El 1 de enero, la Iglesia católica celebra la Solemnidad de Santa María, Madre de Dios. No es un cierre piadoso del tiempo de Navidad ni un añadido devocional al calendario litúrgico. Es una afirmación doctrinal de primer orden: en María se juega la verdad de quién es Jesucristo. Para un católico del año 2026, esta fiesta sigue siendo una referencia decisiva para comprender la fe, la dignidad de la persona y el sentido cristiano del tiempo.
El origen de la solemnidad de Santa María
La celebración de María como Madre de Dios hunde sus raíces en los primeros siglos del cristianismo. No nace de una devoción popular desbordada, sino de una controversia teológica central: quién es realmente Jesús de Nazaret. En el siglo V, la discusión en torno a Nestorio –que rechazaba llamar a María Theotokos (Madre de Dios) y prefería el título Christotokos (Madre de Cristo)– obligó a la Iglesia a precisar su fe.
El Concilio de Éfeso (431) declaró que María es verdaderamente Madre de Dios porque el Hijo que nace de ella es una sola Persona, divina, que asume plenamente la naturaleza humana. No se trata de decir que María preceda a Dios o sea origen de la divinidad, sino de afirmar que el sujeto del nacimiento es Dios hecho hombre. Separar la maternidad de María de la divinidad de Cristo implica fragmentar el misterio de la Encarnación.
Desde entonces, la maternidad divina se convirtió en una piedra angular de la fe cristiana. La liturgia romana fijó esta celebración el 1 de enero, ocho días después de la Navidad, siguiendo la antigua tradición bíblica de la octava, para subrayar que el Niño nacido en Belén es el mismo Señor confesado por la Iglesia.
El significado teológico: María garantiza la verdad de la Encarnación
Celebrar a María como Madre de Dios es, ante todo, una confesión cristológica. La Iglesia no centra la mirada en María para aislarla, sino para proteger el núcleo de la fe: Jesucristo es verdadero Dios y verdadero hombre. María no es un añadido, sino el lugar concreto donde Dios entra en la historia.
La maternidad de María implica que Dios ha asumido una genealogía, un cuerpo, un tiempo. No se encarna de forma simbólica ni aparente. En ella, Dios acepta depender, crecer, ser cuidado. Por eso, esta solemnidad tiene consecuencias profundas para la antropología cristiana: la carne, la historia y la maternidad no son realidades secundarias, sino espacios donde Dios actúa.
Desde esta perspectiva, María no es una figura idealizada o distante. Es una mujer real, situada en un contexto histórico concreto, que responde libremente a la iniciativa de Dios. Su fe no elimina la oscuridad ni la incertidumbre, pero las atraviesa. El Evangelio del día la presenta “guardando todas estas cosas y meditándolas en su corazón”: una fe pensada, no ingenua; silenciosa, pero firme.
Una fiesta para iniciar el año: tiempo de paz cristiana
Que esta solemnidad se celebre el primer día del año no es casual. La Iglesia propone comenzar el tiempo civil desde una clave teológica: el tiempo tiene sentido porque Dios ha entrado en él. Para el católico de 2026, inmerso en una cultura acelerada, fragmentada y marcada por la incertidumbre, esta afirmación resulta especialmente actual.
Además, desde 1968, el 1 de enero está vinculado a la Jornada Mundial de la Paz. No como un eslogan, sino como una consecuencia lógica: si Dios ha asumido la condición humana, toda vida humana tiene una dignidad inviolable. María, como Madre de Dios, se convierte también en referencia para una visión cristiana de la paz, entendida no solo como ausencia de guerra, sino como orden justo, reconciliación y cuidado del más vulnerable.
En un contexto global marcado por conflictos armados, tensiones culturales y crisis de sentido, esta solemnidad recuerda que la paz no se construye únicamente con estructuras, sino con una mirada correcta sobre el ser humano. La maternidad de María afirma que nadie es descartable y que la historia no está cerrada al sentido.
María, Madre de Dios y madre de los cristianos hoy
Para el creyente contemporáneo, la Solemnidad de Santa María, Madre de Dios no es una celebración arqueológica. Interpela directamente a la vida cristiana. María aparece como modelo de fe adulta, capaz de integrar razón, libertad y obediencia. Su maternidad no es pasiva: implica responsabilidad, riesgo y perseverancia.
San Josemaría Escrivá insistía en que acudir a María no es una evasión sentimental, sino una escuela de vida cristiana concreta. En ella se aprende a acoger la voluntad de Dios en lo ordinario, a vivir la fe sin estridencias y a sostener la esperanza cuando no todo se comprende.
En este punto, el trabajo de instituciones como la Fundación CARF adquiere una especial relevancia. Formar sacerdotes y seminaristas para una Iglesia fiel a la verdad de la Encarnación implica transmitir una teología sólida, enraizada en la tradición y capaz de dialogar con el mundo actual. La maternidad divina de María no es un tema marginal, sino una clave para una formación integral: doctrinal, espiritual y pastoral.
Un comienzo que orienta todo el año
La Solemnidad de Santa María, Madre de Dios sitúa al cristiano, al inicio del año, ante una verdad decisiva: Dios no es una idea ni una fuerza abstracta, sino alguien que ha querido tener madre. Desde ahí se ordena todo lo demás: la fe, la moral, la vida social y la esperanza.
Celebrarla en 2026 significa reafirmar que la fe cristiana sigue teniendo algo concreto que decir sobre la realidad, el tiempo y la persona. María no eclipsa a Cristo; lo muestra en su verdad más radical. Y por eso, comenzar el año bajo su advocación no es un gesto piadoso más, sino una toma de posición: confiar en que la historia, incluso con sus sombras, sigue abierta a Dios.
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26 de diciembre, san Esteban: el primer mártir
Cada 26 de diciembre, la Iglesia celebra la festividad de san Esteban, recordando al primer mártir cristiano. Su historia, aunque breve, es un testimonio impresionante de fe, valentía y amor al Evangelio. ¿Conoces su origen y cómo llegó a convertirse en uno de los modelos de santidad más emblemáticos de la Iglesia?
¿Quién fue san Esteban?
San Esteban fue uno de los siete primeros diáconos elegidos por los apóstoles para ayudar en el servicio a la comunidad cristiana en Jerusalén. Su misión principal era atender las necesidades de las viudas y los más pobres, asegurándose de que nadie quedara desamparado.
El libro de los Hechos de los Apóstoles nos cuenta que Esteban era un hombre lleno de fe y del Espíritu Santo (Hch. 6, 5). También era conocido por su sabiduría y por los signos y milagros que realizaba entre el pueblo, lo que atrajo tanto admiradores como detractores.
San Esteban aparece representado como diácono, con la dalmática, la palma del martirio y las piedras que evocan su lapidación. La obra subraya su serenidad y entrega al Evangelio.
El martirio de san Esteban
La predicación de Esteban causó controversia entre algunos líderes religiosos de su tiempo. Fue acusado falsamente de blasfemia contra Moisés y contra Dios, y llevado ante el Sanedrín, el consejo supremo de los judíos.
Durante su defensa, pronunció un discurso poderoso y valiente en el que repasó la historia de Israel y denunció la resistencia del pueblo a aceptar la voluntad de Dios. Este discurso enfureció a sus acusadores, quienes lo llevaron fuera de la ciudad y lo apedrearon hasta la muerte.
Mientras se convertía en el primer mártir, Esteban, lleno del Espíritu Santo, exclamó: «Señor Jesús, recibe mi espíritu» y, con un corazón lleno de perdón, dijo: «Señor, no les tomes en cuenta este pecado» (Hch. 7, 59-60). Su muerte es un reflejo del amor y la misericordia de Cristo en la cruz.
«Esteban, lleno de gracia y poder, hacía grandes prodigios y señales entre el pueblo» (Hch 6,8). El número de los que creían en la doctrina de Jesucristo era cada vez mayor. Sin embargo, muchos –ya sea porque no conocían a Cristo o porque le conocían mal– no consideraron a Jesús como el salvador.
«Se pusieron a discutir con Esteban; pero no lograban hacer frente a la sabiduría y al espíritu con que hablaba. Entonces indujeron a unos que asegurasen: “Le hemos oído proferir palabras blasfemas contra Moisés y contra Dios”» (Hch 6,9-11).
San Esteban fue el primer mártir del cristianismo. Murió lleno del Espíritu Santo, rezando por los que le apedreaban. «Ayer, Cristo fue envuelto en pañales por nosotros; hoy, cubre Él a Esteban con vestidura de inmortalidad. Ayer, la estrechez de un pesebre sostuvo a Cristo niño; hoy, la inmensidad del cielo ha recibido a Esteban triunfante. El Señor descendió para elevar a muchos; se humilló nuestro Rey, para exaltar a sus soldados».
