
Hernando José Bello Rodríguez ha tenido en la Virgen María y en san Juan Pablo II dos grandes protectores y guías en su vida y en su vocación para ser sacerdote, lo que le ha dejado una gran impronta. Tras varios acontecimientos que marcarían su vida, este joven sacerdote nacido en 1993 sirve ahora como párroco de san Francisco de Asís, en la ciudad de Cartagena de Indias (Colombia), a la vez que ejerce como delegado de Pastoral Vocacional de su diócesis.
En una entrevista con la Fundación CARF, el padre Hernando José cuenta que se crio en una familia católica con una fe muy arraigada, «sobre todo mi madre que me inculcó desde que era pequeño los fundamentos de la fe y de la moral cristiana». Pero fue a los 16 años recién cumplidos cuando un libro cambiaría su vida para siempre. Era una obra larga, de unas 1.300 páginas y que, a priori, nunca hubiera sido del interés de un adolescente. Pero Dios tenía preparado algo grande para este joven colombiano.
«Cuando estaba en el penúltimo año de colegio (lo que en España correspondería a primero de Bachillerato) descubrí mi vocación sacerdotal con ocasión de la lectura de una biografía de san Juan Pablo II (Testigo de Esperanza, de George Weigel). Ese libro me hizo descubrir una llamita en mi alma, que luego se avivó gracias a un momento de oración en el oratorio de mi colegio. Frente al Sagrario, sentí el impulso de entregar mi vida al Señor en el sacerdocio. Al principio dije que sí con temor; luego los miedos y dudas se fueron disipando, gracias a la oración, a la formación y al buen acompañamiento espiritual».
Hernando José incide en que esta llama se avivó y no se prendió, porque según nos cuenta, «esa llamita ya estaba encendida en mí desde mi concepción: le debo mi vocación sacerdotal a la Virgen María. Gracias a Ella vine al mundo. Mi madre no podía tener hijos, y junto con mi padre, oró a la Virgen, en su advocación de Medjugorje, para poder tenerlos. Y llegué yo; nací justo comenzando el mes de María: el 1 de mayo». De ahí que tanto la Virgen como san Juan Pablo II hayan sido tan importantes en su vida.

En este proceso de discernimiento tuvo mucho que ver su director espiritual, que le recomendó que sería bueno que estudiase alguna carrera civil antes de decidir si entraba en el seminario o no. Le habló de la Universidad de Navarra, en España, y tras valorarlo con sus padres, viajó a Pamplona a estudiar Filosofía y Periodismo. Asegura que estas dos carreras le ayudaron fuertemente a poner los pies en la tierra, a la vez que fortalecieron la llamada de Dios, lo que acabó siendo para él un tiempo de preparación previo al seminario.
Dios quiso que aun siendo seminarista de la archidiócesis de Cartagena de Indias volviera de nuevo a Pamplona a formarse para ser sacerdote, época que recuerda como una auténtica maravilla.
«Para mi đào tạo linh mục, residí tanto en el Colegio Mayor Albaizar como en el seminario internacional Bidasoa. En ambos lugares, viví rodeado de personas con un gran Amor por Jesucristo; esto, sin duda, me ayudó muchísimo», asegura.
Lo mismo le ocurrió con los estudios que cursó en España. Confiesa haber sido muy feliz de haber podido estudiar en la Khoa Thần học, Đại học Navarra por «su fidelidad a la Tradición y al Magisterio, además de por su visión amplia de la realidad, sin estrechez de miras», lo que –agrega– «me hace sentir seguro y orgulloso de la formación que recibí. Tengo una deuda inmensa con cada uno de mis profesores».
De este modo, Hernando José Bello señala que su ministerio sacerdotal y su labor pastoral están realmente marcadas por su formación en Navarra. «Lo que podría llamar ‘el ambiente formativo’ caló en mí y lo llevo conmigo, pues mi modo de ver y vivir la fe, la espiritualidad y el ministerio sacerdotal se lo debo a mi estancia en Pamplona», añade.
Destaca especialmente un aspecto muy concreto que se llevó de Navarra: la lección de lo que debería ser un sacerdote. Para él, debe ser «un hombre de Dios, un hombre de fe y para la Eucaristía, un hombre para atender espiritualmente a los fieles». En definitiva, esta etapa le ayudó «a tener clara la identidad del sacerdote y sus prioridades».
Echando la vista atrás afirma que ha visto cumplido en su vida la bella cita de Benedicto XVI: «Dios no quita nada, y lo da todo». «Me sorprende cómo Dios me ha dado más de lo que yo en su momento tuve miedo de perder al pensar en la vocación sacerdotal. Sin duda, es verdadera la promesa del Señor: Él da el ciento por uno ya en esta vida y luego la eterna. ¡Es una gran responsabilidad la que tiene el sacerdote en sus manos», sentencia.
