La figura histórica de Jesús de Nazaret

Para un conocimiento más profundo de la vida de Jesús de Nazaret, obviamente, hay que referirse a los Evangelios y a los libros que citamos en la bibliografía.

Cronología de la vida de Jesús

Hablaré aquí sobre algunos hechos biográficos fundamentales, a partir del nacimiento del Nazareno.

Puedes leer aquí la primer parte de este artículo de investigación histórica sobre la La figura histórica de Jesús.

Navidad: ¿tiene sentido lo que nos cuentan los evangelios?

Del Evangelio de Lucas (capítulo 2) sabemos que el nacimiento de Jesús coincidió con un censo anunciado en toda la tierra por César Augusto: «Por aquellos días Augusto César decretó que se levantara un censo en todo el Imperio romano». Este primer censo se efectuó cuando Cirenio gobernaba en Siria
Así que iban todos a inscribirse, cada cual a su propio pueblo.

¿Qué sabemos al respecto? De lo que leemos en las líneas VII, VIII y X de la transcripción de las Res gestae de Augusto, ubicada en el Ara Pacis, en Roma, nos enteramos de que César Octavio Augusto realizó un censo en tres ocasiones, en los años 28 a.C., 8 a.C. y 14 d. C., de toda la población romana.

En la antigüedad, la realización de un censo de ese tamaño obviamente tenía que tomar algún tiempo para que el procedimiento se completara realmente. Y aquí hay otra aclaración del evangelista Lucas que nos da una pista: Cirenio era el gobernador de Siria cuando se hizo este “primer” censo.

Bueno, Cirenio fue gobernador de Siria probablemente desde el año 6-7 d.C. Sobre esta cuestión hay opiniones discordantes de los historiadores: algunos hipotetizan, de hecho, que el propio Cirenio tuvo un mandato anterior (1) en los años 8-6 a.C.

Otros, en cambio, traducen el término “primer” (que en latín y griego, siendo neutral, también puede tener un valor adverbial), como “primero” o más bien “antes de que Cirenio fuera gobernador de Siria”. Ambas hipótesis son admisibles, por lo que es probable lo que se narra en los Evangelios sobre el censo que tuvo lugar en el momento del nacimiento de Jesús (2).

Agregamos, entonces, que la práctica de esos censos disponía que uno se dirigiera, para el registro, a la aldea de origen, y no al lugar donde vivía: es plausible, entonces , que José se fuera a Belén para ser registrado.

¿Tenemos otras pistas temporales? Sí, la muerte de Herodes el Grande, en el 4 a.C., ya que murió en ese momento y, por lo que se narra en los Evangelios, tuvieron que pasar más o menos dos años entre el nacimiento de Jesús y la muerte del rey, que coincidirían precisamente con el 6 a.C.

En cuanto al dies natalis, que es el día real del nacimiento de Jesús, durante mucho tiempo se asumió que este se fijaría el 25 de diciembre en un período posterior, para que coincidiera con el dies Solis Invicti, fiesta de origen pagano (probablemente asociada con el culto de Mitra), y por lo tanto reemplaza la conmemoración pagana por una cristiana.

Descubrimientos recientes, del inagotable Qumrán, han permitido establecer que, sin embargo, puede que no haya sucedido así y que tenemos motivos para celebrar la Navidad el 25 de diciembre.

Sabemos, pues, siempre por el evangelista Lucas (el más rico en detalles en la narración de cómo nació Jesús) que María quedó embarazada cuando su prima Isabel ya tenía seis meses de embarazo. Los cristianos occidentales siempre han celebrado la Anunciación de María el 25 de marzo, que es nueve meses antes de Navidad.

Los de Oriente, por su parte, también celebran el 23 de septiembre la Anunciación a Zacarías (padre de Juan Bautista y esposo de Isabel). Lucas entra aún más en detalle cuando nos cuenta que, cuando Zacarías se enteró de que su esposa, ya en una edad avanzada como él, quedaría embarazada, estaba sirviendo en el Templo, siendo de casta sacerdotal, según la clase de Abías.

Sin embargo, el propio Lucas, escribiendo en un momento en que el Templo todavía estaba en funcionamiento y las clases sacerdotales seguían sus perennes turnos, no ofrece, dándolo por sentado, el tiempo en que la clase de Abías iba a servir. Bueno, numerosos fragmentos del Libro de los Jubileos, encontrados en Qumrán, han permitido a estudiosos como la francesa Annie Jaubert y el israelí Shemarjahu Talmon, reconstruir con precisión que el turno de Abías tenía lugar dos veces al año:

Lo que corresponde a los últimos diez días de septiembre, en perfecta armonía con la fiesta oriental del 23 de septiembre y seis meses antes del 25 de marzo, lo que nos llevaría a suponer que el nacimiento de Jesús realmente tuvo lugar en la última década de diciembre: quizás no exactamente el 25, pero por ahí.

Qumran es una ciudad en la costa noroeste del Mar Muerto, a 19 km al sur de Jericó, ubicada en las estribaciones de las montañas del desierto de Judá que se extienden hacia la llanura del lago del cual está a solo 2 km de distancia. Lugar tórrido y desértico (la única fuente Ein Feshka, unos kilómetros más al sur). Un camino estrecho y empinado, actualmente asfaltado, conduce a una terraza rodeada de barrancos y completamente expuesta al sol tórrido e implacable; sobre él se encuentran las ruinas de Qumran. El lugar, aunque nunca mencionado directamente en la Biblia, es de gran interés bíblico debido a los importantes descubrimientos que se hicieron allí en los años 1947-58.

La vida: ¿tanto ruido y pocas nueces?

Continuamos con el excursus en la vida de Jesús de Nazaret.

Hemos visto que, hacia el año 6 a.C., tanto Isabel, esposa del sacerdote Zacarías de la clase de Abías, como su prima María, quien, según las escrituras cristianas, era virgen y prometida a un hombre de la casa de David llamado José, quedaron embarazadas.

José, debido al censo anunciado por el emperador Augusto (en el que los hombres debían regresar a las ciudades de origen de su familia para registrarse)se dirigió a la ciudad de David, Belén, y allí su esposa María dio a luz un hijo al que llamó Jesús.

Los Evangelios luego relatan que los Magos vinieron del Oriente después de ver una estrella para adorar al nuevo rey del mundo, predicho por las escrituras antiguas, y que Herodes, habiendo aprendido que la profecía acerca del Mesías, el nuevo rey de Israel, era para cumplirse, decidió matar a todos los niños varones de dos años o menos.

Episodio del que encontramos algunas huellas en Flavio Josefo pero del que nadie más cuenta; por otro lado, como señala Giuseppe Ricciotti, en un contexto como el de Belén y sus alrededores, escasamente poblado, y especialmente en una época en la que la vida de un niño era de poco valor, es difícil imaginar que alguien se moleste en notar la muerte violenta de algún pobre infante hijo de nadie importante.

Habiendo llegado a conocer de alguna manera las intenciones de Herodes (el evangelio de Mateo habla de un ángel que advierte a José en un sueño)la madre, el padre y el hijo recién nacido huyen a Egipto, donde permanecen unos años, hasta la muerte de Herodes (por tanto, después del 4 a. C.).

A excepción de la referencia de Lucas a Jesús, quien, a la edad de doce años, durante una peregrinación a Jerusalén, fue perdido por sus padres que más tarde lo encontraron después de tres días de búsqueda mientras discutía cuestiones doctrinales con los doctores del Templo, no se sabe nada más sobre la infancia y vida juvenil del Nazareno, hasta su entrada efectiva en la escena pública de Israel, que se puede ubicar alrededor del año 27-28 d.C.

Cuando debió tener unos treinta y tres años, poco después de Juan Bautista, quien debió iniciar su ministerio unos meses, o un año antes, más o menos. Podemos remontarnos al tiempo del inicio de la predicación de Jesús gracias a una indicación contenida en el Evangelio de Juan (el más exacto, desde un punto de vista cronológico, histórico y geográfico): Disputando con Jesús en el Templo, los notables judíos objetan: «En cuarenta y seis años fue edificado este templo, ¿y tú lo levantarás en tres días?».

Si calculamos que Herodes el Grande comenzó la reconstrucción del Templo en el 20-19 a. C. y consideramos los cuarenta y seis años de la frase del Evangelio, nos encontramos justo en el año 27-28 AC.

El ministerio de Juan el Bautista

En cualquier caso, precedió poco al de Jesús y, según los evangelistas, Juan no representaba más que el precursor del hombre de Galilea, quien era el verdadero mesías de Israel.

Juan, que se cree que fue, al principio de su vida, un esenio, ciertamente se separó, como se demostró anteriormente, de la rígida doctrina de élite de la secta de Qumrán. Predicó un bautismo de penitencia, por inmersión en el Jordán (en una zona no muy lejos de Qumrán), precisamente para prepararse para el advenimiento del libertador, el rey mesías.

De sí mismo dijo: «Yo soy la voz del que clama en el desierto: enderezad el camino del Señor» (Evangelio de Juan 1, 23). Sin embargo, pronto fue asesinado por Herodes Antipas (3), tetrarca de la Galilea e hijo de Herodes el Grande.

La muerte de Juan no impidió que Jesús continuara su ministerio. El hombre de Nazaret predicó la paz, el amor a los enemigos y el advenimiento de una nueva era de justicia y paz, el Reino de Dios, que, sin embargo, no sería lo que esperaban los judíos contemporáneos de él (y cómo anticipado por las mismas profecías sobre el Mesías). Es decir, un reino terrenal en el que Israel sería liberado de sus opresores y dominaría a otras naciones, los gentiles, sino un reino para los pobres, los humildes y los mansos.

La predicación de Jesús

A la que volveremos un poco más en detalle en el siguiente párrafo, en un principio pareció tener mucho éxito, sobre todo porque, nos dicen los Evangelios.

