Faustina Kowalska, apóstol de la Divina Misericordia

En la historia de la Iglesia Católica, pocas figuras del siglo XX han tenido un impacto tan profundo y universal como santa Faustina Kowalska. Esta religiosa polaca, Apóstol de la Divina Misericordia, canonizada en el año 2000

Su mensaje lo recibió directamente de Jesucristo a través de una serie de revelaciones místicas. Su confesor le obligó a dejar por escrito todas las revelaciones en lo que se conoce como el Diario de la Divina Misericordia.

Los primeros años

Helena Kowalska nació en 1905 en la aldea de Głogowiec, en Polonia, en una familia campesina, pobre y piadosa. Desde muy joven, sintió una fuerte inclinación hacia la vida espiritual. A los siete años, ya percibía en su alma la llamada a la vida consagrada.

Sus padres se opusieron inicialmente debido a la precaria situación económica de la familia. Durante su adolescencia, trabajó como sirvienta para ayudar a su familia y ahorrar para su dote, un requisito común en aquella época para ingresar en un convento.

A pesar de las dificultades, la llamada de Dios era insistente. A los 18 años, ante la negativa de sus padres, decidió entregarse a las veleidades de la vida para acallar la llamada de la Gracia. Precisamente con su hermana Josefina, cuando todos disfrutaban y lo pasaban bien, ella no era capaz, sufría y sentía gran tristeza.

Este episodio resultó decisivo para su vocación. Tuvo una visión de Jesús sufriente que le preguntaba: «Helena, hija mía, ¿hasta cuándo me harás sufrir, hasta cuándo Me engañarás?». Este momento marcó un punto de no retorno.

Abandonó todo y, siguiendo ese impulso divino, se dirigió a Varsovia para buscar un convento que la aceptara. Tras ser rechazada en varias congregaciones, finalmente fue admitida en la Congregación de las Hermanas de Nuestra Señora de la Misericordia en 1925, donde adoptó el nombre de Sor María Faustina del Santísimo Sacramento.

Imagen de Jesús de la Divina Misericordia de Santa Faustina Kowalsk

La misión de Secretaria de la Divina Misericordia

En 1928 hizo sus votos como monja y vivió muy pocos años como tal, ya que falleció el 5 de octubre de 1938, a los 33 años, de los cuales 13 fueron vividos en el convento. La vida de Santa Faustina Kowalska como religiosa fue aparentemente ordinaria y sencilla. Desempeñó con humildad y diligencia las tareas más sencillas: cocinera, jardinera, portera, pues fue advertida de que ingresaría allí como una hermana lega y que, por su bajo nivel de escolaridad, quizás no alcanzase en la orden niveles más altos.

Sin embargo, en el secreto de su celda y de su corazón, se desarrollaba una vida mística de una profundidad inaudita. Jesús se le aparecía y le confiaba una misión: ser la apóstol y secretaria de Su Divina Misericordia.

El núcleo de su misión se encuentra en su Diario, que su confesor se obligó a escribir con la sencillez de una persona que apenas recibió formación académica por su extrema pobreza. El manuscrito de más de 600 páginas registró meticulosamente las palabras de Jesús, sus visiones y sus experiencias espirituales.

En estas revelaciones, Cristo le pidió que pintara una imagen de Él tal como se le aparecía, con dos rayos emanando de su corazón, uno rojo y otro pálido, simbolizando la sangre y el agua derramadas en la Cruz. Bajo la imagen, debía figurar la inscripción: «Jesús, en Ti confío». Jesús le dijo que quería que la imagen de la Divina Misericordia fuera «solemnemente bendecida el primer domingo después de Pascua; aquel domingo será la fiesta de la misericordia».

Esta imagen, conocida hoy como la Divina Misericordia, es uno de los iconos cristianos más reconocidos del mundo. Jesús también le enseñó a sor Faustina la Coronilla de la Divina Misericordia, una oración para implorar misericordia para el mundo entero, y le pidió que se estableciera el primer domingo después de Pascua como la Fiesta de la Misericordia.

Esta devoción no era un simple añadido a la piedad popular, sino un recordatorio urgente para un mundo sumido en el conflicto y la desesperación de que el atributo más grande de Dios es Su misericordia infinita.

Una vida humilde

La vida de servicio humilde de santa Faustina Kowalska no se limitó a su misión profética. Su espiritualidad estaba profundamente arraigada en el sacrificio y la ofrenda de sí misma por la salvación de las almas. Ofreció sus sufrimientos, tanto físicos –padeció tuberculosis durante años– como espirituales, en unión con la Pasión de Cristo. Comprendió que el servicio a los demás y el amor al prójimo eran la manifestación más auténtica de la devoción a la Misericordia Divina.

Su obediencia a sus superiores y a su director espiritual, el beato Miguel Sopoćko, fue ejemplar. A pesar de las dudas, incomprensiones y dificultades que encontró, incluso dentro de su propia congregación, perseveró con una confianza inquebrantable en la voluntad de Dios. Precisamente, su confesor, Sopoćko, fue quien le indicó que debía redactar un Diario con todas las revelaciones que Jesús le iba haciendo.

Su vida refleja cómo Dios elige a los humildes para llevar a cabo sus obras más grandes, demostrando que la santidad no reside en hacer cosas extraordinarias, sino en hacer las cosas ordinarias con un amor extraordinario.

Faustina contó a Sopoćko sobre la imagen de la Divina Misericordia, y en enero de 1934, él le presentó al artista Eugenio Kazimierowski, también profesor en la misma universidad, donde su confesor daba clases de Teología pastoral.