Por último, tiene un agradecimiento especial para los socios, benefactores y amigos de la Fundación CARF que han colaborado en el plan de Dios para que él pueda ser sacerdote: «Dios les pague, gracias por su gran generosidad. Cuenten con mis oraciones».

El papa Benedicto XVI, en la audiencia del 24 de junio de 2009, año sacerdotal, manifestaba: «Alter Christus, el sacerdote está profundamente unido al Verbo del Padre, que al encarnarse tomó la forma de siervo, se convirtió en siervo (cf. Flp 2, 5-11). El sacerdote es siervo de Cristo, en el sentido de que su existencia, configurada ontológicamente con Cristo, asume un carácter esencialmente relacional: está al servicio de los hombres trong Cristo, por Cristo y với Cristo.
Precisamente porque pertenece a Cristo, el sacerdote está radicalmente al servicio de los hombres: es ministro de su salvación, de su felicidad, de su auténtica liberación, madurando, en esta aceptación progresiva de la voluntad de Cristo, en la oración, en el "estar unido de corazón" a él. Por tanto, esta es la condición imprescindible de todo anuncio, que conlleva la participación en el ofrecimiento sacramental de la Eucaristía y la obediencia dócil a la Iglesia».
Cuando un sacerdote se forma y recibe el Sacramento del Orden, queda preparado para prestar su cuerpo y su espíritu, o sea todo su ser, al Señor, sirviéndose de él, «se pide al sacerdote que aprenda a no estorbar la presencia de Cristo en él, especialmente en aquellos momentos en los que realiza el Sacrificio del Cuerpo y de la Sangre y cuando, en nombre de Dios, en la Confesión sacramental auricular y secreta, perdona los pecados.
La administración de estos dos Sacramentos es tan capital en la misión del sacerdote, que todo lo demás debe girar alrededor. Otras tareas sacerdotales -la predicación y la instrucción en la fe- carecerían de base, si no estuvieran dirigidas a enseñar a tratar a Cristo, a encontrarse con El en el tribunal amoroso de la Penitencia y en la renovación incruenta del Sacrificio del Calvario, en la Santa Misa» (San Josemaría, Sacerdote para la Eternidad, 43).
«El Espíritu del Señor sobre mí» (Lc 4, 18). El Espíritu Santo recibido en el sacramento del Orden es fuente de santidad y llamada a la santificación, no sólo porque configura al sacerdote con Cristo, Cabeza y Pastor de la Iglesia, y le confía la misión profética, sacerdotal y real para que la lleve a cabo personificando a Cristo, sino también porque anima y vivifica su existencia de cada día, enriqueciéndola con dones y exigencias, con virtudes y fuerzas, que se compendian en la caridad pastoral.
Esta caridad es síntesis unificante de los valores y de las virtudes evangélicas y, a la vez, fuerza que sostiene su desarrollo hasta la perfección cristiana» (San Juan Pablo II, exhortación Pastores Dabo Vobis, 25 de marzo 1992).
La razón de la dignidad de los sacerdotes no es personal, sino eclesial. La dignidad del misterio que realizan, cada vez que convierten el pan y vino en el Cuerpo y Sangre de nuestro Señor, es la razón de fe que da sentido a todo el cristianismo.
Ở những vị linh mục này, chúng ta ngưỡng mộ những đức tính vốn có ở bất kỳ người Kitô hữu nào và bất kỳ người đàn ông chính trực nào: sự thấu hiểu, công bằng, lối sống cần cù (trong trường hợp này là công việc mục vụ), lòng bác ái, sự giáo dục, và sự tinh tế trong cách đối xử.
Chúng con, những tín hữu Kitô giáo, mong muốn bản chất linh mục được thể hiện rõ ràng: linh mục phải cầu nguyện; phải ban các Bí tích; phải sẵn lòng đón nhận mọi người, bất kể họ là ai; phải dâng Thánh Lễ với tình yêu và lòng sùng kính; ngồi trong phòng xưng tội; an ủi những người bệnh tật và đau khổ; đưa ra lời khuyên và thể hiện lòng bác ái đối với những người cần giúp đỡ; giảng dạy giáo lý; rao giảng Lời Chúa chứ không phải bất kỳ loại khoa học nhân loại nào khác, dù có hiểu biết hoàn hảo đến đâu, thì đó cũng không phải là khoa học cứu rỗi và dẫn đến sự sống đời đời.
«Los presbíteros deben cuidar diligentemente el valor de la formación intelectual en la educación y en la actividad pastoral, dado que, para la salvación de los hermanos y hermanas, deben buscar un conocimiento más profundo de los misterios divinos», san Juan Pablo II.
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