Rezar por los sacerdotes es una misión de amor y responsabilidad. El papa Francisco nos recuerda que un sacerdote no se hace solo; necesita el apoyo y la oración de todos nosotros. En su exhortación Evangelii Gaudium (La alegría del Evangelio) y en muchas homilías, el Papa subraya que el camino del sacerdocio está profundamente ligado a todos los cristianos.
La vocación sacerdotal implica grandes sacrificios y desafíos, y los sacerdotes se enfrentan a dificultades que pueden debilitar su misión, si no reciben el apoyo necesario. Por eso, nuestras plegarias son un acto de amor y compromiso, una manera de cuidar a aquellos que, a su vez, nos cuidan y nos acercan a Dios.
La mujer y el hombre deberían estar siempre rezando por los sacerdotes.
¿Por qué debemos rezar por los sacerdotes?
San Josemaría Escrivá enseñó que el sacerdote, aunque hombre entre los hombres, ¡es el mismo Cristo! A través de nuestra oración, podemos ser su escudo y fortaleza. Los sacerdotes son directores espirituales y ejemplos vivos de amor y entrega a Cristo, pero también necesitan de nuestras plegarias para mantenerse firmes en su vocación. Rezar por ellos es un acto de empatía y apoyo profundo, un gesto de amor que los acompaña y fortalece en su misión diaria de servicio. Y las oraciones son de ida y vuelta, ya que todos los sacerdotes rezan a diario en la Liturgia de las Horas por todos los seres humanos de todo el planeta.
3 razones para rezar por los sacerdotes
Para ofrecerles apoyo espiritual en su misión: la oración de la Iglesia cristiana es una fuerza poderosa que sostiene a los sacerdotes en su misión. Como expresó el papa san Juan Pablo II en su Carta a los Sacerdotes en 1979, existe una profunda conexión entre el sacerdocio ministerial y el sacerdocio común de los fieles. Mientras los sacerdotes guían y forman al pueblo de Dios, los fieles participan a través de sus propias vidas y oraciones. Al rezar por ellos, fortalecemos su vocación y los ayudamos a llevar a Cristo a todos.
Para que sean instrumentos de gracia y encuentren fortaleza en su vocación: el sacerdocio es un don que se ofrece en favor de la comunión (Catecismo de la Iglesia Católica, 1.533). A través de los sacramentos, especialmente la Eucaristía y la Confesión, la gracia de Dios llega a todos los cristianos, nutriendo y guiando sus vidas. Sin embargo, los sacerdotes también necesitan un apoyo constante para permanecer fieles a su vocación en medio de los desafíos y pruebas. La gracia divina es esa fuerza que impulsa y sostiene el camino cristiano, que actúa en lo más profundo del alma frente a las dificultades. Al rezar por ellos, pedimos que esa gracia los envuelva, los fortalezca y los llene de alegría para que puedan cumplir su misión con fidelidad; a su vez, ellos contribuyen a la santidad y al crecimiento de toda la Iglesia.
Protección contra las tentaciones y el desgaste espiritual: san Juan María Vianney, patrono de los sacerdotes, expresó con gran claridad la importancia de la labor sacerdotal: «sin el sacerdote, la Pasión y la Muerte de nuestro Señor no servirían de nada. Es el sacerdote quien continúa la obra de la redención en la tierra». Rezar por ellos es ayudarles a resistir las pruebas y renovar su compromiso de santidad, que requiere la ayuda de Dios y el apoyo de toda la comunidad.
¿Cómo rezar por los sacerdotes?
Rezar por los sacerdotes es una forma sencilla y profunda de acompañarlos en su misión. Hay muchas formas de hacerlo; una opción fácil y al alcance de todos es incluirlos en nuestras intenciones diarias: dedicar una plegaria por ellos, cada día, como perla de amor que enriquece a la Iglesia.
También puedes ofrecer un rosario o la celebración de la Misa en su nombre; o participar en una novena especialmente dedicada a su santidad y fortaleza.
Además, en momentos de silencio y meditación, pide a Dios que les dé fuerza y sabiduría para afrontar los retos de la soledad o las incomprensiones. Estas oraciones los sostienen espiritualmente y les recuerdan que no están solos en su camino.
¿Cuál es la oración de los fieles por los sacerdotes?
La oración de los fieles es un momento puntual de la Santa Misa en el que, unidos como un solo corazón, elevamos las peticiones a Dios por distintas intenciones, entre ellas, no te olvides de la santidad de vida y de la misión de los sacerdotes. En esta oración pedimos por quienes se han entregado al servicio de la Iglesia.
Esta plegaria tiene un valor incalculable, porque reconocemos que los sacerdotes, como todos seres humanos, necesitamos de la gracia y la fortaleza de Dios para ser fieles y serviciales. Es una muestra de gratitud, pues al pedir por ellos, también reconocemos su sacrificio y dedicación. Esa oración conjunta refleja el deseo de todos de ver a los sacerdotes como modelos de Cristo que, como el buen pastor, cuida de su rebaño con ternura y valentía.
¿Qué es la oración de intercesión por los sacerdotes?
La oración de intercesión es una plegaria en la que pedimos a Dios por el bien de otros, en este caso, por los sacerdotes.
Intercesión en tiempos de crisis: cuando la Iglesia o los sacerdotes atraviesan momentos difíciles, rezar marca la diferencia. El papa Francisco ha enfatizado la importancia de no juzgar a los sacerdotes con dureza, sino rezar por ellos. En la homilía pronunciada el 23 de junio de 2014, el Papa afirmó: «No juzgues, porque, si lo haces, cuando tú hagas algo malo, serás juzgado. Es una verdad que es bueno recordar en la vida de cada día, cuando nos vienen las ganas de juzgar a los demás, de criticar a los demás, que es una forma de juzgar. Al contrario, debemos ser hombres y mujeres de oración, interceder por los demás, especialmente en tiempos de crisis, cuando necesitan más de la gracia y el apoyo de Dios».
