
Santo Tomás de Aquino (1224/1225–1274) es una de las figuras más influyentes de la historia del cristianismo. Sacerdote dominico, maestro universitario y Doctor de la Iglesia, su vida y su obra muestran que el amor a Dios y el rigor intelectual no solo no se oponen, sino que se reclaman mutuamente. La Iglesia ha reconocido en él un modelo perenne para la formación teológica, filosófica y espiritual, especialmente en la formación de sacerdotes.
Nacido en Roccasecca, en el Reino de Sicilia, en el seno de una familia noble, Tomás recibió su primera educación en la abadía benedictina de Montecassino. Más tarde estudió en la Universidad de Nápoles, donde entró en contacto con los textos de Aristóteles y con la recién fundada Orden de Predicadores. Contra los planes de su familia, decidió ingresar en los dominicos. Esta elección marcaría definitivamente su vida.
La biografía de Santo Tomás no está llena de episodios espectaculares, pero sí de fidelidad, trabajo y oración. Tras ingresar en la Orden de Predicadores, fue enviado a estudiar a París y a Colonia, donde fue discípulo de san Alberto Magno, uno de los grandes sabios del siglo XIII. Allí se formó en filosofía y teología, con un método que integraba la razón humana y la revelación cristiana.
Su familia, opuesta a su vocación religiosa, llegó incluso a retenerlo durante un tiempo para disuadirlo. Tomás permaneció firme. Este episodio, lejos de ser anecdótico, muestra un rasgo esencial de su carácter: la serenidad y la convicción profunda con la que buscaba la verdad y cumplía la voluntad de Dios.
Una vez ordenado sacerdote, desarrolló una intensa labor académica. Enseñó en la Universidad de París y en diversos estudios dominicos en Italia. Fue consejero de papas y participó activamente en la vida intelectual de la Iglesia de su tiempo. Sin embargo, nunca entendió el estudio como un fin en sí mismo. Para Tomás, estudiar era una forma de servir: servir a la Iglesia, a la predicación y a la salvación de las almas.
La espiritualidad de Santo Tomás es sobria y profunda. Hombre de oración, celebraba la Eucaristía con gran recogimiento. En sus himnos eucarísticos –todavía hoy usados en la liturgia, como el Pange lingua o el Adoro te devote– se percibe una fe sencilla, centrada en Cristo, que complementa su enorme rigor intelectual.
Murió el 7 de marzo de 1274 en la abadía de Fossanova, cuando se dirigía al Concilio de Lyon. Tenía alrededor de 49 años. Fue canonizado en 1323 y proclamado Doctor de la Iglesia en 1567. Más tarde, la Iglesia lo declararía Doctor común, recomendando su doctrina de modo especial para la formación teológica.

La grandeza de Santo Tomás de Aquino se manifiesta sobre todo en su obra escrita, extensa y sistemática. Entre todos sus escritos, destacan dos por su importancia y por su impacto duradero en la vida de la Iglesia.
La Summa Theologiae es su obra más conocida. Concebida como un manual para la formación de estudiantes de teología, está estructurada de manera pedagógica: cada cuestión se plantea con objeciones, una respuesta central y réplicas finales. Este método no busca confundir, sino enseñar a pensar. Tomás no teme las dificultades ni las preguntas, porque confía en que la verdad puede ser conocida y expresada con claridad.
En la Summa aborda los grandes temas de la fe cristiana: Dios, la creación, el ser humano, la vida moral, Cristo y los sacramentos. Todo está ordenado con un criterio claro: conducir al hombre hacia su fin último, que es Dios. Esta visión integral explica por qué la Iglesia sigue recomendando esta obra como base para los estudios eclesiásticos.
La Summa contra Gentiles, por su parte, tiene un carácter más apologético. Está pensada para dialogar con quienes no comparten la fe cristiana, mostrando que muchas verdades fundamentales pueden ser alcanzadas por la razón. Es una obra especialmente relevante hoy, en un contexto cultural plural, donde la Iglesia está llamada a dialogar con la razón contemporánea sin renunciar a la revelación.
Uno de los aportes centrales de Santo Tomás es la armonía entre fe y razón. Para él, no puede haber contradicción entre ambas, porque las dos proceden de Dios. La razón humana tiene un campo propio y una dignidad real; la fe no la anula, sino que la eleva. Este principio ha sido asumido de manera explícita por el Magisterio de la Iglesia, especialmente en documentos sobre la formación sacerdotal y la educación católica.