La Divina Misericordia

El Diario de santa Faustina Kowalska ha sido traducido a decenas de idiomas y ha guiado a innumerables personas hacia una relación más profunda con Dios. La devoción a la Divina Misericordia, impulsada decisivamente por san Juan Pablo II –quien la llamó el gran apóstol de la Misericordia en nuestros tiempos–, se ha extendido por toda la Iglesia. Hoy, su mensaje resuena en un mundo herido por la división y el pecado, la Misericordia de Dios es el único refugio y la única esperanza.

El 18 de abril de 1993, día de la fiesta de la Divina Misericordia (segundo domingo de Pascua), Juan Pablo II declaró beata a sor Faustina frente a una multitud de devotos de la Divina Misericordia en la plaza de San Pedro, en Roma.​

María Faustina Kowalska fue canonizada el 30 de abril de 2000, segundo domingo de Pascua, día al que la Iglesia católica denomina también Domingo de la Divina Misericordia. El Santo Padre presidió la ceremonia de canonización ante una gran multitud de devotos.

La vida de esta humilde religiosa polaca nos enseña que una vida de servicio, vivida en la fe y la confianza, puede transformar el mundo. Santa Faustina nos recuerda que, sin importar cuán grandes sean nuestras debilidades o nuestros pecados, el corazón amoroso de Dios siempre está abierto para acogernos con su infinita misericordia.


4 de octubre, san Francisco de Asís

El 4 de octubre, la Iglesia universal se fija en la figura de san Francisco de Asís. Conocido como el Francesco d'Assisi, apodado il poverello d'Assisi (el pobre de Asís), su vida es una invitación a redescubrir la alegría en la sencillez y el amor incondicional a Cristo a través de la pobreza. Destaca por su amor a los demás, su desprendimiento y su ansia de reformar la Iglesia. Nunca olvidaría las palabras oídas en sueños en Spoleto: «¿por qué te empeñas en buscar al siervo en lugar del Señor?».

Su existencia tomó una nueva dirección, guiada por el constante deseo de saber a qué podía llamarlo el Señor. La oración y la contemplación en el silencio de las tierras de Umbria, le condujeron a abrazar como hermanos a los leprosos y vagabundos por los cuales siempre había sentido disgusto y repulsión.

Giovanni Pietro Bernardone

Nacido como Giovanni di Pietro Bernardone siempre tuvo en su corazón el deseo de cumplir grandes empresas; esto fue lo que a la edad de veinte años le impulsó a partir, primero a la guerra entre Asís y Perugia y después a las cruzadas. Hijo del rico mercader de telas Pietro di Bernardone, y de Pica, dama de la nobleza provenzal, había nacido en 1182 y crecido entre las comodidades de la familia y de la vida mundana. Al regreso de la dura experiencia bélica, enfermo y agitado, resulta irreconocible para todos. Algo había marcado profundamente su ánimo, algo distinto a la experiencia del conflicto.

El joven Francisco vivía una vida de opulencia, soñando con la gloria de ser un caballero. Sin embargo, Dios tenía otros planes. Tras experiencias como prisionero de guerra y una grave enfermedad, su alma inquieta comenzó a buscar un propósito más elevado. El punto de inflexión llegó en la ermita de San Damián, cuando, rezando ante un crucifijo , escuchó una voz que le decía: «Francisco, ve y repara mi Iglesia que, como ves, está en ruinas». Esta llamada marcaría el resto de su existencia y su vocación de servicio a la Iglesia.

El abrazo a la pobreza

San Francisco entendió aquella llamada de una forma literal al principio, dedicándose a reparar físicamente ermitas. No obstante, pronto comprendió que el Señor le pedía algo mucho más profundo: una renovación espiritual de la Iglesia a través del ejemplo. Para ello, se despojó de todo. En un acto público y dramático, renunció a la herencia de su padre, se despojó de sus lujosas ropas y se consagró a Dios, abrazando lo que él llamaba su señora Pobreza, delante del obispo Guido.

Esta no era una pobreza miserable o triste, sino una elección libre. Para san Francisco de Asís, la pobreza era el camino más directo para imitar a Cristo, que «siendo rico, se hizo pobre por nosotros» (2 Co 8,9). Al no poseer nada, Francisco se hizo completamente dependiente de la Providencia de Dios, encontrando una alegría inmensa en lo poco que tenía.

Esta actitud es modelo para la vida cristiana y, de forma particular, para la vocación sacerdotal, que exige un corazón desprendido para poder servir a Dios y a las almas sin atadura alguna. La formación de los sacerdotes sigue bebiendo de este espíritu de desapego.

Con los más desfavorecidos

Su amor por la pobreza de Jesús le llevó a encontrarse con Él en los más desfavorecidos. El famoso episodio del abrazo al leproso simboliza su conversión total: donde antes sentía repulsa, ahora veía el rostro sufriente de Cristo. Este amor a los pobres y a los marginados es una dimensión del servicio a la Iglesia que todo bautizado, y especialmente el sacerdote, está llamado a vivir.

San Francisco de Asís abraza con compasión a un hombre con lepra, superando su propia repulsión.
San Francisco abrazando a un leproso, hacia 1787. Óleo sobre lienzo, 217 x 274 cm. de Zacarías Joaquín González Velázquez y Tolosa ©Museo Nacional del Prado.

Reconstructor de la Iglesia

La misión de reparar la Iglesia se materializó finalmente en la fundación de la Orden de los Frailes Menores (Franciscanos), una fraternidad que vivía el Evangelio sine glossa, es decir, sin interpretaciones que suavizaran su radicalidad.

