
Gerardo Ferrara, responsable de alumnado en la PUSC, entrevistó a Aram Pano, sacerdote de Irak, que participó en un encuentro de Fundación CARF. En su intervención abordó la situación social, cultural y religiosa de Irak, así como el impacto que tuvo para el país la visita del Santo Padre.
Aram Pano, AP. —«La visita del Santo Padre supuso un gran desafío para quienes quieren destruir el país y mostró los verdaderos valores del cristianismo en una nación donde los cristianos son rechazados; todo ello, a la luz de la encíclica Fratelli tutti. Irak necesita la fraternidad. Por eso el viaje cambió algo: socialmente y a nivel del pueblo sí habrá cambios; a nivel político, en cambio, no creo que vaya a cambiar mucho».
«¡Gracias por invitarme a hablar con nuestros amigos de habla hispana! ¡Shlama o shina o taibotha dmaria saria ild kol!, que en arameo quiere decir “la paz, la tranquilidad y la gracia di Dios esté con todos ustedes», saluda Aram.
Gerardo Ferrara, GF. —¡Increíble! Es estremecedor escuchar el arameo, la lengua de Jesús… Y sobre todo saber que es el idioma común de mucha gente, después de dos mil años.
AP. —Sí, de hecho el arameo, en el dialecto siriaco de Oriente, es mi idioma maternal y la lengua des todos los habitantes de la zona donde yo nací, en el norte de Iraq, que se llama Tel Skuf, que quiere decir Colina del obispo. Está ubicada a unos 30 km de Mosul, la antigua ciudad de Nínive, en el corazón cristiano del país.
GF. —Así que toda el aldea donde creciste es cristiana.
AP. —Pues sí, cristiana católica de rito Caldeo. La vida allí era muy sencilla: casi todos los habitantes son campesinos y viven cultivando sus campos y cuidando de su ganado. La gente se intercambiaba los productos de la tierra y cada uno tenía lo necesario para vivir. Además, está presente la costumbre de ofrecer las primicias de la cosecha, cada año, a la Iglesia, para sustentar a los sacerdotes y para que ellos también puedan cuidar de los más necesitados.
Me acuerdo que las casas eran lo bastante grandes para que una familia pudiera vivir en ellas… Y para nosotros, la familia es algo bastante extenso: niños, padres, madres, abuelos… Todos viven juntos en estos hogares orientales típicas, blancas y cuadradas, con un patio en el centro, como un jardín, y las habitaciones alrededor.
GF. —Pero esta paz idílica tan solo duró unos pocos años…
AP. —Bueno, de hecho, nunca existió, ya que cuando nací nos encontrábamos en el último año de la guerra entre Irán e Iraq, una guerra que duró ocho años y provocó más de un millón y medio de muertos. Mi padre y tres de mis tíos lucharon en el conflicto y fueron tiempos muy difíciles para mi abuela y mi madre. Ellas esperaban y rezaban para que sus seres queridos volvieran a casa. Y así fue, gracias a Dios, mi padre y sus hermanos volvieron.
GF. —Y en 1991 estalló otra guerra…
AP. —Nos quedamos en nuestra aldea solamente hasta 1992, cuando terminó la primera Guerra del Golfo, entre Iraq en un lado y Kuwait y la coalición internacional en el otro. Nos mudamos a una gran ciudad en el sur de Iraq, Basora, la tercera ciudad del país después de la capital Bagdad y de Mosul. La mayoría de sus habitantes son musulmanes chiíes y no hay muchos cristianos allí. Aún me acuerdo del agua que tenía sabor a sal, el calor, las palmeras… Un paisaje muy distinto al que estaba acostumbrado. Además, la cantidad de pozos y refinerías de petróleo en todas partes… Pero la gente era y sigue siendo muy generosa y acogedora.

En 2004, dos religiosas colaboraban con el ejército estadounidense en Basora. Un día, cuando regresaron a su casa, un grupo islámico radical mató a las hermanas frente a su casa. Este hecho se difundió por todo Irak y mi país se convirtió en el epicentro del terrorismo. En 2014 llegó el ISIS y destruyó muchas de nuestras iglesias y de nuestros hogares. Hay un plan para destruir la historia de los cristianos en mi país, como lo hicieron en 1948 con los judíos.
La ciudad de Basora tiene dos parroquias que forman parte de la archieparquía de Basora y del Sur, con 800 fieles. En 1995 recibió la Primera Comunión y fue entonces que sintió por primera vez la llamada a servir al Señor.