Vivir la alegría del Evangelio
También nosotros hemos recibido la apasionante misión de difundir el anuncio de Jesucristo con nuestras palabras y sobre todo con nuestra vida, mostrando la alegría del evangelio. Quizá san Pablo, presente en aquel suceso, quedaría removido por el testimonio de Esteban y, una vez ya cristiano, tomaría de allí fuerza para su propia misión.
«El bien siempre tiende a comunicarse. Toda experiencia auténtica de verdad y de belleza busca por sí misma su expansión, y cualquier persona que viva una profunda liberación adquiere mayor sensibilidad ante las necesidades de los demás (…). Recobremos y acrecentemos el fervor, la dulce y confortadora alegría de evangelizar, incluso cuando hay que sembrar entre lágrimas. Y ojalá el mundo actual –que busca a veces con angustia, a veces con esperanza– pueda así recibir la Buena Nueva, no a través de evangelizadores tristes y desalentados, impacientes o ansiosos, sino a través (...) de quienes han recibido, ante todo en sí mismos, la alegría de Cristo» (exhortación apostólica Evangelii Gaudium del Papa Francisco, 2013).
¿Qué aprender de san Esteban?
San Esteban nos enseña la importancia de defender nuestra fe con valentía y humildad, pero también con amor y perdón hacia quienes nos persiguen. Su ejemplo nos invita a confiar plenamente en Dios, incluso en los momentos más difíciles.
También nos recuerda el valor del servicio. Como diácono, dedicó su vida a ayudar a los más necesitados, viviendo el mandamiento del amor al prójimo de manera concreta.
El patrono de los diáconos
San Esteban es considerado el patrono de los diáconos y de aquellos que sufren persecución por su fe. Su testimonio ha inspirado a generaciones de cristianos a lo largo de la historia.
En la liturgia, su festividad del 26 de diciembre, nos invita a reflexionar sobre el significado del martirio como una entrega total a Cristo.
En un mundo que muchas veces rechaza los valores del Evangelio, san Esteban nos anima a vivir nuestra fe con autenticidad y valentía.
Martirio de san Esteban, Juan de Juanes en el Museo de El Prado.
Una reflexión
El testimonio del primer mártir, san Esteban, sigue siendo relevante en nuestros días. ¿Cómo podemos ser testigos de Cristo en nuestra vida cotidiana? Tal vez no enfrentemos persecuciones físicas, pero podemos encontrar desafíos al tratar de vivir con coherencia nuestra fe en un mundo que muchas veces se muestra indiferente o crítico.
El evangelio de su fiesta refleja la fidelidad del primer discípulo de Jesús que dio testimonio de él ante los hombres. Fidelidad significa semejanza, identificación con el Maestro. Igual que Jesús, Esteban predicaba a sus hermanos de raza, lleno de la sabiduría del Espíritu Santo, y hacía grandes prodigios en favor de su pueblo; como Jesús, fue llevado fuera de la ciudad y allí fue lapidado, mientras él perdonaba a sus verdugos y entregaba su espíritu al Señor (cf. Hechos de los Apóstoles, 6,8-10; 7,54-60).
Preocuparse por el ambiente
Pero podemos reclamar a Jesús: ¿cómo no preocuparnos cuando se siente la amenaza de un ambiente hostil al Evangelio? ¿Cómo desatender la tentación del miedo o del respeto humano, para evitar tener que resistir?
Más aún, cuando esa hostilidad surge en el propio ambiente familiar, algo que ya vaticinó el profeta: “Porque el hijo ultraja al padre, la hija se alza contra su madre, la nuera, contra su suegra: los enemigos del hombre son los de su propia casa” (Miqueas, 7,6). Es cierto que Jesús no nos da una técnica para salir ilesos ante la persecución. Nos da mucho más: la asistencia del Espíritu Santo para hablar y perseverar en el bien, dando así un fiel testimonio del amor de Dios por toda la humanidad, también por los perseguidores.
En este primer día de la Octava de Navidad sigue habiendo espacio para la alegría, puesto que lo que más queremos, lo que más nos hace felices no es nuestra propia seguridad, sino la salvación para todos.
San Esteban nos invita a recordar que la fuerza para vivir y defender nuestra fe proviene del Espíritu Santo. ¡Confiemos en Él y sigamos su ejemplo de amor, perdón y servicio!
En la Fundación CARF, rezamos por los cristianos perseguidos en todo el mundo y trabajamos para formar seminaristas y sacerdotes diocesanos líderes que, como san Esteban, lleven el mensaje de Cristo con valentía. ¡Unámonos en oración por ellos!
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28 diciembre, fiesta de la Sagrada Familia, cuna de amor
A la familia se la define como una escuela del amor. Este año, que Navidad no cae en domingo, celebramos el último domingo del año la fiesta y no el viernes anterior.
«El Redentor del mundo eligió a la familia como lugar para su nacimiento y crecimiento, santificando así esta institución fundamental de toda sociedad». Papa san Juan Pablo II, mensaje del Ángelus, 30 de diciembre de 2001.
Las enseñanzas
La familia es una comunión íntima de vida y amor, fundada en el matrimonio entre un hombre y una mujer, abierto al don de la vida humana, y al amor para siempre. Esta fiesta señala a la Sagrada Familia de Nazaret como el verdadero modelo de vida. Todas las familias del mundo, deben siempre acudir al amparo y protección de la Sagrada Familia, para así aprender a vivir el amor y el sacrificio.
A la familia se la define como escuela del amor e Iglesia doméstica. La familia es el lugar providencial donde somos formados como humanos y como cristianos. Nuestra familia es donde crecemos en sabiduría, en edad y en gracia delante de Dios y de los hombres.
Debe ser sitio de diálogo entre Dios y el hombre, abierta a la Palabra y a la escucha. Secundada por la oración en familia que une con fuerza. San Juan Pablo II recomendaba mucho el rezo del Santo Rosario dentro de las familias, y tenía muy presente aquella frase que dice: «la familia que reza unida, permanece unida».
Es por todo esto que la Fiesta de la Sagrada Familia nos invita a acoger, vivir y proclamar la verdad y la belleza de la familia, según el plan de Dios.
Una familia en Torreciudad dando gracias a la Virgen.
Fuente de vocaciones sacerdotales
La identidad de Cristo y de su misión han cobrado forma en la historia y en el mundo en el seno de la Sagrada Familia. Podemos decir que éste es el modelo dentro del cual acontece, en la inmensa mayoría de los casos, la llamada del Señor a los hijos de familias cristianas a su consagración y a la vocación al sacerdocio. Por eso el papel de las familias cristianas es fundamental en el surgir de las vocaciones.
Tanto el sacerdocio como la vida consagrada son dones gratuitos del Señor y resulta indiscutible que la gran mayoría de las vocaciones surgen en el seno de las familias que creen y practican, de ambientes en los que se viven los valores de la Sagrada Familia de Nazaret.
Para descubrir esa vocación, es crucial el papel de los padres en la formación de los hijos. Ninguna institución puede suplir su labor en la educación «especialmente en lo que se refiere a la formación de la conciencia. Cualquier intromisión en este ámbito sagrado debe ser denunciada porque vulnera el derecho que tienen los padres de trasmitir a sus hijos una educación conforme a sus valores y creencias» (Conferencia Episcopal Española 2022).
Cuna de la vocación al amor
En la Familiaris consortio, el papa san Juan Pablo II enseñó que «el matrimonio cristiano y la familia cristiana edifican la Iglesia: porque en la familia cristiana la persona humana no sólo es llevada al ser e introducida progresivamente por medio de la educación en la comunidad humana, sino por medio del renacimiento del bautismo y la educación en la fe en que el niño también se introduce en la familia de Dios, que es la Iglesia».
El hogar que vive siguiendo el ejemplo de la Sagrada Familia es escuela de oración. En ella se aprende desde niños a colocar a Dios espontáneamente en el primer lugar reconociéndolo y dialogando con Él en toda circunstancia. También una escuela de fe vivida, donde no se aprende de forma teórica, sino que se plasma en las obras cotidianas. Asimismo es escuela de difusión misionera como promotoras activas de las vocaciones consagradas.
Vivir el evangelio no es fácil hoy en día, más aún en estos tiempos. Sin embargo, en el Evangelio encontramos el camino para vivir una vida santa en el ámbito personal y familiar, un camino ciertamente exigente pero fascinante. Camino, que podemos recorrer siguiendo el ejemplo Jesús de Nazaret y gracias a su intercesión.