Acompañada de un gran número de señales prodigiosas (multiplicación de panes y peces por miles de personas; curaciones de leprosos, cojos, ciegos y sordos; resurrección de muertos; transformación del agua en vino). Sin embargo, luego tropezó con dificultades considerables, cuando el mismo Jesús comenzó a sugerir que era mucho más que un hombre, o se proclamó hijo de Dios.

Además, se enfrentó duramente con la élite religiosa de la época (los fariseos y escribas, a los que llamó “víboras” y “buitres”) al proclamar que el hombre era más importante que el shabbat y el reposo del sábado (y, en la concepción farisea, el sábado era casi más importante que Dios) y que él mismo era incluso más importante que el Templo de Jerusalén.

Tampoco le agradaban los saduceos, con quienes no era menos duro y que, por su parte, junto con los herodianos, eran sus mayores adversarios, ya que Jesús era amado por las multitudes y ellos temían que el pueblo se levantara contra ellos mismos y contra los romanos.

Todo esto duró unos tres años

Tres son las pascuas judías mencionadas, sobre el relato de la vida de Jesús, por el evangelista Juan, como dijimos el más preciso al corregir las inexactitudes de los otros tres evangelistas y al señalar detalles descuidados, incluso desde el punto de vista cronológico.

Tras lo cual el Nazareno subió por última vez a Jerusalén para celebrar la Pascua. Aquí lo esperaban, además de una multitud que lo vitoreaba, fariseos, escribas, saduceos y herodianos, quienes conspiraron para matarlo, lo arrestaron aprovechando la traición de uno de sus discípulos (Judas Iscariote) y lo entregaron a los romanos. Después de un juicio sumario, el procurador o prefecto, Poncio Pilato, se lavó las manos y lo crucificó.

La muerte de Jesús en la Cruz

Todos los evangelistas coinciden en fijar la muerte de Jesús en la cruz un viernes (el parasceve) dentro de las fiestas de Pascua.

Giuseppe Ricciotti, enumerando una serie de posibilidades todas analizadas por los estudiosos, llega a la conclusión de que la fecha exacta de este evento, en el calendario judío, es el 14 del mes lunar de Nisan (viernes 7 de abril) del 30 d.C.

Entonces, si Jesús nació dos años antes de la muerte de Herodes y tenía unos treinta años (posiblemente treinta y dos o treinta y tres) al comienzo de su vida pública, debía tener unos 35 años cuando murió.

Los Evangelios nos dicen que Jesús sufrió la muerte más atroz, la reservada a los esclavos, asesinos, ladrones y los que no eran ciudadanos romanos: la crucifixión, y además después de sufrir una tortura igualmente terrible que, en la costumbre romana, precedía a la crucifixión: la flagelación (descrita por Horacio como horribile flagellum), infligida con el terrible instrumento llamado flagrum, un látigo provisto de bolas de metal y clavitos de hueso que rasgaban la piel y arrancaban jirones de carne.

La cruz utilizada podría ser de dos tipos: crux commissa, en forma de T, o crux immissa, en forma de daga. (4)

Por lo que leemos en los Evangelios, una vez condenado, Jesús fue obligado a llevar la cruz (más probablemente la viga transversal de la crux immissa, el patibulum) a una altura justo fuera de los muros de Jerusalén (Gólgota, exactamente donde hoy se encuentra la Basílica del Santo Sepulcro)En aquel lugar, según el procedimiento romano, fue despojado.

Otros detalles del castigo podemos conocerlos precisamente de la costumbre romana de crucificar a los condenados a muerte: estos eran atados o clavados con los brazos extendidos al patíbulo y levantados sobre el poste vertical ya fijado en el suelo. En cambio, los pies eran atados o clavados al poste vertical, sobre el cual sobresalía una especie de asiento de apoyo a la altura de las nalgas.

La muerte era lenta, muy lenta y acompañada de un sufrimiento insoportable: la víctima, levantada del suelo a no más de medio metro, estaba completamente desnuda y podía colgar durante horas, si no días, sacudida por calambres tetánicos y espasmos debido a la imposibilidad de respirar correctamente, ya que la sangre no podía fluir a las extremidades que estaban tensas hasta el punto de agotamiento, así como al corazón y los pulmones que no podían eclosionar correctamente.

Sabemos por los evangelistas, sin embargo, que la agonía de Jesús no duró más de unas pocas horas (desde la hora sexta hasta la hora novena), probablemente debido a la enorme pérdida de sangre (shock hipovolémico) debido a la flagelación y que, después de la muerte, fue colocado en una tumba nueva, excavada en la roca cerca del lugar de la crucifixión (a unos metros de distancia).

Y aquí termina la historia de la vida del “Jesús histórico” y comienza la del “Cristo de la fe”, dado que, como más tarde se lee en los Evangelios, después de tres días Jesús de Nazaret resucitó de entre los muertos, apareciendo primero a unas mujeres (algo inaudito, en ese momento en que el testimonio de una mujer no valía nada), a su madre, a los discípulos y luego, antes de ascender al cielo a la diestra de Dios, a más de quinientas personas, muchas de la cuales seguían con vida, especifica Pablo de Tarso, en el momento en que (alrededor del 50) el mismo Pablo estaba escribiendo sus cartas.

Quién dijo que era: el kerigma

La historia del “Jesús histórico” es la historia de un fracaso, al menos aparente: quizás, de hecho, el mayor fracaso de la historia.

A diferencia de otros personajes que han marcado el curso del tiempo y han quedado grabados en la memoria de la posteridad, Jesús no hizo prácticamente nada excepcional, desde un punto de vista puramente humano, o más bien macrohistórico: no dirigió ejércitos para conquistar nuevos territorios, no derrotó hordas de enemigos, no acumuló cantidades de botines y mujeres, esclavos y sirvientes, no escribió obras literarias, no pintó ni esculpió nada.

Considerando, entonces, la forma en que terminó su existencia terrena, en la burla, en el chasco, en la muerte violenta y en el entierro anónimo, como lo hizo, por tanto, para citar a un amigo que me hizo precisamente esta pregunta, ¿un “bandolero asesinado por los romanos” para convertirse en la piedra angular de la historia? Pues, parece que lo que se dijo sobre él, que era “la piedra desechada por los constructores, pero que ha venido a ser la piedra angular” (Hechos 4, 11), se ha hecho realidad. ¿No es eso una paradoja?

Si, por lo contrario, consideramos el curso de los acontecimientos en su vida desde un punto de vista “microhistórico”, es decir, en lo que respecta a la influencia que tuvo en las personas con las que se cruzó, en aquellos a quienes habría sanado, conmovido, afectado, cambiado, entonces nos sale más fácil creer en otra cosa que él mismo les habría dicho a sus seguidores: “haréis incluso cosas mayores”.

Fueron sus discípulos y apóstoles, pues, quienes iniciaron su obra misionera y difundieron su mensaje por todo el mundo. Cuando Jesús estaba vivo, su mensaje, el “evangelio” (la buena noticia), no había traspasado las fronteras de Palestina y, de hecho, por cómo terminó su existencia, también parecía destinado a morir.

Una fuerza nueva e imparable

Y a la vez pequeña y escondida, empezó a fermentar como levadura de ese rinconcito de Oriente, de una manera, repito, completamente inexplicable, dado que, como nos lo testimonia Pablo de Tarso, la dificultad en la propagación del evangelio no radica solo en la paradoja que contiene, es decir, en proclamar  (algo inaudito hasta ese momento) bienaventurados los pequeños, los humildes, los niños y los ignorantes, sino también en tener que identificar el evangelio mismo con una persona que había muerto en la más absoluta ignominia y que luego afirmó haber resucitado.

Pablo, de hecho, define este anuncio, la cruz, “para los judíos ciertamente tropezadero, y para los gentiles locura”, “porque los judíos piden señales, y los griegos buscan sabiduría” (primera Carta a los Corintios 1, 21-22).

Como ya se mencionó, este no es el lugar para tratar este tema, ya que el objetivo de este trabajo es simplemente una mirada al “Jesús histórico” y no al “Cristo de la fe”.

Sin embargo, ya se puede afirmar que uno no es comprensible sin el otro, por lo que solo proporcionaré algunas pistas sobre lo que fue, de hecho, el punto focal del mensaje de Jesús de Nazaret, el corazón del evangelio (εὐαγγέλιον, euanguélion, literalmente buena noticia, o buen anuncio), es decir el kerigma.

La buena noticia

El término es de origen griego (κήρυγμα, del verbo κηρύσσω, kēryssō, que es gritar como un pregonero, difundir un anuncio). Y el anuncio es este: la vida, muerte, resurrección y retorno glorioso de Jesús de Nazaret, llamado Cristo, por obra del Espíritu Santo.

Según los cristianos, esta obra constituye una intervención directa de Dios en la historia: Dios que se encarna en un hombre, que se rebaja hasta el nivel de las criaturas para elevarlas a la dignidad de hijos suyos, para liberarlos de la esclavitud del pecado (una nueva Pascua) y de la muerte y para darles la vida eterna, en virtud del sacrificio de su Hijo unigénito.

Este proceso en que Dios se rebaja hasta el hombre ha sido definido κένωσις (kénōsis), también palabra griega que literalmente indica un “vaciamiento”: Dios se rebaja y se vacía, en la práctica despojándose de sus propias prerrogativas y de sus propios atributos divinos para darlos, compartirlos con el hombre, en un movimiento entre el cielo y la tierra. Que presupone, después del descenso, también un ascenso, de la tierra al cielo: la théosis (θέοσις), la elevación de la naturaleza humana que se vuelve divina porque, en la doctrina cristiana, el bautizado es el mismo Cristo (5). De hecho, la humillación de Dios conduce a la apoteosis del hombre.

El concepto de kerigma constituye, desde un punto de vista histórico, un dato fundamental para comprender cómo, desde el comienzo del cristianismo, este anuncio y esta identificación de Jesús de Nazaret con Dios estuvo presente en las palabras y escritos de sus discípulos y apóstoles, constituyendo, entre otras cosas, el motivo mismo de su sentencia de muerte por parte de los notables del judaísmo de la época.

