Intercesión del Inmaculado Corazón de la Virgen María

A Jesús se va y se vuelve por María. La plegaria insistente al Inmaculado Corazón de la Virgen María, Madre de Dios, se apoya en la confianza de que su materna intercesión lo puede todo ante el Sagrado Corazón del Hijo. Ella es omnipotente por gracia.

Hace tiempo el Papa san Juan Pablo II, en Redemptoris Mater escribió sobre la intercesión de la Virgen y puntualizó que ella «cooperó libremente en la obra de la Salvación de la humanidad, en profunda y constante sintonía con su divino Hijo».

Omnes cum Petro ad Iesum per Mariam!,
¡Todos, con Pedro, a Jesús por María!, san Josemaría Escrivá de Balaguer.

De esta cooperación «se deriva el don de la maternidad espiritual universal: asociada a Cristo en la obra de la Redención, que incluye la regeneración espiritual de la humanidad y se convierte en Madre de los hombres renacidos a una vida nueva».

Es la Virgen quien «guía la fe de la Iglesia hacia una acogida de la Palabra de Dios cada vez más profunda, sosteniendo su esperanza, animando la caridad y la comunión fraterna, y alentando el dinamismo apostólico».

Dios ha querido unir «a la intercesión sacerdotal del Redentor la intercesión maternal de la Virgen. Es una función que Ella ejercita en beneficio de quienes están en peligro y tienen necesidad de favores temporales y, sobre todo, de la salvación eterna».

Letanías que van directas al Inmaculado Corazón de la Virgen María 

Los títulos con los que los cristianos nos dirigimos a la Virgen cuando rezamos las letanías que acompañan la oración del Santo Rosario, «ayudan a comprender mejor la naturaleza de su intervención en la vida de la Iglesia y de cada fiel», San Juan Pablo II.

Como Abogada, defiende a sus hijos y los protege de los daños causados por sus propias culpas. Los cristianos invocan a nuestra Madre como Auxiliadora, reconociendo su amor materno que ve las necesidades de sus hijos y está dispuesta a intervenir en su ayuda, sobre todo cuando está en juego la salvación eterna.

Recibe el título de Socorro porque está cerca de cuantos sufren o se encuentran en situaciones de grave peligro. Y como maternal Mediadora, ella presenta a Cristo nuestros deseos, nuestras súplicas y nos transmite los dones divinos, intercediendo continuamente en favor nuestro.

«¡Madre! –llámala fuerte, fuerte–. Te escucha, te ve en peligro quizá, y te brinda, tu Madre Santa María, con la Gracia de su Hijo, el consuelo de su regazo, la ternura de sus caricias: y te encontrarás reconfortado para la nueva lucha», san Josemaría Escrivá, Camino N° 516.

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Acto de Consagración al Inmaculado Corazón de María del Papa Francisco (25 de marzo de 2022).

La intercesión del Inmaculado Corazón de la Virgen María: mediación en Cristo

María no quiere atraer la atención hacia su persona. Vivió en la tierra con la mirada fija en Jesús y en el Padre celestial. Su deseo más intenso consiste en hacer que las miradas de todos converjan en esa misma dirección del Inmaculado Corazón de la Virgen María al Sagrado Corazón de su hijo Jesús. Quiere promover una mirada de fe y de esperanza en el Salvador que nos envió el Padre. Con esta mirada de fe y de esperanza, impulsa a la Iglesia y a los creyentes a cumplir siempre la voluntad del Padre, que nos ha manifestado Cristo.

De la Homilía sobre la Virgen pronunciada por san Josemaría Escrivá, el 11 de octubre de 1964, e incluida en el libro Amigos de Dios. «Ahora, en cambio, en el escándalo del Sacrificio de la Cruz, Santa María estaba presente, oyendo con tristeza a los que pasaban por allí, y blasfemaban meneando la cabeza y gritando: ¡Tú, que derribas el templo de Dios, y en tres días lo reedificas, sálvate a ti mismo!; si eres el hijo de Dios, desciende de la Cruz. Nuestra Señora escuchaba las palabras de su Hijo, uniéndose a su dolor: Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?.

¿Qué podía hacer Ella? Fundirse con el amor redentor de su Hijo, ofrecer al Padre el dolor inmenso –como una espada afilada– que traspasaba su Corazón puro.

De nuevo Jesús se siente confortado, con esa presencia discreta y amorosa de su Madre. No grita María, no corre de un lado a otro. Stabat: está en pie, junto al Hijo. Es entonces cuando Jesús la mira, dirigiendo después la vista a Juan. Y exclama: Mujer, ahí tienes a tu hijo. Después dice al discípulo: ahí tienes a tu Madre. En Juan, Cristo confía a su Madre todos los hombres y especialmente sus discípulos: los que habían de creer en Él.

Felix culpa, canta la Iglesia, feliz culpa, porque ha alcanzado tener tal y tan grande Redentor. Feliz culpa, podemos añadir también, que nos ha merecido recibir por Madre a Santa María. Ya estamos seguros, ya nada debe preocuparnos: porque Nuestra Señora, coronada Reina de cielos y tierra, es la omnipotencia suplicante delante de Dios. Jesús no puede negar nada a María, ni tampoco a nosotros, hijos de su misma Madre».

Ella se unió íntimamente a su sacrificio, un sacrificio que implicaba seguir guardando cosas en su corazón. Los 7 Dolores de la Virgen, son varios momentos de la vida de la Virgen María en donde estaba unida a Jesús de un modo particular y único. Lo cual le permitió compartir la profundidad del dolor de su Hijo y el amor de su sacrificio.

Y acompaña a Jesús paso a paso

«Hagan lo que Él les diga». Juan 2, 5. Es Juan quien cuenta la escena de Caná. Él es el único evangelista que ha recogido este rasgo de solicitud materna. San Juan nos quiere recordar que la Virgen ha estado presente en el comienzo de la vida pública del Señor.

Esto nos demuestra que ha sabido profundizar en la importancia de esa presencia del Inmaculado Corazón de la Virgen María, que siempre está presente. Jesús sabía a quién confiaba su Madre: a un discípulo que la había amado, que había aprendido a quererla como a su propia madre y era capaz de entenderla.

Entre las criaturas nadie mejor que la Virgen conoce a Jesús, nadie como su Madre puede introducirnos en un conocimiento profundo de su misterio.

León XIII, en una Encíclica sobre el Rosario, dice: «Por expresa voluntad de Dios, ningún bien nos es concedido si no es por María; y como nadie puede llegar al Padre sino por el Hijo, así generalmente nadie puede llegar a Jesús sino por María».

María es madre de todos los cristianos

«Cooperó con su caridad para que nacieran en la Iglesia los fieles, miembros de aquella cabeza, de la que es efectivamente madre según el cuerpo», san Agustín, De sancta virginitate, 6.