En todo hogar hay momentos felices y tristes, pacíficos y difíciles. Vivir el evangelio no nos exime de experimentar dificultades y tensiones, de encontrar momentos de feliz fortaleza y momentos de triste fragilidad. Debemos comprender que es el Espíritu Santo quien guía hoy a todo ser humano. Pero hay que escuchar al Espíritu que habla en nosotros; hace falta una mirada de fe para captar la realidad más allá de las apariencias.
Monseñor Javier Echevarría en el santuario de Torreciudad aludió al hecho de que es el hogar familiar «donde se forjan las diversas vocaciones en la Iglesia», y expresó el deseo de que ellas sean «verdaderamente cristianas, que consideren una gran bendición divina la llamada de algunos de sus hijos al sacerdocio».
Discernimiento de la vocación en el hogar cristiano
El papa Francisco nos ofrece en la exhortación apostólica Christus vivit, diez pautas para reflexionar sobre la fiesta, la educación en el hogar y el facilitar a los hijos el proceso de discernimiento de la vocación.
Es el ámbito privilegiado para escuchar la llamada del Señor y para aprender a responderle con generosidad, porque «es el ámbito en que uno es amado por sí mismo, no por lo que produce o por lo que tiene».
La importancia de la educación en la fe. En ella es donde mejor se aprende la relación con Jesucristo vivo. Por eso animan a rezar juntos y a participar en los sacramentos.
La formación en las virtudes «para que los llamados puedan dar su sí generoso al Señor y mantenerse fieles a este sí». Entre estas virtudes, destacan la fortaleza, «para poder ir contracorriente frente a la sociedad del bienestar».
El papa exhorta a vivir la experiencia de encuentro con Cristo, «escuchar su Palabra y a reconocer su voz por medio del discernimiento», abierto a la posibilidad de consagrarse a Dios en el sacerdocio o en la vida consagrada.
También aconsejan a los padres tener muy presente en la formación de sus hijos que «no somos dueños del don, sino sus administradores cuidadosos enseñando a reconocerse como don y acompañarlos en el discernimiento, pero no tomar las decisiones por ellos».
Considerar la vida como ofrenda. Inculcar que «yo soy una misión en esta tierra, y para eso estoy en este mundo».
Forjar en la Caridad
Forjar a los hijos en la caridad porque «el hogar no es una célula aislada en sí misma, a la que no importa lo que sucede alrededor. Esta dimensión caritativa empieza en la familia ampliada, cuidando especialmente a los abuelos y a los mayores, pero debe estar abierta a las necesidades de los demás».
Fomentar el conocimiento de las diversas vocaciones e instaurar una cultura vocacional. Lamenta el Papa que familias cristianas «se opongan a la vocación de sus hijos al sacerdocio o a la vida consagrada o que les pidan que prioricen su futuro profesional, postergando la llamada del Señor». En cuanto a la vocación al matrimonio, «no hay nada más estimulante para los hijos que ver a los propios padres vivir el matrimonio y la familia como una misión, con felicidad y paciencia, a pesar de las dificultades, los momentos tristes y las pruebas».
Como Iglesia, «tenemos la misión de acompañar a las familias que viven en nuestras comunidades. Acercarse a las familias que viven la marginación y la pobreza; tener muy presentes a las familias migrantes; no dejar a un lado a las familias que han sufrido la separación y el divorcio».
Bibliografía:
- Sínodo de los Obispos, 2001. - Conferencia Episcopal Española 2022. - Audiencia del Papa Francisco, 2019. - Exhortación Apostólica Postsinodal Christus Vivit, Papa Francisco, 2019.
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«Es nuestra responsabilidad con la Iglesia universal»: benefactores de la Fundación CARF
Margarita, Manuel, Alex, David y Luis son algunos benefactores de la Fundación CARF que colaboran en la campaña Que ninguna vocación se pierda. Nos cuentan por qué colaboran con la Iglesia universal en la formación integral, académica y espiritual de seminaristas y sacerdotes diocesanos.
Responsabilidad con la Iglesia universal
Margarita y Manuel: «Conocimos el CARF por Alejandro Cantero, antiguo presidente de la Fundación CARF que falleció hace unos años). Hablaba con verdadero entusiasmo de esta bonita labor y de la que fuimos testigos en el primer viaje a Roma, en un encuentro internacional, cuando visitamos la Universidad Pontificia de la Santa Cruz y el seminario Internacional Sedes Sapientiae.
En este viaje pudimos darnos cuenta del verdadero sentido de universalidad de la Iglesia, por medio de los sacerdotes y seminaristas que conocimos, jóvenes de razas y culturas diferentes pero con el mismo entusiasmo, con un mismo deseo, formarse como sacerdotes para después volver a sus países de origen, donde ejercer su labor sacerdotal, entre sus gentes y como formadores de los seminarios».
«Comprobamos el ambiente de alegría y servicio que se respiraba en el seminario, no sólo entre los jóvenes sino con sus formadores, dedicados a cuidar de su formación y de su vida de piedad.
Podéis imaginaros que sus historias eran de lo más diversas, como lo era su llamada a la vocación, pero comprendimos enseguida que teníamos una responsabilidad con la Iglesia. Tantas veces nos habíamos lamentado por la falta de vocaciones y se las pedíamos a Dios y ahora comprobábamos que Dios si llama a jóvenes, en todo el mundo, pero necesitan formarse y formarse bien, y ahí teníamos una responsabilidad todos nosotros, que ninguno se pierda por falta de medios.
Conocer a estos jóvenes, donde estudian, como viven y su sentido de responsabilidad aprovechando intensamente estos años de formación, y viviendo agradecidos por ello, nos reafirmó en el deseo de poner nuestro granito de arena.
Podemos deciros que colaborando con la Fundación CARF, lo estamos haciendo de manera directa con la Iglesia de todo el mundo, los sacerdotes son pilares fundamentales, son quienes nos administran los sacramentos y, por eso, allí donde un sacerdote desarrolla su labor, llega la Iglesia».
La importancia trascendental de los sacerdotes
Por su parte, Luis, comenta: «Conocí la Fundación CARF por medio de la revista de la Fundación que me llegó a mí domicilio. Me impulsó a ayudar económicamente la Fundación, la importancia trascendental que tienen los sacerdotes dentro y fuera de la Iglesia.
Dentro, para la administración de los sacramentos y para la predicación de los evangelios (ambos decisivos para la santificación de todos sus miembros). Y fuera para la propagación de la palabra del Señor (tanto de palabra como con el ejemplo). Cuanto más santos y mejor preparados, más eficaz será su labor para con todos.
Animaría a las personas a que invirtieran en la formación de los sacerdotes por lo anterior expuesto y la escasez de medios económicos, que desgraciadamente tiene la Iglesia y especialmente en estos momentos"».
«Colaborando con CARF, ayudamos de manera directa con la Iglesia de todo el mundo. Los sacerdotes son pilares fundamentales»
'Los sacerdotes son la plantilla de Dios'
Alex es un benefactor de la Fundación CARF que ha colaborado, entre otros, en la formación del seminarista Jacobo Lama de República Dominicana, que estudia en la Universidad Pontificia de la Santa Cruz en Roma y acaba de terminar sus estudios.
Alex se dedica a la formación de personas en la búsqueda de empleo, una meta que también ha trasladado a su labor: «Los sacerdotes y seminaristas van a trabajar para Dios, van a ser la 'plantilla de Dios'. Por eso, sin recursos económicos para su formación, sería muy difícil que desempeñaran este trabajo en plenitud», afirma.
«Cuando fui a Roma pude hacerme una idea de la trascendencia de la labor que realiza la Fundación CARF y de la calidad humana de los seminaristas que allí se forman. Seminaristas diocesanos, que provienen de los países más diversos y que luego retornarán a sus respectivas diócesis para multiplicar la formación que han recibido.
Diócesis que no tienen los recursos económicos necesarios, pero en cambio son una maravillosa cantera de vocaciones, una 'materia prima' que es un don de la Iglesia y que debemos cuidar a toda costa. He ido ya cinco veces (la fundación me ha concedido la medalla que otorgan tras cinco encuentros internacionales) y cada vez regreso más admirado y animado a seguir arrimando el hombro después de asomarme por esta ventana desde donde se ve la universalidad de la Iglesia».
«Poner los recursos humanos al servicio de Dios»
«Me dedico a ayudar a las personas a encontrar trabajo y por lo tanto el tema empleo motiva mi día a día. Mi colaboración con la Fundación CARF no es ajena a esto, ya que no puedo dejar de ver a todos estos seminaristas como la plantilla de Dios, los que van a estar en nómina a jornada completa, con un sueldo poco atractivo pero que cotizan por la máxima pensión, sin duda. Un empleo con alegría garantizada, para ellos y para nosotros. Y en los sitios más diversos, lejanos e inimaginables.
