
Como es habitual, el último viernes de mayo se celebra en Pamplona el encuentro anual de benefactores y seminaristas y sacerdotes. Una jornada que sirve para dar gracias a Dios por las vocaciones, rezar por los sacerdotes y seminaristas, y conocer la labor que la Fundación CARF realiza desde 1989.
En este encuentro visitamos las Facultades Eclesiásticas de la Universidad de Navarra y el seminario internacional Bidasoa, donde residen y se forman los seminarias a los que ayuda la Fundación CARF. Los sacerdotes viven en colegios mayores y residencias sacerdotales distribuidas por Pamplona. Ciudad agradecida por la labor que todos ellos realizan en las parroquias de la diócesis.
«Hay días que no se entienden desde la agenda, sino desde lo que provocan por dentro. Y aquello fue mucho más que una visita institucional o un encuentro académico. Fue asomarse, casi sin querer, al corazón silencioso de la Iglesia universal», así describe el encuentro la periodista Matilde Latorre en Religión en Libertad, que acudió a este encuentro llena de emoción.

La mañana comenzó con las palabras de bienvenida de María Iraburu Elizalde, rectora de la Universidad de Navarra desde enero de 2022 y primera mujer en dirigir la institución.
Catedrática de Bioquímica y Biología Molecular, Iraburu recibió a los asistentes subrayando el compromiso de la Universidad con la formación integral de quienes, en pocos años, servirán a la Iglesia en los cinco continentes. Sus palabras enmarcaron una jornada en la que la dimensión académica y la espiritual aparecen siempre unidas al servicio y a la misión de la institución.
«Somos receptores de la generosidad de muchos donantes. Estamos sirviendo a la Iglesia universal para formar a personas con una buena preparación en las curias diocesanas. Nuestra misión tiene un efecto potenciador: nutrir a la Iglesia en los cinco continentes», señaló la rectora.

Un sacerdote formado para sostener con esperanza a los que sufren
Uno de los momentos más intensos de la mañana llegó con el testimonio del sacerdote mexicano Francisco Javier Navarro, antiguo alumno de Bidasoa, que ahora, años después, ha regresado para continuar con su formación.
Procedente de la diócesis de Culiacán, en el estado mexicano de Sinaloa. El padre Javier describió una realidad marcada por la violencia, donde la paz se ha convertido en una necesidad urgente para miles de personas. «Necesitamos paz. En este contexto ser sacerdote no es fácil. Nuestra misión es sostener en la esperanza a todos los que sufren», explicó ante los asistentes.
«Bidasoa imprime carácter»
Ordenado sacerdote hace doce años, recordó con especial cariño su paso por Bidasoa y la huella profunda que dejó en él aquella etapa formativa. «En Bidasoa me prepararon para vivir también los momentos más duros de mi ministerio. Los años allí nos marcaron mucho porque Bidasoa 'imprime carácter'», aseguró.
Su ministerio comenzó de manera especialmente exigente. Apenas ocho meses después de recibir la ordenación sacerdotal, su obispo le nombró párroco, con 26 años, en la iglesia de María Auxiliadora, donde comenzó a acompañar a numerosos jóvenes.
Actualmente, en su diócesis sirven 174 sacerdotes, muchos de ellos formados en Bidasoa y en el colegio eclesiástico internacional Sedes Sapientiae de Roma.
Pero fueron las experiencias más dolorosas de su ministerio las que permitieron comprender mejor el alcance de la formación recibida. «Hay momentos muy difíciles, como tener que decirle a una madre que su hijo ha sido secuestrado o comunicarle a una esposa que han asesinado a su marido. Para eso hay que tener un corazón católico», afirmó.
El padre Navarro quiso agradecer especialmente al Patronato de Acción Social (PAS) de la Fundación CARF el alba confeccionada a medida que recibió en su día y, sobre todo, la mochila con vasos sagrados que le permite celebrar la Santa Misa en lugares donde no existe ni siquiera una capilla.
Su conclusión fue una de las frases más significativas de toda la jornada: la Fundación CARF no solo está financiando estudios, sino formando sacerdotes capaces de llevar esperanza allí donde las circunstancias son más difíciles.

