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El obispo Erik Varden presenta 'Heridas que sanan' en el Foro Omnes

21/01/2026

Erik Varden presenta su libro Heridas que sanan en el foro Omenes

El obispo Erik Varden presentó su libro 'Heridas que sanan', y afirmó que Dios no elimina el sufrimiento, lo carga con nosotros. Subrayó que la respuesta del cristianismo no es una explicación teórica del dolor, sino la presencia de Dios que lo asume y lo redime.

Heridas que sanan: la fragilidad de la vida nos golpea de múltiples maneras, con pérdidas, incertidumbres, heridas visibles e invisibles. Y ante esa angustia personal, las palabras de Erik Varden, obispo de Trondheim (Noruega) y monje cisterciense, emergen como viento de esperanza. Su mensaje, profundamente católico y a la vez contemporáneo, le ha convertido en una de las voces más lúcidas y escuchadas del catolicismo del siglo XXI.

El sufrimiento no es un enemigo, sino un misterio

Por eso, su presencia siempre causa expectación y emoción, porque su discurso impacta en cada persona que ha sentido alguna vez el peso del dolor, la pérdida o la incertidumbre.

En Madrid, más de 250 personas abarrotaron el Aula Magna de la Universidad CEU San Pablo para asistir al Foro Omnes y escucharle. El obispo de Trondheim y escritor reflexionó sobre su último libro Heridas que sanan, que toca el sufrimiento humano y su sentido cristiano. El Foro, organizado por Omnes Magazine junto a Ediciones Encuentro y a la Fundación Cultural Ángel Herrera Oria, contó además con el patrocinio de Fundación CARF.

Erik Varden (Sarpsborg, Noruega, 1974) es un monje accesible, un religioso que da la vuelta al sentido del sufrimiento: «no es un enemigo, sino un misterio que exige ser visto, acogido y transformado desde el corazón», señaló.

Desde su mirada cristiana, el sufrimiento no puede ser simplemente explicado o eliminado. El cristianismo no ofrece teorías que anulen el dolor, sino una presencia capaz de asumirlo y redimirlo. Y esa presencia es Cristo encarnado. Por eso, este monje nacido en una familia no practicante y de tradición luterana explicó que el núcleo del misterio cristiano está en la Encarnación: Dios, siendo absoluta trascendencia, entra en la condición humana para sanarla desde dentro. «La Encarnación tiene lugar en vistas a la Redención», aseveró, insistiendo en que el sufrimiento no es el final de la historia.

Una belleza que sana

Con voz pausada pero firme, Varden nos recuerda que el sufrimiento no es un accidente cósmico ni una falla del universo, sino un misterio profundo que, si se contempla con fe, revela una belleza que sana.

En su conferencia, evocó un pasaje de Crimen y castigo donde un hombre, ante el dolor injusto, grita de ira: «no puede haber una respuesta para esto».  Ante ese grito, su hermano no intenta corregirlo ni explicarlo; simplemente permanece en silencio y mira la cruz. Esa es, dijo, la respuesta cristiana: «no una explicación que anule el dolor, sino una presencia silenciosa ante el sufrimiento».

Entre la negación y la victimización: dos trampas contemporáneas

Varden señaló dos respuestas típicas de nuestra época ante el sufrimiento. Por un lado, la cultura de la superficie y la apariencia, lo que él llamó la “tendencia de Instagram” que nos empuja a proyectar vidas perfectas e invulnerables, escondiendo cualquier herida. Por otro, la creciente inclinación a la victimización puede hacer que las heridas se conviertan en identidades cerradas y absolutas.

El peligro, explicó, es quedar atrapados entre estas dos dinámicas: negar el dolor o atraparlo como una identidad estática. Y ambas distorsionan la perspectiva cristiana. 

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Vivir en carne propia el dolor

Erik Varden es un hombre que ha vivido en carne propia la búsqueda de sentido ante el dolor. Nacido en una familia luterana no practicante, su vida tomó un rumbo radical cuando, en su adolescencia, experimentó un despertar espiritual que lo condujo a profundizar en la fe cristiana y, con el tiempo, a ingresar en la vida monástica.

Con estudios en la Universidad de Cambridge y el Pontificio Instituto Oriental en Roma, ingresó en 2002 en el monasterio cisterciense de Mount St. Bernard en Inglaterra, donde fue ordenado sacerdote y más tarde elegido abad.

