¿Qué significa la pastoral para un seminarista?

Durante el camino hacia el sacerdocio, los seminaristas no solo se forman en el estudio de la Teología o en la vida espiritual. También se preparan para ejercer una labor clave y profundamente humana: acompañar, servir y cuidar de las personas en su vida de fe. A esto se le llama pastoral: una experiencia que no solo enriquece su formación, sino que les permite experimentar cómo será su futuro ministerio como sacerdotes.

En la Fundación CARF, acompañamos a cientos de seminaristas de todo el mundo que, gracias a la ayuda de nuestros benefactores, reciben una formación integral. Parte esencial de esa formación es precisamente salir del aula y del oratorio o la capilla del seminario para encontrarse con las personas allí donde están. Pero, ¿qué significa realmente esta tarea?, ¿cuál es su función en el seminario?, ¿es una práctica más o algo esencial?

Parte del corazón del ministerio del sacerdote

La palabra proviene del término latino pastor, que significa pastor de ovejas. En la Iglesia, esta imagen evangélica se refiere al cuidado del pueblo de Dios, tal como lo hizo Jesucristo, el Buen Pastor. Vivir la pastoral, por tanto, no es otra cosa que salir al encuentro de las personas, guiarlas, escucharlas, acompañarlas y ofrecerles el alimento de la fe.

Para un seminarista, este aspecto de la formación es tan importante como el estudio de la Filosofía, la Teología o la Liturgia. A través de ella, el futuro sacerdote aprende a:

Grupo de sacerdotes y seminaristas mostrando alegría en un contexto pastoral dentro de un edificio religioso.
Un momento de encuentro y alegría en el camino de formación y servicio.

No es un ejercicio académico: es un encuentro

Servir a los demás en estos períodos que precisamente no son académicos (Semana Santa o el verano) no forma parte de un ejercicio académico, ni de un ensayo profesional. Es un encuentro real con el otro. Por eso, desde los primeros años del seminario, los formadores proponen a los seminaristas diversas actividades en parroquias, colegios, hospitales, residencias, prisiones o en el ámbito universitario. Allí, acompañados siempre por sacerdotes con experiencia, los jóvenes aprenden a vivir lo que luego serán sus tareas cotidianas.

Muchos seminaristas que residen en las casas internacionales como el seminario internacional Bidasoa (Pamplona) o Sedes Sapientiae (Roma) realizan sus prácticas los fines de semana y en vacaciones. A pesar de las exigencias académicas de las Facultades Eclesiásticas de la Universidad de Navarra o de la Universidad Pontificia de la Santa Cruz, dedican ese tiempo para ir a servir donde haga falta: dando catequesis, visitando enfermos, organizando actividades para jóvenes o colaborando en la liturgia dominical.

Jóvenes seminaristas y sacerdotes católicos asisten a clase en un aula universitaria, vestidos con la sotana negra o camisa clerical con alzacuellos. Están atentos, tomando notas o usando portátiles, como parte de su formación intelectual y espiritual para vivir plenamente su vocación y el compromiso del celibato sacerdotal.

Aprender a ser pastor, desde el principio

Un seminarista no espera a ser ordenado para aprender a ser pastor. Se entrena desde ya. En esas experiencias reales descubre las múltiples dimensiones del sacerdote: el consuelo al que sufre, la paciencia con el que duda, la alegría del servicio escondido, la escucha atenta a quien busca sentido en su vida.

Es también un momento clave de maduración personal y espiritual. El servicio “pone a prueba” las motivaciones vocacionales, purifica el corazón del seminarista y le ayuda a crecer en humildad y generosidad. Como él mismo no puede administrar sacramentos aún, su papel se centra en acompañar, escuchar y servir, sin pretensiones, desde la sencillez del testimonio.

Testimonios que hablan de vida

Muchos seminaristas que reciben ayudas de formación gracias a los benefactores de la Fundación CARF comparten testimonios conmovedores de su experiencia vital. Un seminarista africano contaba recientemente cómo, durante sus visitas a un hospital, aprendió a «ver a Cristo en cada cama, en cada rostro, en cada herida». Otro, de América, explicaba que en la catequesis con niños había descubierto «la alegría pura de transmitir la fe con palabras sencillas, pero llenas de verdad»

Estas experiencias marcan profundamente. No solo confirman la vocación, sino que abren el corazón al amor. Un amor que será la base del futuro ministerio sacerdotal: cercano, disponible, alegre y entregado.

Etapas en el seminario

La formación se va desarrollando progresivamente. En los primeros años, las actividades son más sencillas y se realizan siempre con acompañamiento. A medida que el seminarista avanza en su formación, se le confían más responsabilidades y se le invita a implicarse de manera más directa en la vida de la comunidad.

En los últimos años de formación, muchos seminarios viven esta costumbre durante un año o una etapa más intensa de inserción parroquial. Cuando el seminarista es ordenado diácono, puede ya predicar, bautizar, celebrar bodas y acompañar con mayor libertad a los fieles. Esta etapa es crucial para prepararse a la entrega total que supone la ordenación sacerdotal.

Diacono vestido con el alba blanca con las manos en posición de rezar

Gracias por hacerlo posible

Esta función de servicio forma parte de ese aprendizaje profundo y realista que prepara a los seminaristas a ser sacerdotes según el corazón de Cristo. Gracias a la generosidad de los benefactores de la Fundación CARF, cientos de jóvenes de todo el mundo no solo reciben una formación académica de primer nivel, sino que pueden vivir también estas experiencias que transforman su vocación en una entrega concreta y alegre.

Acompañarlos en este camino es una inversión de esperanza y futuro para la Iglesia universal. Porque donde hay un seminarista que aprende y se entrega sin medida, habrá una comunidad fieles que un día tendrá un sacerdote bien formado, cercano y generoso.

¿Qué es el escapulario de la Virgen del Carmen?

El peligro con cualquier signo externo es que permanezca precisamente sólo como algo externo, sin embargo, es crucial que vivamos interiormente lo que el escapulario representa. La Santísima Virgen María en su advocación del Carmen (monte Carmelo) es el ejemplo perfecto de lo que significa seguir a Cristo.

¿Qué es y para qué sirve?

La palabra escapulario deriva del latín “scapularium”.  “scapula”, que puede traducirse como “espalda” u “hombro” y “-ario”, que se utiliza para indicar relación o pertenencia.

Este término se emplea para aludir a una prenda utilizada por órdenes religiosas a modo de vestimenta monacal o una pieza de devoción.

Origen y tipos que existen

Originariamente el escapulario era un delantal usado por los monjes durante el trabajo, para no ensuciar la túnica.

Escapulario virgen del carmen
Escapulario de la Virgen del Monte Carmelo en tela de hábito carmelita.

Escapulario monacal

Consiste en una tira con una abertura por donde se mete la cabeza y que cuelga sobre el pecho y la espalda. Este escapulario es una pieza del hábito que aún hoy usan los carmelitas  como símbolo del yugo de Cristo.

Con el tiempo, las órdenes religiosas como franciscanos, dominicos, agustinos y carmelitas, dieron a los laicos que buscaban participar de su espiritualidad, un signo de unión y pertenencia. Ciertos elementos de los hábitos de cada orden se convirtieron en un símbolo de identidad. Entre los carmelitas se estableció el escapulario reducido de tamaño como la señal de pertenencia a la orden y expresión de su espiritualidad.

Escapulario devocional

Por ello, el escapulario devocional deriva del monacal, pero es mucho más pequeño. Este se compone de dos trozos de género que están unidos mediante cintas así se pueda colgar al cuello y cumplir su objetivo devoto.

Los escapularios devocionales más conocidos son el de la Virgen del Carmen (marrón), de la Virgen de la Merced (blanco), de la Pasión (rojo), de la Inmaculada Concepción (azul), de la Trinidad (blanco), de la Virgen de los Dolores (negro) y de san José (morado).

Muchos de estos han sido aprobados e indulgenciados por la Iglesia. Pretenden recordar a quienes los llevan los deberes e ideales de la orden correspondiente.

¿Cómo se debe usar el escapulario?

Los escapularios consisten en un cordón que se lleva al cuello con dos piezas pequeñas de tela. Una se pone sobre el pecho y la otra sobre la espalda y se suele usar bajo la ropa.