Una misa que 'recoloca por dentro'
Tras los testimonios, los benefactores y amigos de la Fundación CARF participaron en la Misa solemne celebrada en la capilla mayor del seminario internacional Bidasoa.
Resulta difícil encontrar una descripción mejor que la realizada por Matilde Latorre: «luego llegó la Misa solemne. Y hay momentos donde el lenguaje se queda corto. Porque aquella Eucaristía tenía algo difícil de explicar: belleza sin espectáculo. Silencio lleno de sentido. Una solemnidad limpia, sin artificio, que parecía sacarte durante unos minutos del ruido constante en el que vivimos atrapados.
Las voces, el incienso, la cadencia de la liturgia, los rostros jóvenes rezando con una profundidad serena… todo tenía algo que elevaba el alma casi sin pedir permiso. Hay misas que uno escucha. Y hay otras que directamente lo recolocan por dentro».
Aquella celebración fue precisamente eso: una experiencia de oración capaz de devolver el sentido de lo esencial.
Conversaciones que acercan al mundo entero
La comida posterior permitió vivir otro de los momentos más enriquecedores del encuentro. Sentados junto a los seminaristas y formadores, los benefactores pudieron conversar con ellos, conocer sus inquietudes, escuchar sus proyectos y descubrir las realidades de los países de los que proceden.
Bidasoa acoge actualmente a cerca de un centenar de seminaristas de todo el mundo. Cada mesa se convierte así en una pequeña ventana abierta a: África, América, Asia, Europa y Oceanía unidos por una misma fe.
Conocer sus vidas ayuda a comprender que detrás de cada ayuda y de cada oración hay personas que un día regresarán a sus diócesis para servir a millones de fieles.

Si la mañana estuvo marcada por el recogimiento y los testimonios, la tarde llegó cargada de alegría y música. El tradicional espectáculo preparado por los seminaristas volvió a convertirse en una fiesta familiar.
Los asistentes disfrutaron del canto en swahili, del vibrante afro dance interpretado por ocho seminaristas de Tanzania y del habitual mariachi de Bidasoa, siempre capaz de arrancar sonrisas y aplausos.
Tampoco faltó la banda de Bidasoa, que interpretó canciones como El corazón en la maleta y Cuando nadie me ve. Uno de los momentos más celebrados llegó con la interpretación de Noa Noa, que consiguió levantar de sus asientos a muchos asistentes entre aplausos, vítores y muestras de entusiasmo.
En cada actuación se percibía el cariño con el que los seminaristas habían preparado el espectáculo para agradecer a los benefactores su apoyo durante los años de formación.
El regalo más valioso para un futuro sacerdote
El momento culmen de la jornada llegaba, como cada año, con la entrega a los seminaristas de las mochilas de vasos sagrados elaboradas por el PAS de la Fundación CARF que, tras finalizar sus estudios en las Facultades Eclesiásticas de Navarra, regresan a sus países para recibir la ordenación sacerdotal de la mano de sus obispos.
Para muchos de ellos –visiblemente emocionados–, aquella mochila representa más que un regalo. Valorada en 700 euros, contiene todos los elementos necesarios para celebrar dignamente la Santa Misa e impartir los sacramentos en lugares donde no existan medios materiales.
Por eso se ha convertido en el obsequio más apreciado por un sacerdote recién ordenado. Gracias a ella podrán celebrar la Eucaristía en aldeas remotas, comunidades rurales, zonas de misión o lugares donde ni siquiera existe una iglesia construida. Es una ayuda para que la Iglesia siga llegando a los rincones olvidados del mundo.








Oración profunda ante el Santísimo
La jornada concluyó con la exposición solemne y bendición con el Santísimo Sacramento y con el rezo del santo rosario en la ermita del campus. Después de tantas emociones, cantos, conversaciones y testimonios, el día terminaba en el mismo lugar donde todo cobra sentido: Cristo.
De regreso a casa, muchos compartían la misma sensación. La describió de nuevo Matilde Latorre con palabras difíciles de mejorar: «al terminar el día, mientras regresábamos, uno tenía la sensación extraña de haber tocado algo muy esencial de la Iglesia. Algo que normalmente no sale en las noticias. Porque lejos del ruido, de las polémicas y de las simplificaciones constantes, existen lugares como Bidasoa donde decenas de jóvenes siguen diciendo que sí, siguen preparándose para servir y siguen creyendo que merece la pena entregar la vida».
Quizá esa sea la mejor definición de lo vivido el pasado 29 de mayo. Una jornada que ensancha alma y alegra el corazón. Un encuentro que permite contemplar los frutos de la generosidad de miles de personas. Y, sobre todo, una oportunidad para descubrir que, silenciosamente, en lugares como Bidasoa, se sigue construyendo el futuro de la Iglesia universal.
Marta Santín, periodista especializada en religión.