Intercesión diaria: incluir a los sacerdotes en nuestras plegarias cotidianas es una práctica sencilla. Esta intercesión puede integrarse en el rosario, ofreciendo cada misterio por su vocación, o en nuestras oraciones de la mañana y de la noche, pidiendo a Dios que los sostenga y los ilumine.
Rezar por los sacerdotes
La oración aporta una riqueza incalculable a la Iglesia por el don del ministerio sacerdotal y de la vida consagrada en sus múltiples carismas e instituciones. Damos las gracias a Dios por la vida y por el testimonio de tantos sacerdotes y personas de vida consagrada.
En la Fundación CARF trabajamos con dedicación para apoyar la formación integral de sacerdotes diocesanos de todas partes del mundo. Este esfuerzo es posible gracias a la generosidad de los benefactores y amigos, y, sobre todo, a las oraciones constantes de quienes valoran la misión sacerdotal.
Los benefactores de la Fundación CARF forman un grupo de cristianos comprometidos que además de apoyar económicamente, se unen en oración, no solo por las vocaciones de los futuros sacerdotes, sino también por aquellos que ya están desarrollando su misión.
Rezamos para que todos ellos, presentes y futuros, reciban la gracia necesarias para llevar adelante su vocación, superando los desafíos y viviendo con alegría su servicio a la Iglesia diocesana y al mundo.
Guardini: el encuentro y su papel en la pedagogía
Dejemos a un lado, aunque el autor lo considera brevemente, el encuentro entre dos objetos materiales, entre dos plantas, entre dos animales, que en cada caso sigue unas leyes diversas según sus respectivos modos de ser.
Condiciones para que se dé el encuentro personal
Hablamos de encuentro, se nos dice, propiamente cuando un hombre contacta con la realidad. No es todavía un encuentro si solo busca, por ejemplo satisfacer su hambre, aunque puede ir más allá del instinto. Como todavía no lo es tampoco un simple choque entre dos personas.
Dos condiciones iniciales para que se dé un encuentro (personal), según Romano Guardini, serían: 1) el toparse con la realidad más allá de una interacción simplemente mecánica, biológica o psicológica; 2) establecer una distancia respecto a esa realidad, fijarse en su singularidad, tomar postura ante ella y adoptar una conducta práctica respecto a ella.
Para todo ello se requiere la libertad. En la libertad se pueden ver dos lados: una libertad material, por la que podamos entrar en relación con todo lo que nos rodea; una libertad formal, como facultad de actuar (o no) desde la energía inicial propia de la persona. A veces la persona puede llegar a la convicción de que no se debe confiar en todo lo que sale al encuentro: «Puede cerrar las puertas de su corazón, y dejar fuera el mundo. La antigua Stoa [escuela del estoicismo] lo hizo así, y así se comporta la ascesis religiosa, para dirigir el amor solo a Dios» [1].
El encuentro puede partir solamente de parte de la persona, por ejemplo, frente a una cosa que despierta nuestro interés, como una fuente, un árbol o un pájaro y se puede convertir en una imagen de algo más profundo o incluso puede ayudar a comprender radicalmente la existencia. Esto, siempre que se venza la costumbre, la indiferencia o el esnobismo, la presunción engreída y llena de sí mismo [2]. Tales son los enemigos principales del encuentro.
Pero el encuentro puede ser también bilateral, y entonces surge una relación especial, en la que dos personas se valoran más profundamente, más allá de su mera presencia o sus funciones sociales: se convierten en un “tú”.
Como contenidos del encuentro Guardini enumera:
1) el conocimiento de la persona y de su conducta que de ahí se deriva;
2) una “vivencia peculiar de la familiaridad y de la extrañeza”: familiaridad que puede crecer y convertirse en confianza en unión; y aquí, la relación con el carácter y la actividad, el pueblo y el grupo social, las ideas, la relación con el mundo, etc., pero también con las diferencias, la extrañeza y la irritación, la antipatía y la enemistad;
3) Siempre, incluso entre las personas más íntimas, está ese elemento de extrañeza, por el carácter irreductible de la individualidad. Esto marca necesariamente la distancia de la persona.
Además, el encuentro requiere que se dé un buen momento, un momento propicio, que se constituye a partir de miles de elementos más o menos conscientes o inconscientes: vivencias del pasado e imágenes, energías y tensiones, necesidades, ambiente, estado de ánimo, elementos creativos y afectivos, etc. De ahí la dificultad o la imposibilidad de confeccionar un encuentro, y la apertura del encuentro hasta acercarse a la Providencia y a la suerte.
El encuentro requiere, pues, a la vez, la libertad y la espontaneidad, en el sentido de que solo acontece si no se busca, como sería el encuentro con una flor azul que abre el camino hacia el tesoro.
Dimensiones del encuentro: metafísica, psicología y religiosa
El fenómeno del encuentro puede ser descrito por su lado metafísico, es decir, lo que se refiere al ser mismo del encuentro: ¿porqué es como es?, ¿cómo ha surgido?, Esto lo testimonia la experiencia de los sabios. Sobre todo, que las grandes cosas tienen que ser regaladas, no son exigibles ni pueden ser forzadas.
«Esto apunta a una creatividad objetiva que está por encima de la individual y humana; a una instancia que dirige, condensa y ‘escribe’ la situación con una sabiduría y una originalidad ante cuya soberanía las acciones humanas resultan bobas y elementales.
Por esto todo encuentro auténtico despierta el sentimiento de hallarse uno ante algo inmerecido, y también de gratitud o, al menos, de sorpresa por lo curiosamente y bien que ha salido todo.
Estas reacciones no es necesario que se den siempre en el plano consciente; pero conforman una actitud (un elemento que, según lo que resulte y las circunstancias, puede hacerse arrollador» 3].
El encuentro puede describirse, como también hace Guardini, por su lado psicológico: pues el encuentro se sustrae ante lo que llamamos concentración, ya que esta tensiona, ordena y cierra. El encuentro resiste a la búsqueda de lo útil, lo sistemático, lo pedante y diligente.