Sus huellas se encuentran, de hecho, no sólo en todos los Evangelios, sino también y sobre todo en las cartas paulinas (cuya redacción es aún más antigua: la primera Carta a los Tesalonicenses fue escrita en el 52 d.C[2].): en ellas, Pablo de Tarso escribe Pablo él mismo cuenta haber aprendido previamente, es decir, que Jesús de Nazaret nació, murió y resucitó por los pecados del mundo, según las escrituras.

No hay duda, por tanto, de que la identificación del “Jesús histórico” con el “Cristo de la fe” no es en absoluto tardía, sino inmediata y derivada de las mismas palabras empleadas por Jesús de Nazaret para definirse y atribuir a su persona las profecías e imágenes mesiánicas de toda la historia del pueblo de Israel.

La pedagogía del Nazareno

Otro aspecto interesante es el método: él “educa (etimológicamente el término latino educĕre presupone conducir de un lugar a otro y, por extensión, sacar algo fuera)y lo hace como un excelente maestropues se indica a si mismo como ejemplo a seguir.

De hecho, desde el análisis de sus palabras, sus gestos, sus actos, Jesús parece casi no querer solo realizar una obra por sí mismo, sino desear que quienes deciden seguirlo lo hagan con él, aprendan a actuar como él, lo sigan en el ascenso hacia Dios, en un diálogo constante que se concreta en los símbolos utilizados, en los lugares, en los contenidos de las escrituras.

Casi parece querer decir, y de hecho lo dice: “¡Aprended de mí!”. La frase que acabamos de citar está contenida, entre otras cosas, en un pasaje del evangelio de Mateo en el que Jesús invita a sus seguidores a ser como él en mansedumbre y humildad (cap. 11, 29).

En mansedumbre, en humildad, en no reaccionar con violencia o falta de respeto, su figura sigue siendo coherente también desde un punto de vista literario, no sólo intelectual: firme, constante hasta la muerte, nunca en contradicción.

Jesús les enseña a sus seguidores no solo a no matar, sino a dar la vida por los demás; no solo a no robar, sino a desvestirse para los demás; no solo a amar a los amigos, sino también a los enemigos; no solo a ser buenas personas, sino a ser perfectos como Dios. Y al hacerlo, no indica un modelo abstracto, alguien que está lejos en el tiempo y en el espacio o una divinidad perdida en los cielos: se señala a sí mismo. Él dice: “¡Haced como yo!”.

Su peregrinar por la tierra de Israel

También parece ser una expresión de su misión que comienza, con el bautismo en el río Jordán por Juan el Bautista, en el punto más bajo de la Tierra (las orillas del Jordán alrededor de Jericó) y culmina en ese que se consideraba, en el imaginario colectivo del pueblo judío, el punto más alto: Jerusalén.

Jesús desciende, como el Jordán (cuyo nombre hebreo ירדן, Yardén, significa “el que desciende”) hacia el Mar Muerto, un lugar desierto, despojado y bajo, para conducir hacia arriba, donde habría sido “levantado de la tierra” y “atraído a todos hacia sí mismo” (Juan 12:32), pero en un sentido completamente diferente al que uno hubiera esperado de él.

Es una peregrinación que encuentra su significado en la idea misma de la peregrinación judía a la Ciudad Santa, que se realizaba en las principales fiestas cantando los “cánticos de las ascensiones” mientras se ascendía desde el llano de Esdrelón o, más frecuentemente, desde el camino de Jericó a los montes de Judea.

Por extensión, esta idea de peregrinación, de “ascensión”, se puede encontrar en el concepto moderno de עלייה (‘aliyah) emigración o peregrinaje a Israel de judíos (pero también cristianos) que van a Tierra santa para visitar el país o quedarse a vivir allí (y se definen a sí mismos עולים, ‘ōlīm  – de la misma raíz ‘al – es decir, “los que ascienden”).

De hecho, el nombre de la aerolínea israelí El Al (אל על), significa “hacia lo alto” (y con un doble significado: alto es el cielo, pero “alta” también es la Tierra de Israel y Jerusalén en particular).

Finalmente, el vuelco de la idea misma de “dominador del mundo”, que esperaban sus contemporáneos, tiene lugar en el llamado Sermón de la Montaña, el discurso programático de la misión de Jesús de Nazaret: son bienaventurados, y por tanto felices, no los ricos, sino los pobres de espíritu; no los fuertes, sino los débiles; no los poderosos, sino los humildes; no los que hacen la guerra, sino los buscan la paz.

Y luego, por último, pero no menos importante, el gran mensaje de consuelo a la humanidad: Dios es padre: no un padre colectivo, en el sentido de protector de tal o cual pueblo contra otros, sino un padre tierno, un “papá” (Jesús lo llama así en arameo: אבא, abba) para cada hombre, como lo explica muy bien el biblista Jean Carmignac (6) :

Para Jesús, Dios es esencialmente Padre, así como es Amor (1 Juan 4, 8).

Gloria a Dios Padre

Jesús es ante todo el “Hijo” de Dios de una manera que nadie podría haber imaginado antes de él, por lo que Dios es para él “el Padre” en el sentido más estricto del término. Esta paternidad del Padre y esta filiación del Hijo implican también la participación de la única naturaleza divina.

Este tema ocupa un lugar tan central en la predicación de Jesús que la encarnación del Hijo tiene como finalidad dar a los hombres “el poder de ser hijos de Dios” (Jn 1, 12) y que su mensaje podría definirse como un revelación del Padre (Juan 1, 18), para enseñar a los hombres que son hijos de Dios (1 Juan 3, 1).

Esta verdad asume, por boca de Jesús, tal importancia que se convierte en la base de su enseñanza: las buenas obras tienen como finalidad la gloria del Padre (Mateo 5, 16), cada uno perdona a los demás como el Padre lo perdona a él (Mateo 6, 14-15; Marcos 11: 25-26), la entrada al reino de los cielos está reservada para quienes hacen la voluntad del Padre (Mateo 7, 21), la plenitud de la vida moral consiste en ser misericordiosos como el Padre es misericordioso (Lucas 6, 36) y perfecto como el Padre es perfecto (Mateo 5, 48).

De esta paternidad de Dios se deriva una consecuencia evidente: teniendo el mismo “Padre”, los hombres son en realidad hermanos que deben amarse y tratarse como tales. Hay un principio fundamental que inspira toda la moral y toda la espiritualidad del cristianismo y que el Evangelio ya se había encargado de anunciar explícitamente: “Todos vosotros sois hermanos [---] porque uno es vuestro Padre, el que está en los cielos” (Mateo 23, 8-9).

 Así termina nuestro camino en busca del “Jesús histórico”, con la conciencia de que, para creyentes y no creyentes, su figura seguirá siendo para siempre el mayor y más fascinante misterio de la historia.


Referencias durante el artículo

  1. Esta hipótesis Esta hipótesis estaría respaldada por la Lápida de Tivoli (en latín Lapis o Titulus Tiburtinus).
  2. Ir a la nota 9 sobre Dionisio el Pequeño.
  3. Leemos en Flavio Josefo (Ant. 18, 109-119): “Herodes había muerto a Juan, llamado el Bautista. Herodes lo hizo matar, a pesar de ser un hombre justo que predicaba la práctica de la virtud, incitando a vivir con justicia mutua y con piedad hacia Dios, para así poder recibir el bautismo. [---] Hombres de todos lados se habían reunido con él, pues se entusiasmaban al oírlo hablar. Sin embargo, Herodes, temeroso de que su gran autoridad indujera a los súbditos a rebelarse, pues el pueblo parecía estar dispuesto a seguir sus consejos, consideró más seguro, antes de que surgiera alguna novedad, quitarlo de en medio, de lo contrario quizá tendría que arrepentirse más tarde, si se produjera alguna conjuración. Poe estas sospechas de Herodes fue encarcelado y enviado a la fortaleza de Maquero, de la que hemos hablado antes, y allí fue”. Otro ejemplo de fuente no cristiana confirmando lo que se cuenta en los Evangelios.
  4. La que conocemos hoy, lo que es probable dado que, como sabemos por el Evangelio de Mateo, se colocó un titulum sobre la cabeza de Jesús, título que lleva la motivación de la condena a muerte.
  5. En la prefación del Libro V de la obra Adversus haereses (Contra las herejías), San Ireneo de Lyón habla de “Jesucristo que, a causa de su amor superabundante, se convirtió en lo que nosotros somos para hacer de nosotros lo que él es”.
  6. La vicinanza delle fonti scritte rinvenute su Gesù è un argomento che impressiona gli storici, dato che i più antichi papiri contenenti il Nuovo Testamento risalgono all’inizio III secolo, mentre, ad esempio, il più antico manoscritto completo dell’Iliade risale al X secolo.
  7. Jean Carmignac, Ascoltando il Padre Nostro. La preghiera del Signore come può averla pronunciata Gesù, Amazon Publishing, 2020, pag. 10. Traduzione dal francese e adattamento in italiano di Gerardo Ferrara.

Bibliografía de referencia:

Libros

 Artículos

 Sitios web

«El sacerdote encuentra su razón de ser en la Eucaristía»

Jeus Jardin encontró su vocación en la Eucaristía, dejando su carrera de enfermero para seguir la invitación de Dios para ser sacerdote.

Proveniente de una familia no practicante, este sacerdote filipino que, tras resistirse durante un tiempo a la llamada de Dios, nos ofrece su testimonio de cómo acabó rindiéndose a la voz que le pedía consagrarse sólo a Él.

Dios escribe derecho en renglones torcidos y realiza auténticas obras de arte. Es el caso del padre Jeus Jardin, sacerdote filipino de la archidiócesis de Davao, quien conoció el amor de Dios en su niñez y adolescencia, a pesar de provenir de una familia no practicante, gracias al importante papel de su abuela.