Más adelante, junto a santa Clara, inspiró también la rama femenina de las Clarisas. El ejemplo de Francisco y sus hermanos fue un revulsivo espiritual en una época en que la Iglesia sufría envuelta en lujos y luchas de poder.

Demostraron que la verdadera reforma no viene de la crítica destructiva, sino de la santidad personal y la obediencia. Un sacerdote, como nos enseña la tradición, puede transformar una parroquia entera. El camino hacia esa santidad es una lucha constante que laicos y consagrados deben seguir.

Amor a la Creación

San Francisco de Asís también es recordado por su profundo amor a la Creación. En su famoso Cántico de las Criaturas, alaba a Dios a través del "hermano sol", la "hermana luna" y la "hermana nuestra madre tierra".

No era un ecologista en el sentido moderno, sino un místico que veía en cada criatura la huella del Creador. Todo le hablaba de Dios, desde un pájaro hasta el lobo.

Esta visión teológica de la naturaleza, que inspiró la encíclica Laudato Si' del Papa Francisco, nos invita a cuidar el mundo como un don recibido de Dios.

Ejemplo para los sacerdotes

La vida de san Francisco de Asís culminó con el don de los estigmas, las señales de la Pasión de Cristo impresas en su propio cuerpo, durante dos años, un signo visible de su completa identificación con su Señor.

Su legado, nos enseña que la verdadera alegría no está en tener, sino en ser. Nos recuerda la importancia de la humildad y la obediencia a la Iglesia, incluso cuando anhelamos su reforma.

Para cada sacerdote, san Francisco es un espejo: una llamada a vivir una pobreza real y de espíritu, a predicar el Evangelio con la vida más que con las palabras y a amar a cada alma como un don de Dios. Como enseñaba san Josemaría Escrivá en su libro Amar a la Iglesia, el amor a la Iglesia pasa por el servicio humilde y la entrega total.

Abrazar la Cruz

La tarde del 3 de octubre de 1226, cuando la hermana muerte lo viene a visitar, sale al encuentro de Jesús con alegría. Murió el 4 de octubre, recostado sobre la tierra desnuda, fiel a su amada pobreza hasta el final.

Pidamos a san Francisco de Asís que interceda por nosotros para que, como él, sepamos despojarnos de todo lo que nos aparta de Dios y abracemos con alegría la cruz de cada día, reconstruyendo la Iglesia desde el único lugar posible: nuestro propio corazón.


Octubre, mes del rosario

Durante el mes de octubre ponemos un especial cariño en el rezo del Santo Rosario. El 7 de octubre celebramos a Nuestra Señora del Rosario. Esta arma poderosa, como la denominaba san Josemaría, regala muchos frutos de conversión y de paz. «El Santo Rosario es arma poderosa. Empléala con confianza y te maravillarás del resultado» (Camino, 558).

La contemplación de los misterios de la vida de Jesús, a través de las cuatro partes del Rosario, nos acerca a Nuestro Señor y, a través de la intercesión de Nuestra Madre, a todos los que nos necesitan. Incluye siempre en tus peticiones a los seminaristas, sacerdotes diocesanos y religiosos para que sean muy santos.

Este mes, la Iglesia nos invita a tomar las cuentas Rosario y a contemplar los misterios de nuestra fe con la mejor de las guías: nuestra Madre.

Orígenes del Rosario

El rezo del santo Rosario ha tardado mucho en formarse tal y como ahora lo conocemos. No fue ideado en un momento concreto, sino que es fruto de una larga evolución. Todo comenzó, probablemente, en el siglo X. En el año 910 san Benito fundó la Orden Cluniacense. Ésta le dio una gran importancia a la oración coral comunitaria. Quería que sus abadías fuesen un anticipo de la Jerusalén celestial, en la que los santos y los ángeles están continuamente cantando alabanzas a Dios e intercediendo por todos los seres humanos (cf. Ap 5,9; 14,3; 15,3).

Se estima que el origen del Rosario se remonta al nacimiento del Avemaría en el siglo IX, como oración para honrar a María, la Madre de Dios, y que el Rosario tuvo su origen en la orden de san Benito y se expandió por acción de los dominicos.

La devoción del Santo Rosario tiene raíces profundas en la historia de la Iglesia. La fiesta de Nuestra Señora del Rosario, celebrada cada 7 de octubre, fue instituida por el Papa San Pío V para conmemorar la victoria de la flota cristiana en la Batalla de Lepanto en 1571. Una victoria atribuida directamente a la intercesión de la Virgen María, invocada a través del rezo masivo del Rosario en toda la cristiandad.

Tanto en Lourdes, como en Fátima y en otras muchas apariciones de Nuestra Madre. La Virgen María ha instado siempre a rezar el Rosario de forma ininterrumpida: por la conversión de los pecadores, para que termine el mal en el mundo, etc.

Pero más allá de su contexto histórico, el Rosario es una escuela de oración. No se trata de una simple repetición de Avemarías, sino de un camino de contemplación. Al rezar el Rosario, recorremos junto a María los momentos más significativos de la vida de Jesús: los misterios gozosos, luminosos, dolorosos y gloriosos. Como diría san Josemaría, el Rosario es «la oración de los sencillos y de los sabios».

Es un diálogo constante, un "ir y venir" de afectos entre un hijo y su madre, donde le contamos nuestras alegrías, tristezas y anhelos, mientras ella nos lleva de la mano hacia Jesús.