Los empresarios debemos mirar, entre otras cosas, el retorno sobre cualquier inversión que hacemos (ROI) y la inversión en la formación de los seminaristas (que es desgravable) es probablemente el mejor negocio que se puede hacer ya que se obtiene el ciento por uno. En estos tiempos hemos oído hablar de los trabajos esenciales. El ser sacerdote, el ejercer de sacerdote, es un trabajo imprescindible como pocos que no admite teletrabajo.
Tenemos un gran déficit de sacerdotes y probablemente sea el puesto más difícil de cubrir ya que no va de tener una buena nota de corte para apuntarse a una universidad o formarse online. Va de vocación y de llamada de Dios. Por eso, cuando aparece una vocación, y más aún si carece de medios económicos, debemos arrimar el hombro para cuidarla, formarla muy bien y lograr que salga adelante.
Nos quejamos de que hacen falta sacerdotes pero en la Fundación CARF tenemos todos los que queramos, de todos los países. Ellos tienen la vocación. Nosotros los medios. Sería imperdonable que se perdieran vocaciones por falta de recursos económicos».
«El mundo necesita sacerdotes. Lo imperdonable sería que se perdieran vocaciones por falta de recursos económicos»
David anima a colaborar con la Fundación CARF por el bien de la Iglesia universal. «Los sacerdotes son importantísimos para mantener la cultura cristiana, las tradiciones y la fe; además de contribuir a la gran labor social que hace la Iglesia y los sacerdotes en muchos países subdesarrollados», señala.
Dar tiempo y dinero
David: «Conocí la existencia de la Fundación CARF gracias a Alejandro Cantero, quien por aquel entonces, año 2005, ejercía el cargo de presidente en dicha Fundación. Él, con su paciencia y como si tuviera todo el tiempo para mí, me fue explicando desde sus orígenes, la trayectoria y los fines que se perseguían.
Dentro de los fines propios de la Fundación CARF, están la formación integral de sacerdotes y seminaristas diocesanos de todo el mundo, especialmente de los países mas necesitados. En primer lugar se atienden y se dan ayudas de estudio a los seminaristas que postulan y envían los Obispos de los cinco continentes.
Otros fines propios a los que dedica su actividad de la Fundación CARF es la promoción y mantenimiento de los centros e instituciones donde viven o se imparte la formación de los sacerdotes y seminaristas: las Facultades Eclesiásticas de la Universidad de Navarra y la Universidad Pontificia de la Santa Cruz.
Después de la extensa y completa presentación que me hizo Alejandro me propuso colaborar como vocal miembro del Patronato que gobierna la Fundación CARF; y a pesar de la gran responsabilidad que para mi suponía, decidí aceptar el cargo. Sabía por las explicaciones anteriores que la Fundación es una entidad sin ánimo de lucro y asumí desde el principio que eso me iba a costar tiempo y dinero; pero la motivación para aceptar el cargo fue la observación de la necesidad de defender mis tradiciones, mis creencias y mi cultura, dada mi condición de católico y mi Fe».
Cambiar el mundo
«Pensé: desde esta Fundación se puede cambiar el mundo, ¡y de qué manera! Posteriormente, trabajando en la Fundación CARF comprobé en mi persona, como se cumplían dos características infundidas por el Bautismo, que son: el alma sacerdotal y el apostolado. Alma sacerdotal, para tomar conciencia de ayudar a tu Iglesia, que sea Santa, Romana y Universal.
Apostolado, según el mandato evangélico: "Id al mundo mundo entero y proclamad el evangelio". Y quien mejor que los curas para predicar el Evangelio. Entonces a mí sólo me quedaba ayudar y contribuir con mis medios y según mis posibilidades a esa labor prioritaria de la Iglesia donde tocas su corazón, su médula espinal. Como dice la Teología Católica, la Iglesia necesita de la Eucaristía y la Eucaristía de los sacerdotes.
Esa decisión firme de dedicar un tiempo y trabajo a colaborar, compartiéndolo con un trabajo profesional exigente y con los deberes de una familia numerosa de seis hijos en mi caso, es algo que me ha hecho mucho bien y que me gustaría compartirlo con todas aquellas personas que quisieran ayudarnos como colaboradores o benefactores, trabajando en algo tan fascinante y por lo que Dios nos premiará abundantemente.
Unos podrán dedicar mucho tiempo, otros menos, pero lo importante es llevar este mensaje en el corazón y aprovechar las ocasiones que se presenten para informar y entusiasmar a los demás con el objetivo y el trabajo que hacemos.
Se me viene a la cabeza una anécdota que me contaron de una Cofradía en Andalucía, que sacó en procesión una imagen y para sufragar los gastos, pusieron debajo un botijo con una cartulina que decía: con estos donativos cubrimos los gastos anuales. La forma de colaborar es la siguiente: El que tiene mucho, con mucho. El que tiene menos, con menos. Y el que no tiene nada, con nada.
Pero todos pueden rezar y ayudar con la difusión, añado yo.
En Fundación CARF aunque no tengas nada, no importa, porque todos podemos rezar y pedir a Dios por la Iglesia y porque nos envíe muchos y santos sacerdotes. Así cambiaría el mundo, extendiendo el catolicismo, hablando de la Verdad en mayúsculas, con libertad y sin imposiciones.
El bien que se hace a la Iglesia universal
Animaría a muchas personas a colaborar con la Fundación CARF por el bien que hacen a la Iglesia Universal y también así mismos. Y resulta importantísimo para mantener la cultura cristiana, las tradiciones y la fe; además de contribuir a la gran labor social que hace la Iglesia y los sacerdotes en muchos países subdesarrollados».
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Sergio Rojas, sacerdote: una vocación de Venezuela nacida lejos de Dios
Sergio Rojas no creció en una familia practicante ni soñó con una vocación de sacerdote. Apenas conocía a Dios y su vida no giraba en torno a la fe. Sin embargo, este sacerdote de Venezuela descubrió que la llamada de Dios puede irrumpir incluso cuando uno no la está buscando.
Su historia es la de una vocación sacerdotal inesperada, forjada en el encuentro personal con Cristo y sostenida, años después, por la ayuda concreta de los benefactores y amigos de la Fundación CARF.
Una vocación sacerdotal que no empezó en casa
La historia vocacional del sacerdote Sergio Rojas no comienza en una parroquia ni en una familia especialmente religiosa. Al contrario. Aunque su familia se consideraba católica, la fe no formaba parte real de su vida cotidiana.
«Siempre he considerado mi vocación como algo muy particular», explica. Y lo dice con conocimiento de causa: durante años, Dios fue prácticamente un desconocido para él.
El punto de inflexión llegó gracias a la madre de su mejor amigo. Fue ella quien le habló de Dios por primera vez de manera cercana y concreta, y quien le introdujo en una comunidad del Camino Neocatecumenal. Allí comenzó un itinerario de fe que, sin que él lo supiera todavía, estaba sembrando las raíces de su vocación sacerdotal.
Cuando Dios irrumpe sin pedir permiso
Sergio llevaba apenas tres años caminando en la fe cuando ocurrió algo que no esperaba. Durante unos encuentros nacionales del Camino, en el momento en que se pidieron vocaciones, sintió una inquietud interior difícil de explicar.
«Fue como una llama que se encendió con fuerza», recuerda. Pero junto a esa llamada apareció el miedo. No se sentía preparado. Le parecía demasiado pronto. Demasiado serio.
La pregunta volvió a surgir tiempo después, de forma aún más directa. Una religiosa misionera mexicana, tras conocerle, le lanzó una frase que no pudo sacarse de la cabeza: «¿Y tú, cuándo vas a entrar al seminario?».
A partir de ahí, la idea ya no le dejó en paz. Hasta que un día, delante del Santísimo, decidió dejar de resistirse: «Le hice un reto a Dios. Le dije: “Si Tú quieres, yo quiero”».
Ese gesto sencillo marcó el inicio definitivo de su camino al sacerdocio.
De Venezuela a Pamplona: formarse para servir mejor
Ya en el seminario, su obispo tomó una decisión que cambiaría su vida: enviarlo a Pamplona (España) para completar su formación en el seminario internacional Bidasoa.
Para este sacerdote venezolano, el paso por España no fue solo una etapa académica. Fue una experiencia profundamente humana y espiritual.
