
Aunque participaron más seminaristas, algunos rostros estuvieron especialmente vinculados a la celebración litúrgica. Cinco seminaristas del seminario internacional de Bidasoa vivieron desde el altar una jornada que, para ellos, se convirtió también en una experiencia sobre la vocación, la familia y el futuro ministerio sacerdotal.
Avishka Sachindra Hapuarachchi, de Colombo (Sri Lanka); Gonçalves Cacoma Cahinga, de Luena (Angola); Thiago Carmo Toledo, de Leopoldina (Brasil); Alfred Kabole Richard, de Bunda (Tanzania), y Kevin Leonel Díaz Pérez, de Gracias (Honduras) participaron como acólitos durante la Eucaristía y en otros momentos de la jornada como la bendición con el Santísimo y el rezo de Santo Rosario.
Para ellos, sin embargo, no fue simplemente un servicio litúrgico. Fue una oportunidad para contemplar de cerca a miles de familias que se acercaban a la Virgen y descubrir, desde su propia vocación, el significado de acompañar a quienes buscan a Dios.

Para Avishka Hapuarachchi, que ya había participado anteriormente en la Jornada Mariana de las Familias y había visitado Torreciudad en varias ocasiones, el santuario ha ido adquiriendo un significado especial. Reconoce que, con cada visita, siente que Torreciudad forma parte de su propia experiencia de fe y de su camino como seminarista.
Esta vez, además, pudo contemplar de cerca la llegada de padres, madres, hijos y peregrinos. La imagen que se le quedó grabada fue la de una gran familia que se acerca a su Madre. Muchos llegaban para rezar, dar gracias, pedir ayuda o, sencillamente, pasar un rato junto a la Virgen y decirle «Salve, María».
«Es volver a casa; es acercarse a una Madre», explica. Al vivir la Jornada junto a las familias, Avishka asegura haberse sentido también parte de esa gran familia de Torreciudad, acogido como «un hijo más».
Gonçalves Cacoma Cahinga, seminarista de la diócesis de Luena y estudiante de cuarto de Teología, vivió de manera particularmente intensa su participación. Era la tercera vez que acudía a Torreciudad, pero esta vez había recibido la oportunidad de colaborar directamente en las celebraciones litúrgicas.
Participó en el rezo del Ángelus, ayudó al rector del santuario en la recepción de las ofrendas que las familias presentaban a la Virgen y desempeñó distintas funciones durante la Santa Misa: llevó los ciriales, ayudó en la preparación de las ofrendas del pan y del vino y acompañó al sacerdote durante la distribución de la Sagrada Comunión.
También participó en el Santo Rosario por la explanada, acompañando la imagen de la Virgen de Nuestra Señora de los Ángeles de Torreciudad y llevando un cirio, y en la bendición con el Santísimo Sacramento.
Pero detrás de cada uno de esos gestos descubrió algo que considera fundamental para su futuro sacerdocio: la sed de Dios que existe en las familias.
Al observar las sencillas ofrendas que los peregrinos presentaban a la Virgen, comprendió que aquellas familias no acudían únicamente para cumplir una tradición. En ellas percibió «una verdadera sed del Dios vivo», junto con la necesidad de encontrar a Cristo y de acudir a María, que siempre conduce hacia su Hijo.
Esa experiencia le hizo mirar a las familias «con los ojos de un futuro pastor» y entender que su vocación no es para sí mismo, sino «para Cristo y para tantas familias que necesitan de Él».
También Thiago Carmo Toledo describe su inolvidable experiencia. «Desde el momento en que llegué a Torreciudad, me llamó la atención toda la preparación que implicaba la jornada para el santuario», explica.
Después comenzaron a llegar autobuses, familias, jóvenes, niños y tantas otras personas procedentes de distintos lugares de España. Ante aquel movimiento, surgía naturalmente una pregunta: ¿qué llevaba a tantas personas a desplazarse para vivir juntas aquellas pocas horas?
«La respuesta la encontré, en cierto modo, en las palabras de mons. Alejandro Arellano Cedillo, obispo que presidió la celebración eucarística, cuando afirmó en su homilía: «La fe no es una experiencia aislada».
Otra de las vivencias que experimentó en Torreciudad fue que durante buena parte de las celebraciones permaneció junto al crucifijo, sosteniendo un cirial.
Mientras sujetaba aquella pequeña luz, pensó en los miles de personas que tenía delante. De algún modo, comprendió que también ellas estaban «custodiando al Señor»: llevando ante Cristo sus familias, trabajos, alegrías, preocupaciones y necesidades.
La vela le recordó así la llamada de todo cristiano a ser luz del mundo, una luz que no apunta hacia sí misma, sino que conduce a Cristo. Y en esa reflexión descubrió también el papel de María: ella no retiene para sí la luz recibida de Dios, sino que toda su vida señala hacia su Hijo.
Para Thiago, la jornada terminó siendo una imagen viva de que la fe no puede vivirse de manera aislada. Es una fe que se recibe, se comparte, se celebra en comunidad y conduce al encuentro con los demás y, a través de María, con Cristo.

«La esperanza de la Iglesia»
Alfred Kabole Richard, de la diócesis de Bunda, en Tanzania, vivió la Jornada desde una perspectiva particularmente ligada a las familias y a las vocaciones. Para él, haber sido elegido para colaborar en las celebraciones fue una «experiencia de fe inmensa», especialmente por poder vivir la Eucaristía, «el culmen de nuestra fe», rodeado de personas procedentes de distintos lugares.
Le impresionó especialmente la presencia de tantas familias y niños. En ellos descubrió «la esperanza de la Iglesia» y recordó que la vida familiar necesita ser cuidada, porque, como señaló el obispo en la homilía aludiendo también a san Juan Pablo II, la familia es «el espejo de Dios» y el lugar donde nacen las vocaciones.
Alfred llevó el báculo de mons. Arellano y le sostuvo el libro durante la celebración, un servicio que realizó con especial ilusión. La cuidada liturgia y el ambiente de la jornada hicieron que la celebración estuviera entre las que ha vivido «con más emoción».
Su vínculo con Torreciudad venía, además, de semanas atrás. Durante este verano realizó allí su labor pastoral y quedó especialmente sorprendido por la cantidad de familias y niños que acuden al santuario.
Para él son «un gran motivo de esperanza para la Iglesia». También asegura que el ambiente de oración del santuario le ayudó en su propia vida espiritual y, especialmente, a crecer en su trato con Santa María.
«Estoy en casa»
Una experiencia parecida de pastoral de verano vivió Kevin Leonel Díaz Pérez, seminarista hondureño de la diócesis de Gracias y estudiante de tercero de Teología.
Al llegar a Torreciudad encontró un detalle que le hizo sentirse inmediatamente cerca de su tierra: en la galería de advocaciones marianas del santuario descubrió la imagen de la Virgen de Suyapa, patrona de Honduras.
«En ese momento me dije: estoy en casa», recuerda.
Para Kevin, aquella galería es una manifestación de la universalidad de la devoción de los cristianos a la Madre de Dios.
Su estancia en Torreciudad también le permitió descubrir aspectos concretos que considera importantes para su futuro ministerio. Entre ellos, la disponibilidad de los sacerdotes para atender confesiones, incluso a cualquier hora, algo que, según explica, facilita a los fieles acercarse al sacramento.
También le ha impresionado la relación entre el entorno y la vida espiritual. La naturaleza, lejos de alejar de Dios, considera que «acerca» y favorece una experiencia espiritual que, según ha podido comprobar, se vive allí cotidianamente.

Ayudar a encontrarse con Cristo
Cinco seminaristas, cinco países y cinco experiencias diferentes. Pero una misma jornada les dejó una enseñanza común: detrás de cada familia que llegó a Torreciudad había una historia, una petición, un agradecimiento y un deseo de acercarse a Dios.
Desde el altar, junto al crucifijo, con un cirial, acompañando el Rosario, preparando las ofrendas o asistiendo al sacerdote, estos jóvenes pudieron contemplar de cerca aquello que algún día estarán llamados a vivir desde su propio ministerio: estar cerca de las personas para ayudarlas a encontrarse con Cristo. Y todo, alrededor de la Madre.
Marta Santín, periodista especializada en religión.
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