«Frecuentemente los encuentros se regalan a personas que no se esfuerzan en conseguirlos, que incluso puede que aparentemente no los merezcan (la felicidad)…» [4]. Se siente que ha sido una encrucijada regalada de libertad y necesidad: se han dado muchas circunstancias, quizá aparentemente casuales, para que sucediera, y surge el sentimiento curioso de que «no podía ser de otra manera».
El encuentro tiene, en tercer lugar, relación con lo espiritual y con lo religioso, en cuanto que supone un logro o un éxito de lo personal, gracias a un factor que no viene simplemente del trabajo o de la previsión humana, que podría degenerar en puro hábito sin alegría ni emociones.
Este factor, respetando la libertad, orienta la existencia hacia una cierta plenitud, sin dejarla convertirse, por el otro extremo, en una aventura inestable y juguete del momento. Por eso el encuentro afecta al centro espiritual o interior de la persona.
Esto es así, señala Guardini, «porque en el encuentro lo que brota no es únicamente lo esencial y singular, sino también el misterio» [5]. «En el momento en que yo me encuentro con una cosa o con una persona, éstas pueden adquirir una nueva dimensión, la religiosa.
Entonces todo se convierte en misterio; y a eso responde la admiración, el agradecimiento, la emoción». Guardini aduce el acontecimiento narrado por san Agustín, de cómo se le quitó un fuerte dolor de muelas después de acudir a la oración propia y ajena (cf. Confesiones, IX, 4, 12).
La médula del sentido del encuentro
Para mostrar lo que considera como «la médula del sentido del encuentro», Guardini recurre a unas palabras de Jesús camino de Jerusalén. Conviene notar que estas palabras tiene siempre para Guardini un significado especial, pues se vinculan a un momento trascendental de su vida, en que experimentó una conversión a la vez intelectual y espiritual [6]: «Quien quisiere poner a salvo su vida (psyche, vida o alma), la perderá; mas quien perdiere su vida por mi causa, la hallará», Mt 16, 25).
Se refieren estas palabras a la manera de comportarse el hombre en la relación con Cristo y, según Guardini, son claves para entender la existencia humana en general. Vienen a significar: «Quien se aferra a su sí mismo en su propio ser, lo perderá; quien lo pierde por causa de Cristo, lo encuentra» [7].
Y explica Guardini esta expresión en cierto modo paradójica (pues es el perderse lo quelleva a encontrarse): «El hombre llega a ser él mismo liberándose de su egoísmo. Pero no en forma de ligereza, de superficialidad y vacío existencial, sino en pro de algo que merece que por su causa corra uno el riesgo de no ser él» [8].
¿Cómo puede uno liberarse de sí mismo en este sentido? Esto, responde Guardini, puede suceder de formas muy diversas. Por ejemplo, ante un árbol, puedo pensar simplemente en comprarlo, aprovecharlo, etc., es decir en su relación conmigo. Pero también puedo considerarlo de otra manera, en sí mismo, contemplando su estructura, su belleza, etc.
Otro ejemplo que pone Guardini es el de dos estudiantes universitarios: uno trabaja con la vista puesta en su futuro, en sus oportunidades y en el provecho que puede sacar de tal asignatura o tal examen, y acabará siendo un buen abogado, médico o lo que sea. Al otro le interesan los temas en sí, la investigación, la verdad, y puede llegar a realizar una carrera razonable.
Para el primero, la ciencia es un medio con vistas a un fin, que consiste en afirmarse a sí mismo en la vida. El segundo se abre al objeto, poniendo en el centro no a sí mismo sino la verdad. Y este se autorrealizó al crecer su yo en contacto con los avances de sus planteamientos e investigaciones.
Otros ejemplos servirían, apunta Guardini, en relación con la amistad y el amor (la amistad calculadora y la auténtica; el amor basado en el apetito y el amor personal).
«La amistad nace solamente cuando reconozco al otro como persona; le reconozco la libertad de existir en su identidad y esencia; consiento que se convierta en un centro de gravedad por derecho propio y experimento una solicitud viva para que esto ocurra realmente… Entonces se convierten la forma y la estructura de la relación personal, y el estado de ánimo con el que la abordo.
La relación se centra en la otra persona. Al darme cuenta de esto, me distancio continuamente de mí mismo y de este modo me encuentro a mí mismo, como amigo, en lugar de como explotador; libre en lugar de atado a mi propio beneficio; verdaderamente magnánimo, más que lleno de pretensiones»[ 9].
Guardini concluye su reflexión ofreciendo una interpretación conclusiva del sentido último del encuentro, diríamos nosotros, a la luz de una antropología cristiana. Es, por tanto, importante como clave para una pedagogía de la fe.
Primero desde un nivel antropológico. Y luego, antropológico-teológico, en relación con la revelación cristiana: «El hombre está hecho de manera tal que de entrada se manifiesta a sí mismo en una forma inicial, como un proyecto. Si se aferra a ese proyecto, permanece encerrado en sí mismo y no pasa a la entrega, se hace cada vez más estrecho y mezquino. Ha ‘conservado su alma’, pero la ha ido perdiendo cada vez más.
En cambio, si se abre, si se entrega a algo, se convierte en campo donde puede aparecer lo otro (el país que ama, la obra a la que sirve, la persona a la que está unido, la idea que lo inspira), y entonces se hace cada vez más profunda y propiamente él mismo» [10]. Además, en el encuentro con el mundo circundante, el hombre encarna lo que es y crea haciendo cultura en su sentido más amplio [11].
«Este salir de uno mismo puede ser cada vez más completo. Puede alcanzar una intensidad religiosa. Tengamos en cuenta que el término con que se expresa una muy elevada forma de conmoción religiosa es el de ‘éxtasis’, que significa precisamente ser sacado de uno mismo, estar fuera de sí.
Hay que pensar que, como sucede en todas las relaciones, el éxtasis no es unilateral, es decir que no afecta sólo a la persona que sale fuera de sí misma en busca de quien le sale al encuentro, sino que también éste sale de sí mismo; su ser sale fuera del arcano de su propio yo. Se revela, se abre» [12].