En el caso de las monjas carmelitas descalzas, el escapulario sigue siendo parte de su vestimenta, que como lo determinó su fundadora santa Teresa de Jesús, es pobre y austero, de tejido de color marrón, compuesto del hábito propiamente dicho, correa, toca, velo y capa blanca que se usa en determinadas ocasiones (Regla, 1991: 89).

Para ellas, llevar el escapulario carmelita, significa manifestar la pertenencia a su orden y el compromiso de revertirse de las virtudes de la Virgen María (Ibíd., 1991: 65).

cuadro escapulario virgen del carmen san simon stock
La primera vez que se representa la Entrega del Santo Escapulario a San Simón Stock es en el cuadro de Tomás de Vigilia que se conserva en el convento de Corleone (Sicilia) de 1492. 

Significado espiritual del escapulario

El escapulario es un signo del amor y protección maternal de María y de su llamada a una vida de santidad y sin pecado. Por ello, usar el escapulario es una respuesta de amor a la Santísima Virgen María que vino a darnos el regalo de su misericordia. Debemos usarlo como recordatorio de que deseamos imitarla y vivir en gracia bajo su manto protector.

El amor y la protección maternal de la Virgen María

La protección maternal está representada en la Biblia por un manto o una tela. Vemos como la Santísima Virgen María cuando nace Jesús lo envuelve en un manto. La Madre siempre trata de cobijar a sus hijos.

Envolver en su manto es una señal maternal de protección y cuidado. La Santísima Virgen María, nos cubre de nuestra desnudes espiritual representando este abrazo por medio del escapulario.

Le pertenecemos a la Santísima Virgen María

El escapulario se convierte en el símbolo de nuestra consagración y pertenencia a la Virgen María. Reconocer su misión de Madre sobre nosotros y entregarnos a ella para dejarnos guiar, enseñar, moldear por Ella y en su corazón. Así podremos ser sus instrumentos para la extensión del Reino de Dios.

«Que el escapulario sea tu signo de consagración al Inmaculado Corazón de María, lo cual estamos particularmente necesitando en estos tiempos tan peligrosos» (Papa Pio XII , 1950).

El escapulario simboliza también ese yugo que Jesús que nos invita a cargar, pero que La Santísima Virgen María nos ayuda a llevar.

«Carguen sobre ustedes mi yugo y aprendan de mí, porque soy paciente y humilde de corazón, y así encontraran alivio. Porque mi yugo es suave y mi carga liviana» (Mt 11:29 30).

El escapulario de la Virgen del Carmen

Es el escapulario carmelita es una devoción nacida en el siglo XII. Actualmente, está hecho de dos cuadraditos de tejido marrón unidos por cordones, que tienen a un lado la imagen de Nuestra Señora del Carmen, y en la otra el Corazón de Jesús, o el escudo de la Orden del Carmen.

Esta pequeña prenda recuerda el hábito de los carmelitas, por eso es de tela. Las personas que lo llevan se comprometen a vivir una vida de oración, devoción a la Santísima Virgen María y compromiso con la Iglesia.

Tras el Concilio Vaticano II, se dio un nuevo impulso al escapulario de la Virgen del Carmen porque se lo reconoció como «un signo sagrado, según el modelo de los sacramentos, por medio del cual se obtienen efectos, sobre todo espirituales, que se obtienen por la intercesión de la Iglesia» (Concilio Vaticano II -SC 60). Desde entonces, el escapulario carmelita es un sacramental, es decir, un signo que ayuda a vivir santamente y a aumentar nuestra devoción. No comunica gracias como lo hacen los sacramentos cristianos, sino que dispone al amor del Señor y al arrepentimiento si se recibe con devoción.

El uso del escapulario de la Virgen del Carmen es una devoción muy extendida entre los papas. Juan Pablo II la vivió durante toda su vida. »No era ningún secreto que él ha llevado el escapulario toda su vida y habló de él, como una expresión de su particular amor por la Virgen María» (P. Miceal O´Neill, Carmelita).

La Santísima Virgen María quiere revelarnos de manera especial el escapulario. En las apariciones de Fátima, reporta Lucia, hoy Hermana María del Inmaculado Corazón, que, en la última, la Virgen se apareció vestida con el hábito carmelita y con el escapulario en la mano. Y recordó que los verdaderos hijos de Ella lo usaran y que lo llevaran con reverencia. También que los que se consagraran a ella lo usaran como signo de dicha consagración.

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La Promesa del escapulario del Carmen

El escapulario carmelita es una manifestación de la protección de la Madre de Dios a sus devotos. Desde que el 16 de julio 1251 la Virgen del Carmen se apareció a San Simón Stock, y le dijo: «El que muera con el escapulario no padecerá el fuego eterno"». No se trata de un asunto de poca importancia, decía Pío XII, alcanzar la vida eterna en virtud de la promesa hecha por la Santísima Virgen.

Muchos Papas, santos y teólogos han explicado que esta promesa significa que quien tenga la devoción al escapulario y lo use, recibirá de La Santísima Virgen María a la hora de la muerte, la gracia de la perseverancia en el estado de gracia o la gracia de la contrición. Significa que la Virgen como dispensadora de gracias, nos ayudara a morir en estado de gracia, sin pecado grave o morir habiendo tenido un auténtico arrepentimiento.

El Privilegio sabatino

Este privilegio se basa en una bula que fue proclamada por el papa Juan XXII, también reconocida por Pío XII, después de la promesa de la Santísima Virgen María realizada durante una aparición.

En su bula llamada sabatina, el papa Juan XXII afirma que quienes usan el escapulario serán rápidamente librados de las penas del purgatorio el sábado (día que la Iglesia ha dedicado a la Virgen) que sigue a su muerte, a través de una intercesión especial de la Santísima Virgen María.

Condiciones para que el privilegio sabatino se pueda realizar:

El Papa Pablo V confirmó en una proclamación oficial que se podía enseñar acerca del privilegio sabatino a todos los creyentes.

Las ventajas del privilegio sabatino fueron confirmadas por la Sagrada Congregación de las Indulgencias, el 14 de julio de 1908.

Imposición del escapulario

Cualquier sacerdote puede imponer el escapulario al devoto que lo solicite. Son muchos, los cristianos que le piden a los carmelitas que se lo impongan con una pequeña oración.

Tiene que ser bendecido por un sacerdote e impuesto por el mientras reza: «recibe este escapulario bendito y pide a la Virgen Santísima que, por sus méritos, lo lleves sin ninguna mancha de pecado y que te proteja de todo mal y te lleve a la vida eterna».

El Papa san Juan Pablo II escribió en relación con el escapulario: «Es un signo de la protección continua de la Santísima Virgen, no sólo a lo largo de la vida, sino también en el momento de la transición hacia la plenitud de la gloria eterna».

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El escapulario nos une a María

Como un signo de consagración a María, la Madre de Dios, fue y sigue siendo muy importante. El uso del escapulario, es un compromiso a vivir las virtudes de María.

A través del escapulario de la Virgen del Carmen la familia carmelita desea compartir los dones de Dios y, de manera particular, el amor maternal de María, con todos aquellos que desean ser incluidos.

María se hace cargo del cuerpo de Cristo: la Iglesia, del mismo modo como cubrió en pañales a su hijo cuando nació. El escapulario es un símbolo que expresa la protección de María para la persona que lo viste. Una madre ayuda al niño a crecer: María nos ayuda a ser lo que Dios sabe que podemos ser, y una madre enseña a su hijo a través del ejemplo. En Canaán, nos dice: «Hagan lo que él les diga». (Juan 2,5). Al mirarla aprendemos lo que significa ser un seguidor de Cristo.

Es un recordatorio del compromiso de María para nosotros y nuestro compromiso con María. Es un recordatorio de su constante presencia en nuestras vidas y su interés en nosotros. Ella es realmente una madre y una hermana que nos conduce y nos guía a Cristo en el que nos encontramos con la salvación. Está con nosotros en la vida y en la muerte: «Ruega por nosotros ahora y en la hora de nuestra muerte».

 «Señor, has que todos los que visten el escapulario con devoción, se vistan también con las virtudes de María para disfrutar de su incansable protección».