«En Bidasoa me sentí en casa, a pesar de estar tan lejos de mi país», confiesa. Allí descubrió algo esencial: «que la Iglesia no es una idea abstracta, sino una familia universal. Personas de culturas, idiomas y realidades muy distintas, unidas por una misma fe».
Esa experiencia le ayudó a comprender mejor el mundo al que un día sería enviado como pastor.
Si algo se llevó Sergio de su estancia en Pamplona no fue un título, sino una forma de vivir el sacerdocio.
«Me formé para dar todo mi ser en la pastoral», explica. Aprendió a conocer la Iglesia desde dentro, a comprender las distintas realidades humanas con las que se encontraría y a dar testimonio de Jesucristo en medio de ellas.
El padre Sergio Rojas, sacerdote de la diócesis de Margarita, acompañado de jóvenes de parroquia.
Entre los aspectos que más marcaron su formación destacan la dirección espiritual constante, la Confesión frecuente y el trato personal con Jesús en la Eucaristía.
Pero hubo un testimonio que dejó una huella especial en su vida sacerdotal: el del sacerdote Juan Antonio Gil Tamayo, formador suyo, que vivió su enfermedad con una fe serena y luminosa.
«Nos mostró que la fortaleza espiritual permite mirar más allá del sufrimiento y descubrir la voluntad de Dios incluso en la cruz», recuerda.
El sacerdote hoy: servir y no aislarse
El padre Sergio Rojas no idealiza el sacerdocio. Es muy consciente de los retos actuales y de las dificultades que atraviesa la Iglesia.
Para él, la clave es clara: oración, entrega y humildad. El sacerdote –afirma– está llamado a servir, no a buscar comodidad ni reconocimiento.
También insiste en la importancia de no vivir aislado. «El sacerdote tiene que estar con la gente, conocer su realidad, compartir sus alegrías y sufrimientos». Pero todo eso solo tiene sentido si nace de un encuentro vivo con Jesucristo. «Sin oración, el sacerdocio pierde su esencia», asegura este sacerdote venezolano.
Gratitud a la Fundación CARF: una ayuda que hace posible la vocación
Al mirar atrás, Sergio Rojas no tiene dudas: sin la ayuda de los benefactores y amigos de la Fundación CARF, su historia habría sido muy distinta.
«Sin ustedes no habría podido viajar, estudiar ni formarme en Pamplona», afirma con gratitud. No es una frase de compromiso, sino una realidad concreta: su vocación sacerdotal también pasó por la generosidad de personas que apostaron por su formación.
Por eso, asegura, siempre habrá una oración agradecida por quienes hacen posible que otros seminaristas y sacerdotes puedan prepararse para servir mejor a la Iglesia.
Tabla de contenidos
«Diseñar nuevos mapas de Esperanza», carta apostólica del papa León XIV
En esta carta apostólica, el papa León XIV nos habla de la educación como «un acto de esperanza y una pasión que se renueva porque manifiesta la promesa que vemos en el futuro de la humanidad». Como nos recordó en su Exhortación Apostólica Dilexi te, la educación «ha sido siempre una de las expresiones más altas de la caridad cristiana». El mundo necesita esta forma de esperanza.
En este contexto, el Santo Padre pide a las comunidades educativas: «desarmen las palabras, levanten la mirada, custodien el corazón».
1. Prólogo
1.1. Diseñar nuevos mapas de esperanza. El 28 de octubre de 2025 se cumple el 60º aniversario de la Declaración conciliar Gravissimum educationis sobre la extrema importancia y actualidad de la educación en la vida del ser humano. Con ese texto, el Concilio Vaticano II recordó a la Iglesia que la educación no es una actividad accesoria, sino que constituye el tejido mismo de la evangelización: es la forma concreta con la que el Evangelio se convierte en gesto educativo, relación, cultura. Hoy, ante los rápidos cambios y las incertidumbres que desorientan, ese legado muestra una sorprendente solidez.
Allí donde las comunidades educativas se dejan guiar por la palabra de Cristo, no se retiran, sino que se relanzan; no levantan muros, sino que construyen puentes. Reaccionan con creatividad, abriendo nuevas posibilidades para la transmisión del conocimiento y del sentido en la escuela, en la universidad, en la formación profesional y civil, en la pastoral escolar y juvenil, y en la investigación, porque el Evangelio no envejece, sino que «hace nuevas todas las cosas» (Ap. 21,5). Cada generación lo escucha como una novedad que regenera. Cada generación es responsable del Evangelio y del descubrimiento de su poder seminal y multiplicador.
1.2. Vivimos en un entorno educativo complejo, fragmentado y digitalizado. Precisamente por eso es sabio detenerse y recuperar la mirada sobre la «cosmología de la paideia cristiana»: una visión que, a lo largo de los siglos, supo renovarse e inspirar positivamente todas las poliédricas facetas de la educación. Desde sus orígenes, el Evangelio ha generado «constelaciones educativas»: experiencias humildes y fuertes a la vez, capaces de leer los tiempos, de custodiar la unidad entre la fe y la razón, entre el pensamiento y la vida, entre el conocimiento y la justicia. Han sido, en la tormenta, un ancla de salvación; y en la bonanza, una vela desplegada. Un faro en la noche para guiar la navegación.
1.3. La Declaración Gravissimum educationis no ha perdido fuerza. Desde su recepción ha nacido un firmamento de obras y carismas que aún hoy orienta el camino: escuelas y universidades, movimientos e institutos, asociaciones laicales, congregaciones religiosas y redes nacionales e internacionales. Juntos, estos cuerpos vivos han consolidado un patrimonio espiritual y pedagógico capaz de atravesar el siglo XXI y responder a los retos más apremiantes. Este patrimonio no está inmovilizado: es una brújula que sigue indicando la dirección y hablando de la belleza del viaje. Las expectativas actuales no son menores que las muchas a las que se enfrentó la Iglesia hace sesenta años.
Más bien se han ampliado y se han vuelto más complejas. Ante los muchos millones de niños en el mundo que aún no tienen acceso a la educación primaria, ¿cómo no actuar? Ante las dramáticas situaciones de emergencia educativa provocadas por las guerras, las migraciones, las desigualdades y las diversas formas de pobreza, ¿cómo no sentir la urgencia de renovar nuestro compromiso? La educación –como recordé en mi Exhortación Apostólica Dilexi te– «ha sido siempre una de las expresiones más altas de la caridad cristiana» [1]. El mundo necesita esta forma de esperanza.
2. Una historia dinámica
2.1. La historia de la educación católica es la historia del Espíritu en acción. La Iglesia, «madre y maestra» [2], no por supremacía, sino por servicio: genera en la fe y acompaña en el crecimiento de la libertad, asumiendo la misión del Divino Maestro para que todos «tengan vida y la tengan en abundancia» ( Jn 10,10). Los estilos educativos que se han sucedido muestran una visión del ser humano como imagen de Dios, llamado a la verdad y al bien, y un pluralismo de métodos al servicio de esta llamada. Los carismas educativos no son fórmulas rígidas: son respuestas originales a las necesidades de cada época.
2.2. En los primeros siglos, los Padres del desierto enseñaban la sabiduría con parábolas y apotegmas; redescubrieron el camino de lo esencial, de la disciplina de la lengua y de la custodia del corazón; transmitieron una pedagogía de la mirada que reconoce a Dios en todas partes. San Agustín, al injertar la sabiduría bíblica en la tradición grecorromana, comprendió que el maestro auténtico suscita el deseo de la verdad, educa la libertad para leer los signos y escuchar la voz interior. El monacato ha llevado adelante esta tradición en los lugares más inaccesibles, donde durante décadas se han estudiado, comentado y enseñado las obras clásicas, de tal manera que, sin este trabajo silencioso al servicio de la cultura, muchas obras maestras no habrían llegado hasta nuestros días.
«Desde el corazón de la Iglesia» surgieron las primeras universidades, que desde sus orígenes se revelaron como «un centro incomparable de creatividad y de irradiación del saber para el bien de la humanidad» [3]. En sus aulas, el pensamiento especulativo encontró en la mediación de las órdenes mendicantes la posibilidad de estructurarse sólidamente y llegar hasta las fronteras de las ciencias. No pocas congregaciones religiosas dieron sus primeros pasos en estos campos del saber, enriqueciendo la educación de manera pedagógicamente innovadora y socialmente visionaria.
2.3. La educación se ha expresado de muchas maneras. En la Ratio Studiorum, la riqueza de la tradición escolar se fusiona con la espiritualidad ignaciana, adaptando un programa de estudios tan articulado como interdisciplinario y abierto a la experimentación. En la Roma del siglo XVII, san José Calasanz abrió escuelas gratuitas para los pobres, intuyendo que la alfabetización y el cálculo son dignidad antes que competencia. En Francia, san Juan Bautista de La Salle, «consciente de la injusticia que suponía la exclusión de los hijos de los obreros y campesinos del sistema educativo» [4], fundó los Hermanos de las Escuelas Cristianas.
