querido amigo mío murió a los 24 años, tras un año y medio de enfermedad. Se llamaba Cristian y vivió su enfermedad con santidad.
Uno de estos sacerdotes, poco antes de que muriera, dijo en una homilía que, a través de la vida de Cristian, Dios estaba preguntando a cada uno: "¿Quieres darme tu vida? ¿Quieres dármela para el mundo entero? Cada uno, en su corazón, debe preparar su respuesta". Yo ya sabía cuál era mi respuesta, pero aún necesitaba tiempo».
Giovanni Ferrari durante una celebración.
Última etapa en Derecho y decisión final
«Después de graduarme, trabajé un par de años en un estudio jurídico en Milán e hice la escuela de especialización para las profesiones legales, que me habilitaba para el concurso de magistratura.
Pero cuando ya estaba todo listo para presentarme, entendí que había llegado el momento de dar un paso importante: entrar en el seminario. Comprendí el deseo de renunciar al sueño de una carrera y de formar una familia, por la esperanza de una vida plena en la virtud de la castidad, el sacerdocio, la vida común y la misión.
Como escribió Von Balthasar, era demasiado fuerte la intuición de que “dejándolo todo, finalmente lo ganaría todo”».
Hoy solo puedo decir que Dios me ha dado mucho más de lo que jamás hubiera imaginado, ante todo una plenitud de sentido para mi vida.
Deseo agradecer a la Fundación CARF y a todos los benefactores que colaboran con ella por la valiosa ayuda recibida durante estos años de estudio y por las oraciones.
Estos años en la Universidad Pontificia de la Santa Cruz han sido muy formativos. He podido apreciar la universalidad de la Iglesia conociendo a jóvenes de todo el mundo, y recibir una excelente formación teológica.
Por todo esto, les estoy profundamente agradecido por la ayuda y por el hermoso servicio que prestan en favor de toda la Iglesia».
Gerardo Ferrara, Licenciado en Historia y en Ciencias Políticas, especializado en Oriente Medio. Responsable de alumnado de la Universidad Pontificia de la Santa Cruz de Roma.