
Siempre mejor manera de enseñar es con el ejemplo, y transmitir todo lo bueno que uno mismo ha recibido. Así hace cada día Saúl Ruiz García, sacerdote mexicano de 38 años y actualmente rector del seminario diocesano de Tabasco, donde es el responsable de la formación de los futuros sacerdotes. Y para esta misión tan importante, él mismo se inspira en todo lo que aprendió y vivió en sus años en Pamplona en el seminario internacional Bidasoa y en la Universidad de Navarra.
Saúl cuenta en una entrevista con la Fundación CARF que antes de ser sacerdote vivió una intensa vida. Se graduó en Ingeniería Civil y tenía un buen trabajo en el área de construcción de carreteras en México. Sin embargo, Dios estaba fuertemente anclado en su vida y acabó dando un giro total al plan que él tenía para su futuro.
«Crecí en una familia creyente, aunque no practicante del todo. Iba con mis padres a Misa los domingos y sólo eso. En casa nos enseñaban a rezar y siempre nos motivaron para asistir a la catequesis infantil. Pero sólo hasta ahí», asegura.
Sin embargo, experimentó algo que únicamente años más tarde pudo darle el sentido que tenía: «desde pequeño me marcó ver a mi papá todas las mañanas mientras se preparaba para salir a trabajar hacer oración sentado en su cama frente a una imagen de Jesús en un pequeño altar de su recámara».
Esa semilla de fe tendría un valor más grande de lo que él imaginaba. Con los años –señala– recorrió un camino que le acabaría llevando a ser sacerdote y a buscar la perfecta identificación con Cristo. Fue progresivo y no hubo aparentemente un hecho que le marcara en esta llamada, sino pequeños hitos que marcaban su camino.
«A los 15 años viví una experiencia de retiro en el Movimiento de Encuentro de Adolescentes Evangelizadores Arcoíris. Durante el tiempo que perseveré en ese movimiento fue donde se afianzó en mi la inquietud vocacional, y fue entonces cuando comencé a plantearme en serio la posibilidad de ser sacerdote».
«Muchas cosas ocurrieron: testimonio de los padres de la parroquia, personas que de repente me decían que sería sacerdote sin que yo hubiese comentado nada, pues era algo que yo siempre mantuve en secreto. Pero el acontecimiento que me marcó mucho más fue una ordenación sacerdotal que se vivió en mi parroquia de origen, ahí descubrí con seguridad que Dios me estaba llamando para ser su sacerdote».

Ya en el seminario su obispo decidió enviarle a estudiar a Pamplona gracias a una ayuda de los socios, benefactores y amigos de la Fundación CARF donde estudiaría primero el Bachillerato Teológico y más tarde la Licenciatura en Teología Bíblica.
«Mi experiencia fue muy grata, la formación que recibí en el seminario internacional Bidasoa me ayudó a consolidar mi respuesta a la llamada que Dios me hacía. El acompañamiento personal de mi director espiritual y de mis formadores ha sido una herramienta muy especial para mi formación. De ellos he aprendido mucho, sobre todo la perseverancia para permanecer unido al Señor en la oración y en el obrar», confiesa.
La misma experiencia tuvo de su paso por la Universidad de Navarra. Reconoce que al inicio le resultó difícil adaptarse al método de estudio y de enseñanza, así como el alto nivel formativo de esta universidad. Pero con el paso del tiempo y el apoyo de los formadores asegura que pudo recoger los innumerables frutos de su paso por este centro.
«Los estudios realizados en Pamplona han sido una herramienta muy grata para mi vivencia ministerial. En el ámbito personal los estudios teológicos me han ayudado a colocar bases sólidas en mi fe, pues el comprender la doctrina de la Iglesia me permite entrar en diálogo con la realidad en la que vivo y en la que el mundo se encuentra hoy; una realidad que está en constante cambio y que me exige, como cristiano, colocar a Dios en primer lugar en mi vida para hacer frente a situaciones tan complejas que se nos presentan, en muchas ocasiones, disfrazadas de bien», explica a los lectores de la Fundación CARF.

A esta experiencia le suma más bienes espirituales, pues considera que gracias al testimonio de oración que encontró en Bidasoa y en la Universidad de Navarra, recibió importantes herramientas para «comprometerme a transmitir ese mismo testimonio en un mundo donde la relación con Dios puede tornarse superficial o escasa».
De esos años guarda un recuerdo especial que ha marcado su ministerio sacerdotal: la muerte de don Juan Antonio Gil Tamayo, un sacerdote «alegre, entregado, inteligente y con un carisma muy especial», al que tenía como formador en Pamplona.
«Fue un momento difícil para quienes éramos seminaristas, y para todo el seminario en general. Pero me quedo con la grata experiencia de haber conocido a un ser humano tan especial, un sacerdote que, a pesar de lo difícil de sus padecimientos, nunca expresó una queja, todo lo contrario, vivió sus últimos años en entrega generosa a Dios».
«Recuerdo las palabras que un profesor pronunciaba en la facultad poco después del fallecimiento de don Juan Antonio: "por aquí caminó un santo". Este hecho ha marcado muy profundamente mi vida, al principio como seminarista y ahora como sacerdote», recuerda emocionado Saúl.
Estos años de ministerio le han permitido conocer los grandes retos a los que se enfrentan los sacerdotes. Así, recalca que en estos años ha experimentado que «como sacerdote se necesita únicamente una cosa: estar en comunión con Dios».
Además, añade que la vida de los sacramentos y de oración es lo que «fortalece el ministerio sacerdotal para poder realizar una entrega plena con las personas que Dios nos confía». Y avisa: «cualquier cosa que para el sacerdote no venga de Dios, lejos de fortalecerlo, evidentemente lo debilita y lo pierde. Fuera de Dios, nada; con Dios, todo».
Por último, Saúl Ruiz tiene un recuerdo muy cariñoso a los benefactores y amigos de la Fundación CARF: «Nunca se cansen de colaborar en esta gran fundación. Tengan la certeza de que su ayuda va dando frutos abundantes en muchas partes del mundo. Pero, sobre todo ¡oren! Su misión no termina con cada curso formativo, su misión se extiende siempre en la oración por cada seminarista y sacerdote que hemos recibido su valiosa ayuda en nuestra formación como sacerdotes. Muchas gracias».
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