A principios del siglo XIX, también en Francia, san Marcelino Champagnat se dedicó «con todo su corazón, en una época en la que el acceso a la educación seguía siendo un privilegio de unos pocos, a la misión de educar y evangelizar a los niños y jóvenes» [5]. Del mismo modo, san Juan Bosco, con su «método preventivo», transformó la disciplina en razonabilidad y proximidad. Mujeres valientes, como Vicenta María López y Vicuña, Francesca Cabrini, Giuseppina Bakhita, María Montessori, Katharine Drexel o Elizabeth Ann Seton, abrieron caminos para las niñas, los migrantes, los últimos. Reitero lo que afirmé con claridad en Dilexi te: «La educación de los pobres, para la fe cristiana, no es un favor, sino un deber» [6]. Esta genealogía de concreción atestigua que, en la Iglesia, la pedagogía nunca es teoría desencarnada, sino carne, pasión e historia.
3. Una tradición viva
3.1. La educación cristiana es una obra coral: nadie educa solo. La comunidad educativa es un «nosotros» en el que el docente, el estudiante, la familia, el personal administrativo y de servicio, los pastores y la sociedad civil convergen para generar vida [7]. Este «nosotros» impide que el agua se estanque en el pantano del «siempre se ha hecho así» y la obliga a fluir, a nutrir, a regar. El fundamento sigue siendo el mismo: la persona, imagen de Dios (Génesis 1,26), capaz de verdad y relación. Por eso, la cuestión de la relación entre fe y razón no es un capítulo opcional: «la verdad religiosa no es solo una parte, sino una condición del conocimiento general» [8].
Estas palabras de san John Henry Newman –a quien, en el contexto de este Jubileo del Mundo Educativo, tengo la gran alegría de declarar copatrocinador de la misión educativa de la Iglesia junto con santo Tomás de Aquino– son una invitación a renovar el compromiso con un conocimiento tan intelectualmente responsable y riguroso como profundamente humano. Y también hay que tener cuidado de no caer en el iluminismo de una fides que se contrapone exclusivamente a la ratio.
Es necesario salir de los bajíos recuperando una visión empática y abierta para comprender cada vez mejor cómo se entiende el ser humano hoy en día, a fin de desarrollar y profundizar su enseñanza. Por eso no hay que separar el deseo y el corazón del conocimiento: significaría romper a la persona. La universidad y la escuela católica son lugares donde las preguntas no se silencian y la duda no se prohíbe, sino que se acompaña. Allí, el corazón dialoga con el corazón, y el método es el de la escucha que reconoce al otro como un bien, no como una amenaza. Cor ad cor loquitur fue el lema cardenalicio de san John Henry Newman, tomado de una carta de san Francisco de Sales: «La sinceridad del corazón, y no la abundancia de palabras, toca el corazón de los seres humanos».
3.2. Educar es un acto de esperanza y una pasión que se renueva porque manifiesta la promesa que vemos en el futuro de la humanidad [9]. La especificidad, la profundidad y la amplitud de la acción educativa es esa obra, tan misteriosa como real, de «hacer florecer el ser [...] es cuidar el alma», como se lee en la Apología de Sócrates de Platón (30a-b). Es un «oficio de promesas»: se promete tiempo, confianza, competencia; se promete justicia y misericordia, se promete el valor de la verdad y el bálsamo del consuelo.
Educar es una tarea de amor que se transmite de generación en generación, remendando el tejido desgarrado de las relaciones y devolviendo a las palabras el peso de la promesa: «Todo ser humano es capaz de la verdad, sin embargo, el camino es mucho más soportable cuando se avanza con la ayuda de los demás» [10]. La verdad se busca en comunidad.
Representación de Mapas de esperanza: un mapa cuyos caminos avanzan hacia un amanecer que simboliza orientación, fe y futuro.
4. La brújula de Gravissimum educationis
4.1. La declaración conciliar Gravissimum educationis reafirma el derecho de todos a la educación y señala a la familia como la primera escuela de humanidad. La comunidad eclesial está llamada a apoyar entornos que integren la fe y la cultura, respeten la dignidad de todos y dialoguen con la sociedad. El documento advierte contra cualquier reducción de la educación a una formación funcional o a un instrumento económico: una persona no es un «perfil de competencias», no se reduce a un algoritmo predecible, sino que es un rostro, una historia, una vocación.
4.2. La formación cristiana abarca a toda la persona: espiritual, intelectual, afectiva, social, corporal. No opone lo manual y lo teórico, la ciencia y el humanismo, la técnica y la conciencia; pide, en cambio, que la profesionalidad esté impregnada de ética, y que la ética no sea una palabra abstracta, sino una práctica cotidiana. La educación no mide su valor solo en función de la eficiencia: lo mide en función de la dignidad, la justicia y la capacidad de servir al bien común. Esta visión antropológica integral debe seguir siendo el eje central de la pedagogía católica. Ella, siguiendo el pensamiento de san John Henry Newman, se opone a un enfoque puramente mercantilista que a menudo obliga hoy en día a medir la educación en términos de funcionalidad y utilidad práctica [11].
4.3. Estos principios no son recuerdos del pasado. Son estrellas fijas. Dicen que la verdad se busca juntos; que la libertad no es capricho, sino respuesta; que la autoridad no es dominio, sino servicio. En el contexto educativo, no se debe «alzarse la bandera de la posesión de la verdad, ni en el análisis de los problemas, ni en su resolución» [12]. En cambio, «es más importante saber acercarse que dar una respuesta apresurada sobre por qué ha sucedido algo o cómo superarlo. El objetivo es aprender a afrontar los problemas, que siempre son diferentes, porque cada generación es nueva, con nuevos retos, nuevos sueños, nuevas preguntas» [13]. La educación católica tiene la tarea de reconstruir la confianza en un mundo marcado por los conflictos y los miedos, recordando que somos hijos y no huérfanos: de esta conciencia nace la fraternidad.
5. La centralidad de la persona
5.2. La escuela católica es un ambiente en el que se entrelazan la fe, la cultura y la vida. No es simplemente una institución, sino un ambiente vivo en el que la visión cristiana impregna cada disciplina y cada interacción. Los educadores están llamados a una responsabilidad que va más allá del contrato de trabajo: su testimonio vale tanto como su lección. Por eso, la formación de los maestros –científica, pedagógica, cultural y espiritual– es decisiva. Al compartir la misión educativa común, también es necesario un camino de formación común, «inicial y permanente, capaz de captar los retos educativos del momento presente y de proporcionar los instrumentos más eficaces para afrontarlos [...].
5.1. Poner a la persona en el centro significa educar en la mirada larga de Abraham (Génesis 15,5): hacerles descubrir el sentido de la vida, la dignidad inalienable, la responsabilidad hacia los demás. La educación no es solo transmisión de contenidos, sino aprendizaje de virtudes. Se forman ciudadanos capaces de servir y creyentes capaces de dar testimonio, hombres y mujeres más libres, que ya no están solos. Y la formación no se improvisa. Recuerdo con agrado los años que pasé en la querida Diócesis de Chiclayo, visitando la Universidad Católica San Toribio de Mogrovejo, las oportunidades que tuve de dirigirme a la comunidad académica, diciendo: «No se nace profesionales; cada trayectoria universitaria se construye paso a paso, libro a libro, año tras año, sacrificio tras sacrificio» [14].
Esto implica en los educadores una disponibilidad para el aprendizaje y el desarrollo de los conocimientos, para la renovación y actualización de las metodologías, pero también para la formación espiritual, religiosa y el compartir» [15]. Y no bastan las actualizaciones técnicas: es necesario custodiar un corazón que escucha, una mirada que anima, una inteligencia que discierne.
5.3. La familia sigue siendo el primer lugar educativo. Las escuelas católicas colaboran con los padres, no los sustituyen, porque «el deber de la educación, sobre todo religiosa, les corresponde a ustedes antes que a nadie» [16]. La alianza educativa requiere intencionalidad, escucha y corresponsabilidad. Se construye con procesos, instrumentos y verificaciones compartidas. Es un esfuerzo y una bendición: cuando funciona, suscita confianza; cuando falta, todo se vuelve más frágil.
6. Identidad y subsidiariedad
6.1. Ya la Gravissimum educationis reconocía la gran importancia del principio de subsidiariedad y el hecho de que las circunstancias varían según los diferentes contextos eclesiales locales. Sin embargo, el Concilio Vaticano II articuló el derecho a la educación y sus principios fundamentales como universalmente válidos. Destacó las responsabilidades que recaen tanto en los propios padres como en el Estado.