San Lucas, el evangelista que ha narrado con más extensión la infancia de Jesús. Parece como si quisiera darnos a entender que, así como María tuvo un papel de primer plano en la Encarnación del Verbo, de una manera análoga estuvo presente también en los orígenes de la Iglesia, que es el Cuerpo de Cristo.

Desde el primer momento de la vida de la Iglesia, todos los cristianos que han buscado el amor de Dios, ese amor que se nos revela y se hace carne en Jesucristo, se han encontrado con la Virgen, y han experimentado de maneras muy diversas su maternal solicitud.

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Mons. Álvaro del Portillo, prelado del Opus Dei, en 1987, en Toshi.

Acercarse al Inmaculado Corazón de la Virgen María

«Jesús es un camino transitable, abierto a todos. La Virgen María hoy nos lo indica, nos muestra el camino: ¡Sigámosla! Y Tú, Madre Santa de Dios, acompáñanos con tu protección, Amén», Benedicto XVI, Homilía del 01/02/2012.

Como prelado del Opus Dei, Mons. Álvaro del Portillo en 1987 habló sobre el poder de intercesión de la Virgen María, cuando viajo a la isla de Toshi, frente a la costa de Toba en Japón.

«Ya veis la fuerza de la intercesión de nuestra Madre. Cuando Ella pide, su Hijo Dios no puede decir que no, dice que sí. Ella es la Madrecita buena de Dios y Dios dice que sí a su Madrecita buena. Y esa Madrecita buena de Dios, es Madrecita buena también, que nos hace caso siempre, que nos oye y que nos escucha. Y por eso, cuando estamos en un apuro, cuando estamos con un dolor, con una pena conviene tratar a la Santísima Virgen para que ella, que lo puede todo, interceda ante su Hijo».

Como buenos hijos debemos amar cada día a nuestra Madre del Cielo; sabemos que Ella es regalo de Jesús, y Dios nos otorga el Inmaculado Corazón de María para nuestra salvación, para acercarnos más a Él.

Y para pedir la intercesión de la Virgen María, desde los primeros tiempos de la Iglesia, ya se rezaba: «Bajo tu amparo nos acogemos, Santa Madre de Dios: no desprecies las súplicas que te dirigimos en nuestras necesidades, antes bien, líbranos siempre de todos los peligros, Virgen gloriosa y bendita».

La oración a la Virgen María del Papa Benedicto

El 12 de mayo de 2010, durante su peregrinación al Santuario de Fátima, el Papa Benedicto XVI pronunció una oración ante la imagen de la Virgen María en la Iglesia de la Santísima Trinidad, con la que consagró a los sacerdotes al Corazón Inmaculado de María.

«Madre Inmaculada, en este lugar de gracia, convocados por el amor de tu Hijo Jesús, Sumo y Eterno Sacerdote, nosotros, hijos en el Hijo y sacerdotes suyos, nos consagramos a tu Corazón materno, para cumplir fielmente la voluntad del Padre.

Somos conscientes de que, sin Jesús, no podemos hacer nada (cfr. Jn 15,5) y de que, sólo por Él, con Él y en Él, seremos instrumentos de salvación para el mundo.

Esposa del Espíritu Santo, alcánzanos el don inestimable de la transformación en Cristo. Por la misma potencia del Espíritu que, extendiendo su sombra sobre Ti, te hizo Madre del Salvador, ayúdanos para que Cristo, tu Hijo, nazca también en nosotros. Y, de este modo, la Iglesia pueda ser renovada por santos sacerdotes, transfigurados por la gracia de Aquel que hace nuevas todas las cosas.

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Madre de Misericordia, ha sido tu Hijo Jesús quien nos ha llamado a ser como Él: luz del mundo y sal de la tierra (cfr. Mt 5,13-14). Ayúdanos, con tu poderosa intercesión, a no desmerecer esta vocación sublime, a no ceder a nuestros egoísmos, ni a las lisonjas del mundo, ni a las tentaciones del Maligno.

Presérvanos con tu pureza, custódianos con tu humildad y rodéanos con tu amor maternal, que se refleja en tantas almas consagradas a ti y que son para nosotros auténticas madres espirituales.

Madre de la Iglesia, nosotros, sacerdotes, queremos ser pastores que no se apacientan a sí mismos, sino que se entregan a Dios por los hermanos, encontrando la felicidad en esto. Queremos cada día repetir humildemente no sólo de palabra sino con la vida, nuestro “aquí estoy”.

Guiados por ti, queremos ser Apóstoles de la Divina Misericordia, llenos de gozo por poder celebrar diariamente el Santo Sacrificio del Altar y ofrecer a todos los que nos lo pidan el sacramento de la Reconciliación.

Abogada y Mediadora de la gracia, tu que estas unida a la única mediación universal de Cristo, pide a Dios, para nosotros, un corazón completamente renovado, que ame a Dios con todas sus fuerzas y sirva a la humanidad como tú lo hiciste. Repite al Señor esa eficaz palabra tuya: “no les queda vino” ( Jn 2,3), para que el Padre y el Hijo derramen sobre nosotros, como una nueva efusión, el Espíritu Santo.

Lleno de admiración y de gratitud por tu presencia continua entre nosotros, en nombre de todos los sacerdotes, también yo quiero exclamar: “¿quién soy yo para que me visite la Madre de mi Señor? (Lc 1,43) Madre nuestra desde siempre, no te canses de “visitarnos”, consolarnos, sostenernos. Ven en nuestra ayuda y líbranos de todos los peligros que nos acechan.

Con este acto de ofrecimiento y consagración, queremos acogerte de un modo más profundo y radical, para siempre y totalmente, en nuestra existencia humana y sacerdotal. Que tu presencia haga reverdecer el desierto de nuestras soledades y brillar el sol en nuestras tinieblas, haga que torne la calma después de la tempestad, para que todo hombre vea la salvación del Señor, que tiene el nombre y el rostro de Jesús, reflejado en nuestros corazones, unidos para siempre al tuyo. Así sea».


Bibliografía:

La Eucaristía, el Sagrado Corazón de Jesús

 Un hombre había perdido la “memoria del corazón”. Es decir, “había perdido toda la cadena de sentimientos y pensamientos que había atesorado en el encuentro con el dolor humano”. ¿Por qué sucedió esto y qué consecuencias tuvo? “Tal desaparición de la memoria del amor le había sido ofrecida como una liberación de la carga del pasado.

Pero pronto se hizo patente que, con ello, el hombre había cambiado: el encuentro con el dolor ya no despertaba en él más recuerdos de bondad. Con la pérdida de la memoria había desaparecido también la fuente de la bondad en su interior. Se había vuelto frío y emanaba frialdad a su alrededor”.

Viene bien esta historia a propósito de la predicación del Papa Francisco en la solemnidad del Corpus Christi (14-VI-2020).