Bibliografía:

Samuel Pitcaithly, 9º seminarista de Nueva Zelanda

Samuel Pitcaithly se suma a la lista de seminaristas estudiantes de Nueva Zelanda que se han formado en los 40 años que tiene la Universidad Pontificia de la Santa Cruz (PUSC), en Roma. Con este seminarista, ya son nueve los chicos que han pasado por las aulas, bibliotecas y programas de formación integral y asistencia personalizada de la universidad.

Samuel, joven neozelandés, posa en la cima de una montaña rodeado de naturaleza, con sudadera y gafas de sol.
Antes de responder a la vocación, Samuel vivía en su tierra natal, Nueva Zelanda.

Conocida por ser la Tierra Media de Tolkien y un país muy secularizado

Nueva Zelanda es un país más conocido por la filmación del libro escrito por J. R. R. Tolkien, El Señor de los Anillos, y llevada al cine por el director Peter Jackson, y por su haka, la danza ceremonial tradicional del pueblo maorí, los indígenas del país, que hoy en día es muy famosa en todo el mundo gracias al equipo nacional de rugby de Nueva Zelanda, los All Blacks. Sin embargo, nadie conoce a la religiosa Tierra Media neozelandesa de Tolkien por su religiosidad.

De hecho, la sociedad de Nueva Zelanda se encuentra muy secularizada: una parte significativa de la población se declara sin afiliación religiosa. Samuel Pitcaithly es el único estudiante de su país en la PUSC.

La historia de Samuel, quien nació en Christchurch, Nueva Zelanda, el 22 de noviembre de 1995 y que hoy está cursando el bienio filosófico en la Universidad Pontificia de la Santa Cruz, gracias a una ayuda al estudio de la Fundación CARF, es precisamente la historia de muchos jóvenes de su país, crecidos a veces alejados de la fe.

Pero incluso en esa vida más alejada puede encenderse una chispa que poco a poco se convierta en fuego. De hecho, hoy este joven estudiante es un seminarista religioso perteneciente a la comunidad española Siervos del Hogar de la Madre y nos cuenta su historia iluminada por la llamada vocacional a ser sacerdote.

Una fe heredada, pero adormecida

«Me llamo Samuel Pitcaithly y vengo de Nueva Zelanda, el país de El Señor de los Anillos. Crecí en una familia católica, pero como sucede con muchos jóvenes hoy en día, la fe no era más que un aspecto más de mi vida, sin mucha importancia.

Por la gracia de Dios, en nuestra parroquia había un grupo de jóvenes al que asistía principalmente para divertirme con mis amigos. Recibíamos buena formación, y encontré compañeros valiosos que me ayudaron muchísimo», nos cuenta Samuel.

Samuel, seminarista neozelandés, sonríe junto a su padre y sus dos hermanos, todos vestidos de manera formal.
Samuel junto a su padre y hermanos en Nueva Zelanda, el lugar donde comenzó su camino como sacerdote religioso.

Una confesión que le cambió la vida

A los 17 años, durante un campamento para jóvenes líderes católicos, Samuel vivió una experiencia muy fuerte con Dios. En la última noche hubo una liturgia de reconciliación. Les dieron un bolígrafo y un papel, y les pidieron que escribieran todos sus pecados antes de confesarse.

«Al principio escribí lo de siempre: discusiones, quejas... pero pronto el Señor comenzó a recordarme cosas que había olvidado, escondido o minimizado. Llené el papel entero y me sorprendió la cantidad. Al confesarme, al recibir la absolución, sentí que un peso enorme caía de mis hombros y experimenté con fuerza el amor de Jesús. Comprendí de verdad que había muerto por mí. Y sentí que tenía que hacer algo por Él en respuesta».

La búsqueda del sentido

Desde entonces, comenzó a rezar e ir a Misa por iniciativa propia. Ayudaba con el grupo de jóvenes y seguía formándose, mientras estudiaba ingeniería en la universidad. Sin embargo, ese fuego inicial se fue apagando con el tiempo.

En su último año decidió participar en un retiro. Allí, en adoración ante el Santísimo, le preguntó a Jesús qué debía hacer con su vida. Mientras todos sus amigos buscaban trabajo, Samuel sentía un vacío.

«Le pedí a Jesús que me ayudara a encontrar un trabajo. Y entonces, en el corazón, sentí su voz clara: 'Quiero que me des dos años'.

Me sorprendió. No esperaba eso. Pero sentí la misma paz profunda que había sentido años antes. En aquella confesión; supe que Jesús me estaba guiando», relata con emoción.

Un camino providencial: NET y Nightfever

Algunos amigos le habían hablado de NET (National Evangelisation Teams, Equipos Nacionales de Evangelización), un grupo de misioneros que trabajan con jóvenes en varios países. A Samuel le parecía perfecto: podía servir al Señor, trabajar con jóvenes y conocer el mundo. Se inscribió y le enviaron a una parroquia en Dublín, Irlanda.

«Allí organizábamos grupos juveniles, catequesis, preparación para la Confirmación y colaborábamos en eventos como Nightfever, en el centro de Dublín: una exposición del Santísimo, música de alabanza, velas, y voluntarios que invitaban a los transeúntes a entrar y pasar un momento con Jesús.

Muchos, incluso alejados de la fe, tenían allí experiencias muy fuertes», nos cuenta.

Samuel de adolescente, sonrie junto a tres amigos un coche durante el NET en Irlanda.
Samuel, junto a tres amigos durante su etapa en Irlanda como NET.

El encuentro con los Siervos del Hogar de la Madre

«Durante una de esas noches de Nightfever, vi a un sacerdote joven con sotana, haciendo malabares con fuego rodeado de jóvenes alegres. Eran los Siervos del Hogar de la Madre. Me impresionaron su alegría, su juventud, su pasión por la fe». Se acercó a conocerlos y se enamoró de sus tres misiones:

  1. Defensa de la Eucaristía;
  2. Defensa del honor de Nuestra Madre, especialmente su Virginidad;
  3. Conquista de los jóvenes para Jesucristo.

Al final de esa noche le dijo a un compañero: «Si Dios me llama al sacerdocio, será con ellos».

La llamada al sacerdocio se confirma

Ese mismo año fue a una peregrinación con ellos a España. Al estar en la capilla de la Casa Madre sitió que estaba en casa. Un año después, en 2020, ingresó en la comunidad.

«Hoy, al mirar atrás, veo con claridad cómo Dios me ha guiado paso a paso. Hoy acabo de terminar mi primer año de estudios para el sacerdocio en la Universidad Pontificia de la Santa Cruz. Es una bendición poder formarme en el corazón de la Iglesia, rodeado de seminaristas y profesores de todo el mundo, todos buscando la santidad» relata.

Gracias a los benefactores de la Fundación CARF

Samuel quiere agradecer a los benefactores de la Fundación CARF, sus oraciones y su apoyo: «Agradezco profundamente todo lo que hacen para que este camino, mío y de tantos compañeros seminaristas y sacerdotes de todo el mundo, sea posible. Les tengo muy presentes en mis oraciones y, si Dios quiere, un día podré ofrecer la Santa Misa por ustedes y sus intenciones.

¡Que Dios y Nuestra Santísima Madre los bendigan abundantemente!».


Gerardo Ferrara, Licenciado en Historia y en Ciencias Políticas, especializado en Oriente Medio. Responsable de alumnado de la Universidad Pontificia de la Santa Cruz de Roma.

Santo Tomás apóstol: el discípulo que dudó

La Iglesia celebra con alegría la fiesta de santo Tomás, uno de los doce apóstoles elegidos por Jesús. Su martirio se celebra el 3 de julio. Su figura, a menudo asociada a la duda, encierra una profundidad espiritual admirable y un testimonio de fe valiente que lo llevó hasta los confines del mundo conocido. Su vida nos recuerda que la duda sincera, cuando busca la verdad, puede ser un camino hacia la fe más firme.

¿Quién fue santo Tomás?

Santo Tomás, también llamado Dídimo –que significa gemelo en griego–, era judío y probablemente originario de Galilea, como la mayoría de los apóstoles. Aunque los Evangelios no ofrecen muchos datos sobre su vida anterior al encuentro con Jesús, su nombre aparece en todas las listas de los doce apóstoles.

