
Los católicos en Haití viven a menudo una situación que sorprende en otros lugares del mundo: son comunidades de fieles que pasan meses sin poder celebrar y vivir la Eucaristía. Hugues Paul, de la diócesis de Jacmel, conoce esta realidad desde su infancia.
Esa experiencia fue decisiva en su vida. «En estas comunidades eclesiales, a veces puede pasar casi un año sin la celebración de la Santa Misa», explica.
Fue precisamente esa carencia la que despertó en él la vocación. Creció en una pequeña comunidad que en Haití se conoce como capilla, una iglesia dependiente de una parroquia donde, ante la falta de sacerdotes, los fieles mantienen viva la fe con celebraciones de la Palabra dirigidas por laicos.
«Normalmente hay un agente pastoral, a quien llamamos director de la capilla, encargado de presidir celebraciones de la Palabra en ausencia de los sacerdotes». En medio de esa realidad don Hugues Paul sintió la llamada de Dios: «Fue en este contexto donde sentí la llamada de Dios a echar una mano en su viña, para ayudar a su pueblo a encontrarlo y a vivir la fe de una manera más profunda donde la Eucaristía fuese el centro».
Hugues Paul fue ordenado sacerdote el 26 de junio de 2021 y ahora tiene 39 años. Procede de una familia numerosa con dos hermanos y cinco hermanas, y agradece que sus padres sigan vivos.
En su hogar recibió una sólida educación católica, aunque su formación académica se desarrolló en centros cristianos de otras confesiones: estudió la Primaria en una escuela protestante y la Secundaria en un centro de la Iglesia episcopal de la comunión anglicana.
Su adolescencia estuvo marcada por una participación intensa en la vida de la Iglesia local. «Viví una adolescencia muy alegre y activa, participando en grupos y en el coro de la capilla, hasta que finalmente ingresé en el seminario».
Aquella comunidad sencilla, donde la fe se sostenía con pocos recursos, pero con gran convicción, fue el lugar donde maduró su vocación sacerdotal.

Hoy continúa su formación sacerdotal en España. Llegó el 30 de junio de 2024 gracias al apoyo de la Fundación CARF y de otras instituciones, y actualmente está terminando una licenciatura en Teología Bíblica, ya en su fase final, en las Facultades Eclesiásticas de la Universidad de Navarra, en Pamplona.
Desde la distancia observa con preocupación la situación de su país. Haití atraviesa una crisis profunda marcada por la violencia y la inseguridad. «La vida se ha vuelto muy difícil, sobre todo a causa de la inseguridad que afecta a casi todo el territorio, especialmente a la capital», explica.
Sin embargo, incluso en medio de ese contexto, la fe sigue siendo una fuerza viva. «A pesar de ello, el pueblo sigue creyendo: muchas personas asumen riesgos para encontrar un lugar donde vivir su fe y participar en las celebraciones».
La diócesis de Jacmel, situada en el sureste del país, vive una situación relativamente más estable que otras regiones, pero las consecuencias del gran terremoto de 2010 siguen siendo visibles. «Seguimos esperando la finalización de los trabajos de reconstrucción de la catedral y de muchas parroquias destruidas».
La falta de recursos y ayudas suficientes ha retrasado durante años esas obras que para muchas comunidades son esenciales.
Los católicos en Haití representan entre el 60 y el 66 % de la población. En la diócesis de Jacmel hay unos 80 sacerdotes para 36 parroquias, y en todo el país –sumando las diez diócesis y los religiosos– se calcula que hay entre 800 y 900 sacerdotes. La Iglesia universal ha sido un apoyo fundamental en estos años difíciles. «Hemos recibido un gran apoyo de la Iglesia universal, especialmente a través de Ayuda a la Iglesia Necesitada».
Su experiencia en España también le ha hecho reflexionar sobre las diferencias entre ambas realidades eclesiales. Lo que más le ha impresionado positivamente es «la belleza de las iglesias». Sin embargo, le preocupa ver templos con pocos jóvenes. «Me llama la atención que la Iglesia parezca estar formada principalmente por personas mayores, con muy poca presencia de jóvenes y niños en las celebraciones».

A su juicio, la sociedad española vive un proceso profundo de secularización. Aun así, cree que también existen oportunidades para revitalizar la vida de la Iglesia. En particular, piensa que los católicos españoles podrían inspirarse en la manera en que se vive la liturgia en Haití. «Los católicos españoles podrían aprender de los católicos haitianos el entusiasmo por las celebraciones cantadas, que ayudan a hacerlas más vivas y participativas».
Mirando al futuro, Hugues Paul tiene claro qué tipo de sacerdotes necesita la Iglesia en el siglo XXI: «ser cercano, empático y coherente con su fe; buen comunicador, abierto al diálogo, sensible a los problemas sociales, con una vida espiritual sólida y capaz de acompañar sin juzgar».
Esa misma actitud considera imprescindible para acercarse a quienes hoy viven lejos de la fe. «Para evangelizar a los jóvenes y a quienes están alejados de Dios, considero fundamental escucharlos con respeto, dar testimonio con la propia vida, utilizar un lenguaje actual y los medios digitales; crear espacios de acogida y mostrar que la fe responde a las preguntas reales del mundo de hoy».
La historia de Hugues Paul recuerda una realidad que a menudo pasa desapercibida: en muchas partes del mundo los cristianos pasan muchos meses sin Eucaristía y esperan la llegada de un sacerdote para poder celebrar la Santa Misa.
Precisamente de esa espera, nacen también nuevas vocaciones dispuestas a servir. Todos los socios, amigos y benefactores de la Fundación CARF se encargan de rezar por ellas, de promover su buen nombre en todo el mundo y de encontrar recursos económicos para que puedan recibir una formación integral en Roma y en Pamplona con es el caso de de Hugues Paul.
Marta Santín, periodista especializada en religión.
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