El hombre se hace verdaderamente hombre cuando sale de sí mismo respondiendo en los acontecimientos propiamente humanos. Pues bien: «El encuentro es el comienzo de ese proceso; o, al menos, puede serlo.
Representa el primer toque por parte de lo que nos sale al paso, en virtud del cual el individuo es llamado a salir de su inmediato yo y renunciar a su egoísmo, animado a ir más allá de sí mismo en pos de lo que le sale al encuentro y se le abre» [13].
Sin duda todo ello puede ser educado en el sentido de facilitado, fomentado, orientado mediante una pedagogía del encuentro.
El encuentro en la pedagogía
En sus escritos pedagógicos, Guardini muestra el papel que juega el encuentro en el conjunto de la educación. Sobre la base constituida por la forma (estructura de la existencia personal concreta) que se va desplegando en la «formación con la ayuda de la educación, la persona se realiza también gracias al encuentro, en medio del movimiento del hacerse y de la multiplicidad de sus fases en la diversidad de factores del propio ser y en la pluralidad de sus determinaciones» [14].
Todo ello compete a la pedagogía del aspecto subjetivo o inmanente de la persona.
A esto habrá que añadir el aspecto objetivo o transcendente de la persona (en relación con las ideas, normas y valores: la realidad, el mundo, los hombres, la historia, la cultura, Dios, la Iglesia, etc., que valen por sí y no ante todo por su significado para mí).
Esto segundo se lleva a cabo mediante la pedagogía de la aceptación (acogida de lo objetivo, tal como es) y del servicio (entrega a lo que me pide la realidad)[15]. En ese aspecto transcendente, dirá Guardini, se funda la dignidad humana.
La educación debe enseñar el discernimiento de cuál debe ser el centro de gravedad de cada acción personal, teniendo en cuenta el conjunto: la forma personal, el encuentro o el servicio. Enseñar a tomar con auténtica libertad esas decisiones: eso es lo propio de la pedagogía.
REFERENCIAS:
(*) Cf. R. Guardini, “El encuentro” en Id., Ética. Lecciones en la Universidad de Múnich (redcoge textos de 1950-1962), BAC, Madrid 1999 (original alemán de 1993), pp. 186-197; Id., “L’incontro” (ensayo publicado en alemán en 1955),en Id., Persona e libertà. Saggi di fondazione della teoria pedagogica, a cura di C. Fedeli, ed. La Scuola, Brescia 1987, pp. 27-47. [1] Persona e libertà, 32. [2] Cf. Ib., 34. [3] Ética, p. 192. [4] Ibid. [5] Ib., 193. [6] Cf. https://iglesiaynuevaevangelizacion.blogspot.com/2018/10/50-aniversario-de-romano-guardini.html. [7] Ética, o. c., p. 194. [8] Ib., 195. Recuérdese, al respecto, lo que dirá diez años después el Concilio Vaticano II en Gaudium et spes, 24: “El hombre, única criatura terrestre a la que Dios ha amado por sí mismo, no puede encontrar su propia plenitud si no es en la entrega sincera de sí mismo a los demás”. [9] Persona e libertà, 45. [10] Ética, 196. [11] Cf. R. Guardini, Fundamentación de la teoría de la formación, Eunsa, Pamplona 2020, 51s. [12] Ética, 196. Así ha sucedido, en efecto, con la Revelación cristiana (en la que Dios se autocomunica al hombre) y, de otro modo, en toda auténtica toma de conciencia sobre la propia vocación. [13] Ética., 197. [14] Fundamentación de la teoría de la formación, 80s. [15] Cf. Ib., 82-88.
Don Ramiro Pellitero Iglesias, profesor de Teología pastoral en la Facultad de Teología de la Universidad de Navarra.
Publicado en su blog Iglesia y nueva evangelización.
Purgatorio: ¿qué es y cuál es su origen y significado?
¿Qué es el Purgatorio?
Los que mueren en la gracia y en la amistad de Dios, pero imperfectamente purificados, pasan después de su muerte por una purificación, para obtener la santidad necesaria y entrar en la alegría del cielo. La Iglesia llama purgatorio a esta purificación final de los elegidos, que es completamente distinta del castigo de los condenados, aunque está segura de su eterna salvación.
Esta enseñanza se apoya también en la práctica de la oración por los difuntos y de eventuales indulgencias plenarias de las que ya habla la Escritura: "Por eso mandó [Judas Macabeo] hacer este sacrificio expiatorio en favor de los muertos, para que quedaran liberados del pecado". 2 M 12, 46
El Papa Benedicto XVI, explicaba en 2011 que el purgatorio es un estado temporal que la persona atraviesa tras la muerte mientras expía sus pecados. El purgatorio nunca es eterno, la doctrina de la Iglesia indica que todas las almas, logran acceder al Cielo.
«El purgatorio no es un elemento de las entrañas de la Tierra, no es un fuego exterior, sino interno. Es el fuego que purifica las almas en el camino de la plena unión con Dios", afirmó el Papa». Papa Benedicto XVI en la audiencia pública de los miércoles en 2011.
¿Cuáles son los orígenes del Purgatorio?
El origen etimológico del término purgatorio viene del Latín ”purgatorium”, que puede traducirse como “que purifica” y que deriva, a su vez, del verbo “purgare”, equivalente a limpiar o purificar. Y aunque la palabra Purgatorio no aparezca literalmente en la Biblia, sí aparece su concepto.
Santa Catalina habló del Purgatorio
Este mismo día el Santo Padre, resalto la figura de santa Catalina de Génova (1447-1510), conocida por su visión sobre el purgatorio. La santa no parte del más allá para contar los tormentos del purgatorio e indicar después el camino de la purificación o la conversión, sino que parte de la "experiencia interior del hombre en su camino hacia la eternidad".
Benedicto XVI añadió que el alma se presenta ante Dios aún ligada a los deseos y a la pena que derivan del pecado y que eso le imposibilita gozar de la visión de Dios y que es el amor de Dios por los hombres el que la purifica de las escorias del pecado.