Cuando ya había dado el gran paso para ser sacerdote, y aún con la oposición de sus padres, poco tiempo después acabaría dejando el seminario. Realizó la carrera de Enfermería y llegó a trabajar como docente universitario. Pero aquellas letras que Dios había infundido en su corazón no terminaban de borrarse, hasta que, finalmente, tuvo que rendirse a la evidencia sobre el camino que debía seguir.

Tenía una buena vida e, incluso, ya había conseguido el permiso para ejercer como enfermero en Estados Unidos, pero sabía que estaba llamado a una misión muy superior. Así, con humildad y ocho años después, pidió reingresar en el seminario para ser finalmente ordenado sacerdote en 2017. Y vio que todo estaba bien hecho.

Una llamada al corazón

«Dios siempre tiene su manera de dar a conocer su voluntad a través de los deseos de cada corazón, y lo mismo pasó conmigo, pues sentía que el Señor seguía llamándome al sacerdocio», nos explica en esta entrevista.

Don Jeus confiesa que su corazón le decía que, si quería ser feliz, tenía que volver al origen, en este caso, al seminario. En realidad, su vida iba bien, pero ni el dinero ni el miedo a perder todo lo que había conseguido profesionalmente pudieron con la llamada de Dios. «Vi que la felicidad no venía de ahí, y mi corazón lo sentía», añade.

Al reingresar en el seminario, su obispo decidió enviarlo a estudiar al Seminario Internacional Bidasoa y a la Universidad de Navarra, gracias a una ayuda al estudio de la Fundación CARF, lo que le permitió enormemente afianzar y confirmar su vocación sacerdotal.

Aprender a ser sacerdote

«Estuve en Pamplona siete años, cinco como seminarista en Bidasoa y dos como sacerdote. Pamplona es mi segundo hogar. Como seminarista, conté con formadores que son realmente hombres de Dios, quienes me enseñaron no sólo con sus palabras, sino también con sus propias vidas, cómo es un sacerdote», señala con convencimiento Jeus Jardin.

Sus años en Pamplona no sólo le dieron una sólida formación intelectual, sino que, citando específicamente a Bidasoa, a la Universidad de Navarra y, en su segunda etapa en España, a la residencia Cristo Rey de la calle Padre Barace de Pamplona, asegura que fue en estos lugares «donde me enseñaron a ser sacerdote, amigo y persona, y por eso puedo decir que me han enseñado mucho».

Ahora es el propio Jeus Jardin quien transmite este mismo espíritu en el seminario de su archidiócesis, donde muestra a los jóvenes los grandes retos a los que se enfrentan los sacerdotes de hoy. En su opinión, estos son los mejores consejos para afrontarlos: «intentar conocer las limitaciones de cada uno y no sobrepasarlas; valorar los tiempos de oración y de dirección espiritual; y aprender a descansar con Nuestra Madre y el Señor». Además, destaca la importancia de la Santa Misa: «el sacerdote encuentra su razón fundamental de ser en la Eucaristía; es la razón de su sacerdocio».

No temer al silencio

Ante la crisis de vocaciones que parece asolar a la Iglesia en este momento, el padre Jeus se muestra esperanzado y asegura que «el Señor siempre está llamando, aunque para escuchar su voz se necesita una capacidad de escucha y de no temer al silencio, porque el Señor llama, pero su voz es sutil».

A los jóvenes que ya han escuchado esta llamada, los invita a no tener miedo a responder. «En mi experiencia, veo cómo yo tuve mucho miedo a dejar las cosas que tenía: que ganaría menos dinero, que no podría tener una casa o un coche. Pero el Señor es buen pagador. No estamos llamados únicamente a tener bienes materiales. Estamos llamados a una vida trascendente, a una vida en comunión con Dios. Ahí es donde está nuestra felicidad», agrega.

Como momento más memorable como sacerdote, recuerda uno en el que pudo experimentar de manera muy clara la Providencia, donde tuvo que llevar a la práctica todo lo que previamente había aprendido. «En el seminario donde estoy ahora como ecónomo, nos enfrentamos a un brote de COVID con unas 75 personas contagiadas entre seminaristas y sacerdotes.

Mi test dio negativo, pero, por el cargo que tenía, decidí estar con todos aquellos que estaban enfermos. Pudimos convivir y sobrevivir, y realmente experimentar la providencia de Dios. Los días de cuarentena con los seminaristas y sacerdotes se han convertido para mí en días inolvidables», recuerda.

Por último, este sacerdote de Filipinas quiere expresar su agradecimiento a los benefactores de la Fundación CARF que tanto bien le han hecho, primero como seminarista y luego como sacerdote: «Muchísimas gracias a todos. Su apoyo hace posible que seminaristas y sacerdotes como yo reciban la formación necesaria para la tarea de ser pastor. Que Dios se lo pague».

La Cuaresma comienza con el Miércoles de ceniza

Tenemos por delante un camino marcado por la oración y el compartir, por el silencio y el ayuno, en espera de vivir la alegría de la Pascua.

Empezamos la Cuaresma con el Miércoles de ceniza y la Escritura nos dice: «Ahora, oráculo del Señor, convertíos a mí de todo corazón con ayuno, con llanto, con luto. Rasgad los corazones y no las vestiduras; convertíos al Señor, Dios vuestro, porque es compasivo y misericordioso, lento a la cólera, rico en piedad; y se arrepiente de las amenazas» Joel 2,12-13.

Son palabras pronunciadas por el profeta cuando Judá se encontraba sumida en una crisis profunda. Su territorio estaba desolado. Había pasado una plaga de saltamontes, que había arrasado todo, se habían comido todo lo que crecía en el campo, hasta los brotes de las viñas. Habían perdido por completo todas las cosechas y los frutos del año.

Ante esas desgracias Joel invita al pueblo a reflexionar sobre su modo de vivir en los años anteriores. Cuando todo les iba bien, se habían olvidado de Dios, no rezaban, y se habían olvidado del prójimo. Contaban con que la tierra daba sus frutos por sí misma y les parecía que no le debían nada a nadie. Estaban cómodos haciendo lo que hacían y no se planteaban que fuera necesario vivir la vida de otra forma.

La crisis que estaban padeciendo, les sugiere Joel, debía hacerlos caer en la cuenta de por sí mismos, de espaldas a Dios, nada podían hacer. Si tenían paz y comida, no era por sus propios méritos. Todo eso es un don de Dios, que es necesario agradecer. De ahí la llamada urgente a que cambien: convertíos de todo corazón con ayuno, con llanto, con luto, rasgad los corazones: ¡cambiad!

Al escuchar esas palabras tan fuertes del profeta, tal vez podemos pensar: Vale, vale, que cambien los habitantes de Judea, pero yo no tengo que cambiar: ¡estoy muy a gusto como estoy!

Hace mucho tiempo que no he visto ni un saltamontes, tengo cosas ricas que comer y beber todos los días, tengo varias pelis pendientes de ver, esta semana tengo varios partidos que voy a ganar,… y no tengo prisa porque todavía los finales están muy lejos y ya estudiaré en serio cuando lleguen.

No sé a vosotros, pero a mí siempre me da mucha pereza ponerme en serio a cambiar algo en la Cuaresma. La verdad, de suyo no es un tiempo especialmente simpático como, por ejemplo, la Navidad.

Cuaresma, tiempo de reflexión

Al escuchar el Salmo responsorial tal vez hemos pensado algo parecido: "Por tu inmensa compasión y misericordia, Señor, apiádate de mí y olvida mis ofensas. Lávame bien de todos mis delitos y purifícame de mis pecados".

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La Cuaresma es un tiempo de cuarenta días, que comienza con el Miércoles de ceniza y termina el Jueves Santo, "todos los viernes, a no ser que coincidan con una solemnidad, debe guardarse la abstinencia de carne, o de otro alimento que haya determinado la Conferencia Episcopal; ayuno y abstinencia se guardarán el Miércoles de ceniza y el Viernes Santo." Código de Derecho Canónico, canon 1251.

E incluso al repetir "Misericordia, Señor, hemos pecado", tal vez se nos ocurría por dentro decir: Pero si yo no tengo pecados, … en todo caso «pecadillos». No le hago mal a nadie, no he robado ningún banco, no he matado a nadie, en todo caso, sólo «cosillas» de poca importancia. Y, además, no tengo nada contra Dios, no he querido ofenderlo. ¿Por qué voy a decir que he pecado ni a mendigar su misericordia?

Si vemos así las cosas, las palabras de San Pablo en la segunda lectura, nos pueden sonar a repetitivas, pero subiendo el tono, presionando: "Hermanos: Nosotros actuamos como enviados de Cristo, y es como si Dios mismo os exhortara por medio de nosotros. En nombre de Cristo os pedimos que os reconciliéis con Dios".

¿Tan importante soy y tanta importancia tiene lo que yo haga, que hoy todos vienen contra mí: el profeta Joel, David con su Salmo, y San Pablo presionando?

Pues la verdad es que sí, para el Señor soy importante. Ninguno de nosotros le resulta indiferente a Dios, no somos un número más de los millones de personas que hay en el mundo. Soy yo, eres tú. Alguien en quien está pensando, a quien echa un poco de menos, con quiere hablar.

¿No te ha dado alegría alguna vez, al salir cansado de clase, recibir un mensaje en el móvil de alguien que te cae bien y que te pregunta: ¿Tienes algún plan esta tarde? ¡Bien! ¡por fin! ¡alguien que piensa en mí! En general, una de las cosas que dan más gusto es comprobar que hay gente que nos quiere, que piensa en nosotros, y nos llama para que nos veamos y pasemos juntos un rato agradable.