Eucaristía: memorial y sentimientos

La memoria es algo importante para todas las personas. Observa el Papa en su homilía de esta fiesta: “Si no hacemos memoria (...), nos convertimos en extraños a nosotros mismos, en ‘transeúntes’ de la existencia. Sin memoria nos desarraigamos del terreno que nos sustenta y nos dejamos llevar como hojas por el viento. En cambio, hacer memoria es anudarse con lazos más fuertes, es sentirse parte de una historia, es respirar con un pueblo”.

Y por eso la Sagrada Escritura insiste en educar a los jóvenes en esa memoria o recuerdo de las tradiciones y de la historia del pueblo de Israel,  sobre todo de los mandatos y dones del Señor (cf. Ps 77 12; Dt 6, 20-22).

Los problemas surgen si –como sucede ahora con la transmisión de la fe cristiana– se interrumpe o si no se ha experimentado aquello de lo que oye hablar, la memoria de las personas y de los pueblos se pone en riesgo.

El Señor nos dejó un memorial. No solo algo que recordar, que traer a la memoria. No solo unas palabras o unos símbolos. Nos dio un alimento que es continuamente eficaz, el Pan vivo que es Él mismo: la Eucaristía. Y nos lo dio como hecho, pues nos encargó hacerla, celebrarla como pueblo y como familia: “Haced esto en memoria mía” (1 Co 11, 24). La Eucaristía, señala Francisco, es el memorial de Dios.

En efecto, la Eucaristía es memoria, memoria viva o memorial que renueva (o actualiza sin repetirla) la Pascua del Señor, su muerte y resurrección, entre nosotros. Es memoria de nuestra fe, de nuestra esperanza, de nuestro amor.

La Eucaristía es memorial de todo lo que somos, memoria –cabría decir, también– del corazón, dando a este último término su sentido bíblico: la totalidad de la persona. El hombre vale lo que vale su corazón y esto incluye –como en la historia que contaba el cardenal Ratzinger– la capacidad de bondad y de compasión, que en el cristiano se van identificando con los sentimientos de Cristo mismo.

La Eucaristía, memorial del corazón, cura, preserva y fortalece toda la persona del cristiano. Y por ello, como dice la Iglesia, la Eucaristía es fuente y culmen de la vida cristiana y de la misión de la Iglesia (cf. Benedicto XVI, Exhort. Sacramentum caritatis, 2007).

En la solemnidad del Corpus Christi, Francisco ha ido desgranando el poder curativo de este memorial que es la Eucaristía. Y con ello nos muestra la importancia de la Eucaristía para la configuración de nuestros sentimientos hacia Dios y los demás.

De eso depende también lo que podríamos llamar la educación afectiva –que no termina nunca en cada persona– y la conexión afectiva con Dios y con los demás: el saberse situar ante los otros -nuestros parientes y amigos, nuestros colegas y compañeros de trabajo, las personas con las que nos cruzamos cada día.

Eucaristía memorial de Jesús

El "hacerse cargo" interiormente de lo que les sucede, para saber comunicar y manifestar adecuadamente nuestros sentimientos en lo que conviene, integrarlos en nuestras decisiones y actividades, como parte importante de ese atractivo que tiene de por sí la vida cristiana. La Eucaristía ocupa así un lugar central en relación con el discernimiento, tanto a nivel espiritual como eclesial, de todas nuestras acciones.

Poder sanador de la Eucaristía sobre la memoria

La Eucaristía sana la memoria huérfana y cura sus heridas. Es decir, “la memoria herida por la falta de afecto y las amargas decepciones recibidas de quien habría tenido que dar amor pero que, en cambio, dejó desolado el corazón”. La Eucaristía nos infunde un amor más grande, el amor mismo de Dios. Así lo dice el Papa:

“La Eucaristía nos trae el amor fiel del Padre, que cura nuestra orfandad. Nos da el amor de Jesús, que transformó una tumba de punto de llegada en punto de partida, y que de la misma manera puede cambiar nuestras vidas. Nos comunica el amor del Espíritu Santo, que consuela, porque nunca deja solo a nadie, y cura las heridas”.

En segundo lugar, la Eucaristía sana nuestra memoria negativa. Esa memoria que “siempre hace aflorar las cosas que están mal y nos deja con la triste idea de que no servimos para nada, que sólo cometemos errores, que estamos equivocados”. Y siempre nos pone por delante nuestros problemas, nuestras caídas, nuestros sueños rotos.

Jesús viene para decirnos que no es así. Que somos valiosos para él, que ve siempre lo bueno y lo bello en nosotros, que desea nuestra compañía y nuestro amor. “El Señor sabe que el mal y los pecados no son nuestra identidad; son enfermedades, infecciones. Y –­con buenos ejemplos en esta época de pandemia, explica el Papa cómo sana la Eucaristía– viene a curarlas con la Eucaristía, que contiene los anticuerpos para nuestra memoria enferma de negatividad.

Con Jesús podemos inmunizarnos de la tristeza. Y por ello la fuerza de la Eucaristía –cuando procuramos recibirla con las mejores disposiciones, de modo que dé en nosotros todos sus frutos– nos transforma en portadores de Dios, que equivale a decir: portadores de alegría.

Tercero, la Eucaristía sana nuestra memoria cerrada. La vida nos deja con frecuencia heridas. Y nos hace temerosos y suspicaces, cínicos o indiferentes, arrogantes..., egoístas. Todo eso, observa el sucesor de Pedro, “es un engaño, pues solo el amor cura el miedo de raíz y nos libera de las obstinaciones que aprisionan”. Jesús viene a liberarnos de esas corazas, bloqueos interiores y parálisis del corazón.

“El Señor, que se nos ofrece en la sencillez del pan, nos invita también a no malgastar nuestras vidas buscando mil cosas inútiles que crean dependencia y dejan vacío nuestro interior. La Eucaristía quita en nosotros el hambre por las cosas y enciende el deseo de servir”. Nos ayuda a levantarnos para ayudar a los demás, que tienen hambre de comida, de dignidad y de trabajo. Nos invita a establecer auténticas cadenas de solidaridad.

La Eucaristía sana nuestra memoria huérfana y herida, nuestra memoria negativa y nuestra memoria cerrada. A esto añade Francisco, en su alocución durante el Ángelus del mismo día 14 de junio, la explicación de los dos efectos de la Eucaristía: el efecto místico y el efecto comunitario.

Efecto místico y efecto comunitario

El efecto místico (místico en relación con el misterio profundo que ahí acontece) se refiere a esa curación de nuestra “memoria herida” de que hablaba en su homilía. La Eucaristía nos cura y nos transforma interiormente por nuestra intimidad con Jesús; pues lo que tomamos, bajo esas apariencias de pan o de vino es nada menos que el cuerpo y la sangre de Cristo (cf. 1 Co 10, 16-17).