Jesús habló del Purgatorio
En el sermón de la montaña nuestro Jesús les muestra a quien lo escucha, lo que nos espera después de la muerte como consecuencia de sus acciones en vida. Comienza con las bienaventuranzas. Avisa a los fariseos que no entrarán al Reino de los cielos y finalmente menciona las palabras recogidas en el Evangelio de Mateo:
"Ponte enseguida a buenas con tu adversario mientras vas con él por el camino; no sea que tu adversario te entregue al juez y el juez al guardia, y te metan a la cárcel. Yo te aseguro: no saldrás de allí hasta que hayas pagado hasta el último céntimo". Mateo 5, 25-26.
San Pablo habló del Purgatorio
En su primera carta a los Corintios, san Pablo habla sobre el juicio personal de los que tiene fe en Jesucristo y su doctrina. Son personas que alcanzaron la salvación, pero deben pasar por el fuego para que sus obras sean probadas. Algunas obras serán tan buenas que recibirán inmediata recompensa; en cambio, otros “sufrirán el daño”, pero igual “quedarán salvos”. Esto es precisamente el purgatorio, una purificación que algunos necesitarán para poder disfrutar plenamente de la amistad eterna con Dios:
"Pues nadie puede poner otro cimiento que el ya puesto, Jesucristo. Y si uno construye sobre este cimiento con oro, plata, piedras preciosas, madera, heno, paja, la obra de cada cual quedará al descubierto; la manifestará el Día, que ha de revelarse por el fuego. Y la calidad de la obra de cada cual quedará al descubierto; la manifestará el Día, que ha de revelarse por el fuego. Y la calidad de la obra de cada cual, la probará el fuego. Aquel, cuya obra, construida sobre el cimiento, resista, recibirá la recompensa. Mas aquel cuya obra quede abrasada, sufrirá el daño. Él, no obstante, quedará a salvo, pero como quien pasa a través del fuego". 1 Corintios 3, 11-15
En el siglo XVIII, por devoción a los difuntos, los vecinos de Santiago de Compostela construyeron la capilla de As Ánimas. Su construcción fue sufragada por los propios vecinos, con sus limosnas y donaciones. Un templo para aliviar las penas de las ánimas del Purgatorio con planos del arquitecto Miguel Ferro Caaveiro y dirección de obra del maestro de obras Juan López Freire.
"El purgatorio es una misericordia de Dios, para limpiar los defectos de los que desean identificarse con El". San Josemaría Escrivá de Balaguer, Surco, 889.
Muchas son las razones para creer en el Purgatorio
Como hemos visto es una enseñanza fundamentada en la Palabra de Dios: a esta realidad que la Sagrada Escritura nos muestra le llamamos purgatorio que es lo mismo que purificación.
En el cielo no entrará nada manchado. Quien es fiel a Dios, pero no se encuentra en un estado de gracia plena a la hora de morir, no puede disfrutar del cielo porque la misma Biblia dice que en la ciudad celestial: "No entrará nada manchado (impuro)" Ap 21,27.
Desde los primeros siglos los cristianos creemos en su existencia: el purgatorio como estado temporal de purificación fue creído desde el principio por los primeros cristianos, Padres de la Iglesia que destacaron por su fe y santidad. En el año 211, Tertuliano: "Nosotros ofrecemos sacrificios por los muertos..."; Año 307, Lactancio: "El justo cuyos pecados permanecieron será atraído por el fuego (purificación)..."; Año 386, Juan Crisóstomo: "No debemos dudar que nuestras ofrendas por los muertos les lleven un cierto consuelo..."; Año 580, Gregorio Magno: "Respecto a ciertas faltas ligeras, es necesario creer que, antes del juicio, existe un fuego purificador...".
Velas para los difuntos: significado
La tradición de encender velas para los difuntos en la casa es una posible forma de mantener vivo su recuerdo. La luz representa también la unión de los vivos y los difuntos. La Fe es el mejor refugio para quienes tienen que pasar por el proceso de superar el duelo de una pérdida de cualquier tipo y particularidad. Y la vela encendida simboliza a Jesús como Luz del Mundo. Luz de la que queremos participar y ofrecer también a Dios.
Jesús dijo a sus discípulos: “Yo soy la luz verdadera” y “Vosotros sois la luz del mundo… Así brille vuestra luz delante de los hombres, para que vean vuestras buenas acciones y glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos", Mt 5,16.
¿Cuándo se deben prender las velas para los difuntos?
En los orígenes de la cristiandad se encendían velas o lámparas de aceite en las tumbas de los santos difuntos, particularmente de los mártires, utilizando el simbolismo de la luz como representación de Jesucristo. “En él estaba la vida; y la vida era la luz de los hombres”, Juan 1,4.
Es por ello que hoy en día acostumbramos a encender velas para los difuntos, poniendo en las manos de Dios la oraciónque ofrecemos con fe. Simboliza también el deseo de quedarnos allí, con ellos, junto a Dios, orando e intercediendo por nuestras necesidades y por las de todo el mundo, dando gracias, alabando y adorando a Jesús. Porque donde hay Dios ya no puede haber oscuridad.
Existe una dimensión íntima, relacionada con encender velas a nuestros difuntos, algo que concierne a de cada uno y a su diálogo silencioso con Dios. Esta vela encendida se convierte en el símbolo del fuego divino que arde en cada uno de nosotros, que nos convierte en parte integral de esa luz de la que Jesús es símbolo, pero de la cual todos nosotros, como cristianos, somos parte.
«Con la luz de la fe, suplicamos a la Santísima Virgen María que rece con nosotros. Y que interceda ante Dios por nuestras plegarias».
El significado cristiano de encender velas para los difuntos y otras velas
Las velas litúrgicas están vinculadas a la firme creencia de Jesucristo como “luz que ilumina a el mundo”. “Otra vez Jesús les habló, diciendo: Yo soy la luz del mundo; el que me sigue, no andará en tinieblas, sino que tendrá la luz de la vida”, Juan 8,12.