Cuaresma, tiempo para mirar a Dios

Esta semana me encontré leyendo la Biblia unas palabras de amor humano, que son divinas. Son el estribillo de una canción del Cantar de los Cantares que le canta el amado a su amada. Dicen así: "¡Vuélvete, vuélvete, Sulamita! Date la vuelta, date la vuelta que te quiero ver" Cant 7,1.

En realidad parece que más que cantar invitan a bailar: "¡Vuélvete, vuélvete, Sulamita! Date la vuelta, date la vuelta, que te quiero ver". En hebreo suena bien: šubi, šubi šulamit, šubi, šubi… hasta tiene su ritmo. El verbo šub significa «volver, darse la vuelta», pero es el verbo que en la Biblia Hebrea también significa «convertirse».

Esas palabras del Cantar nos ayudan a comprender lo que está pasando hoy. Dios, el amado, nos invita a cada uno a bailar diciéndonos: «conviértete, date la vuelta, que te quiero ver».

La invitación a la conversión no es la riña de alguien exigente que está enfadado con lo que hacemos, sino una llamada amorosa a que demos media vuelta para encontrarnos cara a cara con el Amor. Nadie nos empuja para reñirnos. Alguien que nos quiere se ha acordado de nosotros y nos envía un mensaje para que nos veamos y hablemos a fondo, abriendo el corazón.

Cuaresma, tiempo de conversión

Bien. Pero, en cualquier caso, «no tengo pecados» ¿de qué me voy a convertir?

Hay muchos modos de explicar lo que es el pecado, pero me parece que también la Sagrada Escritura nos ayuda a aclararnos con lo que es. En hebreo «pecado» se dice jattat. ¿Sabéis cuál es en la Biblia el antónimo, la palabra que expresa el concepto apuesto a jattat? En español tal vez diríamos que lo contrario de pecado es «buena acción», o algún teólogo diría que «gracia». En hebreo, el antónimo de jattat es šalom, paz. Esto quiere decir que para la Biblia ni «pecado» ni «paz» son exactamente lo mismo que para nosotros.

En el libro de Job se dice que aquel hombre al que Dios invita a reflexionar y cambia, experimentará šalom (la paz) en su tienda y cuando revisen su morada, no habrá jattat (no faltará nada) cfr. Jb 5,24.

Eran nómadas y para ellos la tienda era su casa. Una casa está en «pecado» cuando falta algo necesario o cuando lo que hay está desordenado. Está en «paz» cuando da gusto verla y estar allí: todo bien instalado, limpio y en su sitio.

Cuando nos miramos por dentro, en el examen de conciencia, tal vez nuestra alma y nuestro corazón están como nuestra habitación o como el piso en que vivimos: con la cama si hacer, la mesa sin quitar los restos de la cena, con unos periódicos tirados por encima del sofá, o el fregadero lleno de platos esperando que alguien los lave. ¡Qué a gusto se queda el alma y el corazón cuando limpiamos los cacharros, y ponemos orden!

Por eso en la confesión, cuando hacemos zafarrancho de limpieza en el jattat que llevamos por dentro, nos dan la absolución y nos dicen "vete en paz (šalom)", estás en orden.

Esta semana comenzamos la cuaresma, con el día de Miércoles de Ceniza, el Señor nos llama con amor: šubi, šubi šulamit, šubi, šubi… "vuélvete, date la vuelta que te quiero ver".

Él nos quiere y nos conoce bien. Sabe que a veces somos un poco descuidados, y quiere ayudarnos a hacer limpieza para que recuperemos la serenidad, la paz y la alegría.

¿Cómo recorrer bien estos días de Cuaresma?

Por eso es por lo que San Pablo nos insiste con tanta con fuerza: "en nombre de Cristo os pedimos que os reconciliéis con Dios", y ¿para qué retrasarlo? ¿por qué dejarlo para otro día? San Pablo también nos conoce y nos mete prisa: "mirad, ahora es tiempo favorable, ahora es día de salvación".

Este miércoles de ceniza, seguro que podemos encontrar en cualquier iglesia un confesor, que en cinco minutos nos ayudará a ponernos en forma.

Y, una vez, con todo en orden, el Evangelio de la Santa Misa escuchamos que Jesús mismo nos da unas pistas interesantes para concretar unos propósitos que nos ayuden a redescubrir la alegría de amar a Dios y a los demás.

Tiempo de  la generosidad

Lo primero que nos sugiere es que nos demos cuenta de que hay mucha gente necesitada a nuestro alrededor, cerca y lejos de nosotros, y no podemos quedar indiferentes ante quienes sufren.

En la primera lectura recordábamos que, ante la crisis de los saltamontes en Judea, Joel decía que es necesario rasgarse el corazón, compartir el sufrimiento con los que padecen.

Hoy día estamos viviendo en una profunda crisis. Millones de personas están en paro. Muchos sufren, sufrimos con ellos, la falta de trabajo y todas las necesidades que esto trae consigo. No podemos desentendernos de sus problemas, como si no pasara nada, ni cerrar nuestro corazón. Deben notar que estamos con ellos.

Con los que cada día mueren por la pandemia de coronavirus o en el Mediterráneo huyendo del terror de la guerra, o buscando una vida digna para ellos y sus familias en la tragedia de la crisis migratoria. También en otros lugares del mundo la vida diaria es todavía más difícil que aquí, y necesitan ayuda urgente. "Cuando hagas limosna, dice Jesús, que no sepa tu mano izquierda lo que hace tu derecha; así tu limosna quedará en secreto, y tu Padre, que ve en lo secreto, te lo pagará" Mt 6,3-4Generosidad: este es un primer buen propósito para la Cuaresma.

También hay otro tipo de "limosna", que no lo parece, porque es muy discreta, pero es muy necesaria. Hoy somos generalmente muy sensibles al aspecto del cuidado y la caridad en relación al bien físico y material de los demás, pero callamos casi por completo respecto a la responsabilidad espiritual para con los hermanos. No era así en la Iglesia de los primeros tiempos.

Ese modo eficaz de "limosna" es la corrección fraterna: ayudarnos unos a otros a descubrir lo que no va bien en nuestras vidas, o lo que puede ir mejor. Algo que tal vez no hacemos mucho hasta ahora, pero que es bien necesario y útil. ¿No seremos cristianos que, por respeto humano o por simple comodidad, se adecúan a la mentalidad común, en lugar de poner en guardia a sus hermanos acerca de los modos de pensar y de actuar que contradicen la verdad y no siguen el camino del bien?

Aunque debamos superar la impresión de que nos estamos metiendo en la vida de los demás, no podemos olvidar que es un gran servicio ayudar a los demásTambién a nosotros nos vendrá bien el dejarnos ayudar. "Siempre es necesaria una mirada que ame y corrija, que conozca y reconozca, que discierna y perdone" cfr. Lc 22,61, como ha hecho y hace Dios con cada uno de nosotros.

Tiempo de oración

Junto a la limosna, la oración. "Tú, nos dice Jesús, cuando vayas a rezar, entra en tu aposento, cierra la puerta y reza a tu Padre, que está en lo escondido, y tu Padre, que ve en lo escondido, te lo pagará" Mt 6,6.

La oración no es la mera recitación mecánica de unas palabras que aprendimos de pequeños, es tiempo de diálogo amoroso con quien tanto nos quiere. Son conversaciones íntimas donde el Señor nos anima, nos conforta, nos perdona, nos ayuda a poner orden en nuestra vida, nos sugiere en qué podemos ayudar a los demás, nos llena de ánimos y alegría de vivir.

Miércoles de ceniza y Cuaresma, tiempo de ayuno

Y, en tercer lugar, junto a la limosna y la oración, el ayuno. No tristes, sino alegres, como Jesús nos sugiere también en el Evangelio: "Tú cuando ayunes, perfúmate la cabeza y lávate la cara, para que tu ayuno lo note, no la gente, sino tu Padre, que está en lo escondido; y tu Padre, que ve en lo escondido, te recompensará" Mt 6,17-18.

Actualmente mucha gente ayuna, se priva de cosas apetecibles, y no por motivos sobrenaturales, sino por guardar la línea o mejorar su forma física. Está claro que ayunar es bueno para el bienestar físico, pero para los cristianos es, en primer lugar, una «terapia» para curar todo lo que nos dificulta ajustar nuestra vida a la voluntad de Dios.

En una cultura en la que no nos falta de nada, pasar algún día un poco de hambre es muy bueno, y no sólo para la salud del cuerpo. También de la del alma. Nos ayuda a hacernos cargo de lo mal que lo pasan tantas personas que no tienen que comer.

Es verdad que ayunar es abstenerse de comer, pero la práctica de piedad recomendada en la Sagrada Escritura, comprende también otras formas de privaciones que ayudan a llevar una vida más sobria.

Por eso, también es bueno que ayunemos de otras cosas que no son necesarias pero que nos cuesta prescindir de ellas. Podríamos hacer un ayuno de Internet limitándonos a usar la red lo necesario para el trabajo, y prescindiendo de navegar sin rumbo. Nos vendría bien para tener la cabeza despejada, leer libros y pensar en cosas interesantes. También podríamos hacer ayuno de salir de copas en el fin de semana, le vendría bien a nuestro bolsillo, y estaríamos más frescos para hablar tranquilamente con los amigos. O podríamos ayunar de ver películas y series en días entre semana, le vendría muy bien a nuestro estudio.

¿Pasaría algo si ayunásemos todo un día de mp3 y formatos parecidos, y fuésemos por la calle sin auriculares, escuchando el viento y el canto de los pájaros?

Privarse del alimento material que nutre el cuerpo (el miércoles de ceniza o en cuaresma) del alcohol que alegra el corazón, del ruido que llena los oídos y las imágenes que se suceden rápidamente sobre la retina, facilita una disposición interior a mirar a los demás, a escuchar a Cristo y a nutrirse de su palabra de salvación. Con el ayuno de cuaresma le permitimos que venga a saciar el hambre más profunda que experimentamos en lo íntimo de nuestro corazón: el hambre y la sed de Dios.