Guía para rezar el Rosario

Si no sabes cómo hacerlo, puedes seguir estos pasos para rezar el Rosario a Nuestra Madre la Virgen María.

El Rosario puede comenzar con el rezo de la estación al Santísimo Sacramento finalizada con la Comunión Espiritual.

A partir de ahí, nos persignamos (distinto que hacer la señal de la cruz –santiguarse– porque son tres cruces en la frente, la boca y el pecho).

Posteriormente se anuncia el primero de los cinco misterios que se contemplan ese día. Los lunes y sábados se contemplan los misterios gozosos; los martes y viernes, los dolorosos; los jueves, los luminosos; y los miércoles y domingos, los gloriosos. 

Cada misterio se compone de un Padrenuestro, diez Avemarías y un Gloria. Después de cada misterio, repetimos: «María, Madre de Gracia, Madre de mi­se­ri­cordia, defiéndenos de nuestros enemigos y ampáranos ahora y en la hora de nuestra muerte. Amén».

Al terminar los cinco misterios los cinco misterios de día, se reza:

Tras las tres Avemarías, incoamos las oraciones de alabanza de las letanías lauretanas. Tras ellas, se reza una de las oraciones más antiguas a Nuestra Madre: «Bajo tu amparo nos acogemos, Santa Madre de Dios: no desprecies las súplicas que te dirigimos en nuestras necesidades, antes bien, líbranos siempre de todos los peligros, Virgen gloriosa y bendita». Y se finaliza el Rosario pidiendo por:

A muchas personas les gusta terminar con la Salve a la Virgen. Según las tradiciones de distintos lugares, a esta estructura para rezar el Rosario se añaden algunas jaculatorias y oraciones que expresan la variedad de la piedad popular.

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San Josemaría, un enamorado del Rosario

Para entender de esta devoción, hay ejemplos elocuentes como el de san Josemaría Escrivá de Balaguer. Su amor a la Virgen era el motor de su vida espiritual y el Rosario, parte fundamental de su conversación diaria con Ella. No lo veía como una obligación piadosa, sino como una necesidad del corazón.

En su libro Santo Rosario, que no es un tratado teológico sino una colección de contemplaciones vividas escritas de corrido, san Josemaría nos invita a "meternos" en cada escena del Evangelio. Al rezar el Rosario, no seamos meros espectadores; somos un personaje más: el niño que sonríe a Jesús en el pesebre, el discípulo que acompaña a Cristo en su dolor, el amigo que se alegra con su Resurrección.

San Josemaría reza el rosario con gran devoción

San Josemaría llamaba al rosario "arma poderosa". Con ella, aseguraba, se ganan las batallas del alma y de conversión de las almas. Esta arma no es de violencia, sino de amor y de confianza. Es el arma de la perseverancia, de la paz interior y de la fortaleza para afrontar las dificultades de la vida cotidiana, santificando el trabajo y los deberes ordinarios. Esta visión convierte el acto de rezar el rosario en una herramienta para el servicio a la Iglesia desde nuestra propia vocación.

Hacer de octubre, mes del Rosario, una costumbre permanente en nuestra vida es más sencillo de lo que parece. San Josemaría nos enseña que no se necesitan circunstancias extraordinarias. Se puede rezar en el coche, caminando por la calle, en un momento de descanso en el trabajo o, el mejor de los modos, en familia. La familia que reza unida, permanece unida, y el Rosario es el lazo que une los corazones de padres e hijos al Corazón Inmaculado de Nuestra Madre María.

Este profundo amor a la Virgen debe ser muy especial en la vida de los sacerdotes. Un sacerdote es, ante todo, un alter Christus, otro Cristo. ¿Y quién mejor que María para formar el corazón de un sacerdote a imagen del de su Hijo? Ella lo formó en su seno, lo educó en Nazaret y lo acompañó hasta la Cruz. Por ello, el rosario es una oración esencial para todo seminarista y presbítero. Fortalece su identidad sacerdotal y lo une a la Madre del Sumo Sacerdote. Apoyar la formación de sacerdotes es asegurar que la Iglesia tenga pastores con un corazón mariano.

La Virgen María es, como la define el Catecismo de la Iglesia Católica, la orante perfecta, figura de la Iglesia. Acudir a ella a través del Rosario es aprender a orar como ella lo hizo: con humildad, fe y una entrega total a la voluntad de Dios.

Octubre, mes del rosario

Un propósito para este mes

Que octubre, mes del Rosario, no sea solo un reclamo en las costumbres de la Iglesia católica, sino que se convierta una realidad vivida. Inspirados por el ejemplo de santos como san Josemaría, tomemos nuestras cuentas del Rosario con ilusión. Hagamos de esta oración una cita de amor diaria con nuestra Madre. Como el Papa Francisco ha recordado en múltiples ocasiones, el Rosario es la oración que acompaña siempre su vida, la oración de su corazón. El Papa León XIV nos ha pedido que recemos el Rosario en este mes de octubre, especialmente por la paz en Gaza y Ucrania y en todo el mundo.

Confíemosle a la Virgen nuestras intenciones, las necesidades del mundo y, de manera especial, pidamos por la santidad y perseverancia de los sacerdotes. Descubriremos que rezar el rosario no solo nos trae paz, sino que nos convierte en apóstoles valientes, capaces de llevar la alegría del Evangelio a todos los rincones del mundo. Porque un auténtico amor a la Virgen siempre desemboca en un amor más grande y comprometido por su Hijo y por la Iglesia. La devoción mariana, como nos enseña la vida de tantos santos, es un pilar en la vida de todo cristiano, un ancla segura que podemos encontrar en el ejemplo de María como modelo para los cristianos.