Encender velas, significa, en este caso, conocimiento de Dios que es guía en la oscuridad y que a través de su Hijo que desciende sobre nosotros, nos abre los ojos y nos hace dignos de su presencia, de su consideración.
Es por ello que, en la Iglesia Católica, además de las velas para los difuntos, las velas se colocan en el altar y cerca del tabernáculo. Son acompañantes de las celebraciones y se usan en casi todos los sacramentos, desde el Bautismo hasta la Extrema Unción, exceptuando el sacramento de la Reconciliación como elementos simbólicos irremplazables.
El cirio pascual
Se enciende durante la Vigilia Pascual, la Santa Misa celebrada el Sábado Santo, después del atardecer y antes del amanecer del Domingo de Pascua, para celebrar la resurrección de Jesús. Luego se deja en el altar durante todo el tiempo de Pascua y se apaga en Pentecostés.
Se enciende como un signo de la luz resucitada de Cristo, que vuelve de entre los muertos para iluminar el camino de sus hijos y ofreciéndose por su salvación.
Vela bautismal
Durante el Bautismo, el sacerdote presenta una vela, que se encendió con el cirio pascual.
La vela blanca en el sacramento del Bautismo es un símbolo que representa la guía en el camino de encuentro con Cristo que a su vez es luz de nuestras vidas y luz del mundo. También simboliza la resurrección de Cristo.
Velas votivas
Proviene del latín votum, que significa promesa, compromiso o simplemente plegaria.
Son las velas similares a la velas para difuntos. Son encendidas por los fieles frente a un altar, un crucifijo, una imagen de la Virgen María o de un santo. Tienen un significado preciso: expresa el deseo de confiar nuestras palabras y nuestros pensamientos. Estas velas encendidas son comunes en la mayoría de las iglesias. Sirven para una ofrenda, una intención en particular y van acompañadas de un tiempo de oración personal.
Vela del Tabernáculo
La luz que ilumina el Tabernáculo, indicando la presencia del Cuerpo de Cristo es fácilmente reconocible para cualquier cristiano que entre en una Iglesia.
Actualmente, en muchos lugares es una lámpara, no una vela, pero aun así es una de las más importantes y preciosas: la llama ardiente que simboliza a Jesús y la fe de aquellos que le aman. Luz inagotable que permanece encendida incluso cuando abandonamos la iglesia.
La corona de Adviento, costumbre europea, comenzó a mediados del siglo XIX, para marcar las semanas que faltan hasta Navidad.
Se compone de una corona de ramas de hoja perenne entrelazadas entre sí, sosteniendo cuatro velas. Cada domingo de Adviento se enciende una vela y se hace una oración acompañada de una lectura de la Biblia y se puede cantar un villancico.
Las velas de altar
Se utilizan durante la Santa Misa desde al menos el siglo XII. Estas velas nos recuerdan a los cristianos perseguidos en los primeros siglos que secretamente celebraron la Misa en la noche o en las catacumbas a la luz de las velas.
También se pueden usar en las procesiones de entrada y finalización de la Misa. Se llevan a donde se lee el Evangelio como una señal de gozo triunfante en la presencia de las palabras de Cristo.
Durante la Vigilia Pascual, cuando el diácono o el sacerdote entra en la iglesia oscura con el cirio pascual, recita o canta Luz de Cristo, a lo que los fieles responden: Demos gracias a Dios. Este canto nos recuerda cómo Jesús llegó a nuestro mundo de pecado y muerte para traernos la luz de Dios.
Encender velas para los difuntos
Esta antigua costumbre de encender velas para los difuntos era ya practicada por los romanos, incluso antes por los etruscos y, aún más atrás, por los egipcios y los griegos, que usaban velas para los difuntos en los ritos funerarios, En la religión cristiana, visitar la tumba de un ser querido, llevarle flores, encender velas para difuntos y detenerse a rezar, es algo reconfortante y consolador.
Porque las velas para los difuntos son centinelas palpitantes, pequeños fragmentos de luz que dibujan el camino hacia la paz para nuestros seres queridos difuntos, por ello es una buena costumbre encender velas para los difuntos y dejarlas en las lápidas para que iluminen la noche de los cementerios. En la luz de las vela para los difuntos que se consume, alimentándose de su propia cera, reconocemos la vida humana que se apaga lentamente.
La ofrenda que dejamos al encender velas para los difuntos, es un sacrificio que acompaña nuestra oración con hechos y hace que nuestra intención de Fe sea tangible. Protección, por lo tanto, y guía, estas son las funciones principales de encender velas para los difuntos luto. Que cada año es costumbre volver a encender, el 1 de noviembre, Día de Todos los Santos, y el día 2, de los difuntos o día de los muertos.
Días para encender velas según color
Además de las velas para difuntos, las velas tienen un papel importante en la bendición de cenizas y palmas de Domingo de Ramos. También en los sacramentos, la consagración de iglesias y cementerios y la misa de un sacerdote recién ordenado. Por color y por día, las velas nos pueden ayudar a mejorar y estimular los momentos de oración.
Estas velas que encendamos, pueden ser bendecidas por un sacerdote para ayudarnos a orar por los enfermos y ponernos en manos de Dios.
Lunes: blanco
Martes: rojo
Miércoles: amarillo
Jueves: lila o violeta
Viernes: rosa
Sábado: verde
Domingo: naranja
Velas blancas
En el siglo II, fueron los romanos quienes decidieron que el color oficial del luto fuese el blanco, por lo que las velas para difuntos eras blancas. Un color reconocido por las reinas europeas hasta el siglo XVI. Un luto blanco nos recuerda la palidez de la muerte y lo frágiles que somos ante ella, reafirmando la pureza de nuestra alma.
Para simbolizar el tiempo de especial espera y preparación, por ejemplo, podemos encender las velas blancas de la corona de Adviento, durante la cena de Navidad. Mientras podemos realizar oración en familia pidiendo que el Niño Jesús nazca en el corazón de cada uno de sus integrantes.