Jesús –explica de nuevo el Papa– está presente en el sacramento de la Eucaristía para ser nuestro alimento, para ser asimilado y convertirse en nosotros en esa fuerza renovadora que nos devuelve la energía y devuelve el deseo de retomar el camino después de cada pausa o después de cada caída”.

Al mismo tiempo señala cómo han de ser nuestras disposiciones para que todo eso sea posible; sobre todo, “nuestra voluntad de dejarnos transformar, nuestra forma de pensar y actuar”.

Así es, y esa voluntad se manifiesta en acercarnos a la Eucaristía con la conciencia libre de pecado grave (por haber acudido antes al sacramento de la Penitencia si era necesario), en dejarnos ayudar por quienes puedan hacerlo para formar nuestra conciencia, para rectificar nuestros deseos, para orientar nuestras actividades en la dirección adecuada según nuestras circunstancias, de modo que nuestra vida tenga un verdadero sentido de amor y de servicio.

Por todo ello, señala Francisco, la Misa no es simplemente un acto social o respetuoso, pero vacío de contenido. Es “Jesús presente que viene a alimentarnos”.

Todo eso está vinculado con el efecto comunitario de la Eucaristía, que es su finalidad última como expresa san Pablo: “Porque aun siendo muchos, somos un solo pan y un solo cuerpo” (Ibid., v. 17). Es decir, el hacer de sus discípulos una comunidad, una familia que supere las rivalidades y las envidias, los prejuicios y las divisiones. Al otorgarnos el don del amor fraterno podemos lograr lo que también nos pidió: “Permaneced en mi amor” (Jn 15, 9).

De este modo ­–concluye Francisco–, no solo sucede que la Iglesia “hace” la Eucaristía; sino también y finalmente la Eucaristía hace la Iglesia, como un “misterio de comunión” para su misión. Una misión que comienza, precisamente, por producir y acrecentar nuestra unidad. Así es, y así la Iglesia puede ser germen de unidad, de paz y de transformación del mundo entero.


Don Ramiro Pellitero Iglesias, profesor de Teología pastoral de la Facultad de Teología de la Universidad de Navarra. Publicado en Iglesia y nueva evangelización.

26 de junio, la fiesta de san Josemaría

La Iglesia católica celebra cada 26 de junio la festividad de san Josemaría Escrivá de Balaguer, fundador del Opus Dei. Cientos de miles de personas recuerdan hoy a “el santo de la vida ordinaria”, como lo llamaba san Juan Pablo II. En este día especial, muchos se reúnen en la Santa Misa para honrar su memoria.

«Siguiendo sus huellas –dijo el Papa en su homilía con motivo de su canonización de san Josemaría–, difundid en la sociedad, sin distinción de raza, clase, cultura o edad, la conciencia de que todos estamos llamados a la santidad».

La figura de san Josemaría sigue inspirando a muchos en su camino hacia la santidad. Si quieres rezar ante los restos, puedes acudir a la iglesia de Santa María de la Paz (en Roma).

San Josemaría y los sacerdotes

La identidad de san Josemaría como fundador ha dejado una huella indeleble en el mundo actual. Él tuvo el arte de saber expresar en palabras, breves y sencillas, grandes realidades. Eso ocurre, por ejemplo, cuando habla sobre el tema de la identidad sacerdotal, cuestionada y problematizada por algunos y la resolvía con rotundidad: «El sacerdote, quien sea, es siempre otro Cristo.

Otro Cristo, Ipse Christus, con poderes singularísimos derivados de su identificación con el Señor. El sacerdote puede consagrar el Cuerpo y la Sangre de Cristo, ofrecer a Dios el Santo Sacrificio, perdonar los pecados en la confesión sacramental y ejercitar el ministerio de adoctrinar a las gentes». (Camino, 6).

Siempre miraba a los sacerdotes diocesanos como sus hermanos: hermanos míos sacerdotes, solía decir al dirigirse a ellos. Sentía por ellos un cariño fraternal y a los sacerdotes de la Prelatura del Opus Dei les invitaba a sentirse como sacerdotes diocesanos en todas las diócesis del mundo.

Vivió y promovió un auténtico amor por los sacerdotes y de ello dio pruebas siempre. Era un ejemplo de celo por la formación sacerdotal; lo demostró en la solicitud con la que guio la actividad de la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz, que posibilita a los sacerdotes de todas las diócesis del mundo poder compartir su espiritualidad.

26 junio fiesta san Josemaría sacerdote
La plaza de san Pedro en la ceremonia de canonización de san Josemaría, 2002.

La Fundación CARF sigue este ejemplo del fundador de la Obra, como la llamaba cariñosamente, apoyando la formación sacerdotal. Por eso la Fundación actúa para que, con ayuda de los benefactores, se proporcionen ayudas al estudio para que sacerdotes y seminaristas diocesanos sin recursos, de diócesis de todo el mundo, reciban una sólida preparación teológica, humana y espiritual en la Universidad Pontificia de la Santa Cruz de Roma y en las Facultades Eclesiásticas de la Universidad de Navarra en Pamplona.

Además, promovió la importancia de la oración en la vida del presbítero. «No dejéis de pedir por ellos, para que sean siempre sacerdotes fieles, piadosos, doctos, entregados, ¡alegres! Encomendadlos especialmente a Santa María, que extrema su solicitud de Madre con los que se empeñan para toda la vida en servir de cerca a su Hijo, Nuestro Señor Jesucristo, Sacerdote Eterno».

Enseñanzas de san Josemaría para los sacerdotes

Mons. Javier Echevarría nos explica que, a lo largo de su gran experiencia pastoral, el fundador del Opus Dei experimentó de continuo la necesidad de una identidad sacerdotal fuerte: no es verdad que los cristianos quieren ver en el sacerdote un hombre más; el pueblo cristiano, lo que quiere del sacerdote es que sea sacerdote.

En palabras de san Josemaría, «que se destaque claramente el carácter sacerdotal: esperan que el sacerdote rece, que no se niegue a administrar los sacramentos, que esté dispuesto a acoger a todos sin constituirse en jefe o militante de banderías humanas, sean del tipo que sean.

Además que ponga amor y devoción en la celebración de la Santa Misa, que se siente en el confesonario, que consuele a los enfermos y a los afligidos; que adoctrine con la catequesis a los niños y a los adultos, que predique la Palabra de Dios y no cualquier tipo de ciencia humana que –aunque conociese perfectamente– no sería la ciencia que salva y lleva a la vida eterna; que tenga consejo y caridad con los necesitados. En una palabra: se pide al sacerdote que aprenda a no estorbar la presencia de Cristo en él». Homilía Sacerdote para la eternidad, 13-IV-1973.

Esta última frase, continua Mons. Javier Echevarría, puede quizá resumir el desafío que el mundo actual lanza a los ministros sagrados. A los hombres de todos los tiempos, el sacerdote ha de hacer presente a Dios; y para esto, ha de aprender a prestar a Cristo su voz, sus manos, su alma y su cuerpo: todo lo suyo.

