Los 108 milagros eucarísticos de san Carlo Acutis

Con su acción y su conducta, el ya declarado santo, representa un modelo de joven que sabe seguir con valentía y firmeza el camino señalado por el Señor, a pesar de las dificultades sin dejar de llevar una vida junto a Jesús

El proyecto de vida de san Carlo Acutis, considerado el santo milenial, fue vivir con Jesús, para Jesús y en unión con Jesús. Su vida no era para dedicarla a cosas vanas, sino para entregársela a Dios, poniendo todos sus proyectos en sus manos.

La vida de este joven santo italiano, deja como fruto una obra sobre los milagros eucarísticos para todos los cristianos con la que consigue llevar, a través de internet, a Jesús al mundo entero. Realizó, casi sin quererlo, así una contribución a la obra evangelizadora de la Iglesia en torno a la Sagrada Eucaristía y la presencia real de Jesús en ella.

San Carlo Acutis es un auténtico testigo de que el Evangelio puede ser vivido íntegramente por un joven adolescente. Su breve existencia, destinada a la meta del encuentro con Jesús, es un ejemplo para la juventud cristiana.

milagros eucarísticos carlo acutis
Mapa con los 163 paneles creado por san Carlos Acutis.

La exposición sobre los milagros eucarísticos de san Carlo Acutis

Carlo Acutis es conocido como patrono de Internet, porque fue capaz de usar las nuevas técnicas de comunicación para transmitir el Evangelio y para comunicar valores cristianos.

Además, realizó una investigación, recopilación y diseño que dio como resultado la creación de 163 paneles donde se muestran fotografías y descripciones históricas de los milagros eucarísticos principales ocurridos en diferentes siglos y en el mundo.

De este modo surgió la exposición sobre milagros eucarísticos de san Carlo Acutis que ya ha recorrido muchos países del mundo, y ha visitado más de 500 parroquias en Italia y más de diez mil parroquias en otros países con traducciones en diferentes idiomas.

Con una gran variedad de fotografías y descripciones históricas, la exposición los milagros eucarísticos principales que ocurrieron a lo largo de los siglos en diferentes países y que han sido reconocidos por la Iglesia católica. Por medio de los paneles el santo milenial consigue que visitemos virtualmente los lugares donde ocurrieron dichos milagros.

San Carlo Acutis tiene un mensaje para los jóvenes de hoy: la vida en Cristo es bella y hay que vivirla en plenitud. Las realidades eternas son auténticas y estamos inmersos en ellas más de lo que creemos.

«Todos nacen originales, pero muchos mueren como fotocopias». Para no morir como una fotocopia, Carlo Acutis bebe de la fuente de los sacramentos, que son para él, el medio más poderoso para crecer en virtudes cristianas. 

El joven san Carlo Acutis en una foto al aire libre con un paisaje de montañas al fondo, vistiendo un polo rojo y una mochila.
Carlo Acutis (1991-2006), el "ciberapóstol de la Eucaristía", cuya próxima canonización lo convertirá en San Carlo Acutis.

¿Qué son los milagros eucarísticos?

Los milagros eucarísticos son intervenciones prodigiosas de Dios que tienen como fin confirmar la fe en la presencia real del cuerpo y la sangre del Señor en la Eucaristía.

Durante la liturgia de la Eucaristía, el momento más importante de la Misa católica, es la Consagración del pan y del vino que se transformarán, mediante las palabras del sacerdote, en el cuerpo y en la sangre de Cristo.

Esta maravillosa transformación, en la parte de la Misa más importante, toma el nombre de transustanciación, es decir, el cambio de una sustancia por otra, no puede ser experimentada en absoluto por los sentidos, sólo la fe nos asegura esta maravillosa transformación. Cambia la sustancia sin cambiar los accidentes.

Los milagros eucarísticos buscan confirmar esta fe que se funda en las palabras de Jesús, lo que parece pan no es pan y lo que parece vino no es vino.

En los milagros eucarísticos se dejan ver, efectivamente, la carne y la sangre, o una sin la otra dependiendo del milagro.

El fin de estos prodigios es demostrar que no debemos buscar la apariencia externa (pan y vino), sino la sustancia, la verdadera realidad de las cosas, que es la carne y la sangre de Jesucristo Dios Nuestro Señor.

Fotografía del adolescente san Carlo Acutis sonriendo a la cámara en un entorno histórico, con un puente de piedra y un río al fondo, durante un viaje.
San Carlo Acutis en una imagen que refleja su sencillez y la alegría de un joven de nuestro tiempo.

Breve biografía de san Carlo Acutis

Este joven santo muere en octubre de 2006, con tan solo 15 años a causa de una leucemia mieloide aguda, dejando en la memoria de quienes conocen su vida una profunda admiración por su testimonio de vida cristiana.

Desde muy pequeño, Carlo mostró una gran atracción por la Eucaristía, era un chico normal. Realizaba diferentes obras de apostolado.

Tocaba el saxofón, jugaba al futbol y se divertía con los videojuegos. Pero todo lo hacía con una armonía absolutamente especial, gracias a su gran amistad con Jesús.

Era un gran conocedor del mundo de la informática. Sus conocimientos abarcaban desde la programación de ordenadores hasta el montaje de películas, la creación de sitios web, periódicos digitales, y lo utiliza en favor de su apostolado.

Su devoción crece a diario gracias a la Comunión; participaba con fervor en la Santa Misa, rezaba ante el Santísimo Sacramento.

El amor de Carlo por la Eucaristía y la Virgen María fueron los pilares de su vida. La Virgen María era su confidente y nunca dejaba de venerarla rezando el Santo Rosario y dedicándole sus sacrificios en forma de renuncias.

Así vivió Carlo Acutis, en íntima amistad con Jesús, y en su presencia constante, comprendió que era necesaria una auténtica vida espiritual para una acción misionera eficaz. Cuando le diagnosticaron la leucemia, ofreció sus sufrimientos «por el Señor, el Papa y la Iglesia».