San Jerónimo: amor por la Biblia

«Ignorare Scripturas, ignorare Christum est» (La ignorancia de las Escrituras es la ignorancia de Cristo). Esta sentencia, acuñada hace más de dieciséis siglos por san Jerónimo, permanece hoy con la misma actualidad en la Iglesia. San Jerónimo sostiene que la fe y el amor a Cristo deben basarse en un conocimiento sólido obtenido directamente de su principal fuente de revelación: la Palabra de Dios escrita.

San Jerónimo dedicó toda su vida a una tarea que parecía interminable la traducción de la Biblia al latín, conocida como la Vulgata, por encargo del papa Dámaso I. Esta traducción sigue válida después de 1.500 años de historia y ha servido de referencia para el desarrollo de su trabajo a la Biblia de la Universidad de Navarra.

Para la Fundación CARF, que uno de sus fines fundacionales es la ayuda a la formación de seminaristas y sacerdotes diocesanos y religiosos, la figura de este Doctor de la Iglesia sigue siendo un referente de cómo la Sagrada Escritura debe ocupar un espacio esencial en la vida de todo cristiano y, de modo especial, en la de sus pastores.

¿Quién fue san Jerónimo? El león del desierto y el erudito de Roma

Eusebio Hierónimo Sofronio, nacido alrededor del año 347 en Estridón (Dalmacia), no fue un hombre de carácter apacible. Era vehemente, de pluma afilada y temperamento ascético. Sin embargo, toda esa pasión estaba encauzada por su amor hacia Cristo y su Palabra.

Su formación en Roma lo convirtió en uno de los intelectuales más brillantes de su tiempo, un maestro en latín, griego y retórica. Pero en un sueño en el que fue acusado de ser "ciceroniano antes que cristiano" lo impulsó a consagrar su intelecto enteramente a Dios.

Este compromiso lo llevó a buscar la soledad del desierto de Calcis, en Siria. Allí, en medio de la penitencia y la oración, se entregó al estudio de una lengua que sería clave para su futura misión: el hebreo. Este trabajo forjó su espíritu y le proporcionó las herramientas filológicas necesarias para una empresa que ningún latino había osado acometer con tal rigor.

Su fama de erudito llegó a oídos del Papa Dámaso I, quien lo nombró su secretario en Roma. Fue precisamente el Papa quien, preocupado por la caótica diversidad de versiones latinas de la Biblia que circulaban (Vetus Latina), le encomendó a san Jerónimo la tarea de realizar una traducción unificada y fidedigna.

Grabado en blanco y negro de san Jerónimo como un erudito trabajando en su estudio, con un león y un perro durmiendo pacíficamente a sus pies.
San Jerónimo en su estudio (1514), grabado de Alberto Durero.

La misión de una vida: la Vulgata

El encargo del Papa Dámaso fue el inicio de una labor que ocuparía a san Jerónimo durante más de treinta años. Tras la muerte de su valedor, se estableció definitivamente en Belén, en una cueva junto al lugar donde la Palabra se hizo carne. Allí, rodeado de manuscritos y con la ayuda de discípulas como santa Paula y santa Eustoquia de Roma (c. 368 - 419/420) que era hija de santa Paula. Ambas acompañaron a san Jerónimo en su viaje a Oriente, estableciéndose en la ciudad de David.

¿Cuál fue la genialidad de san Jerónimo? Su revolucionario principio de la Hebraica veritas (la verdad hebrea). Mientras que las versiones latinas existentes se basaban principalmente en la Septuaginta (la traducción griega del Antiguo Testamento), san Jerónimo insistió en volver a las fuentes originales hebreas y arameas. Esto le granjeó no pocas críticas de contemporáneos ilustres, como san Agustín, quienes veían con recelo abandonar la tradición de la Septuaginta, usada por los propios Apóstoles.

Sin embargo, san Jerónimo perseveró, convencido de que solo bebiendo de la fuente original se podía ofrecer a la Iglesia una versión de la Biblia más precisa. Tradujo los 46 libros del Antiguo Testamento del hebreo (a excepción de algunos que revisó de la Vetus Latina), y revisó y tradujo los Evangelios y el resto del Nuevo Testamento del griego original. El resultado fue la conocida como Vulgata, llamada así por su objetivo de ser la edición accesible al pueblo (vulgus). Fue un trabajo de erudición, disciplina y fe.

Este esfuerzo fue un ejercicio filológico y un acto de amor pastoral. Como bien saben quienes se dedican a la formación de seminaristas y sacerdotes, poner la Palabra de Dios al alcance de los fieles de manera comprensible y fiel es una misión sagrada.

La solidez de la biblia de san Jerónimo

La Vulgata de san Jerónimo trascendió con creces su propósito inicial. Durante más de un milenio, fue el texto bíblico de referencia en todo el Occidente cristiano.

La Vulgata no era una traducción perfecta –el propio Jerónimo era consciente de sus limitaciones–, pero su fidelidad e impacto la convirtieron en un tesoro para la fe y la cultura. Su trabajo recuerda la importancia de tener santos patrones que, como san Jerónimo, dedican su vida al servicio de la Verdad.

San Jerónimo como un anciano asceta en el desierto, semidesnudo y con barba larga, meditando frente a una cruz mientras sostiene una piedra para golpearse el pecho.
San Jerónimo penitente (1600), lienzo de El Greco.