GF. —¿Y cómo fue?
AP. —La parroquia era como mi casa. Me encantaba acudir con el grupo de niños para jugar con ellos pero también para la catequesis. Pero la idea de entrar al seminario se me hizo más clara cuando estaba en Secundaria.
GF. —En la tercera guerra de tu vida tenias dieciséis años. ¿Cuáles son tus recuerdos de este segundo conflicto del Golfo?
AP. —Era 2003, una guerra de invasión y ocupación de Irak liderada por Estados Unidos. Duró casi cuatro meses y la última ciudad que cayó fue justamente Basora, donde yo vivía. Recuerdo que veíamos aviones estadounidenses que llegaban y bombardeaban, y teníamos miedo, porque muchos de los edificios estatales estaban cerca de nuestra casa. Recuerdo una noche que estaba durmiendo y me desperté por el fragor de un misil que había dado en un edificio que se encontraba a unos 500 metros de nosotros. Salimos a la calle, la gente corría y los estadounidenses tiraban sus bombas de sonido para sembrar el terror en nosotros. Fue entonces cuando distinguí con más claridad la llamada del Señor.
GF. —Es conmovedor pensar que, aunque la voz del Señor no está en el ruido de los misiles ni de las bombas de sonido, sí se hace escuchar, con toda su dulzura, en medio de este horror.
AP. —Efectivamente. Y, además, si no hubiésemos sufrido ese terror de los bombardeos, mi padre no le hubiera pedido al obispo refugio: la iglesia estaba muy cerca de donde vivíamos, pero allí, en la casa del Señor, nos sentíamos más seguros. Así, mi padre empezó a servir en la cocina para corresponder un poco a la generosidad con la que se nos acogió. Yo, mientras, aprendí a servir en el altar con el sacerdote. Al terminar la guerra, nuestro obispo me eligió para ir con él a un pueblo llamado Misan, a unos 170 km al noreste de Basora, y lo que experimenté allí me animó a tomar mi decisión.
GF. —¿Quieres contarnos lo que te pasó?
AP. —Cuando el obispo me pidió que le acompañara a Misa en su misión pastoral, mi familia primero le dijo que no, que no querían. Pero yo me sentía muy determinado en ir y lo logré. Cuando llegamos, me sorprendió ver a los fieles entrar a la iglesia de rodillas y sin zapatos. Se arrodillaban ante el altar, delante del icono de la Virgen María, llorando, orando, suplicando.
Después, cuando empezó la Misa, oficiada por el obispo según nuestro rito caldeo, me di cuenta de que los fieles no sabían ni las oraciones ni cuándo sentarse o ponerse de pie. Esto me impresionó mucho y pensé que eran como ovejas sin pastor. Y en seguida miré al obispo que era mayor y por mi cabeza se pasó la idea de quién podría sustituirle y ayudar a tantas familias.
GF. —Es impresionante palpar cómo se conmueve Jesús frente a la multitud que están como ovejas sin pastor.
AP. —¡Precisamente! Así que, con este pensamiento, continué mis estudios en la escuela del Instituto Vocacional y, en 2005, ingresé en el seminario en Bagdad, la capital de Irak. Allí estudié Filosofía y Teología durante seis años y me gradué en junio de 2011, y el 9 de septiembre de 2011 fui ordenado sacerdote.

«En Irak hay un plan para destruir la historia de los cristianos en nuestro país».
Después de casi 10 años de sacerdote, Aram Pano, enviado por su obispo, estudió en Roma Comunicación Institucional en la Universidad Pontificia de la Santa Cruz.
«El mundo necesita a cada uno de nosotros para contribuir a la evangelización. Y especialmente en esta época, para anunciar el Evangelio, es preciso conocer la cultura digital y de la comunicación. Tengo una gran esperanza por el futuro: todos juntos podemos trabajar para difundir nuestra fe a través de todos los canales posibles, pero preservando nuestra identidad y nuestra originalidad», afirma.
Una persecución tras otra
GF. —Aram recuerda a los cristianos de Occidente que no se olviden de sus hermanos que sufren persecución en países como el suyo, Irak, donde ha vivido un conflicto tras otro. Después de la última guerra, la vida social en Irak ha cambiado mucho...