Desde el 6 de abril de 2019, los restos mortales de Carlo descansan en el santuario del Despojo de Asís. El papa Francisco lo nombró beato el 10 de octubre de 2020. Y el 7 de septiembre de 2025 el papa León XIV lo proclamó santo, junto a Pier Giorgio Frassati.

Canonización de san Carlo Acutis

Acutis considerado el santo milenial fue canonizado junto a Pier Giorgio Frassati el 7 de septiembre de 2025 en la plaza de san Pedro por el papa León XIV, acompañado de miles de personas.

Si no pudiste ver su canonización, ahora puedes, a través del siguiente vídeo:


Faustina Kowalska, apóstol de la Divina Misericordia

En la historia de la Iglesia Católica, pocas figuras del siglo XX han tenido un impacto tan profundo y universal como santa Faustina Kowalska. Esta religiosa polaca, Apóstol de la Divina Misericordia, canonizada en el año 2000

Su mensaje lo recibió directamente de Jesucristo a través de una serie de revelaciones místicas. Su confesor le obligó a dejar por escrito todas las revelaciones en lo que se conoce como el Diario de la Divina Misericordia.

Los primeros años

Helena Kowalska nació en 1905 en la aldea de Głogowiec, en Polonia, en una familia campesina, pobre y piadosa. Desde muy joven, sintió una fuerte inclinación hacia la vida espiritual. A los siete años, ya percibía en su alma la llamada a la vida consagrada.

Sus padres se opusieron inicialmente debido a la precaria situación económica de la familia. Durante su adolescencia, trabajó como sirvienta para ayudar a su familia y ahorrar para su dote, un requisito común en aquella época para ingresar en un convento.

A pesar de las dificultades, la llamada de Dios era insistente. A los 18 años, ante la negativa de sus padres, decidió entregarse a las veleidades de la vida para acallar la llamada de la Gracia. Precisamente con su hermana Josefina, cuando todos disfrutaban y lo pasaban bien, ella no era capaz, sufría y sentía gran tristeza.

Este episodio resultó decisivo para su vocación. Tuvo una visión de Jesús sufriente que le preguntaba: «Helena, hija mía, ¿hasta cuándo me harás sufrir, hasta cuándo Me engañarás?». Este momento marcó un punto de no retorno.

Abandonó todo y, siguiendo ese impulso divino, se dirigió a Varsovia para buscar un convento que la aceptara. Tras ser rechazada en varias congregaciones, finalmente fue admitida en la Congregación de las Hermanas de Nuestra Señora de la Misericordia en 1925, donde adoptó el nombre de Sor María Faustina del Santísimo Sacramento.

Imagen de Jesús de la Divina Misericordia de Santa Faustina Kowalsk

La misión de Secretaria de la Divina Misericordia

En 1928 hizo sus votos como monja y vivió muy pocos años como tal, ya que falleció el 5 de octubre de 1938, a los 33 años, de los cuales 13 fueron vividos en el convento. La vida de Santa Faustina Kowalska como religiosa fue aparentemente ordinaria y sencilla. Desempeñó con humildad y diligencia las tareas más sencillas: cocinera, jardinera, portera, pues fue advertida de que ingresaría allí como una hermana lega y que, por su bajo nivel de escolaridad, quizás no alcanzase en la orden niveles más altos.

Sin embargo, en el secreto de su celda y de su corazón, se desarrollaba una vida mística de una profundidad inaudita. Jesús se le aparecía y le confiaba una misión: ser la apóstol y secretaria de Su Divina Misericordia.

El núcleo de su misión se encuentra en su Diario, que su confesor se obligó a escribir con la sencillez de una persona que apenas recibió formación académica por su extrema pobreza. El manuscrito de más de 600 páginas registró meticulosamente las palabras de Jesús, sus visiones y sus experiencias espirituales.

En estas revelaciones, Cristo le pidió que pintara una imagen de Él tal como se le aparecía, con dos rayos emanando de su corazón, uno rojo y otro pálido, simbolizando la sangre y el agua derramadas en la Cruz. Bajo la imagen, debía figurar la inscripción: «Jesús, en Ti confío». Jesús le dijo que quería que la imagen de la Divina Misericordia fuera «solemnemente bendecida el primer domingo después de Pascua; aquel domingo será la fiesta de la misericordia».

Esta imagen, conocida hoy como la Divina Misericordia, es uno de los iconos cristianos más reconocidos del mundo. Jesús también le enseñó a sor Faustina la Coronilla de la Divina Misericordia, una oración para implorar misericordia para el mundo entero, y le pidió que se estableciera el primer domingo después de Pascua como la Fiesta de la Misericordia.

Esta devoción no era un simple añadido a la piedad popular, sino un recordatorio urgente para un mundo sumido en el conflicto y la desesperación de que el atributo más grande de Dios es Su misericordia infinita.

Una vida humilde

La vida de servicio humilde de santa Faustina Kowalska no se limitó a su misión profética. Su espiritualidad estaba profundamente arraigada en el sacrificio y la ofrenda de sí misma por la salvación de las almas. Ofreció sus sufrimientos, tanto físicos –padeció tuberculosis durante años– como espirituales, en unión con la Pasión de Cristo. Comprendió que el servicio a los demás y el amor al prójimo eran la manifestación más auténtica de la devoción a la Misericordia Divina.

Su obediencia a sus superiores y a su director espiritual, el beato Miguel Sopoćko, fue ejemplar. A pesar de las dudas, incomprensiones y dificultades que encontró, incluso dentro de su propia congregación, perseveró con una confianza inquebrantable en la voluntad de Dios. Precisamente, su confesor, Sopoćko, fue quien le indicó que debía redactar un Diario con todas las revelaciones que Jesús le iba haciendo.

Su vida refleja cómo Dios elige a los humildes para llevar a cabo sus obras más grandes, demostrando que la santidad no reside en hacer cosas extraordinarias, sino en hacer las cosas ordinarias con un amor extraordinario.

Faustina contó a Sopoćko sobre la imagen de la Divina Misericordia, y en enero de 1934, él le presentó al artista Eugenio Kazimierowski, también profesor en la misma universidad, donde su confesor daba clases de Teología pastoral.