Consideró un «derecho sagrado» la oferta de una formación que permitiera a los estudiantes «evaluar los valores morales con recta conciencia» [17] y pidió a las autoridades civiles que respetaran ese derecho. Además, advirtió contra la subordinación de la educación al mercado laboral y a la lógica, a menudo férrea e inhumana, de las finanzas.
6.2. La educación cristiana se presenta como una coreografía. Dirigiéndose a los universitarios en la Jornada Mundial de la Juventud de Lisboa, mi difunto predecesor, el papa Francisco, dijo: «sean protagonistas de una nueva coreografía que ponga en el centro a la persona humana; sean coreógrafos de la danza de la vida» [18].
Formar a la persona «en su totalidad» significa evitar compartimentos estancos. La fe, cuando es verdadera, no es una «materia» añadida, sino el aliento que oxigena todas las demás materias. Así, la educación católica se convierte en levadura en la comunidad humana: genera reciprocidad, supera los reduccionismos, abre a la responsabilidad social. La tarea hoy es atreverse con un humanismo integral que habite las preguntas de nuestro tiempo sin perder la fuente.
7. La contemplación de la Creación
7.1. La antropología cristiana es la base de un estilo educativo que promueve el respeto, el acompañamiento personalizado, el discernimiento y el desarrollo de todas las dimensiones humanas. Entre ellas, no es secundaria una inspiración espiritual, que se realiza y se fortalece también a través de la contemplación de la Creación.
Este aspecto no es nuevo en la tradición filosófica y teológica cristiana, donde el estudio de la naturaleza tenía también como propósito demostrar las huellas de Dios (vestigia Dei) en nuestro mundo. En las Collationes in Hexaemeron, san Buenaventura de Bagnoregio escribe que «el mundo entero es una sombra, un sendero, una huella». Es el libro escrito desde fuera (Ez 2,9), porque en cada criatura hay un reflejo del modelo divino, pero mezclado con la oscuridad. El mundo es, por tanto, un camino similar a la opacidad mezclada con la luz; en ese sentido, es un camino.
Así como un rayo de luz que penetra por una ventana se colorea según los diferentes colores de las diferentes partes del vidrio, el rayo divino se refleja de manera diferente en cada criatura y adquiere propiedades diferentes» [19]. Esto también se aplica a la plasticidad de la enseñanza calibrada en función de los diferentes caracteres que, en cualquier caso, convergen en la belleza de la Creación y en su salvaguarda. Y requiere proyectos educativos «interdisciplinarios y transdisciplinarios ejercidos como sabiduría y creatividad» [20].
7.2. Olvidar nuestra humanidad común ha generado fracturas y violencia; y cuando la tierra sufre, los pobres sufren más. La educación católica no puede callar: debe unir la justicia social y la justicia ambiental, promover la sobriedad y los estilos de vida sostenibles, formar conciencias capaces de elegir no solo lo conveniente, sino lo justo. Cada pequeño gesto –evitar el desperdicio, elegir con responsabilidad, defender el bien común– es alfabetización cultural y moral.
7.3. La responsabilidad ecológica no se agota en datos técnicos. Estos son necesarios, pero no suficientes. Se necesita una educación que involucre la mente, el corazón y las manos; nuevos hábitos, estilos comunitarios, prácticas virtuosas. La paz no es ausencia de conflicto: es fuerza mansa que rechaza la violencia. Una educación para la paz «desarmada y desarmante» [21] enseña a deponer las armas de la palabra agresiva y de la mirada que juzga, para aprender el lenguaje de la misericordia y de la justicia reconciliada.
8. Una constelación educativa
8.1. Hablo de «constelación» porque el mundo educativo católico es una red viva y plural: escuelas parroquiales y colegios, universidades e institutos superiores, centros de formación profesional, movimientos, plataformas digitales, iniciativas de aprendizaje-servicio y pastorales escolares, universitarias y culturales. Cada «estrella» tiene su propio brillo, pero todas juntas trazan una ruta. Donde en el pasado hubo rivalidad, hoy pedimos a las instituciones que converjan: la unidad es nuestra fuerza más profética.
8.2. Las diferencias metodológicas y estructurales no son lastres, sino recursos. La pluralidad de carismas, si se coordina bien, compone un cuadro coherente y fecundo. En un mundo interconectado, el juego se desarrolla en dos tableros: el local y el global. Se necesitan intercambios de profesores y estudiantes, proyectos comunes entre continentes, reconocimiento mutuo de buenas prácticas, cooperación misionera y académica. El futuro nos obliga a aprender a colaborar más, a crecer juntos.
8.3. Las constelaciones reflejan sus propias luces en un universo infinito. Como en un caleidoscopio, sus colores se entrelazan creando nuevas variaciones cromáticas. Lo mismo ocurre en el ámbito de las instituciones educativas católicas, que están abiertas al encuentro y a la escucha de la sociedad civil, de las autoridades políticas y administrativas, así como de los representantes de los sectores productivos y de las categorías laborales.
Se les invita a colaborar aún más activamente con ellas con el fin de compartir y mejorar los itinerarios educativos, para que la teoría se sustente en la experiencia y la práctica. La historia enseña, además, que nuestras instituciones acogen a estudiantes y familias no creyentes o de otras religiones, pero deseosos de una educación verdaderamente humana. Por esta razón, como ya ocurre en la realidad, se deben seguir promoviendo comunidades educativas participativas, en las que laicos, religiosos, familias y estudiantes compartan la responsabilidad de la misión educativa junto con las instituciones públicas y privadas.
9. Navegando por nuevos espacios
9.1. Hace sesenta años, la Gravissimum educationis abrió una etapa de confianza: animó a actualizar métodos y lenguajes. Hoy en día, esta confianza se mide con el entorno digital. Las tecnologías deben servir a la persona, no sustituirla; deben enriquecer el proceso de aprendizaje, no empobrecer las relaciones y las comunidades. Una universidad y una escuela católica sin visión corren el riesgo de caer en un “eficientismo” sin alma, en la estandarización del conocimiento, que se convierte entonces en empobrecimiento espiritual.
9.2. Para habitar estos espacios se necesita creatividad pastoral: reforzar la formación de los docentes también en el ámbito digital; valorizar la didáctica activa; promover el aprendizaje-servicio y la ciudadanía responsable; evitar toda tecnofobia. Nuestra actitud hacia la tecnología nunca puede ser hostil, porque «el progreso tecnológico forma parte del plan de Dios para la creación» [22].
Pero exige discernimiento en el diseño didáctico, la evaluación, las plataformas, la protección de datos y el acceso equitativo. En cualquier caso, ningún algoritmo podrá sustituir lo que hace humana a la educación: la poesía, la ironía, el amor, el arte, la imaginación, la alegría del descubrimiento e incluso la educación en el error como oportunidad de crecimiento.
9.3. El punto clave no es la tecnología, sino el uso que hacemos de ella. La inteligencia artificial y los entornos digitales deben orientarse a la protección de la dignidad, la justicia y el trabajo; deben regirse por criterios de ética pública y participación; deben ir acompañados de una reflexión teológica y filosófica a la altura.
Las universidades católicas tienen una tarea decisiva: ofrecer «diaconía de la cultura», menos cátedras y más mesas donde sentarse juntos, sin jerarquías innecesarias, para tocar las heridas de la historia y buscar, en el Espíritu, sabidurías que nacen de la vida de los pueblos.
10. La estrella polar del pacto educativo
10.1. Entre las estrellas que orientan el camino se encuentra el Pacto Educativo Global. Con gratitud recojo esta herencia profética que nos ha confiado el papa Francisco. Es una invitación a formar una alianza y una red para educar en la fraternidad universal.
Sus siete caminos siguen siendo nuestra base: poner a la persona en el centro; escuchar a los niños y jóvenes; promover la dignidad y la plena participación de las mujeres; reconocer a la familia como primera educadora; abrirse a la acogida y la inclusión; renovar la economía y la política al servicio del ser humano; cuidar la casa común. Estas «estrellas» han inspirado a escuelas, universidades y comunidades educativas en todo el mundo, generando procesos concretos de humanización.
10.2. Sesenta años después de la Gravissimum educationis y cinco años después del Pacto, la historia nos interpela con nueva urgencia. Los rápidos y profundos cambios exponen a los niños, adolescentes y jóvenes a fragilidades inéditas. No basta con conservar: es necesario relanzar.