Dentro de dos días, los sacerdotes y diáconos impondrán la ceniza sobre nuestras cabezas mientras dicen: "Acuérdate que eres polvo y al polvo volverás". No son palabras para asustarnos haciéndonos pensar en la muerte, sino para ponernos en la realidad y ayudarnos a encontrar la felicidad. Solos no somos nada: polvo y ceniza. Pero Dios ha diseñado para cada una y cada uno una historia de amor para hacernos felices.

Como decía el poeta Francisco de Quevedo, refiriéndose a aquellos que han vivido cerca de Dios en su vida, que mantendrán su amor constante más allá de la muerte, "polvo serán, mas polvo enamorado".

Comenzamos el tiempo de cuaresma tiempo alegre y festivo de dar la vuelta para dirigirnos al Señor y verlo cara a cara. šubi, šubi šulamit, šubi, šubi… "¡Vuélvete, vuélvete, nos dice una vez más, date la vuelta, date la vuelta, que te quiero ver." No son días tristes. Son días para dejar paso al Amor.

A la Santísima Virgen, Madre del Amor Hermoso, nos acogemos para que al contemplar la realidad de nuestra vida, aunque sean patentes nuestras limitaciones y defectos, veamos la realidad: "polvo seremos, mas polvo enamorado".


Don Francisco Varo Pineda, director de Investigación en la Universidad de Navarra. Profesor de Sagrada Escritura de la Facultad de Teología.

 

Mensaje de la Cuaresma 2025 del Papa Francisco

Queridos hermanos y hermanas:

Con el signo penitencial de las cenizas en la cabeza, iniciamos la peregrinación anual de la santa cuaresma, en la fe y en la esperanza. La Iglesia, madre y maestra, nos invita a preparar nuestros corazones y a abrirnos a la gracia de Dios para poder celebrar con gran alegría el triunfo pascual de Cristo, el Señor, sobre el pecado y la muerte, como exclamaba san Pablo: «La muerte ha sido vencida. ¿Dónde está, muerte, tu victoria? ¿Dónde está tu aguijón?» ( 1 Co 15,54-55).

Jesucristo, muerto y resucitado es, en efecto, el centro de nuestra fe y el garante de nuestra esperanza en la gran promesa del Padre: la vida eterna, que ya realizó en Él, su Hijo amado (cf. Jn 10,28; 17,3) [1].

En esta cuaresma, enriquecida por la gracia del Año jubilar, deseo ofrecerles algunas reflexiones sobre lo que significa caminar juntos en la esperanza y descubrir las llamadas a la conversión que la misericordia de Dios nos dirige a todos, de manera personal y comunitaria.

Antes que nada, caminar. El lema del Jubileo, “Peregrinos de esperanza”, evoca el largo viaje del pueblo de Israel hacia la tierra prometida, narrado en el libro del Éxodo; el difícil camino desde la esclavitud a la libertad, querido y guiado por el Señor, que ama a su pueblo y siempre le permanece fiel.

No podemos recordar el éxodo bíblico sin pensar en tantos hermanos y hermanas que hoy huyen de situaciones de miseria y de violencia, buscando una vida mejor para ellos y sus seres queridos. Surge aquí una primera llamada a la conversión, porque todos somos peregrinos en la vida.

Cada uno puede preguntarse: ¿cómo me dejo interpelar por esta condición? ¿Estoy realmente en camino o un poco paralizado, estático, con miedo y falta de esperanza; o satisfecho en mi zona de confort? ¿Busco caminos de liberación de las situaciones de pecado y falta de dignidad? Sería un buen ejercicio cuaresmal confrontarse con la realidad concreta de algún inmigrante o peregrino, dejando que nos interpele, para descubrir lo que Dios nos pide, para ser mejores caminantes hacia la casa del Padre. Este es un buen “examen” para el viandante.

En segundo lugar, hagamos este viaje juntos. La vocación de la Iglesia es caminar juntos, ser sinodales [2]. Los cristianos están llamados a hacer camino juntos, nunca como viajeros solitarios. El Espíritu Santo nos impulsa a salir de nosotros mismos para ir hacia Dios y hacia los hermanos, y nunca a encerrarnos en nosotros mismos [3].

Caminar juntos significa ser artesanos de unidad, partiendo de la dignidad común de hijos de Dios (cf. Ga 3,26-28); significa caminar codo a codo, sin pisotear o dominar al otro, sin albergar envidia o hipocresía, sin dejar que nadie se quede atrás o se sienta excluido. Vamos en la misma dirección, hacia la misma meta, escuchándonos los unos a los otros con amor y paciencia.

En esta cuaresma, Dios nos pide que comprobemos si en nuestra vida, en nuestras familias, en los lugares donde trabajamos, en las comunidades parroquiales o religiosas, somos capaces de caminar con los demás, de escuchar, de vencer la tentación de encerrarnos en nuestra autorreferencialidad, ocupándonos solamente de nuestras necesidades.

Preguntémonos ante el Señor si somos capaces de trabajar juntos como obispos, presbíteros, consagrados y laicos, al servicio del Reino de Dios; si tenemos una actitud de acogida, con gestos concretos, hacia las personas que se acercan a nosotros y a cuantos están lejos; si hacemos que la gente se sienta parte de la comunidad o si la marginamos [4]. Esta es una segunda llamada: la conversión a la sinodalidad.

En tercer lugar, recorramos este camino juntos en la esperanza de una promesa. La esperanza que no defrauda (cf. Rm 5,5), mensaje central del Jubileo [5], sea para nosotros el horizonte del camino cuaresmal hacia la victoria pascual. Como nos enseñó el Papa Benedicto XVI en la Encíclica Spe salvi, «el ser humano necesita un amor incondicionado.

Necesita esa certeza que le hace decir: “Ni muerte, ni vida, ni ángeles, ni principados, ni presente, ni futuro, ni potencias, ni altura, ni profundidad, ni criatura alguna podrá apartarnos del amor de Dios, manifestado en Cristo Jesús, Señor nuestro” ( Rm 8,38-39)» [6]. Jesús, nuestro amor y nuestra esperanza, ha resucitado [7], y vive y reina glorioso. La muerte ha sido transformada en victoria y en esto radica la fe y la esperanza de los cristianos, en la resurrección de Cristo.

Esta es, por tanto, la tercera llamada a la conversión: la de la esperanza, la de la confianza en Dios y en su gran promesa, la vida eterna. Debemos preguntarnos: ¿poseo la convicción de que Dios perdona mis pecados, o me comporto como si pudiera salvarme solo? ¿Anhelo la salvación e invoco la ayuda de Dios para recibirla? ¿Vivo concretamente la esperanza que me ayuda a leer los acontecimientos de la historia y me impulsa al compromiso por la justicia, la fraternidad y el cuidado de la casa común, actuando de manera que nadie quede atrás?

Hermanas y hermanos, gracias al amor de Dios en Jesucristo estamos protegidos por la esperanza que no defrauda (cf. Rm 5,5). La esperanza es “el ancla del alma”, segura y firme [8]. En ella la Iglesia suplica para que «todos se salven» ( 1 Tm 2,4) y espera estar un día en la gloria del cielo unida a Cristo, su esposo. Así se expresaba santa Teresa de Jesús: «Espera, espera, que no sabes cuándo vendrá el día ni la hora. Vela con cuidado, que todo se pasa con brevedad, aunque tu deseo hace lo cierto dudoso, y el tiempo breve largo» ( Exclamaciones del alma a Dios, 15, 3) [9].

Que la Virgen María, Madre de la Esperanza, interceda por nosotros y nos acompañe en el camino cuaresmal.

Roma, San Juan de Letrán, 6 de febrero de 2025, memoria de los santos Pablo Miki y compañeros, mártires.

FRANCISCO.


[1] Cf. Carta enc. Dilexit nos (24 octubre 2024), 220.

[2] Cf. Homilía en la Santa Misa por la canonización de los beatos Juan Bautista Scalabrini y Artémides Zatti (9 octubre 2022).

[3] Cf. ibíd.

[4] Cf. ibíd.

[5] Cf. Bula Spes non confundit, 1.

[6] Carta enc. Spe salvi (30 noviembre 2007), 26.

[7] Cf. Secuencia del Domingo de Pascua.

[8] Cf. Catecismo de la Iglesia Católica, 1820.

[9] Ibíd., 1821.

Miércoles de Ceniza: cuándo es, qué se celebra y su significado

“Recuerda que eres polvo y en polvo te convertirás”

La imposición de las cenizas nos recuerda que nuestra vida en la tierra es pasajera y que nuestra vida definitiva se encuentra en el Cielo.

¿Cuándo es miércoles de ceniza?

La Cuaresma es un tiempo de cuarenta días, que comienza con el Miércoles de Ceniza y termina el Jueves Santo, antes de la Misa in coena Domini (la cena del Señor) con la que comienza el Triduo Pascual. Este es un tiempo de oración, penitencia y ayuno. Cuarenta días que la Iglesia marca para la conversión del corazón.

Esta fiesta cristina tiene la singularidad de cambiar de fecha cada año, está condicionada por la Pascua y Resurrección del Señor que es la celebración que marca todo el calendario litúrgico. Puede acontecer entre el 4 de febrero y el 10 de marzo. Siempre se celebra en día Miércoles.

Significado del miércoles de ceniza

Recibir las cenizas tiene como objetivo recordarnos nuestro origen, “Recuerda que eres polvo y en polvo te convertirás”. Con un sentido simbólico de muerte, caducidad, humildad y penitencia, las cenizas nos ayudan a mirar en nuestro interior.

Esta mirada a la interioridad de uno, de reconocer los propios errores y querer rectificarlos, entra en la dinámica de las dos palabras claves de la cuaresma. Al reconocer nuestros pecados, nos arrepentimos y al querer cambiarlos, nos convertimos.

Es día de luz en la vida del cristiano que permite reconocer que somos débiles y que necesitamos de la Pasión, Muerte y Resurrección de Jesús para poder llegar a vivir junto a Él en el Reino de los Cielos.

¿Por qué nos imponen la ceniza?

En la Iglesia esta tradición perdura desde el siglo IX y existe para recordarnos que, al final de nuestra vida, sólo nos llevaremos aquello que hayamos hecho por Dios y por los demás hombres.

El Miércoles de Ceniza, el sacerdote traza la señal de la cruz con cenizas en nuestra frente para simbolizar penitencia y arrepentimiento, mientras repite las palabras de imposición de las cenizas que se inspiran en las Sagradas Escrituras:

  • “Recuerda que eres polvo y en polvo te convertirás” Génesis, 3, 19
  • "El tiempo se ha cumplido, y el reino de Dios se ha acercado; arrepentíos, y creed en el evangelio." Marcos 1,15

Estas palabras sirven para recordarnos que nuestro lugar definitivo es el Cielo. Su objetivo es sumergirnos más intensamente en el misterio pascual de Jesús, en su muerte y resurrección, mediante la participación en la Eucaristía y en la vida de caridad.

Las cenizas son los restos de lo que se ha consumido, de los ramos bendecidos el Domingo de la Pasión del Señor, del año anterior. Un signo que recuerda nuestra cercanía al pecado.

Uno también puede mirarse en el fuego que ha producido esas cenizas. Ese fuego es el amor divino y la Cuaresma, surge, como ese fuego que arde bajo las cenizas: este es el recordatorio de la presencia de Dios en nuestra vida, es la constatación de que Dios, por medio de Cristo, se hace pobre para el enriquecimiento de nuestra vida por medio de su pobreza.

Comienza un tiempo de preparación y de purificación del corazón. Un camino para alcanzar la meta de estar repletos del amor de Dios.

¿Qué se celebra el miércoles de ceniza?

El Miércoles de Ceniza, es una fiesta de arrepentimiento, de penitencia, pero sobre todo de conversión. Es el inicio del camino de la Cuaresma, para acompañar a Jesús desde su desierto hasta el día de su triunfo que es el Domingo de Resurrección.

Que se celebra el miércoles de ceniza
El papa Francisco cuando era Cardenal de Buenos Aires, Argentina en Febrero de 2013. Celebrando la Santa Misa de Miércoles de Ceniza en la Catedral Metropolitana. (by Filippo Fiorini, Pangea News).

Debe ser un tiempo de reflexión de nuestra vida, de entender a donde vamos, de analizar cómo es nuestro comportamiento con nuestra familia y en general con todos los seres que nos rodean.

En estos momentos al reflexionar sobre nuestra vida, debemos convertirla de ahora en adelante en un seguimiento a Jesús, profundizando en su mensaje de amor y acercándonos en esta Cuaresma al Sacramento de la Reconciliación.

Está Reconciliación con Dios está integrada por el Arrepentimiento, la Confesión de nuestros pecados, la Penitencia y finalmente la Conversión:

  • El arrepentimiento debe ser sincero y es bueno que comienza con el Examen de Conciencia.
  • La confesión de nuestros pecados es expresando por el sacerdote en el sacramento de la confesión.
  • La penitencia que debemos cumplir empieza desde luego por la que nos imponga el sacerdote, pero debemos continuarla con la oración, que es la comunicación íntima con Dios y con el ayuno, que representa la renuncia.
  • Finalmente, la Conversión que representa el seguimiento a Jesús. Recordar la palabra de Jesús, escuchar, leer el Evangelio, meditarlo y Creer en él. Transmitiendo su mensaje con nuestras acciones y nuestras palabras.

En recuerdo del día en que murió Jesucristo en la Santa Cruz, "todos los viernes, a no ser que coincidan con una solemnidad, debe guardarse la abstinencia de carne, o de otro alimento que haya determinado la Conferencia Episcopal; ayuno y abstinencia se guardarán el miércoles de Ceniza y el Viernes Santo." Código de Derecho Canónico, canon 1251

Ayuno y abstinencia los miércoles de ceniza

Para vivir este tiempo de la mejor manera posible, la Iglesia propone tres actividades clave, destinadas a fomentar un crecimiento espiritual y cierta mortificación interior: la oración, la abstinencia y el ayuno. Estas tres formas de penitencia demuestran una intención de reconciliarse con Dios, uno mismo y los demás.

El miércoles de ceniza y el viernes santo son días de ayuno y abstinencia:

  • El ayuno consiste hacer una sola comida fuerte al día.
  • La abstinencia es no comer carne, es obligada a partir de los 14 años y el ayuno de los 18 hasta los 59 años.

Este es un modo de pedirle perdón a Dios por haberlo ofendido y decirle que queremos cambiar de vida para agradarlo siempre.

Hacer sacrificios

Cuyo significado es "hacer sagradas las cosas", debemos hacerlos con alegría, ya que es por amor a Dios. Si no lo hacemos así, causaremos lástima y compasión y perderemos la felicidad eterna. Dios es el que ve nuestro sacrificio desde el cielo y es el que nos va a recompensar.

“Cuando ayunéis no aparezcáis tristes, como los hipócritas que desfiguran su rostro para que los hombres vean que ayunan; en verdad os digo, ya recibieron su recompensa. Tú cuando ayunes, úngete la cabeza y lava tu cara para que no vean los hombres que ayunas, sino Tu Padre, que está en lo secreto: y tu padre que ve en lo secreto, te recompensará. “ Mt 6,6

Por otra parte, está el ayuno, apunta a que consigamos el dominio frente a nuestros instintos para liberar nuestro corazón.

Como dijo Jesús: “No solo de pan vive el hombre sino también de toda palabra que sale de la boca de Dios”. Aprender a dejar de lado eso que queremos comer o tomar, para darle lugar a Dios en nuestra vida, es otra excelente manera de vivir la cuaresma." Catecismo de la Iglesia Católica 2043

La limosna

La Iglesia propone en esta época, otra práctica de generosidad y desapego, la limosna. Es la renuncia voluntaria a diferentes satisfacciones mundanas con la intención de agradar a Dios y con la caridad hacia el prójimo. Saber dejar de lado para poner al prójimo por encima de las cosas materiales, devuelve el orden natural nuestro interior.

Oración para el miércoles de ceniza

La oración con el corazón abierto es la mejor preparación para la Pascua. La oración sincera nuestro corazón ante la presencia del Padre. Nos permite reconocer la pequeñez de nuestro ser y entender la necesidad de Dios en nuestra propia existencia.

El constante diálogo con Dios, la meditación a conciencia de su palabra, es la relación personal que todo cristiano debe aspirar. Se va haciendo más fuerte, fruto de esa relación que se entabla en el hablar con Él.

La oración es la válvula que oxigena el alma. Es el encuentro con el amor incondicional que es Cristo.

Somos barro de pecado pero el polvo de la ceniza nos invita a convertirnos y creer en el Evangelio, poniendo todo en manos del Señor y no en nuestras manos pues sólo Él es el que nos libra de la muerte y la corrupción de nuestra vida.


Bibliografía:

Catholic.net
Opus Dei.org 
Catecismo de la Iglesia Católica
Vaticannews

YouTube, donde Stephen empezó a ser sacerdote

«En YouTube escuché a ateos afirmando que el cristianismo no tiene base lógica y me di cuenta de que no conocía los fundamentos para defender mi fe».

Stephen Sharpe es un joven religioso de Maryland, Estados Unidos. Nació el 5 de enero 1994. Tras estudiar en Loyola University Maryland y trabajar en una empresa de tecnología militar, descubrió que su verdadera vocación no estaba en el mundo secular, sino en el servicio a Dios. Durante un programa de estudios en España, conoció la comunidad de los Siervos del Hogar de la Madre y, en un retiro de ejercicios espirituales, sintió con fuerza la llamada al sacerdocio.

Hoy, lleva siete años como miembro de esta comunidad, entregado por completo a Dios y preparándose para ser sacerdote en la Universidad Pontificia de la Santa Cruz (PUSC), en Roma, donde está cursando el primer ciclo del bienio propedéutico de Filosofía, antes de ingresar al primer ciclo de Teología.

Conocer a Stephen

Su nombre es Hermano Stephen Sharpe, tiene 31 años (nacido en 1994) y es de Maryland, Estados Unidos. Pertenece a una comunidad religiosa llamada los Siervos del Hogar de la Madre. Lleva 7 años en el Hogar y, durante este tiempo, ha podido trabajar con jóvenes en Irlanda, Estados Unidos y España.

Está profundamente agradecido a la Fundación CARF por darle la oportunidad de iniciar sus estudios en la PUSC, donde se prepara intelectualmente para ser sacerdote. Ama su vocación como siervo y espera con ilusión poder servir algún día a la Iglesia como sacerdote.

Tiene un hermano gemelo que es también su mejor amigo. Recientemente se casó y siguen muy unidos, a pesar de la distancia. También tiene un hermano mayor que está esperando a su primera hija. Su madre, quien los educó en la fe, les enseñó con su ejemplo la importancia de poner a Dios en el centro de la vida.

Dudas en la adolescencia, YouTube y el anhelo de creer en Dios

Durante su adolescencia, comenzó a sentir una sed profunda de un entendimiento más profundo de su existencia. Las preguntas existenciales empezaron a inquietarle y ansiaba respuestas. Alrededor de los 15 o 16 años, empezó a preguntarse: «¿Cuál es el sentido de mi vida? ¿Por qué estoy aquí? ¿Cómo puedo saber que Dios realmente existe?» Un día, mientras estaba en YouTube, escuchó a ateos burlándose del cristianismo y afirmando que no tenía base lógica.

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Fue entonces cuando me se dio cuenta de que no conocía los fundamentos para defender su fe y comprendió que, si no comenzaba a formarse intelectualmente, corría el riesgo de perderla.