La Divina Misericordia

El Diario de santa Faustina Kowalska ha sido traducido a decenas de idiomas y ha guiado a innumerables personas hacia una relación más profunda con Dios. La devoción a la Divina Misericordia, impulsada decisivamente por san Juan Pablo II –quien la llamó el gran apóstol de la Misericordia en nuestros tiempos–, se ha extendido por toda la Iglesia. Hoy, su mensaje resuena en un mundo herido por la división y el pecado, la Misericordia de Dios es el único refugio y la única esperanza.

El 18 de abril de 1993, día de la fiesta de la Divina Misericordia (segundo domingo de Pascua), Juan Pablo II declaró beata a sor Faustina frente a una multitud de devotos de la Divina Misericordia en la plaza de San Pedro, en Roma.​

María Faustina Kowalska fue canonizada el 30 de abril de 2000, segundo domingo de Pascua, día al que la Iglesia católica denomina también Domingo de la Divina Misericordia. El Santo Padre presidió la ceremonia de canonización ante una gran multitud de devotos.

La vida de esta humilde religiosa polaca nos enseña que una vida de servicio, vivida en la fe y la confianza, puede transformar el mundo. Santa Faustina nos recuerda que, sin importar cuán grandes sean nuestras debilidades o nuestros pecados, el corazón amoroso de Dios siempre está abierto para acogernos con su infinita misericordia.


4 de octubre, san Francisco de Asís

El 4 de octubre, la Iglesia universal se fija en la figura de san Francisco de Asís. Conocido como el Francesco d'Assisi, apodado il poverello d'Assisi (el pobre de Asís), su vida es una invitación a redescubrir la alegría en la sencillez y el amor incondicional a Cristo a través de la pobreza. Destaca por su amor a los demás, su desprendimiento y su ansia de reformar la Iglesia. Nunca olvidaría las palabras oídas en sueños en Spoleto: «¿por qué te empeñas en buscar al siervo en lugar del Señor?».

Su existencia tomó una nueva dirección, guiada por el constante deseo de saber a qué podía llamarlo el Señor. La oración y la contemplación en el silencio de las tierras de Umbria, le condujeron a abrazar como hermanos a los leprosos y vagabundos por los cuales siempre había sentido disgusto y repulsión.

Giovanni Pietro Bernardone

Nacido como Giovanni di Pietro Bernardone siempre tuvo en su corazón el deseo de cumplir grandes empresas; esto fue lo que a la edad de veinte años le impulsó a partir, primero a la guerra entre Asís y Perugia y después a las cruzadas. Hijo del rico mercader de telas Pietro di Bernardone, y de Pica, dama de la nobleza provenzal, había nacido en 1182 y crecido entre las comodidades de la familia y de la vida mundana. Al regreso de la dura experiencia bélica, enfermo y agitado, resulta irreconocible para todos. Algo había marcado profundamente su ánimo, algo distinto a la experiencia del conflicto.

El joven Francisco vivía una vida de opulencia, soñando con la gloria de ser un caballero. Sin embargo, Dios tenía otros planes. Tras experiencias como prisionero de guerra y una grave enfermedad, su alma inquieta comenzó a buscar un propósito más elevado. El punto de inflexión llegó en la ermita de San Damián, cuando, rezando ante un crucifijo , escuchó una voz que le decía: «Francisco, ve y repara mi Iglesia que, como ves, está en ruinas». Esta llamada marcaría el resto de su existencia y su vocación de servicio a la Iglesia.

El abrazo a la pobreza

San Francisco entendió aquella llamada de una forma literal al principio, dedicándose a reparar físicamente ermitas. No obstante, pronto comprendió que el Señor le pedía algo mucho más profundo: una renovación espiritual de la Iglesia a través del ejemplo. Para ello, se despojó de todo. En un acto público y dramático, renunció a la herencia de su padre, se despojó de sus lujosas ropas y se consagró a Dios, abrazando lo que él llamaba su señora Pobreza, delante del obispo Guido.

Esta no era una pobreza miserable o triste, sino una elección libre. Para san Francisco de Asís, la pobreza era el camino más directo para imitar a Cristo, que «siendo rico, se hizo pobre por nosotros» (2 Co 8,9). Al no poseer nada, Francisco se hizo completamente dependiente de la Providencia de Dios, encontrando una alegría inmensa en lo poco que tenía.

Esta actitud es modelo para la vida cristiana y, de forma particular, para la vocación sacerdotal, que exige un corazón desprendido para poder servir a Dios y a las almas sin atadura alguna. La formación de los sacerdotes sigue bebiendo de este espíritu de desapego.

Con los más desfavorecidos

Su amor por la pobreza de Jesús le llevó a encontrarse con Él en los más desfavorecidos. El famoso episodio del abrazo al leproso simboliza su conversión total: donde antes sentía repulsa, ahora veía el rostro sufriente de Cristo. Este amor a los pobres y a los marginados es una dimensión del servicio a la Iglesia que todo bautizado, y especialmente el sacerdote, está llamado a vivir.

San Francisco de Asís abraza con compasión a un hombre con lepra, superando su propia repulsión.
San Francisco abrazando a un leproso, hacia 1787. Óleo sobre lienzo, 217 x 274 cm. de Zacarías Joaquín González Velázquez y Tolosa ©Museo Nacional del Prado.

Reconstructor de la Iglesia

La misión de reparar la Iglesia se materializó finalmente en la fundación de la Orden de los Frailes Menores (Franciscanos), una fraternidad que vivía el Evangelio sine glossa, es decir, sin interpretaciones que suavizaran su radicalidad.

Más adelante, junto a santa Clara, inspiró también la rama femenina de las Clarisas. El ejemplo de Francisco y sus hermanos fue un revulsivo espiritual en una época en que la Iglesia sufría envuelta en lujos y luchas de poder.

Demostraron que la verdadera reforma no viene de la crítica destructiva, sino de la santidad personal y la obediencia. Un sacerdote, como nos enseña la tradición, puede transformar una parroquia entera. El camino hacia esa santidad es una lucha constante que laicos y consagrados deben seguir.