Es blanca también, la vela pascual. Quizás la más reconocible por su tamaño y apariencia, ya que puede medir más de un metro de alto y tiene diseños coloridos.
Velas rojas
En el Antiguo Egipto, el color rojo se consideraba símbolo de la ira y del fuego. También se asociaba con el desierto, lugar que guarda relación con la muerte. En la Antigua Roma, se asociaba con el color de la sangre derramada e iba unido, tanto con el luto, como con la muerte.
Por ejemplo, encender las velas rojas, rosas o burdeos en la corona de adviento representan nuestro amor a Dios y el amor de Dios que nos envuelve. Corresponden al tercer domingo de Adviento, y su significado es de alegría y gozo, porque ya está cerca el nacimiento de Jesús.
Velas negras
Los Reyes Católicos dictaron, en el 1502, que el negro fuera el color oficial del luto. Todo esto queda recogido en la “Pragmática de Luto y Cera”, un protocolo escrito sobre cómo se debía llevar el luto en aquella época.
¿Qué celebramos el Día de Todos los Santos?
El 1 de noviembre los cristianos celebramos el Día de Todos los Santos. En este día la Iglesia recuerda a todos aquellos difuntos que, habiendo superado el purgatorio, se han santificado totalmente y gozan de la vida eterna en la presencia de Dios.
Día de Todos los Santos, solemnidad cristiana
El Día de Todos los Santos, 1 de noviembre, miramos hacia el cielo. Es el día en el que se homenajea a todos los santos, conocidos y desconocidos. A los que están en los altares y a tantos y tantos cristianos que después de una vida según el evangelio participan de la felicidad eterna del cielo. Son nuestros intercesores y nuestros modelos de vida cristiana.
«La santidad es el rostro más bello de la Iglesia» escribe el papa Francisco en «Gaudete et exsultate», su exhortación apostólica sobre la llamada a la santidad en el mundo actual (marzo 2018).
El Papa nos recuerda que esta llamada va dirigida a cada uno de nosotros. El Señor se dirige también a ti: «Sed santos, porque yo soy santo» (Lv 11,45; cf. 1P 1,16).
El 1 de noviembre recordamos a cada uno de los que dijeron sí a esta llamada. Por eso el día de todos los santos no se festeja solo en honor a los beatos o santos que están en la lista de los canonizados y por los que la Iglesia celebra en un día especial del año; se celebra también en honor a todos los que no están canonizados, pero viven ya en la presencia de Dios. Estas almas ya se consideran santas porque están bajo la presencia de Dios.
Todos los Santos, pintado por Fra Angélico. Pintor italiano que supo combinar la vida de fraile dominico con la de pintor. Fue beatificado por Juan Pablo II en 1982.
Historia del Día de Todos los Santos
Esta celebración tuvo sus orígenes en el siglo IV debido a la gran cantidad de mártires de la iglesia. Más adelante el 13 de mayo del año 610 el Papa Bonifacio IV dedicó el Panteón romano al culto cristiano. Es así que se les empieza a festejar en esta fecha. Posteriormente el Papa Gregorio IV, en el siglo VII, trasladó la fiesta al 1 de noviembre.
Los santos canonizados oficialmente por la Iglesia Católica son varios millares. Pero existe una inmensa cantidad de santos no canonizados, que ya están gozando de Dios en el cielo. A estos, a los santos no canonizados está especialmente dedicada esta fiesta. La iglesia busca reconocer la labor de los santos desconocidos que arriesgaron su vida por la justicia y la libertad de forma anónima.
Diferencia entre el Día de Todos los Santos y de Fieles Difuntos
El Papa Francisco explicaba de una forma muy clara la diferencia entre el Día de Todos los Santos y el Día de los fieles Difuntos:
«El 1 de noviembre celebramos la solemnidad de Todos los Santos. El 2 de noviembre la conmemoración de los Fieles Difuntos. Estas dos celebraciones están íntimamente unidas entre sí, como la alegría y las lágrimas encuentran en Jesucristo una síntesis que es fundamento de nuestra fe y de nuestra esperanza.
En efecto, por una parte la Iglesia, peregrina en la historia, se alegra por la intercesión de los santos y los beatos que la sostienen en la misión de anunciar el Evangelio; por otra, ella, como Jesús, comparte el llanto de quien sufre la separación de sus seres queridos, y como Él y gracias a Él, hace resonar su acción de gracias al Padre que nos ha liberado del dominio del pecado y de la muerte»
«Hay muchos cristianos maravillosamente santos, hay muchas madres de familia maravillosamente, encantadoramente santas; hay muchos padres de familia estupendos. Ocuparán en el cielo lugares de maravilla». San Josemaría Escrivá de Balaguer.
Día de Todos los Santos
El 1 de noviembre la iglesia Católica celebra la Solemnidad de Todos los Santos. Fiesta instituida en honor a todos y cada uno de los santos, conocidos o desconocidos, por su gran labor de difundir el mensaje de Dios. Muchas personas asisten hoy a una Misa especial en su honor.
Este día de la fiesta de Todos los Santos, la Iglesia nos pide una mirada al cielo, que es nuestra futura patria. Se recuerda a todos aquellos que ya están ante la presencia de Dios y que no son recordados como los santos canonizados. Y es que hay millones que ya han llegado a la presencia de Dios. Muy seguro una mayoría no llegaron de forma directa, quizá pasaron por el purgatorio, pero al final lograron estar ante la presencia de Dios.
Como comentario de la Solemnidad de Todos los Santos. "Alegraos y regocijaos, porque vuestra recompensa será grande en los cielos". Nacimos para no morir nunca más, ¡nacimos para disfrutar de la felicidad de Dios! El Señor nos anima y quiere que tomemos el camino de las Bienaventuranzas para ser felices.