«Esa toma de conciencia me impulsó a la acción: empecé a leer la Biblia, libros de apologética, ver debates en YouTube y a rezar más profundamente, pidiéndole a Dios que me ayudara a entenderlo y me guiara en mi confusión», cuenta Stephen.

Durante este período, comenzó a sentirse cada vez más convencido de que la creencia en la existencia de Dios era realmente una posición lógica. Nunca fue ateo, pero su convicción en la existencia de Dios se hizo más firme. «Cuando sucedió este cambio, recuerdo sentir el deseo de ser sacerdote. Ese anhelo se apoderó de mi corazón y nunca se fue. Mi razonamiento era simple: si Dios existe, entonces lo más significativo que puedo hacer es vivir por completo para Él, como sacerdote. Sin embargo, mantuve ese deseo en secreto y no actué de inmediato».

Tras graduarse de la escuela secundaria, asistió a Loyola University Maryland, donde estudió negocios internacionales. Trabajó como pasante en Textron, una empresa estadounidense de tecnología militar que se especializa en aeronaves no tripuladas para uso militar.

A pesar de estos logros, había una voz dentro de él que le decía que no pertenecía a ese mundo. «Mi corazón anhelaba algo más: deseaba entregarse por completo a Dios, no a nada de este mundo. El deseo de ser sacerdote siguió creciendo y, después de cuatro años, se volvió imposible de ignorar».

España y los Siervos del Hogar de la Madre

Una oportunidad de estudio en España que se volvió providencial para el encuentro con los Siervos del Hogar de la Madre, una comunidad de seminaristas y sacerdotes, que reciben ayuda de la Fundación CARF, mediante ayudas parciales al estudio.

Los Siervos del Hogar de la Madre son una comunidad religiosa que nace bajo la inspiración del Evangelio y el carisma de su fundador, don Rafael Alonso. Se sienten elegidos por Dios a través de la Virgen María y viven su espiritualidad con una fuerte identificación con Jesucristo, haciendo de sus almas un santuario exclusivo para Dios. Su vocación se basa en la fidelidad al Papa, a la Tradición y al Magisterio de la Iglesia.

Su vida gira en torno a la Eucaristía, celebrando la Santa Misa diariamente y dedicando tiempo a la adoración. Practican la oración, la penitencia y el rezo del rosario, buscando la santidad y la unión con Dios. También siguen una vida comunitaria basada en la fraternidad y la obediencia, bajo la guía del Espíritu Santo y la protección de la Virgen María.

Su misión es servir a la Iglesia con alegría y amor desinteresado y están muy activos en las redes sociales, en particular en YouTube, donde tienen varios canales y producciones audiovisuales en varios idiomas, entre ellos Catholic Stuff, donde intentan presentar el Evangelio de una manera atrayente para jóvenes siendo siempre fieles a la doctrina de la Iglesia católica. 

«Conocer a los Siervos fue una gracia. Tuve la oportunidad de estudiar en España, gracias a un programa de mi universidad. Viví en Alcalá de Henares, donde me involucré en el grupo de jóvenes local y asistía a la Misa diaria. Un día, durante la Misa, conocí a un grupo de hermanas, hermanos y sacerdotes que pertenecían a una comunidad llamada Hogar de la Madre.

Su autenticidad, integridad y celo me impresionaron profundamente. Uno de los hermanos me invitó a un retiro de ejercicios espirituales de fin de semana, siguiendo el método de san Ignacio de Loyola, dirigido por el superior general, don Félix López».

Aquel retiro se convirtió en la experiencia espiritual más profunda de su vida. «Me sentí sobrecogido. Mientras meditaba en la vida de nuestro Señor; mi corazón absorbía las verdades de la fe como si las escuchara por primera vez».

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Después del retiro, regresó a Estados Unidos para terminar sus estudios universitarios, pero ya no era el mismo. Había descubierto lo que había estado buscando toda su vida: la plenitud de la verdad. Tras mucho discernimiento, decidió dejarlo todo, su carrera universitaria, su trayectoria profesional, su país y unirse al Hogar de la Madre, dedicando su vida enteramente a Dios.

El sacerdocio, una vocación que no es fácil

Ser sacerdote, una llamada que no es fácil, pero que es el resultado de una profunda lucha interior y de la fe en Dios: «amar a Jesús es el secreto de la verdadera felicidad».

Al principio, no fue fácil. Aunque sentía la llamada para ser sacerdote, Stephen tuvo que enfrentar muchas luchas internas. De hecho, fue necesario un gran salto psicológico y espiritual para considerar siquiera la posibilidad de ingresar a esta comunidad. Pero cuanto más rezaba, más claro veía que Dios realmente le estaba llamando.

«Siete años después, puedo decir con sinceridad que han sido los años más felices de mi vida, no porque no haya sufrido, sino porque, al entregarle mi vida a Dios, he empezado a descubrir (y continúo descubriendo) que amar a Jesús es el secreto de la verdadera felicidad».

A lo largo de estos años, ha participado en varios apostolados y está profundamente agradecido de poder estudiar en la Santa Croce (Santa Cruz), gracias a la ayuda de la Fundación CARF, que tanto ha hecho y hace a favor de cientos de jóvenes seminaristas como él, con la esperanza de ayudar a otros a descubrir la verdad de Jesucristo.


Gerardo Ferrara, Licenciado en Historia y en Ciencias Políticas, especializado en Oriente Medio. Responsable de alumnado de la Universidad de la Santa Cruz de Roma.

La escuela de María

En la escuela de María se aprende lo que todos necesitamos. Ella, como anticipo y madre de la Iglesia, y a la vez como primera discípula, es modelo y corazón del discernimiento cristiano y eclesial.

María custodia meditando

En el escándalo del pesebre (un comedero para animales), María aprende que Dios quiere ser cercano y familiar. Que viene en la pobreza y trae la alegría y el amor, no el miedo. Y que se quiere hacer comida para nosotros. Allí contempla la belleza de Dios acostado en un pesebre.

Mientras otros simplemente pasan y viven, y algunos se asombran, la Virgen María conservaba –guardaba, custodiaba– todas estas cosas, meditándolas en su corazón (Lc 2, 19; cf. también el v. 51).

Entrelazar los acontecimientos

Su actitud es la expresión de una fe madura y fecunda. Desde el oscuro establo de Belén, ella da a luz la Luz de Dios en el mundo. Como en un anticipo de lo que vendrá después, María pasa, ya ahora, por la cruz, sin la cual no hay resurrección.

Y así, María –encuentra Francisco– nos ayuda a superar el choque entre lo ideal y lo real.

¿Cómo? Custodiando y meditando. Cabría decir, como hace luego el Papa, que esto sucede en el corazón y en la oración de María: porque ama y reza, María, antes, durante y después de su oración, es capaz de ver las cosas desde el punto de vista de Dios.

«En primer lugar, María custodia, es decir, no se dispersa. No rechaza lo que sucede. Guarda todo en su corazón, todo lo que ha visto y oído. Las cosas bonitas, como las que le había dicho el ángel y las que le habían contado los pastores. Pero también las cosas difíciles de aceptar: el peligro de quedar embarazada antes del matrimonio, ahora la estrechez desoladora del establo donde dio a luz. Esto es lo que hace María: no selecciona, sino que custodia. Acoge la realidad tal como viene, no trata de disfrazarla, de maquillar su vida, la conserva en su corazón».

Y luego está la segunda actitud. ¿Cómo custodia María? Lo hace meditando, entrelazando los acontecimientos:

«María compara diferentes experiencias, encontrando los hilos ocultos que las unen. En su corazón, en su oración realiza esa operación extraordinaria: une lo bello y lo feo; no los mantiene separados, sino que los une». Y por eso –deduce el Papa– María es la Madre de la catolicidad, porque une, no separa. Y así capta el sentido pleno, la perspectiva de Dios.

Escuela de María
«...Las madres saben cómo proteger, saben cómo mantener unidos los hilos de la vida...», dice el Papa Francisco.

La mirada de las madres

Pues bien, «esa mirada inclusiva, que supera las tensiones guardando y meditando en el corazón, es la mirada de las madres, que en las tensiones no separan, las custodian y así crece la vida. Es la mirada con la que tantas madres abrazan las situaciones de sus hijos. Es una mirada concreta, que no se desanima, que no se paraliza ante los problemas, sino que los sitúa en un horizonte más amplio».

«Las madres –continúa– saben superar obstáculos y conflictos, saben infundir paz. Así logran transformar la adversidad en oportunidades de renacimiento y oportunidades de crecimiento. Lo hacen porque saben custodiar. Las madres saben cómo proteger, saben cómo mantener unidos los hilos de la vida, todos».

Hoy necesitamos «personas que sean capaces de tejer hilos de comunión, que contrasten los demasiados hilos de púas de las divisiones. Y eso las madres saben hacerlo», dice Francisco.

El Papa insiste en la capacidad que tienen para esto las madres y las mujeres: «Las madres, las mujeres miran el mundo no para explotarlo, sino para que tenga vida: mirando con el corazón, logran mantener unidos los sueños y la concreción, evitando la deriva del pragmatismo aséptico y la abstracción».

Le gusta destacar que la Iglesia es madre y mujer. «Y la Iglesia es una madre, es una madre así, la Iglesia es una mujer, es una mujer así».

Y deduce como ha hecho en otras ocasiones, esta consecuencia, para la Iglesia:

«Por eso no podemos encontrar el lugar de la mujer en la Iglesia sin reflejarla en ese corazón de mujer-madre. Ese es el lugar de la mujer en la Iglesia, el gran lugar del que derivan otros más concretos, más secundarios. Pero la Iglesia es madre, la Iglesia es mujer».

Y termina con una exhortación para este nuevo año: «…que, mientras las madres dan vida y las mujeres protegen el mundo, trabajemos todos para promover a las madres y proteger a las mujeres».


Ramiro Pellitero Iglesias, profesor de Teología pastoral de la Facultad de Teología en la Universidad de Navarra.