Amor a la Creación

San Francisco de Asís también es recordado por su profundo amor a la Creación. En su famoso Cántico de las Criaturas, alaba a Dios a través del "hermano sol", la "hermana luna" y la "hermana nuestra madre tierra".

No era un ecologista en el sentido moderno, sino un místico que veía en cada criatura la huella del Creador. Todo le hablaba de Dios, desde un pájaro hasta el lobo.

Esta visión teológica de la naturaleza, que inspiró la encíclica Laudato Si' del Papa Francisco, nos invita a cuidar el mundo como un don recibido de Dios.

Ejemplo para los sacerdotes

La vida de san Francisco de Asís culminó con el don de los estigmas, las señales de la Pasión de Cristo impresas en su propio cuerpo, durante dos años, un signo visible de su completa identificación con su Señor.

Su legado, nos enseña que la verdadera alegría no está en tener, sino en ser. Nos recuerda la importancia de la humildad y la obediencia a la Iglesia, incluso cuando anhelamos su reforma.

Para cada sacerdote, san Francisco es un espejo: una llamada a vivir una pobreza real y de espíritu, a predicar el Evangelio con la vida más que con las palabras y a amar a cada alma como un don de Dios. Como enseñaba san Josemaría Escrivá en su libro Amar a la Iglesia, el amor a la Iglesia pasa por el servicio humilde y la entrega total.

Abrazar la Cruz

La tarde del 3 de octubre de 1226, cuando la hermana muerte lo viene a visitar, sale al encuentro de Jesús con alegría. Murió el 4 de octubre, recostado sobre la tierra desnuda, fiel a su amada pobreza hasta el final.

Pidamos a san Francisco de Asís que interceda por nosotros para que, como él, sepamos despojarnos de todo lo que nos aparta de Dios y abracemos con alegría la cruz de cada día, reconstruyendo la Iglesia desde el único lugar posible: nuestro propio corazón.


San Jerónimo: amor por la Biblia

«Ignorare Scripturas, ignorare Christum est» (La ignorancia de las Escrituras es la ignorancia de Cristo). Esta sentencia, acuñada hace más de dieciséis siglos por san Jerónimo, permanece hoy con la misma actualidad en la Iglesia. San Jerónimo sostiene que la fe y el amor a Cristo deben basarse en un conocimiento sólido obtenido directamente de su principal fuente de revelación: la Palabra de Dios escrita.

San Jerónimo dedicó toda su vida a una tarea que parecía interminable la traducción de la Biblia al latín, conocida como la Vulgata, por encargo del papa Dámaso I. Esta traducción sigue válida después de 1.500 años de historia y ha servido de referencia para el desarrollo de su trabajo a la Biblia de la Universidad de Navarra.

Para la Fundación CARF, que uno de sus fines fundacionales es la ayuda a la formación de seminaristas y sacerdotes diocesanos y religiosos, la figura de este Doctor de la Iglesia sigue siendo un referente de cómo la Sagrada Escritura debe ocupar un espacio esencial en la vida de todo cristiano y, de modo especial, en la de sus pastores.

¿Quién fue san Jerónimo? El león del desierto y el erudito de Roma

Eusebio Hierónimo Sofronio, nacido alrededor del año 347 en Estridón (Dalmacia), no fue un hombre de carácter apacible. Era vehemente, de pluma afilada y temperamento ascético. Sin embargo, toda esa pasión estaba encauzada por su amor hacia Cristo y su Palabra.

Su formación en Roma lo convirtió en uno de los intelectuales más brillantes de su tiempo, un maestro en latín, griego y retórica. Pero en un sueño en el que fue acusado de ser "ciceroniano antes que cristiano" lo impulsó a consagrar su intelecto enteramente a Dios.

Este compromiso lo llevó a buscar la soledad del desierto de Calcis, en Siria. Allí, en medio de la penitencia y la oración, se entregó al estudio de una lengua que sería clave para su futura misión: el hebreo. Este trabajo forjó su espíritu y le proporcionó las herramientas filológicas necesarias para una empresa que ningún latino había osado acometer con tal rigor.

Su fama de erudito llegó a oídos del Papa Dámaso I, quien lo nombró su secretario en Roma. Fue precisamente el Papa quien, preocupado por la caótica diversidad de versiones latinas de la Biblia que circulaban (Vetus Latina), le encomendó a san Jerónimo la tarea de realizar una traducción unificada y fidedigna.

Grabado en blanco y negro de san Jerónimo como un erudito trabajando en su estudio, con un león y un perro durmiendo pacíficamente a sus pies.
San Jerónimo en su estudio (1514), grabado de Alberto Durero.

La misión de una vida: la Vulgata

El encargo del Papa Dámaso fue el inicio de una labor que ocuparía a san Jerónimo durante más de treinta años. Tras la muerte de su valedor, se estableció definitivamente en Belén, en una cueva junto al lugar donde la Palabra se hizo carne. Allí, rodeado de manuscritos y con la ayuda de discípulas como santa Paula y santa Eustoquia de Roma (c. 368 - 419/420) que era hija de santa Paula. Ambas acompañaron a san Jerónimo en su viaje a Oriente, estableciéndose en la ciudad de David.

¿Cuál fue la genialidad de san Jerónimo? Su revolucionario principio de la Hebraica veritas (la verdad hebrea). Mientras que las versiones latinas existentes se basaban principalmente en la Septuaginta (la traducción griega del Antiguo Testamento), san Jerónimo insistió en volver a las fuentes originales hebreas y arameas. Esto le granjeó no pocas críticas de contemporáneos ilustres, como san Agustín, quienes veían con recelo abandonar la tradición de la Septuaginta, usada por los propios Apóstoles.

Sin embargo, san Jerónimo perseveró, convencido de que solo bebiendo de la fuente original se podía ofrecer a la Iglesia una versión de la Biblia más precisa. Tradujo los 46 libros del Antiguo Testamento del hebreo (a excepción de algunos que revisó de la Vetus Latina), y revisó y tradujo los Evangelios y el resto del Nuevo Testamento del griego original. El resultado fue la conocida como Vulgata, llamada así por su objetivo de ser la edición accesible al pueblo (vulgus). Fue un trabajo de erudición, disciplina y fe.