También es fundamental su aportación a la teología moral. Su explicación de la ley natural, de las virtudes y del actuar humano sigue siendo una referencia sólida para comprender la moral cristiana como un camino de plenitud, no como un simple conjunto de normas. La moral, para Santo Tomás, es una respuesta libre y razonable al amor de Dios.
Santo Tomás de Aquino propone cinco remedios de sorprendente eficacia contra la tristeza.
Es como si el famoso teólogo hubiese intuido ya hace siete siglos la idea, tan difundida hoy, de que el chocolate es antidepresivo. Quizá parezca una idea materialista, pero es evidente que una jornada llena de amarguras puede terminar bien con una buena cerveza.
Que algo así sea contrario al Evangelio es difícilmente demostrable: sabemos que el Señor participaba con gusto en banquetes y fiestas, y tanto antes como después de la Resurrección disfrutó con gusto de las cosas bellas de la vida. Incluso un Salmo afirma que el vino alegra el corazón del hombre (aunque es preciso aclarar que la Biblia condena claramente las borracheras).
A menudo, un momento de melancolía es más duro si no se logra encontrar una vía de escape, y parece como si la amargura se acumulase hasta impedir llevar a cabo la tarea más pequeña.
El llanto es un lenguaje, un modo de expresar y deshacer el nudo de un dolor que a veces nos puede asfixiar. También Jesús lloró. Y Papa Francisco señala que "ciertas realidades de la vida se ven solamente con ojos que han sido limpiados por las lágrimas. Invito a cada uno de vosotros a preguntarse: ¿Yo he aprendido a llorar?".
Me viene a la cabeza el personaje del amigo de Renzo, en el famoso libro "Los novios", que en una gran casa deshabitada a causa de la peste va desgranando las grandes desgracias que han sacudido a su familia. "Son hechos horribles, que jamás hubiera creído que llegaría a ver; cosas que quitan la alegría para toda la vida; pero hablarlas entre amigos es un alivio".
Es algo que hay que experimentar para creerlo. Cuando uno se siente triste, tiende a ver todo de color gris. En esas ocasiones es muy eficaz abrir el alma con algún amigo. A veces basta un mensaje o una llamada de teléfono breve y el panorama se ilumina de nuevo.
Se trata del "fulgor veritatis" del que habla san Agustín. Contemplar el esplendor de las cosas, en la naturaleza o una obra de arte, escuchar música, sorprenderse con la belleza de un paisaje... puede ser un eficaz bálsamo contra la tristeza.
Un critico literario, pocos días después del fallecimiento de un querido amigo, tenía que hablar sobre el tema de la aventura en Tolkien. Inició así: "Hablar de cosas bellas ante personas interesadas es para mí un verdadero consuelo...".
El quinto remedio propuesto por santo Tomás es el que quizá uno menos podría esperar de un maestro medieval. El teólogo afirma que un remedio fantástico contra la tristeza es dormir y darse un baño.
La eficacia del consejo es evidente. Es profundamente cristiano comprender que para remediar un mal espiritual a veces resulta necesario un alivio corporal. Desde que Dios se ha hecho Hombre, y por tanto ha asumido un cuerpo, el mundo material ha superado la separación entre materia y espíritu.
Un prejuicio muy difundido es que la visión cristiana del hombre se basa sobre la oposición entre alma y cuerpo, y este último sería siempre visto como una carga u obstáculo para la vida espiritual.
En realidad, el humanismo cristiano considera que la persona (alma y cuerpo) resulta completamente "espiritualizada" cuando busca la unión con Dios. Usando palabras de san Pablo, existe un cuerpo animal y un cuerpo espiritual, y nosotros no moriremos, sino que seremos transformados, porque es necesario que este cuerpo corruptible se vista de incorruptibilidad, que este cuerpo mortal se vista de inmortalidad.
Por todo ello, Santo Tomás de Aquino es una figura especialmente cercana a la misión de la Fundación CARF, que apoya la formación intelectual, humana y espiritual de seminaristas y sacerdotes de todo el mundo. Su vida recuerda que la Iglesia necesita pastores bien formados, capaces de pensar con rigor, enseñar con claridad y vivir con coherencia.
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