De la Vulgata a la Biblia de la Universidad de Navarra

¿Significa esto que la Vulgata es la única Biblia válida? En absoluto. El propio espíritu de san Jerónimo de volver a las fuentes es el que impulsa a la Iglesia. El Concilio Vaticano II, en la constitución dogmática Dei Verbum, alentó la creación de nuevas traducciones basadas en los textos originales hebreos, arameos y griegos, que hoy conocemos con mucha más precisión gracias a la arqueología y la papirología.

Fruto de este impulso, el papa san Pablo VI promulgó en 1979 la Nova Vulgata, una revisión de la versión de san Jerónimo a la luz de la crítica moderna que sigue siendo el texto de referencia para la liturgia latina.

Paralelamente, han surgido excelentes traducciones a las lenguas vernáculas. Un ejemplo paradigmático es la Biblia de la Universidad de Navarra. Realizada por la Facultad de Teología de la Universidad de Navarra, esta versión es heredera directa del rigor y el amor por la verdad de san Jerónimo.

Ofrece una traducción fiel y elegante del texto original, además de haber estar enriquecida con extensas notas y comentarios extraídos de la Patrística, del Magisterio de la Iglesia y de grandes santos, lo que permite al lector profundizar en la riqueza inagotable de la Palabra de Dios. Es una herramienta formidable para la meditación personal y el estudio, un recurso que todo seminarista y sacerdote debería tener a su alcance.

La vida de san Jerónimo va más allá de su obra. Nos enseña una actitud ante la Biblia: una mezcla de rigor intelectual y piedad humilde. Nos recuerda que acercarse a la Escritura no es un ejercicio académico, sino un encuentro personal con Cristo. En sus páginas descubrimos el rostro de Dios que da sentido a nuestra vida.

Para la Fundación CARF, apoyar la formación de un seminarista o un sacerdote diocesano es, en esencia, continuar la misión de san Jerónimo. Es dar a la Iglesia futuros pastores que, como él, amen la Palabra de Dios, la estudien con pasión, la mediten en la oración y la sepan transmitir con fidelidad a los fieles. Un sacerdote bien formado es un sacerdote que conoce y ama la Biblia, y que puede, a su vez, enseñar a su pueblo a no ignorar a Cristo.

Por ello, hacer un donativo para la formación de estos jóvenes es invertir directamente en la evangelización y en el futuro de la Iglesia, asegurando que la luz de la Palabra, tan bien custodiada y transmitida por san Jerónimo, siga brillando en el mundo.

El anciano y frágil san Jerónimo es sostenido por sus discípulos mientras se arrodilla para recibir la Eucaristía de manos de un sacerdote.
La última comunión de San Jerónimo (1614), de Domenico Zampieri, conocido como Domenichino.

San Jerónimo fue más que un traductor, un servidor de la Palabra, un hombre que dedicó su vida a hacer accesible el tesoro de la Biblia. Su Vulgata unificó los textos bíblicos de la Iglesia de Occidente y se convirtió en el cauce a través del cual la revelación divina nutrió la fe, la cultura y el pensamiento de cientos de generaciones.

Su ejemplo nos invita a retomar nuestras Biblias, a leerlas con el mismo amor y reverencia que él lo hizo, y a descubrir en ellas la voz viva de Dios que nos habla. Porque, como él nos enseñó, ignorar la Escritura es, y siempre será, ignorar a Cristo.


Arcángeles Miguel, Gabriel y Rafael, 29 de septiembre

En la fe católica, pocas figuras inspiran tanta reverencia y cariño como los ángeles. Criaturas espirituales, dotadas de inteligencia y voluntad, son la manifestación de la perfección, infinitud y poder de Dios: cada uno de ellos agota en él su propia especie. La sagrada escritura y la tradición de la Iglesia nos revelan su existencia como una verdad de fe. En este coro celestial, destacan por su nombre y misión tres figuras: los santos arcángeles san Miguelsan Gabriel y san Rafael.

El 29 de septiembre, la Iglesia celebra en una única fiesta a estos tres siervos fieles de Dios, reconociendo su papel en la Historia de la Salvación. Desde la Fundación CARF, queremos profundizar en la identidad y misión de estos príncipes celestiales, poderosos aliados en el camino hacia la santidad, cuya labor protectora y mensajera sigue vigente hoy como en los tiempos bíblicos.

El pasaje del Evangelio propuesto por la Iglesia para esta fiesta de los arcángeles Miguel, Gabriel y Rafael es el encuentro de Jesús con Natanael, que san Juan sitúa al comienzo de su Evangelio. «Veréis el cielo abierto y a los ángeles de Dios subir y bajar sobre el Hijo del Hombre» (Jn 1, 47-51). Jesús se va dando a conocer como Mesías, y describe cuál es la misión de los ángeles, que forman parte de la historia de la salvación llevando a cabo diferentes misiones encomendadas por Dios.

Los ángeles: servidores y mensajeros

Antes de repasar las misiones específicas de san Miguelsan Gabriel y san Rafael, debemos comprender qué nos enseña la Iglesia sobre los ángeles. El Catecismo de la Iglesia Católica (CEC) nos instruye con claridad: «La existencia de seres espirituales, no corporales, que la Sagrada Escritura llama habitualmente ángeles, es una verdad de fe» (CEC, 328).

No son una mera abstracción o una conjunción de energía. Son criaturas personales e inmortales que superan en perfección a todas las criaturas visibles. Su propósito es glorificar a Dios sin cesar y servir como ejecutores de sus designios salvíficos. Como su propio nombre griego –ángelos, que significa "enviado" o "mensajero"– indica, una de sus funciones primordiales es la de comunicar la voluntad divina a la humanidad.

La tradición, basándose en las Escrituras, ha organizado a los ángeles en diferentes coros o jerarquías. Los arcángeles son aquellos a quienes se les confían misiones de especial trascendencia. Aunque la Biblia sugiere la existencia de siete, la Iglesia Católica venera con nombre propio a los tres que se revelan en los textos canónicos, como muestra de la intervención divina en el mundo. Su labor es un recordatorio constante de que el Cielo no está distante, sino que participa activamente en nuestra historia, una realidad que sostiene la formación de futuros sacerdotes que un día predicarán estas verdades de fe.

La liturgia ha unificado en el día 29 de septiembre la fiesta de los santos arcángeles Miguel, Gabriel y Rafael. Sus nombres hacen referencia a sus funciones de intermediarios entre Dios y los hombres, así como ejecutores de sus órdenes y de transmisores de sus mensajes.

El Arcángel san Gabriel, arrodillado con humildad ante la Virgen María en un pórtico, le anuncia que será la Madre de Dios.
La Anunciación (1426) de Fra Angelico. San Gabriel es representado como el mensajero de la Encarnación.

El Arcángel san Gabriel

Su nombre significa Fortaleza de Dios. Al arcángel Gabriel se le encomendó la misión de anunciarle a la Virgen María que sería la Madre del Salvador. El mensaje que transmite es trascendental. Sin duda el más importante de la Historia de la Salvación; se trata de la llegada al mundo del Mesías, el Hijo de Dios.

Fue «En el sexto mes fue enviado el ángel Gabriel de parte de Dios a una ciudad de Galilea llamada Nazaret, a una virgen desposada con un varón que se llamaba José, de la casa de David. La virgen se llamaba María. Y entró donde ella estaba y le dijo:  —Dios te salve, llena de gracia, el Señor es contigo...». Lucas 1, 26-28.

El Arcángel san Miguel, con armadura y espada en alto, somete con su pie la cabeza de Satanás, que yace derrotado en el suelo.
San Miguel venciendo al demonio (1636) de Guido Reni. Representa su poder como jefe de la milicia celestial.

El Arcángel san Miguel

En hebreo significa ¡Quién como Dios!, expresión que está en armonía con su misión e intervenciones. 

El arcángel san Miguel es quien está al mando de los ejércitos celestiales. Es defensor de la Iglesia y su nombre es el grito de guerra en la batalla librada en el Cielo contra Satanás. Por eso a san Miguel lo pintan atacando a la serpiente infernal.

La Iglesia le rinde culto y le reza desde el siglo V por su papel protector, tanto en la primera lectura, durante la celebración de la Santa Misa, como en la liturgia de las horas, en antífonas y en el oficio de Lectura.

«Arcángel san Miguel, defiéndenos en la lucha. Sé nuestro amparo contra la maldad y asechanzas del demonio. Pedimos suplicantes que Dios lo mantenga bajo su impero; y tú, oh Príncipe de la Milicia Celestial, arroja al infierno con el poder divino a Satanás, y a los otros espíritus malvados, que andan por el mundo tratando de perder a las almas. Amén».

El Arcángel san Rafael

El arcángel san Rafael es el amigo de los caminantes y médico de los enfermos. Su nombre significa Medicina de Dios o Dios ha obrado la salud. En la Biblia se le presenta como protector y compañero de todos, y es uno de los grandes ángeles presentes ante la gloria del Señor.

Aparece en el libro de Tobías 12, 17-20 y es el mismo arcángel san Rafael quien revela su identidad: «No temáis. La paz sea con vosotros. Bendecid a Dios por siempre. Si he estado con vosotros…, ha sido por voluntad de Dios. A Él debéis bendecir todos los días, a Él debéis cantar… Y ahora bendecid al Señor sobre la tierra y confesad a Dios. Mirad, yo subo al que me ha enviado…».

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Arcángel san Rafael de Juan de Valdés Leal.

Los arcángeles en la vida de los santos

La devoción a los arcángeles no es una mera curiosidad teológica; ha sido una fuente de fortaleza para innumerables santos.

Santo Tomás de Aquino, el Doctor Angélico, aunque no se le conoce una devoción personal específica a los tres arcángeles de la misma manera que a otros santos, es la figura intelectual más importante en la comprensión de la naturaleza angélica. En su Summa Theologica, dedicó un tratado entero a los ángeles, explorando con una profundidad inigualable su ser, su conocimiento y su voluntad. Su trabajo proporciona la estructura teológica sobre la cual se asienta la doctrina católica de los ángeles, permitiéndonos apreciar con mayor claridad la grandeza de San Miguel, San Gabriel y San Rafael.

San Miguel, Gabriel y Rafael: patronos del Opus Dei

San Josemaría, desde el inicio de la fundación de la Obra sintió que necesitaba mucha ayuda del cielo para llevar adelante la misión que Dios le había confiado: transmitir el mensaje de que se puede ser santo por medio del trabajo y de la vida ordinaria. Parte de esa ayuda le llegó de los santos arcángeles Miguel, Gabriel y Rafael.

«Recé las preces de la Obra de Dios, invocando a los santos arcángeles, nuestros patronos: san Miguel, san Gabriel, san Rafael... Y ¡qué seguridad tengo de que esta triple llamada, a señores tan altos en el Reino de los cielos, ha de ser –es agradabilísima al Trino y Uno, y ha de apresurar la hora de la Obra!»,(San Josemaría Escrivá).

El jueves, 6 de octubre de 1932, mientras realizaba oración en la capilla de san Juan de la Cruz, durante su retiro espiritual en el convento de los Carmelitas Descalzos de Segovia, san Josemaría escogió como patronos del Opus Dei a los santos arcángeles Miguel, Gabriel y Rafael y a los Apóstoles san Juan, san Pedro y san Pablo. Desde aquel momento los consideró patronos de los diferentes ámbitos apostólicos que componen el Opus Dei.

Bajo el patrocinio del arcángel san Rafael está la labor de formación cristiana de la juventud, de donde surgen vocaciones en los primeros años, los de hacer grandes gestas. Arropados por la advocación del arcángel san Miguel, se encuentran las vocaciones que se forman espiritual y humanamente en el celibato. En cuanto a los padres y madres de familia que formasen parte de la Obra, tienen por patrono al arcángel san Gabriel.

Así, podemos recordar entonces el pasaje del Evangelio de Lucas que se lee el día de la fiesta de los arcángeles Miguel, Gabriel y Rafael, y pensar que Dios ha querido que todos los cristianos contemos con la ayuda de los arcángeles, y con la ayuda de los ángeles custodios que saben mucho de la tarea de encender corazones fríos y de ayudar a tomar decisiones generosas.


Bibliografía


Saborear el silencio

Un silencio que debería servir para acercarse más a Jesucristo y por Él a los demás.

Se ha subrayado con cierta insistencia –quizá para ayudarnos a vencer el egoísmo que llevamos dentro– eso de que el hombre es un 'ser social'. Y es verdad. Se nos recuerda de vez en cuando la necesidad de ser solidarios con todos los demás habitantes del planeta, preocupándonos del hambre en un país lejano o a las puertas de casa.

La Iglesia nos trae a la memoria con frecuencia la “comunión de los santos”, ese vínculo espiritual que nos une a todos los “hijos de Dios en Cristo Jesús”, que nos hace a cada uno responsable, de manera inefable, de la suerte de los demás, en el bien y en el mal.

disfrutar del silencio y la oración con Dios

Todas esas consideraciones me parecen muy acertadas. Ahora nos toca reconocer que la solidaridad fraterna entre nosotros no excluye ni el silencio ni la soledad; es más, los exige, si de verdad queremos llegar a vivir ahora una “comunión de los hombres” y, en su día, una “comunión de los santos”. Es el mismo silencio solitario en el que un artista crea y pondera sus obras; en el que una madre contempla y ama a sus hijos.

Soledad

Silencio y soledad –que en verdad es uno mismo con Dios; que la soledad de uno mismo consigo mismo acaba siendo verdaderamente insoportable– son necesarias para que cada uno tome conciencia de sí mismo, de su existencia; de “quién es” y de “para-quién-es”.

«La humanidad de quien no se calla jamás, desvanece», decía muy certeramente Guardini. Y sólo así, nosotros hoy llegaremos a tomar conciencia de nuestra propia humanidad, del sentido de nuestro caminar en la tierra.

Para gozar de esto en soledad enriquecedora con Cristo, tenemos un gran enemigo: el ruido. Tengo la impresión de que el momento actual de nuestra civilización está produciendo demasiado ruido, fuera y dentro del hombre. Las falsas noticias sobre el Papa actual, son un buen ejemplo.

Nos rodeamos a veces de demasiado ruido interno, de ruido del espíritu, para huir de la soledad del silencio. La televisión encendida todo el día, la radio en el coche y en la oficina. Buscamos información de cualquier país y sobre asuntos de lo más disparatados, que no sabemos siquiera asimilar para algo útil.

Ruidos en el oído y en la cabeza que nos impiden vivir la alegría de sentir el aleteo de un mosquito. Y es una pena, porque en ese momento comenzaríamos a saber que estamos vivos y a darnos cuenta de lo que vale nuestro propio vivir.

Eternidad

La belleza y riqueza del silencio la expresó muy bien Jean Guitton: «nos conduce al punto más íntimo de nosotros mismos, allí donde la eternidad nos toca y nos vivifica, allí donde la eternidad nos habla en un susurro de palabras».

disfrutar del silencio y la oración con Dios

Esperanza

Y en la Biblia leemos: «en el silencio y en la esperanza encontraréis vuestra fortaleza» (cfr. Is 30, 15). Es cierto. La calma y la soledad recrean en el interior de nuestro espíritu el momento de nuestra propia creación, nos permiten reproducir –y hacerlo propio– el encuentro de Adán con Dios en el jardín de paraíso.

Quizá uno de los frutos –no sé si directamente deseados– de las batallas de los ecologistas sea, precisamente, invitarnos a añorar el silencio, saboreando en soledad el silencio de la naturaleza. Pasa el avión, y las nubes siguen en silencio.

Pero al hombre no le es suficiente la quietud de la naturaleza; y como no se puede librar del todo del ruido externo, necesita todavía con más urgencia el paz dentro de sí. Aún en medio del rumor de las avenidas, los naranjos producen su fruto en el sosiego del campo. También el hombre de hoy, que trabaja y se consume en mil afanes de servicio para sostener en pie el mundo, añora la paz del alma, del espíritu.

Sólo en la soledad de ese silencio podrá dar su mejor fruto: la contemplación y la adoración de Jesucristo, el Verbo de Dios, la Palabra de Dios.


Ernesto Juliá, ernesto.julia@gmail.com

Publicado originalmente en Religión Confidencial.