Este esfuerzo fue un ejercicio filológico y un acto de amor pastoral. Como bien saben quienes se dedican a la formación de seminaristas y sacerdotes, poner la Palabra de Dios al alcance de los fieles de manera comprensible y fiel es una misión sagrada.

La solidez de la biblia de san Jerónimo

La Vulgata de san Jerónimo trascendió con creces su propósito inicial. Durante más de un milenio, fue el texto bíblico de referencia en todo el Occidente cristiano.

La Vulgata no era una traducción perfecta –el propio Jerónimo era consciente de sus limitaciones–, pero su fidelidad e impacto la convirtieron en un tesoro para la fe y la cultura. Su trabajo recuerda la importancia de tener santos patrones que, como san Jerónimo, dedican su vida al servicio de la Verdad.

San Jerónimo como un anciano asceta en el desierto, semidesnudo y con barba larga, meditando frente a una cruz mientras sostiene una piedra para golpearse el pecho.
San Jerónimo penitente (1600), lienzo de El Greco.

De la Vulgata a la Biblia de la Universidad de Navarra

¿Significa esto que la Vulgata es la única Biblia válida? En absoluto. El propio espíritu de san Jerónimo de volver a las fuentes es el que impulsa a la Iglesia. El Concilio Vaticano II, en la constitución dogmática Dei Verbum, alentó la creación de nuevas traducciones basadas en los textos originales hebreos, arameos y griegos, que hoy conocemos con mucha más precisión gracias a la arqueología y la papirología.

Fruto de este impulso, el papa san Pablo VI promulgó en 1979 la Nova Vulgata, una revisión de la versión de san Jerónimo a la luz de la crítica moderna que sigue siendo el texto de referencia para la liturgia latina.

Paralelamente, han surgido excelentes traducciones a las lenguas vernáculas. Un ejemplo paradigmático es la Biblia de la Universidad de Navarra. Realizada por la Facultad de Teología de la Universidad de Navarra, esta versión es heredera directa del rigor y el amor por la verdad de san Jerónimo.

Ofrece una traducción fiel y elegante del texto original, además de haber estar enriquecida con extensas notas y comentarios extraídos de la Patrística, del Magisterio de la Iglesia y de grandes santos, lo que permite al lector profundizar en la riqueza inagotable de la Palabra de Dios. Es una herramienta formidable para la meditación personal y el estudio, un recurso que todo seminarista y sacerdote debería tener a su alcance.

La vida de san Jerónimo va más allá de su obra. Nos enseña una actitud ante la Biblia: una mezcla de rigor intelectual y piedad humilde. Nos recuerda que acercarse a la Escritura no es un ejercicio académico, sino un encuentro personal con Cristo. En sus páginas descubrimos el rostro de Dios que da sentido a nuestra vida.

Para la Fundación CARF, apoyar la formación de un seminarista o un sacerdote diocesano es, en esencia, continuar la misión de san Jerónimo. Es dar a la Iglesia futuros pastores que, como él, amen la Palabra de Dios, la estudien con pasión, la mediten en la oración y la sepan transmitir con fidelidad a los fieles. Un sacerdote bien formado es un sacerdote que conoce y ama la Biblia, y que puede, a su vez, enseñar a su pueblo a no ignorar a Cristo.

Por ello, hacer un donativo para la formación de estos jóvenes es invertir directamente en la evangelización y en el futuro de la Iglesia, asegurando que la luz de la Palabra, tan bien custodiada y transmitida por san Jerónimo, siga brillando en el mundo.

El anciano y frágil san Jerónimo es sostenido por sus discípulos mientras se arrodilla para recibir la Eucaristía de manos de un sacerdote.
La última comunión de San Jerónimo (1614), de Domenico Zampieri, conocido como Domenichino.

San Jerónimo fue más que un traductor, un servidor de la Palabra, un hombre que dedicó su vida a hacer accesible el tesoro de la Biblia. Su Vulgata unificó los textos bíblicos de la Iglesia de Occidente y se convirtió en el cauce a través del cual la revelación divina nutrió la fe, la cultura y el pensamiento de cientos de generaciones.

Su ejemplo nos invita a retomar nuestras Biblias, a leerlas con el mismo amor y reverencia que él lo hizo, y a descubrir en ellas la voz viva de Dios que nos habla. Porque, como él nos enseñó, ignorar la Escritura es, y siempre será, ignorar a Cristo.


San Pío de Pietrelcina, 23 de septiembre: santidad y estigmas para la Iglesia

El siglo XX estuvo marcado por guerras, persecuciones y una profunda crisis humana y espiritual. En medio de este panorama, Dios quiso regalar a la Iglesia un ejemplo excepcional de santidad: san Pío de Pietrelcina, más conocido como Padre Pío. Este humilde y divertido fraile capuchino se convirtió en un foco de atracción para millones de fieles de todo el mundo que hoy siguen conmoviéndose con su vida.

Su mensaje sencillo –«Reza, espera y no te preocupes»– encierra una espiritualidad de confianza absoluta en la bondad y misericordia de Dios. Para los seminaristas y sacerdotes diocesanos, y para todos, su vida fue ejemplo de amor a Dios y a la Iglesia. Su figura es modelo vivo de lo que significa configurarse con Cristo, Buen Pastor, en favor de las almas.

Infancia y vocación temprana

El futuro santo nació como Francesco Forgione en Pietrelcina (Italia) en 1887, en el seno de una familia campesina humilde y profundamente creyente. Desde niño destacó por su vida de oración y su sensibilidad espiritual. Sus padres, Grazio y Maria Giuseppa, le transmitieron una fe sencilla y sólida, que se convirtió en la base de toda su vida.