Pido a todas las realidades educativas que inauguren una etapa que hable al corazón de las nuevas generaciones, recomponiendo el conocimiento y el sentido, la competencia y la responsabilidad, la fe y la vida. El Pacto forma parte de una Constelación Educativa Global más amplia: carismas e instituciones, aunque diferentes, forman un diseño unitario y luminoso que orienta los pasos en la oscuridad del tiempo presente.
10.3. A las siete vías añado tres prioridades. La primera se refiere a la vida interior: los jóvenes piden profundidad; necesitan espacios de silencio, discernimiento, diálogo con la conciencia y con Dios. La segunda se refiere a lo digital humano: formemos en el uso sabio de las tecnologías y la IA, colocando a la persona antes que el algoritmo y armonizando las inteligencias técnica, emocional, social, espiritual y ecológica. La tercera se refiere a la paz desarmada y desarmante: educamos en lenguajes no violentos, en la reconciliación, en puentes y no en muros; «Bienaventurados los pacificadores» (Mt 5,9) se convierte en método y contenido del aprendizaje.
10.4. Somos conscientes de que la red educativa católica posee una capilaridad única. Se trata de una constelación que llega a todos los continentes, con una presencia particular en las zonas con bajos ingresos: una promesa concreta de movilidad educativa y de justicia social [23]. Esta constelación exige calidad y valentía: calidad en la planificación pedagógica, en la formación de los docentes, en la gobernanza; valentía para garantizar el acceso a los más pobres, para apoyar a las familias frágiles, para promover becas y políticas inclusivas.
La gratuidad evangélica no es retórica: es un estilo de relación, un método y un objetivo. Allí donde el acceso a la educación sigue siendo un privilegio, la Iglesia debe abrir puertas e inventar caminos, porque «perder a los pobres» equivale a perder la escuela misma. Esto también se aplica a la universidad: la mirada inclusiva y el cuidado del corazón salvan de la estandarización; el espíritu de servicio reaviva la imaginación y reaviva el amor.
11. Nuevos mapas de esperanza
11.1. En el sexagésimo aniversario de la Gravissimum educationis, la Iglesia celebra una fecunda historia educativa, pero también se enfrenta a la necesidad imperiosa de actualizar sus propuestas a la luz de los signos de los tiempos. Las constelaciones educativas católicas son una imagen inspiradora de cómo la tradición y el futuro pueden entrelazarse sin contradicciones: una tradición viva que se extiende hacia nuevas formas de presencia y servicio. Las constelaciones no se reducen a concatenaciones neutras y aplanadas de las diferentes experiencias.
En lugar de cadenas, nos atrevemos a pensar en las constelaciones, en su entrelazamiento lleno de maravilla y despertares. En ellas reside esa capacidad de navegar entre los desafíos con esperanza, pero también con una revisión valiente, sin perder la fidelidad al Evangelio. Somos conscientes de las dificultades: la hiperdigitalización puede fragmentar la atención; la crisis de las relaciones puede herir la psique; la inseguridad social y las desigualdades pueden apagar el deseo.
Sin embargo, precisamente aquí, la educación católica puede ser un faro: no un refugio nostálgico, sino un laboratorio de discernimiento, innovación pedagógica y testimonio profético. Diseñar nuevos mapas de esperanza: esta es la urgencia del mandato.
11.2. Les pido a las comunidades educativas: desarmen las palabras, levanten la mirada, custodien el corazón. Desarmen las palabras, porque la educación no avanza con la polémica, sino con la mansedumbre que escucha. Levanten la mirada. Como Dios le dijo a Abraham: «mira al cielo y cuenta las estrellas» ( Génesis 15,5): sepan preguntarse adónde van y por qué. Custodien el corazón: la relación está antes que la opinión, la persona antes que el programa.
No desperdicien el tiempo y las oportunidades: «citando una expresión agustiniana: nuestro presente es una intuición, un tiempo que vivimos y del que debemos aprovechar antes de que se nos escape de las manos» [24]. En conclusión, queridos hermanos y hermanas, hago mía la exhortación del apóstol Pablo: «Deben brillar como estrellas en el mundo, manteniendo en alto la palabra de la vida» (Fil 2,15-16).
Esto es fundamental para avanzar juntos hacia un futuro lleno de Mapas de esperanza.
En conclusión, queridos hermanos y hermanas, hago mía la exhortación del apóstol Pablo: «Deben brillar como estrellas en el mundo, manteniendo en alto la palabra de la vida» (Fil 2,15-16).
11.3. Encomiendo este camino a la Virgen María, Sedes Sapientiae, y a todos los santos educadores. Pido a los pastores, a los consagrados, a los laicos, a los responsables de las instituciones, a los maestros y a los estudiantes: sean servidores del mundo educativo, coreógrafos de la esperanza, investigadores incansables de la sabiduría, artífices creíbles de expresiones de belleza.
Menos etiquetas, más historias; menos contraposiciones estériles, más sinfonía en el Espíritu. Entonces nuestra constelación no solo brillará, sino que orientará: hacia la verdad que libera (cf. Jn 8, 32), hacia la fraternidad que consolida la justicia (cf. Mt 23, 8), hacia la esperanza que no defrauda (cf. Rm 5, 5).
Basílica de San Pedro, 27 de octubre de 2025. Víspera del 60.º aniversario.
LEÓN PP. XIV
[1] LEÓN XIV, Exhortación Apostólica Dilexi te (4 de octubre de 2025), n. 68. [2] Cf. JUAN XXIII, Carta encíclica Mater et Magistra (15 de mayo de 1961). [3] JUAN PABLO II, Constitución Apostólica Ex corde Ecclesiae (15 de agosto de 1990), n. 1. [4] LEÓN XIV, Exhortación Apostólica Dilexi te (4 de octubre de 2025), n. 69. [5] LEÓN XIV, Exhortación Apostólica Dilexi te (4 de octubre de 2025), n. 70. [6] LEÓN XIV, Exhortación Apostólica Dilexi te (4 de octubre de 2025), n. 72. [7] CONGREGACIÓN PARA LA EDUCACIÓN CATÓLICA, Instrucción «La identidad de la escuela católica para una cultura del diálogo» (25 de enero de 2022), n. 32. [8] JOHN HENRY NEWMAN, La idea de la Universidad (2005), p. 76. [9] Cf. CONGREGACIÓN PARA LA EDUCACIÓN CATÓLICA, Instrumentum laboris Educar hoy y mañana. Una pasión que se renueva (7 de abril de 2014), Introducción. [10] S.E. Mons. ROBERT F. PREVOST, O.S.A., Homilía en la Universidad Católica Santo Toribio de Mogrovejo (2018). [11] Véase JOHN HENRY NEWMAN, Escritos sobre la Universidad (2001). [12] LEÓN XIV, Audiencia a los miembros de la Fundación Centesimus Annus Pro Pontifice (17 de mayo de 2025). [13] Ibidem. [14] S.E. Mons. ROBERT F. PREVOST, O.S.A., Homilía en la Universidad Católica Santo Toribio de Mogrovejo (2018). [15] CONGREGACIÓN PARA LA EDUCACIÓN CATÓLICA, Carta circular Educar juntos en la escuela católica (8 de septiembre de 2007), n. 20. [16] CONCILIO ECUMÉNICO VATICANO II, Constitución pastoral sobre la Iglesia en el mundo contemporáneo, Gaudium et spes (29 de junio de 1966), n. 48. [17] CONCILIO ECUMÉNICO VATICANO II, Declaración Gravissimum educationis (28 de octubre de 1965), n. 1. [18] PAPA FRANCISCO, Discurso a los jóvenes universitarios con motivo de la Jornada Mundial de la Juventud (3 de agosto de 2023). [19] SAN BONAVENTURA DE BAGNOREGIO, Collationes in Hexaemeron, XII, en Opera Omnia (ed. Peltier), Vivès, París, t. IX (1867), pp. 87-88. [20] PAPA FRANCISCO, Constitución Apostólica Veritatis gaudium (8 de diciembre de 2017), n. 4c. [21] LEÓN XIV, Saludo desde la Logia central de la Basílica de San Pedro tras la elección (8 de mayo de 2025). [22] DICASTÉRIO PARA LA DOCTRINA DE LA FE Y DICASTÉRIO PARA LA CULTURA Y LA EDUCACIÓN, Nota Antiqua et nova (28 de enero de 2025), n. 117. [23] Cf. Anuario Estadístico de la Iglesia (actualizado al 31 de diciembre de 2022). [24] S.E. Mons. ROBERT F. PREVOST, O.S.A., Mensaje a la Universidad Católica Santo Toribio de Mogrovejo con motivo del XVIII aniversario de su fundación (2016).