Sus obras que incluyen títulos como Castidad, Sobre la conversión cristiana y Heridas que sanan, combinan una profunda espiritualidad con una mirada sensible sobre la condición humana.

Heridas que sanan: contemplar el misterio de la cruz

Su último libro, Heridas que sanan se alza como una meditación profunda sobre esa misma experiencia. Al partir de un antiguo poema cisterciense, Varden invita a contemplar las heridas de Cristo no como un símbolo triste o derrotado, sino como la fuente viva desde la que se puede encontrar sanación.

«Todos cargamos cicatrices –algunas visibles, otras escondidas en lo más profundo del alma–, y buscamos respuestas en terapias, filosofías o consejos espirituales que a menudo se quedan cortos ante la pregunta que más nos desgarra: ¿por qué duele la vida?», lanzó como si fuese un misil ante el silencio del Aula Magna del CEU.

Pero este monje contemporáneo sabe dar una respuesta que consuela: «en el camino de la vida, el sufrimiento no se elimina, sino que se transforma al unirse al sufrimiento redentor de Cristo, convirtiéndose no solo en consuelo sino en fuente de vida y de Gracia».

La cruz: símbolo de libertad y comunión

El obispo noruego también reflexionó sobre la cruz como un símbolo que rompe con nuestra lógica de autosuficiencia. Observó que contemplar la cruz –donde los clavos atraviesan la carne y la movilidad está anulada– parece representar la negación absoluta de la libertad. Pero, dijo, leída desde la fe, revela una libertad extrema: «si es posible, que pase de mí este cáliz, pero que se haga tu voluntad».

Incluso cuando la libertad física está restringida, sigue siendo posible una respuesta interior íntegramente libre. La cruz muestra que no somos meros espectadores del sufrimiento, sino que podemos responder con libertad en medio de él.

Cubierta del libro Heridas que sanan, de Erik Varden (Ediciones Encuentro).

Sanar no es olvidar es transformar en amor

El obispo insistió en que la sanación no es instantánea ni elimina automáticamente el dolor. Algunas fracturas físicas o emocionales pueden permanecer, pero eso no las excluye de la acción sanadora de la gracia. «La fe cristiana proclama no solo un Dios capaz de eliminar el sufrimiento, sino un Dios que lo carga con nosotros y lo transforma en fuente de sanación y de vida».

Y aquí citó las palabras de Isaías que él mismo puso como epígrafe en su libro: “Por sus heridas hemos sido curados”, para agregar que aprender a decir “Señor, esto es tuyo”, ante lo que duele puede convertir incluso las heridas en puentes de sanación para uno mismo y para los demás.

Un valle iluminado por la esperanza

Al concluir su intervención en el Foro, Varden afirmó con serenidad y profundidad: «vivimos en este mundo como en un valle de lágrimas, pero es un valle iluminado por la luz de Cristo».

No es una frase vacía de consuelo, sino una afirmación que reconoce la realidad del dolor humano y la esperanza cristiana de que no estamos solos en nuestras heridas. Cada experiencia dolorosa, cuando se acoge y se interpreta desde la fe, puede transformarse en un camino de comunión con Dios y con los demás.

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El giro católico y el sufrimiento como horizonte de vida

En una entrevista concedida a María José Atienza, directora de Omnes Magazine, poco después del Foro, Varden habló de lo que él llama un giro católico real en nuestro tiempo. Para él, la fe cristiana «no consiste simplemente en añadir una capa de consuelo a una vida ya “perfecta” o “autosuficiente”, sino en aceptar que lo más profundo de la existencia humana gira en torno a nuestras heridas, a las que normalmente preferimos ocultar o negar».

Varden explicó que bajo el prisma de la fe el sufrimiento adquiere una dimensión totalmente diferente: «empezamos a tener la posibilidad de ver nuestras propias heridas como algo que potencialmente da vida y la mejora».

Este giro católico, según él, no es sentimental ni superficial, sino un retorno profundo a la tradición cristiana que reconoce –no evita– las heridas humanas y las coloca ante el misterio de Cristo. Se trata de una llamada a no perderse ni en la negación del dolor, ni en una victimización permanente, sino a situar el sufrimiento dentro de una historia más grande que lleva hacia la vida.


Marta Santín, periodista especializada en religión.


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