Con apenas diez años, Francesco expresó claramente su deseo de consagrarse a Dios. Ingresó en la orden de los capuchinos, donde tomó el nombre de Pío en honor a san Pío V. Su formación estuvo marcada por la austeridad y la disciplina, pero sobre todo por un amor ardiente a Cristo Eucaristía y una profunda devoción a la Virgen María.

Este detalle es clave para entender su posterior ministerio: el sacerdocio no fue para él un oficio ni una tarea, sino una entrega total y radical a los demás por Jesucristo.

El padre Pío, con los estigmas de sus manos.

Ordenación sacerdotal y entrega pastoral

En 1910, a los 23 años, recibió la ordenación sacerdotal. Desde el inicio de su ministerio destacó por su celo pastoral y por una intensa vida interior.

Durante casi toda su vida sacerdotal residió en San Giovanni Rotondo, un pequeño convento capuchino que pronto se convertiría en un centro de peregrinación mundial. Allí, el Padre Pío se dedicaba a dos grandes misiones: celebrar la Santa Misa con fervor extraordinario y pasar innumerables horas en el confesionario, reconciliando a los fieles con Dios.

Su vida demuestra que la misión de un sacerdote no depende de grandes escenarios ni de programas complicados, sino de vivir fielmente el misterio de Jesucristo a través de los sacramentos y, sobre todo, en la Eucaristía y en el perdón de los pecados. Como recuerda san Josemaría Escrivá de Balaguer en muchos de sus textos, la santidad se alcanza en lo ordinario, en la fidelidad al deber de cada día y en el amor con que se sirve a Dios y a los demás.

Los estigmas: participación en la Pasión de Cristo

Uno de los fenómenos más sorprendentes de su vida fueron los estigmas, las llagas visibles de la Pasión de Cristo, que aparecieron en su cuerpo en 1918 mientras rezaba ante un crucifijo. Estas heridas en manos, pies y costado permanecieron con él durante 50 años, hasta su muerte en 1968. Ningún santo ha vivido tanto tiempo con los estigmas de la Pasión. Sirva de ejemplo que san Francisco de Asís los tuvo los dos últimos años de su vida.

El Padre Pío aceptó este sufrimiento como una participación en la Cruz de Cristo. Nunca presumió de estos dones extraordinarios; al contrario, los vivió con discreción y humildad, soportando muchas incomprensiones y hasta investigaciones de las autoridades eclesiásticas.

Los estigmas fueron un signo visible de lo que todo sacerdote está llamado a ser: otro Cristo. El ministerio sacerdotal no es una carrera de prestigio, sino de una entrega que pasa por la cruz. Para los seminaristas que se forman para se sacerdotes, contemplar la vida del Padre Pío es una invitación a no temer el sacrificio, sino a abrazarlo con amor.

Carismas y dones extraordinarios

Entre los carismas más notables del Padre Pío se encuentran:

La celda monástica del padre Pío de Pietrelcina en San Giovanni Rotondo (provincia de FoggiaItalia).

Pero, sobre todo, el Padre Pío se caracterizó por su profunda devoción a la Eucaristía, a la Virgen María y a la Pasión de Cristo. Su vida estuvo marcada por la oración constante, la penitencia, la obediencia a la Iglesia (incluso en momentos de persecución y acusaciones falsas; entre otras cosas se le prohibió celebrar la Misa en público de 1923 a 1933) y una dedicación incansable a la confesión y a la dirección espiritual.

Estos carismas impresionaban a las multitudes, pero él siempre insistía en lo esencial: la gracia de Dios se derrama principalmente a través de los sacramentos.

Su vida recuerda que lo más importante del ministerio sacerdotal no son los fenómenos extraordinarios, sino la fidelidad en la vida cotidiana: celebrar la Misa con devoción, confesar con paciencia, predicar con verdad y rezar con perseverancia.

Obras de caridad: el hospital del sufrimiento

El amor del Padre Pío no se limitaba al ámbito espiritual. En 1956 inauguró el Hospital Casa Sollievo della Sofferenza, una institución que hasta hoy sigue siendo referencia médica en Italia.

Este proyecto nació de su convicción de que los enfermos no deben ser tratados solo con técnicas médicas, sino también con compasión y atención espiritual. El hospital fue fruto de su oración, de la Providencia divina y de la colaboración de muchos benefactores.

De este modo, el Padre Pío mostró que la caridad cristiana no se queda en palabras, sino que se traduce en obras concretas que alivian el dolor humano. Una lección muy actual para la Iglesia: los sacerdotes están llamados a ser instrumentos de esperanza y de misericordia con el que sufre.

Canonización del Padre Pio en Roma (vía padrepio.org)

La muerte y canonización

El 23 de septiembre de 1968, el Padre Pío entregó su alma a Dios después de una vida de entrega heroica. Tenía 81 años. Sus últimas palabras fueron: «Jesús, María».

Su funeral congregó a más de 100.000 personas, testimonio del inmenso cariño y devoción que había suscitado en vida. En 1999 fue beatificado por san Juan Pablo II, y en 2002, el mismo Papa lo canonizó, proponiéndolo al mundo como modelo de santidad.

Hoy, millones de peregrinos acuden a San Giovanni Rotondo para rezar ante su tumba, y su devoción se ha extendido por todos los continentes.

Enseñanza del Padre Pío

Más allá de los fenómenos extraordinarios, lo que más atrae del Padre Pío es la profundidad de su vida espiritual. Su mensaje puede resumirse en tres palabras: oración, sufrimiento y confianza.

  1. Oración: pasaba largas horas en intimidad con Dios. Invitaba a todos a rezar el Rosario diariamente y a unirse a Jesucristo en la Misa.
  2. Sufrimiento: aceptó con amor sus dolores físicos y espirituales, ofreciéndolos por la conversión de los pecadores.
  3. Confianza: enseñaba a vivir sin angustia, porque el amor de Dios es más grande que nuestros problemas.

Padre Pío y la vocación sacerdotal

Estas tres actitudes son fundamentales para cualquier cristiano, pero especialmente para quienes se preparan al sacerdocio. El sacerdote debe ser hombre de oración, que ofrece su vida con Cristo y confía plenamente en la Providencia de Dios Padre.