Así ocurre principalmente cuando administra los sacramentos o en la predicación, pero no sólo en esos momentos. La dinámica propia del sacramento del Orden, cuyo centro y culmen es la Eucaristía, lleva a darse enteramente, en alma y cuerpo, a Cristo.

Frases de san Josemaría sobre los sacerdotes

Textos breves sobre la vida y la vocación de los sacerdotes que recordamos con motivo de su fiesta.


Bibliografía

Camino.
Es Cristo que pasa.
Homilía Sacerdote para la eternidad.
Forja.
Homilía del Papa san Juan Pablo II en la Misa de canonización, 2002.
Homilía del Papa san Juan Pablo II en la Misa de la beatificación, 1992.
Homilía de Mons. Javier Echevarría sobre el sacerdocio, 2009.

26J san Josemaría: el santo de la vida ordinaria

San Josemaría nació el 9 de enero de 1902 en Barbastro (Huesca), en una familia profundamente cristiana. Era el segundo de seis hijos. Su padre, José, era comerciante; su madre, Dolores, una mujer piadosa que transmitió a sus hijos una fe viva y sencilla. Cuando Josemaría tenía trece años, la familia se trasladó a Logroño debido a la quiebra del negocio familiar. Este cambio de ciudad marcaría un momento clave en su vida espiritual.

Un día de invierno, durante una nevada, vio en la calle las huellas de los pies en la nieve que había dejado un carmelita descalzo. Aquello le impresionó hondamente: percibió que Dios quería algo de él. Años después, recordaría aquel instante como el inicio de una intuición interior, de una llamada difusa, una inquietud espiritual que fue creciendo.

Aunque no sabía exactamente qué le pedía el Señor, decidió hacerse sacerdote como forma de estar más disponible para cumplir la voluntad divina. Ingresó en el seminario de Zaragoza, donde comenzó sus estudios eclesiásticos, que compaginó más tarde con los de Derecho. Fue ordenado sacerdote el 28 de marzo de 1925.

Tras un breve periodo como coadjutor en una parroquia rural en Perdiguera, se trasladó a Madrid para continuar su formación académica. Allí trabajó como capellán y atendía a enfermos, estudiantes y personas necesitadas.

Dibujo animado de San Josemaría Escrivá con símbolos asociados: una cruz, un rosario, una rosa roja y el libro "Camino".
Representación de san Josemaría Escrivá y algunos elementos clave de su vida y mensaje.

Fue en ese ambiente urbano, en contacto con personas de todo tipo y condición, donde su vida dio un giro definitivo. El 2 de octubre de 1928, durante un retiro espiritual, recibió con claridad interior la misión que Dios le encomendaba: fundar el Opus Dei. Comprendió que debía abrir un camino dentro de la Iglesia para ayudar a descubrir que todos los hombres y mujeres, independientemente de su estado, profesión o condición social, están llamados a buscar la santidad en su vida ordinaria a través del trabajo de cada uno.

¿Quién fue san Josemaría y por qué se celebra el 26 de junio?

La inspiración inicial le mostró que cualquier tarea honesta –desde un quirófano a un despacho, una cocina, una fábrica, el campo o un aula– podía ser lugar de encuentro con Dios. No se trataba de hacer cosas extraordinarias, sino de realizar lo ordinario con amor, con perfección, con sentido cristiano. El trabajo, vivido con esta actitud, se convertía en medio de santificación personal y de servicio a los demás. Esta visión rompía moldes en una época en la que la santidad se asociaba casi exclusivamente a la vida religiosa o sacerdotal. Josemaría insistía una y otra vez a todo el mundo que Dios no llama sólo a algunos, sino a todos.

En los primeros años, el Opus Dei comenzó de manera muy humilde: apenas un puñado de jóvenes en Madrid que escuchaban a aquel sacerdote hablarles de una vida cristiana coherente, alegre, exigente y comprometida con el mundo. En 1930, entendió también que esta llamada era para mujeres, y en 1943 fundó la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz, como parte de la estructura del Opus Dei, para integrar también a sacerdotes diocesanos.

La expansión fue lenta al principio, marcada por las dificultades sociales y políticas de la España del momento. Durante la Guerra Civil, el fundador tuvo que esconderse por su condición de sacerdote. Al finalizar el conflicto, retomó su labor con renovado impulso.

Pero en 1946 se trasladó a Roma, desde donde impulsó el desarrollo internacional de la Obra. En 1950, la Santa Sede concedió la aprobación definitiva al Opus Dei, reconociendo la validez de este nuevo camino dentro de la Iglesia. La expansión fue progresiva: llegaron a países de Europa, América, Asia y África.

Desde el principio de su ordenación, san Josemaría desarrolló una intensa actividad pastoral y formativa. Predicó retiros, escribió libros de espiritualidad –entre ellos el más conocido, Camino, publicado por primera vez en 1939– y acompañó espiritualmente a muchas personas.

En todos sus escritos y encuentros insistía en el valor de las pequeñas cosas, en la importancia de hacerlas bien y con amor de Dios. «Dios nos espera en las cosas pequeñas», solía decir. Su espiritualidad no era complicada ni inaccesible, sino profundamente encarnada en la vida cotidiana con una marcada confianza en ser hijo de Dios: la filiación divina llena toda la vida de la persona.

Murió en Roma el 26 de junio de 1975, de forma inesperada, recién llegado a su residencia en la sede central del Opus Dei, Villa Tevere, tras ver y tener un rato de tertulia con sus hijas del Colegio Romano de Santa María.

Javi, no me encuentro bien

Así lo relata el beato Álvaro del Portillo en una entrevista sobre el fundador. «A las once y cincuenta y siete entramos en el garaje de Villa Tevere. En la puerta nos esperaba un miembro de la Obra. El Padre bajó rápidamente del coche, con el rostro alegre; se movía con agilidad, tanto, que se volvió para cerrar personalmente la puerta. Dio las gracias al hijo suyo que le había ayudado y entró en casa.

Saludó al Señor en el oratorio de la Santísima Trinidad y, como solía, hizo una genuflexión pausada, devota, acompañada por un acto de amor. A continuación subimos hacia mi despacho, el cuarto donde habitualmente trabajaba y, pocos segundos después de pasar la puerta, llamó: ¡Javi!

Don Javier Echevarría se había quedado detrás, para cerrar la puerta del ascensor, y nuestro Fundador repitió con más fuerza: ¡Javi!; y después, en voz más débil: No me encuentro bien. Inmediatamente el Padre se desplomaba en el suelo. Pusimos todos los medios posibles, espirituales y médicos. En cuanto advertí la gravedad de la situación, le impartí la absolución y la Unción de los enfermos, como deseaba ardientemente: respiraba aún. Nos había suplicado con fuerza, infinidad de veces, que no le privásemos de aquel tesoro».