Fue elegido por Jesús para formar parte del grupo íntimo de discípulos que le acompañarían durante su vida pública. Aparece mencionado en momentos clave del Evangelio, especialmente en el de san Juan, donde deja ver su personalidad apasionada, honesta y profundamente humana.

Retrato de un actor interpretando a Tomás apóstol, con una expresión de profunda reflexión o tristeza, y un collar de cuentas de madera.
Una expresión de fe y emoción: el apóstol Tomás, tal como se representa la serie The Chosen.

El discípulo que buscaba comprender

Santo Tomás es recordado sobre todo por su reacción ante el anuncio de la Resurrección de Cristo. Cuando los demás apóstoles le dijeron que habían visto al Señor resucitado, él respondió con la famosa frase: «Si no veo en sus manos la señal de los clavos, y no meto mi dedo en el agujero de los clavos y mi mano en su costado, no creeré» (Jn 20, 25).

Sin embargo, esta duda no nace de una rebeldía o desconfianza hostil, sino de un deseo sincero de entender y confirmar la verdad. Ocho días después, cuando Jesús se aparece de nuevo, esta vez con Tomás presente, le invita a tocar sus heridas. La reacción de apóstol es una de las profesiones de fe más bellas del Evangelio: «¡Señor mío y Dios mío!» (Jn 20, 28).

Con esta exclamación, santo Tomás no solo reconoce la resurrección de Cristo, sino también su divinidad. Es un momento clave, pues Jesús responde con una frase dirigida a todos los que vendríamos después: «Porque me has visto, has creído; bienaventurados los que sin ver, creen» (Jn 20, 29).

Misionero hasta los confines del mundo

Tras Pentecostés y la efusión del Espíritu Santo, Tomás, como los demás apóstoles, salió a anunciar el Evangelio. Según la tradición cristiana más firme –tanto en fuentes patrísticas como en la tradición viva de la Iglesia en Oriente–, santo Tomás llevó la fe hasta la India.

Diversos testimonios antiguos, como los de san Efrén, san Jerónimo y el historiador Eusebio de Cesarea, afirman que Tomás predicó en la región de Partia (actual Irán) y después viajó hasta la costa suroeste del subcontinente indio, a la región de Kerala. Allí, fundó comunidades cristianas que han perdurado hasta hoy y que se conocen como los cristianos de santo Tomás.

Durante su misión, evangelizó con valentía, realizó milagros y bautizó a numerosos conversos. Se dice que llegó incluso a la corte del rey Gondofares y convirtió a muchos en la región del actual Pakistán y la India. Su predicación fue fecunda, pero también provocó el rechazo de quienes se oponían al cristianismo.

Exterior de la Basílica de Santo Tomás en Mylapore, Chennai, India, mostrando su distintiva arquitectura neogótica.
Basílica de santo Tomás, construida sobre la tumba del apóstol, en Chennai, India.

Su martirio y legado

Santo Tomás murió mártir, probablemente hacia el año 72 d.C., en Mylapore, cerca de Chennai (antiguamente Madrás), en la India. Según la tradición, fue atravesado por una lanza mientras rezaba en una cueva, símbolo del mismo instrumento con el que un soldado había traspasado el costado de Cristo.

Su tumba en la India se convirtió en lugar de peregrinación desde los primeros siglos. Hoy, en Mylapore, se levanta la basílica de santo Tomás, uno de los pocos templos católicos construidos sobre el sepulcro de un apóstol (los otros están en Roma y Santiago de Compostela).

Su figura es especialmente venerada en las Iglesias orientales y en las comunidades católicas del sur de Asia, que conservan con orgullo una fe viva y enraizada en el testimonio de este apóstol.

¿Por qué celebramos a santo Tomás el 3 de julio?

Durante muchos siglos, la Iglesia latina celebró la fiesta de santo Tomás el 21 de diciembre. Sin embargo, tras la reforma del calendario litúrgico en 1969, su memoria fue trasladada al 3 de julio. Esta fecha coincide con la traslación de sus reliquias a Edesa (actual Urfa, en Turquía) en el siglo IV, un hecho importante para la Iglesia siríaca y para la expansión del cristianismo oriental.

Celebrar a santo Tomás el 3 de julio nos permite redescubrir su papel como testigo de la resurrección, como apóstol misionero y como modelo de una fe que se afianza al buscar la verdad con humildad.

Pintura de Caravaggio que representa a Santo Tomás metiendo su dedo en la herida de Cristo, rodeado por otros apóstoles.
La incredulidad de Santo Tomás (1601-1602) de Caravaggio, obra maestra que captura el momento de la duda.

Un apóstol para los que dudan

La figura de santo Tomás es especialmente cercana a quienes viven momentos de incertidumbre, preguntas o dudas en la fe. Su historia nos muestra que dudar no es un pecado, sino una etapa que, bien vivida, puede conducir a una fe más madura.

Jesús no rechaza a santo Tomás por su incredulidad, sino que le sale al encuentro. Y Tomás, al reconocer a Cristo, realiza una confesión de fe que ningún otro apóstol había hecho con tal claridad.

También nosotros, como Tomás, estamos llamados a pasar del deseo de pruebas al gozo de la fe. En la vida cristiana, no siempre se ve para creer, pero sí se cree para ver con los ojos del alma y del corazón.

En la Fundación CARF promovemos la formación integral de seminaristas y sacerdotes diocesanos que, como santo Tomás, quieren llevar la fe hasta los confines de la tierra. Muchos de ellos, como él, proceden de países lejanos, y regresarán para evangelizar, fortalecer comunidades cristianas y ser testigos vivos del amor de Cristo. Celebrar a santo Tomás es también una ocasión para redoblar nuestra oración por las vocaciones y para apoyar esta misión con generosidad.

El Evangelio del día

Tomás, uno de los doce, llamado Dídimo, no estaba con ellos cuando vino Jesús. Los otros discípulos le dijeron:

—¡Hemos visto al Señor!

Pero él les respondió:

—Si no le veo en las manos la marca de los clavos, y no meto mi dedo en esa marca de los clavos y meto mi mano en el costado, no creeré.

A los ocho días, estaban otra vez dentro sus discípulos y Tomás con ellos. Aunque estaban las puertas cerradas, vino Jesús, se presentó en medio y dijo:

—La paz esté con vosotros.

Después le dijo a Tomás:

—Trae aquí tu dedo y mira mis manos, y trae tu mano y métela en mi costado, y no seas incrédulo sino creyente.

Respondió Tomás y le dijo:

—¡Señor mío y Dios mío!

Jesús contestó:

—Porque me has visto has creído; bienaventurados los que sin haber visto hayan creído.


Bibliografía:

Evangelio según san Juan: Jn 11,16; Jn 14,5; Jn 20,24-29.

Evangelios sinópticos (listas de los Doce Apóstoles): Mt 10,2-4; Mc 3,16-19; Lc 6,14-16.

Catecismo de la Iglesia Católica: CIC 642-644: Testimonios de los apóstoles sobre la Resurrección.

Eusebio de Cesarea, Historia Eclesiástica, Libro III y IV (siglo IV): Referencias a la misión de santo Tomás en Partia e India.

San Jerónimo, De viris illustribus, capítulo 3: Información sobre la evangelización de Tomás.

San Gregorio de Nazianzo, Orationes, 33, 18: Mención del envío de Tomás a la India.

San Efrén de Siria, Himnos sobre los Apóstoles, himno 42: Exalta la predicación de Tomás en tierras orientales.

Calendario Litúrgico Romano (actualizado tras el Concilio Vaticano II): Fijación de la fiesta de santo Tomás Apóstol el 3 de julio.

Martirologio Romano (ed. típica de 2001), pág. 336: Memoria litúrgica y breve nota hagiográfica sobre el apóstol.

Basílica de Santo Tomás (Santhome), Mylapore, India: Tradición y veneración del lugar de su martirio y sepultura.

Catholic Encyclopedia (ed. 1912), artículo “St. Thomas”: Síntesis histórica y patrística de la vida y misión del apóstol.