Cuerpo del padre Pío expuesto para la veneración pública desde 2008. Una máscara de cera cubre su rostro.

La Fundación CARF trabaja para que miles de seminaristas y sacerdotes diocesanos, sobre todo de países sin recursos de todo el mundo, reciban formación en la Universidad Pontificia de la Santa Cruz, en Roma, y en las Facultades Eclesiásticas de la Universidad de Navarra, en Pamplona.

El seminarista o el sacerdote, y todos los fieles laicos, al mirar la vida del Padre Pío, encontramos una inspiración directa:

Los futuros sacerdotes, sostenidos por la ayuda de los benefactores de la Fundación, deben seguir este camino de santidad. El testimonio del Padre Pío recuerda que el sacerdote no se pertenece a sí mismo, sino que es todo de Cristo y de toda la Iglesia.

Un santo para hoy y para siempre

Su ejemplo de vida invita a los fieles a redescubrir el valor de la Confesión, de la Eucaristía, de la oración y de la confianza en Dios Padre. Para los sacerdotes y seminaristas, debería ser un espejo donde contemplar lo que significa vivir configurados con Cristo hasta las últimas consecuencias.

Hoy, su voz resuena con la misma fuerza que en vida: «Reza, espera y no te preocupes. La ansiedad no sirve de nada. Dios es misericordioso y escuchará tu oración». Mediaset Italia produjo una gran producción cinematográfica sobre su vida de más de tres horas de duración. Te dejamos el enlace para ver


Amistad entre santos: el padre Pío y Juan Pablo II

El padre Pío, capuchino italiano, (1887-1968), canonizado en 2002, en una multitudinaria ceremonia por san Juan Pablo II bajo el nombre de san Pío de Pietrelcina, este santo sacerdote recibió un don espiritual extraordinario para servir a todos los hombres y mujeres de su tiempo. Este don marcó su vida, llenándola de sufrimiento, no solo con el dolor físico que provocaban sus estigmas, sino también con el sufrimiento moral y espiritual, consecuencia de aquellos que lo consideraban loco o estafador.

El padre Pío, generoso dispensador de la misericordia divina

La realidad es que este santo ayudo a miles de personas a volver a la fe, a convertirse y acercarse a Dios. El Padre Pío realizó curaciones asombrosas. Y predicciones difíciles de contrastar como la realizada al propio Karol Wojtyla vaticinando su futuro papado. El francés Emanuele Brunatto acreditaba ese mismo don de profecía que le permitía averiguar de vez en cuando lo que iba a suceder. «Es Jesús –explicaba el Padre Pío– quien me deja leer a veces su cuaderno personal...».

Privilegio de un penitente

En la Misa de canonización el 16 de junio de 2002 en la plaza de san Pedro del Vaticano, san Juan Pablo II afirmó que «el padre Pío fue generoso dispensador de la misericordia divina, poniéndose a disposición de todos a través de la acogida, de la dirección espiritual y especialmente de la administración del sacramento de la penitencia. También yo, durante mi juventud, tuve el privilegio de aprovechar su disponibilidad hacia los penitentes. El ministerio del confesionario, que constituye uno de los rasgos distintivos de su apostolado, atraía a multitudes innumerables de fieles al convento de san Giovanni Rotondo».

¿Cómo se conocieron Juan Pablo II y Padre Pío?

La relación entre el Padre Pío y san Juan Pablo II no sólo viene por haberse celebrado las ceremonias de beatificación y canonización del fraile capuchino durante el pontificado del papa polaco, sino que, en 1948, Karol Wojtyla conoció al Padre Pío en san Giovanni Rotondo.

El primer encuentro de dos santos

Fue en abril de 1948 cuando Karol Wojtyla, un recién ordenado sacerdote, decidió conocer al padre Pío. «Fui a san Giovanni Rotondo para ver al padre Pío, participar de su Misa y si resultaba posible, confesarme con él». 

Este primer encuentro fue muy importante para el futuro papa. Así lo reflejó años después en una carta que envió de su puño y letra, escrita en polaco, al padre guardián del convento de san Giovanni Rotondo: «Hablé con él en persona e intercambié algunas palabras, fue mi primer encuentro con él y lo considero el más importante».

Mientras el padre Pío celebraba la Eucaristía, el joven Wojtyla se fijó especialmente en las manos del fraile, donde se veían los estigmas tapados por una costra negra. «En el altar de san Giovanni Rotondo se cumplía el sacrificio del mismo Cristo, y durante la confesión, el padre Pío ofrecía un discernimiento claro y sencillo, dirigiéndose al penitente con gran amor».

Las dolorosas llagas del Padre Pío

Además, el joven sacerdote se interesó por las llagas del padre Pío: «La única pregunta que le hice fue qué llaga le producía más dolor. Yo estaba convencido de que era la del corazón, pero padre Pío me sorprendió mucho cuando me dijo: 'No, la que más me duele es la de la espalda, la que tengo en el lado derecho'».

Esta sexta herida en el hombro, como la que Jesús sufrió llevando la cruz o el patibulum camino del Calvario. Era la llaga «que más dolía», porque había supurado y nunca había «sido tratada por los médicos».

Las cartas de Juan Pablo II y Padre Pío, se remontan al período del Concilio

La carta con fecha del 17 de noviembre de 1962 decía: «Venerable Padre, le pido que ore por una madre de cuatro hijas, de cuarenta años que vive en Cracovia, Polonia. Durante la última guerra estuvo en los campos de concentración en Alemania durante cinco años, y ahora corre un grave peligro de salud, incluso de vida, debido un cáncer.

Ore para que Dios, con la intervención de la Santísima Virgen, muestre misericordia para ella y su familia. In Christo obligatissimus, Carolus Wojtyla».

En ese entonces monseñor Wojtyla, estaba en Roma y recibió la noticia de la grave enfermedad de Wanda Poltawska. Convencido de que la oración del padre Pío tenía un poder especial ante Dios, decidió escribirle para pedirle ayuda y oraciones por la mujer, madre de cuatro hijas. 