Posiblemente, tras saludar con una jaculatoria al cuadro de la Virgen María de Guadalupe, como siempre solía hacer al entrar en cualquier estancia de la casa, con ese último pequeño acto de amor se desplomó. Ese mismo día comenzó a expandirse entre los fieles la fama de su santidad.

En 1992 fue beatificado por san Juan Pablo II, y en 2002 fue canonizado, también por el mismo pontífice, quien afirmó durante la homilía: «Con sobrenatural intuición, san Josemaría predicó incansablemente la llamada universal a la santidad y al apostolado. Cristo llama a todos a la perfección cristiana: obreros y campesinos, intelectuales y artistas, personas de todas las profesiones, condiciones sociales y culturas».

Un camino de santidad en medio del mundo

Hoy, el mensaje de san Josemaría sigue inspirando a miles de personas en todo el mundo. El Opus Dei está presente en 68 países y ofrece formación espiritual y humana a cristianos de todos los ámbitos sociales. Su legado no se limita a la creación de una institución, sino que reside, sobre todo, en haber abierto un camino nuevo para vivir el Evangelio en el corazón del mundo.

Celebrar la fiesta de san Josemaría el 26 de junio es recordar la llamada de Dios a vivir con plenitud en medio de lo ordinario. Es una invitación a todos –laicos, sacerdotes, casados, solteros– a buscar la santidad en la vida diaria, en el trabajo, en la familia, en el descanso, en los deberes profesionales y en las relaciones humanas. Él mismo decía: «Allí donde están vuestras aspiraciones, vuestro trabajo, vuestros amores, allí está el sitio de vuestro encuentro cotidiano con Cristo».

En definitiva, san Josemaría fue un instrumento en manos de Dios para recordarnos algo profundamente evangélico: que no hay cristianos de segunda o de primera división, que todos –tú y yo– estamos llamados a la plenitud del amor, sin necesidad de cambiar de vida, sino cambiando el corazón con el que la vivimos.

Rezar por la intercesión de san Josemaría

Los cristianos han acudido siempre a la intercesión de los santos para que lleven su oración a la presencia de Dios. Puede descargar la oración en más de 30 idiomas.

Estampa de san Josemaría Escrivá con una oración por su intercesión.

Bibliografía:


Solemnidad del Corpus Christi

Una vez al año, la Iglesia Católica detiene su calendario litúrgico ordinario para poner en el centro de la atención algo extraordinario: la presencia real de Jesucristo en la Eucaristía. Eso es Corpus Christi –el Cuerpo de Cristo–, una solemnidad que no solo se contempla, sino que transforma la vida de quien se une a Él y le adora.

Se nos invita a manifestar nuestra fe y devoción a este sacramento, que es un sacramento de piedad, signo de unidad, vinculo de caridad, banquete pascual en el cual se come a Cristo, el alma se llena de gracia y se nos da una prenda de la gloria venidera.

Multitud de fieles participa en una procesión de Corpus Christi por las calles de una ciudad europea, acompañando al Santísimo Sacramento bajo palio.
El pueblo camina unido en torno a la Eucaristía durante la festividad del Corpus Christi.

¿Qué celebramos en esta solemnidad?

El Corpus Christi conmemora el misterio más profundo y central de la fe católica: que Jesús está verdaderamente presente –con su Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad– en la Sagrada Eucaristía. No es un símbolo, no es una metáfora, no es un recuerdo piadoso. Es Él mismo, vivo y entregado por amor.

Esta fiesta fue instituida en el siglo XIII, gracias al impulso de santa Juliana de Cornillon y al milagro eucarístico de Bolsena, que conmovió al papa Urbano IV. Y, desde entonces, cada segundo jueves después de Pentecostés, los católicos de todo el mundo dan testimonio público de su fe con Misas solemnes, procesiones y adoraciones.

Porque en la Eucaristía Dios se nos da completamente. No hay nada más íntimo, más transformador ni más real que comulgar con Cristo. Corpus Christi nos recuerda que:

Una fiesta que compromete

Corpus Christi no es solo una fecha hermosa en el calendario. Es una llamada a vivir eucarísticamente. A dejar que Jesús, que se parte por nosotros, nos enseñe a partirnos por los demás. A ser pan partido para el mundo, especialmente para quienes no conocen a Cristo o sufren en silencio.

Celebrar la fiesta del Corpus Christi es adorar a Jesús con todo el corazón, agradecerle por quedarse con nosotros en cada sagrario del mundo, y dejarnos transformar por su presencia. Porque quien comulga con fe, ya no vive para sí, sino para Aquel que se entrega cada día en el altar. «El que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna (Jn 6, 51-58). Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo. Si alguno come este pan vivirá eternamente; y el pan que yo daré es mi carne para la vida del mundo.

Los judíos se pusieron a discutir entre ellos: —¿Cómo puede éste darnos a comer su carne?

Jesús les dijo: —En verdad, en verdad os digo que si no coméis la carne del Hijo del Hombre y no bebéis su sangre, no tendréis vida en vosotros. El que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna, y yo le resucitaré en el último día. Porque mi carne es verdadera comida y mi sangre es verdadera bebida.

El que come mi carne y bebe mi sangre permanece en mí y yo en él.  Igual que el Padre que me envió vive y yo vivo por el Padre, así, aquel que me come vivirá por mí.  Éste es el pan que ha bajado del cielo, no como el que comieron los padres y murieron: quien come este pan vivirá eternamente».

Discurso del Pan de Vida

En la fiesta del Corpus celebramos que Cristo revela el misterio de la Eucaristía. Sus palabras son de un realismo tan fuerte que excluyen cualquier interpretación en sentido figurado. Los oyentes entienden el sentido propio y directo de las palabras de Jesús (v. 52), pero no creen que tal afirmación pueda ser verdad.

De haberlo entendido en sentido figurado o simbólico no les hubiera causado tan gran extrañeza ni se hubiera producido la discusión. De aquí también nace la fe de la Iglesia en que mediante la conversión del pan y del vino en su Cuerpo y Sangre, Cristo se hace presente en este sacramento.

Pintura histórica de una solemne procesión de Corpus Christi con presencia de autoridades civiles, eclesiásticas y militares en una ciudad española.
Procesión del Corpus Christi con toda su solemnidad tradicional, según la visión del pintor Sáinz de la Maza (1944).

«El Concilio de Trento resume la fe católica cuando afirma: “Porque Cristo, nuestro Redentor, dijo que lo que ofrecía bajo la especie de pan era verdaderamente su Cuerpo, se ha mantenido siempre en la Iglesia esta convicción, que declara de nuevo el Santo Concilio: por la consagración del pan y del vino se opera el cambio de toda la substancia del pan en la substancia del Cuerpo de Cristo nuestro Señor y de toda la substancia del vino en la substancia de su sangre; la Iglesia católica ha llamado justa y apropiadamente a este cambio transubstanciación” (DS 1642)» Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1376.