AP. —Ha habido una mercantilización del hombre. En la tierra donde ha nacido la civilización, donde el hombre ha construido las primeras ciudades, donde ha nacido el primer código legal en la historia, todo parece haber acabado en destrucción: el más fuerte mata al más débil, la corrupción se cierne sobre la sociedad y los cristianos llevan 1.400 años sufriendo la persecución.
Antes de 2003, los cristianos éramos 1,5 millones y hoy somos 250.000. La persecución no es solamente algo que tiene que ver con la supervivencia física: se extiende al nivel social y político, a las oportunidades laborales e incluso al derecho a la educación.
GF. —¿Cuáles son los problemas de Irak hoy y qué significó la visita del Papa?
AP. —La falta de honestidad y de voluntad para reconstruir el país significa que los musulmanes se han separado, el gobierno piensa más en ser leal con los países vecinos que en el bienestar de sus ciudadanos… Y todo esto ante los ojos de Estados Unidos. No hay un problema sino muchos problemas complicados.
Creo que la política, el servicio al ciudadano, ya no existe, porque está en las manos de otros de fuera de Irak. Sin embargo, el fruto de la obra de Dios no está en nuestro alcance y rezamos para que a través de este viaje se anuncien la paz, el amor de Cristo y la unidad para un pueblo que ya no puede más.

GF. —Un pueblo, además, donde el cristianismo ha dejado profundas raíces, sobre todo la Iglesia Caldea.
AP. —¡Por supuesto! De hecho, el cristianismo llegó a Irak con los apóstoles santo Tomás y Bartolomé y con sus discípulos Tadeo (Addai), de Edesa, y Mari en el siglo II. Ellos fundaron la primera Iglesia en Mesopotamia y, gracias a su obra misionera, llegaron hasta India y China. Nuestra liturgia proviene de la más antigua anáfora eucarística cristiana, conocida como Anáfora de Addai y Mari. La Iglesia en aquel entonces estaba dentro del imperio persa, con su propia liturgia oriental, su propia arquitectura y una forma de rezar muy parecida a la liturgia judía.
La teología de nuestra Iglesia oriental es espiritual y simbólica. Hay muchos padres y mártires muy importantes, como, por ejemplo, Mar (san) Efrén, Mar Narsei, Mar Teodoro, Mar Abrahim de Kashkar, Mar Elías al-Hiri, etc.
GF. —La Iglesia católica caldea, que está en comunión con Roma, nació como resultado de un cisma dentro de la Iglesia de Babilonia, por una rivalidad entre patriarcas, en particular, porque una corriente deseaba unirse con Roma.
AP. —Nuestra tradición, sin embargo, es típicamente oriental y con profundas raíces en el país, donde se encuentran en todas partes, rastros de la milenaria presencia cristiana, con santuarios, monasterios, iglesias y tradiciones muy antiguas.
Mi estancia en Roma me permitó trabajar en preservar esta identidad y esta historia tan rica y larga, también utilizando las herramientas y los medios que la modernidad nos permite tener hoy en día.
Esta entrevista se realizó con otros reportajes en la Facultad de Comunicación de la Universidad de la Santa Cruz.

A lo largo de todos estos años ha pasado por la Facultad cientos de estudiantes de todo el mundo, distintos idiomas, identidades, historias, problemas…
Es una Facultad, la de Comunicación, donde se aprende que en esta Babel que es nuestro mundo, las barreras y los muros pueden ser derrocados, como nos dice el papa Francisco, y se puede de verdad ser todos hermanos.
En esta tarea, la Fundación CARF –Centro Académico Romano Fundación–, se ha comprometido de forma muy importante, otorgando ayudas al estudio y manutención de estudiantes –seminaristas y sacerdotes diocesanos, laicos, y religiosos y religiosas– de todos los continentes, sin distinción, y permitiéndoles utilizar todas las herramientas más modernas a través de la financiación de las actividades teóricas y prácticas que se desarrollan en la Universidad Pontificia de la Santa Cruz, para que luego puedan regresar a sus países y planten allí las semillas formativas que han recibido en Roma, fomentando el crecimiento de frutos de paz, de formación de alto nivel, de unidad y de capacidad de entenderse mejor, no solamente entre cristianos, sino con gente de toda religión e identidad.
Gerardo Ferrara
Licenciado en Historia y en Ciencias Políticas, especializado en Oriente Medio.
Responsable del alumnado Universidad Pontificia de la Santa Cruz de Roma.
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