Día de los Fieles Difuntos
El 2 de noviembre es el Día de los Fieles Difuntos. Aunque pareciera que es la misma, dista mucho de serla. Primero hay que tener presente que la celebración de los muertos viene a ser una tradición cultural donde se recuerda a los que ya murieron, y se dedican altares donde colocan fotos, flores y la comida que tanto gustaba en vida la persona recordada. Esta tradición según los historiadores se da principalmente en México 1.800 años antes de Cristo.
Este día la Iglesia nos invita a rezar por todos aquellos que ya murieron pero que muy posiblemente no han alcanzado el gozo eterno. Quizá estén en el purgatorio y necesitan de nuestras oraciones, por eso hay que recordarlos en la Santa Misa de difuntos y rezar en todo momento por su eterno descanso.
Tú puedes ser santo
Todos los bautizados están llamados a seguir a Jesucristo, a vivir y a dar a conocer el Evangelio.
La finalidad del Opus Dei es contribuir a esa misión evangelizadora de la Iglesia Católica, promoviendo entre fieles cristianos de toda condición una vida coherente con la fe en las circunstancias ordinarias de la existencia y especialmente a través de la santificación del trabajo.
Enlaces de interes:
Catecismo de la Iglesia Católica
Opusdei.org
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¡Halloween! ¿Brujas? Algo mucho mejor
En el Día de Todos los Santos nos alegramos y tratamos a los que murieron en gracia de Dios y ya están en el cielo. El Día de Todos los Difuntos rezamos por los que todavía están en el purgatorio, para que, purificados cuanto antes, gocen de la gloria celestial. Y en Halloween no celebramos nada.
Halloween, celebraciones para reflexionar
Ambas celebraciones nos invita a pensar en el misterio de la muerte que Jesús mismo quiso asumir para que nosotros pudiéramos vencerla.
Además nos debe hacer reflexionar en el destino final de nuestras vidas: lograr la felicidad definitiva para la que nos has hecho (cielo), el fracaso real del infierno, o la 'repesca' del purgatorio una vez debidamente purificados. Ahí no caben brujas ni celebraciones consumistas como Halloween que vienen importadas de los Estados Unidos. Celebramos la vida, no la muerte.
La Comunión de los Santos
Y, en el fondo de esta celebración, está la fe en la comunión de los santos que confesamos al final del Credo.
«Como todos los creyentes forman un solo cuerpo, el bien de los unos se comunica a los otros… Es, pues, necesario creer que existe una comunión de bienes en la Iglesia. Pero el miembro más importante es Cristo, ya que Él es la cabeza…
Así, el bien de Cristo es comunicado a todos los miembros, y esta comunicación se hace por los sacramentos de la Iglesia» (Santo Tomás, symb. 10) (Catecismo, 947).
Nunca estamos solos, Jesucristo y todos nuestros hermanos en la fe nos acompañan y apoyan.
En la comunidad primitiva de Jerusalén, los discípulos perseveraban en la enseñanza de los apóstoles, la comunión, la fracción del pan y las oraciones (Hch 2, 42).
Comunión en la fe: La fe de los fieles es la fe de la Iglesia recibida de los Apóstoles, tesoro de vida que se enriquece cuando se comparte (Catecismo, 949).
La multitud de los creyentes tenía un solo corazón y una sola alma, y nadie consideraba como suyo lo que poseía, sino que compartían todas las cosas (Hch 4,32).
La incredulidad de Santo Tomás" (c. 1601-1602) de Caravaggio, una obra maestra que captura el momento bíblico de la duda.
Caridad en el cuerpo místico de Cristo
Comunión de la caridad: En la “comunión de los santos” ninguno de nosotros vive para sí mismo; como tampoco muere nadie para sí mismo (Rm 14, 7).
Si sufre un miembro, todos los demás sufren con él. Si un miembro es honrado, todos los demás toman parte en su gozo. Ahora bien, vosotros sois el cuerpo de Cristo, y sus miembros cada uno por su parte (1Co 12,26-27).
El menor de nuestros actos hecho con caridad repercute en beneficio de todos, en esta solidaridad entre todos los hombres, vivos o muertos, que se funda en la comunión de los santos.
"Existe una comunión de vida entre nosotros los que creemos en Cristo y nos hemos incorporado a Él por el Bautismo. La relación entre Jesús y el Padre es el modelo de este fuego de amor.
Y la “comunión de los santos” es una gran familia. Todos nosotros somos familia, una familia donde todos procuramos ayudarnos y sostenernos entre nosotros". Catequesis del papa Francisco.
Intercesión de los santos
Contemos también con la intercesión de los santos. “Por el hecho de que los del cielo están más íntimamente unidos con Cristo, consolidan más firmemente a toda la Iglesia en la santidad… no dejan de interceder por nosotros ante el Padre.
Presentan por medio del único Mediador entre Dios y los hombres, Cristo Jesús, los méritos que adquirieron en la tierra… Su solicitud fraterna ayuda, pues, mucho a nuestra debilidad” (Vaticano II, Lumen gentium 49).
Algunos santos, cercano el momento de su muerte, eran conscientes del gran bien que podían seguir haciendo desde el Cielo: “No lloréis, os seré más útil después de mi muerte y os ayudaré más eficazmente que durante mi vida" (Santo Domingo de Guzmán, moribundo, a sus hermanos, cf. Jordán de Sajonia, lib 43).
“Pasaré mi cielo haciendo el bien sobre la tierra” (Santa Teresa del Niño Jesús, verba) (cf. Catecismo 956).
Invoquemos en especial a María, Madre del Señor y espejo de toda santidad. Que ella, la toda santa, nos haga fieles discípulos de su hijo Jesucristo, y que se lleve cuanto antes al Cielo a los difuntos que estén en el purgatorio. Amén.
¿Dónde cabe una celebración de muerte y no de vida, de brujas? Sin duda en nuestras vidas, poco sentido tiene Halloween, o como quieran llamarlo en cada latitud. Nosotros somos de santos y de rezar por nuestros difuntos.
Don Francisco Varo Pineda Director de Investigación de la Universidad de Navarra. Facultad de Teología. Profesor de Sagrada Escritura.