En este discurso Jesús compara tres veces (cfr vv. 31-32.49.58) el verdadero Pan de Vida, su propio Cuerpo, con el maná, con el que Dios había alimentado a los hebreos diariamente durante cuarenta años en el desierto. Así, hace una invitación a alimentar frecuentemente nuestra alma con el manjar de su Cuerpo.

«De la comparación del Pan de los Ángeles con el pan y con el maná fácilmente podían los discípulos deducir que, así como el cuerpo se alimenta de pan diariamente, y cada día eran recreados los hebreos con el maná en el desierto, del mismo modo el alma cristiana podría diariamente comer y regalarse con el Pan del Cielo. A más de que casi todos los Santos Padres de la Iglesia enseñan que el pan de cada día, que se manda pedir en la oración dominical, no tanto se ha de entender del pan material, alimento del cuerpo, cuanto de la recepción diaria del Pan Eucarístico» S. Pío X, Sacra Tridentina Synodus, 20-XII-1905.

El domingo después de la Santísima Trinidad, la Iglesia celebra el Corpus, la solemnidad del santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo. Ese es su título completo, aunque solemos referirnos a ella utilizando su anterior nombre latino, Corpus Christi. Es interesante saber que su título más antiguo fue Festum Eucharistiae.


Recursos sobe la Eucaristía para la fiesta del Corpus Christi 

Autor: don Francisco Varo Pineda, director de Investigación de la Universidad de Navarra y profesor de Sagrada Escritura en la Facultad de Teología.

Jesucristo, Sumo y Eterno Sacerdote: amor entregado

Cada año, el jueves posterior a Pentecostés, la Iglesia celebra una fiesta litúrgica singular: la fiesta de Jesucristo, Sumo y Eterno Sacerdote. No se trata solo de un recuerdo litúrgico más, sino de una invitación profunda a contemplar el corazón mismo del misterio cristiano: Cristo que se ofrece al Padre por la salvación del mundo, y que asocia a este sacrificio a los sacerdotes de la Iglesia.

¿Qué se celebra en esta fiesta?

Esta fiesta tiene como centro a Cristo en su dimensión sacerdotal, es decir, como mediador entre Dios y los hombres (cf. 1 Tim 2,5). No celebra un momento concreto de su vida (como la Navidad o la Pascua), sino su ser sacerdotal eterno, según el orden de Melquisedec (cf. Heb 5,6).

Jesús no fue un sacerdote como los del templo judío. Él es el sacerdote perfecto porque ofreció no sacrificios de animales, sino su propio cuerpo y sangre en obediencia y amor al Padre. Como dice la Carta a los Hebreos: «Cristo vino como Sumo Sacerdote de los bienes futuros… no por sangre de machos cabríos ni de becerros, sino por su propia sangre, entró de una vez para siempre en el santuario y obtuvo una redención eterna» (Heb 9,11-12).

Esta fiesta fue instaurada en el calendario litúrgico por algunos obispos –especialmente en España y América Latina– en el siglo XX, y fue aprobada por la Congregación para el Culto Divino en 1987. Desde entonces, ha sido adoptada por muchas diócesis del mundo.

Escena de la película "La Pasión de Cristo" mostrando a Jesús en la Última Cena, sosteniendo el pan mientras instituye la Eucaristía, con sus discípulos observando en silencio.

El único sacrificio y el único sacerdote

La Iglesia enseña que Cristo es al mismo tiempo sacerdote, víctima y altar. Él no solo es el que ofrece, sino también el que se entrega: «Cristo, sacerdote eterno, con la oblación de su cuerpo, realizado una vez por todas, llevó a término la obra de la redención humana» (Prefacio propio de la Misa de esta fiesta).

En la Última Cena, anticipó sacramentalmente el sacrificio que consumaría en la cruz. Desde entonces, cada Misa es actualización real y sacramental de ese único sacrificio. No se repite, sino que se hace presente, por el poder del Espíritu Santo.

Por eso, cuando los sacerdotes celebran la Eucaristía, actúan «in persona Christi Capitis» (en persona de Cristo Cabeza), no como simples delegados o representantes. Es Cristo mismo quien actúa a través de ellos.

Fiesta de Cristo y de sus sacerdotes

Esta fiesta también es una ocasión privilegiada para orar por los sacerdotes. Ellos han sido configurados con Cristo Sacerdote para continuar su misión. En palabras de san Juan Pablo II: «El sacerdocio ministerial participa del sacerdocio único de Cristo y tiene la tarea de hacer presente en cada tiempo el sacrificio de la redención» (Carta a los sacerdotes, Jueves Santo de 1986).

Hoy más que nunca, los sacerdotes necesitan nuestra cercanía, nuestro afecto y nuestras oraciones. Su misión es hermosa, pero también exigente. Son instrumentos del amor de Cristo, pero no están exentos de dificultades, cansancios y tentaciones.

Esta fiesta, por tanto, es también una llamada a renovar el amor y el apoyo hacia nuestros pastores. También es una jornada para pedir nuevas vocaciones sacerdotales. La Iglesia necesita hombres que, enamorados de Cristo, estén dispuestos a gastar su vida al servicio del Evangelio.

Contemplar a Cristo Sacerdote para seguirle de cerca

Contemplar a Cristo como Sumo y Eterno Sacerdote es mirar su Corazón, su entrega, su obediencia al Padre y su compasión por los hombres. Él se hizo sacerdote para interceder por nosotros sin cesar, como dice Hebreos: «Él puede salvar perfectamente a los que por medio de Él se acercan a Dios, ya que vive siempre para interceder por ellos» (Heb 7,25).

En un mundo marcado por la autosuficiencia, la prisa y la superficialidad, mirar a Cristo Sacerdote es una llamada a vivir una espiritualidad de entrega, de intercesión y de servicio silencioso. Cristo no se impone: se ofrece. No exige: se da. No se exhibe: se entrega hasta el extremo.

Para los fieles laicos, esta fiesta también recuerda que todos los bautizados participan del sacerdocio de Cristo. San Pedro lo dice claramente: «Vosotros sois linaje elegido, sacerdocio real, nación santa, pueblo adquirido por Dios» (1 Pe 2,9).

Este sacerdocio común de los fieles se vive en la ofrenda diaria, en la oración, en la caridad, en el testimonio de vida. Cada cristiano está llamado a ofrecer su vida como sacrificio espiritual agradable a Dios (cf. Rom 12,1).

Pintura renacentista de Cristo sosteniendo una gran hostia consagrada en su mano izquierda y un cáliz dorado en su mano derecha, con fondo dorado y halo radiante, representando su papel como Sumo y Eterno Sacerdote.