Esta carta le llegó al padre Pío a través de Angelo Battisti, funcionario de la secretaría de Estado del Vaticano y administrador de la Casa Alivio del Sufrimiento. Él mismo cuenta que después de haberle leído el contenido, el padre Pio pronunció la famosa frase: “«¡A este no le puedo decir que no!», y añadió: «Angelo, guarda esta carta porque un día será importante».

Gracias por la curación

Unos días más tarde, la mujer se sometió a un nuevo examen diagnóstico que mostró que el tumor cancerígeno había desaparecido completamente. Once días después, Juan Pablo II volvió a escribir una carta, esta vez para darle las gracias.

La carta decía: «Venerable Padre, la mujer que vive en Cracovia, en Polonia, madre de 4 niñas, el día 21 de noviembre antes de la operación quirúrgica se curó repentinamente. Damos gracias a Dios y también a ti venerado Padre.

Expreso mi sincero agradecimiento en nombre de la señora, de su marido y de toda la familia. En Cristo, Karol Wojtyla, obispo capitular de Cracovia». En esa ocasión el fraile dijo: «¡Alabado sea el Señor!».

«Mirad la fama que ha alcanzado el padre Pío; los seguidores del mundo entero que ha congregado en torno a sí. Pero ¿por qué? ¿Acaso porque era un filósofo? ¿Porque era un sabio? ¿Porque disponía de medios?
Nada de eso: porque decía la Misa humildemente, confesaba de la mañana a la noche y era, es difícil decirlo, un representante sellado con las llagas de Nuestro Señor. Un hombre de oración y sufrimiento». Papa san Pablo VI, febrero de 1971.

Karol Wojtyla rezando ante la tumba del padre Pío en san Giovanni Rotondo.

Las visitas de Juan Pablo II a la tumba del Padre Pío

Wojtyla volvió a san Giovanni Rotondo en dos ocasiones más. La primera, siendo cardenal de Cracovia, en 1974 y la segunda proclamado ya Papa, en 1987. En estos dos viajes visitó los restos mortales de padre Pío y rezó arrodillado junto a la tumba del fraile capuchino. 

En el otoño de 1974, entonces cardenal Karol Wojtyla, estaba de vuelta en Roma y, «al acercarse la fecha del aniversario de su ordenación sacerdotal (1 de noviembre de 1946), decidió conmemorar el aniversario en san Giovanni Rotondo y celebrar la Misa junto a la tumba del padre Pío. Debido a una serie de vicisitudes (el 1 de noviembre fue especialmente lluvioso) el grupo compuesto por Wojtyla, Deskur y otros seis sacerdotes polacos se retrasó bastante, llegando por la noche alrededor de las 21 horas.

Desgraciadamente Karol Wojtyla no pudo cumplir su deseo de celebrar la Misa ante la tumba del padre Pío justo el día de su ordenación sacerdotal. Así que lo hizo al día siguiente». Stefano Campanella, director de Padre Pio TV.

Amor a los penitentes

El Padre Pío «tenía un simple y claro discernimiento y trataba al penitente con un gran amor», escribió ese día Juan Pablo II en el libro de visitas del convento en san Giovanni Rotondo.

En mayo de 1987, san Juan Pablo II, ya convertido en Papa, visitó la tumba del padre Pío con motivo del primer centenario de su nacimiento.

Ante más de 50.000 personas, su Santidad proclamó: «Grande es mi alegría por este encuentro y lo es por varios motivos. Como saben, estos lugares están ligados a recuerdos personales, es decir a mis visitas hechas al padre Pío durante su vida terrena, o ya espiritualmente luego de su muerte, ante su tumba».

San Pío de Pietrelcina

El 2 de mayo de 1999, Juan Pablo II beatificó al fraile estigmatizado, y el 16 de junio de 2002 lo proclamó santo. Ese día, san Juan Pablo II lo canoniza bajo el nombre de san Pío de Pietrelcina. En la homilía de su santificación, Juan Pablo recitó la oración compuesta por él para padre Pío: 

«Humilde y amado padre Pío: Enséñanos también a nosotros, te lo pedimos, la humildad de corazón, para ser considerados entre los pequeños del Evangelio, a los que el Padre ha prometido revelar los misterios de su Reino. 

Ayúdanos a rezar sin cansarnos jamás, con la certeza de que Dios conoce lo que necesitamos antes de que se lo pidamos. Alcánzanos una mirada de fe capaz de reconocer prontamente en los pobres y en los que sufren el rostro mismo de Jesús. 

Sostennos en la hora de la lucha y de la prueba, y si caemos, haz que experimentemos la alegría del sacramento del perdón. Transmítenos tu tierna devoción a María, Madre de Jesús y Madre nuestra. 

Acompáñanos en la peregrinación terrena hacía la patria feliz, a donde esperamos llegar también nosotros para contemplar eternamente la gloria del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Amén».

¿Tuvieron relación san Pío y san Josemaría?

Según varias fuentes, no consta que san Josemaría Escrivá de Balaguer y el Padre san Pío de Pietrelcina se hubieran conocido personalmente.

A pesar de no haber tenido un encuentro directo, sí existe una relación indirecta y un mutuo respeto entre ellos. El Padre Pío incluso defendió al Opus Dei en una ocasión. Se relata que un empresario italiano, Luigi Ghisleri, que tenía dudas sobre la Obra, consultó al Padre Pío, quien le respondió: «No te preocupes. El Opus Dei es cosa de Dios. ¡Es cosa santa!».

Además, el fundador del Opus Dei, san Josemaría, estaba convencido de la santidad del Padre Pío y lo defendía siempre que alguien ponía en duda la figura del capuchino. Ambos santos fueron elevados a los altares por san Juan Pablo II, convirtiéndose en intercesores importantes para la Iglesia.


Bibliografía

- La Brújula Cotidiana entrevista al director de Padre Pio TV, Stefano Campanella.
- Entrevista arzobispo polaco Mons. Andrés María Deskur, 2004.
- Homilía de Juan Pablo II. Misa de santificación, 2002.