Mons. Ocáriz: «El directivo crea las condiciones para que otros trabajen bien y crezcan»

«Es para mí un placer y un orgullo estar con vosotros con ocasión del 50 aniversario de las actividades del IESE en Madrid, motivo de profunda alegría viendo el desarrollo de una iniciativa de formación que ha ayudado a muchas personas a crecer en profesionalidad y a descubrir el sentido profundo (humano, social, cristiano) del trabajo, tema muy querido por san Josemaría.

Habéis construido una de las escuelas de dirección de empresas más prestigiosas del mundo, así que juzgando por los resultados externos habéis hecho un buen trabajo. Os quería animar para que, junto con vuestros éxitos externos avalados por los rankings de escuelas de dirección de empresas más relevantes, apuntarais también con denuedo hacia otros éxitos internos que aún tienen más valor para cada uno de vosotros desde la perspectiva de Dios. Esos éxitos internos, que son compatibles con éxitos y fracasos desde el punto de vista de negocio, son fruto del trabajo bien hecho por amor.

Para esos éxitos internos importa no solo qué hacemos y con qué resultados, sino también cómo trabajamos y por qué. Es así, a través de esos éxitos internos, como el impacto de esta escuela llegara aún más lejos.

Ocáriz 50 anviersario IESE Madrid discurso trabajo3

Realidad y valor humano del trabajo

Como decía san Josemaría, "El trabajo, todo trabajo, es testimonio de la dignidad del hombre, de su dominio sobre la creación. Es ocasión de desarrollo de la propia personalidad. Es vínculo de unión con los demás seres, fuente de recursos para sostener a la propia familia; medio de contribuir a la mejora de la sociedad, en la que se vive, y al progreso de toda la Humanidad", (San Josemaría, Es Cristo que pasa, n. 47).

San Josemaría habla aquí del porqué del trabajo en general. Para vosotros, el porqué de vuestro trabajo se refleja en la misión del IESE: Formáis a líderes que aspiran a tener un impacto profundo, positivo y duradero sobre las personas, las empresas y la sociedad a través de la excelencia profesional, la integridad y el espíritu de servicio.

Verdaderamente si cumplís bien ese propósito tan inspirador llegareis al corazón mismo de la sociedad. Mejorareis el mundo desde dentro. Pues ese propósito tan noble que perseguís se puede vivir en todas vuestras actividades, no solo aquellas con mayor valor estratégico que tomáis en el IESE desde la alta dirección. Todo trabajo puede tener un gran valor desde el punto de vista interior.

Ya en el mismo orden natural, "la dignidad del trabajo depende no tanto de lo que se hace, cuanto de quien lo ejecuta que, en el caso del hombre, es un ser espiritual, inteligente y libre" (San Juan Pablo II, Discurso, 3-VII-1986, n. 3).

La dignidad natural del trabajo radica, pues, en la dignidad espiritual de la persona humana, y será mayor o menor en función de la mayor o menor calidad o bondad que ese trabajo tenga en cuanto acción espiritual. Ahora bien, esta calidad o bondad depende esencialmente de la libertad: del amor –no como pasión o sentimiento– sino como dilectio o amor electivo del fin, en cuanto acto propio de la libertad. (Sobre la elección existencial del fin último, en cuanto acto de la libertad, cfr. C. Fabro, Riflessioni sulla liberta, Maggioli, Rimini 1983, pp. 43-51; 57-85).

Como ya os enseñaba vuestro Juan Antonio Pérez López, se trata de fomentar en nosotros y en las personas que dirigimos los motivos transcendentes: el interés por servir bien a los clientes, la conexión humana con las personas, el compromiso con el propósito de la empresa. Eso es en buena parte lo que nos estimula para servir más y mejor. Y eso se puede hacer a la vez que se consiguen también los resultados estratégicos que las empresas necesitan y a la vez que las personas oportunas desarrollen las competencias requeridas.

Y aunque puede parecer una exageración, esto decía san Josemaría: "Conviene no olvidar, por tanto, que esta dignidad del trabajo está fundada en el Amor. El gran privilegio del hombre es poder amar, trascendiendo así lo efímero y lo transitorio. Puede amar a las otras criaturas, decir un tú y un yo llenos de sentido. Y puede amar a Dios, que nos abre las puertas del cielo, que nos constituye miembros de su familia, que nos autoriza a hablarle también de tú a Tú, cara a cara".

En otras palabras, estamos hechos para el Amor y el trabajo es una de las plataformas sobre las cuales el Amor puede crecer dentro de nosotros mismos y en la sociedad. En esto consiste buena parte de la vocación del cristiano en el mundo, en la sociedad.

"Por eso el hombre no debe limitarse a hacer cosas, a construir objetos. El trabajo nace del amor, manifiesta el amor, se ordena al amor" (San Josemaría, Es Cristo que pasa, n. 48).

Me llegó hace poco una historia inspiradora que salió hace muchos años en la revista Forbes que ilustra esa conexión humana, ese amor manifestado a través del trabajo. Lo escribió una enfermera de urgencias en un hospital americano que fue testigo de un asombroso acto de liderazgo:

"Eran las 10:30 p. m. aproximadamente. La habitación estaba hecha un desastre. Estaba terminando de trabajar en el historial antes de irme a casa. El médico con el que me encantaba trabajar estaba formando a un nuevo médico, que había hecho un trabajo muy respetable y competente, diciéndole lo que había hecho bien y lo que podría haber hecho de manera diferente. Luego puso su mano sobre el hombro del joven médico y dijo: 'Cuando terminaste, ¿viste al joven de limpieza que entró a limpiar la habitación?' El joven le miraba sin entender.

El médico mayor dijo: 'Se llama Carlos. Lleva aquí tres años. Hace un trabajo fabuloso. Cuando entra, limpia la habitación tan rápido que tú y yo podemos atender a nuestros próximos pacientes rápidamente. Su esposa se llama María. Tienen cuatro hijos'. Luego nombró a cada uno de los cuatro niños y dio la edad de cada uno. El médico mayor continuó diciendo: 'Vive en una casa alquilada a unas tres cuadras de aquí, en Santa Ana. Han venido de México hace cinco años. Su nombre es Carlos', repitió. Luego dijo: 'La semana que viene me gustaría que me cuentes algo sobre Carlos que no sepa ya. ¿De acuerdo? Ahora, vamos a ver cómo están el resto de los pacientes'".

La enfermera quedó sorprendida: "Recuerdo estar allí de pie escribiendo mis notas de enfermería, atónita, y pensar: Acabo de presenciar un liderazgo impresionante".

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A veces se puede perder de vista ese tono humano cuando pensamos en el trabajo desde la perspectiva de competir con otras empresas para conseguir más beneficios en vez de pensar en servir a las personas con atención y cuidado, con amor. Obviamente, las empresas tampoco pueden perder de vista la estrategia ni el beneficio, que es señal de un servicio de calidad prestado de manera responsable y eficiente. Pero tan importante como los resultados económicos, o más, es servir con amor al trabajo y con amor a las personas.

Su valor sobrenatural: la santificación del trabajo

"Para un cristiano, esas perspectivas se alargan y se amplían. Porque el trabajo aparece como participación en la obra creadora de Dios, que, al crear al hombre, lo bendijo diciéndole: 'Procread y multiplicaos y henchid la tierra y sojuzgadla, y dominad en los peces del mar, y en las aves del cielo, y en todo animal que se mueve sobre la tierra' (Gen I, 28). Porque, además, al haber sido asumido por Cristo, el trabajo se nos presenta como realidad redimida y redentora: no sólo es el ámbito en el que el hombre vive, sino medio y camino de santidad, realidad santificable y santificadora" (San Josemaría, Es Cristo que pasa, n. 47).

¿Qué quiere decir eso de santificar del trabajo?

Consideremos dos aspectos fundamentales, unidos entre sí, en los que el fundador del Opus Dei insistió en innumerables ocasiones. En primer lugar, resulta patente que la dimensión sobrenatural del trabajo no es algo yuxtapuesto a su dimensión humana natural: el orden de la Redención no añade algo extraño a lo que el trabajo es en sí mismo en el orden de la Creación; es la misma realidad del trabajo humano la que es elevada al orden de la gracia; santificar el trabajo no es "hacer algo santo" mientras se trabaja, sino precisamente hacer santo el trabajo mismo.

El segundo aspecto, inseparable y, en cierto modo, consecuencia del anterior, es que el trabajo santificado es santificador: el hombre no sólo puede y debe santificarse y cooperar a la santificación de los demás y del mundo mientras trabaja, sino precisamente mediante su trabajo, haciéndolo humanamente bien, sirviendo a las personas por amor a Dios.  Este espíritu cristiano en la realización del trabajo ha de preparar el mundo a reconocer mejor a Dios y, así también contribuir a la sostenibilidad, a la paz, a la justicia social. “Es necesario -recuerda León XIV-  esforzarse por remediar las desigualdades globales, que trazan surcos profundos de opulencia e indigencia entre continentes, países e, incluso, dentro de las mismas sociedades” (León XIV, Discurso al cuerpo diplomático, 16-V-2025).  

Y, como explicaba san Josemaría, hay una necesaria relación entre la santificación del trabajo profesional y la reconciliación del mundo con Dios: "Unir el trabajo profesional con la lucha ascética y con la contemplación –cosa que puede parecer imposible, pero que es necesaria, para contribuir a reconciliar el mundo con Dios–,y convertir ese trabajo ordinario en instrumento de santificación personal y de apostolado. ¿No es éste un ideal noble y grande, por el que vale la pena dar la vida?" (S. Josemaría, Instrucción, 19-III-1934, n. 33).

Podemos vivir ese ideal noble y grande en el trabajo, sea cual sea; tener siempre esta perspectiva de servir a la sociedad, “A world to change", como decís en vuestra publicidad. Me gusta ver que en vuestro propósito habláis de un liderazgo que sea bueno para las personas, las empresas y también para el conjunto de la sociedad. Desde las empresas se puede hacer mucho bien a la sociedad, aunque también es cierto que no todo lo que la sociedad necesita se puede conseguir a través de las empresas, pues estas están limitadas por la necesidad de ofrecer un servicio limitado y concreto y de generar beneficios, que es parte de su fin.

También hacen falta estados, comunidades, y familias responsables. En vuestra formación, esforzaos por llegar a la persona en su totalidad, también en su dimensión espiritual, para que desde esas personas bien formadas contribuyamos a servir a la sociedad en todas sus dimensiones. Esto es fruto de la santificación de vuestro trabajo bien hecho por amor. Para transformar el mundo, tenemos que empezar por nosotros mismos y dejar espacio a Dios en nuestras vidas, y concretamente en el trabajo.

Hay unas conocidas palabras del Fundador del Opus Dei que encierran una brevísima y esencial delimitación del concepto de santificación del trabajo, en forma de consejo práctico: "Pon un motivo sobrenatural a tu ordinaria labor profesional, y habrás santificado el trabajo", (San Josemaría, Camino, n. 359). No se trata de hacer cosas distintas, sino de hacer las mismas cosas de siempre de manera distinta, con un motivo sobrenatural que nos estimula a poner más esfuerzo y más amor.

Es decir, la actividad de trabajar se hace santa cuando se realiza por un motivo sobrenatural. Pero no ha de entenderse esta afirmación como una especie de "moral de las solas intenciones"; no se trata, en términos clásicos, de dar la primacía al finis operantis como independiente del finis operis, que quedaría privado de su propia relevancia. El finis operantis es la motivación del que trabaja, que puede estar movida por intenciones de diversa índole. El finis operis es lo que se trata de conseguir con la actividad, que puede ser servir al cliente, terminar un informe, conseguir una meta. Para servir efectivamente con nuestro trabajo no es suficiente tener buenas intenciones, sino llegar a los hechos concretos. Para servir, servir, como decía san Josemaría.

Mons. Fernando Ocáriz, Prelado del Opus Dei, dando un discurso en un evento conmemorativo del IESE en Madrid
Mons. Fernando Ocáriz, prelado del Opus Dei, durante su discurso con motivo del 50 aniversario del IESE en Madrid.

El orden sobrenatural asume y eleva esta realidad humana, de modo que el trabajo es santo si "nace del amor, manifiesta el amor, se ordena al amor" y si este amor es aquella "caridad de Dios que ha sido derramada en nuestros corazones, por el Espíritu Santo que nos ha sido dado" (Rom 5, 5). Cuando vivimos esa unidad de vida de la que tanto hablaba san Josemaría, esa caridad de Dios se derrama por todas las actividades de nuestro trabajo: informes, llamadas, detalles pequeños terminados con amor. El finis operantis penetra e informa desde dentro el finis operis de todo nuestro actuar.

El trabajo es santo, se santifica, cuando está imperado e informado por el amor a Dios y a los demás por Dios. Esta es la sustancia de aquel "motivo sobrenatural" que basta poner al trabajo para santificarlo; y se entiende aún mejor que esa "intención" tiende per se a la perfección humana del trabajo mismo: "No podemos ofrecer al Señor algo que, dentro de las pobres limitaciones humanas, no sea perfecto, sin tacha, efectuado atentamente también en los mínimos detalles: Dios no acepta las chapuzas. No presentaréis nada defectuoso, nos amonesta la Escritura Santa, pues no sería digno de Él (Lev XXII, 20). Por eso, el trabajo de cada uno, esa labor que ocupa nuestras jornadas y energías, ha de ser una ofrenda digna para el Creador, operatio Dei, trabajo de Dios y para Dios: en una palabra, un quehacer cumplido, impecable" San Josemaría, Amigos de Dios, n. 55: cfr. nn. 58 y 6).

Pero no hay que confundir trabajar con perfección con el perfeccionismo que puede salir del orgullo y de la falta de orden. Hemos de trabajar bien dentro de lo razonable, sabiendo que tenemos muchas ocupaciones que reclaman nuestra atención, a las que también tenemos que llevar el amor de Dios.

El trabajo santificado no es sólo trabajo por Dios y para Dios, sino que es, a la vez y necesariamente, trabajo de Dios, porque es Dios quien santifica; Él es quien ama primero y hace posible nuestro amor por medio del Espíritu Santo, de quien nuestra caridad es una participación. Para que Dios trabaje en nosotros y a través de nuestro trabajo (para que nuestro trabajo sea obra de Dios), hace falta abrirle a Dios espacios en nuestro día, espacios de oración y escucha –en casa, en el despacho, en la calle, en la iglesia– para conseguir esa unidad con Dios que permite que Dios entre en todo nuestro actuar.

Santificar el trabajo, en sentido objetivo, externo, estructural (por ejemplo, las finanzas o la contabilidad), es inseparable no sólo de santificar con el trabajo (en el día a día, a través del esfuerzo concreto por conseguir unas metas de servicio a las personas), sino también de santificarse en el trabajo (creciendo en amor), que es la consecuencia necesaria e inmediata de santificar el trabajo en su aspecto subjetivo (en cuanto acción de la persona).

Ciertamente, un trabajo subjetivo no santificado puede cooperar a la santificación del mundo, en la medida en que contribuya al establecimiento de unas estructuras sociales, económicas, etc., naturalmente eficaces y justas, lo cual es parte imprescindible de la ordenación según Dios de esas estructuras. Pensad aquí por ejemplo en los Objetivos de Desarrollo Sostenible de las Naciones Unidas.

Sin embargo, sólo un trabajo subjetivo santificado y, por tanto, santificante de quien lo realiza, coopera necesariamente no sólo a configurar un mundo justo, sino también a informarlo con la caridad de Cristo, a santificarlo. Naturalmente, esta santificación del mundo desde dentro requiere no una sino muchas personas que santifiquen su trabajo y se santifiquen en su trabajo en todas las profesiones.

San Josemaría lo afirmaba también con la expresión “se han abierto los caminos divinos de la tierra”.  Hacen falta muchos y muchas que quieran caminar esos caminos para elevar el mundo desde dentro, no a través de campañas organizadas y quizá ideológicas, que pueden ser polarizadoras, sino a través del crecimiento interior de cada uno en su propio sitio, abierto a las demás personas y acogiendo así la gracia de Dios que quiere difundir fe, esperanza y caridad alrededor nuestro.  

La peculiar relevancia del trabajo directivo

Tenéis por delante un gran propósito, el de educar líderes de empresas que crearán el contexto en el que muchos otros trabajen y se desarrollen como personas mediante su trabajo. Es una gran responsabilidad preparar a personas con tanta responsabilidad.

Muchas veces no tendrán recetas claras sobre cómo interpretar un problema o resolver una situación. En general, el trabajo directivo comporta un conjunto de actividades, como prever, organizar, coordinar y controlar el desarrollo y los resultados de la actividad de una organización.

Ante una realidad tan compleja y variable, se entiende que, a la hora de teorizar sobre la naturaleza o de analizar la práctica del trabajo directivo, surjan interpretaciones más o menos diversas (cfr., por ejemplo, G. Scalzo y S. García Álvarez, El Management como práctica: una aproximación a la naturaleza del trabajo directivo, en “Empresa y humanismo”, XXI (2018) pp. 95-118).

Por eso la educación de un directivo no requiere solo memorizar principios o recolectar herramientas de marketing, finanzas, estrategia o contabilidad, sino llegar a un entendimiento prudencial que normalmente se adquiere solo con una experiencia larga y bien digerida.

La responsabilidad de un directivo exige ejercitar la prudencia, que es la virtud más propia del trabajo de gobierno. Podemos recordar una conocida afirmación de santo Tomás de Aquino: “que los sabios nos enseñen, que los santos recen por nosotros, que los prudentes nos gobiernen”. A través de las sesiones con el método del caso, vuestros alumnos aprenden a ejercitar la prudencia, a hacerse las preguntas clave, a profundizar en los argumentos, a entender los puntos de vista de otros sin prejuicios, y a cambiar de opinión.

En su expresión más general, la acción prudente requiere un suficiente conocimiento del pasado (los precedentes de los asuntos), la atención a las circunstancias que delimitan el asunto presente, y la previsión de efectos futuros de las posibles decisiones.

“La prudencia, además de ser el hábito perfectivo de este tipo de actividad (praxis), es la única virtud intelectual cuyo objeto es moral, es decir, actúa como una especie de puente entre ambas dimensiones que permite conciliar el pensamiento con la acción”, (G. Scalzo y S. García Álvarez, cit. P. 112.). Ejercitando la prudencia a la hora de dirigir, los participantes de vuestros programas crecerán como personas, moral e intelectualmente, y serán capaces de crear entornos en los que otras personas crezcan, y contribuyan así a mejorar la sociedad.

Otras características de un buen trabajo directivo, me parece que son la apertura y la flexibilidad. Apertura de mente, para aprender de la experiencia y del estudio. Apertura para entender los cambios que se requieren en los nuevos tiempos. Apertura para acoger y valorar sugerencias o explicaciones de otros, sin prisas ni admitir prejuicios. Saber escuchar. Apertura para no cortar iniciativas arbitrariamente, sino promoverlas y encauzarlas. Apertura para captar y aceptar oportunidades de cambios; en particular, apertura mental para cambiar de opinión: como decía san Josemaría, “no somos como los ríos que no se pueden volver atrás”.

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En fin, apertura de corazón, para comprender y querer a los demás. Esa apertura nos lleva a aceptar a los otros como son, sin juzgar y sin dejarse llevar por prejuicios, a la vez que los podemos desafiar a ser mejores. Consiste en ser puente también para personas que piensan distinto. Se puede trabajar muy bien con personas con otra fe o sin fe, y que siguen estilos de vida que no compartís, pero personas que suelen tener siempre un fondo bueno, sobre el que se puede construir una amistad y un proyecto común dentro de la empresa.

Por lo que se refiere a la flexibilidad, es obvio que se opone a la rigidez, pero que no se opone a la fortaleza. Se trata de la capacidad de aceptar y decidir excepciones necesarias o convenientes. En este contexto, me parece interesante mencionar también la importancia de fomentar la libertad interior de los colaboradores de todos los niveles profesionales, dando la razón de lo que se manda. Se trata de que quieran hacer su trabajo bien para servir mejor. En este mismo sentido, un buen trabajo directivo evita un excesivo control y un excesivo detalle a la hora de encargar algo. El micromanagement como manera de dirigir crea marionetas, no personas maduras con criterio propio.

También cabe mencionar la importancia de saber delegar atendiendo a las circunstancias de las personas y de los ambientes. Me viene a la memoria lo que escribe san Josemaría, en un contexto más amplio: "No se pueden emplear con todos los mismos medios. También en esto es necesario imitar el comportamiento de las madres: su justicia es tratar de modo desigual a los hijos desiguales", (San Josemaría, Carta 29-IX-1957, n. 25).

Algunos, los más jóvenes, necesitan seguimiento y retroalimentación para adquirir cuanto antes la experiencia que necesitan para hacer su trabajo bien. Otros, más maduros, necesitan de coaching a través del cual vayan aprendiendo a tomar decisiones propias. Y llega un momento en el que pueden trabajar sin seguimiento alguno, porque el directivo puede delegar en ellos con confianza plena y sin preocupaciones. Pero unos y otros necesitan la confianza, cercanía y amistad de sus directivos.

La actividad directiva exige de ordinario encauzar hacia una común finalidad elementos y acciones en sí mismas diversas. Es necesaria, entonces, una suficiente capacidad de síntesis, que manteniendo la atención que distingue los diversos elementos del asunto, los consigue unir en una común dimensión final. Aquí entra lo que muchos denominan el propósito de la empresa, que incluye prestar atención a sus muchas partes interesadas –stakeholders– para que la actividad directiva a la vez unifique los esfuerzos de todos.

La peculiar relevancia del trabajo directivo radica, como es obvio, en que de ese trabajo depende en buena parte la eficacia del trabajo de otras personas, su crecimiento personal a través del trabajo, y la cultura y tono de la empresa. De ahí un peculiar aspecto de la responsabilidad de los directivos. La posición de directivo no es un privilegio sino un servicio y una responsabilidad, que consiste en crear un contexto efectivo para el trabajo de otros. Por tanto, un directivo ha de fomentar la disposición interior que empuja a acometer decididamente los propios deberes.

Educáis aquí a esos directivos no solo a través de las clases y los trabajos en equipo, sino también creando un tono de trabajo bien hecho –incluidos muy diversos aspectos: jardines bien cuidados, las pizarras limpias, las clases bien preparadas con cierres impactantes y claros– y de alegría y cercanía humana, de cuidado de las personas.

En fin, ese tono de amistad en el que todos se dan cuenta que realmente importan, que se les quiere, explica la apertura y alegría que se ven en vuestra escuela y en las reuniones de antiguos alumnos.

Muchas gracias».


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Dirección espiritual: ¿quién es el director y por qué lo necesito?

Cada persona es un mundo diferente con sus propias historias y experiencias de vida.. Y Dios tiene un plan específico para cada persona y la dirección espiritual o acompañamiento espiritual, contribuye al proceso de crecimiento de cada cristiano en su condición de hijo o de hija de Dios Padre en Cristo por el Espíritu Santo; ayudando a descubrir con alegría la figura y el amor de Cristo y lo que reclama su seguimiento.

¿Qué es la dirección espiritual católica?

«En el camino de la vida espiritual no se fíen de ustedes mismos, sino que, con sencillez y docilidad, pidan consejo y acepten la ayuda de quien, con sabia moderación, puede guiar su alma, indicarles los peligros, sugerirles los remedios oportunos, y en todas las dificultades internas y externas les puede dirigir rectamente y encaminarlos...», Papa Pío XII, Exhortación apostólica Menti nostrae, 27.

La dirección espiritual o acompañamiento espiritual busca la orientación de la vida interior y del ejercicio de las virtudes devotas para que cada cristiano sepa realizar sus tareas cotidianas como servicio a Dios y al prójimo.  Sin condicionar por ello la naturaleza secular y libre de esas mismas tareas, de las que sólo el interesado es plenamente responsable, como cualquier otro ciudadano. Su fin es exclusivamente espiritual.

El objetivo de la dirección espiritual consiste principalmente en ayudarte a discernir los signos de la voluntad de Dios con la ayuda del consejo de alguien más experimentado en la vida espiritual: el director espiritual.

La figura del director espiritual es muy antigua en la vida de la Iglesia. En un sentido amplio y genérico se puede remontar al mismo Jesucristo y a la época apostólica; aunque a lo largo de la historia de la Iglesia se ha ido enriqueciendo.

Hay que tener en cuenta que la dirección espiritual es complementaria de otras actividades de formación católica y catequesis de carácter más colectivo.

¿Por qué necesito de un director espiritual?

«No se te ocurriría construir una buena casa para vivir en la tierra sin consultarle a un arquitecto. ¿Cómo quieres levantar sin un director espiritual el alcázar de tu santificación para vivir eternamente en el cielo?», san Josemaría Escrivá.

Es muy difícil que alguien pueda guiarse a sí mismo en la vida espiritual. Tantas veces la falta de objetividad con que nos vemos a nosotros mismos, el amor propio, la tendencia a dejarnos llevar por lo que más nos gusta, o nos resulta más fácil, difuminan el camino que lleva a Dios.

En el director espiritual, vemos a esa persona, que conoce bien el camino de Dios. A quien abrimos el alma y ejerce como maestro de las cosas que a Dios se refieren.

En el Opus Dei, en particular, se ha subrayado desde el principio la importancia de la dirección espiritual como medio decisivo en la formación personal y como ayuda ofrecida a todos los que se acercan a sus apostolados. El espíritu genuinamente secular de esta prelatura personal de la Iglesia Católica lleva a que se marque particularmente, en el ejercicio de la dirección espiritual, la libertad y responsabilidad personal de cada uno tanto en su ámbito profesional, social, político como también en su familia.

Características del director espiritual

«El papel del maestro espiritual consiste en secundar la labor del Espíritu Santo en el alma y dar paz, en vista del don de sí y de la fecundidad apostólica», san Josemaría Escrivá.

Existen tres cualidades fundamentales para el director espiritual definidas por san Francisco de Sales:

Y san Josemaría Escrivá de Balaguer agrega «los consejos de la dirección espiritual sirven para iluminar la inteligencia, robustecen la libertad. En ocasiones, esa transmisión de la verdad se hará con fortaleza. La verdadera finura y la verdadera caridad exigen llegar a la médula, aunque cueste: siempre con delicadeza y respetando los ritmos que sean propios de cada persona.

Deberá caracterizarle el ser siempre positiva y motivadora. La motivación constituye el germen de la perseverancia; en ella se gesta realmente la perseverancia. La motivación conduce al amor y el amor es el fundamento de la vida, de la disponibilidad y de la generosidad.

Exigencia y motivación van de la mano. Quien quiera exigir, debe saber motivar, y nunca exigir sin haber motivado, de otra manera la dirección espiritual caerá en saco roto».

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“Pedid y se os dará, buscad y encontraréis”. San Mateo 7,7-12.

Para encontrar un director espiritual que nos ayude con el acompañamiento espiritual puedes acudir a parroquias o movimientos católicos. Comenzar por confesarte con algunos de sus sacerdotes e irles pidiendo consejo de forma progresiva.

¿Cómo hacer una buena dirección espiritual?

«La tarea de dirección espiritual hay que orientarla no dedicándose a fabricar criaturas que carecen de juicio propio, y que se limitan a ejecutar materialmente lo que otro les dice; por el contrario, la dirección espiritual debe tender a formar personas de criterio. Y el criterio supone madurez, firmeza de convicciones, conocimiento suficiente de la doctrina, delicadeza de espíritu, educación de la voluntad», san Josemaría Escrivá.

Si queremos que nuestra dirección espiritual sea enriquecedora y no se reduzca a un simple desahogo, un consejo aislado o al cumplimiento formal de un compromiso, debe reunir una serie de características:

¿Qué hablar con tu director espiritual?

«La fe y la vocación de cristianos afectan a toda nuestra existencia, y no sólo a una parte, por tanto, está en relación con la vida familiar, el trabajo, el descanso, la vida social, la política, etc.

Aunque la dirección espiritual no tiene como materia inmediata esos ámbitos debe ofrecer luces y consejos para que cada uno, con libertad y responsabilidad, seguro en la fe y en la moral católicas, tome las decisiones que considere oportunas con conocimiento de causa y dejando que la luz de Dios ilumine toda su vida.

Desde esta perspectiva la dirección espiritual tiene como meta promover la unidad de vida que lleva a buscar y a amar a Dios en todo, y a vivir toda la existencia con conciencia de la misión que la vocación cristiana implica», san Josemaría Escrivá.

San Josemaría aconseja tratar siempre, en la dirección espiritual, tres puntos necesarios para un verdadero progreso espiritual:

  1. Fe: que remite a la doctrina apostólica
  2. Pureza: la Eucaristía, Recibirla frecuentemente nos ayuda a tener una mirada limpia. La Comunión, momento trascendental de todas las partes de la misa.
  3. Vocación: esta ligada a la oración, respuesta a la Palabra de Dios que llama, es esencial para ser fiel a la propia vocación.

Esta trilogía pueda relacionarse con lo que nos dicen los Hechos de los Apóstoles, describiendo la vida y la perseverancia de los primeros cristianos "en la doctrina de los apóstoles y en la comunión, en la fracción del pan y en las oraciones".

Actitud para una buena dirección espiritual católica

«Conocéis de sobra las obligaciones de vuestro camino de cristianos, que os conducirán sin pausa y con calma a la santidad; estáis también precavidos contra las dificultades, prácticamente contra todas, porque se vislumbran ya desde los principios del camino. Ahora os insisto en que os dejéis ayudar, guiar, por un director de almas, al que confiéis todas vuestras ilusiones santas y los problemas cotidianos que afecten a la vida interior, los descalabros que sufráis y las victorias.

En esa dirección espiritual, mostraos siempre muy sinceros: no os concedáis nada sin decirlo, abrid por completo vuestra alma, sin miedos ni vergüenzas. Mirad que, si no, ese camino tan llano y carretero se enreda, y lo que al principio no era nada, acaba convirtiéndose en un nudo que ahoga…», san Josemaría Escrivá.

director espiritual acompañamiento espiritual católico

La dirección espiritual requiere, en las personas que la reciben, el deseo de progresar en el seguimiento de Cristo. El que es acompañado espiritualmente ha de tener una actitud abierta a la ayuda.

Al acudir a la dirección espiritual, para secundar la acción del Espíritu Santo y crecer espiritualmente e identificarnos con Cristo, debemos cultivar las virtudes de la sinceridad y de la docilidad, que resumen la actitud del alma creyente ante el Paráclito.

Así describía esta recomendación san Josemaría, dirigiéndose a todos los fieles, de la Obra o no.

«La función del director espiritual, es abrir horizontes, ayudar a la formación del criterio, señalar los obstáculos, indicar los medios adecuados para vencerlos, corregir las deformaciones o desviaciones de la marcha, animar siempre: sin perder jamás el punto de mira sobrenatural, que es una afirmación optimista, porque cada cristiano puede decir que lo puede todo con la ayuda divina...», san Josemaría Escrivá.

¿Con qué frecuencia hablar con tu director espiritual?

Dios nos va conquistando y transformando poco a poco. Ya hemos comentado la importancia de la constancia. Una labor aislada puede quizás dar un pequeño empujón, pero no deja huella profunda. Por eso es esencial el seguimiento periódico de la dirección espiritual para moldear con paciencia y perseverancia el camino dispuesto por Dios para nuestra vida.

Reza por tu director espiritual

Puedes rezar por los sacerdotes que dirigen a tantas almas en la dirección espiritual. Orar personalmente por aquel que dirige tu alma, que te aconseja en diferentes situaciones, pues el don de la sabiduría se encuentra en él. También puedes realizar una oración oración por las vocaciones sacerdotales para que algún día y con ayuda del Espíritu Santo sean también directores espirituales.

Que Dios los favorezca en este deseo de crecer espiritualmente y madurar en la fe. Que el Señor te pueda providenciar un director espiritual para que realmente te comprometas proceso de crecimiento y madurez espiritual.


Bibliografía:

Doctrina Social de la Iglesia.
OpusDei.org
Carta pastoral del 2-X-2011 en la que Mons. Javier Echevarría.
«Dirección espiritual». Diccionario de San Josemaría Escrivá de Balaguer.