Una fiesta para mirar al altar… y al cielo

La Fiesta de Jesucristo, Sumo y Eterno Sacerdote, nos invita a mirar el altar con fe renovada, y a reconocer que allí actúa el mismo Cristo. Nos recuerda que la salvación no viene de nuestras obras, sino del sacrificio de Cristo. Y que ese sacrificio es eterno, siempre vivo, siempre eficaz.

Es una fiesta profundamente eucarística, profundamente sacerdotal y profundamente eclesial. Es una oportunidad para agradecer a Cristo su entrega, para pedir por quienes han sido llamados a representarlo sacramentalmente, y para ofrecernos con Él al Padre, por el bien del mundo.

Frases de san Josemaría sobre los sacerdotes

1. ¿Cuál es la identidad del sacerdote? La de Cristo. Todos los cristianos podemos y debemos ser no ya alter Christus sino ipse Christus, otros Cristos, ¡el mismo Cristo! Pero en el sacerdote esto se da inmediatamente, de forma sacramental (Amar a la Iglesia, 38).

2. A los sacerdotes se nos pide la humildad de aprender a no estar de moda, de ser realmente siervos de los siervos de Dios (...), para que los cristianos corrientes, los laicos, hagan presente, en todos los ambientes de la sociedad, a Cristo (Conversaciones, 59).

3. Un sacerdote que vive de este modo la Santa Misa -adorando, expiando, impetrando, dando gracias, identificándose con Cristo-, y que enseña a los demás a hacer del Sacrificio del Altar el centro y la raíz de la vida del cristiano, demostrará realmente la grandeza incomparable de su vocación, ese carácter con el que está sellado, que no perderá por toda la eternidad (Amar a la Iglesia, 49).

4. He concebido siempre mi labor de sacerdote y de pastor de almas como una tarea encaminada a situar a cada uno frente a las exigencias completas de su vida, ayudándole a descubrir lo que Dios, en concreto, le pide, sin poner limitación alguna a esa independencia santa y a esa bendita responsabilidad individual, que son características de una conciencia cristiana (Es Cristo que pasa, 99).

5. ¡Valor de la piedad en la Santa Liturgia!

Nada me extrañó lo que, hace unos días, me comentaba una persona hablando de un sacerdote ejemplar, fallecido recientemente: ¡qué santo era!

—¿Le trató Vd. mucho?, le pregunté.

—No —me contestó—, pero le vi una vez celebrar la Santa Misa (Forja, 645).

6. No quiero —por sabido— dejar de recordarte otra vez que el Sacerdote es "otro Cristo". —Y que el Espíritu Santo ha dicho: "nolite tangere Christos meos" —no queráis tocar a "mis Cristos" (Camino, 67).

7. El trabajo —por decirlo así— profesional de los sacerdotes es un ministerio divino y público, que abraza exigentemente toda la actividad hasta tal punto que, en general, si a un sacerdote le sobra tiempo para otra labor que no sea propiamente sacerdotal, puede estar seguro de que no cumple el deber de su ministerio (Amigos de Dios, 265).

8. Cristo, que subió a la Cruz con los brazos abiertos de par en par, con gesto de Sacerdote Eterno, quiere contar con nosotros —¡que no somos nada!—, para llevar a "todos" los hombres los frutos de su Redención (Forja, 4).

9. Ni a la derecha ni a la izquierda, ni al centro. Yo, como sacerdote, procuro estar con Cristo, que sobre la Cruz abrió los dos brazos y no sólo uno de ellos: tomo con libertad, de cada grupo, aquello que me convence, y que me hace tener el corazón y los brazos acogedores, para toda la humanidad (Conversaciones, 44).

10. Aquel sacerdote amigo trabajaba pensando en Dios, asido a su mano paterna, y ayudando a que los demás asimilaran estas ideas madres. Por eso, se decía: cuando tú mueras, todo seguirá bien, porque continuará ocupándose Él(Surco, 884).

11. Me convenció aquel sacerdote amigo nuestro. Me hablaba de su labor apostólica, y me aseguraba que no hay ocupaciones poco importantes. Debajo de este campo cuajado de rosas —decía—, se esconde el esfuerzo silencioso de tantas almas que, con su trabajo y oración, con su oración y trabajo, han conseguido del Cielo un raudal de lluvias de la gracia, que todo lo fecunda (Surco, 530).

12. ¡Vive la Santa Misa!

—Te ayudará aquella consideración que se hacía un sacerdote enamorado: ¿es posible, Dios mío, participar en la Santa Misa y no ser santo?

—Y continuaba: ¡me quedaré metido cada día, cumpliendo un propósito antiguo, en la Llaga del Costado de mi Señor!

—¡Anímate! (Forja, 934).

13. Ser cristiano —y de modo particular ser sacerdote; recordando también que todos los bautizados participamos del sacerdocio real— es estar de continuo en la Cruz (Forja, 882).

14. No nos acostumbremos a los milagros que se operan ante nosotros: a este admirable portento de que el Señor baje cada día a las manos del sacerdote. Jesús nos quiere despiertos, para que nos convenzamos de la grandeza de su poder, y para que oigamos nuevamente su promesa: venite post me, et faciam vos fieri piscatores hominum, si me seguís, os haré pescadores de hombres; seréis eficaces, y atraeréis las almas hacia Dios. Debemos confiar, por tanto, en esas palabras del Señor: meterse en la barca, empuñar los remos, izar las velas, y lanzarse a ese mar del mundo que Cristo nos entrega como heredad (Es Cristo que pasa, 159).

Si es verdad que arrastramos miserias personales, también lo es que el Señor cuenta con nuestros errores. No escapa a su mirada misericordiosa que los hombres somos criaturas con limitaciones, con flaquezas, con imperfecciones, inclinadas al pecado. Pero nos manda que luchemos, que reconozcamos nuestros defectos; no para acobardarnos, sino para arrepentirnos y fomentar el deseo de ser mejores (Es Cristo que pasa, 159).

15. Sacerdote, hermano mío, habla siempre de Dios, que, si eres suyo, no habrá monotonía en tus coloquios (Forja, 965).

16. La guarda del corazón. —Así rezaba aquel sacerdote: "Jesús, que mi pobre corazón sea huerto sellado; que mi pobre corazón sea un paraíso, donde vivas Tú; que el Ángel de mi Guarda lo custodie, con espada de fuego, con la que purifique todos los afectos antes de que entren en mí; Jesús, con el divino sello de tu Cruz, sella mi pobre corazón" (Forja, 412).

17. Cuando daba la Sagrada Comunión, aquel sacerdote sentía ganas de gritar: ¡ahí te entrego la Felicidad! (Forja, 267)

18. Para no escandalizar, para no producir ni la sombra de la sospecha de que los hijos de Dios son flojos o no sirven, para no ser causa de desedificación..., vosotros habéis de esforzaros en ofrecer con vuestra conducta la medida justa, el buen talante de un hombre responsable (Amigos de Dios, 70).

Fuentes: