
Justin Etotshi Okeya, sacerdote de la diócesis de Kole (República Democrática del Congo), estudia Teología Bíblica en las Facultades Eclesiásticas de la Universidad de Navarra gracias al apoyo de los socios benefactores y amigos la Fundación CARF.
A sus 40 años, se prepara para comenzar el Doctorado en Sagradas Escrituras con un único propósito: regresar a su país para formar mejor a los fieles y fortalecer una Iglesia que, en medio de enormes dificultades, sigue siendo la principal esperanza para millones de personas.
«La Iglesia católica en el Congo es una de las voces más escuchadas del país», afirma con orgullo Justin Etotshi Okeya. A pesar de este logro, en su diócesis los sacerdotes recorren kilómetros a pie para llegar a aldeas perdidas entre caminos intransitables. Pero el cansancio no les detiene.
«Nuestra diócesis está muy aislada y el acceso es difícil. Los sacerdotes recorren a pie los pueblos y las comunidades eclesiales. A pesar del cansancio, la alegría de encontrar a las almas que esperan al mensajero de la Buena Nueva restaura el cuerpo agotado», explica.
Una diócesis más grande que Bélgica
Su diócesis, Kole, ocupa 66.000 kilómetros cuadrados, una extensión mayor que Bélgica. Pero la escasez de sacerdotes hace mella, ya que tan solo cuentan con muy pocos presbíteros para atender a cerca de un millón de habitantes.
«Mi diócesis es más grande que Bélgica. Con solo 77 sacerdotes, la cobertura pastoral de las comunidades sigue siendo uno de los mayores desafíos», afirma.
Justin Etotshi explica que la Iglesia en su país anuncia el Evangelio no sólo a través del púlpito, sino que también sostiene la educación, la asistencia sanitaria y la ayuda humanitaria. «La Iglesia católica desempeña un papel preponderante en la formación de las élites y en la estabilización del clima social. Para mi país y para mi diócesis es la vía por la cual los organismos humanitarios y muchas otras instituciones brindan ayuda a los más necesitados».
Por eso, cada sacerdote bien formado multiplica su impacto en miles de personas. Esa convicción es la que le ha llevado hasta Pamplona.
Justin estudia Teología Bíblica en las Facultades Eclesiásticas de la Universidad de Navarra y este septiembre comenzará el doctorado en Sagradas Escrituras. Lo hace gracias a la ayuda de los benefactores de la Fundación CARF, consciente de que todo lo aprendido volverá algún día a su diócesis.
«Humildemente, estudiar en la Universidad de Navarra constituye para mí un motivo de orgullo interior y una alegría inmensa, porque es una de las mejores universidades católicas donde la Doctrina de la Iglesia se enseña con plena ortodoxia».
Pero no solo destaca la excelencia académica, porque para él, la universidad, así como el Colegio Mayor Aralar donde reside, le ofrecen no solo un marco de estudio académico, sino también «un espacio propicio para el crecimiento de la vida espiritual y humana», expone.
Cada clase, cada libro y cada conversación con profesores y compañeros son una preparación para regresar a una Iglesia necesitada de sacerdotes capaces de enseñar, evangelizar y acompañar a su pueblo.

Un niño que jugaba a celebrar la Misa
La vocación de Justin nació mucho antes del seminario. Creció en una familia católica de seis hermanos. Su padre, ya fallecido, era catequista diplomado, y su madre pertenece a la Legión de María. La fe no era simplemente una tradición familiar, sino el centro de la vida cotidiana.
Recuerda con emoción los domingos de su infancia. La iglesia estaba lejos, pero eso nunca era un obstáculo. «Yo insistía a papá para salir cuanto antes porque quería sentarme en el primer banco y observar las palabras y los gestos de los sacerdotes y de los monaguillos».
Esa fascinación continuaba al regresar a casa. Así, después de la Misa hacía su propia 'simulación' de la celebración utilizando un accesorio de papaya. Para encontrar un alba, se servía de la ropa de su hermana mayor. «Sin saber realmente lo que hacía, el amor por el sacerdocio creció profundamente en mí».
Aquellos juegos infantiles terminarían convirtiéndose en una llamada definitiva.
Tras seis años en el seminario menor y siete más en el seminario mayor –tres de Filosofía y cuatro de Teología– Justin fue ordenado diácono el 18 de agosto de 2012.
Poco después, el 1 de septiembre de 2013, recibió la ordenación sacerdotal junto con otros tres compañeros. Desde entonces ha dedicado su ministerio al servicio de la diócesis de Kole, consciente de que cada sacerdote es imprescindible para una Iglesia que no deja de crecer.
Una Iglesia que sostiene al Congo
La República Democrática del Congo sigue siendo un país profundamente creyente. Más del 54 % de la población es católica, lo que convierte a la Iglesia en la comunidad religiosa más importante del país.
Además de evangelizar, gestiona más de la mitad de los centros educativos y de las infraestructuras sanitarias congoleñas.
Las relaciones con otras confesiones religiosas son generalmente buenas, aunque Justin Etotshi reconoce que algunas parroquias del este del país sufren la violencia de grupos extremistas vinculados al Estado Islámico.
A ello se suman otros grandes desafíos nacionales. «Las múltiples guerras en el este del país, debido a los minerales estratégicos, constituyen una preocupación diaria para la población congoleña».
En su propia diócesis la situación social es tranquila, pero la falta de carreteras y de servicios sanitarios dificulta enormemente la vida diaria y la acción pastoral.

Entre los momentos más importantes de su ministerio figura la visita del papa Francisco al Congo en 2023. «Fue un momento de gran alegría para todos los fieles católicos», recuerda.
Pero su impacto fue mucho más allá del entusiasmo popular. «Su mensaje se sintió también entre las autoridades del país, llamadas a una mayor justicia, rectitud y sentido del bien común».
Lo que ha descubierto en España
Durante su estancia en España, le ha sorprendido comprobar que nuestro país conserva tradiciones cristianas profundamente arraigadas.
«Lo que más me ha impresionado ha sido el entusiasmo que despiertan las procesiones de Semana Santa en el sur de España y la grandiosa celebración de san Fermín en Pamplona».
Son expresiones de una fe que, a su juicio, sigue teniendo una importante presencia en la vida del país.

El sacerdote que necesita el siglo XXI
Al pensar en el futuro de la Iglesia, Justin tiene claro qué tipo de sacerdote necesita el mundo actual y nos da cuatro claves:
«El siglo XXI es un tiempo ultraconectado y abierto a múltiples transformaciones». El sacerdote debe:
Y esa misión comienza mucho antes de llegar a una parroquia. Comienza también en un aula, entre libros, profesores y horas de estudio.
Gracias a la ayuda de los benefactores, socios y amigos de la Fundación CARF, sacerdotes como Justin Etotshi pueden recibir la formación que mañana fortalecerá a Iglesias enteras.
En una diócesis más grande que Bélgica, donde solo hay 77 sacerdotes, cada donación acaba convirtiéndose en presencia, esperanza y Evangelio para miles de personas que siguen esperando la llegada de un sacerdote del Congo.
Marta Santín, periodista especializada en religión.
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